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domingo, 31 de mayo de 2026

Ética demostrada según el orden geométrico.- Baruch Spinoza (1632-1677)

Parte cuarta: De la servidumbre humana o de la fuerza de los afectos.
Prefacio

 «Llamo "servidumbre" a la impotencia humana para moderar y reprimir sus afectos, pues el hombre sometido a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre él llega hasta tal punto que a menudo se siente obligado, aun viendo lo que es mejor para él, a hacer lo que es peor. Me he propuesto demostrar en esta Parte la causa de dicho estado y, además, qué tienen de bueno o de malo los afectos. Pero antes de empezar, conviene decir algo previo acerca de la perfección e imperfección, y sobre el bien y el mal.
 Quien ha decidido hacer una cosa, y la ha terminado, dirá que es cosa acabada o perfecta, y no sólo él, sino todo el que conozca rectamente, o crea conocer, la intención y fin del autor de esa obra. Por ejemplo, si alguien ve una obra (que supongo todavía inconclusa), y sabe que el objetivo del autor de esa obra es el de edificar una casa, dirá que la casa es imperfecta y, por contra, dirá que es perfecta en cuanto vea que la obra ha sido llevada hasta el término que su autor había decidido darle. Pero si alguien ve una obra que no se parece a nada de cuanto ha visto, y no conoce la intención de quien la hace, no podrá saber ciertamente si la obra es perfecta o imperfecta. Este parece haber sido el sentido originario de dichos vocablos. Pero cuando los hombres empezaron a formar ideas universales y a representarse modelos ideales de casas, edificios, torres, etc., así como a preferir unos modelos a otros, resultó que cada cual llamó "perfecto" a lo que le parecía acomodarse a la idea universal que se había formado de las cosas de la misma clase, e "imperfecto", por el contrario, a lo que le parecía acomodarse menos a su concepto del modelo, aunque hubiera sido llevado a cabo completamente de acuerdo con el designio del autor de la obra. Y no parece haber otra razón para llamar, vulgarmente, "perfectas" o "imperfectas" a las cosas de la naturaleza, esto es, a las que no están hechas por la mano del hombre. Pues suelen los hombres formar ideas universales tanto de las cosas naturales como de las artificiales, cuyas ideas toman como modelos, creyendo además que la naturaleza (que, según piensan, no hace nada sino con vistas a un fin) contempla esas ideas y se las propone como modelos ideales. Así, pues, cuando ven que en la naturaleza sucede algo que no se conforma al concepto ideal que ellos tienen de las cosas de esa clase, creen que la naturaleza misma ha incurrido en falta o culpa, y que ha dejado imperfecta su obra. Vemos, pues, que los hombres se han habituado a llamar perfectas o imperfectas a las cosas de la naturaleza, más en virtud de un prejuicio que por verdadero conocimiento de ellas. Hemos mostrado, efectivamente, en el apéndice de la Parte primera, que la naturaleza no obra a causa de un fin, pues el ser eterno e infinito al que llamamos Dios o Naturaleza obra en virtud de la misma necesidad por la que existe. Hemos mostrado, en efecto, que la necesidad de la naturaleza, por la cual existe, es la misma en cuya virtud obra (Proposición 16 de la Parte I). Así pues, la razón o causa por la que Dios, o sea, la Naturaleza, obra, y la razón o causa por la cual existe, son una sola y misma cosa. Por consiguiente, como no existe para ningún fin, tampoco obra con vistas a fin alguno, sino que, así como no tiene ningún principio o fin para existir, tampoco los tiene para obrar. Y lo que se llama "causa final" no es otra cosa que el apetito humano mismo, en cuanto considerado como el principio o la causa primera de alguna cosa. Por ejemplo, cuando decimos que la "causa final" de tal o cual casa ha sido el habitarla, no queremos decir nada más que esto: un hombre ha tenido el apetito de edificar una casa, porque se ha imaginado las ventajas de la vida doméstica. Por ello, el "habitar", en cuanto considerado como causa final, no es nada más que ese apetito singular, que, en realidad, es una causa eficiente, considerada como primera, porque los hombres ignoran comúnmente las causas de sus apetitos. Como ya he dicho a menudo, los hombres son, sin duda, conscientes de sus acciones y apetitos, pero inconscientes de las causas que los determinan a apetecer algo. En cuanto a lo que vulgarmente se dice, en el sentido de que la naturaleza incurre en falta o culpa y produce cosas imperfectas, lo cuento en el número de las ficciones de las que he tratado en el Apéndice de la Parte primera. Así pues, la perfección y la imperfección son sólo, en realidad, modos de pensar, es decir, nociones que solemos imaginar a partir de la comparación entre sí de individuos de la misma especie o género, y por esta razón he dicho más arriba (Definición 6 de la Parte II) que por "realidad" y "perfección" entendía yo la misma cosa.     
 Pues solemos reducir todos los individuos de la naturaleza a un único género, que llamamos "generalísimo", a saber: la noción de "ser", que pertenecería absolutamente a todos los individuos de la naturaleza. Así pues, en la medida en que reducimos los individuos de la naturaleza a este género, y los comparamos entre sí, y encontramos que unos tienen más "entidad", o realidad, que otros, en esa medida decimos que unos son "más perfectos" que otros; y en la medida en que les atribuimos algo que implica negación -como término, límite, impotencia, etc.-, en esa medida los llamamos "imperfectos", porque no afectan a nuestra alma del mismo modo que aquellos que llamamos perfectos, pero no porque les falte algo que sea suyo ni porque la naturaleza haya incurrido en culpa. En efecto: a la naturaleza de una cosa no le pertenece sino aquello que se sigue de la necesidad de la naturaleza de su causa eficiente y todo cuanto se sigue de la necesidad de la naturaleza de la causa eficiente se produce necesariamente.
 Por lo que atañe al bien y al mal, tampoco aluden a nada positivo en las cosas -consideradas éstas en sí mismas-, ni son otra cosa que modos de pensar, o sea, nociones que formamos a partir de la comparación de las cosas entre sí. Pues una sola y misma cosa puede ser al mismo tiempo buena y mala, y también indiferente. Por ejemplo, la música es buena para el que es propenso a una suave tristeza o melancolía y es mala para el que está profundamente alterado por la emoción; en cambio, para un sordo no es buena ni mala. De todas formas, aun siendo esto así, debemos conservar esos vocablos. Pues, ya que deseamos formar una idea de hombre que sea como un modelo ideal de la naturaleza humana, para tenerlo a la vista, nos será útil conservar esos vocablos en el sentido que he dicho. Así pues, entenderé en adelante por "bueno" aquello que sabemos con certeza ser un medio para acercarnos cada vez más al modelo ideal de naturaleza humana que nos proponemos. Y por "malo", en cambio, entenderé aquello que sabemos ciertamente nos impide referirnos a dicho modelo.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984, en traducción de Vidal Peña, pp. 245-248. ISBN: 84-7530-468-0.]

