jueves, 21 de junio de 2018

El mal del ímpetu.- Iván A. Goncharov (1812-1891)


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«A partir de ese momento me convertí en un triste espectador de la evolución del "mal del ímpetu". A veces se me ocurría librarlos aun en contra de su voluntad, aunque sólo fuera por poco tiempo, de aquella seducción diabólica: cerrar la puerta justo en el momento en que estuvieran a punto de salir o lanzarme en busca de los médicos más famosos y, despertando primero su interés y luego su compasión, rogarles que ayudaran a los desdichados mártires. Pero eso habría significado enemistarme con ellos para siempre, porque no habían perdido el juicio y, cuando no se mencionaban los paseos, seguían siendo los "Zúrov de invierno", es decir, eran tan amables y generosos como en los meses invernales.
 No voy a importunar al lector con la descripción de los distintos matices y casos particulares del "mal del ímpetu": en el relato de mi amigo Tiazhelenko, que he reproducido casi literalmente, se encuentra la noción general de esta dolencia y a mí solo me queda añadir, para mayor claridad y precisión, la crónica de uno o dos de los paseos, los más reveladores del estado enfermizo en el que se encontraba el alma de mis conocidos.
 Cada paseo se distinguía, invariablemente, por alguna aventura en particular: o porque se rompía el eje de la calesa y ésta volcaba, y de ella, como del cuerno de la abundancia, surgían y se esparcían los más diversos objetos en un desorden prodigioso: cacerolas, huevos, carne asada, caballeros, tazas, bastones, chanclos, damas, un samovar, bollos, sombrillas, cuchillos, cucharitas; o porque una lluvia de varios días y el cansancio acumulado los obligaban a buscar refugio en alguna cabaña que se convertía en un divertido escenario dada la diversidad que albergaba: terneros, niños, estanterías vacías, paredes mugrientas, hombres rusos y fineses, cucarachas, cazuelas, platos, damas rusas y de origen finlandés, abrigos femeninos, impermeables, ropones campesinos, elegantes sombreros de mujer y calzado rural, todo colocado sin ningún orden, formando un variopinto divertimento. Además de la peripecia principal, solían tener lugar pequeños e impredecibles accidentes: alguno de los niños caía al agua, Zinaída Mijáilovna mojaba por error su esbelto piececito en un cenagoso cauce... Pero, ¿acaso es posible referir todo lo que sucedía durante sus incursiones a campos y bosques? ¿Y acaso podría haber sido diferente tomando en cuenta que estos infelices, aun cuando nadie los empujaba, se lanzaban al encuentro de tanta incomodidad? Recuerdo que una mañana, cuando el tiempo todavía era bueno, nos pusimos de acuerdo para ir a Strelna después de la comida y visitar el palacio y los jardines. Mientras comíamos, un nubarrón plomizo cubrió el cielo y a lo lejos retumbó un trueno. Los estampidos sonaban cada vez más cerca hasta que, finalmente, se soltó un chubasco terrible. Yo me alegré pensando que sin duda alguna el paseo quedaría aplazado, sobretodo porque el aguacero no tardó en convertirse en una lluvia fina y persistente; pero mi alegría fue vana: a eso de las cinco se aproximaron a la escalinata varios carruajes de alquiler.
 -¿Qué significa esto?
 -¿Cómo qué significa? ¿Y Strelna? -exclamaron a coro.
 -¿Pero quién se va a atrever a ir con un tiempo como este?
 -¿Qué le ocurre al tiempo? Sólo está lloviendo.
 -¡Y les parece poco! Podemos coger frío, constiparnos y morir.
 -¿Y qué importa? ¡A cambio, habremos paseado! Llevamos cinco paraguas, siete capas impermeables, doce pares de chanclos y...
 -¡Y las cañas de pescar! -añadió Alexéi Petróvich.
 No tuve alternativa; les había dado mi palabra y fui. Diluvió hasta la mañana siguiente y por eso, al llegar a Strelna, en vez de visitar el palacio, nos vimos obligados a entrar en una taberna en la que tuvimos el placer de degustar un té de muy extraña consistencia, color y sabor y de deleitarnos con un correoso bistec.
