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domingo, 11 de octubre de 2026

Contrapunto.- Aldous Huxley (1894-1963)

 

XXIII

  «-Puede que tenga usted razón -dijo Philip-. Pero lo grave está en que, dado el carácter de nuestro mundo actual, no se puede volver atrás, no se puede detener la máquina. Esto es, no se puede hacer, a menos que se halle uno dispuesto a exterminar cerca de la mitad de la raza humana. El industrialismo ha permitido duplicar la población del mundo en cien años. Para deshacerse del industrialismo es preciso volver al punto de partida. Es decir, hay que acabar con la mitad de los hombres y las mujeres existentes. Lo cual, sub specie aeternitatis, o meramente historiae, podría ser una cosa excelente. Pero difícilmente una cuestión de política práctica.
 -Por el momento, no -concedió Rampion-. Pero la próxima guerra y la próxima revolución la harán demasiado práctica.
 -Posiblemente. Pero no hay que hacer cálculos sobre guerras ni revoluciones. Porque si contamos con ellas, es seguro que vienen.
 -Vendrán de todos modos -dijo Rampion-. El progreso industrial entraña la superproducción, la necesidad de adquirir nuevos mercados, la rivalidad internacional, la guerra. Y el progreso mecánico entraña más especialización y estandardización del trabajo, más diversiones colectivas y preparadas al por mayor, disminución de la iniciativa y de las facultades creadoras, más intelectualismo y el atrofiamiento de todas las cosas vitales y fundamentales de la naturaleza humana, más fastidio y agitación, que no puede tener otro resultado que la revolución social. Cuéntese o no con ellas, la guerra y las revoluciones son inevitables si se permite que las cosas sigan su curso actual.
 -De modo que el problema se resolverá a sí mismo -dijo Philip.
 -Pero solamente por su propia destrucción. Cuando la Humanidad sea destruida, evidentemente que no habrá más problemas. Pero esta parece una solución bastante pobre. Yo creo que puede haber otra, aun dentro del marco del sistema actual. Una solución temporal mientras el sistema se modifica en la dirección de una solución permanente. La raíz del mal está en la psicología individual; de modo que es por ahí, por la psicología individual, por donde hay que comenzar. El primer paso sería hacer vivir a las gentes de un modo doble, en dos compartimentos. En un compartimento, como trabajadores industrializados; en el otro, como seres humanos. Como idiotas y máquinas durante ocho horas diarias, y como verdaderos seres humanos el resto del tiempo.
 -¿No es eso lo que hacen ya?
 -¡Por supuesto que no! Viven como idiotas y como máquinas durante todo el tiempo, tanto durante su trabajo como durante sus horas de ocio. Como idiotas y como máquinas; pero imaginándose que viven como seres civilizados, hasta como dioses. Lo primero que hay que hacer es obligarles a reconocer que son máquinas e idiotas durante sus horas de trabajo. He aquí lo que hay que decirles: siendo lo que es nuestra civilización, tenéis que pasaros ocho horas diarias en un estado intermedio entre la imbecilidad y una máquina de coser. Es muy desagradable, lo sé. Es humillante, es repugnante. Pero ahí está. Tenéis que hacerlo; de lo contrario, la estructura entera de nuestro mundo se vendrá abajo y nos moriremos de hambre. Continuad, pues, vuestra tarea, idiota y mecánicamente, y dedicad vuestras horas de ocio a comportaros como hombres y mujeres completos y verdaderos. No mezcléis las dos vidas, mantened bien cerradas las mamparas entre ellas. Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no os olvidéis jamás de que es sucio y de que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes. Todo eso es mentira. Vuestro trabajo no es más que una tarea sucia y repugnante, desdichadamente necesaria, debido a la estupidez de vuestros antepasados. Ellos han acumulado una montaña de inmundicia, y vosotros tenéis que continuar cavándola por temor a que os envenene con su peste; tenéis que trabajar para poder respirar maldiciendo a la vez la memoria de los maniáticos que han acumulado todo este innoble trabajo que vosotros tenéis que hacer. Pero no tratéis de alentaros fingiendo que este sucio trabajo mecánico es una noble tarea. Eso no es verdad; y el único resultado que obtendréis al creerlo y afirmarlo será el de rebajar vuestra humanidad al nivel del sucio menester. Si creéis en los negocios como servicio y en la santidad del trabajo, os transformaréis simplemente en idiotas mecánicos durante veinticuatro horas diarias. Reconoced que es un trabajo innoble; tapaos la nariz y hacedlo durante ocho horas, y luego concentraos en vosotros mismos para ser, durante las horas de ocio, verdaderos seres humanos. Un verdadero y completo ser humano. No un lector de periódicos, no un amante del jazz, no un fanático de la radio. Los industriales que proveen a las masas de diversiones estandardizadas y fabricadas en serie se esfuerzan cuanto pueden por hacer de vosotros tan imbéciles mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo. Pero no se lo permitáis. Esforzaos por ser humanos. He aquí cómo hay que hablar al pueblo; he aquí la lección que hay que enseñar a los jóvenes. Es preciso persuadir a todo el mundo de que toda esta gran civilización industrial no es más que un mal olor, y que la verdadera vida sólo puede vivirse fuera de ella. Habrá de pasar mucho tiempo antes de que puedan conciliarse el vivir con decencia y el olor industrial. Puede que sean inconciliables. Habrá que ver. Entretanto, tenemos que palear la basura y soportar estoicamente la peste y, en los intervalos, tratar de llevar una vida verdaderamente humana.

 -Es un buen programa -dijo Philip-. Pero no creo que obtenga usted muchos votos basados en él en las próximas elecciones.
 -Ahí está el mal -Rampion frunció el ceño-. Los tendría uno a todos en contra. Porque lo único en que todos están de acuerdo, conservadores, liberales, socialistas, bolcheviques, es la excelencia intrínseca del hedor industrial y la necesidad de estandardizar y especializar hasta hacer desaparecer todo rasgo de genuina virilidad o feminidad de la raza humana. Y luego se quiere que nos interesemos en la política.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Edhasa, 1986, en traducción de Lino Novás Castro, pp. 392-395. ISBN: 84-350-0726-X.]

domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

domingo, 30 de noviembre de 2025

Antología lírica.- Salvador Espriu (1913-1985)

 Autopresentación

 «No me gusta mucho hablar de mí ni de mis obras, sobre todo de mis poemas. Por otra parte, no sé qué es la Poesía, a no ser un poco de ayuda para vivir rectamente y, tal vez, para bien morir.
 Casi en la raya de los cuarenta años, no puedo llenar ninguna ficha biográfica que tenga el menor interés. Fui amigo de Bartomeu Rosselló, siento una fiel admiración por Ruyra y me place conversar de vez en cuando con uno o dos conocidos. Fui a la Universidad, trabajo para mantenerme y aspiro, sin esperanza, al ocio. Todavía no he tenido tiempo de casarme ni el optimista coraje o la abnegada desesperación para hacerlo. Creo que con la lectura del Predicador, las Cartas a Lucilio, la Divina Comedia, el Príncipe, el Discurso del Método, el Quijote, el Discreto y alguna novela policíaca, se tiene bastante para pasar, sin gritos existencialistas ni otras inadecuadas expresiones, esta triste vida. Detesto los premios literarios, la avaricia y la suciedad, las felicitaciones de Navidad y de onomástica (las cuales agradezco, desde aquí, de una vez para siempre, a la vez que pido a mis amigos que hagan el favor de no recordarme nunca más en esos días), los homenajes, el viento, el desorden y el ruido, salir de noche, comer fuera de casa, eso que llaman "vida de relación", los conciertos, las confidencias, aconsejar, las obscenas expansiones de la vanidad. Mientras me dejen tranquilo, estoy dispuesto en todo momento a creer, de muy buena fe, que tú e incluso usted, no importa quién, son los mejores escritores del mundo. Sedentario, me gustaría viajar de tarde en tarde, con una comodidad incompatible con la modestia de mi pecunio, por lo que determino no moverme casi nunca. Quisiera vivir en el campo, con cuatro árboles y un pedazo de jardín, o por lo menos en una ciudad más limpia que Barcelona, donde la gente no se rebañara tan generosamente el pecho y otras peores y más repugnantes interioridades. Quisiera también ver los cuadros de Vermeer de Delft, poner unas cuantas figurillas de nacimiento de Ramón Amadeu y no tener que escribir ni una línea más.
 Pienso finalmente que la Humanidad está abocada a un próximo y definitivo cataclismo, pero visto que el pequeño acontecimiento es tan indefectible como estúpido, pediría, si me atreviese, que los papeles no nos lo recordasen a cada momento con tantos aspavientos.
                                                                                                                        Barcelona, 14-II-1952.     


