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domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

domingo, 15 de diciembre de 2024

Cien años de soledad.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

 

 «Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se sorprendió de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor, y con tres amantes que instaló en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca. Apenas sí leía los despachos telegráficos que informaban de operaciones rutinarias. En cierta ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la evacuación de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional.
 -No me molestes por pequeñeces -le ordenó él-. Consúltalo con la Divina Providencia.
 Era tal vez el momento más crítico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los políticos que capitalizaban la guerra desde el exilio habían repudiado públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano Buendía, pero hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer sus versos, que ocupaban más de cinco tomos y que permanecían olvidados en el fondo del baúl. De noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una de sus mujeres y obtenía de ella una satisfacción rudimentaria, y luego dormía con un sueño de piedra que no era perturbado por el más ligero indicio de preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso, por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la grandeza. Se complacía en mantener a la diestra al duque de Marlboroug, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo atuendo de pieles y uñas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños. Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después del fusilamiento del general Moncada, se apresuró a cumplir la última voluntad de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, pero no le permitió pasar de la puerta.
 -No entre, coronel -le dijo-. Usted mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.
 El coronel Aureliano Buendía no dio ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró el sosiego cuando su guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. "Cuídate el corazón, Aureliano", le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez. "Te estás pudriendo vivo". Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontró de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes. Había, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un juicio por malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio de aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Teófilo Vargas. Era un indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocación mesiánica que suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la revolución con el propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos. El general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas desbarató la coalición de los comandantes mejor calificados y se apoderó del mando central. "Es una fiera de cuidado", les dijo el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales. "Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el Ministro de la Guerra". Entonces un capitán muy joven que siempre se había distinguido por su timidez levantó un índice cauteloso:
 -Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.
 El coronel Aureliano Buendía no se alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma en que se anticipó una fracción de segundo a su propio pensamiento:
 -No esperen que yo dé esa orden -dijo.
 No la dio, en efecto. Pero quince días después el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central. La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes, despertó sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un frío interior que le rayaba los huesos y lo mortificaba inclusive a pleno sol le impidió dormir bien varios meses, hasta que se le convirtió en una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón. Buscando un remedio contra el frío, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aún antes de que él las concibiera y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar. Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente que lo aclamaba en los pueblos vencidos y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo. Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a ellos y que decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido y más solitario que nunca. Tuvo la convicción de que sus propios oficiales le mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. "El mejor amigo -solía decir entonces- es el que acaba de morir". Se cansó de la incertidumbre, el círculo vicioso de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni cómo ni hasta cuándo. Siempre había alguien fuera del círculo de tiza. Alguien a quien la hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar: "Todo normal, mi coronel". Y la normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra infinita: que no pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que habría de acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de sus recuerdos más antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron la llegada de una comisión de su partido autorizada para discutir la encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin despertar por completo.
 -Llévenlos donde las putas -dijo.
 Eran seis abogados de levita y chistera que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de noviembre.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, pp. 180-183. ISBN: 84-7530-035-9.]

domingo, 18 de septiembre de 2022

Relatos completos.- Dylan Thomas (1914-1953)


