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domingo, 10 de agosto de 2025

Ilíada.- Homero (ca. siglo VIII a.C.)

 

Canto XIX

 «Eos, de azafranado peplo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le entregara. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando copiosamente, y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo:
 "¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y bella como jamás varón alguno la haya llevado para proteger sus hombros".
 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas armas y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor; sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras:
 "¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo -pues le falta vida- y corrompan todo el cadáver".
 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: "Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los inoportunos enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservará igual o más fresco que ahora. Tú convoca a junta a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor".
 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
 El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves y hasta los pilotos que las gobernaban y como despenseros distribuían los víveres, fueron entonces a la junta; porque Aquiles se presentaba después de haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Odiseo, ministros de Ares, acudieron cojeando, apoyándose al arrimo de la lanza -aún no tenían curadas las graves heridas- y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
 "¡Átrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una doncella. Así la hubiese muerto Artemisa en las naves con una de sus flechas el mismo día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los aqueos, de larga cabellera, a que peleen y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza".
 Así habló, y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el magnánimo Pelida renunciara a la cólera. Y el rey de hombres Agamenón les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso.
 "¡Oh, amigos, héroes dánaos, ministros de Ares! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oír o decir algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos, prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Zeus, la Moira y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron padecer a mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día en que le arrebaté a Aquiles la recompensa. Mas ¿qué podía hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija venerada de Zeus es la perniciosa Até, a todos tan funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, a quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al fornido Heracles en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante todas las deidades: 
 "Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un varón que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos".
 Respondíole con astucia la venerable Hera: "Mientes y no cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Zeus Olímpico, jura solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy a los pies de una mujer".
 Tal dijo. Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le había de ser. Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo al Crónida diciendo:
 "¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aquéllos".
 Tales fueron sus palabras y un agudo dolor penetró en el alma del dios que, irritado en su corazón, cogió a Até por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Até, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Até a los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.
 Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Até, cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y tú marcha al combate y anima a los demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer te ofreció en tu tienda el divino Odiseo. Y si quieres, aguarda, aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo".»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Luis Segalá y Estalella, pp. 311-314. ISBN: 84-7530-113-4.]

domingo, 6 de julio de 2025

Escritos escogidos.- Justus Möser (1720-1794)

 

I.-Selección de textos de las "Fantasías patrióticas"
34.-Ningún ascenso por méritos