Una cerrada felicidad es justamente de mi mundo [de El caminante y el muro]

Tras esta puerta vivo, / mas no sé
si puedo llamarlo vida.

Cuando al anochecer vuelvo / de mi diario odio contra el pan
(¿no sabes que tengo la inmensa / suerte de venderme
a pedazos por una pulcra moneda / que llega a valer ya
muchos menos que nada?), / dejo fuera un viejo abrigo, la esperanza,
y me hundo por el camino de los ojos, / por el vacío espanto donde siento,
más allá, a mi Dios, / siempre más allá, más allá de falsos
profetas y de extrañas culpas / y del viejo necio enfermado por versos
disciplinados como éstos de ahora, con manchas / de oscuras marcas que el aliento de los críticos
un día aclarará para mi vergüenza.

Sí, puedes encontrarme, si eres capaz, / tras la nada glacial de esta
puerta, aquí, donde vivo y siento / la añoranza y el grito de Dios y soy,
con los pájaros nocturnos de mi soledad, / un hombre sin sueños en mi soledad.


XXX [de La piel de toro]

Diversos son los hombres y diversas las hablas / y han convenido muchos nombres a un solo amor.

La vieja y frágil plata se convierte en tarde / detenida en la claridad sobre los campos.
La tierra, con trampas de mil finos oídos, / ha cautivado a los pájaros de las canciones del aire.

Sí, comprende y haz tuya, también, / desde los olivos,
la alta y sencilla verdad de la prisionera voz del viento: / "Diversas son las   
                                                                      hablas y diversos los hombres,
y convendrán muchos nombres a un solo amor".


XLIX [de La piel de toro]

Deja que la grasa de los eunucos se agite con estériles risas
y detenlas cuando te cansen, con el puño cerrado.
Pues tú eres hombre, vieja medida de todas las cosas,
y buscarás en vano una más alta dignidad
en el mundo que miran y comprenden los ojos.
¿Qué puede desesperarte, qué mal no soportarás,
si aceptas el tiempo y la muerte y el honor de servir
los nobles mandamientos de la eterna ley?
Desdeñoso de halagos, de premios y ganancias,
trabaja con esfuerzo para que Sepharad sea 
siempre altivo señor, nunca esclavo que tiembla.
Y cuando llegues ante la puerta de tu noche,
al terminar el camino sin posible retorno,
sepas decir tan sólo: "Gracias por haber vivido"»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1978, en edición de José Batlló, pp. 57-58, 197, 253-254 y 259. ISBN: 84-376-0090-1.]

domingo, 26 de octubre de 2025

Ideas. Historia intelectual de la humanidad.- Peter Watson (1943)

21.- La mente "india": las ideas en el Nuevo Mundo

   «Desde el punto de vista de la historia de las ideas, el descubrimiento de América fue un acontecimiento trascendental porque los nuevos territorios supusieron un desafío para las ideas que los europeos albergaban sobre la geografía, la historia, la teología y la naturaleza humanas. Además, en la medida en que América se convirtió en una fuente de artículos para los que existía una demanda en Europa, el descubrimiento del Nuevo Mundo tuvo un importante significado económico y, por tanto, político. A principios de la década de 1560, el abogado parisino Étienne Pasquier escribía: "Es asombroso que nuestros autores clásicos desconocieran por completo esta América a la que llamamos Nuevo Mundo". "Esta América" no sólo estaba fuera de la experiencia de los europeos, sino que estaba mucho más allá de sus expectativas. Aunque resultaran lejanas y desconocidas para muchos, África y Asia no dejaban de ser continentes sobre los que Europa siempre había sabido. América, en cambio, era algo absolutamente inesperado y ello nos ayuda a entender por qué los europeos tardaron tanto en adaptarse a las nuevas noticias.
 Adaptación es la palabra clave. En un principio, como nos recuerda John Elliott, la noticia de que Colón había avistado tierra provocó enorme excitación en el viejo continente. "¡Levantad el espíritu..., escuchad el nuevo descubrimiento!", escribió el humanista italiano Pedro Mártir de Anglería en una carta al arzobispo de Granada, el 13 de septiembre de 1943. Cristóbal Colón, informaba, "ha regresado sano y salvo. Dice que ha encontrado cosas admirables: ostenta el oro como prueba de las minas de aquellas regiones". De Anglería continúa explicando que Colón ha encontrado "salvajes pacíficos", hombres "que iban desnudos y vivían de lo que les proporcionaba la naturaleza. Tenían reyes; peleaban entre sí con palos y con arcos y flechas y, aunque estaban desnudos, rivalizaban por el poder y se casaban. Adoraban a los cuerpos celestes, pero la exacta naturaleza de sus creencias religiosas era todavía desconocida".
 Una indicación del impacto inicial producido por los descubrimientos de Colón nos la proporciona el hecho de que su primera carta se imprimió nueve veces en 1493 (para finales de siglo el texto alcanzaba ya las veinte ediciones). El francés Louis Le Roy escribió: "No creáis que existe algo más honorable... que la invención de la imprenta y el descubrimiento del nuevo mundo; dos acontecimientos que siempre he pensado es posible comparar no sólo con la antigüedad sino con la inmortalidad". En 1552, en su Historia General de las Indias, Francisco López de Gómara (no siempre un cronista fiable) nos ofrece el veredicto más famosos sobre 1942: "La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que le creó, es el descubrimiento de Indias".
 Sin embargo, John Elliott nos advierte de que la historia tiene también otro lado y de que muchos de los escritores del siglo XVI fueron incapaces de apreciar la importancia histórica de lo que Colón había conseguido. Por ejemplo, Colón murió en Valladolid pero el hecho ni siquiera se menciona en la crónica de la ciudad. Colón sólo consiguió el estatus de héroe de forma muy lenta. Un centenar de años después de su muerte se escribieron en Italia algunos poemas sobre él, pero sólo hasta 1614 aparece como héroe en un drama español, El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón, de Lope de Vega.
 En un primer momento, el interés por el Nuevo Mundo se centraba en el oro que podía encontrarse en él y la enorme cantidad de almas que aguardaban a ser convertidas a la fe cristiana. En términos generales, los lectores de libros estaban más interesados en los turcos y en Asia que en América. Incluso en una fecha tan tardía como las últimas dos o tres décadas del siglo XVI, todavía se seguía pensando que el mundo tenía la misma configuración con que se lo describía en las cosmografías clásicas de Estrabón y Ptolomeo. (Colón parece haber empleado una versión publicada por Piccolomini en la década de 1480). En cierto sentido, el Renacimiento tiene en parte la culpa: gracias a los humanistas, lo antiguo se consideraba más valioso que lo nuevo.
 Los primeros hombres que viajaron al Nuevo Mundo eran soldados, clérigos, mercaderes y funcionarios con conocimientos jurídico y sobre ellos recayó inicialmente la tarea de comentar lo que veían. Un efecto de esto fue que se atendió más a la apariencia física de los nativos que al paisaje del nuevo continente. El mismo Colón se sintió algo decepcionado cuando contempló por primera vez a los habitantes de las Indias y comprobó que no eran en ningún sentido "monstruosos o físicamente anormales". Colón también señaló lo "pobres" que eran. Por otro lado, los nativos no eran ni moros ni negros, las dos razas con las que más familiarizada estaba la cristiandad medieval. ¿Cómo encajaban estos hombres en el relato bíblico? ¿Era posible acaso que el Nuevo Mundo fuera el Edén o el Paraíso? Todos los testimonios subrayan la inocencia, simplicidad, fertilidad y abundancia de los nativos, que iban desnudos sin sentir vergüenza alguna. Esta idea sedujo especialmente a ciertas figuras religiosas y a los humanistas. Aquellos miembros de las órdenes religiosas que se sentían desesperados o insatisfechos por el estado de la Iglesia europea vieron en el Nuevo Mundo una oportunidad de fundar de nuevo la primitiva iglesia de los apóstoles en un continente aún no corrompido por los vicios de la civilización europea.
 En 1607, el dominico español Gregorio García publicó una exposición muy completa de las distintas teorías que se habían propuesto para explicar el origen de los "indios" de América. Los europeos del siglo XVI creían en "un mundo planeado" al que había que incorporar América. Sin embargo, esto todavía dejaba muchas cosas por explicar. García defendía la idea de que el conocimiento que el hombre tenía "sobre un hecho dado" provenía de una de cuatro fuentes. Dos de éstas -la fe divina, tal y como se revelaba a través de las Escrituras, y la ciencia, que explicaba los fenómenos de acuerdo con sus causas- eran infalibles. El origen de los indios americanos planteaba un problema porque se trataba de algo que no aparecía en las Escrituras, "y el problema era demasiado reciente como para que existiese un caudal convincente de opiniones autorizadas".
 Si decidir cómo encajaba el Nuevo Mundo en el esquema de la historia esbozado en las Escrituras era una cuestión difícil de abordar, tanto exploradores como misioneros descubrieron que para evangelizar a los nativos era necesario tener algún conocimiento de sus costumbres y tradiciones y, por tanto, empezaron a indagar, con frecuencia con gran detalle, la historia de estos indígenas así como sus leyes hereditarias y de tenencia de la tierra, con lo que en cierto sentido dieron comienzo a la antropología aplicada.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2011, en traducción de Luis Noriega, pp. 699-702. ISBN: 978-84-7423-917-1.]

