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domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

domingo, 5 de noviembre de 2023

Los dramas de la esclavitud.- Emilio Salgari (1862-1911)


Biografía de Emilio Salgari. Quién es, vida, historia, bio resumida
Capítulo IV: La trata


 «¡La trata! ¡He aquí una palabra que no puede tener un significado más triste, más inhumano, más espantoso; una palabra que sólo al pronunciarse causaba terror profundo en todo el continente africano; una palabra que suena a barbarie, a martirios horrendos, a incendios, a saqueos, a ríos de sangre, a destrucción y muerte!
 Si los primeros colonos de América hubieran sospechado siquiera la cohorte de horrores que iba a llevar consigo la importación de esclavos africanos en sustitución de las débiles razas americanas, de seguro que no hubieran aceptado la carga que llevó en sus bodegas el primer navío negrero que Portugal envió al Brasil, y que, más tarde, españoles y franceses esparcieron por todas las bellas islas del golfo mejicano.
 Fue una infamia, un crimen de lesa humanidad el considerar como degenerada a la raza negra, por el color de su piel, para parangonar poco a poco sus individuos a una especie de animales destinados a la ruda labor del campo, ni más ni menos que si se tratara de ganado mular.
 La continua demanda de negros por parte de los plantadores americanos, que veían prosperar maravillosamente sus inmensas haciendas, gracias a los robustos brazos africanos, hizo nacer el llamado tráfico negrero o de ébano vivo, y con él la banda de cazadores de hombres, que tan terrible fama debía de alcanzar en el mundo.
 Increíble parece que una idea monstruosa, nacida en una nación culta, por incomprensible aberración del momento, pudiera luego extenderse por otros países, que llegaron a hacer del feraz continente africano el teatro sombrío de sus escenas de exterminio y de sangre. Frondosos bosques, encanto de la vista, maravilla del espíritu y arrobo del pensamiento, que durante millares de años fueron sólo centros de vida para los seres de la Creación, vieron turbado su silencio augusto por el estrépito de las armas de fuego. Y los pobres negros fueron cazados como fieras, resonando en aquellos montes, valles y ríos, tranquilos durante siglos y siglos, feroces gritos de venganza y guerra, gemidos de moribundos, ayes de heridos, llantos de madres que veían arrebatados los hijos, mientras los padres y maridos sucumbían en defensa del hogar violado: y los que no tenían la dicha de morir iban allá, a tierras lejanas, a labrar en el campo bajo el látigo implacable de los que se decían hijos de la civilización y de la cultura…
 Donde existía una tribu poderosa no quedaban al paso de los negreros más que brasas humeantes de chozajos incendiados y cadáveres de pobres vencidos, que las hienas, inseparables compañeros del negrero, se encargaban de convertir en limpios esqueletos.
 No quedaba allí ni un solo ser vivo para contarlo; había pasado la devastadora tromba de la trata, y todo fue destruido.
 En cuanto a los supervivientes, ¡desdichados!, mejor hubiera sido para ellos morir defendiendo sus hogares.
 Helos allí encadenados, con una doble barra de madera al cuello que los une de dos en dos, en marcha hacia las costas, donde los aguardan los navíos negreros.
 Hombres, mujeres, niños, todos marchan unidos, rodeados de guardianes que los arrean a latigazos, haciéndoles sangrientos verdugones en sus carnes.
 Todo intento de fuga es imposible; toda sublevación es funesta para ellos, porque los cazadores de hombres no tendrán piedad de ninguno. Aquella larga cadena de desgraciados marcha durante semanas y meses a través de los bosques y de ríos, mal nutridos, sin descansar apenas y sufriendo sobre sus cráneos los abrasadores rayos de un sol de fuego.
 ¡Ay del que se detenga! Los látigos y aguijones martirizarán sus carnes, y hombres, mujeres y niños irán quedando en el camino como rastro terrible del paso de una de aquellas caravanas.
 No importa que los pobres esclavos caigan a centenares. La carne negra abunda, y los que mueren son en seguida sustituidos por otros…
 Los sufrimientos, el hambre, la sed, las interminables marchas, la sofocación que les produce el madero que rodea su cuello; nada importa nada, y si en la travesía mueren ciento, al punto tienen los negreros doble número de víctimas. ¡Pobres esclavos!