  «Siento mucho, querido amigo, que se le reconozcan tan poco sus méritos; su reivindicación de que en un Estado se deberían reconocer única y exclusivamente los méritos auténticos es la cosa más insólita, con su permiso, que haya podido imaginar en una hora ociosa. Yo, por lo menos, premiado o no premiado, jamás permanecería en un Estado en el que se tuviese por norma dedicarle todo el honor exclusivamente al mérito. Premiado, no me hubiese atrevido a presentarme ante un amigo por temor a humillarlo demasiado; no premiado, hubiera vivido como  en una especie de ofensa pública, porque cualquiera hubiera podido decir de mí: "Este hombre no tiene méritos". Créame usted: mientras seamos hombres, es mejor que también la suerte y el favor distribuyan de cuando en cuando los premios a que la sabiduría humana los conceda a cada uno en virtud de sus méritos; es mejor que la cuna y la edad determinen como valores auténticos la jerarquía del mundo. Sí, me atrevo a decir que incluso no podría existir servicio alguno, si todo ascenso se basara exclusivamente en los méritos. Pues todos aquellos que tuviesen la misma esperanza que el ascendido -y ése, naturalmente, sería el caso de todos los que de alguna forma tuviesen una buena opinión de sí mismos- se ofenderían y se considerarían ultrajados. Su modo de pensar se volvería contra él, contra el servicio y contra el señor, se separarían con odio y enemistad, y en poco tiempo veríamos entre todos los soldados y empleados del Estado los altercados que normalmente se ven sólo en la Corte o en la Universidad, que es donde la fama de los méritos personales se tiene más en cuenta y que, por tanto, produce todas las faltas anteriormente mencionadas. Por el contrario, considere usted el caso en el que uno es ascendido por su elevada cuna; aquél, por los  muchos años de servicio y de cuando en cuando también por una feliz coincidencia, de manera que cada cual es muy libre de acariciar la idea de que el mundo no funciona por méritos; nadie podrá considerarse enseguida ultrajado; la propia estimación se tranquiliza, y se piensa: "La suerte y el tiempo también nos traerán nuestro turno". Con estos pensamientos disipamos nuestra preocupación, concebimos nuevas esperanzas, seguimos trabajando, soportamos a los felices y no se entorpece el servicio; en vez de que el alférez intente disimuladamente perjudicar al teniente y éste al capitán si el superior es antepuesto al inferior sólo por poseer más méritos. La mayor discordia tiene lugar por lo común entre los generales porque los cometidos principales exigen a veces mayores méritos. La desavenencia sería general si los oficiales ascendieran conforme a los principios por los que los generales son elegidos para los diferentes cometidos.
 ¡Cuántas injusticias se cometerían en un Estado bajo la apariencia de fomentar los méritos! El principio no es siempre un juez prudente; tampoco puede dominar todo desde su puesto. A éste le influirá un valido; a aquél una querida, y seguramente el zoquete más audaz eliminaría al artista más sencillo; el adulador obsequioso, al pacífico hombre honrado; el inquieto planeador, al funcionario de Hacienda experimentado, y el resplandor, siempre a la verdad. El príncipe, que muy probablemente no sería un gran hombre comprensivo y honrado al mismo tiempo, se encontraría en el mayor de los apuros o se convertiría, bajo el pretexto de premiar el mérito, en un déspota oriental que primero, según un principio parecido, nombraría a un esclavo primer ministro, mezclando todas las clases de hombres y convirtiéndose en un monstruo. El que quisiera vivir tranquilo en el mundo, disfrutar de la dulzura de la amistad, conservar la aprobación de los honrados y fomentar grandes proyectos, negaría sus méritos y tendría que tener sumo cuidado en evitar una recompensa material por los mismos.
