domingo, 25 de diciembre de 2022

La muerte y la doncella.- Ariel Dorfman (1942)


JTM
Tercer acto. Escena 1


  «Está atardeciendo. Gerardo y Paulina están afuera, en la terraza frente al mar, Gerardo tiene una grabadora. Roberto adentro, atado.
   Paulina: No entiendo por qué.
   Gerardo: Necesito saber.
   Paulina: ¿Por qué? (Pausa breve)
  Gerardo: Te quiero, Paulina. Necesito saberlo de tus labios. No es justo que después de tantos años quien me lo diga sea él. No sería… tolerable.
  Paulina:  En cambio si yo te lo digo ¿es… tolerable?
  Gerardo: Más tolerable que si me lo dice primero él.
 Paulina: Ya te lo conté una vez, Gerardo. ¿No te bastó?
  Gerardo: Hace quince años me empezaste a contar y después…
 Paulina: No te iba a seguir contando frente a esa puta, ¿no? Apareció esa puta, saliendo de tu dormitorio medio desnuda preguntándote que por qué estabas tardando tanto, no iba a…
   Gerardo: No era puta.
   Paulina: ¿Sabía ella dónde estaba yo? (Pausa breve.) Sabía, claro que sabía. Una puta. Acostarse con un hombre cuando su mujer no estaba precisamente en condiciones de defenderse, ¿no?
   Gerardo: No vamos a empezar con esto de nuevo, Paulina.
   Paulina: Tú empezaste.
   Gerardo: Cuántas veces te lo tengo que… Llevaba dos meses tratando de ubicarte. Ella pasó a verme, dijo que podía ayudar. Nos tomamos unos tragos y… por Dios, yo también soy humano.
   Paulina: Mientras yo te defendí, mientras tu nombre no salió de mi boca. Pregúntale, pregúntale a Miranda si yo siquiera te mencioné una vez, mientras que tú…
   Gerardo: Ya me perdonaste, ya me perdonaste, ¡hasta cuando! Nos vamos a morir de tanto pasado, nos vamos a sofocar de tanto dolor y recriminación. Terminemos la conversación que interrumpimos hace quince años, cerremos este capítulo de una vez por todas, terminémosla de una vez y no volvamos a hablar de esto nunca más.
   Paulina: Borrón y cuenta nueva, ¿eh?
  Gerardo: Borrón no, cuenta nueva sí. ¿O vamos a estar pagando una y otra y otra vez la misma cuenta? Hay que vivir, garita, vivir, hay tanto futuro que nos…
   Paulina: ¿Y qué querías? ¿Qué te hablara frente a ella? ¿Qué te dijera, me violaron, pero yo no dije tu nombre, frente a ella, que yo te lo…? ¿Cuántas veces?
   Gerardo: ¿Cuántas veces qué?
   Paulina: ¿Cuántas veces le hiciste el amor? ¿Cuántas?
   Gerardo: Paulina…
   Paulina: ¿Cuántas?
   Gerardo: Mi amor.
   Paulina: ¿Cuántas? Yo te cuento, tú me cuentas.
 Gerardo: (desesperado, sacudiéndola y después abrazándola) Paulina, Paulina, Paulina. ¿Me quieres destruir? ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: Lo vas a conseguir. Lo vas a conseguir y vas a quedarte sola en un mundo en que yo no exista, en que no me vas a tener más. ¿Eso es lo que quieres?
   Paulina: Quiero saber cuántas veces hiciste el amor con esa puta.
   Gerardo: No sigas, Paulina. No digas ni una palabra más.
  Paulina: La habías visto antes, ¿no? No fue ésa la primera noche. Gerardo, la verdad, necesito saber la verdad.
   Gerardo: ¿Aunque nos destruya?
   Paulina: Tú me cuentas, yo te cuento. ¿Cuántas veces, Gerardo?
   Gerardo: Dos veces.
   Paulina: Esa noche. ¿Y antes?
   Gerardo: (muy bajo) Tres.
   Paulina: ¿Qué?
   Gerardo: (más fuerte) Tres veces antes.
   Paulina: ¿Tanto te gustó? (Pausa) Y a ella le gustó, ¿no? Le tiene que haber gustado si volvió…
   Gerardo: ¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo, Paulina?
   Paulina: ¿Irreparable?
 Gerardo: (desesperado) ¿Pero qué más quieres? ¿Qué más quieres de mí? Sobrevivimos la dictadura, la sobrevivimos, y ahora ¿nos vamos a destruir, vamos a hacernos tú y yo lo que estos desgraciados fueron incapaces de hacernos?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Quieres que me vaya? ¿Eso quieres? ¿Qué salga por esa puerta y no vuelva nunca más?
   Paulina: No.
Descargar] La muerte y la doncella - Ariel Dorfman en PDF — Libros ...  Gerardo: Lo vas a conseguir. Uno también se puede morir de demasiada verdad. (Pausa) ¿Me quieres destruir? Me tienes en tus manos como si fuera un bebé, indefenso, en tus manos, desnudo. ¿Me quieres destruir? ¿Me vas a tratar como tratas al hombre que te…?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me quieres…?
  Paulina: (Susurrando) Te quiero vivo. Te quiero adentro mío, vivo. Te quiero haciéndome el amor y te quiero en la Comisión defendiendo la verdad y te quiero en mi Schubert que voy a recuperar y te quiero adoptando un niño conmigo…
   Gerardo: Sí, Paulina, sí, mi amor.
   Paulina: Y te quiero cuidar minuto a minuto como tú me cuidaste a mí a partir de esa…
   Gerardo: Nunca vuelvas a mencionar a esa puta noche. Si sigues y sigues con esa noche, me vas a destruir, Paulina. ¿Eso quieres?
   Paulina: No.
   Gerardo: ¿Me vas a contar entonces?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿Todo?
   Paulina: Todo. Te lo voy a contar todo.
   Gerardo: Así… así vamos a salir adelante… Sin escondernos nada, juntos, como hemos estado estos años, así, ¿sin odio? ¿No es cierto?
   Paulina: Sí.
   Gerardo: ¿No te importa que te ponga la grabadora?
   Paulina: Pónmela. (Gerardo pone la grabadora)
   Gerardo: Como si estuvieras frente a la Comisión.
   Paulina: No sé cómo empezar.
   Gerardo: Empieza con tu nombre.
   Paulina: Me llamo Paulina Salas. Ahora estoy casada con el abogado don Gerardo Escobar pero en ese tiempo…
   Gerardo: Fecha…
   Paulina: El 6 de abril de 1975, yo era soltera. Iba por la calle San Antonio…
   Gerardo: Lo más preciso que puedas…
   Paulina: A la altura de Huérfanos, cuando escuché detrás mío un… tres hombres se bajaron de un auto, me encañonaron, si habla una palabra le volamos la cabeza, señorita, uno de ellos me escupió las palabras en el oído. Tenía olor a ajo. No me sorprendió que tuviera ese olor sino que a mí me importara, que me fijara en eso, que pensara en el almuerzo que él acababa de comerse, que estaba digiriendo con todos los ór­ganos que yo había estudiado en mi carrera en Medicina. Después me reproché a mí misma, tuve mucho tiempo en realidad para pensarlo, yo sabía que en esas circunstancias había que gritar, que la gente supiera que me agarraron, gritar mi nombre, soy Paulina Salas, me están secuestran­do, que si uno no pega ese grito en ese primer momento ya te derrotaron, y yo agaché el moño, me entregué a ellos sin protestar, me puse a obedecerlos demasiado pronto. Siempre fui de­masiado obediente toda mi vida.» 

