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domingo, 25 de mayo de 2025

Trópico de Cáncer.- Henry Miller (1891-1980)

 

  «En esa especie de semi-arrobamiento que te permite participar en un acontecimiento y, aun así, permanecer completamente aparte, el pequeño detalle que faltaba empezó oscura pero insistentemente a coagularse, a adquirir una forma caprichosa y cristalina, como la escarcha que se acumula en el cristal de la ventana. Y como esos dibujos de la escarcha que parecen tan extraños, tan totalmente libres y fantásticos pero que, aun así, están determinados por las más rígidas leyes, esa sensación que empezó a tomar forma en mi interior parecía obedecer también a leyes ineluctables. Todo mi ser respondía a los dictados de un ambiente que no había experimentado nunca; lo que podría llamar mi yo parecía contraerse, condensarse, escapar de los límites antiguos y habituales de la carne cuyo perímetro conocía sólo las modulaciones de las extremidades nerviosas.
 Y cuanto más sustancial, más sólido se volvía mi centro, más delicada y extravagante aparecía la realidad inmediata, palpable, de la que iba quedando separado. En la misma medida en que me volvía cada vez más metálico, la escena que se producía ante mis ojos iba adquiriendo mayor amplitud. La tensión era ya tan intensa que la introducción de una sola partícula extraña, aunque fuera una partícula microscópica, como digo, habría hecho añicos todo. Por una fracción de segundo quizá, experimenté esa claridad total que, según dicen, el epiléptico tiene el privilegio de conocer. En aquel momento perdí completamente la ilusión del tiempo y del espacio: el mundo desplegó su drama simultáneamente a lo largo de un meridiano sin eje. En aquella especie de eternidad pendiente de un hilo sentí que todo estaba justificado, supremamente justificado; sentí mis guerras interiores, que habían dejado esa pulpa y esos despojos; sentí los crímenes que bullían allí para surgir mañana en titulares sensacionales; sentí la miseria que estaba moliéndose a sí misma con almirez y mortero, la larga y triste miseria que se derrama gota a gota en pañuelos sucios. En el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y del drama. Si en cualquier momento y en cualquier parte se encuentra uno cara a cara con lo absoluto, la gran simpatía que hace parecer divinos a hombres como Gautama y Jesús se enfría y se desvanece; lo monstruoso no es que los hombres hayan creado rosas a partir de este estercolero, sino que deseen rosas... Por una razón u otra, el hombre busca el milagro y para lograrlo es capaz de abrirse paso entre la sangre. Es capaz de corromperse con ideas, de reducirse a una sombra, si por un solo segundo de su vida puede cerrar los ojos ante la horrible fealdad de la realidad. Todo se soporta -ignominia, humillación, pobreza, guerra, crimen, ennui- gracias al convencimiento de que de la noche a la mañana algo ocurrirá, un milagro, que vuelva la vida tolerable. Y mientras tanto un contador está corriendo en su interior y no hay mano que pueda llegar hasta él para detenerlo. Mientras tanto alguien está comiendo el pan de la vida y bebiendo el vino, un sacerdote sucio y gordo como una cucaracha que se esconde en el sótano para zampárselo, mientras arriba, a la luz de la calle, una hostia fantasma toca los labios y la sangre está pálida como el agua. Y de ese tormento y miseria eternos no resulta ningún milagro, ni un vestigio microscópico de milagro. Sólo ideas, ideas pálidas, atenuadas, que hay que cebar mediante la matanza, ideas que brotan como bilis, como las tripas de un cerdo cuando lo abren en canal.
 Y, por eso, pienso en el milagro que sería que ese milagro que el hombre espera eternamente resultara no ser sino esos dos enormes chorizos que el fiel discípulo soltó en el bidet. ¿Y si en el último momento, cuando la mesa del banquete esté puesta y resuenen los címbalos, apareciera de repente, y sin aviso alguno, una fuente de plata en la que hasta los ciegos pudiesen ver que no hay ni más ni menos que dos enormes chorizos de mierda? Creo que eso sería más milagroso que cualquier cosa que el hombre haya esperado. Sería milagroso porque no se habría soñado. Sería más milagroso que hasta el sueño más descabellado porque cualquiera podría imaginar esa posibilidad, pero nadie lo ha hecho nunca, y probablemente nadie lo hará jamás.
 En cierto modo la comprensión de que no había nada que esperar tuvo un efecto saludable para mí. Durante semanas y meses, durante años, durante toda mi vida, de hecho, había estado esperando que algo ocurriera, algún acontecimiento intrínseco que transformase mi vida, y en aquel momento, inspirado por la desesperanza de todo, sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Al amanecer me separé del joven hindú, después de haberle sacado unos francos, los suficientes para pagar una habitación. Mientras caminaba hacia Montparnasse, decidí dejarme llevar por la corriente, no oponer la menor resistencia al destino, como quiera que se presentase. Nada de lo que me había ocurrido hasta entonces había bastado para destruirme; nada había quedado destruido, salvo mis ilusiones. Personalmente estaba intacto. El mundo estaba intacto. Mañana podría haber una revolución, una peste, un terremoto; mañana podría no quedar ni un alma a la que recurrir en busca de compasión, de ayuda, de fe. Me parecía que la gran calamidad ya se había manifestado, que no podía estar más auténticamente solo que en aquel preciso momento. Tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal, como un depredador, un pirata, un saqueador. Aun cuando se declarara la guerra, y me tocase ir, agarraría la bayoneta y la hundiría, la hundiría hasta el puño. Y si la orden del día era violar, en ese caso violaría y con furia. En aquel preciso momento, en el tranquilo amanecer de un nuevo día, ¿acaso no estaba la tierra aturdida por el crimen y la miseria? ¿Acaso había resultado transformado un solo elemento de la naturaleza, transformado vital, fundamentalmente, por la marcha incesante de la historia? Pura y simplemente, el hombre se ha visto traicionado por lo que llama la parte mejor de su naturaleza. En los límites extremos de su ser espiritual el hombre se ha vuelto a encontrar desnudo como un salvaje. Cuando encuentra a Dios, por decirlo así, ha quedado despojado: es un esqueleto. Hay que excavar de nuevo en la vida para echar carne. El verbo ha de hacerse carne; el alma está sedienta. Me abalanzaré sobre cualquier migaja en que clave los ojos y la devoraré. Si vivir es  lo supremo, entonces viviré, aun cuando deba volverme un caníbal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 1983, en traducción de Carlos Manzano, pp. 93-96. ISBN: 84-322-2182-1.]

