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miércoles, 3 de marzo de 2021

En torno a los orígenes de la revolución industrial.- Eric Hobsbawm (1917-2012)

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Primero: La crisis general de la economía europea en el siglo XVII
Las condiciones para la revolución industrial 

 «Debemos examinar ahora el problema específico del origen de la revolución industrial. La concentración y la redistribución pueden haber echado los cimientos del avance posterior, pero no explican por sí mismas su naturaleza precisa. Porque, si de ellas habría de surgir la industrialización, ésta tenía que producir dos formas singulares de expansión. Primero, tenía que fomentar las manufacturas en los países con base capitalista más fuerte y en escala suficiente para revolucionar (gradualmente) al resto del mundo. Segundo, tenía que establecer la supremacía de la producción sobre el consumo, lo cual constituye un requisito previo fundamental para la industria capitalista. […]

Las condiciones para la revolución industrial

 El segundo punto es igualmente evidente. Si la industria algodonera de 1760 hubiese dependido íntegramente de la demanda real de piezas de tela en ese momento; los ferrocarriles, de la demanda real de 1830; la industria automotriz de la de 1900, ninguna de estas industrias habría atravesado una revolución técnica. En cambio, podrían haberse desarrollado como la industria de la construcción, que fluctúa más o menos al mismo tiempo que la demanda real, estando a veces a la cabeza y a veces rezagada pero nunca, hasta el presente, impulsada al extremo de una verdadera conmoción técnica. La producción capitalista, por lo tanto, hubo de encontrar las maneras de crear sus propios mercados de expansión. Excepto en casos raros y localizados, es esto precisamente lo que ella no podía hacer dentro de una estructura feudal. En un sentido muy amplio, puede decirse que logró sus fines mediante la transformación de la estructura social. El mismo proceso que reorganizó la división social del trabajo, incrementó la proporción de trabajadores no agrícolas, diferenció al campesinado y creó las clases asalariadas, creó también hombres que dependían, para satisfacer sus necesidades, de las compras al contado. En una palabra, dio origen a los clientes para los productos. Pero quien examina la cuestión en esta forma es el investigador, no el empresario que decide revolucionar o no su producción. Además, no es de ninguna manera evidente que en estas primeras etapas la transformación social hubiese sido lo suficientemente vasta y rápida como para producir una expansión tan rápida de la demanda o —en todo caso— una posibilidad de expansión tan tentadora y cierta como para impulsar a los fabricantes hacia la revolución técnica. Ello es así en parte porque las "zonas desarrolladas" del siglo XVII y comienzos del XVIII eran todavía relativamente pequeñas y dispersas, y en parte porque la creación de condiciones para la producción capitalista crea mercados para sus productos, de muy diferentes maneras. En un extremo, tenemos países como los Estados Unidos, que habrían de desarrollar un fuerte mercado interno para sus manufacturas. En el otro —y éste era, por muchas razones, más probable durante nuestro período— tenemos países en los cuales la demanda per cápita de productos era extremadamente baja, al menos entre la masa de campesinos y trabajadores. Por lo tanto, si había de producirse una revolución industrial, cierto número de países o industrias debían operar dentro de una especie de "succión forzada" que avivara la codicia de los empresarios hasta el punto de la combustión espontánea.
 ¿Cómo se originó esta "succión forzada"? Pueden sugerirse las siguientes respuestas: Primero: como hemos visto, el comercio de todos los países estaba ampliamente concentrado directa o indirectamente, en manos de los más avanzados industrialmente. Segundo: estos países —sobre todo Inglaterra— generaron una amplia y expansiva demanda dentro de sus mercados locales. Tercero: (y quizás este hecho sea el más importante), un nuevo sistema colonial, basado principalmente en la economía de las plantaciones de esclavos, produjo su propia succión forzada especial, que probablemente fue decisiva para la industria británica del algodón, que fue la verdadera industria pionera. Es probable que estas tres respuestas sean esenciales. Lo que puede discutirse es cuál de ellas proporcionó el principal incentivo. Pero si lo que este artículo sostiene es correcto, esperamos encontrar signos de un cambio y un avance fundamentales en los mercados mundiales durante la última parte del siglo XVII,  pese a que éstos podrían ser más marcados en los mercados controlados por economías capitalistas "avanzadas" que en otros.