domingo, 25 de mayo de 2025

Trópico de Cáncer.- Henry Miller (1891-1980)

 

  «En esa especie de semi-arrobamiento que te permite participar en un acontecimiento y, aun así, permanecer completamente aparte, el pequeño detalle que faltaba empezó oscura pero insistentemente a coagularse, a adquirir una forma caprichosa y cristalina, como la escarcha que se acumula en el cristal de la ventana. Y como esos dibujos de la escarcha que parecen tan extraños, tan totalmente libres y fantásticos pero que, aun así, están determinados por las más rígidas leyes, esa sensación que empezó a tomar forma en mi interior parecía obedecer también a leyes ineluctables. Todo mi ser respondía a los dictados de un ambiente que no había experimentado nunca; lo que podría llamar mi yo parecía contraerse, condensarse, escapar de los límites antiguos y habituales de la carne cuyo perímetro conocía sólo las modulaciones de las extremidades nerviosas.
 Y cuanto más sustancial, más sólido se volvía mi centro, más delicada y extravagante aparecía la realidad inmediata, palpable, de la que iba quedando separado. En la misma medida en que me volvía cada vez más metálico, la escena que se producía ante mis ojos iba adquiriendo mayor amplitud. La tensión era ya tan intensa que la introducción de una sola partícula extraña, aunque fuera una partícula microscópica, como digo, habría hecho añicos todo. Por una fracción de segundo quizá, experimenté esa claridad total que, según dicen, el epiléptico tiene el privilegio de conocer. En aquel momento perdí completamente la ilusión del tiempo y del espacio: el mundo desplegó su drama simultáneamente a lo largo de un meridiano sin eje. En aquella especie de eternidad pendiente de un hilo sentí que todo estaba justificado, supremamente justificado; sentí mis guerras interiores, que habían dejado esa pulpa y esos despojos; sentí los crímenes que bullían allí para surgir mañana en titulares sensacionales; sentí la miseria que estaba moliéndose a sí misma con almirez y mortero, la larga y triste miseria que se derrama gota a gota en pañuelos sucios. En el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y del drama. Si en cualquier momento y en cualquier parte se encuentra uno cara a cara con lo absoluto, la gran simpatía que hace parecer divinos a hombres como Gautama y Jesús se enfría y se desvanece; lo monstruoso no es que los hombres hayan creado rosas a partir de este estercolero, sino que deseen rosas... Por una razón u otra, el hombre busca el milagro y para lograrlo es capaz de abrirse paso entre la sangre. Es capaz de corromperse con ideas, de reducirse a una sombra, si por un solo segundo de su vida puede cerrar los ojos ante la horrible fealdad de la realidad. Todo se soporta -ignominia, humillación, pobreza, guerra, crimen, ennui- gracias al convencimiento de que de la noche a la mañana algo ocurrirá, un milagro, que vuelva la vida tolerable. Y mientras tanto un contador está corriendo en su interior y no hay mano que pueda llegar hasta él para detenerlo. Mientras tanto alguien está comiendo el pan de la vida y bebiendo el vino, un sacerdote sucio y gordo como una cucaracha que se esconde en el sótano para zampárselo, mientras arriba, a la luz de la calle, una hostia fantasma toca los labios y la sangre está pálida como el agua. Y de ese tormento y miseria eternos no resulta ningún milagro, ni un vestigio microscópico de milagro. Sólo ideas, ideas pálidas, atenuadas, que hay que cebar mediante la matanza, ideas que brotan como bilis, como las tripas de un cerdo cuando lo abren en canal.
 Y, por eso, pienso en el milagro que sería que ese milagro que el hombre espera eternamente resultara no ser sino esos dos enormes chorizos que el fiel discípulo soltó en el bidet. ¿Y si en el último momento, cuando la mesa del banquete esté puesta y resuenen los címbalos, apareciera de repente, y sin aviso alguno, una fuente de plata en la que hasta los ciegos pudiesen ver que no hay ni más ni menos que dos enormes chorizos de mierda? Creo que eso sería más milagroso que cualquier cosa que el hombre haya esperado. Sería milagroso porque no se habría soñado. Sería más milagroso que hasta el sueño más descabellado porque cualquiera podría imaginar esa posibilidad, pero nadie lo ha hecho nunca, y probablemente nadie lo hará jamás.
 En cierto modo la comprensión de que no había nada que esperar tuvo un efecto saludable para mí. Durante semanas y meses, durante años, durante toda mi vida, de hecho, había estado esperando que algo ocurriera, algún acontecimiento intrínseco que transformase mi vida, y en aquel momento, inspirado por la desesperanza de todo, sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Al amanecer me separé del joven hindú, después de haberle sacado unos francos, los suficientes para pagar una habitación. Mientras caminaba hacia Montparnasse, decidí dejarme llevar por la corriente, no oponer la menor resistencia al destino, como quiera que se presentase. Nada de lo que me había ocurrido hasta entonces había bastado para destruirme; nada había quedado destruido, salvo mis ilusiones. Personalmente estaba intacto. El mundo estaba intacto. Mañana podría haber una revolución, una peste, un terremoto; mañana podría no quedar ni un alma a la que recurrir en busca de compasión, de ayuda, de fe. Me parecía que la gran calamidad ya se había manifestado, que no podía estar más auténticamente solo que en aquel preciso momento. Tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal, como un depredador, un pirata, un saqueador. Aun cuando se declarara la guerra, y me tocase ir, agarraría la bayoneta y la hundiría, la hundiría hasta el puño. Y si la orden del día era violar, en ese caso violaría y con furia. En aquel preciso momento, en el tranquilo amanecer de un nuevo día, ¿acaso no estaba la tierra aturdida por el crimen y la miseria? ¿Acaso había resultado transformado un solo elemento de la naturaleza, transformado vital, fundamentalmente, por la marcha incesante de la historia? Pura y simplemente, el hombre se ha visto traicionado por lo que llama la parte mejor de su naturaleza. En los límites extremos de su ser espiritual el hombre se ha vuelto a encontrar desnudo como un salvaje. Cuando encuentra a Dios, por decirlo así, ha quedado despojado: es un esqueleto. Hay que excavar de nuevo en la vida para echar carne. El verbo ha de hacerse carne; el alma está sedienta. Me abalanzaré sobre cualquier migaja en que clave los ojos y la devoraré. Si vivir es  lo supremo, entonces viviré, aun cuando deba volverme un caníbal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 1983, en traducción de Carlos Manzano, pp. 93-96. ISBN: 84-322-2182-1.]

