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domingo, 3 de mayo de 2026

Obras escogidas.- Carl Spitteler (1845-1924)


 Narraciones breves
Lissele

 «Lissele descendía de una de aquellas familias aprensivas que consideraban el colmo de la cordura humana acertar a sacar el hilo negro de todas las cosas para mostrárselo mutuamente y comentarlo con toda prolijidad.
 Todas las noches, en cuanto el reloj sonaba, la señora del doctor Fixle gritaba estremecida:
 -¿Es posible que ya sean las ocho?
 Y su marido, que se estaba quedando dormido sobre el periódico, respondía sobresaltado:
 -¿Por qué no? O estás soñando o no estás en tus cabales.
 Cuando comprobaron en la esfera del reloj la hora con una rápida mirada, ambos quedaron un momento tan serios y sus rostros reflejaron tal solemnidad que la pequeña Lissele contuvo el aliento y no se atrevió a pronunciar ni una palabra, llena de timidez y respeto.
 Les traía a mal traer que los días menguaran tan desagradablemente en el otoño y que crecieran tan bruscamente en primavera. Los días de fiesta se convertían en días de duelo por arte filosófica de la señora del doctor. En navidades solía decir:
 -Ya no es lo mismo que hace veinte años; la Nochebuena no se goza más que cuando se es niño.
 Y con estas reflexiones se acercaban a la ventana para mirar fijamente a lo lejos, llenos de melancolía.
 La noche de San Silvestre lloraban al año viejo tanto como a una tía moribunda; en cambio, saludaban al venidero con voz de Casandra:
 -¡Quién sabe lo que nos traerá!
 Lo peor era el día del cumpleaños de Lissele. Tenía ésta la mala costumbre de envejecer un año en cada nuevo aniversario; fácil es comprender el espanto de los sorprendidos padres. Desde que Lissele alcanzaba a recordar, su cumpleaños había suscitado siempre este comentario:
 -¿Te das cuenta, Lissele, lo vieja que eres? ¡Cuatro años!
 Y lo decían con tal voz como si Lissele hubiera alcanzado el cenit, como si hubieran encanecido ya sus cabellos y como si sus dientes blanquísimos, que la Naturaleza acababa de regalarle, hubieran desaparecido para siempre. Al año siguiente, fueron, como es natural, "¡cinco años!", que suscitaron serias reflexiones. Pero estas advertencias no dieron fruto; Lissele, convencida también de la descortesía de su raudo envejecer, no fue nunca joven.
 Y así en todo lo demás. En las raras excursiones y viajes veraniegos que hacían, el matrimonio Fixle no dejaba una aldea ni un arroyo sin antes haberse despedido de ellos, con la triste sospecha de hacerlo por última vez. Y si Lissele replicaba sonriendo que no era tan terrible desgracia no volver a pisar en Echlettstadt o en Kolmar, pues otras muchas ciudades habría y más hermosas, la replicaban diciendo:
 -¡Ríe, ríe, Lissele! ¡No reirás así cuando sepas lo que es la vida!
 Cuando el recuerdo del pasado y de la caducidad de la existencia dominaba a los buenos ancianos, surgía continuamente en su charla la palabra "vida", con la que querían designar el impreciso terror que el futuro les producía. "Vida" era para ellos la hostilidad de los hombres, la adversidad de los acontecimientos, la perfidia del destino, los cuidados, las preocupaciones y muchas otras cosas indefinidas; sí, hasta la muerte era "vida" para ellos. Todo lo que aquella palabra encerraba en sí producía en Lissele un respeto alegórico hacia la "vida", personificándola en su fantasía en la figura de un maestro invisible con una palmeta metafísica en la mano, dispuesto a vapulear a los mayores, como un profesor de caligrafía a los niños.
 A pesar de todos estos suspiros y lamentos y a pesar del vertiginoso envejecer de un cumpleaños a otro, Lissele estaba cada vez más fresca y hermosa y llegó a convertirse al fin en una señorita encantadora, cuyos graciosos hoyuelos en las mejillas inspiraron multitud de poemas a los señores oficiales, a los jóvenes empleados y a los dependientes de comercio; mas todo fue en vano, pues Lissele, como muchacha bien educada, entregaba todos aquellos mensajes incendiarios a su mamá sin leerlos, y ésta los conservaba muy bien guardados, como futuro arco de triunfo para el día de la boda.
 Cuando los homenajes amorosos crecieron en número, fue convocado un gran consejo de familia, cuyo acuerdo final consistió en que un primo de Lissele, el joven doctor Wäjele, de Strassburg, viniera a residir al pueblo del doctor Fixle, le atendiera la clientela de los caseríos y se sentara a la mesa con él tres veces por semana; la lengua de las gentes hizo lo demás y, antes de que el doctor Wäjele se percatara de ello, se vio hecho novio.
 Ahora, naturalmente, empezó a oír tantas advertencias sobre Lissele como elogios le hicieran antes de ella; debía reflexionar mucho sobre el particular; Lissele era un poco dominante y, si no andaba con cuidado, tendría que estar sumiso al padre y a la hija. Pero él no hacía mucho caso de aquellas admoniciones, pues los hoyitos risueños de sus mejillas decían todo lo contrario.
 Mas una mañana, estando escribiendo una receta en el despacho del viejo doctor, entró Lissele inopinadamente, se puso frente a él, le miró un momento con los tristes ojos muy abiertos en los que espejeaban las lágrimas, susurrando al fin:
 -¿Crees que seré una mala mujer para ti?
 Un beso fue la respuesta y, desde aquel momento, se amaron entrañablemente.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Promoción y Ediciones Club Internacional del Libro, 1990, pp. 237-239. ISBN: 84-7461-144-X.]

domingo, 29 de marzo de 2026

Diario de una maestra.- Dolores Medio (1911-1996)

