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domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

domingo, 5 de noviembre de 2023

Los dramas de la esclavitud.- Emilio Salgari (1862-1911)


Biografía de Emilio Salgari. Quién es, vida, historia, bio resumida
Capítulo IV: La trata


 «¡La trata! ¡He aquí una palabra que no puede tener un significado más triste, más inhumano, más espantoso; una palabra que sólo al pronunciarse causaba terror profundo en todo el continente africano; una palabra que suena a barbarie, a martirios horrendos, a incendios, a saqueos, a ríos de sangre, a destrucción y muerte!
 Si los primeros colonos de América hubieran sospechado siquiera la cohorte de horrores que iba a llevar consigo la importación de esclavos africanos en sustitución de las débiles razas americanas, de seguro que no hubieran aceptado la carga que llevó en sus bodegas el primer navío negrero que Portugal envió al Brasil, y que, más tarde, españoles y franceses esparcieron por todas las bellas islas del golfo mejicano.
 Fue una infamia, un crimen de lesa humanidad el considerar como degenerada a la raza negra, por el color de su piel, para parangonar poco a poco sus individuos a una especie de animales destinados a la ruda labor del campo, ni más ni menos que si se tratara de ganado mular.
 La continua demanda de negros por parte de los plantadores americanos, que veían prosperar maravillosamente sus inmensas haciendas, gracias a los robustos brazos africanos, hizo nacer el llamado tráfico negrero o de ébano vivo, y con él la banda de cazadores de hombres, que tan terrible fama debía de alcanzar en el mundo.
 Increíble parece que una idea monstruosa, nacida en una nación culta, por incomprensible aberración del momento, pudiera luego extenderse por otros países, que llegaron a hacer del feraz continente africano el teatro sombrío de sus escenas de exterminio y de sangre. Frondosos bosques, encanto de la vista, maravilla del espíritu y arrobo del pensamiento, que durante millares de años fueron sólo centros de vida para los seres de la Creación, vieron turbado su silencio augusto por el estrépito de las armas de fuego. Y los pobres negros fueron cazados como fieras, resonando en aquellos montes, valles y ríos, tranquilos durante siglos y siglos, feroces gritos de venganza y guerra, gemidos de moribundos, ayes de heridos, llantos de madres que veían arrebatados los hijos, mientras los padres y maridos sucumbían en defensa del hogar violado: y los que no tenían la dicha de morir iban allá, a tierras lejanas, a labrar en el campo bajo el látigo implacable de los que se decían hijos de la civilización y de la cultura…
 Donde existía una tribu poderosa no quedaban al paso de los negreros más que brasas humeantes de chozajos incendiados y cadáveres de pobres vencidos, que las hienas, inseparables compañeros del negrero, se encargaban de convertir en limpios esqueletos.
 No quedaba allí ni un solo ser vivo para contarlo; había pasado la devastadora tromba de la trata, y todo fue destruido.
 En cuanto a los supervivientes, ¡desdichados!, mejor hubiera sido para ellos morir defendiendo sus hogares.
 Helos allí encadenados, con una doble barra de madera al cuello que los une de dos en dos, en marcha hacia las costas, donde los aguardan los navíos negreros.
 Hombres, mujeres, niños, todos marchan unidos, rodeados de guardianes que los arrean a latigazos, haciéndoles sangrientos verdugones en sus carnes.
 Todo intento de fuga es imposible; toda sublevación es funesta para ellos, porque los cazadores de hombres no tendrán piedad de ninguno. Aquella larga cadena de desgraciados marcha durante semanas y meses a través de los bosques y de ríos, mal nutridos, sin descansar apenas y sufriendo sobre sus cráneos los abrasadores rayos de un sol de fuego.
 ¡Ay del que se detenga! Los látigos y aguijones martirizarán sus carnes, y hombres, mujeres y niños irán quedando en el camino como rastro terrible del paso de una de aquellas caravanas.
 No importa que los pobres esclavos caigan a centenares. La carne negra abunda, y los que mueren son en seguida sustituidos por otros…
 Los sufrimientos, el hambre, la sed, las interminables marchas, la sofocación que les produce el madero que rodea su cuello; nada importa nada, y si en la travesía mueren ciento, al punto tienen los negreros doble número de víctimas. ¡Pobres esclavos!
 Los primeros que caen en el camino son los niños, los más débiles, y lejos de recibir un consuelo, un alivio en su caída por aquella vía de dolores, lo que reciben es un tremendo golpe en el cráneo, y allí quedan para pasto de las hienas, que muchas veces los devoran, palpitantes aún, ante los mismos ojos de sus madres, enloquecidas por la angustia.
 Así van cayendo niños, hombres y mujeres; pero la columna no se detiene, sino que sigue y sigue siempre, dejándolos abandonados, sin fuerzas y con la horrorosa perspectiva de que los destrocen las fieras.
