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domingo, 26 de octubre de 2025

Ideas. Historia intelectual de la humanidad.- Peter Watson (1943)

21.- La mente "india": las ideas en el Nuevo Mundo

   «Desde el punto de vista de la historia de las ideas, el descubrimiento de América fue un acontecimiento trascendental porque los nuevos territorios supusieron un desafío para las ideas que los europeos albergaban sobre la geografía, la historia, la teología y la naturaleza humanas. Además, en la medida en que América se convirtió en una fuente de artículos para los que existía una demanda en Europa, el descubrimiento del Nuevo Mundo tuvo un importante significado económico y, por tanto, político. A principios de la década de 1560, el abogado parisino Étienne Pasquier escribía: "Es asombroso que nuestros autores clásicos desconocieran por completo esta América a la que llamamos Nuevo Mundo". "Esta América" no sólo estaba fuera de la experiencia de los europeos, sino que estaba mucho más allá de sus expectativas. Aunque resultaran lejanas y desconocidas para muchos, África y Asia no dejaban de ser continentes sobre los que Europa siempre había sabido. América, en cambio, era algo absolutamente inesperado y ello nos ayuda a entender por qué los europeos tardaron tanto en adaptarse a las nuevas noticias.
 Adaptación es la palabra clave. En un principio, como nos recuerda John Elliott, la noticia de que Colón había avistado tierra provocó enorme excitación en el viejo continente. "¡Levantad el espíritu..., escuchad el nuevo descubrimiento!", escribió el humanista italiano Pedro Mártir de Anglería en una carta al arzobispo de Granada, el 13 de septiembre de 1943. Cristóbal Colón, informaba, "ha regresado sano y salvo. Dice que ha encontrado cosas admirables: ostenta el oro como prueba de las minas de aquellas regiones". De Anglería continúa explicando que Colón ha encontrado "salvajes pacíficos", hombres "que iban desnudos y vivían de lo que les proporcionaba la naturaleza. Tenían reyes; peleaban entre sí con palos y con arcos y flechas y, aunque estaban desnudos, rivalizaban por el poder y se casaban. Adoraban a los cuerpos celestes, pero la exacta naturaleza de sus creencias religiosas era todavía desconocida".
 Una indicación del impacto inicial producido por los descubrimientos de Colón nos la proporciona el hecho de que su primera carta se imprimió nueve veces en 1493 (para finales de siglo el texto alcanzaba ya las veinte ediciones). El francés Louis Le Roy escribió: "No creáis que existe algo más honorable... que la invención de la imprenta y el descubrimiento del nuevo mundo; dos acontecimientos que siempre he pensado es posible comparar no sólo con la antigüedad sino con la inmortalidad". En 1552, en su Historia General de las Indias, Francisco López de Gómara (no siempre un cronista fiable) nos ofrece el veredicto más famosos sobre 1942: "La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que le creó, es el descubrimiento de Indias".
 Sin embargo, John Elliott nos advierte de que la historia tiene también otro lado y de que muchos de los escritores del siglo XVI fueron incapaces de apreciar la importancia histórica de lo que Colón había conseguido. Por ejemplo, Colón murió en Valladolid pero el hecho ni siquiera se menciona en la crónica de la ciudad. Colón sólo consiguió el estatus de héroe de forma muy lenta. Un centenar de años después de su muerte se escribieron en Italia algunos poemas sobre él, pero sólo hasta 1614 aparece como héroe en un drama español, El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón, de Lope de Vega.
 En un primer momento, el interés por el Nuevo Mundo se centraba en el oro que podía encontrarse en él y la enorme cantidad de almas que aguardaban a ser convertidas a la fe cristiana. En términos generales, los lectores de libros estaban más interesados en los turcos y en Asia que en América. Incluso en una fecha tan tardía como las últimas dos o tres décadas del siglo XVI, todavía se seguía pensando que el mundo tenía la misma configuración con que se lo describía en las cosmografías clásicas de Estrabón y Ptolomeo. (Colón parece haber empleado una versión publicada por Piccolomini en la década de 1480). En cierto sentido, el Renacimiento tiene en parte la culpa: gracias a los humanistas, lo antiguo se consideraba más valioso que lo nuevo.
 Los primeros hombres que viajaron al Nuevo Mundo eran soldados, clérigos, mercaderes y funcionarios con conocimientos jurídico y sobre ellos recayó inicialmente la tarea de comentar lo que veían. Un efecto de esto fue que se atendió más a la apariencia física de los nativos que al paisaje del nuevo continente. El mismo Colón se sintió algo decepcionado cuando contempló por primera vez a los habitantes de las Indias y comprobó que no eran en ningún sentido "monstruosos o físicamente anormales". Colón también señaló lo "pobres" que eran. Por otro lado, los nativos no eran ni moros ni negros, las dos razas con las que más familiarizada estaba la cristiandad medieval. ¿Cómo encajaban estos hombres en el relato bíblico? ¿Era posible acaso que el Nuevo Mundo fuera el Edén o el Paraíso? Todos los testimonios subrayan la inocencia, simplicidad, fertilidad y abundancia de los nativos, que iban desnudos sin sentir vergüenza alguna. Esta idea sedujo especialmente a ciertas figuras religiosas y a los humanistas. Aquellos miembros de las órdenes religiosas que se sentían desesperados o insatisfechos por el estado de la Iglesia europea vieron en el Nuevo Mundo una oportunidad de fundar de nuevo la primitiva iglesia de los apóstoles en un continente aún no corrompido por los vicios de la civilización europea.
 En 1607, el dominico español Gregorio García publicó una exposición muy completa de las distintas teorías que se habían propuesto para explicar el origen de los "indios" de América. Los europeos del siglo XVI creían en "un mundo planeado" al que había que incorporar América. Sin embargo, esto todavía dejaba muchas cosas por explicar. García defendía la idea de que el conocimiento que el hombre tenía "sobre un hecho dado" provenía de una de cuatro fuentes. Dos de éstas -la fe divina, tal y como se revelaba a través de las Escrituras, y la ciencia, que explicaba los fenómenos de acuerdo con sus causas- eran infalibles. El origen de los indios americanos planteaba un problema porque se trataba de algo que no aparecía en las Escrituras, "y el problema era demasiado reciente como para que existiese un caudal convincente de opiniones autorizadas".
 Si decidir cómo encajaba el Nuevo Mundo en el esquema de la historia esbozado en las Escrituras era una cuestión difícil de abordar, tanto exploradores como misioneros descubrieron que para evangelizar a los nativos era necesario tener algún conocimiento de sus costumbres y tradiciones y, por tanto, empezaron a indagar, con frecuencia con gran detalle, la historia de estos indígenas así como sus leyes hereditarias y de tenencia de la tierra, con lo que en cierto sentido dieron comienzo a la antropología aplicada.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2011, en traducción de Luis Noriega, pp. 699-702. ISBN: 978-84-7423-917-1.]