Dylan Thomas | British author | Britannica
Hacia el comienzo

La historia verdadera

  «La anciana del piso de arriba estaba muriéndose desde que Helen alcanzaba a recordar. Estaba tendida en las sábanas, como una mujer de cera, desde que Helen era una niña que acudía a la casa con su madre para llevar fruta recién cogida y verdura fresca a la moribunda. Ahora, Helen era una mujer hecha y derecha, con su delantal y su vestido estampado; llevaba el cabello claro recogido en un moño en la nuca. Se levantaba todas las mañanas con los primeros rayos del sol, encendía el fuego en el hogar, dejaba entrar al gato de ojos rojos. Preparaba una tetera y subía al dormitorio, a la parte de atrás de la casa de campo, para inclinarse sobre la anciana cuyos ojos invidentes jamás estaban cerrados. Todas las mañanas le miraba a las cuencas de los ojos y pasaba las manos por delante. Sin embargo, no se movían sus párpados, y a ella le resultaba imposible saber si la anciana respiraba o no. «Son las ocho, las ocho en punto», decía. Y los ojos esbozaban una sonrisa. Una mano decrépita asomaba de las sábanas y permanecía quieta hasta que Helen la tomaba entre sus manos carnosas y la cerraba en torno a la taza de té. Cuando se vaciaba la taza, Helen la volvía a llenar; cuando la tetera se terminaba, retiraba las blancas sábanas de la cama. Allí estaba la anciana, estirada en su camisón, y el color de su piel era tan grisáceo como el del cabello. Helen aseaba las sábanas, las remetía y atendía a las necesidades de la anciana. Luego se llevaba la tetera.
  Todas las mañanas preparaba el desayuno para el mozo que faenaba en la huerta. Iba a la puerta de atrás, la abría y lo veía, a lo lejos, con la azada. “Son las ocho y media”, le decía. Era un feo mozo, con los ojos más rojos que el gato, como dos taimadas ranuras abiertas en la frente desde las que espiaba las primeras sombras que se formaban en el seno de Helen. Ella le ponía el desayuno delante. Cuando se levantaba, al terminar, siempre le hacía la misma pregunta: “¿Quieres que te haga alguna cosa?”. Ella nunca contestaba “sí”. El mozo volvía a sacar patatas del campo arado o a contar los huevos que habían puesto las gallinas, y si había moras o frambuesas que recoger en los matorrales que rodeaban la huerta, ella se le sumaba antes del mediodía. Al ver cómo se apilaban las frambuesas en la palma de su mano, ella a veces pensaba en la mancha del dinero bajo el colchón de la anciana. Si había que matar una gallina, ella le cortaba el pescuezo con más limpieza que el mozo, que dejaba el cuchillo en la herida y luego se limpiaba la hoja ensangrentada contra la manga. Ella tomaba la gallina, notaba su sangre caliente y la veía correr descabezada por el camino. Luego iba a lavarse las manos.
  Fue durante las primeras semanas de la primavera cuando ella tomó la resolución de matar a la anciana del piso de arriba. Tenía tan solo veinte años. Eran muchas las cosas que deseaba. Deseaba tener un hombre que fuera solo suyo, deseaba un vestido negro para los domingos y un sombrero adornado con una flor. No tenía ningún dinero. Los días en que el mozo llevaba los huevos y las verduras al mercado, le daba los seis peniques que la anciana le daba a ella, y el dinero que el mozo traía a la vuelta, en un pañuelo, ella lo depositaba en las manos de la anciana. Trabajaba para ganarse el pan y el cobijo, tal como trabajaba el mozo, aunque ella dormía en una habitación del piso de arriba y él dormía en un jergón de paja, encima de los establos vacíos.
  Una mañana de mercado salió a dar una vuelta por la huerta, para que su plan se asentase en su ánimo. Era un espléndido día del mes de mayo, sin más que un par de nubes en el cielo, como dos manos amorfas que se cerraban sobre la cabeza del sol. “Si pudiera volar —pensó—, echaría a volar, entraría por la ventana y le hincaría los dientes en el cuello”. Sin embargo, el viento fresco se llevó sus pensamientos a otra parte. De sobra sabía que no era una muchacha normal y corriente, pues en las tardes de invierno se dedicaba a leer libros, mientras el mozo se dedicaba a soñar tumbado en el jergón y la anciana permanecía a solas y a oscuras. Había leído una historia sobre un dios que se transformaba en dinero, había leído cosas sobre las serpientes que tienen las voces de los hombres, había leído sobre un hombre que estuvo en la cima de un monte hablando con una hoguera.