 Si los hombres no hubiésemos sido creados así, si cada uno no tuviera la mejor opinión de sí mismo, sin duda sería diferente. Mientras conservemos nuestra forma de ser actual y nuestras pasiones, mientras de algún modo sea necesario que todos tengamos una buena opinión de nosotros mismos, me parece que el ascenso según los méritos es precisamente un medio para enmarañarlo todo. Ya ahora existe entre los militares una especie de ley por la que el oficial más antiguo tiene que retirarse si se le coloca delante uno más joven. ¿Qué sucedería entonces si el ascenso fuese según méritos, si de pronto el general ayudante, que ahora está destinado como consejero de un general de edad, fuese antepuesto a éste y a todos los demás? ¿No se ofendería a todos ellos públicamente colocándolos en la tesitura de tener que servir más tiempo, si es el mérito el que decide todo?
 Es verdad que un gran rey de nuestra época ha inventado un medio para calmar los ánimos en estos casos. Con frecuencia pasa por alto la jerarquía con respecto a los años de servicio, prefiere a uno más apto que al de mayor edad y asciende después de algún tiempo a uno de los ignorados de forma tan lisonjera, que todo postergado siempre estará en duda de si el rey lo reservó para un ascenso mejor o lo relegó por falta de méritos. Un procedimiento así tendrá que ser considerado como algo extraordinario; el empleo de esas medidas sólo conviene al señor, a quien su entendimiento y experiencia capacitan para su uso. En cualquier otra mano sería lo más peligroso para la tranquilidad de los hombres y el camino más claro para la esclavitud más extrema.
 Usted me objetará que en los casos de grandes méritos también se encuentra siempre humildad y moderación, y con ayuda de estas virtudes, el que es feliz se reconciliaría fácilmente con el que es infeliz y se ahogarían las sensaciones de odio y envidia que se podrían producir en el corazón de todo relegado en detrimento del servicio. Tan pronto como se reconozcan y recompensen los méritos públicamente se le estimarán a uno la humildad y la moderación sólo para la política, y en este sentido no se podrá esperar ningún cambio. Sí, quiero decir que muchas veces la humildad sólo aumenta el enfado del no recompensado, porque él no pocas veces desea encontrar una falta en el que es feliz para, por su propia tranquilidad, poderlo odiar de una forma tanto más legal; así somos los hombres. Además, el Estado no equilibra los méritos como el profesor de moral. Aquél prefiere, con razón, a grandes talentos, aun cuando éstos vayan acompañados de orgullo e inmodestia, que a una humildad menos hábil.
 Ese Estado también sería muy desgraciado si no poseyera muchos, muchísimos más hombres con méritos de los que él pudiese recompensar; con este supuesto siempre sería desagradable para muchísimos hombres el tenerse que imaginar que el recompensado también sería el más excelente entre todos, que cada banda de una condecoración indicaría al mejor caballero. Ahora bien, pueden pensar para su tranquilidad que la suerte y no el mérito ha elevado a ése, o repetir con el poeta: "Aquí cubre una gran estrella un corazón pequeño". Si todo funciona según méritos, desaparecería completamente el consuelo necesario, y el zapatero que con gran contento martillea en sus hormas, mientras pueda pensar que podría remedar algo superior a las zapatillas de la señora del alcalde, de ningún modo podría ser feliz si en el mundo se considerasen unos méritos.
 Por tanto, querido amigo, ¡deje que desaparezcan esos pensamientos exaltados sobre la felicidad de un Estado en el que todo habría de regirse según los méritos! Donde gobiernan hombres y sirven hombres, la cuna, la edad o los años de servicio son todavía la regla más segura y la menos ofensiva para los ascensos. Al genio creador o a la capacidad verdadera no le va a perjudicar esta regla; pero una excepción de este tipo es muy rara, y sólo ofenderá a los malos corazones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición preparada por Mª Luisa Esteve Montenegro, pp. 136-139. ISBN: 84-276-0647-8.]

domingo, 22 de junio de 2025

Un hombre acabado.- Giovanni Papini (1881-1956)