domingo, 2 de marzo de 2025

El secreto de Agatha.- Marie Benedict [o Heather Terrell] (1968)

 

Capítulo ventiocho

 «-¿Le importaría repetir su declaración, coronel Christie? Quiero estar del todo seguro de tenerlo textualmente.
 -Por supuesto -responde Archie al reportero.
 El joven del Daily Mail, Jim Barnes, no es lo que él esperaba. Había planeado tener una conversación cautelosa con el periodista, fuera del alcance de la policía, por supuesto, para asegurarse de que los periódicos conocieran su punto de vista de una vez por todas. Pensó que debía mostrar su perspectiva general de los acontecimientos para que el público conociera su naturaleza razonable, quizá incluso insinuar que, independientemente de lo que dijera la policía, la desaparición de Ágatha se debía, en parte, a una decisión de ella. De esta forma esperaba apaciguar la percepción que el público tenía de él sin salirse de los parámetros estrictos de la carta. Si tenía que proponer estas ideas defensivas al mismo tiempo que esquivaba las trampas que le habían puesto, algo probable debido al tratamiento que hasta ahora le había dado la prensa, que así fuera.
 Pero cuando conoce al afable y civilizado chico del Daily Mail resulta ser un tipo por completo diferente de la gentuza que los acosa fuera de Styles mañana, tarde y noche. Habla bien y está vestido de forma inmaculada, el chico le parece familiar, no muy distinto de sus compañeros, miembros del club de golf de Sunningdale. Muy en contra de su inclinación y de lo que había planeado, el hombre le cae bien desde el momento en que se sientan en el poco memorable y pequeño bar. "Por fin -piensa- he encontrado a un alma empática". Y baja la guardia.
 -Con mucho gusto.
 Levanta los papeles en los que escribió una declaración formal para la prensa y expone las ideas que había preparado: que está muy preocupado por su esposa; que últimamente ella había sufrido de los nervios; que con frecuencia hacían planes por separado los fines de semana según sus intereses -que él pensaba mantener en privado-, y que está haciendo todo lo posible para ayudar en la investigación de la policía.
 -Muchas gracias, coronel Christie. Muy bien dicho -afirma Jim cuando termina de garabatear en su cuaderno-. ¿Está listo para responder a algunas preguntas?
 -Claro. Los periódicos han publicado una cantidad endemoniada de cosas en contra de mí y de mis amigos y deseo tener la oportunidad de presentar mi verdad.
 -Eso es lo que yo también deseo. Empecemos. -El joven sonríe y revisa sus notas-. ¿Cuáles son las posibles explicaciones de la desaparición de su esposa según su punto de vista y el de la policía?
 -Hay tres explicaciones posibles de su desaparición: podría ser voluntaria, pudo haber perdido la memoria y, espero que no, pudo ser el resultado de un suicidio. Mi instinto me dice que es una de las dos primeras. Definitivamente no creo que se trate de un suicidio. Tengo entendido que si alguien considera terminar con su vida, primero amenaza con hacerlo, y ella nunca lo hizo. Además, ¿una persona que desea terminar con su vida conduce varios kilómetros, se quita el abrigo y después desaparece en medio de la nada antes de suicidarse? No lo creo, sencillamente no tiene sentido. De cualquier forma, si mi esposa consideró alguna vez quitarse la vida, supongo que hubiera pensado en un veneno. Como durante la guerra trabajó como enfermera y en un hospital, sabía mucho sobre venenos y los usaba con frecuencia en sus historias. Ese hubiera sido el método que ella habría elegido, en lugar de algún misterioso suicidio en un área remota del bosque; pero aún así no creo que eso haya pasado. -Estaba un poco disperso, pero lo había dicho.
 -Entonces ¿se inclina más a pensar que la desaparición de la señora Christie se debe a un acto voluntario o a que ha perdido la memoria?
  Archie recuerda la carta y responde:
 -Así es, y me atrevo a pensar que se trata de un caso de amnesia.
 -¿Puede hablar un poco más sobre el día en que desapareció?
 -Ya he hablado de todo esto con la policía una y otra vez, pero lo haré de nuevo aquí para su conocimiento. Como siempre, salí de casa a las nueve y cuarto para ir al trabajo y esa fue la última vez que vi a mi esposa. Sabía que ella iría a Yorkshire el fin de semana, y eso era todo lo que conocía de sus planes cuando me marché el viernes a la oficina. Luego me he enterado de que por la mañana salió en su automóvil y comió sola. Por la tarde llevó a nuestra hija a visitar a mi madre en Dorking y regresó aquí para cenar sola. -Archie se queda callado. ¿Debería mencionar el resto del día?
 -¿Sabe qué ocurrió entonces? -pregunta Jim.
 No está seguro de cómo explicar su postura sobre lo que pasó después.
 -No sé con seguridad lo que ocurrió después de eso, puesto que estábamos en diferentes lugares. Sólo puedo suponer que estaba en un estado nervioso tal, por razones que desconozco, que le fue imposible sentarse a leer o escribir. A mí me ha sucedido esto algunas veces y en esos momentos salgo a caminar para aclarar mis ideas y tranquilizarme. Pero a mi esposa no le gusta mucho caminar, y cuando desea aclarar su mente sale a dar un paseo en automóvil.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2021, en traducción de Yara Trevethan Gaxiola, pp. 209-212. ISBN: 978-84-08-24821-7.]

