domingo, 25 de septiembre de 2022

El origen del pensamiento.- Armando Palacio Valdés (1853-1938)


Biografia de Armando Palacio Valdés
V


 «A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con creciente asombro: “¡El excremento!”. Y esta idea, maravillosamente fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido jamás había soñado.
  Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de La Época, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba vueltas en torno del Ángel caído que cuando se sentaba frente al Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle los secretos que guarda en su seno.
  Don Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles añosos, que bordeaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora. Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para estudiar los organismos inferiores.
  —¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No sabe usted que está prohibido entrar?
  La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso, la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo Don Pantaleón, en la inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.
  Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas, mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.
  Mientras Don Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología, química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.
 —Me sorprende muchísimo, señor de Moreno —le dijo un día Don Pantaleón, después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las enfermedades de la sangre del ratón»—, me extraña muchísimo que con los grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero, o por lo menos doctor en ciencias.
  La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica. Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz, y dijo al cabo sordamente:
  —Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres veces suspenso?
  Sánchez le miró con ojos interrogantes.
  —Vamos, imagíneselo usted.
  Don Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.
  —¡En fisiología!
  Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.
  —¡Pero eso es un absurdo! —profirió al cabo con trabajo Don Pantaleón.
  —¡Ahí verá usted! —repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas producidas por la risa.
  —¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo castigo —manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.
  —Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano… pero… amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy débil.
  —¡El hambre! —exclamó Sánchez estupefacto.
  —Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre precisa nutrirse… Yo no me nutro, porque no como carne.
Descargar] El origen del pensamiento - Armando Palacio Valdés en ...  Don Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia calculaban que debían de ser bien humildes.
  —Señor Moreno, yo no pensaba…
  —¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo! —exclamó el joven con un gesto de resolución desesperada.
  Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el balcón, profirió al fin sordamente:
  —La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento, un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas, pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la lucha por la existencia… Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más aptos… He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez, mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.
  Don Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias, y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora. Lo único que se aventuró a decir fue:
  —Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede menos de abrirse camino en el mundo.
  —¡El mérito! ¡el mérito! —murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica—. Ahí está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.
  Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena de sustancia aromática debajo del ombligo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Dédalo, 1957.]

domingo, 18 de septiembre de 2022

Relatos completos.- Dylan Thomas (1914-1953)