jueves, 4 de julio de 2019

Principios de economía política y tributación.- David Ricardo (1772-1823)


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Capítulo I: Sobre el valor

«Si encontráramos que una onza de oro puede cambiarse por una menor cantidad de todos los bienes antes enumerados, y de muchos otros, y si, además, advirtiéramos que mediante el descubrimiento de una nueva mina más fructífera, o con el empleo de maquinaria más ventajosa, una cierta cantidad de oro podría obtenerse con menor cantidad de trabajo, estaríamos autorizados para decir que la causa de la alteración del valor del oro con respecto a los demás bienes, fue la mayor facilidad de su producción o la menor cantidad de trabajo necesario para obtenerlo.
 Análogamente, si el valor del trabajo se reduce considerablemente, en relación con todas las demás cosas, y si encuentro que la reducción es el resultado de una oferta abundante, estimulada por la mayor facilidad con que se producen los cereales y demás productos indispensables del trabajador, sería correcto decir, a mi juicio, que los cereales y otros artículos necesarios tienen un valor más bajo debido a la menor cantidad de trabajo necesario para producirlos, y que esa mayor facilidad para subvenir al sostenimiento del trabajador ocasionó una disminución del valor del trabajo. No, dicen Adam Smith y el Sr. Malthus, en el caso del oro estaba usted en lo cierto al decir que su variación significaba una reducción de su valor, ya que entonces los cereales y el trabajo no habían sufrido variaciones, y como el oro podría cambiarse por una menor cantidad de ellos, así como de todas las demás cosas, que antes, era correcto decir que todas las cosas habían permanecido invariables y que sólo el oro había variado; pero si bajan de precio los cereales y el trabajo, es decir, los bienes que hemos seleccionado como medida normal del valor a pesar de todas las variaciones a las que, como sabemos, se hallan sujetos, sería sumamente incorrecto decir lo mismo; lo adecuado sería señalar que los cereales y el trabajo permanecieron estacionarios y todas las demás cosas aumentaron de valor.
 Impugno ahora esta opinión. Advierto que precisamente, como en el caso del oro, la causa de la variación entre los cereales y otras cosas es la menor cantidad de trabajo necesario para producirlos; por tanto, en buena lógica, me veo obligado a llamar a esa variación de los cereales y del trabajo reducción de su valor, y no elevación del valor de las cosas con las cuales fueron comparados. Si tuviera que contratar un trabajador por una semana, y en vez de pagarle diez chelines le diera ocho, no habiendo ocurrido ninguna variación en el valor del dinero, el trabajador podría obtener probablemente más alimentos y productos necesarios, con sus ocho chelines, que antes con diez: sin embargo, esto no se debe a un incremento real de su salario, como mencionaron Adam Smith, y más recientemente el Sr. Malthus, sino a una disminución del valor de las cosas en que gasta su salario, cosa totalmente distinta; empero, si llamo a esto reducción del valor real de los salarios, se me dice que adopto un lenguaje nuevo e inusitado, irreconciliable con los verdaderos principios de la ciencia. En mi opinión el lenguaje inusitado que es, además, incongruente, es el que usan mis antagonistas.
 Supongamos que un trabajador reciba un bushel de cereales en pago de una semana de labor, cuando el precio de los cereales es de 80s el cuartal y que se le dé un bushel y cuarto cuando el precio de dicho producto desciende a 40s. Supongamos también que consume medio bushel de cereales a la semana para la alimentación de su familia, y que cambia el resto por otras cosas tales como combustible, jabón, candelas, té, azúcar, sal, etc.; si las tres cuartas partes del bushel que le quedan, en un caso, no pueden procurarle la misma cantidad de los artículos antes señalados, que medio bushel le brindaría en otro caso, el valor del trabajo, ¿habrá aumentado o disminuido? Aumentado, diría Adam Smith, ya que su norma son los cereales, y el trabajador percibe más cereales por una semana de labor. Disminuido, diría el mismo Adam Smith "porque el valor de una cosa depende del poder adquisitivo que para lograr otros bienes brinda la posesión de dicha cosa", y la mano de obra tiene menor poder para adquirir dichos otros bienes.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 1993, en traducción de Juan Broc B., Nelly Wolff y Julio Estrada M. ISBN: 958-9093-58-2.]
 

