4.- La nave principal
La historia del bolígrafo espacial
«Los primeros astronautas, fueran rusos o americanos, utilizaron lápices como herramienta de escritura. Pero tenía sus inconvenientes: el grafito es conductor e inflamable y una punta rota flotando por la cabina resultaba un peligro, puesto que podía introducirse en algún equipo eléctrico o bloquear el movimiento de un conmutador.
A comienzos del proyecto Gemini, la NASA encargó un lápiz retráctil diseñado para ser usado en el espacio con todas las garantías. El contrato se lo llevó una empresa de mecánica de precisión, con un importe total de 4.328,50 dólares por treinta y cuatro unidades. Cada una salía a casi ciento treinta dólares. El escándalo y las acusaciones de despilfarro perseguirían a la Agencia durante muchos años.
En la misma época y por iniciativa propia, Paul Fisher, un fabricante de equipos de escritura, patentó un bolígrafo capaz de escribir boca abajo. El secreto estaba en su cartucho de tinta, presurizado con nitrógeno a poco más de dos atmósferas y una tinta en gel. Fisher aseguró que el desarrollo había costado cerca de un millón de dólares, pero la NASA -escarmentada por la historia del lápiz- no participó en el proyecto. Se limitó a comprar unos centenares de bolígrafos cuando ya estuvieron en el mercado... a un precio de cuatro dólares menos descuento por cantidad. Los rusos también se hicieron clientes de la Fisher Space Pen.
Hoy, medio siglo después, el bolígrafo espacial sigue disponible en el mercado; la inflación ha multiplicado por diez su precio con respecto a aquellos primeros ejemplares.
Gastronomía para exploradores lunares
En las misiones Apollo, la cocina espacial había mejorado mucho con respecto a la que padecieron los primeros astronautas. Ya podían escoger sus preferencias entre un menú de setenta platos. Eso sí, siempre se trataba de alimentos liofilizados, deshidratados o que pudieran presentarse en bocaditos. Para beber, agua, obtenida como subproducto de las pilas de combustible del módulo de servicio. La nave disponía de dos dispensadores: uno para agua fría y otro para agua caliente. Los astronautas se quejaron con frecuencia no tanto de su sabor, sino de que contenía numerosas burbujas de gas que les provocaban molestias gástricas. Se probaron varias soluciones, entre ellas la de centrifugar el agua en bolsas de plástico, pero ninguna funcionó. Sólo a partir de la segunda misión lunar el problema quedó resuelto mediante unos filtros catalizadores de plata y paladio que absorbían el hidrógeno y lo descargaban al vacío.
En general, la gastronomía durante los viajes de ida y vuelta a la Luna resultaba aceptable. Otra cosa muy distinta eran los menús disponibles en la propia Luna.
Las primeras comidas en la Luna (Apollo 11) fueron bastante espartanas. La despensa del módulo lunar contenía sólo dos menús, seleccionados entre otras cosas por su bajo residuo. El primero: cubos de tocino, melocotón, galletitas de azúcar, zumo de piña y pomelo y café; el segundo, algo más sustancioso: estofado de buey, sopa de pollo, pastel de dátiles y zumos de uva y naranja.
Por si a los astronautas les apetecía "picar" algo más, se habían añadido algunos frutos secos, barras de caramelo, pan y pavo en salsa. Sin platos ni vasos, por supuesto. La vajilla del Eagle sólo eran dos cucharas.
Todos los alimentos podían conservarse sin refrigerar y tampoco hacía falta calentarlos (en el módulo lunar no había nada parecido a una cocina ni a una nevera). Algunos, como el tocino y el pavo, iban estabilizados con una cubierta de gelatina. Las galletas y el pan habían sido tratados para evitar migas que pudieran salir flotando (2).
Ir al lavabo camino de la Luna
La eliminación de los residuos fisiológicos, tanto sólidos como líquidos, fue problemática ya desde los primeros vuelos tripulados y continuó siéndolo durante todo el programa Apollo. En general, los sólidos se almacenaban a bordo; la orina se descargaba en el vacío del espacio, donde se vaporizaba al instante. Sólo en los últimos vuelos se trajeron muestras de orina a la Tierra, como parte de ciertos estudios médicos.
Para los astronautas, ir de vientre nunca resultó una experiencia satisfactoria. Las heces se recogían en unas bolsas de plástico con borde adhesivo para sujetarlas a las nalgas. No era fácil y con frecuencia parte del material escapaba y flotaba en la cabina, pegándose a los trajes o a los paneles de mando. Al menos en una ocasión, durante su trigésima revolución alrededor de la Luna, los astronautas del Apollo 10 se refirieron a algunos aspectos menos agradables de compartir espacios en momentos tan delicados. Como el descubrimiento de un objeto volante claramente identificado:
CERNAN: ¿De dónde ha salido eso?
STAFFORD: Pásame una servilleta rápido. Hay una mierda flotando en el aire.
YOUNG: Yo no lo hice. No es mío.
CERNAN: Creo que tampoco es uno de los míos.
STAFFORD: El mío era un poco más pegajoso...
Los tres rechazaban con vehemencia la paternidad del descubrimiento. La transcripción oficial de la conversación, al menos en su primera edición, llevaba el sello "Confidencial".
Una vez terminado su uso, el astronauta debía introducir en la bolsa una pastilla germicida, amasar bien y guardarla en un compartimento creado al efecto. Todo el proceso podía llevar hasta una hora. No es de extrañar, pues, que para minimizar el problema se recurriese a laxantes antes del lanzamiento, dietas bajas en residuos e incluso medicación reductora del movimiento intestinal.
En el módulo de mando, los residuos se guardaban en un compartimento situado en la pared derecha de la cabina, que no siempre cerraba herméticamente. El germicida pretendía impedir la fermentación y la emisión de gases. Lo último que la NASA quería era ver alguna de las bolsas hinchándose y amenazando con convertirse en una especie de granada maloliente. Para evitarlo, todos los residuos sólidos se almacenaban en un doble envoltorio de plástico. En caso de ruptura de una bolsa de heces ya guardada en el cajón de desechos, un sensor registraba el aumento de presión. Si superaba una décima de atmósfera, se abría una válvula que comunicaba con la cabina para alertar a los astronautas por el método más antiguo: el olor. Entonces podían accionar a mano otra válvula para conectarlo con el circuito de expulsión de orina y evacuar por allí el aire contaminado. Las bolsas permanecerían a bordo hasta volver a la Tierra.
A bordo del módulo lunar, las heces se trataban de forma similar, salvo que las bolsas usadas acabarían arrojadas al exterior junto con el resto de la basura. Los astronautas aborrecían este sistema, en especial cuando tenían que utilizarlo vestidos con sus escafandras: el culote no era lo suficientemente amplio para aplicar bien los adhesivos. Pero nadie había encontrado ninguna solución mejor. El uso de un inodoro más o menos convencional tendría que esperar años, hasta que entrasen en servicio los laboratorios Skylab, Salyut o el propio transbordador espacial.»
(2) Un resumen de la tecnología empleada en la preparación de alimentos para los vuelos Apollo puede consultarse en http://history.nasa.gov/SP-368/s6ch1.htm
[El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2018, pp. 126-131. ISBN: 978-84-480-2494-4.]