  Al fondo de la huerta, donde la cerca mantenía a raya la maleza y los campos asilvestrados, llegó a un montón de tierra. Allí había enterrado al perro que mató porque se dedicaba a perseguir y a matar a las gallinas. Sobre una tosca cruz estaba escrita al revés la fecha de su muerte, de modo que el perro aún no había muerto. “Podría enterrarla aquí mismo —se dijo Helen—. Lo haría al lado de la tumba, de modo que nadie la encontraría jamás”. Se frotó las manos y llegó a la puerta de atrás de la casa, antes de que las dos nubes rodeasen el sol.
  Dentro todavía tenía que preparar la comida para la anciana, tenía que hacer un puré de patata. Con el cuchillo en la mano y las peladuras en el regazo pensó en el asesinato que estaba a punto de cometer. El único sonido era el que producía el cuchillo, pues ya no soplaba el viento, y su corazón estaba tan callado como si lo hubiese envuelto en un trapo. En la casa no se movía nada; tenía la mano quieta en el regazo; no se le ocurrió pensar que el humo subiera por la chimenea y que saliera al cielo aquietado. Su ánimo, a solas en el mundo, tictaqueaba lentamente. Luego, cuando todo estaba en silencio, cantó el gallo y ella recordó al mozo, que no, tardaría en regresar del mercado. Había tomado la determinación de matar antes de su regreso, pero era preciso abrir una tumba y rellenar el agujero con la tierra. Helen notó que la mano se le moría de nuevo en el regazo. Y en medio de su muerte oyó que la mano del mozo retiraba el pestillo del cerrojo. Entró en la cocina, la vio pelar patatas y dejó el pañuelo sobre la mesa. Al oír el tintineo del dinero, alzó la mirada y sonrió. Él no la había visto sonreír nunca.
💥 Relatos completos de Dylan Thomas 🥇 libro gratis pdf y epub ...  No tardó en servirle la comida, y se sentó de costado junto al fuego del hogar. Cuando él se llevó el cuchillo a la boca, por el rabillo del ojo notó que ella lo miraba.
  —¿Le has subido la comida? —preguntó él.
  Ella no contestó. Cuando hubo terminado de comer, se levantó de la mesa.
  —¿Quieres que te haga alguna cosa? —preguntó el mozo, igual que se lo había preguntado un millar de veces.
  —Sí.
  Ella nunca le había dicho “sí”. Él nunca había oído hablar de esa manera a una mujer. Nunca habían estado tan oscuras las primeras sombras de sus senos. Se acercó trastabillando hacia ella, y ella alzó las manos para ponérselas en los hombros.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —le preguntó ella, y se aflojó los tirantes del vestido, de modo que se quedó con los pechos a la vista. Le tomó la mano y se la colocó sobre las carnes. Él miró fijamente su desnudez, pronunció su nombre y la tomó. Ella lo sujetó muy cerca de sí.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —insistió. Dejó que todo su vestido cayera al suelo, y se despojó deprisa del resto de sus ropas—. Harás lo que yo quiera —añadió, y las manos de él cayeron sobre ella.
  Al cabo de un minuto se desasió de su abrazo y echó a correr por la cocina. Desnuda, de espaldas a la puerta que llevaba al piso de arriba, le indicó que se acercase y le dijo qué había de hacer.
  —Ayúdame y seremos ricos —dijo. Él sonrió y asintió. Trató de palparla de nuevo, pero ella le sujetó los dedos, abrió la puerta y lo condujo al piso de arriba—. Quédate quieto aquí —dijo. En la habitación de la anciana miró a su alrededor como si fuera la última vez: miró la jarra desportillada, la ventana entreabierta, la cama, la inscripción de la pared—. Es la una —dijo, y con un movimiento súbito golpeó la cabeza de la anciana contra la pared. Le bastaron tres golpecitos, y la cabeza se cascó como un huevo.
  —¿Qué es lo que has hecho? —exclamó el mozo. Helen le llamó. Se quedó boquiabierto mirando a la mujer desnuda, que se limpiaba las manos con la ropa de cama, y mirando la sangre que había formado una mancha roja y redonda en la pared.
  —Quieto —dijo Helen, pero él volvió a gritar nada más oír su voz tranquila, y bajó las escaleras de tres en tres.
  “Así que Helen tendrá que volar —se dijo—. Hay que salir volando del cuarto de la anciana”. Abrió más la ventana y salió. “Estoy volando”, se dijo.
Pero no lo estaba.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debolsillo, 2003, en traducción de Miguel Martínez-Lage, pp. 29-32. ISBN: 978-8497596190]

