Mostrando entradas con la etiqueta cuerpo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuerpo. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de agosto de 2025

El difunto Matías Pascal.- Luigi Pirandello (1867-1936)

 

10.-La pila del agua bendita y el cenicero

 «-Usted dispense, señor Paleari -le objetaba yo-. Pero fíjese: supongamos que un gran hombre, mientras pasea, tiene la desgracia de caerse y romperse la crisma y quedarse lelo. ¿Adónde va a parar su alma?
 El señor Paleari quedóseme mirando de hito en hito, como si de pronto le cayese a los pies un pedrusco.
 -¿Que adónde va a parar el alma?
 -Sí, y lo mismo si nos ocurre esa desgracia a usted o a mí, que, aunque no soy un gran hombre, sin embargo..., ¡vamos!, razono. Suponga usted que me caigo, me rompo la crisma y me quedo lelo. ¿Qué se ha hecho de mi alma?
 Paleari juntó las manos y, con expresión de benigna lástima, me repuso:
 -Pero, ¡Dios santo!, ¿por qué quiere usted caerse y romperse la crisma, querido señor Meis?
 -Es una hipótesis...
 -Pues no, señor, siga usted paseándose tranquilamente. Cojamos a los viejos que, sin necesidad de caerse ni romperse la crisma, se vuelven chochos. Bien, ¿qué quiere decir esto? ¿Tendría usted la pretensión de querer probarme, apoyándose en esa circunstancia, que al quebrantarse el cuerpo debilítase también el alma y que la extinción del uno supone la extinción del otro? Pues, si es así, haga usted el favor de imaginarse el caso contrario, es decir, cuerpos en el colmo de la extenuación y en los cuales, sin embargo, refulge potentísima la luz del alma: Giacomo Leopardi y tantos ancianos como, por ejemplo, su santidad León XIII, sin ir más lejos. ¿Qué dice usted a esto? Pero supóngase usted ahora un piano y un pianista y, que al estarlo tocando, el piano, de pronto desafina: no suena ya esta tecla, dos o tres cuerdas saltaron. Pues bien: naturalmente, con un instrumento tan estropeado, por fuerza ha de tocar mal el pianista, por más diestro que sea. Pero y si, por fin, el piano deja de ser, ¿será que no existe ya tampoco el pianista?
 -¿Quiere usted dar a entender que el cerebro es el piano y el alma el pianista?
 -Eso mismo, señor Meis. Y si el cerebro se estropea, por fuerza el alma ha de parecer mema o loca, o qué sé yo. Lo cual quiere decir que si el pianista rompió, no por accidente, sino por inadvertencia o adrede, el instrumento, habrá de pagarlo. El que rompe, paga; se paga todo; sí, señor, todo. Pero ésta es otra cuestión. Dispénseme usted, pero dígame: ¿no hace mella alguna en su ánimo ver que la Humanidad toda, hasta donde hay noticia de ella, alimentó siempre la aspiración a otra vida más allá? Este es un hecho, señor mío: un hecho, una prueba positiva.
 -Dicen que el instinto de conservación...
 -Pues no es así, para que usted se entere. Porque, lo que es yo, me chincho, ¿sabe usted?, en esta vil pelleja que me envuelve. Me pesa, y si la soporto es porque sé que debo soportarla; pero en probándome, ¡voto a Cristo!, que después de haberla soportarlo por espacio de otros cinco o seis o diez años, aún no habré pagado mi escote de algún modo y que todo ha de acabar aquí, pues, ¡nada!, que ya me la estoy arrancando. ¿Y quiere usted decirme dónde está, entonces, el instinto de conservación? Yo sigo tirando únicamente porque siento que la cosa no puede parar en eso. Sólo que a esto salen diciéndome que una cosa es el individuo y otra la Humanidad. El individuo acaba, la especie sigue evolucionando. ¡Vaya un modo de discurrir! Fíjese, si no, un poco, señor Meis. ¡Como si usted, yo, el vecino de al lado, todos, en una palabra, no fuésemos la Humanidad! ¿Y no pensamos todos nosotros, allá en nuestro fuero interno, que sería el colmo del absurdo, la cosa más atroz, el que todo hubiera de reducirse a este mundo, a este mísero soplo de nuestra vida terrena: cincuenta, sesenta años de calamidades, sinsabores y luchas? Y, todo, ¿por qué? ¡Pues por nada! ¡Por la Humanidad! Pero ¿y si la Humanidad no ha de ser tampoco eterna? Fíjese usted, señor Meis: ¿a qué habrán venido, entonces, toda esta vida, todo este progreso, toda esta evolución? ¿A nada?... ¡Pero si luego salen diciéndonos que la nada, la nada pura, no existe!... La curación del planeta, como dijo usted el otro día, ¿verdad? Bueno: supongamos que sea la curación; sólo hay que ver en qué sentido. Lo malo que tiene la ciencia, señor Meis, es eso precisamente: que no ve más allá de la vida...
 -¡Hombre! -suspiré yo, sonriendo-. Puesto que tenemos que vivir...
 -Pero, ¡también tenemos que morir! -replicome Paleari. 
 -Conformes, pero, ¿por qué pensar tanto en ello?
 -¿Que por qué? Pues porque no podemos atinar con el sentido de la vida si de algún modo no nos explicamos también la muerte. El criterio director de nuestros actos, el hilo para salir de este laberinto, la luz, en suma, señor Meis, la luz hemos de recibirla de allá, de la muerte.
 -¿Con la oscuridad que allí reina?
 -¿Oscuridad? ¡La habrá para usted! Pero pruebe usted a encender una lamparilla de fe con el aceite puro del alma. En faltándonos esta lamparilla, no hacemos más que dar tumbos de acá para allá en esta vida, como ciegos, pese a toda la luz eléctrica que hemos inventado. Buena, bonísima resulta para la vida la luz eléctrica; pero nosotros, señor Meis, necesitamos también de esa otra lamparita que nos alumbra un poco las sombras de la muerte. Mire usted: yo, muchas noches, procuro encender también cierto farolillo de cristal color de rosa; no hay más remedio que ingeniarse por todos los modos posibles de echar el resto para intentar ver... Ahora se encuentra en Nápoles Terencio, mi yerno; pero dentro de unos meses estará de vuelta y entonces yo le invitaré a usted a asistir, si quiere, a alguna de nuestras modestas sesiones. Y quién sabe si ese farolillo... Pero punto en boca, que por hoy ya le he dicho bastante.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1971, en traducción de R. Cansinos Assens, pp. 107-110. Depósito legal: NA-42-1971.]
 

domingo, 24 de agosto de 2025

Pienso, luego río.- John Allen Paulos (1945)

Capítulo IV: Gente

 «Marvin Minsky, un eminente científico de ordenadores, ha escrito: "Cuando se construyan máquinas inteligentes, no debemos extrañarnos de encontrarlas tan confusas y tercas como los hombres en sus convicciones sobre la mente y la materia, la conciencia, la libre voluntad y cosas por el estilo". Esto parece tener sentido, aunque yo sustituiría el "cuando" por "si".
 Además de las preocupaciones filosóficas, esas "máquinas" inteligentes tendrán probablemente sentido del humor. En realidad, una variante de la prueba de Turing para la inteligencia de una máquina podría ser construir un programa que reconociera los chistes. Serían necesarias todas las habilidades intelectuales integradoras mencionadas antes, junto con una apreciación de los matices emocionales. Esta combinación de cualidades no es tan corriente, ahora que lo pienso, ni siquiera entre los humanos.

