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domingo, 26 de octubre de 2025

Ideas. Historia intelectual de la humanidad.- Peter Watson (1943)

21.- La mente "india": las ideas en el Nuevo Mundo

   «Desde el punto de vista de la historia de las ideas, el descubrimiento de América fue un acontecimiento trascendental porque los nuevos territorios supusieron un desafío para las ideas que los europeos albergaban sobre la geografía, la historia, la teología y la naturaleza humanas. Además, en la medida en que América se convirtió en una fuente de artículos para los que existía una demanda en Europa, el descubrimiento del Nuevo Mundo tuvo un importante significado económico y, por tanto, político. A principios de la década de 1560, el abogado parisino Étienne Pasquier escribía: "Es asombroso que nuestros autores clásicos desconocieran por completo esta América a la que llamamos Nuevo Mundo". "Esta América" no sólo estaba fuera de la experiencia de los europeos, sino que estaba mucho más allá de sus expectativas. Aunque resultaran lejanas y desconocidas para muchos, África y Asia no dejaban de ser continentes sobre los que Europa siempre había sabido. América, en cambio, era algo absolutamente inesperado y ello nos ayuda a entender por qué los europeos tardaron tanto en adaptarse a las nuevas noticias.
 Adaptación es la palabra clave. En un principio, como nos recuerda John Elliott, la noticia de que Colón había avistado tierra provocó enorme excitación en el viejo continente. "¡Levantad el espíritu..., escuchad el nuevo descubrimiento!", escribió el humanista italiano Pedro Mártir de Anglería en una carta al arzobispo de Granada, el 13 de septiembre de 1943. Cristóbal Colón, informaba, "ha regresado sano y salvo. Dice que ha encontrado cosas admirables: ostenta el oro como prueba de las minas de aquellas regiones". De Anglería continúa explicando que Colón ha encontrado "salvajes pacíficos", hombres "que iban desnudos y vivían de lo que les proporcionaba la naturaleza. Tenían reyes; peleaban entre sí con palos y con arcos y flechas y, aunque estaban desnudos, rivalizaban por el poder y se casaban. Adoraban a los cuerpos celestes, pero la exacta naturaleza de sus creencias religiosas era todavía desconocida".
 Una indicación del impacto inicial producido por los descubrimientos de Colón nos la proporciona el hecho de que su primera carta se imprimió nueve veces en 1493 (para finales de siglo el texto alcanzaba ya las veinte ediciones). El francés Louis Le Roy escribió: "No creáis que existe algo más honorable... que la invención de la imprenta y el descubrimiento del nuevo mundo; dos acontecimientos que siempre he pensado es posible comparar no sólo con la antigüedad sino con la inmortalidad". En 1552, en su Historia General de las Indias, Francisco López de Gómara (no siempre un cronista fiable) nos ofrece el veredicto más famosos sobre 1942: "La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que le creó, es el descubrimiento de Indias".
 Sin embargo, John Elliott nos advierte de que la historia tiene también otro lado y de que muchos de los escritores del siglo XVI fueron incapaces de apreciar la importancia histórica de lo que Colón había conseguido. Por ejemplo, Colón murió en Valladolid pero el hecho ni siquiera se menciona en la crónica de la ciudad. Colón sólo consiguió el estatus de héroe de forma muy lenta. Un centenar de años después de su muerte se escribieron en Italia algunos poemas sobre él, pero sólo hasta 1614 aparece como héroe en un drama español, El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón, de Lope de Vega.
 En un primer momento, el interés por el Nuevo Mundo se centraba en el oro que podía encontrarse en él y la enorme cantidad de almas que aguardaban a ser convertidas a la fe cristiana. En términos generales, los lectores de libros estaban más interesados en los turcos y en Asia que en América. Incluso en una fecha tan tardía como las últimas dos o tres décadas del siglo XVI, todavía se seguía pensando que el mundo tenía la misma configuración con que se lo describía en las cosmografías clásicas de Estrabón y Ptolomeo. (Colón parece haber empleado una versión publicada por Piccolomini en la década de 1480). En cierto sentido, el Renacimiento tiene en parte la culpa: gracias a los humanistas, lo antiguo se consideraba más valioso que lo nuevo.
 Los primeros hombres que viajaron al Nuevo Mundo eran soldados, clérigos, mercaderes y funcionarios con conocimientos jurídico y sobre ellos recayó inicialmente la tarea de comentar lo que veían. Un efecto de esto fue que se atendió más a la apariencia física de los nativos que al paisaje del nuevo continente. El mismo Colón se sintió algo decepcionado cuando contempló por primera vez a los habitantes de las Indias y comprobó que no eran en ningún sentido "monstruosos o físicamente anormales". Colón también señaló lo "pobres" que eran. Por otro lado, los nativos no eran ni moros ni negros, las dos razas con las que más familiarizada estaba la cristiandad medieval. ¿Cómo encajaban estos hombres en el relato bíblico? ¿Era posible acaso que el Nuevo Mundo fuera el Edén o el Paraíso? Todos los testimonios subrayan la inocencia, simplicidad, fertilidad y abundancia de los nativos, que iban desnudos sin sentir vergüenza alguna. Esta idea sedujo especialmente a ciertas figuras religiosas y a los humanistas. Aquellos miembros de las órdenes religiosas que se sentían desesperados o insatisfechos por el estado de la Iglesia europea vieron en el Nuevo Mundo una oportunidad de fundar de nuevo la primitiva iglesia de los apóstoles en un continente aún no corrompido por los vicios de la civilización europea.
 En 1607, el dominico español Gregorio García publicó una exposición muy completa de las distintas teorías que se habían propuesto para explicar el origen de los "indios" de América. Los europeos del siglo XVI creían en "un mundo planeado" al que había que incorporar América. Sin embargo, esto todavía dejaba muchas cosas por explicar. García defendía la idea de que el conocimiento que el hombre tenía "sobre un hecho dado" provenía de una de cuatro fuentes. Dos de éstas -la fe divina, tal y como se revelaba a través de las Escrituras, y la ciencia, que explicaba los fenómenos de acuerdo con sus causas- eran infalibles. El origen de los indios americanos planteaba un problema porque se trataba de algo que no aparecía en las Escrituras, "y el problema era demasiado reciente como para que existiese un caudal convincente de opiniones autorizadas".
 Si decidir cómo encajaba el Nuevo Mundo en el esquema de la historia esbozado en las Escrituras era una cuestión difícil de abordar, tanto exploradores como misioneros descubrieron que para evangelizar a los nativos era necesario tener algún conocimiento de sus costumbres y tradiciones y, por tanto, empezaron a indagar, con frecuencia con gran detalle, la historia de estos indígenas así como sus leyes hereditarias y de tenencia de la tierra, con lo que en cierto sentido dieron comienzo a la antropología aplicada.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2011, en traducción de Luis Noriega, pp. 699-702. ISBN: 978-84-7423-917-1.]

