Mostrando entradas con la etiqueta Colonialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colonialismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

domingo, 17 de septiembre de 2023

El tercermundismo.- Carlos Rangel (1929-1988)


CARACAS: A 28 años de la muerte de Carlos Rangel | Reportero24
9.-Más allá del tercermundismo


 «El auge del Tercermundismo es uno de los hechos centrales de la historia actual, y uno de los más ominosos. Por todos lados nos acosa la evidencia de que la adopción del Socialismo conduce al reforzamiento monstruoso del Estado, al acorralamiento y eventual asfixia de la sociedad civil, al autoritarismo y finalmente al totalitarismo. Ahora bien, aunque haya todavía quien se aferre de buena fe a la ilusión marxista ortodoxa de que esa evidencia no viene al caso para los países capitalistas avanzados, nadie salvo los fanáticos o los propagandistas puede negarla con relación a los países pobres y atrasados. Y el hecho de que semejante invariable resultado no haya mermado el prestigio ni frenado el avance del Tercermundismo, sino que sea seguramente uno de sus atractivos, obliga a una reflexión sobre las perspectivas futuras globales (y no sólo en el Tercer Mundo) de las libertades consustanciales con la civilización del Capitalismo y con las abrumadoras ventajas de ésta para la sociedad.
 Según Claudel, el hombre no está hecho para la felicidad. Podría ser que tampoco lo esté para la libertad y la prosperidad, y que el Socialismo en sus diferentes formas y desde luego en su versión tercermundista sea la oferta política que en nuestro tiempo conviene a esa situación. En todo caso, parece convenir perfectamente al escaso interés que los dirigentes políticos, los terratenientes, las castas sacerdotales, clericales y guerreras (y en general todos aquellos privilegiados y que cuentan con seguir siéndolo o hasta con acrecentar su poder en la misma medida en que crezca el poder de los gobiernos) han mostrado en todo tiempo por el bienestar y la libertad del pueblo común, de la plebe. La libertad y la prosperidad generales, allí donde se han desarrollado como exigencia, la una, y resultado, la otra, del auge del comercio y de la artesanía (o, en nuestro tiempo, de la industria) lo han hecho a pesar de los señores, de los letrados y de los sacerdotes, quienes fácilmente las equiparan a la indisciplina y al apoltronamiento, perjudiciales a la salud del Estado, al buen gusto y a la salvación del alma.
 Un fenómeno muy distinto y mucho más inquietante es el desapego de los hombres comunes y corrientes que han gustado los frutos del Capitalismo (esa misma plebe, la gran mayoría de la cual la civilización del capitalismo rescató en los últimos cien años de la miseria y de la servidumbre) por la libertad, en cuanto han disfrutado de ella durante cierto tiempo. Nunca más que ahora ha tenido vigencia la fábula de las ranas pidiendo rey.
 Inversamente, el bienestar más insólito y más prodigiosamente superior a todo cuanto pudo haber sido soñado, por ejemplo en Europa Occidental todavía en 1950, aparece a esa misma mayoría como insuficiente y a la vez sin vínculo perceptible (para ellos) con las estructuras económicas capitalistas que lo produjeron y que además han logrado defenderlo mucho mejor de lo que era razonable esperar contra el golpe brutal del costo decuplicado de la energía. Incapaces de percibir por otra parte (a pesar de disponer, gracias al Capitalismo, de una información más completa que nunca antes) lo que significa la crisis económica mucho más severa y además verdaderamente perversa, esa sí, de los países socialistas de historia previa comparable (los de Europa central) un número creciente de los presuntos beneficiarios del igualmente presunto saqueo del Tercer Mundo encuentran de nuevo verosímil la gastada alegación socialista de que sólo la economía de mercado (el Capitalismo) impide el florecimiento explosivo de las fuerzas productivas que ella misma ha creado, y que bastará arrinconarla antes de darle más tarde el golpe de gracia para lograr la reanudación triunfal del crecimiento económico, el empleo asegurado para todos, trabajar menos y consumir más. Es con este programa disparatado que por ejemplo en Francia el Socialismo ha logrado, por primera vez plenos poderes para salvar a ese país del Capitalismo. Aquí y allá algunos aguafiestas, sin osar demasiado poner en duda que pueda ser cumplida la promesa de semejantes mágicos resultados económicos, se inquietan al menos por las posibles consecuencias, para la libertad, del enorme reforzamiento de los poderes del Estado implícito en el proyecto del PS francés (como, inevitablemente, en cualquier proyecto que merezca el calificativo de “socialista”). Pero si las ranas estaban tan fastidiadas de no tener rey que se consolaban calificando al anterior presidente de “monarca” y dibujándolo con testa coronada en las portadas de las revistas, el trueque de esa pobre lámpara vieja, la libertad, que tan poco estiman, por la reluciente lámpara nueva de más consumo por menos trabajo les parecerá el mejor negocio de sus vidas.

