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domingo, 19 de abril de 2026

Cuentos de Canterbury.- Geoffrey Chaucer (1343-1400)

Prólogo del cuento del cocinero

 «Al concluir de hablar el mayordomo, el cocinero londinense dióle una afectuosa y jovial palmada en la espalda y dijo: -¡Pardiez! ¡Por la pasión de Cristo que el molinero remató bien el lance del hospedamiento! Ya aconsejó Salomón: "No metas extraño en tu casa". Sí, que dar albergue nocturno es peligroso. Mucho debe el hombre mirar a quién permite morar en su habitación. Dios me aflija con calamidades si nunca, desde que me llamo Hodge de Ware, he oído contar que molinero alguno se viera en tales aprietos. ¡Buena burla le gastaron a favor de la oscuridad! Pero, pues Dios dispone que esto no quede aquí, si vosotros consentís en escuchar a un pobre hombre como yo, quiero contaros tan bien como pueda, una burla que acaeció ha tiempo en nuestra ciudad.
 El hostelero contestó de este modo:
 -Cuenta, Hodge, y procura que sea buen relato, que así tenemos derecho a pedírtelo. Porque tú has escamoteado el relleno de muchos pasteles y has vendido mucha masa dos veces recalentada y enfriada dos veces. Grandes maldiciones en Cristo te han dirigido los peregrinos que comieron tu ganso aderezado con perejil, y a los que todavía les duele el estómago a causa de la gran copia de moscas que tienes en tu cocina. Vamos, gentil Hodge, habla ya, por tu nombre. Y no te enojen mis chacotas, que muy grandes verdades se pueden expresar en chanza.
 -Bien hablas -contestó Hodge-, pero broma verdadera no es una buena broma, como los flamencos dicen. Y así, Enrique Bailly, no te incomodes, porque te prevengo que mi cuento versa sobre un posadero y, si has de ofenderte, callaremos.
 Y, rompiendo a reír, ensartó algunos donaires y luego empezó su cuento de esta manera.

Cuento del cocinero (1)

 Vivía antaño en nuestra ciudad un aprendiz de un gremio de tratantes en vituallas. Era un mocito apuesto, aunque de corta estatura, risueño como jilguero de bosque, moreno como fruta de matorral, con bucles negros, diestramente peinados. Por lo bien y galanamente que danzaba, llamábanle Pedrito el Retozón. Rebosaba amor y ardor como la colmena dulce miel, de manera que no tenía mala fortuna la moza que con él se encontraba. Cantaba y bailaba en todas las bodas y prefería la taberna a la tienda en que hacía su aprendizaje.
 Siempre que había en Chepe alguna fiesta o cabalgata, el aprendiz se escapaba de la tienda y no retornaba en tanto que no había visto todos los festejos y danzado en ellos muy a su sabor. Pertenecía a una banda de muchachos de su condición, que siempre andaban juntos, bailando o cantando, y también se reunían en ciertos lugares para jugar a los dados. No había aprendiz de Londres que supiera tirar los dados mejor que Pedrito. Además, éste era muy amigo de dilapidar dinero en casas secretas; y todo ello redundaba en detrimento de su patrón, que asaz a menudo encontraba su caja vacía. Porque habéis de saber que si un aprendiz es inclinado al juego, la orgía o las mujeres, al amo le toca pagarlo, cargando con los gastos de la música sin tocar en ella; pues, en un aprendiz, diversión y robo son palabras sinónimas. Siempre se ha visto que, en la gente de condición humilde, el refocilamiento y la honradez son cosas que no pueden existir a la par.
 Este jovial aprendiz vivió con su amo hasta llegar casi al término de su aprendizaje, sin dejar nunca de ser reprendido mañana y noche y encerrado algunas veces en Newgate como castigo de sus jolgorios. Pero al cabo, su patrón, examinando un día sus cuentas y libros, hubo de reflexionar sobre el proverbio que aconseja retirar del montón la manzana podrida, para que no dañe a las demás. Igualmente es provechoso despedir al sirviente disoluto antes de que su ejemplo pierda a todos los demás de una casa.
 Y, pensando así, el patrón licenció a su aprendiz, enviándole muy enhorabuena. De manera que desde entonces el jovial Pedrito quedaba libre de pasar la noches divirtiéndose o haciendo lo que le pluguiera.
 No hay delincuente sin cómplice que le ayude a gastar lo que el primero pudo robar o sacar con engaño; y Pedrito tenía uno, a cuya casa expidió su lecho y efectos. Era este hombre de idénticas inclinaciones que Pedrito, gustándole los dados y las refocilaciones y turbulencias. Su esposa fingía vivir de una tienda, mas no se sustentaba de ello, sino de prostituirse...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1984, en traducción de Juan G. de Luaces, pp. 71-73. ISBN: 84-320-3921-7.]