     [El texto pertenece a la edición en español de Editor digital Titivillus, 1990.]

domingo, 18 de diciembre de 2022

Microcosmos.- Claudio Magris (1939)


Snapshots' ('Istantanee'), by Claudio Magris | UntitledXXI&Friends
Colina


  «En Revigliasco, donde D’Azeglio, de joven, se enzarzaba a puñetazos con su preceptor el padre Andreis y más tarde el cuadrumviro De Vecchi se establecía en una hermosa villa. En la plazoleta del padre Girotto, un ángel sin cabeza, en los aledaños de la iglesia parroquial, le da la espalda a la Virgen, con evidente desgana de darle el anuncio que cambiará la historia del mundo. Ya no existe en cambio el puentecillo, pintiparado para el modesto regato, que estaba dedicado también al padre Girotto y ha sido derribado por el curso del progreso. Revigliasco sigue siendo “lugar de aire perfectísimo”, como lo definía un informe de los Ejercicios Espirituales de 1760, y ha tenido, también por ello, un floreciente desarrollo; no es raro pues que la construcción de una carretera más ancha haya eliminado el mísero puente. Por desgracia la Historia, para facilitar el acceso a las nuevas villas de la colina, ha pasado descuidadamente incluso sobre la placa que indicaba el nombre del puente.
  Aquella inscripción —de cuya existencia da testimonio también el señor Felice, carpintero de Revigliasco enamorado de cada una de las piedras de su pueblo— resumía en una síntesis épica, como una lápida funeraria, la vida del personaje al que estaba dedicado el puente. Como enseña Spoon River, la inscripción de las tumbas es la lacónica novela de la vida de un hombre, el epitafio que encierra su significado. Probablemente cada uno compone, con los gestos de su existencia, una única poesía y la lápida que la condensa, la transcribe y la confía a esa voluminosa e interminable opera omnia que está constituida por los cementerios.
  Tenía que dar envidia la persona a la que estaba dedicada esa desaparecida placa de Revigliasco, que decía: “Puente padre Girotto, 1857-1943 / Filósofo-Latinista-Enólogo / Durante 52 años arcipreste de Revigliasco”. Aquel trinomio (Filósofo-Latinista-Enólogo) es un monumento al padre Girotto aún más expresivo, en su concisión, que su autobiografía y sus memorables dichos, recogidos y publicados por su sucesor y bien presentes, igual que toda su personalidad, en la memoria de la gente de la colina.
  La Filosofía, para el arcipreste de Revigliasco, parece haber sido sobre todo humor, ironía, sentido de la pequeñez de todas las cosas finitas —y también de uno mismo— respecto al gran fondo del infinito, contra el que se sitúa toda experiencia humana. Este sentimiento permite no tomarse demasiado en serio, y libera por consiguiente de los venenos de la inseguridad y la soberbia, pero permite asimismo no tomar demasiado en serio ninguna pretendida grandeza y libera por tanto del miedo; ante lo eterno, todo parece pequeño pero, en su pequeñez, de igual dignidad respecto a cualquier otra cosa, aun a las que ostentan un poder amenazador. La ironía se convierte en amorosa e inflexible defensa de toda criatura, hasta de la más débil y escondida, contra la vacua pompa del mundo que la quiere aplastar.
  Las anécdotas del padre Girotto —sus “amenidades” recogidas por el padre Nicola Cuniberti— ilustran su genio bonachón y mordaz, el lenguaje franco e irreverente de su célebre boletín que turbaba a sus superiores, sus picantes y salaces respuestas a los jerarcas fascistas, su desenvuelta confianza con la humilde, buena y porfiada realidad del cuerpo, de la elemental vida física; la piedad del párroco cariñoso y lenguaraz era sobre todo falta de “respeto humano”, ese desparpajo religioso que es a menudo la antítesis del espíritu burgués.
  El editor de sus amenidades desaconsejaba la lectura “a las personas de delicada conciencia”, que podrían escandalizarse de sus ocurrencias o de su relato del accidente que tuvo durante una peregrinación a Lourdes, cuando, al levantarse de la cama a causa de un ataque de neuritis en la pierna, resbaló en el suelo dándose dos batacazos en la cabeza.
  Pequeño, delgado y descuidado, con un rostro enjuto que parecía el retrato de la tierra piamontesa y de su vino, el padre Girotto era digno de sus parroquianos, esos habitantes de Revigliasco que el Casalis, en su Dizionario Storico-Geografico, describía como “robustos y fuertes, bien formados, sanos, longevos, comedidos y laboriosos”. Poeta de la existencia y naturalmente maestro en el difícil arte de ser alegre, el arcipreste de Revigliasco era un verdadero pastor de su grey, en años atormentados y de tumultuosas transformaciones sociales; era sencillo como una paloma, pero también avisado y perspicaz como una serpiente, porque el pastor, para defender a su grey, tiene que saber que los débiles y los pobres se encuentran en el mundo como ovejas en medio de los lobos y tiene que saber por lo tanto reconocer a los lobos y saberles dar, cuando sea el caso, un buen estacazo. En el pueblo se recuerda no solo su generosidad sino también la paradójica discreción con laque, cuando llegaba el tiempo de la cosecha, se ausentaba, con el objeto de que los campesinos que trabajaban la tierra de la parroquia pudieran robar sin azoro.