 Un matrimonio muy viejo, pasados los noventa, visita a un abogado divorcista. El abogado les pregunta:
 -¿Por qué ahora? Han pasado ustedes los noventa años, llevan más de setenta casados, ¿por qué divorciarse a estas alturas?
 -Queríamos esperar hasta que los niños se hubiesen muerto -explican ellos.

 Si se ha reído usted, probablemente no tiene usted silicio en el cerebro (acero en el corazón, tal vez, pero no silicio en el cerebro).

**********************

 Es concebible que con el avance de la inteligencia artificial, los chistes étnicos sean sustituidos por chistes robóticos.

 Dos robots en campaña electoral para un partido de derechas llegan a un cartel del MOPU*: DESVÍO OBLIGATORIO A LA IZQUIERDA. Lo dejan hecho trizas.
 El robot de la ferretería dejó el trabajo. Se le aflojaban las tuercas cada vez que alguien se le acercaba con un destornillador.

*********************

 Una importante distinción en la ciencia de ordenadores es la diferencia que hay entre el "hardware" y el "software" del ordenador. Aunque la diferencia no siempre es clara, "hardware" se refiere a los aspectos físicos del ordenador (cintas, discos, transistores, pastillas, etc.), mientras que "software" se refiere a los programas que funcionan en el ordenador. El programa determina lo que hace el ordenador, cuál debe ser la sucesión de estados lógicos o programáticos. Los estados físicos del "hardware" del ordenador corresponden a esos estados lógicos o programáticos.
 Hilary Putnam ha observado que las cuestiones lógicas y lingüísticas que se plantean respecto a esta distinción entre el soporte físico y el soporte lógico son similares en algunos aspectos importantes a los que surgen en el problema tradicional del cuerpo y de la mente, de Descartes. ¿Cuál es la relación entre la mente y el cerebro (cuerpo)? ¿Cómo se afectan el uno al otro? ¿Son lo físico y lo mental inconmensurables o son diferentes aspectos del mismo fenómeno? Putnam sostiene que esos problemas tienen, en algunos aspectos, soluciones (o disoluciones) idénticas a las de los siguientes problemas análogos. ¿Cuál es la relación entre el programa y el soporte físico? ¿Cómo se afectan el uno al otro? ¿Son las propiedades de los programas y del soporte físico inconmensurables, o diferentes aspectos del mismo fenómeno?
 Comparen:
 (1) Quiero que Jorge llore en este punto de la representación, así que mientras está entre bastidores le haré pensar en algo muy triste o, si no puede, le pondré jugo de cebolla en los ojos.
 (2) Quiero que esta extraña forma helicoidal aparezca en la pantalla en este momento de la presentación, así que programa su aparición o, si no puedes, frota un imán en el cable de la interfaz, de esta manera.
 El tema de la sección siguiente (explicaciones intencionales) arroja algo de luz sobre algunas cuestiones relacionadas.

 ¿POR QUÉ SE HA TOCADO LA CABEZA JUSTO AHORA?

 "Y se plantea el problema; ¿qué queda si resto el hecho de que mi brazo sube del hecho de que levanto mi brazo? Ludwig Wittgenstein

*******************

 Myrtle: ¿Por qué creéis que ese hombre se ha tocado la cabeza justo ahora?
 Jorge: Es el entrenador de la tercera base y está dando la señal al bateador para que dé un golpe suave.
 Marta: Hace mucho viento y está asegurándose de que tiene la gorra bien calada.
 Waldo: Un complejo conjunto de descargas de las neuronas y de contracciones musculares, producido por un conjunto aún más complejo de fenómenos físicos y químicos, ha hecho que el apéndice superior derecho se mueva con tal y tal ángulo y velocidad hacia la parte lateral de la extremidad central más elevada.
 Myrtle: ¿Eh?

 Las explicaciones de Jorge y Marta difieren de la de Waldo de una forma crucial. Ellos explican dando una razón para la conducta en cuestión más que citando leyes causales. Al dar una explicación del comportamiento, Jorge y Marta lo hacen razonable a la luz de ciertas reglas y normas socialmente aceptadas, y de las creencias e intenciones del agente. Las explicaciones de este tipo, que presuponen la racionalidad de los agentes implicados, reciben el nombre de explicaciones intencionales. La explicación de Waldo, por otro lado, es causal. Si esas leyes generales son válidas y se dan esas condiciones, entonces el resultado será ése.
 Adviertan que no hay conflicto entre ambos tipos de explicación. Los dos pueden invocarse para explicar la  misma parcela de comportamiento (que la princesa Diana se haya quedado embarazada, que se hayan borrado las cintas de Watergate), aunque uno u otro pueden ser más apropiados en un contexto determinado.»

*Ministerio de Obras Públicas.

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1988, en traducción de Marta Sansigre, pp. 128-131. ISBN: 84-376-0655-1.]

domingo, 22 de junio de 2025

Un hombre acabado.- Giovanni Papini (1881-1956)

