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domingo, 11 de octubre de 2026

Contrapunto.- Aldous Huxley (1894-1963)

 

XXIII

  «-Puede que tenga usted razón -dijo Philip-. Pero lo grave está en que, dado el carácter de nuestro mundo actual, no se puede volver atrás, no se puede detener la máquina. Esto es, no se puede hacer, a menos que se halle uno dispuesto a exterminar cerca de la mitad de la raza humana. El industrialismo ha permitido duplicar la población del mundo en cien años. Para deshacerse del industrialismo es preciso volver al punto de partida. Es decir, hay que acabar con la mitad de los hombres y las mujeres existentes. Lo cual, sub specie aeternitatis, o meramente historiae, podría ser una cosa excelente. Pero difícilmente una cuestión de política práctica.
 -Por el momento, no -concedió Rampion-. Pero la próxima guerra y la próxima revolución la harán demasiado práctica.
 -Posiblemente. Pero no hay que hacer cálculos sobre guerras ni revoluciones. Porque si contamos con ellas, es seguro que vienen.
 -Vendrán de todos modos -dijo Rampion-. El progreso industrial entraña la superproducción, la necesidad de adquirir nuevos mercados, la rivalidad internacional, la guerra. Y el progreso mecánico entraña más especialización y estandardización del trabajo, más diversiones colectivas y preparadas al por mayor, disminución de la iniciativa y de las facultades creadoras, más intelectualismo y el atrofiamiento de todas las cosas vitales y fundamentales de la naturaleza humana, más fastidio y agitación, que no puede tener otro resultado que la revolución social. Cuéntese o no con ellas, la guerra y las revoluciones son inevitables si se permite que las cosas sigan su curso actual.
 -De modo que el problema se resolverá a sí mismo -dijo Philip.
 -Pero solamente por su propia destrucción. Cuando la Humanidad sea destruida, evidentemente que no habrá más problemas. Pero esta parece una solución bastante pobre. Yo creo que puede haber otra, aun dentro del marco del sistema actual. Una solución temporal mientras el sistema se modifica en la dirección de una solución permanente. La raíz del mal está en la psicología individual; de modo que es por ahí, por la psicología individual, por donde hay que comenzar. El primer paso sería hacer vivir a las gentes de un modo doble, en dos compartimentos. En un compartimento, como trabajadores industrializados; en el otro, como seres humanos. Como idiotas y máquinas durante ocho horas diarias, y como verdaderos seres humanos el resto del tiempo.
 -¿No es eso lo que hacen ya?
 -¡Por supuesto que no! Viven como idiotas y como máquinas durante todo el tiempo, tanto durante su trabajo como durante sus horas de ocio. Como idiotas y como máquinas; pero imaginándose que viven como seres civilizados, hasta como dioses. Lo primero que hay que hacer es obligarles a reconocer que son máquinas e idiotas durante sus horas de trabajo. He aquí lo que hay que decirles: siendo lo que es nuestra civilización, tenéis que pasaros ocho horas diarias en un estado intermedio entre la imbecilidad y una máquina de coser. Es muy desagradable, lo sé. Es humillante, es repugnante. Pero ahí está. Tenéis que hacerlo; de lo contrario, la estructura entera de nuestro mundo se vendrá abajo y nos moriremos de hambre. Continuad, pues, vuestra tarea, idiota y mecánicamente, y dedicad vuestras horas de ocio a comportaros como hombres y mujeres completos y verdaderos. No mezcléis las dos vidas, mantened bien cerradas las mamparas entre ellas. Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no os olvidéis jamás de que es sucio y de que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes. Todo eso es mentira. Vuestro trabajo no es más que una tarea sucia y repugnante, desdichadamente necesaria, debido a la estupidez de vuestros antepasados. Ellos han acumulado una montaña de inmundicia, y vosotros tenéis que continuar cavándola por temor a que os envenene con su peste; tenéis que trabajar para poder respirar maldiciendo a la vez la memoria de los maniáticos que han acumulado todo este innoble trabajo que vosotros tenéis que hacer. Pero no tratéis de alentaros fingiendo que este sucio trabajo mecánico es una noble tarea. Eso no es verdad; y el único resultado que obtendréis al creerlo y afirmarlo será el de rebajar vuestra humanidad al nivel del sucio menester. Si creéis en los negocios como servicio y en la santidad del trabajo, os transformaréis simplemente en idiotas mecánicos durante veinticuatro horas diarias. Reconoced que es un trabajo innoble; tapaos la nariz y hacedlo durante ocho horas, y luego concentraos en vosotros mismos para ser, durante las horas de ocio, verdaderos seres humanos. Un verdadero y completo ser humano. No un lector de periódicos, no un amante del jazz, no un fanático de la radio. Los industriales que proveen a las masas de diversiones estandardizadas y fabricadas en serie se esfuerzan cuanto pueden por hacer de vosotros tan imbéciles mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo. Pero no se lo permitáis. Esforzaos por ser humanos. He aquí cómo hay que hablar al pueblo; he aquí la lección que hay que enseñar a los jóvenes. Es preciso persuadir a todo el mundo de que toda esta gran civilización industrial no es más que un mal olor, y que la verdadera vida sólo puede vivirse fuera de ella. Habrá de pasar mucho tiempo antes de que puedan conciliarse el vivir con decencia y el olor industrial. Puede que sean inconciliables. Habrá que ver. Entretanto, tenemos que palear la basura y soportar estoicamente la peste y, en los intervalos, tratar de llevar una vida verdaderamente humana.