Dylan Thomas | British author | Britannica
Hacia el comienzo

La historia verdadera

  «La anciana del piso de arriba estaba muriéndose desde que Helen alcanzaba a recordar. Estaba tendida en las sábanas, como una mujer de cera, desde que Helen era una niña que acudía a la casa con su madre para llevar fruta recién cogida y verdura fresca a la moribunda. Ahora, Helen era una mujer hecha y derecha, con su delantal y su vestido estampado; llevaba el cabello claro recogido en un moño en la nuca. Se levantaba todas las mañanas con los primeros rayos del sol, encendía el fuego en el hogar, dejaba entrar al gato de ojos rojos. Preparaba una tetera y subía al dormitorio, a la parte de atrás de la casa de campo, para inclinarse sobre la anciana cuyos ojos invidentes jamás estaban cerrados. Todas las mañanas le miraba a las cuencas de los ojos y pasaba las manos por delante. Sin embargo, no se movían sus párpados, y a ella le resultaba imposible saber si la anciana respiraba o no. «Son las ocho, las ocho en punto», decía. Y los ojos esbozaban una sonrisa. Una mano decrépita asomaba de las sábanas y permanecía quieta hasta que Helen la tomaba entre sus manos carnosas y la cerraba en torno a la taza de té. Cuando se vaciaba la taza, Helen la volvía a llenar; cuando la tetera se terminaba, retiraba las blancas sábanas de la cama. Allí estaba la anciana, estirada en su camisón, y el color de su piel era tan grisáceo como el del cabello. Helen aseaba las sábanas, las remetía y atendía a las necesidades de la anciana. Luego se llevaba la tetera.
  Todas las mañanas preparaba el desayuno para el mozo que faenaba en la huerta. Iba a la puerta de atrás, la abría y lo veía, a lo lejos, con la azada. “Son las ocho y media”, le decía. Era un feo mozo, con los ojos más rojos que el gato, como dos taimadas ranuras abiertas en la frente desde las que espiaba las primeras sombras que se formaban en el seno de Helen. Ella le ponía el desayuno delante. Cuando se levantaba, al terminar, siempre le hacía la misma pregunta: “¿Quieres que te haga alguna cosa?”. Ella nunca contestaba “sí”. El mozo volvía a sacar patatas del campo arado o a contar los huevos que habían puesto las gallinas, y si había moras o frambuesas que recoger en los matorrales que rodeaban la huerta, ella se le sumaba antes del mediodía. Al ver cómo se apilaban las frambuesas en la palma de su mano, ella a veces pensaba en la mancha del dinero bajo el colchón de la anciana. Si había que matar una gallina, ella le cortaba el pescuezo con más limpieza que el mozo, que dejaba el cuchillo en la herida y luego se limpiaba la hoja ensangrentada contra la manga. Ella tomaba la gallina, notaba su sangre caliente y la veía correr descabezada por el camino. Luego iba a lavarse las manos.
  Fue durante las primeras semanas de la primavera cuando ella tomó la resolución de matar a la anciana del piso de arriba. Tenía tan solo veinte años. Eran muchas las cosas que deseaba. Deseaba tener un hombre que fuera solo suyo, deseaba un vestido negro para los domingos y un sombrero adornado con una flor. No tenía ningún dinero. Los días en que el mozo llevaba los huevos y las verduras al mercado, le daba los seis peniques que la anciana le daba a ella, y el dinero que el mozo traía a la vuelta, en un pañuelo, ella lo depositaba en las manos de la anciana. Trabajaba para ganarse el pan y el cobijo, tal como trabajaba el mozo, aunque ella dormía en una habitación del piso de arriba y él dormía en un jergón de paja, encima de los establos vacíos.
  Una mañana de mercado salió a dar una vuelta por la huerta, para que su plan se asentase en su ánimo. Era un espléndido día del mes de mayo, sin más que un par de nubes en el cielo, como dos manos amorfas que se cerraban sobre la cabeza del sol. “Si pudiera volar —pensó—, echaría a volar, entraría por la ventana y le hincaría los dientes en el cuello”. Sin embargo, el viento fresco se llevó sus pensamientos a otra parte. De sobra sabía que no era una muchacha normal y corriente, pues en las tardes de invierno se dedicaba a leer libros, mientras el mozo se dedicaba a soñar tumbado en el jergón y la anciana permanecía a solas y a oscuras. Había leído una historia sobre un dios que se transformaba en dinero, había leído cosas sobre las serpientes que tienen las voces de los hombres, había leído sobre un hombre que estuvo en la cima de un monte hablando con una hoguera.
  Al fondo de la huerta, donde la cerca mantenía a raya la maleza y los campos asilvestrados, llegó a un montón de tierra. Allí había enterrado al perro que mató porque se dedicaba a perseguir y a matar a las gallinas. Sobre una tosca cruz estaba escrita al revés la fecha de su muerte, de modo que el perro aún no había muerto. “Podría enterrarla aquí mismo —se dijo Helen—. Lo haría al lado de la tumba, de modo que nadie la encontraría jamás”. Se frotó las manos y llegó a la puerta de atrás de la casa, antes de que las dos nubes rodeasen el sol.
  Dentro todavía tenía que preparar la comida para la anciana, tenía que hacer un puré de patata. Con el cuchillo en la mano y las peladuras en el regazo pensó en el asesinato que estaba a punto de cometer. El único sonido era el que producía el cuchillo, pues ya no soplaba el viento, y su corazón estaba tan callado como si lo hubiese envuelto en un trapo. En la casa no se movía nada; tenía la mano quieta en el regazo; no se le ocurrió pensar que el humo subiera por la chimenea y que saliera al cielo aquietado. Su ánimo, a solas en el mundo, tictaqueaba lentamente. Luego, cuando todo estaba en silencio, cantó el gallo y ella recordó al mozo, que no, tardaría en regresar del mercado. Había tomado la determinación de matar antes de su regreso, pero era preciso abrir una tumba y rellenar el agujero con la tierra. Helen notó que la mano se le moría de nuevo en el regazo. Y en medio de su muerte oyó que la mano del mozo retiraba el pestillo del cerrojo. Entró en la cocina, la vio pelar patatas y dejó el pañuelo sobre la mesa. Al oír el tintineo del dinero, alzó la mirada y sonrió. Él no la había visto sonreír nunca.
💥 Relatos completos de Dylan Thomas 🥇 libro gratis pdf y epub ...  No tardó en servirle la comida, y se sentó de costado junto al fuego del hogar. Cuando él se llevó el cuchillo a la boca, por el rabillo del ojo notó que ella lo miraba.
  —¿Le has subido la comida? —preguntó él.
  Ella no contestó. Cuando hubo terminado de comer, se levantó de la mesa.
  —¿Quieres que te haga alguna cosa? —preguntó el mozo, igual que se lo había preguntado un millar de veces.
  —Sí.
  Ella nunca le había dicho “sí”. Él nunca había oído hablar de esa manera a una mujer. Nunca habían estado tan oscuras las primeras sombras de sus senos. Se acercó trastabillando hacia ella, y ella alzó las manos para ponérselas en los hombros.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —le preguntó ella, y se aflojó los tirantes del vestido, de modo que se quedó con los pechos a la vista. Le tomó la mano y se la colocó sobre las carnes. Él miró fijamente su desnudez, pronunció su nombre y la tomó. Ella lo sujetó muy cerca de sí.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —insistió. Dejó que todo su vestido cayera al suelo, y se despojó deprisa del resto de sus ropas—. Harás lo que yo quiera —añadió, y las manos de él cayeron sobre ella.
  Al cabo de un minuto se desasió de su abrazo y echó a correr por la cocina. Desnuda, de espaldas a la puerta que llevaba al piso de arriba, le indicó que se acercase y le dijo qué había de hacer.
  —Ayúdame y seremos ricos —dijo. Él sonrió y asintió. Trató de palparla de nuevo, pero ella le sujetó los dedos, abrió la puerta y lo condujo al piso de arriba—. Quédate quieto aquí —dijo. En la habitación de la anciana miró a su alrededor como si fuera la última vez: miró la jarra desportillada, la ventana entreabierta, la cama, la inscripción de la pared—. Es la una —dijo, y con un movimiento súbito golpeó la cabeza de la anciana contra la pared. Le bastaron tres golpecitos, y la cabeza se cascó como un huevo.
  —¿Qué es lo que has hecho? —exclamó el mozo. Helen le llamó. Se quedó boquiabierto mirando a la mujer desnuda, que se limpiaba las manos con la ropa de cama, y mirando la sangre que había formado una mancha roja y redonda en la pared.
  —Quieto —dijo Helen, pero él volvió a gritar nada más oír su voz tranquila, y bajó las escaleras de tres en tres.
  “Así que Helen tendrá que volar —se dijo—. Hay que salir volando del cuarto de la anciana”. Abrió más la ventana y salió. “Estoy volando”, se dijo.
Pero no lo estaba.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debolsillo, 2003, en traducción de Miguel Martínez-Lage, pp. 29-32. ISBN: 978-8497596190]