 Los primeros que caen en el camino son los niños, los más débiles, y lejos de recibir un consuelo, un alivio en su caída por aquella vía de dolores, lo que reciben es un tremendo golpe en el cráneo, y allí quedan para pasto de las hienas, que muchas veces los devoran, palpitantes aún, ante los mismos ojos de sus madres, enloquecidas por la angustia.
 Así van cayendo niños, hombres y mujeres; pero la columna no se detiene, sino que sigue y sigue siempre, dejándolos abandonados, sin fuerzas y con la horrorosa perspectiva de que los destrocen las fieras.
 A veces sus conductores son tan monstruosamente despiadados, que al que cae le cortan las piernas a hachazos, para que no pueda llegar nuevamente a un lugar habitado.
 Nada de tiros, pues en aquellos países un disparo de fusil cuesta más caro que un negro.
 Los que pueden sobrevivir a tanto martirio hacen desesperados esfuerzos por no caer, por seguir adelante, y sufren pacientes los latigazos de sus verdugos, de la salvaje horda que los lleva a la costa del inmenso océano.
 Eran más de mil los esclavos, y llegaron apenas seiscientos. Los demás allí quedaron en el camino, marcando con sus esqueletos emblanquecidos por el sol la vía de sangre y de lágrimas que los supervivientes recorrieron.
 No todos los que llegan a las riberas del mar son embarcados; muchos de ellos acaban el viaje en completo estado de postración por las fatigas y privaciones, y como el reponerlos exigiría un tratamiento largo y costoso, prefieren sus verdugos matarlos y echarlos a las fieras.
 Los más fuertes reciben en la costa una alimentación abundante, se les deja descansar, se les conceden algunas horas de libertad relativa, y así los reponen y robustecen para aumentar su precio.
Los dramas de la esclavitud by Emilio Salgari ¿Adonde los llevan? Aquellos desgraciados lo ignoran; pero todos han oído hablar del látigo con que los castigan, y algunos creen que van a servir de alimento a los hombres blancos. En esta angustiosa alternativa permanecen hasta que llega la nave negrera.
 Embarcados, se los hacina en la bodega, y quinientas criaturas tienen que permanecer amontonadas en un barco de ciento setenta toneladas apenas.
 El viaje en tan horribles condiciones dura dos meses, y a veces cuatro. Las enfermedades contagiosas no tardan en desarrollarse entre los pobres negros, y el cólera, la fiebre amarilla o el tifus los matan a centenares. Pero ¿qué importa? Aunque de mil esclavos lleguen trescientos al fin del viaje, bastan para hacer un gran negocio en América; principalmente en el Brasil y en las islas del golfo de Méjico se pagan muy caros los esclavos.
 Ya están al fin desembarcados los últimos supervivientes de aquella hecatombe humana; pero sus dolores no han concluido todavía: en las plantaciones sólo los aguardan penas infinitas. Trabajan desde el alba hasta ponerse el sol: los débiles y los enfermos pagan con la muerte su escasez de fuerza; y los que intentan fugarse para librarse de aquella inacabable serie de martirios son cazados como bestias feroces y suelen morir bajo las dentelladas de los perros que les azuzan.
 Sus tribulaciones y miserias no terminan ni con la muerte, pues sufren el dolor supremo de exhalar el último suspiro lejos de sus grandes bosques, de la tribu que los ha visto nacer, de sus hijos, de sus hermanos, de sus padres, a quienes nunca más verán, pues sus ojos se cierran para siempre en una tierra extranjera, que fue para ellos una madrastra cruel.
 Los filósofos del siglo XVIII lanzaron el primer grito, la primera protesta contra tanta barbarie. Aquella voz no quedó perdida en el vacío, y las naciones se decidieron, al fin, a escucharla. Francia abolió la esclavitud en sus colonias; Inglaterra, en 1809 proclamó la libertad de sus negros, y la República americana del Norte elevó la jerarquía social del negro al mismo nivel que la del blanco. Pero no bastaba esto; era preciso destruir los navíos negreros, que continuaban transportando millares y millares de esclavos a las colonias españolas y portuguesas, en las cuales no se había abolido la esclavitud.
 De esta humanitaria idea surgieron los cruceros, que se escalonaron a lo largo de la costa africana para capturar a los navíos negreros y ahorcar a sus tripulantes. ¡Vanos esfuerzos! Sesenta navíos no bastaban para vigilar un continente tan extenso, y la esclavitud continúa, la barbarie perdura, y lo mismo en el centro que en la costa de la negra África, despiadadas bandas de cazadores de hombres se multiplican cada día, y la sangre corre, corre sin cesar.