 A partir de ese momento, comencé a espaciar mis visitas a los Zúrov, porque gracias a aquellos paseos caí enfermo en tres ocasiones y, por otro lado, con frecuencia no los encontraba en casa y, si los encontraba, siempre estaban atareados preparando alguna salida, o descansando de ellas; aunque lo habitual era que estuvieran indispuestos. Sin embargo, a pesar de todo, no perdía la esperanza de que sanaran y pensaba que los consejos de los amigos, la ayuda de los médicos y, finalmente, la salud que se les escapaba, acabarían por destruir la raíz de su infortunada monomanía. Pero, ¡ay!, qué cruelmente equivocado estaba. La descripción de los siguientes tres ataques, o -según la denominación que ellos les daban- tres paseos, será suficiente para  mostrar hasta qué punto "el mal" se había apoderado de aquellos infelices.
 En una ocasión llegué a visitarlos por la noche y me asombró el silencio que reinaba en esa casa donde las alegres exclamaciones, las risas y los sonidos del piano se sucedían ininterrupidamente. Le pregunté  al sirviente cuál era el motivo de aquel incomprensible silencio.
 -Ha ocurrido una desgracia, señor -respondió en un susurro.
 -¿Qué desgracia? -pregunté alarmado.
 -La vieja señora ha tenido a bien perder la vista.
 -¡No es posible! ¡Dios! ¡Pobre abuela! ¿Cómo ha sucedido?
 -Ayer, durante el paseo, tuvo a bien sentarse largo rato al rayo del sol y mirarlo fijamente y, cuando llegó a casa, tuvo a bien dejar de ver.
 Alexéi Petróvich me recibió en la sala y confirmó lo que me habían dicho añadiendo, además, que lamentaba lo de la abuela sobre todo porque esta circunstancia paralizaba temporalmente los paseos. Yo meneé la cabeza cinco veces: una de ellas intentaba expresar mi compasión por la abuela y cuatro mi indignación por las palabras de Alexéi Petróvich.
 "Bueno -pensé-, a ver si así se sosiegan por lo menos cuatro días. Cómo me alegro; tal vez con esto se vayan tranquilizando poco a poco."
 Acompañado de estas consoladoras reflexiones me fui a casa y me acosté a dormir.
 A la mañana siguiente, antes de las seis, distintas voces entremezcladas y el ruido de muchos pasos en la acera me despertaron y me obligaron a levantarme. Suponiendo que se tratase de algún incendio que se hubiera declarado por los alrededores, me asomé a la ventana ¡y qué fue lo que vi! Alexéi Petróvich, sin gorro, con los cabellos flotando al viento y una alegría salvaje en los ojos, devoraba a grandes zancadas el espacio; llevaba puesto un impermeable que se hinchaba con el aire como si fuese una vela; en las manos tenía dos cañas de pescar con sus aparejos. Detrás de él venían los niños, uno más pequeño que otro, saltando llenos de alegría, algunas veces quedándose rezagados y otras, por el contrario, adelantándose. Me quedé petrificado. Hasta entonces "el mal" no se había manifestado de una manera tan violenta. Miré de nuevo: la pandilla entera se había detenido y se había puesto a bostezar frente a mis ventanas.
 -¿Adónde dirigen sus apresurados pasos, miserables, y por qué perturban la tranquilidad del prójimo? -les espeté con voz inspirada.
 En aquel momento me parecieron seres excepcionales en los que estaba impreso el sello de la maldición y creí necesario utilizar, como se hace en esos casos, un lenguaje especial para dirigirme a ellos.
 -¡Iremos andando a Párgolovo!- gritaron a coro. [...]
 -¿Pero están ustedes en sus cabales? ¡Hasta Párgolovo hay doce verstas!»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Minúscula, en traducción de Selma Ancira. ISBN: 978-84-95587-73-2.]
 

miércoles, 20 de junio de 2018

Sonetos.- Juan Boscán (1490-1542)


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XVI
«Ya canso al mundo y vivo todavía;
llevo tras mí, mis años arrastrando;
mis amigos de mí van murmurando;
yo ando ya escondiéndome del día.
 La noche sigo mas mi fantasía
me está entre las tinieblas espantando;
la soledad doquiera voy buscando
pero a las veces busco compañía.
 Viene mi mal con tan cruda figura
que el alma no le tiene el rostro firme;
quiere huir de tanta desventura.
 Yo deseo también tras ella irme,
mas amor, la costumbre y la ventura
me salen y me tienen al partirme.

