domingo, 27 de agosto de 2023

Berlín.- Theodor Plievier (1892-1955)


Theodor Plievier - Wikipedia, la enciclopedia libre
Segunda parte

Un refugio

  «A las tres de la tarde entraron los rusos en el refugio Herzberge.
 "¡Ya están aquí!" "¡Todo ha terminado!" "¡Nos cortarán la cabeza!", decían unos. "No hay que perder la serenidad." "No ocurrirá nada", decían unos pocos. Todos contenían el aliento.
 Haderer había escogido a cinco mujeres entre las más hermosas y atractivas del refugio. Las mujeres aguardaban en la entrada, cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Todas iban provistas de cigarrillos y tazas llenas de un café que ya había sido recalentado tres o cuatro veces. Cerca de ellas aguardaba Haderer. No lejos del zapatero andaba Reimann, el cerrajero, que le había ayudado a preparar el refugio para el momento de la ocupación. Las mujeres, que tenían el corazón en un puño, miraban de la manera más simpática y natural que les era posible.
 Un espantoso griterío; disparos; polvo. Unas balas que se incrustan en el techo, del que cae una llovizna de yeso. Aparece un jinete tocado de una zamarra de cuero. El caballo alzó las patas delanteras y pateó en el aire. Un sable brilló entre el polvo. Los cigarrillos y las tazas de café cayeron al suelo. El viejo Haderer no pudo hacer su discurso. Sus ojos relampaguearon. Alguien le dio un golpe y cayó al suelo. Y lo mismo les sucedió a quienes estaban junto a la entrada. El cerrajero Reimann se adelantó y dijo: "¡Sdrasdvuitje!" "¡Bien venidos!" y en seguida añadió: "Yo, comunista." Una múltiple carcajada fue la respuesta. Un gigante le cogió por las caderas, lo levantó, lo echó contra el suelo y gritó: "¡Un comunista!" "¡Un idiota!" "Mirad: él, comunista, sin necesidad de serlo." "Nadie le ha obligado." "¡Idiota!" Reimann recibió algunos golpes de sus compañeros. El jinete caucasiano se apeó del caballo, y se abalanzó sobre una de las mujeres de la comisión receptora, que era una carnicera de rostro colorado, y la tumbó en el suelo. Sus compañeras también fueron tumbadas por los recién llegados, que estaban completamente borrachos. Veinte, treinta, cincuenta rostros descompuestos por el vodka se agitaban en la entrada del refugio. Iban a la caza de fascistas y para ello habían vaciado antes algunas botellas. Un tremendo griterío les acompañó a lo largo del pasillo. Las mujeres de la comisión receptora y las que estaban acurrucadas en las habitaciones próximas a la entrada recibieron el primer embate de la oleada. Las de la comisión no podían levantarse siquiera, pues los hombres se les echaban encima, uno tras otro, como bestias. Y todos, mientras permanecían sobre ellas, las apuntaban con sus pistolas.
 Fueron revueltos los baúles y las maletas. Las mujeres no dejaban de gritar. Los niños presenciaban espantosas escenas de violencia. Sonaron disparos y muchos hombres cayeron muertos y heridos. Algunos trataban de huir.
 El refugio de Herzberge se había convertido en un manicomio.
 El viejo Haderer abrió los ojos. Tenía gusto de sangre en la boca. A su lado estaba la carnicera que él había designado para formar parte de la comisión receptora. La mujer se había convertido en un desfigurado pelele. Un poco más allá sollozaba otra mujer. Desde el interior del refugio llegaban gritos, llantos y quejidos.
 - ¡Uri! ¡Uri!
 - ¡Mujer, ven!
 Horrible herejía; espantosa idolatría. Se sintió acusado por aquel dramático espectáculo en el que las mujeres caían bajo el peso de los soldados. Aquellas mujeres deshonradas, manoseadas y sucias… Escondió el rostro. Aquello era algo peor que su boca ensangrentada y sus dientes rotos. Se sintió desfallecido, incapaz de hacer nada. Le sucedió lo que antes, tiempo atrás, le había ocurrido a Gnotke. Su inocencia se rebeló contra todo aquello. Y renegó de todo. Su mano, que durante tantos años había estado manejando el martillo, se había convertido en algo inútil. Se arrastró junto a la pared y, como pudo, avanzó entre montones de hombres y mujeres que yacían en el suelo. ¡Aquellos locos, salvajes, apóstatas! ¡Fascistas! ¡No saben que todos los refugiados a quienes están asesinando son trabajadores! Cruzó la puerta del refugio y salió al aire libre. No podía esconderse en ningún lado. Una fila de refugiados, todos ellos cargados con sus enseres, avanzaba por el parque. Apareció una nube de jinetes. Las mujeres fueron separadas de la fila. Cayeron baúles, maletas, y paquetes. Todo quedó revuelto sobre la calle. Las plumas de un colchón volaron por el aire.
 Domingo negro en Weissense.
 Domingo negro. ¿Qué es lo que ocurrió? El pueblo de San Petersburgo, con el sacerdote Gapón a la cabeza, se manifestó por las calles de la ciudad como protesta contra aquellos atropellos de que era objeto. Y de pronto un batallón de cosacos se abalanzó sobre ellos y los pisoteó y los golpeó. Haderer se acordó de ese sucedido histórico. ¿De qué ha servido eso? ¿Es que el pasado no es más que literatura? El hijo de quien hace unos años fue pisoteado por los caballos de los cosacos hace ahora lo mismo con esa gente.
 Eso sucedió al otro extremo de Berlín, en el distrito de Mariendorf, no lejos de la carretera que conduce a Zossen, en el mismo sótano donde el coronel Zecke se había refugiado en compañía del Director Knauer, el fotógrafo Putlitzer y su esposa y otros inquilinos.