domingo, 28 de julio de 2024

Cuentos populares de Asia / 2.- Anónimo (...)

 

¿Es que todos no somos seres humanos? 
(cuento de Laos)

 «Érase una vez un Rey que emprendió un largo viaje en su barca real, seguido por otra barca donde iban los consejeros reales. Era un día muy caluroso pues el sol calentaba con ardor y los remeros tenían que remar río arriba durante muchas horas, mientras el Rey y los consejeros descansaban cómodamente tumbados bajo los toldos de las barcas.
 Los cuerpos de los remeros estaban cubiertos de sudor y uno de ellos empezó a gemir:
 -Realmente esto no está bien -dijo al remero que estaba a su lado-. ¿Es que todos no somos seres humanos? ¿Por qué nosotros tenemos que realizar todo el trabajo mientras que estos perezosos consejeros descansan a la sombra? Después de todo, somos hombres y todos estamos sujetos al Rey, así es que ellos también deberían remar.
 Aunque el rey tenía los ojos cerrados, oyó todo lo que decían los remeros. Pero fingió que seguía dormitando.
 Al final del día amarraron junto a un pequeño templo para dormir en las barcas. Después de que hubieron comido, los remeros se quedaron dormidos al instante; incluso algunos de ellos hasta roncaron. Pero el Rey, que permanecía aún despierto, oyó un ruido que procedía del templo. Despertó al remero que se había quejado y le envió para que viese de dónde procedía el ruido.
 Cuando volvió el remero, el Rey le preguntó:
 -¿De dónde procede el ruido?
 -Son algunos perrillos que están haciendo ese ruido -repuso el remero.
 -¿Cuántos perrillos son? -preguntó el Rey.
 El remero, como no lo sabía, volvió para comprobarlo. Cuando regresó dijo:
 -Son cinco perrillos.
 -¿Son los perrillos machos o hembras? -preguntó el Rey.
 Volvió a ver, y regresó, diciéndole al Rey:
 -Hay tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son? -preguntó el Rey.
 El remero volvió a verlo. Cuando estuvo de vuelta, dijo:
 -Son blancos, negros y marrones.
 Entonces el Rey despertó a uno de sus consejeros reales y le pidió que fuese a ver quién hacía aquel ruido.
 Pocos minutos después, el consejero estuvo de regreso y dijo:
 -Son algunos perrillos, que están haciendo ruido.
 -¿Cuántos perrillos? -preguntó el Rey.
 -Cinco -repuso el consejero.
 -¿Son machos o hembras? -preguntó el Rey.
 -Son tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son?
 -Los perrillos son blancos, negros y marrones y la madre es negra. Pertenecen a un sacerdote del templo.
 Entonces el Rey, volviéndose al remero, le dijo:
 -Tú has tenido que ir cuatro veces para dar respuesta a mis preguntas, pero mi consejero solamente ha tenido que ir una vez. Ahora comprenderás por qué algunos hombres son remeros y otros consejeros reales, aunque todos sean seres humanos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Doncel, 1982, en versión de Thit Boon Phoydouangdi, traducción al inglés de Sang Seunsom y traducción al español de Carmen Bravo-Villasante, pp. 161-165. ISBN: 84-325-0383-5.]   

domingo, 21 de agosto de 2022

Gramática de la fantasía.- Gianni Rodari (1920-1980)


Gianni Rodari | Planeta de Libros
5

“Luces” y “zapatos”