XXII
 No he de pedir sino lo que merezco
y he de pediros cuanto yo deseo;
igualo el merecer con el deseo
y entiendo bien con esto a que me ofrezco.
 Así lo digo y no me ensoberbezco
ni en palabras hinchadas me rodeo;
antes, según yo de esto siento y creo,
de sola la verdad me favorezco.
 No quiso Dios dar bien no merecido
y así nos dio con qué se mereciese;
el alma os doy y os doy lo que es posible
 ¡y ojalá yo, señora, más pudiese!
Con esto, pues, merezco lo que pido
hasta donde comienza lo imposible.

XXXI
 Cargado voy de mí doquier que ando
y, cuerpo y alma, todo me es pesado;
sin causa vivo pues que está apartado
de do el vivir su causa iba ganando.
 Mi seso está sus obras desechando;
no me queda otra renta ni otro estado
sino pasar pensando en lo pasado
y callo bien en lo que estoy pensando.
 Tanto es el mal que mi corazón siente
que sola la memoria de un momento
viene a ser para mí crudo accidente.
 ¿Cómo puede vivir mi pensamiento
si el pasado placer y el mal presente
tienen siempre ocupado el sentimiento?

LXIII
 Garcilaso, que al bien siempre aspiraste
y siempre con tal fuerza le seguiste
que, a pocos pasos que tras él corriste,
en todo enteramente le alcanzaste;
 dime: ¿por qué tras ti no me llevaste
cuando de esta mortal tierra partiste?
¿por qué, al subir a lo alto que subiste,
acá en esta bajeza me dejaste?
 Bien pienso yo que, si poder tuvieras
de mudar algo lo que está ordenado,
en tal caso de mí no te olvidaras:
 que, o quisieras honrarme con tu lado,
o a lo menos de mí te despidieras;
o, si esto no, después por mí tornaras.

LXV
 Si las penas que dais son verdaderas,
como muy bien lo sabe el alma mía,
¿por qué ya no me acaban, y sería
sin ellas mi morir muy más de veras?
 Mas, si por dicha son tan lisonjeras
que quieren retozar con mi alegría,
decid, ¿por qué me matan cada día
con muerte de dolor de mil maneras?
 Mostrarme este secreto ya, señora,
y sepa yo de vos, pues por vos muero,
si aquesto que padezco es muerte o vida;
 porque, siéndome vos la matadora,
mayor gloria de pena ya no quiero
que poder yo tener tal homicida.

LXXIV
 Paso mi vida lo mejor que puedo;
en esto podéis ver cómo la paso:
de un triste pensamiento en otro paso,
mortal prisa me doy para estar quedo.
 Sobre el punto de mis congojas ruedo
y, si en huir me pruebo a dar un paso,
huyo de puro miedo tan a paso
que, de donde me parto, allí me quedo.
 Quedo allí, triste, tan escarmentado
que me aflijo, me muero y me acobardo
y de medroso acometo al cuidado.
 Piensan quizás que estoy desesperado
viendo que del morir tan mal me guardo:
pues sepan que lo hago de cuidado.»