  Filósofo, Latinista, Enólogo: su secreto está tal vez en estas tres palabras. Todavía hoy, en el oratorio que lleva su nombre, imperan en bancos y estantes varias botellas de los épicos vinos tintos piamonteses. Probablemente el trait d’union entre los tres términos, el nexo que los mantiene unidos, es el que, no en balde, el genial y desconocido autor de la placa sitúa justamente en el centro: Latinista. El latín, para el arcipreste, era el latinorum del seminario, el lenguaje que invitaba a los fieles a las funciones religiosas y los devolvía a casa acabada la función; era sobre todo la claridad clásica, la sintaxis que jerarquiza el caótico polvillo del mundo y pone las cosas en su sitio, el sujeto en nominativo y el complemento directo en acusativo; era el orden lógico y moral que clasifica, singulariza, define, juzga, distingue los pecados veniales de los mortales, las sombras de los pensamientos inciertos de los propósitos determinados, las acciones de los fantasmas. En aquella simetría había sitio para todo, para las verdades reveladas y para las buenas botellas, para el transcurso de las estaciones y para las transformaciones de usos y costumbres, para los episodios edificantes de las vidas de los santos y para la épica escondida en el grano de trigo que madura, para la geométrica estructura cristalina del copo de nieve y para su disolución en la nada.
Microcosmos - Magris, Claudio - 978-84-339-0889-6 - Editorial Anagrama  Esa lengua muerta desde hace siglos era también la lengua de la ironía, de lo que existe solo en la palabra y se hace amar y respetar por su gratuita y ampulosa irrealidad, de la que afectuosamente se sonríe. El latinista enólogo sabía probablemente que la lisa superficie de aquel latín se parecía al sabor del barbera y el dolcetto, tan rápido en deslizarse en el vaso y en la garganta y digno del cuidado y la solvencia que él dedicaba a los dones de la vid, con una simbiosis de teología y enología no rara en estas colinas, si ya en tiempos el teólogo Allasia había obtenido el privilegio real de llevar a la plaza Carlina, en exclusiva, el vino de su producción.
 Otro impenitente piamontés, el germanista Giovanni Vittorio Amoretti, contaba que, durante el bachiller, estudiaba en un colegio de Escolapios, donde se hablaba solo latín y estaba en vigor una rígida disciplina, que él por lo demás eludía, escapándose por la ventana con una sábana para ir de vinos. Una noche, a la vuelta, le oyó el Padre Guardián; oculto en vano detrás de un seto, tuvo que salir, a la perentoria conminación de “Amorette, veni foras!”. Preguntado —en latín— por el Padre Superior, se le trabó la lengua porque no se acordaba de cómo se decía “sábana” en la lengua de Roma y entonces el Padre Superior le infligió un pequeño castigo, no por la escapadita, dijo deplorable pero disculpable habida cuenta de la edad, sino por haber ignorado el nombre latino de la sábana, a la que debía sus travesuras —la oración es asimismo atención a las cosas, gratitud por lo creado.
  Ciencia del latín y ciencia del vino se convertían, para el padre Girotto, en sabiduría filosófica, arte de pasar amablemente por la tierra como huéspedes. En latín escribía dísticos celebrativos de su pueblo natal, Orbassano, y su polenta; los arcos de la sintaxis latina, bajo los cuales confluía en maliciosa inocencia el absurdo de lo real, semejaban a la inefable y circunspecta objetividad con la que el biógrafo del padre Girotto, el padre Cuniberti, registraba, en una docta obrita, las seculares rivalidades entre Revigliasco y la cercana Pecetto. “Este rencor entre los dos pueblos”, escribía tranquilamente el reverendo, “explotaba como si de un deber se tratase el día más sagrado del año: después de los oficios del Viernes Santo los muchachos salían de sus respectivas Parroquias y se llegaban a sendas orillas del torrente Gariglia, donde tenía lugar la tradicional pedrea, que se saldaba con heridos y contusionados de ambas partes”.
  Enología y amor al latín, solícita caridad hacia el prójimo y conciencia de la comicidad de la existencia, fe y desencanto confluían en una filosofía amable y vigorosa. Las “amenidades” del padre Girotto revelan la libertad de una persona que ha comprendido cómo las diferencias de grandeza o inteligencia entre los hombres, entre un genio universal y un pobre diablo, parecen enormes, pero son en realidad milimétricas respecto a la muerte, al dolor, a la guerra y a la incapacidad incluso para un genio de preverla e impedirla, al insomnio, a la miseria, al dolor de muelas. Ante la simple realidad del ir viviendo, la excepcional prestación de un genio es como el notabilísimo salto de una pulga respecto al Himalaya.
  Con esta filosofía, es menos arduo mirar cara a cara a la muerte. Su sucesor, de un evidente gusto hamletiano y barroco, amaba la calavera admonitoria que, en el jardín contiguo al oratorio, enseña al visitante la inscripción: “Era como tú, serás como yo”. Con otro espíritu, el padre Girotto, a sus ochenta y seis años y en ocasión de celebrar en la iglesia poco antes de morir el día de los difuntos, había dicho: “Ahora me toca a mí”, mas había añadido: “pero no me enfado si alguien quiere pasar delante”.»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999, traducción de José Ángel González Sainz,  pp. 116-120. ISBN: 978-84-339-0889-6.]