 A veces sus conductores son tan monstruosamente despiadados, que al que cae le cortan las piernas a hachazos, para que no pueda llegar nuevamente a un lugar habitado.
 Nada de tiros, pues en aquellos países un disparo de fusil cuesta más caro que un negro.
 Los que pueden sobrevivir a tanto martirio hacen desesperados esfuerzos por no caer, por seguir adelante, y sufren pacientes los latigazos de sus verdugos, de la salvaje horda que los lleva a la costa del inmenso océano.
 Eran más de mil los esclavos, y llegaron apenas seiscientos. Los demás allí quedaron en el camino, marcando con sus esqueletos emblanquecidos por el sol la vía de sangre y de lágrimas que los supervivientes recorrieron.
 No todos los que llegan a las riberas del mar son embarcados; muchos de ellos acaban el viaje en completo estado de postración por las fatigas y privaciones, y como el reponerlos exigiría un tratamiento largo y costoso, prefieren sus verdugos matarlos y echarlos a las fieras.
 Los más fuertes reciben en la costa una alimentación abundante, se les deja descansar, se les conceden algunas horas de libertad relativa, y así los reponen y robustecen para aumentar su precio.
Los dramas de la esclavitud by Emilio Salgari ¿Adonde los llevan? Aquellos desgraciados lo ignoran; pero todos han oído hablar del látigo con que los castigan, y algunos creen que van a servir de alimento a los hombres blancos. En esta angustiosa alternativa permanecen hasta que llega la nave negrera.
 Embarcados, se los hacina en la bodega, y quinientas criaturas tienen que permanecer amontonadas en un barco de ciento setenta toneladas apenas.
 El viaje en tan horribles condiciones dura dos meses, y a veces cuatro. Las enfermedades contagiosas no tardan en desarrollarse entre los pobres negros, y el cólera, la fiebre amarilla o el tifus los matan a centenares. Pero ¿qué importa? Aunque de mil esclavos lleguen trescientos al fin del viaje, bastan para hacer un gran negocio en América; principalmente en el Brasil y en las islas del golfo de Méjico se pagan muy caros los esclavos.
 Ya están al fin desembarcados los últimos supervivientes de aquella hecatombe humana; pero sus dolores no han concluido todavía: en las plantaciones sólo los aguardan penas infinitas. Trabajan desde el alba hasta ponerse el sol: los débiles y los enfermos pagan con la muerte su escasez de fuerza; y los que intentan fugarse para librarse de aquella inacabable serie de martirios son cazados como bestias feroces y suelen morir bajo las dentelladas de los perros que les azuzan.
 Sus tribulaciones y miserias no terminan ni con la muerte, pues sufren el dolor supremo de exhalar el último suspiro lejos de sus grandes bosques, de la tribu que los ha visto nacer, de sus hijos, de sus hermanos, de sus padres, a quienes nunca más verán, pues sus ojos se cierran para siempre en una tierra extranjera, que fue para ellos una madrastra cruel.
 Los filósofos del siglo XVIII lanzaron el primer grito, la primera protesta contra tanta barbarie. Aquella voz no quedó perdida en el vacío, y las naciones se decidieron, al fin, a escucharla. Francia abolió la esclavitud en sus colonias; Inglaterra, en 1809 proclamó la libertad de sus negros, y la República americana del Norte elevó la jerarquía social del negro al mismo nivel que la del blanco. Pero no bastaba esto; era preciso destruir los navíos negreros, que continuaban transportando millares y millares de esclavos a las colonias españolas y portuguesas, en las cuales no se había abolido la esclavitud.
 De esta humanitaria idea surgieron los cruceros, que se escalonaron a lo largo de la costa africana para capturar a los navíos negreros y ahorcar a sus tripulantes. ¡Vanos esfuerzos! Sesenta navíos no bastaban para vigilar un continente tan extenso, y la esclavitud continúa, la barbarie perdura, y lo mismo en el centro que en la costa de la negra África, despiadadas bandas de cazadores de hombres se multiplican cada día, y la sangre corre, corre sin cesar.
 ¿Cesará un día este torrente de vergüenza? En el mar la trata ha terminado. La proclamación de la libertad de los negros en el Brasil, último país donde subsistía la esclavitud, dio el golpe de muerte a los navíos negreros; pero la esclavitud dura todavía en África, y durará hasta que las naciones europeas hayan conquistado las naciones del centro.
 Entonces la paz reinará en aquellas tribus, que serán felices a la sombra de sus selvas maravillosas y que olvidarán con el tiempo la sangre y las lágrimas derramadas por tantos millones de esclavos arrancados brutalmente de sus países nativos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gahe, 1975, en traducción de José Repollés, pp. 25-29. ISBN: 84-7076-047-5.]

domingo, 26 de marzo de 2023

Los Argonautas del Pacífico occidental I-II.- Bronislaw Malinowski (1884-1942)