lunes, 1 de julio de 2019

Satiricón.- Petronio (c. 14/27 - 65)


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«48.-Trimalción, con rostro afable, se volvió a nosotros y dijo:
 -El vino, si no os agrada, lo cambio; sois vosotros los que debéis darlo por bueno. Gracias a los dioses no lo compro; que ahora todo lo de boca me nace en una finca que todavía no he visto. Dicen que confina por un lado con Terracina y por otro con Tarento. Ahora quiero unir Sicilia a mis tierruchas para, cuando me dé la gana de ir a África, navegar por propiedades mías. Pero cuéntame tú, Agamenón, ¿qué tipo de controversia has declamado hoy? Yo, aunque no actúo en los tribunales, he aprendido, sin embargo, letras para andar por casa. Y para que no pienses que me fastidian los estudios: tengo dos bibliotecas, una griega y otra latina. Hazme, pues, el favor de decirme la perístasis de tu declamación.
 Dijo Agamenón:
 -Un pobre y un rico se llevaban muy mal...
 Interrumpió Trimalción:
 -¿Qué es un pobre?
 -Muy agudo -dijo Agamenón, y expuso no sé qué tema de controversia.
 Al punto, Trimalción:
 -Esto, si es un sucedido no es una controversia; si no ha sucedido, no es nada.
 Estas y otras salidas las acogimos con elogios más que desbordados.
 -Por favor, Agamenón, amigo mío -dijo Trimalción-, ¿quizá recuerdas los doce trabajos de Hércules, o la leyenda de Ulises cuando aquello de que el Cíclope le dislocó el pulgar con un hueso de puerco? Solía yo de muchacho leer esos episodios en Homero. Pues lo que es la Sibila, de veras que en Cumas la vi yo mismo con mis propios ojos colgada dentro de una jaula; y cuando los muchachos le preguntaban: "Sibila, ¿qué quieres?", respondía ella: "Quiero morir".
 49.-Aún no había acabado de soltar todas esas lindezas cuando un bandejón con un cerdo enorme llenó toda la mesa. Nos maravillamos de la rapidez y juramos que ni un gallo siquiera podría haberse guisado bien en tan corto tiempo; y tanto más porque el puerco nos parecía mucho mayor que el jabalí de poco antes. Entonces, Trimalción, clavando su vista más y más en él, dijo:
 -Pero, ¿cómo? ¿Este puerco no está vaciado? Por Hércules, que no. Llama, llama al cocinero y que venga a mi presencia.
 Se presentó el cocinero ante la mesa, compungido, y dijo que se había olvidado de vaciarlo.
 -¿Cómo? ¿Olvidado? -chilló Trimalción-. Se podría pensar que lo que olvidó fue echarle pimienta y comino. Desnudadlo.
 No pasó un segundo y ya había sido desnudado el cocinero; allí está, abatido, entre dos verdugos. Pero todos empezaron a suplicar y decir:
 -Pasa a veces. Por favor, déjalo. Si lo llegara a hacer otra vez, ninguno de nosotros pedirá por él.
 Yo, de una severidad más que inhumana, no pude contenerme; inclinándome al oído de Agamenón le susurré:
 -Realmente debe ser un esclavo muy zote: ¿podría alguien olvidarse de vaciar un puerco? Por Hércules que yo no le perdonaría con que hubiese dejado así un pez.
 En cambio, Trimalción no fue tan duro, y abriendo su rostro en una carcajada:
 -Pues bien -dijo-, ya que eres de tan mala memoria, vacíalo aquí, ante nosotros.
 Recuperada la túnica, el cocinero empuñó el cuchillo y rajó el vientre del puerco acá y allá con mano indecisa. Al punto, de los cortes que se agrandaban por sí solos por la presión del peso, se derramaron salchichas y morcillas.
 50.-Después de este prodigio toda la servidumbre rompió a aplaudir y gritó:
 -¡Viva Gayo!
 El cocinero fue honrado con un trago y con una corona de plata, el vaso se lo presentaron en una bandeja de Corinto. Agamenón la examinó atentamente muy de cerca, y entonces dijo Trimalción:
 -¡Soy el único que tiene verdaderos corintios!
 Esperaba yo que de conformidad con su insolencia anterior dijera que le llevaban la vajilla desde Corinto. Pero él con una salida mejor nos dijo:
 -Y quizás quieras saber por qué soy el único en poseer legítimos corintios; pues porque el broncista a quien se los compro se llama Corinto. Y ¿qué puede ser corintio sino lo que sale de Corinto? Y no me tengáis por un paleto: sé pero que muy bien cómo comenzaron los bronces de Corinto. Cuando fue tomada Troya, Aníbal, tipo taimado y gran lagartón, todas las estatuas de bronce y de oro y de plata las amontonó en una hoguera y les prendió fuego; se hicieron una sola masa amalgamada. Y de esta masa cogieron los artesanos e hicieron platos y fuentes y figuritas. Así nacieron los bronces de Corinto, de todos los metales mezclados, ni uno ni otro. Perdonadme lo que voy a decir: yo prefiero para mí las cosas de cristal ya que, por lo menos, no huelen. Y si no se rompieran, incluso las preferiría al mismo oro; pero la realidad es que andan por el suelo.
 51.-El caso es que hubo un artesano que hizo una taza de cristal que no se quebraba. Fue admitido a la presencia del César con su obsequio; luego hizo como que la alargaba al César y la tiró contra el suelo. El emperador se asustó hasta donde no cabía más. Pero él recogió la taza de tierra: estaba abollada como una vasija de bronce. Luego sacó de su cintura un pequeño martillo y arregló lindamente con toda facilidad la taza. Con esto creía que había tocado las campanillas a Júpiter, especialmente luego que el emperador le dijo:
 -¿Hay alguien más que sepa el secreto de fabricación de estos cristales?
 ¡Fijaos un momento! En cuanto dijo que no, el César mandó que fuese degollado: porque si la cosa se supiera, tendríamos el oro a la altura del betún.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Manuel Díaz y Díaz. ISBN: 84-7530-146-0.]
 

