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domingo, 11 de octubre de 2026

Contrapunto.- Aldous Huxley (1894-1963)

 

XXIII

  «-Puede que tenga usted razón -dijo Philip-. Pero lo grave está en que, dado el carácter de nuestro mundo actual, no se puede volver atrás, no se puede detener la máquina. Esto es, no se puede hacer, a menos que se halle uno dispuesto a exterminar cerca de la mitad de la raza humana. El industrialismo ha permitido duplicar la población del mundo en cien años. Para deshacerse del industrialismo es preciso volver al punto de partida. Es decir, hay que acabar con la mitad de los hombres y las mujeres existentes. Lo cual, sub specie aeternitatis, o meramente historiae, podría ser una cosa excelente. Pero difícilmente una cuestión de política práctica.
 -Por el momento, no -concedió Rampion-. Pero la próxima guerra y la próxima revolución la harán demasiado práctica.
 -Posiblemente. Pero no hay que hacer cálculos sobre guerras ni revoluciones. Porque si contamos con ellas, es seguro que vienen.
 -Vendrán de todos modos -dijo Rampion-. El progreso industrial entraña la superproducción, la necesidad de adquirir nuevos mercados, la rivalidad internacional, la guerra. Y el progreso mecánico entraña más especialización y estandardización del trabajo, más diversiones colectivas y preparadas al por mayor, disminución de la iniciativa y de las facultades creadoras, más intelectualismo y el atrofiamiento de todas las cosas vitales y fundamentales de la naturaleza humana, más fastidio y agitación, que no puede tener otro resultado que la revolución social. Cuéntese o no con ellas, la guerra y las revoluciones son inevitables si se permite que las cosas sigan su curso actual.
 -De modo que el problema se resolverá a sí mismo -dijo Philip.
 -Pero solamente por su propia destrucción. Cuando la Humanidad sea destruida, evidentemente que no habrá más problemas. Pero esta parece una solución bastante pobre. Yo creo que puede haber otra, aun dentro del marco del sistema actual. Una solución temporal mientras el sistema se modifica en la dirección de una solución permanente. La raíz del mal está en la psicología individual; de modo que es por ahí, por la psicología individual, por donde hay que comenzar. El primer paso sería hacer vivir a las gentes de un modo doble, en dos compartimentos. En un compartimento, como trabajadores industrializados; en el otro, como seres humanos. Como idiotas y máquinas durante ocho horas diarias, y como verdaderos seres humanos el resto del tiempo.
 -¿No es eso lo que hacen ya?
 -¡Por supuesto que no! Viven como idiotas y como máquinas durante todo el tiempo, tanto durante su trabajo como durante sus horas de ocio. Como idiotas y como máquinas; pero imaginándose que viven como seres civilizados, hasta como dioses. Lo primero que hay que hacer es obligarles a reconocer que son máquinas e idiotas durante sus horas de trabajo. He aquí lo que hay que decirles: siendo lo que es nuestra civilización, tenéis que pasaros ocho horas diarias en un estado intermedio entre la imbecilidad y una máquina de coser. Es muy desagradable, lo sé. Es humillante, es repugnante. Pero ahí está. Tenéis que hacerlo; de lo contrario, la estructura entera de nuestro mundo se vendrá abajo y nos moriremos de hambre. Continuad, pues, vuestra tarea, idiota y mecánicamente, y dedicad vuestras horas de ocio a comportaros como hombres y mujeres completos y verdaderos. No mezcléis las dos vidas, mantened bien cerradas las mamparas entre ellas. Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no os olvidéis jamás de que es sucio y de que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes. Todo eso es mentira. Vuestro trabajo no es más que una tarea sucia y repugnante, desdichadamente necesaria, debido a la estupidez de vuestros antepasados. Ellos han acumulado una montaña de inmundicia, y vosotros tenéis que continuar cavándola por temor a que os envenene con su peste; tenéis que trabajar para poder respirar maldiciendo a la vez la memoria de los maniáticos que han acumulado todo este innoble trabajo que vosotros tenéis que hacer. Pero no tratéis de alentaros fingiendo que este sucio trabajo mecánico es una noble tarea. Eso no es verdad; y el único resultado que obtendréis al creerlo y afirmarlo será el de rebajar vuestra humanidad al nivel del sucio menester. Si creéis en los negocios como servicio y en la santidad del trabajo, os transformaréis simplemente en idiotas mecánicos durante veinticuatro horas diarias. Reconoced que es un trabajo innoble; tapaos la nariz y hacedlo durante ocho horas, y luego concentraos en vosotros mismos para ser, durante las horas de ocio, verdaderos seres humanos. Un verdadero y completo ser humano. No un lector de periódicos, no un amante del jazz, no un fanático de la radio. Los industriales que proveen a las masas de diversiones estandardizadas y fabricadas en serie se esfuerzan cuanto pueden por hacer de vosotros tan imbéciles mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo. Pero no se lo permitáis. Esforzaos por ser humanos. He aquí cómo hay que hablar al pueblo; he aquí la lección que hay que enseñar a los jóvenes. Es preciso persuadir a todo el mundo de que toda esta gran civilización industrial no es más que un mal olor, y que la verdadera vida sólo puede vivirse fuera de ella. Habrá de pasar mucho tiempo antes de que puedan conciliarse el vivir con decencia y el olor industrial. Puede que sean inconciliables. Habrá que ver. Entretanto, tenemos que palear la basura y soportar estoicamente la peste y, en los intervalos, tratar de llevar una vida verdaderamente humana.

