viernes, 16 de julio de 2021

La nave de los muertos.- Bruno Traven [Otto Feige] (1882-1969)


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Libro segundo

38

 «Una vez más, Stanislav  tuvo que servirse de sus habilidades como pícaro para no pasar hambre. No había otro remedio. Tampoco era culpa suya. No había ni pizca de trabajo. Todo el mundo chupaba del subsidio de desempleo, pero él ni siquiera lo intentó. Prefería ser un golfo, pero un golfo que no engaña a nadie.
 -Es deprimente verse rodeado de parados y pasar la mitad del día haciendo cola para que te den unos cuantos peniques, te citen para el día siguiente y tengas que acudir corriendo. Para eso prefiero pasar la noche en la calle y estar atento por si a alguien le pica la cartera –dijo Stanislav-. No sería culpa mía. Si me hubieran dado una cartilla la primera vez que la pedí, ya habría encontrado un barco y me habría largado hace mucho.
 En la Jefatura Superior de Policía me preguntaron:
 -¿Nació usted en Posen?
 -Sí.
 -¿Partida de nacimiento?
 -Aquí está el recibo de la carta certificada que mandé para reclamarla. Aún no me la han enviado.
 -Bueno, con el certificado del inspector de su distrito será suficiente. Es una simple cuestión de ciudadanía. ¿Ha optado usted por la nacionalidad alemana?
 -¿Qué si he hecho qué?
 -Que si ha optado usted por la nacionalidad alemana. Mire, cuando tuvimos que renunciar a nuestra soberanía sobre las provincias polacas, se le requirió para que compareciera ante las autoridades alemanas competentes y manifestase si quería conservar su nacionalidad. ¿Lo recuerda? ¿Lo hizo?
 -Pues no –dijo Stanislav-. No lo hice. Ni siquiera sabía que hubiera que hacerlo. Creí que si era alemán y no decidía variar mi situación, seguiría siéndolo. De hecho estuve en la Armada y luché en Skagerrak.
 -En aquel momento era usted alemán, porque la provincia de Posen aún pertenecía a Alemania. ¿Dónde estaba usted cuando tuvo que confirmar la nacionalidad?
 -De viaje. En alta mar.
 -Entonces tendría que haber acudido a un consulado alemán para notificarles que deseaba conservar la nacionalidad alemana.
 -Pues ya ve usted que no me enteré –dijo Stanislav-. Cuando uno está en alta mar trabajando duro, no le queda tiempo para pensar en tonterías.
 -¿Y su capitán no le dijo nada?
 -Viajaba a bordo de un barco danés.
 El funcionario reflexionó un momento y luego dijo:
 -Entonces nos quedan pocas opciones. ¿Tiene usted fortuna? ¿Tierras o una casa en propiedad?
 -No, soy un simple marinero.
 -Pues, si es así, como ya le he dicho, nos quedan muy pocas opciones. Se le han pasado todos los plazos, incluso el plazo extraordinario para subsanar errores y omisiones. Además, en su caso no puede alegar que se encontrara en una situación excepcional y que, por causa de fuerza mayor, le fuera imposible cumplir con el trámite administrativo para el que se le había requerido. No había naufragado ni se hallaba en un país alejado de las rutas marítimas regulares. Podía haberse dirigido a cualquier consulado alemán o al de otro país que nos representara. El proceso del que le hablo se dio a conocer en todo el mundo; lo anunciamos en repetidas ocasiones.
 -Nosotros no teníamos tiempo de leer los periódicos y, además, los que nos llegaban no eran alemanes. Por otra parte, si hubiéramos conseguido hacernos con alguno, nadie nos garantiza que nos hubiéramos enterado, porque estoy seguro de que los anuncios no aparecían publicados en todos los números.
 -No puedo hacer nada por usted, Kolovski. Y créame que lo lamento. La verdad es que me gustaría ayudarle. Pero no tengo la autoridad necesaria. Podría dirigirse al Ministerio, aunque le llevaría tiempo y dudo que tuviera éxito. Los polacos se han cerrado en banda y no colaboran con nosotros. ¿Por qué habríamos de hacerles a ellos algún favor? Tal vez lleguen al extremo de deportar a todos aquellos ciudadanos que viven en Polonia y optaron por la nacionalidad alemana. Si eso ocurre, nosotros haríamos lo mismo. ¡Faltaría más!
 El pobre Stanislav estaba harto. Allá donde fuera, en lugar de ayudarle, se ponían a hablar de política. Cuando un funcionario no tiene intención de ayudarte, te dice cuánto le gustaría hacerlo y cuánto lamenta no tener la autoridad necesaria. Eso sí, como se te ocurra levantarle la voz o ponerle mala cara, acabarás en prisión por desacato y ofensas a la autoridad. De repente, el funcionario se ha convertido en el propio Estado y dispone de plenos poderes para ejercer su autoridad; su hermano dicta sentencia y su otro hermano te encierra en una celda o te sacude con una porra en la cabeza. ¿De qué sirve el Estado si no puede ayudarte cuando estás en un apuro?
