Sobre el derecho al pateo
«Ahora que parece haberse puesto de moda patear en los espectáculos teatrales, vuelve a plantearse el tema del "derecho al pateo". ¿Tiene o no tiene el publico derecho a demostrar su repulsa frente a un espectáculo mediante esta manifestación ruidosa? Durante los últimos tiempos hemos podido leer comentarios para todos los gustos. El tema es bastante delicado. Efectivamente, el pateo puede considerarse un "derecho" del público. El público puede reaccionar aplaudiendo, pateando o con el silencio frente al producto que se le ofrece. Ahora bien, en los comentarios que hemos leído acerca del derecho a patear se olvida casi siempre que un derecho para ser ejercitado exige la capacidad jurídica del que lo ejercita. Quiere decirse que la persona jurídica tiene que ser persona de pleno derecho, o lo que es lo mismo, persona en plena capacidad de sus facultades mentales. Nuestro ordenamiento jurídico, como en todos los países, no deja de prever diversos casos de incapacidad jurídica o de pleno derecho que inhabilitan para determinados ejercicios: la minoría de edad, la incapacidad mental, la prodigalidad, etc., estableciendo para estos casos una serie de instituciones como la "tutela", la "curatela", etc., que tienen por finalidad proteger al incapaz de una peligrosa ejercitación de sus derechos de ciudadano libre. Y el posible "derecho al pateo", del que en principio nosotros nos mostramos totalmente partidarios, también tiene que reglamentarse o contemplarse de acuerdo con la norma jurídica general.
Teniendo en cuenta lo dicho anteriormente y recalcando que a todo derecho corresponde una obligación, importa determinar el grado de responsabilidad de un público en un momento determinado. En consecuencia, el pateo de un espectáculo teatral -o de la clase que fuere- tiene que suponer en los que lo realizan la obligación previa de saber aquilatar la clase del espectáculo que van a denigrar y la razón por la que lo hacen. El pateo gratuito es inaceptable totalmente. Inaceptable desde cualquier punto de vista y no deja de ser más que una gratuita manifestación de gamberrismo. Este pateo gratuito impuesto irresponsablemente es perfectamente punible.
Dejando aparte esta breve digresión jurídica, quiero decir que durante los últimos meses hemos asistido al fenómeno del pateamiento de varios espectáculos teatrales en que no siempre existía el "derecho" a hacerlo. Y aun cuando hubo un claro derecho, todavía tenía que preguntarse uno con cierta angustia la razón por la cual se pateaba un espectáculo y se respetaba otro. Todo lo cual no deja de ser un tema de honda preocupación. La cosa está en que el pateo en una sociedad de índice mental bajo como la nuestra -especialmente en lo que respecta a "madurez" mental de espectador de teatro- la costumbre del pateo impunible puede ser catastrófica. El derecho al pateo pudiera situarse muy bien en una sociedad sana y mentalmente madura. En la nuestra, puede acarrear consecuencias funestas para los que se dedican al teatro. Existe una juventud mentalmente muy por debajo del índice mental medio -según las estadísticas- aunque haya otra muy responsable y madura. Existe también una incultura teatral notable, no ya de ahora, sino de muchos lustros. Ante semejante estado anímico permitir que una manifestación ruidosa decida el destino de un espectáculo es algo verdaderamente triste. A las muchas servidumbres que tiene que soportar el teatro se añade ahora la servidumbre a la tiranía de unas masas que, como tales masas, son femeninas y cobardes y, por supuesto, plenamente irresponsables e incapaces jurídicamente.
Si el derecho al pateo se ejercitase con plena responsabilidad en un momento como el actual y dentro de una sociedad como la presente, no cabe duda que habría que patearse casi todo. Porque casi todo, y aun decimos el casi con verdadera timidez, es objeto de rotunda protesta. Los pateos a los que he asistido últimamente se han producido en espectáculos digamos poco "protegidos" públicamente, espectáculos -aparte de malos- desasistidos de resonancia pública, mientras que otros espectáculos tan malos y tan aburridos como el ruidosamente pateado, transcurrían entre el tradicional aburrimiento del público y los finales aplausos de cortesía. El hecho de que se patee un espectáculo por estar desasistido de protección, dejando aparte su mala calidad, mientras se respetan otra clase de espectáculos de la misma categoría, determina esta incapacidad jurídica para ejercitar un derecho de que hablábamos al principio de este comentario.
Lo que pasa es que el poso de anarquismo que late en todos los pueblos meridionales hace que la manifestación ruidosa y violenta resulte verdaderamente apetitosa, incluso para las capas sociales más burguesas y conservadoras. ¿Quién no ha sentido nunca deseos de vociferar, gesticular, golpear e incluso asesinar en cualquiera de nuestras manifestaciones más o menos públicas?»
[El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 1972, pp. 74-77. Depósito legal: B.-17.409-1972.]