domingo, 22 de junio de 2025

Un hombre acabado.- Giovanni Papini (1881-1956)

Allegretto
XLV.- Precisamente por esto

  «Es difícil, creo yo, encontrar otro ser que haya sufrido mayor fracaso en toda su vida. Nada me queda por perder. Todos los hilos y los puntales que sostienen a los demás están cortados. Tanto los que bajan del cielo como los que encadenan a la tierra. Estoy en el fondo de la sima del mal; he renunciado, he debido renunciar; he abandonado y me han abandonado.
 Mis conocimientos no me bastan; los hombres me fastidian; las mujeres aún más; la literatura me asquea; la inspiración no acude a mí; la gloria me produce náuseas; mi vida es sucia y tediosa; mi cuerpo se deshace y mi primer y máximo deseo, el deseo del sumo poder, ya no existe, ni siquiera como deseo. Todas las tablas de valores han saltado hechas astillas en estas convulsiones interiores; toda esperanza se ha apagado en la oscuridad de estos años; las áncoras posibles de salvación no son más que ganchos que permanecen clavados en tierra, para una vida que carece de promesas e invitaciones.
 La representación ha terminado; los decorados se amontonan junto al muro, las luces se apagan, las cantantes se despojan de sus disfraces de reina y parten en coche, vestidas de negro; quedan los instrumentos allí, abandonados y sin voz, junto a las partituras cerradas que jamás volverán a abrirse. La última fiesta terminó con la postrera nota que aún vibra en el aire, para dar el "la" a este silencio demasiado vacío. Sólo quedan dos caminos: idiotizarse por completo o matarse.
 Sin embargo todavía siento en mí una enorme voluntad de vivir. No quiero morir. Quiero comenzar de nuevo la vida. Quiero hallar otros momentos para vivir. Y vivir a pesar de todo, suspendido de la nada, sin hilos sobre mi cabeza, sin puntales tras mi espalda, sin muletas bajo mis sobacos. Pero vivir todavía, vivir siempre, vivir en el pleno sentido de la palabra, vivir con los ojos y con las manos, con el cerebro y con el hígado, vivir aún diez, veinte, treinta años. Hasta que sepa conquistar mi pedazo de pan en el horno del mundo y sepa decir mis palabras en los coros disonantes de los hombres.
 No quiero morir, ni del todo, ni a medias, ni como alma, ni como cuerpo. Hay en mí algo más fuerte que todas las derrotas; hay un escollo plantado en medio de mi alma que resiste todas las tempestades que lo han cubierto en los últimos tiempos. Hay una bestia que quiere comer, hay dos piernas que quieren caminar, hay un cerebro que quiere pensar, una mano que quiere escribir. ¿Por qué razón? ¿En nombre de qué fe? ¿A la vista de qué meta? La bestia no lo sabe, la bestia no es intelectual, la bestia no es religiosa, la bestia no comprende nada; pero no quiere declararse vencida. Si las banderas son arriadas, permanecen las murallas; si las palabras ya no corresponden a los hechos, ¡al diablo las palabras y vivan los hechos! El hecho resiste y existe, el hecho es irrefutable y prepotente, el hecho no quiere morir.
 No es solamente la sangre la que no quiere detenerse. El mismo yo, que fue cerrando una tras otra todas las ventanas de las posibilidades, y debió renunciar hasta a la última, aquélla que da sobre lo imposible, no quiere desertar. Permanece en la oscuridad, sin fuerzas y sin deseos: pero no quiere aniquilarse. Aguarda siempre. No espera nada, pero aguarda. Si llegase lo peor, lo aceptaría; pero no quiere arrojarse al abismo donde comienza la nada, sin mantener siquiera la esperanza del dolor.
 El yo más profundo está enteramente pisoteado y martirizado, pero este martirio constituye para él un placer porque significa existir, significa oponerse a algo. Esta persecución de que le hace objeto el destino le da la certeza de que existe en él algo que merece la pena tenerse en cuenta, le da conciencia de su importancia en el universo. Él ha descendido hasta el fondo del abismo. Ya no puede moverse; debe cavarse la fosa o subir de nuevo hacia la luz. No puede obrar de otro modo. Y entonces el hombre acabado sale al exterior y comienza un nuevo capítulo.
 Pero este nuevo capítulo no se asemeja en absoluto a todos los demás. Las cosas que negó, negadas permanecen; no pido que vuelvan a mí los sueños abandonados; las ambiciones que desprecié también hoy las rehúso; los hombres que me esquivaron también hoy los mantengo alejados de mí; los propósitos que cegaron mis ojos están lejos para siempre. ¡Qué importa! Se inicia una nueva senda. El secreto ha sido hallado. Una última posibilidad de grandeza aparece ante mí, y yo no la rehúso. Sólo por ella florece de nuevo el desierto en silencio, y brillan las pupilas, avergonzadas bajo los párpados enrojecidos. Todavía puedo ser un héroe. Tengo necesidad de tenerme en gran estima para no verme obligado a aniquilarme; y es este nada lo que me salva.
 Sé que ningún resultado darán los humanos esfuerzos. Sé que todos nuestros edificios quedarán destruidos; que de nuestros ideales, aun los alcanzados y dominados, se precipitarán en la eterna oscuridad del olvido, en el vacío del no ser.
 Ninguna esperanza resta en mi corazón; ninguna promesa puedo hacerme a mí mismo y a los demás; ninguna compensación puedo prever por mis actos; ningún resultado por mis pensamientos. El futuro, este encantador de todos los hombres, esta causa perpetua de todos los efectos, no es para mí nada más que la desnuda perspectiva del aniquilamiento.
 Sin embargo, ante tan espantoso espectáculo, ante tan tremenda desesperanza, ante esta carrera hacia el abismo, no me altero ni retrocedo. Consiento en seguir viviendo. Todo cuanto haga será inútil, pero precisamente por esto me siento impelido a hacerlo. La nada -nada de mí mismo, de mi obra, del mundo entero- es el punto de llegada de cualquier esfuerzo mío, y precisamente por esto seguiré esforzándome hasta que la tierra me llame a su oscuro reposo.
 Quiero abjurar de todo mi pasado utilitario. Todos los hombres buscan una recompensa, un pago por todo cuanto hacen. Incluso las acciones que parecen más espirituales -actos de creación, actos de fe y de amor- esperan su premio, exigen, antes o después, ser saldadas. Nadie hace nada por nada. Hasta las religiones, hasta las artes, hasta las filosofías, se fundan en la ganancia. Las obras humanas, sin excepción de ninguna clase, son letras que deben ser pagadas. El vencimiento será más o menos largo, pero siempre llega el día de las cuentas. Si los hombres supiesen con seguridad que alguno de sus actos no será recompensado más tarde o más temprano, nadie se preocuparía de obrar.
 Yo mismo, en el pasado, fui el más ávido de estos gananciosos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1980, en traducción de Vicente Santiago, pp. 219-222. ISBN: 84-7017-920-9.]
 