jueves, 20 de mayo de 2021

El arte de medrar. Manual del trepador.- Maurice Joly (1829-1878)


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Libro I: Elementos generales del arte de medrar

II.-Del conocimiento de los hombres y de los caracteres
De las opiniones y de las ideas generales. De cómo los prejuicios son algo excelente para todo el mundo.

 «Hay frases de mucho efecto contra los prejuicios, pero primero habría que demostrar que el orden social puede basarse en otra cosa. Y luego hay una pregunta embarazosa: los que tanto claman contra los prejuicios ¿consentirían que se destruyeran? Se les puede demostrar que viven de ellos.
 Existen sobre la política, la religión, la moral y los gobernantes, formas de pensar corrientes, tradicionales, una retahíla de juicios, teorías y críticas que forman como un segundo elemento de las nociones generales sobre la naturaleza humana. Para no alargarnos, ofreceremos simplemente una lista.
 Se cree que el mérito es el medio más seguro para ascender.
 Se cree que hace falta capacidad para ocupar cargos.
 Se tiene la ilusión de que la opinión pública gobierna el mundo.
 Se cree que la política consiste en la ciencia de los asuntos de Estado.
 Se cree que los hombres públicos tienen fe en lo que dicen desde la tribuna o lo que escriben en sus libros.
 Se cree en el progreso indefinido de la humanidad.
 El pueblo cree que cuando hace una revolución se beneficiará de ella.
 Se cree que para establecer un gobierno basta con hacer una constitución.
 Se cree que al mundo lo gobiernan las ideas.
 Se cree que los pueblos se corrigen.
 Se cree que existen teorías filosóficas o sociales nuevas.
 Se cree que llegará el día en que las naciones ya no se harán la guerra.
 Se cree que no se puede ser un ignorante y un necio cuando se escribe un libro.
 Se cree que los que piden reformas las desean.
 Se cree que los que sostienen hoy un gobierno porque es fuerte no serán los primeros en derribarlo si por ventura se tambalea.
 Y aún sin ser exigentes, ¿podríamos decir que son muchos los que no aceptan todo lo anterior entre quienes condenan los prejuicios? Preguntémonos qué sería del orden social si esas vulgaridades no estuvieran en circulación.
 La ingenuidad de las sociedades a través de su corrupción es una hermosa materia para gobernar. Por mucho que veamos en los libros que los acontecimientos más grandes dependen de causas pequeñas, que la política no es más que un juego de pasiones e intereses privados, por una suerte providencial para los estadistas, primeros ministros, príncipes y otros hombres geniales que, a Dios gracias, no faltan, la mayor parte del público no quiere creerlo. Piensa que las revoluciones son explosiones debidas a las ideas. Repite doctamente que es imposible parar las revoluciones. ¡Eso dependerá de lo dura que se tenga la mano! El público no admite que no exista una idea nacional, internacional, filosófica o humanitaria en todas aquellas guerras que ponen en peligro la vida de una generación. Creen que la sangre es fecunda. Claro que sí, a condición de sembrar cáñamo o remolacha en el campo donde se ha librado la batalla.
[…]

Libro II: Del poder y de la ambición
III.-De los partidos
Táctica con los partidos.