domingo, 30 de mayo de 2021

Balún Canán.- Rosario Castellanos (1925-1974)


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Segunda parte

VII

 «“Para la construcción elegimos un lugar, en lo alto de una colina. Bendito porque asiste al nacimiento del sol. Bendito porque lo rigen constelaciones favorables. Bendito porque en su entraña removida hallamos la raíz de una ceiba.
 Cavamos, herimos a nuestra madre, la tierra. Y para aplacar su boca que gemía, derramamos la sangre de un animal sacrificado: el gallo de fuertes espolones que goteaba por la herida del cuello.
 Habíamos dicho: será la obra de todos. He aquí nuestra obra, levantada con el don de cada uno. Aquí las mujeres vinieron a mostrar la forma de su amor, que es soterrado como los cimientos. Aquí los hombres trajeron la medida de su fuerza que es como el pilar que sostiene y como el dintel de piedra y como el muro ante el que retrocede la embestida del viento. Aquí los ancianos se descargaron de su ciencia, invisible como el espacio consagrado por la bóveda, verdadero como la bóveda misma.
 Ésta es nuestra casa. Aquí la memoria que perdimos vendrá a ser como la doncella rescatada a la turbulencia de los ríos. Y se sentará entre nosotros para adoctrinarnos. Y la escucharemos con reverencia. Y nuestros rostros resplandecerán como cuando da en ellos el alba”.
 De esta manera Felipe escribió, para los que vendrían, la construcción de la escuela.

