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domingo, 18 de enero de 2026

Introducción a la Historia de la Edad Media europea.- Emilio Mitre (1941)

9.- El régimen feudovasallático y la sociedad feudal
La evolución del vasallaje en el mundo medieval

 «Siguiendo la pauta marcada por F.L.Ganshof, las relaciones de dependencia feudovasalláticas atravesaron por tres momentos a lo largo del Medievo.
 a) Los orígenes precarolingios:
 El feudalismo hinca sus raíces militares en la vieja costumbre germana, descrita por Tácito, del comitatus, grupo de guerreros (los comites) que combaten en estrecha y voluntaria unión con un jefe. La inestabilidad por la que atravesaron los reinos germánicos desde el siglo VI (en particular la Galia de los sucesores de Clodoveo) propició la expansión de estas fórmulas que cristalizaron en un acto jurídico -la comendatio-. Por ella, un hombre libre se ponía al servicio de otro que le daba a cambio protección, pero sin ir ello en menoscabo de su primitivo estatuto de libertad. Son los ingenui in obsequio que con el tiempo irán tomando otros nombres no menos genéricos. El de vassus o vasallus hará fortuna.
 En la Europa precarolingia nos encontramos con diversas modalidades de relación personal, aunque todas ellas tengan un fondo común: en la Galia merovingia son los antrustiones, al servicio del rey, y los gasindi, al de un noble. La forma de pagar el servicio oscila entre la manutención directa o la entrega de una tierra (el beneficium) en concepto de tenencia, rara vez de plena propiedad. 
 En la España visigoda, los trabajos de una serie de autores, en especial de Sánchez Albornoz, permiten hablar de la existencia de elementos prefeudales de indudable interés: gardingos y bucelarios desempeñaron en España, respectivamente, el papel de los antrustiones y gasindi del otro lado del Pirineo. La remuneración de servicios fue también semejante.
 b) El vasallaje de época carolingia: 
 [...] Desde fines del siglo IX, el término "beneficio" encuentra otro que le va a hacer una afortunada competencia: el de "feudo". 
 [...]
 c) El vasallaje bajo el feudalismo clásico:
 El período que transcurre entre el siglo X y el XIII conoce la plenitud del sistema institucional feudovasallático en su lugar de origen y la transmisión de algunas de sus peculiaridades hacia Inglaterra, la España cristiana y los Estados creados por los occidentales en Tierra Santa.
 Sobre las bases echadas en el período anterior, el contrato de vasallaje es un auténtico contrato sinalagmático que comprende:
 -El homenaje (literalmente, hacerse hombre de otro), término que sólo aparece a comienzos del siglo XI. Supone esencialmente la ceremonia de la inmixtio manuum.
 -El sacramentum fidelitatis: juramento hecho sobre los Libros Sagrados, de gran fuerza moral dada la trascendencia que la sociedad medieval daba a la fe en general.
 -El osculum, de mucha menor importancia.
 Las relaciones de vasallaje llevan implícito un conjunto de deberes:
 -Los del señor hacia el vasallo quedan bajo el denominador de mitium. Suponen la protección frente a los ataques y la manutención del subordinado a través del respeto al beneficio concedido.
 -Los deberes del vasallo hacia el señor se agrupan en dos conjuntos: el auxilium y el consilium. El primero es militar (rescatable con el pago de una cuota o escudaje), que comprende la ayuda al señor en las grandes expediciones (expeditio, hostis) o en pequeñas operaciones militares (equitatio o cavalcata); y económico en ocasiones muy concretas: rescate del señor si cae prisionero, ayuda si va a la Cruzada, cuando contrae matrimonio la hija mayor o cuando se arma caballero al primogénito. El consilium es mucho más simple: la obligación de asesorar al señor en las asambleas judiciales. No se trata, sin embargo, de un modelo único ya que los matices regionales que las instituciones feudales adquieren introducen una cierta variedad en los tipos de compromisos.
 La complejidad que fue adquiriendo el sistema feudal dio lugar, por un lado, a toda una jerarquía, desde los grandes señores a los modestos subvasallos (los vavassores) de príncipes territoriales. De otro lado, la sed de beneficios llevó a una pluralidad de compromisos: un vasallo a veces lo era (por los feudos recibidos) de varios señores a la vez. Como solución se ideó una distinción entre los compromisos contraídos por homenaje ligio, que obligaban por encima de todo, y los contraídos por homenaje plano o simple, mucho menos riguroso. Es lógico comprender el que los monarcas tratasen de reservarse el monopolio de la ligesse, en un intento de reforzar sus posiciones frente al acrecentamiento de poder de los grandes príncipes territoriales.
 El incumplimiento de los compromisos contraídos en la ceremonia del homenaje acarreaban una serie de sanciones que, sin embargo, hasta el sigo XII se mostraron prácticamente ineficaces. El recurso a las armas solventó con demasiada frecuencia las diferencias existentes entre vasallo y señor. En caso de procederse por la vía normal, la ruptura del compromiso se podía producir por alguna de las dos partes como resultado del incumplimiento de los deberes contraídos (felonía). Ello comportaba la disolución del contrato:
 -en caso de proceder el señor contra el vasallo, llevaba a cabo la confiscación del feudo, aunque en ocasiones se introducía, como sanción más suave, el embargo de éste;
 -en caso de que la iniciativa de ruptura partiese del vasallo, éste debía dar a conocer solemnemente su decisión y renunciar a su feudo: era el defi, o desnaturamiento según la expresión castellana.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Istmo, 1976, pp. 155-159. ISBN: 84-7090-040-4.]

domingo, 6 de julio de 2025

Escritos escogidos.- Justus Möser (1720-1794)

 

I.-Selección de textos de las "Fantasías patrióticas"
34.-Ningún ascenso por méritos