 Los partidos tienen dos formas de ser: en las épocas de calma, son circunspectos, pusilánimes y meticulosos; en las épocas de agitación, se vuelven exagerados, violentos y frenéticos. La línea a seguir viene determinada según sea uno u otro el caso.
 Mientras un gobierno tiene poder, los hombres influyentes que dirigen los partidos moderan sus ataques, ya que esperan ser rescatados de la oposición por algún cargo de postín que les haga participar en la dirección de los asuntos de Estado. Esto es lo que sucede con los gobiernos parlamentarios, donde la lucha de las ambiciones está legalmente organizada.
 Las maniobras de los partidos se reducen entonces a un tejido de pequeñas intrigas laboriosas, mediante las cuales uno llega poco a poco a gozar de cierta influencia; pero no hay que hacer nada para descollar. En un cuerpo de ejército, la acción y la dirección están centralizadas y generalmente son los más capaces los que mandan; en los partidos, por el contrario, todo el mundo manda o quiere mandar y los cabecillas son menos que mediocres. Nada más natural, pues quienes componen los partidos no ponen en común sino ambiciones y vanidades. El odio los une, pero los celos los dividen, hasta tal punto que se pasarían todos al enemigo antes que procurarse unos a otros ventajas de alguna consideración. Su gran preocupación es tenerse a raya mutuamente y neutralizarse unos a otros.
 Tienen una gran perspicacia para adivinar los grandes talentos, los caracteres elevados y resueltos; se deshacen de ellos cuidadosamente, ya que su presencia entre hombres mediocres, timoratos y envidiosos, cuya mayor preocupación es mantenerse todos al mismo nivel, acostumbrados a deliberaciones odiosas, resoluciones incompletas, medidas que no se llegan a tomar y toda suerte de pequeñas negociaciones y capitulaciones, sembraría la discordia en las relaciones comunes. Estos partidos tienen tanto miedo a comprometerse que a duras penas recogen a sus muertos.
 Cuando un gobierno ha sido lo bastante fuerte como para reducir los partidos a la impotencia, cuando son en cierto modo como enjambres de avispas a las que han privado de su aguijón, se forman a menudo oposiciones postizas en cuyo seno se puede permanecer con toda comodidad y sin ningún riesgo.
 La táctica en este caso es muy simple para los hombres que han logrado crearse una cierta posición merced al respaldo de sus conciudadanos. No tienen más que cerrar los ojos ante los actos un poco violentos del gobierno, abandonar las cuestiones grandes por las pequeñas, doblegarse cuando vienen tormentas y gritar de cuando en cuando, pero callarse tan pronto como el poder lanza el primer rayo. Esta conducta, que por otra parte no es más que moderación, permite gozar de sensibles ventajas. Se pueden obtener dinero y cargos, y también, cosa que no tiene precio, gozar de los honores de la oposición sin arrostrar sus peligros. Y por último, si se produce una nueva revolución, se está en una posición inmejorable para aprovecharse de ella, ya que nominalmente se era la oposición en el régimen anterior.
 Estas oposiciones postizas sirven como colchón en los choques que pueden producirse entre un país y su gobierno. Como los colchones siempre pueden servir después del choque, no se arriesga nada al sostener a un gobierno al que se finge atacar; se tiene la suerte de durar tanto como él y de sobrevivirle si sucumbe.
 En tiempos de tribulación, el juego de los partidos no es tan fácil. Se ven obligados a aproximarse cueste lo que cueste a las organizaciones vigorosas que pueden ayudarles a atravesar la crisis y salir airosos de ella. Las pequeñas individualidades, tan tenaces en su ambición, se ven relegadas en general a un cuarto o quinto plano; pero reaparecen en el quinto acto.