Una Nostalgia Reaccionaria

  Tantos autoengaños y de tanta monta no pueden explicarse por causas coyunturales. Algo debe haber en la civilización capitalista que hace disonancia con nuestras emociones. Algo tiene que tener el Socialismo que armoniza con ellas. Chafarevich (en El Fenómeno Socialista, París, Seuil, 1977) propone que la fascinación perenne con el Socialismo, presente en todas las utopías, desde Platón, tiene que responder a un requerimiento psíquico irracional que paradójicamente se disfraza de racionalismo exacerbado. Karl Popper (en La Sociedad Abierta y sus Enemigos, edición original de 1943, 5ª edición, revisada, Princeton University Press, 1966) supone una nostalgia universal por la sociedad tribal, estática, donde no existía el individuo. En la sociedad abierta, en desarrollo desde hace apenas diez o doce mil años, los hombres se ven constantemente en la necesidad de tomar decisiones personales. No nos hemos habituado a esa, la mayor de las revoluciones. Desde luego nuestra capacidad crítica ha sido liberada y la libertad se ha convertido, en teoría, en el valor supremo, tanto que hasta los tiranos aseguran que son ellos quienes la garantizan. Pero vivimos en tensión, en inseguridad, en angustia. Es preciso a cada paso escoger, interrogarse, autodisciplinarse, adaptarse, competir, ganar y también perder. El shock del paso de la sociedad tribal a la sociedad abierta, biológicamente muy reciente, no ha sido superado. Las expresiones de comprensión de las ventajas, para el hombre, de la sociedad abierta jalonan la historia desde Pericles. Pero igualmente, desde Platón, las expresiones de nostalgia reaccionaria por la sociedad tribal. Estas últimas son mucho más estimadas. El utopismo es generalmente considerado moralmente virtuoso y estéticamente agradable, a pesar de los monstruos políticos que ha generado en la práctica, entre los cuales se cuentan todos los experimentos totalitarios. En cambio el libertarianismo sufre de cierta desconsideración, por intuírselo fundado en la comprensión de que los hombres son imperfectos y dispuesto a acomodarse a esa realidad, en lugar de proponer construir un “hombre nuevo”, un “superhombre”.
El tercermundismo: Amazon.es: Carlos Rangel: Libros El ánimo socialista es, pues, literalmente reaccionario. El verdadero hombre nuevo sería aquel que pudiere liberarse de esa atadura con un pasado (reciente) cuando la especie humana era muy semejante a otros animales de presa quienes, por la obligación en que se encuentran de cazar en grupo, son, en efecto, “colectivistas”.
 La aparente novedad del Socialismo marxista se debe a su coincidencia y a su correspondencia con una situación inédita en la historia: la sociedad capitalista industrial. Antes de la revolución capitalista con su productividad insólita, las sociedades humanas no habían podido detenerse a prestarle ninguna atención a la idea extravagante de que pudiere aliviarse la gran miseria de la mayoría de sus integrantes. Mucho menos podía preocuparles la pobreza de otras sociedades, como hoy sí preocupa a los pueblos prósperos la pobreza del Tercer Mundo. El estado normal de la sociedad era el nivel de mera subsistencia, siempre al borde del desastre, perennemente prisionera de lo que Galbraith ha denominado “el equilibrio de pobreza”. No sólo las desgracias (la sequía, la peste, la guerra) sino también cualquier alteración aparentemente afortunada (siete años de “vacas gordas”, con sus consiguientes menor mortalidad y mayor vulnerabilidad ante la segura próxima escasez) anunciaba un inevitable subsiguiente desastre. La vida de los hombres transcurría en un estado de sitio permanente por fuerzas fuera de su control.
 Ahora bien, una comunidad en peligro mortal no cuestiona la necesidad de someterse a un gobierno autoritario. El peor desastre que le puede ocurrir a una ciudad rodeada de enemigos es una claudicación de su liderazgo, un hiato en el gobierno resuelto y sin contemplaciones. Aun en nuestro tiempo no nos asombra ver impuesta la ley marcial tras alguna catástrofe, y a los saqueadores fusilados sin fórmula de juicio. Esa situación, que las sociedades capitalistas avanzadas ya no conocen, aunque la lleven grabada en el subconsciente y estén tal vez destinadas a enfrentar en un futuro, era la condición normal de la humanidad antes de que el Capitalismo creara primero un excedente pequeño, y luego uno inmenso, por encima de lo mínimo necesario.
 Fueron hombres de mente crítica y racional (“capitalista”) viviendo en tiempos desafortunados de guerra civil o de dominación extranjera, hombres como Hobbes y Machiavelli, quienes encontraron por primera vez la expresión descarnada de lo que todo el mundo sabía pero que antes del inicio de la civilización capitalista no había sido posible o admisible formular: que el mundo es un sitio peligroso y brutal, y que dada la escasez de recursos todavía normal en el siglo XV (Machiavelli) o en el XVII (Hobbes) los hombres en estado de anarquía están condenados a luchar como hienas entre sí, con lo cual causan y se causan todavía más miseria; que lo mismo vale para las relaciones entre grupos humanos y que por lo tanto los grupos débiles, anarquizados, sin liderazgo efectivo, están destinados a ser víctimas de los grupos más fuertes. De allí que, entre todas las desgracias que pueden acaecer a la sociedad, ninguna sea peor o más terrible que la disensión entre miembros del mismo grupo, la guerra civil. El poco bienestar, tranquilidad y seguridad de que los hombres puedan disfrutar encontrarán sitio sólo una vez que el mal de la anarquía, y de la disensión o la guerra civil hayan sido reemplazados por el mal menor de un gobierno autoritario e implacable.