  «Siento mucho, querido amigo, que se le reconozcan tan poco sus méritos; su reivindicación de que en un Estado se deberían reconocer única y exclusivamente los méritos auténticos es la cosa más insólita, con su permiso, que haya podido imaginar en una hora ociosa. Yo, por lo menos, premiado o no premiado, jamás permanecería en un Estado en el que se tuviese por norma dedicarle todo el honor exclusivamente al mérito. Premiado, no me hubiese atrevido a presentarme ante un amigo por temor a humillarlo demasiado; no premiado, hubiera vivido como  en una especie de ofensa pública, porque cualquiera hubiera podido decir de mí: "Este hombre no tiene méritos". Créame usted: mientras seamos hombres, es mejor que también la suerte y el favor distribuyan de cuando en cuando los premios a que la sabiduría humana los conceda a cada uno en virtud de sus méritos; es mejor que la cuna y la edad determinen como valores auténticos la jerarquía del mundo. Sí, me atrevo a decir que incluso no podría existir servicio alguno, si todo ascenso se basara exclusivamente en los méritos. Pues todos aquellos que tuviesen la misma esperanza que el ascendido -y ése, naturalmente, sería el caso de todos los que de alguna forma tuviesen una buena opinión de sí mismos- se ofenderían y se considerarían ultrajados. Su modo de pensar se volvería contra él, contra el servicio y contra el señor, se separarían con odio y enemistad, y en poco tiempo veríamos entre todos los soldados y empleados del Estado los altercados que normalmente se ven sólo en la Corte o en la Universidad, que es donde la fama de los méritos personales se tiene más en cuenta y que, por tanto, produce todas las faltas anteriormente mencionadas. Por el contrario, considere usted el caso en el que uno es ascendido por su elevada cuna; aquél, por los  muchos años de servicio y de cuando en cuando también por una feliz coincidencia, de manera que cada cual es muy libre de acariciar la idea de que el mundo no funciona por méritos; nadie podrá considerarse enseguida ultrajado; la propia estimación se tranquiliza, y se piensa: "La suerte y el tiempo también nos traerán nuestro turno". Con estos pensamientos disipamos nuestra preocupación, concebimos nuevas esperanzas, seguimos trabajando, soportamos a los felices y no se entorpece el servicio; en vez de que el alférez intente disimuladamente perjudicar al teniente y éste al capitán si el superior es antepuesto al inferior sólo por poseer más méritos. La mayor discordia tiene lugar por lo común entre los generales porque los cometidos principales exigen a veces mayores méritos. La desavenencia sería general si los oficiales ascendieran conforme a los principios por los que los generales son elegidos para los diferentes cometidos.
 ¡Cuántas injusticias se cometerían en un Estado bajo la apariencia de fomentar los méritos! El principio no es siempre un juez prudente; tampoco puede dominar todo desde su puesto. A éste le influirá un valido; a aquél una querida, y seguramente el zoquete más audaz eliminaría al artista más sencillo; el adulador obsequioso, al pacífico hombre honrado; el inquieto planeador, al funcionario de Hacienda experimentado, y el resplandor, siempre a la verdad. El príncipe, que muy probablemente no sería un gran hombre comprensivo y honrado al mismo tiempo, se encontraría en el mayor de los apuros o se convertiría, bajo el pretexto de premiar el mérito, en un déspota oriental que primero, según un principio parecido, nombraría a un esclavo primer ministro, mezclando todas las clases de hombres y convirtiéndose en un monstruo. El que quisiera vivir tranquilo en el mundo, disfrutar de la dulzura de la amistad, conservar la aprobación de los honrados y fomentar grandes proyectos, negaría sus méritos y tendría que tener sumo cuidado en evitar una recompensa material por los mismos.
 Si los hombres no hubiésemos sido creados así, si cada uno no tuviera la mejor opinión de sí mismo, sin duda sería diferente. Mientras conservemos nuestra forma de ser actual y nuestras pasiones, mientras de algún modo sea necesario que todos tengamos una buena opinión de nosotros mismos, me parece que el ascenso según los méritos es precisamente un medio para enmarañarlo todo. Ya ahora existe entre los militares una especie de ley por la que el oficial más antiguo tiene que retirarse si se le coloca delante uno más joven. ¿Qué sucedería entonces si el ascenso fuese según méritos, si de pronto el general ayudante, que ahora está destinado como consejero de un general de edad, fuese antepuesto a éste y a todos los demás? ¿No se ofendería a todos ellos públicamente colocándolos en la tesitura de tener que servir más tiempo, si es el mérito el que decide todo?
 Es verdad que un gran rey de nuestra época ha inventado un medio para calmar los ánimos en estos casos. Con frecuencia pasa por alto la jerarquía con respecto a los años de servicio, prefiere a uno más apto que al de mayor edad y asciende después de algún tiempo a uno de los ignorados de forma tan lisonjera, que todo postergado siempre estará en duda de si el rey lo reservó para un ascenso mejor o lo relegó por falta de méritos. Un procedimiento así tendrá que ser considerado como algo extraordinario; el empleo de esas medidas sólo conviene al señor, a quien su entendimiento y experiencia capacitan para su uso. En cualquier otra mano sería lo más peligroso para la tranquilidad de los hombres y el camino más claro para la esclavitud más extrema.
 Usted me objetará que en los casos de grandes méritos también se encuentra siempre humildad y moderación, y con ayuda de estas virtudes, el que es feliz se reconciliaría fácilmente con el que es infeliz y se ahogarían las sensaciones de odio y envidia que se podrían producir en el corazón de todo relegado en detrimento del servicio. Tan pronto como se reconozcan y recompensen los méritos públicamente se le estimarán a uno la humildad y la moderación sólo para la política, y en este sentido no se podrá esperar ningún cambio. Sí, quiero decir que muchas veces la humildad sólo aumenta el enfado del no recompensado, porque él no pocas veces desea encontrar una falta en el que es feliz para, por su propia tranquilidad, poderlo odiar de una forma tanto más legal; así somos los hombres. Además, el Estado no equilibra los méritos como el profesor de moral. Aquél prefiere, con razón, a grandes talentos, aun cuando éstos vayan acompañados de orgullo e inmodestia, que a una humildad menos hábil.
 Ese Estado también sería muy desgraciado si no poseyera muchos, muchísimos más hombres con méritos de los que él pudiese recompensar; con este supuesto siempre sería desagradable para muchísimos hombres el tenerse que imaginar que el recompensado también sería el más excelente entre todos, que cada banda de una condecoración indicaría al mejor caballero. Ahora bien, pueden pensar para su tranquilidad que la suerte y no el mérito ha elevado a ése, o repetir con el poeta: "Aquí cubre una gran estrella un corazón pequeño". Si todo funciona según méritos, desaparecería completamente el consuelo necesario, y el zapatero que con gran contento martillea en sus hormas, mientras pueda pensar que podría remedar algo superior a las zapatillas de la señora del alcalde, de ningún modo podría ser feliz si en el mundo se considerasen unos méritos.
 Por tanto, querido amigo, ¡deje que desaparezcan esos pensamientos exaltados sobre la felicidad de un Estado en el que todo habría de regirse según los méritos! Donde gobiernan hombres y sirven hombres, la cuna, la edad o los años de servicio son todavía la regla más segura y la menos ofensiva para los ascensos. Al genio creador o a la capacidad verdadera no le va a perjudicar esta regla; pero una excepción de este tipo es muy rara, y sólo ofenderá a los malos corazones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición preparada por Mª Luisa Esteve Montenegro, pp. 136-139. ISBN: 84-276-0647-8.]