 -Es un buen programa -dijo Philip-. Pero no creo que obtenga usted muchos votos basados en él en las próximas elecciones.
 -Ahí está el mal -Rampion frunció el ceño-. Los tendría uno a todos en contra. Porque lo único en que todos están de acuerdo, conservadores, liberales, socialistas, bolcheviques, es la excelencia intrínseca del hedor industrial y la necesidad de estandardizar y especializar hasta hacer desaparecer todo rasgo de genuina virilidad o feminidad de la raza humana. Y luego se quiere que nos interesemos en la política.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Edhasa, 1986, en traducción de Lino Novás Castro, pp. 392-395. ISBN: 84-350-0726-X.]

domingo, 1 de febrero de 2026

El viaje al poder de la mente.- Eduardo Punset (1936-2019)

   Capítulo 10
Hace falta ser inteligente tanto para amar como para castigar

  «No vamos a sugerir, pues -otros lo seguirán haciendo-, que la cocina nos hizo humanos, en lugar de la capacidad de fabricar herramientas o de reconocerse en el espejo. Pero lo cierto es que, en el debate sobre qué nos hizo humanos, nunca se ha dado la importancia que merecía -con la excepción del biólogo Richard Wrangham- a la cocción de los alimentos. Tanto es así que su parecer, expuesto en la extensa conversación que mantuvimos en su despacho académico en Harvard, no debería omitirlo aquí.
 No sorprende oír a Wrangham, con su aspecto de profesor distraído, destilar los juicios más sabios de toda la comunidad científica al hablar de la agresividad de los chimpancés, con los que ha convivido muchos años. Sorprende, en cambio, oírle hablar con idéntica clarividencia de los afectos, de las singularidades amorosas de los bonobos o chimpancés pigmeos y, particularmente, del futuro de la especie humana, más tierno que el pasado, si se confirman las predicciones.
 En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante, han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables. Estamos mencionando el poder de la mente porque de su conocimiento depende que pueda controlar su propia vida. Así ocurrió cuando descubrimos que no éramos el centro del Universo; que el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de nuestra capacidad infinita para hacernos infelices. Y, finalmente, que al cambiar todo a nuestro alrededor, incluida la estructura de la materia, difícilmente no íbamos a cambiar nosotros también.
 De todos estos grandes descubrimientos, a pesar del impacto poderoso y, a veces, tenebroso, sobre el control de la propia vida cotidiana de la gente, la capacidad de cocinar es singular. En primer lugar, no es un mecanismo puramente mental, sino químico que pertenece al mundo de los materiales. En segundo lugar, se ha subestimado su alcance en la historia de la evolución, como no ha ocurrido con ningún otro de los rasgos que, supuestamente, nos hicieron humanos. En tercer lugar, nos transformó físicamente puesto que nos permitió dosificar el aporte energético necesario, contribuyó a la consolidación del sedentarismo humano, así como al nacimiento de las primeras formas organizativas de simulacros de Estado. Por último, y eso lo agradecen particularmente los paleontólogos acostumbrados a manipular el concepto geológico de tiempo, sabemos exactamente cuándo ocurrió: hace 1,6 millones de años.
 Habría que empezar por el comienzo. Hay tres cosas que sorprenden en los primates y especialmente en los homínidos: la violencia agresora en los humanos y los chimpancés; la tolerancia social en los humanos y en los bonobos, y el erotismo de estos últimos, que es mucho menor en los humanos.
 La observación básica es extraordinaria. Sólo hay dos especies de animales en el mundo en las que el macho tiende a vivir en grupos con sus familiares más cercanos y en los que a veces estos machos salen y hacen expediciones para matar, deliberadamente, a los miembros de otros grupos. Esos dos animales a los que me refiero son los humanos y los chimpancés. Hay otro colectivo, el bonobo, que no muestra este tipo de comportamiento. Los orígenes de la violencia no son el reflejo de una expresión falaz de algún instinto ancestral, sino que es el resultado del desarrollo cognitivo. La inteligencia, es cierto, transforma el afecto en amor y también la agresión en castigo y ganas de controlar.
 Todo da a entender que la inteligencia es una pieza importante en todo esto. Pero los bonobos y los chimpancés tienen la misma inteligencia. La otra cara de la moneda es que hay algo en la psicología evolutiva que predispone a seguir rumbos más sofisticados. El principal argumento de Wrangham es que en el pasado vivíamos en territorios que tenían que ser defendidos por los machos, y los grupos que vivían dentro del territorio se vieron obligados a dividirse en pequeñas unidades a causa de las condiciones de alimentación. Cuando ya no queda comida disponible, es mejor dividirse en pequeñas unidades. Eso es lo que vemos en los chimpancés. Exactamente lo contrario de lo que hacen las amebas, que se transforman en un organismo único en tiempos azarosos.
 Tenemos dos colectivos vecinos y uno de ellos vive en grupo porque hay mucha comida y el otro se divide en agrupaciones pequeñas porque la comida escasea. Si un gran grupo se encuentra con un individuo solo en su territorio, ¿qué harán sus miembros? Como se suele decir: disparar a matar. Lo golpearán e intentarán matarlo. Lo exterminarán con gran ferocidad, con mucha crueldad, y nunca dejarán heridos porque son lo bastante inteligentes para tomar la decisión de atacar sólo cuando gozan de todas las ventajas. De modo que la víctima tendrá cicatrices en toda la parte frontal del cuerpo. Quizá le hayan cortado la garganta, arrancado los testículos y la piel junto al codo donde ha mordido el chimpancé. Es un acto muy deliberado y, sin embargo, ningún atacante ha resultado herido porque un individuo sujetaba una mano de la víctima, otro sujetaba la otra, un tercero sujetaba un tobillo... La presa era impotente, era como una crucifixión, podían hacer lo que quisieran con ella.
 La contribución insólita de Richard Wrangham, no sólo al conocimiento de la idiosincrasia de los chimpancés, sino al estudio del origen de la violencia en los humanos, fue el papel desempeñado por la inteligencia. Se necesita inteligencia para planear todo el calvario anterior, pero también hay un poco de nuestra psicología y de la psicología de los chimpancés.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, pp. 238-240. ISBN: 978-84-233-4248-8.]