viernes, 16 de noviembre de 2018

Cartas de la conquista de México.- Hernán Cortés (1485-1547)


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Carta cuarta, que don Hernando Cortés, gobernador y capitán general, por su majestad, en la Nueva España del mar Océano, envió al muy alto y muy potentísimo, invictísimo señor don Carlos, emperador augusto y rey de España, nuestro señor  

«De los dichos oficiales y de otras personas que en su compañía vinieron, y por algunas cartas que desos reinados me han escrito, he sabido que las cosas que yo a vuestra cesárea majestad envié con Antonio de Quiñones y Alonso de Ávila, que fueron por procuradores desta Nueva España, no llegaron ante su real presencia porque fueron tomados por los franceses, a causa del mal recado que los de la casa de la contratación de Sevilla enviaron para que los acompañase desde las islas de los Azores; y aunque por ser todas las cosas que iban tan ricas y extrañas que deseaba yo mucho que vuestra majestad las viera, porque demás del servicio que con ellas vuestra alteza recibía mis servicios fueran más manifiestos, me ha pesado mucho; mas también he holgado que las llevasen, porque a vuestra majestad harán poca falta y yo trabajaré de enviar otras muy más ricas y extrañas, según tengo nuevas de algunas provincias que ahora he enviado a conquistar y de otras que enviaré muy presto teniendo gente para ello; y los franceses y los otros príncipes a quien aquellas cosas fueren notorias conocerán por ellas la razón que tienen de se sujetar a la imperial corona de vuestra cesárea majestad, pues demás de los muchos y grandes reinos y señoríos que en esas partes vuestra alteza tiene, destas tan divisas y apartadas, yo, el menor de sus vasallos, tanto y tales servicios le puedo hacer: y para principio de mi ofrecimiento, envío ahora con Diego de Soto, criado mío, ciertas cosillas que entonces quedaron por desecho y por dignas de acompañar a las otras, y algunas que después acá yo he hecho, que aunque, como digo, quedaron por desechadas, tienen algún parecer con ellas; envío asimismo una culebrina de plata, que entró en la fundición della veinte y cuatro quintales y dos arrobas, [...] pero por ser una cosa tan rica y tan de ver, y digna de ir ante tan alto y excelentísimo príncipe, me puse a lo trabajar y gastar; suplico a vuestra cesárea majestad reciba mi pequeño servicio, teniéndole en tanto cuanto la grandeza de mi voluntad para le hacer mayor, si pudiera merecer; porque aunque estaba adeudado, como a vuestra alteza arriba digo, me quise adeudar en más, deseando que vuestra majestad conozca el deseo que de servir tengo; porque he sido tan mal dichoso, que hasta ahora he tenido tantas contradicciones ante vuestra alteza que no han dado lugar a que este mi deseo se manifestase. 
 Asimismo envío a vuestra sacra majestad sesenta mil pesos de oro de lo que ha pertenecido a sus reales rentas, como vuestra alteza verá por la cuenta que dello los oficiales y yo enviamos, y hemos tenido atrevimiento a enviar tanta suma junta, así por la necesidad que acá se nos representa que vuestra majestad debe tener con las guerras y otras cosas, como porque vuestra majestad no tenga en mucho la pérdida de lo pasado, y después desto se enviará cada vez que hubiere aparejo todo lo más que yo pudiere; y crea vuestra sacra majestad que, según las cosas van enhiladas y por estas partes se ensanchan los reinos y señoríos de vuestra alteza, que tendrá en ellas más seguras rentas y sin costa que en ninguno de todos sus reinos y señoríos, si no se nos ofrecen algunos embarazos de los que hasta ahora aquí se nos han ofrecido. Digo esto porque habrá dos días que Gonzalo de Salazar, factor de vuestra alteza, llegó al puerto de San Juan desta Nueva España, del cual he sabido que en la isla de Cuba, por donde pasó, le dijeron que Diego Velázquez, teniente de almirante en ella, había tenido formas con el capitán Cristóbal Dolid, que yo envié a poblar las Higueras en nombre de vuestra majestad, y que se había concertado que se alzaría con la tierra por el dicho Diego Velázquez; aunque, por ser el caso tan feo y tan en deservicio de vuestra majestad, yo no lo puedo creer, aunque por otra parte lo creo, conociendo las mañas que el dicho Diego Velázquez siempre ha querido tener para me dañar y estorbar que no sirva; porque cuando otra cosa no puede hacer, trabaja que no pase gente en estas partes; y como manda aquella isla, prende a los que van de acá que por allí pasan y les hace muchas opresiones, y tómales mucho de lo que llevan, y después hace probanzas con ellos porque les dé libres, y por verse libres dél hacen y dicen todo lo que quiere; yo me informaré de la verdad, y si hallo ser así, pienso enviar por el dicho Diego Velázquez y prenderle, y preso, enviarle a vuestra majestad; porque cortando la raíz de todos los males, que es este hombre, todas las otras ramas se secarán y yo podré más libremente efectuar mis servicios comenzados y los que pienso comenzar.
 Todas las veces que a vuestra sacra majestad he escrito he dicho a vuestra alteza el aparejo que hay en algunos de los naturales destas partes para se convertir a nuestra santa fe católica y ser cristianos; y he enviado a suplicar a vuestra cesárea majestad, para ello, mandase proveer de personas religiosas de buena vida y ejemplo. Y porque hasta agora han venido muy pocos, o cuasi ningunos, y es cierto que harían grandísimo fruto, lo torno a traer a la memoria a vuestra alteza, y le suplico lo mande proveer con toda brevedad, porque dellos Dios Nuestro Señor será muy servido y se cumplirá el deseo que vuestra alteza en este caso, como católico, tiene. [...] y porque para hacer órdenes y bendecir iglesias y ornamentos y óleo y crisma y otras cosas, no habiendo obispos, sería dificultoso ir a buscar el remedio dellas a otras partes, asimismo vuestra majestad debe suplicar a Su Santidad que conceda su poder y sean sus subdelegados en estas partes las dos personas principales de religiosos que a estas partes vinieron, uno de la Orden de San Francisco y otro de la Orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderes que vuestra majestad pudiere; porque por ser estas tierras tan apartadas de la iglesia romana y los cristianos que en ellas residimos y residieron tan lejos de los remedios de nuestras conciencias, y como humanos, tan sujetos a pecado, hay necesidad que en esto Su Santidad con nosotros se extienda en dar a estas personas muy largos poderes; y los tales poderes sucedan en las personas que siempre residían en estas partes, que sea en el general que fuere en estas tierras o en el provincial de cada una destas Órdenes.»
 
