lunes, 31 de diciembre de 2018

Consejos de un aristócrata bizantino.- Cecaumeno (s. XI)


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IX.-Cómo debe actuar un terrateniente I

«IX.1.-Si eres un ciudadano sin obligaciones que vive en su hacienda, ocúpate de las tareas de tu hacienda para que ésta esté bien mantenida y no las descuides. Pues no dispones de otro medio de vida que no sea el trabajo de la tierra. Debes procurarte tus propios medios de subsistencia, tales como molinos, talleres, huertos y todo cuanto te rinda sus frutos anualmente, ya sea por arriendo, ya sea por el fruto obtenido. Planta todo tipo de árboles y cañaverales que te produzcan beneficios y no requieran cuidados todos los años, pues te facilitarán el descanso.
 IX.2.-En cuanto al ganado, debes disponer por ejemplo de bueyes para arar, cerdos y ovejas y cualquier otro tipo de animales que críen, crezcan y se multipliquen cada año. Gracias a ellos tu mesa estará abundantemente servida. Regocíjate por todo ello, por la abundancia de trigo, de vino y de todo lo demás, de frutos y de animales, de alimentos tanto como de mercancías. Si sigues esta norma de vida sin dejarte abatir ni descuidar tus propiedades, no perderás nada de todo esto. [...]
 IX.4.-No digas: "Mis hombres son de mi total confianza y no tengo sospecha alguna contra ellos". Si te ven, son de fiar, pero si no, todos hacen lo que a ellos les conviene, ya que por naturaleza se ha inculcado al hombre que busque su propio provecho y obtenga ganancia, sea espiritual o material. [...]
 IX.6.-Practica también la caridad, que no será en vano. Cornelio, que por ser heleno desconocía por completo no sólo los dogmas sino las enseñanzas más elementales de la religión, hizo el bien delante de Nuestro Señor movido por su recta conciencia y por ello oyó que le decía: "Cornelio, tus preces y obras de caridad serán recordadas, pues han ascendido hasta Dios".
 IX.7.1.-Que no se te ocurra intervenir en las recaudaciones abusivas de impuestos. No intervengas en absoluto en las tareas fiscales porque perderás tu pan y dejarás preocupaciones a tus herederos en vez de una buena herencia y así vivirán en constante agitación. [...]
 IX.8.1.-Si en el lugar vive alguna alta autoridad, preséntate ante ella, pero no con frecuencia sino sólo ocasionalmente. Cuando te presentes, debes hablar justo lo preciso y con sensatez y callar si no se te pregunta. Envíale a él y a sus hombres cuantas viandas y bebidas te sea posible, de entre aquellas con las que te favoreció Dios. [...]
 IX.10.-Si llega un impuesto extraordinario del emperador y todos reunidos acuden ante ti para que distribuyas tú las cargas de cada uno, no lo hagas, sino diles: "Distribuidlas vosotros como sepáis, que yo estaré presente". Y que las distribuyan otros. Pues de ese modo puedes eximir de ellas a tu amigo o a un servidor tuyo o al que te pida una rebaja en el impuesto. Nadie dirá nada y, aunque haya críticas en la comunidad, recaerán sobre los que hicieron la distribución y tú permanecerás al margen de toda censura. Pero si tú haces la distribución, no puedes aligerar la carga de ningún amigo o servidor tuyo, pues murmurarán contra ti por ser el que hiciste la distribución. Y si eximes a un servidor tuyo, contra ti dirigirán sus gritos de protesta, acusándote de aceptar regalos para borrar las cargas. Te conviene no tener negocios sucios con la comunidad, sino mostrar tu misericordia y ayudarlos en la medida de tus posibilidades. Pues aunque pasemos inadvertidos a los hombres, no podemos escapar al ojo insomne de Dios. [...]
 IX.12.-Me gustaría que quisieses a todos los hombres, pero pese a todo no reveles a nadie tus secretos, pues esto es algo muy peligroso. Desde el momento en que revelas tus secretos a alguien, pasas a ser desde entonces su esclavo y cometerá contigo las mayores injurias y ofensas sin que te atrevas a replicarle. ¿Por qué ibas a sacrificar tu libertad voluntariamente? Sin duda dirás: "Es un hombre virtuoso y no divulgará mis secretos". No te das cuenta de que tú mismo despreciaste tus secretos cuando hiciste que otros oídos los escucharan. Lo que entra por los oídos, por los labios se divulga. De ahí que no debas comunicar tus secretos a nadie. No en vano dice el profeta: "Guárdate de decir nada al que duerme contigo". [...]
 IX.17.1.-No te sientes donde tienen su plaza los jóvenes. Evítalos más bien, para no llegar a aborrecer tu propia alma. Por jóvenes entiendo aquellos que piensan y hacen cosas propias de los jóvenes, aunque sean ancianos.
 2.-Un ladrón no debe ser amigo tuyo. Pues aunque no estés compinchado con él, no te librarás de la censura.
 3.-No viajes nunca con tu enemigo. Si por un casual te encontrares con él en el camino sin esperarlo, sepárate de él enseguida. [...]
 IX.22.- No pretendas comer hasta saciarte.
 IX.23.-Que tus hijos sean educados en la lógica y la filosofía.
 IX.24.-No rechaces un puesto o mando de distrito, pues ten por cierto que una dignidad es una bendición divina, pero debes evitar hacer de él un uso indebido. Si te haces cargo de él, preocúpate también de tu casa, y le darás esplendor, pues una vez hayas cesado en el cargo, será tu casa la que te acogerá y será en tu casa donde descanses. [...]
 IX.29.1.- Lee mucho y mucho aprenderás. Aunque no comprendas, ten ánimo, pues si lees el libro muchas veces, Dios te dará entendimiento y lo comprenderás.
 2.-Pregunta lo que no sepas a los que tienen entendimiento y no seas orgulloso, pues precisamente por este motivo, por no querer preguntar y aprender, les falta a los hombres entendimiento.
 3.-Cada vez que alguien inicie una conversación, déjale que la termine, que si su saber es bueno te aprovechará y si es innoble, te aprovechará igualmente, pues lo podrás censurar.»
 