domingo, 4 de enero de 2026

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

6.- Material y fuentes de los sueños
g) El sueño de examen

  «Todo aquél que ha terminado con el examen de grado sus estudios de bachillerato puede testimoniar de la tenacidad con que le persigue el sueño de angustia de que va a ser suspendido y tendrá que repetir el curso, etcétera. Para el poseedor de un título académico se sustituye este sueño típico por el de que tiene que presentarse al examen de doctorado, sueño durante el cual se objeta en vano que hace ya muchos años que obtuvo el deseado título y se halla ejerciendo la profesión correspondiente. En estos sueños es el recuerdo de los castigos que en nuestra infancia merecieron nuestras faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse a los dos puntos culminantes de nuestros estudios, al dies irae, dies illa de los rigurosos exámenes. El "miedo de examen" de los neuróticos halla también un incremento en la citada angustia infantil. Terminados nuestros estudios, no es ya de nuestros padres, preceptores o maestros, de quienes hemos de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de la inexorable concatenación causal de la vida, la cual toma a su cargo continuar nuestra educación y entonces es cuando soñamos con los exámenes -¿y quién no ha dudado de su éxito?- siempre que tememos que algo nos salga mal en castigo a no haber obrado bien o no haber puesto los medios suficientes para la consecución de un fin deseado; esto es, siempre que sentimos pesar sobre nosotros una responsabilidad.
 A una interesante observación de un colega, conocedor de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de estos sueños, pues me llamó la atención sobre el hecho, por él comprobado, de que el sueño de tener que doctorarse nuevamente era siempre soñado por personas que habían salido triunfantes de dicho examen y nunca por aquellas otras que en él habían sido suspensas. Estos sueños de angustia, que suelen presentarse cuando al día siguiente ha de resolverse algo importante para nosotros, habrían, pues, buscado en el pretérito una ocasión en que la angustia se demostró injustificada y quedó contradicha por el éxito. Tendríamos aquí un singular ejemplo de interpretación errónea del contenido onírico por la instancia despierta. La objeción interpretada como rebelión contra el sueño: "Pero, ¡si ya tengo el título!", etc, sería, en realidad, un aliento proporcionado por el mismo: "No temas; recuerda el miedo que sentiste antes del examen de doctorado y recuerda que nada malo te pasó. Hoy tienes ya tu título", etc. Resulta, pues, que la angustia que atribuíamos al sueño procedía de los restos diurnos. Esta explicación se ha demostrado cierta en todos los sueños de este género, propios y ajenos, que he podido investigar. La medicina legal, asignatura en la que fui suspenso, no me ha ocupado jamás en sueños, mientras que muchas veces he soñado examinarme de Botánica, Zoología y Química, disciplinas en las que mi miedo al examen estaba muy justificado, pero que aprobé por especial favor del destino o del examinador. Entre las asignaturas de segunda enseñanza escogen siempre mis sueños la Historia, disciplina en la que rayé a gran altura, pero sólo porque mi amable profesor -el tuerto de otro sueño (cap. 2, apart. b)- se dio cuenta de que al devolverle el programa había hecho con la uña una señal, junto a la segunda pregunta, para advertirle que no insistiera mucho sobre ella. Uno de mis pacientes, que aprobó el examen de doctorado y fue luego suspendido en la Academia Militar, me ha confirmado que sueña muchas veces con el primer examen y jamás con el último.
 Los sueños de examen presentan, para la interpretación, aquella dificultad que antes señalamos, como característica de los sueños típicos. El material de asociaciones que el sujeto pone a nuestra disposición rara vez resulta suficiente, y de este modo, sólo por la reunión y comparación de numerosos ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sueños. Recientemente experimenté en un análisis la segura impresión de que la frase: "Pero ¡si ya eres doctor!", etc. no se limita a encubrir una intención alentadora, sino que entraña también un reproche: "Tienes ya muchos años y has avanzado mucho en la vida; mas, a pesar de ello, sigues haciendo bobadas y niñerías". El contenido latente de esos sueños correspondería, pues, a una mezcla de autocrítica y aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el reproche de seguir cometiendo "bobadas" y "niñerías" se refiera, en los ejemplos últimamente analizados, a la repetición de actos sexuales, contra los que hay algo que se opone en nosotros.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 304-306. ISBN: 84-395-0001-7.] 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Lo que Sócrates diría a Woody Allen.- Juan Antonio Rivera (1958 - 2024)

5.- El aburrimiento como fuente de maldad. Calle Mayor.

 «Es algo que también les pasaba a Álex y sus "drugos" en La naranja mecánica: la infraestimulación mental puede convertirse en una terrible, y poco conocida, forma de sufrimiento, capaz de empujar a quien la padece a la comisión de atrocidades aparentemente inexplicables y gratuitas. Y aquí da lo mismo que nos movamos en el entorno psicodélico y futurista de La naranja mecánica o en la atmósfera de viscosas usanzas tradicionales que nos muestra Calle Mayor. Es un fenómeno ubicuo, universal; y para entenderlo mejor, le propongo repasar las nociones de placer y comodidad que están en el núcleo cordial de la película de Bardem.
 La distinción entre placer y comodidad se la debemos al economista de origen húngaro Tibor Scitovsky (1), aunque recuerda fuertemente la separación que ya hiciera en el siglo III a.C. el filósofo griego Epicuro entre placeres estáticos y placeres cinéticos. El placer y la comodidad, aunque son cambios que normalmente experimentan las terminaciones de nuestro sistema nervioso periférico avecindadas en los ojos, la nariz, la piel o las mucosas, se registran como tales en el cerebro. Podemos, como muestra la figura 1, trazar un segmento imaginario en que queden indicados los distintos niveles de activación general del cerebro. En algún punto intermedio de ese segmento se encuentra el óptimo de estimulación cerebral: a la izquierda de ese punto está la zona de infraestimulación y a la derecha, la de sobreestimulación.