 -Sólo puedo darte un  consejo, Koslovski –dijo el funcionario, mientras arrimaba su silla-. Vaya al consulado polaco. No podemos negar la realidad, ahora Posen pertenece a Polonia. El cónsul tendrá que expedirle un pasaporte. Cuando lo tenga, pásese de nuevo por aquí. Haremos una excepción y le facilitaremos una cartilla de marinero alemana, considerando que está empadronado en nuestra ciudad y que ya vivió antes durante una temporada.
 Al día siguiente, Stanislav fue a ver al cónsul polaco.
Resultado de imagen de b traven la nave de los muertos -¿Nació usted en Polonia?
 -Sí. Mis padres aún viven allí.
 -Cuando se produjo la cesión de la soberanía a las nuevas provincias polacas, ¿vivía usted en Posen o en alguno de los territorios que tuvieron que ser cedidos por Alemania, Rusia o Austria?
 -No. Me encontraba en un buque que navegaba por alta mar.
 -Todavía no le he preguntado lo que hacía ni adónde iba.
 Yo había ido siguiendo con mucha atención el relato de Stanislav, pero en ese momento le interrumpí para decirle lo que pensaba de todo aquello:
 -Stanislav, tenías que haberle mandado a paseo.
 -Lo sé, Pippip, pero primero tenía que conseguir el pasaporte; luego, una hora antes de que mi barco zarpara, habría vuelto a verle y le habría sacudido un buen puñetazo en la nariz.
 Stanislav siguió con el relato del interrogatorio:
 -¿Se dirigió usted a las autoridades polacas competentes y les manifestó su deseo de adoptar la nacionalidad polaca dentro del plazo prescrito?
 -Ya le he dicho que en los últimos años no he estado ni en Posen ni en Prusia occidental.
 -Le he hecho una pregunta muy clara y usted no la ha respondido. ¿Sí o no?
 -No.
 -¿Se dirigió usted a cualquiera de los consulados polacos en el extranjero facultados expresamente para tramitar expedientes de ciudadanía y manifestó su deseo de adoptar la nacionalidad polaca?
 -No.
 -Entonces, ¿a qué viene usted aquí? Usted es alemán. Entiéndase usted con las autoridades alemanas y deje de molestar de una vez.
 Mientras Stanislav me contaba esto, no se le veía enfadado, sino muy triste, supongo que por no haber podido expresarle su opinión al cónsul, como lo hubiera hecho un marinero, aunque, como me había dicho, tenía sus motivos. Intenté consolarlo:
 -¡Hay que ver cómo se las gastan en los nuevos Estados! ¡Qué descaro! Y espera, porque aún llegarán más lejos. Ahí tienes a Estados Unidos. Cuenta con un aparato burocrático extraordinario, pero aún no está contento y eso que puede dar sopas con hondas al funcionario prusiano más estricto. ¡Qué estrechez de miras, qué mentalidad más enmohecida y trasnochada, qué inmovilismo! Vete a Alemania, a Polonia, a Inglaterra o a Estados Unidos, invita a tu novia a tomar un vino tinto y una compota de manzana con canela y clavo y deja la cuenta sin pagar, ya verás lo que te ocurre. Se te caerá el pelo. El Estado no se puede permitir el lujo de perder a un solo hombre. Sin embargo, una vez que te has convertido en adulto, nadie da ni un centavo por ti. Si no tienes fortuna, ni tierras, ni una casa en propiedad no les sirves. Los Estados se gastan millones de dólares en dar conferencias, en hacer películas y en publicar libros para que los jóvenes vayan por el sendero recto y no acaben en la legión extranjera. Eso sí, cuando llega un joven que no tiene pasaporte le dan una patada en el trasero. Ése no importa que se aliste en la legión extranjera o, algo mucho peor, que se enrole en la nave de los muertos. El pueblo que dé un paso al frente, suprima los pasaportes y recupere el modelo de Estado que existía antes de la Gran Guerra, la de 1914, la que se libró para garantizar la libertad, el primero que se dé cuenta de que aquel sistema no hacía daño a nadie y facilitaba la vida a todos, el pueblo que se decida a actuar, devolverá la vida a los infelices que no han encontrado más refugio que la nave de los muertos y les estropeará la fiesta a los dueños del buque.
 -Es posible –dijo Stanislav-. Pero, tal y como están hoy las cosas, del Yorikke no sale nadie. La única posibilidad de escapar es que se hunda y no te hundas con él. Aunque, en ese caso, nadie te garantiza que no aterrices en otro barco igual. No sería tan difícil.
 Después de su entrevista con el cónsul, Stanislav se dirigió una vez más a la Jefatura Superior de Policía, en concreto, al departamento de ciudadanía.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2009, en traducción de Roberto Bravo de la Varga, pp. 253-258. ISBN: 978-84-92649-22-8.]