   [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Alianza Editorial, 2000, en traducción de Juan Signes Codoñer. ISBN: 84-206-3594-4.]

domingo, 30 de diciembre de 2018

El chal andaluz.- Elsa Morante (1912-1985)


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El soldado siciliano

«-Sin embargo, yo -dijo el soldado-, ya no volveré vivo a Sicilia.
Le pregunté el porqué y él, en dialecto siciliano, me contó el siguiente relato:
"Mi nombre es Gabriele. En Santa Margherita trabajaba de minero, y tenía mujer y una hija. Dos años después de casarnos, mi mujer se descarrió y huyó de casa para entregarse a la mala vida, dejándome solo con la niña, que todavía no andaba. La niña se llamaba Assunta; cuando salía para ir a la mina la dejaba en la cama, y ella no lloraba porque era bastante tranquila. Yo le había colgado en el cabecero de la cama, de un cordel, una anilla de latón, resto de una vieja linterna, que al oscilar le hacía reír: no tenía más juguetes. Vivíamos en una casa aislada, en el medio de un llano seco, no lejos de las minas; a una hora determinada, un vendedor ambulante amigo mío, al pasar por allí, entraba un rato, levantaba a la niña, la vestía y la sentaba en el suelo. A la vuelta, por la noche, yo preparaba la sopa, y Assunta cenaba conmigo, sentada en mis rodillas; pero a veces yo me quedaba dormido incluso antes de vaciar el plato. Podía despertarme, tal vez, una hora después y veía a Assunta dormida, encima de mí, o bien se quedaba quieta mirándome con sus ojos abiertos y curiosos. Pero un día, cuando estaba sola en la casa, se cayó de la cama y se rompió la muñeca. Mi amigo, que esa mañana llegó más tarde, la encontró donde se había caído, tirada en el suelo y casi sin respirar por el dolor. Desde ese día se quedó un poco tullida de una mano, por lo que nunca pudo realizar trabajos pesados. Pero se convirtió en una muchacha muy guapa, una verdadera siciliana: delgadita, pero con la piel blanca, los ojos negros como el carbón, y una larga melena, negra y rizada que se ataba en la nuca con un lazo rojo. En aquel tiempo el vendedor ambulante se trasladó a otro pueblo y nosotros allí, en medio de un desierto, nos quedamos sin amigos. También cerraron la mina y me quedé sin trabajo. Pasaba los días al sol, sin hacer nada, y el ocio me iba envileciendo. Como no tenía a nadie más que a Assunta, desahogaba mi rabia contra ella, la insultaba, la pegaba y, aunque no había una chiquilla más inocente, a menudo, gritaba: "¿Qué haces aquí? Vete a la calle como tu madre". Por lo tanto, Assunta poco a poco empezó a odiarme; no hablaba, ya que acostumbrada a la soledad, había crecido bastante taciturna pero me miraba con sus ojos negros, encendidos, como si fuera la hija del diablo. En pocas palabras, yo no encontraba trabajo; y como el Mariscal de Santa Margherita me había propuesto coger a Assunta como criada, aceptamos. Assunta ya tenía quince años y su trabajo no era duro, puesto que el Mariscal vivía solo con un hijo joven. Assunta tenía un cuartucho para dormir, cerca de la cocina, le daban la comida y además un sueldo, que su amo me entregaba a mí. Él tenía un carácter brusco pero bonachón y por lo demás pasaba casi todo el día en el Cuartel. Assunta trabajaba sobre todo en la cocina, que