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domingo, 22 de marzo de 2026

Las confesiones de un pequeño filósofo.- José Martínez Ruíz [Azorín] (1873-1967)

 

XXXVII.- Los tres cofrecillos

 «Si yo tuviera que hacer el resumen de mis sensaciones de niño en estos pueblos opacos y sórdidos, no me vería muy apretado. Escribiría sencillamente los siguientes corolarios:
 "¡Es ya tarde!"
 "¡Qué le vamos a hacer!"
 "¡Ahora se tenía que morir!"
 Tal vez estas tres sentencias le parezcan extrañas al lector; no lo son de ningún modo; ellas resumen brevemente la psicología de la raza española; ellas indican la resignación, el dolor, la sumisión, la inercia ante los hechos, la idea abrumadora de la muerte. Yo no quiero hacer vagas filosofías; me repugnan las teorías y las leyes generales, porque sé que circunstancias desconocidas para mí pueden cambiar la faz de las cosas, o que un ingenio más profundo que el mío puede deducir de los pequeños hechos que yo ensamblo, leyes y corolarios distintos a los que yo deduzco. Yo no quiero hacer filosofías nebulosas: que vea cada cual en los hechos sus propios pensamientos. Pero creo que nuestra melancolía es un producto -como notaba Baltasar Gracián- de la sequedad de nuestras tierras; y que la idea de la muerte es la que domina con imperio avasallador en los pueblos españoles. Yo, siendo niño, oía contar muchas veces que un vecino o un amigo estaba enfermo; luego, inmediatamente, la persona que contaba o la que oía se quedaba un momento pensativa y agregaba:
 -¡Ahora se tenía que morir!
 Y éste es uno de los tres apotegmas, uno de los tres cofrecillos misteriosos e irrompibles en que se encierra toda la mentalidad de nuestra raza.

 XXXVIII.- Las vidas opacas

  Yo no he ambicionado nunca, como otros muchachos, ser general u obispo; mi tormento ha sido -y es- no tener un alma multiforme y ubicua para poder vivir muchas vidas vulgares e ignoradas; es decir: no poder meterme en el espíritu de este pequeño regatón que está en su tiendecilla oscura; de este oficinista que copia todo el día expedientes y por la noche van él y su mujer a casa de un compañero y allí hablan de cosas insignificantes; de este saltimbanqui que corre por los pueblos; de este hombre anodino que no sabemos lo que es ni de qué vive y que nos ha hablado una vez en un estación o en un café...
 Las pequeñas tiendas tienen un atractivo poderoso. ¿Cómo viven estos regatones, estos percoceros con sus bujerías de plata, estos sombrereros con sus sombreros humildes, estos cereros con sus velas rizadas? Hay en las viejas ciudades españolas calles estrechas -tal vez con el ábside de una vetusta iglesia en el fondo-, donde todos estos mercaderes tienen sus tiendecillas, y hay una hora profunda, una hora única en que todas estas tiendas irradian su alma verdadera.
  Esta hora es por la noche, después de cenar; ya los canónigos se han retirado de sus tertulias; las calles están desiertas; la campana de la catedral lanza nueve graves y largas vibraciones. Entonces os paseáis bajo los soportales: las tiendas tienen ya sus escaparates apagados; acaso algunas estén ya también entornadas; pero sentís que un reposo profundo ha invadido los reducidos ámbitos; un hálito de vida monótona y vulgar se escapa de la anaquelería y del pequeño mostrador; tal vez un niño, que se ha levantado con la aurora, duerme de bruces sobre la tabla; en la trastienda, allá en el fondo, se ve el resplandor de una lámpara... Y la campana de la catedral vuelve a sonar con sus vibraciones graves y largas.

