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domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

domingo, 18 de mayo de 2025

En el camino.- Jack Kerouac (1922-1969)

 

Cuarta parte
2

 «A medianoche [...] cogí el autobús para Washington; perdí algún tiempo callejeando por allí; me salí del camino trazado para ver el Blue Ridge, oír el pájaro de Shenandoah y visitar la tumba de Stonewall Jackson; al anochecer escupí en el río Kanawha y anduve por la noche hillbilly de Charleston, al oeste de Virginia; a medianoche Ashland, Kentucky y una chica solitaria bajo la marquesina de un teatro cerrado. El oscuro y misterioso Ohio, y Cincinnati al amanecer. Después los campos de Indiana de nuevo, y por la tarde San Luis como siempre bajo las grandes nubes del valle. Los adoquines cubiertos de barro y los troncos de Montana, los barcos fluviales destrozados, los antiguos letreros, la yerba y las maromas junto al río. El poema interminable, Missouri por la noche, y los campos de Kansas, las vacas nocturnas de Kansas en los secretos desiertos, pueblos de cartón con un mar al final de cada calle; amanecer en Abilene. [...]
 Henry Grass viajaba conmigo en el autobús. Se había montado en Terre Haute, Indiana, y ahora me decía:
 -Ya te he dicho que aborrezco este traje que llevo, es asqueroso... pero eso no es todo -me enseñó unos papeles. Acababan de soltarle de la prisión federal de Terre Haute; lo habían encerrado por robar coches y venderlos después en Cincinnati. Era un chaval de unos veinte años y pelo ondulado-. Nada más llegar a Denver venderé el traje y me conseguiré unos pantalones vaqueros. ¿Sabes lo que me hicieron en esa cárcel? Aislamiento en celdas de castigo con sólo una Biblia; como el suelo era de piedra me sentaba encima de ella; cuando vieron lo que hacía me quitaron la Biblia y me trajeron otra de bolsillo pequeñísima. No podía sentarme encima y me la leí entera y el Nuevo Testamento también. ¡Je, je! -me dio un codazo mientras seguía chupando un caramelo. Comía caramelos sin parar porque en la cárcel le habían destrozado el estómago y sólo podía soportar eso-. ¿Sabes que en la Biblia hay cosas muy interesantes? Mucha jodienda y todo eso -me explicó lo que quería decir "andar publicándose"-. El que está a punto de salir de la cárcel y empieza a hablar de ello "anda publicándose" a los otros presos que tienen que quedarse todavía. Lo cogemos por el cuello y le decimos: "¡No andes publicándote conmigo!" Mal asunto ese de andar publicándose... ¿me entiendes?
 -Nunca andaré publicándome, Henry.
 -Si alguien anda publicándose conmigo, se me hinchan las narices, me cabreo y estoy dispuesto a cargármelo. ¿Sabes por qué me he pasado la vida en la cárcel? Porque perdí la cabeza a los trece años. Estaba en el cine con otro chaval y se metió con mi madre (ya sabes lo que quiero decir), y entonces cogí la navaja y le pegué un tajo en todo el cuello y lo habría matado si no me sacan de allí. El juez dijo: "¿Sabías lo que hacías cuando atacaste a tu amigo?" "Sí, señor juez, lo sabía, quería matar a ese hijoputa y sigo queriendo." Así que no me dieron la condicional y me metieron en un reformatorio. Me salieron almorranas de tanto sentarme en el suelo de las celdas de castigo. No vayas nunca a una prisión federal, son las peores. Mierda, hace tanto que no hablo con nadie que podría pasarme la noche entera hablando. No sabes lo bien que se siente uno fuera. Ya estabas en el autobús cuando subí yo... allí en Terre Haute... ¿En qué estabas pensando?
  -En nada, simplemente viajaba.
 -Pues yo, yo estaba cantando. Me senté a tu lado porque tenía miedo de sentarme junto a una chica, podía volverme loco y empezar a meterle mano. Tendré que esperar un poco.
 -Si te detienen otra vez te meterán cadena perpetua. Vale más que te tomes las cosas con calma.
 -Eso trataré de hacer. Lo malo es que cuando se me hinchan las narices no sé ni lo que hago.
 Iba a vivir con su hermano y su cuñada; le habían buscado trabajo en Colorado. El billete se lo habían dado al salir de la cárcel; estaba en libertad condicional. Era un chaval como Dean a su edad; la sangre le hervía en las venas y no conseguía dominarla; se le hinchaban las narices, como él decía; pero carecía de la santidad natural de Dean para librarse de un destino entre rejas.
 -Sé mi tronco, Sal, y evita que se me hinchen las narices en Denver, ¿lo harás? Tal vez consiga llegar sano y salvo a casa de mi hermano.
 Cuando llegamos a Denver lo cogí del brazo y lo llevé a la calle Larimer a vender el traje de la cárcel. El viejo judío se dio cuenta inmediatamente de lo que era.
 -No quiero estas jodidas prendas; me las traen a diario los tipos de Canyon City.
 Toda la calle Larimer era un hervidero de ex presidiarios que trataban de vender su ropa de la cárcel. Henry terminó con el traje debajo del brazo metido en una bolsa de papel y luciendo unos pantalones vaqueros nuevos y una camisa sport. Fuimos al bar de Glenarm, donde solía ir Dean. Por el camino Henry tiró el traje a una papelera. Llamé a Tim Gray. Ya era por la tarde.
 -¿Eres tú? -soltó Tim Gray-. Voy ahora mismo.
 Diez minutos después entraba en el bar con Stan Shephard. Ambos habían hecho un viaje a Francia y estaban totalmente decepcionados con su vida en Denver. Les gustó Henry le invitaron a cerveza. Henry empezó a gastar el dinero que le habían dado al salir de la cárcel. Me encontraba de nuevo en la suave y oscura noche de Denver con sus sagradas callejas y sus casas locas. Fuimos a todos los bares de la ciudad, a los paradores de West Colfax, a los bares de negros de Five Points, ¡la hostia!
 Stan Sherpard llevaba años esperando conocerme y ahora estábamos juntos por primera vez frente a la aventura.
 -Sal, desde que he vuelto de Francia no tengo ni la más remota idea de qué hacer conmigo mismo. ¿Es cierto que te vas a México? Coño, ¿no podría ir contigo? Puedo conseguir cien dólares y una vez allí me matricularé en la universidad con mi paga de veterano de guerra.
 Muy bien, estaba de acuerdo, Stan vendría conmigo. Era un tipo de Denver, ágil, tímido, desgreñado, con sonrisa patibularia y movimientos lentos y fáciles a lo Gary Cooper.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Martín Lendínez, pp. 334-337. ISBN: 84-02-07680-7.]