 «La historia que sigue fue inventada por un niño de cinco años, con la intervención de tres compañeros suyos, en la escuela primaria Diana, de Reggio Emilia. El “binomio fantástico” de que toma el origen —“luces” y “zapatos”— había sido sugerido por la maestra (al día siguiente de que yo hubiera hablado a los niños sobre esta técnica). Pero, pasemos a la historia:
     Érase una vez un niño que se ponía siempre los zapatos de su papá. Una noche el papá se cansó de que el niño se pusiera siempre sus zapatos, así que lo puso conectado a la luz, y después a medianoche se cayó. Entonces el papá exclamó: —¿Qué pasa, hay ladrones?
     Fue a ver y se encontró el niño en el suelo. El niño estaba todo encendido. Entonces el papá intentó darle la vuelta a la cabeza pero no se apagaba, probó tirándole de las orejas pero no se apagaba, probó apretándole el ombligo pero no se apagaba, probó quitándole los zapatos y lo consiguió, el niño se apagó.
    El gran descubrimiento final —que no era obra del narrador principal, sino que había sido sugerido por uno de sus tres pequeños ayudantes— gustó tanto a los cuatro autores que sintieron la necesidad de aplaudirse ellos mismos: Era una imagen que cerraba lógica y perfectamente el círculo, y daba a la historia un sentido de obra definitiva y completa; pero tal vez era mucho más.
   Creo que el propio doctor Freud sentiría, incluso como un fantasma, una intensa emoción al escuchar una historia como ésta, tan fácilmente interpretable en términos de “complejo de Edipo”: desde el principio… vemos ese niño que se pone los zapatos del padre… que quiere “hacer de padre”, para tomar su lugar junto a la madre. Lucha impareja, sembrada de imágenes de muerte. “Conectar” quiere también decir “empalar”… Y, el niño, ¿estaba caído en el suelo o bajo tierra? No deberíamos tener ninguna duda si leemos adecuadamente aquel “se apagó” que da al drama su conclusión trágica. “Apagarse” quiere decir “morirse”, son sinónimos: “Se ha apagado en el beso del Señor” dicen algunas necrológicas. Vence el más fuerte y maduro. Vence a la medianoche, la hora de los espíritus… y, antes de la muerte, viene la tortura: todo aquel “darle la vuelta a la cabeza”, “tirarle de las orejas”, “apretarle el ombligo”…
 No insistiré en este ejercicio no autorizado de psicoanálisis. Que hablen los técnicos: “videant consules”…
  Si lo profundo, lo escondido, se ha adueñado del “binomio fantástico” para escenificar sus dramas, el punto exacto de este enseñoreamiento me parece que lo constituye la evocación de la palabra “zapatos” en la experiencia infantil. Todos los niños juegan a ponerse los zapatos del padre y de la madre. Para ser “ellos”. Para ser más altos. Pero también, simplemente, para ser “otra persona”. El juego de disfrazarse, aparte de la importancia de sus simbolismos, resulta siempre divertido por los efectos grotescos que conlleva. Es teatro: ponerse en el lugar de otro, interpretar un papel, inventarse una vida, descubrir nuevos gestos. Es una lástima que, generalmente, se permita a los niños disfrazarse sólo en carnaval; y aun entonces han de usar una chaqueta del padre o una falda vieja de la abuela. En todas las casas debería haber un arcón lleno de ropas en desuso a disposición de los niños para que se disfracen. En las escuelas primarias de Reggio Emilia hay, no sólo un arcón, sino un completo guardarropía, para este fin. En Roma, en el mercado de Via Sannio, se venden toda clase de vestidos, trajes de noche, restos de serie, ropas pasadas de moda: allí íbamos, cuando nuestra hija era pequeña, a reponer las existencias de nuestro arcón. A sus amigas les gustaba venir a nuestra casa sólo por el bendito arcón.