 La comodidad (el placer estático, que diría Epicuro) se alcanza cuando estamos instalados en el óptimo y, por ello, libres tanto del dolor de la sobreestimulación (sed, hambre, frío, excitación sexual) como del de la infraestimulación (tedio); cuando estamos fuera de ese óptimo experimentamos displacer, incomodidad. Y el placer es un fenómeno cinético que consiste en el viaje desde la incomodidad hasta la comodidad. Como decía San Agustín: "No hay placer en comer y beber a menos que preceda el malestar del hambre y de la sed". Este viaje placentero lo conseguimos cuando aliviamos la sed bebiendo o la tensión sexual copulando; pero también cuando escapamos del frío calmo del aburrimiento y caldeamos nuestro desnutrido cerebro con alguna novedad que lo alimente. Esto último ha sido menos notado en general. Freud, por ejemplo, concebía el placer de una manera un tanto unilateral: como descarga de la sobreexcitación; descuidando con ello que también hay dolor (y, por lo tanto, posibilidad de escapar de él y, por ello, posibilidad de placer) en la infraestimulación, cuando estamos atrapados en una cierta atonía mental y conseguimos desplazarnos, gracias a alguna novedad benefactora, desde la infraestimulación al óptimo de activación o despertamiento cerebral.
 Como digo, esta última causa de sufrimiento basada en la infraestimulación ha sido menos advertida, y es probable que su primer reconocimiento científico ocurriera durante la Guerra de Corea, cuando los prisioneros de guerra estadounidenses sufrieron eficaces "vaciados de cerebro" sin más presión que la privación prolongada de estímulos mediante un confinamiento en solitario. (Recientemente, funcionarios estadounidenses han puesto en práctica este sofisticado método de tortura con prisioneros de Al Qaeda recluidos en la base de Guantánamo tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York). Desde entonces, varios experimentos de laboratorio han confirmado plenamente el hecho de que la privación sensorial puede llegar a ser en extremo dolorosa. En una prueba llevada a cabo en 1957 se emplearon como sujetos experimentales a estudiantes universitarios bien pagados, bien alimentados y bien atendidos a lo largo de todas las sesiones de prueba; de hecho, sólo tenían que hacer algo tan anodino como reposar en un cuarto protegido de ruidos, usar lentes impenetrables y tener las manos enfundadas en guantes para evitar así toda percepción. Los voluntarios de este experimento pasaron por un período inicial de sueño o relajamiento, pero luego empezaron a padecer los efectos de la privación sensorial prolongada, muy difíciles de soportar: en el lapso de una a ocho horas acabaron teniendo jaqueca, náuseas, confusión, fatiga, alucinaciones y una afectación temporal de diversas facultades mentales. Los universitarios sintieron un deseo agudo de estímulos externos y, tras la experiencia, encontraron alivio y disfrute en cosas tan insípidas como un viejo informe del mercado de valores o una plática sobre los peligros del alcohol dirigida a niños de seis años.
 El sencillo esquema de la figura 1 nos permite sacar algunas interesantes y no muy intuitivas conclusiones. En primer lugar, para poder sentir el placer hay que estar fuera de la situación de comodidad; hay que volver a incurrir en el dolor, en la incomodidad, para poder revivir el placer. Lo malo del dolor no es tanto el dolor mismo cuanto que nos sintamos indefensos para escapar de él hacia la comodidad.» 

 (1) T. Scitovsky, The Joyless Economy, Oxford University Press, Nueva York, 1992.

[El texto pertenece a la edición en español de Espasa Calpe, 2003, pp. 84-86. ISBN: 84-670-1261-7.]

domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
1

 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

2

  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

miércoles, 27 de abril de 2022

Bajo el hielo.- Bernard Minier (1960)


Bernard Minier: “Estamos en la época posmoderna de la novela negra ...
Tercera parte: Blanco