jueves, 31 de diciembre de 2020

El mal menor. Ética política en una era de terror.- Michael Ignatieff (1947)

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5.-Las tentaciones del nihilismo

  «En El agente secreto, de Joseph Conrad, escrito bajo el impacto de los incidentes terroristas anarquistas ocurridos en Londres y París en la década de 1890, hay un personaje llamado el Profesor que deambula por las calles de Londres, con una mano aferrada a un detonador unido a una carga de explosivos que lleva en el abrigo. Puede saltar por los aires en cualquier momento si la policía trata de detenerlo. Conrad imagina que el Profesor ha sido ayudante en un instituto técnico y luego técnico de laboratorio para un fabricante de tintes, y cuando le despiden concibe una venganza contra el mundo. Como señala Conrad, «el Profesor tiene talento, pero carece de la virtud social de la resignación». El Profesor vive en extrema pobreza en habitaciones alquiladas en uno de los barrios más pobres de Londres y se dedica día y noche a perfeccionar los sistemas detonadores. Está listo para vendérselos a cualquiera que desee «romper la superstición y el culto a la legalidad» de la sociedad que le rodea. Frecuenta los grupos extremos de los socialistas revolucionarios clandestinos, pero en realidad considera a los revolucionarios con el mismo desprecio que considera a la policía. «El terrorista y el policía son tal para cual. La revolución, la legalidad, movimientos opuestos del mismo juego; formas de indolencia en el fondo idénticas.» Están aferrados a la vida, dice amargamente, mientras que él sólo desea la muerte y es por ello invulnerable. Los sueños revolucionarios, la legalidad burguesa, todos estos ideales eran mediocres, pensaba el Profesor, comparados con el objetivo al que él había dedicado su vida: fabricar «el detonador perfecto».
 El Profesor es el primer gran retrato de un terrorista suicida en la literatura moderna. Lo que Conrad pretende que veamos en este retrato demoniaco de la motivación terrorista es que objetivos políticos como revolución, justicia y libertad tienen poco que ver con lo que realmente impulsa al Profesor. El centro de su motivación es mucho más sombrío: desprecio por una sociedad que se niega a reconocer su talento; fascinación por la invulnerabilidad que le confiere su propia voluntad de morir; y obsesión por dominar los métodos de la muerte. El Santo Grial del Profesor —el detonador perfecto— es sólo un símbolo de la verdadera promesa del terrorismo: un momento de violencia que transformará a una persona insignificante y sin un céntimo en un ángel vengador.
 Este retrato del terrorista plantea un desafío especial al análisis al que me he dedicado hasta ahora. ¿Qué sucede en una guerra contra el terror cuando la violencia queda fuera de control, cuando ambas partes empiezan a comportarse como el Profesor, obsesionadas con los medios de su lucha e indiferentes a los fines a los que se supone que sirven esos medios? Hasta ahora he argumentado como si los terroristas y los estados que luchan contra ellos impusieran un control sobre los medios que emplean en función de los fines que persiguen. Los que recurren a la violencia política lo hacen en nombre de la libertad y la autodeterminación, en defensa de los oprimidos. Los que luchan contra el terrorismo, por su parte, luchan para defender los principios del Estado. Si nos basamos en estas suposiciones, es posible imaginar que el deseo de ambos bandos sería no empañar los fines que persiguen con los medios que emplean. Los valores que están encargados de defender podrían persuadir a los interrogadores que trabajaran para los estados democráticos liberales de que el uso de la tortura traiciona la mismísi