 - ¡Mujer, ven! ¡Y tú, hombre, apártate!
 El hombre tenía que marcharse; no podía permanecer allí y contemplar la escena.
 - Vete, Heiner -rogó Anna Putlitzer a su marido.
 ¡Qué podía hacer él! ¡Qué quería hacer! ¡Dejarse matar!
 Alguien la cogió de la muñeca. ¿Dónde quería llevarla? Luego la levantaron y la precipitaron contra el suelo. El sótano estaba lleno de sombras. Los recién llegados no eran más que sombras. Únicamente vio el rostro del hombre que la arrojó al suelo. Nunca olvidaría aquella cara en la que brillaban unos ojos negros, y aquella boca, y aquel olor a sudor, porquería y alcohol…
 - Vete, Heiner…
 Heinrich Putlitzer salió tambaleándose de la habitación. Un soldado le fue apuntando con el arma. Las dos hermanas Quappendorf se agitaron de un lado a otro: la pequeña comenzó a llorar y la mayor, que era maestra, quiso escabullirse, pero un soldado la cogió por el cogote y la obligó a quedarse donde estaba.
 - ¡Al patio! ¡Todos los hombres, al patio!
 El refugio fue desalojado, Putlitzer, Knauer, el viejo impresor Riebeling, el redactor Quappendorf subieron las escaleras y se dirigieron hacia un mundo totalmente cambiado.
 Sus ojos estaban acostumbrados a la escasa claridad de las velas. Habían estado cinco días sin ver la luz del sol. Y bajo el fuego de la artillería, el estrépito del "organillo" de Stalin y el estallido de las bombas de aviación habían perdido la noción del día y de la noche.
 Ya no era su patio. Aquel patio en forma de herradura, bordeado de plantas estaba totalmente cambiado. Antes, a la salida del sótano, se encontraba uno con un patio como tantos otros que existían en Mariendorf y ahora, en cambio, al salir del sótano se desembocaba en una especie de aduar. Era como si una caravana se hubiera detenido allí. Era Asia, y olía a paja y a estiércol. Había carros desenganchados. Una yegua daba de mamar a un potrillo de largas y delgadas patas. A lo lejos se veía el resplandor de grandes hogueras. El cielo aparecía teñido de rojo y sobre el canal Teltow había una gran humareda.
 Los rusos se abrían paso hacia Tempelhof.
 - ¡Tú, nazi! -dijo alguien al director.
 - ¡Tú también, nazi! -gritaron a Putlitzer.
 - ¡Tú también!… ¡Todos, nazi! ¡Todos a la pared!
Riebeling, Putlitzer, Knauer y el viejo Rector fueron empujados hacia la pared. Luego fue traído un muchacho de cabellos rubios y revueltos. Era el hijo del rector Quappendorf, que había pertenecido a las S.S. y ahora vestía de paisano.
BERLIN: Amazon.es: Plievier, Theodor: Libros ¡Qué espantosa equivocación! El impresor Riebeling había estado aguardando a los rusos, sus liberadores. En cierta ocasión, en noviembre de 1919, desde la central de telégrafos había comunicado con Moscú. "Aquí Riebeling…" "Aquí Chicherin, Moscú." "Le ordeno, camarada Riebeling, que vaya en busca del camarada Liebknecht". Tenía que hablar; era preciso que se explicase. Su boca se abrió: "Moscú, Moscú; aquí Riebeling; el camarada Riebeling está ante el paredón". Pero un duende silenció sus palabras, que ni él mismo pudo oír. El rector Quappendorf pensó en su mujer. ¡Qué suerte que no haya tenido que presenciar esta escena! Y Else, Margot y Lisbeth están en el sótano. Y el chico, ¡pobre chico! Juntó las manos, pero no fue una oración lo que le venía a la boca, sino unos pasajes del último discurso de Goebbels: "Los rusos están a punto de estrellarse, de estrellarse, de estrellarse…" Knauer estaba preparado para el final. Todavía esperaba menos de los rusos que de la Gestapo. Halen había ido dos días antes en busca de su padre. Fue una suerte que los rusos no la pillaran en el refugio. Lo último que vería en este mundo sería aquel grupo de pequeños caballos y aquel potrillo mamando de la yegua.
 Riebeling, Knauer, Putlitzer, un viejo de setenta años y un joven de diecisiete estaban ante la pared. Un relámpago cruzó ante sus ojos y el mundo se vino abajo.
 Una salva. Unos trozos de yeso saltaron de la pared.
 Los disparos pasaron silbando sobre sus cabezas. Todavía no había llegado el final. Los soldados volvieron a enfundar sus pistolas. Carcajadas y gritos. Y golpes. Todo había sido una broma. El fusilamiento había sido una broma. Y, sin embargo, ahora era cuando los cinco hombres se sintieron morir. Tuvieron que apoyarse en la pared. Uno se ensució en los pantalones, otro vomitó y un tercero se puso a llorar.
 Y en medio de su desgracia se vieron obligados a contemplar un tremendo espectáculo, que cada cual interpretó de un modo diferente. El patio estaba lleno de coches, carros y caballos y desde el patio se divisaba un paisaje abierto hasta el canal. Postes caídos, hilos telefónicos rotos, una fachada con grandes boquetes. Una fantasmal caravana de soldados que marchaba hacia el frente. De pronto, la tierra sufrió una tremenda sacudida. El cielo se oscureció y se tiñó de un color rojo oscuro y los postes del telégrafo, las ruinas, los soldados, los caballos se hundieron en la oscuridad.
 El patio volvió a ser un patio en el que había unos soldados acampados.
 El puente de Teltow acababa de volar por los aires.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1961, en traducción de Tristán La Rosa, pp. 151-154. Depósito legal B. 9.939. – 1961.]