 [Los poemas pertenecen a la edición digital de La Biblioteca Virtual "Miguel de Cervantes".]

martes, 19 de junio de 2018

Cometas.- Fred L. Whipple (1906-2004)


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«El cometa "cabelludo" ha desafiado durante mucho tiempo la explicación científica y todavía hoy mantiene parte de su antiguo misterio. Acaso una de las razones de que los cometas sigan siendo tan misteriosos es que no han recibido mucha atención en los últimos cuarenta años. Ningún cometa realmente brillante se ha presentado en los cielos septentrionales desde la última aparición del de Halley en 1910. Sin embargo, el continuo descubrimiento de pequeños cometas nuevos ha mantenido el interés por el tema entre unos cuantos astrónomos y se han realizado positivos avances para explicar alguno de los enigmáticos caracteres de estos fenómenos. ¿De qué están hechos los cometas? ¿De dónde vienen? ¿Por qué no son visibles más que cuando están a distancia relativamente corta del Sol? Yo me limitaré principalmente a los intentos que se han hecho para responder a estas preguntas.
 El problema que ha suscitado más vivas controversias es si los cometas se originan dentro del sistema solar o fuera. El problema se plantea a causa de la excentricidad de las órbitas de los cometas. A diferencia de los planetas, que se mueven en torno al Sol en órbitas regulares y casi circulares, casi todas en el mismo plano, los cometas poseen movimientos erráticos. Se mueven en todas las direcciones, sus trayectorias forman un revoltijo a través del cielo y sus órbitas están extremadamente alargadas en vez de ser circulares. La idea de que los cometas pueden proceder de fuera del sistema solar descansaba en el hecho de que algunas de sus órbitas son ligeramente hiperbólicas, es decir, curvas abiertas cuyo fin no puede alcanzarse nunca. Pero George van Biesbroeck, del Observatorio Yerkes, y E. Stromgen, de Dinamarca, y sus colaboradores han realizado recientemente investigaciones que parecen zanjar la cuestión. Al efecto, han trazado las trayectorias de unos veintidós cometas a los que se observó moviéndose en órbitas hiperbólicas o prácticamente parabólicas y pudieron demostrar que, en todos estos casos, estos cometas se movían en órbitas elípticas cuando entraban en la región planetaria central del sistema solar. Los cometas que seguían órbitas ligeramente hiperbólicas eran arrastrados a tales órbitas por virtud de las atracciones gravitatorias de los planetas mayores, principalmente Júpiter. Algunos de estos cometas se han marchado por una trayectoria hiperbólica y perdido para siempre para el sistema solar, pero sabemos que eran miembros del sistema solar antes de que las perturbaciones planetarias trastornaran sus órbitas.
 Esto no excluye, sin embargo, la posibilidad de que los cometas procedan originariamente del espacio interestelar y fueran capturados por los planetas y forzados a moverse en órbitas elípticas en torno al Sol. Pero hace casi treinta años el astrónomo Henry Norris Russell, de la Universidad de Princeton, demostró que esto había ocurrido en los últimos cien millones de años, aproximadamente. Argumentaba al efecto que, si tales capturas hubieran ocurrido recientemente y siguieran realizándose, observaríamos muchos cometas con órbitas hiperbólicas y no tan gran número de cometas con órbitas casi parabólicas -cometas con períodos de millones de años-. Esta conclusión ha sido confirmada recientemente por una investigación más minuciosa llevada a cabo por J. J. van Woerkon en Leyden (Holanda).
 Así pues, dejemos a un lado la hipótesis de que los cometas están siendo capturados o han sido capturados recientemente en una fábrica de cometas situada en el espacio interestelar. Son verdaderos miembros del sistema solar y no intrusos. Esta conclusión suscita inmediatamente nuevas cuestiones. Sabemos que los cometas deben tener una vida relativamente corta; un cierto número han desaparecido aun en el breve período desde que los astrónomos los han estado observando. Pero entonces, ¿cómo se ha mantenido el repuesto? ¿Se han formado recientemente o están siendo formados todavía en el sistema solar? En caso negativo, ¿cómo estos frágiles fenómenos han persistido a través de los tres mil millones de años que tiene de vida el sistema solar?