 
6 de junio de 1936

 «Irene Gal cierra el libro, suspende la lectura unos momentos y sonríe con tristeza.
 -(Bien... ¿no me ocurre a mí algo de esto? Intenté pasar el río, sólo pasar el río y...)
 Sí. Está claro. El Barquero que le puso los remos en la mano no le permite soltarlos todavía.
 Irene llegó a la aldea sólo de paso para su destino. Sala de espera... ¡Eso pensaba ella! Antes estaba su vida de estudiante, sin preocupaciones. Casi sin problemas. Sólo el de tener que ganarse unas pesetas dando lecciones, para sostenerse como estudiante. ¡Ah, sí!... También estaba el amor, entrando en su vida de una manera brusca, casi violenta, apoderándose por sorpresa de ella. Este amor era ya su pasado y será su futuro. Lo de ahora, su vida en el pueblo, es un pequeño Intermezzo. Después, otra vez las aulas universitarias, la vida alegre y despreocupada de los estudiantes y la mano fuerte del hombre, conduciéndola por la vida.
 Bien, pero el paréntesis que ella abrió voluntariamente, no acaba de cerrarse. Alguien ha puesto en sus manos una tarea de la que no sabe cómo deshacerse. Máximo Sáenz tiene razón para protestar. La necesita a su lado. Y está el interés de Irene: sus estudios.
 Pero Irene Gal tiene también sus razones para solicitar un nuevo plazo. Una de ellas se llama Timoteo. ¿Puede abandonarle ahora, ahora precisamente, cuando empieza a recoger el fruto de su esfuerzo para ganárselo?
 Ha empezado a alimentar un idilio suave, un idilio casi infantil entre el muchacho y Ana, una de sus alumnas, que trata de imitar en todo a Irene. Ni Ana ni Timoteo se han percatado de los planes arriesgados de la maestra. Son en sus manos dos títeres que ella va moviendo con precisión casi matemática, cuidando minuciosamente cada jugada, para no malograr la empresa. Es una experiencia audaz, pero va a intentarla. Timoteo necesita una razón para seguir el camino que ella le ha trazado y esa razón va a ser Ana. Si Irene entrega a Ana a Timoteo, o dicho más exactamente, si Irene pone a Timoteo en las manos de Ana es porque la conoce, porque sabe que puede confiar en ella.
 ¿Otra razón? Su plan. Tanteos, fracasos, incertidumbres, desaliento... Y, por fin, las cosas empiezan a marchar solas. Cierto que hay grandes lagunas, que hay que rectificar constantemente sobre la marcha... Pero algo muy importante se ha conseguido: la colaboración, la autodisciplina, la aportación voluntaria, el entusiasmo de los muchachos... Entonces, ¿qué importa la cantidad de conocimientos no adquiridos todavía?
 No está de acuerdo el pueblo con Irene, con los métodos seguidos por Irene. Los dos bandos la han incluido en la lista negra y acumulan cargos: los chicos juegan en la escuela en vez de estudiar. Los más pequeños "la tratan de tú" y se duermen en sus brazos, sin el menor respeto... Los chicos y la maestra se bañan en el río o en cualquier playa próxima, con menos ropa de la conveniente... La maestra y los chicos hacen títeres en la escuela y lo grave es que ellos mismos, los que critican, acuden a su teatro, pagan su entrada y se divierten con las comedias...Y a propósito: ¿adónde va a parar ese dinero?... ("¿Y qué me dice usted de los recitales? -a la señora Campa se le saltan las lágrimas de vergüenza-, La luna vino a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira... Bueno, lo grave es lo otro... La luna, ¿sabe usted?, enseña lúbrica y pura sus... sus senos, de duro estaño..." Claro está que los versos del "gitano" no inquietan a La Loba. Pero esto de que los muchachos trabajen la tierra en vez de estudiar, de que la señorita de la ciudad les obligue a trabajar para que no olviden que son los parias, que han de ser siempre los parias...)
 Máximo Sáenz piensa que Irene Gal es terca cuando defiende algo que cree justo. Máximo Sáenz conoce bien a Irene. Irene Gal empieza a enamorarse de su trabajo, empieza a agarrar con fuerza sus remos...
 ¡Ah! Existe también una tercera razón por la que Irene Gal ha aplazado su ingreso en la Universidad. Esta razón -tiene que confesárselo- es su falta de preparación para el examen. No ha abierto el texto de Filosofía, no ha abierto ningún libro del Preparatorio, absorbida íntegramente por su trabajo.
 Será ahora durante el verano cuando estudie, dirigida por Max, al lado de Max. Así es fácil la tarea. Otro verano a su lado. Como el anterior. Su compañera. Su amiga... Toda la vida llena de Max. Max piensa... Max opina...
 Es curioso lo que le ocurre a Irene. Cuando está sola y tiene que actuar, cobra energía y resuelve rápidamente. Cuando está con Máximo Sáenz -¿una jugada del subconsciente?- se le entrega de tal modo que hasta le da pereza pensar. La invade como una especie de laxitud, de dejarse ir... No le hace sólo una entrega material, sino intelectual. Como si le dijera: "piensa tú por mí". Le agrada abandonar su personalidad, sentirse niña, vivir y actuar como una criatura que se sabe querida y protegida. Hasta eso: "piensa tú por mí. Yo, un objeto tuyo..." ¿Una descarga moral del peso quizás excesivo para su juventud inexperta que reclama, en cada "evasión", sus derechos a ser aún conducida?
 Recordando a Máximo Sáenz, Irene Gal sonríe. A los muchachos no les extraña la sonrisa de Irene. Irene se ríe sola cuando recuerda algo que le agrada. Lo mismo que ellos.
 Pregunta, cuando vuelve a la realidad:
 -¿Dónde estábamos, muchachos?
 Y alguien dice:
 -Con los remos...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984, pp. 83-85. ISBN: 84-7530-661-6.]

domingo, 22 de marzo de 2026

Las confesiones de un pequeño filósofo.- José Martínez Ruíz [Azorín] (1873-1967)

 

XXXVII.- Los tres cofrecillos

 «Si yo tuviera que hacer el resumen de mis sensaciones de niño en estos pueblos opacos y sórdidos, no me vería muy apretado. Escribiría sencillamente los siguientes corolarios:
 "¡Es ya tarde!"
 "¡Qué le vamos a hacer!"
 "¡Ahora se tenía que morir!"
 Tal vez estas tres sentencias le parezcan extrañas al lector; no lo son de ningún modo; ellas resumen brevemente la psicología de la raza española; ellas indican la resignación, el dolor, la sumisión, la inercia ante los hechos, la idea abrumadora de la muerte. Yo no quiero hacer vagas filosofías; me repugnan las teorías y las leyes generales, porque sé que circunstancias desconocidas para mí pueden cambiar la faz de las cosas, o que un ingenio más profundo que el mío puede deducir de los pequeños hechos que yo ensamblo, leyes y corolarios distintos a los que yo deduzco. Yo no quiero hacer filosofías nebulosas: que vea cada cual en los hechos sus propios pensamientos. Pero creo que nuestra melancolía es un producto -como notaba Baltasar Gracián- de la sequedad de nuestras tierras; y que la idea de la muerte es la que domina con imperio avasallador en los pueblos españoles. Yo, siendo niño, oía contar muchas veces que un vecino o un amigo estaba enfermo; luego, inmediatamente, la persona que contaba o la que oía se quedaba un momento pensativa y agregaba:
 -¡Ahora se tenía que morir!
 Y éste es uno de los tres apotegmas, uno de los tres cofrecillos misteriosos e irrompibles en que se encierra toda la mentalidad de nuestra raza.

 XXXVIII.- Las vidas opacas

  Yo no he ambicionado nunca, como otros muchachos, ser general u obispo; mi tormento ha sido -y es- no tener un alma multiforme y ubicua para poder vivir muchas vidas vulgares e ignoradas; es decir: no poder meterme en el espíritu de este pequeño regatón que está en su tiendecilla oscura; de este oficinista que copia todo el día expedientes y por la noche van él y su mujer a casa de un compañero y allí hablan de cosas insignificantes; de este saltimbanqui que corre por los pueblos; de este hombre anodino que no sabemos lo que es ni de qué vive y que nos ha hablado una vez en un estación o en un café...
 Las pequeñas tiendas tienen un atractivo poderoso. ¿Cómo viven estos regatones, estos percoceros con sus bujerías de plata, estos sombrereros con sus sombreros humildes, estos cereros con sus velas rizadas? Hay en las viejas ciudades españolas calles estrechas -tal vez con el ábside de una vetusta iglesia en el fondo-, donde todos estos mercaderes tienen sus tiendecillas, y hay una hora profunda, una hora única en que todas estas tiendas irradian su alma verdadera.
  Esta hora es por la noche, después de cenar; ya los canónigos se han retirado de sus tertulias; las calles están desiertas; la campana de la catedral lanza nueve graves y largas vibraciones. Entonces os paseáis bajo los soportales: las tiendas tienen ya sus escaparates apagados; acaso algunas estén ya también entornadas; pero sentís que un reposo profundo ha invadido los reducidos ámbitos; un hálito de vida monótona y vulgar se escapa de la anaquelería y del pequeño mostrador; tal vez un niño, que se ha levantado con la aurora, duerme de bruces sobre la tabla; en la trastienda, allá en el fondo, se ve el resplandor de una lámpara... Y la campana de la catedral vuelve a sonar con sus vibraciones graves y largas.