 Los mercados no desarrollados

Resultado de imagen de en torno a la revolucion industrial Poco es lo que sabemos acerca de los mercados internos (por ejemplo, la demanda de la masa de ciudadanos en una ciudad cualquiera), antes del siglo XX. Y sabemos menos aun acerca del fenómeno característico de la era moderna: el aumento de la demanda de productos y servicios nuevos como la radio (o en el período de que estamos ocupándonos, el tabaco, el te, el café o el chocolate), a diferencia de la demanda de productos nuevos destinados a satisfacer viejas necesidades, como las medias de nylon en lugar de las de seda (o, en el período que nos ocupa, el azúcar en lugar de los edulcorantes más antiguos). Fuera de esto, sólo con gran cautela podemos hablar de desarrollos de mercados. Sin embargo, es más improbable que la demanda aumentara considerablemente en la mayor parte de los países continentales, ni tan siquiera entre las confortables clases medias urbanas que eran los compradores más entusiastas de las manufacturas estandardizadas antes del siglo XIX. El té y el café siguieron siendo artículos de lujo hasta el siglo XVIII y la producción azucarera progresó lentamente entre 1630 y 1670. Había todavía una escasa demanda de cristal y alfarería en lugar del metal, aun entre las más prósperas familias de clase media. Los distritos suizos dedicados a la relojería no avanzaron a grandes pasos hasta el siglo XVIII. La venta al menudeo permaneció sin especializarse en muchas ciudades alemanas y, hasta mediados del siglo XVII, aun los parisienses obtenían más trigo de los granjeros que de los comerciantes. Puede haber habido un aumento del comercio rural al por menor a fines del siglo XVI, en los lugares donde las ciudades y los señores no lo impedían. No obstante, las quejas acerca del aumento de los buhoneros pueden indicar un debilitamiento de los monopolios de la ciudad antes que un aumento de las compras rurales en efectivo. De todos modos, el comercio rural, decayó durante la crisis. Es indudable que en nuestro siglo, Rennes y Dijon no eran ya los mercados que habían sido. Sólo pudo haber aumentado la demanda de ciertos productos, a menudo monopolizados por estados y señores y producidos por ellos: tabaco y alcohol. Sin embargo, si se hace un balance se advierte que la crisis puede haber favorecido muy poco el desenvolvimiento espontáneo de la industria capitalista para los mercados continentales internos. Pudo en cambio favorecer: a) la producción artesanal para una serie de mercados locales, lo cual retardó el progreso de la industria; b) el encarecimiento de manufacturas muy baratas, subproductos del ocio o de la opresión campesinas.
 El mercado más accesible en la mayoría de tales países era también el menos conveniente para el desarrollo capitalista, es decir, el de los estados y las aristocracias. Fue así que los condes Czernin prestaron al emperador cuatro millones de florines entre 1690 y 1724, pese a lo cual reservaron bastante para los gastos y construcciones más suntuosas. Pero nada de esto lubricó las ruedas de la industria con tanta eficacia como las compras de la clase media. Así, un Holstein Junker mediano, en 1690, empleaba a 45 lacayos y sirvientes, además de los siervos de la propiedad: más que la plana mayor del Duque de Bedford a mediados del siglo XVIII. Pero el futuro industrial no exigía una infinita disposición para mantener empleados a equipos de cocineros, estucadores o peluqueros, sino una demanda masiva.
 Parte de ello lo proveían los estados y aristocracias, aunque bastante ineficazmente. Primero, lo hicieron por medio de encargos directos para estandardizar el equipo y los uniformes del ejército —una innovación del siglo XVII— y otras cosas, similares. Probablemente, este hecho tuvo mayor importancia para las industrias del metal para las cuales, antes de la Revolución Industrial, la guerra era el principal cliente. Segundo: trasladaron el poder adquisitivo a clases con mayor propensión a comprar productos estandardizados, a los soldados, taberneros y tenderos que vivían de ellos, a los rentistas pequeños y medios y a la masa de empleados públicos, sirvientes y dependientes menores. En realidad, en muchas zonas las perspectivas de un buen mercado dependían en gran medida de la eficacia con que los valets robaban a sus amos. La mayoría de estos métodos hallaron expresión en la "gran ciudad", mercado mucho más eficaz para las mercancías que la ciudad pequeña o media, y dejaron de lado al villorrio miserable. En París o en Viena, pudo hacer su aparición un simulacro de mercado capitalista local, con una demanda masiva de alimentos, productos domésticos, tejidos de clase media, materiales de construcción, etc. —alentado por la concentración de la riqueza que se produjo durante el período de crisis— a pesar de que ello estimuló quizás una expansión semi-artesanal (como la del negocio de construcciones) y no una verdadera industria.
 Naturalmente, los estados absolutistas también proporcionaron el apoyo financiero, político y militar necesario para arriesgadas empresas comerciales tales como las guerras y las nuevas industrias, y actuaron como agentes para la transferencia de la riqueza acumulada, desde el campesinado y otras gentes, a los empresarios. Es posible -que ello pueda haber conducido a una satisfacción más eficaz de la demanda interna aunque, como sabemos, el principal esfuerzo de los estados mercantilistas continentales se orientó hacia las exportaciones (o hacia una combinación de varios mercados internos, los del país y los captados en otros países). Pero aun en esta tarea, los empresarios de los estados no desarrollados, aun, con el apoyo del estado, estaban en gran desventaja en comparación con los desarrollados, que eran quienes poseían realmente un mercado interno en crecimiento. Por lo tanto, en una parte de Europa la crisis del siglo XVIII, diferente de la de 1815-48, demostró su esterilidad económica. Al menos, las semillas sembradas entonces no germinaron hasta mucho más tarde.
 En las zonas marítimas, es indudable que los mercados nacionales crecieron considerablemente. En Inglaterra al menos, tienta considerar al siglo XVII como el período decisivo en la creación del mercado nacional.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Siglo Veintiuno Editores, 1988, en traducción de Ofelia Castillo y Enrique Tandeter, pp. 53-60. ISBN: 84-323-0325-9.]
 

domingo, 25 de octubre de 2020

Crónicas virtuales.- Margarita Rivière (1944-2015)

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4.-Ángeles con el culo al aire