23

 «-Gracias –dijo mientras plegaba la hoja para guardarla en el bolsillo. Luego titubeó un instante-. Querría hacerle una pregunta que no tiene nada que ver con la investigación. Es una pregunta que dirijo al psiquiatra y al hombre, no al testigo. –Xavier enarcó una ceja, intrigado-. ¿Usted cree en la existencia del mal, doctor?
 El silencio del psiquiatra fue más prolongado de lo previsto. Durante todo ese tiempo, detrás de sus gafas rojas, mantuvo la mirada fija en Servaz, como si quisiera adivinar adónde quería ir a parar.
 -En mi condición de psiquiatra –contestó por fin-, le responderé que esta cuestión no entra dentro del ámbito de la psiquiatría, sino de la filosofía, y más concretamente de la moral. Desde ese punto de vista, vemos que el mal no se puede concebir sin el bien, que uno va de la mano del otro. ¿Ha oído hablar de la escala del desarrollo moral de Kohlberg? –preguntó el psiquiatra.
 Servaz negó con la cabeza.
 -Laurent Kohlberg es un psicólogo americano. Se inspiró en la teoría de los estadios de la adquisición de Piaget para postular la existencia de seis fases de desarrollo moral en el hombre. –Xavier hizo una pausa durante la cual se arrellanó en el sillón y cruzó las manos sobre el vientre, organizando las ideas-. Según él, el sentido moral de un individuo se adquiere por estadios sucesivos en el transcurso del desarrollo de su personalidad. No puede saltarse ninguna de esas etapas. Una vez que ha alcanzado un estadio moral, el individuo no puede volver atrás: ha adquirido ese nivel para toda la vida. No obstante, no todos los individuos alcanzan el último nivel, ni mucho menos. Muchos se quedan en un estadio moral inferior. Por otra parte, esas etapas son comunes al conjunto de la humanidad, son las mismas en cualquier cultura. Son transculturales, pues.
 Servaz se dio cuenta de que había despertado el interés del psiquiatra.
 -En el nivel 1 –reanudó Xavier la exposición con entusiasmo-, el bien es lo que suscita una recompensa y el mal lo que suscita un castigo. Como cuando se golpean los dedos de un niño con una regla para hacerle comprender lo que está mal. La obediencia se percibe como un valor en sí mismo, el niño obedece porque el adulto tiene el poder para castigarlo. En el nivel 2, el niño ya no obedece solo para obedecer a una autoridad sino para obtener gratificaciones. Así comienza a haber un intercambio… -Esbozó una sonrisa-. En el nivel 3, el individuo llega al primer estadio de la moral convencional, pretende satisfacer las expectativas de los otros, de su medio. Lo importante es el juicio de la familia, del grupo. El niño aprende el respeto, la lealtad, la confianza, la gratitud. En el nivel 4, la noción de grupo se amplía al conjunto de la sociedad. Aquí entra el respeto a la ley y el orden. Seguimos en el ámbito de la moral convencional, en el estadio del conformismo: el bien consiste en cumplir el deber y el mal es lo que la sociedad reprueba. –Xavier adelantó el torso-. A partir del nivel 5, el individuo se desprende de esa moral convencional y la supera. Entra en la moral posconvencional. De egoísta pasa a ser altruísta. Sabe asimismo que todo valor es relativo, que aunque deben ser respetadas, las leyes no son siempre buenas; piensa sobre todo en el interés colectivo. Finalmente, en el nivel 6, el individuo adopta unos principios éticos libremente elegidos que pueden entrar en contradicción con las leyes de su país si las considera inmorales; lo que prevalece es su conciencia y su racionalidad. El individuo moral del nivel 6 tiene una visión clara, coherente e integrada de su propio sistema de valores. Es un actor comprometido en la vida asociativa, en las acciones caritativas, un enemigo declarado del mercantilismo, del egoísmo y la codicia.
 -Es muy interesante –alabó Servaz.
 -¿Verdad? Huelga decir que un gran número de individuos permanecen bloqueados en los estadios 3 y 4. Para Kohlberg existe también un nivel 7, al que acceden muy pocos. El individuo del nivel 7 está impregnado del amor universal, la compasión y lo sagrado, muy por encima del común de los mortales. Kohlberg cita sólo algunos ejemplos, como Jesús, Buda, Gandhi… En cierta manera, se podría decir que los psicópatas permanecen atascados en el nivel 0, aunque no sea una noción muy académica para un psiquiatra.
 -¿Y cree usted que se podría establecer, de la misma manera, una escala del mal?
 Al oír aquella pregunta, al psiquiatra se le iluminaron los ojos detrás de las gafas rojas mientras se relamía con avidez.
 -Es una cuestión muy interesante –dijo-. Confieso que yo mismo me la he planteado. En esa clase de escala, una persona como Hirtmann se situaría en el otro extremo del espectro, como una especie de espejo invertido de los individuos del nivel 7, por así decirlo…
 El psiquiatra lo miraba directamente a los ojos, a través del vidrio de las gafas, como si se preguntara en qué nivel se había detenido Servaz. Éste sintió que volvía a sudar, que volvía a acelerársele el pulso. En su pecho estaba estallando algo: un miedo cerval… Volvió a ver los faros en su retrovisor, a Perrault gritando en la cabina, el cadáver desnudo de Grimm colgado del puente, el caballo decapitado, la mirada del gigante suizo posada en él, la de Lisa Ferney en los pasillos del Intituto… El miedo se hallaba allí desde el principio, dentro de él, como una semilla que sólo esperaba para germinar y prosperar… Le dieron ganas de echar a correr como un poseso, de huir de ese lugar, de ese valle, de esas montañas.
Bajo el hielo (Bestseller Criminal): Amazon.es: Bernard Minier: Libros -Gracias, doctor –dijo, levantándose con precipitación.
 Xavier se puso en pie sonriendo y le tendió la mano por encima del escritorio.
 […]
 Hirtmann se detuvo para lanzarle una prolongada mirada cargada de recelo, antes de reanudar sus idas y venidas sin pronunciar palabra alguna.
 -¿Le molesta? –inquirió Diane.
 […]
 -Apuesto a que no. ¿A qué ha venido doctora Berg?
 -Acabo de decírselo.
 -Ah, ah… ¡Es increíble la poca psicología que tienen a veces los psicólogos! Yo soy una persona bien educada, doctora Berg, pero no me gusta que me tomen por idiota –agregó con tono tajante.
 -¿Está usted al corriente de lo que ocurre en el exterior?  -insistió ella, abandonando el típico tono profesional de psicóloga.
 Hirtmann bajó la mirada y pareció meditar un instante. Después se decidió a sentarse con el torso adelantado, el antebrazo encima de la mesa y los dedos cruzados.
 -¿Se refiere a esos asesinatos? Sí, yo leo los periódicos.
 -Entonces, toda la información de que dispone figura en los periódicos, ¿no es así?
 -¿Adónde quiere ir a parar? ¿Qué es lo que ocurre fuera que la ha puesto en este estado?
 -¿Qué estado?
 -Parece asustada. Y no sólo eso. Parece una persona que busca algo… incluso un animalillo, un animalillo hurgador. Ése es el aspecto que tiene en este momento, el de un sucio ratoncillo… ¡Si pudiera ver la mirada que tiene! Por Dios, doctora Berg, ¿qué le pasa? No soporta este sitio, ¿es eso? ¿No tiene miedo de perturbar la buena marcha de este establecimiento con todas sus preguntas?
 -Cualquiera diría que está hablando el doctor Xavier –se mofó.
 -¡Ah, no, por favor! –contestó él con una sonrisa-. Mire, la primera vez que entró aquí capté enseguida que este no es su lugar. ¿Qué pensaba encontrar al venir aquí? ¿A unos genios del mal? Aquí sólo hay desdichados psicóticos, esquizofrénicos, paranoicos, infelices y enfermos, y yo mismo me permito incluirme en el mismo paquete. La única diferencia con los que se encuentran fuera radica en la violencia… Y créame que no se da tan sólo en los pacientes… -Separó las manos-. Ah, ya sé que el doctor Xavier tiene una visión… digamos, romántica, de las cosas… Que nos ve como seres maléficos, emanaciones de Némesis y otras idioteces por el estilo, que se cree encargado de una misión. Para él, este sitio es algo así como el santo Grial de los psiquiatras. ¡Qué bobadas! –Mientras hablaba, la mirada se le iba volviendo más sombría y más dura, y ella retrocedió instintivamente en su silla-. Aquí, como en otras partes, todo es mugre, mediocridad, malos tratos y dosis masivas de drogas. La psiquiatría es la gran estafa del siglo XX. No hay más que fijarse en los medicamentos que utilizan. ¡Ni siquiera saben por qué funcionan! ¡La mayoría los han descubierto por casualidad en otras disciplinas!
 Diane lo miraba fijamente.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Roca Editorial, 2011, en traducción de Dolors Gallart, pp. 416-419 y 425-427. ISBN: 978-84-9918-358-9.]

domingo, 27 de marzo de 2022

Vidas vulnerables.- Pablo Simonetti (1961)