VIII

 El día de Nuestra Señora de la Salud amaneció nublado. Desde el amanecer se escuchaba el tañido de la campana de la ermita, y sus puertas se abrieron de par en par. Entraban los indios trayendo las ofrendas: manojos de flores silvestres, medidas de copal, diezmos de las cosechas. Todo venía a ser depositado a los pies de la Virgen, casi invisible entre los anchos y numerosos pliegues de su vestido bordado con perlas falsas que resplandecían a la luz de los cirios. El ir y venir de los pies descalzos marchitaban la juncia esparcida en el suelo y cuyo aroma, cada vez más débil, ascendía confundido con el sudor de la multitud, con el agrio olor a leche de los recién nacidos y las emanaciones del aguardiente que se pegaba a los objetos, a las personas, al aire mismo. Otras imágenes de santos, envueltos a la manera de las momias, en metros y metros de yerbilla, se reclinaban contra la pared o se posaban en el suelo, mostrando una cabeza desproporcionadamente pequeña, la única parte de su cuerpo que los trapos no cubrían.
 Las mujeres, enroscadas en la tierra, mecían a la criatura chillona y sofocada bajo el rebozo, e iniciaban, en voz alta y acezante, un monólogo que al dirigirse a las imágenes que la tela maniataba y reducía a la impotencia, adquiría inflexiones ásperas como de reprensión, como de reproche ante el criado torpe, como de vencedor ante el vencido. Y luego las mujeres volvían el rostro humilde ante el nicho que aprisionaba la belleza de Nuestra Señora de la Salud. Las suplicantes desnudaban su miseria, sus sufrimientos, ante aquellos ojos esmaltados, inmóviles. Y su voz era entonces la del perro apaleado, la de la res separada brutalmente de su cría. A gritos solicitaban ayuda. En su dialecto, frecuentemente entreverado de palabras españolas, se quejaban del hambre, de la enfermedad, de las asechanzas armadas por los brujos. Hasta que, poco a poco, la voz iba siendo vencida por la fatiga, iba disminuyendo hasta convertirse en un murmullo ronco de agua que se abre paso entre las piedras. Y se hubiera creído que eran sollozos los espasmos repentinos que sacudían el pecho de aquellas mujeres si sus pupilas, tercamente fijas en el altar, no estuvieran veladas por una seca opacidad mineral.
 Los hombres entraban tambaleándose en la ermita y se arrodillaban al lado de sus mujeres. Con los brazos extendidos en cruz conservaban un equilibrio que su embriaguez hacía casi imposible y balbucían una oración confusa de lengua hinchada y palabras enemistadas entre sí. Lloraban estrepitosamente golpeándose la cabeza con los puños y después, agotados, vacíos como si se hubieran ido en una hemorragia, se derrumbaban en la inconsciencia. Roncando, proferían amenazas entre sueños. Entonces las mujeres se inclinaban hasta ellos, y, con la punta del rebozo, limpiaban el sudor que empapaba las sienes de los hombres y el viscoso hilillo de baba que escurría de las comisuras de su boca. Permanecían quietas, horas y horas, mirándolos dormir.
 No había testigo para estas ceremonias hechas a espaldas de la gente de la casa grande. Los patrones se hacían los desentendidos para no autorizar con su presencia un culto que el señor cura había condenado como idolátrico. Durante muchos años estos desahogos de los indios estuvieron prohibidos. Pero ahora que las relaciones entre César y los partidarios de Felipe eran tan hostiles, César no quiso empeorarlas imponiendo su voluntad en un asunto que, en lo íntimo, le era indiferente y que para los indios significaba la práctica de una costumbre inmemorial. Pero en la noche, que era cuando César asistía al rezo del último día de la novena, acompañado de toda la familia, ya no debería haber ni una huella de los acontecimientos diurnos. Las imágenes envueltas en yerbilla serían guardadas de nuevo en el  lugar oculto que era su morada durante todo el año. La juncia pisoteada se renovaría por cargas de juncia fresca. Y los cirios consumidos serían reemplazados por otros cirios de llama nueva, de pabilo intacto. Pero ahora, en el recinto de la ermita, los indios, momentáneamente libres de la tutela del amo, alzaban su oración bárbara, cumplían un rito ingenuo, mermada herencia de la paganía. Torpe gesto de alianza, de súplica, petición de tregua hecha por la criatura atemorizada ante la potencia invisible que lo envuelve todo como una red.