  «En 1994 se puso de moda el sujetador maravilloso o wonderbra, obra cumbre del kistch de la ingeniería corsetera y la tecnología de la puntilla irrompible. Y se armó el mayor follón global desde la guerra del Golfo.
 Lo interesante del fenómeno no era, desde luego, que las tetas de las señoras pudieran crecer de forma inverosímil gracias a esta prótesis que no tenía nada de nuevo, sino que no hubo periódico, revista, televisión o escenario mediático que no dedicara tiempo, espacio, especialistas y generalistas, opinantes y sabios a glosar la maravilla. A mí aún me asombra.
 Con el wonderbra, los símbolos sexuales se ponían en el escenario cotidiano a todas horas, culminando una tendencia a la exhibición proporcionalmente igual al incremento de los "peligros" del sexo.
 Cuando se habla de "peligros" todo el mundo piensa en el sida, pero no resultaban menos novedosos los procesos legales, no sólo en los Estados Unidos, por algo llamado "acoso sexual", una figura no exclusiva de lo masculino; también ha habido mujeres "acosadoras". Los avances de la genética y de la biología, con la posibilidad de concebir hijos sin realizar el acto sexual, o de alquilar úteros y acudir a bancos de semen, enmarcaban la situación.
 Por un lado, los símbolos del sexo se ofrecían como objeto de consumo obligatoriamente asequibles, y por otro lado se mantenía su "culpabilidad": la esquizofrenia se reforzaba.
 Pero en el horizonte había algo más inquietante: la propia utilidad del sexo. Concebir hijos era ya, sin duda, un acto económico más: cualquiera en este mundo nuestro de privilegiados se planteaba cómo mantendría un hijo antes de engendrarlo. ¿Y el placer? ¿El sexo es placer? Eso fue lo que defendieron las generaciones de la revolución del 68 y del pop, la generación que creció entre la píldora y el sida, hijos aún de Freud. Unos ingenuos redomados.
 El ver al sexo como fuente casi única de placer, de felicidad, hizo florecer toneladas de literatura y controversia y generó toda una cultura que colocó el orgasmo en el centro de la vida, para bien y para mal. Lo cual desembocó, naturalmente, ¿cómo iba a ser de otra forma?, en la comercialización y mercantilización del orgasmo: el consumismo y el espectáculo se desarrollaron a imagen y semejanza del placer sexual. Ésa fue la verdadera utilidad del sexo.
 La compra y el voyeurismo/exhibicionismo tomaron el relevo como sucedáneos del placer humano y la felicidad en la cultura de masas desarrollada desde los setenta. Lo cual significaba que la frustración no provenía ya de una deficiente vida sexual -fue un triste e inmerecido adiós a Freud-, sino de la imposibilidad de acceder al consumo y al espectáculo.
 Que esta explosión mediática del wonderbra sucediera en un mundo habituado a orgasmarse con mercancías y ya resignado, tras la plaga del sida, a mirar mucho y tocar poco, que eso es a fin de cuentas la realidad virtual, marcó un verdadero hito en el caldo del papanatismo compartido entre la moda y los media. El caso del wonderbra tuvo la virtud de ser la expresión sintética del tópico de la nueva sensibilidad: mirar, exhibir, comprar, comunicar...
 Una revista, muy seria, de historia* incluso me pidió un artículo sobre el asunto. Así que la cuestión no debía ser menor. "Alguna razón debe de haber (para que todo sea wonderbra)", reflexionaba yo en ese artículo y citaba las siguientes:
 "El aburrimiento de la sociedad consumista es mayor del sospechado. A la gente le entretiene cualquier tontería". Si no es así, ¿cómo van a dedicarle tan carísimos tiempos y espacios los medios de comunicación? Luego se ha visto que justamente eso, aburrirnos con falsas novedades, es lo que más felices hace a los medios, con lo cual no es extraño que estén en crisis.
 "Falta de memoria posmoderna. Se ha olvidado que el auténtico wonderbra fue el de Brigitte Bardot, lanzado en 1969 bajo el escote de un vestidito a cuadros vichy: ¡aquello sí que tuvo mérito! Se trataba de competir con las tetas de las maggiorate italianas como Loren o Lollobrigida y con las de las pin-up norteamericanas tipo Monroe o Mansfield". Recordemos que las tetas femeninas entonces aún significaban cosas concretas: sexo, por ejemplo.
 "Con estos olvidos se confirma que nuestra cultura no inventa nada sino que es un perpetuo revival. ¿Qué otra cosa es Claudia Schiffer sino un remedo, tamaño teutón, de B.B.?" La gloria del sujetador maravilloso era precisamente la de la no invención, la ausencia de novedad y el simulacro de gran descubrimiento: una moda obligada por tanto, un tema de conservación inducido, igual que lo es el fútbol, por ejemplo.
 "Las tetas de las señoras siguen teniendo morbo", eso decía, ingenua de mí, "lo cual no es nada nuevo, y ya se sabía antes de la invención del sostén, en 1914, por una higienista norteamericana llamada Mary Jacobs. Posiblemente, en la época del sida se trata, otra vez, de mirar más que de tocar. El wonderbra, estímulo del voyeurismo, puede ser la piedra de escándalo que esperaban los neopuritanos, siempre dispuestos a rasgarse las vestiduras y confirmar lo malos que somos todos". El escándalo ha sido el vehículo más seguro para llamar la atención del mundo sobre cualquier cosa en la última década: el del wonderbra es un ejemplo de libro.
 "Lo obvio: el wonderbra mueve mucho dinero. Es un gran negocio porque el escándalo, hoy más que nunca, es negocio. Eso es lo que más interesa ahora a los medios de comunicación, por no decir lo único. La información es mercancía, producto que se cocina en la salsa del horror banal y rentable. Los periodistas son los sacerdotes de ese condimento en el que se mezcla el wonderbra con Ruanda, la corrupción y las teorías conspiratorias". Ningún periodista, ni yo misma, pudo resistir la imparable oleada del tema wonderbra.
Resultado de imagen de crónicas virtuales "La provocación feminista: el wonderbra sugiere el mensaje de que las señoras más vale que tengan tetas que cabeza. ¿Por qué no se pueden tener a la vez tetas y cabeza?" Operaciones globales como la del wonderbra han intentado, por todos los medios, que no se tuvieran ni tetas ni cabeza.
   "Puede haber más razones, pero hay una especialmente incordiante: la actual manía, rayana en la desfachatez, de dirigir gustos y pensamientos colectivos, como si unos cuantos se hubieran conchabado para decirnos lo que hay que hacer, de lo que hay que hablar, en qué hay que pensar. ¿Hay salvación posible fuera del wonderbra?"
 ¿Tuvo éxito el wonderbra? Mucho: un completo éxito mediático, instantáneo, momentáneo, fugaz. Todo el mundo habló de él durante cinco minutos al menos cinco días en todo el mundo occidental. ¿Llevaron las mujeres el wonderbra? ¿Exigieron los hombres que las mujeres llevaran wonderbra? Ni lo uno ni lo otro: el "sujetador maravilloso" entró de lleno en la feminidad más tópicamente femenina de nuestra época, la de los/las drag-queens que lo hicieron suyo, pero la mayoría de las mujeres lo ignoraron.
 Un broche de oro para la apoteósica carrera, comenzada hace casi un siglo, del sujetador, uno de los símbolos/fetiches del sexo en esta época  y un elemento tan definitorio de nuestra civilización como la bombilla.»
 