    [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Sarpe, 1985. ISBN: 84-7291-737-1 (tomo 1)]

sábado, 17 de febrero de 2018

Empezando la vida: memorias de una infancia en Marruecos (1914-1920).- Carmen Conde (1907-1996)


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Mi padre no es capitán

«Si todos los recuerdos penosos se dijeran sin pensar en la opinión de quien los escucha, el corazón se iría aliviando de sus miserias hasta quedarse limpio y ligero, alado corazón para anidar en las ramas del Árbol de Dios. Porque yo quiero ir realzando el mío digo todo lo distante, y ahora, esto que me aflige hasta después de razonarlo con generosidad.
  Mis amigas eran numerosas y se pasaban la vida diciéndose las unas a las otras sus listas de comodidades.
  -¿Qué es tu padre? El mío es comandante y tenemos dos asistentes.
  -El mío es teniente.
  -El mío, coronel.
  De pronto, a mí: -¿Y el tuyo: qué es tu padre?
  Sin pensarlo; dije: -Mi padre, capitán.
  Yo era imaginativa, acaso orgullosa, y experimenté un absurdo rubor de confesar que mi padre no solamente no era militar, ni siquiera comerciante. Así, pues, sin detenerme a pensar, contesté rápidamente:
  -¿Mi padre? Es capitán.       
  Se miraron las niñas, dudosas; una, lista, dijo:
  -¿Y ese que viene a tu casa, de paisano?
  Ya lanzada, ¿cómo retroceder? Repuse:
  -Es mi tío. Mi padre está en el campo.
  (El “campo” en Marruecos era donde estaban los campamentos, las posiciones frente al enemigo.)
  -¿Y vive con vosotras tu tío?
  -Sí.
  -¡Pues nunca viene tu padre!
  -No tiene permiso.
  Y ya no hablamos más de aquello. Mi corazón no sufrió temores; ni torturas por la enorme mentira dicha; era una edad la mía tan poblada de imaginaciones, que no lograba distinguirlas de la realidad; y así, muchas eran las veces en que preguntaba a mi madre:
  -Dime, mamá; "eso"... (cualquier detalle) ¿es verdad o lo he inventado yo? -por lo cual ella tenía siempre como una obligación más la de velar por la autenticidad de mis ideas.
  ¿Quién contó a Masanto, mi amiga hebrea, la conversación con las niñas de militares? Probablemente alguna a la que no convenció mi respuesta. Pero Masanto no tardó en ir a decírselo a mi propia madre. Debió ser en un día muy raro, en el que ésta no me habló en muchas horas. A la noche siguiente, cenando, mi padre estaba serio, triste... Quise yo alegrarlo sin duda y le pedí que me llevara de paseo; o quizá le pediría otra cosa; no recuerdo mi tentativa; sí su contestación:
  -No puedo hacerlo; cuando baje tu padre, el capitán del campo, que lo haga.
  Estaban serios los dos, mi madre y él; debí ponerme roja, quedarme medio muerta de miedo y de vergüenza súbitos, aunque todavía no se me alcanzaba todo el mal de mi embuste.
  -¿Tan mal te parezco, hija mía, que niegas que soy tu padre? Yo no hablaba; mis manos se agarraban a la mesa, frías y crispadas.
  -Soy un trabajador ahora; pero lo mismo que hasta hace bien poco, cuando tú naciste y bien después, tenía coches, caballos y dinero, puedo volver a tenerlos. Por eso no se niega a un padre.
  Su voz era triste, amarga, y todo él dolía como una llaga inmensa. Intervino, airada e incapaz de contenerse más tiempo, mi madre:
  -¿No te da vergüenza haber dicho tú ese disparate? ¡Que tu padre es capitán y que está en el campo! ¡Que el que viene a tu casa es tu tío! Y todo el mundo ve que vivimos los tres solos, que tenemos él y yo la misma alcoba, el que tú dices que es hermano de tu padre. ¿En qué situación me has puesto, hija mía? ¿Qué dirán las madres de esas niñas, de mí?...
  ¿Qué decían, Santo Dios? Yo no entendía ya nada; en mis oídos zumbaba la sangre tumultuosa, y un yelo mortal me envolvía en sus paños mojados. Implacable seguía mi madre, la más fuerte para castigarme siempre que lo merecía, que era con excesiva frecuencia.
  -Tu padre trabaja en un oficio muy digno y muy bonito; sus manos sólo se manchan de oro; viste mejor que esos capitanes, y, además, ¡es tu padre!
  Ya no oía yo nada; comprendía la brutalidad de mis palabras y una pena infinita me empezó a sangrar basta hacerme llorar a mares.
  -¡Yo no sabía que era tan malo decirlo! ¡Yo estaba fastidiada de que presumieran conmigo y por eso fue que lo dije!; ¡pero yo no sabía que era tan malo!
  Lloraba; lloraba; mis ojos siempre secos, incapaces de una lágrima nunca, pasara lo que pasare, eran dos fuentes desbaratadas.