  ¿Por qué el niño se quedó “encendido”? La razón más obvia está en la analogía: “conectado” a la lámpara, el niño se comporta como una bombilla. Pero esta explicación nos bastaría si el niño se hubiese “encendido” en el mismo momento en que era “conectado” por el padre. La narración no registra el hecho en aquel preciso momento. Nosotros vemos el niño “encendido” sólo después que ha caído al suelo. Creo que la imaginación ha necesitado de un momento (unos pocos segundos) para establecer la analogía entre “conectado” y “encendido”, porque ésta no nos había sido revelada por medio de la “visión”, sino de la selección verbal. El narrador sí veía al niño “encendido”, y en cierta manera así nos lo describía, por medio de una “selección rimada”: “conectado”, “suspendido” (colgado), “encendido”. Finalmente, la analogía verbal y la rima no pronunciada nos ha dado la imagen visual del niño “encendido” que aparece en la segunda parte de la historia. Se ha tratado de un proceso de “condensación de imágenes” que el profesor Freud —siempre aquel bendito vienés— ya había descrito en su estudio de los procesos creativos del sueño. Desde este punto de vista, la historia del “niño encendido” se nos aparece como un “sueño con los ojos abiertos”. Tiene todos los elementos: la atmósfera, la tendencia a lo absurdo, la condensación de temas.
Gramática de la fantasía: Introducción al arte de inventar ... De esa atmósfera se sale mediante las tentativas del padre de “apagar” el “niño-bombilla”. Las variaciones sobre el tema son impuestas por la analogía, pero se mueven en diversos planos: intervienen, de hecho, la experiencia de los gestos necesarios para apagar una bombilla (desenroscarla, apretar un conmutador, tirar de una cadenita, etc.), la experiencia del propio cuerpo (y por este camino se pasa de la cabeza a las orejas, de las orejas al ombligo, etc.). El juego a partir de aquí es colectivo. El narrador principal ha sido un detonante que ha provocado una explosión en cadena, en lo que los cibernéticos llamarían un efecto de “amplificación”.
 Mientras buscaban las posibles variaciones, los niños que asistían a la narración de la historia, observaban sus cuerpos y los de sus vecinos, para encontrar la “clavija” que permitiera “apagarlos”, para encontrar el inicio de una nueva historia, la sugerencia de nuevos significados, en un proceso similar al de la musa que dicta a un poeta mientras trabaja. Sus gestos eran, por así decirlo, metafóricos. Lo que hacían no tenía nada que ver con lo que decían estar haciendo. Eran “metáforas imposibles”, como es justo que lo sean las comparaciones infantiles.
  La variación final —“le quita los zapatos, y se apaga”— representa un rompimiento más decisivo con el sueño. Era una conclusión, un final lógico. Eran los zapatos del padre los que mantenían “encendido” al niño, porque todo había empezado por esto: por los zapatos. Basta quitárselos y la luz desaparecerá. La historia podrá acabar. Fue el embrión de un pensamiento lógico lo que maniobró el instrumento mágico —“los zapatos del papá”— en un movimiento inverso al inicial.
  En el momento en que hicieron el descubrimiento mágico, los niños introdujeron en el libre juego de la imaginación el elemento matemático de la “reversibilidad”, como metáfora, pero no todavía como concepto. Al concepto llegarían más tarde: cuando la imaginación ya había creado las bases para la estructuración del concepto.
  Una última observación (en este caso, se entiende) se refiere a la introducción en la historia de los “valores”. Leída desde este punto de vista, es la historia de una desobediencia que es castigada, en el marco de un modelo cultural excesivamente tradicional: Al padre se le debe obediencia y tiene el derecho de castigar. La censura ha intervenido para mantener la historia en los confines de la moral familiar.
  Con su intervención se puede decir verdaderamente que en la historia “han participado el cielo y la tierra”: el inconsciente con todos sus conflictos, la experiencia, la memoria, la ideología, la palabra con todas sus funciones. Una lectura puramente psicológica, o psicoanalítica, no habría bastado para exponernos todos los posibles resultados, como he intentado hacer brevemente.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Del Bronce, 2002, en traducción de Mario Jorge Merlino Tornini. ISBN: 978-84-8453-164-7.]

