miércoles, 12 de mayo de 2021

Reflexiones sobre Oriente.- Thomas Merton (1915-1968)


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El zen


 «No podemos comenzar a entender cómo se manifiesta la experiencia zen y cómo se comunica entre maestro y discípulo, salvo que nos demos cuenta de lo que se está comunicando. Si no sabemos qué se supone que debe ser el significado, ese extraño método de significación nos dejará totalmente desconcertados y en mayor oscuridad de la que estábamos cuando comenzamos. Lo que el zen comunica no es un mensaje. No es simplemente una “palabra”, aun cuando pueda pensarse que es la “palabra del Señor”. No es un “qué”. No nos trae “noticias” que el receptor no tenga sobre algo que no conociera ya. Lo que el zen comunica es una conciencia que ya está allí potencialmente pero que no es consciente de sí misma. El zen no es kerygma sino realización, no es revelación sino conocimiento consciente, no son noticias del Padre que envía a Su Hijo a este mundo, sino conciencia de la base ontológica de nuestro propio ser aquí y ahora, exactamente en medio del mundo. Ya veremos más tarde que el sobrenatural kerygma y la intuición metafísica del fundamento del ser están lejos de ser incompatibles. Se le puede pedir a uno que prepare el camino de la otra. Se pueden complementar bien y, por esa razón, el zen es perfectamente compatible con la fe cristiana y, desde luego, con el misticismo cristiano (si entendemos el zen en su estado puro, como intuición metafísica).
 Si esto es cierto, tenemos que admitir que es perfectamente lógico aceptar lo que dicen los grandes maestros del zen, que “el zen no enseña nada”. A uno de los más grandes maestros chinos del zen, el patriarca Hui Neng (siglo VII de nuestra era) uno de sus discípulos le formuló una importante pregunta:
 “-¿Quién heredó el espíritu del quinto patriarca? –Lo que era igual que preguntar quién era ahora el patriarca.
 -Uno que entiende el budismo –contestó Hui Neng.
 El monje insistió en el asunto:
 -¿Lo habéis heredado vos?
 -No –respondió Hui Neng.
 -¿Por qué no? –preguntó el monje.
 -Porque yo no entiendo el budismo”.
 Esta historia está pensada precisamente para ilustrar el hecho de que Hui Neng había heredero el cargo de patriarca, o el carisma para enseñar el zen más puro. Estaba cualificado para transmitir la iluminación del propio Buda a sus discípulos. Si él hubiera proclamado una enseñanza plena de autoridad que hiciera esta iluminación comprensible para aquellos que no la poseyeran, entonces habría estado enseñando algo distinto, es decir, una doctrina sobre la iluminación. Habría estado difundiendo el mensaje de su propia comprensión del zen y, en ese caso, no despertaría a los demás al zen en sí mismos, sino imponiendo en ellos la impronta de su propia comprensión y su enseñanza. El zen no tolera este tipo de cosas, dado que esto sería incompatible con su verdadero propósito: despertar una profunda conciencia ontológica, una sabiduría intuición (prajna) en el fondo del ser del que fue despertado. Y de hecho, la pura conciencia de prajna no sería pura e inmediata si fuera una conciencia que comprendiera el prajna.

 El lenguaje usado por el zen es por lo tanto, en cierto sentido, un anti-lenguaje,  y la “lógica” del zen es radicalmente lo inverso a la lógica filosófica. El dilema humano de la comunicación es que de ordinario no podemos comunicarnos sin palabras y signos, pero incluso la experiencia ordinaria tiende a ser falsificada por nuestros hábitos de verbalización y racionalización. Las herramientas convenientes del lenguaje nos permiten decidir de antemano lo que pensamos que significan las cosas y todos nos sentimos tentados con demasiada facilidad a ver las cosas sólo de un modo que esté conforme con nuestras preconcepciones lógicas y nuestras fórmulas verbales. En vez de ver las cosas y los hechos como son, los vemos como reflejos y verificaciones de sentencias que ya hemos establecido con anterioridad en nuestras mentes. Rápidamente olvidamos lo sencillo que es ver las cosas y sustituir nuestras palabras y nuestras fórmulas por las cosas en sí mismas, y manipulamos los hechos de modo que vemos sólo lo que se ajusta convenientemente a nuestros prejuicios. El zen usa el lenguaje contra él mismo para apartar esas preconcepciones y para destruir la “realidad” engañosa en nuestras mentes de modo que podamos ver directamente. El zen nos dice, como dijo Wittgenstein, “No pienses: ¡Mira!”.