 La respuesta parece ser que el sistema solar tiene una enorme población de cometas que se extienden hasta muy lejos en el espacio. Hace casi veinte años, el astrónomo estoniano E. Öpik calculó que la atracción gravitatoria del Sol puede mantener una familia de cometas que se extiende tan lejos como las estrellas más cercanas, algunas a cuatro años-luz, sin pérdida de una gran proporción de estos cometas aún durante estos tres mil millones de años. A la objeción de que las estrellas, al pasar a través de esta nube de cometas, les destruirían rápidamente contestó con una ingeniosa respuesta. Una estrella, al pasar a través de esa nube, es semejante a un proyectil que pasa a través de un enjambre de mosquitos. El proyectil eliminará una pequeña fracción de mosquitos sin perturbar el resto. Para los cometas la situación únicamente sería peligrosa si la estrella pasara bastante cerca del Sol para atraer al Sol lejos de los cometas. La probabilidad de tal aproximación es sumamente pequeña, aun en un largo período de tiempo.
 La importante idea de Öpik de un enorme enjambre de cometas extendido hasta las estrellas más cercanas escapó al conocimiento de muchos astrónomos hasta que ese enjambre fue redescubierto recientemente por J. Oort, de Leyden. Oort extendió el razonamiento para suministrar una clara descripción, no sólo de la manera en que se mantiene el almacén de cometas, sino también el proceso cómo pueden producirse las sacas. Al efecto, llamó la atención sobre el hecho muy conocido de que la mayoría de los cometas desaparecen cuando están a una distancia del Sol doble de la distancia de la Tierra; muy pocos son visibles más allá de Júpiter. Oort aceptó la hipótesis de que, cuando los cometas están lejos del Sol, se quedan completamente inactivos, es decir, las partículas y gases de que están compuestos cesan de volatilizarse o radiar energía. Esta inactividad en el "profundo frío" del espacio exterior a las órbitas planetarias es lo que permite a los cometas perdurar indefinidamente en un estado de "hibernación".
 Oort afirmó que la nube cometaria podía contener hasta 100.000 millones de cometas, de los cuales muy pocos se acercan tanto al Sol como los planetas. Sin embargo, en ocasiones, el paso fortuito de una estrella perturba los movimientos de tales cometas lo bastante para hacerles ingresar en la esfera de la atracción gravitatoria de Júpiter u otro planeta mayor. De este modo, los cometas son tomados uno a uno del "profundo río" del enjambre solar y empujados a órbitas de corto período. Una vez salidos del período de hibernación, se hacen activos y se desintegran en gas y partículas meteóricas durante unos cuantos cientos o unos cuantos miles de revoluciones en torno al Sol. La provisión total de cometas es tan grande, sin embargo, que, a pesar de estas capturas y de las pérdidas en el espacio interestelar, la nube de cometas ha persistido sin disminución notable durante el largo período de vida del sistema solar.
 Una vez resuelto el problema del almacenamiento y saca de los cometas, podemos atender al problema de su naturaleza física. La teoría más generalmente aceptada es que los cometas son grandes "bancos de cascajo" volantes -masas de pequeñas partículas sólidas mantenidas flojamente juntas por la gravedad-. Cuando un cometa se mueve en torno al Sol se supone que el banco de cascajo va siendo dividido y separado lentamente por la acción de fuerzas tales como el calor del Sol, la presión de la radiación, la perturbación de mareas, la rotación, etc. Esto produce las corrientes de material meteórico que se observan como lluvia de meteoros cuando la Tierra atraviesa las órbitas de ciertos cometas.»
 