* L'Avenç, noviembre de 1994.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1998, pp. 61-66. ISBN: 84-339-0560-0.]
 

sábado, 11 de julio de 2020

Sueños de tierra y cielo.- Freeman Dyson (1923-2020)

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1.-Nuestro futuro biotecnológico
Tecnología verde

  «La domesticación de la biotecnología en la vida cotidiana puede ser también útil en la solución de problemas prácticos económicos y medioambientales. Una vez que una nueva generación de niños haya crecido, como ellos conocerán los juegos de biotecnología, igual que ahora nuestros nietos conocen los juegos de ordenador, la biotecnología ya no parecerá algo extraño y ajeno. En la era de la biología de código abierto, la magia de los genes será accesible a cualquier persona con la capacidad y la imaginación suficientes para utilizarla. La biotecnología tendrá vía libre para moverse en la corriente del desarrollo económico, para contribuir a resolver algunos de nuestros problemas sociales más acuciantes y para mejorar la condición humana en toda la Tierra. La biología de código abierto puede ser una herramienta poderosa que nos dé acceso a la abundante y barata energía solar.
 Una planta es una criatura que utiliza la energía de la luz solar para convertir agua, dióxido de carbono y otros elementos simples en raíces, hojas y flores. Para poder vivir, necesita recibir la luz solar, pero la utiliza con una baja eficiencia. Las plantas de cultivo más eficientes, como la caña de azúcar o el maíz, convierten el uno por ciento de la luz solar recibida en energía química. En cambio, los colectores solares artificiales hechos de silicio lo hacen mucho mejor. Las células solares de silicio pueden convertir la luz solar en energía eléctrica con una eficiencia de un quince por ciento, y la energía eléctrica puede convertirse en energía química sin mucha pérdida. Podemos imaginar que en el futuro, cuando hayamos dominado el arte de la ingeniería genética con plantas, produciremos nuevas plantas de cultivo que tengan hojas de silicio y sean capaces de convertir la luz solar en energía química de una manera diez veces más eficiente que las plantas naturales. Estas plantas de cultivo artificiales reducirán la superficie de terreno necesaria para la producción de biomasa en un factor de diez. Se parecerán a las plantas naturales excepto en sus hojas, que serán negras (el color del silicio) en lugar de verdes (el color de la clorofila). Sólo me pregunto cuánto tiempo nos llevará conseguir que crezcan plantas con hojas de silicio.
 Si la evolución natural de las plantas hubiera sido impulsada por la necesidad de una mayor eficiencia en el aprovechamiento de la luz solar, las hojas de todas las plantas serían negras. Las hojas negras absorberían la luz solar con mayor eficiencia que las de cualquier otro color. Obviamente, la evolución de las plantas se vio impulsada por otras necesidades, en particular por la de protegerse del sobrecalentamiento. Para una planta que crece en un clima cálido, es una ventaja reflejar tanto como le sea posible la luz solar que no utilice para su crecimiento. Como hay tanta, no es importante que la utilice con la máxima eficiencia. Las plantas han evolucionado con clorofila en sus hojas para absorber los útiles componentes rojo y azul de la luz solar y reflejar el verde. Por eso es razonable que las plantas de climas tropicales sean de color verde. Sin embargo, esta lógica no explica por qué las de climas fríos, donde la luz solar es escasa, son también verdes. Cabe imaginar que, en un lugar como Islandia, el sobrecalentamiento no sería un problema y las plantas con hojas negras, que utilizarían la luz del sol de manera más eficiente, tendrían una ventaja evolutiva. Por alguna razón que no comprendemos, nunca aparecieron plantas naturales con hojas negras. ¿Cuál es el motivo? Quizá no logremos entender por qué la naturaleza no tomó esta ruta hasta que la hayamos recorrido nosotros mismos.
 Después de haber explorado esta ruta hasta el final, cuando hayamos creado nuevos bosques de plantas de hojas negras que puedan utilizar la luz solar de manera diez veces más eficiente que las plantas naturales, nos enfrentaremos a un nuevo conjunto de problemas ambientales. ¿Quién estará autorizado a cultivar plantas de hojas negras? ¿Permanecerán éstas acotadas como variedades artificiales o invadirán y cambiarán para siempre la ecología natural? ¿Qué haremos con los residuos de silicio que estas plantas dejen tras de sí? ¿Seremos capaces de diseñar toda una ecología de microbios, hongos y lombrices que se alimenten de silicio para mantener las plantas de hojas negras en equilibrio con el resto de la naturaleza y poder reciclar ese silicio? El siglo XXI nos traerá nuevas y poderosas herramientas de ingeniería genética con las que manipular nuestros cultivos y nuestros bosques. Y con las nuevas herramientas surgirán nuevos interrogantes y nuevas responsabilidades.
 La pobreza es uno de los grandes males del mundo moderno. La falta de trabajo y de oportunidades económicas en las poblaciones pequeñas impulsa a millones de personas a emigrar de los pueblos a ciudades superpobladas. La continua emigración provoca enormes problemas sociales y medioambientales en las principales urbes de los países pobres. Los efectos de la pobreza son más visibles en las ciudades pero las causas se encuentran principalmente en los pueblos. Lo que el mundo necesita es una tecnología que ataje el problema de la pobreza rural de raíz, mediante la creación de riqueza y puestos de trabajo en los pueblos. Una tecnología que cree industrias y posibilidades de hacer carrera en las zonas rurales ofrecería a sus pobladores una alternativa práctica a la emigración. Se les daría la oportunidad de sobrevivir y prosperar sin sufrir desarraigo.
Sueños de tierra y cielo eBook: Dyson, Freeman: Amazon.es: Tienda ... El desequilibrio de riqueza y población entre los pueblos y las ciudades es uno de los principales hechos de la historia de la humanidad durante los últimos diez mil años. La emigración del campo a la urbe está sin duda asociada al tránsito de un tipo de tecnología a otro. Encuentro conveniente llamar "verde" y "gris" a los dos tipos de tecnología. Del adjetivo "verde" se han apropiado de manera abusiva diversos movimientos políticos, sobre todo en Europa, por lo que debo explicar claramente en qué pienso cuando hablo de verde y de gris. La tecnología verde se basa en la biología y la tecnología gris en la física y la química.
 En términos generales, la tecnología verde es la que dio origen a las comunidades rurales hace diez mil años con la domesticación de plantas y animales, la invención de la agricultura, la cría de cabras, ovejas, caballos, vacas y cerdos y la producción de tejidos, quesos y vinos. La tecnología gris es la que, cinco mil años más tarde, dio origen a las ciudades y a los imperios con la fundición del bronce y el hierro, la invención de los vehículos con ruedas y las carreteras pavimentadas, la construcción de barcos y carros de guerra, y la fabricación de espadas, armas de fuego y bombas. La tecnología gris produjo asimismo los arados de acero, los tractores, las cosechadoras y las plantas de procesamiento, que volvieron a la agricultura más productiva y transfirieron gran parte de la riqueza generada por los agricultores de los pueblos a las empresas radicadas en las ciudades.
 Durante los primeros cinco mil años de los diez mil de civilización humana, la riqueza y el poder pertenecieron a las poblaciones pequeñas con tecnología verde, y durante los cinco mil años siguientes, pertenecieron a las ciudades con tecnología gris. Desde hace unos quinientos años que la tecnología gris se ha vuelto cada vez más dominante pues aprendimos a construir máquinas que utilizan la energía del viento, el agua, el vapor y la electricidad. En los últimos cien años, la riqueza y el poder se han concentrado aún más en las ciudades conforme avanza la tecnología gris. A medida que las ciudades se hacen más ricas, la pobreza rural aumenta.
 Este bosquejo de los últimos diez mil años de historia human sitúa el problema de la pobreza rural en una nueva perspectiva. Si dicha pobreza es una consecuencia del crecimiento desequilibrado de la tecnología gris, es posible que un cambio en la balanza de gris a verde la haga desaparecer. Éste es mi sueño.»
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debate, 2017, en traducción de Joaquín Chamorro Mielke. ISBN: 978-84-9992-707-7.]