Allegretto
XLV.- Precisamente por esto

  «Es difícil, creo yo, encontrar otro ser que haya sufrido mayor fracaso en toda su vida. Nada me queda por perder. Todos los hilos y los puntales que sostienen a los demás están cortados. Tanto los que bajan del cielo como los que encadenan a la tierra. Estoy en el fondo de la sima del mal; he renunciado, he debido renunciar; he abandonado y me han abandonado.
 Mis conocimientos no me bastan; los hombres me fastidian; las mujeres aún más; la literatura me asquea; la inspiración no acude a mí; la gloria me produce náuseas; mi vida es sucia y tediosa; mi cuerpo se deshace y mi primer y máximo deseo, el deseo del sumo poder, ya no existe, ni siquiera como deseo. Todas las tablas de valores han saltado hechas astillas en estas convulsiones interiores; toda esperanza se ha apagado en la oscuridad de estos años; las áncoras posibles de salvación no son más que ganchos que permanecen clavados en tierra, para una vida que carece de promesas e invitaciones.
 La representación ha terminado; los decorados se amontonan junto al muro, las luces se apagan, las cantantes se despojan de sus disfraces de reina y parten en coche, vestidas de negro; quedan los instrumentos allí, abandonados y sin voz, junto a las partituras cerradas que jamás volverán a abrirse. La última fiesta terminó con la postrera nota que aún vibra en el aire, para dar el "la" a este silencio demasiado vacío. Sólo quedan dos caminos: idiotizarse por completo o matarse.
 Sin embargo todavía siento en mí una enorme voluntad de vivir. No quiero morir. Quiero comenzar de nuevo la vida. Quiero hallar otros momentos para vivir. Y vivir a pesar de todo, suspendido de la nada, sin hilos sobre mi cabeza, sin puntales tras mi espalda, sin muletas bajo mis sobacos. Pero vivir todavía, vivir siempre, vivir en el pleno sentido de la palabra, vivir con los ojos y con las manos, con el cerebro y con el hígado, vivir aún diez, veinte, treinta años. Hasta que sepa conquistar mi pedazo de pan en el horno del mundo y sepa decir mis palabras en los coros disonantes de los hombres.
 No quiero morir, ni del todo, ni a medias, ni como alma, ni como cuerpo. Hay en mí algo más fuerte que todas las derrotas; hay un escollo plantado en medio de mi alma que resiste todas las tempestades que lo han cubierto en los últimos tiempos. Hay una bestia que quiere comer, hay dos piernas que quieren caminar, hay un cerebro que quiere pensar, una mano que quiere escribir. ¿Por qué razón? ¿En nombre de qué fe? ¿A la vista de qué meta? La bestia no lo sabe, la bestia no es intelectual, la bestia no es religiosa, la bestia no comprende nada; pero no quiere declararse vencida. Si las banderas son arriadas, permanecen las murallas; si las palabras ya no corresponden a los hechos, ¡al diablo las palabras y vivan los hechos! El hecho resiste y existe, el hecho es irrefutable y prepotente, el hecho no quiere morir.
 No es solamente la sangre la que no quiere detenerse. El mismo yo, que fue cerrando una tras otra todas las ventanas de las posibilidades, y debió renunciar hasta a la última, aquélla que da sobre lo imposible, no quiere desertar. Permanece en la oscuridad, sin fuerzas y sin deseos: pero no quiere aniquilarse. Aguarda siempre. No espera nada, pero aguarda. Si llegase lo peor, lo aceptaría; pero no quiere arrojarse al abismo donde comienza la nada, sin mantener siquiera la esperanza del dolor.
 El yo más profundo está enteramente pisoteado y martirizado, pero este martirio constituye para él un placer porque significa existir, significa oponerse a algo. Esta persecución de que le hace objeto el destino le da la certeza de que existe en él algo que merece la pena tenerse en cuenta, le da conciencia de su importancia en el universo. Él ha descendido hasta el fondo del abismo. Ya no puede moverse; debe cavarse la fosa o subir de nuevo hacia la luz. No puede obrar de otro modo. Y entonces el hombre acabado sale al exterior y comienza un nuevo capítulo.
 Pero este nuevo capítulo no se asemeja en absoluto a todos los demás. Las cosas que negó, negadas permanecen; no pido que vuelvan a mí los sueños abandonados; las ambiciones que desprecié también hoy las rehúso; los hombres que me esquivaron también hoy los mantengo alejados de mí; los propósitos que cegaron mis ojos están lejos para siempre. ¡Qué importa! Se inicia una nueva senda. El secreto ha sido hallado. Una última posibilidad de grandeza aparece ante mí, y yo no la rehúso. Sólo por ella florece de nuevo el desierto en silencio, y brillan las pupilas, avergonzadas bajo los párpados enrojecidos. Todavía puedo ser un héroe. Tengo necesidad de tenerme en gran estima para no verme obligado a aniquilarme; y es este nada lo que me salva.
 Sé que ningún resultado darán los humanos esfuerzos. Sé que todos nuestros edificios quedarán destruidos; que de nuestros ideales, aun los alcanzados y dominados, se precipitarán en la eterna oscuridad del olvido, en el vacío del no ser.
 Ninguna esperanza resta en mi corazón; ninguna promesa puedo hacerme a mí mismo y a los demás; ninguna compensación puedo prever por mis actos; ningún resultado por mis pensamientos. El futuro, este encantador de todos los hombres, esta causa perpetua de todos los efectos, no es para mí nada más que la desnuda perspectiva del aniquilamiento.
 Sin embargo, ante tan espantoso espectáculo, ante tan tremenda desesperanza, ante esta carrera hacia el abismo, no me altero ni retrocedo. Consiento en seguir viviendo. Todo cuanto haga será inútil, pero precisamente por esto me siento impelido a hacerlo. La nada -nada de mí mismo, de mi obra, del mundo entero- es el punto de llegada de cualquier esfuerzo mío, y precisamente por esto seguiré esforzándome hasta que la tierra me llame a su oscuro reposo.
 Quiero abjurar de todo mi pasado utilitario. Todos los hombres buscan una recompensa, un pago por todo cuanto hacen. Incluso las acciones que parecen más espirituales -actos de creación, actos de fe y de amor- esperan su premio, exigen, antes o después, ser saldadas. Nadie hace nada por nada. Hasta las religiones, hasta las artes, hasta las filosofías, se fundan en la ganancia. Las obras humanas, sin excepción de ninguna clase, son letras que deben ser pagadas. El vencimiento será más o menos largo, pero siempre llega el día de las cuentas. Si los hombres supiesen con seguridad que alguno de sus actos no será recompensado más tarde o más temprano, nadie se preocuparía de obrar.
 Yo mismo, en el pasado, fui el más ávido de estos gananciosos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1980, en traducción de Vicente Santiago, pp. 219-222. ISBN: 84-7017-920-9.]
 