 -Es un buen programa -dijo Philip-. Pero no creo que obtenga usted muchos votos basados en él en las próximas elecciones.
 -Ahí está el mal -Rampion frunció el ceño-. Los tendría uno a todos en contra. Porque lo único en que todos están de acuerdo, conservadores, liberales, socialistas, bolcheviques, es la excelencia intrínseca del hedor industrial y la necesidad de estandardizar y especializar hasta hacer desaparecer todo rasgo de genuina virilidad o feminidad de la raza humana. Y luego se quiere que nos interesemos en la política.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Edhasa, 1986, en traducción de Lino Novás Castro, pp. 392-395. ISBN: 84-350-0726-X.]

domingo, 3 de mayo de 2026

Obras escogidas.- Carl Spitteler (1845-1924)


 Narraciones breves
Lissele

 «Lissele descendía de una de aquellas familias aprensivas que consideraban el colmo de la cordura humana acertar a sacar el hilo negro de todas las cosas para mostrárselo mutuamente y comentarlo con toda prolijidad.
 Todas las noches, en cuanto el reloj sonaba, la señora del doctor Fixle gritaba estremecida:
 -¿Es posible que ya sean las ocho?
 Y su marido, que se estaba quedando dormido sobre el periódico, respondía sobresaltado:
 -¿Por qué no? O estás soñando o no estás en tus cabales.
 Cuando comprobaron en la esfera del reloj la hora con una rápida mirada, ambos quedaron un momento tan serios y sus rostros reflejaron tal solemnidad que la pequeña Lissele contuvo el aliento y no se atrevió a pronunciar ni una palabra, llena de timidez y respeto.
 Les traía a mal traer que los días menguaran tan desagradablemente en el otoño y que crecieran tan bruscamente en primavera. Los días de fiesta se convertían en días de duelo por arte filosófica de la señora del doctor. En navidades solía decir:
 -Ya no es lo mismo que hace veinte años; la Nochebuena no se goza más que cuando se es niño.
 Y con estas reflexiones se acercaban a la ventana para mirar fijamente a lo lejos, llenos de melancolía.
 La noche de San Silvestre lloraban al año viejo tanto como a una tía moribunda; en cambio, saludaban al venidero con voz de Casandra:
 -¡Quién sabe lo que nos traerá!
 Lo peor era el día del cumpleaños de Lissele. Tenía ésta la mala costumbre de envejecer un año en cada nuevo aniversario; fácil es comprender el espanto de los sorprendidos padres. Desde que Lissele alcanzaba a recordar, su cumpleaños había suscitado siempre este comentario:
 -¿Te das cuenta, Lissele, lo vieja que eres? ¡Cuatro años!
 Y lo decían con tal voz como si Lissele hubiera alcanzado el cenit, como si hubieran encanecido ya sus cabellos y como si sus dientes blanquísimos, que la Naturaleza acababa de regalarle, hubieran desaparecido para siempre. Al año siguiente, fueron, como es natural, "¡cinco años!", que suscitaron serias reflexiones. Pero estas advertencias no dieron fruto; Lissele, convencida también de la descortesía de su raudo envejecer, no fue nunca joven.