 Zoraida se paseaba, impaciente, por el corredor de la casa grande. De pronto se detuvo encarándose con César.
 -¿Esos indios van a estar aullando como batzes todo el santo día?
 César tardó, deliberadamente, unos minutos antes de desviar los ojos de la página del periódico que estaba leyendo por enésima vez. Respondió:
 -Es la costumbre.
Resultado de imagen de canan balun rosario castellanos -No. ¿Ya no te acuerdas? Los otros años se iban al monte, donde no los oyéramos, lejos. Pero ahora ya no nos respetan. Y tú tan tranquilo.
 -Conozco el sebo de mi ganado, Zoraida.
 -No se atreverían a hacer esto si Felipe no estuviera soliviantándolos.
 César suspiró como quien se resigna y dobló el periódico. El tono de Zoraida exigía más atención que la vaga y marginal que estaba concediéndole. Como para explicarle a un niño, y a un niño tonto, César contestó:
 -No podemos hacer nada. Estas cosas con, ¿cómo diré?, detalles. Te molestan. Pero si los acusas ante la autoridad no encontrarían delito.
 Zoraida enarcó las cejas en un gesto de sorpresa exagerada.
 -¡Ah, habías pensado recurrir ante la autoridad!
 Y luego, sarcástica:
 -Es la primera vez. Antes arreglabas tus asuntos tú solo.
 César azotó el periódico contra el suelo, irritado.
 -Tú lo has dicho: antes. Pero ¿no estás viendo cómo ha cambiado la situación? Si los indios se atreven a provocarnos es porque están dispuestos a todo. Quieren un pretexto para echársenos encima. Y yo no se lo voy a dar.
 Zoraida sonrió desdeñosamente. La intención de esta sonrisa no pasó inadvertida para César.
 -No me importa lo que opines. Yo sé lo que debo hacer. Y deja ya de moverte que me pones nervioso.
 Zoraida se detuvo, roja de humillación. César nunca se había permitido hablarle así. Y menos delante de los extraños. Su orgullo quería protestar, reivindicarse. Pero ya no se sentía segura de su poder delante de este hombre y el miedo a ponerse en ridículo la enmudeció.
 Matilde había asistido, con una creciente incomodidad, a la escena entre sus primos. Sin musitar siquiera una disculpa se puso en pie para marcharse. Ernesto la miró ir y casi dio un paso para seguirla. Pero la frialdad de Matilde lo paralizó. Ella no quería hablar con él. Había estado esquivándolo desde hacía días. Desde aquel día.
 -¿Qué piensas, Ernesto?
 La pregunta de César lo volvió bruscamente a la realidad. Alzó los hombros en un ambiguo ademán. Pero César no se conformó con esta respuesta y añadió:
 -Yo digo que hay que ser prudentes. Sólo a una mujer se le ocurre meterse de gato bravo.
 Zoraida fue hasta la silla que había desocupado Matilde y se sentó. Se arrugaría su vestido nuevo. Y esta certidumbre le produjo una amarga satisfacción.
 -Los prudentes parecen más bien miedosos.
 Ernesto lo dijo con malevolencia. Pero César apenas se irguió un poco para preguntar.
 -¿No saben las últimas novedades?
 Y luego, como los otros callaban:
 -Claro, encerrados aquí no pueden enterarse. Pero yo lo he visto cuando voy a campear. Los indios levantaron un jacal en la loma de los Horcones.
 -¿Para la escuela?
 -¿Y con qué permiso?
 Eran Ernesto y Zoraida arrebatándose el turno para hablar. A César le gustó el efecto que había producido con sus palabras y entonces volvió a reclinarse en la hamaca.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en edición de Dora Sales, pp. 236-241. ISBN: 84-376-2181-X.]