domingo, 20 de agosto de 2023

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.- Bernal Díaz del Castillo (1492-1584)


CVC. La Antigua Guatemala. Bernal Díaz del Castillo.
Capítulo CVII: Cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le quería dar una hija de las suyas para que se casase con ella, y lo que Cortés le respondió, y todavía la tomó, y la servían y honraban como hija de tal señor.


 «Como otras muchas veces he dicho, siempre Cortés y todos nosotros procurábamos de agradar y servir a Montezuma y tenerle palacio, y un día le dijo el Montezuma: “Mira, Malinche, qué tanto os amo, que os quiero dar a una hija mía muy hermosa para que os caséis con ella y que la tengáis por vuestra legitima mujer”. Y Cortés le quitó la gorra por la merced, y dijo que era gran merced la que le hacía, mas que era casado y tenía mujer, e que entre nosotros no podemos tener más de una mujer, y que él la ternía en aquel grado que hija de tan gran señor meresce, y que primero quiere se vuelva cristiana, como son otras señoras, hijas de señores. Y Montezuma lo hobo por bien, y siempre mostraba el gran Montezuma su acostumbrada voluntad. Mas he de un día en otro no cesaba Montezuma sus sacrificios, y de matar en ellos personas. Y Cortés se lo retraía, y no aprovechaba cosa ninguna, hasta que tomó consejo con nuestros capitanes que qué haríamos en aquel caso, porque no se atrevía a poner remedio en ello por no revolver la ciudad y los papas que estaban en el Huichilobos. Y el consejo que sobre ello se dio por nuestros capitanes y soldados, que hiciese que quería ir a derrocar los ídolos del alto Huichilobos, y si viésemos que se ponían en defendello o que se alborotaban, que le demandase licencia para hacer un altar en una parte del gran cu y poner un crucifijo e una imagen de Nuestra Señora.
 Y como esto se acordó, fue Cortés a los palacios adonde estaba preso Montezuma, y llevó consigo siete capitanes y soldados, y dijo al Montezuma: "Señor: ya muchas veces he dicho a Vuestra Majestad que no sacrifique más ánimas a esos vuestros dioses que os traen engañados, y no lo quiere hacer, e hágoos saber, señor, que todos mis compañeros y estos capitanes que conmigo vienen os vienen a pedir por merced que les deis licencia para los quitar de allí y pornemos a Nuestra Señora Santa María y una cruz, y que si agora les dais licencia, que ellos irán a los quitar, y no querría que matasen algunos papas". Y desque el Montezuna oyó aquellas palabras y vio ir a los capitanes algo alterados, dijo: “¡Oh, Malinche, y como nos queréis echar a perder a toda esta ciudad! Porque estaban muy enojados nuestros dioses contra nosotros, y aun de vuestras vidas no sé en qué pararán. Lo que os ruego es que agora al presente os sufráis, que yo enviaré a llamar a todos los papas, y veré su respuesta”. Y desque aquello oyó Cortés hizo un ademán que le quería hablar muy secretamente al Montezuma e que no estuviesen presentes nuestros capitanes que llevaba en su compañía, los cuales mandó que le dejasen solo, y los mandó salir. Y desque salieron de la sala dijo al Montezuma que porque no saliese de allí aquello e se hiciese alboroto, ni los papas lo tuviesen a mal derrocalle sus ídolos, que él trataría con los mismos nuestros que no se hiciese tal cosa, con tal que en un apartamiento del gran cu hiciesen un altar para poner la imagen de Nuestra Señora e una cruz, y quel tiempo andando verían cuán buenos y provechosos son para sus ánimas y para dalles salud y buenas sementeras y prosperidades. Y el Montezuma, puesto que con sospiros y semblante muy triste, dijo quél lo trataría con los papas; y en fin de muchas palabras que sobre ello hobo se puso en días del mes de de mil e quinientos y diez y nueve años. E puesto nuestro altar apartado de sus malditos ídolos y la imagen de Nuestra Señora e una cruz, y con mucha devoción, y todos dando gracias a Dios, dijo misa cantada el padre de la Merced, y ayudaron a la misa el clérigo Juan Díaz y muchos de los nuestros soldados. Y allí mandó poner nuestro capitán a un soldado viejo para que tuviese guarda en ello, y rogó al Montezuma que mandase a los papas que no tocasen en ello, salvo para barrer y quemar ensencios y poner candelas de cera ardiendo de noche y de día, e enramallo y poner flores. Y dejallo he aquí, y diré lo que sobre ello avino.

Capítulo CVIII: Cómo el gran Montezuma dijo a nuestro capitán Cortés que se saliese de Méjico con todos los soldados, porque se querían levantar todos los caciques y papas y darnos guerra hasta matarnos, porque ansí estaba acordado y dado consejo por sus ídolos, y lo que Cortés sobre ello hizo