 Y así en todo lo demás. En las raras excursiones y viajes veraniegos que hacían, el matrimonio Fixle no dejaba una aldea ni un arroyo sin antes haberse despedido de ellos, con la triste sospecha de hacerlo por última vez. Y si Lissele replicaba sonriendo que no era tan terrible desgracia no volver a pisar en Echlettstadt o en Kolmar, pues otras muchas ciudades habría y más hermosas, la replicaban diciendo:
 -¡Ríe, ríe, Lissele! ¡No reirás así cuando sepas lo que es la vida!
 Cuando el recuerdo del pasado y de la caducidad de la existencia dominaba a los buenos ancianos, surgía continuamente en su charla la palabra "vida", con la que querían designar el impreciso terror que el futuro les producía. "Vida" era para ellos la hostilidad de los hombres, la adversidad de los acontecimientos, la perfidia del destino, los cuidados, las preocupaciones y muchas otras cosas indefinidas; sí, hasta la muerte era "vida" para ellos. Todo lo que aquella palabra encerraba en sí producía en Lissele un respeto alegórico hacia la "vida", personificándola en su fantasía en la figura de un maestro invisible con una palmeta metafísica en la mano, dispuesto a vapulear a los mayores, como un profesor de caligrafía a los niños.
 A pesar de todos estos suspiros y lamentos y a pesar del vertiginoso envejecer de un cumpleaños a otro, Lissele estaba cada vez más fresca y hermosa y llegó a convertirse al fin en una señorita encantadora, cuyos graciosos hoyuelos en las mejillas inspiraron multitud de poemas a los señores oficiales, a los jóvenes empleados y a los dependientes de comercio; mas todo fue en vano, pues Lissele, como muchacha bien educada, entregaba todos aquellos mensajes incendiarios a su mamá sin leerlos, y ésta los conservaba muy bien guardados, como futuro arco de triunfo para el día de la boda.
 Cuando los homenajes amorosos crecieron en número, fue convocado un gran consejo de familia, cuyo acuerdo final consistió en que un primo de Lissele, el joven doctor Wäjele, de Strassburg, viniera a residir al pueblo del doctor Fixle, le atendiera la clientela de los caseríos y se sentara a la mesa con él tres veces por semana; la lengua de las gentes hizo lo demás y, antes de que el doctor Wäjele se percatara de ello, se vio hecho novio.
 Ahora, naturalmente, empezó a oír tantas advertencias sobre Lissele como elogios le hicieran antes de ella; debía reflexionar mucho sobre el particular; Lissele era un poco dominante y, si no andaba con cuidado, tendría que estar sumiso al padre y a la hija. Pero él no hacía mucho caso de aquellas admoniciones, pues los hoyitos risueños de sus mejillas decían todo lo contrario.
 Mas una mañana, estando escribiendo una receta en el despacho del viejo doctor, entró Lissele inopinadamente, se puso frente a él, le miró un momento con los tristes ojos muy abiertos en los que espejeaban las lágrimas, susurrando al fin:
 -¿Crees que seré una mala mujer para ti?
 Un beso fue la respuesta y, desde aquel momento, se amaron entrañablemente.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Promoción y Ediciones Club Internacional del Libro, 1990, pp. 237-239. ISBN: 84-7461-144-X.]

domingo, 30 de noviembre de 2025

Antología lírica.- Salvador Espriu (1913-1985)