domingo, 11 de septiembre de 2022

Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos.- Zygmunt Bauman (1925-2017)


Zygmunt Bauman y la comunicación - El blog de JM Velasco
3.-Sobre la dificultad de amar al prójimo


  «Ciudad y cambio social son casi sinónimos. El cambio es la cualidad de la vida urbana y el modo de existencia urbana. Cambio y ciudad pueden —y en realidad deberían— definirse por mutua referencia. ¿Por qué es así? ¿Por qué debe ser así?
  Es habitual definir las ciudades como lugares donde los desconocidos se encuentran, permanecen en mutua proximidad e interactúan durante largo tiempo sin dejar por eso de ser desconocidos. Centrándose en el papel que las ciudades desempeñan dentro del desarrollo económico, Jane Jacobs señala que la constante densidad de comunicación humana es la causa primordial de la agitación urbana. Los habitantes de la ciudad no son necesariamente más inteligentes que otros seres humanos, pero la densidad de la ocupación del espacio deriva en una concentración de necesidades. Y entonces en la ciudad se plantean preguntas que no se han planteado en otros sitios, surgen problemas que la gente no ha tenido ocasión de enfrentar en condiciones diferentes. Enfrentar problemas y plantear preguntas representa un desafío, que amplía la inventiva de los seres humanos de manera sin precedente. A su vez, esa situación ofrece una alternativa tentadora a la gente que vive en lugares más calmos, pero también menos promisorios: la vida urbana atrae constantemente a nuevos recién llegados, y la característica de estos es que traen “nuevas maneras de ver las cosas, y tal vez nuevas maneras de resolver viejos problemas”. Los recién llegados son extraños en la ciudad, y las cosas que los antiguos residentes han dejado de advertir por exceso de familiaridad parecen estrafalarias y requieren una explicación cuando son vistas por otros ojos. Para los extraños, y particularmente para los recién llegados, nada en la ciudad resulta «natural», nada se da por descontado. Los recién llegados son enemigos natos de la tranquilidad y la autoindulgencia.
  Tal vez no sea esta una situación que agrade a los nativos de la ciudad, pero por cierto es su mayor suerte. La ciudad está en su mejor momento, más exuberante y pródiga en oportunidades cuando sus medios y costumbres son cuestionados y acusados. Michael Storper, economista, geógrafo y planificador, atribuye la animación constante y la creatividad típicas de la densa vida urbana a la incertidumbre suscitada por la relación, mal coordinada y perpetuamente cambiante, “entre las partes de organizaciones complejas, entre los individuos y entre individuos y organizaciones”, que resulta inevitable en las condiciones reinantes en una ciudad: alta densidad y gran cercanía.
  Los extraños no son una invención moderna, pero sí lo son los extraños que siguen siendo extraños durante mucho tiempo, tal vez para siempre. En una ciudad o un pueblo premodernos típicos no se permitía a los extraños que siguieran siendo extraños durante mucho tiempo. Algunos eran expulsados o ni siquiera se les permitía entrar. Aquéllos que eran admitidos y permanecían más tiempo tendían a “familiarizarse” —eran interrogados y rápidamente “domesticados”—, de tal manera que pudieran unirse a la red de relaciones como residentes urbanos establecidos: de manera personal. Ese proceso tenía consecuencias notablemente diferentes de las de los procesos que nos resultan familiares ahora a partir de la experiencia de las ciudades contemporáneas, modernas, atestadas y densamente pobladas.
 