   Como siempre a la contina nunca nos faltaban sobresaltos, y de tal calidad que eran para acabar las vidas en ellos si Nuestro Señor Dios no lo remediara; y fue que como habíamos puesto en el gran cu, en el altar que hicimos, la imagen de Nuestra Señora y la cruz, y se dijo el santo Evangelio e misa, parece ser que los Huichilobos e el Tezcatepuca hablaron con los papas y les dijeron que se querían ir de su provincia, pues tan mal tratados son de los teules, e que adonde están aquellas figuras y cruz que no quieren estar, o que ellos no estarían allí si no nos mataban, e aquello les daban respuesta, e que no curasen de tener otra, e que se lo dijesen a Montezuma y a todos sus capitanes que luego comenzasen la guerra y nos matasen. Y les dijo el ídolo que mirasen que todo el oro que solían tener para honrallos lo habíamos deshecho y hecho ladrillos, e que mirasen que nos íbamos señoreando de la tierra y que teníamos presos a cinco grandes caciques, y les dijeron otras maldades para atraellos a darnos guerra. Y para que Cortés y todos nosotros lo supiésemos, el gran Montezuma envió a llamar a Cortés, para que le quería hablar en cosas que iban mucho en ellas. E vino el paje Orteguilla y dijo que estaba muy alterado y triste Montezuma, e que aquella noche y parte del día habían estado con él muchos papas y capitanes muy principales, y secretamente hablaban que no lo pudo entender.
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. de Díaz del ... Y desque Cortés lo oyó fue de presto al palacio donde estaba Montezuma, y llevó consigo a Cristóbal de Olí que era capitán de la guardia, e a otros cuatro capitanes, e a doña Marina, e a Jerónimo de Aguilar, y después que se le hicieron mucho acato, dijo el Montezuma: “¡Oh señor Malinche y señores capitanes: cuánto me pesa de la respuesta y mando que nuestros teules han dado a nuestros papas e a mí e a todos mis capitanes! Y es que os demos guerra y os matemos e os hagamos ir por la mar adelante, lo que he colegido dello, y me paresce que antes que encomiencen la guerra, que luego salgáis desta ciudad y no quede ninguno de vosotros aquí; y esto, señor Malinche, os digo que hagáis en todas maneras, que os conviene; si no mataros han; e mira que os va las vidas”. Y Cortés y nuestros capitanes sintieron pesar y aun se alteraron, y no era de maravillar, de cosa tan nueva y determinada, que era poner nuestras vidas en gran peligro sobre ello en aquel instante, pues tan determinadamente nos lo avisaban Y Cortés le dijo quél se lo tenía en merced el aviso, y que al presente de dos cosas le pesaba: no tener navíos en que se ir, que los mandó quebrar los que trujo, y la otra, que por fuerza había de ir el Montezuma con nosotros para que le vea nuestro gran emperador, y que le pide por merced que tenga por bien que, hasta que se hagan tres navíos en el Arenal, que detenga a los papas y capitanes, porque para ellos es el mejor partido si la encomienzan ellos la guerra, porque todos morirán si la quisiesen dar; e más dijo, que porque vea Montezuma que quiere luego hacer lo que le dice, que mande a sus carpinteros que vayan con dos de nuestros soldados que son grandes maestros de hacer navíos a cortar la madera cerca del Arenal. E el Montezuma estuvo muy más triste que de antes, como Cortés le dijo que había de ir con nosotros ante el emperador, y dijo quél daría los carpinteros, y que luego despachase y no hobiese más palabras, sino obras, y que entre tanto él mandaría a los papas y a los capitanes que no curasen de alborotar la ciudad, e que a sus ídolos de Huichilobos que mandaría aplacasen con sacrificios, e que no sería con muerte de hombres. Y con esta tan alborotada plática se despidió Cortés y los capitanes del Montezuma.