ma esencia del Estado. Los terroristas que justificaran las matanzas de civiles como el mal menor podrían ser persuadidos de alejarse del terror si se les pudiera demostrar que se pueden conseguir las mismas metas por medios pacíficos. Si asumimos que tanto el terror como la lucha contra el terror son fenómenos políticos, impulsados por metas e ideales políticos, sería posible imaginar que estas metas impedirían a ambas partes caer en una espiral de mutua consolidación de la violencia.
 ¿Y si estas suposiciones no son verdaderas? ¿Qué sucede cuando la violencia política deja de estar motivada por ideales políticos y pasa a estar motivada por las fuerzas emocionales que Conrad entendió tan bien: resentimiento y envidia, codicia y sed de sangre, violencia por la violencia misma? ¿Qué sucede cuando la lucha antiterrorista, asimismo, deja de estar motivada por los principios y pasa a estar motivada por la misma obsesión de impulsos emocionales?
 Una cosa es sostener que el terrorismo debe ser entendido políticamente y otra pretender que los objetivos políticos son los que determinan siempre las acciones de los terroristas. Es posible que motivos mucho más bajos, los que animaban al Profesor, sean los que necesitemos entender, si es que queremos hacernos una idea de por qué es tan frecuente que las metas nobles sean traicionadas por aquellos que piensan que están haciendo un servicio a esos objetivos. Lo mismo puede ocurrir con los agentes enviados para apresar a gente como el Profesor. Pueden estar dirigidos por códigos y valores que nada tienen que ver con los de la sociedad a la que están representando: los códigos de lealtad a los suyos propios de los guerreros, los valores de venganza y la pura emoción de infundir temor en otros.
 En este capítulo me propongo estudiar la violencia como nihilismo y trataré de explicar las razones por las que tanto el terror como la lucha contra el terror pueden convertirse en fines en sí mismos y las razones por las que muchas guerras contra el terror degeneran en una espiral de violencia. Ya he sugerido una razón por la cual podría suceder esto: los terroristas tratan de provocarlo deliberadamente para entrar en el ciclo de decisión del Estado al que se oponen y empujarlo hacia una opresión cada vez más brutal. La meta del terrorista es erosionar la identidad moral del Estado y su voluntad de resistencia y forzar a una población sometida a abandonar la obediencia a su gobierno. Si ésta es una meta política explícita de la mayoría de las estrategias terroristas, es vital que los líderes de los estados democráticos eviten caer en la trampa.
 Pero es más fácil decirlo que hacerlo. Lo que necesitamos explicarnos es por qué las guerras contra el terror se escapan del control político, por qué caen en la trampa que ponen los terroristas, pero también por qué los propios terroristas pierden el control de sus campañas e imponen terribles pérdidas a los de su propio bando antes que reconocer la derrota. Para explicar estas características sombrías, tenemos que desplazarnos de la política y el derecho a la psicología del nihilismo.
  Vamos a explicar primero lo que es el nihilismo. El nihilismo significa literalmente no creer en nada, la pérdida de cualquier límite o de un conjunto de metas que sirvan de inspiración. No quiero utilizarlo en ese sentido literal ni dar a entender que los terroristas o los que luchan contra los terroristas no creen en nada. Tanto unos como otros pueden empezar con altos ideales y perderlos en la carnicería de la lucha. Estoy utilizando la palabra, ante todo, para captar una forma de alienación en la cual ambas partes de la guerra contra el terror pierden de vista sus propios objetivos. Los medios coercitivos dejan de servir a determinados fines políticos y se convierten en fines en sí mismos. Tanto los terroristas como los que luchan contra los terroristas terminan atrapados en una espiral descendente de brutalidad que se refuerza mutuamente. Esta es la trampa ética más grave que nos espera en la larga guerra contra el terror que se extiende ante nosotros.
Resultado de imagen de el mal menor ignatieff La palabra nihilismo se emparejó por primera vez con el terrorismo en la década de 1860, en la Rusia de los zares. Dostoievski y otros la utilizaron para describir la visión de mundo de los terroristas dirigidos por Serguéi Nechaev, cuyo Catecismo de un revolucionario establecía un programa para la toma del poder. Nechaev promovía deliberadamente los actos de salvajismo para incitar al régimen zarista a un enfrentamiento sangriento. El nihilismo significaba originalmente un odio agresivo hacia las sofocantes e hipócritas convenciones burguesas. Sin embargo, el programa de los nihilistas no era literalmente nihilista, ya que se suponía que la destrucción preparaba el camino para la construcción de una sociedad justa sobre las ruinas de la sociedad antigua. Pero los adversarios de estos grupos aprovecharon el epíteto, argumentando que sus métodos destructivos menoscababan sus ideales sociales redentores. Los grupos que aceptaron el nihilismo como denominación lo hicieron porque captaba su absoluto rechazo del orden social existente. Al final, uno de esos grupos asesinó al zar liberador, Alejandro II, en 1881.
  No es casualidad que el mejor retrato literario del terrorismo como nihilismo sea ruso: el que hace Fiódor Dostoievski en Los poseídos, publicada en 1871. La novela narra la historia de una pequeña célula terrorista liderada por el carismático Stavrogin y el malvado embaucador Verkovenski, que se hacen con el poder en una pequeña ciudad rusa, consiguen el apoyo de los liberales crédulos que se detestan a sí mismos y luego desencadenan una serie de saqueos y destrozos que dejan edificios quemados, inocentes muertos y un miembro del grupo terrorista, que se había retractado, asesinado. Este último asesinato es la clave moral del significado del relato, ya que es el único que cree en los ideales políticos por los cuales se ha desatado la violencia. Debido a esto, parece decir Dostoievski, él es el único que se da cuenta de que los fines se han apoderado de los medios. Él paga con la vida su reconocimiento moral y su intento de denunciar al grupo y marcharse.
 Dostoievski, que había participado en un grupo conspirador, fue, como Conrad después de él, un maestro de la psicología del terrorista. Pero su retrato del terrorismo dependía de una elaborada crítica metafísica de la modernidad en la cual el terrorista se convertía en la expresión patológica de una sociedad que había perdido la fe compartida en Dios y se había rendido a un individualismo estrecho y cruel. El terrorismo, en el análisis de Dostoievski, es la imagen especular de la sociedad nihilista que los terroristas quieren destruir.
 No tenemos que aceptar las reflexiones apocalípticas de Dostoievski sobre la modernidad o creer, como él parecía implicar, que cuando las sociedades modernas son golpeadas por el terror están consiguiendo lo que se merecen. Podemos dejar estos pensamientos a un lado y en su lugar concentrarnos en la incomparable agudeza del retrato que hace el autor ruso del nihilismo como estado mental. En la novela, los terroristas sueltan la perorata retórica de los políticos revolucionarios, pero su retórica está tan vacía como sus almas. El mal llena su vacío espiritual. Lo que les atrae es el extremismo en sí. Esto es el nihilismo en un segundo sentido, la incredulidad cínica en las metas que uno manifiesta en apariencia. Al situar la acción en una pequeña localidad en vez de situarla en Moscú o San Petesburgo, Dostoievski quiere recalcar la inutilidad política del ejercicio: quemar un remoto pueblo ruso difícilmente va a iniciar la revolución por todo el Imperio ruso. Pero eso no parece importar a los conspiradores, que están enamorados de la conspiración en sí misma.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2005, en traducción de María José Delgado, pp. 151-156. ISBN: 84-306-0558-4.]