Allegretto
XLV.- Precisamente por esto

  «Es difícil, creo yo, encontrar otro ser que haya sufrido mayor fracaso en toda su vida. Nada me queda por perder. Todos los hilos y los puntales que sostienen a los demás están cortados. Tanto los que bajan del cielo como los que encadenan a la tierra. Estoy en el fondo de la sima del mal; he renunciado, he debido renunciar; he abandonado y me han abandonado.
 Mis conocimientos no me bastan; los hombres me fastidian; las mujeres aún más; la literatura me asquea; la inspiración no acude a mí; la gloria me produce náuseas; mi vida es sucia y tediosa; mi cuerpo se deshace y mi primer y máximo deseo, el deseo del sumo poder, ya no existe, ni siquiera como deseo. Todas las tablas de valores han saltado hechas astillas en estas convulsiones interiores; toda esperanza se ha apagado en la oscuridad de estos años; las áncoras posibles de salvación no son más que ganchos que permanecen clavados en tierra, para una vida que carece de promesas e invitaciones.
 La representación ha terminado; los decorados se amontonan junto al muro, las luces se apagan, las cantantes se despojan de sus disfraces de reina y parten en coche, vestidas de negro; quedan los instrumentos allí, abandonados y sin voz, junto a las partituras cerradas que jamás volverán a abrirse. La última fiesta terminó con la postrera nota que aún vibra en el aire, para dar el "la" a este silencio demasiado vacío. Sólo quedan dos caminos: idiotizarse por completo o matarse.
 Sin embargo todavía siento en mí una enorme voluntad de vivir. No quiero morir. Quiero comenzar de nuevo la vida. Quiero hallar otros momentos para vivir. Y vivir a pesar de todo, suspendido de la nada, sin hilos sobre mi cabeza, sin puntales tras mi espalda, sin muletas bajo mis sobacos. Pero vivir todavía, vivir siempre, vivir en el pleno sentido de la palabra, vivir con los ojos y con las manos, con el cerebro y con el hígado, vivir aún diez, veinte, treinta años. Hasta que sepa conquistar mi pedazo de pan en el horno del mundo y sepa decir mis palabras en los coros disonantes de los hombres.
 No quiero morir, ni del todo, ni a medias, ni como alma, ni como cuerpo. Hay en mí algo más fuerte que todas las derrotas; hay un escollo plantado en medio de mi alma que resiste todas las tempestades que lo han cubierto en los últimos tiempos. Hay una bestia que quiere comer, hay dos piernas que quieren caminar, hay un cerebro que quiere pensar, una mano que quiere escribir. ¿Por qué razón? ¿En nombre de qué fe? ¿A la vista de qué meta? La bestia no lo sabe, la bestia no es intelectual, la bestia no es religiosa, la bestia no comprende nada; pero no quiere declararse vencida. Si las banderas son arriadas, permanecen las murallas; si las palabras ya no corresponden a los hechos, ¡al diablo las palabras y vivan los hechos! El hecho resiste y existe, el hecho es irrefutable y prepotente, el hecho no quiere morir.
 No es solamente la sangre la que no quiere detenerse. El mismo yo, que fue cerrando una tras otra todas las ventanas de las posibilidades, y debió renunciar hasta a la última, aquélla que da sobre lo imposible, no quiere desertar. Permanece en la oscuridad, sin fuerzas y sin deseos: pero no quiere aniquilarse. Aguarda siempre. No espera nada, pero aguarda. Si llegase lo peor, lo aceptaría; pero no quiere arrojarse al abismo donde comienza la nada, sin mantener siquiera la esperanza del dolor.
 El yo más profundo está enteramente pisoteado y martirizado, pero este martirio constituye para él un placer porque significa existir, significa oponerse a algo. Esta persecución de que le hace objeto el destino le da la certeza de que existe en él algo que merece la pena tenerse en cuenta, le da conciencia de su importancia en el universo. Él ha descendido hasta el fondo del abismo. Ya no puede moverse; debe cavarse la fosa o subir de nuevo hacia la luz. No puede obrar de otro modo. Y entonces el hombre acabado sale al exterior y comienza un nuevo capítulo.
 Pero este nuevo capítulo no se asemeja en absoluto a todos los demás. Las cosas que negó, negadas permanecen; no pido que vuelvan a mí los sueños abandonados; las ambiciones que desprecié también hoy las rehúso; los hombres que me esquivaron también hoy los mantengo alejados de mí; los propósitos que cegaron mis ojos están lejos para siempre. ¡Qué importa! Se inicia una nueva senda. El secreto ha sido hallado. Una última posibilidad de grandeza aparece ante mí, y yo no la rehúso. Sólo por ella florece de nuevo el desierto en silencio, y brillan las pupilas, avergonzadas bajo los párpados enrojecidos. Todavía puedo ser un héroe. Tengo necesidad de tenerme en gran estima para no verme obligado a aniquilarme; y es este nada lo que me salva.
 Sé que ningún resultado darán los humanos esfuerzos. Sé que todos nuestros edificios quedarán destruidos; que de nuestros ideales, aun los alcanzados y dominados, se precipitarán en la eterna oscuridad del olvido, en el vacío del no ser.
 Ninguna esperanza resta en mi corazón; ninguna promesa puedo hacerme a mí mismo y a los demás; ninguna compensación puedo prever por mis actos; ningún resultado por mis pensamientos. El futuro, este encantador de todos los hombres, esta causa perpetua de todos los efectos, no es para mí nada más que la desnuda perspectiva del aniquilamiento.
 Sin embargo, ante tan espantoso espectáculo, ante tan tremenda desesperanza, ante esta carrera hacia el abismo, no me altero ni retrocedo. Consiento en seguir viviendo. Todo cuanto haga será inútil, pero precisamente por esto me siento impelido a hacerlo. La nada -nada de mí mismo, de mi obra, del mundo entero- es el punto de llegada de cualquier esfuerzo mío, y precisamente por esto seguiré esforzándome hasta que la tierra me llame a su oscuro reposo.
 Quiero abjurar de todo mi pasado utilitario. Todos los hombres buscan una recompensa, un pago por todo cuanto hacen. Incluso las acciones que parecen más espirituales -actos de creación, actos de fe y de amor- esperan su premio, exigen, antes o después, ser saldadas. Nadie hace nada por nada. Hasta las religiones, hasta las artes, hasta las filosofías, se fundan en la ganancia. Las obras humanas, sin excepción de ninguna clase, son letras que deben ser pagadas. El vencimiento será más o menos largo, pero siempre llega el día de las cuentas. Si los hombres supiesen con seguridad que alguno de sus actos no será recompensado más tarde o más temprano, nadie se preocuparía de obrar.
 Yo mismo, en el pasado, fui el más ávido de estos gananciosos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1980, en traducción de Vicente Santiago, pp. 219-222. ISBN: 84-7017-920-9.]
 

domingo, 5 de junio de 2022

¿Por qué es divertido el sexo?.- Jared Diamond (1937)


La Isla de Pascua es una metáfora del mundo actual" | Babelia | EL ...
Capítulo 7: La verdad en el anuncio: la evolución de las señales corporales