 Autopresentación

 «No me gusta mucho hablar de mí ni de mis obras, sobre todo de mis poemas. Por otra parte, no sé qué es la Poesía, a no ser un poco de ayuda para vivir rectamente y, tal vez, para bien morir.
 Casi en la raya de los cuarenta años, no puedo llenar ninguna ficha biográfica que tenga el menor interés. Fui amigo de Bartomeu Rosselló, siento una fiel admiración por Ruyra y me place conversar de vez en cuando con uno o dos conocidos. Fui a la Universidad, trabajo para mantenerme y aspiro, sin esperanza, al ocio. Todavía no he tenido tiempo de casarme ni el optimista coraje o la abnegada desesperación para hacerlo. Creo que con la lectura del Predicador, las Cartas a Lucilio, la Divina Comedia, el Príncipe, el Discurso del Método, el Quijote, el Discreto y alguna novela policíaca, se tiene bastante para pasar, sin gritos existencialistas ni otras inadecuadas expresiones, esta triste vida. Detesto los premios literarios, la avaricia y la suciedad, las felicitaciones de Navidad y de onomástica (las cuales agradezco, desde aquí, de una vez para siempre, a la vez que pido a mis amigos que hagan el favor de no recordarme nunca más en esos días), los homenajes, el viento, el desorden y el ruido, salir de noche, comer fuera de casa, eso que llaman "vida de relación", los conciertos, las confidencias, aconsejar, las obscenas expansiones de la vanidad. Mientras me dejen tranquilo, estoy dispuesto en todo momento a creer, de muy buena fe, que tú e incluso usted, no importa quién, son los mejores escritores del mundo. Sedentario, me gustaría viajar de tarde en tarde, con una comodidad incompatible con la modestia de mi pecunio, por lo que determino no moverme casi nunca. Quisiera vivir en el campo, con cuatro árboles y un pedazo de jardín, o por lo menos en una ciudad más limpia que Barcelona, donde la gente no se rebañara tan generosamente el pecho y otras peores y más repugnantes interioridades. Quisiera también ver los cuadros de Vermeer de Delft, poner unas cuantas figurillas de nacimiento de Ramón Amadeu y no tener que escribir ni una línea más.
 Pienso finalmente que la Humanidad está abocada a un próximo y definitivo cataclismo, pero visto que el pequeño acontecimiento es tan indefectible como estúpido, pediría, si me atreviese, que los papeles no nos lo recordasen a cada momento con tantos aspavientos.
                                                                                                                        Barcelona, 14-II-1952.     


Una cerrada felicidad es justamente de mi mundo [de El caminante y el muro]

Tras esta puerta vivo, / mas no sé
si puedo llamarlo vida.

Cuando al anochecer vuelvo / de mi diario odio contra el pan
(¿no sabes que tengo la inmensa / suerte de venderme
a pedazos por una pulcra moneda / que llega a valer ya
muchos menos que nada?), / dejo fuera un viejo abrigo, la esperanza,
y me hundo por el camino de los ojos, / por el vacío espanto donde siento,
más allá, a mi Dios, / siempre más allá, más allá de falsos
profetas y de extrañas culpas / y del viejo necio enfermado por versos
disciplinados como éstos de ahora, con manchas / de oscuras marcas que el aliento de los críticos
un día aclarará para mi vergüenza.

Sí, puedes encontrarme, si eres capaz, / tras la nada glacial de esta
puerta, aquí, donde vivo y siento / la añoranza y el grito de Dios y soy,
con los pájaros nocturnos de mi soledad, / un hombre sin sueños en mi soledad.


XXX [de La piel de toro]

Diversos son los hombres y diversas las hablas / y han convenido muchos nombres a un solo amor.

La vieja y frágil plata se convierte en tarde / detenida en la claridad sobre los campos.
La tierra, con trampas de mil finos oídos, / ha cautivado a los pájaros de las canciones del aire.

Sí, comprende y haz tuya, también, / desde los olivos,
la alta y sencilla verdad de la prisionera voz del viento: / "Diversas son las   
                                                                      hablas y diversos los hombres,
y convendrán muchos nombres a un solo amor".


XLIX [de La piel de toro]

Deja que la grasa de los eunucos se agite con estériles risas
y detenlas cuando te cansen, con el puño cerrado.
Pues tú eres hombre, vieja medida de todas las cosas,
y buscarás en vano una más alta dignidad
en el mundo que miran y comprenden los ojos.
¿Qué puede desesperarte, qué mal no soportarás,
si aceptas el tiempo y la muerte y el honor de servir
los nobles mandamientos de la eterna ley?
Desdeñoso de halagos, de premios y ganancias,
trabaja con esfuerzo para que Sepharad sea 
siempre altivo señor, nunca esclavo que tiembla.
Y cuando llegues ante la puerta de tu noche,
al terminar el camino sin posible retorno,
sepas decir tan sólo: "Gracias por haber vivido"»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1978, en edición de José Batlló, pp. 57-58, 197, 253-254 y 259. ISBN: 84-376-0090-1.]

domingo, 21 de septiembre de 2025

Mil y una coplas de jota aragonesa.- Ángel Abad Tárdez (1887-1945)

 

 Selección

 «Dos cosas hay en el mundo / que salen del corazón.
el suspiro de una madre / y la Jota de Aragón.