jueves, 15 de julio de 2021

Diario.- Petter Moen (1901-1944)


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Jueves, 27 de julio. 175º día.


 «Jueves por la tarde.
Muchos estarán decepcionados por mi “estado espiritual”. Estoy pensando sobre todo en padre y los demás “creyentes” de mi familia. En mis hojas del diario de la celda de aislamiento supongo que leerían más o menos el siguiente argumento: ¿Ves? En el sufrimiento y en el miedo –ahí es donde encontraste el camino de la salvación de Dios. Ahora que crees que ha pasado el peligro –ahora lo conviertes todo en obra del hombre –psicología y “casualidad”- y niegas al Dios ante el que te has arrodillado y llorado en rezo.
 Para mí la celda de aislamiento queda como una experiencia. Fue una vivencia espiritual -¡¡por fin!! Ante todo me ha enseñado que “lo religioso” es algo exclusivamente espiritual. No es un asunto ni del pensamiento ni de la voluntad. Es un sentimiento –generado por la necesidad. La educación y la tradición ponen a nuestra disposición ciertas formas de fe y éstas se aceptan a causa del valor emocional que las acompaña. Supongo que también puede tener lugar algo “religioso” en un individuo que carezca de educación religiosa y que pertenezca a una sociedad sin experiencia religiosa. Podemos ver que la historia  lo muestra.
 La necesidad de “salvación” se genera por el miedo y el sufrimiento y aspira a una salvación completamente terrenal. En la necesidad –en manos del enemigo- la idea de un “poder superior” al enemigo surge con una fuerza y una naturalidad que provienen del instinto de conservación y de la voluntad de defensa. Estos elementos naturales de la mentalidad religiosa son “racionalizados” en un sistema de teo-logía –saber sobre “Dios” o “los dioses”. La racionalización se lleva a cabo con toda la lógica de la que dispone el individuo o la estirpe y por un tiempo representa la experiencia espiritual de la estirpe de un modo completamente válido. Este tiempo hace mucho que ha pasado en el caso de la teología cristiana ortodoxa. Podía vencer en el ánimo humano cuando la estirpe aún no había roto el anillo mágico de la ilusión. Ahora está roto. Todo esto ya lo sabía antes con la cabeza. Ahora la cuestión está también aclarada como “asunto del corazón”. Intelectual y emocionalmente el asunto –la cuestión religiosa- ha arrojado la siguiente “solución” o respuesta: quien busca se encuentra a sí mismo. Encuentra su propio miedo –su desamparo en manos del enemigo y su deseo “que anhela el cielo” de salvarse del miedo, la muerte y el sufrimiento. Quien pueda librarme (librarlo) de estas “potencias del mal” sin duda es “Dios”. Quien pueda abolir estos pensamientos y sentimientos míos sin duda también es una “gran potencia”.
[…]