 Dado que la intuición zen busca despertar una directa conciencia metafísica más allá del ego empírico, reflectante, conocedor, voluntarioso y hablador, este conocimiento tiene que estar inmediatamente presente en sí mismo, sin mediación de un conocimiento reflexivo o imaginativo, y, sin embargo, tampoco puede ser una simple negación. El zen es enteramente positivo. Oigamos lo que D. T. Suzuki dice al respecto:

 “El zen siempre tiende a aferrarse a los hechos reales de la vida, que nunca pueden ser puestos sobre la mesa de disección del intelecto. Para captar el hecho real de la vida el zen se ve forzado a proponer una serie de negaciones. Pero la negación en sí misma no está en el espíritu del zen…” [Consecuentemente, dice, los maestros del zen ni niegan ni afirman, simplemente actúan o hablan de tal forma que la acción o la palabra en sí mismas son, plenamente, un hecho repentino de actividad presente en el zen…]Y Suzuki continúa. “Cuando se capta el espíritu del zen en su pureza, se verá que es un hecho real que (actúa, en este caso como de modo directo) es. Aquí no hay ni afirmación ni negación, sino un simple hecho, una experiencia pura, el verdadero fundamento de nuestro ser y de nuestro pensamiento. Están en él toda la calma y el vacío que uno pudiera desear en medio de la meditación más activa, y no son apartados por nada externo o convencional. El zen tiene que ser cogido con las manos desnudas, sin ponerse los guantes” (D. T. Suzuki, Introduction to Zen Buddhism, Londres, 1960, p. 51).

 Es éste el sentido en el que el zen “no enseña nada; meramente nos permite despertarnos y adquirir conciencia. No enseña, señala” (Suzuki, Introduction, p. 38). Los actos y los gestos de un maestro de zen no son “declaraciones”, son el sonar del timbre de un despertador.
 Todas las palabras y acciones de los maestros del zen y de sus discípulos tienen que ser entendidas en este contexto. Normalmente, el maestro está simplemente “produciendo hechos” que el discípulo ve o no ve.
 Muchos de los relatos zen que normalmente son casi incomprensibles en términos racionales, son simplemente el timbre de un despertador en relación con el durmiente. Normalmente, el durmiente mal guiado responde apagando el timbre para poder continuar durmiendo. Otras veces salta de la cama, atónito, pensando que se ha hecho demasiado tarde. En ocasiones se limita a continuar durmiendo y ¡ni siquiera oye el timbre!
Resultado de imagen de reflexiones sobre oriente En tanto que el discípulo tome el hecho como un signo de algo, es conducido por él a conclusiones falsas. Es posible que el maestro (por medio de algún otro hecho) trate de conseguir que el discípulo se dé cuenta de ello. Con frecuencia, es precisamente en este punto donde el discípulo, que advierte que se le guía erróneamente, también se da cuenta al mismo tiempo de todo lo demás; principalmente, de que no hay nada de lo que darse cuenta, excepto del hecho. ¿Qué es el hecho? Si se sabe la respuesta es que se está despierto. ¡Ha oído el timbre del despertador!