 La Jota siempre fue grande, / sigue siendo y lo será
 mientras tenga por escudos / Aragón, Ebro y Pilar.

 Una Jota bien cantada / no se puede comparar
con ningún canto del mundo: / ¡la Jota no tiene igual!

Nada hay como una Jotica / pa' conquistar una maña,
si la Jota es de Aragón / y baturro el que la canta.

Dicen que canto la Jota / con estilo y con verdad;
yo digo que de otro modo / no la sabría cantar.

En los versos de la Jota / se pueden acomodar
el Amor, el Patriotismo, / la Belleza y la Bondad.

Cantar la Jota baturra / orgullo debe de ser
de todo el que haya nacido / en el pueblo aragonés.

Siempre que cantan la Jota / los mozos del Arrabal
sonríe en su camerino / nuestra Virgen del Pilar.

Los suspiros de mi novia / de su pecho al mío van,
uniéndose a mis suspiros, / que esperándolos están.

Al mismo tiempo que el sol / sale a la calle mi maña,
que es otro sol que ilumina / los rincones de mi alma.

El cariño que te tengo, / calcula si será grande
que deja muy pequeñico / al que le tengo a mi madre.

Gota a gota me estás dando / la esencia de tu cariño,
dámela a beber a morro / pa' ver si me despabilo.

Me gusta a mí tu cariño / más que a un gorrión las cerezas,
más que a un tordo las olivas, / más que a un lobo las ovejas.

Deja que te dé un besico / como a una madre se da,
que yo te aseguro, maña, / que no te disgustará.

Me alegro si estoy contigo, / me entristezco si te vas,
y así me paso la vida / y así mi vida se irá.

Me saben a poco, maña, / los celicos que me das
porque ellos van pregonando / que me quieres de verdad.

 Para cantar tu belleza / he discurrido esta copla,
y ahora que la estoy cantando / me parece poca cosa.

Ni la lluvia ni la nieve, / ni el calor ni la rosada,
ni el frío ni la sequía, / hacen que te olvide, maña.

Me pasa con mi mujer / igual que con mi guitarra:
cuando las voy a tocar / las encuentro destempladas.

Nunca he visto yo contento / a un labrador de secano.
en invierno, porque llueve, / porque no llueve en verano.

Una Jota le canté / y enseguida el sí me dio...
Más de cien llevo cantadas / pa' que me diga que no.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Periódico El Día de Aragón, 1986, en selección de Ángel Abad Tárdez. ISBN: 84-398-6048-X.]
 

domingo, 31 de agosto de 2025

El difunto Matías Pascal.- Luigi Pirandello (1867-1936)

 