 Sábado, 29 de julio. 177º día

 “Mataniños” llamamos a uno de los carceleros. Él y “Rojo” fueron los que nos procuraron el castigo del hambre por un juego de cartas.
 Desde entonces ha estado imposible. Se comporta de un modo descarado, grosero y malicioso. Ayer volvió a venir por aquí para pavonearse. Constató algo de polvo sobre un estante y enseguida sacó la pestilente palabra “Schwein*”. De nada sirve protestar o dar explicaciones. En tal caso nos ronda el castigo de hambre. Esta semana nos han amenazado dos veces con eso.
 Cualquiera tendría que entender que haya polvo en una celda en la que sencillamente no se puede ventilar porque la “ventana” es un ventanuco a la altura del techo tapado por un postigo. Como es obvio limpiamos todo el polvo que podemos pero de poco sirve. El polvo está aquí y no podemos quitarlo. Esto también lo sabe “Zampa-niños” como es natural. Aun así nos llama “Schwein”. En fin –esto es una nimiedad- pero es tan típica del “sistema” de aquí que merece su lugar.
 Lo típico es que carecemos de cualquier derecho –incluso de los más simples derechos de la decencia.
[…]

Lunes, 31 de julio. 179º día

 El optimismo en el bando noruego de la cárcel con respecto al final de la guerra es enorme. ¡¡Se espera que llegue en los próximos dos meses!! ¡¡Y las puertas de la libertad se abrirán para nosotros!! dice el correo V. Es evidente que resulta tentador creer en semejante evangelio –pero sin duda hay un número considerable de factores inciertos en este producto del “Visto y oído” y del deseo.
 Ayer entró un hombre nuevo en la D 35. ¡¡Dice que la gente cree que la guerra se va a acabar dentro de un mes!! Yo no creo nada pero espero que el final llegue este año. No es una esperanza del todo infundada. Cf. Arne Ording.
Resultado de imagen de petter moen Es por la tarde del 31 de julio. Los otros tres habitantes de la C 35 están durmiendo en el suelo. El recién llegado está inquieto y se despierta a menudo de un respingo. Es un tipo majo y tranquilo de veinte años que hoy ha estado en su primer interrogatorio. No han llegado a pegarle pero el látigo estaba allí. Han usado un lenguaje horroroso así que el veinteañero está un poco alterado, como es normal. Su caso no es en absoluto un caso. Estaba de vacaciones visitando a un tío suyo y es posible que el caso ataña a su tío. Esto no lo sabe el joven y tampoco sabe en qué podría consistir semejante caso in casu.

 Martes, 1 de agosto. 180º día

 Se ha vuelto a declarar la guerra entre 5984 y yo. Creo que de hecho todo lo que se puede pedir y más para evitar la discordia. Pero a la larga es imposible. Reidar Olaf Erichsen es un verdadero canalla cuyos modales canallescos tienen que acabar con la paciencia de cualquier persona sensata. No hace falta nada para sacarlo de sus casillas y entonces dispara sus insultos de cloaca y riñe a diestro y siniestro con la “lógica” de un niño de ocho años. No recuerda sus propias afirmaciones un segundo después de haberlas defendido.
 Sus “argumentos” consisten en débiles analogías del tipo: “Dices que soy basto y maleducado. Ergo debes de pensar que tú eres mucho más fino y mejor que los demás”. Erichsen no entiende que el ergo de este “argumento” no es válido y no se percata de la advenediza introducción de los términos ‘los demás’ en vez de ‘yo’ (si el argumento por lo demás fuera válido). Una serie de errores de este tipo no tardan en enmarañarlo todo.
 Por añadidura, los argumentos tienen para él una importancia subordinada o casi inexistente. En su lugar utiliza palabrotas. Sus palabrotas son excepcionalmente groseras –recogidas de los basureros del sexualismo y la escatología. Van acompañadas por amenazas de ponerte los “ojos morados” –de “limarte la boca”, etc. Así que las maldiciones son la argamasa de esta construcción de primitivismo y sexualismo.
 Le he aguantado mucho a este paria. He hecho lo suficiente para mantener una buena relación con él. Ya no quiero más. Callo.