Cambiar el Mundo

 No por accidente aquellos individuos (o clases) que por cualesquiera circunstancias se encontraron en capacidad para asumir y conservar el liderazgo requerido, extrajeron un alto precio por sus servicios. La razón suficiente de un relevo radical de una clase dirigente ha solido ser que esos servicios ya no estaban siendo suministrados, y ese relevo ha sido invariablemente protagonizado por quienes podían a su vez restablecer la seguridad interna y externa de la sociedad en cuestión. El economicismo marxista excluye de su campo de visión este fundamento puramente político de la transferencia de poder de una elite a otra.
 Las sociedades pre-capitalistas fueron tradicionalmente gobernadas por castas sacerdotales, en combinación con aristocracias militares, minorías parásitas extorsionadoras de una proporción exorbitante de la escasa producción social. Pero esto resultaba para el cuerpo social parasitado un mal menor que la aniquilación o la reducción a la esclavitud que habrían sido las consecuencias de un asalto externo exitoso.
 La brutalidad de semejantes arreglos sociales no podía dejar de conducir a una doble reflexión, política y religiosa. Puesto que la sociedad en su estado precapitalista de bajísima productividad no podía encontrar una solución política distinta y mejor que el sometimiento a una autoridad implacable, todo el pensamiento político pre capitalista tuvo tendencia a girar en torno a las maneras de legitimar esa situación. El expediente más socorrido fue asociar el poder a la divinidad, y la sumisión a la piedad. El rechazo a la crueldad y a la hipocresía de esta situación no podía ser político, sino religioso heterodoxo (puesto que la ortodoxia era parte del sistema de control social) con la aspiración a la justicia remitida a una dimensión diferente a la del orden secular. “Mi reino no es de este mundo” y “Dad al César lo que es del César” son formulaciones clásicas de esta sabiduría frente al dominio brutal, ambiguo y sucio de la conducción política de la sociedad. Esto no exoneraba a los heterodoxos de la obligación de intentar alcanzar la justicia, pero no a través de la ambición insensata de pretender transformar este mundo, sino por la adición infinitamente paciente de actos de caridad individuales, cuya suma terminaría algún día por hacer desaparecer, literalmente, el falso mundo de la injusticia.
 Un apólogo hasídico ilustra perfectamente esa actitud. Haskele decide componer el mundo y se pregunta por dónde comenzar. El mundo entero es demasiado vasto.
 ¿Comenzará por su país? Sería todavía una ambición satánica. ¿La provincia, el distrito, el pueblo, su calle, su familia? Cada vez Haskele reflexiona que hay una presunción pecaminosa en pretender reformar a los demás. El proyecto de salvar el mundo no puede acometerse sino emprendiendo en primer lugar la tarea humilde, aunque ella misma infinitamente difícil, de mejorar nuestra propia persona, tratando de ser justos en todos nuestros actos.»

        [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1982, pp. 162-166. ASIN: B0012QVROE]

miércoles, 1 de junio de 2022

Los perros de la guerra.- Frederick Forsyth (1938)