estaba debajo de la escalera. Pero el hijo del Mariscal, un muchacho moreno, rudo, un poco mayor que ella, comenzó a molestarla. Assunta le rechazaba, pero él para asustarla, saltaba como un espíritu desde el ventanuco del chiscón y, mirándola con ojos relucientes, la cogía del pelo, la abrazaba y quería seducirla con besos. Él también era un chiquillo y nunca había tocado a una mujer; así que el rechazo le exasperaba e intentaba conseguirla a través de la violencia. Assunta se liberaba después de forcejear, gritaba y lloraba; pero no se atrevía a decir nada al Mariscal y, mucho menos, a mí. Por otro lado, no podía dejar el empleo, ya que le habría resultado muy difícil encontrar otro trabajo debido a su mano tullida. ¿Y cómo iba a regresar a casa, con un padre al que odiaba y que ni siquiera podía darle para pan? Pero de ningún modo quería caer en la deshonra, como su madre.
 De esta forma pasó alrededor de un mes. Una noche, el Mariscal, al regresar más tarde que de costumbre, encontró la casa totalmente en silencio y la cena preparada para él en la mesa. El hijo, ya en la cama, dormía profundamente [...] Pero al asomarse para cerrar la ventana (era una noche clara), vio abajo en el patio a Assunta sentada en el borde del pozo, que se estaba trenzando el pelo con dedos presurosos y hablaba sola. [...] El caso es que Assunta [...] A la mañana siguiente no apareció y después de buscarla en la casa y por todo el pueblo, la encontraron en el fondo del pozo.
 Como había muerto por su propia voluntad, a la chica no la bendijeron en la iglesia, ni la enterraron dentro del recinto del camposanto sino fuera, junto a la entrada, donde el Mariscal, por caridad, mandó grabar una lápida. Los suicidas no pueden descansar, como los demás muertos, debajo de la tierra ni en otro lugar, sino que siguen vagando, sin tranquilidad, alrededor del camposanto y de la casa de la que se separaron con violencia. Les gustaría regresar con su familia, manifestarse; pero no pueden. Por esta razón yo ya no quiero dormir: ¿cómo podría descansar en paz sabiendo que mi hija no concilia el sueño? Después de que la enterraran, yo no aguantaba en nuestra casa de Santa Margherita la idea de que ella caminara alrededor, afligida e intentara ser comprendida; y yo no podía entender ni mi sangre. Por eso vine al continente y me enrolé como soldado. Y seguiré luchando hasta que haya alcanzado mi objetivo."
 Pregunté al siciliano cuál era el objetivo del que hablaba.
 -Lo que yo quiero -explicó-, es recibir un tiro, un día de éstos. No tengo el valor de Assunta para morir de la misma forma. Pero si me disparan hasta morir, entonces, al ser como ella, podré regresar a Sicilia, a Santa Margherita. Iré a buscar a mi hija, alrededor de la casa y podremos darnos explicaciones. Yo la acompañaré y tal vez ella pueda dormir en mis brazos, como cuando era una niña.
 Éste fue el relato de Gabriele; había despuntado el alba y, tras apagar la luz, se despidió.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2006, en traducción de Flavia Cartoni. ISBN: 84-376-2320-0.]

sábado, 29 de diciembre de 2018

Fisiología y psicología.- Iván Pávlov (1849-1936)


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8.-Respuesta de un fisiólogo a los psicólogos