Bronisław Malinowski - Wikipedia, la enciclopedia libre
II.-Los indígenas de las islas Trobriand

II.-Posición social de las mujeres

   «Otro rasgo sociológico que a la fuerza llama la atención del visitante es la posición social de las mujeres. Su comportamiento, tras la fría reserva de las mujeres dobueses y el trato tan poco acogedor que el extranjero recibe de las mujeres de las Amphlett, resulta chocante por su amistosa familiaridad. Naturalmente, como pasaba con los hombres, los modales de las mujeres de rango son muy distintos de los vulgares de la clase baja. Pero en conjunto, tanto las de clase alta como las de clase baja, aunque en ningún sentido reservadas, son de trato agradable y cordial, y muchas de ellas de muy buen ver. Su vestuario también es distinto de los otros que hemos venido observando. Todas las mujeres melanesias de Nueva Guinea llevan una especie de enagua hecha de fibras. Entre las massim meridionales esta enagua es larga, llega a las rodillas o más abajo, mientras que la de las trobriandesas es más corta y tupida, compuesta de varios volantes alrededor del cuerpo, como unas gorgueras (compárense las mujeres del Massim del Sur). El gran electo ornamental de este vestido se realza con dibujos muy trabajados, a tres colores, sobre los volantes que forman la parte superior de la falda. En general sienta muy bien a las jóvenes bonitas y da a las niñas delicadas un aspecto gracioso y travieso.
 La castidad es una virtud desconocida entre estos indígenas. A una edad increíblemente temprana son iniciados en la vida sexual y muchos de los juegos aparentemente inocentes de la infancia no son tan inicuos como pudieran parecer. A medida que crecen viven en la promiscuidad del amor libre, que, poco a poco, va creando relaciones más duraderas, una de las cuales acaba en matrimonio. Pero antes del matrimonio, se presupone que las muchachas solteras son absolutamente libres de hacer lo que les plazca. Incluso existen determinadas ceremonias en las que todas las muchachas de un pueblo se trasladan en bloque a otra localidad; allí se alinean a la vista del público, para ser inspeccionadas y cada una escogida por un joven de la localidad, con el que pasa la noche. A esto se le llama katuyausi. Del mismo modo, cuando llega un grupo de visitantes de otro distrito, las jóvenes solteras los proveen de comida y también deben satisfacer sus necesidades sexuales. En las grandes vigilias mortuorias alrededor del cuerpo del recién fallecido, los habitantes de las aldeas vecinas concurren en grandes grupos para tomar parte en las lamentaciones y cantos. Es costumbre que las muchachas de los grupos forasteros consuelen a los muchachos de la aldea en duelo, lo que atormenta bastante a sus amantes oficiales. Existe otra llamativa fórmula de licencia ceremonial en la cual las mujeres toman abiertamente la iniciativa. Durante la temporada en que se trabajan los huertos, en el tiempo de la escarda, las mujeres trabajan de forma comunal y cualquier extranjero que se aventure a pasar por el distrito corre un riesgo considerable, pues las mujeres le persiguen hasta apoderarse de él, le arrancan la hoja que le cubre el pubis y, en sus orgías, lo maltratan de la forma más ignominiosa. Junto a estas formas ceremoniales de licencia, en el curso de la vida cotidiana se producen constantes intrigas privadas, más numerosas durante los períodos de fiestas y menos visibles cuando el trabajo de los huertos, las expediciones comerciales o la cosecha acaparan las energías y la atención de la tribu.
 El matrimonio apenas tiene nada que ver con una ceremonia o rito, ni público ni privado. Simplemente, la mujer se va a casa de su marido y sólo más tarde hay una serie de intercambios de regalos, que de ninguna manera deben interpretarse como compra de la esposa. En realidad, el rasgo más importante del matrimonio trobriandés es que la familia de la esposa está obligada a contribuir de forma sustancial a la nueva economía doméstica y también a proporcionar al marido toda clase de servicios. En la vida marital, se presupone que la mujer debe de permanecer fiel al marido, pero esta norma no es muy estricta y, por lo tanto, se observa poco. En todos los demás sentidos, la mujer mantiene un gran margen de independencia y su marido debe tratarla bien y con consideración. Si no lo hace así, la mujer sencillamente lo deja y se vuelve a la casa de su familia; y como en general es el marido quien sale perdiendo económicamente, es él quien se esfuerza por hacerla volver, lo que hace por medio de regalos y razonamientos. Pero, si ella lo prefiere, siempre puede dejarlo por las buenas y ya encontrará algún otro con quien casarse.
 Igualmente la vida tribal, el status de las mujeres es muy elevado. En general no participan en los consejos de los hombres, pero tienen sus propias reuniones para muchos asuntos y controlan determinados aspectos de la vida tribal. Así, por ejemplo, parte del trabajo hortícola está bajo su control, y esto más bien se considera un privilegio que un deber; también se cuidan de ciertas secuencias de las grandes reparticiones ceremoniales de alimentos, relacionadas con el ritual funerario de los boyowas, muy largo y complejo. Determinadas formas de magia —las que recaen en los niños primogénitos, la magia de la belleza que forma parte de las ceremonias tribales, diversas clases de hechicería— también son de monopolio femenino. La mayoría de las mujeres de rango tienen derechos a los privilegios propios de su condición y los hombres de castas bajas deben inclinarse ante ellas y observar todas las formalidades y tabús que se deben a los jefes. Una mujer con rango de jefe que se casa con un hombre común, conserva su status incluso respecto a su marido y tiene que ser tratada de acuerdo con él.
 Los trobriandeses son matrilineales, es decir, establecen la descendencia y la herencia por línea materna. Un niño pertenece al clan y a la comunidad de aldea de su madre y ni la fortuna ni la posición social se transmiten de padres a hijos, sino de tíos maternos a sobrinos. Esta norma cuenta con excepciones llamativas e interesantes, que ya sacaremos a colación a lo largo de este estudio.
[…]