Biografia de Frederick Forsyth
Primera parte: La montaña de cristal

Capítulo 4

   «Manson cambió de tema, sin dejar de mirar el mapa.
 —Dígame algo relativo a las tribus que viven allí.
 —Hay dos —respondió Endean—. El este del río, hasta el final de la tierra interior, es territorio de los vindúes. A propósito, más vindúes viven al otro lado de la frontera oriental. Ya le dije que las fronteras eran arbitrarias. Los vindúes viven prácticamente en la edad de piedra. Raras veces cruzan el río y abandonan su región selvática. El llano que se extiende al oeste del río hasta el mar, incluida la península donde se levanta la capital, es el país de los cayas. Odian a los vindúes y, a su vez, son odiados por éstos.
  —¿Cuál es la población?
  —Casi imposible de contar en el interior. Oficialmente, se cifra en doscientos veinte mil en todo el país. Es decir, treinta mil cayas y unos ciento noventa mil vindúes. Pero son números aleatorios, aunque, probablemente, el cálculo de los cayas es bastante exacto.
  —Entonces, ¿cómo diablos pudieron celebrar unas elecciones? —preguntó Manson.
  —Éste es uno de los misterios de la creación —dijo Endean—. En todo caso, fue un verdadero lío. La mayoría de ellos no sabían lo que eran unas elecciones ni por quién votaban.
  —¿Y qué me dice de la economía?
  —Es prácticamente nula —respondió Endean—. El país vindú no produce nada. La mayoría de sus pobladores se limitan a ir tirando con el ñame y el casabe que producen en las parcelas desbrozadas por las mujeres en la selva, que son muy pocas. A menos que les paguen bien, prefieren estarse con los brazos cruzados. Los hombres se dedican a la caza. Los niños son presa fácil del paludismo, el tracoma, la esquistosomiasis y la falta de nutrición.
  En los tiempos coloniales había, en el llano costero, plantaciones de cacao de baja calidad, café, algodón y plátanos. Eran propiedad de blancos, que empleaban mano de obra indígena. No se trataba de productos de primera calidad, pero bastaban para conseguir, con la potencia colonial como comprador europeo garantizado, las divisas fuertes necesarias para pagar unas importaciones mínimas. Después de la independencia, tales plantaciones fueron nacionalizadas por el Presidente, que expulsó a los blancos y las dio a los paniaguados de su partido. Actualmente están casi arruinadas, invadidas por la mala hierba.
  —¿Puede darme algunas cifras?
  —Sí, señor. El año anterior a la independencia, la producción total de cacao, que era la cosecha principal, fue de treinta mil toneladas. El año pasado, fue de mil toneladas, y no hubo compradores. Todavía se está pudriendo en el suelo.
  —¿Y el café, el algodón y los plátanos?
  —Los plátanos y el café quedaron prácticamente en nada por falta de cuidado. El algodón fue víctima de una plaga, y no había insecticidas.
  —¿Cuál es la situación económica actual?
  —Un desastre. Bancarrotas, un papel moneda que no vale nada y una imposibilidad total de realizar importaciones. Hubo donativos de las Naciones Unidas, de los rusos y de la antigua potencia colonial; pero, como el Gobierno vende sus productos a otros y se embolsa el dinero, inclusos aquéllos han renunciado a prestar ayuda.
  —Una auténtica República banana, ¿eh? —murmuró Sir James.
 —En todos los sentidos. Son venales, viciosos, brutales. Sus aguas costeras son ricas en peces, pero no pueden pescar. Los dos barcos de pesca que tenían eran patroneados por blancos. Uno de los patrones fue apaleado por los matones del Ejército, y ambos se largaron. Los motores se oxidaron, y las embarcaciones fueron abandonadas. Los indígenas sufren falta de proteínas. No hay bastantes cabras y gallinas para su subsistencia.
  —¿Cómo están en cuanto a sanidad?
  —Hay un hospital en Clarence, a cargo de las Naciones Unidas. Es el único del país.
  —¿Y de médicos?
  —Había dos zangareños que poseían el título de doctor en Medicina. Uno de ellos fue detenido y murió en la cárcel. El otro huy ó al extranjero. Los misioneros fueron expulsados por el Presidente, como agentes imperialistas. Eran misioneros médicos, además de sacerdotes y predicadores. Las monjas solían enseñar a las enfermeras, pero también ellas fueron expulsadas.
  —¿Cuántos europeos hay?