 «Uno tiene que preguntarse cómo es posible que los animales evolucionaran de manera que algo tan aparentemente arbitrario como la longitud de una cola, el color de una mancha en un pico o la anchura de una banda negra produzcan respuestas de comportamiento tan grandes. ¿Por qué debería un carbonero común perfectamente normal retirarse de su posible alimento sólo porque ve a otro pájaro con una banda ligeramente más ancha? ¿Qué tiene una banda negra ancha que implica fuerza intimidatoria? Uno pensaría que un carbonero con un gen para una banda ancha, pero inferior por otras razones, podría obtener así un estatus social inmerecido. ¿Por qué tal engaño no se hace flagrante y destruye el significado de la señal?
 Estas cuestiones no están todavía resueltas y son muy debatidas por los zoólogos, en parte porque las respuestas varían para diferentes señales y diferentes especies animales. Consideremos estas cuestiones para señales sexuales corporales, es decir, estructuras que se encuentran en el cuerpo de un sexo pero no en el del sexo opuesto de la misma especie, y que son utilizadas como señal para atraer a parejas potenciales del sexo opuesto o para impresionar a rivales del mismo sexo. Tres teorías que compiten entre sí intentan explicar señales sexuales como éstas.
 La primera teoría propuesta por el genetista británico Ronald Fisher se denomina modelo de selección desenfrenada de Fisher. Las hembras humanas y las hembras de todas las demás especies animales, se enfrentan al dilema de seleccionar un macho con el que aparearse, preferiblemente uno que lleve buenos genes que serán transmitidos a la prole de la hembra. Ésta es una tarea difícil porque, como toda mujer sabe perfectamente, las hembras no tienen ningún método directo para evaluar la calidad de los genes de un macho. Supongamos que, de alguna manera, una hembra estuviera genéticamente: programada para ser atraída sexualmente por machos que llevaran cierta estructura que les diera alguna ligera ventaja en la supervivencia comparados con otros machos. Aquellos machos con la estructura preferida obtendrían así una ventaja adicional: atraerían más hembras como compañeras, y por lo tanto transmitirían sus genes a más prole. Las hembras que prefiriesen a los machos con tal estructura obtendrían también una ventaja: transmitirían el gen de la estructura a sus hijos, que a su vez serían preferidos por otras hembras.
 Un proceso desenfrenado de selección continuaría después, favoreciendo a aquellos machos con genes en favor de la estructura con un tamaño exagerado, y favoreciendo a aquellas hembras con genes en favor de una exagerada preferencia por la estructura. De generación en generación, la estructura crecería en tamaño o en vistosidad hasta que perdiera su ligero efecto beneficioso original para la supervivencia. Por ejemplo, una cola ligeramente más larga podría ser útil para volar, pero la gigantesca cola de un pavo real no es con seguridad muy útil en el vuelo. El proceso evolutivo desenfrenado sólo se detendría cuando una exageración ulterior del rasgo se convirtiera en perjudicial para la supervivencia.
  Una segunda teoría, propuesta por el zoólogo israelí Amotz Zahavi, apunta que muchas estructuras que funcionan como señales corporales sexuales son tan grandes o llamativas que deben resultar de hecho perjudiciales para la supervivencia de su propietario. Por ejemplo, la cola de un pavo real o de un tejedor no sólo no ayuda al ave a sobrevivir sino que le hace la vida más difícil. Tener una cola pesada, larga y ancha dificulta el desplazamiento a través de vegetación densa, tanto como levantar vuelo, mantenerse volando y escapar así de los depredadores. Muchas señales sexuales, como la cresta dorada de un tilonorrinco (o pájaro jardinero), son estructuras grandes, llamativas y brillantes que tienden a atraer la atención de un depredador. Además, que crezca una gran cola o cresta es costoso porque consume mucha energía biosintética del animal. En consecuencia, argumenta Zahavi, cualquier macho que se las apaña para sobrevivir a pesar de un hándicap tan costoso como ése, está en efecto anunciando a las hembras que debe tener magníficos genes en otros aspectos. Cuando una hembra ve un macho con ese hándicap tiene la garantía de que no la está engañando al portar el gen para una cola larga y que, a la vez, es inferior en lo demás. Él no habría sido capaz de permitirse elaborar esa estructura y no estaría todavía vivo a menos que fuese realmente superior.
 A uno se le ocurren inmediatamente muchos comportamientos humanos que seguramente se ajustan a la teoría del hándicap de Zahavi de las señales honestas. Mientras que cualquier hombre puede fanfarronear ante una mujer de que es rico, y de que por lo tanto ella debería irse a la cama con él con la esperanza de atraerle al matrimonio, podría estar mintiendo. Ella sólo se lo cree cuando le ve despilfarrando el dinero en joyería cara e inútil y en coches deportivos. También algunos estudiantes universitarios alardean de participar en fiestas la noche anterior a un examen importante; realmente están diciendo: “Cualquier idiota puede sacar un sobresaliente estudiando, pero yo soy tan inteligente que puedo sacar un sobresaliente a pesar del hándicap de no estudiar”.
 La otra teoría sobre las señales sexuales, tal como la formularon los zoólogos estadounidenses Astrid Kodric-Brown y James Brown, se denomina verdad en el anuncio. Como Zahavi y a diferencia de Fisher, los Brown hacen énfasis en que las estructuras corporales costosas representan necesariamente anuncios honestos de calidad, debido a que un animal inferior no podría permitirse los costes. A diferencia de Zahavi, que ve las estructuras costosas como un hándicap para la supervivencia, los Brown las ven como favorecedoras para la supervivencia, o bien ligadas de cerca a características que favorecen la supervivencia. La estructura costosa es de esta manera un anuncio doblemente honesto: sólo un animal superior puede permitirse su coste, y hace al animal incluso más superior.
  Por ejemplo, la cornamenta de los ciervos macho representa una gran inversión en calcio, fósforo y calorías; y aun así crece y es desechada todos los años. Sólo los machos mejor nutridos —los que sean maduros, socialmente dominantes y estén libres de parásitos— pueden permitirse esa inversión, De esta manera, una cierva puede considerar la cornamenta grande un anuncio honesto de la calidad del macho, al igual que una mujer cuy o novio compra y desecha coches deportivos Porsche cada año puede creer su afirmación de que es rico. Pero las cornamentas llevan un segundo mensaje que no comparten los Porsche. Mientras que un Porsche no genera más riqueza, las cornamentas grandes proporcionan a sus propietarios el acceso a los mejores pastos, puesto que les permiten vencer a machos rivales y combatir a los depredadores.
POR QUÉ ES DIVERTIDO EL SEXO? - DIAMOND JARED - Sinopsis del libro ... Examinemos ahora si alguna de estas tres teorías, concebidas para explicar la evolución de las señales animales, puede explicar también rasgos del cuerpo humano. Para esto necesitamos ante todo preguntar si nuestros cuerpos poseen cualquiera de esos rasgos que requieren explicación. Nuestra primera inclinación podría ser asumir que sólo los estúpidos animales requieren insignias codificadas genéticamente, como un punto rojo aquí y una banda negra allí, de modo que se den cuenta entre ellos de la edad, estatus, calidad genética y valía como pareja potencial. Nosotros, por el contrario, tenemos cerebros mucho más grandes y muchísima más capacidad de raciocinio que ningún otro animal. Es más, únicamente nosotros somos capaces de hablar y podemos por ello almacenar y transmitir información mucho más detallada de lo que puede hacerlo cualquier otro animal. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de tener puntos rojos o bandas negras cuando determinamos de manera rutinaria y precisa la edad y estatus de otros humanos con sólo hablar con ellos? ¿Qué animal puede decirle a otro que tiene veintisiete años, recibe un salario anual de 125 000 dólares y es el segundo asistente del vicepresidente en el tercer banco más importante del país? En la selección de nuestras parejas y compañeros sexuales, ¿no pasamos por una fase de datos que es en efecto una larga serie de pruebas mediante las cuales evaluamos las habilidades parentales, las habilidades de relación y los genes de una pareja en perspectiva?
 La respuesta es sencilla: ¡tonterías! También nosotros nos basamos en señales tan arbitrarias como la cola de un tejedor y la cresta de un pájaro jardinero. Nuestras señales incluyen, caras, olores, color de pelo, barba en los hombres y pechos en las mujeres. ¿Qué es lo que hace a estas estructuras menos absurdas que una larga cola como base para seleccionar esposa o esposo, la persona más importante en tu vida adulta; nuestro compañero económico y social y el coprogenitor de nuestros hijos? Si pensamos que tenemos un sistema de señalización inmune al engaño, ¿por qué tanta gente recurre al maquillaje, los tintes de pelo y el aumento de pecho? En cuanto a nuestro supuestamente inteligente y cuidadoso proceso de selección, todos sabemos que cuando entramos en una habitación llena de gente desconocida, rápidamente sentimos quién nos atrae físicamente y quién no lo hace. Esta rápida sensación está basada en el “atractivo sexual”, que significa exactamente la suma de las señales corporales a las cuales respondemos, en gran medida inconscientemente. Nuestra tasa de divorcios, ahora alrededor de un 50 por 100 en Estados Unidos, muestra que reconocemos el fracaso en la mitad de nuestros esfuerzos al seleccionar compañero. Los albatros y muchas otras especies de animales ligados en parejas tienen tasas de “divorcio” mucho más bajas. ¡Y eso que nosotros somos sabios y ellos estúpidos!
  De hecho, al igual que otras especies animales, hemos evolucionado características corporales que señalan la edad, el sexo, el estatus reproductivo y la calidad individual, así como respuestas programadas a esas y otras características. La adquisición de la madurez reproductiva está señalada en ambos sexos por el crecimiento del vello púbico y axilar. En los machos humanos está señalizada además por el crecimiento de la barba y el vello corporal y por una caída en el tono de la voz. El episodio con el que inicié este capítulo ilustra que nuestras respuestas a esas señales pueden ser tan específicas y dramáticas como la respuesta del polluelo de gaviota al punto rojo en el pico de su progenitor. Las hembras humanas indican además la madurez reproductiva por el desarrollo de sus pechos. Más tarde en la vida señalamos nuestra decadente fertilidad y (en las sociedades tradicionales) la adquisición del estatus de sabio anciano por el encanecimiento de nuestro pelo. Tendemos a responder a la vista de los músculos humanos (en cantidades y lugares apropiados) como una señal de condición física masculina, y a la vista de grasa corporal (también en cantidades y lugares apropiados) como una señal de condición física femenina. En cuanto a las señales corporales mediante las cuales seleccionamos a nuestras parejas y compañeros sexuales, incluyen todas estas mismas señales de madurez reproductiva y condición física, con variaciones entre las poblaciones humanas en lo referente a las señales que un sexo posee y las que el otro sexo prefiere. Por ejemplo, los hombres varían por todo el mundo en relación con la abundancia de su barba y vello corporal, mientras que las mujeres varían geográficamente en el tamaño y forma de sus pechos y pezones, y en el color de estos últimos. Todas estas estructuras nos sirven a nosotros los humanos como señales análogas a los puntos rojos y las bandas negras de las aves. Además, al igual que los pechos de las mujeres cumplen simultáneamente una función fisiológica y sirven como señales, más tarde en este capítulo consideraré si lo mismo podría ser cierto del pene de los hombres.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debate, 2007, en traducción de Victoria Laporta Gonzalo. ISBN: 978-84-8306-695-9.]