domingo, 25 de mayo de 2025

Trópico de Cáncer.- Henry Miller (1891-1980)

 

  «En esa especie de semi-arrobamiento que te permite participar en un acontecimiento y, aun así, permanecer completamente aparte, el pequeño detalle que faltaba empezó oscura pero insistentemente a coagularse, a adquirir una forma caprichosa y cristalina, como la escarcha que se acumula en el cristal de la ventana. Y como esos dibujos de la escarcha que parecen tan extraños, tan totalmente libres y fantásticos pero que, aun así, están determinados por las más rígidas leyes, esa sensación que empezó a tomar forma en mi interior parecía obedecer también a leyes ineluctables. Todo mi ser respondía a los dictados de un ambiente que no había experimentado nunca; lo que podría llamar mi yo parecía contraerse, condensarse, escapar de los límites antiguos y habituales de la carne cuyo perímetro conocía sólo las modulaciones de las extremidades nerviosas.
 Y cuanto más sustancial, más sólido se volvía mi centro, más delicada y extravagante aparecía la realidad inmediata, palpable, de la que iba quedando separado. En la misma medida en que me volvía cada vez más metálico, la escena que se producía ante mis ojos iba adquiriendo mayor amplitud. La tensión era ya tan intensa que la introducción de una sola partícula extraña, aunque fuera una partícula microscópica, como digo, habría hecho añicos todo. Por una fracción de segundo quizá, experimenté esa claridad total que, según dicen, el epiléptico tiene el privilegio de conocer. En aquel momento perdí completamente la ilusión del tiempo y del espacio: el mundo desplegó su drama simultáneamente a lo largo de un meridiano sin eje. En aquella especie de eternidad pendiente de un hilo sentí que todo estaba justificado, supremamente justificado; sentí mis guerras interiores, que habían dejado esa pulpa y esos despojos; sentí los crímenes que bullían allí para surgir mañana en titulares sensacionales; sentí la miseria que estaba moliéndose a sí misma con almirez y mortero, la larga y triste miseria que se derrama gota a gota en pañuelos sucios. En el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y del drama. Si en cualquier momento y en cualquier parte se encuentra uno cara a cara con lo absoluto, la gran simpatía que hace parecer divinos a hombres como Gautama y Jesús se enfría y se desvanece; lo monstruoso no es que los hombres hayan creado rosas a partir de este estercolero, sino que deseen rosas... Por una razón u otra, el hombre busca el milagro y para lograrlo es capaz de abrirse paso entre la sangre. Es capaz de corromperse con ideas, de reducirse a una sombra, si por un solo segundo de su vida puede cerrar los ojos ante la horrible fealdad de la realidad. Todo se soporta -ignominia, humillación, pobreza, guerra, crimen, ennui- gracias al convencimiento de que de la noche a la mañana algo ocurrirá, un milagro, que vuelva la vida tolerable. Y mientras tanto un contador está corriendo en su interior y no hay mano que pueda llegar hasta él para detenerlo. Mientras tanto alguien está comiendo el pan de la vida y bebiendo el vino, un sacerdote sucio y gordo como una cucaracha que se esconde en el sótano para zampárselo, mientras arriba, a la luz de la calle, una hostia fantasma toca los labios y la sangre está pálida como el agua. Y de ese tormento y miseria eternos no resulta ningún milagro, ni un vestigio microscópico de milagro. Sólo ideas, ideas pálidas, atenuadas, que hay que cebar mediante la matanza, ideas que brotan como bilis, como las tripas de un cerdo cuando lo abren en canal.
 Y, por eso, pienso en el milagro que sería que ese milagro que el hombre espera eternamente resultara no ser sino esos dos enormes chorizos que el fiel discípulo soltó en el bidet. ¿Y si en el último momento, cuando la mesa del banquete esté puesta y resuenen los címbalos, apareciera de repente, y sin aviso alguno, una fuente de plata en la que hasta los ciegos pudiesen ver que no hay ni más ni menos que dos enormes chorizos de mierda? Creo que eso sería más milagroso que cualquier cosa que el hombre haya esperado. Sería milagroso porque no se habría soñado. Sería más milagroso que hasta el sueño más descabellado porque cualquiera podría imaginar esa posibilidad, pero nadie lo ha hecho nunca, y probablemente nadie lo hará jamás.
 En cierto modo la comprensión de que no había nada que esperar tuvo un efecto saludable para mí. Durante semanas y meses, durante años, durante toda mi vida, de hecho, había estado esperando que algo ocurriera, algún acontecimiento intrínseco que transformase mi vida, y en aquel momento, inspirado por la desesperanza de todo, sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Al amanecer me separé del joven hindú, después de haberle sacado unos francos, los suficientes para pagar una habitación. Mientras caminaba hacia Montparnasse, decidí dejarme llevar por la corriente, no oponer la menor resistencia al destino, como quiera que se presentase. Nada de lo que me había ocurrido hasta entonces había bastado para destruirme; nada había quedado destruido, salvo mis ilusiones. Personalmente estaba intacto. El mundo estaba intacto. Mañana podría haber una revolución, una peste, un terremoto; mañana podría no quedar ni un alma a la que recurrir en busca de compasión, de ayuda, de fe. Me parecía que la gran calamidad ya se había manifestado, que no podía estar más auténticamente solo que en aquel preciso momento. Tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal, como un depredador, un pirata, un saqueador. Aun cuando se declarara la guerra, y me tocase ir, agarraría la bayoneta y la hundiría, la hundiría hasta el puño. Y si la orden del día era violar, en ese caso violaría y con furia. En aquel preciso momento, en el tranquilo amanecer de un nuevo día, ¿acaso no estaba la tierra aturdida por el crimen y la miseria? ¿Acaso había resultado transformado un solo elemento de la naturaleza, transformado vital, fundamentalmente, por la marcha incesante de la historia? Pura y simplemente, el hombre se ha visto traicionado por lo que llama la parte mejor de su naturaleza. En los límites extremos de su ser espiritual el hombre se ha vuelto a encontrar desnudo como un salvaje. Cuando encuentra a Dios, por decirlo así, ha quedado despojado: es un esqueleto. Hay que excavar de nuevo en la vida para echar carne. El verbo ha de hacerse carne; el alma está sedienta. Me abalanzaré sobre cualquier migaja en que clave los ojos y la devoraré. Si vivir es  lo supremo, entonces viviré, aun cuando deba volverme un caníbal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 1983, en traducción de Carlos Manzano, pp. 93-96. ISBN: 84-322-2182-1.]