domingo, 15 de diciembre de 2024

Cien años de soledad.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

 

 «Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se sorprendió de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor, y con tres amantes que instaló en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca. Apenas sí leía los despachos telegráficos que informaban de operaciones rutinarias. En cierta ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la evacuación de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional.
 -No me molestes por pequeñeces -le ordenó él-. Consúltalo con la Divina Providencia.
 Era tal vez el momento más crítico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los políticos que capitalizaban la guerra desde el exilio habían repudiado públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano Buendía, pero hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer sus versos, que ocupaban más de cinco tomos y que permanecían olvidados en el fondo del baúl. De noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una de sus mujeres y obtenía de ella una satisfacción rudimentaria, y luego dormía con un sueño de piedra que no era perturbado por el más ligero indicio de preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso, por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la grandeza. Se complacía en mantener a la diestra al duque de Marlboroug, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo atuendo de pieles y uñas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños. Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después del fusilamiento del general Moncada, se apresuró a cumplir la última voluntad de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, pero no le permitió pasar de la puerta.
 -No entre, coronel -le dijo-. Usted mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.
 El coronel Aureliano Buendía no dio ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró el sosiego cuando su guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. "Cuídate el corazón, Aureliano", le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez. "Te estás pudriendo vivo". Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontró de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes. Había, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un juicio por malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio de aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Teófilo Vargas. Era un indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocación mesiánica que suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la revolución con el propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos. El general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas desbarató la coalición de los comandantes mejor calificados y se apoderó del mando central. "Es una fiera de cuidado", les dijo el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales. "Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el Ministro de la Guerra". Entonces un capitán muy joven que siempre se había distinguido por su timidez levantó un índice cauteloso:
 -Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.
 El coronel Aureliano Buendía no se alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma en que se anticipó una fracción de segundo a su propio pensamiento:
 -No esperen que yo dé esa orden -dijo.
 No la dio, en efecto. Pero quince días después el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central. La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes, despertó sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un frío interior que le rayaba los huesos y lo mortificaba inclusive a pleno sol le impidió dormir bien varios meses, hasta que se le convirtió en una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón. Buscando un remedio contra el frío, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aún antes de que él las concibiera y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar. Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente que lo aclamaba en los pueblos vencidos y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo. Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a ellos y que decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido y más solitario que nunca. Tuvo la convicción de que sus propios oficiales le mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. "El mejor amigo -solía decir entonces- es el que acaba de morir". Se cansó de la incertidumbre, el círculo vicioso de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni cómo ni hasta cuándo. Siempre había alguien fuera del círculo de tiza. Alguien a quien la hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar: "Todo normal, mi coronel". Y la normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra infinita: que no pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que habría de acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de sus recuerdos más antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron la llegada de una comisión de su partido autorizada para discutir la encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin despertar por completo.
 -Llévenlos donde las putas -dijo.
 Eran seis abogados de levita y chistera que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de noviembre.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, pp. 180-183. ISBN: 84-7530-035-9.]

domingo, 28 de julio de 2024

Cuentos populares de Asia / 2.- Anónimo (...)

 

¿Es que todos no somos seres humanos? 
(cuento de Laos)

 «Érase una vez un Rey que emprendió un largo viaje en su barca real, seguido por otra barca donde iban los consejeros reales. Era un día muy caluroso pues el sol calentaba con ardor y los remeros tenían que remar río arriba durante muchas horas, mientras el Rey y los consejeros descansaban cómodamente tumbados bajo los toldos de las barcas.
 Los cuerpos de los remeros estaban cubiertos de sudor y uno de ellos empezó a gemir:
 -Realmente esto no está bien -dijo al remero que estaba a su lado-. ¿Es que todos no somos seres humanos? ¿Por qué nosotros tenemos que realizar todo el trabajo mientras que estos perezosos consejeros descansan a la sombra? Después de todo, somos hombres y todos estamos sujetos al Rey, así es que ellos también deberían remar.
 Aunque el rey tenía los ojos cerrados, oyó todo lo que decían los remeros. Pero fingió que seguía dormitando.
 Al final del día amarraron junto a un pequeño templo para dormir en las barcas. Después de que hubieron comido, los remeros se quedaron dormidos al instante; incluso algunos de ellos hasta roncaron. Pero el Rey, que permanecía aún despierto, oyó un ruido que procedía del templo. Despertó al remero que se había quejado y le envió para que viese de dónde procedía el ruido.
 Cuando volvió el remero, el Rey le preguntó:
 -¿De dónde procede el ruido?
 -Son algunos perrillos que están haciendo ese ruido -repuso el remero.
 -¿Cuántos perrillos son? -preguntó el Rey.
 El remero, como no lo sabía, volvió para comprobarlo. Cuando regresó dijo:
 -Son cinco perrillos.
 -¿Son los perrillos machos o hembras? -preguntó el Rey.
 Volvió a ver, y regresó, diciéndole al Rey:
 -Hay tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son? -preguntó el Rey.
 El remero volvió a verlo. Cuando estuvo de vuelta, dijo:
 -Son blancos, negros y marrones.
 Entonces el Rey despertó a uno de sus consejeros reales y le pidió que fuese a ver quién hacía aquel ruido.
 Pocos minutos después, el consejero estuvo de regreso y dijo:
 -Son algunos perrillos, que están haciendo ruido.
 -¿Cuántos perrillos? -preguntó el Rey.
 -Cinco -repuso el consejero.
 -¿Son machos o hembras? -preguntó el Rey.
 -Son tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son?
 -Los perrillos son blancos, negros y marrones y la madre es negra. Pertenecen a un sacerdote del templo.
 Entonces el Rey, volviéndose al remero, le dijo:
 -Tú has tenido que ir cuatro veces para dar respuesta a mis preguntas, pero mi consejero solamente ha tenido que ir una vez. Ahora comprenderás por qué algunos hombres son remeros y otros consejeros reales, aunque todos sean seres humanos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Doncel, 1982, en versión de Thit Boon Phoydouangdi, traducción al inglés de Sang Seunsom y traducción al español de Carmen Bravo-Villasante, pp. 161-165. ISBN: 84-325-0383-5.]   