domingo, 11 de diciembre de 2022

La potencia de uno.- Bryce Courtenay (1933-2012)


Fallece Bryce Courtenay, exitoso novelista en Australia ...
Quince


  «Llegó por fin la noche del concierto de Doc. En cuanto crucé la puerta de entrada me di cuenta de que en la prisión había un ambiente distinto. El aire carecía del sentimiento de desesperación que siempre flotaba en él. La charla triste que oía en mi mente cuando entraba en el recinto había cesado. Los pensamientos de la gente eran tranquilos. Sentí un estremecimiento de emoción. Aquella noche iba a ser especial.
  Había salido una luna llena sobre la oscura sombra de las colinas que había detrás de los muros de la prisión y la plaza de armas estaba inundada de luz lunar. El Steinway de Doc se alzaba muy claramente, perfilado en el estrado con la tapa ya levantada. La escena poseía un silencio propio, era como contemplar un cuadro de Dalí. Me quedé parado un momento, pues aquel concierto parecía algo excepcional, incluso para alguien de mi edad, cuya comprensión de la logística y de las leyes de la probabilidad humana eran bastante limitadas.
  Cuando estaba contemplando el Steinway perfilado a la luz de la luna, se encendieron los focos, súbitos y brillantes, y fue como la explosión de una pistola de soldar. Cuando acostumbré los ojos a aquella luz áspera y fuerte vi ya que alrededor del estrado, en un semicírculo sobre el suelo duro, había líneas pintadas que indicaban la zona correspondiente a cada tribu. Del edificio principal salieron una docena de guardias provistos de sjamboks que se dirigieron hacia el piano; las botas hacían un ruido rechinante en el sendero de grava.
  Crucé la plaza de armas, entré por una puerta lateral y me dirigí al salón donde estaba esperándome Doc. Estaba sentado ante el Minion vertical, acariciando las teclas con aire ausente. Alzó la vista cuando entré.
  —Geel Piet se retrasa, ya debería estar aquí, —dijo, con voz tensa. Doc había llegado a depender mucho de Geel Piet, y le consideraba un elemento básico de toda la operación. Sin él trabajando con los presos un concierto preñado ya de un potencial de desastre imprevisible no tendría ninguna posibilidad de éxito.
  —Vendrá enseguida, ya verás, —dije para animarlo—. Iré a por los guantes para ahorrar tiempo.
  Salí rápidamente del salón y bajé por el pasillo camino del gimnasio. Me crucé con un viejo presidiario que llevaba una cacerola de café de nueve litros, y al que seguía otro con una bandeja en la que había tazas y una lata de azúcar moreno. Les llevaban café a los guardias que estaban de servicio en la plaza de armas.
  —¿Has visto a Geel Piet?, —le pregunté a uno. Le hablé en shangaan porque vi por las cicatrices que tenía en las mejillas que era de la tribu tsonga.
  —No baas, no le hemos visto, —dijo humildemente.
  Al alejarme oí que le decía al otro presidiario que iba detrás de él:
  —Ves como el Ángel Renacuajo habla las lenguas de todas las tribus. Él es el caudillo elegido del pueblo.
  Cuando por fin llegué, encendí las luces del gimnasio y de la ducha. Las luces que había encima del ring estaban en la pared opuesta y el ring estaba a oscuras, pero había luz suficiente para que pudiese ver la caja donde estaban los guantes y elegí rápidamente unos que me gustaban. Fui a las duchas, me desvestí y me puse la camiseta, los pantalones, los calcetines y las botas, luego até los cordones de los guantes y me los eché al cuello para que me los pusiese Doc.
  Cuando volví Doc aún seguía solo en el salón. Su inquietud se reflejaba claramente en su expresión ensimismada mientras me ponía los guantes.
  —Es demasiado tarde, no podemos seguir esperando. Tenemos que empezar. Le diré a Geel Piet que estoy muy enfadado por esto.
  La puerta que yo había utilizado para entrar en el edificio no podía abrirse desde dentro, así que dejamos el salón y bajamos por el largo pasillo que daba al edificio principal de oficinas, por el que podíamos llegar a la plaza de armas. Cruzamos el pequeño vestíbulo en el que yo había estado esperando, cuatro años antes, la primera vez que había ido a la prisión. Las luces estaban apagadas en aquel despacho que había sido entonces el del teniente Smit y que ocupaba ahora el teniente Borman. Dejé ir delante a Doc y me acerqué a la ventanilla y atisbé un momento en la oficina en penumbra. Pude ver a la media luz dónde se sentaba Klipkop y al lado el otro escritorio más grande, que era del teniente Borman. Mi mirada vagó por la oficina y se detuvo en una fina raya de luz que salía por debajo de la puerta del cuarto de interrogatorios. La puerta debía estar entornada porque oí el ruido inconfundible de un golpe y un gemido agudo y súbito como de un hombre que acaba de recibir un puñetazo en el plexo solar. No era insólito pero parecía impropio en aquella noche de plenilunio en que iba a interpretarse el Concierto de la Gran Patria del Sur.
  Cuando llegamos los presos estaban ya sentados en las secciones que tenían asignadas, y los guardias paseaban por los pasillos fustigándose con sus sjamboks en las piernas, muy serios. Los presos evitaban mirarles, era casi como si no estuviesen allí. Tenían prohibido hablar, pero vimos al pasar que la gente sonreía y se extendió un murmullo sordo entre los presos que estaban sentados cuando Doc y yo subimos al estrado.
  El Kommandant llegó poco después que nosotros y subió al estrado para hablar a los presos. Estaba previsto que el teniente Borman hiciese la traducción al fanagal, pero al parecer no había llegado. El Kommandant estaba claramente irritado por esto, y al cabo de unos minutos, durante los cuales no hizo más que mirar el reloj una y otra vez, empezó a hablar en afrikaans.
  —Escuchadme, atención, —dijo, y yo traduje rápidamente al zulú. Me miró sorprendido.
  —¿Tú puedes traducir, Peekay?, —asentí—. Está bien, entonces hablaré y pararé después de cada frase para que tú puedas traducir.
  Al Kommandant le fastidiaba tener que hablarles a los presos y lo hacía demasiado fuerte y en un tono muy áspero.