domingo, 26 de junio de 2022

Trasatlántico.- Colum McCann (1965)


Colum McCann's official author website
Libro segundo

1929
Vísperas

 «Nunca había querido saber nada del amor. Ni siquiera de un esposo, tan sólo de un hombre que había aparecido y luego había terminado desapareciendo. Vincent Driscoll, el director de un periódico de San Luis. Le brillaba la frente y tenía los dedos manchados de tinta. Cuarenta y dos años, y una foto de su esposa en la cartera. Emily era secretaria en la sección de publicidad. Blusa abotonada hasta el cuello y un broche de amatista. Veinticinco años y algunas esperanzas. Había escrito un artículo sobre la Liga de Mujeres Cristianas por la Temperancia. Ella llamó a la puerta del despacho del director y él le dijo que tenía un estilo femenino, florido y muy nervioso. Hablaba con frases contundentes, limpias y recortadas. Le apoyó la mano en la parte baja de la espalda. Ver cómo ella dejaba que su mano reposara en aquel lugar parecía llenarlo de un orgullo cínico.
  La llevó al hotel Planters House. Pidió ostras fritas, costillas de venado y una botella de Gruaud Larose. En el piso de arriba, los tirantes le resbalaron a Emily hombro abajo, y Driscoll, masa blanca y húmeda, se estremeció.
  Emily escribió un artículo y luego otro; él se los corregía, le decía que la estaba puliendo. Las inundaciones de primavera; la explosión de una caldera en Franklin Avenue; un oso del zoo muerto de un disparo; Tom Turpin y su Harlem Rag, la música de los negros en Targee Street. Editaba los artículos meticulosamente. Un día Emily abrió el periódico en 1898 y vio su primera pieza publicada: una reflexión sobre el legado de Frederick Douglass, muerto tres años atrás. Todas las palabras eran suyas, y al pie, una firma: V. E. Driscoll. Sintió un vacío en el estómago, perdió el equilibrio. En el hotel, Driscoll la apretó contra su traje blanco. Nunca lograba llevar la chaqueta abotonada sin que la tirantez se hiciera evidente. El labio inferior le temblaba. Tendría que estar entusiasmada al ver que el periódico le publicaba el artículo. Cómo se atrevía. Tendría que estarle agradecida. Él le estaba prestando su nombre. Poder colaborar con él debería bastarle. Emily echó a andar por la ribera bajo un cielo rojizo. Escuchó al vendedor de diarios gritando el nombre del periódico: allí dentro estaban contenidas sus palabras. Caminó hasta la casa de Locus Street: un cuartito con una palangana de esmalte y un toallero con barandilla de madera. La poca ropa que tenía colgaba sin vida de un armario. Contra la pared reposaba un escritorio plegable. Había una mesa hecha sólo de libros. Rasgó el papel con la plumilla. Esperaría el momento oportuno.
  Subió la escalera del periódico una vez más y deslizó su texto sobre la mesa del director. Él la miró y se encogió de hombros. V. E. Driscoll, repitió él. Su concesión: la E de Emily. Su secreto.
  Sobre San Luis estallaban los fuegos artificiales. El siglo XX era una explosión de color. En la habitación del hotel, deslizaba los tobillos en las corvas de Driscoll y él levantaba la sábana como si fuera una bandera blanca. Y ensanchar se convirtió en un verbo que Emily ya no pudo disociar de Driscoll: la frente se le ensanchaba, la cintura se le ensanchaba, hasta los dominios de su fama se ensancharon. Ella esperaba. Qué, no lo sabía. Eso la volvía loca. Ese control de Driscoll, esos modos. Y ella se lo permitía. En la calle, los voceadores gritaban el nombre de Driscoll. Emily se alejó. Sintió una convulsión, un mareo matutino: estaba embarazada. Asombroso. Por la cabeza le cruzó la idea de ir a ver a un médico, pero la desechó. No habría padre. Ella era una mujer más allá de su tiempo. No le importaba sufrir, los convencionalismos la tenían sin cuidado. La pérdida del amor había arrojado más luz sobre la naturaleza del sentimiento que la experiencia del amor mismo. Lo único que ella quería era su nombre, su nombre verdadero. No había lugar para una mujer escritora en el periódico, le había dicho él, no más allá de la sección de sociedad. Nunca lo había habido. Ella se tocó el vientre e hizo una alusión al embarazo. Él palideció. El niño podría llegar a este mundo con unos buenos pulmones. Driscoll apoyó la palma de la mano en la inmensa superficie de su escritorio de madera; lo hizo con suavidad, pero tenía los nudillos blancos. Eso era chantaje, le dijo. Ella se sentó, prudente. Se tocó el vestido. Sobre el escritorio reposaba una fotografía de los niños. Él le dio unos golpecitos con el lápiz. Solamente las iniciales, le dijo. Seguiría firmando como Driscoll y tendría una segunda columna: E. L. Ehrlich. Era un nombre de ecos masculinos. Emily aceptó el trato. Ahora su nombre le pertenecía. Con la L de Lily.
  Dio a luz a su hija a principios del invierno de 1902. De noche, mientras el bebé dormía, volvía a escribir cuidando cada una de sus frases, quería que sus artículos tuvieran la compresión y el ritmo de un poema. Empujaba las palabras hasta el final de la página. Escribía y volvía a escribir. Las sesiones de jazz del Rosebud Café en las que los pianistas se desafiaban aporreando el teclado; las reuniones anarquistas en el sótano de un edificio de Carr Square; los combates de boxeo a puño limpio que se celebraban cerca de la casa del voceador de periódicos, en la calle Trece. Como tenía la costumbre de irse por las ramas, a veces se desviaba y terminaba redactando un tratado sobre los patrones de migración de las aves por el río Misuri o sobre la excelencia de la tarta de queso de un restaurante alemán de Olive Street.