domingo, 16 de octubre de 2022

El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa.- Ruth Benedict (1887-1948)


Ruth Benedict - Wikipedia, la enciclopedia libre
3.-Cada uno en su lugar


 «A pesar de su reciente occidentalización, el Japón es todavía una sociedad aristocrática. Cada saludo, cada contacto personal, debe indicar el tipo y grado de la distancia social que existe entre unos y otros. Cuando una persona dice a otra “come” o “siéntate”, utiliza palabras diferentes si se dirige a un familiar, si habla a un inferior o a un superior. Existe un “tú” o un “usted” diferente que debe utilizarse en cada caso, y los verbos tienen formas distintas para cada uno de ellos. En otras palabras, los japoneses tienen lo que se llama un “lenguaje de respeto”, como lo tienen muchos otros pueblos del Pacífico, y lo acompañan con reverencias e inclinaciones adecuadas. Este comportamiento se rige por meticulosas normas y convencionalismos. No basta saber ante quién se inclina uno, sino que es necesario saber cuánto se tiene uno que inclinar. Un saludo que sería adecuado para determinada persona podrá ser considerado como un insulto por otra que se hallase en una relación ligeramente distinta con el que saluda. Y la gama de las reverencias va desde la postura de rodillas en que se inclina el cuerpo hasta tocar con la frente las palmas de las manos, colocadas sobre el suelo, a la simple inclinación de la cabeza y los hombros. Uno debe aprender, y desde edad muy temprana, la reverencia adecuada para cada caso particular. No se trata sólo de tener siempre presentes las diferencias de clase — en todo caso, importantísimas—; también deben tenerse en cuenta el sexo, la edad, los lazos familiares y cualquier clase de relación previa entre dos personas.
 Incluso entre las mismas dos personas se requieren diversos grados de respeto en diferentes ocasiones: un civil puede tratar familiarmente a otra persona y no inclinarse ante ella; pero cuando lleva uniforme militar, su amigo, si viste de paisano, se inclinará ante él. Cumplir con las normas establecidas por la jerarquía es un arte que requiere el equilibrio de innumerables factores, algunos de los cuales pueden excluir a los otros en un determinado caso, o bien añadirse a ellos.
 Existen, naturalmente, personas que se tratan con poca ceremonia. En Estados Unidos, esto se aplica a las personas del círculo familiar. Nosotros abandonamos incluso las más simples formalidades de la etiqueta cuando entramos en el seno de nuestra familia. En el Japón es precisamente en la familia donde las normas de respeto se aprenden y observan más meticulosamente. Cuando la madre todavía lleva al niño atado a la espalda, ya le obliga —apoyando su propia mano en la cabeza del hijo— a inclinarse, y las primeras lecciones del pequeño consisten en aprender a comportarse respetuosamente con su padre y su hermano mayor.
 La mujer se inclina ante su marido; el niño, ante su padre; los hermanos menores, ante los mayores, y la hermana se inclina ante todos sus hermanos, cualquiera que sea la edad de éstos. No se trata de un gesto vacío de sentido; significa que el que se inclina reconoce el derecho del otro a actuar como desee respecto a cosas de las cuales quizá prefiera hacerse cargo él mismo, y el que recibe el cumplido reconoce a su vez ciertas responsabilidades que le incumben en razón del puesto que ocupa. La jerarquía basada en el sexo, en la edad y en la primogenitura forma parte integrante de la vida familiar.
 La piedad filial es, naturalmente, una de las normas éticas más importantes del Japón, que comparte con China. La formulación china de este principio fue adoptada en época temprana por el Japón, junto con el budismo, la ética confucionista y la antiquísima cultura china, en los siglos VI y VII después de Cristo. Pero el carácter de la piedad filial hubo necesariamente de sufrir modificaciones para poder adaptarse a la estructura peculiar de la familia japonesa. En China, incluso hoy, uno debe lealtad al enorme y ramificado clan al que pertenece. A veces se trata de un clan con jurisdicción sobre cientos de miles de personas, de las cuales recibe apoyo. Las circunstancias varían según las diversas partes de este extenso país, pero en muchos lugares de China todas las personas de una aldea son miembros de un mismo clan. Entre los 450 millones de habitantes que ahora tiene China, no hay más de 470 apellidos, y todas las personas que llevan el mismo patronímico se consideran en cierto grado hermanos de clan. En una zona determinada puede suceder que todos los habitantes sean de un mismo clan y que, además, pertenezcan a él familias que viven en ciudades muy apartadas. En zonas populosas como Kwangtung, todos los miembros del clan contribuyen a sostener grandes santuarios y en determinados días veneran hasta mil tablillas ancestrales de los miembros fallecidos que descienden de un antepasado común. Los clanes poseen propiedades, tierras y templos, y administran fondos que se utilizan para pagar la educación de alguno de los niños del clan que parece prometer más. Se mantienen en contacto con los miembros dispersos y publican complicadas genealogías que son puestas al día cada diez años, aproximadamente, a fin de dar a conocer los nombres de aquellos que tienen derecho a compartir sus privilegios. Tienen leyes ancestrales que llegan incluso a prohibirles entregar al Estado a alguien de la familia acusado de un crimen, si el clan no está de acuerdo con las autoridades. En la época imperial, estas grandes comunidades de clanes semiautónomos eran gobernados, no muy rígidamente, en nombre del Estado, mediante mandarinatos encabezados por funcionarios estatales rotatorios que no eran de la región.