  [El fragmento pertenece a la obra que lleva por título "La nueva astronomía", a cargo de la revista "Scientific American", cuya versión en español ha sido publicada por Alianza Editorial, 1969, en traducción de Fernando Vela. Depósito Legal: M.12616-1969.] 
 

lunes, 18 de junio de 2018

Cuerpo a tierra.- Ricardo Fernández de la Reguera (1916-2000)


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Capítulo IX

«Ahora llega Campos. Augusto se resiste a admitirlo y lo tiene que confirmar en su interior. Como si fuera imposible: "Ahora llega Campos. Viene a morir." Le acompañan varios oficiales, el sacerdote, el teniente médico y dos soldados armados. Camina con su lentitud habitual, cachazudo y grave, dando parsimoniosas chupadas al cigarrillo. Es el único que no tiembla. Los demás están pálidos, nerviosos.
 Le mandan detenerse a unos quince metros del pelotón. Delante forma la escuadra -la suya- que va a ejecutar la sentencia.
 El alférez Aldama se acerca para vendarle.
 -No, gracias, mi alférez. Si me permite adelantarme un poco...
 -Sí, sí, claro, lo que quieras.
 Augusto oye la voz trémula del alférez. Hace poco que lo han destinado al batallón. Augusto ha hablado en contadas ocasiones con él, pero ya lo sabe amigo. Se refieren muchas hazañas de este oficial de rostro infantil y sonriente. Ostenta dos laureadas -una individual y otra colectiva- del cerco de Oviedo. Augusto ve ahora el temblor de sus manos, el rostro desencajado de este hombre que ha puesto mil veces su vida en juego. Augusto piensa que el sentimiento de la compasión es un atributo de los verdaderos valientes.
 Campos está avanzando ahora. Está avanzando para que lo maten mejor. Cuatro metros y se para. Cobos, un paisano del desertor, forma en la escuadra que va a fusilarlo. Campos lo ve tan deprimido, tan asustado, que le da pena y le habla.
 -¡Cobos!, ¡levanta la cabeza, hombre! No te dé vergüenza. ¡Mala suerte!
 -¡Contéstale, hombre! -lo apremian.
 -No, si no tengo vergüenza. Es que... -vacila tartamudeante, ruboroso, espantado.
 Y Campos habla de nuevo. Por una vez -la última- se le suelta la lengua. Y habla. Su voz es firme, afectuosa.
 -¡Qué le vamos a hacer! -suspira. Y, para no angustiar a sus compañeros, sonríe, como siempre, apenas. Y luego les dice-: Apuntadme bien a la cabeza y al corazón. No me hagáis sufrir -y se lleva a la frente y al pecho la manaza que Augusto ha sentido pesar tantas veces sobre su hombro.
 La serenidad de Campos espeluzna. Augusto siente en la garganta un nudo que le sofoca, y su frente la empapa un sudor frío.
 Campos da las últimas chupadas al pitillo. Arroja la colilla, separa un poco los pies y cruza las manos a la espalda.
 -¡Que tengáis suerte, muchachos! -exclama.
 Augusto cierra los ojos. Siente una sensación de desmayo. Los abre. Campos está ahí, esperando, mirándolos. Ve su cara grande, seria, cetrina. "Una cara honda." No sabe por qué. Ancestral.
 Se oyen las voces de mando: "¡Caaar... guen...! ¡Aaa... punten...!" Augusto va a gritar: "¡No!, ¡por piedad, ¡no!" "¡Fuego!"
 Suena la descarga. Campos cae de espaldas, violentamente, como derribado por un golpe de aire. Sus sesos han saltado en la luz, un metro sobre su cabeza, como un pañolón de seda rosada hecho una pelota. Escapan con un chillido los pájaros, se estremecen los juncos del río y el eco se lleva lejísimos, repitiéndolo, el retumbo de la explosión.
 El alférez Aldama monta su pistola. Se acercan también el médico y el "pater". Huelga el tiro de gracia. La última voluntad de Campos se ha cumplido.
 El teniente Barbosa arenga a los soldados. Augusto no entiende nada. Mira el cadáver de Campos. Piensa en Campos. "Ya no existe." Y su corazón lo empapa ese tremendo llanto interior de los hombres.
 Poco después salieron para Sigüenza. Iba Ruiz en el camión.
 -¡Anda y que se jorobe por traidor y sinvergüenza! ¡Me alegro de que se lo cargaran!
 -¡Cállate, no seas bestia! -replica Augusto con furia.
 -¿Es que lo defiendes?
 -¡Sííí! ¡Ha pagado con su vida! ¿Qué más se le puede exigir a un hombre?
 -Campos murió como un valiente -tercia otro furriel-. Y yo me descubro.
 -Pues, para mí no es más que un traidor. ¡Anda y que se pudra!
 El furriel y Ruiz siguen disputando violentamente. Guzmán ya no los escucha. "¿Cómo se puede ser tan cruel?", piensa.
 El resto del viaje lo hizo en silencio. Anduvo por Sigüenza solo, huidizo, apartándose de los demás.
 Cuando regresaron aquella tarde al pueblecillo, los soldados reían y bromeaban como de costumbre. Nadie se acordaba ya de Campos.
 Augusto se quedó perplejo. ¿Sería él quien estaba equivocado? ¿Era pura sensiblería su emoción?
 "¡Tal vez!", piensa Augusto mientras se dirige a la iglesia, pero no siente rubor de sus sentimientos, no se avergüenza.
 Al llegar al pequeño cementerio se detiene. Por encima de la tapia contempla un trozo alargado de tierra arcillosa removida, bajo la que Campos descansa.
 Augusto abre la chirriante puerta del cementerio y murmura: "¡Hola, Campos!"
 El único saludo, tal vez, que llega hasta la soledad y el desamparo del muerto.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1997. ISBN: 84-08-46092-7.]
 