  Le gustaba su soledad. Con el pasar de los años había conocido a hombres que se habían interesado por ella: un vendedor de alfombras persas, el piloto de un remolcador, un viejo superviviente de la guerra de Secesión, un carpintero inglés que estaba construyendo una aldea esquimal para la Exposición Internacional. Pero ella gravitaba hacia la soledad y observaba la espalda de los trajes que se alejaban, los pliegues que se hacían a la altura de los hombros. La dejaban sola caminando junto a su hija por la orilla del río. La respiración de las dos se hacía una, sus vestidos se movían armónicamente. Encontró un piso en Cherokee Street e invirtió lo poco que tenía en comprar una máquina de escribir que llenaba la tarde con sus repiqueteos. Escribía la columna de Driscoll. No le importaba; lo cierto era que disfrutaba habitando esa mente estrecha. Cuando se trataba de su propia columna, sin embargo, sentía que estiraba hasta el último de sus cartílagos. La embargaba la felicidad. Cepillaba el cabello brillante de su hija. Vivió días de gran libertad; tenía la impresión de ser ella misma quien tiraba de la cuerda que la sacaba de lo más profundo del pozo.
Transatlántico - Colum McCann | Planeta de Libros  En 1904 encontraron a Driscoll desplomado sobre el escritorio. Un infarto fulminante, el tercero. Lo imaginó temblando dentro de su apretado chaleco blanco. El funeral se celebró bajo el sol de San Luis. Emily llegó adornada con un sombrero negro de ala ancha y guantes largos. Al fondo, tras los dolientes, le cogía la mano a Lottie. Esa misma semana la convocaron a las oficinas del periódico. El corazón le latía con fuerza, esperanzado. Ahora recuperaría su nombre completo, su firma, sus derechos. Ya había esperado bastante. Hasta los treinta y un años. Ahí estaba su oportunidad, tenía mucho que contar: la Exposición Internacional había hecho brillar la ciudad, y la ciudad se recortaba sobre el cielo elevándose cada vez más; las calles estaban llenas de nuevos acentos. Ella dejaría constancia de todo. Los dueños del periódico estaban sentados con las manos cruzadas, esperando. Uno, distraído, se rascaba el lóbulo de la oreja con la pata de las gafas, y cuando Emily se sentó dejó escapar una mueca. Ella comenzó a hablar, pero él la cortó. Driscoll les había dejado una carta en uno de los cajones de su escritorio. A Emily le temblaba el labio, lo notaba. Leyeron la carta en voz alta: él, decía, era el autor de todos los artículos de Emily. Palabra por palabra; cada nota, cada giro. Ahí tenía su regalo de despedida. Su bofetada.
  Lo elaborado de su venganza la dejó de piedra. Nunca podría volver a trabajar allí, le dijeron los dueños del periódico. Trató de pronunciar una palabra, pero ellos le cerraron la carpeta en las narices. Uno se puso en pie para abrirle la puerta. La miró como si lo que estuviera viendo fuera un caballo
 Volvió a caminar por la ribera ocultando el rostro bajo el sombrero. Su madre la había precedido con sus pasos. Lily Duggan. El agua que sigue al agua. Emily volvió a casa, a su piso en Cherokee Street. Tiró lejos el sombrero, hizo la maleta y dejó en un rincón la máquina de escribir. Se mudaron de San Luis a Toronto, donde vivía su hermano Tomas, ingeniero de minas. Les ofrecieron una habitación en su casa, pero a los dos meses su cuñada se plantó: no quería tener cerca una madre soltera. Emily y Lottie se montaron en un tren rumbo a Terranova. Y el mar no se heló.
  Alquilaron una habitación en la cuarta planta del hotel Cochrane y al cabo de dos días ella llamaba a las puertas del Evening Telegram. Su primer artículo fue una semblanza de Mary Forward, la dueña del Cochrane. Mary Forward caminaba bajo el huracán de una mata de pelo gris; cuando levantaba las manos para recogerse el cabello de la nuca, los brazaletes corrían brazo abajo. Emily capturó la esencia del hotel con un par de trazos rápidos y certeros: los recién casados —chicos y chicas de granja con unos dedos gruesos y nerviosos— sentados en el comedor; el piano que sonaba todo el día; la curva de las barandillas, signo de interrogación. A Mary Forward le gustó tanto el artículo que lo enmarcó y lo colgó en la entrada del bar. Emily escribió otro artículo que trataba de una goleta que había encallado entre las rocas, y otro más sobre un capitán de puerto que nunca se había hecho a la mar. Le permitieron firmar los artículos con su nombre completo. Se coló bajo la piel del pueblo, allí se sentía a gusto. Las barcas de pesca, las campanas que resonaban en el agua, la amenaza de una tormenta. Sabía captar la paleta de color que se desplegaba a lo largo de los muelles: rojos, ocres, amarillos. Andaba en búsqueda constante de la palabra perfecta. Los silencios, las blasfemias, las peleas. Los habitantes del lugar recelaban ante los recién llegados, pero Emily tenía una textura erosionada por la intemperie y se confundió con ellos. Y Lottie también.
  Unos años más tarde, Emily publicó un libro de poesía en una imprenta de Halifax. Los libros se esfumaron, pero eso ya daba igual: existieron durante un tiempo, encontraron una estantería en la que reposar. Y sus columnas semanales tampoco la inquietaban: tal vez no hubiera querido saber nada del amor, pero una vida también podía llenarse de otras cosas.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2014, en traducción de Marta Alcaraz. ISBN: 978-84-322-2283-2.]