  Mi padre comprendió antes que mi madre, y me perdonó:
  -No llores más, anda; si ya vemos que todo fue culpa de lo fácilmente que sabes mentir.
  Y mi madre: -¡Prométeme que irás a esas niñas y les dirás que las engañaste! ¡Prométeme que no volverás a mentir!
  Prometí, ¿cómo no? Fui a las niñas, deshice el fatal equívoco; se rieron de mi orgullo, justicieramente. No volví a mentir. No he vuelto a mentir. No volveré a mentir.
  Hubo un tiempo en que mi padre fue obrero, sí. Mi padre no era capitán.
Las manos de mi padre
  A partir de aquel día, comenzó una nueva era de mi pensamiento. Las palabras de mi madre. “¡A tu padre sólo se le manchan de oro las manos!”, me impresionaron fuertemente. Todos los padres de mis amigas sufrieron la inspección de mi nueva crítica.
  -¿Tu padre es tendero? ¡Se manchará de grasa! ¿Tu padre es albañil? ¡Se pondrá sucio de cemento! ¿Tu padre es cirujano? ¡Cómo se untará de enfermedades! -y, seguido: -Mi padre sólo toca oro, que es lo más rico del mundo. El oficio de mi padre es precioso.
  -¿Qué es tu padre?
  -Joyero.
  -¡Ah!
  Un exceso de orgullo reemplazó el silencio de antaño, por las mismas razones sin razón: el quehacer paterno, sostén de nuestras vidas, que era preciso exhibir ante la exhibición ajena. Y me dediqué a observar a mi padre cuando trabajaba, a indagar los accidentes de su trabajo; ¡quizá laboraba el subconsciente para reparar el pasado!
  Bajo mis ojos curiosos desfilaron las etapas del oficio. Desde la llegada del oro al taller, hasta su sabida transformación en joya. Primero, las hermosas monedas de oro se doblaban a fuerza de martillazos; luego se fundían en el crisol, con su aleación correspondiente. De allí, después de hervir alegremente, ¡como un verdadero rayo de sol líquido!, pasaba al molde donde, al enfriarse, se ennegrecía; convertido en barritas ya se le trabajaba de distintos modos, según su destino. Era delicioso verle, por ejemplo, adelgazarse a través de los consecutivos ojos de las hileras, hasta ser un hilo finísimo, útil para hacer los eslabones de cadenas, pulseras... O, cuando pasando por aquel rodillo se iba extendiendo en lámina cada vez más fina con destino a ser trabajada como chapa.
  ¡Qué firme el pelo de la cegueta, cortándola después!
  Y los martillazos de la forja sobre el yunque, cuando eran sortijas de sello las que se hacían, (¡aquellas horrorosas sortijas de sello que han ido llevando, cada día más bastas y más feas, todas las escalas sociales del mundo!).
  Y el clavado de los brillantes y demás piedras preciosas: las garritas enhiestas, el cincelito sobre cada una de ellas, y la mano con el martillo: tas, tas, tas, tas..., doblándolas para que protegieran al prisionero de tanto precio.
  Una de las cosas más bonitas era el soldado a soplete. Sobre un taco de madera recubierto de una capa de amianto, se colocaba la joya rota, con su soldadura ya preparada. A ella se dirigía la llama que desde la mecha de una candileja de alcohol se soplaba con un tubo curvo o recto casi. Mientras se soplaba no se podía respirar por la boca, so pena de tragarse la llama ágil, gruesa o delgada, afilada como la lengua de un áspid; o ancha como la de un animalote ordinario. Después se limpiaba la soldadura y se frotaba con unas unturas de piedra pómez y de trípoli -ésta, de rojizo color oscuro-, que olía a alcohol, y que se daban por medio de madejas sujetas a la mesa del pulimento. La joya, al final, brillaba sin vahos gracias a la caricia final de las gamuzas.
  -Papá -comenzaba mi interrogatorio. -El oro, ¿es lo mejor del mundo?
  Él trabajaba con verdadero primor: sobre el cajón de su mesa, abierto, que estaba forrado de cinc caían las limaduras menudísimas del precioso metal. Cuando iba a tocar otra cosa, antes se cepillaba delicadamente los dedos con unos cepillos suaves de pelo largo muy delgado... Aquellas limaduras se recogían después (la «limalla») y se agregaban al material de la nueva fundición.
  -Eso cree la gente -me respondía-; pero yo, no. ¡Ya ves qué negro y qué feo se pone cuando lo sacamos del crisol!
  -¡Sí que sale negro, pero luego brilla mucho!
  -Gracias al trabajo.
  -¿Y los brillantes, qué?
  -¡Bah! Trozos de carbón muy puro que arden que da gusto.
  -¿Arden?