10.-La pila del agua bendita y el cenicero

 «-Usted dispense, señor Paleari -le objetaba yo-. Pero fíjese: supongamos que un gran hombre, mientras pasea, tiene la desgracia de caerse y romperse la crisma y quedarse lelo. ¿Adónde va a parar su alma?
 El señor Paleari quedóseme mirando de hito en hito, como si de pronto le cayese a los pies un pedrusco.
 -¿Que adónde va a parar el alma?
 -Sí, y lo mismo si nos ocurre esa desgracia a usted o a mí, que, aunque no soy un gran hombre, sin embargo..., ¡vamos!, razono. Suponga usted que me caigo, me rompo la crisma y me quedo lelo. ¿Qué se ha hecho de mi alma?
 Paleari juntó las manos y, con expresión de benigna lástima, me repuso:
 -Pero, ¡Dios santo!, ¿por qué quiere usted caerse y romperse la crisma, querido señor Meis?
 -Es una hipótesis...
 -Pues no, señor, siga usted paseándose tranquilamente. Cojamos a los viejos que, sin necesidad de caerse ni romperse la crisma, se vuelven chochos. Bien, ¿qué quiere decir esto? ¿Tendría usted la pretensión de querer probarme, apoyándose en esa circunstancia, que al quebrantarse el cuerpo debilítase también el alma y que la extinción del uno supone la extinción del otro? Pues, si es así, haga usted el favor de imaginarse el caso contrario, es decir, cuerpos en el colmo de la extenuación y en los cuales, sin embargo, refulge potentísima la luz del alma: Giacomo Leopardi y tantos ancianos como, por ejemplo, su santidad León XIII, sin ir más lejos. ¿Qué dice usted a esto? Pero supóngase usted ahora un piano y un pianista y, que al estarlo tocando, el piano, de pronto desafina: no suena ya esta tecla, dos o tres cuerdas saltaron. Pues bien: naturalmente, con un instrumento tan estropeado, por fuerza ha de tocar mal el pianista, por más diestro que sea. Pero y si, por fin, el piano deja de ser, ¿será que no existe ya tampoco el pianista?
 -¿Quiere usted dar a entender que el cerebro es el piano y el alma el pianista?
 -Eso mismo, señor Meis. Y si el cerebro se estropea, por fuerza el alma ha de parecer mema o loca, o qué sé yo. Lo cual quiere decir que si el pianista rompió, no por accidente, sino por inadvertencia o adrede, el instrumento, habrá de pagarlo. El que rompe, paga; se paga todo; sí, señor, todo. Pero ésta es otra cuestión. Dispénseme usted, pero dígame: ¿no hace mella alguna en su ánimo ver que la Humanidad toda, hasta donde hay noticia de ella, alimentó siempre la aspiración a otra vida más allá? Este es un hecho, señor mío: un hecho, una prueba positiva.
 -Dicen que el instinto de conservación...
 -Pues no es así, para que usted se entere. Porque, lo que es yo, me chincho, ¿sabe usted?, en esta vil pelleja que me envuelve. Me pesa, y si la soporto es porque sé que debo soportarla; pero en probándome, ¡voto a Cristo!, que después de haberla soportarlo por espacio de otros cinco o seis o diez años, aún no habré pagado mi escote de algún modo y que todo ha de acabar aquí, pues, ¡nada!, que ya me la estoy arrancando. ¿Y quiere usted decirme dónde está, entonces, el instinto de conservación? Yo sigo tirando únicamente porque siento que la cosa no puede parar en eso. Sólo que a esto salen diciéndome que una cosa es el individuo y otra la Humanidad. El individuo acaba, la especie sigue evolucionando. ¡Vaya un modo de discurrir! Fíjese, si no, un poco, señor Meis. ¡Como si usted, yo, el vecino de al lado, todos, en una palabra, no fuésemos la Humanidad! ¿Y no pensamos todos nosotros, allá en nuestro fuero interno, que sería el colmo del absurdo, la cosa más atroz, el que todo hubiera de reducirse a este mundo, a este mísero soplo de nuestra vida terrena: cincuenta, sesenta años de calamidades, sinsabores y luchas? Y, todo, ¿por qué? ¡Pues por nada! ¡Por la Humanidad! Pero ¿y si la Humanidad no ha de ser tampoco eterna? Fíjese usted, señor Meis: ¿a qué habrán venido, entonces, toda esta vida, todo este progreso, toda esta evolución? ¿A nada?... ¡Pero si luego salen diciéndonos que la nada, la nada pura, no existe!... La curación del planeta, como dijo usted el otro día, ¿verdad? Bueno: supongamos que sea la curación; sólo hay que ver en qué sentido. Lo malo que tiene la ciencia, señor Meis, es eso precisamente: que no ve más allá de la vida...
 -¡Hombre! -suspiré yo, sonriendo-. Puesto que tenemos que vivir...
 -Pero, ¡también tenemos que morir! -replicome Paleari. 
 -Conformes, pero, ¿por qué pensar tanto en ello?
 -¿Que por qué? Pues porque no podemos atinar con el sentido de la vida si de algún modo no nos explicamos también la muerte. El criterio director de nuestros actos, el hilo para salir de este laberinto, la luz, en suma, señor Meis, la luz hemos de recibirla de allá, de la muerte.
 -¿Con la oscuridad que allí reina?
 -¿Oscuridad? ¡La habrá para usted! Pero pruebe usted a encender una lamparilla de fe con el aceite puro del alma. En faltándonos esta lamparilla, no hacemos más que dar tumbos de acá para allá en esta vida, como ciegos, pese a toda la luz eléctrica que hemos inventado. Buena, bonísima resulta para la vida la luz eléctrica; pero nosotros, señor Meis, necesitamos también de esa otra lamparita que nos alumbra un poco las sombras de la muerte. Mire usted: yo, muchas noches, procuro encender también cierto farolillo de cristal color de rosa; no hay más remedio que ingeniarse por todos los modos posibles de echar el resto para intentar ver... Ahora se encuentra en Nápoles Terencio, mi yerno; pero dentro de unos meses estará de vuelta y entonces yo le invitaré a usted a asistir, si quiere, a alguna de nuestras modestas sesiones. Y quién sabe si ese farolillo... Pero punto en boca, que por hoy ya le he dicho bastante.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1971, en traducción de R. Cansinos Assens, pp. 107-110. Depósito legal: NA-42-1971.]
 