IV.-Magia y trabajo

  Los indígenas dedican la mitad del tiempo laboral al cultivo de los huertos, y quizá más de la mitad de sus intereses y ambiciones se centren en torno a esta actividad. De modo que conviene hacer una pausa y tratar de comprender su actitud a este respecto, ya que responde a su típica forma de actuar en todos los trabajos. Si persistimos en la falacia de ver al indígena como un hijo de la Naturaleza, perezoso y despreocupado, que rehúye tanto como puede todo trabajo y esfuerzo, y espera que el fruto madure por mor de la generosidad de la fecunda naturaleza tropical y le caiga en la boca, no lograremos entender lo más mínimo los fines y motivos que le mueven a realizar las expediciones kula ni ninguna otra empresa. Por el contrario, la verdad es que los indígenas son capaces de trabajar, y en ocasiones lo hacen con ahínco y de forma sistemática, con persistencia y voluntad, sin esperar para ello a que las necesidades inmediatas les apremien.
 En los huertos, por ejemplo, los indígenas producen mucho más de lo que realmente necesitan, de forma que cualquier año normal cosechan como el doble de lo que pueden consumir. Hoy en día, los europeos exportan el excedente y lo dedican a alimentar la mano de obra de otras plantaciones de Nueva Guinea; en otros tiempos, simplemente, se dejaba pudrir. Por otro lado, este excedente lo consiguen al precio de mucho más trabajo del necesario para obtener la cosecha. Buena parte del tiempo y del trabajo responden a propósitos estéticos: mantener los huertos limpios, ordenados y sin ninguna clase de desperdicios, construir vallas sólidas y bonitas, proveerse de estacas especialmente grandes y fuertes para el ñame. Todas estas cosas, hasta cierto punto, son indispensables para el crecimiento de las plantas; pero, sin duda, los indígenas llevan su celo profesional mucho más lejos de lo puramente necesario. El elemento no utilitario de los trabajos de huerta es aún más perceptible en las diversas tareas que realizan con finalidad puramente ornamental, de acuerdo con los ceremoniales mágicos y las costumbres de la tribu. Así es como, una vez que el terreno ha sido escrupulosamente desembarazado y está listo para la siembra, los indígenas dividen cada parcela de huerto en pequeños cuadros de pocas yardas de lado; y esto no se hace sino por fidelidad a las costumbres y para que los huertos tengan buen aspecto. Ningún hombre que se respete osaría transgredir esta obligación. Además, en los huertos especialmente bien cuidados, hay unos palos horizontales, sujetos a los soportes del ñame, con objeto de embellecerlos. Otro ejemplo, y quizás el más interesante, de trabajo no utilitario son las grandes pilas de forma piramidal, llamadas kamkokola que sirven para fines ornamentales y mágicos, pero no tienen nada que ver con el cultivo de las plantas.
Descargar] Los argonautas del Pacífico occidental - Bronislaw ... De las fuerzas y creencias que sustentan y regulan el trabajo de los huertos quizá sea la magia la más importante. Constituye una actividad independiente, y el mago de los huertos, después del jefe y el hechicero, es el personaje más importante de la aldea. Esta situación es hereditaria y en cada aldea se transmite, por línea femenina, de una en otra generación, como un sistema especial de magia. He dicho un sistema, porque el mago tiene que realizar una serie de ritos y pronunciar una serie de fórmulas sobre el huerto que van sincronizadas con el trabajo y que, de hecho, inician las etapas de cada labor y de cada nuevo desarrollo del ciclo de las plantas. Y además, antes de iniciarse las tareas del cultivo, el mago debe consagrar el emplazamiento con un gran acto ceremonial. Esta ceremonia inicia oficialmente la temporada de cultivo y sólo después del acto comienzan los indígenas a podar la maleza de las parcelas. Luego, a lo largo de una serie de ritos, el mago inaugura una tras otra las distintas fases que se suceden: la quema de la broza, la limpieza del terreno, la siembra, la escarda y la recolección. Mediante otra serie de ritos y formulaciones mágicas, el mago asiste también a la planta en la germinación, en la floración, en el nacimiento de las hojas, en el ascenso por la estaca auxiliar, en la formación de las exuberantes coronas de follaje y en la producción de los tubérculos comestibles.
 El mago de los huertos controla, pues, según la creencia indígena, el trabajo del hombre y las fuerzas de la naturaleza. También actúa directamente como supervisor del cultivo y vigila que la gente no escatime el trabajo ni se demore demasiado en hacerlo. De este modo, la magia cumple una función reguladora y sistematizadora del trabajo hortícola. El mago, celebrando los ritos, marca el ritmo, constriñe a la gente para que se dedique a las tareas adecuadas y cuida de que las cumplan bien y a tiempo. De forma marginal, la magia también impone a la tribu buena cantidad de trabajo suplementario, en apariencia inútil, y sus normas y tabús operan como elementos incordiantes. A la larga, sin embargo, no cabe duda de que la magia, por su función de ordenar, sistematizar y regular el trabajo, tiene un valor económico incalculable para los indígenas.