«¿Qué encierra en sí la noción de reflejo?
La teoría de la actividad refleja descansa sobre tres principios fundamentales de investigación científica precisa: el del determinismo (en el origen de cualquier acción y de todo efecto existe un choque, un impulso, una causa); el del análisis y síntesis (descomposición inicial de un todo en sus partes constituyentes, en unidades, con ulterior reconstrucción del todo a partir de los elementos); y el de estructuralidad (una fuerza despliega su acción en el espacio, lo que equivale a decir que existe una adaptación del movimiento y de la estructura). Por todo ello creemos que la pena de muerte que pesa sobre la teoría refleja no puede ser considerada más que como un absurdo, como un antojo pasajero.
 Estáis en presencia de un organismo viviente (incluido el hombre) que cumple una serie de funciones que a su vez son manifestaciones de ciertas fuerzas. Impresión directa y difícil de superar de libre arbitrio, de fuerza espontánea. Por lo que respecta al hombre, esta impresión adquiere casi para todo el mundo el carácter de evidencia; y afirmar lo contrario parece una paradoja absurda. Aunque Leucipo de Mileto sostuvo que no hay efecto sin causa y que todo se debe a la necesidad, ¿no viene hablándose continuamente (incluso descartando al hombre) de fuerzas que actúan espontáneamente en el organismo animal? Y en lo que al hombre se refiere, ¿no se oye todavía hablar de libre arbitrio? ¿No se ha enraizado la idea de que existe en nosotros algo que escapa al determinismo? He encontrado y encuentro todavía personas inteligentes e instruidas que no quieren admitir que en el futuro pueda estudiarse a fondo el comportamiento del perro de una manera completamente objetiva, es decir, por la simple confrontación de estímulos con las respuestas que provocan, omitiendo el mundo subjetivo imaginario del animal por analogía con el nuestro. Evidentemente, en este caso se trata no de una dificultad temporal, aunque grandiosa, sino de una creencia de principio en la imposibilidad del determinismo integral. Bien entendido, lo mismo se admite, y aún con mayor convicción, en lo que atañe al hombre. No cometeré un gran pecado si afirmo que esta convicción está compartida por numerosos psicólogos que, bajo la máscara del reconocimiento de la singularidad de las manifestaciones psíquicas, dejan filtrar -a pesar de un lenguaje más o menos científico- el mismo dualismo y el mismo animismo que profesan gran número de hombres pensantes, sin hablar de los creyentes...
 La teoría del reflejo, tanto hoy como en el momento de su aparición, acrecienta continuamente el número de fenómenos orgánicos ligados a las condiciones que los han producido; es decir, tiende cada vez más a determinar la actividad compleja del organismo. Siendo así, ¿cómo podría ser un obstáculo para el progreso de los estudios sobre el organismo en general y las funciones cerebrales en especial?
 El organismo está compuesto por un gran número de partes y millones de elementos celulares que producen un número igualmente enorme de fenómenos distintos, pero estrechamente relacionados entre sí y que aseguran la solidaridad del funcionamiento del organismo como un todo. La teoría refleja divide el complejo de esta actividad orgánica en funciones separadas, las relaciona tanto con las influencias externas como con las internas, y luego las reúne de nuevo. Este procedimiento hace más comprensible la actividad del organismo en su conjunto y sus correlaciones con el mundo exterior. ¿Cómo podría ser, pues, superflua la teoría de los reflejos cuando nuestros conocimientos de las conexiones entre las distintas partes del organismo son totalmente insuficientes, sin hablar de nuestra ignorancia acerca de las correlaciones del organismo con su medio ambiente? Como todo el mundo sabe, en los organismos superiores las relaciones internas, así como las externas, se realizan primordialmente por medio del sistema nervioso.
 Si el químico, que analiza y sintetiza para explicarse definitivamente el trabajo de la molécula, debe imaginarse la estructura de la misma, ya que es invisible; si el físico, que también analiza y sintetiza, debe hacerse un esquema mental de la estructura del átomo para poder representarse más claramente su mecanismo, ¿cómo se podría renunciar al principio estructural en los objetos visibles y admitir una contradicción entre la estructura y el movimiento?
 Las correlaciones internas y externas del organismo se realizan por medio de un aparato visible: el sistema nervioso. Es evidente que los fenómenos dinámicos que se desarrollan en este aparato están íntimamente relacionados con los más finos detalles de su estructura.
 La teoría de los reflejos ha empezado su estudio de la actividad del aparato nervioso por la definición de funciones especiales pertenecientes, naturalmente, a las partes más simples y groseras, y ha indicado la dirección general de los fenómenos dinámicos que allí se producen. He aquí un esquema general y fundamental del reflejo: el aparato receptor, el nervio aferente, la estación central (o centros), el nervio eferente. Estas partes fueron sometidas a una exploración en todos sus detalles. Resulta evidente que el trabajo más considerable y complicado nos esperaba -y nos espera- al llegar al estudio de la estación central: la sustancia gris y, notablemente, la corteza de los hemisferios cerebrales.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1980, en traducción de Jaime Vigo. ISBN: 84-206-1151-4.]

viernes, 28 de diciembre de 2018

Ética o Conócete a ti mismo.- Pedro Abelardo (1079-1142)


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Capítulo 3.- ¿Qué es el vicio del alma? ¿Y a qué llamamos propiamente pecado?