domingo, 10 de abril de 2022

Antropología teológica fundamental.- Alejandro Martínez Sierra (1924-2014)


Ha fallecido Alejandro Martínez Sierra
Segunda parte: El hombre

Capítulo VII: El hombre, imagen de Dios

 «Abordamos un tema central en la antropología teológica. Escribe Auer: “Por lo que respecta a la teología de hoy puede decirse en general que es necesario repensar la doctrina de la semejanza divina, porque es la verdad revelada más importante acerca del hombre. Con ese parecido a Dios no se expresa ninguna cualidad del hombre, lo que se afirma más bien es la determinación estructural decisiva del hombre. En esa afirmación revelada coinciden las ideas de creación y alianza junto con las enseñanzas teológicas sobre naturaleza y gracia, pecado y redención”.

1. Antiguo Testamento

 — Gen 1,26. La singular creación del hombre del sacerdotal presenta al hombre como la única creatura creada a “su imagen y semejanza”. Muchas y variadas han sido las interpretaciones de este binomio en la historia de la exégesis. Todavía hoy no existe una coincidencia de todos los pareceres. Algunos han querido ver la imagen de Dios en la postura erecta del hombre, en su alma espiritual, en la intersubjetividad, que se manifiesta en la sexualidad, en el dominio sobre la creación, en la totalidad del ser humano.
 El contexto inmediato parece establecer una relación entre la imagen y semejanza y el dominio que el hombre ha de ejercer en toda la tierra. Era costumbre en oriente que el soberano de una gran nación mandase erigir estatuas suyas por las distintas provincias del imperio como signo de su presencia y soberanía sobre todos los habitantes del país. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, recibe el encargo de dominar la tierra entera. Es el lugarteniente de Dios y el colaborador a la obra de la creación: creced, multiplicaos, dominad la tierra y sometedla.
 La expresión a imagen y semejanza de Dios indica una clara distinción entre el hombre y Dios y al mismo tiempo una semejanza. El hombre no es Dios. Una cosa es la imagen y otra aquello de lo que es imagen. Por otra parte, el hombre tiene un parecido a Dios que ninguna de las demás creaturas posee. Al afirmar que el hombre es imagen de Dios se afirma a la vez la trascendencia y la inmanencia de Dios en la existencia humana.
 Comenta Juan Pablo II la narración del yavista a propósito del tema del hombre como imagen de Dios: “El relato del capítulo segundo, en cambio, no habla de la ‘imagen de Dios’; pero revela, según su propio modo, que la completa y definitiva creación del ‘hombre’ (sometido en un primer momento a la experiencia de la soledad originaria) se expresa en el dar vida a esa communio personarum que el varón y la mujer forman. De este modo, el relato yavista armoniza con el contenido del primer relato. Si, viceversa, queremos sacar también del relato del texto yavista el concepto de ‘imagen de Dios’, podemos entonces deducir que el hombre ha llegado a ser ‘imagen y semejanza’ de Dios no solamente a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas, que el hombre y la mujer forman desde el inicio. La función de la imagen es la de reflejar a quien es el modelo, la de reproducir el propio prototipo. El hombre llega a ser imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión. Él, en efecto, es desde el ‘principio’ no solamente imagen en la cual se refleja la soledad de una Persona que rige el mundo, sino también, y esencialmente, imagen de una inescrutable comunión divina de Personas”.
Eclo 17,1-12. El autor del Eclesiástico ve en el hombre, creado de la tierra a imagen de Dios, al lugarteniente que tiene dominio sobre todas las cosas, concedido por su Creador, dotado de consejo y lengua, ojos y oídos y un corazón para pensar, con una inteligencia que puede conocer el bien y el mal. Se han unido en este comentario al Génesis la dimensión histórica y la ontológica de la imagen, es decir, el hacer del hombre en la creación y las cualidades esenciales del hombre, que como persona le hacen reflejo del ser personal de Dios.
 — Sab 2,23. También el autor de la Sabiduría recoge el tema del hombre creado a imagen de Dios, que está en el destino que tiene a la inmortalidad. Fue creado para la inmortalidad y por eso Dios le hizo a su imagen.