domingo, 9 de marzo de 2025

Epistolario.- Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658)

 

Epístola XX
A un melancólico porque perdió un pleito. Danse dos medios: uno filosófico, otro cristiano, para llevar bien las adversidades

 «No quisiera consolar a v. md. sólo para esta vez, sino para otras muchas, y el consuelo le parecerá extraño, porque es que se persuada que han de suceder muchas veces disgustos semejantes. No hago esto para darle malas nuevas de alguna mala fortuna, sino para acordarle la condición de nuestra naturaleza y estilo de las cosas humanas, donde tan ordinario es suceder adversas. Y así no tenga por consejo peregrino que no le parezca cosa peregrina ver sinrazones, desgracias, pérdidas y otras cosas penosas. No se extrañe de nada desto, ni le parezca nuevo cuando aconteciere verlo. Epicteto y Antonino, filósofos, dieron este consejo para alivio de los trabajos y adversidades: que no se nos hicieran de nuevo. El cual no es de poco peso, pues antes dellos le dio San Pedro en su primera epístola, donde da dos remedios para consuelo de nuestras penalidades, uno natural y otro sobrenatural, y el natural es el que acabamos de decir, y así nos aconseja que no queramos extrañarnos ni tener por cosa peregrina cuando sucede una contrariedad (que es para prueba nuestra), como si nos aconteciera algo de nuevo. No sé, por cierto, por qué nos hemos de espantar que en este valle de lágrimas haya cosas adversas; antes fuera maravilla no encontrar con ellas. Milicia es la vida del hombre, y no guerra comoquiera, sino batalla rompida; ¿qué mucho es se reciban heridas y golpes? No es de maravillar si del furor de una batalla sale un soldado herido: el espanto había de ser si saliera sin haber recibido golpe alguno. El agonista que saliese de los espectáculos romanos sin lesión, fuera como prodigio. San Crisóstomo dice: "Todas las cosas presentes son lucha, certamen, guerra, estadio; otro es el tiempo de quietud, mas el presente diputado está para calamidades y sudores". Ninguno, cuando se desnuda para el certamen y desafío, busca quietud; no hay que espantarnos de recibir algún golpe adverso, cuando estamos dispuestos a recibir muchos. Por eso dijo Salviano: "¿Qué maravilla es si sufrimos los males, pues estamos conducidos, como en milicia, para tolerarlos todos?" En el libro de Job se dice que el hombre nació para el trabajo y el ave para volar. ¿Qué maravilla que el águila encuentre el aire en que extender sus plumas, y el pez el agua en que nadar? No es tampoco maravilla que encuentre el hombre trabajos en que merecer. No tiene v. md. que quejarse porque le haya sucedido uno, y no muy grande. Perdió un pleito, mas no perdió la honra, no perdió la salud, ni tampoco perdió la hacienda; sólo no la ganó mayor. Su trabajo no es que le hayan desposeído de lo que tenía, sino que no desposeen a otro. No es grande su desgracia, sino la pesadumbre que toma, y desto nadie tiene la culpa.
 El otro remedio que da San Pedro es más eficaz pues llega no sólo a consolar sino a alegrar. Esta diferencia hay entre los consuelos naturales y los sobrenaturales: que aquéllos sólo dan alivio, mas éstos pueden dar también gozo; y así debíamos ayudarnos dellos, acudiendo a buscar las razones sobrenaturales que hay para no afligirnos en los trabajos. Es, pues, el consuelo sobrenatural que enseña San Pedro, que nos gocemos en los trabajos, comunicando en los de las pasiones de Cristo. La iglesia llama en el Canon bienaventurada a la pasión del Hijo de Dios, y quien participa en alguna adversidad de ella no se debe tener por mal aventurado, sino por dichoso, pues se conforma con la imagen del Hijo de Dios y se infiere en Cristo, como hablan algunos doctores; lo cual es tan grande bien, que los que tienen luz de él se llenan de gozo viendo la honra que es padecer con Cristo y la gloria que por ello se merece. Junte pues, v. md. su suceso desgraciado con los dolores de Jesús. Perdió v. md. el  pleito; Cristo perdió la vida. Su desgracia es que no condenaron a su competidor; mas a Cristo condenaron a morir. No dio el juez nada a v. md., pero a Cristo le dejaron desnudo; quitáronle los vestidos y un poco de agua le negaron. Vergúenza es que sienta v. md. esa niñería a vista de tales agravios. Con todo eso, si la lleva en paciencia merecerá con ella, y ya que no ganó nada en la tierra, gane en el Cielo: dése más a sí mismo que le diera el juez. Dése a sí paciencia, y le valdrá más que si le dieran una provincia. ¿Cuántas veces ha condenado v. md. a Dios y sentenciado en favor del demonio? Tantas cuantas ha pecado. Mire lo que habrá sentido Dios las sentencias injustas que ha dado contra Él, por lo que siente v. md. una menos favorable que recibió. Tema sólo el tener mal pleito el día del juicio, y por que esto no sea así, lleve en paciencia perder un pleito de la tierra.
 Estos documentos de San Pedro no le han de servir a v. md. sólo para este caso de su pleito, que, para decirlo, es poco pleito y no llega a merecer nombre de trabajo, sino para los que fueren. Nuestro engaño es que buscamos la felicidad en esta vida, y no la podremos hallar verdadera, porque no es fruta de la tierra. Y tan necio es quien en este valle de lágrimas la busca segura y cabal, como quien buscara en los ajenjos el sabor de la miel y en un espino fruta sazonada. Engáñanse los que buscan la felicidad en esta vida, y dáñanse los que la estiman. Contra el engaño sirve el primer documento; contra el daño, el segundo. Cada uno piensa que ha de ver sinrazones, que le han de hacer agravios, que le han de suceder pérdidas. No se le hagan de nuevo, sino cuando acontecieren, diga: "Esto es lo que aguardaba: esta es la moneda que corre para comprar el Cielo; dicha es encontrarla". El santo Job se ayudó deste remedio para la paciencia que tuvo, porque no se le hicieron de nuevo trabajos tan extraordinarios como los que le sucedieron; y así él mismo confiesa de sí que le aconteció lo que sospechaba. 
 Débese también perder la estimación de la prosperidad humana, para que no se sientan sus pérdidas. Esto se hará considerando que quien padece como Cristo es más dichoso que si imperase en el mundo; y si el padecer con Cristo es tan gran dicha, ¿qué será reinar con Él en el Cielo? Lo cual se alcanza con su imitación y paciencia en los trabajos, a los cuales no hemos de mirar como males, sino como tan grandes bienes, que son semilla de la bienaventuranza verdadera y eterna.»