 XXXVIII (bis).- Mi filosofía de "las cosas"

 ¿Qué son las cosas? En los bazares, en las ferias de los pueblos, en los pequeños comercios oscuros de estos percoceros que hacen silenciosos delicadas bujerías de plata, yo he sentido siempre una inquietud extraña. Todas estas cosas que están inmóviles en las vitrinas, van a partir hacia la vida: ¿cuál será su rumbo por el mundo? Todas estas cosas inertes bajo los cristales van a acompañarnos en nuestras alegrías y en nuestros dolores. Su misión es muy alta: ellas son las obradoras de nuestros destinos inciertos. Un mueble, un objeto anodino, una baratija que vemos todos los días y a todas horas, encierran tanta vida como nosotros mismos. Yo creo que el alma del Universo, esta alma profunda y poderosa tiene sus irradiaciones en las cosas. Tenedlo bien presente: no hay ninguna cosa vulgar, como no hay ningún ser despreciable.
 Todas las cosas llevan un reflejo del alma universal: amaréis los viejos muebles que reposan en las estancias seculares, las cornucopias, los bernegales con orlas de oro, los relojes de caja con la esfera de metal grabado; pero yo os aseguro que lo que causa en mí una impresión honda, una impresión de angustia, son todas estas cosas anodinas, estas cosas baratas, estas cosas feas -los jarrones, las polveras, los portarretratos, los barómetros, los despertadores- que viven, en las casas de los pueblos, sobre las cómodas, en las rinconeras, una vida de vulgaridad y hastío.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en edición de José María Martínez Cachero, pp. 116-121. ISBN: 84-239-1936-6.]
 

domingo, 3 de noviembre de 2024

Cinco vidas.- Francisco Javier Martínez Cisneros (1963)

 

 De A la sombra de los menhires (1995)

IV
«Acostado a la sombra de los menhires
Persiguiendo el curso del sol
Escuchaba el coro de los albatros

Mi alma era un ramal de siglos extasiados
Mi alma era un castillo transparente
Mi alma era reciente como una mirada

Cuando resplandeció de pronto
El perfil de un navío
Maniobró
Y supe que era el mío

Y supe que era el barco
Cuando una de las aves echó a volar
Y convirtiose en un ángel dorado

VI

Porque la orilla un día termina de repente
Y las aves escapan hacia otras latitudes
Cómplices a través de la niebla

Sobre la tierra
Quedan las huellas y las plumas
Y fragmentado el viento
Marañas de desdeñosas hojas se suicidan

Allí permanece un hombre apagado
Su sombrero gris es negro
Ayer murió su mano

Y más sonoro es su nombre
Que la melancolía

XI

Deja en la puerta besos y caricias
Y entra como la luz sin ser sentida
Y acércate con esa juventud
Que sólo de tu cuerpo bebería

Pósate imperceptible sobre todas
Las cosas de mi vida y hazte tan
Necesaria que nunca te confunda
Ni en el amor ni en el llanto ni en la risa

Y rómpete en montones de secretos
Como un inmenso y desunido océano
Donde extraviar gaviotas y sirenas

Y aléjame por último las sombras
Que levantan los juicios de los hombres
Llenando de dolor los corazones


XV

 ¿Quién derramará sobre mí
Unas gotas de bálsamo?

Si llegara la muerte
Sería como el olvido vagando equivocado
Ojos de par en par abiertos

Y mis dudas
Mis indecisiones
Mis opacidades
Oh Dios si estás allá arriba
Cuando llegue la sombra
Con las alas del martín pescador
Y el aroma otoñal de las rosas
Conviértelo todo en copas
O nubes
O ríos de frescura

Algún día construirá el clamor
Un mundo de silencio

Y el mejor tiempo habrá sido»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Tusitala, colección Erato, 2018, pp. 61, 64, 70 y 75. Depósito legal: Z-853-2018.]

viernes, 16 de octubre de 2020

Antología poética.- Rubén Darío (1867-1916)


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Sonatina [de Prosas profanas y otros poemas, 1896-1901]

  «La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color. / La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro; / y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.
 
El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales. / Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón. / La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente / la libélula vaga de una vaga ilusión.
 
¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China, / o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz? / ¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes, / o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
 
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa / quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar, / ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo, / o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
 
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, / ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur. / Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, / de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
 
¡Pobrecita princesa de los ojos azules! / Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real, / el palacio soberbio que vigilan los guardas
que custodian cien negros con sus cien alabardas, / un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
 
¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! / (La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh, visión adorada de oro, rosa y marfil! / ¡Quien volara a la tierra donde un príncipe existe
(la princesa está pálida. La princesa está triste) / más brillante que el alba, más hermoso que abril!
 
-¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-, / en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor, / el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, / a encenderte los labios con su beso de amor!
[…]

Canción de otoño en primavera [de Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas, 1905]

 Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro... / y a veces lloro sin querer...
 
Plural ha sido la celeste / historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este / mundo de duelo y aflicción.
 
Miraba como el alba pura; / sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura / hecha de noche y de dolor.
 
Yo era tímido como un niño. / Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño, / Herodías y Salomé...
 
Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro... / y a veces lloro sin querer...
 
La otra fue más sensitiva / y más consoladora y más
halagadora y expresiva, / cual no pensé encontrar jamás.
 
Pues a su continua ternura / una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura / una bacante se envolvía...
 
En sus brazos tomó mi ensueño / y lo arrulló como a un bebé...
y le mató, triste y pequeño, / falto de luz, falto de fe...
 
Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro... / y a veces lloro sin querer...
 
Otra juzgó que era mi boca / el estuche de su pasión;
y que me roería, loca, / con sus dientes el corazón,
 
Resultado de imagen de ruben dario antologia poetica orbisponiendo en un amor de exceso / la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso / síntesis de la eternidad;
 
y de nuestra carne ligera / imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera / y la carne acaban también...
 
Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro... / y a veces lloro sin querer...
 
¡Y las demás! En tantos climas, / en tantas tierras, siempre son,
si no pretextos de mis rimas, / fantasmas de mi corazón.
 
En vano busqué a la princesa / que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa. / ¡Ya no hay princesa que cantar!
 
Mas a pesar del tiempo terco, / mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco / a los rosales del jardín...
 
Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro... / y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, pp. 85-86 y 120-123. ISBN: 84-7530-083-9.]
 

miércoles, 12 de agosto de 2020

Senectud.- Italo Svevo (1861-1928)