 ¿Cesará un día este torrente de vergüenza? En el mar la trata ha terminado. La proclamación de la libertad de los negros en el Brasil, último país donde subsistía la esclavitud, dio el golpe de muerte a los navíos negreros; pero la esclavitud dura todavía en África, y durará hasta que las naciones europeas hayan conquistado las naciones del centro.
 Entonces la paz reinará en aquellas tribus, que serán felices a la sombra de sus selvas maravillosas y que olvidarán con el tiempo la sangre y las lágrimas derramadas por tantos millones de esclavos arrancados brutalmente de sus países nativos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gahe, 1975, en traducción de José Repollés, pp. 25-29. ISBN: 84-7076-047-5.]

domingo, 4 de junio de 2023

Sesenta millones de romanos.- Jerry Toner (¿...?)


Editorial Océano - Jerry Toner
2.-Salud mental

Factores estresantes en la sociedad romana

 «En el fondo de la pirámide social romana se encontraban los esclavos. La sociedad romana tenía un número sustancial de esclavos, y es posible que alrededor de un cuarto de la población italiana tuviera un estatus servil. Bradley ha señalado que la vida de un esclavo no era demasiado diferente de la de un asno: una vida de palizas, trabajo duro y comida escasa, así como de abusos sexuales, sin apenas derechos o estatus. Si se presentaban ante los tribunales, así fuera como testigos, se los torturaba para garantizar que su testimonio era fiable. Sometidos a un régimen embrutecedor, su humillación psicológica era total. Los esclavos no eran más que “herramientas articuladas”.
 Se esperaba que incluso los recios se mostraran naturalmente sumisos, y sus amos sentían la necesidad de recordárselo con frecuencia y de modo enérgico. La forma en que se los trataba podía ser asombrosamente brutal. Diodoro Sículo describe a los esclavos que trabajaban en las minas como sujetos “físicamente destruidos [...] obligados por los latigazos de sus supervisores a soportar las penalidades más espantosas”; a menudo, “rezan pidiendo la muerte debido a la magnitud de su sufrimiento”. La violencia se convertía en una cuestión rutinaria: una inscripción de Puteoli recoge el precio estándar de una flagelación: cuatro sestercios (aproximadamente el precio de diez kilos de trigo), lo que incluía una horca para atar al esclavo. Soñar con carne de ternera era malo para los esclavos, “pues tanto las correas como los látigos están hechos de cuero de buey”. “¿Qué razón hay”, se pregunta el filósofo Séneca, “para que yo castigue con azotes y cadenas una respuesta un poco altiva de mi esclavo, un gesto un poco rebelde y una murmuración que no llega hasta mí?” “¿Por qué nos apresuramos a azotarlo inmediatamente, a quebrarle enseguida las piernas?”
 El abuso físico podía llegar a tener una crueldad casi cómica: en una ocasión el emperador Adriano le sacó un ojo a un esclavo con su pluma. Galeno afirmaba que “nunca he puesto mis manos sobre un sirviente, una disciplina que también practicaba mi padre, quien con frecuencia reprendía a sus amigos por las magulladuras que se hacían en las manos al golpear a los sirvientes en los dientes”. Solo con que hubieran esperado a que su ira amainara, continúa, podrían “infligir la cantidad de golpes que desearan, llevando a cabo la tarea de acuerdo con su juicio. Se sabe incluso de algunos que usan no sólo los puños sino también los pies contra los sirvientes, o los apuñalan con el lápiz que por casualidad tienen en la mano”. Un amigo de Galeno, un “hombre valioso”, tenía tan mal carácter que “regularmente usaba sus manos con sus sirvientes, y en ocasiones también sus piernas; más frecuente, sin embargo, era que los atacara con una correa de cuero, o con cualquier objeto de madera que tuviera a mano”. Para la mayoría de los romanos, el hecho de que algunos “agotaran a sus propios esclavos mediante el hambre, la tortura, la enfermedad o el esfuerzo constante”, no implicaba en absoluto que estuvieran incidiendo en el ser íntimo de los esclavos: “lo que arruina al esclavo es su propia naturaleza maligna, no la crueldad del amo”. Los amos superaban con facilidad cualquier remordimiento de conciencia que pudieran sentir: “Si uno lamenta haber dado un golpe, bien sea que lo haya infligido con la mano o mediante un proyectil, y en el acto se escupe en la palma de la mano que causó la herida, el resentimiento de la víctima se alivia de inmediato”. No había ninguna necesidad de pedir disculpas.