 En el Japón todo esto era distinto. Hasta mediados del siglo XIX, solamente las familias nobles y los guerreros (samurai) tenían derecho a utilizar apellidos. Los apellidos eran fundamentales en el sistema de clanes del pueblo chino, y sin ellos, o sin un equivalente, no puede desarrollarse la organización del clan. En algunas tribus, el equivalente podía ser el mantenimiento de una genealogía. Pero en el Japón solamente la clase alta mantenía genealogías, e incluso en estas familias el registro se llevaba, como hacen las Hijas de la Revolución Americana en Estados Unidos, desde el momento presente hacia atrás, es decir, partiendo de la persona viva para retroceder en el tiempo, y no desde el pasado hacia el presente para incluir a todos los contemporáneos procedentes de un antepasado común, lo cual es muy distinto. Además, el Japón era un país feudal. La lealtad no se debía a un nutrido número de parientes, sino a un señor feudal, amo supremo y perpetuo, y la diferencia entre éste y los mandarines burocráticos temporales de China, que eran siempre extranjeros en sus distritos, no podía ser mayor. Lo importante en el Japón era pertenecer al feudo de Satsuma o al de Hizen. Cada persona estaba ligada a su feudo.
 Otra forma de institucionalizar los clanes es la adoración de los antepasados remotos o de los dioses del clan en santuarios o lugares sagrados. Esto habría sido posible para el “pueblo bajo” japonés, incluso al no contar con apellidos ni genealogías. Pero en el Japón no existe el culto a los antepasados remotos. En los santuarios en que el pueblo se reúne, todos los campesinos acuden juntos sin necesidad de probar la existencia de antepasados comunes. Se les llama “hijos” del dios del santuario, pero son “hijos” porque viven en su territorio. Estos campesinos están, naturalmente, ligados entre sí, como les ocurre a los campesinos de cualquier parte del mundo tras la residencia en el mismo lugar de innumerables generaciones, pero no son por ello un grupo cohesivo de un mismo clan que desciende de un antepasado común.
 La veneración debida a los antepasados se presta en un santuario muy diferente, situado en el cuarto de estar de la familia, donde se honra solamente la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos. En las familias japonesas de todas las clases sociales, se rinde diariamente homenaje ante este altar, y se coloca comida para los padres y los abuelos, así como para los parientes próximos a quienes se recuerda en vida y que están representados sobre el altar con lápidas en miniatura. En los cementerios nadie se ocupa de las tumbas de sus tatarabuelos, y la identidad de la tercera generación ancestral cae rápidamente en el olvido. Las relaciones familiares en el Japón se reducen casi a las mismas proporciones occidentales, siendo tal vez la familia francesa el equivalente más próximo.
 La “piedad filial” en el Japón es, pues, una cuestión limitada a los familiares más íntimos. Significa ocupar cada uno el sitio que le corresponde según la generación, el sexo y la edad, dentro de un grupo que incluye poco más que el propio padre, el padre del padre y sus hermanos y descendientes. Incluso cuando se trata de linajes importantes en los que a veces se incluyen grupos mayores, la familia se divide en líneas independientes y los hijos más jóvenes establecen ramificaciones familiares. Dentro de este limitado grupo familiar, las normas que regulan “el sitio correspondiente” son muy meticulosas. Se guarda una estricta obediencia a los mayores, hasta que éstos deciden “retirarse” formalmente (inkyo).
 Aun en nuestros días, un hombre con hijos ya mayores no realizará transacción alguna sin que haya sido aprobada por el abuelo, si éste no se ha retirado. Los padres deciden sobre el casamiento o el divorcio de sus hijos, incluso cuando éstos tienen treinta o cuarenta años. Al padre, como cabeza de familia, se le sirve el primero en las comidas, entra el primero en el baño familiar y recibe con una simple inclinación de cabeza las profundas reverencias de su familia. Hay en el Japón un acertijo popular que podría traducirse de esta forma: “¿Por qué un hijo que quiere dar consejos a sus padres se parece a un sacerdote budista que quiere tener pelos en la coronilla?”. (Los sacerdotes budistas van tonsurados.) La respuesta es: “Porque por mucho que quiera, no puede”.
 Ocupar el propio puesto significa tener en cuenta no sólo las diferencias generacionales, sino también las diferencias de edad. Cuando los japoneses desean expresar una confusión total, dicen que “no es ni hermano mayor ni hermano menor”, en el sentido en que nosotros decimos “no es ni carne ni pescado”, pues para los japoneses el hermano mayor debe mantenerse fiel a su condición con el mismo rigor con que un pez debe permanecer en el agua. El hermano mayor es el heredero. Los viajeros hablan de “ese aire de responsabilidad que el hijo mayor adquiere tan pronto en el Japón”. Comparte en alto grado las prerrogativas del padre. Antiguamente, su hermano menor dependía totalmente de él; ahora, especialmente en pueblos y aldeas, es el mayor quien se queda en casa aferrado a la rutina de siempre, mientras sus hermanos menores, en ocasiones, salen de ella para conseguir una educación más completa y mayores ingresos. Pero los antiguos hábitos impuestos por la jerarquía son muy fuertes.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Javier Alfaya Bula, pp. 41-45. ISBN: 978-84-2065-585-7.]