 XXXVIII (bis).- Mi filosofía de "las cosas"

 ¿Qué son las cosas? En los bazares, en las ferias de los pueblos, en los pequeños comercios oscuros de estos percoceros que hacen silenciosos delicadas bujerías de plata, yo he sentido siempre una inquietud extraña. Todas estas cosas que están inmóviles en las vitrinas, van a partir hacia la vida: ¿cuál será su rumbo por el mundo? Todas estas cosas inertes bajo los cristales van a acompañarnos en nuestras alegrías y en nuestros dolores. Su misión es muy alta: ellas son las obradoras de nuestros destinos inciertos. Un mueble, un objeto anodino, una baratija que vemos todos los días y a todas horas, encierran tanta vida como nosotros mismos. Yo creo que el alma del Universo, esta alma profunda y poderosa tiene sus irradiaciones en las cosas. Tenedlo bien presente: no hay ninguna cosa vulgar, como no hay ningún ser despreciable.
 Todas las cosas llevan un reflejo del alma universal: amaréis los viejos muebles que reposan en las estancias seculares, las cornucopias, los bernegales con orlas de oro, los relojes de caja con la esfera de metal grabado; pero yo os aseguro que lo que causa en mí una impresión honda, una impresión de angustia, son todas estas cosas anodinas, estas cosas baratas, estas cosas feas -los jarrones, las polveras, los portarretratos, los barómetros, los despertadores- que viven, en las casas de los pueblos, sobre las cómodas, en las rinconeras, una vida de vulgaridad y hastío.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en edición de José María Martínez Cachero, pp. 116-121. ISBN: 84-239-1936-6.]
 

domingo, 8 de febrero de 2026

El conde Lucanor.- Don Juan Manuel (1282-1348)

 
Cuento XVIII
Lo que sucedió a don Pedro Meléndez de Valdés cuando se le rompió la pierna

 «Un día, hablando el conde Lucanor con Patronio, su consejero, díjole así:
 -Patronio, vos sabéis que yo tengo un pleito con un señor, vecino mío, que es muy poderoso, y hemos convenido ir los dos a una villa, y que el que primero llegue se quede con ella; también sabéis que tengo reunida a toda mi gente y que estoy seguro de que si por misericordia de Dios yo pudiera ir probablemente ganaría la villa. Pero me preocupa mucho ver que no puedo hacerlo por no estar muy sano. Aunque la de la villa es pérdida muy grande, más me preocupa lo que la gente diga en elogio suyo y vituperio mío. Por la confianza que tengo en vos os ruego me digáis lo que en este conflicto debo yo hacer.
 -Señor conde Lucanor -respondió Patronio-, aunque no os falta razón para lamentaros, me gustaría que supierais lo que sucedió a don Pedro Meléndez de Valdés, que bien puede servir de regla para casos tales.
 El conde le pidió que se lo refiriera.
 -Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, don Pedro Meléndez era un honrado caballero leonés, que tenía costumbre de decir, siempre que sufría una contrariedad: "Bendito sea Dios, que pues él lo ha hecho será por bien". Este don Pedro Meléndez gozaba de mucha privanza con el rey de León. Otros consejeros, enemigos suyos, llenos de envidia, le calumniaron, acusándole de tantos crímenes que el rey se resolvió a mandarle matar. Estando don Pedro en su casa llególe una orden del rey, que fuera inmediatamente a hablar con él. Los que le habían de matar estaban esperándole a media legua de donde él vivía. Yendo a cabalgar don Pedro Meléndez para ver al rey, cayó por una escalera y se rompió una pierna. Cuando aquellos de sus servidores que habían de acompañarle vieron lo que le había pasado lo sintieron mucho y empezaron a echarle en cara su confianza en Dios de este modo:
 -Ea, don Pedro, vos que siempre decís que lo que Dios hace es lo mejor, recibid la merced que Dios os ha hecho.
 Él respondióles que podían estar seguros de que, aunque esta desgracia les contrariara y les entristeciera, al final verían que, pues Dios lo había hecho, sería por bien. Y por más que replicaron no pudieron hacerle cambiar de opinión.
 Los que estaban esperando para matarle, por orden del rey, cuando vieron que no venía y supieron la causa, se fueron al rey y le dijeron por qué no habían podido cumplir su mandato.
 Don Pedro Meléndez pasó mucho tiempo sin poder cabalgar. En este tiempo se enteró el rey de que eran falsas las acusaciones de sus enemigos, a los que, en vista de ello, mandó prender; hecho esto, fue a ver a don Pedro, que seguía sin poder moverse, y le dijo cómo había sido calumniado y cómo él mandó que le mataran y, pidiéndole perdón, le hizo muchas mercedes para compensarle. Después de lo cual mandó ejecutar en su presencia a los que falsamente le habían acusado. Así libró Dios a don Pedro Meléndez de sus enemigos y calumniadores y resultó verdad que, como él decía, lo que Dios hace es siempre para bien.
 Vos, señor conde Lucanor, no os lamentéis por la contrariedad que ahora sufrís, mas tened por cierto en vuestro corazón que lo que Dios hace es siempre lo mejor; si así lo pensáis, él os sacará de todo con bien. Pero debéis saber que las cosas que pueden sucedernos son de dos clases: unas son aquéllas en que se puede poner remedio; las otras son aquéllas contra las que no es posible hacer nada. En las cosas que pueden remediarse debe el hombre buscar los medios para ello, sin esperar a que se enderecen por causalidad o por voluntad de Dios, ya que esto sería tentar a Dios; mas pues el hombre tiene entendimiento y razón, ha de hacer todo lo que pueda para poner remedio a sus desdichas. Por el contrario, en aquellas cosas en que no es posible hacer nada debemos creer que, pues Dios las dispone, son por nuestro bien. Y como la enfermedad que os ha sobrevenido es una de las cosas a que no podemos poner remedio, convenceos de que, pues Dios lo ha dispuesto, será por bien, y de que Dios hará que todo salga como deseáis.
 El conde vio que Patronio decía la verdad y le daba un consejo muy bueno, obró según él y le fue muy bien. Como don Juan creyó que este cuento era bueno lo hizo escribir en este libro y compuso unos versos que dicen así:
 No te quejes de lo que Dios hiciere,
que será por tu bien cuando Él quisiere.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1990, en versión española moderna de Enrique Moreno Báez, pp. 71-73. ISBN: 84-7039-024-4.]


domingo, 23 de noviembre de 2025

La felicidad Zen. Los más bellos cuentos Zen.- Henri Brunel (1928-2020)

La palabra justa

"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba vuelto hacia Dios y el Verbo era Dios".
Evangelio según San Juan, prólogo, I.


 «Buddha enseñaba que la práctica del "noble sendero óctuple":

    1.- La opinión justa
    2.- El pensamiento justo
    3.- La palabra justa
    4.- El acto justo
    5.- La subsistencia justa
    6.- El esfuerzo justo
    7.- La atención justa
    8.- La concentración justa