domingo, 11 de diciembre de 2022

La potencia de uno.- Bryce Courtenay (1933-2012)


Fallece Bryce Courtenay, exitoso novelista en Australia ...
Quince


  «Llegó por fin la noche del concierto de Doc. En cuanto crucé la puerta de entrada me di cuenta de que en la prisión había un ambiente distinto. El aire carecía del sentimiento de desesperación que siempre flotaba en él. La charla triste que oía en mi mente cuando entraba en el recinto había cesado. Los pensamientos de la gente eran tranquilos. Sentí un estremecimiento de emoción. Aquella noche iba a ser especial.
  Había salido una luna llena sobre la oscura sombra de las colinas que había detrás de los muros de la prisión y la plaza de armas estaba inundada de luz lunar. El Steinway de Doc se alzaba muy claramente, perfilado en el estrado con la tapa ya levantada. La escena poseía un silencio propio, era como contemplar un cuadro de Dalí. Me quedé parado un momento, pues aquel concierto parecía algo excepcional, incluso para alguien de mi edad, cuya comprensión de la logística y de las leyes de la probabilidad humana eran bastante limitadas.
  Cuando estaba contemplando el Steinway perfilado a la luz de la luna, se encendieron los focos, súbitos y brillantes, y fue como la explosión de una pistola de soldar. Cuando acostumbré los ojos a aquella luz áspera y fuerte vi ya que alrededor del estrado, en un semicírculo sobre el suelo duro, había líneas pintadas que indicaban la zona correspondiente a cada tribu. Del edificio principal salieron una docena de guardias provistos de sjamboks que se dirigieron hacia el piano; las botas hacían un ruido rechinante en el sendero de grava.
  Crucé la plaza de armas, entré por una puerta lateral y me dirigí al salón donde estaba esperándome Doc. Estaba sentado ante el Minion vertical, acariciando las teclas con aire ausente. Alzó la vista cuando entré.
  —Geel Piet se retrasa, ya debería estar aquí, —dijo, con voz tensa. Doc había llegado a depender mucho de Geel Piet, y le consideraba un elemento básico de toda la operación. Sin él trabajando con los presos un concierto preñado ya de un potencial de desastre imprevisible no tendría ninguna posibilidad de éxito.
  —Vendrá enseguida, ya verás, —dije para animarlo—. Iré a por los guantes para ahorrar tiempo.
  Salí rápidamente del salón y bajé por el pasillo camino del gimnasio. Me crucé con un viejo presidiario que llevaba una cacerola de café de nueve litros, y al que seguía otro con una bandeja en la que había tazas y una lata de azúcar moreno. Les llevaban café a los guardias que estaban de servicio en la plaza de armas.
  —¿Has visto a Geel Piet?, —le pregunté a uno. Le hablé en shangaan porque vi por las cicatrices que tenía en las mejillas que era de la tribu tsonga.
  —No baas, no le hemos visto, —dijo humildemente.
  Al alejarme oí que le decía al otro presidiario que iba detrás de él:
  —Ves como el Ángel Renacuajo habla las lenguas de todas las tribus. Él es el caudillo elegido del pueblo.
  Cuando por fin llegué, encendí las luces del gimnasio y de la ducha. Las luces que había encima del ring estaban en la pared opuesta y el ring estaba a oscuras, pero había luz suficiente para que pudiese ver la caja donde estaban los guantes y elegí rápidamente unos que me gustaban. Fui a las duchas, me desvestí y me puse la camiseta, los pantalones, los calcetines y las botas, luego até los cordones de los guantes y me los eché al cuello para que me los pusiese Doc.
  Cuando volví Doc aún seguía solo en el salón. Su inquietud se reflejaba claramente en su expresión ensimismada mientras me ponía los guantes.
  —Es demasiado tarde, no podemos seguir esperando. Tenemos que empezar. Le diré a Geel Piet que estoy muy enfadado por esto.
  La puerta que yo había utilizado para entrar en el edificio no podía abrirse desde dentro, así que dejamos el salón y bajamos por el largo pasillo que daba al edificio principal de oficinas, por el que podíamos llegar a la plaza de armas. Cruzamos el pequeño vestíbulo en el que yo había estado esperando, cuatro años antes, la primera vez que había ido a la prisión. Las luces estaban apagadas en aquel despacho que había sido entonces el del teniente Smit y que ocupaba ahora el teniente Borman. Dejé ir delante a Doc y me acerqué a la ventanilla y atisbé un momento en la oficina en penumbra. Pude ver a la media luz dónde se sentaba Klipkop y al lado el otro escritorio más grande, que era del teniente Borman. Mi mirada vagó por la oficina y se detuvo en una fina raya de luz que salía por debajo de la puerta del cuarto de interrogatorios. La puerta debía estar entornada porque oí el ruido inconfundible de un golpe y un gemido agudo y súbito como de un hombre que acaba de recibir un puñetazo en el plexo solar. No era insólito pero parecía impropio en aquella noche de plenilunio en que iba a interpretarse el Concierto de la Gran Patria del Sur.
  Cuando llegamos los presos estaban ya sentados en las secciones que tenían asignadas, y los guardias paseaban por los pasillos fustigándose con sus sjamboks en las piernas, muy serios. Los presos evitaban mirarles, era casi como si no estuviesen allí. Tenían prohibido hablar, pero vimos al pasar que la gente sonreía y se extendió un murmullo sordo entre los presos que estaban sentados cuando Doc y yo subimos al estrado.
  El Kommandant llegó poco después que nosotros y subió al estrado para hablar a los presos. Estaba previsto que el teniente Borman hiciese la traducción al fanagal, pero al parecer no había llegado. El Kommandant estaba claramente irritado por esto, y al cabo de unos minutos, durante los cuales no hizo más que mirar el reloj una y otra vez, empezó a hablar en afrikaans.
  —Escuchadme, atención, —dijo, y yo traduje rápidamente al zulú. Me miró sorprendido.
  —¿Tú puedes traducir, Peekay?, —asentí—. Está bien, entonces hablaré y pararé después de cada frase para que tú puedas traducir.
  Al Kommandant le fastidiaba tener que hablarles a los presos y lo hacía demasiado fuerte y en un tono muy áspero.