domingo, 22 de junio de 2025

Un hombre acabado.- Giovanni Papini (1881-1956)

Allegretto
XLV.- Precisamente por esto

  «Es difícil, creo yo, encontrar otro ser que haya sufrido mayor fracaso en toda su vida. Nada me queda por perder. Todos los hilos y los puntales que sostienen a los demás están cortados. Tanto los que bajan del cielo como los que encadenan a la tierra. Estoy en el fondo de la sima del mal; he renunciado, he debido renunciar; he abandonado y me han abandonado.
 Mis conocimientos no me bastan; los hombres me fastidian; las mujeres aún más; la literatura me asquea; la inspiración no acude a mí; la gloria me produce náuseas; mi vida es sucia y tediosa; mi cuerpo se deshace y mi primer y máximo deseo, el deseo del sumo poder, ya no existe, ni siquiera como deseo. Todas las tablas de valores han saltado hechas astillas en estas convulsiones interiores; toda esperanza se ha apagado en la oscuridad de estos años; las áncoras posibles de salvación no son más que ganchos que permanecen clavados en tierra, para una vida que carece de promesas e invitaciones.
 La representación ha terminado; los decorados se amontonan junto al muro, las luces se apagan, las cantantes se despojan de sus disfraces de reina y parten en coche, vestidas de negro; quedan los instrumentos allí, abandonados y sin voz, junto a las partituras cerradas que jamás volverán a abrirse. La última fiesta terminó con la postrera nota que aún vibra en el aire, para dar el "la" a este silencio demasiado vacío. Sólo quedan dos caminos: idiotizarse por completo o matarse.
 Sin embargo todavía siento en mí una enorme voluntad de vivir. No quiero morir. Quiero comenzar de nuevo la vida. Quiero hallar otros momentos para vivir. Y vivir a pesar de todo, suspendido de la nada, sin hilos sobre mi cabeza, sin puntales tras mi espalda, sin muletas bajo mis sobacos. Pero vivir todavía, vivir siempre, vivir en el pleno sentido de la palabra, vivir con los ojos y con las manos, con el cerebro y con el hígado, vivir aún diez, veinte, treinta años. Hasta que sepa conquistar mi pedazo de pan en el horno del mundo y sepa decir mis palabras en los coros disonantes de los hombres.
 No quiero morir, ni del todo, ni a medias, ni como alma, ni como cuerpo. Hay en mí algo más fuerte que todas las derrotas; hay un escollo plantado en medio de mi alma que resiste todas las tempestades que lo han cubierto en los últimos tiempos. Hay una bestia que quiere comer, hay dos piernas que quieren caminar, hay un cerebro que quiere pensar, una mano que quiere escribir. ¿Por qué razón? ¿En nombre de qué fe? ¿A la vista de qué meta? La bestia no lo sabe, la bestia no es intelectual, la bestia no es religiosa, la bestia no comprende nada; pero no quiere declararse vencida. Si las banderas son arriadas, permanecen las murallas; si las palabras ya no corresponden a los hechos, ¡al diablo las palabras y vivan los hechos! El hecho resiste y existe, el hecho es irrefutable y prepotente, el hecho no quiere morir.
 No es solamente la sangre la que no quiere detenerse. El mismo yo, que fue cerrando una tras otra todas las ventanas de las posibilidades, y debió renunciar hasta a la última, aquélla que da sobre lo imposible, no quiere desertar. Permanece en la oscuridad, sin fuerzas y sin deseos: pero no quiere aniquilarse. Aguarda siempre. No espera nada, pero aguarda. Si llegase lo peor, lo aceptaría; pero no quiere arrojarse al abismo donde comienza la nada, sin mantener siquiera la esperanza del dolor.
 El yo más profundo está enteramente pisoteado y martirizado, pero este martirio constituye para él un placer porque significa existir, significa oponerse a algo. Esta persecución de que le hace objeto el destino le da la certeza de que existe en él algo que merece la pena tenerse en cuenta, le da conciencia de su importancia en el universo. Él ha descendido hasta el fondo del abismo. Ya no puede moverse; debe cavarse la fosa o subir de nuevo hacia la luz. No puede obrar de otro modo. Y entonces el hombre acabado sale al exterior y comienza un nuevo capítulo.