jueves, 4 de mayo de 2017

"Cuentos populares de Asia".- Anónimo (...)


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 El doko (cuento de Nepal)*

«Érase un pueblecito donde vivía una pobre familia formada de cuatro personas: un hombre y su mujer, su hijo pequeño y el anciano padre del hombre. El anciano había trabajado duramente muchos, muchos años, y ahora ya era muy viejo para seguir trabajando. Así que ahora dependía totalmente de su hijo y de su nuera, que le consideraban una carga.
 A medida que pasaba el tiempo, el hombre les resultaba más gravoso. Necesitaba que le ayudasen, pero ni el hijo ni la nuera deseaban hacerse cargo de él. Comía los restos que le daban y se vestía con los vestidos viejos que encontraba. A veces tenía frío y hambre y si algunas veces el niño sentía lástima de su anciano abuelito y le daba de su propia comida, sus padres le regañaban viéndole hacer eso, y le decían que era un modo de desperdiciar la comida.
 El anciano era muy desgraciado al verse tratar así y siempre estaba gruñendo y quejándose. Pero, en vez de tratar de consolarle, el hombre y su mujer se repetían el uno al otro un viejo proverbio: "Un buey viejo tropieza y un anciano se queja".
 Las cosas iban de mal en peor. El anciano cada vez se volvía más exigente y su hijo y su nuera cada vez más impacientes. Finalmente, no pudiendo resistir por más tiempo al anciano, empezaron a planear en secreto deshacerse de él.
 Decidieron coger al anciano, llevarle a un sitio muy lejano y dejarle allí. El hombre dijo que iba al mercado a comprar un doko, un gran cesto de bambú entretejido, para llevar a su padre y sacarlo de casa.
 -Le dejaré en algún lugar donde ya no le sea posible volver, le dejaré debajo de un árbol, cerca del camino. Quizá alguien lo vea, se apiade de él y lo lleve consigo -dijo el hombre.
 -Pero, ¿qué les diremos a nuestros vecinos? -preguntó la mujer-. Se darán cuenta de que el padre no está aquí. ¿Qué les diremos cuando pregunten?
 -Pues les diremos que él deseaba que le llevásemos a un lugar sagrado para pasar el resto de su vida en paz -respondió el marido.
 Así es como hicieron sus planes. Sin que se dieran cuenta, el hijo había oído su conversación. Tan pronto como el padre abandonó la casa para ir al mercado a comprar el doko, el niño preguntó:
 -Madre, ¿dónde vais a tirar al abuelo?
 -¡No, no! -repuso la madre, apresuradamente-. No vamos a tirar al abuelo. No vamos a hacer nada de eso. Date cuenta de que aquí ninguno de nosotros podemos cuidarle, ya que tu padre y yo tenemos que trabajar durante todo el día. Así que tu padre ha decidido llevar a tu abuelo a un lugar donde puedan cuidarle.
 -¿Dónde está ese lugar? -preguntó el niño.
 -¡Oh, es muy lejos! Es un lugar que no conoces.
 -¿Y quién va a cuidar allí del abuelo?
 -No te preocupes por eso. Habrá mucha gente buena que se ocupe de él -dijo la madre con seguridad.
 Cuando empezó a atardecer, llegó el hombre con un gran doko. Esperó a que se hiciera de noche porque no quería que los vecinos viesen lo que iba a hacer. Cuando todo estuvo oscuro, metió al viejo en el doko.
 -¿Qué sucede? -preguntó el viejo alarmado-. ¿A dónde me llevas con este doko?
 -Padre, tú bien sabes que mi mujer y yo no podemos cuidarte. Así es que voy a llevarte a un lugar sagrado donde la gente será muy bondadosa contigo -replicó el hombre-. Allí estarás mucho mejor.
 Pero no pudo engañar al anciano. Inmediatamente se dio cuenta de lo que pretendían hacer con él, y exclamó:
 -¡Oh, tú, hijo ingrato! Recuerda todos aquellos años en que yo te cuidé mientras crecías... Así es como me pagas.
 Y, diciendo esto, empezó a maldecir a su hijo y a su nuera.
 El hombre se enfadó. Dando un tirón levantó el doko y se lo puso a la espalda. El niño había estado viendo todo en silencio. Justamente cuando su padre estaba a punto de desaparecer en la noche, el niño gritó:
 -¡Padre, cuando tires al abuelo, acuérdate de traer el doko otra vez a casa!
 Desconcertado por las palabras del niño, el hombre se detuvo y, volviéndose, le preguntó:
 -¿Para qué, hijo mío?
 Y la inocente respuesta del niño fue ésta:
 -Porque lo necesitaré yo también cuando tú seas viejo, para tirarte.
 Al decir estas palabras, las piernas del hombre se doblaron. Se sintió incapaz de dar un paso adelante. Así es que dio media vuelta y se volvió a casa con su padre.»