 Otro concepto que se debe refutar, de una vez por todas, es el Hombre Económico Primitivo que encontramos en algunos manuales recientes de Economía. Este ser caprichoso y amorfo, que ha hecho estragos en la literatura económica de divulgación y pseudocientífica, cuyo fantasma obceca todavía las mentes de antropólogos competentes y adultera sus puntos de vista con ideas preconcebidas, es un hombre —o salvaje — primitivo imaginario, inspirado en todas sus acciones por una concepción racionalista del beneficio personal, que logra directamente sus propósitos con el mínimo esfuerzo. Un solo caso bien escogido bastaría para demostrar hasta qué punto es absurda la idea de que el hombre, en especial el hombre de bajo nivel cultural, actúa por motivos puramente económicos y de beneficio racionalista. El primitivo trobriandés nos proporciona el ejemplo idóneo para contradecir tan falaz teoría. Trabaja movido por motivaciones bien complejas, de orden social y tradicional, y persigue fines que no van encaminados a satisfacer las necesidades inmediatas ni a lograr propósitos utilitarios. En efecto, hemos visto en primer lugar que el trabajo no se realiza bajo el principio del mínimo esfuerzo. Por el contrario, mucho tiempo y energías se dedican a esfuerzos del todo innecesarios —entiéndase bien, desde un punto de vista utilitario. Dicho de otra forma, trabajo y esfuerzo, en vez de representar simples medios encaminados a un fin, constituyen un fin en sí mismos. Un buen hortelano trobriandés gana prestigio, directamente, según la cantidad de trabajo que puede hacer y el tamaño del huerto que es capaz de cultivar. El título de tokwaybagula, que significa “hortelano eficiente” o “bueno”, se otorga de forma discriminada y se exhibe con orgullo. Varios de mis amigos reconocidos como tokwaybagula se vanagloriaban ante mí de lo mucho que habían trabajado y de la cantidad de tierra que habían cultivado, comparando su esfuerzo con el de otros hombres menos eficientes. Cuando se entra de lleno en la labor, parte de la cual se hace en forma comunitaria, nace una verdadera competición. Los hombres rivalizan entre sí en rapidez, en esmero y en los pesos que pueden levantar cuando transportan las grandes estacas al huerto o cuando retiran el ñame cosechado.
 Sin embargo, lo más importante es destacar que todo o casi todo el fruto del trabajo personal, y por supuesto el excedente que haya podido obtenerse con el esfuerzo suplementario, no se destina al propio individuo, sino a sus parientes políticos. Sin entrar en detalles sobre el sistema de distribución de la cosecha —cuya sociología, bastante compleja, requiere un estudio preliminar sobre el sistema trobriandés de parentesco y las concepciones que entraña— se puede decir que cerca de tres cuartas partes de la cosecha de un individuo se destinan, de una parte, al jefe como tributo y, de otra, al marido y la familia de la hermana (o de la madre) por obligación.
 Aunque en la práctica no se obtenga ningún beneficio personal —en el sentido utilitario— de la propia cosecha, el hortelano recibe muchas alabanzas y prestigio por la cantidad y calidad de su producción, y ello de forma directa y expresa. En efecto, una vez recogida la cosecha, ésta se exhibe en los huertos durante algún tiempo, apilada en montones cónicos bien formados, bajo pequeñas cubiertas hechas con los mismos tallos del ñame. Así, cada cual en su propia parcela, expone su cosecha a la crítica de los grupos indígenas que se van paseando de un huerto a otro, admirando, comparando y alabando los mejores logros. Podemos calibrar la importancia de esta exhibición de alimentos considerando que, en otros tiempos, cuando el poder del jefe era mucho más considerable que hoy, resultaba peligroso para un hombre que no fuese de alto rango y no trabajara para ningún personaje importante exponer una cosecha que pudiera compararse, demasiado favorablemente, con la del jefe.
 Los años que se prevé una recolección abundante, el jefe proclama una cosecha kayasa, es decir, una exposición ceremonial y competitiva de alimentos, así que el esfuerzo por obtener buenos resultados y el interés que ponen en la tarea alcanza, si cabe, niveles aún más altos. Más adelante trataremos de empresas ceremoniales del tipo kayasa y comprobaremos que desempeñan un papel importante en el Kula. Todo esto demuestra cuán grande es la diferencia entre el verdadero indígena de carne y hueso y el fantasmal Hombre Económico Primitivo, en cuyo comportamiento imaginario se han basado muchas de las deducciones escolásticas de economía abstracta.29 En buena medida, el trobriandés trabaja de forma indirecta por el trabajo en sí mismo y pone gran esfuerzo en el acabado estético y la buena apariencia general de su parcela. No actúa fundamentalmente guiado por el deseo de satisfacer sus apetencias, sino movido por un conjunto de fuerzas, deberes y obligaciones tradicionales, creencias mágicas, ambiciones y vanidades sociales. Pretende, si es un hombre, ganar prestigio social como buen hortelano y buen trabajador en general.
 Me he extendido tanto sobre las cuestiones que conciernen a los móviles y objetivos laborales de los trobriandeses en los huertos porque, en los siguientes capítulos, estudiaremos las actividades económicas y el lector comprenderá mejor la actitud de los indígenas si cuenta con diversos ejemplos que se la ilustren. Todo lo que sobre este tema hemos dicho a propósito de los trobriandeses se aplica igualmente a las tribus vecinas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta DeAgostini, 1986, en traducción de Antonio J. Desmonts, pp. 98-101 y 106-110. ISBN: 978-8439501398.]