domingo, 19 de junio de 2022

El jilguero.- Donna Tartt (1963)


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Badr al-Dine
XII

  «Antes de conocer a Boris yo llevaba mi soledad de forma estoica, sin ser muy consciente de lo solo que estaba. Supongo que si él o yo hubiéramos vivido en una casa la mitad de normal, con toques de queda, tareas domésticas y supervisión por parte de los adultos, no nos habríamos vuelto tan inseparables, pero casi a partir de aquel día pasamos todo el tiempo juntos, gorroneando comida y compartiendo el dinero que teníamos.
 En Nueva York yo había crecido rodeado de un montón de chicos que tenían mucho mundo, habían vivido en el extranjero y hablaban tres o cuatro idiomas, o hacían cursos de verano en Heidelberg y pasaban las vacaciones en lugares como Río, Innsbruck o Cap d’Antibes. Pero Boris, como un viejo capitán de barco, los dejaba a todos en la sombra. Él había montado a camello; había comido larvas witjuti, jugado a críquet, contraído malaria, vivido en las calles de Ucrania («pero sólo dos semanas»), desactivado él mismo un cartucho de dinamita y nadado en ríos australianos plagados de cocodrilos. Había leído a Chéjov en ruso, y a autores que yo desconocía en ucraniano y polaco. Había soportado la oscuridad de mediados de invierno en Rusia, donde las temperaturas caían hasta cuarenta grados bajo cero —ventiscas interminables, nieve y hielo negro— y donde la única alegría era la palmera de neón verde encendida las veinticuatro horas del día fuera del bar provinciano adonde a su padre le gustaba ir a beber. Aunque solo tenía un año más que yo —quince—, se había acostado con una chica en Alaska. Le gorroneó un cigarrillo en el aparcamiento de un supermercado y ella le preguntó si quería sentarse en el coche con ella, y así empezó todo.
  —Pero ¿sabes qué? —dijo exhalando el humo por una comisura de la boca—. Me parece que a ella no le gustó mucho.
  —¿Y a ti?
  —Dios, sí. Aunque, si te digo la verdad, me di cuenta de que no lo estaba haciendo muy bien. Creo que no había demasiado espacio en el coche.
  Todos los días volvíamos a casa juntos en el autobús escolar. En el centro cívico a medio construir que había en el borde de los Desatoy a Estates, con candados en las puertas y palmeras muertas en las macetas, había un parque infantil abandonado donde comprábamos refrescos y barritas de chocolate del suministro cada vez más reducido de las máquinas expendedoras, y nos sentábamos en los columpios a fumar y hablar. Los arranques de mal humor y las depresiones de Boris, que eran frecuentes, se alternaban con insensatos estallidos de carcajadas; era desenfrenado y pesimista, a veces me hacía reír hasta que me dolían los costados, y siempre tenía tanto que decir que perdíamos la noción del tiempo y nos quedábamos allí hasta que ya era de noche. En Ucrania había visto cómo pegaban un tiro en el estómago a un cargo público al dirigirse a su coche, convirtiéndose en testigo no del francotirador sino del hombre de anchos hombros con un abrigo demasiado pequeño que cayó de rodillas sobre la nieve en la oscuridad. Me habló de los pequeños colegios con tejado de zinc que había cerca de la reserva de los chippewa de Alberta, me cantó canciones infantiles en polaco (“Como deberes, en Polonia, nos hacían aprender de memoria un poema, una canción o una especie de oración”) y me enseñó palabrotas en ruso (“Esos son los verdaderos tacos, los de los gulags”). Me contó también que en Indonesia su amigo Bami, el cocinero, lo había convertido al islam: renunció al cerdo, hacía ayuno durante el Ramadán y rezaba de cara a La Meca cinco veces al día.
  —Pero ya no soy musulmán —comentó, arrastrando un dedo del pie por el polvo. Estábamos tumbados de espalda en el tiovivo, mareados por las vueltas—. Lo dejé hace tiempo.
  —¿Por qué?
  —Porque bebo.
  (Eso era quedarse corto: Boris bebía cerveza como otros chicos bebían Pepsi, y empezaba en cuanto llegábamos a casa del colegio).
  —¿Y a quién le importa? —pregunté—. ¿Por qué tiene que enterarse alguien?
  Hizo un ruidito de impaciencia.
  —Porque no está bien profesar una fe si no observas sus dictados. Es poco respetuoso hacia el islam.
  —Tonterías. Boris de Arabia. Suena bien.
  —Vete a la mierda.
  —No, en serio.
  —Me reí, apoyándome sobre los codos—. ¿De verdad llegaste a creer todo eso?
  —¿En qué?
   —Ya sabes. Alá y Mahoma. “No hay más Dios que Alá…”
  —No —respondió él un poco enfadado—, mi islam era una cuestión política.
  —¿Como los terroristas con bombas en el zapato?
EL JILGUERO - TARTT DONNA - Sinopsis del libro, reseñas, criticas ...  Él soltó una risotada.
  —Joder, no. Además, el islam no predica la violencia.
  —¿Entonces qué?
  Se bajó del tiovivo con la mirada alerta.
  —¿Qué quieres decir? ¿Intentas insinuar algo?
  —Eh, para el carro. Sólo estoy haciéndote una pregunta.
  —¿Y qué pregunta es?
  —¿Si te convertiste y todo eso es porque creías?
  Se echó hacia atrás y se rio como si le hubiera perdonado la vida.
   —¿Creer? ¡Ja! Yo no creo en nada.
  —¿Quieres decir ahora?
  —Quiero decir nunca. Bueno…, en la Virgen María. Pero ¿en Alá y en Dios…? No mucho.
  —Entonces, ¿por qué querías ser musulmán?
  —Porque… —Alzó las manos, como hacía a veces cuando no le salían las palabras— son unas personas maravillosas. ¡Fueron muy amables conmigo!
  —Eso es un comienzo.
  —Pero es cierto. Me pusieron un nombre árabe, Badr al-Dine. Badr es “luna”, y todo junto significa algo así como “la luna de la fidelidad”, pero dijeron: “Boris, tú eres badr porque iluminas todo, ahora que eres musulmán, iluminarás con tu religión el mundo, brillarás allá donde vayas”. Me encantó ser badr. Además, la mezquita era preciosa. Un palacio medio en ruinas, con estrellas centelleando en la noche y pájaros en el tejado. Un viejo javanés nos enseñaba el Corán. Me daban de comer y eran amables, y se aseguraban de que fuera aseado y tuviera ropa limpia. A veces me dormía sobre la alfombra de rezo. Y en salah, cerca del amanecer, cuando los pájaros se despertaban, siempre se oía el batir de sus alas.
  Aunque su acento era una mezcla realmente extraña de australiano y ucraniano, hablaba inglés casi con tanta fluidez como yo; y, teniendo en cuenta el poco tiempo que llevaba viviendo en Estados Unidos, era un conversador razonable al estilo amerikanskii. Siempre estaba manoseando su ajado diccionario de bolsillo (con su nombre garabateado en la primera página en alfabeto cirílico y en cuidadoso inglés debajo: BORIS VOLODIMIROVICH PAVLIKOVSKY), y yo no paraba de encontrar viejas servilletas de 7-Eleven y hojas de papel con listas de palabras y términos que él había confeccionado:
embridar y domesticar
celeridad
trattoria
sabelotodo = rhenjqkfwfy
propincuidad
Negligencia en el deber.