sábado, 10 de julio de 2021

Medianoche de amor.- Michel Tournier (1924-2016)


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Escribir de pie


 «El visitador penitenciario del centro de Cléricourt me había advertido: “Todos han cometido barbaridades: terrorismo, toma de rehenes, hold-up. Pero fuera de sus horas en el taller, han leído algunos de sus libros y querrían hablar con usted”. Así que reuní todo el coraje que pude y tomé el camino que lleva a aquel infierno. No era la primera vez que acudía a la cárcel. Como escritor, se entiende, y para charlas con esos lectores especialmente atentos, los jóvenes detenidos. Conservaba de aquellas visitas un gustillo de insoportable aspereza. Recordaba sobre todo un espléndido día de junio. Después de dos horas de charla con seres humanos semejantes a mí me volví en mi coche diciéndome: “Y ahora les llevarán a sus celdas, y tú te vas a cenar a tu jardín con una amiga. ¿Por qué?”
 Me confiscaron los papeles y a cambio tuve derecho a una gruesa ficha numerada. Pasearon por mis ropas un detector de metales. A continuación se abrieron unas puertas dirigidas electrónicamente, y se cerraron detrás de mí. Franqueé compartimentos. Me aventuré por pasillos que olían a encausto. Subí escaleras cuyos huecos estaban tapados con redes “a fin de prevenir las tentativas de suicidio”, me explicó el carcelero.
 Estaban reunidos en la capilla y, algunos, en efecto, eran muy jóvenes. Sí, habían leído alguno de mis libros. Me habían oído por la radio. “Trabajamos la madera –me dijo uno de ellos- y nos gustaría saber cómo se hace un libro”. Conté mis investigaciones previas, mis viajes, después los largos meses de artesanía solitaria en mi mesa (manuscrito= escrito a mano). Un libro es algo que se hace como un mueble, por paciente ajuste de piezas y trozos. Para ello hace falta tiempo y cuidado.
 -Sí, pero una mesa y una silla sabemos para lo que sirve. ¿Es útil un escritor?
 Era necesario que se planteara la pregunta. Les dije que la sociedad estaba amenazada de muerte por las fuerzas de orden y de organización que pesan sobre ella. Todo poder –político, policíaco o administrativo- es conservador. Si nada lo equilibra, engendrará una sociedad bloqueada, semejante a una colmena, a un hormiguero, a un termitero. Ya no habrá nada humano, es decir, imprevisto, creativo, entre los hombres. El escritor tiene como función natural la de iluminar con sus libros ámbitos de reflexión, de contestación, de puesta en cuestión del orden establecido. Incansablemente lanza llamadas a la revuelta, al desorden, porque no hay nada humano sin creación, aunque toda creación molesta. Por eso es tan a menudo perseguido. Cité a François Villon, más a menudo en la cárcel que libre; Germaine de Staël, que desafió al poder napoleónico negándose a escribir la única frase de sumisión que le habría valido el favor del tirano; Víctor Hugo, exiliado veinte años en su islote. Y Jules Vallès, y Solzhenitsin y muchos otros.
 -Hay que escribir de pie, nunca de rodillas. La vida es una tarea que siempre hay que hacer de pie –concluí yo.
 -¿Y eso? ¿No es sumisión eso?
 ¿La Legión de Honor? En mi opinión, es la recompensa de un ciudadano tranquilo, que paga sus impuestos y no incomoda a sus vecinos. Pero mis libros escapan a cualquier recompensa, lo mismo que a toda ley. Y les cité las palabras de Erik Satie. Aquel músico oscuro y pobre detestaba al glorioso Maurice Ravel, al que acusaba de haberle robado su lugar al sol. Un día Satie se entera con estupor de que le han ofrecido a Ravel la Legión de Honor y que la ha rechazado. “Él rechaza la Legión de Honor –dijo-, pero toda su obra la acepta”. Lo cual era bastante injusto. De todas formas, creo que un artista puede por su parte aceptar todos los honores, a condición de que su obra los rechace.
 Nos separamos. Me prometieron escribirme. Yo no lo creí. Me equivocaba. Hicieron algo más que eso. Tres meses más tarde una camioneta de la penitenciaría de Cléricourt se detenía delante de mi casa. Se abrieron las portezuelas traseras y sacaron de allí un pesado pupitre de roble macizo, uno de esos grandes muebles sobre los que escribían los oficiales de notarías, pero también Balzac, Víctor Hugo o Alejandro Dumas. Acababa de salir del taller y aún olían las virutas y el barniz. Iba acompañado de un breve mensaje: “Para escribir de pie. De parte de los presos de Cléricourt”.
[…]      