lunes, 24 de agosto de 2020

La lección del Maestro.- Henry James (1843-1916)

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5

   «-¿Es engañoso que lo encuentre viviendo con todas las señales de la felicidad doméstica, bendecido con una esposa perfecta y devota, con unos hijos a quienes no he tenido aún el placer de conocer, pero que deben ser unos jóvenes encantadores por lo que conozco de sus padres?
 St. George sonrió por la franqueza de su pregunta.
 -Todo es excelente, mi querido amigo, que el cielo me impida negarlo. He hecho una gran cantidad de dinero; mi esposa ha sabido cómo cuidarlo, cómo emplearlo sin malgastar, apartar una buena cantidad, hacerlo fructificar. Tengo un pan en el armario, de hecho lo tengo todo menos lo grande.
 -¿Lo grande? -Paul siguió haciendo de eco.
 -La sensación de haber hecho lo mejor..., la sensación que es la verdadera vida del artista y cuya ausencia supone su muerte, de haber extraído de su instrumento intelectual la música más hermosa que la naturaleza había escondido en él, de haberla tocado como debe tocarse. O bien lo hace o bien no lo hace y, si no lo hace, no merece la pena que se hable de él. Por tanto, precisamente, los que realmente saben no hablan de él. Puede que él aún oiga una gran cháchara, pero lo que más oye es el incorruptible silencio de la Fama. Yo la he sobornado, se podría decir, en mi momento... pero ¿cuál es mi momento? No se imagine ni por un minuto -prosiguió el Maestro- que soy tan sinvergüenza como para haberlo traído aquí abajo para abusar o para quejarme de mi esposa ante usted. Es una mujer de cualidades distinguidas, a quien estoy inmensamente obligado; de modo que, si me hace el favor, no diremos nada de ella. Mis chicos, mis hijos son todos varones, son rectos y fuertes, gracias a Dios y no hay pobreza de crecimiento a su alrededor, no hay penuria de necesidades. Recibo periódicamente el más satisfactorio testimonio de Harrow, de Oxford, de Sandhurst, ¡oh, hemos hecho lo mejor por ellos!, de su eminencia como organismos que viven, consumen y prosperan.
 -Debe ser maravilloso sentir que el hijo de las propias carnes está en Sandhurst -comentó Paul con entusiasmo.
 -Lo es..., es encantador. ¡Yo soy un patriota!
 El joven, en ese momento, se vio en la obligación de pagar el más grande de los tributos de preguntas.
 -Entonces, ¿qué quiso decir usted la otra noche en Summersoft, al declarar que los hijos son una maldición?
 -Mi querido joven, ¿de qué base partimos? -y St. George se dejó caer en el sofá a corta distancia de él. Sentado ligeramente de lado, apoyó la espalda en el brazo del sofá con las manos cruzadas detrás de la cabeza-. ¿De suponer que cierta perfección es posible e incluso deseable, no es así? Pues todo lo que digo es que los hijos de uno interfieren en la perfección. Interfiere la esposa. Interfiere el matrimonio.
 -¿Cree que el artista no debería casarse?
 -Lo hace corriendo un riesgo, lo hace a sus expensas.
 -¿Ni siquiera cuando su esposa comprende su trabajo?
 -Nunca comprenden..., ¡no pueden! Las mujeres no conciben tales cosas.
 -Pero no hay duda de que en ocasiones son ellas mismas quienes trabajan -objetó Paul.
 -Sí, y muy mal. Oh, claro, a menudo creen que entienden, creen que comprenden. Entonces es cuando son más peligrosas. Creen que uno va a hacer mucho y que obtendrá mucho dinero. Su gran nobleza y virtud, su conciencia ejemplar como hembras británicas está en mantenerlo a uno ahí. Mi esposa lleva todos los tratos con mis editores y lo ha hecho durante veinte años. Lo hace consumadamente bien, por eso vivo con tanto desahogo. ¿No es uno el padre de sus inocentes criaturas y va uno a privarlas de su sustento natural? La otra noche me preguntaba usted si no son un incentivo inmenso. Claro que lo son, ¡no hay duda de eso!
 Paul lo consideró: para unos ojos que nunca habían estado tan abiertos, había tanto que observar...
 -En cuanto a mí, me da la impresión de que necesito incentivos.
 -Ah, entonces n'en parlons plus! -sonrió magnánimamente su compañero.
LA LECCION DEL MAESTRO - LA VIDA PRIVADA - LA FIGURA DE LA ... -Usted es un incentivo, lo mantengo -prosiguió el joven-. Usted no me afecta de la manera en que al parecer le gustaría afectarme. Lo que veo es su gran éxito..., ¡la pompa de los Jardines de Ennismore!
 -¿Éxito? -los ojos de St. George tenían una luz fina y fría-. ¿Llama usted éxito a que se hable de uno como hablaría usted de mí si estuviera aquí sentado con otro artista, un joven inteligente y sincero como usted? Llama éxito a hacer que se sonroje, ¡cómo se sonrojaría!, si algún crítico extranjero (un tipo, claro está, que supiera de lo que está hablando y que le hubiera demostrado que lo sabía, como les gusta demostrarlo a los críticos extranjeros) le dijera: "Seguro que en su país a ése lo consideran el más perfecto". ¿Es éxito servir de ocasión para que un joven inglés tenga que tartamudear como usted tendría que hacerlo en un momento así por la pobre Inglaterra? No, no; el éxito es haber hecho que la gente baile a otro son. ¡Inténtelo!
 Paul continuaba resplandeciendo, todo gravedad.
 -Que intente ¿qué?
 -Intente hacer un trabajo realmente bueno.
 -¡El cielo sabe que quiero hacerlo!
 -Pero no se puede hacer sin sacrificios, no lo crea ni por un momento -dijo el Maestro-. Yo no hice ninguno. Lo tuve todo. En otras palabras, lo he perdido todo.
 -Ha tenido la vida normal humana, masculina, intensa y completa, con todas las responsabilidades y deberes, cargas, penas y alegrías, todas las iniciaciones y complicaciones sociales y domésticas. Deben ser inmensamente sugestivas, inmensamente divertidas -adujo Paul con ansia.
 -¿Divertidas?
 -Para un hombre fuerte..., sí.
 -Me proporcionan un sinfín de temas, si a eso se refiere; pero al mismo tiempo me quitaron el poder de usarlos. Traté un millar de cosas, pero ¿cuál de ellas se convirtió en oro? El artista sólo maneja eso..., no sabe nada de un metal más bajo. He vivido una vida mundana, con mi mujer y mi progenie; la torpe, convencional, cara, materializada, vulgarizada, brutalizada vida de Londres. Tenemos todo lo bello, incluso un coche; somos perfectos filisteos y gente eminente, hospitalaria y próspera. Pero, mi querido amigo, no intente hacerse el tonto, y fingir que no sabe lo que no tenemos. Es más grande que todo lo demás. Entre artistas..., ¡vamos! -concluyó el Maestro-. ¡Usted sabe tan bien como que está ahí sentado que se metería una bala en el cerebro si hubiera escrito mis libros!»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987, en traducción de Monserrat Millán y Ana Goldar. ISBN: 84-85471-83-0.]