  —En el interior, probablemente ninguno. En la zona costera, un par de técnicos agrónomos, enviados por las Naciones Unidas. En la capital, unos cuarenta diplomáticos, veinte de ellos pertenecientes a la Embajada rusa, y los demás, repartidos entre las Embajadas francesa, suiza, americana, alemana occidental, checa y china, si es que podemos llamar blancos a los chinos. Aparte éstos, unas cinco personas en el hospital de las Naciones Unidas, otros cinco técnicos encargados del generador eléctrico, de la torre de control del aeropuerto, de las obras hidráulicas, etcétera. Por último, puede haber otros cincuenta, entre comerciantes, capataces y hombres de negocios, que se quedaron esperando tiempos mejores.
  En realidad, hubo un poco de jaleo hace seis semanas, y uno de los hombres de las Naciones Unidas estuvo a punto de morir apaleado. Los cinco técnicos no médicos amenazaron con marcharse y se refugiaron en sus respectivas Embajadas. Es posible que, a estas horas, se hayan largado y a, en cuyo caso, los servicios de agua y de electricidad y el aeropuerto dejarán muy pronto de funcionar.
  —¿Dónde está el aeropuerto?
  —Aquí, en la base de la península, detrás de la capital. No tiene categoría internacional; por consiguiente, quien quiera volar hasta allí, tiene que tomar un avión de la “Air Afrique” hasta la República situada al Norte, y en ésta, un pequeño bimotor que hace el viaje a Clarence tres veces por semana. La concesión pertenece a una empresa francesa, aunque, en la actualidad, no puede decirse que sea rentable.
  —¿Qué amigos tiene el país, diplomáticamente hablando?
  Endean meneó la cabeza.
  —No tiene ninguno. A nadie le interesa tanto desorden. Incluso la Organización de la Unidad Africana se siente incomodada por este país. Está tan dejado de la mano de Dios, que nadie lo menciona siquiera. Como no va ningún periodista, faltan noticias sobre él. El Gobierno es rabiosamente antiblanco, y nadie se atreve a enviar personal para cualquier empresa. Nadie invierte nada, porque nada está a salvo de ser confiscado por cualquier pelagatos que luzca la insignia del partido. Éste tiene una organización juvenil que reparte garrotazos a diestro y siniestro, de modo que todo el mundo vive aterrorizado.
  —¿Qué me dice de los rusos?
 —Su misión es la más importante y, probablemente, aconsejan al Presidente en cuestiones de política exterior, de las que nada sabe en absoluto. Casi todos sus consejeros son indígenas educados en Moscú, aunque él no estudió personalmente en la capital soviética.
  —¿Existe allí algún valor en potencia? —preguntó Sir James.
  Endean asintió lentamente con la cabeza.
  —Con una buena dirección y un buen trabajo, creo que es suficiente para que la población pudiese vivir con relativa prosperidad. La población es poco numerosa y no tiene grandes necesidades; podría bastarse por sí misma en lo tocante a la comida y el vestido, elementos básicos de una buena economía local, y conseguir, con una pequeña cantidad de divisas fuertes, el complemento de artículos necesarios. Esto sería muy factible, y además, las necesidades son tan pocas, que las organizaciones de ayuda y de caridad podrían suministrarle todo lo necesario; pero resulta que su personal es invariablemente molestado; su equipo, saqueado o destruido, y sus donativos, robados y vendidos en exclusivo beneficio del Gobierno.
  —Dice usted que los vindúes son incapaces de trabajar de firme. ¿Qué opina de los cayas?
  —Lo mismo —dijo Endean—. Se pasan todo el día sentados o se ocultan en la espesura si presienten alguna amenaza. Su fértil llano les dio siempre lo necesario para vivir, y les basta con ello para sentirse satisfechos.
   —Entonces, ¿quién trabajaba las haciendas en los tiempos coloniales?
  —¡Ah! La potencia colonial llevó allí a unos veinte mil trabajadores negros de otras regiones. Arraigaron en el país y siguen viviendo en él. Contando sus familias, son unos cincuenta mil. Pero, al no haber sido manumitidos por la potencia colonial, no participaron en las elecciones al declararse la independencia. Si hay alguien que trabaje, son todavía ellos.
  —¿Dónde viven? —preguntó Manson.
LOS PERROS DE LA GUERRA | FREDERICK FORSYTH | Comprar libro ...  —Unos quince mil siguen viviendo en sus chozas de las antiguas haciendas, aunque, con toda la maquinaria destruida, es muy poco lo que pueden hacer. Los demás se dirigieron a Clarence, y allí se ganan la vida lo mejor que pueden. Viven en una serie de barrios de barracas, detrás de la capital, junto a la carretera del aeropuerto.