 Pero nosotros, en Occidente, vivimos en una tradición de adhesión terca y egocéntrica a lo práctico y orientada enteramente al uso y la manipulación de todo, pasando siempre de una cosa a otra, de la causa al efecto, de lo primero a lo siguiente, y de ahí a lo último para regresar después a lo primero. Todo señala, siempre, a algo diferente y, consecuentemente, nunca nos detenemos en ninguna parte porque no podemos hacerlo; tan pronto hacemos una pausa, la escalera mecánica llega al fin de su recorrido y tenemos que salir y encontrar otra. Nada está permitido salvo ser y significar por sí mismo. Misteriosamente, todo tiene que significar alguna otra cosa. El zen está diseñado especialmente para frustrar la mente que piensa de ese modo. El “hecho” zen, sea el que sea, siempre se atraviesa en nuestra ruta como un árbol caído, más allá del cual no podemos pasar.
 Esos hechos tampoco faltan en el cristianismo –la Cruz, por ejemplo-. Como el “Sermón del Fuego” de Buda transforma por completo la conciencia budista de todo lo que está a su alrededor, así la “palabra de la Cruz”, de una forma que es en gran medida la misma, da al cristiano una conciencia radicalmente nueva del significado de la vida y de su relación con otros hombres y con el mundo que le rodea.
 En ambos casos, los hechos no son meramente impersonales y objetivos, sino hechos de experiencia personal. Tanto el budismo como el cristianismo son iguales al hacer uso de la existencia ordinaria y cotidiana como material para una transformación radical de la conciencia. Dado que la existencia humana ordinaria y cotidiana está llena de confusión y sufrimiento, es obvio que haremos buen uso de ambos para transformar nuestra conciencia y nuestro entendimiento si vamos más allá de ambos para conseguir sabiduría en el amor. Sería un grave error suponer que el budismo y cristianismo se limitan a ofrecer varias explicaciones del sufrimiento, o peor aún, justificaciones y mistificaciones de este hecho ineludible. Por el contrario, ambos nos muestran que el sufrimiento sigue siendo inexplicable sobre todo para el hombre que intenta explicarlo para evitarlo, o que piensa en las explicaciones como una forma de escape. Sufrir no es un “problema”, como si fuese algo de lo cual podemos salir y controlarlo. El sufrimiento, tal y como lo ven el cristianismo y el budismo, cada uno a su manera, es parte de nuestra acentuada ego-identidad y de nuestra existencia empírica, y lo único que podemos hacer con él es zambullirnos en medio de la contradicción y la confusión para así ser transformados en lo que el zen llama la “gran muerte” y el cristianismo “morir y resucitar con Cristo”.
 Volvamos a los hechos oscuros y atormentadores de los que se ocupa el zen. En la relación entre el maestro de zen y su discípulo, el hecho de que se encuentra con mayor frecuencia es la frustración del discípulo, su falta de habilidad para ir a alguna parte mediante el uso de su propia voluntad y su propio razonamiento. La mayoría de los dichos de los maestros del zen se ocupan de esta situación y tratan de convencer al discípulo de que tiene una experiencia fundamentalmente errónea de sí mismo y sus capacidades.
 “Cuando la carreta se para”, dice Huai-Jang, el maestro de Ma-Tsu, “¿le pegas a la carreta o al buey?” Y añade: “Si uno ve el Tao desde el punto de vista de hacer o no-hacer, de reunir y dispersar, uno no ve realmente el Tao”.
 Si esta observación sobre pegar a la carreta o al buey es oscura, quizá otro mondo (pregunta y respuesta) podría sugerir el mismo hecho de diferente modo:
 Un monje le pregunta a Pai-Chang:
 -¿Quién es el Buda?
Pai-Chang le responde:
 -¿Quién eres tú?»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Oniro, 2004, en traducción de Joaquín Adsuar Ortega, pp. 56-63. ISBN: 84-89920-13-3.]