 Miércoles, 2 de agosto. 181º día

 El cuatro de agosto –el viernes- hará medio año que estoy en la cárcel. Ese día me hubiera gustado hacer un “balance” por escrito. Tendría que incluir las pérdidas y ganancias de las experiencias y reflexiones de los últimos seis meses. Debería arrojar un resultado en forma de un sí o un no a algunas cuestiones de importancia.
 No creo que llegue a hacerlo. No hay aquí suficiente tranquilidad para semejante empresa.
 Ahora estamos cuatro hombres en diez metros cuadrados. El calor del verano hace sofocante la celda… y yo no dispongo de la tensión interior que se precisa.

 Jueves, 3 de agosto. 182º día


 El desaliento respecto de mí mismo y del ser humano en general se ha visto fuertemente reforzado durante mi tiempo en la cárcel. Lo visto y lo oído me muestran con claridad y distinción que deambulamos estúpidamente por una maleza de infantilismos. Hombres grandes y poderosos, con la gorra ladeada y cordones y cintas de colores por aquí y por allá, salen a la caza de una astilla –un trocito de cordel- un trapo. Aparentan enfurecerse sobremanera por asuntos ínfimos que inflan hasta convertirlos en “Staats und Hauptaffairen”**. Todo esto es enteramente ridículo y sobre el trasfondo de las muertes masivas y la destrucción resulta desquiciado preocuparse por una astilla de madera cuando todo el reino está siendo destruido –porque la vanidad está vinculada con la astilla de madera- es auténticamente humano – y despreciable.
 Muchos de mis pensamientos actuales están relacionados con la conducta humana habitual aquí en el mundo. Este tipo de pensamientos se ven necesariamente marcados por el pesimismo. La conducta humana es por lo general insensata e inmoral. Se sacrifica sin remedio al individuo a favor del reglamento de las hordas y éstas no conocen más que el blanco y el negro. Esta polarización de los conceptos y los sentimientos es la reacción normal a la realidad.»

 *Cerdo, en alemán.
** Asuntos principales y de Estado, en alemán

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Veintisiete Letras, 2009, en traducción de Cristina Gómez Baggethun, pp. 115-121. ISBN: 978-84-92720-03-3.]

miércoles, 14 de julio de 2021

Un hilo de humo.- Andrea Camilleri (1925-2019)