(*Traducción de Carmen Bravo-Villasante)

martes, 20 de diciembre de 2016

"Cuentos y fábulas de la India".- Joseph Jacobs (1854-1916)


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    La gallina Caracá

  «Un día, la gallina Caracá estaba en la era picando granos de trigo, cuando sintió que algo le daba un golpe en la cabeza.
 -¡Válgame Dios! -dijo Caracá-. ¡El cielo se está cayendo! Tengo que ir a decírselo al rey.
 Y se fue andando, andando, andando, hasta que se encontró con el gallo Kirikí.
 -¿Dónde vas, Caracá? -le dice Kirikí.
 -Voy corriendo a decirle al rey que el cielo se está cayendo -dice Caracá.
 -¿Me dejas ir contigo? -le dice Kirikí.
 -Claro que sí -le dice Caracá. Y se fueron los dos a decirle al rey que el cielo se estaba cayendo.
 Siguieron andando, andando, andando, y se encontraron con el pato Patoso.
 -¿Dónde vais, Kirikí y Caracá? -dice el pato Patoso.
 -Vamos a decirle al rey que el cielo se está cayendo.
 -¿Me dejáis ir con vosotros?
 -Claro que sí.
 Y se fueron los tres a decirle al rey que el cielo se estaba cayendo. Iban andando, andando, andando, y se encontraron con el ganso Manso.
 -¿Dónde vais, Caracá, Kirikí y Patoso? -les dice el ganso Manso.
 -Vamos a decirle al rey que el cielo se está cayendo.
 -¿Puedo ir con vosotros?
 -Sí, claro.
 Y se fueron los cuatro a decirle al rey que el cielo se estaba cayendo. Iban andando, andando, andando, y se encontraron con el pavo Ochavo.
 -¿Dónde vais, Caracá, Kirikí, Patoso y Manso? -les dice el pavo Ochavo.
 -A decirle al rey que el cielo se está cayendo.
 -¿Puedo ir con vosotros?
 -Claro, claro, pavo Ochavo.
 Y se fueron los cinco a decirle al rey que el cielo se estaba cayendo. Caminaron mucho, mucho, mucho, y se encontraron con el zorro Morro. Y lo mismo:
 -¿Que dónde vais, Caracá, Kirikí, Patoso, Manso y Ochavo?
 -Que a decirle al rey que el cielo se está cayendo.
 -Pero si éste no es el camino del palacio del rey... -les dice el zorro Morro-. Yo conozco el camino. ¿Os lo enseño?
 -¡Ay, sí, claro, muchas gracias, zorro Morro!
 Y se fueron los seis a decir al rey que el cielo se estaba cayendo.  Y caminaron hasta llegar a un agujero muy oscuro y estrecho. Era la entrada de la cueva del zorro Morro. Pero el zorro Morro les dijo a Caracá y a Kirikí, a Patoso y a Manso y a Ochavo:
 -Éste es el camino más corto para llegar al palacio del rey. Seguidme, que yo iré delante de vosotros.
 -Claro que sí, naturalmente, como usted guste, pues no faltaba más.
 Y el zorro Morro se metió en su cueva, pero no fue muy lejos. Se volvió a esperar a Caracá y Kirikí y a Patoso y a Manso y a Ochavo.
 El primero que se metió en la cueva detrás del zorro Morro fue el pavo Ochavo. Y a los cuatro pasos, ¡aum!, el zorro Morro le arrancó la cabeza de un mordisco y tiró el cuerpo del pavo a un rincón. Luego entró el ganso Manso y, ¡aum!, un mordisco, fuera la cabeza y el cuerpo al rincón. Luego entró el pato Patoso, y lo mismo: ¡aum!, el mordisco, el pato descabezado y el cuerpo al rincón. Le llegó el turno a Kirikí, el gallo; se metió en la cueva y, a los tres pasos, ¡aum!, ¡aum! Y al rincón.
 Pero aquella vez el zorro Morro dio dos mordiscos, y entre mordisco y mordisco, el gallo Kirikí tuvo tiempo de gritar a la gallina Caracá que se escapara. Así que la gallina Caracá volvió la cola y echó a correr y se metió en su casa y no le dijo al rey que el cielo se estaba cayendo.»