  —Este concierto es un regalo que os hace el profesor, que no es un asqueroso delincuente como todos vosotros ¿me oís? No sé por qué una persona importante como él quiere hacer un concierto para cafres, y no sólo cafres, sino criminales además. Pero eso es lo que quiere y lo tendréis porque yo soy un hombre de palabra. Sólo quiero que sepáis que esto no volverá a pasar y que no quiero ningún problema, entendido, escucháis el piano y cantáis y luego os volveremos a llevar a vuestras celdas.
  Se volvió a mí, resoplando nervioso.
  —Ya está. Diles lo que he dicho.
  Yo dije que el Kommandant les daba la bienvenida y que el profesor les daba la bienvenida por acudir a su gran indaba de canciones. Añadí que el profesor tenía la esperanza de que las tribus cantasen a cuál mejor para que se sintieran todos orgullosos. Les dije también que tenían que estar atentos a mis manos y me quité los guantes de boxeo para indicar los movimientos que haría con ellas. Cuando acabé de hablar vi, en el mar de rostros que tenía delante, una sonrisa general de entusiasmo a punto de estallar; luego empezaron a aplaudir espontáneamente.
 —Lo has hecho muy bien, Peekay, —dijo el Kommandant, complacido ante aquella reacción espontánea a su discurso.
Leer La potencia de uno de Bryce Courtenay libro completo online ...  Doc interpretó completo el Concierto de la Gran Patria del Sur y los presos escucharon en silencio con cabeceos de aprobación al oír las melodías de sus propios cantos tribales. Al final aplaudieron todos furiosamente.
  Luego me levanté y les mostré cómo indicaría a cada tribu que podía iniciar su actuación y cómo les haría parar difuminando las voces o terminando simplemente una canción o un pasaje con un golpe hacia abajo de las manos, un gesto de cortar. Les pedí que levantasen la mano si entendían y se alzó un mar de manos.
 Doc interpretó el preludio, que era una mezcla musical de todas las melodías, y luego yo introduje a los cantores sothas. Sus voces se fundieron en la noche como si antes de romper a cantar hiciesen vibrar el aire de principios del verano con una armonía honda. Era la canción masculina más bella que yo había oído en mi vida. Parecían comprender instintivamente lo que se quería de ellos, y seguían cada gesto como si lo previeran. Les siguieron los ndebeles, que interpretaron una melodía más estridente y cuyas voces se alzaron graves y sinceras, repitiendo el hilo de la canción que iba llevando una sola voz masculina aguda, persiguiendo a aquella voz única, cazándola a veces incluso para cobijarla y nutrirla con hermosa armonía y luego dejarla volver a escapar para que llevase de nuevo adelante el canto. Siguieron los swazis, con una canción tan bella como todas los otras. Luego los shangaans. Cada tribu sonaba distinto, aunque parecía apoyarse en el canto de la tribu anterior, separado del suyo por un estribillo común que era profundamente africano, y que parecía en cierto modo una mezcla de todos los cantos. Los zulúes se encargaron de la última parte, que se elevó en poder y majestad cuando entonaron el canto de triunfo del gran Shaka, utilizando las palmas de las manos para golpear en el suelo, como había hecho con sus pies el poderoso indi zulú, hasta que la plaza de armas pareció temblar. Las otras tribus enseguida cogieron el ritmo y empezaron a golpear también en el suelo para aumentar el efecto. El concierto duró media hora, la última parte de la cual fue el estribillo, familiar ya por entonces a todos y que todas las tribus tararearon en un final glorioso. La obra de un compositor nunca había tenido un debut más extraño ni espléndido. El concierto sería interpretado años después por orquestas filarmónicas y sinfónicas de todo el mundo, con acompañamiento de algunos de los coros de mayor prestigio. Pero nunca sonaría mejor que bajo la luna africana en el patio de la cárcel, cuando trescientos cincuenta reclusos negros se fundieron en el orgullo que sentían por sus tierras tribales y en su amor a ellas. Doc se levantó del Steinway y se volvió hacia la masa de rostros negros. Lloraba sin la menor vergüenza y hurgaba en el bolsillo buscando un pañuelo, y muchos africanos lloraban con él. Luego, sin previo aviso, brotó un clamor de aprobación de la gente que habría sido imposible parar. Doc me contaría después que había sido el momento más grande de su vida, pero lo que ellos decían era: “¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi!”. ¡Ángel Renacuajo! ¡Ángel Renacuajo!, cantaban una y otra vez.
  El Kommandant pareció inquietarse y algunos de los guardias empezaron a pegar con los sjamboks en el suelo. ¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi! Doc se había levantado de su asiento para hacer una reverencia, y yo entonces empecé a mover las manos para indicar que debía cesar el canto. Casi al instante se hizo el silencio. Doc alzó la vista sorprendido sin saber muy bien lo que había pasado.
  —El gran hechicero músico y yo, —dije—, damos las gracias a la gente por cantar. Todos vosotros habéis honrado esta noche a vuestras tribus y nos habéis hecho un gran honor también al gran hechicero musical y a mí.
  Para hacer un discurso así en inglés me habría faltado madurez, pero la lengua africana posee una gracia natural y se adapta muy fácilmente a las palabras de este tipo.
 —Ahora debéis callaros en nombre de vuestras mujeres y vuestros hijos, pues los bóers están nerviosos, —mi voz era un rumor débil y aflautado en la noche.
  De pronto se esparció por el cielo una lluvia de estrellas sobre el pueblo y luego otra y otra, estrellas aisladas rojas y verdes que estallaban en lo alto, torrentes que bailaban en los cielos. Los presos miraban sobrecogidos, algunos tapándose incluso la cabeza para protegerse de aquella magia. Un guardia se acercó corriendo al Kommandant, le cuchicheó algo al oído y el Kommandant se volvió hacia Doc y luego extendió la mano.
  —Es libre de irse, Profesor. Se ha acabado la guerra en Europa, los alemanes se han rendido, —señaló hacia el pueblo—. Mire los fuegos artificiales. Esos malditos rooineks ya están celebrándolo.»
 