domingo, 17 de junio de 2018

Romulus, mi padre.- Raimond Gaita (1946)


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Capítulo 11

«Mi padre era un hombre de una compasión extraordinaria. Esto se reflejó a lo largo de toda su vida en la ayuda que prestaba siempre a quienes la necesitaban, y en el visible dolor que sentía frente al dolor de los demás. Era literalmente incapaz de no ayudar a los demás si estaba en su mano. Cada vez que tenía algo de dinero -primero el que ganaba con sus negocios y, más tarde, el que obtuvo de vender la tierra y el taller- buscaba a quien tuviese necesidad de él. No podía tener dinero sin compartirlo son los demás, del mismo modo que era incapaz de comer carne y no darle una poca a los perros.
 Fue así desde que era un muchacho. Durante años estuvo enviando miles de dólares a sus parientes en Yugoslavia. [...]
 Abusaron de su generosidad muchas veces, pero aunque le doliese, eso no disminuía la generosidad de sus impulsos. Una vez pagó los billetes de avión de una familia entera: el marido, la mujer y los tres hijos. En aquellos días -a mediados de los sesenta- esto costaba casi lo mismo que una casa en Maryborough modesta como la suya. El marido le había asegurado a mi padre que le devolvería el dinero tan pronto como pudiese, pero en cuanto llegó a Australia y empezó a vivir en casa de mi padre con su familia, dijo que no había firmado ningún pagaré por escrito. A pesar de todo mi padre le permitió quedarse. [...] Aquel hombre se marchó y vivió durante años en Maryborough, donde trabajó duro hasta comprarse una casa y un coche, pero nunca mencionó la posibilidad de devolverle un céntimo a mi padre. [...] Los parientes de mi padre y de Milka en Yugoslavia no se portaron mejor. Solían escribir pidiendo dinero, muchas veces fingiéndose enfermos, pero cuando él y Milka fueron a visitarlos descubrieron que habían empleado el dinero que él les enviaba en arreglar y amueblar unas casas más grandes y lujosas que la suya. Estando en Yugoslavia, un familiar llegó a pedirle a Milka el abrigo que llevaba puesto. Ella se lo dio.
 Aunque son ejemplos extremos, es lo que sucedía con casi todos los parientes de mi padre. [...] También hubo familiares de mi padre que se volvieron fanáticos de la religión, abandonando su fe ortodoxa para convertirse en bautistas evangélicos e instándole a él con fervor a hacer lo mismo. Hubo una epidemia de conversiones de este tipo. [...]
 No había ninguna posibilidad de convertirlo. Miraba con suspicacia a todo aquel que cambiaba de religión, cualquiera que fuese su doctrina y cualquiera que fuese su razón para cambiarla. Rezaba cada día a un Dios que, para él, debía de estar dispuesto a escuchar cualquier plegaria que tuviese como origen un corazón limpio. Para él era absurdo pensar que Dios escucharía sólo las oraciones de quienes perteneciesen a una institución particular; tan absurdo como pensar que sólo escuchase las oraciones en un idioma determinado.
 Mi padre vivía la religión, en su sentido más profundo, como algo distinto de las supersticiones que lo atormentaron durante su enfermedad y que más tarde se convirtieron en parte de su vida. Si esas supersticiones hubiesen tenido alguna relevancia religiosa, si hubiesen sido parte de la dimensión espiritual de su vida, entonces le habrían enfrentado polémicamente a las creencias especulativas de otras religiones. Pero tales creencias siempre le parecieron nimiedades frente a lo que él consideraba la auténtica religiosidad. No tenía ningún interés en doctrinas. La idea central de su religión era la de un corazón puro siempre dispuesto a ayudar a quien tuviera necesidad. Por sí misma, esta idea no convertía a mi padre en una persona religiosa, pero sí el hecho de que él la conectaba con la oración más que con cualquiera de sus creencias espiritualistas.