  A pesar de lo que la historia depare a las ciudades, y del drástico cambio que puedan experimentar su estructura espacial, su aspecto y estilo a lo largo de décadas o siglos, una característica permanece constante: las ciudades son espacios donde los extraños permanecen y se mueven en estrecha y mutua proximidad.
  La perpetua y ubicua presencia de desconocidos, por ser un componente constante de la vida urbana, añade un importante elemento de incertidumbre a los objetivos de vida de los residentes. Esa presencia, imposible de eludir, es una fuente de ansiedad que jamás se agota, y de una agresividad usualmente latente que suele entrar en erupción en diversas oportunidades.
  El miedo a lo desconocido —subliminal pero que flota en el ambiente— busca desesperadamente salidas viables. Las ansiedades acumuladas tienden a descargarse sobre una categoría selecta de “extraños” elegida para encarnar la “extrañeza”, la falta de familiaridad, la impenetrabilidad del entorno de vida, la vaguedad del riesgo y la amenaza. Cuando una categoría selecta de “extraños” es expulsada de hogares y comercios, el aterrador espectro de la incertidumbre es exorcizado por un tiempo; el horripilante monstruo de la inseguridad es quemado en efigie. Las barreras fronterizas cuidadosamente erigidas para impedir el acceso a “falsos solicitantes de asilo” e inmigrantes “puramente económicos” encarnan la esperanza de fortificar una existencia poco sólida, errática e impredecible. Pero la moderna vida líquida está condenada a ser errática y caprichosa a pesar de las medidas que se adopten contra los “extraños indeseables”, de modo que el alivio es de corta vida y las esperanzas puestas en las “medidas duras y decisivas” se hacen trizas rápidamente.
   El extraño es, por definición, un agente movido por intenciones que, en el mejor de los casos, podemos adivinar, pero de las que nunca podremos estar seguros. El extraño es la variable desconocida de todas las ecuaciones calculadas cuando se intenta decidir qué hacer y cómo comportarse. De modo que incluso cuando los extraños no se convierten en objeto de agresiones directas ni padecen las consecuencias de un resentimiento activo, su presencia dentro del campo de acción sigue siendo inquietante, ya que dificulta la predicción de los efectos de una acción y sus alternativas de éxito o fracaso.
  Compartir el espacio con extraños, vivir en la no deseada pero obstrusiva proximidad de ellos, es una situación que a los residentes de la ciudad les resulta difícil y hasta imposible de evitar. La proximidad de los extraños es un destino y un modus vivendi que hay que experimentar para que, por medio de pruebas y más pruebas, se logre que la cohabitación sea aceptable y la vida, vivible. Esta necesidad está “determinada”, no es negociable, pero la manera como los residentes de la ciudad la satisfacen puede elegirse. Y esa elección se hace a diario, por comisión u omisión, por acción o por defecto.