domingo, 28 de junio de 2020

Venían a buscarlo a él.- Berta Vias Mahou (1961)

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Los guardianes del honor

  «Más allá, un bereber ofrecía un montón de objetos de metal sobre una manta, tirado en el suelo con las babuchas junto a él. Otro vendía pasteles árabes, llenos de miel y de pistachos, en forma de cestillos, de pañuelos cuidadosamente doblados o de minúsculos nidos de ruiseñor. Mira, exclamó Khaled sin hacer ni un solo ademán para señalar en dirección alguna. ¿Otra mujer guapa? Hamid siguió su mirada y vio una rata negra que atravesaba los raíles del tranvía corriendo hacia el borde del muelle para ir a tirarse al agua. ¿Sabes que una rata de ésas puede perforar con sus dientes hasta una tubería de plomo? Y son tan habilidosas que pueden llevarse un huevo hasta su nido sin cascarlo. Comilonas y malabaristas, bromeó Hamid. Khaled, sin siquiera esbozar una sonrisa, siguió a lo suyo: Pongamos las cartas sobre la mesa. ¿Por qué no lo había hecho cuando estaban sentados en la terraza, en lugar de pasarse todo el tiempo contemplando el panorama? Sin duda prefería hablar mientras caminaba. Tal vez creyera que así no les escucharía nadie. De todos modos, en aquellas unidades los compañeros no hablaban mucho entre sí. Había que tener cuidado con lo que se decía. Incluso estando los dos solos, a pesar de que tanto el uno como el otro podían decir que el otro era de los suyos, un hermano. No formaban más que una célula minúscula. Una partícula insignificante en un engranaje enorme, dentro de una red complejísima.
 Como dos moscas atrapadas en la tela de una araña. Y más valía no hacer ni un solo movimiento en falso. Pero la verdad es que en la calle daba igual hablar en voz alta o en un susurro. El mayor peligro siempre estaba en el propio compañero. La denuncia dentro del grupo fomenta la limpieza. Khaled echó una ojeada a su "hermano" y sintió una oleada de desprecio al pensar que aún tendría que aguantar a otro, pues por lo general actuaban en unidades de tres miembros. A veces le parecía que se encontraba en una especie de orden religiosa. Al menos, vivían la mayor parte del tiempo como si fueran monjes. No tenían nada. Vivían con lo puesto. El revolucionario es un hombre perdido, recordó. No tiene intereses propios, ni causas propias, ni sentimientos, ni hábitos, ni propiedades. Y ni siquiera un nombre. Todo en él ha sido absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento. La revolución. Eran las primeras palabras del primer párrafo del Catecismo del revolucionario. Aunque escrito para los anarquistas rusos hacía casi un siglo, describía a la perfección el estado en el que se encontraba cualquier miembro de una banda terrorista.
 Parece ser que nuestro hombre está escribiendo un documento que podría resultar comprometedor para la organización, prosiguió Khaled. Sin embargo, la última orden recibida es que debemos esperar. Le han dado un premio muy importante y la atención del mundo entero está puesta en él. Ahora no nos conviene actuar. De todos modos, según nuestros informadores, parece que Golan tiene intención de retirarse a vivir al campo. Al sur de Francia, no lejos de aquí. Si es así, dentro de unos meses, como mucho un año, resultará todo más fácil. Aunque también podemos actuar en la capital si es necesario. Qué excitante resultaba decidir sobre el destino de otras personas. Era como jugar a ser Dios. Y aquella diversión emocionante, a veces incluso peligrosa, era sin duda alguna lo que más podía acercarles a la inmortalidad. ¿De quién se trata? ¿Quién se oculta bajo el nombre de Golan? Nada más decirlo, Hamid se dio cuenta de que no debía haber formulado la pregunta. En cuanto él abría la boca, Khaled dejaba de hablar durante un buen rato. No le contestaba. O se ponía a hablar de otra cosa completamente distinta.