  Durante cinco minutos, Sir James Manson contempló el mapa que tenía delante, reflexionando profundamente sobre una montaña, un presidente loco, una camarilla de consejeros educados en Moscú y una Embajada rusa. Después, suspiró.
  —Un lugar francamente desolador.
   —Emplea usted unos términos muy suaves —dijo Endean—. Todavía realizan ejecuciones rituales ante el populacho, en la plaza principal. Las víctimas son descuartizadas a machetazos. Todo un espectáculo.
 —¿Y a quién se debe este paraíso terrenal?
  Por toda respuesta, Endean sacó, una fotografía y la puso sobre el mapa.
  Sir James Manson contempló la efigie de un africano de edad madura, ataviado con sombrero de copa, negro chaqué y pantalón de corte. Sin duda, la foto correspondía a su toma de posesión, pues varios oficiales coloniales aparecían en segundo término, en la escalinata de una gran mansión. La cara que se veía bajo el reluciente sombrero de copa no era redonda, sino larga y enjuta, con profundas arrugas a ambos lados de la nariz. Tenía caídas las comisuras de la boca, y esto le daba una expresión de profundo desagrado por algo. Pero lo más notable eran sus ojos. Tenían una fijeza mate, como sólo se ve en los ojos de los fanáticos.
  —He aquí al hombre —dijo Endean—. Loco como una cabra y malvado como una serpiente de cascabel. El Papá Doc de África Occidental. Visionario; espiritista; destructor del yugo del hombre blanco; redentor de su pueblo; estafador; ladrón; jefe de Policía y verdugo de los sospechosos; inquisidor; interlocutor del Todopoderoso: he aquí al Señor Supremo de Todas las Cosas, Su Excelencia el Presidente Jean Kimba.
  Sir James Manson escrutó largamente el rostro del hombre que, sin saberlo, tenía en sus manos diez mil millones de dólares en platino.
  Me pregunto —pensó—, si el mundo se daría cuenta de su muerte”.
  No dijo nada; pero, después de escuchar a Endean, había decidido preparar este suceso.
  Seis años antes, la potencia colonial que gobernara el enclave llamado hoy Zangaro, consciente de la opinión mundial, había resuelto otorgarle la independencia. Se hicieron apresurados preparativos entre una población absolutamente carente de experiencia en el gobierno autónomo, y se fijaron para el año siguiente la declaración de independencia y las elecciones generales.
  En medio de aquella confusión, surgieron cinco partidos políticos. Dos de ellos eran exclusivamente de tribu, pretendiendo el uno defender los intereses de los vindúes, y el otro, los de los cayas. Los otros tres inventaron sus propias plataformas políticas y pretendieron atraerse al pueblo valiéndose de las divisiones tribales. Uno de ellos estaba constituido por el grupo conservador, dirigido por un hombre que había ostentado cargos públicos con los colonialistas y era apoyado por éstos. Afirmaba que mantenía estrechos lazos con el país protector, el cual, aparte otras cosas, garantizaba el papel moneda local y compraba los productos exportables. El segundo partido era de centro, pequeño y débil, acaudillado por un intelectual con título de profesor europeo. El tercero era radical, y su jefe, un hombre que había estado varias veces en la cárcel por motivos de seguridad: Jean Kimba.
  Mucho antes de las elecciones, dos de sus auxiliares, que, mientras estudiaban en Europa, habían sido descubiertos por los rusos —al advertir su presencia en manifestaciones anticoloniales callejeras— y que habían aceptado becas para terminar sus estudios en la Universidad “Patricio Lumumba”, de las afueras de Moscú, salieron secretamente de Zangaro y se trasladaron en avión a Europa. Se habían entrevistado con emisarios de Moscú y recibido, como resultado de sus conversaciones, cierta suma de dinero y muchos consejos de carácter práctico.
  Gracias a este dinero, Kimba y sus hombres formaron patrullas de matones políticos, reclutados entre los vindúes, prescindiendo por completo de la minoría caya. Las patrullas políticas pusieron manos a la obra en las tierras del interior, donde no había Policía. Varios agentes de los partidos rivales acabaron de mala manera, y las patrullas visitaron a todos los jefes de clan de los vindúes.»