  —Este concierto es un regalo que os hace el profesor, que no es un asqueroso delincuente como todos vosotros ¿me oís? No sé por qué una persona importante como él quiere hacer un concierto para cafres, y no sólo cafres, sino criminales además. Pero eso es lo que quiere y lo tendréis porque yo soy un hombre de palabra. Sólo quiero que sepáis que esto no volverá a pasar y que no quiero ningún problema, entendido, escucháis el piano y cantáis y luego os volveremos a llevar a vuestras celdas.
  Se volvió a mí, resoplando nervioso.
  —Ya está. Diles lo que he dicho.
  Yo dije que el Kommandant les daba la bienvenida y que el profesor les daba la bienvenida por acudir a su gran indaba de canciones. Añadí que el profesor tenía la esperanza de que las tribus cantasen a cuál mejor para que se sintieran todos orgullosos. Les dije también que tenían que estar atentos a mis manos y me quité los guantes de boxeo para indicar los movimientos que haría con ellas. Cuando acabé de hablar vi, en el mar de rostros que tenía delante, una sonrisa general de entusiasmo a punto de estallar; luego empezaron a aplaudir espontáneamente.
 —Lo has hecho muy bien, Peekay, —dijo el Kommandant, complacido ante aquella reacción espontánea a su discurso.
Leer La potencia de uno de Bryce Courtenay libro completo online ...  Doc interpretó completo el Concierto de la Gran Patria del Sur y los presos escucharon en silencio con cabeceos de aprobación al oír las melodías de sus propios cantos tribales. Al final aplaudieron todos furiosamente.
  Luego me levanté y les mostré cómo indicaría a cada tribu que podía iniciar su actuación y cómo les haría parar difuminando las voces o terminando simplemente una canción o un pasaje con un golpe hacia abajo de las manos, un gesto de cortar. Les pedí que levantasen la mano si entendían y se alzó un mar de manos.
 Doc interpretó el preludio, que era una mezcla musical de todas las melodías, y luego yo introduje a los cantores sothas. Sus voces se fundieron en la noche como si antes de romper a cantar hiciesen vibrar el aire de principios del verano con una armonía honda. Era la canción masculina más bella que yo había oído en mi vida. Parecían comprender instintivamente lo que se quería de ellos, y seguían cada gesto como si lo previeran. Les siguieron los ndebeles, que interpretaron una melodía más estridente y cuyas voces se alzaron graves y sinceras, repitiendo el hilo de la canción que iba llevando una sola voz masculina aguda, persiguiendo a aquella voz única, cazándola a veces incluso para cobijarla y nutrirla con hermosa armonía y luego dejarla volver a escapar para que llevase de nuevo adelante el canto. Siguieron los swazis, con una canción tan bella como todas los otras. Luego los shangaans. Cada tribu sonaba distinto, aunque parecía apoyarse en el canto de la tribu anterior, separado del suyo por un estribillo común que era profundamente africano, y que parecía en cierto modo una mezcla de todos los cantos. Los zulúes se encargaron de la última parte, que se elevó en poder y majestad cuando entonaron el canto de triunfo del gran Shaka, utilizando las palmas de las manos para golpear en el suelo, como había hecho con sus pies el poderoso indi zulú, hasta que la plaza de armas pareció temblar. Las otras tribus enseguida cogieron el ritmo y empezaron a golpear también en el suelo para aumentar el efecto. El concierto duró media hora, la última parte de la cual fue el estribillo, familiar ya por entonces a todos y que todas las tribus tararearon en un final glorioso. La obra de un compositor nunca había tenido un debut más extraño ni espléndido. El concierto sería interpretado años después por orquestas filarmónicas y sinfónicas de todo el mundo, con acompañamiento de algunos de los coros de mayor prestigio. Pero nunca sonaría mejor que bajo la luna africana en el patio de la cárcel, cuando trescientos cincuenta reclusos negros se fundieron en el orgullo que sentían por sus tierras tribales y en su amor a ellas. Doc se levantó del Steinway y se volvió hacia la masa de rostros negros. Lloraba sin la menor vergüenza y hurgaba en el bolsillo buscando un pañuelo, y muchos africanos lloraban con él. Luego, sin previo aviso, brotó un clamor de aprobación de la gente que habría sido imposible parar. Doc me contaría después que había sido el momento más grande de su vida, pero lo que ellos decían era: “¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi!”. ¡Ángel Renacuajo! ¡Ángel Renacuajo!, cantaban una y otra vez.
  El Kommandant pareció inquietarse y algunos de los guardias empezaron a pegar con los sjamboks en el suelo. ¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi! Doc se había levantado de su asiento para hacer una reverencia, y yo entonces empecé a mover las manos para indicar que debía cesar el canto. Casi al instante se hizo el silencio. Doc alzó la vista sorprendido sin saber muy bien lo que había pasado.
  —El gran hechicero músico y yo, —dije—, damos las gracias a la gente por cantar. Todos vosotros habéis honrado esta noche a vuestras tribus y nos habéis hecho un gran honor también al gran hechicero musical y a mí.
  Para hacer un discurso así en inglés me habría faltado madurez, pero la lengua africana posee una gracia natural y se adapta muy fácilmente a las palabras de este tipo.
 —Ahora debéis callaros en nombre de vuestras mujeres y vuestros hijos, pues los bóers están nerviosos, —mi voz era un rumor débil y aflautado en la noche.
  De pronto se esparció por el cielo una lluvia de estrellas sobre el pueblo y luego otra y otra, estrellas aisladas rojas y verdes que estallaban en lo alto, torrentes que bailaban en los cielos. Los presos miraban sobrecogidos, algunos tapándose incluso la cabeza para protegerse de aquella magia. Un guardia se acercó corriendo al Kommandant, le cuchicheó algo al oído y el Kommandant se volvió hacia Doc y luego extendió la mano.
  —Es libre de irse, Profesor. Se ha acabado la guerra en Europa, los alemanes se han rendido, —señaló hacia el pueblo—. Mire los fuegos artificiales. Esos malditos rooineks ya están celebrándolo.»
 