 Los abusos sexuales abundaban. De hecho, soñar que se tenían relaciones sexuales con los propios esclavos era favorable porque significaba que el soñador “derivará placer de sus posesiones”. Los embarazos indeseados entre las esclavas eran, lo bastante comunes como para hacer chistes al respecto: “Cuando un cerebrito tuvo un hijo con una esclava, su padre le aconsejó matar al bebé. Pero él le respondió: ‘Mata primero a tus propios hijos antes de decirme que mate a los míos’.”. Los esclavos también tenían sueños: “Sé de un esclavo que soñó que la mano de su amo le acariciaba y excitaba el pene”, pero en este caso eso significaba que le atarían a una columna y “recibiría muchos golpes”. El resentimiento que esta clase de abusos podía engendrar se insinúa en el Satiricón, donde un liberto señala que “rescaté a mi compañera, para que nadie tenga más el derecho de secarse las manos en su seno”. Muchos niños y niñas esclavos eran utilizados por sus amos para tener relaciones sexuales. El liberto Trimalción dice que desde que era “tan alto como este candelabro” se convirtió en “la delicia de mi patrono”, pero se defiende señalando que “no hay ninguna vergüenza en hacer lo que el amo manda”. Esa era probablemente la forma en la que la mayoría de los amos justificaba sus actos, o, al menos, como los habrían justificado de haber sentido que era necesario hacerlo. Desde su punto de vista, sus esclavos eran una propiedad que podían usar según les pareciera conveniente.
 Otros problemas que enfrentaban los esclavos iban desde el tedio absurdo que se derivaba de ser uno de los esclavos que los ricos empleaban en tareas ostentosas pero sin sentido, como anunciar las horas: una vida entera dedicada a mirar el reloj, hasta lidiar con amos con problemas mentales, como el propietario de una tienda de paños en Roma, que arrojó a su esclavo por una ventana para divertir a la gente que pasaba por delante de su casa. El predominio de la figura del amo en la vida del esclavo medio implicaba que un cambio inminente o sospechado podía ser motivo de gran preocupación. Un abderitano (la gente de Abdera, a la que se la ridiculizaba por su estupidez) estaba intentando vender una vasija sin asas. “¿Por qué le has cortado las orejas?”, preguntó alguien. “Para que no fuera a oír que la iba a vender y se diera a la fuga”, respondió. Fugarse conllevaba graves riesgos para un esclavo: a los fugitivos asiduos se los marcaba o tatuaba en la frente para que pudieran ser reconocidos con facilidad, o se les ponía collares grabados con las iniciales TMQF (tene, me quia fugio: retenme porque soy un fugitivo). El astrólogo Doroteo incluyó en su obra una sección sobre esclavos fugados, y sus destinos constituyen una lectura deprimente: el fugitivo “se ahorcará”; “se suicidará”; será devuelto a su amo, donde “le alcanzarán la miseria y las cadenas en su fuga”; sufrirá “palizas y encarcelamiento”; y “el miedo de la muerte será desmedido en él”. Algo justificado en vista de que sufrirá “una muerte desagradable» y «se le cortarán las manos y los pies” o se le estrangulará, crucificará o quemará vivo.
 E incluso dentro del mundo de los esclavos había una jerarquía. Todos los esclavos no gozaban del mismo estatus: estaban los esclavos que trabajaban en el campo, los esclavos domésticos, los esclavos que nacían en casa, los bárbaros importados, los esclavos con alguna educación y los esclavos que tenían contacto personal con el amo o a los que se había confiado alguna posición de autoridad. En ocasiones, los esclavos no eran más sensibles que sus patrones en sus relaciones con otros esclavos: Salviano cuenta que a algunos esclavos les “aterrorizaban sus compañeros de esclavitud”. De hecho, la caricatura del liberto es la de alguien que trata con particular brutalidad a sus propios esclavos, como Trimalción en el Satiricón, que exige decapitaciones y flagelaciones como una forma de compensar con exceso su anterior estatus servil.