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 «Hizo sonar tres veces el timbre de parada. Los números impares le infundían seguridad. Para su imaginación eran números perfectos, equilibrados; los consideraba la base del orden de cualquier estructura sana; más aún, se los imaginaba en organización piramidal, siete, cinco, tres y sólo uno en la cúspide.
 Intentó reconocer las fachadas huidizas, pero la oscuridad reinante y el precario alumbrado público de ese sector de avenida Matucana se habían confabulado para impedírselo. El chirrido de los frenos le molestó. El rostro negligente de un pasajero adormecido en su asiento le hizo pensar en el mecánico encargado de mantenerlos. La micro se detuvo. Saltó del tercer escalón hasta la calle. No había ni un alma a la vista. Sólo la luz de un portal, a unos veinte metros de distancia, cortaba el denso fluido de la noche. Si bien Matucana era una avenida con cierta animación, esas cinco cuadras, entre Mapocho y Carrascal, se despoblaban por completo una vez que se iba la luz. Creía vivir en un barrio muerto, a pesar de tener la certeza de que tras la fachada continua de las casas se desarrollaba un monótono hormigueo familiar. Pensó en las catacumbas, en vidas subrepticias, en el silencio que provoca el miedo. Pensó en su propia vida al interior de su cuarto. De ser posible, hubiera preferido pasar todo el día y la insomne noche en su cuarto, sin que nada de la puerta hacia fuera lo perturbara. Pero estaba su madre, estaba su padre, estaba el recuerdo de su hermana muerta y su obligación de participar de la vida familiar: comer en la mesa, saludar por la mañana, responder a las preguntas que recibía como tiros al llegar. Hubiera preferido permanecer quieto en su cama observando la pulcritud de su pequeño mundo antes que salir cada día rumbo a la universidad. Los desafíos de tomar micro e ir a terapia con la psicóloga del departamento de bienestar estudiantil, tres veces por semana, lo tenían agotado. Con el solo fin de prepararse de la mejor manera, se había impuesto una serie de rituales que involucraban bajarse en ciertos paraderos y esperar la próxima micro y así llegar en una suma de segmentos impares hasta República con la Alameda. Había ciertos paraderos claves en esta secuencia. Existía, según él, cierta progresión aritmética en los tramos. El primero, sólo unas pocas cuadras desde la esquina donde se subía hasta la Quinta Normal, tres minutos en el tráfico de la mañana. El segundo, un trecho más lento, diez minutos y la vista del abrazo acogedor de la Estación Central. El último, el tramo de la Alameda, el más largo, diecisiete minutos. Término inicial tres, razón siete. Otro de sus ritos consistía en acercarse a una fuente de agua cercana al quiosco del patio principal: se inclinaba siete veces y cada vez daba tres sorbos. No tener sed era fundamental para evitar desconcentrarse durante la sesión. No le había contado nada de esto a la psicóloga, le daba vergüenza hacerlo y prefería tomarlo como una ofrenda secreta, como una manda.
 A causa de la luminosidad de una ventana vio proyectarse su propia sombra sobre la vereda. Era un muchacho de mediana estatura y su figura no decía nada particular acerca de él. Tenía una cabeza de estructura más o menos cúbica, ojos verdes de mirada fija y un pelo a punto de erizarse en púas. Era delgado, sus paseos en bicicleta de los fines de semana y durante el verano lo ayudaban a estar en forma. Se había percatado de que ejercía cierto atractivo sobre las mujeres, sin embargo era virgen y no tenía la tranquilidad de espíritu para animarse a salir con una de las compañeras que se habían mostrado animosas con él. La posibilidad de que una mujer se diera cuenta de su problema lo aterraba y no tenía modo de imaginarse envuelto en una relación. Tal cosa implicaría un notorio cambio en su rutina y no estaba seguro de ser capaz de enfrentarlo. No, definitivamente salir con una mujer significaría salir de su cuarto, interferir su diario viaje de ida y vuelta a la universidad, alterar los horarios de sus paseos en bicicleta. Un fin de semana del año anterior había ido a una discoteca con un compañero: no tener una idea clara de las dimensiones del lugar, estar sumergido en un lago de sudores ajenos, verse agredido por el contacto de pieles extrañas, casi lo enloqueció. No resistió más de diez minutos dentro. Corrió escaleras arriba y vomitó a la salida, a vista y presencia de una fila de jóvenes que esperaban su turno para entrar.
 Una casona blanca deshabitada que rompía el frontis continuo del barrio, constituía un hito en su camino del paradero a la casa. Del segundo piso de la mole sobresalía un par de balcones de fierro en franco estado de oxidación, que semejaban dos enormes y viejas dentaduras corroídas por el tabaco. Miguel había notado su abandono hacía muchos años y la idea de su progresivo deterioro había alimentado sus fantasías. En su época adolescente se detenía a observarla para encontrar algo que delatara el avance de su ruina. Tal era su modo de quererla en ese entonces: deseaba ser testigo de su fin, incluso a veces pedía con todas sus fuerzas que el próximo terremoto lo sorprendiera frente a la casona, para así verla derrumbarse con toda la nobleza de su pesada contextura. Sin embargo, las cosas habían cambiado con el tiempo; ahora Miguel, cuando pasaba frente a ella, deseaba encontrarla exactamente igual al día anterior. Comprobar que nada había cambiado era uno de sus principales ritos del último tiempo y sus visitas a la casona blanca se repetían varias veces al día. Le horrorizaba la idea de encontrarse con la puerta desquiciada o un pedazo de techo tragado hacia el interior. Pensaba que si algo de esa naturaleza ocurría, una parte de él también se desquiciaría para siempre. Peor aún, estaba convencido de que uno de sus padres sufriría una tragedia. La oscuridad de esa noche se mostró indulgente con sus necesidades. En la casona nada parecía estar fuera del lugar. Siguió su camino en calma. De pronto, sin mediar razón, dudó de lo que había visto. No sería capaz de dormir, pensó, si no la observaba con mayor detención. Volvió sobre sus pasos y se presentó una vez más ante ella. Con la cabeza entre dos barras de la herrumbrosa reja, se dedicó a examinarla en estricto orden. Llevaba meses perfeccionando la metodología y había creado una secuencia que lo dejaba satisfecho. Un profesor de anatomía en el auditorio de una morgue no hubiera sido más preciso en el examen de un cadáver.
Resultado de imagen de pablo simonetti vidas vulnerables A medida que se fue acercando a la casa de sus padres, que se diferenciaba de las casas vecinas gracias a una puerta azul, sintió que no podía llegar hasta ella, que algo le impedía entrar de una vez por todas. La imagen de un balcón de la casona blanca precipitándose al suelo lo sobresaltó de tal manera que se puso rígido y no pudo seguir caminando. Deseaba volver a examinarla, pero la sola idea lo avergonzaba. La armonía del número tres se le hizo presente y sus músculos se distendieron en el acto. Si examinaba la casa por tercera vez, las cosas quedarían bien compensadas: lo bueno de la primera visita con la inseguridad de la segunda, se equilibrarían, y consciente de que era un pensamiento en exceso grandioso, pensó que una tercera visita le devolvería al universo cierto orden necesario. En ingeniería había estudiado el concepto de la entropía, para algunos una medida del desorden universal. El profesor de Termodinámica había asegurado que la entropía era sólo susceptible de aumentar y, por lo tanto, cualquier transferencia de energía o de masa contribuía a acrecentar el desorden del universo. Miguel se dijo que el profesor estaba equivocado. No le cupo duda que una tercera inspección contribuiría a disminuir el caos existente. El examen fue aún más lento y minucioso, esperó el paso de los autos, a esa hora muy escasos, para robar su luz pasajera. De pronto, con ayuda del resplandor de un par de focos, vio una rata enorme asomarse bajo el alero de la techumbre, saltar al patio polvoriento y desaparecer en la oscuridad. La idea de que proviniera del interior de la casona lo desconcertó. No supo cómo organizar sus pensamientos para sobreponerse a la inesperada visión; la casa había perdido su inmutabilidad de golpe. Imaginó el menoscabo infligido por el ir y venir de decenas de ratas, la polvareda levantada por sus carreras y grescas, creyó percibir el hedor de sus orines y fecas. El polvo no le importaba, lo consideraba una bendición para la casona, una sábana bautismal; en cambio, la corrupta naturaleza de los roedores volvía todo inmundo y por lo tanto incontrolable. Se apresuró camino a la casa de sus padres para hacer el intento de dejar atrás la nube que había enturbiado el orden en su cabeza. Ya no había secuencia de ideas posible que lo calmara.
 -¿Miguel, hijo, dónde andabas? Son más de las diez. Si vas a llegar tarde, avísame –dijo su madre mientras se acercaba y lo besaba en la mejilla.
 Era la única persona por quien se dejaba besar. Ella tenía 45 años y traía una vida difícil a cuestas. Su rostro se hallaba invadido de arrugas prematuras. Vestía su uniforme casero, un delantal floreado sin formas. Aún sufría por la muerte de su hija a los seis años de edad a causa de una leucemia. No había dejado de culparse. Cierta indolencia ante los primeros síntomas la atormentaba.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Parramón Ediciones, 2010, pp. 141-146. ISBN: 978-84-92781-15-7.]