Cuando el diccionario le fallaba me consultaba a mí. “¿Qué significa sofomoro?”, me preguntaba examinando el tablón de anuncios que colgaba en el pasillo del colegio. “¿Hgar?” “¿Cncias Pol?” Nunca había oído la mayoría de los platos que había en la cafetería: fajitas, falafel, tetrazzini de pavo. Aunque entendía mucho de cine y de música, llevaba décadas de retraso; no tenía la menor idea de deportes o de la televisión, y aparte de unas pocas marcas europeas importantes como Mercedes y BMW, no distinguía un coche de otro. El dinero estadounidense lo confundía, y a veces también la geografía de Estados Unidos: ¿en qué provincia estaba California? ¿Podía decirle cuál era la capital de Nueva Inglaterra?
  Pero estaba acostumbrado a estar solo. Se despertaba alegremente por sí mismo para ir al colegio, hacía autoestop, firmaba sus boletines de las notas, y robaba comida y material de colegio. Una vez a la semana más o menos nos desviábamos unas millas de nuestro trayecto bajo un calor sofocante, protegidos por paraguas como miembros de alguna tribu indonesia, para coger el diminuto autobús local llamado CAT que por lo que yo sabía no utilizaba nadie salvo los borrachos o la gente demasiado pobre para tener un coche e hijos. Circulaba con poca frecuencia, y si lo perdíamos teníamos que esperar un buen rato a que llegara el siguiente, aunque entre las paradas había un centro comercial con un frío y brillante supermercado atendido por poco personal; allí Boris robaba bistecs, mantequilla, cajas de té, pepinos (una gran exquisitez para él), paquetes de beicon o incluso jarabe para la tos en una ocasión que yo tenía un resfriado, metiéndoselo en el forro rasgado de su fea gabardina gris (una prenda de hombre, demasiado grande para él, con los hombros caídos y un aire sombrío de bloque del Este, que hacía pensar en racionamiento de víveres y fábricas de la era soviética, y complejos industriales en Lvov u Odessa). Mientras daba vueltas alrededor, y o me quedaba al principio del pasillo, tan nervioso que a veces tenía miedo de desmayarme. Pero no tardé en llenarme los bolsillos de manzanas y chocolate (otros de los artículos favoritos de Boris) antes de acercarme con descaro al mostrador para comprar pan, leche y otros productos demasiado grandes para robarlos.»