lunes, 6 de junio de 2016

"Cuentos".- Hans Christian Andersen (1805-1875)


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 Algo

 "-¡Quiero ser algo! -decía el mayor de cinco hermanos-. Quiero servir de algo en este mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que sea, que sirva a mis semejantes, seré algo. Los hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los fabrico haré algo real y positivo.
 -Sí, pero eso es muy poca cosa -replicó el segundo hermano-. Tu ambición es muy humilde: es trabajo de peón, que una máquina puede hacer. No, más vale ser albañil. Eso sí es algo y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio. Quien lo profesa es admitido en el gremio y se convierte en ciudadano, con su bandera propia y su casa gremial. Si todo marcha bien podré tener oficiales, me llamarán maestro y mi mujer será la señora patrona. A eso llamo yo ser algo.
 -¡Tonterías! -intervino el tercero-. Ser albañil no es nada. Quedarás excluido de los estamentos superiores y en una ciudad hay muchos que están por encima de un maestro artesano. Aunque seas un hombre de bien, tu condición de maestro no te librará de ser lo que llaman un "patán". No, yo sé algo mejor. Seré arquitecto, seguiré por la senda del Arte, del pensamiento, subiré hasta el nivel más alto en el reino de la inteligencia. Habré de empezar desde abajo, sí; te lo digo sin rodeos: comenzaré de aprendiz. Llevaré gorra, aunque estoy acostumbrado a tocarme con sombrero de seda. Iré a comprar aguardiente y cerveza para los oficiales y ellos me tutearán, lo cual no me agrada, pero imaginaré que no es sino una comedia, libertades propias del Carnaval. Mañana, es decir, cuando sea oficial, emprenderé mi propio camino sin preocuparme de los demás. Iré a la academia a aprender dibujo y seré arquitecto. Esto sí es algo. ¡Y mucho! Acaso me llamen señoría y excelencia y me pongan, además, algún título delante y detrás y no pare de edificar, como otros hicieron antes que yo. Y entretanto iré construyendo mi fortuna. ¡Ese algo vale la pena!
 -Pues eso que tú dices que es algo se me antoja muy poca cosa y hasta te diré que nada -dijo el cuarto-. No quiero tomar caminos trillados. No quiero ser un copista. Mi ambición es ser un genio, mayor que todos vosotros juntos. Crearé un estilo nuevo, levantaré el plano de los edificios según el clima y los materiales del país, haciendo que cuadren con su sentimiento nacional y la evolución de la época y les añadiré un piso,  que será un zócalo para el pedestal de mi gloria.
 -¿Y si nada valen el clima y el material? -preguntó el quinto-. Sería algo delicado, pues no podrían hacer nada de provecho. El sentimiento nacional puede engreírse y perder su valor; la evolución de la época puede escapar de tus manos, como se te escapa la juventud. Ya veo que en realidad ninguno de vosotros llegará a ser nada, por mucho que lo esperéis. Pero haced lo que os plazca; yo no voy a imitaros; me quedaré al margen, para juzgar y criticar vuestras obras. En este mundo todo tiene sus defectos; yo los descubriré y los sacaré a la luz. Esto será algo.
 Así lo hizo, y la gente decía de él: "Indudablemente, este hombre tiene algo. Es una cabeza despejada. Pero no hace nada". Y, sin embargo, por esto, precisamente, era algo.
 Como veis, esto no es más que un cuento pero un cuento que nunca se acaba, que empieza siempre de nuevo, y que continuará mientras el mundo sea mundo.
 Pero, ¿qué fue, a fin de cuentas, de los cinco hermanos? Escuchadme bien, que es toda una historia".

domingo, 29 de mayo de 2016

"Cuentos de la India".- Rudyard Kipling (1865-1936)