          [El texto pertenece a la edición en español de Muchnik Editores, 1990, en traducción de José Manuel Álvarez-Florez,  pp. 302-306. ISBN:  978-8422638247.]

domingo, 9 de octubre de 2022

Papillon.- Henry Charriére (1906-1973)


Henri Charrière | Discografía | Discogs
Primer cuaderno: El camino de la podredumbre

La central de Caen

 «Apenas llegamos, nos hacen pasar al despacho del director quien alardea de su superioridad desde detrás de un mueble “Imperio”. Sobre un estrado de un metro de alto.
  —¡Firmes! El director os va a hablar.
  —Condenados, estáis aquí en calidad de depósito en espera de vuestra salida para el presidio. Esto es una cárcel. Silencio obligatorio en todo momento, ninguna visita que esperar, ni carta de nadie. O se obedece o se revienta. Hay dos puertas a vuestra disposición: una para conduciros al presidio si os portáis bien; otra para el cementerio. En caso de mala conducta, sabed que la más pequeña falta será castigada con sesenta días de calabozo a pan y agua. Nadie ha aguantado dos penas de calabozo consecutivas. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
  Se dirige a Pierrot el Loco, cuya extradición había sido pedida, y concedida, de España:
  —¿Cuál era su profesión en la vida?
  —Torero, señor director.
  Furioso por la respuesta, el director grita: —¡Llevaos a ese hombre, militarmente!
  En un abrir y cerrar de ojos, el torero es golpeado, aporreado por cuatro o cinco guardianes y llevado rápidamente lejos de nosotros. Se le oye gritar:
  —So maricas, os atrevéis cinco contra uno y, además, con porras. ¡Canallas!
 Un “¡ay!”, de bestia mortalmente herida y, luego, nada más. Sólo el roce sobre el cemento de algo que es arrastrado por el suelo.
  Después de esta escena, si no se ha comprendido, nunca se comprenderá. Dega está a mi lado. Mueve un dedo, sólo uno para tocarme el pantalón. Comprendo lo que quiere decirme: “Aguanta firme, si quieres llegar al presidio con vida”. Diez minutos después, cada uno de nosotros (salvo Pierrot el Loco, quien ha sido encerrado en un infame calabozo de los sótanos) se encuentra en una celda del pabellón disciplinario de la Central.
  La suerte ha querido que Dega ocupe la celda lindante con la mía. Antes, hemos sido presentados a una especie de monstruo pelirrojo de un metro noventa o más, tuerto, que lleva un vergajo nuevo, flamante, en la mano derecha. Es el cabo de vara, un preso que ejerce la función de verdugo a las órdenes de los vigilantes. Es el terror de los condenados. Los vigilantes, con él tienen la ventaja de poder apalear y flagelar a los hombres, de una parte sin cansarse y, si hay muertes, eximiendo de responsabilidades a la Administración.
  Posteriormente, durante una breve estancia en la enfermería conocí la historia de esa bestia humana. Felicitemos al director de la Central por haber sabido escoger tan bien a su verdugo. El individuo en cuestión era cantero de oficio. Un buen día, en la pequeña ciudad del Norte donde vivía, decidió suicidarse suprimiendo al mismo tiempo a su mujer. Para ello, utilizó un cartucho de dinamita bastante grande. Se acuesta al lado de su mujer, que está descansando en el segundo piso de un edificio de seis. Su mujer duerme. El enciende un cigarrillo y, con este, prende fuego a la mecha del cartucho de dinamita que sostiene en la mano izquierda, entre su cabeza y la de su mujer. La explosión fue espantosa. Resultado: su mujer queda hecha papilla y casi hay que recogerla con cuchara. Una parte del edificio se derrumba y tres niños perecen aplastados por los escombros, así como una anciana de setenta años. Los demás quedan, más o menos, gravemente heridos.
  En cuanto a Tribouillard, ha perdido parte de la mano izquierda, de la que sólo le queda el dedo meñique y medio pulgar, y el ojo y la oreja izquierdos. Tiene una herida en la cabeza lo suficientemente grave para necesitar que se la trepanen. Desde su condena, es cabo de vara de las celdas disciplinarias de la Central. Ese semiloco puede disponer como le venga en gana de los desventurados que van a parar a sus dominios. Un, dos, tres, cuatro, cinco…, media vuelta… Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta… y comienza el incesante ir y venir de la pared a la puerta de la celda.