   Teresa Caldeira escribe sobre San Pablo (São Paulo), la segunda ciudad más grande de Brasil, un hervidero que se expande con rapidez: “Hoy San Pablo es una ciudad vallada. Se han construido barreras físicas en todas partes, alrededor de las casas, de los edificios de departamentos, de los parques, las plazas, los complejos de oficinas y las escuelas […]. La nueva estética de la seguridad da forma a todo tipo de construcciones e impone una nueva lógica de vigilancia y de distancia”.
   Los que pueden costearlo, se compran una residencia en un “condominio”, semejante a una ermita: se encuentra físicamente dentro pero social y espiritualmente fuera de la ciudad. “Las comunidades cerradas supuestamente separan los mundos. La publicidad propone un estilo de vida total, que representaría una alternativa a la calidad de vida que ofrece la ciudad y su deteriorado espacio público”. El rasgo más prominente del condominio es su “aislamiento y distancia de la ciudad. […] El aislamiento implica la separación de todos aquellos considerados socialmente inferiores”. Y como repiten los constructores y los agentes inmobiliarios, “el factor clave es garantizar la seguridad. Eso involucra vallas y muros en torno al condominio, guardias las veinticuatro horas controlando las entradas y todo un conjunto de servicios y equipamiento” destinados a “mantener a los demás fuera”.
    Como todos sabemos, las vallas tienen dos lados. Las vallas dividen un espacio uniforme en un “afuera” y un “adentro”, pero lo que es “adentro” para los que están de un lado de la valla es “afuera” para los que están del otro lado. Los residentes de los condominios usan la valla para estar “fuera” de la desagradable, inquietante, vagamente amenazante y dura vida de la ciudad, y “dentro” del oasis de calma y seguridad. Pero, al mismo tiempo y con el mismo gesto, impiden el acceso a los demás, dejándolos fuera de los lugares decentes y seguros, cuyos estándares están decididos a mantener y a defender con uñas y dientes, y confinándolos dentro de las mismas calles decadentes y sórdidas de las cuales han tratado de protegerse, sin reparar en gastos. La valla separa al “gueto voluntario” de los encumbrados y poderosos de los numerosos guetos forzosos de los marginados. Para los que están dentro del gueto voluntario, los otros guetos son espacios “en los que no entraremos”. Para los que están dentro de los guetos involuntarios, la zona en la que están confinados (y excluidos de las demás) es el espacio “del que no se nos permite salir”.

   En San Pablo (São Paulo), la tendencia exclusionista y segregacionista se manifiesta en su forma más brutal, inescrupulosa y desvergonzada; pero el mismo impacto puede encontrarse, aunque de manera más atenuada, en casi todas las ciudades metropolitanas.
  Paradójicamente, las ciudades, que en su origen fueron construidas para proporcionar seguridad a todos sus habitantes, en nuestros días se asocian con frecuencia más con el peligro y menos con la seguridad. Como expresa Nan Elin: “el factor del miedo [en la construcción y reconstrucción de las ciudades] ha aumentado, tal como lo indica el incremento de cerrojos en las puertas de los autos y las casas y de sistemas de seguridad, la popularidad de las comunidades seguras y Valladas’ para grupos de todas las edades y franjas de ingresos, por no mencionar los interminables informes sobre inseguridad difundidos por los medios masivos de comunicación”.
  Las amenazas, genuinas o putativas, dirigidas contra el cuerpo o la propiedad del individuo se convierten rápidamente en factores para tener en cuenta cada vez que se evalúan los méritos o desventajas de un lugar donde vivir. También se han convertido en el punto más importante a considerar dentro de las políticas del mercado inmobiliario. La incertidumbre ante el futuro, la fragilidad de la posición social y la inseguridad existencial, ubicuos acompañantes de la vida en el «moderno mundo líquido», arraigados especialmente en lugares remotos y por lo tanto fuera del control individual, tienden a concentrarse en los blancos más próximos y a canalizarse en la preocupación por la seguridad personal, preocupación que a su vez suele condensarse en el impulso segregacionista/exclusionista, que conduce inexorablemente a las guerras por el espacio urbano.
  Tal como podemos ver en el perceptivo estudio del joven crítico de arquitectura y urbanismo Steven Flusty, ponerse al servicio de esa guerra, y en particular de diseñar maneras de impedir el acceso de adversarios reales, potenciales y putativos al espacio reclamado y mantenerlos a buena distancia de él, constituye la preocupación más ampliamente difundida de la innovación arquitectónica y el desarrollo urbano de las ciudades estadounidenses. Las construcciones más nuevas, más publicitadas y más ampliamente imitadas son “espacios interdictónos”, “destinados a interceptar, repeler o filtrar a sus potenciales usuarios”. Explícitamente, el propósito de los “espacios interdictónos” es dividir, segregar y excluir, y no construir puentes, pasajes accesibles y lugares de encuentro, facilitar la comunicación y reunir a los residentes de la ciudad.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 2006, en traducción de Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide, pp. 108-111. ISBN: 84-3750-588-7.]