   [El texto pertenece a la edición en español de De Bolsillo, 2017, en traducción de José Ferrer Aleu. ISBN: 978-84-9759-675-6.]

miércoles, 24 de noviembre de 2021

La niña verde.- Herbert Read (1893-1968)


Resultado de imagen de herbert read «Al fundar esas colonias, los jesuitas siguieron el principio de que la suya era una corporación distinta de los poderes civiles o eclesiásticos de la comunidad. Desde luego, eran fieles al Papa, su padre espiritual, y al rey, que gobernaba por derecho divino. Pero en la práctica sus instituciones eran independientes de toda autoridad externa, posición paradójica que sólo podía mantenerse en las regiones remotas donde habían fundido sus colonias.
 La disciplina de la Compañía de Jesús era inquebrantable. La gobernaba un superior que vivía en Candelaria, punto central desde donde podía visitar fácilmente los demás establecimientos. El superior tenía dos lugartenientes, uno de ellos vivía en los barrancos del río Paraná; el otro en Uruguay. Además de esos funcionarios, que dirigían los asuntos más importantes de la comunidad, cada ciudad o colonia tenía su cura, asistido por uno o más sacerdotes, según la importancia y el número de la población. Un cura tenía a su cargo el bienestar espiritual de la comunidad, oficiaba en el altar y enseñaba rudimentos de lectura y escritura. Otro cura se ocupaba de los asuntos temporales, vigilando el desarrollo de la agricultura y la enseñanza de los oficios.
 Los nativos aprendían el arte de gobernarse a sí mismos. Tenían su alcalde, jueces y regidores que presidían tribunales y concilios. Pero desde luego un pueblo tan inocente de las tradiciones políticas dependería en gran parte del consejo de los curas, en quienes depositaban su autoridad. Los jesuitas insistían sobre todo en el principio de la igualdad absoluta en cuanto a la posición social, las horas de trabajo y aun la vestimenta. Los escogidos para desempeñar un cargo debían ofrecer un buen ejemplo a quienes no tenían ese honor y, salvo la admiración de sus amigos, no parecían recibir ninguna remuneración.
 En el ámbito económico, las misiones seguían el principio de la comunidad de bienes. El ganado y los caballos eran propiedad común del pueblo; toda la producción agrícola se repartía equitativamente o se almacenaba para el uso público. Las ganancias obtenidas mediante cualquier venta ingresaban en el “fondo de la comunidad” y se utilizaban para la construcción y decoración de las iglesias y para servicios públicos tales como un hospital y una escuela.
 No hay duda de que dentro de esa comunidad igualitaria los sacerdotes detentaban un poder autocrático. Insistían en que los indígenas asistieran regularmente a la misa y mantenían la disciplina moral más estricta. Y hasta cuidaban de corregir la apatía conyugal. A determinadas horas, durante la noche, hacían batir tambores en las aldeas. Porque los indígenas, poco sensuales por naturaleza, después de una jornada de labor en los campos preferían las delicias del sueño a cualquier otro placer y era preciso despertar de esa manera su sentido de los deberes conyugales.
 Es indudable que en el curso de dos siglos los jesuitas acumularon en Sudamérica una considerable riqueza en tierras, ganado y utensilios de plata y oro. La consecuencia de tal riqueza fue que adquirieron un poder demasiado extenso y evidente para no suscitar el encono de las autoridades civiles y eclesiásticas que, dirigidas desde Europa, consideraban las colonias como legítimas fuentes de pillaje. La historia de la expulsión de los jesuitas es archisabida. Las consecuencias para los nativos fueron desastrosas. Una vez más se convirtieron en víctimas de la expoliación, el robo, la administración pervertida; sus posesiones decayeron rápidamente y poco a poco se hundieron en un estado de pobreza e indiferencia. Durante muchos años padecieron a los sacerdotes y frailes enviados en reemplazo de los hermanos jesuitas; además eran absolutamente incapaces de entender el sistema de autoridad dual a que habían sido sometidos, ya habituados a la autoridad única de la Compañía, que por intermedio de sus hermanos dirigía tanto los asuntos espirituales como los temporales. Con el cambio de sistema se les exigió que aceptaran por un lado la autoridad de un sacerdote y por el otro la de un seglar; y puesto que esos individuos representaban un permanente conflicto de intereses, los indígenas vivían en permanente confusión. Los sacerdotes, por ejemplo, podían ordenarles que asistieran a la misa a una hora determinada que el administrador civil encontraba inoportuna. Ninguna de las autoridades cejaba, con el resultado de que los pobres nativos eran castigados hiciesen lo que hiciesen.
 Reducidos a la miseria o a la esclavitud por la explotación económica, profundamente desmoralizados por gobiernos débiles, desintegrándose por tendencia natural, las primitivas colonias o misiones fundadas por los jesuitas desaparecieron gradualmente. El país todo habría retrocedido acaso a cierta forma de barbarismo de no mediar el auge de los criollos. Despreciados por sus allegados de sangre, los españoles, ese antagonismo fue poco a poco haciéndoles conscientes de su condición racial y hasta llegaron a aspirar al mando de la tierra en que habían nacido. Se convirtieron así en los campeones de la libertad y la independencia, en oposición al dominio español. En Roncador pude comprobar que sin su ayuda la formación de repúblicas independientes nunca habría sido posible.
 Durante mi estudio del manuscrito del pai Lorenzo adquirí varias convicciones que no me abandonaron mientras permanecí en Roncador. Es posible que el cuadro de las colonias jesuitas pintado por el desconocido historiador fuera demasiado benévolo. Es posible, asimismo, que yo leyera en sus descarnadas descripciones una concepción de la sociedad que estaba ya latente en mi mente. No muchos años antes había leído La República de Platón con extraordinario entusiasmo; de manera inconsciente, podía haber imaginado las misiones jesuitas como una realización de los ideales que entonces había abrazado. Pero sólo la coincidencia de la teoría con la historia y la posibilidad de acción en esas precisas circunstancias pudieron impulsar el espíritu de resolución que desde ese momento nació en mí.