 Y, en efecto, durante unos minutos se quedó callado, sumido en sus pensamientos, caminando más despacio. No se puede escapar a la muerte, dijo por fin sin levantar la vista del suelo. ¿Conoces la historia del criado del rico mercader? Hamid le miró sorprendido. No podía creer que se dignara hablar en aquel tono con él, que le dedicara tanta atención. Conocía la historia, claro que la conocía, pero le dejó contarla. El criado ve en el mercado de Bagdad a la muerte, que le hace un gesto que él interpreta como de amenaza, así que corre a pedirle a su amo un buen caballo para escapar a toda velocidad a Isfahán. Más tarde, también el mercader se tropieza con la muerte en el mercado y le pregunta por qué le ha hecho un gesto de amenaza a su criado. La muerte responde: Era de asombro. me ha sorprendido verlo aquí, pues hoy mismo debo llevármelo en Isfahán. Hamid le miró sin comprender. ¿Qué quería decir? ¿Que eran infalibles? ¿Que nadie podía escapar una vez que la organización había decidido eliminarlo? En cualquier caso, dijo Khaled, como quien piensa en voz alta, yo prefiero encontrar a la muerte a caballo que en la cama.
Venían a buscarlo a él | Editorial Acantilado Mientras, habrá que dedicarse a la recaudación. Aquí, en Marsella, se dan muchos casos de morosos, falta entusiasmo. Como la muerte, nos entretendremos algún tiempo en el mercado. Habrá que hacerles entender que no se pueden retrasar en el pago. Si quieren que su suerte cambie, que el mundo entero cambie, también ellos tienen que contribuir. Sobre todo, ellos. Charriot magique. Toute en musique. Bienvenue chez papa Omri. Specialiste du thé à la menthe avec pignons, leyó Khaled en voz alta. El carro mágico estaba cubierto de flores. Papá Omri, con la barba canosa y un termo en la mano, llevaba un cornetín colgado del pecho. Con él anunciaba su llegada. Del carrito además salía música. Tenía un transistor embutido entre los termos y un montón de vasos de papel atiborraba la superficie superior del carricoche, que en su parte inferior y por todas y cada una de las caras estaba cubierto con banderas de distintos países. Se podía ver la de Francia, la de Argelia, pero también la de Suiza, la de Canadá, la de Alemania, la de España. En aquel momento sonaba una melodía árabe que hizo que el sol y el aire fresco de la bocana del puerto les resultaran aún más agradables.
 Hamid se dirigió hacia el carro con  la intención de tomar un té capaz de transportarle a la patria. Papá Omri estaba sirviendo a dos chicas muy jóvenes vestidas con trajes de verano de color blanco y sandalias de cuero. El viento jugaba con la tela, que temblaba sobre sus muslos. […]
 ¿Has visto? Ése es el ejemplo del buen árabe colonizado. Papá Omri escuchó el comentario, presintió la amenaza y echó a andar, empujando su carrito. Y mientras se alejaba con pasos cortos y rápidos, Khaled sonrió. El preferido del colonizador, de buena voluntad. No parece un mal tipo, le replicó Hamid. […] En aquel momento, pasó por allí una mujer junto a un chico alto con un loro gris sobre el hombro izquierdo. Khaled, que había empezado a seguir al hombre del carrito, que avanzaba tras las dos jóvenes con sus vasos de té, se detuvo de golpe y se quedó mirándolos. Otra mujer que le ha robado el sentido, pensó Hamid, sin darle mayor importancia, aliviado ante la idea de que abandonara tan pronto la persecución de Papa Omri. No puede ser, murmuró Khaled. Esa mujer y ese chico me están siguiendo. Tal vez estén a sueldo de los messalistas. Los dos. O por lo menos ella. Quizá sean confidentes de la policía. Deben de trabajar para el Servicio de Inteligencia francés. Hamid no podía creer lo que estaba oyendo y por primera vez se atrevió a protestar. ¿Estás chiflado? ¿Has perdido la cabeza? ¿Una mujer y un chico con un loro?
 ¿Acaso su compañero se había vuelto loco? ¿Y su inteligencia? ¿Se había esfumado para dar paso a un delirio infantil? Ellos son los culpables de que tenga esta marca, prosiguió Khaled al tiempo que se llevaba la mano a la mejilla. Mejor dicho, el loro. Me la hizo el pájaro. En un café. En Argel. Y ahora aparecen aquí, en Marsella. Me están siguiendo. No hay duda. Hamid se echó a reír a carcajadas. De modo que la cicatriz no es de una herida de bala. Ni de un cuchillo... Dejó la burla de inmediato porque Khaled le lanzó una mirada de hielo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2010. ISBN: 978-84-92649-75-4.]

jueves, 4 de junio de 2020

Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos.- William Osler (1849-1919)