sábado, 4 de abril de 2020

Sobreproducción y subconsumo.- Jean Charles Leonard Simonde de Sismondi (1773-1842)


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V.-Estudios de economía política: De la organización económica de la sociedad humana (1838)

«Mientras los hombres trabajan  para satisfacer sus propias necesidades y sólo cambian entre sí las cosas superfluas, la utilidad es para ellos la verdadera medida de los valores, y el aumento en la cantidad de una cosa útil es un aumento indudable de la riqueza. El agricultor que se come su propio trigo nunca dudará en decir que es dos veces más rico con veinte sacos de trigo que con diez. Se hará más o menos las mismas cuentas aunque un año venda uno o dos sacos que le sobren de ese trigo, aunque sea a un precio inferior al que habría podido venderlos el año anterior. El ama de casa que hila y teje su propia tela también tendrá en cuenta que es dos veces más rica con veinte varas que con diez, aunque tenga que desprenderse de una o dos a un precio diferente. Éste era el estado primitivo y patriarcal de la sociedad; entonces existía el comercio pero no lo había absorbido todo; sólo se refería al excedente de producción de cada cual, y no a lo que constituía su existencia. Permitía que las riquezas conservaran su carácter esencial, el de satisfacer las necesidades humanas, y no impedía que, si aumentaban en cantidad, aumentara en igual medida su valor.
 Pero la condición de nuestro siglo, el carácter de nuestro progreso económico es que el comercio se ha hecho cargo de la totalidad de la riqueza que se produce anualmente, habiendo suprimido, por tanto, su carácter de valor de uso y dejando subsistir solamente el de valor de cambio. A medida que las profesiones y oficios han dado paso a las manufacturas, se ha dejado que el comercio sea quien distribuya la totalidad de sus productos; cuando las grandes fincas han substituido a las pequeñas, el consumo de sus productos por el agricultor se ha hecho tan pequeño en proporción a la cantidad que tiene que vender, que casi todo el fruto de la agricultura se ha convertido en parte de la riqueza comercial. Desde entonces, el valor de uso se ha esfumado tanto para el agricultor como para el industrial, quedando sólo su valor de cambio. Desde entonces, han sido víctimas, como lo han sido también los filósofos, de una ilusión muy natural: creían que aumentaba su producto cuando aumentaba su cantidad o su utilidad, pero, como su valor de cambio seguía siendo el mismo, no habían hecho realmente progreso alguno. El agricultor, y no sólo él sino la provincia entera, que perfeccionaba su cultivo y obtenía ocho por uno de trigo en vez de cuatro por uno, creía haber doblado su renta; sin embargo, no había cambiado nada, pues la cantidad que antes vendía por ocho escudos ahora sólo valía cuatro. Este chasco le parecía accidental; acusaba de ello al clima, al comercio extranjero, a la falta de protección por parte del gobierno; pero sólo debería acusar de ello a la naturaleza del comercio. Esta depreciación, debida a la abundancia de la producción, es aun más evidente en la industria. Cien varas de tela de algodón se venden hoy por un precio inferior al de diez varas hace treinta años. No debe pensarse que se ha decuplicado esa parte de la riqueza nacional; las diez varas de antaño eran iguales a las cien actuales. Si el valor de cambio no aumenta, para el comercio no cuenta en absoluto ese aumento de cantidad.
 Desde el momento en que el comercio se apoderó de todos los productos del trabajo humano, toda producción está subordinada a una única circunstancia importante como determinante de su valor: su venta o salida. Mientras están en manos del productor o del comerciante que los distribuye, los productos aún no son cantidades positivas, porciones alícuotas de la riqueza; lo único que determina su valor es su venta a quien necesita consumirlos y está en condiciones de dar a cambio una compensación superior a la que ha ofrecido cualquier otro. La venta les confiere su carácter de riqueza y, tal como nos esforzamos por mostrar en uno de nuestros primeros Ensayos, la venta no puede efectuarse de forma duradera sino mediante el intercambio del producto anual por la renta anual; es, por tanto, esta renta lo que a fin de cuentas determina el verdadero valor de las mercancías producidas anualmente, y si la cantidad de mercancías aumenta sin que lo haga también la renta por la que deben cambiarse, su valor no aumentará.