domingo, 22 de mayo de 2022

Vida y destino.- Vasili Grossman (1905-1964)


Vasili Grossman, el gran cronista de la II Guerra Mundial > Poemas ...
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 «En el campo de concentración alemán, Mijaíl Sídorovich Mostovskói tuvo oportunidad, por vez primera después del Segundo Congreso del Komintern, de aplicar su conocimiento de lenguas extranjeras. Antes de la guerra, cuando vivía en Leningrado, había tenido escasas ocasiones de hablar con extranjeros. Ahora recordaba los años de emigración que había pasado en Londres y en Suiza, donde él y otros camaradas revolucionarios hablaban, discutían, cantaban en muchas lenguas europeas.
 Guardi, el sacerdote italiano que ocupaba el catre junto a Mostovskói, le había explicado que en el Lager vivían hombres de cincuenta y seis nacionalidades.
 Las decenas de miles de habitantes de los barracones del campo compartían el mismo destino, el mismo color de tez, la misma ropa, el mismo paso extenuado, la misma sopa a base de nabo y sucedáneo de sagú que los presos rusos llamaban "ojo de pescado" . Para las autoridades del campo, los prisioneros sólo se distinguían por el número y el color de la franja de tela que llevaban cosida a la chaqueta: roja para los prisioneros políticos, negra para los saboteadores, verde para los ladrones y asesinos.
 Aquella muchedumbre plurilingüe no se comprendía entre sí, pero todos estaban unidos por un destino común. Especialistas en física molecular o en manuscritos antiguos yacían en el mismo camastro junto a campesinos italianos o pastores croatas incapaces de escribir su propio nombre. Un hombre que antes pedía el desayuno a su cocinero y cuya falta de apetito inquietaba al ama de llaves, ahora marchaba al trabajo al lado de aquel otro que toda su vida se había alimentado a base de bacalao salado. Sus suelas de madera producían el mismo ruido al chocar contra el suelo y ambos miraban a su alrededor con la misma ansiedad para ver si llegaban los Kostträger, los portadores de los bidones de comida, los "kostrigui" como los llamaban los prisioneros rusos.
 Los destinos de los hombres del campo, a pesar de su diversidad, acababan por semejarse. Tanto si su visión del pasado se asociaba a un pequeño jardín situado al borde de una polvorienta carretera italiana, como si estaba ligada al bramido huraño del mar del Norte o a la pantalla de papel anaranjado en la casa de un encargado en las afueras de Bobruisk, para todos los prisioneros, del primero al último, el pasado era maravilloso.
 Cuanto más dura había sido la vida de un hombre antes del campo, mayor era el fervor con el que mentía. Aquellos embustes no servían a ningún objetivo práctico; más bien representaban un himno a la libertad: un hombre fuera del campo no podía ser desgraciado…
 Antes de la guerra aquel campo se denominaba campo para criminales políticos.
 El nacionalsocialismo había creado un nuevo tipo de prisioneros políticos: los criminales que no habían cometido ningún crimen.
 Muchos ciudadanos iban a parar al campo por haber contado un chiste de contenido político o por haber expresado una observación crítica al régimen hitleriano en una conversación entre amigos. No habían hecho circular octavillas, no habían participado en reuniones clandestinas. Se los acusaba de ser sospechosos de poder hacerlo.
 La reclusión de prisioneros de guerra en los campos de concentración para prisioneros políticos era otra de las innovaciones del fascismo. Allí convivían pilotos ingleses y americanos abatidos sobre territorio alemán, comandantes y comisarios del Ejército Rojo. Estos últimos eran de especial interés para la Gestapo y se les exigía que dieran información, colaboraran, suscribieran toda clase de proclamas.
 En el campo había saboteadores: trabajadores que se habían atrevido a abandonar el trabajo sin autorización en las fábricas militares o en las obras en construcción. La reclusión en campos de concentración de obreros cuyo trabajo se consideraba deficiente también era un hallazgo del nacionalsocialismo.
 Había en el campo hombres con franjas de tela lila en las chaquetas: emigrados alemanes huidos de la Alemania fascista. Era ésta, asimismo, una novedad introducida por el fascismo: todo aquel que hubiera abandonado Alemania, aun cuando se hubiera comportado de manera leal a ella, se convertía en un enemigo político.
 Los hombres que llevaban una franja verde en la chaqueta, ladrones y malhechores, gozaban de un estatus privilegiado: las autoridades se apoyaban en los delincuentes comunes para vigilar a los prisioneros políticos.
 El poder que ejercía el preso común sobre el prisionero político era otra manifestación del espíritu innovador del nacionalsocialismo.
Vida y destino (Narrativa): Amazon.es: Grossman, Vasili: Libros En el campo había hombres con un destino tan peculiar que no habían podido encontrar tela de un color que se ajustara convenientemente al suyo. Pero también el encantador de serpientes indio, el persa llegado de Teherán para estudiar la pintura alemana, el estudiante de física chino habían recibido del nacionalsocialismo un puesto en los catres, una escudilla de sopa y doce horas de trabajo en los Plantages.
 Noche y día los convoyes avanzaban en dirección a los campos de concentración, a los campos de la muerte. El ruido de las ruedas persistía en el aire junto al pitido de las locomotoras, el ruido sordo de cientos de miles de prisioneros que se encaminaban al trabajo con un número azul de cinco cifras cosido en el uniforme. Los campos se convirtieron en las ciudades de la Nueva Europa. Crecían y se extendían con su propia topografía, sus calles, plazas, hospitales, mercadillos, crematorios y estadios.
 Qué ingenuas, qué bondadosamente patriarcales parecían ahora las viejas prisiones que se erguían en los suburbios urbanos en comparación con aquellas ciudades del campo, en comparación con el terrorífico resplandor rojo y negro de los hornos crematorios.
 Uno podría pensar que para controlar a aquella enorme masa de prisioneros se necesitaría un ejército de vigilantes igual de enorme, millones de guardianes. Pero no era así. Durante semanas no se veía un solo uniforme de las SS en los barracones. En las ciudades-Lager eran los propios prisioneros los que habían asumido el deber de la vigilancia policial. Eran ellos los que velaban por que se respetara el reglamento interno en los barracones, los que cuidaban de que a sus ollas sólo fueran a parar las patatas podridas y heladas, mientras que las buenas y sanas se destinaban al aprovisionamiento del ejército.
 Los propios prisioneros eran los médicos en los hospitales, los bacteriólogos en los laboratorios del Lager, los porteros que barrían las aceras de los campos. Eran incluso los ingenieros que procuraban la luz y el calor en los barracones y que suministraban las piezas para la maquinaria.
 Los kapos —la feroz y enérgica policía de los campos— llevaban un ancho brazalete amarillo en la manga izquierda. Junto a los Lagerälteste, Blockälteste y Stubenälteste, controlaban toda la jerarquía de la vida del campo: desde las cuestiones más generales hasta los asuntos más personales que tenían lugar por la noche en los catres. Los prisioneros participaban en el trabajo más confidencial del Estado del campo, incluso en la redacción de las listas de « selección» y en las medidas aplicadas a los prisioneros en las Dunkel-kammer, las celdas oscuras de hormigón. Daba la impresión de que, aunque las autoridades desaparecieran, los prisioneros mantendrían la corriente de alta tensión de los alambres, que no se desbandarían ni interrumpirían el trabajo.
 Los kapos y Blockälteste se limitaban a cumplir órdenes, pero suspiraban y a veces incluso vertían algunas lágrimas por aquellos que conducían a los hornos crematorios… Sin embargo, ese desdoblamiento nunca llegaba hasta el extremo de incluir sus propios nombres en las listas de selección. A Mijaíl Sídorovich se le antojaba particularmente siniestro que el nacionalsocialismo no hubiera llegado al campo con monóculo, que no tuviera el aire altivo de un cadete de segunda fila, que no fuera ajeno al pueblo. En los campos, el nacionalsocialismo campaba a sus anchas pero no vivía aislado del pueblo llano: gustaba de sus burlas y sus bromas desataban las risas; era plebeyo y se comportaba de modo campechano; conocía a la perfección la lengua, el alma y la mentalidad de aquellos a los que había privado de libertad.»