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XIV

  «La criada trajo una lámpara de petróleo encendida, dio las buenas noches y se fue.
 La señora la miró marcharse con una sonrisa bondadosa.
 -No hay manera de quitarle esa costumbre un poco de pueblo de dar las buenas noches cada vez que trae la luz. De todas maneras es una costumbre que a mí no me molesta. Juana es tan buena. Aunque muy ingenua. Es muy raro en nuestros tiempos encontrarse con una persona ingenua. Le dan a uno ganas de curarla de una enfermedad tan adorable. Cuando le hablo un poco de las costumbres modernas abre unos ojos como platos.
 Se echó a reír de buena gana. Para imitar a la persona de la que estaba hablando abría de par en par sus ojos pequeñitos y bondadosos, como si se hubiera dedicado a estudiarla para disfrutar más de ella.
 La biografía de la criada vino a interrumpir la emoción de Emilio. Para aclarar cierta duda que se le presentó, dijo que aquella tarde había estado en el cementerio. Y, efectivamente, su duda quedó resuelta, porque doña Elena le dijo:
 -Yo, al cementerio, no voy nunca. Desde que murió su hermana no he vuelto a poner los pies allí.
 Declaró que ahora ya sabía bien que con la muerte no hay manera de luchar.
 -Quien se muere, muerto está, y el consuelo no puede venirnos más que de los vivos. Por desgracia, es así -añadió sin sombra de amargura.
 Luego dijo que ella, gracias a la breve asistencia prestada a Amalia, se había visto libre del círculo encantado de sus recuerdos. La tumba del hijo ya no le producía aquella conmoción de sacudida que todo lo hace renacer. Estaba traduciendo, al hablar, el pensamiento del propio Emilio, excepto cuando remató con un axioma moral:
 -Quedan vivos que nos necesitan.
 Volvió a hablar de Juana. También ella había padecido una enfermedad, pero afortunadamente doña Elena la había cuidado y había conseguido salvarla. Se habían conocido durante aquella enfermedad. Y cuando la chica se puso buena, la señora comprendió que era su hijo quien resucitaba en ella.
 -Más modos, más bueno, más agradecido, oh, sí, ¡tan agradecido!
 De todas maneras, aquel nuevo afecto también le proporcionaba quebraderos de cabeza. Juana estaba enamorada...
 Pero Emilio ya no la oía. Estaba enteramente embebido en la solución de un problema muy serio.
 Y, al irse, se despidió respetuosamente, en la puerta, de la criada aquella que había encontrado la ocasión de salvar de la desesperación a un semejante suyo.
 -¡Qué cosa más rara! -pensaba-. Se diría que media humanidad ha nacido para vivir y la otra media para que alguien viva por ella.
 Y volviendo inmediatamente a pensar en su caso concreto, se dijo: "Angelina puede que sólo exista a fin de que viva yo".
 Echó a andar tranquilo, sintiéndose resucitado en la noche que había seguido a aquel día sofocante. El ejemplo de doña Elena había servido para demostrarle que también él podía encontrar en la vida el pan nuestro de cada día, una razón de existencia.