     [El texto pertenece  a la edición en español de Ediciones Lumen, 2014, en traducción de Aurora Echeverría Pérez. ISBN: 978-84-2640-125-0.]

domingo, 1 de mayo de 2022

Bambilandia.- Elfriede Jelinek (1946)


Elfriede Jelinek - Malos Tratos
Babel


 «Se fue hace mucho ese hombre por quien tanta devoción siento, a quien idolatro, a alguien tiene que idolatrar uno, su pensamiento inició un camino retrógrado, que lo alejó de nosotros, ahora su carácter no dejará su impronta en milenios, sino sólo en mí, la afectada, que espera y espera. Este hombre, como dije, ejerció un efecto extraordinario sobre el cuerpo, no, sobre el cuerpo no, sobre todos los cuerpos, o mejor dicho, podría haberlo hecho, pero no se aprovechó de ello, usó su miembro de forma relajada, como quien dice, consciente de su hiperdesarrollo, pero oigan, no estoy hablando del hiperdesarrollo de su miembro, ¡sino del de toda su persona! Debe haber irradiado algo esta persona, ¿era poder? No, no. Pero sí. Fue el poder de, a partir de un individuo indiferente como yo, formar un pueblo, como quien funda una religión, un pueblo que lo venera y que lo seguirá venerando por siempre para que él le depare la salvación. Determinaría mi destino durante milenios si pudiera seguir mi destino tanto tiempo. Como no puedo, lo que hago es perseguirlo sólo a él, que es mi destino. Hoy en día, la crónica informativa se reduce a tetas, culos, coños, que los periódicos serios deben tapar, y sí, ahora es un conocimiento que poseemos todos, cómo son estas partes, ¡Pero antes solamente en el culto a los héroes lograba uno llegar a ver alguna parte íntima! ¡Se rendía culto a los dueños del sexo!, cuál sexo no importa, al fin y al cabo hay uno solo. La escritura de la historia, en la que ahora a nosotros no nos dejan participar, los norteamericanos son los únicos que se pueden poner el carnet de miembro en el miembro, si uno tiene otro carnet, entonces en seguida lo controlan, sólo a los norteamericanos les dan los carnets de la historia, ¿pero quién soy yo?, ¿quién me creo que soy?, ay, pero a ver, ¿qué era lo que quería decir?, la escritura de la historia, la crónica de los hechos, la crónica de los destinos de los individuos que ejercieron el dominio, obviamente no sobre nosotros, de los destinos de los conquistadores, obviamente tampoco nuestros conquistadores, demasiado insignificantes éramos nosotros como para que los dominadores nos registrarán siquiera, en conclusión: la crónica de los hechos se ha metido en la crónica de las tetas, le ha cedido su lugar. Ahora las tetas y los coños hacen historia, y todos se dan prisa por meterse allí dentro, no importa cuantos hayan estado antes allí, para convertirse en un ser histórico y en el ser, la esencia de la historia, lo que queda de ella, cuando están dentro, mucha no queda, pero bueno, por favor, entonces, ese ser aprehende el ser, esencia de la historia a través del proceso de convertirse en cuerpo. Y ahora por favor otro favor, porque esto siempre fue así: tomaos de las manos en alto, en parejas, una detrás de la otra, en una fila, así yo me cuelgo de nuestras manos como de una escalera horizontal en la gimnasia deportiva, ¡y así voy avanzando y así os puedo seguir! La historia ha manufacturado cuerpos como la fábrica de conservas de Inzersdorf, o la que sea, pero la historia de los últimos tiempos consiste en que los cuerpos están ahí, ahí se quedan, a menos que estén en el extranjero, que los cuerpos pongan manos a la obra los unos sobre los otros. Matar se volvió superfluo. Follar también se volvió de algún modo impersonal, ¿no? Como lo hacen todos y lo pueden hacer en cualquier momento y en cualquier lugar, es como le pasó a la historia, cómo decirlo: se despersonalizó. La verdad, una pena, ¿no? Y como el polvo público tiene lugar entre beldades, uno quiere ser una beldad, disfrutar de ello, tenemos derecho a disfrutarlo, porque todos somos seres públicos, o no, en realidad no. Más bien digamos que no. Pero todo es y se hace público, eso no se discute. Lo que uno observa, las observaciones tienen lugar en el aire, no en el espíritu, hasta que parte el alma del moribundo que exhala el último suspiro, y precisamente por eso es que la gente se dice: hala, hala, y aprovecha la primera ocasión para quitarse la ropa. Algunos se cambian de ropa para aparecer renovados ante su pareja y luego poder volver a decepcionarla. Pero, insisto, observen esto: las nuevas circunstancias y relaciones históricas se reducen a esos ocultos e impersonales momentos donde uno se encuentra entre nos y dentro de uno mismo y dentro del otro. Lo que sucede porque somos seres animados, sí no no podríamos hacer nada, pero fijaos, una vez que todo fue animado por la televisión, llegó entonces la ciencia para volver a quitarle el alma a una parte del mundo y desarrollar una pantalla plana y la televisión digital. ¡Pero no, no, todo esto no guarda relación con las relaciones! Las relaciones son concretas, y de ellas se encarga la Misión de San Cristóbal. Ahí se sube uno sobre los hombros del otro, por ejemplo, un niño sobre un pedófilo, un portador de Dios que carga a la izquierda, y el niño es llevado en andas atravesando el río, la verga, el portador, no el portador de la verga sino del niño, se la ha puesto antes cómodamente sobre el hombro derecho, y las piernas del niño se las ha puesto pegadas alrededor del cuello, como uno de esos abrelatas, casi lo asfixia, esa postura casi lo asfixia mientras va avanzando por el agua, pero si el niño se cae y se ahoga, a San Cristóbal le quedará todavía su verga, no la suya, la del niño por supuesto, y las piernas puestas como un abre- apetitos carnales, como un abrelatas, uno de esos con aros de metal