 2. Nuevo Testamento

  — 1 Cor 11,7; Sant 3,9. Se refieren al hombre en cuanto imagen de Dios en el orden natural. El NT insiste más en la afirmación de la imagen sobrenatural por la incorporación del hombre a Cristo. Pablo es quien más abunda en este tema.
 — Col 1,15; 2 Cor 4,4; Heb 1,3 presentan a Cristo como la imagen perfecta de Dios. Él es la auténtica, la verdadera imagen en una unidad perfecta de naturaleza con el Padre. El destino del cristiano es reproducir esa imagen de Dios (Rom 8,29). El pecado la había deteriorado y Cristo la restituye con nuevo esplendor. En él volvemos a encontrar el verdadero rostro de Dios. Contemplando a Cristo y siguiendo su ejemplo el hombre puede llegar a la meta de su vida: ser imagen del Hijo. Para ello hay que despojarse del hombre viejo y seguir a Cristo con fidelidad (2 Cor 3,18; 4,4-6; Col 3,9; Ef 4,23).
 La imagen de Dios no se recibe en el hombre de una vez para siempre, de suerte que permanezca perfecta e intocable, ni en la primera, ni en la segunda creación por el bautismo. Esta imagen puede ser perfeccionada de día en día. El último retoque lo recibirá en la parusía. Al cristiano le urge su fe en Cristo a bruñir cada día el espejo de su alma para que el resplandor de la gloria de Dios se refleje en él con la mayor perfección posible.
 A la luz del NT la expresión del Génesis adquiere un significado más profundo. El hombre ha sido creado a imagen de Dios. Ahora bien, Cristo hace visible la imagen del Padre, porque Él es su imagen más perfecta. Por esta razón se puede decir que Cristo explica el sentido profundo de la afirmación genesíaca. Desde el NT se puede afirmar que el hombre ha sido creado a imagen de Cristo. Pero al mismo tiempo también desde la teología paulina se puede añadir que el ser imagen de Dios no es sólo la cualidad más importante del ser humano, sino que al mismo tiempo es una tarea. Porque hemos sido destinados a reproducir la imagen de Cristo (cf. Rom 8,29). En este sentido Cristo aclara al hombre su propia dignidad y se convierte en camino para todo hombre que quiera lograr su propio destino (GS 22).

 3. Padres

 El tema de la imagen ha sido muy frecuente en la reflexión teológica de los Padres sobre todo al comentar Gen 1,26. En esta época la reflexión teológica sobre este tema está muy influenciada por la filosofía de Platón y el filósofo judío Filón, que bebe también en la fuente platoniana.
 Para Platón las ideas son modelos divinos, cuya realización o copia son las cosas materiales. El alma humana pertenece al mundo de las ideas. Con la reflexión filosófica el hombre adquiere la conciencia de su origen divino y actúa luego consecuentemente, es decir, inspirándose en el mundo de las ideas, y así recupera su semejanza con Dios y su propia felicidad.
 Para Filón la imagen de Dios está en el alma, no en el cuerpo. El alma es imagen del Logos en su invisibilidad, incomprensibilidad y la familiaridad con el mundo. La semejanza impresa en el alma con la creación no se perdió con el pecado. Solamente cesó la familiaridad con el mundo. Señal de esa permanencia de la imagen es el dominio
del hombre sobre el mundo.
  — Clemente Alejandrino distingue tres clases de imágenes de Dios: el Verbo, el cristiano y el hombre. El hombre es imagen en cuanto obra el bien y ejercita el dominio sobre las cosas. El cristiano es imagen más perfecta en el conocimiento y en el amor.
  — Orígenes. El hombre es su alma, dotada de libertad, porque sólo ella puede ser imagen de Dios. Distingue entre las dos creaciones. Gen 1,26 se refiere a la creación del hombre ideal, creado a imagen y semejanza de Dios. En Gen 2,7 se narra la creación del hombre caído. “Nuestra principal sustancia nos ha sido dada en cuanto somos creados a imagen del Creador; no aquella que nos viene de la caída por el cuerpo que hemos recibido, plasmado del fango de la Tierra”. La imagen se le ha dado al hombre por la creación, la semejanza ha de conseguirla por la imitación de Dios. Dentro del alma es la mente (nous) donde se realiza la imagen de Dios. Se pregunta quién es la imagen a cuya semejanza ha sido creado el hombre y se responde: Nuestro Salvador. Por eso en la imitación de Cristo está el camino para llegar a la perfección de la imagen.
El Blog de Marcelo: ANTROPOLOGÍA TEOLÓGICA FUNDAMENTAL  — Ireneo escribe: “Porque Él hizo al hombre a imagen de Dios. Y la imagen de Dios es el Hijo; a la imagen del cual ha sido hecho el hombre. He ahí por qué en los últimos tiempos se manifestó para dar a entender que la imagen era semejante a sí”. Comenta el P. Orbe: “Imagen de Dios es el Hijo. A imagen de Dios, el hombre. Luego el hombre, imagen del Hijo, será imagen de la imagen de Dios”. Frente a los gnósticos, que desprecian la materia, Ireneo pone la imagen de Dios también en el cuerpo. Todo el hombre es imagen de Dios. Cristo es la imagen perfecta del hombre. El modelo es la carne gloriosa de Cristo. La imagen se le da al hombre por la creación, la semejanza ha de adquirirla por una asimilación progresiva.
  — Gregorio Niseno cree como verdad revelada que el hombre es imagen de Dios. Ahora bien, imagen quiere decir semejanza o reproducción fiel. Como Dios es el sumo bien, el hombre en cuanto imagen está también lleno de todo bien, por eso en nosotros se encuentra toda expresión de lo que es honesto. Distingue los dos relatos de la creación. En el primero aparece la imagen ideal del hombre y en el segundo la imagen histórica. Los rasgos que nos asemejan a Dios, según la imagen ideal, están más en el alma que en el cuerpo: espiritualidad, libertad, incorruptibilidad, conocimiento, dominio sobre el mundo como signo de su dignidad superior; la mano libre para coger las cosas y expresar el pensamiento; los órganos de la palabra; los sentidos; la cara reflejo del espíritu. En la imagen histórica entra la sexualidad que asemeja al hombre a los animales. La vida del hombre está en tensión entre estas dos direcciones. De su libertad depende ofuscar esa imagen o hacerla resplandeciente con la ayuda de la gracia.
  — Agustín ve en todas las cosas semejanzas de Dios por su metafísica de la participación y ejemplaridad, según la cual todo está hecho conforme a un modelo supremo, que es Dios. Pero no todas las cosas son imágenes. Las creaturas son vestigios de Dios, el hombre imagen. El constitutivo esencial de esa imagen es el alma y más en concreto la mente. Distingue dos aspectos en la mente: inferior, es decir, la mente que se dirige a las cosas de este mundo y guía al hombre en las decisiones prácticas; y la superior, que se dirige a Dios. La imagen está en esta segunda, porque ella sola es incorruptible, conoce a Dios, lo invoca, lo ama, está en comunicación con Él. Esta imagen de Dios quedó deformada por el pecado, pero Dios hizo posible su restauración por medio de Cristo.
  Este breve muestrario a través de los Padres nos muestra la importancia y el contenido antropológico que, en la teología de los primeros siglos, se encerraba en la consideración del hombre como imagen de Dios. Era sobre todo el comentario al Génesis la ocasión más propicia para abordarlo. Los caminos señalados por la teología patrística fueron recorridos por los teólogos posteriores. Por la brevedad inherente a nuestro texto tenemos que poner aquí punto final. Únicamente recogemos la doctrina del Vaticano, porque en ella salta a la vista la permanencia de la doctrina patrística en nuestros días.
 El Concilio Vaticano II, sin tratar directamente el tema, se ha hecho eco de él, sobre todo en la constitución Gaudium et spes. El hombre es imagen de Dios, en cuanto capaz de conocer y amar a Dios, y en su señorío sobre el mundo. A él le compete por ser imagen construir el mundo en colaboración con el Creador. En esta característica fundamental del hombre está el fundamento de la dignidad humana sin distinción de razas y pueblos. Todo hombre, por ser imagen de Dios, es objeto de derechos y deberes, que han de ser tenidos en cuenta por todos sus semejantes. El hombre aparece así a sus semejantes como algo sagrado. Esta imagen ha sido afectada por el pecado. Ha quedado disminuida. Cristo, imagen perfecta del Padre y del hombre, ha restaurado lo que había borrado o debilitado el pecado.