Resultado de imagen de maurice joly el arte de medrar Los partidos sólo confieren autoridad con la esperanza de recuperarla o de ejercerla en nombre de aquel al que se la han conferido. Quieren que uno se entregue a ellos sin excepciones ni reservas, que se quemen las naves para pertenecerles sin retorno. Si uno quiere protegerse se convierte con razón en sospechoso. Las ideas falsas y las ideas justas, los errores como las verdades, forman parte del programa que se debe defender; y en cuanto a las pasiones de la época, por ciegas y desenfrenadas que sean, es preciso compartirlas y al mismo tiempo superarlas si se quiere tener alguna influencia dentro del partido. Éste es el juego al que habrá que jugar siempre si se quieren dominar las facciones.
 Durante la Revolución de 1642, Cromwell inició su gran carrera política exagerando el fanatismo de las sectas más exaltadas, imitando su jerga, orando, predicando y vociferando en las asambleas de los puritanos, lo cual no le impedía burlarse de ellas en la intimidad. Estaba un día divirtiéndose y bebiendo con sus amigos, y buscaba un sacacorchos que se había perdido debajo de la mesa, cuando una delegación de presbiterianos se presentó para hablarle. Mandó decirles que no podía recibirlos porque estaba ocupado buscando al Señor.
 La entrega absoluta que los partidos exigen de quienes les sirven se torna embarazosa cuando la causa común comienza a tambalearse. Pero entonces evidentemente no se trata de ser consecuente. Lejos de pensar en sostener lo que se derrumba, el hombre hábil debe espiar los menores síntomas precursores de esta caída. Debe aprovechar el momento oportuno para cambiar de chaqueta. Cuando ha seguido a un partido hasta el apogeo de su grandeza, debe súbitamente separarse de él tan pronto empiezan las dificultades, volverse en su contra, incluso perseguirlo e iniciar una nueva carrera hacia el poder y la prosperidad en compañía de nuevos aliados. Esta forma de actuar desarrolla en él una habilidad excepcional. Se vuelve perspicaz en sus observaciones, fecundo en sus recursos; adopta sin esfuerzo el tono de la secta o el partido al que la suerte lo ha hecho ir a parar; distingue los menores signos de cambio, con una sagacidad que maravilla a la multitud y que puede compararse con la que despliega un agente de la policía buscando los mínimos indicios de un crimen o un guerrero indio siguiendo una pista en el bosque.
 Se puede citar al señor de Talleyrand como a uno de los hombres que mejor han conocido el arte de abandonar las causas perdidas.
 Se crió bajo la protección de los cortesanos del último reinado y se convirtió en obispo de Autun el mismo día en que el poder de la Iglesia se iba a derrumbar. Gran señor, lo vemos subir al altar de la Revolución durante el famoso aniversario del 14 de Julio, como pontífice de la Revolución que acababa con la aristocracia. Él ya tiene su parte de poder cuando el 18 Fructidor se ceba en los que fueron sus protectores. Se gana la cartera de Asuntos Exteriores con el golpe de Estado del 18 Brumario, dirigido contra su amigo Barras. En 1814, es proclamado jefe del gobierno provisional, mientras su benefactor Napoleón medita sobre las ruinas del Imperio. Finalmente, en 1830, cuando la dinastía a la cual había ofrecido su protección toma el camino del exilio, él reaparece en escena para saludar una vez más a la fortuna.
 Es imposible hacerlo mejor.»        