 No tenemos derecho a acostarnos durante el día. A las cinco de la mañana, un toque de silbato estridente despierta a todo el mundo. Hay que levantarse, hacer la cama, lavarse, y o bien andar o sentarse en un taburete fijado a la pared. No tenemos derecho a acostarnos durante el día. Como colmo del refinamiento del sistema penitenciario, la cama se levanta contra la pared y queda colgada. Así, el preso no puede tumbarse y puede ser vigilado mejor.
 Un, dos, tres, cuatro, cinco… Catorce horas de caminata. Para adquirir el automatismo de ese movimiento continuo, hay que aprender a bajar la cabeza, poner las manos a la espalda, no andar ni demasiado deprisa ni demasiado despacio, dar los pasos exactamente iguales y girar automáticamente, en un extremo de la celda, sobre el pie izquierdo, y en el otro extremo, sobre el pie derecho.
 Un, dos, tres, cuatro, cinco… Las celdas están mejor alumbradas que en la Conciergerie y se oyen los ruidos exteriores, los del pabellón disciplinario y también algunos procedentes del campo. Por la noche, se perciben los silbidos o las canciones de los labradores que vuelven a sus casas contentos de haber bebido un buen trago de sidra.
 He recibido mi regalo de Navidad: por un resquicio de las tablas que tapan las ventanas, percibo el campo, todo nevado y algunos árboles altos, negros, iluminados por la luna llena. Diríase una de esas postales típicas de Navidad. Agitados por el viento, los árboles se han despojado de su manto de nieve y, gracias a esto, se les distingue bien. Se recortan en grandes manchas oscuras sobre todo lo demás. Es Navidad para todo el mundo, hasta es Navidad en una parte de la prisión. Para los presidiarios en depósito, la Administración ha hecho un esfuerzo: hemos tenido derecho a comprar dos tabletas de chocolate. Digo dos tabletas, no dos barras. Estos dos pedazos de chocolate de Aiguebelle han sido mi cena de Nochebuena de 1931.
  … Un, dos, tres, cuatro, cinco… La represión de la justicia me ha convertido en péndola, el ir y venir en una celda es todo mi universo. Todo está matemáticamente calculado. En la celda no debe haber nada, absolutamente nada. Sobre todo, es menester que el condenado no pueda distraerse. Si me sorprendieran mirando por esa hendidura de los maderos de la ventana, recibiría un severo castigo. Sin embargo, ¿acaso no tienen razón, puesto que para ellos no soy más que un muerto en vida? ¿Con qué derecho podría permitirme gozar de la contemplación de la naturaleza?
  Vuela una mariposa; tiene un color azul claro, con una pequeña lista negra; una abeja zumba no lejos de ella, junto a la ventana. ¿Qué vienen a buscar esos bichos en este lugar? Parece como si estuviesen locas por ese sol de invierno, a menos que tengan frío y quieran entrar en la prisión. Una mariposa en invierno es una resucitada. ¿Cómo no ha muerto todavía? Y esa abeja, ¿por qué ha abandonado su colmena? ¡Qué inconsciente atrevimiento acercarse aquí! Afortunadamente, el cabo de vara no tiene alas, de lo contrario no vivirían mucho tiempo.
  Ese Tribouillard es un horrible sádico y presiento que algo me ocurrirá con él. Por desgracia, no me había equivocado. El día siguiente de la visita de los dos encantadores insectos, me declaro enfermo. No puedo más, me ahoga la soledad, necesito ver una cara, oír una voz, aunque sea desagradable, pero en suma una voz, oír alguna cosa.
Papillon de Henri Charrière: Muy bien Encuadernación de tapa dura ...  Completamente desnudo en el frío glacial del pasillo, cara a la pared, con la nariz a cuatro dedos de esta, era el penúltimo de una fila de ocho, en espera de mi turno de pasar ante el doctor. ¿Quería ver gente? ¡Pues ya lo he conseguido! El cabo de vara nos sorprende en el momento en que le murmuraba unas palabras a Julot, conocido como el hombre del martillo. La reacción de aquel salvaje pelirrojo fue terrible. De un puñetazo en la nuca, me dejó casi sin sentido y, como no había visto venir el golpe, me di de narices contra la pared. Empecé a manar sangre y, tras haberme incorporado, pues me había caído, me rehago y trato de comprender lo ocurrido. Cuando hago un ademán de