 Y estábamos todos con gran congoja esperando cuándo habían de comenzar la guerra. Luego Cortés mandó llamar a Martín López, carpintero de hacer navíos, y Andrés Núñez, y con los indios carpinteros que le dio el gran Montezuma, después de platicado el porte que se podría labrar los tres navíos, le mandó que luego pusiese por la obra de los hacer y poner a punto, pues que en la Villa Rica había todo aparejo de hierro y herreros, y jarcia, y estopa, y calafates, y brea; y ansí fueron y cortaron la madera en la costa de la Villa Rica, y con toda la cuenta e gálibo della y con buena priesa comenzó a labrar sus navíos. Lo que Cortés le dijo a Martín López sobre ello no lo sé, y esto digo porque dice el coronista Gómara en su historia que le mandó que hiciese muestra como cosa de burla, que los labraba, para que lo supiese el gran Montezuma. Remítome a lo que ellos dijeren, que gracias a Dios son vivos en este tiempo; mas muy secretamente me dijo el Martín López que de hecho y apriesa los labraba, e ansí los dejó en astillero, tres navíos.
 Dejémosles labrando los navíos y digamos cuáles andábamos todos en aquella gran ciudad, tan pensativos, temiendo que de una hora a otra nos habían de dar guerra, y nuestras naborías de Tascala e doña Marina ansí lo decían al capitán; y el Orteguilla, el paje de Montezuma, siempre estaba llorando y todos nosotros muy a punto y buenas guardas al Montezuma. Digo de nosotros estar a punto no había necesidad de decillo tantas veces, porque de día ni de noche no se nos quitaban las armas, gorjales y antipares, y con ello dormíamos. Y dirán agora dónde dormíamos; de qué eran nuestras camas, sino un poco de paja y una estera, y el que tenía un toldillo ponelle debajo, y calzados y armados, y todo género de armas muy a punto, y los caballos ensillados y enfrenados todo el día, y todos tan prestos, que en tocando al arma, como si estuviéramos puestos e aguardando para aquel punto; pues velas cada noche, que no quedaba soldado que no velaba. Y otra cosa digo, y no por me jactanciar de ello: que quedé yo tan acostumbrado a andar armado y dormir de la manera que he dicho, que después de conquistada la Nueva España tenía por costumbre de me acostar vestido y sin cama, e que dormía mejor que en colchones; e agora cuando voy a los pueblos de mi encomienda no llevo cama; e si alguna vez la llevo, no es por mi voluntad, sino por algunos caballeros que se hallan presentes, porque no vean que por falta de buena cama la dejo de llevar, mas en verdad que me echo vestido en ella. Y otra cosa digo: que no puedo dormir sino un rato de la noche, que me tengo de levantar a ver el cielo y estrellas, y me he de pasear un rato al sereno, y esto sin poner en la cabeza cosa ninguna de bonete ni paño, y gracias a Dios no me hace mal, por la costumbre que tenía. Y esto he dicho porque sepan de qué arte andábamos los verdaderos conquistadores, y cómo estábamos tan acostumbrados a las armas y a velar. Y dejemos de hablar en ello, pues que salgo fuera de nuestra relación, y digamos cómo Nuestro Señor Jesucristo siempre nos hace muchas mercedes. Y es que en la isla de Cuba Diego Velázquez dio mucha priesa en su armada, como adelante diré, y vino en aquel instante a la Nueva España un capitán que se decía Pánfilo de Narváez.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espasa Calpe, 1997, pp. 375-379. ISBN84-239-7266-6.]