domingo, 11 de diciembre de 2022

La potencia de uno.- Bryce Courtenay (1933-2012)


Fallece Bryce Courtenay, exitoso novelista en Australia ...
Quince


  «Llegó por fin la noche del concierto de Doc. En cuanto crucé la puerta de entrada me di cuenta de que en la prisión había un ambiente distinto. El aire carecía del sentimiento de desesperación que siempre flotaba en él. La charla triste que oía en mi mente cuando entraba en el recinto había cesado. Los pensamientos de la gente eran tranquilos. Sentí un estremecimiento de emoción. Aquella noche iba a ser especial.
  Había salido una luna llena sobre la oscura sombra de las colinas que había detrás de los muros de la prisión y la plaza de armas estaba inundada de luz lunar. El Steinway de Doc se alzaba muy claramente, perfilado en el estrado con la tapa ya levantada. La escena poseía un silencio propio, era como contemplar un cuadro de Dalí. Me quedé parado un momento, pues aquel concierto parecía algo excepcional, incluso para alguien de mi edad, cuya comprensión de la logística y de las leyes de la probabilidad humana eran bastante limitadas.
  Cuando estaba contemplando el Steinway perfilado a la luz de la luna, se encendieron los focos, súbitos y brillantes, y fue como la explosión de una pistola de soldar. Cuando acostumbré los ojos a aquella luz áspera y fuerte vi ya que alrededor del estrado, en un semicírculo sobre el suelo duro, había líneas pintadas que indicaban la zona correspondiente a cada tribu. Del edificio principal salieron una docena de guardias provistos de sjamboks que se dirigieron hacia el piano; las botas hacían un ruido rechinante en el sendero de grava.
  Crucé la plaza de armas, entré por una puerta lateral y me dirigí al salón donde estaba esperándome Doc. Estaba sentado ante el Minion vertical, acariciando las teclas con aire ausente. Alzó la vista cuando entré.
  —Geel Piet se retrasa, ya debería estar aquí, —dijo, con voz tensa. Doc había llegado a depender mucho de Geel Piet, y le consideraba un elemento básico de toda la operación. Sin él trabajando con los presos un concierto preñado ya de un potencial de desastre imprevisible no tendría ninguna posibilidad de éxito.
  —Vendrá enseguida, ya verás, —dije para animarlo—. Iré a por los guantes para ahorrar tiempo.
  Salí rápidamente del salón y bajé por el pasillo camino del gimnasio. Me crucé con un viejo presidiario que llevaba una cacerola de café de nueve litros, y al que seguía otro con una bandeja en la que había tazas y una lata de azúcar moreno. Les llevaban café a los guardias que estaban de servicio en la plaza de armas.
  —¿Has visto a Geel Piet?, —le pregunté a uno. Le hablé en shangaan porque vi por las cicatrices que tenía en las mejillas que era de la tribu tsonga.
  —No baas, no le hemos visto, —dijo humildemente.
  Al alejarme oí que le decía al otro presidiario que iba detrás de él:
  —Ves como el Ángel Renacuajo habla las lenguas de todas las tribus. Él es el caudillo elegido del pueblo.
  Cuando por fin llegué, encendí las luces del gimnasio y de la ducha. Las luces que había encima del ring estaban en la pared opuesta y el ring estaba a oscuras, pero había luz suficiente para que pudiese ver la caja donde estaban los guantes y elegí rápidamente unos que me gustaban. Fui a las duchas, me desvestí y me puse la camiseta, los pantalones, los calcetines y las botas, luego até los cordones de los guantes y me los eché al cuello para que me los pusiese Doc.
  Cuando volví Doc aún seguía solo en el salón. Su inquietud se reflejaba claramente en su expresión ensimismada mientras me ponía los guantes.
  —Es demasiado tarde, no podemos seguir esperando. Tenemos que empezar. Le diré a Geel Piet que estoy muy enfadado por esto.