 [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Espasa-Calpe, 1957, en edición de Narciso Alonso Cortés, pp. 115-119. No consta ISBN ni número de depósito legal.]

domingo, 2 de febrero de 2025

Mundo a solas.- Vicente Aleixandre (1898-1984)

 

II
El fuego final

«Pero tú ven aquí, óyeme y calla.
Eres pequeña como un jazmín menudo.
El mundo se abrasa, ¿no sientes cómo cruje?
Pero tú eres mínima. Apenas abultas más que un corazón dormido.
Tu pelo rubio quiere todavía ondear en el viento.
Quiere en el aire o plomo ser imagen de brisas,
ignorando las llamas que crepitan ya próximas.

Amor, amor, el mundo va a acabarse.
Eres hermosa como la esperanza de vivir todavía.
Como la certidumbre de quererte un día y otro día.
Tierna, como ese dulce abandono de las noches de junio,
cuando un verano empieza seguro de sus cielos.

Niña pequeña o dulce que eres amor o vida,
promesa cuando el fuego se acerca,
promesa de vivir, de vivir en los mayos,
sin que las llamas que van quemando el mundo
te reduzcan a nada, oh mínima entre lumbres.

Vas a morir quizá como muere la luz, 
esa débil candela que las llamas asumen.
Vas a morir como alas no de pájaro,
sino de débil luz que unos dedos sujetan.

Bajo los besos últimos otra luz se despide.
No te pido el amor, ni tu vida te pido.
Me quedo aquí contigo. Somos la luz unida,
esa espalda en la sombra que inmóvil va a abrasarse,
va a derretirse unida cuando las llamas lleguen.
[...]

III
Nadie

  Pero yo sé que pueden confundirse
un pecho y una música, un corazón o un árbol en invierno.
Sé que el dulce ruido de la tierra crujiente,
el inoíble aullido de la noche,
lame los pies como la lengua seca
y dibuja un pesar sobre la piel dichosa.

¿Quién marcha? ¿Quién camina?

Atravesando ríos como panteras dormidas en la sombra;
atravesando follajes, hojas, céspedes, vestidos,
divisando barcas perezosas o besos,
o limos o crujientes estrellas;
divisando peces estupefactos entre dos brillos últimos,
calamidades con forma de tristeza sellada,
labios mudos, extremos, veleidades de la sangre,
corazones marchitos como mujeres sucias,
como laberintos donde nadie encuentra su postrer ilusión,
su soledad sin aire,
su volada palabra;
 
atravesando los bosques, las ciudades, las penas,
la desesperación de tropezar siempre en el mar,
de beber de esa lágrima, de esa tremenda lágrima
en que un pie se humedece, pero nunca acaricia;

rompiendo con la frente los ramajes nervudos,
la prohibición de seguir en nombre de la ley,
los torrentes de risa, de dientes o de ramos de cieno,
de palabras machacadas por unas muelas rotas;

limando con el cuerpo el límite del aire,
sintiendo sobre la carne las ramas tropicales,
los abrazos, las yedras, los millones de labios,
esas ventosas últimas que hace el mundo besando,

un hombre brilla o rueda, un hombre yace o se yergue,
un hombre siente su pesada cabeza como azul enturbiado,
sus lágrimas ausentes como fuego rutilante,
y contempla los cielos como su mismo rostro,
como su sola altura que una palabra rechaza:
Nadie.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Javalambre, 1970. Depósito legal: Z-169-70.]

domingo, 3 de noviembre de 2024

Cinco vidas.- Francisco Javier Martínez Cisneros (1963)

 

 De A la sombra de los menhires (1995)

IV
«Acostado a la sombra de los menhires
Persiguiendo el curso del sol
Escuchaba el coro de los albatros

Mi alma era un ramal de siglos extasiados
Mi alma era un castillo transparente
Mi alma era reciente como una mirada

Cuando resplandeció de pronto
El perfil de un navío
Maniobró
Y supe que era el mío

Y supe que era el barco
Cuando una de las aves echó a volar
Y convirtiose en un ángel dorado

VI

Porque la orilla un día termina de repente
Y las aves escapan hacia otras latitudes
Cómplices a través de la niebla

Sobre la tierra
Quedan las huellas y las plumas
Y fragmentado el viento
Marañas de desdeñosas hojas se suicidan

Allí permanece un hombre apagado
Su sombrero gris es negro
Ayer murió su mano

Y más sonoro es su nombre
Que la melancolía

XI

Deja en la puerta besos y caricias
Y entra como la luz sin ser sentida
Y acércate con esa juventud
Que sólo de tu cuerpo bebería

Pósate imperceptible sobre todas
Las cosas de mi vida y hazte tan
Necesaria que nunca te confunda
Ni en el amor ni en el llanto ni en la risa

Y rómpete en montones de secretos
Como un inmenso y desunido océano
Donde extraviar gaviotas y sirenas

Y aléjame por último las sombras
Que levantan los juicios de los hombres
Llenando de dolor los corazones


XV

 ¿Quién derramará sobre mí
Unas gotas de bálsamo?

Si llegara la muerte
Sería como el olvido vagando equivocado
Ojos de par en par abiertos

Y mis dudas
Mis indecisiones
Mis opacidades
Oh Dios si estás allá arriba
Cuando llegue la sombra
Con las alas del martín pescador
Y el aroma otoñal de las rosas
Conviértelo todo en copas
O nubes
O ríos de frescura

Algún día construirá el clamor
Un mundo de silencio

Y el mejor tiempo habrá sido»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Tusitala, colección Erato, 2018, pp. 61, 64, 70 y 75. Depósito legal: Z-853-2018.]

domingo, 28 de julio de 2024

Cuentos populares de Asia / 2.- Anónimo (...)

 

¿Es que todos no somos seres humanos? 
(cuento de Laos)