domingo, 13 de agosto de 2023

Historia de la piratería.- Philip Gosse (1879-1959)


Philip Henry Gosse - Wikipedia
Libro primero

Capítulo I: El rescate de César

 «La historia de la piratería no es, pues, tan sólo una crónica espantosa de violaciones de la Ley, algo más que una serie de relatos románticos, en los que por turno representan su papel, el oro, la lucha y la aventura; tiene a pesar de todo, su lado divertido, su ciencia extraña, sus incidentes grotescos; en suma, refleja lo extravagante en la naturaleza humana. Acompañando al capitán Sharp en el viaje más asombroso que jamás haya sido hecho por un pirata, vemos a uno de sus prisioneros, un noble español, combatir la monotonía de la vida a bordo, contando historias en las que aparecían personajes tales como cierto sacerdote que, habiendo bajado a tierra en el Perú, posaba tranquilamente ante los ojos maravillados de diez mil indios, su crucifijo sobre el lomo de dos rugientes leones, los cuales se sentaron en seguida y le adoraron, abandonando luego el lugar a dos tigres deseosos de imitar su ejemplo. Compartimos los terrores de Ludolfo de Cucham quien escribió en 1350 un catálogo de los peligros atribuidos a los monstruos acuáticos, y particularmente al puerco marino, animal que acostumbra a emerger junto a las naves y a mendigar… Si el marino le tira un poco de pan, el monstruo se aleja; y en caso de que no quiera alejarse, entonces la vista del rostro furioso de un hombre encolerizado basta para ahuyentarlo. Si el marino tiene miedo, debe guardarse de mostrarlo: Debe mirarlo con aire altivo y severo y no dejar traslucir su susto, porque de lo contrario el monstruo no huirá, sino que morderá, destrozando el navío. Y si bien no podemos menos de sentir profunda aflicción ante los relatos de los sufrimientos infligidos a los cristianos caídos en cautiverio, nos alegramos, en cambio, porque esto ofreciera al buen San Vicente de Paul la oportunidad de estudiar la alquimia, ciencia que le sería tan útil en lo sucesivo; y simpatizamos con sir Jeffery Hudson, el enano batallador de Carlos I, que se quejaba de que los trabajos forzados del cautiverio le hubieran hecho crecer de un pie y seis pulgadas a más de tres pies.
 Tampoco carece de humorismo el célebre rapto llevado a cabo por piratas del Mar Egeo, el año 78 antes de nuestra era, y que, si hubiese terminado de una manera un poco distinta, habría podido cambiar totalmente el curso de la historia del mundo.
 En aquel año, cierto joven aristócrata romano, envuelto en turbulentas riñas familiares, y expulsado de Italia por el dictador Sila porque se había adherido al partido de Mario, rival desterrado de aquél, navegaba hacia la isla de Rodas. Siendo un joven lleno de ambición y no teniendo nada mejor que hacer mientras la estancia en Roma le quedase prohibida, había decidido emplear el tiempo perfeccionándose en un arte en que, según los dichos de sus preceptores, estaba lejos de brillar: el de la elocuencia. Con tal objeto acababa de inscribirse en la academia del afamado profesor Apolonio Molo.
 Mientras el buque costeaba la isla de Farmacusa, a la altura de las rocosas riberas de Caria, viéronse de pronto algunas embarcaciones de forma larga y baja, que se aproximaban rápidamente. El barco romano era lento y como, además, se calmaba la brisa, toda esperanza de escapar a los piratas se desvanecía ante la velocidad de aquellas naves de largos remos movidos por vigorosos brazos de esclavos. Arriando su pequeña vela auxiliar, el buque esperó el abordaje de las canoas de punta afilada, y poco tiempo después, su puente se cubrió de una turba de gente morena.
 El jefe de los piratas lanzó una mirada circular sobre los grupos de asustados pasajeros; inmediatamente, su vista fue herida por el espectáculo de un joven aristócrata, vestido elegantemente según la última moda de Roma, y que sentado en medio de sus servidores y esclavos, se entregaba a la lectura. Yendo derecho a él, el pirata le preguntó quién era; pero el joven, habiéndole lanzado una mirada desdeñosa, continuó leyendo. El pirata, enfurecido, se dirigió entonces a uno de los compañeros del noble romano, su médico Cina, el cual le reveló el nombre de su prisionero: era Cayo Julio César. Se planteó la cuestión del rescate. El pirata deseaba saber la suma que César aceptaba pagar por recobrar su propia libertad y la de sus criados. Como el romano no se dignó siquiera contestar, el capitán se volvió hacia su ayudante, pidiéndole su opinión acerca del valor que representaba el grupo. Este experto, después de examinarlo detenidamente uno por uno, estimó que diez talentos representarían una suma razonable.
