Mostrando entradas con la etiqueta Gautier. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gautier. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

sábado, 22 de abril de 2017

"La novela de la Momia".- Théophile Gautier (1811-1872)


Resultado de imagen de teophile gautier
III

«La música, que ya por sí sola hubiese podido formar un pequeño ejército, se componía de tambores, tamboriles, trompetas y sistros.
 Pasó el primer pelotón, tocando una estridente fanfarria de triunfo en sus cortos clarines de cobre brillantes como el oro. [...] El traje de aquellos trompetas consistía en una especie de túnica corta ceñida por un cinturón cuyas largas puntas colgaban por delante; [...] Los tambores, vestidos con una simple cota plisada y desnudos hasta la cintura [...] Después de los tambores venían los tañedores de sistro, que sacudían su instrumento con un gesto brusco y entrecortado [...] Los tamboriles llevaban su caja oblonga transversalmente ante sí, colgada al cuello en bandolera [...] Cada cuerpo de música no contaba menos de doscientos hombres, pero el huracán de ruido que producían clarines, tambores, sistros y tamboriles, y que hubiese hecho sangrar los oídos en el interior de un palacio, nada tenía de demasiado restallante ni de demasiado formidable bajo la vasta cúpula del cielo, en medio de aquel inmenso espacio, entre aquel pueblo zumbador y a la cabeza de aquel ejército que cansaría a los nomencladores, que avanzaba con el rugido de masas de agua.
 ¿Eran demasiado, además, ochocientos músicos para preceder a un Faraón amado de Amón-Ra, representado por colosos de basalto y granito de sesenta codos de altura, [...]?
 Tras la música llegaban los cautivos bárbaros, de porte extraño, de expresión bestial, de piel negra, de cabellera crespa, que se parecían tanto al mono como al hombre y vestidos con el traje de su país: una falda por encima de las caderas y sostenida por un único tirante, bordada con adornos de diversos colores.
 Una ingeniosa y antojadiza crueldad había presidido el encadenamiento de aquellos prisioneros. Unos iban atados a la espalda por los codos; otros, por las manos elevadas por encima de la cabeza, en la más violenta postura; quiénes llevaban las muñecas apresadas en cangas de madera, quiénes el cuello estrangulado en un dogal o en una cuerda que encadenaba a toda una fila, haciendo un nudo en cada víctima. Parecía que se hubiesen complacido en contrariar en lo posible las actitudes humanas, al agarrotar a aquellos desdichados que avanzaban ante su vencedor con un paso torpe y forzado, poniendo los ojos en blanco y entregándose a contorsiones arrancadas por el dolor.
 A su lado caminaban unos guardianes que regulaban su paso a bastonazos.
 Detrás venían mujeres curtidas, de largas trenzas colgantes, que llevaban a sus hijos en un jirón de tela anudada a la frente, avergonzadas, encorvadas, dejando ver su desnudez frágil y deforme, vil rebaño destinado a los usos más ínfimos.
 Otras, jóvenes y bellas, con la piel de un matiz menos intenso, con los brazos adornados por anchos círculos de marfil y las orejas alargadas por grandes discos de metal, se envolvían en largas túnicas de anchas mangas, rodeadas en el cuello por un ribete de bordados y que caía en pliegues finos y apretados hasta los tobillos, en los que tintinaban varios aros; pobres muchachas arrancadas de su patria, de sus padres, tal vez de sus amores; sonreían sin embargo a través de sus lágrimas, porque el poder de la belleza no conoce límites, la novedad hace nacer el capricho y tal vez a alguna de aquellas cautivas bárbaras le esperase el favor real en las secretas profundidades del gineceo.
 Unos soldados las acompañaban y las preservaban del contacto de la gente.
 A continuación venían los portaestandartes, alzando los mástiles dorados de sus enseñas que representaban baris místicas, gavilanes sagradas, cabezas de Hathor coronadas por plumas de avestruz, íbices alados, historiadas cartelas con el nombre del rey, cocodrilos y otros símbolos religiosos o guerreros. A aquellos estandartes iban anudadas largas colas blancas, oceladas de puntos negros, a las que hacía revolotear graciosamente el movimiento de la marcha.
 Ante el aspecto de los estandartes que anunciaba la venida del Faraón, las diputaciones de sacerdotes y notables tendieron hacia él sus manos suplicantes, o las dejaron colgar sobre sus rodillas, con las palmas vueltas hacia arriba. Algunos incluso se prosternaron con los codos apretados a lo largo del cuerpo, la frente en el polvo, con actitudes de sumisión absoluta y de adoración profunda; los espectadores agitaban en todos sentidos sus grandes palmas.
 Un heraldo o pregonero, que llevaba en la mano un rollo cubierto de signos jeroglíficos, se adelantó en solitario entre los portaestandartes y los pebeteros que precedían a la litera del rey.
 Proclamaba con voz fuerte, vibrante como una trompeta de bronce, las victorias del Faraón: decía la fortuna de los diversos combates, el número de cautivos y de carros de guerra quitados al enemigo, el monto del botín, las medidas de polvo de oro, los colmillos de elefante, la plumas de avestruz, las masas de goma odorífera, las jirafas, los leones, las panteras y otros raros animales; citaba el nombre de los jefes bárbaros muertos por los dardos o las flechas de Su Majestad, el Aroeris omnipotente, el favorito de los dioses. 
 A cada enunciación, el pueblo lanzaba un clamor inmenso, y desde lo alto de los taludes, arrojaba al paso del vencedor largas ramas verdes de palmera que agitaba.
 ¡Por fin apareció el Faraón!
 Unos sacerdotes, que se volvían a intervalos regulares, tendían hacia él sus amschirs tras arrojar incienso a los carbones encendidos en el pequeño cáliz de bronce [...].
 Doce oeris o jefes militares, con la cabeza cubierta por un ligero casco coronado por una pluma de avestruz, el torso desnudo y el talle ceñido en un taparrabo de pliegues tiesos, que llevaban ante sí la tarja colgada del cinturón, sostenían una especie de pavés sobre el que descansaba el trono del Faraón. [...]
 A ambos lados de la parihuela, cuatro flabelíferos agitaban, en la punta de unos mástiles, unos enormes abanicos dorados de plumas de forma semicircular; dos sacerdotes sostenían una gran cornucopia ricamente ornamentada, de la que caían en manojos gigantescas flores de loto.
 El Faraón se tocaba con un casco apuntado en forma de mitra, que recortaba mediante una muesca la curva de la oreja y caía hacia la nuca para protegerla. [...] Un ancho pectoral con siete vueltas de esmaltes, piedras preciosas y cuentas de oro desplegaba su curva sobre el pecho del Faraón y lanzaba vivos resplandores al sol.»