Resultado de imagen de herbert read la niña verde Comprendí claramente que un gobierno estable sólo era posible en determinadas condiciones que empecé a formularme a mí mismo con frases precisas. La autoridad debe ser una. Por una no entendía residente en un solo individuo; es cierto que los jesuitas apelaban en última instancia a la autoridad personal del superior de su Compañía, pero el gobierno de cada colonia estaba confiado a dos curas, uno para los asuntos espirituales y otro para los temporales. Pero el mismo propósito moral animaba a ambos curas y ésa era la unidad verdadera y suficiente. El Estado debe bastarse a sí mismo. Este principio se deduce del anterior, ya que la autoridad de un Estado disminuye en la medida en que depende de otro exterior. En tal caso su poderío se diluirá en exportaciones y letras de cambio y otra autoridad competidora se instalará a su lado, tanto más peligrosa por invisible e impalpable. El Estado debe armarse contra la invasión. Otro principio deducido de los anteriores, ya que todo Estado inerme provocará la codicia de vecinos ambiciosos. El Estado debe ser incorruptible o, por así decirlo, poderoso contra la sedición. Únicamente, la injusticia provoca la sedición, pero la injusticia no sólo implica una mala administración de las leyes establecidas para el bienestar común, sino además la existencia de irrecusables injusticias, entre las cuales la principal es la desigualdad de la riqueza.
 Cuanto más estudié su historia, más firme fue mi convicción de que los jesuitas habían fracasado por una única razón: habían provocado la envidia de gobernantes y saqueadores, ante todo mediante la acumulación de bienes y en segundo término por su incapacidad de defenderse contra la invasión.
 No encontré dificultad para hacer que la Junta aprobara ciertas medidas cuyo objeto era poner en práctica esos principios de gobierno. Fijé mi propio salario y la paga de todos los empleados y oficiales en cifras bajas pero proporcionadas, suficientes para sostener un hogar decente, aunque no para dejar un margen de ahorros. El ejército profesional quedaba disuelto, salvo una plana de oficiales; pero cada familia debía aportar un varón apto para el servicio que permanecería bajo bandera hasta que lo reemplazase un relevo. Para asegurar la homogeneidad del Estado, quedaba prohibida la unión entre españoles, con lo cual se aseguraba automáticamente la asimilación  de elementos foráneos. Ningún extranjero podía ingresar al país sin permiso; sólo podía establecerse en él casándose con una mujer nativa. Todas las desigualdades sociales desaparecían, ya que cada ser humano tiene los mismos derechos ante la ley. El Estado asumía el dominio de toda la tierra: los hacendados o estancieros debían explotar sus propiedades en beneficio común, so pena de expropiación. La única diferencia que subsistía era la división del trabajo: un hombre puede dirigir una estancia, así como la autoridad del Estado. Pero así como son diversas las aptitudes de los hombres, diversas han de ser sus funciones, aunque no sus ventajas.
 Las leyes que aseguraban esos principios fueron promulgadas durante el primer año de nuestro gobierno, pero tomar todas las medidas necesarias fue, desde luego, labor de varios años. Hubo que deportar a algunos elementos rebeldes, todos españoles. Algunos comerciantes se declararon en quiebra: se les ofrecieron tierras o la alternativa de abandonar el país. Algunos estancieros se mostraron reacios ante la requisición de parte de sus ingresos, pero también para ellos la única alternativa fue emigrar. En general, las dificultades no eran las que se habrían suscitado en una cultura más avanzada. Aunque la esclavitud no era desconocida en Roncador, aunque los campesinos de condición más baja eran ignorantes y míseros, no existían diferencias sociales. Aparte los españoles, era la nuestra una sociedad sin clases y el único problema radicaba en encontrar los medios para igualar los bienes de todos los miembros de dicha sociedad.
 En suma, nuestro método (aplicado gradualmente) consistía en destinar parte de la producción para el trabajador individual y parte para el Estado. Esa parte asignada al Estado la fijaba el estanciero, que reunía su producción y tomaba de ella lo necesario para sí mismo. En cada ciudad y distrito había almacenes donde se recogía el excedente para el Estado, y allí se intercambiaba con la producción de los oficios. Así, un zapatero podía cambiar en la ciudad un par de zapatos por determinada cantidad de té, tabaco, carne o trigo, según tarifas fijas. El excedente de este tráfico local, reunido en la capital, se intercambiaba a través de comerciantes con importaciones de manufactura extranjera. Tales importaciones eran de diversa índole: para la distribución (sal y artículos de adorno) y para el uso directo del Estado (equipos para el ejército). El exceso de exportaciones sobre las importaciones podía acumularse como una reserva de crédito por cuenta de los importadores extranjeros; en ninguna circunstancia quedaba autorizado el exceso de importaciones.
 Tal era nuestra sencilla economía y no peco de cándido si imagino que civilizaciones más complejas deberían imitar sus líneas generales. Lo que no puede dudarse es su adecuación al Estado de Roncador. Al cabo de tres años de gobierno había en el país una atmósfera general de paz y contento. Hombres y mujeres vivían en relación de mutua confianza, cultivando la tierra y disfrutando con felicidad de la abundancia de sus frutos.
 De todo ello resultó algo imprevisto.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2010, en traducción de Enrique Pezzoni, pp. 83-87. ISBN: 978-84-92723072.]