«Vicio es todo aquello que nos hace propensos a pecar. Dicho de otra manera, aquello que nos inclina a consentir en lo que no es lícito, sea haciendo algo o dejándolo de hacer.
 Por pecado entendemos propiamente este mismo consentimiento, es decir, la culpa del alma por la que ésta es merecedora de la condenación o es rea de culpa ante Dios. ¿No es acaso este consentimiento desprecio de Dios y ofensa del mismo? No podemos, en efecto, ofender a Dios causándole un daño, sino despreciándolo. Ningún daño puede causarle menoscabo, pues es el supremo poder, pero hace justicia del desprecio que se le infiere.
 En consecuencia, nuestro pecado es desprecio del Creador. Y pecar es despreciar al Creador, es decir, no hacer por Él lo que creemos que debemos hacer. O bien no dejar de hacer lo que estamos convencidos de que debemos dejar de hacer por Él. Al definir de forma negativa el pecado, por ejemplo, "no hacer" o "no dejar de hacer lo que hay que hacer", estamos dando a entender claramente que el pecado carece de sustancia, que consiste más en el "no ser" que en el "ser". Es como si al definir la oscuridad o tinieblas decimos que son ausencia de luz allí donde no debió haberla. [...]
 Hay quienes sostienen que todo pecado es voluntario, si bien la voluntad no se identifica con el pecado y, a veces, como hemos dicho, pecamos sin quererlo. A este respecto hallan alguna diferencia entre pecado y voluntad. Distinguen entre "voluntad" y "voluntario", esto es, una cosa es la voluntad y otra aquello por lo que la voluntad se entrega o consiente.
 Nosotros entendemos por pecado aquello que anteriormente definimos estrictamente como pecado, es decir, el desprecio de Dios o del consentimiento a lo que se debe rechazar según Dios. Ahora bien, ¿cómo podemos decir que el pecado es voluntario, esto es, que queremos despreciar a Dios -y en esto consiste el pecado- o que queremos buscarnos nuestra propia ruina o hacernos merecedores de nuestra propia condenación? Pues nunca queremos ser castigados por más que queramos hacer lo que sabemos que debe ser castigado o que nos hace dignos de castigo. Somos injustos, por tanto, al hacer lo que lo que no es lícito, sin querer al mismo tiempo sufrir la equidad de una pena justa. Aborrecemos la pena justa y nos agrada una acción que es a todas luces injusta.
 Hay muchos casos también en que, seducidos por la belleza de una mujer, que sabemos casada, queremos acostarnos con ella. No queremos, sin embargo, cometer un adulterio, pues querríamos que no estuviera casada. Muchos otros, por el contrario, apetecen por vanagloria las mujeres de los poderosos, precisamente por ser las mujeres de tales hombres. Y por eso mismo las desean más que si no estuviesen casadas. Evidentemente, quieren adulterar con ellas más que fornicar y faltan por ello en lo más grave antes que en lo menos grave. Y hay también quienes son arrastrados sin complacencia de su parte al consentimiento de la concupiscencia y mala voluntad. Y, por otra parte, la debilidad de la carne les obliga a querer lo que de ningún modo querrían. ¿Cómo, entonces, llamar voluntario a este consentimiento que no queremos tener? ¿Hemos de llamar "voluntario" a todo pecado, tal como -según se dijo- pretenden algunos? Es algo que no acabo de ver, a no ser que entendamos por voluntario todo aquello que excluye la necesidad. Pues, en efecto, ningún pecado es inevitable. Es decir, a no ser que se dé el nombre de voluntario a todo lo que procede de alguna voluntad. Tal sería el caso del que, viéndose obligado, dio muerte a su amo. Cierto que no lo hizo con voluntad de causarle la muerte; sin embargo, lo hizo con alguna voluntad, pues con tal acto quiso escapar a la muerte o retrasarla.
 Otros se agitan no poco al oírnos decir que la comisión o ejecución del pecado no añade nada ante Dios a la culpa o a la condenación. Lo razonan diciendo que la comisión del pecado arrastra una cierta delectación que agrava el pecado. Tal sucede en el caso del coito o de la comida, al que ya hicimos alusión.
 Este razonamiento sería válido si pudieran demostrar que el pecado consiste en la delectación carnal y que lo dicho en los casos anteriores no se puede hacer sino pecando. De aceptar esto sin más, nadie podría experimentar que el pecado consiste en la delectación carnal. En consecuencia, ni los mismos cónyuges se verían libres de pecado en la unión del placer carnal que les está permitida. Ni tampoco el que se alimenta con una apetitosa comida de su propia cosecha. Asimismo se harían responsables todos los enfermos que se recuperan con alimentos más apetecibles para llegar a restablecerse y a convalecer de su debilidad. Sabido es que los enfermos no toman estos alimentos sin delectación; de lo contrario, no les aprovecharían.
 Tampoco el Señor -hacedor de los alimentos y del cuerpo- estaría libre de culpa si hubiera puesto en ellos unos sabores que por su deleite obligaran a pecar a quienes no se dan cuenta de ello. ¿Podría haber creado tales cosas para alimentarnos si hubiera sido imposible comerlas sin pecado? ¿O podría habérnoslas dado como alimento? ¿Cómo se puede decir, entonces, que hay pecado en lo que está permitido?
 Las mismas cosas que en un tiempo fueron ilícitas y prohibidas pueden hacerse ya sin pecado alguno si posteriormente se permiten y se convierten de este modo en lícitas. Tal sucede con la carne de cerdo y con otras cosas prohibidas en otro tiempo para los judíos y ahora permitidas a nosotros. Cuando vemos a los judíos convertidos a Cristo comer libremente aquellos alimentos que la Ley les prohibía, ¿cómo excusarlos de culpa sino porque afirmamos que Dios se lo permite ahora? Si, pues, tal comida -antes prohibida y ahora permitida- carece de pecado y no supone el desprecio a Dios, ¿quién podrá decir que hay pecado en aquello que ha hecho lícito el permiso divino?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Pedro R. Santidrián. ISBN: 84-487-0159-3.]