conduce a la liberación espiritual, a la sabiduría, a la felicidad. Si no hubiese que coger más que una flor en el sendero, pediría el privilegio de escoger "la palabra justa". Soy un escritor, o digamos un escribidor, un escritorzuelo, en suma, un comerciante de palabras y frases. Pero por insuficiente que yo sea, desde hace catorce obras conozco la pena de escribir. La "palabra" no puede echarse a voleo, a la ligera, sin tener que tragársela algún día y arrepentirse de ella. ¡Hay que cortar, esquejar, injertar, acodar, coger con pinzas, podar, trasladar, sacar del tiesto y trasplantar...!
 "Pon tu obra en el telar, recomienza veinte veces. Púlela sin cesar, repule y vuelve a pulir", escribe Boileau en L'Art poétique. ¿Quieres un ejemplo, lector? Una vez tenía que presentar mi pueblo natal en un diario nacional. Me habían concedido una sola frase. ¡En una sola frase, tenía que "alzarse" un pueblo con su personalidad única, su "resplandor" singular, que lo hiciese "ver", conocer, tal vez amar...! Lo intenté. 
 [...] Entonces me peleé con las palabras, con el papel. Inventé cien giros extraños. Libré aquel "combate con el ángel" del que habla el poeta Rainer Maria Rilke. Era preciso que en unas cuantas palabras hiciese existir mi pueblo, con su rugosidad, su paz, sus campos sembrados de piedras y el circo de los bosques. [...] Todo ello en una sola frase. Escribí:
 "Broc, mi pueblo entre Loira y Loir, es un guijarro atravesado en la garganta de los bosques".
 No sé si lo logré. Uno nunca lo sabe. Pero al azar en una firma de libros, una señora quiso confiarme que yo había conseguido transmitirle el sabor de mi pueblecito, y el redactor en jefe del periódico masculló que, por una vez, no me había excedido en el número de líneas que se me habían asignado. ¡Qué difícil es la palabra justa!
 Estas consideraciones sobre el arte de escribir, que me tocan muy de cerca, no nos alejan del pensamiento zen tanto como parece. La "palabra justa", según los maestros espirituales, es una palabra honrada, apropiada, equitativa. Mantenida al borde del silencio, consciente y breve, reviste a veces una importancia extrema y puede cambiar un destino. He aquí, a este respecto, un bonito cuento indio.


El hombre importante que se hizo anacoreta

 Había una vez un hombre importante casado y padre de familia, fiel devoto de Buddha. Había salido de viaje para presentar sus respetos al Bienaventurado con ocasión de la fiesta de aniversario de su muerte y adornar sus altares con guirnaldas de flores. Su esposa, que se había quedado en casa, recibió la visita de su madre:
 -Entonces, hija, ¿sigues siendo feliz con tu marido? ¿Qué tal se porta contigo?
 -¡No tengo queja, mi querido esposo es un hombre bueno, sabio y virtuoso como un anacoreta!
 La buena señora, que era algo dura de oído, no oyó más que la última palabra, "anacoreta". Enseguida se deshizo en gritos y lamentos:
 -¡Cómo -exclamó-, vaya marido, que abandona a su joven esposa recién casada, con un niño y otro en camino! ¡Eso es abominable! ¡Hacerse anacoreta cuando tiene mujer e hijos pequeños!
 Y, casi llorando, se arañó el rostro, se arrancó los pelos y se cubrió la cabeza de cenizas, todo ello delante de los vecinos: "¡Anacoreta! ¡Qué desgracia más terrible!"
 -¡Que no, mamá -exclamaba alarmada la joven esposa-, que mi marido no se ha hecho anacoreta! 
 -¡Anacoreta! ¡Ay! - se desgañitaba la vieja sorda-. ¡Qué catástrofe! ¡Qué va a ser de mi hija y de mis pobres nietos! ¡Qué desgracia, qué pena!
 Y corría por el pueblo anunciando a todo el mundo la noticia.
 Cuando Kalyana regresó a casa, sus conciudadanos lo acogieron convencidos de que ahora era anacoreta. Asombrado, consideró que aquello debía de ser un signo del cielo. Arregló sus asuntos, se despidió de su esposa y sus hijos y regresó al monasterio zen del que había sido huésped durante sus devociones. Se hizo realmente anacoreta, pronto se hizo famoso por su santidad y, cuando murió, entró en el cielo de Brahma.

*

 Una palabra puede cambiar el destino.
 Ninguna palabra es totalmente inocente. La "palabra justa" es parca. No hay que añadir sufrimiento al mundo; hay que curar, si se puede, la relación entre los hombres. Ni mentir, ni calumniar, evitar los comadreos. Hablar de un tercero nunca es sabio. Decir mal de él es perjudicarlo, hablar demasiado bien de él es despreciar por comparación al interlocutor. Alentar, reconfortar, valorar, equilibrar, sonreír. Despertar el gusto por las cosas espirituales. La "palabra justa", según los maestros zen, aporta un poco de paz, de sabiduría y de felicidad a este mundo.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones El Barquero, 2004, en traducción de Jerónimo Sahagún, pp. 48-52. ISBN: 84-9716-227-7.]

domingo, 25 de mayo de 2025

Trópico de Cáncer.- Henry Miller (1891-1980)

 

  «En esa especie de semi-arrobamiento que te permite participar en un acontecimiento y, aun así, permanecer completamente aparte, el pequeño detalle que faltaba empezó oscura pero insistentemente a coagularse, a adquirir una forma caprichosa y cristalina, como la escarcha que se acumula en el cristal de la ventana. Y como esos dibujos de la escarcha que parecen tan extraños, tan totalmente libres y fantásticos pero que, aun así, están determinados por las más rígidas leyes, esa sensación que empezó a tomar forma en mi interior parecía obedecer también a leyes ineluctables. Todo mi ser respondía a los dictados de un ambiente que no había experimentado nunca; lo que podría llamar mi yo parecía contraerse, condensarse, escapar de los límites antiguos y habituales de la carne cuyo perímetro conocía sólo las modulaciones de las extremidades nerviosas.
 Y cuanto más sustancial, más sólido se volvía mi centro, más delicada y extravagante aparecía la realidad inmediata, palpable, de la que iba quedando separado. En la misma medida en que me volvía cada vez más metálico, la escena que se producía ante mis ojos iba adquiriendo mayor amplitud. La tensión era ya tan intensa que la introducción de una sola partícula extraña, aunque fuera una partícula microscópica, como digo, habría hecho añicos todo. Por una fracción de segundo quizá, experimenté esa claridad total que, según dicen, el epiléptico tiene el privilegio de conocer. En aquel momento perdí completamente la ilusión del tiempo y del espacio: el mundo desplegó su drama simultáneamente a lo largo de un meridiano sin eje. En aquella especie de eternidad pendiente de un hilo sentí que todo estaba justificado, supremamente justificado; sentí mis guerras interiores, que habían dejado esa pulpa y esos despojos; sentí los crímenes que bullían allí para surgir mañana en titulares sensacionales; sentí la miseria que estaba moliéndose a sí misma con almirez y mortero, la larga y triste miseria que se derrama gota a gota en pañuelos sucios. En el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y del drama. Si en cualquier momento y en cualquier parte se encuentra uno cara a cara con lo absoluto, la gran simpatía que hace parecer divinos a hombres como Gautama y Jesús se enfría y se desvanece; lo monstruoso no es que los hombres hayan creado rosas a partir de este estercolero, sino que deseen rosas... Por una razón u otra, el hombre busca el milagro y para lograrlo es capaz de abrirse paso entre la sangre. Es capaz de corromperse con ideas, de reducirse a una sombra, si por un solo segundo de su vida puede cerrar los ojos ante la horrible fealdad de la realidad. Todo se soporta -ignominia, humillación, pobreza, guerra, crimen, ennui- gracias al convencimiento de que de la noche a la mañana algo ocurrirá, un milagro, que vuelva la vida tolerable. Y mientras tanto un contador está corriendo en su interior y no hay mano que pueda llegar hasta él para detenerlo. Mientras tanto alguien está comiendo el pan de la vida y bebiendo el vino, un sacerdote sucio y gordo como una cucaracha que se esconde en el sótano para zampárselo, mientras arriba, a la luz de la calle, una hostia fantasma toca los labios y la sangre está pálida como el agua. Y de ese tormento y miseria eternos no resulta ningún milagro, ni un vestigio microscópico de milagro. Sólo ideas, ideas pálidas, atenuadas, que hay que cebar mediante la matanza, ideas que brotan como bilis, como las tripas de un cerdo cuando lo abren en canal.
 Y, por eso, pienso en el milagro que sería que ese milagro que el hombre espera eternamente resultara no ser sino esos dos enormes chorizos que el fiel discípulo soltó en el bidet. ¿Y si en el último momento, cuando la mesa del banquete esté puesta y resuenen los címbalos, apareciera de repente, y sin aviso alguno, una fuente de plata en la que hasta los ciegos pudiesen ver que no hay ni más ni menos que dos enormes chorizos de mierda? Creo que eso sería más milagroso que cualquier cosa que el hombre haya esperado. Sería milagroso porque no se habría soñado. Sería más milagroso que hasta el sueño más descabellado porque cualquiera podría imaginar esa posibilidad, pero nadie lo ha hecho nunca, y probablemente nadie lo hará jamás.
 En cierto modo la comprensión de que no había nada que esperar tuvo un efecto saludable para mí. Durante semanas y meses, durante años, durante toda mi vida, de hecho, había estado esperando que algo ocurriera, algún acontecimiento intrínseco que transformase mi vida, y en aquel momento, inspirado por la desesperanza de todo, sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Al amanecer me separé del joven hindú, después de haberle sacado unos francos, los suficientes para pagar una habitación. Mientras caminaba hacia Montparnasse, decidí dejarme llevar por la corriente, no oponer la menor resistencia al destino, como quiera que se presentase. Nada de lo que me había ocurrido hasta entonces había bastado para destruirme; nada había quedado destruido, salvo mis ilusiones. Personalmente estaba intacto. El mundo estaba intacto. Mañana podría haber una revolución, una peste, un terremoto; mañana podría no quedar ni un alma a la que recurrir en busca de compasión, de ayuda, de fe. Me parecía que la gran calamidad ya se había manifestado, que no podía estar más auténticamente solo que en aquel preciso momento. Tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal, como un depredador, un pirata, un saqueador. Aun cuando se declarara la guerra, y me tocase ir, agarraría la bayoneta y la hundiría, la hundiría hasta el puño. Y si la orden del día era violar, en ese caso violaría y con furia. En aquel preciso momento, en el tranquilo amanecer de un nuevo día, ¿acaso no estaba la tierra aturdida por el crimen y la miseria? ¿Acaso había resultado transformado un solo elemento de la naturaleza, transformado vital, fundamentalmente, por la marcha incesante de la historia? Pura y simplemente, el hombre se ha visto traicionado por lo que llama la parte mejor de su naturaleza. En los límites extremos de su ser espiritual el hombre se ha vuelto a encontrar desnudo como un salvaje. Cuando encuentra a Dios, por decirlo así, ha quedado despojado: es un esqueleto. Hay que excavar de nuevo en la vida para echar carne. El verbo ha de hacerse carne; el alma está sedienta. Me abalanzaré sobre cualquier migaja en que clave los ojos y la devoraré. Si vivir es  lo supremo, entonces viviré, aun cuando deba volverme un caníbal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 1983, en traducción de Carlos Manzano, pp. 93-96. ISBN: 84-322-2182-1.]