Sobreproduccion Y Subconsumo Claves para comprender la economía ... La verdadera función del comercio es intercambiar el producto social por la renta social, o bien el producto del género humano por su renta. Cuando se limita a esta distribución, presta servicios a todos cuantos realizan intercambios, por lo que merece una retribución, una ganancia comercial que no puede faltar. Pero es muy difícil que el comerciante tenga tal visión de conjunto y se forme una idea adecuada de sus funciones. En general, sólo piensa en apropiarse de la mayor cantidad posible de renta a cambio de los productos que tiene a su disposición. Cada productor busca vender más barato que sus colegas, atraer con esa baratura al comprador, con lo que otros no podrán vender. Desde ese momento, su actividad adquiere carácter de juego, no de comercio; su ganancia es aleatoria o se basa en la pérdida de otro, pero ya no es mercantil ni se basa en la ganancia de todos. Y la necesaria e inevitable consecuencia de que algunos vendan más barato es la sobreproducción de todos, la llegada al mercado de una cantidad de mercancías superior a las necesidades, que sólo se podrá vender con pérdidas. La sobreproducción es el azote del comercio, y en el estado actual de la sociedad, cuando todos los productos pasan por el comercio, cuando los demás valores han dado paso al valor de cambio, la sobreproducción es una de las grandes plagas de la humanidad.
 Esperamos que se vislumbre al menos la causa de los sufrimientos que afligen a la sociedad en los últimos tiempos, de las molestias y empobrecimiento reales que pueden coincidir con un aumento ostensible de las riquezas, la prosperidad de las cosas y la adversidad para las personas. Vista desde fuera, una producción superior a la renta por la que debe intercambiarse parece riqueza; la competencia entre los comerciantes por vender más barato que los demás da una imagen de actividad y prosperidad del comercio, cuando es probable que los aflija profundamente; y la sobreproducción, el más temible de los males para los productores, presenta todo el aspecto de la abundancia. Pero lo único que nos hemos propuesto aquí es contribuir a que se vislumbre la causa de este desengaño; a que presienta que lo que parecía una contradicción en los términos, la miseria que crece con la abundancia, puede ser algo real; a que tenga descanso el espíritu, que casi nunca presta atención si se ve conducido a resultados demasiado contrarios a sus ideas más básicas. Nos aprestamos a volver a temas más tangibles que exigen menos contención de espíritu. Cuantos más esfuerzos hacemos por llegar a una idea precisa de la riqueza y definir qué es el valor o el precio de cada cosa, más contradicciones encontramos en las definiciones precedentes, y más falaz nos parece su estudio: la riqueza sólo es algo si se la considera en relación con el hombre, es la expresión de la relación de las cosas con el hombre; pero la riqueza abstractamente considerada, sin relación con el hombre que la consume o que la produce, es una palabra vacía de contenido.
 No obstante, la ciencia que se conoce como Economía política, pero debería llamarse Crematística, tiene por objeto el estudio de la riqueza considerada abstractamente, el estudio de su naturaleza y de las causas de su crecimiento o destrucción. Nosotros reservamos el nombre de Economía política al estudio de la organización social del hombre en relación con las cosas, del hombre que consume la riqueza y el hombre que la produce; no es una cuestión terminológica, no basta con dar un sentido más amplio a la expresión economía política para incluir a la crematística; pensamos que ésta persigue una sombra sin realidad; y creemos que, de desengaño en desengaño, nos conduce a un objetivo contrario al que se propone.
 Todo el sistema de la crematística puede resumirse en dos palabras: para aumentar la riqueza, hay que producir mucho y producir barato. Proponerse producir mucho es o tener en cuenta la distinción entre valor de uso y valor de cambio; es a menudo aumentar la cantidad sin aumentar la riqueza; es, al impulsar el continuo desarrollo de la industria, atraer sobre la industria el más temible de los males, la sobreproducción. Producir barato es el segundo consejo de la crematística, que pierde de vista al hombre al perseguir la riqueza, y es un consejo más engañoso aún.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Maia Ediciones, 2011, en traducción de Diego Guerrero. ISBN: 978-84-92724-33-8.]

sábado, 28 de marzo de 2020

Filosofía de la situación.- Günther Anders (1902-1992)

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Diez tesis sobre Chernóbil (1986)