 Incluso en este entorno, muchos esclavos conseguían tener una familia, aunque en la mayoría de los casos era el amo el que asignaba las parejas. Tener hijos no dejaba de tener recompensas: a una esclava que tenía tres hijos, Columela le otorgó “exención del trabajo”, y “a una mujer que tenía más, la libertad”. Pero luego vivían temiendo constantemente la venta de algún miembro de su familia. La moraleja de la fábula de la paloma y la corneja declara: “los más desafortunados de los servidores son los que más hijos engendran en la esclavitud”. Asimismo, los hijos podían ser testigos de la venta de sus padres viejos o enfermos: “vende a tus esclavos viejos, a tus esclavos enfermos y a cualquier otro que sea superfluo”, aconseja Catón. Catón era un auténtico hijo de puta, pero la práctica era lo bastante común como para que el emperador Claudio tuviera que actuar para intentar impedir que la gente en general abandonara a sus esclavos enfermos o inservibles en la isla Tiberina en Roma.
SESENTA MILLONES DE ROMANOS: LA CULTURA DEL PUEBLO EN LA ANTIGUA ... El trato espantoso y las humillaciones cotidianas que los esclavos tenían que soportar debían de tener un impacto psicológico significativo en ellos. Séneca pensaba que quienes nacían como esclavos estaban mejor porque no habían conocido otra vida. En cambio, al bárbaro recién capturado era necesario doblegarlo. En su opinión había que compadecerse de ese esclavo cuando “mantiene un resto de libertad y no acude diligente a los trabajos sórdidos y fatigosos”. Pero Séneca escribe como un filósofo que intenta convencer a su audiencia de sus argumentos. Y no cabe duda de que ante ese esclavo la mayoría de los amos romanos habría reaccionado de cualquier forma salvo con compasión. En la mayoría de los casos, el efecto de la intimidación y el trato brutal constantes llevaban a la desmoralización de los esclavos, que se volvían obsequiosos y retraídos. En la interpretación de los sueños, un ratón significa un esclavo doméstico pues vive en la casa y es “tímido”. El esclavo al que Adriano sacó un ojo sólo entonces se armó de valor y rechazó el regalo que se le ofreció como compensación: “pues ¿qué regalo puede compensar la pérdida de un ojo?”. Varrón también aconseja a los amos no comprar demasiados esclavos de la misma nacionalidad, “pues con mucha frecuencia esto es causa de disputas domésticas”. En consecuencia muchos esclavos extranjeros se hallaban en condiciones de aislamiento y soledad, carentes de cualquier red de apoyo que pudiera ayudarles a enfrentarse a su penosa situación. Uno de los dolores de cabeza de los propietarios de esclavos era que tenían que confiar en personas que siempre estaban deshaciéndose en lágrimas y maldiciendo. Los intentos de suicidio eran suficientemente comunes para merecer una opinión jurídica, a saber, que el vendedor estaba obligado a revelar a los compradores potenciales si el esclavo o la esclava habían intentado matarse. En las comedias, los esclavos en situaciones difíciles piensan en el suicidio casi de forma rutinaria. Algunos fugitivos capturados preferían “un hierro clavado en las entrañas” que ser llevados de vuelta o “regresar sumisos junto a su amo”. El suicidio y el intento de suicidio no son en sí mismos un síntoma de enfermedad mental. Muchos de los suicidios de la élite eran actos políticos organizados cuidadosamente. Sin embargo, el suicidio siempre es una señal de las tensiones y el estrés de la vida de un individuo, y en el mundo del esclavo romano estos podían con facilidad hacerse apabullantes.
 Es posible argumentar que la mayoría de los esclavos romanos no tenían en realidad identidad y, por tanto, el tipo de trato que hemos visto les afectaba mucho menos? Si para empezar no tenían noción de su propia valía, entonces el impacto psicológico del maltrato podría haber sido menor. Solo es posible humillar y degradar a alguien que posee una idea de su propio valor. Las pruebas indican que muchos esclavos tenían opiniones firmes acerca de la justicia y su propio valor. Androcles, famoso por la historia del león, dice que se había visto obligado a huir de su amo debido a las palizas injustificadas que recibía todos los días. De modo que huyó al desierto para buscar comida o, si todo lo demás fallaba, matarse. El dolor que le causaban esos ataques era más que físico. De forma similar, había muchos esclavos que “anhelan la libertad” y hacían grandes sacrificios para alcanzarla. Séneca menciona que “el dinero que los esclavos han ahorrado robando a sus estómagos lo entregan como precio de su libertad”. Algunos esclavos domésticos recibían un pequeño salario y muchos optaban por ahorrarlo con gran esfuerzo para alcanzar la libertad a largo plazo, incluso si ello implicaba comer poco. Las inscripciones de las manumisiones délficas demuestran que muchos esclavos pagaron grandes sumas de dinero para garantizar su libertad, a menudo en una fecha incierta en el futuro, habitualmente con la muerte de su amo. Algunos de esos contratos estipulaban que los esclavos tendrían que dejar a uno de sus hijos como reemplazo. Que accedieran a hacerlo evidencia cuánto deseaban ser libres. Si alcanzaban su meta, el ex esclavo paranoico era un personaje lo bastante reconocible como para ser caricaturizado como alguien que temblaba con solo pensar en los grilletes y que reverencia el molino como si fuera un santuario (a los esclavos se los castigaba obligándolos a girar la rueda del molino en lugar de las bestias). Los libertos también se esforzaban para intentar ocultar las marcas físicas de la servidumbre: algunos médicos se especializaban en ocultar las señales de “impuesto pagado” que se tatuaba en las frentes de los esclavos exportados mediante el método de quemar la piel para que cicatrizara de nuevo.