protesta, el coloso, que no esperaba otra cosa, de una patada en el vientre me tumba otra vez en el suelo y comienza a golpearme con su vergajo. Julot ya no puede aguantarse. Se echa encima de él, se entabla una terrible pelea y, como Julot lleva todas las de perder, los vigilantes asisten, impasibles, a la batalla. Nadie se fija en mí, que acabo de ponerme en pie. Miro a mi alrededor, tratando de descubrir algún arma. De golpe, percibo al doctor, inclinado sobre su sillón, que trata de ver desde la sala de visita lo que ocurre en el pasillo y, al mismo tiempo, la tapadera de una marmita que brinca empujada por el vapor. Esa gran marmita esmaltada está encima de la estufa de carbón que calienta la sala del doctor. Su vapor debe purificar el aire.
 Entonces, con un rápido reflejo, agarro la marmita por las asas, me quemo, pero no la suelto y, de una sola vez, arrojo el agua hirviendo a la cara del cabo de vara, quien no me había visto, ocupado como estaba con Julot. De su garganta sale un grito espantoso. Ha cobrado lo suyo. Se revuelca en el suelo y, como lleva tres jersey s de lana, se los quita con dificultad, uno después de otro. Cuando llega al tercero, la piel salta con este. El cuello del jersey es estrecho y, en su esfuerzo por hacerlo pasar, la piel del pecho, parte de la del cuello y toda la de la mejilla siguen pegadas al jersey. También tiene quemado su único ojo y, ahora está ciego. Por fin, se pone en pie, repelente, sanguinolento, en carne viva, y Julot aprovecha el momento para asestarle una terrible patada en los testículos. El gigante se derrumba y empieza a vomitar y a babear. Ha recibido su merecido Nosotros nada perdemos con esperar.
 Los dos vigilantes que han asistido a la escena no tienen suficientes arrestos para atacarnos. Tocan la alarma para pedir refuerzos. Llegan de todos lados. Los porrazos llueven sobre nosotros como una fuerte granizada. Tengo la suerte de perder pronto el sentido, lo cual no me impide recibir más golpes.
 Despierto dos pisos más abajo, completamente desnudo, en un calabozo inundado de agua. Lentamente recobro los sentidos. Recorro con la mano mi cuerpo dolorido. En la cabeza tengo por lo menos doce o quince chichones. ¿Qué hora será? No lo sé. Aquí no es de día ni de noche, no hay luz. Oigo golpes en la pared, vienen de lejos.
  Pam, pam, pam, pam, pam, pam. Estos golpes son la llamada del « teléfono» . Debo dar dos golpes en la pared si quiero recibir la comunicación. Golpear, pero ¿con qué? En la oscuridad, no distingo nada que pueda servirme. Con los puños es inútil, los golpes no repercuten bastante. Me acerco al lado donde supongo que está la puerta, pues hay un poco menos de oscuridad. Topo con barrotes que no había visto. Tanteando, me doy cuenta de que el calabozo está cerrado por una puerta que dista más de un metro de mí, a la cual la reja que toco me impide llegar. Así, cuando alguien entra donde hay un preso peligroso, este no puede tocarle, pues está enjaulado. Pueden hablarle, escupirle, tirarle comida e insultarle sin el menor peligro. Pero hay una ventaja: no pueden pegarle sin correr peligro, pues, para pegarle, hay que abrir la reja.
 Los golpes se repiten de vez en cuando. ¿Quién puede llamarme? Quien sea merece que le conteste, pues arriesga mucho, si le pillan. Al caminar, por poco me rompo la crisma. He puesto el pie sobre algo duro y redondo. Palpo, es una cuchara de palo. En seguida, la agarro y me dispongo a contestar. Con la oreja pegada a la pared, aguardo. Pam, pam, pam, pam, pam, stop, pam, pam. Contesto: pam, pam. Estos dos golpes quieren decir a quien llama: “Adelante, tomo la comunicación”. Empiezan los golpes: pam, pam, pam… las letras del alfabeto desfilan rápidamente… abcchdefghijklmnñop, stop. Se para en la letra p. Doy un golpe fuerte: pam. Así, él sabe que he registrado la letra p, luego viene una a, otra p, una i, etc. Me dice: “Papi, ¿qué tal? Tú has recibido lo tuyo, yo tengo un brazo roto”. Es Julot. Nos “telefoneamos” durante dos horas sin preocuparnos de si pueden sorprendernos. Estamos literalmente rabiosos por cruzarnos frases. Le digo que no tengo nada roto, que mi cabeza está llena de chichones, pero que no tengo heridas.»