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 La legión perdida

 "Los afganos fueron siempre una raza muy callada y preferían, con mucho, cometer una mala acción a soltar prenda respecto a lo que habían hecho.
 Permanecían tranquilos y se comportaban muy bien durante muchos meses y, de pronto, una noche cualquiera, sin decir nada y sin enviar advertencia, atacaban un puesto de policía, rebanaban la cabeza a un par de guardias, se precipitaban sobre una aldea, raptaban tres o cuatro mujeres y se retiraban, bajo el rojizo resplandor de las chozas que ardían, arreando delante de ellos el ganado cabrío y vacuno para llevárselo a sus montes desolados. En esas ocasiones, el gobierno de la India recurría casi a las lágrimas. Empezaba por decir: "Por favor, sed buenos y os perdonaremos". La tribu que había tomado parte en el último desaguisado se llevaba colectivamente el dedo pulgar a la nariz y contestaba con rudeza. Entonces el Gobierno decía: "¿No sería preferible para vosotros que pagaseis una pequeña suma por aquellos pocos cadáveres que  la otra noche dejasteis al retiraros?" Al llegar a este punto la tribu contemporizaba, recurría a la mentira y a las fanfarronadas y algunos de los hombres más jóvenes, simplemente para demostrar su desdén hacia la autoridad, realizaban otra incursión contra otro puesto de policía y disparaban sus armas contra alguno de los fuertes construidos de barro en la frontera; si la suerte los acompañaba, mataban a algún oficial inglés auténtico. Entonces, el gobierno decía: "Tened cuidado, porque si os empañáis en seguir esa línea de conducta, perderéis con ello".
 Si la tribu estaba bien enterada de lo que ocurría en la India, presentaba sus excusas o contestaba con rudeza, según si las noticias que poseía le indicaban que el Gobierno andaba atareado en otros menesteres o se hallaba en condiciones de dedicar toda su atención a las hazañas de la tribu. Había algunas tribus que sabían con exactitud hasta qué número de muertos podían llegar. Pero otras se exaltaban, perdían la cabeza y le decían al Gobierno que viniese a vérselas con ellos. El Gobierno, con dolor y lágrimas, y con un ojo puesto en el contribuyente británico de Inglaterra, que se empeñaba en considerar tales ejercicios militares como atropelladoras guerras de anexión, preparaba una costosa brigadilla de campaña y algunos cañones y despachaba todo hasta los montes para arrojar a la tribu culpable fuera de sus valles, en los que crecía el maíz, y obligarla a refugiarse en la cima de los montes, en donde no encontraban nada que comer. Entonces la tribu reunía todas sus fuerzas y entraba gozosa en campaña porque sabía que sus mujeres serían siempre respetadas, que se cuidaría de sus heridos sin someterlos a mutilaciones y que, en cuanto quedase vacío el talego de maíz que cada hombre llevaba siempre a cuestas, le quedaba el recurso de rendirse y de entrar en tratos con el general inglés, a pesar de que se hubiesen conducido como auténticos enemigos.
 Llegados a un acuerdo, y después de que hubiesen pasado años, muchos años, la tribu pagaría al Gobierno el precio de la sangre, moneda a moneda, y entretendría a los hijos contándoles que habían matado a los soldados de guerrera roja por millares. El único inconveniente de esta clase de guerra excursionista era la debilidad de los hombres de guerreras rojas, que no llegaban jamás a volar solemnemente, a fuerza de pólvora, las torres fortificadas y los refugios de los rebeldes. Las tribus consideraban esta conducta como una ruindad.
 Entre los jefes de las tribus más pequeñas de aquellos clanes poco numerosos, que conocían al penique el gasto que representaba poner en campaña contra ellos a las tropas blancas, contábase un sacerdote -bandido jefe- al que vamos a llamar el Gulla Kutta Mullah. Sentía por los asesinatos de frontera un entusiasmo tal que había llegado a convertirlos en obras de arte casi nobles. Mataba por pura maldad a un mensajero portador de correo, o atacaba con fuego de rifle un fuerte de barro en el momento en que, según él sabía, nuestros hombres necesitaban dormir. En sus épocas de descanso iba de visita a las tribus vecinas, esforzándose por arrastrarlas a cometer actos malvados. Tenía, además, una especie de hotel para los demás fugitivos de la justicia en su propia aldea, situada en un valle llamado Bersund. Todo asesino que se respetase a sí mismo tenía que recalar en Bersund si había actuado por aquella parte de la frontera, porque todos consideraban esa aldea como lugar completamente seguro".