 4. Reflexión final

 La condición humana de ser imagen de Dios es considerada en la teología actual como el centro de toda la antropología cristiana. A partir de ella pueden estructurarse todas las verdades que la teología afirma acerca del hombre tanto en su relación a Dios, dimensión vertical del hombre, como en su relación a sus semejantes y al mundo, dimensión horizontal del hombre. La perfección de la imagen en el seguimiento de Cristo descubre la dimensión histórica del hombre, en la que cada uno ha de realizar la gran tarea de su vida.
 Ser imagen de Dios es en el hombre, más que una cualidad, la determinación estructural. Todo hombre en cuanto persona es imagen de Dios. Hay una referencia desde lo más profundo de su ser a Dios como fundamento y figura de su existencia. Abierto al mundo y en él al Absoluto, hay una predisposición radical en el hombre a entablar un diálogo con ese Absoluto, que se le muestra en la misma creación. Su capacidad de respuesta a esa palabra de Dios en la creación le pone frente a Dios como un «tú», a quien Dios en su bondad quiere comunicarse y hacerle feliz.
 La semejanza del hombre con Dios apunta, desde un primer momento, a esa plenitud de vida y de imagen que se le comunica por la gracia de Cristo. El Verbo es el que está delante del Padre y por eso es la imagen perfecta, al darle la respuesta completa, en el reflejo total de la esencia divina en su propio ser. Como hombre se declara el obediente, que mira al Padre y cumple en todo su voluntad (Jn 4,34).
 Por eso Cristo descubre la grandeza del hombre y es el camino para llegar a ella. En su conocimiento y seguimiento se logra que el reflejo de Dios sea lo más perfecto posible en cada uno de los hombres.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, pp. 99-105. ISBN: 84-7914-529-3.]

sábado, 20 de noviembre de 2021

La comunicación no verbal. El cuerpo y el entorno.- Mark L. Knapp (1938)

Resultado de imagen de mark knapp
4.-Los efectos de territorio y del espacio personal