La leyenda de la pintura

  Pierre y yo nacimos el mismo año en el mismo pueblo. Aprendimos a leer y a escribir en el mismo colegio. Pero a partir de ahí nuestros destinos empezaron a divergir. Mientras que Pierre destacaba en matemáticas, se apasionaba con la química y se llevaba todos los premios en física, para mí sólo contaban la literatura, la poesía y más tarde la filosofía. A los veinte años, Pierre se expatriaba. Yo me quedaba en el pueblo, en la casa secular de mis antepasados. Ya no veía a mi amigo de la infancia, pero tenía noticias suyas a través de sus padres, que seguían siendo vecinos míos. Estaba él en los Estados Unidos. Había estudiado electricidad, electrónica e informática. Según decían, tenía un puesto importante en una firma de ordenadores.
 Yo le veía alejarse de mí a medida que hacía progresos de acuerdo con su vocación. Yo escribía relatos y leyendas que bebían en las fuentes de la tradición popular. Me parecía que tan sólo la proximidad de los bosques y las labores de mi infancia podrían alimentar mi inspiración de narrador. Cuanto más se enriquecía mi arte, más me enraizaba yo en mi tierra natal.

 Un día, bruscamente, reapareció Pierre. Llamó a mi puerta y se arrojó en mis brazos. Apenas había cambiado. A pesar de la distancia, había seguido mis trabajos. No había uno de mis libros que no hubiera leído y releído. Y me traía una proposición fantástica. Su firma acababa de poner a punto un sistema de codificación internacional. Cualquier programa podía ser registrado en un volumen ínfimo y se hacía accesible a una  multitud de decodificaciones en lenguas diversas. Me proponía convertirme en el primer escritor del mundo que aprovechara aquel sistema. Si yo estaba de acuerdo, pondrían toda mi obra en el ordenador y sería descifrada a continuación en los ciento treinta países provistos actualmente de una terminal apropiada. Mis libros conocerían así una prodigiosa difusión, comparable a la de la Biblia o el Corán. El proyecto de Pierre me entusiasmó.
 -Yo soy un hombre de comunicación –me dijo-. Tú eres un hombre de creación. La comunicación sólo se justifica por el mensaje que vehicula. Sin ti, yo no sería nada.
Resultado de imagen de michel tournier medianoche de amor -No seas tan modesto –le dije a mi vez-. La creación no puede prescindir de la difusión. Yo no aspiro ni a la gloria ni a la fortuna. Pero necesito que me lean. ¿Qué es un músico si no tocan su música, qué es un autor dramático sin teatro? La comunicación añade a la creación una vida innumerable e imprevisible sin la cual no es más que un objeto inerte.
 Y como yo no me expreso bien más que como narrador, le conté una parábola del sabio derviche Algazel, más concretamente llamado Rhazali o Ghazali, arreglada un poco a mi manera, como es lícito hacerlo en la tradición oral.
 Érase una vez un califa de Bagdad que quería hacer decorar las paredes del salón de honor de su palacio. Hizo venir a dos artistas, uno de Oriente y otro de Occidente. El primero era un célebre pintor chino que nunca había dejado su provincia. El segundo, griego, había visitado todas las naciones y aparentemente hablaba todos los idiomas. No era tan sólo un pintor. Estaba igualmente versado en astronomía, física, química y arquitectura. El califa les explicó su intención y confió a cada uno una de las paredes del salón de honor.
 -Cuando hayáis terminado –dijo- se reunirá la corte en gran pompa. Examinará y comparará vuestras obras y la que sea considerada la más bella le valdrá a su autor una enorme recompensa.
 Después, volviéndose hacia el griego, le preguntó cuánto tiempo necesitaría para terminar el fresco. Y misteriosamente, el griego respondió: “Cuando mi cofrade chino haya terminado, yo habré terminado”. Entonces el califa interrogó al chino, que pidió un plazo de tres meses.
 -Bien –dijo el califa-. Haré dividir la habitación en dos con una cortina a fin de que no os molestéis mutuamente, y volveremos a vernos dentro de tres meses.
 Pasaron los tres meses y el califa convocó a ambos pintores. Se volvió hacia el griego y le preguntó: “¿Has terminado?” Y, misteriosamente, el griego respondió: “Si mi cofrade chino ha terminado, yo he terminado”. Entonces el califa interrogó a su vez al chino, que respondió: “He terminado”.
 La corte se reunió dos días después y se dirigió en pleno hacia el salón de honor con el fin de juzgar y comparar ambas obras. Era un magnífico cortejo en que se veían vestidos bordados, penachos de plumas, joyas de oro, armas cinceladas. Todo el mundo se reunió primero del lado de la pared pintada por el chino. Qué grito de admiración. El fresco presentaba un jardín de sueño plantado con árboles en flor, con pequeños lagos en forma de alubia cruzados por graciosas pasarelas. Una visión paradisíaca de la que los ojos no se cansaban nunca. Era tan grande el encantamiento que algunos querían que se declarase al chino vencedor del concurso, sin siquiera echarle un vistazo a la obra del griego.
 Pero enseguida el califa ordenó correr la cortina que separaba la habitación en dos y la multitud se volvió. La multitud se volvió y dejó escapar una exclamación de maravilloso estupor.
 ¿Qué había hecho el griego, pues? No había pintado nada en absoluto. Se había contentado con colocar un amplio espejo que empezaba en el suelo y subía hasta el techo. Y por supuesto aquel espejo reflejaba el jardín del chino en sus mínimos detalles. Pero entonces os preguntaréis, ¿en qué era más bella y emotiva que su modelo aquella imagen? Pues en que el jardín del chino estaba desierto y vacío de habitantes, mientras que en el jardín del griego se veía una magnífica multitud con vestidos bordados, penachos de plumas, joyas de oro y armas cinceladas. Y toda aquella gente se movía, gesticulaba y se reconocía con regocijo.
 Por unanimidad, el griego fue declarado vencedor del concurso.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 1992, en traducción de Santiago Martín Bermúdez, pp. 143-145 y 233-236. ISBN: 84-204-2609-1.]