          [El texto pertenece a la edición en español de Muchnik Editores, 1990, en traducción de José Manuel Álvarez-Florez,  pp. 302-306. ISBN:  978-8422638247.]

domingo, 4 de diciembre de 2022

La mujer que leía demasiado.- Bahiyyih Nakhjavani (1948)


Bio | Bahiyyih Nakhjavani
El libro de la esposa

1

  «Dicen que cuando ahorcaron al alguacil, su esposa enmudeció. Raramente le habían faltado las palabras en vida del marido, pero a veces la muerte causa un efecto sorprendente en los parlanchines. Dejó de hablar poco después de que su esposo recibiera la convocatoria a palacio, y cuando él ya se balanceaba a las puertas de la ciudad, sin turbante, con la barba rasurada y un gesto de sorpresa petrificado en el rostro, ella enmudeció por completo.
 No era la primera vez que lo convocaban a palacio, pero resultó ser la última. Antes nunca le había fallado la protección del sha. No sólo se había presentado en la corte innumerables veces a lo largo de aquellos doce años, desde la subida del rey al trono, sino que, dada la transformación de su residencia en cárcel, se le llamaba con frecuencia para comprobar la salud de su lealtad a su señor. En todas las ocasiones anteriores, que se tradujeron en honores, títulos y poder, la esposa no dejó de dar su opinión al respecto. Esta vez, cuando lo ahorcaron, no dijo nada.
 A ella la subieron por la escalera de mano hasta la segunda planta de la casa, donde la poetisa de Qazvin estuvo confinada diez años antes, pero en los días que pasó allí no abrió la boca. Tal vez la había abierto ya demasiado, tal vez no había nadie que quisiera oírla o tal vez no quería decir nada porque al final su incontinencia verbal la había conducido a la ruina. Las lavadoras de cadáveres quisieron evitarse el trabajo, pero les tocó adecentarla. No dejó de gotear ni con un lienzo enrollado al cuello.