miércoles, 30 de octubre de 2019

En la Patagonia.- Bruce Chatwin (1940-1989)


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«Thomas Bridges fue un hombre menudo, enhiesto, que creía en la providencia divina y no temía el peligro. Como era huérfano, lo adoptó George Packenham Despard, clérigo de Notunhhamsihre y secretario de la Patagonian Mission Society, quien lo llevó consigo a las Falklands. Vivía allí cuando  Jemmy Buton asesinó a los misioneros. Más adelante, continuó la labor de éstos y se radicó en Tierra del Fuego, aunque visitaba esporádicamente Inglaterra. Hacia 1886, al ver que los indios desaparecían gradualmente, comprendió que los días de la misión estaban contados y como tenía que mantener una familia de siete personas y carecía de perspectivas en Inglaterra, le pidió al presidente Roca un título de propiedad sobre las tierras de Harberton. Este paso lo convirtió en un réprobo a juicio de los puritanos.
 El joven Thomas Bridges había tenido el oído y la paciencia necesarios para pasar mucho tiempo en compañía de un indio llamado George Okkoko y dominar la lengua de la que Darwin se había burlado. Para su sorpresa, descubrió una complejidad sintáctica y un vocabulario que nadie había sospechado que pudieran existir en un pueblo "primitivo". A los dieciocho años resolvió compilar un diccionario que lo ayudara a "inculcarles, a mi satisfacción y de manera convincente, el amor de Jesús". Esta tarea gigantesca distaba de estar completa cuando falleció en 1898. Había recogido unas treinta y dos mil palabras sin haber empezado a agotar las reservas de expresión de los indios.
 El Dictionary sobrevivió a los indios y se convirtió en un monumento a su memoria. Yo he hojeado el manuscrito original de Bridges en el Museo Británico y me complace imaginar cómo el clérigo, con los ojos enrojecidos a altas horas de la noche, llenaba con su letra muy fina el volumen de guardas estriadas azules, mientras el viento ululaba sobre la casa. Sabemos que desesperaba de encontrar en aquel laberinto de palabras concretas el vocabulario apropiado para expresar los conceptos abstractos del Evangelio. Sabemos también que no toleraba la superstición de los indígenas y que nunca intentó comprenderla: el asesinato de sus colegas estaba demasiado próximo. Los indios detectaron esta veta de intolerancia y le ocultaron sus convicciones más íntimas.
 El dilema de Briges es muy común. Al comprobar que las lenguas "primitivas" eran pobres en palabras destinadas a expresar conceptos morales, muchas personas supusieron que dichos conceptos no existían. Pero las nociones de "bueno" y "malo", esenciales para el pensamiento occidental, carecen de sentido si no están implantadas en elementos concretos. Los primeros individuos que hablaron una lengua cogieron la materia prima de su entorno y la cohesionaron en metáforas para sugerir ideas abstractas. La lengua yaghana -y por inferencia todas las otras- actúa como un sistema de navegación. Los objetos dotados de nombre son los puntos fijos, alienados o comparados, que permiten que la persona que habla planee su próximo movimiento. Si Bridges hubiera descubierto la gama de metáforas yaghanas, nunca habría completado su obra. Sin embargo, lo que ha perdurado nos permite resucitar la claridad del pensamiento yaghán.
 ¿Qué habremos de pensar de un pueblo que definía la "monotonía" como "la ausencia de amigos varones"? ¿O que, para referirse a la "depresión" empleaba la palabra que describía la fase vulnerable del ciclo estacional del cangrejo, cuando éste se desprende de su viejo caparazón  y espera que se desarrolle otro? ¿O que hizo derivar "holgazán" del nombre del pingüino austral cuyo grito recuerda el rebuzno del asno? ¿O "adúltero" del nombre del alcotán, un halcón que revolotea de un lado a otro, cerniéndose inmóvil sobre su próxima víctima?
 He aquí sólo unos pocos de sus sinónimos:
 Cellisca = Escamas de pescado
 Cardumen de sardinetas = Mucosidad viscosa 
 Maraña de árboles caídos que bloquean el paso = Hipo
 Combustible = Algo quemado = Cáncer
 Mejillones fuera de estación = Piel arrugada = Vejez
 Algunas de sus asociaciones escapan a mi comprensión: Piel de foca = Familiares de un hombre asesinado.
 Otras me parecieron oscuras y después se aclararon:  El deshielo (de nieve) = Una cicatriz = Enseñanza.
 El proceso lógico es el siguiente:
 La nieve cubría el suelo como la costra cubre una herida. Se derrite y deja una superficie suave, lisa (la cicatriz). El deshielo anuncia el clima primaveral. En primavera la gente se pone en movimiento y empiezan las lecciones.
 Otro ejemplo: Una ciénaga = Una herida mortal (o mortalmente herido).
 Las ciénagas de Tierra de Fuego son colchones apelmazados de musgo, que destilan agua. Su color es amarillo opaco con manchas rojizas, como el de una herida abierta que supurara pus y sangre. Las ciénagas cubren el suelo de los valles, tendidas a lo largo como un hombre herido.
 Los verbos ocupan el primer lugar en esta lengua. Los yaghanes tenían un verbo dramático para captar cada contracción de los músculos, cada acción posible de la naturaleza o el hombre. […]
 Los yaghanes eran nómadas por naturaleza, aunque rara vez iban lejos. […] Y su lengua refleja la obsesión propia de los marinos por el tiempo y el espacio. Porque si bien no contaban hasta cinco, definían los puntos cardinales con especificaciones minuciosas y detectaban los cambios estacionales como un cronómetro de alta precisión.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 2000, en traducción de Eduardo Goligorsky. ISBN: 84-8307-259-9.]

viernes, 14 de diciembre de 2018

Diario del Primer Viaje.- Fray Bartolomé de las Casas (1484 - 1566)