sábado, 28 de noviembre de 2020

Libro de los hechos.- Jaime I (1208-1276)

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 «[497] Después fuimos a Tarazona y el rey de Castilla nos siguió, pues no se quiso separar de Nos mientras estuvimos en su tierra. Nos le rogamos que pasase la fiesta de Navidad que estaba próxima con Nos, pero él dio algunas excusas, aunque al final lo tuvo que hacer a instancias nuestras, y vino con Nos a Tarazona.
 Nos, habiéndolo preparado con antelación, previnimos para él y para todos los que le acompañaban todo lo que necesitaban; lo dispusimos de manera que cada ricohombre que fuera con él tuviese en su tienda pan, vino, cera, salsa, fruta y todas las cosas que pudiese necesitar, a fin de que no andasen molestándose unos a otros pidiéndose cosas.
 [498] Pasó allí siete días con Nos y, en aquellos siete días, le dimos siete consejos para que los aplicase en sus asuntos.
 El primer consejo fue que, si había dado su palabra a alguien, la cumpliese por encima de todo, pues más le valía pasar la vergüenza de decirle que no a alguien que le pidiese algo, que no tener que lamentarse de no haber cumplido lo que se había prometido.
 El segundo consejo fue que, si se había comprometido por escrito con alguien, se atuviese a ello, pero que pensase bien antes si convenía hacerlo o no.
 El tercer consejo fue que retuviese a su gente bajo su señoría, porque la gente se mantiene fiel al rey bajo el que Dios la ha puesto, si éste la sabe mantener con afecto y según sus exigencias.
 El cuarto consejo fue que, en caso de tener que elegir a quién conservar, que antepusiese a dos estamentos: esto es, el eclesiástico, por un lado, y el popular y los ciudadanos del país, por otro; pues son gente que ama Dios por encima de los caballeros, dado que los caballeros se alzan antes contra la señoría que ellos. Si bien sería preferible que pudiese conservarlos a todos; pero de no ser así, que conservase a aquéllos, puesto que con ellos destruiría a los otros.
 El quinto consejo fue que Dios le había dado Murcia, y Nos, con Nuestro Señor, se la habíamos ayudado a tomar y conquistar; y que los documentos que habíamos otorgado a los pobladores de Murcia, y los que él les había otorgado después, no se cumplían sino que se infringían y se les mermaban las heredades. Pues se les daban veinte o treinta tahúllas*, o al que más le daban, le daban cincuenta, y que cincuenta tahúllas no eran sino dos yugadas de Valencia, que no suponen más que doce cahíces de sembradura. Por lo que, siendo Murcia la mejor villa que solía haber en Andalucía, excepto Sevilla, era un gran error permitir que la gente dijese que él y sus hombres no sabían repartir la tierra. Pues nunca sería buena Murcia si no hacía una cosa, a saber: "Que pongáis cien hombres valiosos, que os sepan acoger como corresponde cuando vayáis allá, y que procuréis que estén bien remunerados, pues ni con cien tahúllas ni con doscientas estaría bien remunerado un hombre de valía. Del resto, que se encarguen los menestrales. Así organizaréis una buena villa. Y si se lo habéis dado a hombres que no viven allí, pactad con ellos y dádselo a hombres que residan allí".
 El siguiente consejo fue que no hiciese juicios en privado, pues no era propio de rey hacer justicia en su casa y particularmente. Esto tuvo lugar en Tarazona.
 [499] Él se marchó de Tarazona y se fue a Fitero**; aquí nos llegó un mensaje diciendo que estaba muy mal de una pierna a causa de una coz que le había dado un caballo en Burgos. Fuimos allí rápidamente, acompañándonos cuatro o cinco caballeros y nuestra comitiva; y lo vimos y le dimos ánimos.
 Llevamos con Nos a un cirujano nuestro -que se llamaba maestre Juan- y nos proveímos de todo cuanto pudiera ser necesario. Nos quedamos con él durante cuatro o cinco días, al cabo de los cuales nos rogó con mucho interés que regresásemos, pues ya se había curado.
 Y él se dirigió a Castilla y Nos nos encaminamos a Calatayud; y estuvimos en Calatayud un mes o más.
 […]
 [523] Después nos volvimos al reino de Valencia y, al llegar a Alcira, se nos presentó un mensajero del papa, llamado fray Pedro de Alcalá, con una carta del pontífice Gregorio X, en la cual se decía que nos rogaba que le diésemos consejo y ayuda acerca de la cruzada a Tierra santa en ultramar.
 Nos agradó mucho y nos alegramos sobremanera, y le contestamos que Nos nos presentaríamos en la fecha que nos indicaba. Acto seguido, nos preparamos para acudir al concilio a Lyon, tal como él nos había anunciado y rogado. Mucho antes de llegar encargamos lo relativo a nuestro alojamiento, enviando todo lo que necesitaríamos para dos o más meses.
Resultado de imagen de jaime I libro de los hechos A mediados de cuaresma, pues, nos pusimos en movimiento desde Valencia en dirección a Lyon. Al llegar a Gerona, el infante don Pedro, nuestro hijo, nos invitó el día de pascua en Torroella, donde estuvimos con él. Seguidamente, nos dirigimos a Perpiñán hasta donde nos acompañó, ordenándole aquí que regresara. Y Nos seguimos hacia Montpellier, donde pasamos ocho días. Después, proseguimos el camino.
  […]
 [525] El papa estaba en su habitación y, cuando le avisaron que veníamos, salió solemnemente revestido. Lo vimos pasar por delante de Nos y se sentó en su silla. Nos les hicimos aquella reverencia que los reyes hacen y que han acostumbrado hacer al papa. Nos habían puesto una silla para sentarnos, cerca de la suya, al lado derecho.
 Le dijimos que habíamos venido en la fecha en que nos había convocado, pero que, dado que era el primer día, en aquel día no debíamos hablar de ningún asunto hasta el siguiente. Al llegar el día siguiente, cuando estuviéramos delante de él y oyéramos lo que nos proponía, Nos le contestaríamos de modo que quedaría satisfecho de Nos.
 [526] Al llegar el día siguiente, Nos nos personamos ante él y lo encontramos en su habitación con sus cardenales. Entraron con Nos el arzobispo de Tarragona, el obispo de Barcelona, el de Valencia, el de Mallorca y el de Huesca; y tomamos asiento.
 A poco de estar sentados, el papa se puso a hablar de la empresa de Tierra santa en ultramar y de cómo se había desplazado con este propósito, y de que nuestro Señor los había guiado para llevar adelante aquella gesta.
 Añadió que se alegraba tanto de nuestra visita y que confiaba en Dios en que, por medio de Nos y de los otros, Dios le ayudaría de tal modo que sería beneficioso para Tierra santa y que gracias a ello se conquistaría.»
 
 *Medida agraria, generalmente de terrenos de regadío, algo superior a las once áreas.
 ** Población de la provincia de Soria, cercana a Tarazona.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2003, en traducción de Julia Butiñá Jiménez, pp. 500-502 y 516-19. ISBN: 84-249-2371-5.]

lunes, 10 de agosto de 2020

Diálogos amenos.- Pietro Aretino (1492-1556)

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Segunda parte
Segunda jornada