martes, 11 de mayo de 2021

Un grito sin voz.- Henri Raczymow (1948)


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I


 «Los alemanes filman el gueto, en especial la cárcel judía de la calle Gesia, donde la mitad de los detenidos son niños que han intentado saltar el muro, y el Judenrat, en la calle Grzybowska. Las ignominias y las vilezas con que hemos sido mancillados pasarán a la historia gracias a estudiadas puestas en escena. Como buena muestra de ello, en la calle Smocza, reunieron a una muchedumbre de judíos y acto seguido ordenaron a los policías judíos que los dispersaran con brutalidad. Éstos lo hicieron con la docilidad habitual. Filman a otros soldados alemanes que acuden a socorrer a un niño judío que intenta colarse a través de un hueco del muro mientras es amenazado por un policía judío o polaco. El alemán, como buen soldado, les dice que no hay que pegar a los niños. Acaban de prohibir a los turistas alemanes visitar nuestro cementerio. Al parecer, la visión de los cadáveres apilados en un barracón no muy lejos del mausoleo del rabino de Radzymin causa mal efecto y hasta suscita algunas objeciones por parte de los visitantes.
 Cada vez fusilan a más judíos en las calles. Según los nuestros, es a causa de los comunistas, sionistas y bundistas, y su propaganda criminal. Siempre la misma cantinela. A propósito (de cantinelas), Guta se ejercita repitiendo “¡Santa Madre de Czestochowa!” y “¡Por los clavos de Cristo!” Me recuerda a mi pequeña Zofia que siempre tenía estas exclamaciones en la boca. ¿Qué habrá sido de ella en el lado ario?
 Guta ha sido enviada de nuevo fuera del gueto. Lleva un crucifijo. En cuanto cruza el muro, cambia su gorra por un pañuelo. Ayer me preguntó si es verdad que tiene, como le han dicho, an arishn pounem, es decir, una fisionomía aria, lo que también puede entenderse como a naarishn pounem, que significa cara de idiota. En realidad, no tiene pinta ni de aria ni de idiota. Martha es la más adecuada para realizar misiones de este tipo, creo. “¡Santa Madre de Czestochowa!”, “¡Por los clavos de Cristo!” Me encantan estas fórmulas mágicas, idólatras.
  Ayer por la mañana, Haïm fue testigo de una escena espeluznante en la esquina de Twarda con Sliska. Los alemanes mandaron preparar una mesa surtida de botellas de vino y comida en abundancia. Luego ordenaron bajar de un camión a una docena de jóvenes hassidim y los alinearon a lo largo de la mesa, mientras otros alemanes agrupaban en la acera de enfrente a todos los niños hambrientos que encontraron en las inmediaciones de la calle Prosta; niños harapientos, descalzos, con los vientres hinchados. Y conforme ellos filmaban, dieron orden a los hassidim  de darse una comilona, y después los obligaron a bailar y a beber. Y aquellos pequeños mendigos lastimosos los miraban, les imploraban –en esto consistía todo el argumento-, y los hassidim tenían que sacárselos de encima con la mayor brutalidad de la que fueran capaces. Cuando esta obra maestra del arte se terminó  de filmar, recogieron las cámaras y a continuación apareció otro camión atestado de soldados, los de la calavera, que ametrallaron a los niños y a los hassidim ante los ojos de una multitud aterrorizada.