 Las pruebas que tenemos nos dicen que la no élite romana debía hacer frente a factores sociales estresantes muy poderosos. Además, cuanto más abajo en la jerarquía social se encontraba un individuo, más intensos resultaban estos factores estresantes. Las investigaciones modernas sobre salud mental, y acaso también el sentido común, nos dicen que es de esperar que tales condiciones tengan un impacto perjudicial en su bienestar psicológico, y que la consecuencia sea un nivel bajo de salud mental. Asimismo, nos dicen que es de esperar una incidencia elevada de trastornos mentales en los grupos de menos estatus, en especial los esclavos. Lo que no pueden decirnos son las formas que tales trastornos mentales adoptaban. Las influencias sociales afectan de forma suficiente a las enfermedades mentales como para que estas se manifiesten de manera diferente de una cultura a otra. Cada contexto particular produce cierto estilo de expresión psiquiátrica. Y tampoco pueden decirnos cómo esta forma única de expresión ayudaba a los romanos a entender y moldear su mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2012, en traducción de Luis Noriega, pp. 87-93. ISBN: 978-8498923216.]

miércoles, 24 de noviembre de 2021

La niña verde.- Herbert Read (1893-1968)


Resultado de imagen de herbert read «Al fundar esas colonias, los jesuitas siguieron el principio de que la suya era una corporación distinta de los poderes civiles o eclesiásticos de la comunidad. Desde luego, eran fieles al Papa, su padre espiritual, y al rey, que gobernaba por derecho divino. Pero en la práctica sus instituciones eran independientes de toda autoridad externa, posición paradójica que sólo podía mantenerse en las regiones remotas donde habían fundido sus colonias.
 La disciplina de la Compañía de Jesús era inquebrantable. La gobernaba un superior que vivía en Candelaria, punto central desde donde podía visitar fácilmente los demás establecimientos. El superior tenía dos lugartenientes, uno de ellos vivía en los barrancos del río Paraná; el otro en Uruguay. Además de esos funcionarios, que dirigían los asuntos más importantes de la comunidad, cada ciudad o colonia tenía su cura, asistido por uno o más sacerdotes, según la importancia y el número de la población. Un cura tenía a su cargo el bienestar espiritual de la comunidad, oficiaba en el altar y enseñaba rudimentos de lectura y escritura. Otro cura se ocupaba de los asuntos temporales, vigilando el desarrollo de la agricultura y la enseñanza de los oficios.
 Los nativos aprendían el arte de gobernarse a sí mismos. Tenían su alcalde, jueces y regidores que presidían tribunales y concilios. Pero desde luego un pueblo tan inocente de las tradiciones políticas dependería en gran parte del consejo de los curas, en quienes depositaban su autoridad. Los jesuitas insistían sobre todo en el principio de la igualdad absoluta en cuanto a la posición social, las horas de trabajo y aun la vestimenta. Los escogidos para desempeñar un cargo debían ofrecer un buen ejemplo a quienes no tenían ese honor y, salvo la admiración de sus amigos, no parecían recibir ninguna remuneración.
 En el ámbito económico, las misiones seguían el principio de la comunidad de bienes. El ganado y los caballos eran propiedad común del pueblo; toda la producción agrícola se repartía equitativamente o se almacenaba para el uso público. Las ganancias obtenidas mediante cualquier venta ingresaban en el “fondo de la comunidad” y se utilizaban para la construcción y decoración de las iglesias y para servicios públicos tales como un hospital y una escuela.