jueves, 27 de diciembre de 2018

Malva. Historia del color que cambió el mundo.- Simon Garfield (1960)


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9.-Envenenar a la clientela

«Un químico alemán, el doctor Springmuhl, juntó en 1870 catorce muestras de tinte magenta comercial, remitidas por amigos europeos, y comprobó si había en ellas trazas de arsénico. Algunos de sus hallazgos fueron alarmantes. Obtuvo que nueve de las muestras contenían al menos un 2 por 100 de arsénico, y cinco entre el 4,3 y el 6,5 por 100. El color estaba envenenando a sus compradores.
 El gobierno alemán patrocinó esos análisis porque algunos de sus miembros se inquietaron al leer en los periódicos que los tintes de anilina habían causado inflamaciones en la piel de las mujeres. Bajo la gran presión de los fabricantes de tintes, la industria que más deprisa crecía de la nación, el gobierno alemán declaró que las mujeres no tenían nada que temer. Las investigaciones del doctor Springmuhl se extendieron al examen del efecto de sus tintes en diez centímetros cuadrados de lana y se halló que, si bien el baño de tinte seguía conteniendo niveles altos de arsénico venenoso, sólo pasaba a la superficie del tejido teñido una fracción muy pequeña, una diezmilésima de gramo.
 Para gran alivio de BASF y AGFA, el gobierno decidió ignorar otro dato estadístico: el tejido teñido se consideraba seguro, pero tras el primer lavado se encontraban en el agua trazas apreciables de arsénico, lo que daba a entender que los tintes más baratos distaban de tener fijo el color y presentaban un riesgo notable una vez expuestos a la lluvia o a la transpiración.
 El dilema se las traía, pero no era nuevo. William Cowper, comisionado jefe de fábricas, le había pedido en 1862 a August Hofmann que examinase los componentes verdes de un tocado de baile femenino. Vio que abundaba en él el verde arsenical Schweinfurt. Hofmann señaló que la misma sustancia se usaba en muchos trajes de baile y con frecuencia en el papel pintado; en Baviera habían prohibido este uso. Concluía: "Se admitirá, creo, que la reina del baile, coronada de arsénico, gira que te gira por el salón envuelta en una nube de arsénico, no se presenta en ningún caso como un objeto de contemplación muy atractivo, pero el espectáculo ¿no se torna en verdad melancólico cuando nuestros pensamientos se encaminan al pobre artista envenenado que tejió la alegre guirnalda, esforzándose por prolongar una existencia enfermiza y miserable socavada ya por esa destructiva ocupación?"
 La casa de tintes suiza "J.J. Muller-Pack and Co." tuvo que enfrentarse a una crisis sanitaria tan extrema que se vino abajo. La firma había arrendado unos terrenos en dos lugares distintos a una empresa tintorera tradicional, J. G. Geigy; producía violeta, azul y verde de anilina, malva y fucsina. El director de la empresa visitó Manchester para que "Roberts, Dale ans Co." le concediesen los derechos del negro de anilina y es posible que viera a Perkin y hablase con él de otros colores. El negocio fue boyante hasta 1864, cuando quienes vivían a poca distancia de sus dos fábricas de Basilea empezaron a caer enfermos por culpa del agua de los pozos. Un caso sonado fue el de la familia y el personal de un acomodado terrateniente que enfermaron tras beber té.
 Una investigación descubrió que el agua de los alrededores tenía "un extraño y desagradable olor mal definido. [...] El agua potable corriente no podía oler así". Se juzgó que "Muller-Pack and Co." era culpable de contaminar con arsénico y la multaron y obligaron a cerrar. El tribunal humilló al fundador de la compañía al ordenarle que entregase de su propia mano agua potable limpia a los lugareños. Nuevas leyes contra la contaminación causaron cierto efecto en la conducta de otros fabricantes de anilina europeos, en especial el deseo alemán de trasladar las fábricas a las riberas del Rin, donde la corriente desperdigaría los efluentes y haría que se perdiesen de vista.
 Pero la polémica sanitaria no remitió. Inglaterra fue el siguiente campo de batalla, en particular, en 1884, las páginas de The Times y de las revistas médicas. La cuestión principal en ese momento era la permanencia del color: aunque muchos de los primeros tintes conservaban sus intensos colores tras muchos lavados, tintoreros menos expertos y con menos escrúpulos estaban realizando por entonces productos de calidad inferior, a veces con resultados inadmisibles. Unos años después de la encuesta alemana fue publicada en The Times una carta firmada por un corresponsal que se llamaba a sí mismo "Padre de Familia". "La estación, inusualmente cálida, ha producido numerosas dolencias, inexplicables erupciones cutáneas, que se han atribuido al calor o al estado febril del sistema. La verdadera causa, sin embargo, es a menudo la que nos enseña la exposición del señor Startin, miembro del Real Colegio de Cirujanos, en el cuadrante este de la Feria de la Salud, que muestra ejemplos horribles de enfermedades de la piel causadas por haber llevado, en estado de transpiración, medias o calcetines y pantalones de franela coloreados con tintes de anilina".
 James Startin, médico que enseñaba en el St. John's Hospital de enfermedades cutáneas de Londres, llenó una vitrina con ejemplos de los efectos espantosos de la anilina en la piel, incluidas unas fotos de terribles erupciones purulentas. Al lado había una colección de tintes naturales obtenidos de plantas y de insectos, el índigo, la cochinilla, el alazor, que eran totalmente inocuos. [...]
 El editorial dudaba de la severidad de la mayoría de los presuntos casos y apoyaba el infatigable desarrollo industrial. A falta de leyes que prohibiesen los tintes artificiales que, por consiguiente, dañarían gravemente a las plantas de tintes y el comercio textil, poco se podía hacer, salvo aconsejar a los lectores que estuviesen alerta. La revolución del color sintético había ido ya demasiado lejos para volver atrás. [...]
 En lugar de pensar en que se imitara a Persia o a Suecia (cuyas restricciones estaban en buena medida dictadas por inquietudes más proteccionistas que sanitarias), The Times confiaba en la responsabilidad de los industriales británicos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 2001, en traducción de Juan Pedro Campos Gómez. ISBN: 84-8307-385-4.]