 «Érase una vez un Rey que emprendió un largo viaje en su barca real, seguido por otra barca donde iban los consejeros reales. Era un día muy caluroso pues el sol calentaba con ardor y los remeros tenían que remar río arriba durante muchas horas, mientras el Rey y los consejeros descansaban cómodamente tumbados bajo los toldos de las barcas.
 Los cuerpos de los remeros estaban cubiertos de sudor y uno de ellos empezó a gemir:
 -Realmente esto no está bien -dijo al remero que estaba a su lado-. ¿Es que todos no somos seres humanos? ¿Por qué nosotros tenemos que realizar todo el trabajo mientras que estos perezosos consejeros descansan a la sombra? Después de todo, somos hombres y todos estamos sujetos al Rey, así es que ellos también deberían remar.
 Aunque el rey tenía los ojos cerrados, oyó todo lo que decían los remeros. Pero fingió que seguía dormitando.
 Al final del día amarraron junto a un pequeño templo para dormir en las barcas. Después de que hubieron comido, los remeros se quedaron dormidos al instante; incluso algunos de ellos hasta roncaron. Pero el Rey, que permanecía aún despierto, oyó un ruido que procedía del templo. Despertó al remero que se había quejado y le envió para que viese de dónde procedía el ruido.
 Cuando volvió el remero, el Rey le preguntó:
 -¿De dónde procede el ruido?
 -Son algunos perrillos que están haciendo ese ruido -repuso el remero.
 -¿Cuántos perrillos son? -preguntó el Rey.
 El remero, como no lo sabía, volvió para comprobarlo. Cuando regresó dijo:
 -Son cinco perrillos.
 -¿Son los perrillos machos o hembras? -preguntó el Rey.
 Volvió a ver, y regresó, diciéndole al Rey:
 -Hay tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son? -preguntó el Rey.
 El remero volvió a verlo. Cuando estuvo de vuelta, dijo:
 -Son blancos, negros y marrones.
 Entonces el Rey despertó a uno de sus consejeros reales y le pidió que fuese a ver quién hacía aquel ruido.
 Pocos minutos después, el consejero estuvo de regreso y dijo:
 -Son algunos perrillos, que están haciendo ruido.
 -¿Cuántos perrillos? -preguntó el Rey.
 -Cinco -repuso el consejero.
 -¿Son machos o hembras? -preguntó el Rey.
 -Son tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son?
 -Los perrillos son blancos, negros y marrones y la madre es negra. Pertenecen a un sacerdote del templo.
 Entonces el Rey, volviéndose al remero, le dijo:
 -Tú has tenido que ir cuatro veces para dar respuesta a mis preguntas, pero mi consejero solamente ha tenido que ir una vez. Ahora comprenderás por qué algunos hombres son remeros y otros consejeros reales, aunque todos sean seres humanos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Doncel, 1982, en versión de Thit Boon Phoydouangdi, traducción al inglés de Sang Seunsom y traducción al español de Carmen Bravo-Villasante, pp. 161-165. ISBN: 84-325-0383-5.]   

domingo, 4 de febrero de 2024

Caracteres blancos.- Carlos Labbé (1977)


The PEN Ten: An Interview in Translation with Carlos Labbé - PEN ...
Quinto día de ayuno

Nueve fábulas automáticas
1

  «En una esquina, sobre una mesita de té, había un robot azul y gris de latón con luces blancas en los ojos, los hombros y los pies que se encendían en reacción a cualquier sonido. Del interior de su cuerpo, asimismo, emergía una voz nasal que contaba la historia de cómo un niño bávaro que amaba a sus padres construyó una serie de autómatas que los ayudaban en las tareas del campo, de cómo otro niño del pueblo que era maltratado se las ingenió para que su madrastra cayera en un pozo y culparan a los autómatas del accidente, de cómo la gente incendió la casa de los autómatas y también de cómo estos cobraron vida en medio del fuego para salvar a la familia de granjeros.
 La niña rogó a sus padres que le compraran aquel robot, pero el encargado de la tienda dijo que no era un juguete y que no estaba a la venta. Ella volvió triste al hogar, se durmió y olvidó el robot hasta que, treinta y cinco años más tarde, ciega de ira por no encontrar a su vástago para mandarlo en busca de agua, fue ella misma y encontró la muerte en el fondo del pozo.

2

 Cuando tenía cinco años Alfons Klinge oyó, desde el aparato de radio que siempre estaba encendido a esa hora en el salón, la noticia de que la bomba atómica había sido detonada en Hiroshima. Afirmó su vaso de leche tibia y fue corriendo a escuchar los pormenores en la voz de los oficiales norteamericanos que habían sido puestos a cargo de la radioemisora de Friburg. A la entrada del salón tropezó con uno de sus Volkswagen de juguete, el vaso se le resbaló de entre los dedos y la leche fue a dar sobre el aparato de radio, del cual salieron chispas primero, después una pequeña explosión, un cortocircuito, llamas en las cortinas y el incendio. Cuatro semanas atrás una tanqueta había arrollado a su padre, que intentaba impedir el paso de los aliados a su hacienda.
 A los cuarenta y ocho años, Alfons Klinge viajaba desde Washington a New Haven para recibir un doctorado honoris causa por el aporte a la fenomenología que había significado la publicación del último de los siete tomos de su Ponderación de Heidegger, Hüsserl y Gadanter, cuando sufrió una insuficiencia cardíaca. Se le practicó con éxito un trasplante en Boston, ocasión desde la cual no volvió a publicar una sola página, se negó a aparecer en público y se recluyó en un departamento de Detroit. Según los vecinos, un zumbido bajísimo era perceptible desde el interior de la morada del filósofo, tan grave que algunas madrugadas hacía retumbar los espejos y cristales. Murió de un accidente vascular mientras dormía, solo, rapado y desnudo, en un departamento vacío, sin cuadros en las paredes, sin libros ni televisión. No había un solo lápiz, pero sí una nota en el suelo que decía en alemán:
 “Desde los cinco años vengo soñando lo mismo. Quiero besar a Urna, pero el barco en el que viajamos está diseñado de manera tal que, cada vez que me dispongo a descender las escaleras hacia la piscina de vapor donde ella toma un baño, los escalones, el suelo, los muros, las vigas, las tablas y la cubierta comienzan a moverse, a inclinarse y levantarse, a cambiar de lugar, a hincharse, plegarse, disminuir, balancearse, crecer, cambiar de color, de forma, a abrirse y apretar, cerrar, ampliarse y cruzar para que yo quede en la misma posición en la que he realizado todo el viaje: arriba, en lo más alto del barco. Reflexiono que las transformaciones del barco son tan armónicas y funcionales que parecen formar parte de un ser vivo, de un organismo. Palpo con mis dedos el suelo y lo siento caliente, contemplo sus poros, los vellos de los muros, el sudor del palo mayor. Me doy cuenta de que estoy dentro de mi propio cuerpo”.

3

 Rabí Tanhum disponía firmemente cada noche el balde dentro de un cajón con ruedas fabricado de una madera liviana junto a la noria del agua. Ahora podía recitar temprano las oraciones de la Ghemará y realizar sus lavativas sin interrupciones, ya no tenía que interponer el frío y sus pasos en busca del balde de agua a las Palabras, puesto que a la salida del sol la noria hacía emerger el agua del pozo y la vaciaba, por medio de canaletas, en el balde que había dispuesto hasta que, rebosado, el peso empujaba el ligero cajón con ruedas suavemente por la pendiente que separaba la pequeña choza de rabí Tanhum y la noria del pueblo.
 Pronto la gente comenzó a murmurar contra rabí Tanhum porque en las leyes de Dios dispuestas sobre la Torah nada decía sobre someter y manipular los objetos inanimados como si fueran creaturas vivas al servicio del hombre. Unos lo urgían a destruir aquel carro, otros le pedían que les enseñase a fabricar uno para su propio beneficio. Desde lejos llegó el anciano rabí Eleazar Yehuda, se sentó en la mesa de rabí Tanhum y le hizo una sola pregunta:
 —Rabí, ¿trabaja o descansa en Sabbath el ingenio que has construido?
 Rabí Tanhum no supo qué contestar, pues en la víspera con frecuencia las ruedas de madera del cajón se desgastaban y, llegada la madrugada del Día Consagrado al Señor, el balde se llenaba como todos los días; el carro trabajaba, es decir recorría algunos pies, pero pronto las ruedas cedían, el cajón se volcaba y quedaba en tierra, a medio camino, descansando en Sabbath.