domingo, 9 de marzo de 2025

Epistolario.- Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658)

 

Epístola XX
A un melancólico porque perdió un pleito. Danse dos medios: uno filosófico, otro cristiano, para llevar bien las adversidades

 «No quisiera consolar a v. md. sólo para esta vez, sino para otras muchas, y el consuelo le parecerá extraño, porque es que se persuada que han de suceder muchas veces disgustos semejantes. No hago esto para darle malas nuevas de alguna mala fortuna, sino para acordarle la condición de nuestra naturaleza y estilo de las cosas humanas, donde tan ordinario es suceder adversas. Y así no tenga por consejo peregrino que no le parezca cosa peregrina ver sinrazones, desgracias, pérdidas y otras cosas penosas. No se extrañe de nada desto, ni le parezca nuevo cuando aconteciere verlo. Epicteto y Antonino, filósofos, dieron este consejo para alivio de los trabajos y adversidades: que no se nos hicieran de nuevo. El cual no es de poco peso, pues antes dellos le dio San Pedro en su primera epístola, donde da dos remedios para consuelo de nuestras penalidades, uno natural y otro sobrenatural, y el natural es el que acabamos de decir, y así nos aconseja que no queramos extrañarnos ni tener por cosa peregrina cuando sucede una contrariedad (que es para prueba nuestra), como si nos aconteciera algo de nuevo. No sé, por cierto, por qué nos hemos de espantar que en este valle de lágrimas haya cosas adversas; antes fuera maravilla no encontrar con ellas. Milicia es la vida del hombre, y no guerra comoquiera, sino batalla rompida; ¿qué mucho es se reciban heridas y golpes? No es de maravillar si del furor de una batalla sale un soldado herido: el espanto había de ser si saliera sin haber recibido golpe alguno. El agonista que saliese de los espectáculos romanos sin lesión, fuera como prodigio. San Crisóstomo dice: "Todas las cosas presentes son lucha, certamen, guerra, estadio; otro es el tiempo de quietud, mas el presente diputado está para calamidades y sudores". Ninguno, cuando se desnuda para el certamen y desafío, busca quietud; no hay que espantarnos de recibir algún golpe adverso, cuando estamos dispuestos a recibir muchos. Por eso dijo Salviano: "¿Qué maravilla es si sufrimos los males, pues estamos conducidos, como en milicia, para tolerarlos todos?" En el libro de Job se dice que el hombre nació para el trabajo y el ave para volar. ¿Qué maravilla que el águila encuentre el aire en que extender sus plumas, y el pez el agua en que nadar? No es tampoco maravilla que encuentre el hombre trabajos en que merecer. No tiene v. md. que quejarse porque le haya sucedido uno, y no muy grande. Perdió un pleito, mas no perdió la honra, no perdió la salud, ni tampoco perdió la hacienda; sólo no la ganó mayor. Su trabajo no es que le hayan desposeído de lo que tenía, sino que no desposeen a otro. No es grande su desgracia, sino la pesadumbre que toma, y desto nadie tiene la culpa.
 El otro remedio que da San Pedro es más eficaz pues llega no sólo a consolar sino a alegrar. Esta diferencia hay entre los consuelos naturales y los sobrenaturales: que aquéllos sólo dan alivio, mas éstos pueden dar también gozo; y así debíamos ayudarnos dellos, acudiendo a buscar las razones sobrenaturales que hay para no afligirnos en los trabajos. Es, pues, el consuelo sobrenatural que enseña San Pedro, que nos gocemos en los trabajos, comunicando en los de las pasiones de Cristo. La iglesia llama en el Canon bienaventurada a la pasión del Hijo de Dios, y quien participa en alguna adversidad de ella no se debe tener por mal aventurado, sino por dichoso, pues se conforma con la imagen del Hijo de Dios y se infiere en Cristo, como hablan algunos doctores; lo cual es tan grande bien, que los que tienen luz de él se llenan de gozo viendo la honra que es padecer con Cristo y la gloria que por ello se merece. Junte pues, v. md. su suceso desgraciado con los dolores de Jesús. Perdió v. md. el  pleito; Cristo perdió la vida. Su desgracia es que no condenaron a su competidor; mas a Cristo condenaron a morir. No dio el juez nada a v. md., pero a Cristo le dejaron desnudo; quitáronle los vestidos y un poco de agua le negaron. Vergúenza es que sienta v. md. esa niñería a vista de tales agravios. Con todo eso, si la lleva en paciencia merecerá con ella, y ya que no ganó nada en la tierra, gane en el Cielo: dése más a sí mismo que le diera el juez. Dése a sí paciencia, y le valdrá más que si le dieran una provincia. ¿Cuántas veces ha condenado v. md. a Dios y sentenciado en favor del demonio? Tantas cuantas ha pecado. Mire lo que habrá sentido Dios las sentencias injustas que ha dado contra Él, por lo que siente v. md. una menos favorable que recibió. Tema sólo el tener mal pleito el día del juicio, y por que esto no sea así, lleve en paciencia perder un pleito de la tierra.
 Estos documentos de San Pedro no le han de servir a v. md. sólo para este caso de su pleito, que, para decirlo, es poco pleito y no llega a merecer nombre de trabajo, sino para los que fueren. Nuestro engaño es que buscamos la felicidad en esta vida, y no la podremos hallar verdadera, porque no es fruta de la tierra. Y tan necio es quien en este valle de lágrimas la busca segura y cabal, como quien buscara en los ajenjos el sabor de la miel y en un espino fruta sazonada. Engáñanse los que buscan la felicidad en esta vida, y dáñanse los que la estiman. Contra el engaño sirve el primer documento; contra el daño, el segundo. Cada uno piensa que ha de ver sinrazones, que le han de hacer agravios, que le han de suceder pérdidas. No se le hagan de nuevo, sino cuando acontecieren, diga: "Esto es lo que aguardaba: esta es la moneda que corre para comprar el Cielo; dicha es encontrarla". El santo Job se ayudó deste remedio para la paciencia que tuvo, porque no se le hicieron de nuevo trabajos tan extraordinarios como los que le sucedieron; y así él mismo confiesa de sí que le aconteció lo que sospechaba. 
 Débese también perder la estimación de la prosperidad humana, para que no se sientan sus pérdidas. Esto se hará considerando que quien padece como Cristo es más dichoso que si imperase en el mundo; y si el padecer con Cristo es tan gran dicha, ¿qué será reinar con Él en el Cielo? Lo cual se alcanza con su imitación y paciencia en los trabajos, a los cuales no hemos de mirar como males, sino como tan grandes bienes, que son semilla de la bienaventuranza verdadera y eterna.»