  Algunos han oído emisiones radiofónicas de la BBC, en las que se informa de nuestra suerte en los guetos y especialmente en diferentes campos, como el de Chelmno y el de Belzec. Se avanza la cifra de siete mil judíos asesinados aquel día. ¿Por qué el mundo se calla? ¿Por qué el gobierno polaco en el exilio minimiza todo cuanto nos sucede? ¿Por qué silencia estos hechos? ¿Qué se propone? Según Szymon, se propone mostrar que la primera víctima de los alemanes es el pueblo polaco y no los judíos. Con dos pueblos mártires, uno siempre está de más. Hay quienes dicen que no es la primera persecución que hemos vivido y que tampoco será la última. Tuvimos las Cruzadas, la Inquisición, las matanzas en Ucrania, los pogromos en la Rusia zarista y el pueblo judío todavía sigue viviendo. Dicen que no es conveniente provocar a los alemanes, que no debemos darles motivos para avivar su ira. No; hay que esperar. Esperar a que termine la guerra. Esperar a Churchill y a Stalin. Otros esperan que llegue el Mesías. Algunos les replican a estos últimos que el Mesías ya ha llegado. Está en Berlín, cenando en la mesa de A.H. y que es su mano derecha. ¡Lo que nos sucede en estos tiempos no tiene nada que ver con la Inquisición! ¡Podíamos abandonar España si no queríamos convertirnos! Ni con Masada, porque pudimos entregarnos, y, además los romanos no perseguían el incomprensible propósito de exterminar hasta el último judío, desinfectar la tierra de nuestra presencia ni se burlaban abiertamente de nuestros piojos. Hoy, las tres últimas generaciones de conversos están condenadas al exterminio; unos judíos que no se convirtieron bajo la amenaza de la espada, que eligieron abandonar nuestro pueblo libremente. Incluso ellos van a morir. Incluso los conversos. Incluso los de la policía judía. Incluso los contrabandistas. Incluso los judíos que son agentes de la Gestapo. Tanto ellos como nosotros, todos seremos exterminados. Por desgracia, no formamos un ejército de zelotes prestos a entregarnos al enemigo con una humillante bandera blanca. No estamos en situación de poder renegar de nuestra fe judía para conservar la vida, lo cual, según Reb Huberband, Maimónides toleraba, siempre y cuando en su corazón uno siguiera amando la Torá de Israel…
 Szymon estaba como loco. Guta guardaba silencio. Szymon es un buen tipo. Esther no lo merece.    
  Esther lee libros sobre Napoleón: se remite de modo febril a las páginas que relatan sus últimas campañas. Aquí, todo el mundo compara a A.H. con Napoleón, todo son incesantes conjeturas sobre sus similitudes y sus diferencias. Ambos firmaron la paz con Rusia. “Una vez de acuerdo con Rusia, ya no temo a nadie”, dijo Napoleón. A buen seguro que a A.H. le llegará, más pronto o más tarde, su batalla de Berezina. Pero entre este más pronto y más tarde, la suerte de todos los judíos pende de un hilo.
 […]
  Jakob ha buscado a papá por el barrio de Praga, pero no lo ha encontrado. No ha encontrado a nadie que fuera capaz de proporcionarle información sobre él. De Yanek tampoco hay noticias. Ni de Mathiek.
Resultado de imagen de raczymowun grito sin voz En el gueto, habilitamos los escondites. Reforzamos los sótanos, levantamos paredes en los desvanes, se acondicionan armarios en el interior de otros armarios, se construyen trampillas verdaderas y falsas que se cubren con alfombras, con mesas; se arman también escaleras verdaderas y falsas. Pero vamos más lejos aún. ¡Llegamos a construir falsas habitaciones! Habitaciones sin puertas ni ventanas, cuyas paredes están recubiertas por varias capas de ladrillos y que únicamente son accesibles por el techo, al levantar las tejas. ¡Hemos construido habitaciones tapiadas dentro de otras habitaciones tapiadas! Los ingenieros y técnicos  acuden para ofrecer sus valiosos consejos. Algunos hacen de ello su medio de subsistencia. Ha aparecido un nuevo oficio: vendedor de escondites. El precio total incluye la comida. Muchos de los supervivientes pasan al lado ario a cambio de cantidades desorbitadas. No creen en los escondites. Dicen que los alemanes se los conocen todos. Porque una vez los conocen los judíos, también los conocen los soplones judíos. No se paran a pensar que en el lado ario vivirían constantemente aterrorizados ante la posibilidad de una denuncia. Y cuando ya no les quede más dinero ni joyas, los mismos polacos que los han escondido durante algún tiempo no dudarán en entregarlos. Ganancia asegurada: cien zlotys por cabeza. Los que se quedan han decidido morir con las armas en la mano. Hacen acopio de reservas de comida. Ahora ya no se trata de esconderse una noche o mientras dura una redada, sino durante semanas, tal vez meses, hasta que lleven a cabo el asalto final.