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Los puentes de Madison County.- Robert James Waller (1939-2017)


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Robert Kincaid

«Hasta su madre notaba que en él había algo diferente. Robert no habló hasta los tres años y luego empezó a hacerlo con oraciones completas; a los cinco años sabía leer. En la escuela era un estudiante indiferente que frustraba a sus profesores. Miraban sus coeficientes de inteligencia y le hablaban de lograr cosas, de hacer lo que era capaz de hacer; le decían que podía llegar a ser lo que quisiese. Uno de sus profesores de la secundaria escribió lo siguiente en una evaluación: "Robert piensa que las pruebas de inteligencia son una forma muy deficiente de juzgar la capacidad de la gente porque no pueden explicar lo mágico, que tiene su propia importancia, no sólo en sí mismo sino como complemento de la lógica. Sugiero conversar con sus padres."
 La madre conversó con varios profesores. Cuando los profesores le hablaban de la conducta algo recalcitrante de Robert dadas sus posibilidades, decía: "Robert vive en un mundo propio, inventado por él. Sé que es mi hijo, pero a veces tengo la sensación de que no ha venido de mi marido y de mí, sino de otro lugar al que está intentando volver. Aprecio el interés que ustedes se toman y trataré una vez más de estimularlo a que trabaje más en la escuela."
 Pero él se contentaba con leer todos los libros de aventuras y viajes que encontraba en la biblioteca de la escuela, y el resto del tiempo andaba solo. Pasaba los días junto al río que corría por las afueras de la ciudad y pasaba por alto fiestas, partidos de fútbol y las cosas así, que lo aburrían. Pescaba, nadaba, caminaba y se acostaba sobre la hierba, escuchando voces lejanas y se imaginaba que era el único en oírlas. Hay brujos por aquí, se decía. Si uno calla y no se cierra, los oye, están ahí. Y le hubiera gustado tener un perro para compartir esos momentos.
 No había dinero para la universidad. Tampoco deseaba ir. Su padre trabajaba mucho y era bueno con su madre y con él, pero el trabajo en una fábrica de válvulas no dejaba mucho para otras cosas, ni para alimentar a un perro. Robert tenía dieciocho años cuando murió su padre, de manera que se alistó en el ejército para poder mantenerse a sí mismo y a su madre en la época más dura de la Gran Depresión. Estuvo en el ejército cuatro años, pero esos cuatro años cambiaron su vida.
 Debido al misterioso funcionamiento de la mente militar, le asignaron la tarea de ayudante de fotógrafo, aunque ni siquiera sabía poner un rollo en una cámara. Pero ese trabajo le reveló su vocación. Los detalles técnicos no le plantearon dificultades. En un mes, no sólo hacía el revelado para dos fotógrafos del equipo, sino que también le permitían realizar solo los proyectos sencillos.
 Uno de los fotógrafos, Jim Peterson, le tenía simpatía y dedicó horas extra a enseñarle las sutilezas fotográficas. Robert Kincaid tomó prestados libros de fotografías y de arte de la biblioteca de Fort Monmouth y los estudió. Desde el principio le gustaron particularmente los impresionistas franceses y el uso de la luz en Rembrandt.