  Mi padre se reía con ironía, y se encogía de hombros. Yo no sabía nunca si exageraba, si me engañaba para desacreditarme las joyas. Lo cierto es que yo no llevaba encima alhajas, que las desdeñaba profundamente.
  Para mí era un momento mágico aquél en que veía traer del Banco largos paquetes de monedas de oro, o de barritas del mismo metal.
  Las primeras caían dobladas bajo la violencia del martillo para transformarse luego en todos los fenómenos que me sabía de memoria.
  -Este es el oro, ya lo ves; una cosa que tiene el valor que quieran darle los hombres. Pero todo, gracias al trabajo. Si no se trabajara, ¿qué valdría él solo? A mí, salvo para hacer joyas que nos den lo suficiente para vivir, no me importa nada el oro.
  Cierto que sí. Mi madre me lo aseguraba constantemente:
  -Hija, tu padre no conoce el ahorro, no sabe lo que es el día de mañana. (¡Había que ver la entonación que daba mi madre a ese plazo de tiempo que se llama “el día de mañana”!). Cuando tiene dinero está deseando gastárselo, repartirlo. Eso está bien cuando uno no tiene hijos, pero cuando se tienen hay que mirar por ellos. ¡Si él me hubiera hecho caso a mí!...
  Esto picaba mi interés.
  -¿Qué hubiera hecho, mamá?
  Ella abría sus ojos negros y dulces, tan honrados, y exclamaba:
  -¡Pues muy sencillo! (Mi madre decía “muy sencillo”, con su acento ligeramente andaluz.) No habría quitado el “negosio”, sino despedido a la mayor parte de los que le estafaban, quedándose con dos o tres de “confiansa”. Él, para dirigir; y yo, ayudándole. ¡Hubiéramos sacado adelante las ruinas! Pero se empeñó en que todos comerían de él hasta el final, y... -aquí un largo suspiro-, así estamos. Menos mal que él tenía un oficio muy bonito, que le hicieron aprender sus tutores (¡otros tales!), cuando se quedó huérfano y propicio al saqueo de sus bienes. Al cabo de veinte años ha tenido que cogerse al oficio otra vez. Pero, ¿y tú, que podrías disfrutar de tantas comodidades? ¿Qué tendrás tú que hacer el día de mañana?
  -Mamá, ¿qué es “el día de mañana”?
  Se reía entonces ella mostrando su magnífica dentadura blanca, y toda su cara morena era un canto de salud y de esperanza. ¡Qué joven era mi madre!
  -¿Tampoco lo comprendes tú, verdad? Pues, hija; el día de mañana es... es “después”. ¿Entiendes? Cuando uno se cansa de trabajar porque está enfermo, o viejo, hay que tener algo que le permita vivir sin sacrificar a nadie.
  Intenté que me explicara mi padre aquello, no muy claro para mí. Pero él se encogió de hombros, indiferente, tardando en contestarme. Luego me miró como si quisiera calar mi alma futura.
  -Eso son cosas de tu madre, seguro, que siempre está barruntando dificultades. Mira; mi madre se murió cuando yo tenía nueve años, y mi padre, de melancolía, cuando aun no había cumplido yo los trece. Éramos muchos hermanos, y yo el menor. Una hermana de mi madre y su marido fueron los albaceas; y con tal honradez cumplieron su deber que a poco estábamos todos en la ruina. Me pusieron a trabajar de joyero; mis primeros maestros fueron buenos conmigo y aprendí pronto el oficio. Me casé con tu madre a los diecinueve años, ella tenía quince y poco más; aunque luchando y sufriendo mucho, nunca nos hemos quedado sin comer.
  Interrumpía mi madre, fogosa de palabra y muy locuaz:
  -¡Bueno, bueno; pero la nena es diferente! ¡Le vendría muy bien tener asegurado su porvenir!
  Él se indignaba sinceramente:
  -¿Para qué; para encontrar un marido que buscara mis ahorros? ¡Vamos, mujer! Lo principal que le dejaré, (y mi madre: -“lo único, dirás”) es un nombre, muy limpio y muy digno. Que aprenda a llevarlo bien, y el resto... Con estas manos yo he ido abriéndonos camino. Que trabaje ella también y que llegue a donde pueda o a donde merezca llegar, ¡Y no me canses a mí más con “el día de mañana”!
  Así, cobraban nuevo interés las manos de mi padre. Ya, implícitas en ellas, crecerían las mías.
  Cuando año después empecé a emplearlas en el trabajo, (¿te acuerdas, padre, allá desde tu desconocido país presente?), y uniéndolas al pensamiento fui abriéndonos paso más firme en la vida, un día le dije:
  -Gracias, padre, por no haber mirado por mi porvenir. ¡Qué estúpida es la vida a cubierto de las angustias económicas! ¡El esfuerzo mío, del cual estoy tan orgullosa, me vale más aún que la propia vida!
  En cuanto a mis manos...
  Mi padre sabe que son tan puras, tan dignas, que sólo el trabajo y la belleza las han retenido entre las suyas.»
 