 Esta esperanza le acompañó durante bastante tiempo. Había olvidado todos los elementos reales de que se componía su vida miserable y estaba persuadido de que, en cuanto se lo propusiera, la podría renovar.
 Las primeras tentativas que hizo, le salieron mal. Había ensayado otra vez con el arte y no le había proporcionado ningún tipo de emoción. Se acercó a las mujeres, y no le despertaban interés.
 "Estoy enamorado de Angelina", se dijo.
Senectud. Traducción de Carmen Martín Gaite. de SVEVO, Italo ... Un día, Sorniani le contó que Angelina se había escapado con el cajero de un banco, que había cometido un desfalco. Había sido un escándalo en toda la ciudad.
 Aquello era una puñalada muy dolorosa.
 "Se me ha escapado la vida", se dijo Emilio.
 Y, sin embargo, por algún tiempo, la fuga de Angelina le devolvió a la plenitud de la vida, al más intenso de los sufrimientos y los pesares. Tenía sueños de amor y de venganza, como la primera vez que ella le había abandonado.
 Se presentó a ver a la madre de Angelina, cuando empezaban a debilitársele estos sentimientos, igual que había ido a ver a Elena cuando el recuerdo de Amalia amenazaba con atenuarse. Y también la idea de esta visita se le impuso en un determinado estado de ánimo que exigía de él en aquel preciso instante un nuevo impulso. Tanto es así que la llevó a cabo en horas de oficina, incapaz de demorarla ni un instante.
 La vieja le recibió con la amabilidad de siempre. La habitación de Angelina había cambiado un poco, desnuda de todos aquellos cachivaches que ella había ido coleccionando en el curso de su larga carrera. Hasta las fotografías habían desaparecido, y estarían adornando las paredes de sabe Dios qué habitación en sabe Dios qué país.
 -¿Así que se escapó? -preguntó Emilio con amarga ironía.
 Saboreaba aquel momento como si estuviera hablando con la propia Angelina en persona.
 La señora Zarri negó que Angelina se hubiera escapado. Se había ido a Viena a vivir con unos parientes que tenían allí. Emilio no se lo discutió, pero poco después, cediendo a lo imperioso de su deseo, volvió a tomar aquel tono de acusador del cual había intentado desprenderse. Dijo que se veía venir, que él había procurado corregir a Angelina, enseñándole el recto camino. No lo había logrado y estaba descorazonado. Pero la que salía perdiendo era ella, porque a él nunca se le hubiera ocurrido dejarla si le hubiera tratado de otra manera. No hubiera podido repetir las palabras que pronunció en aquel momento de importancia tan capital, pero debieron ser muy eficaces, porque la señora Zarri se echó a llorar con unos sollozos secos y extraños. Le volvió la espalda y se fue. Él la siguió con la mirada, bastante estupefacto ante el efecto que había producido. Aquellos sollozos eran realmente sinceros. La sacudían de arriba a abajo y le impedían andar.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de Carmen Martín Gaite. ISBN: 84-02-09150-4.]