  [El libro pertenece a la edición en español de Editorial Plaza & Janés, 1973, en traducción de Domingo Pruna y Vicente Villacampa. ISBN: 9788401350474.]

domingo, 22 de mayo de 2022

Vida y destino.- Vasili Grossman (1905-1964)


Vasili Grossman, el gran cronista de la II Guerra Mundial > Poemas ...
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 «En el campo de concentración alemán, Mijaíl Sídorovich Mostovskói tuvo oportunidad, por vez primera después del Segundo Congreso del Komintern, de aplicar su conocimiento de lenguas extranjeras. Antes de la guerra, cuando vivía en Leningrado, había tenido escasas ocasiones de hablar con extranjeros. Ahora recordaba los años de emigración que había pasado en Londres y en Suiza, donde él y otros camaradas revolucionarios hablaban, discutían, cantaban en muchas lenguas europeas.
 Guardi, el sacerdote italiano que ocupaba el catre junto a Mostovskói, le había explicado que en el Lager vivían hombres de cincuenta y seis nacionalidades.
 Las decenas de miles de habitantes de los barracones del campo compartían el mismo destino, el mismo color de tez, la misma ropa, el mismo paso extenuado, la misma sopa a base de nabo y sucedáneo de sagú que los presos rusos llamaban "ojo de pescado" . Para las autoridades del campo, los prisioneros sólo se distinguían por el número y el color de la franja de tela que llevaban cosida a la chaqueta: roja para los prisioneros políticos, negra para los saboteadores, verde para los ladrones y asesinos.
 Aquella muchedumbre plurilingüe no se comprendía entre sí, pero todos estaban unidos por un destino común. Especialistas en física molecular o en manuscritos antiguos yacían en el mismo camastro junto a campesinos italianos o pastores croatas incapaces de escribir su propio nombre. Un hombre que antes pedía el desayuno a su cocinero y cuya falta de apetito inquietaba al ama de llaves, ahora marchaba al trabajo al lado de aquel otro que toda su vida se había alimentado a base de bacalao salado. Sus suelas de madera producían el mismo ruido al chocar contra el suelo y ambos miraban a su alrededor con la misma ansiedad para ver si llegaban los Kostträger, los portadores de los bidones de comida, los "kostrigui" como los llamaban los prisioneros rusos.
 Los destinos de los hombres del campo, a pesar de su diversidad, acababan por semejarse. Tanto si su visión del pasado se asociaba a un pequeño jardín situado al borde de una polvorienta carretera italiana, como si estaba ligada al bramido huraño del mar del Norte o a la pantalla de papel anaranjado en la casa de un encargado en las afueras de Bobruisk, para todos los prisioneros, del primero al último, el pasado era maravilloso.
 Cuanto más dura había sido la vida de un hombre antes del campo, mayor era el fervor con el que mentía. Aquellos embustes no servían a ningún objetivo práctico; más bien representaban un himno a la libertad: un hombre fuera del campo no podía ser desgraciado…
 Antes de la guerra aquel campo se denominaba campo para criminales políticos.
 El nacionalsocialismo había creado un nuevo tipo de prisioneros políticos: los criminales que no habían cometido ningún crimen.
 Muchos ciudadanos iban a parar al campo por haber contado un chiste de contenido político o por haber expresado una observación crítica al régimen hitleriano en una conversación entre amigos. No habían hecho circular octavillas, no habían participado en reuniones clandestinas. Se los acusaba de ser sospechosos de poder hacerlo.
 La reclusión de prisioneros de guerra en los campos de concentración para prisioneros políticos era otra de las innovaciones del fascismo. Allí convivían pilotos ingleses y americanos abatidos sobre territorio alemán, comandantes y comisarios del Ejército Rojo. Estos últimos eran de especial interés para la Gestapo y se les exigía que dieran información, colaboraran, suscribieran toda clase de proclamas.
 En el campo había saboteadores: trabajadores que se habían atrevido a abandonar el trabajo sin autorización en las fábricas militares o en las obras en construcción. La reclusión en campos de concentración de obreros cuyo trabajo se consideraba deficiente también era un hallazgo del nacionalsocialismo.
 Había en el campo hombres con franjas de tela lila en las chaquetas: emigrados alemanes huidos de la Alemania fascista. Era ésta, asimismo, una novedad introducida por el fascismo: todo aquel que hubiera abandonado Alemania, aun cuando se hubiera comportado de manera leal a ella, se convertía en un enemigo político.