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Jueves, 11º de Octubre

«Navegó al Güesudueste. Tuvieron mucha mar, más que en todo el viaje avían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la caravela Pinta una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro y un pedaço de caña y otra yerva que naçe en tierra y una tablilla. Los de la caravela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado d'escaramojos. Con  estas señales respiraron y alegráronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, 27 leguas. Después del sol puesto, navegó a su primer camino al Güeste. Andarían doze millas cada ora, y hasta dos oras después de media noche andarían 90 millas, que son 22 leguas y media. Y porque la caravela Pinta era más velera e iva delante del Almirante, halló tierra y hizo las señas qu'el Almirante avía mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se dezía Rodrigo de Triana, puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre; aunque fue cosa tan çerrada que no quiso afirmar que fuese tierra, pero llamó a Pero Gutiérrez repostero d'estrados del Rey e díxole que pareçía lumbre, que mirasse él, y así lo hizo y vídola. Díxolo también a Rodrigo Sánchez de Segovia, qu'el Rey y la Reina enbiavan en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estava en lugar do la pudiese ver. Después qu'el Almirante lo dixo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alçava y levantava, lo cual a pocos pareçía ser indiçio de tierra; pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dixeron la Salve, que la acostumbran dezir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiziesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dixese primero que vía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes avían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos oras después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas y quedaron con el treo que es la vela grande, sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamava en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda y el Almirante salió a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinçón y Viceinte Anes, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la vandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una I, ençima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra y a Rodrigo d'Escobedo escribano de toda el armada, y a Rodrigo Sánches de Segovia, y dixo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomava, como de hecho tomó, possessión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores, haziendo las protestaçiones que se requirían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hizieron por escripto. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera navegaçión y descubrimiento d'estas Indias. "Yo", dize él, "porque nos tuviesen mucha amistad, porque cognosçí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra sancta fe con amor que no por fuerça, les di a alguno d'ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidro que se ponían al pescueço, y otras cosas muchas de poco valor, con que ovieron mucho plazer y quedaron tanto nuestros que eran maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocavan por otras cosas que nos les dávamos, como cuentezillas de vidro y cascaveles. En fin, todo tomavan y daban de aquello que tenían de buen voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mugeres, aunque no vide más de una farto moça, y todos los que yo vi eran todos mançebos, que ninguno vide de edad de más de XXX años, muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruessos cuasi como sedas de cola de cavallos e cortos. Los cabellos traen por ençima de las çejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. D'ellos se pintan de prieto, y d'ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y d'ellos se pintan de blanco y d'ellos de colorado y d'ellos de lo que fallan; y d'ellos se pintan las caras y d'ellos todo el cuerpo y d'ellos solo los ojos y d'ellos solo el nariz. Ellos no traen armas ni las cognosçen, porque les amostré espadas y las tomavan por el filo y se cortavan con ignorançia. No tienen algún fierro; sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas d'ellas tienen al cabo un diente de peçe y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vide algunos que tenían señales de feridas en sus cuerpos y les hize señas qué era aquello y ellos me amostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban acerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí e creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por captivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dizen todo lo que les dezía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo plaziendo a Nuestro Señor levaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que deprendan fablar. Ninguna bestia de ninguna manera vide, salvo papagayos en esta isla". Todas son palabras del Almirante.»
 
   [El texto pertenece a la obra "Cristóbal Colón. Textos y documentos completos", al cuidado de Consuelo Varela, en edición de Alianza Universidad, 1997. ISBN:84-206-2320-2.]
 

lunes, 27 de agosto de 2018

Vasco Núñez de Balboa o El tesoro del Dabaibe.- Octavio Méndez Pereira (1887-1954)