de distintos tamaños, yo también tengo uno de esos, en los que según el tamaño de la lata se elige el aro y se lo coloca alrededor del coño, digo de la lata, para abrirla, y luego vaciar su contenido, no importa adónde vaya el contenido después. Los seres humanos pastan el uno en el otro, así que no necesitan abridor, todo es campo de pastoreo. No es uno un animal y el otro el campo de pastoreo, Son dos campos de pastoreo que se devoran mutuamente y luego bajan la cabeza hacia el suelo entristecidos. Pero por quien lloran es por sí mismos, porque están solos. Tampoco necesitamos ya más lo animal que hay en nosotros, sin esa parte animal igual hacemos historia punto matamos sin necesidad y sin que nadie nos mande hacerlo. Para la historia también es importante que la economía tenga relaciones, Que la forma de alimentación tenga una relación con nosotros, que tengamos herramientas que Por su parte tienen relaciones entre ellas cuando descienden en Marte, en la arena en la arena en la arena, y todo resulta estéril estéril estéril, y que las caminatas que hace la gente por los senderos de montaña tengan relaciones o por lo menos las costumbres las construyan: en el refugio alpino se construye de forma precaria con los cuerpos algo correcto y adecuado con el solo fin de que uno pueda pasar por sus puertas, Y las puertas están ahí, solas, no, la verdad es que solas no están, tienen pareja, así que olvídense de ellas, no están disponibles, las casas del cuerpo abren ellas las puertas, y entonces entramos nosotros. Crecimiento demográfico, descontento popular y cambios climáticos son las consecuencias luego. Al gran hombre, el representante, el soberano, ya no le cabe ningún otro papel salvo el de oportunista de masas, qué consiste en representar oportunistamente las aspiraciones de las masas, y quien las represente mejor, ese será respetado como un grande mientras que los más seguirán teniendo poca importancia. Es en realidad fortuito que las aspiraciones de las masas se logren corporeizar en una persona, quiero decir, que se halle una persona que pueda corporizar algo así como una aspiración de la masa, y entonces después todos los otros cuerpos, cuyos pétalos se han abierto como Jesús en la cruz, sí, el de la herida en el costado. Podría hablar mucho sobre esa herida, sobre esa vulva ensangrentada que se abre en el costado, Amfortas y todo eso, el Sagrado Corazón de Jesús, en fin, ¡todos los demás se quieren mostrar de un modo tan exhibicionista! ¡Ustedes también se lo podrían haber ahorrado! No tienen más que esperar, en cualquier momento algo se va a abrir, algo seguro que se abre, sí siempre se trata de eso, de que se abra algo, un pantalón, una casa, en ese afán, en esa aspiración algo se abre y hace saltar los puntales por los Aires como calzoncillos que se arrancan y destrozan. 
Bambilandia (Áncora & Delfin): Amazon.es: Jelinek, Elfriede: Libros Después la gente destroza sus relaciones y no ve el momento de entrar en una nueva relación, o quizá más bien de descentrarse y hundirse en una relación, o que la relación lo hunda, oh señor, yo no soy digna de que entre en tu casa. Pero tú encarnas y apuntarlas mis aspiraciones tan bien, que a ti te elijo, y te autorizo a que me introduzcas un sólido puntal bien puesto como corresponde, quiero decir qué así quizá mejore mi resistencia, ¿pero por qué jadeas así? ¿Se te hace ya demasiado largo? ¿Y has notado también esa discrepancia entre tu persona y tu órgano genital? ¿Te resulta demasiado grande, demasiado pequeño, demasiado mediano? A mí me llamó la atención enseguida, apenas te vi, antes incluso de ver siquiera tu órgano genital me imaginé: ¡aquí seguro que habrá fuertes discrepancias! Uno demasiado grande, el otro demasiado pequeño, a ti te dejo ver cuál es cuál, no, no te dejo eso a ti, a ti te dejo como máximo la elección del local a donde ir a cenar, pero las elecciones locales ya no te las dejo más a tu cargo, se las dejaré a otro, elegiré a mi propio representante, ¡y contra él, te digo, no tienes ni una oportunidad! Por ahora, por ahora todavía estoy a tu merced, Dios cretino, ¡cuánto confías en tu naturaleza! Pero ella no puede hacer absolutamente nada. Espera solo, hasta que ya no sea más yo, ¡entonces te encontrarás metido y atrapado en otra y no sabrás qué hacer! Y entonces surgirán las discrepancias. No, las discrepancias comenzaron hace ya mucho tiempo, es solo que nunca nos dimos cuenta. Pero las discrepancias aparecen también entre la postura que guardan nuestros órganos de pensamiento y nuestros órganos sexuales, y vaya postura en que quedó guardado todo ese mobiliario de mal gusto que el mundo adquirió de nuevo en una liquidación, porque él quiere y quiere acostarse al lado de alguien, es como una obligación para él, y por querer adquirió algo, como suele suceder, algo que en todos los casos está de más, en fin en fin, ¿qué quería decir?, que es por medio del pensamiento que aparecen esas discrepancias entre nuestros órganos sexuales, y aparentemente no encajan porque nadie los quiere, él quiere solo los de él, los míos no los quiere, le parece que no encajamos entonces yo: quisiera esos, pero en un tamaño más grande, digo, ¿los tendrá en la mediana? ¿no?, entonces llevo la pequeña, pero ahí él no querrá entrar cuando quiera entrar, pero la grande sería demasiado grande, bueno, bueno, decía que sí, bueno que es por medio del pensamiento que se deben allanar esas discrepancias de modo que los seres humanos puedan volver a follar como se debe. Quiero decir que ya no necesiten pensar antes, bueno, ya está, asunto acabado.»   

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2006, en traducción de Claudia Baricco, pp. 88-95. ISBN: 84-233-3834-7.]