Densidad y aglomeraciones

  «Analicemos primero algunos interesantes ejemplos de comportamiento animal en condiciones de gran densidad o superpoblación. Durante años, los científicos se sintieron intrigados por la elevada tasa de suicidios de conejillos árticos, conejos y ratas. El interés de estos científicos aumentó debido a que en el momento del suicidio los animales parecían disponer de toda la comida necesaria, no había depredadores a la vista ni contaminación alguna. Un etnólogo con experiencia en patología médica formuló la hipótesis de que los suicidios eran provocados por una reacción endocrina en los animales, resultado de un estado de tensión que en ellos se había producido durante el crecimiento de la población. Esta hipótesis se vio confirmada en un estudio realizado con la población de ciervos de James Island, isla a una milla de a costa de Maryland en la bahía de Chesapeake. Cuidadosos estudios históricos que se prolongaron durante años mostraron que los ciervos de James Island morían por sobreproducción de las glándulas suprarrenales como consecuencia de stress. Las glándulas suprarrenales desempeñan una función importante en la regulación del crecimiento, la reproducción y el nivel de defensas del organismo. Así pues, la superpoblación causaba la muerte no por hambre, infección o agresión de otros animales sino por una reacción fisiológica al stress creado.
 Los experimentos de Calhoun fueron más allá aún y sugirieron modalidades peculiares de comportamiento en condiciones de superpoblación. Calhoun observó que, con abundancia de comida y sin peligro de depredadores, las ratas de Noruega, en un recinto al aire libre de un metro cuadrado, estabilizaban su población en alrededor de 150 individuos. Estas observaciones, realizadas durante un período de veintiocho meses, indicaron que las relaciones espaciales eran extremadamente importantes. Luego Calhoun diseñó un experimento en que pudo mantener una situación de stress en una superpoblación mientras se criaban tres generaciones de ratas. Denominó a este experimento “antro del comportamiento”, es decir, un área en que la mayoría de las ratas exhibieron grandes distorsiones del comportamiento. Algunas de las observaciones de Calhoun son dignas de mención: 1) Algunas ratas se retiraron por completo del intercambio social y sexual mientras que otras comenzaron a “montar” todo lo que se hallara a la vista; las pautas de cortejo se interrumpieron totalmente y a menudo las hembras eran perseguidas por varios machos. 2) Las pautas de nidificación –de ordinario nítidas- se volvieron muy desaliñadas o directamente desaparecieron. 3) Los camastros de las ratas jóvenes se hicieron mixtos; las ratas recién nacidas o jóvenes eran pisadas o comidas por machos invasores hiperactivos. 4) Los machos dominantes, incapaces de establecer territorios espaciales, peleaban por posiciones próximas a los comederos; los territorios eran compartidos por “clases” de ratas, que exhibían conductas similares; los machos hiperactivos violaban todos los derechos territoriales corriendo por doquier en bandas, con total falta de respeto por todos los límites salvo los que eran defendidos por la fuerza. 5) Las ratas preñadas a menudo abortaban; eran numerosos los desórdenes en los órganos sexuales y sólo la cuarta parte de los 558 recién nacidos en el antro lograron sobrevivir en el destete. 6) La conducta agresiva creció significativamente.
 ¿Se puede generalizar a hombres y mujeres a partir de ratas? Algunos estudios iniciales que hallaron correlaciones moderadas entre diferentes resultados  socialmente indeseables –como crimen, delincuencia, desórdenes físicos y mentales- y la gran densidad de población, parecen contestar afirmativamente esta pregunta. Otros, en cambio, comentan irónicamente que la única generalización que podemos extraer del trabajo de Calhoun es ésta: “¡No te metas con una rata!” Sobre la base de la investigación realizada hasta aquí en torno a la densidad humana y el hacinamiento, se desprende con claridad que no contamos con una respuesta simple a la pregunta acerca de si “el hacinamiento es bueno o malo”.
 Uno de los problemas de interpretación  de este cuerpo de investigaciones estriba en la multitud de perspectivas desde las cuales ha sido estudiado el tema. Por ejemplo, no son lo mismo densidad y hacinamiento. La densidad se refiere a la cantidad de personas por unidad de espacio, mientras que el hacinamiento es un estado de ánimo que puede sobrevenir en situaciones de alta o baja densidad. La sensación de hacinamiento puede verse influida por: 1) factores ambientales como, por ejemplo, espacio disponible, ruido y disponibilidad de recursos y el acceso a ellos; 2) factores personales, como personalidad y estilos de comportamiento o experiencias previas en situaciones de gran densidad; y 3) factores sociales como, por ejemplo, la frecuencia y la duración del contacto, la naturaleza del contacto (cooperativo o competitivo), las personas implicadas (amigos o extraños), o la cantidad de personas implicada (uno, varios o toda una comunidad). Las definiciones de densidad también son complejas y variadas.
Resultado de imagen de mark knapp la comunicacion n overbal  Efectos de la gran densidad. El aumento de la densidad no significa automáticamente el aumento de stress o comportamiento antisocial en los seres humanos. A veces hasta buscamos placer en la densidad, como en partidos de fútbol o conciertos de música rock. Si nos hacemos responsables de nuestra presencia en una situación de gran densidad de población y si sabemos que la misma concluirá en cuestión de horas, las oportunidades de efectos negativos parecen mínimas. Ciertos estudios han llegado a resultados que parecen adecuarse a la teoría del “antro de comportamiento” como, por ejemplo, agresión, stress, actividad criminal, hostilidad hacia los demás y un deterioro de la salud mental y física. Sin embargo, en la mayoría de los casos encontramos otros estudios que no llegan a los mismos resultados. Casi siempre la diferencia reside en que una o varias de las variables mencionadas antes ejerció una influencia que redujo los efectos indeseables. Rohe y Patterson, por ejemplo, descubrieron que si se proporciona a los niños suficiente cantidad de los juguetes que desean, el aumento de la densidad no provoca ni la retirada ni la agresión que los estudios previos parecían sugerir. Ciertas vecindades de gran densidad y muy homogéneas presentan en realidad un índice bajo de problemas de salud mental y física. Galle y otros observaron cierta cantidad de medidas de densidad que previamente se habían asociado con elevada actividad criminal. Pero a diferencia de sus predecesores, este equipo de investigación trató de controlar el nivel d educación, el marco étnico de diferencia, el estatus ocupacional, etc. La cantidad de personas por habitación fue la medida que suministró la mayor correlación entre densidad y delincuencia juvenil, las mayores tasas de fallecimientos y crecimiento vegetativo, así como más asistencia pública. La gran densidad puede producir enorme cantidad de problemas, pero los seres humanos no permanecen pasivos en situaciones que exigen una convivencia prolongada en condiciones de gran densidad. Por el contrario, ensayamos diversos métodos para enfrentar o eliminar los efectos más perjudiciales de tal situación.
 Para manejar la gran densidad. Milgram cree que los habitantes de las ciudades están expuestos a una sobrecarga de información, personas, objetos, problemas y muchas otras cosas. Como consecuencia de ello, los habitantes de las ciudades se ven involucrados en conductas cuya finalidad es reducir esa sobrecarga, que a veces lleva a los forasteros a verlos como distantes y emocionalmente distanciados de los demás. Algunos de esos métodos para manejarse en ciudades populosas son: 1) invertir menos tiempo en cada intervención (por ejemplo, tener conversaciones más cortas con la gente); 2) no tomar en cuenta las situaciones de escasa prioridad (por ejemplo, ignorar al borracho en la acera o no hablar con la gente a la que se ve todos los días en el viaje al estudio o al trabajo); 3) trasladar a otros la responsabilidad de ciertas transacciones (por ejemplo, sustituir al conductor del autobús de la responsabilidad de dar cambio); 4) eliminar ciertas situaciones, por ejemplo, por medio de porteros que se ocupan de los edificios de apartamentos.
 Desplazamos ahora la atención de las relaciones espaciales en condiciones de superpoblación a las relaciones implícitas en una conversación de dos personas.

 Distancia conversacional

 Probablemente todos hemos tenido la experiencia (tal vez no conciente) de retroceder o movernos hacia adelante cuando hablamos a otra persona. A veces este movimiento se debe a una necesidad de encontrar una distancia conversacional cómoda. En diferentes situaciones, cuando analizamos diferentes temas, esta distancia “cómoda” varía. ¿Hay alguna coherencia en las distancias elegidas? ¿Hay una distancia específica que la mayoría de la gente escoge cuando habla a los demás?
 El antropólogo Edward T. Hall ha realizado agudas observaciones relacionadas con la conducta espacial humana, observaciones que se publicaron en un libro que lleva por título The Silent Language. Este libro, más que ningún otro trabajo probablemente, es responsable de una corriente de interés académico en tratar de responder a estas y otras preguntas conexas. Hall identificó varios tipos de espacio pero lo que aquí nos interesa es lo que él llama “espacio personal” o “informal”. El espacio informal acompaña a todo individuo y se expande o contrae bajo circunstancias diversas, en función del tipo de encuentro, la relación de las personas intercomunicantes, sus respectivas personalidades y muchos otros factores. A continuación clasifica Hall el espacio informal en cuatro subcategorías: íntima, casual-personal, social-consultiva y pública.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Paidós Ibérica, 2005, en traducción de Marco Aurelio Galmarini, pp. 118-122. ISBN: 84-7509-185-7.]