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XX.-Los indios y Balboa

«Cuando acabó de rezar el padre Vera, empezó a contar a los españoles, por ver si faltaba alguno. Aunque compasivo y caritativo con los indios, éstos le preocupaban menos, como que no conocían a Dios y no eran de la misma raza superior europea. 
 Iban llegando los pobres indios, uno tras de otro, en larga fila, silenciosos, abrumados bajo el peso de la carga y sin proferir una queja. Sentados sobre sus propias corvas, así esperaban inmóviles, el alma cerrada, nuevas instrucciones del jefe para la marcha o el descanso. Todos ellos consideraban a Balboa como a un ser superior. Lo veían siempre el primero abriendo paso con el hacha o la espada, el primero cuando había que atravesar un torrente o un abismo sobre el tronco de un árbol o echándose a nado; el primero cuando había que curar a un herido o infundirle ánimos a un desalentado. Para él no había diferencias de razas; para él no había tampoco peligros, fatigas ni hambres ni enfermedades ni desfallecimientos. Los espejismos del Mar del Sur lo atraían, sin duda, como el ojo fijo de una inmensa serpiente enroscada en un abismo. "Su brazo -como reconoce Quintana- era el más firme; su lanza la más fuerte; su flecha, la más inteligente y de mayor poder. Iguales a las dotes de su cuerpo eran las de su espíritu, siempre activo, de una penetración suma y de una tenacidad y constancia incontrastables...; todos se daban el parabién de la superioridad que en él reconocían."
 Ordenó ahora Balboa hacer un alto y acampar en este montículo desnudo de malezas. Por primera vez iban a pasar una noche sin los peligros de la selva espesa. Por precaución, sin embargo, se encendieron las hogueras contra las fieras y se montó la guardia acostumbrada, mientras se preparaba la comida y se acostaban a dormir.
 Apenas llegados habían cazado los indios, con ayuda de los perros, un venado de gran cornamenta, varios osos hormigueros, iguanas y conejos muletos, que ahora se aprestaban para asar casi con todas las entrañas.
 Era preciosa para los españoles esta conmovedora devoción y eficaz ayuda de los nativos, conocedores de todos los secretos de la selva. Eran ellos los que sacaban fuego frotando dos leños especiales de fácil combustión o sacando chispas de un pedernal que siempre llevaban consigo; eran ellos los que, cuando se abrasaban de sed los cristianos, y no era posible dar con un riachuelo o una fuente, sabían sacar agua fresca del árbol de la leche o de una caña que crece alrededor de los troncos de algunos árboles, o sabían treparse en las palmas para bajar el coco providencial, lleno de líquido sabroso y alimento nutritivo; eran ellos los que, en medio de las tinieblas, se colocaban animosos en la avanzada con un tronco de leño fosforescente en la espalda que brillaba como faro misterioso o en el laberinto de los bosques; eran ellos los que, golpeando el tronco sonoro de ciertos árboles, se comunicaban con otros indios de la selva como por telégrafo inalámbrico; eran ellos, en fin, los que conocían las cortezas o las hojas de las plantas que estancan la sangre o calman la sed y el hambre, o curan las fiebres y alivian los dolores de estómago; las hierbas que evitan la infección o la gangrena, refrescan las heridas, sirven de antídoto contra las picadas o mordeduras venenosas.
 ¡Cómo no había de tratarlos Balboa con cariño; cómo no había de oponerse, siempre que ello fuera posible, a usar de la fuerza contra ellos!
 Infatigables andarines, sin comer, sin beber, con sólo un puñado de hojas o de maíz en la chuspa, cuando descansaban de las jornadas o de los combates se convertían en unos contemplativos no igualados. Almas de abismo en sus vidas aquietadas, fijos los sentidos en la madre naturaleza, todo servía para llenarlos de misterio, para meterlos en lo huraño de sus espíritus medrosos. La fuerza y la dirección del viento, el retumbo del trueno que dilataba su eco quejumbroso en las serranías, el golpe luminoso del rayo, la Luna que se envuelve en sombras a mitad de su marcha, el ojo fijo de la lechuza, todo tenía para ellos un significado oculto y llenaba su alma de temores y presentimientos. Lo sufrían todo, mansos, resignados -hambre, sed, fatiga, palos, hasta la muerte-, y nadie les oía quejarse si no era rimando su esfuerzo con un canto monótono o por medio de sus flautas de cañas o huesos, que decían sus cuitas a los muertos, los antepasados soñadores y sufridos como ellos. Para éstos eran sus lágrimas ocultas, para éstos todas sus penas y sacrificios, para ellos su amor permanente, concretado en el culto de las momias y las tumbas. ¡La muerte! Ella, ella sola podía librarlos de la esclavitud y podía darles la dicha y el descanso que ahora buscaban inútilmente.»

 [El texto pertenece a la edición de la editorial Espasa-Calpe, 1975. ISBN: 84-239-0166-1.]

miércoles, 11 de julio de 2018

Primer viaje en torno del globo.- Antonio Pigafetta (1480-1534)


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Libro primero: Partida de Sevilla hasta la salida del estrecho de Magallanes