  La Sociedad de Naciones ha condenado el exterminio de judíos. Ha elevado su petición con la amenaza de sancionar a los nazis. Seguramente este gesto los disuadirá de seguir con las matanzas. Son muy sensibles a las amenazas, sobre todo a las de una dama tan respetable como la Sociedad de Naciones.
  Una gruesa capa de nieve cubre las calles. Debajo de los adoquines, ríos de sangre. 
[…]
  Se rumorea que se iniciarán de nuevo las deportaciones, y de forma inminente. ¿Estamos preparados para responder? La mayoría dice que no. Necesitamos dinero de forma imperiosa; no nos queda más remedio que exigir tributos a los ricos, así como a los miembros del Judenrat.
  La “Aktion” alemana se reanudó ayer por la mañana con una brutalidad inaudita. El gueto fue acordonado al amanecer. ¡Pero respondimos! Esther se unió a un grupo de unos cuarenta combatientes en un kibutz de Zamenhofa. Entre ellos se encontraba el poeta Katzcenelson que alentaba a sus camaradas, diciéndoles que se sentía feliz de morir junto a ellos, con las armas en la mano. Había ido con su hijo. Los camaradas le aconsejaron esconderse  en un refugio, puesto que los alemanes llegarían de un momento a otro. Él, Katzcenelson, debía sobrevivir como fuera, para dar testimonio. Pero se negó.
  Hoy se cumple el cuarto día de la “Aktion” de los alemanes. Se oyen explosiones terribles: vuelan por los aires las casas y lanzan granadas en las viviendas. Las redadas ha cesado. El objetivo de los alemanes ya no es deportar, sino matar al mayor número posible de judíos, para vengarse. Las armas de la resistencia polaca son siempre insuficientes. Cuánto tiempo perdido en actividades culturales en vez de dedicarnos en cuerpo y alma a prepararnos para combatir. Pero no sabíamos, no conocíamos a A. H.
  Cuando fue creado el hierro, me contaba el tío Avroum, al tercer día de la creación, los árboles empezaron a temblar. “¿Qué os ocurre para temblar así? –preguntó el hierro-. Mientras ninguno de vosotros me sirva de mango, no tendréis que temer nada de mí”. Según Avroum, en esta fábula los árboles representan el pueblo de Israel, la ramera de las naciones, y el hierro, la fuerza seductora de estas mismas. Y proseguía diciendo: “Cuando Israel sirve de mango al hierro de las naciones, éstas, convertidas en hachas, golpean sin piedad a los árboles de Israel”.
 Aquí, en el gueto, al parecer hemos comprendido por fin esta fábula. Ya no servimos de mango al hierro que nos golpea. Pero ya es tarde para abrir los ojos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Subsuelo, 2011, en traducción de Isabel Romero Reche, pp.  58-61,86-87 y 89-90. ISBN: 978-84-939426-1-8.]

lunes, 10 de mayo de 2021

Canudos. Diario de una expedición.- Euclides da Cunha (1866-1909)


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Bahía, 16 de agosto


 «Al llegar aquí  y asaltado en seguida por nuevas y variadas impresiones, perturbadoras de un juicio acertado, creo a veces que valoré de modo inexacto la situación y dominado acaso por la opinión general entre los que volvían de Canudos dije también con ellos:
 -La lucha está a punto de terminar y no habrá más víctimas.
 Hombres de mayor responsabilidad que, por excusado, me permito no citar, afirmaron categóricamente que la población sitiada no llegaba, quizá, a los doscientos rebeldes, los cuales, además, disminuían cada noche por causa de fugas a través de la carretera franca de O Cambaio y por los estragos de un bombardeo persistente. Otros testigos oculares aseguraron, unánimes, que, en los combates subsiguientes a la gran batalla del 18 de julio, los jagunços fueron vistos desmoralizados y acobardados, hasta el punto de pelear entre dos adversarios: los soldados por delante y los jefes por la retaguardia, que los llevaban, azuzados a bastonazos, al combate no deseado.