  La puerta que yo había utilizado para entrar en el edificio no podía abrirse desde dentro, así que dejamos el salón y bajamos por el largo pasillo que daba al edificio principal de oficinas, por el que podíamos llegar a la plaza de armas. Cruzamos el pequeño vestíbulo en el que yo había estado esperando, cuatro años antes, la primera vez que había ido a la prisión. Las luces estaban apagadas en aquel despacho que había sido entonces el del teniente Smit y que ocupaba ahora el teniente Borman. Dejé ir delante a Doc y me acerqué a la ventanilla y atisbé un momento en la oficina en penumbra. Pude ver a la media luz dónde se sentaba Klipkop y al lado el otro escritorio más grande, que era del teniente Borman. Mi mirada vagó por la oficina y se detuvo en una fina raya de luz que salía por debajo de la puerta del cuarto de interrogatorios. La puerta debía estar entornada porque oí el ruido inconfundible de un golpe y un gemido agudo y súbito como de un hombre que acaba de recibir un puñetazo en el plexo solar. No era insólito pero parecía impropio en aquella noche de plenilunio en que iba a interpretarse el Concierto de la Gran Patria del Sur.
  Cuando llegamos los presos estaban ya sentados en las secciones que tenían asignadas, y los guardias paseaban por los pasillos fustigándose con sus sjamboks en las piernas, muy serios. Los presos evitaban mirarles, era casi como si no estuviesen allí. Tenían prohibido hablar, pero vimos al pasar que la gente sonreía y se extendió un murmullo sordo entre los presos que estaban sentados cuando Doc y yo subimos al estrado.
  El Kommandant llegó poco después que nosotros y subió al estrado para hablar a los presos. Estaba previsto que el teniente Borman hiciese la traducción al fanagal, pero al parecer no había llegado. El Kommandant estaba claramente irritado por esto, y al cabo de unos minutos, durante los cuales no hizo más que mirar el reloj una y otra vez, empezó a hablar en afrikaans.
  —Escuchadme, atención, —dijo, y yo traduje rápidamente al zulú. Me miró sorprendido.
  —¿Tú puedes traducir, Peekay?, —asentí—. Está bien, entonces hablaré y pararé después de cada frase para que tú puedas traducir.
  Al Kommandant le fastidiaba tener que hablarles a los presos y lo hacía demasiado fuerte y en un tono muy áspero.
  —Este concierto es un regalo que os hace el profesor, que no es un asqueroso delincuente como todos vosotros ¿me oís? No sé por qué una persona importante como él quiere hacer un concierto para cafres, y no sólo cafres, sino criminales además. Pero eso es lo que quiere y lo tendréis porque yo soy un hombre de palabra. Sólo quiero que sepáis que esto no volverá a pasar y que no quiero ningún problema, entendido, escucháis el piano y cantáis y luego os volveremos a llevar a vuestras celdas.
  Se volvió a mí, resoplando nervioso.
  —Ya está. Diles lo que he dicho.
  Yo dije que el Kommandant les daba la bienvenida y que el profesor les daba la bienvenida por acudir a su gran indaba de canciones. Añadí que el profesor tenía la esperanza de que las tribus cantasen a cuál mejor para que se sintieran todos orgullosos. Les dije también que tenían que estar atentos a mis manos y me quité los guantes de boxeo para indicar los movimientos que haría con ellas. Cuando acabé de hablar vi, en el mar de rostros que tenía delante, una sonrisa general de entusiasmo a punto de estallar; luego empezaron a aplaudir espontáneamente.
 —Lo has hecho muy bien, Peekay, —dijo el Kommandant, complacido ante aquella reacción espontánea a su discurso.
Leer La potencia de uno de Bryce Courtenay libro completo online ...  Doc interpretó completo el Concierto de la Gran Patria del Sur y los presos escucharon en silencio con cabeceos de aprobación al oír las melodías de sus propios cantos tribales. Al final aplaudieron todos furiosamente.
  Luego me levanté y les mostré cómo indicaría a cada tribu que podía iniciar su actuación y cómo les haría parar difuminando las voces o terminando simplemente una canción o un pasaje con un golpe hacia abajo de las manos, un gesto de cortar. Les pedí que levantasen la mano si entendían y se alzó un mar de manos.