domingo, 24 de enero de 2021

Boy, Snow, Bird. Fábula de tres mujeres.-Helen Oyeyemi (1984)

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Tercera parte
III            
I
 «-De cualquier manera, mis primeras pesquisas no dieron ningún fruto porque estaba buscando hombres. Frances Amelia Novak nació en Brooklyn en 1902. Su padre, Sándor, era un emigrante húngaro, un violonchelista convertido en conductor de un camión de reparto y su madre, Dinah, era una costurera irlandesa-americana que hacía estas colchas… Fui a ver una al museo de arte popular, ese museo pequeño que hay en el centro. Lo que hacía tu abuela era arte. Frances era un diablillo con una sonrisa impactante…
 Mia me estaba mostrando una serie de fotografías fotocopiadas. ¡Oh, Dios mío!
 -Y era súper, superinteligente. Era un barrio con mucha mezcla (lingüística, quiero decir), el recibimiento más cálido que un chico mensajero negro había tenido aquí en aquellos días hubieran sido preguntas como “¿Crees que esto es Harlem?” Pero Frances aprendía retazos de checo y alemán de los vecinos, y también hablaba húngaro con fluidez, la lengua materna de su padre. Sacó lo mejor de sus profesores más idealistas, haciéndoles sentir que se habían dedicado a la enseñanza para ayudar a desarrollar un intelecto como el de ella. Pedía que le dieran más libros para leer y que le pusieran más deberes. Podrías pensar que los otros niños la detestaban, pero se alegraban por ella y la votaron como la alumna con más posibilidades de triunfar. Entró en Barnard con una beca, se graduó en la especialidad de psicología que había elegido, inició investigaciones de postgrado, quizá con vistas a convertirse en profesora de universidad… al menos eso es lo que dijo a sus amigos. Sabía que la primera profesora de la facultad de psicología había sido aceptada hacía menos de cinco años como profesora sin sueldo. Sabía que necesitaba algo más que un don para la asignatura, más que simple curiosidad, necesitaba concentrarse totalmente en su lucha por un puesto en la facultad y la investigación misma significaba más para ella que eso. Le interesaba la sexualidad. Concretamente, estaba interesada en demostrar que la homosexualidad no es una enfermedad mental. Pero nunca terminó su estudio…
 -¿Cómo sabes lo que pensaba y en qué estaba interesada?
 -Me reuní con cuatro de sus antiguas compañeras a tomar café y todas trajeron cartas consigo. Cartas que ella les había escrito cuando estaban juntas en Barnard. Pensé que las amistades eran platónicas pero las cartas se ponían muy picantes a veces, y tres de las antiguas amigas dijeron, “Sí, sí, éramos verdaderas amigas, pero también éramos amantes”; me dijeron esas tranquilas intelectuales, que sólo se sonrojan con la teoría abstracta. También me trajeron fotos. Mírala. Montones de jóvenes aparentemente impresionables dejaban a sus novios por ella. Sé que es tu madre, pero ves el atractivo, ¿no? No sé cuándo empezó Frances a mostrar su preferencia por las mujeres, pero fue sin duda cuando estaba en el último curso de licenciatura.
 Examiné todas las fotos de mi culta y glamurosamente despeinada madre, con su pelo tan largo como el de Lady Godiva en una época en que el pelo corto hacía furor. Tenía el aspecto de alguien que canta por dentro, en silencio y continuamente; al menos eso es lo que creo que quiere expresar la gente cuando dice que alguien tiene un brillo en la mirada. El suyo estaba allí incluso cuando estaba haciéndose la posesiva, rodeando con sus brazos a la mujer que reposaba en su regazo.
 -¿Qué le pasó, Mia?
 -Eso es exactamente lo que querían saber las amigas de Frances. Todas mostraron su esperanza de que yo pudiera decírselo. Tenía veintinueve años y se suponía que ese año obtendría el doctorado, pero se marchó del campus y del piso de Morningside que compartía con otras dos mujeres. Estuvo allí un martes (la vieron en la biblioteca), pidió a una de las mujeres con las que estuve que le prestara algo de dinero, pero su amiga estaba tan pelada como ella. El miércoles no se presentó a la charla que había aceptado dar a unos estudiantes. Nunca había hecho nada así; era de las que iba a dar clase aunque estuviera enferma. Tampoco recuerda nadie que estuviera muy nerviosa. El viernes sus amigas se pusieron a buscarla activamente. Luego, otras amigas sugirieron que no quería ser buscada, que simplemente estaba trabajando duro en su ensayo. Pero ¿trabajando dónde? No había regresado a su apartamento de Morningside desde el martes por la noche. Sus compañeras de piso querían llamar a la policía pero todo el mundo dijo que eran unas exageradas. Sus padres denunciaron por fin su desaparición en abril de 1933.
 -Yo nací en noviembre de 1933 –repliqué yo.
 -Sí.
 -Entonces, ¿qué has descubierto?
 Mia miró por la ventana, tomó aire y luego me miró.