 Hay muchos testigos oculares de este hecho, que descubre máximo desánimo entre los fanáticos.
 Por otra parte, prisioneros de ambos sexos concuerdan en afirmar un hecho que evidencia un principio de discordia: el Conselheiro quiso ceder rindiéndose, lo que fue tenazmente impedido por Vila Nova, especie de jefe temporal de la grey rebelde.
 -Sigue: ¡haz tus milagros! –fue la intimidación enérgica y dominadora del cabecilla. Y el profeta claudicante que había garantizado que las tropas del gobierno del diablo no verían esta vez ni siquiera las torres sagradas de las iglesias de Belo Monte (Canudos), roto el primitivo encanto, cedió.
 Además de todo esto, la más profunda miseria y el hambre, reflejadas en los cuerpos al borde de la inanición, carcasas casi vacías de los prisioneros –y de los muertos, cuya extraña flaqueza es la nota constante de los relatos que hacen los soldados-, ciertamente iban completando poco a poco la destrucción.
 Las carreteras, totalmente francas y practicables, libres de las emboscadas del principio, recorridas tranquilamente por los que han llegado hasta aquí, indican que la región está totalmente libre de enemigos.
 Ahora bien: todas esas versiones ya son viejas en el tormentoso momento en que una hora posee inmenso valor; ya tienen quince días.
 Hace quince días que se espera a cada minuto la rendición del pueblo, ya ocupado en parte por nuestras fuerzas y que tiene apenas doscientos enemigos debilitados por las fatigas y por el hambre, divididos por la discordia y desalentados hasta el punto de ir a la batalla a palos.
 Y si consideramos que ellos saben que continúan los refuerzos y que hoy, en este momento, deben de estar llegando a Canudos a fin de completar el cerco, y de cerrarles definitivamente la última carretera libre, que no aprovechan, desde hace tiempo, como huida de una muerte inevitable, nos sentimos obligados a estimar la campaña, en vez de próxima a su término, a la manera antigua, incomprensible, misteriosa.
 Lo ha sido desde su comienzo; desde el principio en que los desastres sobrevienen y sorprenden a todo el mundo inesperadamente, al decaer de improviso en el momento en que se espera la victoria y se anticipan ovaciones triunfales.
 ¿Por qué razón los jagunços, desmoralizados, en número reducido, teniendo aún franca la fuga hacia el sertao difuso e intransitable, donde no serán descubiertos en el seno de una naturaleza que es su mejor arma de guerra, esperan a que se les cierre la única carretera a la salvación, aguardan que se complete el asedio del que derivará la rendición y sus funestas consecuencias?
 Dejando aparte la hipótesis de una entrega sobrehumana que les imponga sucumbir bajo los muros derruidos de los templos que han levantado, uno casi se inclina por fuerza a pensar en una nueva celada cayendo ex abrupto, confundiendo una vez más los planes de la campaña.
 Del mismo modo que nuestras tropas ansían los nuevos refuerzos que llegan, ¿no esperarán ellos acaso, de los sertoes desconocidos que se desdoblan al norte y noroeste de Canudos, fuertes contingentes que pongan a los nuestros entre dos fuegos?
 ¿No será también lícito conjeturar, excluida esta suposición, que el número relativamente pequeño de los que permanezcan en el pueblo, encarando todos los peligros, tenga como único objetivo atraer al ejército hasta allí y retenerlo, engañado durante un tiempo, hasta que los fanáticos se recuperen y se reúnan y refuercen en cualquier otro punto de más difícil acceso, más hondamente enclavado en el sertao?
 Estos interrogantes crecen en mi espíritu desde el día en que, intentando adquirir un conocimiento de las opiniones que por aquí circulan, no lo conseguí y comprendí que gran parte de los que vuelven de aquellos parajes desconoce la situación en tan alto grado como los que no han ido.