«Tesis 1: Empiezo con algo perfectamente actual. El verdadero peligro hoy consiste en la invisibilidad del peligro. Nadie es capaz de ser continuamente consciente de esta invisibilidad. Tal proyecto parece sobrepasarnos psíquicamente. Si queremos sobrevivir, debemos ejercitarnos en comprender lo invisible como si estuviera aquí, ante nosotros, y educar a nuestros semejantes en esta misma comprensión y en el miedo que implica. En ningún caso tenemos derecho a persuadirnos o a persuadir a otro de que la despreocupación es una prueba de soberanía. No sean locos, no elijan la despreocupación porque les parece más fácil y porque el plato radiado que les proponen a primera vista les parece más sabroso.
 Tesis 2: Sobre el pánico. Se nos ha llamado "sembradores del pánico" por hombres que consideran que la vieja consigna de Metternich: "La calma es el primer deber del ciudadano" es aún válida hoy. Sí, somos "sembradores de pánico" e incluso "sembradores de pánico profesionales". Porque el que ve el peligro en el pánico y no el peligro contra el que tratamos de advertir, el que tiene miedo de tener miedo, ése desnaturaliza la verdad y vuelve deliberadamente ciegos a los semejantes.
 Tesis 3: Burlarse del adjetivo "emocional", es hacer prueba de frialdad y de estupidez. Es evidente que reaccionamos de manera "emocional" frente a la catástrofe que nos amenaza y no nos avergonzamos de ello. Es de no reaccionar así de lo que deberíamos sentir vergüenza. El que no reacciona así y califica nuestra emoción de irracional, no sólo revela frialdad, sino estupidez.
 Tesis 4: Distinguir un uso bélico y un uso pacífico de la energía nuclear es loco y mentiroso. Puesto que sabemos que las centrales nucleares pretendidamente pacíficas han amenazado larga, constante y pesadamente, no sólo a los hombres, ni a la humanidad, sino a la vida sobre la tierra en su totalidad, su construcción y su utilización son peores que el uso bélico de la energía atómica: participan de un objetivo erostrático. Hoy, después de Chernóbil, en la medida en que más personas no pueden jugar a ser ignorantes, sus abogados han venido a cometer conscientemente un crimen. Este crimen no se llama solamente "genocidio" -¡vaya empleo del adverbio "solamente"!- sino "globocidio", destrucción del globo terráqueo. Los partidarios de la energía atómica, pero también y sobre todo de los de las fábricas de recuperación de desechos radiactivos y de los reactores, no son en nada mejores de lo que lo fue el presidente Truman, que hizo bombardear Hiroshima. Son incluso peores que él, porque la gente sabe hoy mucho más de lo que el ingenuo presidente podía saber en su época. Saben lo que hacen; él no sabía lo que hacía. Que nosotros, los hombres, perezcamos a causa de un misil nuclear o de una central supuestamente pacíficamente es absolutamente lo mismo. Los dos son igualmente mortíferos. Matar es matar. Muerto es muerto. Los que preconizan uno y los que preconizan el otro, los que minimizan los efectos de uno y los que minimizan los efectos del otro son iguales.
 Tesis 5: La ayuda es imposible. Los médicos han concluido racionalmente desde hace tiempo que todos los estudios que se han consagrado a los seguros médicos en caso de guerra atómica son bromas y engaños, que cualquier ayuda de los médicos, y con más razón toda curación, sería imposible en caso de catástrofe. Ayuda y curación serán imposibles porque ya no habrá enfermeras, ni pacientes que curar, ni medicamentos, ni hospitales, ni comida, resumiendo, nada. La afirmación de nuestros adversarios reaccionarios según la cual los "Médicos contra la guerra atómica", al difundir sus conclusiones, habrían faltado no solamente a su deber como hombres, sino también como médicos es a la vez ilógica, deshonesta e inhumana. Puesto que en caso de necesidad no podríamos ni ayudar ni salvar individuos, en lugar de eso, tenemos que tratar de salvar la existencia del mundo en su totalidad. Tenemos mucho más que hacer que todo lo que la Cruz Roja pudo hacer hasta ahora: debemos preocuparnos de hacer como si la Cruz Roja y los médicos de guerra se hubieran vuelto superfluos.
 Tesis 6: No somos "destructores de máquinas". El que nos califica de "destructores de máquinas" y de "enemigos del progreso" -y un líder sindical bastante conocido un día me llamó por esos nombres-, debemos burlarnos de él como de un idiota. Los destructores de máquinas del siglo XIX estaban indignados al ver que algo que querían producir manualmente como, por ejemplo, cordones, era ahora producido por máquinas. Hoy, juramos que no tenemos ningún interés ni ninguna necesidad de producir manualmente misiles. Ya no es al modo de producción a lo que nos oponemos, sino a la existencia de los productos mismos. Por lo tanto, hacernos ese reproche sería idiota. Pero allí donde nos oponemos al modo de producción, por ejemplo, al modo de producción de electricidad mediante energía nuclear, no es solamente porque los productos son peligrosos y mortales, sino porque su modo de producción es él mismo peligroso y mortal, y no son peligrosos sólo para aquéllos que los producen sino también, como lo prueba Chernóbil, para todos nuestros contemporáneos. Respecto al reproche según el cual no seríamos progresistas, afirmo (yo que siempre he estado clasificado con justicia entre los radicales) que podemos tirar el término "progresista" en el montón de palabras ya deterioradas del siglo pasado.