 No hay duda de que dentro de esa comunidad igualitaria los sacerdotes detentaban un poder autocrático. Insistían en que los indígenas asistieran regularmente a la misa y mantenían la disciplina moral más estricta. Y hasta cuidaban de corregir la apatía conyugal. A determinadas horas, durante la noche, hacían batir tambores en las aldeas. Porque los indígenas, poco sensuales por naturaleza, después de una jornada de labor en los campos preferían las delicias del sueño a cualquier otro placer y era preciso despertar de esa manera su sentido de los deberes conyugales.
 Es indudable que en el curso de dos siglos los jesuitas acumularon en Sudamérica una considerable riqueza en tierras, ganado y utensilios de plata y oro. La consecuencia de tal riqueza fue que adquirieron un poder demasiado extenso y evidente para no suscitar el encono de las autoridades civiles y eclesiásticas que, dirigidas desde Europa, consideraban las colonias como legítimas fuentes de pillaje. La historia de la expulsión de los jesuitas es archisabida. Las consecuencias para los nativos fueron desastrosas. Una vez más se convirtieron en víctimas de la expoliación, el robo, la administración pervertida; sus posesiones decayeron rápidamente y poco a poco se hundieron en un estado de pobreza e indiferencia. Durante muchos años padecieron a los sacerdotes y frailes enviados en reemplazo de los hermanos jesuitas; además eran absolutamente incapaces de entender el sistema de autoridad dual a que habían sido sometidos, ya habituados a la autoridad única de la Compañía, que por intermedio de sus hermanos dirigía tanto los asuntos espirituales como los temporales. Con el cambio de sistema se les exigió que aceptaran por un lado la autoridad de un sacerdote y por el otro la de un seglar; y puesto que esos individuos representaban un permanente conflicto de intereses, los indígenas vivían en permanente confusión. Los sacerdotes, por ejemplo, podían ordenarles que asistieran a la misa a una hora determinada que el administrador civil encontraba inoportuna. Ninguna de las autoridades cejaba, con el resultado de que los pobres nativos eran castigados hiciesen lo que hiciesen.
 Reducidos a la miseria o a la esclavitud por la explotación económica, profundamente desmoralizados por gobiernos débiles, desintegrándose por tendencia natural, las primitivas colonias o misiones fundadas por los jesuitas desaparecieron gradualmente. El país todo habría retrocedido acaso a cierta forma de barbarismo de no mediar el auge de los criollos. Despreciados por sus allegados de sangre, los españoles, ese antagonismo fue poco a poco haciéndoles conscientes de su condición racial y hasta llegaron a aspirar al mando de la tierra en que habían nacido. Se convirtieron así en los campeones de la libertad y la independencia, en oposición al dominio español. En Roncador pude comprobar que sin su ayuda la formación de repúblicas independientes nunca habría sido posible.
 Durante mi estudio del manuscrito del pai Lorenzo adquirí varias convicciones que no me abandonaron mientras permanecí en Roncador. Es posible que el cuadro de las colonias jesuitas pintado por el desconocido historiador fuera demasiado benévolo. Es posible, asimismo, que yo leyera en sus descarnadas descripciones una concepción de la sociedad que estaba ya latente en mi mente. No muchos años antes había leído La República de Platón con extraordinario entusiasmo; de manera inconsciente, podía haber imaginado las misiones jesuitas como una realización de los ideales que entonces había abrazado. Pero sólo la coincidencia de la teoría con la historia y la posibilidad de acción en esas precisas circunstancias pudieron impulsar el espíritu de resolución que desde ese momento nació en mí.
Resultado de imagen de herbert read la niña verde Comprendí claramente que un gobierno estable sólo era posible en determinadas condiciones que empecé a formularme a mí mismo con frases precisas. La autoridad debe ser una. Por una no entendía residente en un solo individuo; es cierto que los jesuitas apelaban en última instancia a la autoridad personal del superior de su Compañía, pero el gobierno de cada colonia estaba confiado a dos curas, uno para los asuntos espirituales y otro para los temporales. Pero el mismo propósito moral animaba a ambos curas y ésa era la unidad verdadera y suficiente. El Estado debe bastarse a sí mismo. Este principio se deduce del anterior, ya que la autoridad de un Estado disminuye en la medida en que depende de otro exterior. En tal caso su poderío se diluirá en exportaciones y letras de cambio y otra autoridad competidora se instalará a su lado, tanto más peligrosa por invisible e impalpable. El Estado debe armarse contra la invasión. Otro principio deducido de los anteriores, ya que todo Estado inerme provocará la codicia de vecinos ambiciosos. El Estado debe ser incorruptible o, por así decirlo, poderoso contra la sedición. Únicamente, la injusticia provoca la sedición, pero la injusticia no sólo implica una mala administración de las leyes establecidas para el bienestar común, sino además la existencia de irrecusables injusticias, entre las cuales la principal es la desigualdad de la riqueza.