 Hay que añadir que si aún ayer oficiales distinguidísimos me aseguraban, unánimes, que el poblado estaba casi abandonado y destruido, hoy distinguidísimos oficiales, recién llegados, cuyos nombres puedo citar, afirman que aún tiene mucha gente, perfectamente abastecida y apta para larga y tenaz resistencia.
 Buscar la verdad en este torbellino es imponerse la tarea estéril y fatigosa de Sísifo.
 El espíritu más robusto y disciplinado se agota en conjeturas vanas; nada deduce, oscila indefinida, intermitentemente, en una inútil agitación de dudas, entre conclusiones opuestas, del completo desánimo a la más alta esperanza. Los propios soldados, rudos hombres sinceros, destrabados de las pasiones que atan a los que actúan en un plano superior de la vida, no concuerdan a menudo en lo que afirman. Muchos han estado allí desde las primeras expediciones y confiesan ingenua, lealmente, que no saben nada, que nunca han visto al enemigo sino después de muerto, que nunca lo han visto frente a frente, cuerpo a cuerpo, en la refriega del combate, no lo conocen en absoluto, no saben cuántos son.
Resultado de imagen de canudos diario de una expedicion Como si todo esto no bastara para impresionar vivamente y hacer vacilar al espíritu más enérgico, ahí están esas irrupciones diarias, cuya descripción he trazado sin exageración, de heridos, en número que asombra, que llegan invariablemente todos los días, que abarrotan todos los hospitales y ya los desbordan, derivando hacia el seno de los conventos. Y ahí están, más tristes aún, si cabe, más dolorosas y deplorables, esas incalificables solicitudes de retirada hechas ante el enemigo, bajo la bandera de la patria traspasada de balas; tres o cuatro tal vez que duelen más que la derrota de una brigada y cuya noticia llega de un modo lúgubre en el seno de los que se aprestan para la lucha.
 Y ante todo esto, ante tantas opiniones discrepantes acerca de un enemigo que permanece firme dentro de un círculo de hierro, y que genera tantos males, que produce estas multitudes de mártires heroicos, menos tristes, digámoslo de pasada, que la media docena de los que tienen el coraje sobrehumano de decir al país entero que son cobardes, ante esta situación realmente indefinible, se justifican ampliamente todas las dudas, se comprenden los interrogantes que nos hemos hecho.
 Y si consideramos aún que, realmente, según declaramos ayer, este incidente de Canudos es sólo un síntoma, y que falsea la verdad quien lo considere reducido a las agitaciones de un pueblo del sertao, pues justamente a esta hora, y hablo con entero conocimiento de causa, en esta gran capital –cuya población, en su mayoría, es de una nobleza admirable y se ha revelado de una generosidad sin par en esta emergencia-, justamente a esta hora, aquí, hay velas que se encienden en recónditos altares y preces fervorosamente murmuradas en favor del siniestro evangelizador de los sertoes, cuyos prosélitos no están todos allá; si consideramos esto, entonces no hay conjeturas que no se justifiquen, por más atrevidas que sean.
 Realmente, cualquiera que en el momento actual, subordinado a una ley elemental de filosofía, pretenda, en este medio, calcar las concepciones subjetivas sobre los materiales objetivos, no las tendrá seguras y estimulantes cuando éstos sean tan incoherentes e inconexos.
 Yo deseo, con todo, estar en un error; deseo vivamente que estas líneas sean exageradas divagaciones y que el futuro permanezca eternamente mudo ante estas interrogantes. Que al llegar ahí esta carta –alarmante, tal vez, sincera ciertamente- llegue también la noticia de la victoria, destruyéndola e impidiendo su publicación.
 Nunca he deseado tanto recibir una réplica rotunda, una contradicción victoriosa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2008, en traducción de Xavier Rodríguez Baixeras, pp. 67-74. ISBN: 978-84-8367-108-5.]