lunes, 27 de julio de 2020

Mary Reilly, servidora del Dr. Jekill.- Valerie Martin (1948)

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Cuaderno uno

   «El Amo pareció animarse al oír mi respuesta.
 -¿Marley School, Mary? -repitió-. Vaya, es una de mis obras.
 -¿Sí, señor? ¿Quiere decir que fue maestro allí?
 -No, Mary. -Evidentemente encontraba algo cómica mi suposición-. No he visto nunca la escuela. Pero fue en parte idea mía y di los fondos para el edificio, y aún hoy pertenezco a la comisión. Nos ocupamos del funcionamiento de la escuela.
 Me pareció extraño que el Amo dirigiese una escuela que nunca había visto, pero enseguida pensé que de haber visto lo que sucedía en esa escuela tal vez no se habría mostrado tan satisfecho, idea que me hizo sentir lástima por mi Amo con sus buenas intenciones y su satisfacción al saber que yo había sido alumna allí. Por este motivo me limité a decir:
 -Fue allí donde aprendí a leer, señor, y debo agradecérselo.
 El comentario agradó tanto al Amo que esbozó una sonrisa, como si alguien le hubiera hecho un gran regalo, y recibió mis muestras de gratitud con cierta timidez.
 -Bien, Mary. Lo encuentro espléndido y muy halagador para mí. Es realmente notable que hayas ido a mi escuela y termines trabajando en mi casa.
 En ese punto tuve un pensamiento mezquino que me hizo enmudecer. Fue que considerando lo primitiva que era la escuela era un milagro que supiese leer y que hubiese alcanzado esta posición en el mundo, que incluso el Amo no debe considerar muy elevada. No dije una sola palabra, sino que me enjugué la frente sudorosa con la manga y me quedé mirando al Amo, con la desagradable sensación de que el mundo entero se interponía entre nosotros y que no habría jamás forma de atravesarlo, pero también que en cierto modo éramos las dos caras de una misma moneda, cada uno realizando un trabajo diferente en la misma casa y tan cerca el uno del otro, aunque sin hablarnos, como el perro y su sombra.
 La sonrisa del Amo se borró y nos miramos un instante más, yo, sin sentir vergüenza de mi suciedad, sino más bien orgullo. Luego el Amo miró la pala hundida en la tierra y dijo:
 -Pues muy bien, Mary. Buena suerte con tu jardín -y volviéndose, se dirigió a la casa.
 Proseguí con mi tarea de remover la tierra, pero por algún motivo me sentía rara, como si mi esfuerzo no fuera a tener buen fin y el jardín no habría de ser nunca como yo lo imaginaba, sino un engendro lleno de plagas donde nada prosperaría por muchos esfuerzos que hiciésemos la cocinera y yo. Pensé después en el Amo, tan amable y reflexivo hoy, menos distante que antes de que conversáramos y él leyera mi historia, y recordé la pregunta que me hizo de si odiaba a mi padre por sus malos tratos y que, cuando no respondí, el Amo no insistió porque seguramente había advertido lo que yo comprendía en este momento, que no había respondido porque no sabía la respuesta.
 Creo que odiar a mi padre implicaría ceder y empequeñecer mi verdadero sentimiento, que, aunque intenso, no es de odio, ya que éste parece un sentimiento simple, puro y limpio. Creo en cambio que mi padre creó en mí este rincón oscuro que me hace entristecer de repente, cuando debería estar contenta de tener mi buen empleo y los amigos que tengo, y alguien como la cocinera capaz de aconsejarme en el arte de la jardinería, ella, que es una mujer sencilla, que encuentra alegría en su trabajo y en su certeza de saber el lugar que le corresponde. En mi caso, en cambio, hay a menudo esta zona de oscuridad y tristeza, inesperada y surgida de cosas que deberían hacerme feliz, como la idea del jardín y de trabajar en él con la cocinera, pero entonces esa sensación aumenta en mi interior como una nube negra, bajo la cual me dejó mi padre, sin ninguna salida ni otra cosa que hacer más que esperar hasta que de alguna manera aparezca esta salida providencial y pueda volver a ser yo misma.
Mary reilly servidora del dr. jekyll: Amazon.es: Martin, Valerie ... Siento, pues, que mi padre me hizo así, o que me dejó así, con esta tristeza que ha sido difícil de llevar y que acaso nunca me abandone por muy buena suerte que tenga, y que me separa de mis compañeros, que nunca parecen tener conciencia de ello.
 Si bien no puedo perdonar a mi padre, tampoco puedo lamentar lo que soy, y hay veces en que no renunciaría a la tristeza y a la sombra, porque creo verdaderamente que es parte de cómo debemos ver la vida si queremos decir que la hemos visto, y que, en fin, tiene que ver con el hecho de que estamos solos y morimos solos, hecho que todos debemos aceptar. Pienso que muchos, especialmente los ricos, gastan grandes sumas de dinero y todo su tiempo tratando de rechazar la tristeza de sus vidas, lo cual desde mi punto de vista, nunca pueden lograr, puesto que esa tristeza está ahí, por próspera que sea nuestra situación en el mundo, y no tenemos más remedio que afrontarla, y la verdad es que creo que, por muy triste que estuviese, jamás sería capaz de quitarme la vida, ya que cuando pasa la oscuridad ¡qué bendición es el más débil rayo de luz!
 Y esto es algo, realmente, que veo en el Amo, la razón de mi gran empeño en servirlo y lo que estoy convencida que debe de ver en mí, así como el motivo que lo ha llevado a interesarse por mi historia, porque ambos somos seres que han conocido esta tristeza y esta oscuridad interior. Y ambos hemos aprendido a esperar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Círculo de Lectores, 1996, en traducción de Lucrecia Moreno. ISBN: 84-226-5860-7.]