 -Fue Frank el que me lo dijo. Violaron a Frances. Fue un conocido suyo; el hermano pequeño de un amigo. Era un estudiante de Columbia para quien una lesbiana era alguien que estaba esperando al hombre que realmente la excitara. Frances le había avisado que dejara de repetir eso. También se había metido con una amiga suya y la había llamado buscona. Frances había avisado a este tipo delante de otras personas y supongo que eso le hizo sentirse humillado y… No me hagas racionalizar lo que hizo, Boy. La sorprendió al salir de la biblioteca una noche de febrero, parecía arrepentido; le dijo que no era más que un chico tratando de sentirse un hombre y que su lema era vive y deja vivir y la invitó a visitar un bar clandestino del que le habían hablado. Y ella le acompañó para demostrarle que ya no tenía nada contra él. La invitó a tres copas. Fueron a dar un paseo en coche por la orilla del Hudson. “¿Qué te parece si conducimos toda la noche?”, dijo él. Ella contestó que estaba de acuerdo. Estar en movimiento le ayudaba a ordenar sus ideas. Los padres de él estaban fuera de la ciudad y él condujo hasta su casa en Westchester, metió el coche en el garaje, cerró las puertas y partió su vida por la mitad.
 -¿Cómo se llamaba?
 -Steven.
 -¿Steven qué?
 -Steven Hamilton.
 -¿Vive todavía?
 -¡Que se joda! No lo he comprobado. Yo seguí la pista de Frances y ella no volvió a encontrárselo de nuevo.
Resultado de imagen de helen oyeyemi fabula de tres mujeres -Entonces, ¿adónde fue ella?
 -Ella conocía una casa de acogida de mujeres, dirigida por una soltera adinerada de Harlem que se había ido de casa. Era principalmente para mujeres no blancas, pero no te echaban sin más porque fueras blanca. Permaneció allí durante tres meses bajo el nombre de Francine Stone, pero al final le pidieron que se fuera. Estaba…, uf, desmoralizando a las otras mujeres que “habían sufrido sus propias violaciones pero estaban decididas a continuar su vida como mujeres a pesar de todo”, creo que decía la nota. Frances lo entendió y lo admiraba, pero no era su actitud. Su aflicción no hacía sino crecer. ¿Sabes cómo dice Frank que se convirtió en Frank? Dice que se miró al espejo una mañana cuando todavía era Frances, y aquel hombre al que no había visto nunca estaba allí, mirándola. Frances se lavó la cara, se arregló el pelo y volvió a mirar y el hombre seguía allí, llevando una copia exacta de su falda y su jersey. Él le dijo una palabra para anunciarle su llegada. Lo que hizo fue frotar la superficie de su lado de espejo con los dedos y decir: “Hola”. A partir de entonces actuó como un reflejo normal; de otro modo ella hubiera sentido que tenía que ir al psiquiatra para quejarse de él. Una vez que hubo establecido que él había venido para quedarse, le llamó Frank, y se paró en un barbero y se cortó el pelo por detrás y por los lados; le pareció que ese corte de pelo iba bien con la personalidad de Frank. Iba por ahí con botas pesadas y camisas de cuello alto… quizá recuerdes las camisas que llevaba el exterminador de ratas incluso en verano para ocultar que no tenía nuez de Adán…, empezó a hablar con una voz artificialmente ronca y grave. La gente a su alrededor no sabía qué hacer con ella y sinceramente no les gustaba. Era como si la hubiera mordido algo vil y se estuviera convirtiendo en cierto modo en lo que la había mordido. Abandonó la casa de acogida, encontró una habitación que compartía con una chica bajo un estricto régimen de doce horas de ocupación: de seis de la mañana a seis de la tarde la habitación era de Frank, y de seis de la tarde a las seis de la mañana la habitación era de la otra chica y Frank tenía que marcharse.
 -Supongo que la compañera de piso era una puta, ¿no?
 -Quizá. Pero viviera de lo que viviera, conocía a todo el mundo y puso en contacto a Frank con un médico al que no le importaba quebrantar la ley por un precio razonable. Frank concertó dos citas pero al final no acudió a ninguna. Tenía miedo de morir en la mesa del médico. Había oído contra historias y deseaba vivir. Realizaba trabajos que no exigían papeles; una empresa de exterminación de plagas con un alto índice de emigrantes ilegales fue el trabajo que más le duró, pero lo perdió cuando naciste. Fuiste un bebé prematuro y dijo que estuvo que estar mucho tiempo sin trabajar. Recordaba los métodos de cazar ratas de su padre y él empezó a trabajar por su cuenta…
 -Deja de llamarle “él”. Me estás diciendo que mi madre ha estado horriblemente enferma durante décadas y estoy luchando por asumirlo, pero tienes que dejar de llamarle “él”.
 -No sé si puedo. De momento, resulta que ha sido más tiempo Frank que Frances. Se trata de algo más que un alter ego, Boy. He estado leyendo monografías médicas sobre personas cuyos supuestos alter ego tienen diferentes grupos sanguíneos que el suyo; el alter ego de un tipo era diabético y él no lo era, o él era el alter ego y el diabético era la personalidad “auténtica”. ¿Quién sabe? Cuando empiezan a producirse este tipo de fenómenos biológicos, tienes que preguntarte si convertirte en otra persona es más que una especie de delirio o una disfunción de la mente. Lo que quiero decir es que la personalidad de Frank es terrible (trató de pegarme cuando le dije que iba a contar esta historia, pero no fue lo suficientemente rápido), pero está muy cuerdo. Bueno, quizá no tanto cuando se trata de poner nombres. Estuvo a punto de llamarte Pup.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2016, en traducción de María Belmonte, pp. 280-286. ISBN: 978-84-16748-12-9]