 [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Espasa-Calpe, 1957, en edición de Narciso Alonso Cortés, pp. 115-119. No consta ISBN ni número de depósito legal.]

domingo, 29 de diciembre de 2024

Los sonetos del Cancionero.- Francesco Petrarca (1304-1374)

2ª parte (Ciclo: Tras la muerte de madonna Laura)
269

 «Cayeron la alta columna y el laurel verde
que sombra daban a mi fatigado pensamiento;
perdí lo que encontrar ya nunca espero
de norte a sur, o del mar índico al moro.
 Quitado me has, Muerte, el doble tesoro
que daban alegría y orgullo a mi vida;
ni compensarlo pueden tierra o imperio,
gema oriental ni la fuerza del oro.
 Pero, si lo consiente así el destino,
¿qué puedo sino tener el alma triste,
siempre húmedos los ojos y bajo el rostro?
 ¡Oh, vida nuestra, tan bella en apariencia!
¡Qué fácilmente pierdes en una mañana
lo que en muchos años penosamente se conquista!
[...]

272

 Huye la vida y no se detiene una hora, 
detrás viene la muerte a grandes pasos,
y las cosas presentes y pasadas
me dan guerra, e incluso las futuras;
 y el recordar y el aguardar me angustian
por igual, tanto que, a decir verdad,
si no tuviera de mí mismo piedad
estaría ya de estos pensamientos fuera.
 Evoco si alguna dulzura tuvo
el triste corazón; y por el otro lado
preveo a mi navegar turbados vientos;
 veo tormenta en el puerto, ya cansado
mi piloto, rotos mástil y jarcias,
y las bellas luces que miré, apagadas.

273

 ¿Qué haces? ¿Qué piensas? ¿Qué miras aún atrás
hacia el tiempo que ya volver no puede?
Alma desconsolada, ¿por qué vas
echando leña al fuego en que tú ardes?
 Las suaves voces y las dulces palabras
que, una por una, has descrito y pintado,
marcháronse del mundo; y, bien lo sabes,
es aquí inútil buscarlas, y tarde.
 ¡Oh! No renueves lo que nos da muerte;
no sigas un pensar vago, falaz,
mas firme y cierto, que a buen fin nos lleve.
 Busquemos el cielo, si aquí nada nos place;
que para nuestro mal aquella beldad vimos,
si viva y muerta había de quitarnos la paz.

274
 
 Dadme paz, oh mis duros pensamientos:
¿no es bastante que Amor, Fortuna y Muerte
me combatan en torno, y a las puertas,
para adentro encontrarme otros guerreros?
 Y tú, mi corazón, ¿aún eres cual eras?
Sólo a mí desleal, que espías feroces
vas agrupando, y te has vuelto aliado
de mis prestos y ligeros enemigos.
 En ti sus mensajes secretos el Amor,
en ti Fortuna abre toda su pompa,
y Muerte la memoria de esa herida
 que conviene destroce lo que de mí queda;
en ti los bellos pensamientos se arman de error:
por ello de mis males sólo a ti te culpo.
[...]

277

 Si Amor nuevo consejo no nos trae,
por fuerza convendrá perder la vida:
tanto miedo y dolor sufre el alma triste,
que el deseo vive y la esperanza ha muerto;
 por lo cual se desconcierta y desalienta
mi vida en todo, y noche y día llora,
cansada, sin gobierno en mar tormentoso,
y en vía dudosa sin guía de confianza.
 Imaginaria guía la conduce,
que la verdadera está bajo tierra, mejor dicho en el cielo,
desde donde más que nunca clara en el corazón reluce;
 mas no en los ojos, que un doliente velo
les contiene la deseada luz,
y a mí tan pronto me encanece el pelo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Bosch, casa editorial, 1981, en traducción de Atilio Pentimalli, pp. 523-537. ISBN: 84-7162-850-3.] 

domingo, 30 de abril de 2023

Tú no eres como otras madres.- Angelika Schrobsdorff (1927-2016)