 Este espiritualismo -que no tenía nada que ver con su profunda espiritualidad- era superficial y pagano: creía en espíritus que flotaban separados de los cuerpos, durante el sueño y después de la muerte, y que podían viajar a otros planetas. Hablaba a menudo sobre ellos, pero aparte de la época de su enfermedad, en que las malignas intenciones de estos espíritus lo mantenían en estado de alerta, siempre reducía estas creencias a lo que solía definir como "hablar por hablar" -especular-, y no tenían ninguna relación con su conducta moral.
 Su creencia en una vida después de la muerte no estaba conectada con su sentido del bien y el mal o del castigo y la recompensa, ni tampoco con cualquier concepto del juicio final. Pero cuando hablaba sobre religión seriamente, por ejemplo cuando me suplicaba a mí que rezase, entristecido porque yo era incapaz de hacerlo, yo no tenía la sensación de que me estuviese sugiriendo que adoptase un medio sobrenatural para conseguir un fin natural -ni tampoco sobrenatural. Su profunda convicción de que teníamos que rezar obedecía a otra cosa: expresaba su creencia de que sólo una vida de oración podía permitir a una persona soportar una larga sucesión de desgracias y darle fuerzas para salvarla de la desesperación. Por eso, me parece, el único sentido en que ese espiritualismo conectaba con algún aspecto de cierta profundidad en su vida era en su fatalismo. El Dios al que rezaba era el que había conocido en las historias de la Biblia que leía en la infancia, casi todas del Antiguo Testamento: el Dios de Abraham, Isaac, Jacob y Job.
 Consideraba a la mayoría de sus familiares estafadores e hipócritas, poco sinceros de palabra y hechos y movidos por la ambición pese a predicar el puritano evangelio de los baptistas. Sin embargo, cuando conseguían mantener la conversación alejada de la religión, a él le gustaba su compañía. Echaba de menos la sociedad europea y solía decir que se sentía "como un prisionero" en Australia. Con ello quería decir que, aunque tenía buenos vecinos, en Maryborough casi no tenía a nadie con quien disfrutar de las abiertas y hospitalarias formas de convivencia europeas que él había conocido. [...]
 Para escapar de su "cárcel", hablaba de regresar a Yugoslavia cuando cayese el régimen comunista. Viajó allí en 1981, pero de regreso a Australia se quejó de la rudeza de muchas personas, rayana en la brutalidad, y también de su desinterés por la suerte del vecino aunque estuviesen dispuestos a charlar y a llenar la mesa de comida y slivovitz para los visitantes. Encontró pésimos los servicios públicos y hasta tuvo que pasar una noche terrible esperando que lo atendiesen en un hospital donde los pacientes yacían en sábanas manchadas con las heces de otras personas. Su experiencia en Yugoslavia renovó su aprecio por la vida en Australia, pero aun así echaba de menos -y lo haría toda su vida- la sociabilidad europea que había conocido de muchacho, incluso en Alemania, y con sus amigos y sus familiares en Melbourne.» 
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Bronce, en traducción de Isabel Alonso Breto. ISBN: 84-89854-96-3.]