    [El texto pertenece a la edición española de Editorial Círculo de Lectores, 2007, en traducción de Marta-Ingrid Rebón Rodríguez, pp. 5-7. ISBN: 978-84-671-2716-1]

viernes, 30 de abril de 2021

Gente de las pusztas.- Gyula Illyés (1902-1983)


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9.-Los habitantes de las pusztas entre ellos. Su lenguaje social. Altercados. Regalos. Ocasiones para el regocijo.


 «Los criados escuchan los insultos con asiática indiferencia.
 -Sólo me gustaría saber a quién insulta ese pobre buey –me dijo una vez, ablandado y meneando la cabeza un criado después de recibir una sarta de improperios.
 Porque hasta los exabruptos se basan en una jerarquía precisa. El terrateniente increpa al administrador, éste a sus ayudantes, éstos al inspector, éste a los encargados, éstos a los criados. Y a continuación sólo vienen los niños y los bueyes.
 -A lo mejor insulta al carro –añadió-. Al carro y al árbol.  Y el árbol al Dios de los cielos que creó este…
 Así volvió, sin darse cuenta, de la momentánea blandura a los cauces de siempre.
 Las relaciones de los aldeanos se rigen por una etiqueta tan estricta y compleja como en la corte de los príncipes. Comunican, mediante gestos apenas perceptibles, los hechos o sentimientos difícilmente expresables: por ejemplo, si ven con agrado a un visitante o si el chico puede esperar algo de una muchacha a la que se acerca con buenas intenciones. Estos movimientos no sólo difieren según los pueblos, sino según los barrios e incluso según las temporadas. ¿Quién coge el sombrero del invitado, el dueño de la casa, su esposa o su hija? ¿Y dónde lo pone, en el perchero, sobre el baúl o sobre la cama? El visitante se entera en un instante de cosas que tardaría medio año en conocer si recurriese a las palabras. Un extraño no se entera nunca, claro. Pasé unas vacaciones escolares en B. y solía visitar a menudo a los vecinos que compartían la bodega con mis parientes. Al marcharme, siempre daba la mano a todos los presentes, y en una ocasión tendí la mano a la  hija de la familia. Ella me la estrechó cohibida, y hasta me dio la impresión de que se sonrojaba. Por la noche me enteré de que su padre la había zurrado sin piedad en cuanto me hube marchado.
 Cuando una muchacha le da la mano a un muchacho está diciendo: ¡confieso que tengo una relación con él y no me avergüenzo de ello! De hecho, sólo lo dice si el apretón de manos se produce en presencia de sus parientes. Además, esto sólo es así en la parte alta del pueblo, no en la baja. Aquí significa otra cosa.
 Entre la gente de la puszta no existen tales formalidades. Viven día y noche juntos y el roce es tan continuo que, a decir verdad, ni siquiera se saludan. Cuando esto ocurre, no se desean ni buenos días ni buenas tardes, sino que se comunican algún dato objetivo. “Hoy toca frío” dicen a primera hora de la mañana, y la respuesta es: “Pues sí, frío”. Quien se acerca con la azada es recibido por preguntas tales como: “¿Ya está?” o “¿Aún queda?” o “¿Falta mucho?” Y, si el interpelado es un hombre, la respuesta es: “Falta”, seguida de una retahíla de tacos.
 Solamente se suele saludar al entrar o salir de casa. Al llegar se dice “Alabado sea Dios” y, al marcharse, “Adiós”. Apenas conocen otras fórmulas. De la tía Szabó me despedí una vez diciendo:
 -Pues hasta luego, señora Szabó…
Y ella parpadeó un tanto perpleja y dijo, sonrojándose:
 -A ti también, alma mía.
 El contacto es muy estrecho en la pequeña comunidad de la puszta, porque casi todos están unidos por lazos de parentesco.
 Para los jóvenes, casi todos los mayores son padrinos. Yo tenía unos veinticinco y llamaba así no sólo a los padrinos de mis padres, sino a los de mis hermanos y primos, y también a sus padrinos de confirmación, que se consideraban parientes más cercanos que los del bautizo, puesto que a ellos les pedían luego sus ahijados que hicieran de padrinos de boda y se encargaran de organizarla.
 El contacto permanente y estrecho y el continuo sufrimiento los vuelven irritables. No se toleran mutuamente, como si vieran en el otro el reflejo de sí mismos. Los jóvenes se llevan bien. Los mayores se pelean. Rezongan, se envidian, se chinchan y serían los primeros en sorprenderse si alguien les dijera que a pesar de todo son solidarios los unos con los otros. Conviven como una manada de lobos: se enzarzan en peleas, la necesidad extrema o un botín casual los hacen llegar a las manos, pero así y todo nunca se abandonan.
 El tono llano de la gente de la puszta asombra a los extraños. Gente pacífica y sumisa en el fondo del alma, expresan con palabrotas hasta los parabienes y las muestras de cariño. Manifiestan mediante toda una paleta de maldiciones esos matices que los campesinos muestran a través de complejas costumbres. ¡Qué rica y variada es esa paleta! “¡Que no te alcance el rayo, pero que se empotre a un metro de distancia de ti!” Esto, por ejemplo, es una maldición, pero no se considera una ofensa. Cuando a una muchacha se le desea “¡Que el diablo se lleve a la novia en tu boda!”, de hecho se le está dirigiendo un cumplido. Son asimismo cariñosas las frases que animan a trabajar, tales como “No te quedes mirando el suelo, que de todos modos te pudrirás allí dentro” o “No dejes colgar la cabeza como un girasol”. Las advertencias reforzadas mediante una comparación a menudo sólo se expresan por amor al símil o al juego de palabras. Frases como “No te hagas esperar como una propina” actúan como un gesto amistoso y resultan regocijantes. Por supuesto, las hay también mucho más especiales, ingeniosas o duras. La gente de la puszta muestra una extraordinaria fantasía en este terreno.
 Uno podría creer que los hombres expresan sus sentimientos con la mayor precisión en los momentos culminantes de la pasión, arrastrados por un verdadero impulso lírico. Pero, aunque resulte extraño, no es así. La lengua del fervoroso enamorado se traba, y cuanto más sincero es su amor, más decididamente farfulla esos lugares comunes de los que la humanidad dispone desde Adán y Eva. La mayoría de las lenguas sólo cuentan con una o dos fórmulas esquemáticas para expresar ira o indignación. El vocabulario de algunas naciones es en este sentido tremendamente pobre. Los diversos grados de cólera extraen, de individuos pertenecientes a los más diversos niveles culturales, las mismas tres o cuatro palabras. No ocurre así entre la gente de la puszta. ¿Ha de atribuirse esto a nuestro ancestral lirismo?