4

 Después del accidente, el abuelo dejó su casa en la caleta Portales a cambio de un dormitorio en Santiago, que estaba a razonable distancia de la institución que sacó adelante a su niño. Tras ocho meses de espera recibió una pierna de madera de pino, a la que por fortuna le siguió otra pierna, también de madera de pino y con una rudimentaria articulación de bronce en la rodilla, lo que no obstó para que intentara dar los primeros pasos por el dormitorio. Semanas más tarde llegaron dos brazos de pino radiata, livianos y dúctiles, y dos manos del mismo material aunque con nudillos, coyunturas y garras de fierro, que sin embargo de nada sirvieron hasta que el Ministerio de Salud Pública donó un torso fabricado con restos de maquinaria forestal y cuprífera, con motores cardíacos y nerviosos en pleno funcionamiento.
 Aquella tarde de verano, Guepedo —tal era el nombre del abuelo— llevó una silla al portal del pasaje en que vivía para contemplar la primera caminata de su Pinino. Recordó melancólicamente aquella noche en alta mar, cuando en plena pesca apareció de súbito una ballena que tragó su bote. Había perdido el conocimiento y con regocijo soñó que tenía un nieto. Despertó en el vientre de algo, un monstruo de mar, pero las ballenas no se acercaban tanto a la costa; era el prototipo de un submarino que estaba desarrollando el Presidente Ibáñez. A cambio de su silencio, el gobierno le concedería cualquier favor. Ahora veía los pasos desgarbados de polichinela que intentaba dar su Pinino, pasos cuyos hilos invariablemente manejaba la muerte, pues cada dos metros se desmoronaba el cuerpo sin cabeza sobre la acera. Acaso él mismo también estaba muerto, reflexionó, para luego continuar sus ensoñaciones: la próxima buena obra del hada convertiría a su nieto en un niño de carne y hueso que se haría adulto; adquiriría un nombre importante, extranjero, italiano quizás, mejor aun francés; podría seguir la carrera militar, acaso alguna vez alguien fuera a donar una cabeza para él. O muchas cabezas, miles.

5

Caracteres Blancos : Carlos Labbé : 9788492865321 El 25 de octubre de 1998, en la localidad suiza de Neuchátel, el ingeniero de sistemas Pierre Leschot aceptó por teléfono el encargo de digitar 20.700 cifras en una planilla de cálculo y se comprometió a enviar el archivo por correo electrónico, a más tardar en fecha de primero de noviembre. Era un genio, sin embargo llevaba dos meses buscando trabajo infructuosamente durante el día y bebiéndose sus ahorros en una taberna durante la noche, así que no le fue fácil estacionarse frente al computador. El primer día ingresó 300 cifras y al atardecer fue en busca de un aguardiente. El segundo día alcanzó a teclear 135 cifras antes de vaciar una botella de whisky. Los dos días siguientes se los pasó ebrio, de lupanar en lupanar.
 Sin embargo, Pierre Leschot era un genio. El día quinto gastó el dinero que le quedaba en hojalaterías y ferreterías, se encerró en la cochera de su casa y construyó un autómata que teclearía a velocidad extraordinaria las 20.265 cifras que restaban. Cargó el muñeco mecánico hasta la sala donde estaba instalado el computador, lo depositó en el suelo para enchufarlo a la corriente doméstica, se agachó y levantó la palanca de encendido. Un sistema de piñones dio luz a las pequeñas ampolletas que tenía por ojos, la pantalla de su boca esbozó una sonrisa. El autómata caminó, pero en lugar de sentarse frente al computador, para cuyo teclado habían sido diseñadas sus extremidades de cien dedos, se dirigió al piano. Comenzó a interpretar con maravillosa sensibilidad los Nocturnos de Chopin, ante la mirada atónita de Pierre Leschot, cuya furiosa voluntad de arreglar cuanto antes a su criatura se fue diluyendo en un sopor melódico que lo durmió profundamente sobre el sofá. Horas más tarde, la luz del atardecer brilló con crueldad en los afilados bordes de los cien dedos del autómata. Detuvo el concierto, cerró el piano, caminó y no se detuvo —ni siquiera cuando el cable del enchufe cedió y todo quedó a oscuras— hasta llegar al sofá.

6

 Una circular placa serrada metálica se fija sobre los pastos de las tierras de la familia Frinke. Desde atrás reluce voluminosa y viene otra idéntica circular placa serrada a posarse junto al otro pie. Dos extremidades anilladas púrpura de un material flexible se flectan, preparando el siguiente paso, que retumba en las inmediaciones. A lo lejos asemeja una loco—motora ámbar, pero a medida que avanza descuajando arbustos, segando florestas y derribando árboles, el precipitamiento de sus circunvalaciones transparentes muestra un líquido oxidado a través de laboriosos pistones, cuyo dorso ígneo permite contemplar horquillas, resortes y engranajes que se combinan en crujidos infernales para provocar el movimiento neumático de vigas aceradas y lingotes. Los brazos del descomunal autómata se alzan desafiantes y se detienen violentamente a unas cuantas pulgadas de las cabezas de los dos llorosos herederos, temblando en brazos de su asustada madre. Se enciende azul un fuego fatuo, frío en el pecho de la maquinaria antropoide dentro de un disco que inesperadamente se abre desde adentro chirriando, a manera de una compuerta. Del interior del armatoste emerge Günter von Frinke, llevando un casco sobre el que perdura aquella flama añil, voceando con una sonrisa y brazos abiertos:
 —¡Felices cumpleaños, hijos míos!
 Los pequeños Frinke pasan del pavor a la plenitud, brincan y juguetean a los pies del obsequio traído por su padre. Incluso Klaus, el menor, proyecta rayos iridiscentes en torno a sí mismo y golpea sus manecitas de azogue cuando el nuevo hermano balbucea su primera palabra.

7

 No debería provocar sorpresa que Stalin permitiera por largos dos años el trabajo del neuro-cirujano Dimitri Mikhailov Smikhaiev en su máquina medidora de almas, instalada en un hospital a las afueras de Moscú. El apoyo oficial a los experimentos del doctor Smikhaiev siembra dudas sobre el carácter verdaderamente materialista del temprano marxismo staliniano, en beneficio de una metafísica del mal, si consideramos el mal como daño. En efecto, el mecanismo de aquella máquina era bastante simple: registraba magnetofónicamente los episodios traumáticos que relataba el prisionero bajo hipnosis y luego los reproducía de manera continua en los altavoces que se ubicaban en el techo de la celda. La medida del alma de una persona era proporcional al tiempo que soportara en estado de cordura aquel horrible relato. Los resultados indicaron la impresionante fortaleza de espíritu de los rusos: sólo cinco presos enloquecieron de entre los cincuenta sometidos a la medición. Ante tales resultados la autoridad reunió un comité especial y acusó al doctor Smikhaiev de engañar al pueblo. Lo fusilaron mientras alguien clamaba, desde el fondo del patio, que eran unos desalmados.
 En los años noventa, durante un almuerzo con Bioy Casares, le comenté que llevaba cinco años entrampado en la escritura de una novela histórica. La historia tiene demasiadas puertas como para perderse, me respondió con una sonrisa. Efectivamente, mi manuscrito aún está guardado sin terminar en un cajón, pero la anécdota me hace recordar cuando en mi infancia le escuché decir a un tío que todo podría haber sido distinto si aquella vez en Concepción, el año 1749, la modesta máquina de guerra construida por el capitán Juan de Ordóñez hubiera aniquilado a sus enemigos mapuche dando, de paso, origen a una revolución industrial, en vez de crujir blandamente y romperse en pedazos para que salieran del interior dos enormes culebras marmóreas que devoraron a todos los integrantes del batallón antes de sumergirse en un volcán que comenzaba a hacer erupción, como realmente ocurrió.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica, 2011, pp. 37-43. ISBN: 978-84-9286-532-1.]