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2002, en traducción de Nuria Petit i Fontseré, pp. 35-36 y 79-83. ISBN: 84-226-9522-7.] 

lunes, 23 de noviembre de 2020

El señor de los anillos.- J.R.R. Tolkien (1892-1973)

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Libro cuarto
5.-Una ventana al oeste

 «-[…] Pero usted estuvo cerca de la verdad desde el principio. Yo observé y escuché a Boromir durante todo el camino desde Rivendel, para cuidar de mi amo, como usted comprenderá, y sin desearle ningún mal a Boromir, y es mi opinión que fue en Lórien donde vio claramente por primera vez lo que yo había adivinado antes: lo que él quería. ¡Desde el momento en que lo vio, quiso tener el Anillo del Enemigo!
 -¡Sam! -exclamó Frodo, consternado. Había estado ensimismado en sus propios pensamientos y salió de ellos bruscamente, pero demasiado tarde.
 -¡Caracoles! -dijo Sam palideciendo y enrojeciendo otra vez hasta el escarlata-. ¡Ya hice otra barrabasada! Cada vez que abres el pico metes la pata, solía decirme el Tío, y tenía razón. ¡Caracoles! ¡Caracoles! ¡Oiga, señor! -dio media vuelta y miró cara a cara a Faramir con todo el coraje que pudo juntar-, no vaya ahora a aprovecharse de mi amo porque el sirviente sea sólo un tonto. Usted nos ha arrullado todo el tiempo con palabras hermosas, hablando de los Elfos y todo, y bajé la guardia. Pero lo hermoso es bueno, como decimos nosotros. He aquí una oportunidad de demostrar su nobleza.
 -Así parece -dijo Faramir, lentamente y con una voz muy dulce y una extraña sonrisa-. ¡Así que ésta era la respuesta a todos los enigmas! El Anillo Único que se creía desaparecido del mundo. ¿Y Boromir intentó apoderarse de él por la fuerza? ¿Y vosotros escapasteis? ¿Y habéis corrido tanto camino... para llegar a mí? Y aquí os tengo, en estas soledades: dos Medianos, y una hueste de hombres a mi servicio, y el Anillo de los Anillos. ¡Un golpe de suerte! Una buena oportunidad para Faramir de Gondor de mostrar su nobleza. ¡Ah! -Se incorporó muy erguido, muy alto y grave, los ojos grises centelleando.
 Frodo y Sam saltaron de sus taburetes y se pusieron lado a lado de espaldas al muro, buscando a tientas la empuñadura de las espadas. Hubo un silencio. Todos los hombres reunidos en la caverna dejaron de hablar y los miraron con asombro. Pero Faramir volvió a sentarse y se echó a reír quedamente, y luego, de pronto pareció grave otra vez.
 -¡Ay, desdichado Boromir! ¡Fue una prueba demasiado dura! -dijo-. Cuánto habéis acrecentado mi tristeza, vosotros dos, ¡extraños peregrinos de un país lejano, portadores del peligro de los Hombres! Pero juzgáis peor a los Hombres que yo a los Medianos. Nosotros, los Hombres de Gondor, decimos siempre la verdad. Nos jactamos rara vez pero entonces actuamos o morimos intentándolo. No lo recogería ni si lo viese tirado a la orilla del camino, dije. Aunque fuese hombre capaz de codiciar ese objeto, aunque cuando lo dije no sabía qué era, de todos modos consideraría esas palabras como un juramento, y a ellas me atengo. Mas no soy ese hombre. O soy quizá bastante prudente para saber que el hombre ha de evitar ciertos peligros. ¡Descansad en paz! Y tú, Samsagaz, tranquilízate. Si crees haber flaqueado, piensa que estaba escrito que así habría de ser. Tu corazón es tan perspicaz como fiel, y él vio más claro que tus ojos. Por extraño que pueda parecer, no hay peligro alguno en que me lo hayas dicho. Hasta podría ayudar al amo a quien tanto quieres. Puede ser favorable para él, si está a mi alcance. Tranquilízate entonces. Pero nunca más vuelvas a nombrar esa cosa en voz alta. ¡Basta una vez!
Resultado de imagen de jrr tolkien el señor de los anillos II  Los hobbits volvieron a sus taburetes y se sentaron en silencio. Los hombres retornaron a la bebida y la charla, suponiendo que el Capitán había estado divirtiéndose a expensas de los pequeños huéspedes, pero que la chanza ya había terminado.
 -Bien, Frodo, ahora por fin nos hemos entendido -dijo Faramir-. Si asumiste la responsabilidad de ser el portador de ese objeto no por elección sino a instancias de otros, te compadezco y te honro. Y me dejas maravillado: lo llevas escondido y no lo utilizas. Sois para mí gente de un mundo nuevo. ¿Son semejantes a vosotros todos los de esa raza? Vuestra tierra parece un remanso de paz y tranquilidad, y honráis sin duda a los jardineros.
 -No todo es allí felicidad -dijo Frodo-, pero es cierto que honramos a los jardineros.
 -Pero también allí la gente tiene que aburrirse, aun en los huertos, como todas las cosas bajo el Sol de este mundo. Y vosotros estáis lejos de vuestro hogar y habéis viajado mucho. Basta por esta noche. Dormid los dos en paz, si podéis. ¡Nada temáis! Yo no deseo verlo, ni tocarlo, ni saber de él más de lo que sé (y ya es más que suficiente), no sea que el peligro me tiente, y si me enfrentara a esa prueba no sé si tendría la entereza de Frodo, hijo de Drogo. Id ahora a descansar... mas decidme antes si es posible: a dónde deseáis ir y qué queréis hacer. Pues yo he de velar y esperar y reflexionar. El tiempo pasa. En la mañana partiremos unos y otros por los caminos que el destino nos ha marcado.
 Pasado el primer sobresalto, Frodo no había dejado de temblar. Ahora un inmenso cansancio descendió sobre él como una nube. Incapaz de seguir disimulando, no se resistió más.
 -Buscaba un camino para entrar en Mordor -dijo con voz débil-. Iba a Gorgoroth. Tengo que encontrar la Montaña de Fuego y arrojar el objeto en el abismo del Destino. Así dijo Gandalf. No creo que llegue jamás allí.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Minotauro, 2001, en traducción de Matilde Horne y Luis Domènech, pp. 397-400. ISBN: 84-450-7034-7 (vol. II).]