 [El extracto pertenece a la edición de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]
 

martes, 19 de diciembre de 2017

"Un viejo que leía novelas de amor".- Luis Sepúlveda (1949)


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Capítulo sexto

«Luego de comer los sabrosos camarones, el viejo limpió prolijamente su placa dental y la guardó envuelta en el pañuelo. Acto seguido, despejó la mesa, arrojó los restos de comida por la ventana, abrió una botella de Frontera y se decidió por una de las novelas.
 Lo rodeaba la lluvia por todas partes y el día le entregaba una intimidad inigualable.
 La novela empezaba bien.
 "Paul la besó ardorosamente en tanto el gondolero, cómplice de las aventuras de su amigo, simulaba mirar en otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos."
 Leyó el pasaje varias veces, en voz alta.
 ¿Qué demonios serían las góndolas?
 Se deslizaban por los canales. Debía tratarse de botes o canoas y, en cuanto a Paul, quedaba claro que no se trataba de un tipo decente, ya que besaba "ardorosamente" a la niña en presencia de un amigo, y cómplice por añadidura.
 Le gustó el comienzo.
 Le pareció muy acertado que el autor definiera a los malos con claridad desde el principio. De esa manera se evitaban complicaciones y simpatías inmerecidas.
 Y en cuanto a besar, ¿cómo decía?, "ardorosamente". ¿Cómo diablos se haría eso?
 Recordó haber besado muy pocas veces a Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo. A lo mejor en una de esas contadas ocasiones lo hizo así, ardorosamente, como el Paul de la novela, pero sin saberlo. En todo caso, fueron muy pocos besos porque la mujer, o respondía con ataques de risa, o señalaba que podía ser pecado.
 Besar ardorosamente. Besar. Recién descubrió que lo había hecho muy pocas veces y nada más que con su mujer, porque entre los shuar besar era una costumbre desconocida.
 Entre hombres y mujeres existían las caricias, por todo el cuerpo, y no les importaba si había otras personas. En el momento del amor tampoco besaban. Las mujeres preferían sentarse encima del hombre argumentando que en esa posición sentían más el amor, y por lo tanto los anents que acompañaban el acto resultaban mucho más sentidos.
 No. Los shuar no besaban.
 Recordó también cómo, en una oportunidad, vio a un buscador de oro tumbando a una jíbara, una pobre mujer que deambulaba entre los colonos y los aventureros implorando por un buche de aguardiente. El que tuviera ganas la arrinconaba y la poseía. La pobre mujer, embrutecida por el alcohol, no se daba cuenta de lo que hacían por ella. Esa vez, el aventurero la montó sobre la arena y le buscó la boca con la suya.
 La mujer reaccionó como una bestia. Desmontó al hombre, le lanzó un puñado de arena a los ojos y se largó a vomitar con un asco indisimulable.
 Si en eso consistía besar ardorosamente, entonces el Paul de la novela no era más que un puerco.
 Al caer la hora de la siesta había leído y reflexionado unas cuatro páginas, y estaba molesto ante su incapacidad de imaginar Venecia con los rasgos adjudicados a otras ciudades también descubiertas en novelas.
 Al parecer, en Venecia las calles estaban anegadas y, por eso, las gentes precisaban movilizarse en góndolas.
 Las góndolas. La palabra "góndola" consiguió seducirlo finalmente y pensó en llamar así a su canoa. La Góndola del Nangaritza.
 En medio de tales pensamientos lo envolvió el sopor de las dos de la tarde y se tendió en la hamaca sonriendo socarronamente al imaginar personas que abrían las puertas de sus casas y caían a un río apenas daban el primer paso.
 Por la tarde, luego de darse una nueva panzada de camarones, se dispuso a continuar la lectura y se aprestaba a hacerlo cuando un griterío lo distrajo obligándolo a asomar la cabeza al aguacero.
 Por el sendero corría una acémila enloquecida entre estremecedores rebuznos y lanzando coces a quienes intentaban detenerla. Picado por la curiosidad, se echó un manto de plástico sobre los hombros y salió a ver qué ocurría.
 Tras un gran esfuerzo, los hombres consiguieron rodear al esquivo animal y, evitando las patadas, fueron cerrando el cerco. Algunos caían para levantarse cubiertos de lodo, hasta que por fin lograron tomar el animal por las bridas e inmovilizarlo.
 La acémila mostraba profundas heridas a los costados y sangraba copiosamente por un desgarro que empezaba en la cabeza y terminaba en el pecho de pelambre rala.
 El alcalde, esta vez sin paraguas, ordenó que la tumbaran y le despachó el tiro de gracia. El animal recibió el impacto, lanzó un par de patadas al aire y se quedó quieto.
 -Es la acémila de Alkasetzer Miranda -dijo alguien.
 Los demás asintieron. Miranda era un colono afincado a unos siete kilómetros de El Idilio. Ya no cultivaba sus tierras arrebatadas por el monte y regentaba un miserable puesto de venta de aguardiente, tabaco, sal y alkasetzer -de ahí le venía el mote-, en el que se proveían los buscadores de oro cuando no querían llegar hasta el poblado.
 La acémila llegó ensillada y eso aseguraba que el jinete debía estar en alguna parte.
 El alcalde ordenó prepararse para salir al otro día temprano hasta el puesto de Miranda, y encargó a dos hombres que faenaran el animal.
 Los machetes actuaron certeros bajo la lluvia. Entraban en las carnes famélicas, salían ensangrentados y, al disponerse a caer de nuevo, venciendo la resistencia de algún hueso, estaban impecablemente lavados por el aguacero.
 La carne troceada fue llevada hasta el portal de la alcaldía y el gordo la repartió entre los presentes.
 -Tú, ¿qué parte quieres, viejo?
 Antonio José Bolívar respondió que sólo un trozo de hígado, entendiendo que la gentileza del gordo lo inscribía en la partida.
 Con el pedazo de hígado caliente en la mano regresó a la choza, seguido por los hombres que cargaban la cabeza y otras partes indeseadas del animal para botarlas al río.»
 
 
 [El extracto pertenece a la edición de Editorial Planeta, 1997. ISBN: 84-08-46225-3.]