 Con el tiempo, comenzó a darse cuenta de que era esa luz lo que fotografiaba, no los objetos. Los objetos eran meros vehículos para reflejar la luz. Si la luz era buena, siempre se podía encontrar algo que fotografiar. Entonces empezaban a venderse las cámaras de treinta y cinco milímetros; Robert compró una Leica usada en una tienda local. La llevó a Cape May, en New Jersey, y se pasó una semana de su permiso fotografiando la vida en la playa.
 Otra vez fue en autobús a Maine e hizo autostop por la costa. Desde Stonington, la lancha correo le llevó de madrugada hasta la isla de Au Haut, donde acampó. Luego, cruzó en ferry la bahía de Fundy hasta Nueva Escocia. Empezó a tomar notas sobre sus composiciones fotográficas y sobre los lugares que quería volver a visitar. Cuando salió del ejército, a los veintidós años, era bastante buen fotógrafo y encontró trabajo en Nueva York como ayudante de un conocido fotógrafo de modas.
 Las modelos eran hermosas; salió con unas cuantas y se enamoró un poco de una, hasta que ella se mudó a París y se separaron. Ella le dijo: "Robert, no estoy segura de quién eres o qué eres, pero, por favor, ven a verme a París." Él le dijo que iría, y lo dijo en serio, pero nunca fue. Años más tarde, cuando hacía un reportaje sobre las playas de Normandía, encontró el nombre de esa muchacha en la guía de teléfonos de París, la llamó y tomaron un café en un bar al aire libre. Ella estaba casada con un director de cine y tenía tres hijos.
 A Robert no le atraía demasiado la idea de la moda. La gente tiraba ropa perfectamente buena o la reformaba apresuradamente siguiendo las indicaciones de los dictadores de la moda europea. Le parecía muy estúpido y se sentía minusvalorado por tener que hacer fotografías de modas. "Uno es lo que produce", dijo al dejar ese trabajo.
 Su madre murió durante el segundo año que él estuvo en Nueva York. Volvió a Ohio, la enterró y luego un abogado le leyó el testamento. No había quedado mucho. Él no esperaba nada. Pero le sorprendió enterarse de que sus padres habían ahorrado algo después de pagar la hipoteca de la casita de Franklin Street donde habían pasado toda su vida de casados. Robert vendió la casa y compró equipo fotográfico de primera clase con el dinero. Mientras le pagaba la cámara al vendedor, pensó en los años que su padre había trabajado para ganar esos dólares y en la vida sencilla que habían llevado.
 Algunos de sus trabajos comenzaron a salir en revistas. Después, lo llamaron del National Geographic. Habían visto en un calendario una foto tomada por él en Cape May. Habló con ellos, le dieron un trabajo de poca importancia, que realizó de forma muy profesional y con eso se abrió camino.
 El ejército volvió a llamarlo en 1943. Fue con los marines a arrastrarse por las playas del Pacífico sur, con las cámaras colgadas de los hombros, tendido de espaldas, fotografiando a los hombres que salían de los vehículos anfibios. Vio el terror en sus rostros, lo sintió él mismo. Los vio partidos en dos por el fuego de las ametralladoras, los vio pedir ayuda a Dios y a sus madres. Lo captó todo, sobrevivió y nunca se sintió fascinado por la supuesta gloria y aventura del reportaje de guerra.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B.S.A., 1995, en traducción de Alicia Steimberg. ISBN: 84-96142-10-8.]