 Cuanto más estudié su historia, más firme fue mi convicción de que los jesuitas habían fracasado por una única razón: habían provocado la envidia de gobernantes y saqueadores, ante todo mediante la acumulación de bienes y en segundo término por su incapacidad de defenderse contra la invasión.
 No encontré dificultad para hacer que la Junta aprobara ciertas medidas cuyo objeto era poner en práctica esos principios de gobierno. Fijé mi propio salario y la paga de todos los empleados y oficiales en cifras bajas pero proporcionadas, suficientes para sostener un hogar decente, aunque no para dejar un margen de ahorros. El ejército profesional quedaba disuelto, salvo una plana de oficiales; pero cada familia debía aportar un varón apto para el servicio que permanecería bajo bandera hasta que lo reemplazase un relevo. Para asegurar la homogeneidad del Estado, quedaba prohibida la unión entre españoles, con lo cual se aseguraba automáticamente la asimilación  de elementos foráneos. Ningún extranjero podía ingresar al país sin permiso; sólo podía establecerse en él casándose con una mujer nativa. Todas las desigualdades sociales desaparecían, ya que cada ser humano tiene los mismos derechos ante la ley. El Estado asumía el dominio de toda la tierra: los hacendados o estancieros debían explotar sus propiedades en beneficio común, so pena de expropiación. La única diferencia que subsistía era la división del trabajo: un hombre puede dirigir una estancia, así como la autoridad del Estado. Pero así como son diversas las aptitudes de los hombres, diversas han de ser sus funciones, aunque no sus ventajas.
 Las leyes que aseguraban esos principios fueron promulgadas durante el primer año de nuestro gobierno, pero tomar todas las medidas necesarias fue, desde luego, labor de varios años. Hubo que deportar a algunos elementos rebeldes, todos españoles. Algunos comerciantes se declararon en quiebra: se les ofrecieron tierras o la alternativa de abandonar el país. Algunos estancieros se mostraron reacios ante la requisición de parte de sus ingresos, pero también para ellos la única alternativa fue emigrar. En general, las dificultades no eran las que se habrían suscitado en una cultura más avanzada. Aunque la esclavitud no era desconocida en Roncador, aunque los campesinos de condición más baja eran ignorantes y míseros, no existían diferencias sociales. Aparte los españoles, era la nuestra una sociedad sin clases y el único problema radicaba en encontrar los medios para igualar los bienes de todos los miembros de dicha sociedad.
 En suma, nuestro método (aplicado gradualmente) consistía en destinar parte de la producción para el trabajador individual y parte para el Estado. Esa parte asignada al Estado la fijaba el estanciero, que reunía su producción y tomaba de ella lo necesario para sí mismo. En cada ciudad y distrito había almacenes donde se recogía el excedente para el Estado, y allí se intercambiaba con la producción de los oficios. Así, un zapatero podía cambiar en la ciudad un par de zapatos por determinada cantidad de té, tabaco, carne o trigo, según tarifas fijas. El excedente de este tráfico local, reunido en la capital, se intercambiaba a través de comerciantes con importaciones de manufactura extranjera. Tales importaciones eran de diversa índole: para la distribución (sal y artículos de adorno) y para el uso directo del Estado (equipos para el ejército). El exceso de exportaciones sobre las importaciones podía acumularse como una reserva de crédito por cuenta de los importadores extranjeros; en ninguna circunstancia quedaba autorizado el exceso de importaciones.
 Tal era nuestra sencilla economía y no peco de cándido si imagino que civilizaciones más complejas deberían imitar sus líneas generales. Lo que no puede dudarse es su adecuación al Estado de Roncador. Al cabo de tres años de gobierno había en el país una atmósfera general de paz y contento. Hombres y mujeres vivían en relación de mutua confianza, cultivando la tierra y disfrutando con felicidad de la abundancia de sus frutos.
 De todo ello resultó algo imprevisto.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2010, en traducción de Enrique Pezzoni, pp. 83-87. ISBN: 978-84-92723072.]