Editorial Periférica
Lo completamente distinto


  «En el transcurso de 1937, se restringió aún más el número de alumnos judíos matriculados en las escuelas alemanas. Y sólo en casos excepcionales se les concedían a los judíos pasaportes para viajar al extranjero.
 Al promulgarse esta ley, Else tuvo por primera vez una sensación eminentemente angustiosa, como si hubiera caído en una trampa a punto de cerrarse. No porque esa norma hubiera podido aplicársele a ella —al fin y al cabo estaba casada con un alemán del Reich y tenían una hija común—, sino por sus padres, por parientes y amigos a los que afectaba dicha ley.
 Entonces sí se planteó a sí misma la pregunta de qué otras medidas monstruosas adoptarían los nazis y cuándo se les pararían los pies.
 Erich, igual de alarmado que ella, dijo que ahora sí era momento de hacer ciertas reflexiones cautelares respecto a la situación. No porque a los hijos los amenazara peligro alguno, tampoco a los padres de ella, venerables ancianitos, sino simplemente porque no holgaba meditar sobre qué hacer si…
 Else, también por primera vez, habló sin rodeos con sus padres acerca del estado de cosas, pero solo encontró resignación, jocosa por parte de su padre, melancólica por la de su madre.
 —De todas formas, con nosotros ya nada se pierde —dijo Minna.
 —Ya no nos proponemos viajar alrededor del mundo —sonrió Daniel.
 —Sí, pero los jóvenes —suspiró Minna—, da miedo por ellos. Por suerte, los sionistas entre nosotros ya están en Palestina: Paula, Bruno y los niños, Lotte y su marido, Emanuel con su mujer y sus hijos. Pero, vaya por Dios, con los árabes tampoco se estará mejor. Además, uno no escapa a su destino.
 —No te preocupes por nosotros, Elschen —la tranquilizó Daniel—, no es el león tan fiero como lo pintan y las cosas se calmarán.
 Peter, el hijo de Else, no opinaba lo mismo. Dijo que las cosas no se calmarían, ni mucho menos, y que ella haría bien en no dejarse tranquilizar.
 ¡Era lo que a Else le faltaba! Lo que buscaba era la confirmación de que a los nazis no había que tomarlos tan en serio, y no la advertencia de que nunca se les podía tomar lo suficientemente en serio.
 Que por qué siempre y en todo tenía que exagerar sin medida, le preguntó irritada. ¿Acaso no estaba en edad de volverse adulto y, de paso, más equilibrado? Que ella consideraba más importante que reflexionara sobre su vida y no sobre el señor Hitler y su calaña. Que lo que estaba haciendo no era en el fondo más que una maniobra de distracción para escurrir el bulto de las decisiones personales. Si de verdad quería ayudarla y evitarle penas y pesares, sin duda no lo conseguiría con sombríos pronósticos políticos, sino dándole una dirección y un contenido a su vida.
 Que no sabía que ella fuera tan influenciable en sus análisis y pareceres, replicó Peter. Que la imagen que tenía de él debía de haber salido de la cabeza de Erich, y la que se hacía de Alemania, también. Peter, un botarate perezoso y superficial, y los alemanes, un pueblo de poetas y pensadores que por un breve momento se dejaba tentar por el diablo, como todos los grandes espíritus, pero que naturalmente volvería a encontrar su senda y conectar con su tradición. Si allí había un irresponsable o insensato redomado ese era Erich y no él. Consideraba a Erich un hombre demasiado débil para resistir una gran presión y demasiado ajeno a la realidad como para darse cuenta de lo que de veras ocurría a su alrededor. Ella no debería apostar por Erich en esos dos puntos.
 ¿Acaso debería apostar por él?, preguntó Else, irónica.
 Que no se lo podía asegurar, pero en cualquier caso siempre estaba dispuesto a deliberar con ella y apoyarla moralmente.
 ¡Ay, aquel hijo, aquel iluso, aquel lunático! ¡Como si supiera dónde estaba arriba y dónde abajo! Ciertamente, Erich era débil y ajeno a la realidad y seguía bajo la influencia de su familia, de la que ella nunca se había fiado. No obstante, era la única persona en la que podía confiar plenamente. Él nunca actuaría en contra de su conciencia, en contra de sus principios éticos.
Tú no eres como otras madres: Historia de una mujer apasionada ... Fue poco después de aquel enfrentamiento con su hijo cuando Else, en la tradicional comida de los domingos en casa de los Schrobsdorff, descubrió la insignia del partido en el imponente y floreado pecho de su suegra. No daba crédito a sus ojos, pero cada vez que miraba y apartaba la mirada veía la esvástica, y Annemarie, al parecer del todo inconsciente de la afrenta, se comportaba con la habitual desenvoltura y exaltación.
 Erich se empeñó en hacer la vista gorda, y fue Alfred quien al final de la comida, cuando la familia se retiraba a la siesta, tomó a Else aparte diciendo que tenía que hablarle. Se dirigieron al invernadero, y Alfred cerró la puerta tras ellos.
 —O sea que ahora también tu madre se ha conchabado con los nazis —dijo Else.
 —Qué remedio, qué remedio —repuso Alfred con una risita—. Como mi “viejo señor” no puede afiliarse al partido por masón, ha tenido que ser ella la que se arrime a la miel. Alguien tenía que hacerlo, de lo contrario los negocios se resentirían. ¡Puro oportunismo! A mi padre esos plebeyos no le agradan, y mi madre sólo sabe que ese sujeto se llama Hitler y que se le pone un “Heil” delante.
 Se descuajaringó de risa.
 —No me parece tan hilarante.
 —Si todo fuera tan divertido como eso —dijo Alfred poniéndose serio—, podríamos morirnos de risa tranquilamente, pero por desgracia no es el caso. La situación se está poniendo muy, pero que muy peliaguda. ¿Qué hago con mi suegra? Quiero a la anciana dama, es una persona callada y exquisita, ¿pero qué voy a hacer ahora con ella? Anja, que ya me hace la vida imposible por todo y por nada, no para de machacarme con el asunto. Quiere que saque a su madre, pero, en primer lugar, ya no le dan pasaporte y, en segundo, no puedo dejarla donde sea y decirle, hala, ahora búscate la vida. ¡Una situación abominable! Dime una cosa: ¿qué vas a hacer tú con tus padres?
 —Nada —dijo Else con sequedad, porque la pregunta pasaba de castaño oscuro. A Alfred nunca se le había podido tomar en serio, pero ahora, para colmo, se estaba volviendo loco.
 —Nada —repitió Alfred—, ya.
 —¿Acaso puedes darme una razón por la cual debería "hacer algo" con ellos?
 —Para prevenir que sean los nazis quienes hagan algo con ellos.
 —¡Por favor, Alfred! Son dos ancianitos inofensivos, ciudadanos alemanes de nacimiento, personas intachables en lo que se refiere a su conducta política y privada. O sea que haz el favor de no perder el juicio.
 —No soy yo el que pierde el juicio, Esnuf, son nuestros magníficos gobernantes. Aquí no se trata de ser intachable o no, joven o viejo, de tener nacionalidad alemana o china; aquí se trata de la raza. Que mi hermano Erilein vive en la luna ya lo sabía yo, pero que tú también te hayas retirado a su órbita me resulta nuevo. Tú y Anja estáis protegidas por el matrimonio con nosotros y los hijos comunes. Y Ulli lo está por descontado. Tiene por cónyuge a un camarada del partido y sus padres se han esfumado como por arte de magia. Es a los que no están casados con “ciudadanos arios del Reich” a quienes les van a buscar la yugular. ¡La yugular! Y muchos de los que eran contrarios a los nazis —me refiero ahora a los arios— empezarán a tambalearse, pues aunque no les busquen la yugular irán a por sus posiciones y fortunas y familias y lo que sea. ¡Así que baja de la luna y estate un poco más alerta!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica & Errata naturae, 2016, en traducción de Richard Gross, pp. 181-183. ISBN: 978-8416544134.]

miércoles, 6 de julio de 2022

La señal y otros relatos.- Vsévolod Garshin (1855-1888)