  «Enana: La mayordoma de Malfetta tenía la costumbre de decir que la dicha y el contento de una prostituta, eran hermanos de las esperanzas de un cortesano que tiene en su poder el aviso por el cual sabe que un tal se muere, y el hombre se cura precisamente en el momento en que el otro acaba de obtener sus beneficios. ¿Es quizá dichosa la mujer que tiene que sentarse con las asentaderas de otro, andar con los pies de otro, dormir con los ojos de otro, comer con la boca de otro? ¿Está satisfecha de que por todas partes se la señale con el dedo como a una perdida, como una mujer pública?
 Pipa: ¡Oh! ¿Toda prostituta es mujer pública?
 Enana: Sí.
 Pipa: ¿Cómo que sí?
 Enana: Cualquiera que pague por holgarse con ella va a saltarle encima, ya sea rico hasta reventar, ya un piojoso, por la razón de que los ducados relucen tanto en la mano de los lacayos como en la de los señores, y lo mismo hay que abrir la puerta al criado que al rey. Por tanto, toda prostituta que quiere tener dineros, y no espadas o bastones, es pasto del público.
 Pipa: No se puede hablar mejor.
 Enana: Pregúntales, no solamente a los predicadores, sino a sus púlpitos de madera, si vivimos dichosas y contentas. Los predicadores se yerguen en toda su altura, y mírales cómo se nos echan encima: ""¡Oh, perversas concubinas del diablo! ¡Esposas de almas locas, hermanas de Lucifer, vergüenza del mundo entero, deshonor de vuestro sexo in mulieribus! ¡Los dragones del infierno os devorarán vuestra alma, os la quemarán; las calderas de azufre hirviente os esperan, los asadores rojos al fuego os reclaman, las garras de demonios van a despedazaros, seréis la carne para sus garfios y os flagelarán a latigazos de serpientes in aeternum in aeternum!" He aquí ahora a los confesores: "Ite in igne, in igne, os digo, lujuriosas, sacos de pecados, expoliadoras de hombres, brujas endemoniadas, espías del diablo, miserables lobas!", y no quieren ni oírnos, cuánto menos darnos la absolución. Cuando llega la Semana Santa, los judíos que pusieron en cruz a Nuestro Señor van mejor vestidos que nosotras, y además la conciencia nos hostiga y nos grita: "Idos a sepultaros en un montón de estiércol y no os mostréis entre los cristianos". ¿Y cómo es que estamos reducidas a tan miserable condición? Nada más que por los hombres, por complacerles. ¿Por qué nos han hecho ellos lo que somos?
 Pipa: ¿Por qué no se clama contra los hombres tanto como contra nosotras?
 Enana: Es lo que yo te quería decir. La paternidad de la Reverencia del señor predicador debería volverse hacia el lado de sus señorías y decirles: "¡Oh, vosotros, espíritus tentadores! ¿Por qué tomáis por fuerza, por qué contamináis, por qué volvéis al revés a esas prostitutas de mujeres, a esas buenas prendas de mujeres, a esas aturdidas de mujeres? Si las manejáis como bien os parece, ¿a qué las desvalijáis, a qué las golpeáis, por qué las difamáis?" Bien debiera el fraile hacer de manera que esas serpientes, esos calderos, esos asadores, esos arpones, esos ganchos y todos los diablejos se volvieran un poco contra los vicios de los hombres.
 Pipa: Es lo que harán quizá.
 Enana: No lo pienses, no lo creas, no lo esperes y la razón es que ¡ay de los débiles! He aquí por qué los varones son requebrados, y no reprendidos por los reverendos. Ahora, vayamos a los medios de hacerse pagar de los que nos molestan por abajo y por arriba.
diálogos amenos. pietro aretino. bruguera amigo - Comprar en ... Pipa: Me parece que ya me habéis hablado de ellos.
 Enana: No es verdad, aparte de que los mensajes que tienen importancia deben ser repetidos dos o tres veces. Pipa, yo quisiera saber de esos galanes superficiales que nos zahieren porque nosotras buscamos nuestro provecho y nos hacemos pagar los servicios hechos a quien nos los pide; yo quisiera saber por qué motivo y con qué derecho íbamos a estar obligados al prójimo por sus bellos ojos. He ahí el barbero que te lava y te rasura; ¿por qué?, por tu dinero; los vendimiadores no darían un golpe de azadón en la viña, los sastres no pondrían una aguja en un par de calzones, si el dinero no lloviera en sus bolsas; ponte enferma y no tengas cuartos, y verás venir al médico, sí, mañana a la noche; toma una sirvienta y no le pagues su salario y te verás forzada a hacer su tarea tú misma; ve a buscar un manojo de rábanos, ve a buscar aceite, ve a buscar sal, ve a buscar todo eso sin dinero y te volverás con las manos vacías; todo se paga, hasta la confesión, hasta la absolución.
 Pipa: Eso no se paga; alto ahí.
 Enana: ¿Qué sabes tú?
 Pipa: El penitenciario me lo dijo cuando me dio el golpecito de varilla en la cabeza.
 Enana: Puede ser, pero mira al preste que ha recibido la confesión, si no le ofreces nada, y verás la bonita cara que te pone. Sea lo que quiera que sea, las misas se pagan, y el que no quiere ser sepultado en el cementerio o a lo largo del muro, tiene que pagar el Kyrie eleison, el Porta inferi y el Requiem aeternam. No quiero decirte más; las prisiones de Corte-Savella, de Torre di Nonna y del Capitole os tienen encerradas y bien estrechamente; no quieren ellas ser menos sobrecargadas y hasta el verdugo ha de reclamar tres o cuatro ducados por cada cuello que cuelga y cada cabeza que corta, y no grabaría una marca sobre la frente de un ladrón, no cortaría un poco de nariz o de oreja si el senador o el gobernador, el potestad y el capitán no le dieran lo que es debido. Si, pues, a ti te parece justo el dar tu cuerpo, todos tus miembros y toda tu ternura por un "Muchas gracias, madona", tú allá. Si te place entregarte a esos negociantes que no miran a nadie a la cara, a menos de tener alguna usura que sacar, entrégate.
 Pipa: No, no; de ningún modo lo haré.
 Enana: Entonces, entiéndeme bien, y cuando me hayas entendido, pon en obra mis consejos. Si los sigues, los hombres no sabrán guardarse de ti, en tanto que tú sabrás guardarte de ellos.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de José Santina. ISBN: 84-02-08994-1.]