 Tesis 7: La industria nuclear es la respuesta al petróleo. El pánico que han orquestado desde hace una decena de años repitiendo que las reservas de la tierra iban a agotarse pronto y que en consecuencia pronto íbamos a estar peor iluminados -esta intimidatoria argumentación ha tenido un gran éxito- para justificar que no podíamos ni renunciar a producir energía nuclear ni dejar el proyecto para más adelante, este pánico organizado no era más que pura desinformación. Lo nuclear habrá sido, antes bien, la respuesta de Occidente al hecho de que Oriente Próximo fuera el principal propietario y proveedor del indispensable petróleo y, como tal, extremadamente poderoso. No querían depender económicamente ni políticamente de esas potencias. Al mismo tiempo que se introdujo la energía nuclear, se continuaba perforando y descubriendo petróleo: eso prueba que no se creía que las reservas de petróleo estuvieran agotadas. La baja del precio del petróleo sobrevenida varios años después prueba también que la teoría de los oscurantistas, según la cual el mundo estaba amenazado de ser sumergido en las tinieblas, era mentira. Si las perspectivas para el mundo son sombrías y si el porvenir parece poco luminoso, no es por el agotamiento del petróleo, sino por la victoria de la industria nuclear.
Filosofía de la situación / Günther Anders ; edición de César de ... Tesis 8: Revolución. Queridos amigos, no olvidemos que el verbo latino "revolvere" (de donde derivó más tarde el nombre "revolución") significó precisamente lo que tenemos que acometer hoy: hacer rodar hacia atrás, retroceder rodando. Vuelvan a sumergirse en sus diccionarios de latín, en su Stowasser; les confirmará lo que les digo. Que la revolución que debemos acometer consiste en hacer retroceder el desarrollo nuclear. Y ahora, algunas palabras sobre el terrorismo hoy. Los verdaderos terroristas de hoy son aquellos que continuamente aterrorizan al mundo amenazando con destruirlo. "Terror" significa "pavor". No es entre nosotros que se buscará y se encontrará a esos hombres que chantajean a la humanidad y le ofrecen a cambio la posibilidad de continuar existiendo. El terror nuclear comenzó el 6 de agosto de 1945. Aquellos que tengo en mente son los nihilistas de hoy, porque lo que se arriesgan a hacer es nihilizar, aniquilar el mundo. Ya han tomado la decisión de hacer cosas así: durante la guerra de Vietnam, con ayuda de un ordenador. Si el proyecto de eliminación del hombre contenido en esa decisión que compromete el destino de la humanidad no es nihilismo, entonces no comprendo lo que significa el término. Al contrario que esos hombres, nosotros somos hoy los verdaderos conservadores. Porque queremos salvaguardar la existencia del mundo y de la humanidad, la de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. En latín "salvaguardar" se dice "conservare". Queremos conservarlos.
 Tesis 9: Nuestra pretendida paz es una guerra. La fórmula forjada por Claussewitz hace casi ciento cincuenta años: "La guerra no es otra cosa que la continuación de la política por otros medios", tal como la enunció en su obra De la guerra, siempre citada equivocadamente, es hoy un puro sinsentido. Las instalaciones pacíficas, al contrario, no son otra cosa que la continuación de la amenaza militar haciendo intervenir otros medios, o para formularlo simplemente: la paz actual es la continuación de la guerra por otros medios. La expresión "guerra fría", que los norteamericanos utilizaron para designar la paz de los años cincuenta, pertenece ya a la historia. Si ya no es pertinente sino banal, confirma sin embargo vergonzosamente mis intenciones.
 Tesis 10: La cuestión decisiva. Estamos en peligro de muerte por actos de terrorismo perpetrados por hombres sin imaginación y analfabetos sentimentales que son hoy omni-potentes. El que crea que desde 1945, desde el ingenuo Truman, esos terroristas omnipotentes, esos altos funcionarios, no han actuado conforme a una racionalidad; el que crea poder hacer cambiar de opinión a esos hombres ofreciéndoles florecillas, multiplicando sus días de ayuno, poniendo sus manitas en otras manitas para hacer una cadena humana, o hablando con ellos de hombre a hombre, ése es un ingenuo porque ignora -poco importa que sea consciente o inconscientemente- los intereses de la industria militar. Además hay muchos hombres de buena voluntad entre nosotros que están interesados exclusivamente -en un gesto muy egocéntrico- por el hecho de seguir teniendo buena conciencia. No, nuestros deberes son más serios. Porque debemos molestar de verdad a esos obtusos omnipotentes que pueden decidir sobre el ser o no ser de la humanidad, tenemos que atarles las manos de verdad. En interés de los hombres de hoy y de los de mañana, no se deben dar órdenes como aquella a causa de la cual se aniquilaron Hiroshima y Nagasaki hace ahora cuarenta años. Tampoco tiene que haber tales órdenes ni la gente que las da. Y el que combate por principio la obstrucción tal como se practicó, por ejemplo en Wackersdorf, se vuelve naturalmente aún más cómplice. Queridos amigos, hace veintiocho años -como ya he recordado- formulé en Hiroshima el mismo lema: "Hiroshima está en todas partes", después lo convertí en el título de un libro. En esa época quería decir que cada punto de nuestra tierra podía ser alcanzado y aniquilado exactamente como Hiroshima. La situación actual es peor. Porque con un solo Hiroshima, poco importa dónde tenga lugar, poco importa que sea en Harrisburg, Chernóbil o Wackersdorf, y poco importa que suceda en tiempo de guerra o durante nuestra pretendida paz; con un solo Hiroshima, todos los demás lugares de nuestra bien amada tierra podrían convertirse conjuntamente en un inmenso Hiroshima, e incluso peor. Porque todos los lugares están unidos no solamente en el espacio, sino también en el tiempo y pueden así ser alcanzados y a lo mejor ya lo han sido. Si no actuamos hoy, es posible que nuestros nietos y nuestros biznietos perezcan con nosotros, por nosotros. Entonces nosotros, los hombres de hoy, y nuestros ancestros, finalmente no habremos existido jamás.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Los Libros de la Catarata, 2007, en traducción de Julia Gutiérrez Arconada y María Martín Bernal. ISBN: 978-84-8319-308-2.]