Vsevolod M. Garshin — Stock Photo © Aviavlad3 #10610447
El cobarde


  «Definitivamente, la guerra no me permite estar tranquilo. Veo claramente que se dilata, y decir cuándo acabará es difícil. Nuestros soldados siguen siendo los extraordinarios soldados que fueron siempre, pero el enemigo resultó no ser tan débil como pensábamos; y he aquí que ya han pasado cuatro meses desde que fue declarada la guerra, y todavía no hemos logrado ningún éxito decisivo. Y, mientras tanto, cada día que pasa se lleva a centenares de personas. Tal vez sea cosa de mis nervios el que los telegramas con las cifras de muertos y heridos provoquen en mí una impresión mucho más fuerte que en quienes me rodean. Otro lee tranquilamente: “Las pérdidas de los nuestros son insignificantes. Herido tal oficial; muertos de grado inferior, 50; heridos, 100”, y aún se alegra de que sean pocos. Sin embargo, en lo que a mí respecta, la lectura de esa información hace que inmediatamente se me represente ante los ojos todo un cuadro sangriento. Cincuenta muertos, cien mutilados, ¡una cosa insignificante! ¿Por qué nos indignamos tanto cuando los periódicos dan la noticia de algún asesinato, cuando las víctimas son algunas personas? ¿Por qué el aspecto de los cadáveres atravesados por las balas, tirados en el campo de batalla, no nos golpea con el mismo horror que el aspecto del interior de la casa saqueada por el asesino? ¿Por qué sobre la catástrofe en los terraplenes de Tiligulski, que costó la vida a varias decenas de personas, habló, y mucho, toda Rusia, y al asunto de la avanzadilla con pérdidas “insignificantes”, también de varias decenas de personas, nadie le presta atención?
   Hace unos cuantos días, Lvov, un estudiante de medicina conocido mío con el que frecuentemente discuto sobre la guerra, me dijo:
  —Ya veremos, pacifista, cómo aplica sus convicciones humanitarias cuando le recluten como soldado y se vea obligado a disparar a la gente.
   —A mí, Vasili Petróvich, no me reclutarán: estoy inscrito en la milicia.
   —Sí, si la guerra se alarga, echarán mano hasta de la milicia. No se envalentone, su tumo también llegará.
   Se me encogió el corazón. ¿Cómo no se me había ocurrido eso antes? Realmente echarán mano hasta de la milicia, aquí no hay nada imposible. “Si la guerra se alarga…”. Sí, seguramente se alargará. Y si no se prolonga mucho esta guerra, de todas formas comenzará otra. ¿Por qué no luchar? ¿Por qué no realizar grandes hechos de armas? Me parece que la guerra actual es sólo el principio de las futuras, de las cuales no nos libraremos ni yo, ni mi hermano pequeño, ni el hijo de pecho de mi hermana. Y mi turno llegará muy pronto.
  ¿Dónde se meterá tu “yo”? Tú protestas con todas tus fuerzas contra la guerra, y aun así la guerra te obligará a echarte el arma al hombro, te obligará a ir a morir y a matar. ¡No, eso es imposible! Yo soy un joven tranquilo, de buen corazón, que hasta ahora sólo conocía sus libros, el aula, la familia y unas cuantas personas cercanas, que piensa en comenzar su propio trabajo dentro de uno o dos años, una tarea de amor y verdad; yo, al fin, acostumbrado a observar el mundo objetivamente, acostumbrado a ponerlo delante de mí, que pienso que en todas partes sé ver el mal existente y por lo tanto huyo de ese mal, veo todo mi edificio de tranquilidad derrumbado, y a mí mismo enfundado en los mismos harapos con agujeros y manchas que hace un instante sólo miraba. Y ningún progreso, ningún conocimiento propio ni del mundo, ninguna libertad espiritual me darán la triste libertad física, la libertad de disponer del propio cuerpo.
   Lvov se ríe cuando empiezo a exponerle mi indignación frente a la guerra.
  —Relaciónese de manera más simple con las cosas, querido amigo: la vida le resultará más fácil —dice—. ¿Cree que a mí me resulta agradable esta carnicería? Además de traer desgracia a todos, a mí me hace daño personalmente, no me permite completar los estudios. Dispondrán la graduación acelerada, y nos enviarán a cortar brazos y piernas. Y sin embargo no me dedico a hacer reflexiones inútiles sobre el horror de la guerra, porque por mucho que piense no haré nada para acabar con ella. Verdaderamente, es mejor no pensar y dedicarse a los asuntos propios. Y si me mandan a curar heridos, voy y los curo. Qué se le va a hacer: en semejantes circunstancias es necesario sacrificarse. Por cierto, ¿sabe usted que Masha va como hermana de la caridad?
   —¿De veras?
   —Lo decidió anteayer, y hoy ha ido a hacer prácticas de vendaje. Yo no la disuadí; sólo le pregunté cómo piensa arreglárselas con sus estudios. “Terminaré los estudios después —dijo—, si sobrevivo”. Pues nada, que vaya mi hermanita, algo bueno aprenderá.
   —¿Y qué dice Kuzma Fomich?
LA SEÑAL Y OTROS RELATOS   —Kuzma no dice nada, pero una melancolía atroz se ha apoderado de él y ha abandonado completamente los estudios. Me alegro por él de que mi hermana se vaya: verdaderamente, el hombre se consume, sufre, se ha convertido en su sombra, no hace nada. ¡En fin, cosas del amor! —Vasili Petróvich movió la cabeza—. Y ahora se fue corriendo para traerla a casa, ¡como si ella no hubiera andado por la calle siempre sola!
  —Me parece, Vasili Petróvich, que no es bueno que él viva con ustedes.
  —Por supuesto que no es bueno, pero ¿quién podía preverlo? Para mi hermana y para mí, este piso es grande, sobra una habitación. ¿Por qué no habríamos de alojar en ella a una buena persona? Y una buena persona la cogió y quedó pillado. A mí, la verdad, ella también me irrita: ¡¿en qué es Kuzma peor que ella?! Es bondadoso, nada tonto, bueno. Y a buen seguro ella no se fija en él. En fin, váyase de mi habitación, no tengo tiempo; si quiere ver a mi hermana con Kuzma, vaya al comedor; llegarán pronto.
   —No, Vasili Petróvich, yo tampoco tengo tiempo; ¡adiós!
   Nada más salir a la calle, vi a María Petrovna y a Kuzma. Caminaban callados: María Petrovna, con una expresión de concentración forzada en el rostro, delante, y Kuzma, un poco de lado y detrás, sin atreverse a ir a su lado y lanzando de vez en cuando una mirada de soslayo a su rostro. Pasaron a mi lado sin percatarse de mi presencia.
   No puedo hacer nada y no puedo pensar en nada. He leído sobre la tercera batalla de Plevna. Hubo doce mil bajas entre rusos y rumanos, eso sin contar a los turcos… Doce mil… Esta cifra tan pronto flota ante mí en forma de signos como se extiende en forma de cinta infinita de cadáveres que yacen uno al lado del otro. Si se colocaran hombro con hombro, se formaría un camino de ocho verstas… ¿Qué es esto?
  Me habían contado algo sobre Skóbelev, que se lanzó a no sé dónde, que atacó no sé qué, tomó no sé qué reducto o lo cogieron en él…, no recuerdo. En este espantoso asunto no recuerdo ni veo más que una cosa: una montaña de cadáveres que sirve de pedestal a grandiosos hechos de armas que se incluirán en las páginas de la historia. Es posible que esto sea necesario; no pretendo juzgarlo, y además no puedo hacerlo; no razono sobre la guerra, me refiero a ella visceralmente, indignado por la cantidad de sangre derramada. El toro, ante cuyos ojos matan a toros como él, siente, seguramente, algo parecido… No comprende para qué sirve su muerte, y mira con ojos desorbitados la sangre, y brama desesperado con una voz que desgarra el alma.
  ¿Soy o no soy un cobarde?
   Hoy me han dicho que soy un cobarde. Bien es verdad que lo ha dicho una persona muy frívola, ante quien he expresado el temor de ser reclutado como soldado y mi noluntad de ir a la guerra. Su opinión no me ha afligido, pero me ha suscitado una cuestión: ¿no soy en efecto un cobarde? ¿Puede ser que toda mi indignación contra lo que los demás consideran un gran hecho de armas sea fruto de que temo por mi propio pellejo? ¿Merece realmente la pena preocuparse por una insignificante vida cualquiera cuando se está ante un gran asunto? En definitiva, ¿soy capaz de arriesgar mi vida por alguna causa?
   No he dedicado mucho tiempo a estas cuestiones. He rememorado toda mi vida, todas aquellas situaciones —en verdad no muchas— en las que me vi cara a cara con el peligro, y no he podido culparme de cobardía. No temía por mi vida entonces y no temo ahora. Así que no es la muerte lo que me asusta…
  Continuamente nuevas batallas, nuevas muertes y sufrimientos. Leído el periódico, no soy capaz de acometer nada: en el libro, en lugar de letras, hay tiradas hileras de personas; la pluma parece un arma que le hace al blanco papel negras heridas. Si sigo así, acabaré teniendo auténticas alucinaciones. Además, ahora me ha surgido una nueva preocupación que me distrae un poco de unos y otros pensamientos deprimentes.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2010, en traducción de Sara Gutiérrez. ISBN: 978-84-9378-183-5.]