 Los hombres que llevaban una franja verde en la chaqueta, ladrones y malhechores, gozaban de un estatus privilegiado: las autoridades se apoyaban en los delincuentes comunes para vigilar a los prisioneros políticos.
 El poder que ejercía el preso común sobre el prisionero político era otra manifestación del espíritu innovador del nacionalsocialismo.
Vida y destino (Narrativa): Amazon.es: Grossman, Vasili: Libros En el campo había hombres con un destino tan peculiar que no habían podido encontrar tela de un color que se ajustara convenientemente al suyo. Pero también el encantador de serpientes indio, el persa llegado de Teherán para estudiar la pintura alemana, el estudiante de física chino habían recibido del nacionalsocialismo un puesto en los catres, una escudilla de sopa y doce horas de trabajo en los Plantages.
 Noche y día los convoyes avanzaban en dirección a los campos de concentración, a los campos de la muerte. El ruido de las ruedas persistía en el aire junto al pitido de las locomotoras, el ruido sordo de cientos de miles de prisioneros que se encaminaban al trabajo con un número azul de cinco cifras cosido en el uniforme. Los campos se convirtieron en las ciudades de la Nueva Europa. Crecían y se extendían con su propia topografía, sus calles, plazas, hospitales, mercadillos, crematorios y estadios.
 Qué ingenuas, qué bondadosamente patriarcales parecían ahora las viejas prisiones que se erguían en los suburbios urbanos en comparación con aquellas ciudades del campo, en comparación con el terrorífico resplandor rojo y negro de los hornos crematorios.
 Uno podría pensar que para controlar a aquella enorme masa de prisioneros se necesitaría un ejército de vigilantes igual de enorme, millones de guardianes. Pero no era así. Durante semanas no se veía un solo uniforme de las SS en los barracones. En las ciudades-Lager eran los propios prisioneros los que habían asumido el deber de la vigilancia policial. Eran ellos los que velaban por que se respetara el reglamento interno en los barracones, los que cuidaban de que a sus ollas sólo fueran a parar las patatas podridas y heladas, mientras que las buenas y sanas se destinaban al aprovisionamiento del ejército.
 Los propios prisioneros eran los médicos en los hospitales, los bacteriólogos en los laboratorios del Lager, los porteros que barrían las aceras de los campos. Eran incluso los ingenieros que procuraban la luz y el calor en los barracones y que suministraban las piezas para la maquinaria.
 Los kapos —la feroz y enérgica policía de los campos— llevaban un ancho brazalete amarillo en la manga izquierda. Junto a los Lagerälteste, Blockälteste y Stubenälteste, controlaban toda la jerarquía de la vida del campo: desde las cuestiones más generales hasta los asuntos más personales que tenían lugar por la noche en los catres. Los prisioneros participaban en el trabajo más confidencial del Estado del campo, incluso en la redacción de las listas de « selección» y en las medidas aplicadas a los prisioneros en las Dunkel-kammer, las celdas oscuras de hormigón. Daba la impresión de que, aunque las autoridades desaparecieran, los prisioneros mantendrían la corriente de alta tensión de los alambres, que no se desbandarían ni interrumpirían el trabajo.
 Los kapos y Blockälteste se limitaban a cumplir órdenes, pero suspiraban y a veces incluso vertían algunas lágrimas por aquellos que conducían a los hornos crematorios… Sin embargo, ese desdoblamiento nunca llegaba hasta el extremo de incluir sus propios nombres en las listas de selección. A Mijaíl Sídorovich se le antojaba particularmente siniestro que el nacionalsocialismo no hubiera llegado al campo con monóculo, que no tuviera el aire altivo de un cadete de segunda fila, que no fuera ajeno al pueblo. En los campos, el nacionalsocialismo campaba a sus anchas pero no vivía aislado del pueblo llano: gustaba de sus burlas y sus bromas desataban las risas; era plebeyo y se comportaba de modo campechano; conocía a la perfección la lengua, el alma y la mentalidad de aquellos a los que había privado de libertad.»

    [El texto pertenece a la edición española de Editorial Círculo de Lectores, 2007, en traducción de Marta-Ingrid Rebón Rodríguez, pp. 5-7. ISBN: 978-84-671-2716-1]