Resultado de imagen de andrea camilleri «Al entrar, pues, en el Círculo de los Nobles para hablar con el marqués Simone Curtò di Baucina de un asunto de la mina, había sentido en la piel como una ventolera, un soplo fresco. He aquí, era exactamente ésta la sensación que lo había impulsado a preguntar:
 -¡Díganme en seguida qué ha sucedido!
 -¡Romeres está jodido! –respondió el padre Imbornone, sobre cuya cara de tarta, como un anónimo había escrito en una octavilla distribuida en la plaza algún tiempo antes, se reflejaba el libertinaje, porque nunca hubo un hombre tan brutal en los placeres sensuales en los cuales derrocha su dinero pero que hoy por hoy sólo reflejaba alegría maligna en el brillo de los ojitos porcinos.
 -Perdonen, pero, ¿quién es este Romeres? –preguntó. Conocía a uno, picador, siempre al fondo de la mina, padre de siete hijos, que ya había esputado la mitad de los pulmones y por eso le pareció extraño que tantos gentilhombres se divirtieran porque un pobre diablo estaba definitivamente jodido.
 -Ah, es verdad, usted lo conoce como Salvatore Barbabianca –explicó don Agostino Fiandaca.
 -¿Por qué, Barbabianca no se llama así?
 -Usted no es de aquí –antepuso el padre Imbornone-. Debe saber, pues, que “barbabianca” era un sobrenombre , un mote que se le había puesto a Romeres hace cincuenta años, cuando se trasladó a Vigàta sólo él sabe de dónde. Hacía de alfarero, fabricaba vasijas de terracota –que estaban todas crudas y mantenían el agua, con todo respeto, caliente como la meada- y, en consecuencia, siempre tenía la barba sucia de greda y yeso blanco. Éste es el origen del mote.
 -¿Y de pobre alfarero ha conseguido convertirse en un hombre tan poderoso? –preguntó, asombrado.
 -Sí, señor.
 -Un verdadero self-made-man.
 -Un verdadero jode-made-man –corrigió el padre Imbornone, hablando claro como tenía por costumbre y siguió:
 “Es un hombre que aquí ha hecho más daño que una fiera, y era justo. Porque Barbabianca es la espuma de esta nueva sociedad que enseña a no respetar a nadie.
 -¡Otra vez con la misma música! –intervino el marqués Curtò di Baucina, que hasta aquel momento había asistido mudo a la escena.
 -Deje que se lo ruegue, querido marqués, uno que tiene más mundología que usted, con el debido respeto. Barbabianca es un mierda que flotado sobre toda la cloaca de ideas que nos ha regalado la unidad: primero liberal antiborbónico, luego espía de los garibaldinos, luego inscrito en la sociedad masónica…
 -Ha sido siempre coherente –interrumpió, testarudo, el marqués.
 -Entonces, ¿sabe adónde lo llevará su coherencia, como la llama usted? –espetó el padre Imbornone encendiéndose como una cerilla-. Si hoy se libra de esta desgracia que le está ocurriendo, mañana estará dispuesto a aliarse con esos cabezas calientes de los De Felice-Giuffrida, de los Bosco, de los Verro, con esos que han echado mano de la historia de los fascios sicilianos y se llenan la boca con gilipolleces como igualdad social, emancipación, colectivización…
 -No entiendo adónde quiere ir a parar.
 -No quiero ir a parar a ninguna parte, egregio amigo, ¡es usted quién debe ir parando el culo!
 -¡Tratemos de no mear fuera del tiesto, padre Imbornone!
 -Le pido excusas. En seguida pierdo la cabeza, ante estas cosas lo veo todo rojo. Quiero decir que me juego todo lo jugable a que en cuanto estos locos comiencen a hacer huelgas, además de en los campos, también en las minas, el cabecilla será nuestro Barbabianca que, con una hermosa bandera roja en la mano, se pondrá a dar voces de que lo nuestro es suyo y de que lo suyo debe seguir siendo suyo. ¡Y usted despídase de sus minas!
 -¡Cuando llegue ese momento me despediré de ellas con placer!
 -¡Por Dios, cuando lo oigo razonar así, me pregunto si por sus venas corre de verdad sangre de noble!
 -¿Qué coño quiere decir, eh? ¡Explíquese mejor, si tiene el valor!
 Comprendiendo que había ido demasiado lejos, el padre Imbornone murmuró algo que acaso podía ser parecer una solicitud de excusas, mientras que don Agostino Fiandaca se afanaba por calmar al marqués.
 -Aún no entiendo –espetó Lemonnier, que no se había impresionado por la escena, que ya estaba encallecido ante aquellas disputas que se alzaban súbitas como fuegos artificiales y caían a plomo con la misma rapidez-. Está bien la política y todo lo demás, pero, ¿cómo hizo Barbabianca para reunir toda esa pasta?
 -Robando.
 Y esta vez fue un coro, una concordia absoluta.
[…]