2

  Todo el mundo conocía el carácter voluble de la esposa del alguacil. En la mezquita, su voz era tan evidente como el ajo; y en el bazar, hacía innecesario el velo. Sus palabras escalaban los muros y descendían por las calles como el chisporroteo del kebab o el olor a cebolla frita. Algunas veces, atravesaban las paredes de palacio y se afincaban en el anderoun* real con la persistencia de la alholva. La madre del sha aconsejaba a las mujeres de la corte que, si querían enterarse de algo, cerraran la boca y se dejaran guiar por el olfato hasta la ciudad.
 Aunque se relacionaba poco con el clero y con los cortesanos, la esposa del alguacil era la reina del cotilleo y de la cocina. Pocas lograban la perfección de sus adobos, y ninguna, la ortodoxia de sus arroces. Sus mermeladas, según los entendidos, poseían la consistencia de la verdad y desesperaban a todos menos a los filósofos. En cuanto a sus conservas, eran tratados de auténtica fe y no necesitaban interpretación. Pero cuando sus cocineras cortaban demasiado fino o demasiado grueso el membrillo, trituraban mucho o poco el cardamomo y calentaban el azúcar por encima de su punto canónico, no dudaba en maldecirlas y tacharlas de apóstatas. En materia de comida, era una fanática.
 Pese a sus orígenes provincianos y a no ser la primera esposa del alguacil, ejercía de señora del harén. Naturalmente, su esposo tenía otras mujeres, como cabe esperar de un ciudadano prominente, pero a ella la adornaba de ajorcas y zarcillos de oro para demostrar que era el aderezo más fino de su harén. De joven, había sido hermosa, con sus hoyuelos de nata, sus brazos blancos y torneados y su buena dote. Era además aguda, de una inteligencia, más que curiosa, inquisitiva. No obstante, por encima de todo era celosa, manejaba la lengua con la misma maestría que sus cuchillos de cocina y dominaba al alguacil como no eran capaces de hacerlo una madre sorda, una hermana paupérrima, varias hijas incasables y las restantes esposas, picadas de viruela.
 Cuando el sha llegó al trono, sin embargo, llevaba casada tiempo suficiente para haberse cansado de la quincalla. Su interés había pasado del marido al hijo, que teníala misma edad que Su Majestad y, si hemos de hacer caso a la madre, se merecía una princesa. Era su niño, su buñuelito, su adoración; para ella, tan apuesto como el rey. Durante las semanas que precedieron a la coronación atormentó sin cesar al marido con aquella perla de las mujeres, aquel tesoro de novia que debían buscarle al hijo. Mientras él se preparaba para presentar sus respetos al sha en palacio, ella no paraba de hablar de contratos matrimoniales.
 -Todo depende del favor de la reina —le recordaba—, de modo que harás lo que esté en tu mano para halagarla durante la ceremonia, ¿verdad que sí?
 Él masculló algo a propósito de ganarse los favores antes de pedirlos.
 -Su Alteza tiene un montón de conocidas adecuadas —continuó, imperturbable.
 El alguacil dijo algo de las prioridades del momento.
 -Hasta una prima lejana valdría —insistió ella.
 El marido hablaba de la necesidad de seguir las órdenes del gran visir.
 -Perfecto, el gran visir también ha puesto sus ojos en una princesa —replicó—. ¿No se va a casar con la hermana del sha? Si él puede, tú también.
 El tono de su voz estremeció al alguacil. No deseaba que el vecindario los oyera hablar de un compromiso que la reina desaprobaba con toda su alma. Mejor sería, dijo en un murmullo, no mencionar el asunto hasta que Su Alteza consintiera.
 Pero nada callaba a su esposa.
 -Precisamente —se agarró a sus palabras—. Por eso digo que las buenas bodas dependen de la madre del sha.
 Con un suspiro, el alguacil continuó arreglándose para la visita a palacio. No había encontrado ocasión de comunicarle a su esposa la decisión de regalar la casa al nuevo soberano. Llevaba semanas intentando abordar la cuestión, pero ella le interrumpía con el problema de los contratos matrimoniales. Siempre acababan hablando de novias, y con cada interrupción, se le olvidaba por completo lo que pensaba decir.
 «Las palabras y el ajo inducen a los hombres a la violencia», pensaba, furioso, cruzando el patio a grandes zancadas en dirección a los establos. Al pasar, apartó de un manotazo al portero.
 Se había visto obligado a proteger su mansión del interés de los envidiosos empleando a una especie de zoquete que no dejaba entrar ni salir a nadie. Desde la subida al trono del nuevo sha, la seguridad se había convertido en un problema, y no sólo por la chusma callejera, sino también porque los libertinos y los bribones hacían de la corte un sitio cada día más peligroso. Le parecía más seguro comprar el agradecimiento del sha que depender de su arbitraria generosidad y, puesto que corría el peligro de perder la casa si no actuaba a tiempo, pensó en negociar con su propiedad antes de entregarla a la fuerza. La decisión de regalarla, aprovechando la coronación, estaba tan calculada como el brutal manotazo que dio en el cráneo afeitado del portero al abandonar sus dominios.
LA MUJER QUE LEIA DEMASIADO | BAHIYYIH NAKHJAVANI | Comprar libro ... Le constaba que su esposa se pondría hecha una furia en cuanto lo supiera, que no le daría un momento de respiro al enterarse de tamaña perfidia por su parte. Había construido la casa para ella, con motivo del nacimiento de su único hijo varón. Había levantado la segunda planta sobre las cocinas para satisfacerla en su deseo de poseer un palacio, y la esposa contaba con aquel patrimonio para negociar una nuera como era debido. Nunca le perdonaría que la regalara antes de emplearla para comprar una novia.