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Un estudiante de Alabama

  «En toda colectividad existen unos pocos hombres que, por temperamento o convicción, no pueden inclinarse ante los Baales de la sociedad que les rodea y, al menos de pensamiento, se mantienen alejados del rebaño común. Tales hombres caminan una empinada y espinosa senda y en cualquier época la humanidad ha gustado de convertirlos en sus mártires. Las cartas muestran al doctor Bassett como un espíritu inquieto, inconformista, que se aparta de la vacuidad y falsedad de gran parte de la vida que le rodea. Siendo estudiante sin duda sintió un arranque de entusiasmo por el rápido desarrollo de la ciencia médica y, entre las preocupaciones y aflicciones del ejercicio rural, su corazón ardía con la esperanza de visitar alguna vez los grandes centros del saber. […] Todos los estudiantes acudían en tropel a París en la cuarta década [de 1800]. En ninguna otra parte había más inquietud, y Laënnec, Broussais, Louis, Andral, Velpeau y otros dominaban las ideas de la profesión [médica]. Podemos imaginar cuán minuciosamente fue elaborado el plan y cómo las pequeñas ganancias sobrantes fueron ahorradas durante años con tal propósito. Pero la prueba que exigió mayor coraje fue dejar a su esposa e hijos; y en sus cartas hay pasajes que indican que la lucha fue dura, incluso amarga. Con frecuencia se disculpa por la aparente crueldad de abandonarlos en aras de su profesión; y los vecinos no se lo pusieron más fácil a la pobre mujer, cuyo abandono no podían entender. En una de las cartas afirma: "¿así que la gente dice que te he dejado? Bueno, así es, y debes hacer siempre la mejor interpretación de tales comentarios; cuando yo vuelva esa misma gente seguramente dirá que he regresado. A veces esta clase de comentarios se hacen descuidadamente, de la misma forma en que los humanos patean a los gusanos; a veces caprichosamente, como los niños que arrancan las alas de moscas y las atraviesan con alfileres; a veces por deporte, como los cazadores cuando disparan a inocentes criaturas que les son de utilidad; a veces por ojeriza, al igual que matamos pulgas; a veces para experimentar, como los filósofos que torturan perros; pero raramente por maldad, como paganos que desuellan cristianos y cristianos que se desuellan unos a otros". En otra dice: "mis expresiones me recuerdan el arrepentimiento de quien se siente mal. Lo reconozco, Isaphaena, me has aguantado y apoyado mucho, y tendrás que hacerlo de nuevo, y espero que amablemente lo hagas; y si te satisface saberlo, tienes un marido que agradece tu conducta". […]
 El doctor Bassett contrajo tuberculosis y la última carta del paquete que recibí estaba fechada el 16 de abril de 1851 y procedía de Florida, adonde había ido en busca de salud. Murió el 2 de noviembre del mismo año, a la edad de 46 años. El 5 de abril le escribe a un amigo: "Este mundo nunca ha ocupado gran parte de mi atención o amor. Apenas le he pedido un poco, y poco me ha dado de cuanto le pedí. Durante muchos años se ha ido empequeñeciendo más y más a mi vista, como un objeto que se aleja en el espacio, pero ante mi nostálgica mirada no ha aparecido mejor tierra. Cuanto queda tras de mí se ha vuelto insignificante; ante mí hay un vasto vacío interminable, pero no es triste, pues está lleno de agradables sueños y visiones de gloriosas esperanzas. Lo he cubierto con los paisajes de Claude y lo he poblado con los mártires de la ciencia, los pioneros de la verdad, los perseguidos y crucificados de este mundo, los que después de haber trabajado pidieron pan y recibieron una serpiente -todos los que han sufrido por la verdad-. Cuán espléndido es contemplar en el futuro el descanso de los golpeados con sus lacerados sentimientos aliviados como hoy han sido los míos por la cariñosa consideración que ha manifestado tu esposa por mi futuro bienestar". […]
Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos de Osler ... Los extractos que he leído demuestran que el doctor Basset fue un hombre con dotes más que ordinarias, pero que se hallaba entre los sin voz de la profesión. El ambiente actual, las oportunidades de trabajo, las faldas de la buena suerte alzan a los hombres hasta la cumbre. La historia de esta vida puede servir de solaz para los espíritus inquietos que han tenido ambiciones sin oportunidades, e ideales irrealizables en el mundo donde se mueven. Empecé diciendo que os hablaría de un hombre del que nunca habíais oído hablar, de un humilde estudiante de un pueblecito de Alabama. ¿Y qué decir de los hombres que veneraba, por quienes dejó mujer e hijos en 1836? ¿Los conocemos mejor? Hoy día apenas uno de los que menciona nos conmueve desde el pasado con alguna fuerza. De la mayoría de ellos podemos decir que es como si no hubieran existido. Velpeau, Andral, Broussais, los grandes maestros que Basset siguió, son formas indefinidas (casi tan poco definidas como el discípulo), sacadas a relucir a la luz del día por algún laudator temporis acti*, para aprender filosofía mediante la historia. Haber luchado, haberse esforzado, haber sido fiel a ciertos ideales: ya sólo esto ha valido la pena. Ahora, y en la siguiente generación, uno o dos se librarán algo del sombrío olvido; pero en cuanto al resto de nosotros: sesenta años. También nosotros estamos con Basset y sus maestros y

Nadie pregunta / quién o qué hemos sido,
más de lo que él pregunta qué olas, / en la apacible soledad a la luz de la luna,
en medio del océano, han crecido, / espumeado un instante, y desaparecido**.»

*El que alaba los tiempos pasados. [N. del T.]
** Matthew Arnold: "Rugby Chapel" (1857) [N. del T.]

     [El texto pertenece a la edición en español de Unión Editorial, 2010, en traducción de Manuel Fuster Siebert y Cristina Fuster Sanjurjo. ISBN: 978-84-7209-537-3.]