 -Hace unos quince años, hacia el setenta y cinco –estaba diciendo el marqués Curtò-, desembarcaron en Sicilia dos comisiones de investigación, digo dos, y vinieron también por nuestros parajes, haciéndonos tal cantidad de preguntas que parecía que hubiéramos vuelto a la escuela.
 -Dice bien, el marqués –se entrometió el padre Imbornone-. Ésos, cada vez que caen por aquí, vienen con aires de tener algo que enseñarnos.
 -Pero –continuó el marqués-, a mí me dio enseguida que pensar el hecho de que, siguiendo con el azufre, mientras llamaban para interrogarlos, yo qué sé, a Genuardi, Contarini o Giambertoni, honestísimas personas…
 -¡Honestísimas! ¡Honestísimas! –proclamó el padre Imbornone poniéndose una mano en el pecho como para indicar que estaba dispuesto a sostener su convicción incluso en el juicio final y al mismo tiempo haciendo un guiño, socarrón, hacia el ingeniero Lemonnier.
 -… honestísimas personas –prosiguió pacientemente el marqués-, que se habían ocupado de minas y de almacenes con las manos siempre limpias, nuestro queridísimo Romeres era dejado en su casa fresco como una lechuga.
Resultado de imagen de andrea camilleri un hilo de humo -No es exacto –espetó don Agostino Fiandaca-, tuvo un contacto con la primera comisión: el senador Cusa fue a comer a su casa.
 -Sea como fuere –dijo el marqués-, al principio estas comisiones parecían una cosa seria y, en cambio, ¿cuál ha sido el resultado? Todos los señores comisarios se han dejado embaucar con esta historia de la mafia y se han puesto a escribir cosas fantásticas.
 -¿Por tanto la mafia es algo fantástico? –preguntó ansioso don Agostino Fiandaca, a quien semejante hipótesis daba estremecimientos de alegría, dado que como vigilantes y arrendatarios solía coger sólo a personas previamente convenidas, de respeto.
 -Usted tiene una gran capacidad para no entender lo que quiero decir.
 -No soy yo quien no entiende, es usted que tiene el bendito vicio de partir un cabello en cuatro ¡y uno acaba perdiéndose!
 -Entonces me explico con un ejemplo. Pongamos que Sicilia es un árbol, ¿está bien? Un árbol enfermo. Estos señores han empezado afirmando: “Este árbol tiene en el tronco manchas así y asá, tiene las ramas medio podridas, tiene las hojas mitad de este color y mitad amarillentas” y luego se han vuelto a casa contentos y felices.
 -No es exactamente así –intervino el barón Raccuglia-, Franchetti y Sonnino también han escrito, como para dar un ejemplo, que el gobierno no había hecho más que mandar a Sicilia a los peores empleados y al peor personal policial.
 -¿Sabe qué, dice el proverbio? Al ahogado, una piedra al cuello.
 -¿Es decir…? –preguntó Lemonnier.
 -Es decir, si un árbol está enfermo y todos los días le meo encima, el árbol se muere antes. Pero esto no significa que haya sido mi meada la que haya enfermado el árbol. Puede ser que las razones sean más lejanas, incluso entre las raíces bajo tierra, y entonces es preciso tener ganas de cavar y cavar sin saber qué encontrarás, un nido de víboras o una piedra ferruginosa que te mella la azada. Para ser un buen médico no basta con descubrir una enfermedad, también hay que saber curarla.
 -Y según usted, ¿cuáles serían las curas?... –preguntó otra vez el ingeniero Lemonnier.
 -Serían que son demasiado largas de decir y es hora de irse a casa a comer. Pero como pasar cinco minutos más, le hago una pregunta: cuando Garibaldi desembarcó en Marsala…
 -Con los vapores de Rubattino –se entremetió el padre Imbornone, y rió haciendo girar varias veces el brazo derecho en un gesto que quería significar oscuros e indecibles sobrentendidos.
 -… cuando Garibaldi desembarcó en Marsala, ¿sabe cuántos telares funcionaban aquí en Sicilia?
 -No.
 -Se lo digo yo: unos tres mil. ¿Y sabe cuántos siguen funcionando después de la unidad?
 -No.
 -Menos de doscientos, egregio amigo.
 -Rubattino, Rubattino –canturreó el padre Imbornone.
 -Y las telas que han comenzado a llegar de Biella hemos tenido que pagarlas al doble de precio. Y la gente que se ganaba el pan con los telares se ha ido, con todo respeto, a hacer puñetas.
 -Dado que le están dando una clase de historia –intervino el padre Imbornone-, ¿conoce el asunto del “patriota” Rubattino, un nombre que es todo un programa?
 -Creo que ya no sé nada.
 -Rubattino tenía el agua al cuello, estaba a punto de quebrar, y aprovechó la ocasión al vuelo. Le dio a Garibaldi dos destartalados vapores que sólo Dios sabe cómo hacían para mantenerse a flote –eran más agujeros que vapores- y nuestro general, recién llegado a Palermo, puso las manos, y también los codos en nuestras arcas y se los pagó, en oro, al triple de su valor. Y así los sicilianos pudieron comprender enseguida cómo se administraban los asuntos de Estado.
 -¿Por qué, según usted, con los Borbones?... –intervino, provocador, el marqués Curtò.
 -No me toque a los Borbones, por favor, no me los toque –saltó el padre Imbornone-. ¡Desde este punto de vista me saco el sombrero! Quizá podían ser reaccionarios, que no lo creo, a lo sumo defendían lo suyo, ¿o tampoco debían hacer eso? Pero honestos eran, todos de una pieza, ¡y no miro a nadie!»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2001, en traducción de Juan Carlos Gentile Vitale, pp. 23-26 y 38-42. ISBN: 84-233-3352-3.]