 El capitán, irritado por el aire superior del joven aristócrata, le cortó la palabra, diciendo:
 —Pues bien, voy a doblarla. Veinte talentos: éste es mi precio.
 Esta vez, César abrió la boca. Frunciendo el ceño, declaró:
 —¿Veinte? Si conocieses tu oficio, te darías cuenta de que valgo cuando menos cincuenta.
 El pirata se sobresaltó. No acostumbraba ver a un prisionero que se creía lo bastante importante para pagar de buen grado un rescate de cerca de doce mil libras en vez de las tres mil pedidas. Sin embargo, le cogió la palabra al joven romano; después le hizo arrojar a una de las embarcaciones junto con los demás cautivos, a fin de que esperase en la guarida de los piratas el regreso de los negociadores enviados a reunir el rescate.
 César y sus compañeros fueron alojados en algunas chozas de una aldea ocupada por los piratas. El joven romano pasaba el tiempo entregándose cada día a ejercicios físicos: corría, saltaba, lanzaba piedras gruesas, compitiendo a menudo con sus raptores. En sus horas menos activas, escribía poemas o bien componía discursos. Caída la noche, se reunía frecuentemente con los piratas en torno al fuego, ensayando con ellos el efecto de sus versos o de su elocuencia. Los piratas, según nos es relatado, tenían una opinión muy desfavorable de unos y otra, y se la manifestaban con un candor desprovisto de delicadeza. Hay que pensar que su gusto literario era mediocre o que los versos de César, hoy perdidos, no alcanzaban el nivel artístico de la prosa que escribiera después.
 Debía ser una vida extraña para el joven descrito por Sila como un muchacho con faldas.
 Todos los testigos concuerdan, sin embargo, en declarar que ocultaba, por debajo de sus múltiples afectaciones, un espíritu resuelto e intrépido.
 Como auténtico romano, no solamente despreciaba a sus aprehensores por sus modales groseros y su falta de educación, sino que les reprochaba sus defectos. Y tuvo un placer maligno en describirles lo que les sucedería si alguna vez la pandilla cayese entre sus manos, prometiéndoles solamente que les haría crucificar a todos. Los piratas, más que enfurecidos ante sus amenazas, regocijados por sus maneras afeminadas, le miraban con una especie de respetuosa condescendencia, considerando la promesa de una crucifixión como una estupenda broma. Cierta noche en que, según su costumbre, se habían quedado hasta horas avanzadas en torno al fuego, bebiendo y manifestando en forma ruidosa, aunque poco musicalmente, su animación, su embarazoso prisionero mandó a uno de sus criados a notificar al capitán su deseo de que hiciera callar a sus hombres que estorbaban su reposo. Su demanda fue respetada: el jefe ordenó a su tripulación que cesara el alboroto.
 Por fin, al cabo de treinta y ocho días, regresaron los negociadores trayendo la noticia de que el rescate de cincuenta talentos acababa de ser depositado en manos del legado Valerio Torcuato, y César con sus compañeros fueron embarcados a bordo de un buque y enviados a Mileto. El reunir una suma tan considerable había tomado un tiempo más largo de lo que se creía, pues Sila, después de haber desterrado a César, había confiscado todos sus bienes y también los de su esposa Cornelia. En tales circunstancias, el joven habría hecho mejor en darse un poco menos de importancia.
 A la llegada a Mileto, el rescate fue entregado a los piratas, y César bajó a tierra deseoso de poner en ejecución el plan decidido. Pidió prestado a Valerio cuatro galeras de guerra y quinientos soldados, y se puso en marcha hacia Farmacusa. Al llegar allí tarde en la noche, encontró, como había esperado, toda la pandilla ocupada en celebrar su buena fortuna con una orgía de vituallas y bebida. Sorprendidos de improviso, los piratas no pudieron oponer ninguna resistencia y tuvieron que entregarse, salvo unos pocos que lograron huir. César había hecho cerca de trescientos cincuenta prisioneros, teniendo además la satisfacción de recuperar sus cincuenta talentos. Después de embarcar a sus antiguos anfitriones en las galeras, hizo echar a pique en aguas profundas todos los navíos de los piratas; luego alzó velas dirigiéndose hacia Pérgamo, donde Junio, pretor de la provincia de Asia Menor, tenía su cuartel general.