 Doc interpretó el preludio, que era una mezcla musical de todas las melodías, y luego yo introduje a los cantores sothas. Sus voces se fundieron en la noche como si antes de romper a cantar hiciesen vibrar el aire de principios del verano con una armonía honda. Era la canción masculina más bella que yo había oído en mi vida. Parecían comprender instintivamente lo que se quería de ellos, y seguían cada gesto como si lo previeran. Les siguieron los ndebeles, que interpretaron una melodía más estridente y cuyas voces se alzaron graves y sinceras, repitiendo el hilo de la canción que iba llevando una sola voz masculina aguda, persiguiendo a aquella voz única, cazándola a veces incluso para cobijarla y nutrirla con hermosa armonía y luego dejarla volver a escapar para que llevase de nuevo adelante el canto. Siguieron los swazis, con una canción tan bella como todas los otras. Luego los shangaans. Cada tribu sonaba distinto, aunque parecía apoyarse en el canto de la tribu anterior, separado del suyo por un estribillo común que era profundamente africano, y que parecía en cierto modo una mezcla de todos los cantos. Los zulúes se encargaron de la última parte, que se elevó en poder y majestad cuando entonaron el canto de triunfo del gran Shaka, utilizando las palmas de las manos para golpear en el suelo, como había hecho con sus pies el poderoso indi zulú, hasta que la plaza de armas pareció temblar. Las otras tribus enseguida cogieron el ritmo y empezaron a golpear también en el suelo para aumentar el efecto. El concierto duró media hora, la última parte de la cual fue el estribillo, familiar ya por entonces a todos y que todas las tribus tararearon en un final glorioso. La obra de un compositor nunca había tenido un debut más extraño ni espléndido. El concierto sería interpretado años después por orquestas filarmónicas y sinfónicas de todo el mundo, con acompañamiento de algunos de los coros de mayor prestigio. Pero nunca sonaría mejor que bajo la luna africana en el patio de la cárcel, cuando trescientos cincuenta reclusos negros se fundieron en el orgullo que sentían por sus tierras tribales y en su amor a ellas. Doc se levantó del Steinway y se volvió hacia la masa de rostros negros. Lloraba sin la menor vergüenza y hurgaba en el bolsillo buscando un pañuelo, y muchos africanos lloraban con él. Luego, sin previo aviso, brotó un clamor de aprobación de la gente que habría sido imposible parar. Doc me contaría después que había sido el momento más grande de su vida, pero lo que ellos decían era: “¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi!”. ¡Ángel Renacuajo! ¡Ángel Renacuajo!, cantaban una y otra vez.
  El Kommandant pareció inquietarse y algunos de los guardias empezaron a pegar con los sjamboks en el suelo. ¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi! Doc se había levantado de su asiento para hacer una reverencia, y yo entonces empecé a mover las manos para indicar que debía cesar el canto. Casi al instante se hizo el silencio. Doc alzó la vista sorprendido sin saber muy bien lo que había pasado.
  —El gran hechicero músico y yo, —dije—, damos las gracias a la gente por cantar. Todos vosotros habéis honrado esta noche a vuestras tribus y nos habéis hecho un gran honor también al gran hechicero musical y a mí.
  Para hacer un discurso así en inglés me habría faltado madurez, pero la lengua africana posee una gracia natural y se adapta muy fácilmente a las palabras de este tipo.
 —Ahora debéis callaros en nombre de vuestras mujeres y vuestros hijos, pues los bóers están nerviosos, —mi voz era un rumor débil y aflautado en la noche.
  De pronto se esparció por el cielo una lluvia de estrellas sobre el pueblo y luego otra y otra, estrellas aisladas rojas y verdes que estallaban en lo alto, torrentes que bailaban en los cielos. Los presos miraban sobrecogidos, algunos tapándose incluso la cabeza para protegerse de aquella magia. Un guardia se acercó corriendo al Kommandant, le cuchicheó algo al oído y el Kommandant se volvió hacia Doc y luego extendió la mano.
  —Es libre de irse, Profesor. Se ha acabado la guerra en Europa, los alemanes se han rendido, —señaló hacia el pueblo—. Mire los fuegos artificiales. Esos malditos rooineks ya están celebrándolo.»
 
          [El texto pertenece a la edición en español de Muchnik Editores, 1990, en traducción de José Manuel Álvarez-Florez,  pp. 302-306. ISBN:  978-8422638247.]