 En mi infancia, fueron los insultos los que estimularon y quizá hasta formaron mis dotes artísticas. Me asombraban las acertadas observaciones, las audaces asociaciones y esas creaciones realmente artísticas que en la poesía se denominan metáforas. Muy temprano me preparé para escribir una tesis doctoral sobre la psicología de los improperios.
 La densa acumulación de adjetivos y su repentina descarga, así como el compás de los períodos, permiten suponer la existencia de ciertas leyes estructurales y rítmicas. La improvisación, que desde luego necesita de un importante tesoro de ideas y de una inspiración heredada y siempre dispuesta, nos recuerda la poesía de nuestros parientes lingüísticos, los vogules, cuya principal característica es, como bien sabemos, precisamente el improvisar. El cantante convierte en melodía sus propias experiencias o aventuras, sea un viaje, sea la caza de un oso, ateniéndose en todo momento a las pautas marcadas por el estribillo y el ritmo de las ideas. La capacidad de la gente de la puszta para soltar una retahíla de improperios casi interminable, pero nunca monótona, es parecida a la facultad de expresión artística de aquellos cantores y una prueba psicológica de nuestro parentesco.
 Me cuesta escuchar los tacos de los hombres cultos,  porque me parecen afectados y carentes de talento. Los improperios de la gente de la puszta, en cambio, me asombraron una y otra vez. Veía hasta humor en ellos. No cabe la menor duda de que se trataba de una variante de la poesía popular, ni de que una creación de extraordinario valor artístico se salía de los cauces normales y se dispersaba por las ciénagas de la oscuridad. ¿O era el resto degenerado de un ancestral sentimiento religioso? ¿De la religión de un pueblo desesperado que sólo se nutre de ira contra el cielo? A la gente de la puszta le cuesta recordar a la primera una oración, pero enseguida suelta insultos contra cualquier santo de la Iglesia.
 ¿Qué terrible pasión reprimida se abre paso en estas maldiciones? ¿Qué tensión actúa en las almas que sólo son capaces de manifestarse mediante extremos, mediante expresiones cariñosas de dulzura asiática y palabras mágicas de exuberancia también asiática? Los enamorados hablan de violetas, perlas y palomas y acto seguido se refieren a modos de muerte que no pueden ni describirse. ¿Qué mezcla es esta de fragancia de flores y de hedor de cuerpos en descomposición? La han mamado con la leche materna.
Resultado de imagen de gente de las pusztas gyula illyes Durante mucho tiempo me consolé pensando que todo ello era corrupción de la lengua, no del alma. Que eran simplemente nombres distintos para un mismo significado. Que cuando la mujer, en vez de reprender a su hijo con un suave y conveniente “vaya, vaya”, le grita “que se te salgan los ojos” o “que los gusanos se te coman las tripas”, sólo está usando una expresión distinta. Sin embargo, el rubor de la furia que inunda su rostro y el golpe que propina al niño demuestran a las claras que la maldición tiene raíces y proviene del corazón. ¿Y qué conclusiones puedo sacar del hecho de que cada una de sus palabras, cada una de sus frases, se combine con un insulto; de que, cuando piensan, lo primero que suelta su cerebro, a modo de invocación, es un taco, con el que también llenan esas pequeñas pausas en la conversación en que el espíritu se toma un descanso? Ante los superiores sí que conocen sus límites. Pero cuando se sienten en su ambiente, enseguida lo señalan con una o dos palabrotas. Tan pronto como se toman un respiro, sueltan un taco u otro contra el mundo. ¿Qué instinto suicida los impulsa a desearse a gritos –los unos a los otros y, por tanto, a sí mismos- los martirios más espantosos, siempre con el rostro encendido y temblando de irritación? Parecen poseídos. A veces trato de imaginar al dios que anida en sus almas en esos momentos; al ser cuyo rostro se vislumbra en las palabras que le dirigen. No es el semblante dulce del Nazareno, sino más bien el de algún ídolo chino desfigurado por una terrible sonrisa.
 No sólo transmitían hacia abajo los insultos recibidos de los superiores, sino también los golpes. Las palizas también responden a reglas precisas. Hasta una determinada edad, los padres golpean a los hijos; luego se produce una pausa; una vez finalizado el intermedio, la situación da un vuelco, y son los hijos los que golpean a sus padres. Es la tradición. En mi familia contaban como anécdota las palabras del viejo tío Pálinkás. Cuando su hijo, tirándole de los pelos, lo arrastraba por la habitación compartida y la cocina hasta llegar al umbral, el viejo solía gritar:
 -Déjame aquí hijo, que hasta aquí arrastraba yo a mi padre.
 La naturaleza de la gente de las pusztas es en el fondo pacífica e incluso dócil. Cuando algún acontecimiento externo extraordinario – una muerte trágica, un gorro nuevo o una copa de buen vino- les hacía olvidar su destino y sentirse como seres humanos, se acercaban los unos a los otros sonriendo y se estrechaban la mano, felices. Se consolaban, se animaban o se colmaban de sinceros parabienes. Tartamudeaban torpemente y se abrazaban con lágrimas en los ojos. A veces se burlaban unos de otros con bromas vulgares que, sin embargo, contenían tantos buenos deseos, tanto amor disfrazado, que el bromista y su víctima acababan frotándose los ojos por la emoción, por la atmósfera que los buenos actos creaban en su entorno, parecida a la generada por los gases lacrimógenos. ¿Pero cuándo podían sentirse como seres humanos?
 En mi memoria, el ambiente de la puszta no se caracteriza por las risas, sino más bien por los insultos y las peleas.»

   [El texto pertenece a la edición de Editorial Minúscula, 2002, en traducción de Adan Kovacsics, pp. 185-192. ISBN: 84-95587-12-2.]