Historia de la piratería - Editorial Renacimiento Llegado a Pérgamo, César encerró a sus prisioneros en una fortaleza bien guardada y se fue a hablar con el pretor. Supo entonces que este funcionario, la única autoridad que tenía derecho a infligir la pena capital, se encontraba libre de servicio. César salió en su busca y habiéndose reunido con él, le contó someramente lo que le había sucedido; añadiendo que había dejado en Pérgamo, bajo buena custodia, a toda la banda con el botín, y que pedía a Junio una carta autorizando al gobernador interino de Pérgamo para ejecutar a los piratas o por lo menos a sus jefes.
 Pero Junio no aprobaba tal intención. No le gustaba aquel joven autoritario que trastornaba de una manera tan inesperada la tranquilidad de su gira pretoriana, y que suponía que bastaba con que mandase, para que el gobernador general de Asia Menor se apresurara a obedecer. Había, además, otras consideraciones. El sistema según el cual los mercaderes pagaban tributo a los piratas a cambio de su inmunidad, tenía el carácter sagrado de una vieja costumbre que después de todo no funcionaba tan mal. Si Junio accediese a los deseos de César, los sucesores de los piratas, extranjeros a no dudar, se mostrarían más rapaces de lo que habían sido los ejecutados. Y además, ¿no era hecho admitido el que los funcionarios del grado del pretor, estacionado lejos de Roma en los puestos avanzados del Imperio, estuviesen allí no solamente para servir el Estado, sino también para sacar de su función algún beneficio en previsión del día en que habrían de retirarse a la vida civil en Roma? Aquella pandilla de piratas era rica y podía esperarse que manifestaría de manera conveniente su gratitud hacia el gobernador si éste ejerciese su prerrogativa de clemencia, devolviéndoles la libertad.
 Pero habría tomado demasiado tiempo explicar todos esos complejos asuntos de Estado, a un joven que además le era tan antipático, y con quien una conversación parecía imposible. Conque prometió a César que se ocuparía del asunto a su regreso a Pérgamo, y que le informaría luego de su decisión.
 César comprendió. Saludó al gobernador, se retiró y, forzando a los caballos, cumplió en un solo día el viaje de vuelta a Pérgamo. Sin cambiar los acontecimientos por autoridad propia (es probable que la nueva situación en Roma fuera ignorada en las provincias), hizo ejecutar en la prisión a los piratas, reservando a los treinta principales para la suerte que les había prometido. Cuando los cabecillas aparecieron ante él cargados de cadenas, César les recordó su promesa, pero añadió que queriendo mostrarse agradecido por las bondades que tuvieron para con él, iba a concederles un supremo favor: antes de ser crucificados, mandaría degollarlos.
 Arreglado el asunto, César prosiguió su viaje y entró, tal como lo había deseado, a la excelente escuela de arte oratorio de Apolonio Molo.
 Sería absurdo, por supuesto, pretender que todos los piratas hubieran sido héroes o humoristas, y que su exterminación no haya constituido un beneficio para la humanidad. Sus virtudes son más fáciles de apreciar ahora que han muerto que cuando estaban en vida; la mayor parte de ellos, a excepción de los más grandes, han sido unos pequeños canallas, más ávidos de atacar a mujeres que a hombres, y que preferían el engaño al combate. Mil seiscientos años después del asunto del rescate de César, otro prisionero ilustre que había caído entre sus manos, fue tratado con crueldad tal que faltaba poco para que el mundo perdiera a uno de sus más grandes genios literarios: a Miguel de Cervantes. Otros miles de hombres de menor importancia han sido enviados a pudrirse en las galeras, donde morían degollados por una pequeñez. Mas después de todo, los piratas fueron hombres (aunque, según verá el lector, a veces han sido mujeres), y, como tales revelan la infinita variedad de lo que llamamos la naturaleza humana. La historia de los piratas tal vez sea una historia de hombres perversos; pero no por eso es menos una historia de hombres.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Renacimiento, 2003, en traducción de Rodolfo Selke, pp. 14-20. ISBN: 978-8484721239.]