domingo, 10 de marzo de 2019

El sabor de la miel.- Salwa Al-Neimi (finales de 1950)


  

 De los matrimonios de placer y los libros eróticos

«Sé que, al contrario de lo que nos han enseñado, soy polígama por naturaleza. Quizá como la mayoría de las mujeres. Aunque polígama no es la palabra adecuada. Debería decir que practico el poliamor o, más exactamente, la poliandria.
 Hace años, vi a Alberto Moravia en una entrevista, hablando sobre la multiplicidad natural de la mujer. Lo que dijo fue como una revelación espiritual. Moravia tradujo en palabras lo que yo sabía en la teoría y lo que vivía en la práctica. Más tarde, leí la misma afirmación escrita por un filósofo francés contemporáneo que teoriza sobre el placer y asigna la idea de la multiplicidad a todos nosotros, ya se trate de hombres o mujeres. Leí su libro con voracidad feliz, incluso aunque no lo necesitara: mi vida constituía una prueba de sus ideas.
 ¿Oí lo que dijo Moravia antes de o después del Pensador? No lo recuerdo. ¿Leí al filósofo francés antes o después del Pensador? No lo recuerdo.
 Lo único que recuerdo es que conocí al Pensador cuando estaba inmersa en la lectura de los clásicos de la literatura erótica. Me divertía trasladar lo que ocurría entre nosotros a los textos antiguos, se los leía, y se me daba bien detallarlos. Él sólo conocía uno: "El retorno del anciano a su juventud".
[...]
 Era joven, pero mis mundos secretos hacía ya tiempo que habían puesto sus cimientos. Pronto adquirí el don del desdoblamiento y lo practiqué como defensa de mi libertad, para afrontar así la hipocresía del mundo.
 Algunos años más tarde indagué, a través de la experiencia práctica, sobre la certeza de lo que escribieron los decanos de los escritores árabes acerca de los "beneficios del acto sexual", como lo llamaban ellos, en relación con el cuerpo, el espíritu y la mente: "Pues el acto apacigua la cólera y contribuye a alegrar el alma de aquéllos cuyo temperamento es ardiente. Cura el mal de ojo, los vértigos, el dolor de cabeza y las molestias en las extremidades, que ciegan el corazón y cierran las puertas del raciocinio." También sé el daño que supone no hacerlo. Mohamed ben Zakarya dijo: "Quien deja de practicar el acto sexual durante un tiempo prolongado experimenta la lasitud de todos los miembros, la sangre le circula mal y la memoria se le debilita. He visto a algunos que lo abandonaron para vivir en la castidad y su cuerpo se enfrió, sus movimientos se entorpecieron, les sobrevino la aflicción sin motivo y reconocí en ellos los males de la melancolía, la falta de deseo y problemas de digestión."
 ¿Enfermedades del cuerpo y del espíritu? ¿La locura, la depresión y la melancolía, en un solo lote, por practicar la abstinencia sexual? Que Dios nos proteja y nos guarde de todo eso.
 Ibn al-Azrak dijo: "Todo deseo que el hombre satisface le endurece el corazón, excepto el acto sexual." De ahí viene mi empeño por preservar la ternura de mi corazón.
 Me acostumbré a hablar siempre con los demás, cuando el tema estaba relacionado con el sexo, sólo desde el plano teórico. Citaba ejemplos extraídos de los libros o de experiencias ajenas, pero lo tocante a mi doble vida quedaba oculto en una lámpara que sólo frotaba a solas para que saliera el genio de mi memoria.
 Llegó el Pensador y le dije que sí.
 Al principio no le hablé a nadie de mi ansia de conocimiento. Aquellos libros conformaban un secreto que no compartía con nadie. Llegó el Pensador y le dije: "Sí". Llegó el Pensador y la lámpara se activó. En la cama, le hablé de mis lecturas clandestinas. Los dos secretos se mezclaron y ambos cursos de agua se transformaron en un solo río.
 En esa época me bastaba con saborear aquellos libros y revivirlos con él. Al principio, buscaba el nombre de cada postura sexual y se lo decía. Los que hacían más gracia se convertían a menudo en un código secreto que intercambiábamos con aparente inocencia. Aderezábamos con él nuestra conversación en presencia de terceros y nos las ingeniábamos para introducirlo en cualquier contexto. Pero no resultaba fácil: ¿cómo es posible pronunciar expresiones como "el sofocado", "los carneros", "la silla del camello", "el curvado" y "la sastrería del amor" en una frase con sentido? La ignorancia de los demás contribuía a un juego que desplegábamos sin reparos.
 Estaba segura de que nadie podría reparar en esas expresiones, salvo en el caso de que se tratara de un experto en libros eróticos, que los leyera y los releyera, como yo. Y eso era algo poco frecuente, incluso en los círculos de eruditos conocedores del legado literario. Lo comprobé a través de la experiencia práctica, y siempre resultó ser divertido.
 Gracias al Pensador, comprendí el valor de lo que leía y tomé conciencia de su importancia. Empecé a frecuentar a Ahmed ben Yusuf al-Tifashi, Ali ben Nasr, Samuel ben Yahia, Nasir al-Din al-Tusi, Mohamed al-Nefzawi, Ahmed ben Suleiman, Ali al-Katibi al-Qazwini, al-Suyuti y al-Tijani como si estuviera entre amigos. Los leía y los releía, degustaba sus escritos y aplicaba sus palabras a mi vida. Las atesoraba como un lenguaje secreto que no osaba desvelar a otro que no fuera el Pensador.
 Se me ocurre que, junto a él, me adentré en una fase de conciencia erótica que no era posible desligar de mis lecturas. La experiencia práctica se entrelazaba con la norma teórica y de ese cruce no podían sino salir chispas. [...]
 La libertad con que escribían los antiguos se burlaba de mí con su séquito de palabras que no me atrevo a pronunciar y tampoco a redactar. Es un lenguaje excitante.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2009, en traducción de Myriam Fraile. ISBN: 978-84-96580-48-0.]