«13 de Diciembre.- Entramos en este puerto el día de Santa Lucía, 13 de diciembre.
 Estaba entonces a mediodía el Sol en nuestro cenit y sufrimos con el calor mucho más que al pasar la línea.
 La tierra del Brasil, abundante en toda clase de productos, es tan extensa como España, Francia e Italia juntas; pertenece al rey de Portugal.
 Los brasileños: Los brasileños no son cristianos, pero tampoco son idólatras, porque no adoran nada; el instinto natural es su única ley. Su longevidad: viven muchísimo tiempo; los viejos llegan ordinariamente hasta los ciento veinticinco años y, algunas veces, hasta los ciento cuarenta. Sus costumbres: van desnudos del todo, lo mismo las mujeres que los hombres. Sus casas: sus habitaciones consisten en anchurosas cabañas, a las que llaman boi, y se acuestan sobre mallas de hilo de algodón llamadas hamacas, colgadas por los dos extremos de gruesas vigas. La chimenea está en la tierra. Uno de estos bois alberga algunas veces hasta cien hombres con sus mujeres y niños y, por consecuencia, hay en ellos siempre mucho ruido. Sus barcos: los llaman canoas y están hechos de un tronco de árbol ahuecado por medio de una piedra cortante, usada en vez de las herramientas de hierro, de las cuales carecen. Son tan grandes estos árboles que en una sola canoa caben treinta y aun cuarenta hombres que bogan con remos parecidos a las palas de nuestros panaderos. Al verlos tan negros, desnudos completamente, sucios y calvos, se les hubiera tomado por marineros de la laguna Estigia.
 Antropófagos: los hombres y las mujeres son tan recios y están tan bien conformados como nosotros. Comen algunas veces carne humana, pero solamente la de sus enemigos. No es por apetito ni por gusto por lo que la comen sino por una costumbre que, según nos dijeron, empezó entre ellos de la manera siguiente: una vieja no tenía más que un hijo, que fue muerto por los enemigos; algún tiempo después el matador de su hijo fue hecho prisionero y conducido a su presencia; para vengarse, la madre se arrojó como una fiera sobre él y a bocados le destrozó la espalda; tuvo el prisionero la doble suerte de escapar de manos de la vieja y evadirse y de volver entre los suyos, a los cuales mostró las huellas de las dentelladas en la espalda, y les hizo creer (tal vez lo creyó él también) que los enemigos habían querido devorarle vivo. Para no ser menos feroces que los otros se determinaron a comerse de verdad a los enemigos que aprisionaban en los combates y los otros hicieron otro tanto; sin embargo, no se los comen en el campo de batalla ni vivos sino que los despedazan y los reparten entre los vencedores; cada uno se lleva la parte que le corresponde, la seca al humo y cada ocho días se come un pedazo asado. Esto me lo contó nuestro piloto Juan Carvajo, que había pasado cuatro años en el Brasil.
 Tinte y tatuaje: los brasileños, hombres y mujeres, se tiñen el cuerpo y sobre todo la cara de un modo extraño y de diferentes maneras. Tienen los cabellos cortos y lanudos, y no tienen pelo sobre ninguna parte del cuerpo, porque se depilan.
 Vestidos: llevan una especie de chaquetilla tejida con plumas de papagayo y dispuestas de forma que las plumas más grandes de las alas y de la cola forman un círculo sobre los riñones, lo cual les da una apariencia pintoresca y ridícula.
 Adorno de los labios: casi todos los hombres tienen el labio inferior horadado con tres agujeros, por los que pasan cilindros de piedra de dos pulgadas. Ni las mujeres ni los niños llevan este incómodo adorno. Añádase que van completamente desnudos por delante. Su color es más aceitunado que negro. Su rey se llama cacique.
 Hay en este país infinitos papagayos; por un espejito nos daban ocho o diez. También hay gatos monillos muy lindos, amarillos, parecidos a leoncitos.
 El pan: comen un pan blanco y redondo, que no nos gustó, hecho con la médula o con la albura que hay entre la corteza y la madera de cierto árbol y que tiene alguna semejanza con la leche cuajada.
 Animales: hay cerdos que nos parecieron tener el ombligo sobre la espalda y unos pájaros grandes cuyo pico parece una cuchara, pero que carecen de lengua.
 Libertinaje de las muchachas: algunas veces para conseguir un hacha o un cuchillo de cocina nos ofrecieron por esclavas una y aun dos de sus hijas. Castidad conyugal: pero no nos ofrecieron nunca a sus mujeres; además, no hubieran éstas consentido entregarse a otros hombres que no fuesen sus maridos porque, a pesar del libertinaje de las muchachas, su pudor es tal cuando están casadas que no toleran nunca que sus maridos las abracen durante el día. Están encargadas de los trabajos más penosos y se les ve frecuentemente bajar de la montaña con cestos colmados de carga sobre la cabeza; mas no van jamás solas; les acompañan sus maridos, que son muy celosos, armados, con las flechas en una mano y el arco en la otra. Armas: este arco es de madera del Brasil o de palmera negra. Si las mujeres tienen hijos, los llevan suspendidos del cuello por medio de una cuerda de algodón. Podría decir otras muchas cosas acerca de sus costumbres, pero las pasaré en silencio para no ser demasiado prolijo.
 Credulidad: estos pueblos son extremadamente crédulos y buenos y sería fácil convertirlos al cristianismo. La casualidad hizo que concibieran por nosotros veneración y respeto. Reinaba desde hacía dos meses una gran sequía en el país y como en el momento de nuestra llegada el cielo se desató en lluvia, la atribuyeron a nuestra presencia. Cuando desembarcamos para decir misa en tierra, asistieron en silencio y con aire de recogimiento y viendo que botábamos al mar nuestras chalupas, que estaban amarradas al costado del navío, o que le seguían, se imaginaron que eran los hijos del buque y que éste les alimentaba.
Robo extraño de una muchacha: el capitán general y yo fuimos un día testigos de una extraña aventura. Las jóvenes venían frecuentemente a bordo del navío a ofrecerse a los marineros, para obtener algún regalo; un día, una de las más bonitas subió, sin duda, con dicho objeto; pero habiendo visto un clavo de un dedo de largo, y creyendo que no la veían, lo agarró y se lo introdujo prestante entre los dos labios de sus partes naturales. ¿Quiso esconderlo? ¿Quiso adornarse? No lo pudimos adivinar.»
 
[El fragmento pertenece a la edición en español de Espasa Calpe. Cuarta edición: 30-X-1954.]