3

  El invierno que ahorcaron al alguacil fue el de las revueltas del pan, a los nueve años del atentado contra la vida del sha. La segunda planta de la casa estuvo cerrada con llave todo el tiempo, hasta el punto de que él no había cruzado su umbral desde las matanzas del verano. Su esposa no le permitía subir desde la última vez que la planta estuvo ocupada; sólo ella, que tenía la llave escondida, entraba en la alcoba alta. Cuando la agredieron durante las revueltas del pan, su hijo se la encontró colgada de una cinta sucia que la madre llevaba incrustada entre los rollos de grasa de la cintura. Tuvieron que cortársela con un cuchillo para abrir la puerta.
 Fue el portero retrasado quien encontró a su señora estupefacta y tirada en el fango entre las cancelas de la legación británica y el jardín del fondo del callejón. Cuando regresó corriendo, señalando en aquella dirección con grandes aspavientos, el hijo del alguacil dio órdenes inmediatas de que la arrastraran hasta la casa en una alfombra y la apartaran de la vista ajena. Morir gorda en época de hambruna era una provocación tan grave como morir muda después de toda una vida de charlatanería. Mandó que la encerraran arriba.
 -Tendrás que pasar sobre su cadáver —replicó su tía al enterarse, sospechando que el cobarde de su sobrino tenía que esconder algo más que a su madre.
 Él adujo que era el único lugar a salvo de la furia de la plebe.
 -Si la encierras arriba —le advirtió la viuda—, no la bajarás viva.
 Pero el hijo del alguacil no hizo caso a su tía, que era de esas que babeaba con los tiempos pasados como un camello con una lengüetada de sal.
 -La vieja se cree que tiene ojos en la nuca —bromeaba con sus hermanas y sus esposas—, pero no ve el peligro que está delante de sus narices.
 El cuerpo de su padre continuaba descomponiéndose colgado a las puertas de la ciudad, hasta donde lo habían conducido arrastrándolo por los pies, recordó, y la muchedumbre seguía en las calles, muriendo de hambre con la misma rabia de antes. La próxima vivienda saqueada sería la suya si no lograban negociar su salvación; por so urgió a las mujeres a que ocultaran a su madre hasta que pasara lo peor. Aprovechando la inaccesibilidad de la segunda planta, la llevaron arriba y destruyeron la escalera de mano por si alguien tenía la ocurrencia de llamar a la puerta.
 A sus hermanas la idea les pareció excelente. Hacía años que se morían por echar un vistazo a la alcoba alta. Cuando se fue la cautiva, la esposa del alguacil adoptó la costumbre de subir todas las tardes, según ella, para rezar, pero nadie la creía. La tía viuda decía que era el único sitio de la casa en el que una mujer podía pensar, pero las hijas del alguacil estaban convencidas de que su madrastra escondía en la segunda planta un dinero que robaba de sus respectivas dotes, y sospechaban también que guardaba para el obeso de su hijo ciertas golosinas que no quería compartir con ellas. Mucho antes de que las revueltas del pan trastocaran la ciudad, comentaron a los vecinos que la alcoba alta era el granero particular de la esposa del alguacil.
 Verdad era que las mercancías escasearon durante el segundo decenio del reinado del sha. Desde que éste subió al trono, el alguacil se había encargado de fijar un precio inflacionario para el arroz. Llevaba diez años haciendo acopio de trigo y sabía cuándo reducir su distribución a los panaderos. Después de asegurarse de que la reina y sus parientes recibían su parte y de cerrar la boca al clero con sobornos, guardaba las llaves del granero con la aquiescencia del rey. Todos los inviernos ganaba su buen dinero.
 Se dedicaba también a distraer el hambre del pueblo. El jefe de policía gobernaba imponiendo la ley del terror y sus matones constituían una formidable alternativa a los mal pagados soldados reales, pero también ellos necesitaban estímulos, y como el alguacil no tenía la menor intención de pagar de su bolsillo, todos los años extorsionaba a los mercaderes ricos para pagar a sus hombres. Más tarde, después del intento de asesinato, con el favor de la reina, represalió a los hijos de los ministros para robarles con idéntico propósito. Durante el segundo decenio del reinado, tuvo que aumentar sus chivos expiatorios para gestionar su próspera empresa.»
  
  *Anderoun: Harén o parte de la morada reservada a las mujeres.
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2010, en traducción de Pepa Linares, pp. 88-93. ISBN: 978-84-206-5148-4.]