 Pero este nuevo capítulo no se asemeja en absoluto a todos los demás. Las cosas que negó, negadas permanecen; no pido que vuelvan a mí los sueños abandonados; las ambiciones que desprecié también hoy las rehúso; los hombres que me esquivaron también hoy los mantengo alejados de mí; los propósitos que cegaron mis ojos están lejos para siempre. ¡Qué importa! Se inicia una nueva senda. El secreto ha sido hallado. Una última posibilidad de grandeza aparece ante mí, y yo no la rehúso. Sólo por ella florece de nuevo el desierto en silencio, y brillan las pupilas, avergonzadas bajo los párpados enrojecidos. Todavía puedo ser un héroe. Tengo necesidad de tenerme en gran estima para no verme obligado a aniquilarme; y es este nada lo que me salva.
 Sé que ningún resultado darán los humanos esfuerzos. Sé que todos nuestros edificios quedarán destruidos; que de nuestros ideales, aun los alcanzados y dominados, se precipitarán en la eterna oscuridad del olvido, en el vacío del no ser.
 Ninguna esperanza resta en mi corazón; ninguna promesa puedo hacerme a mí mismo y a los demás; ninguna compensación puedo prever por mis actos; ningún resultado por mis pensamientos. El futuro, este encantador de todos los hombres, esta causa perpetua de todos los efectos, no es para mí nada más que la desnuda perspectiva del aniquilamiento.
 Sin embargo, ante tan espantoso espectáculo, ante tan tremenda desesperanza, ante esta carrera hacia el abismo, no me altero ni retrocedo. Consiento en seguir viviendo. Todo cuanto haga será inútil, pero precisamente por esto me siento impelido a hacerlo. La nada -nada de mí mismo, de mi obra, del mundo entero- es el punto de llegada de cualquier esfuerzo mío, y precisamente por esto seguiré esforzándome hasta que la tierra me llame a su oscuro reposo.
 Quiero abjurar de todo mi pasado utilitario. Todos los hombres buscan una recompensa, un pago por todo cuanto hacen. Incluso las acciones que parecen más espirituales -actos de creación, actos de fe y de amor- esperan su premio, exigen, antes o después, ser saldadas. Nadie hace nada por nada. Hasta las religiones, hasta las artes, hasta las filosofías, se fundan en la ganancia. Las obras humanas, sin excepción de ninguna clase, son letras que deben ser pagadas. El vencimiento será más o menos largo, pero siempre llega el día de las cuentas. Si los hombres supiesen con seguridad que alguno de sus actos no será recompensado más tarde o más temprano, nadie se preocuparía de obrar.
 Yo mismo, en el pasado, fui el más ávido de estos gananciosos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1980, en traducción de Vicente Santiago, pp. 219-222. ISBN: 84-7017-920-9.]
 

domingo, 25 de mayo de 2025

Trópico de Cáncer.- Henry Miller (1891-1980)

 

  «En esa especie de semi-arrobamiento que te permite participar en un acontecimiento y, aun así, permanecer completamente aparte, el pequeño detalle que faltaba empezó oscura pero insistentemente a coagularse, a adquirir una forma caprichosa y cristalina, como la escarcha que se acumula en el cristal de la ventana. Y como esos dibujos de la escarcha que parecen tan extraños, tan totalmente libres y fantásticos pero que, aun así, están determinados por las más rígidas leyes, esa sensación que empezó a tomar forma en mi interior parecía obedecer también a leyes ineluctables. Todo mi ser respondía a los dictados de un ambiente que no había experimentado nunca; lo que podría llamar mi yo parecía contraerse, condensarse, escapar de los límites antiguos y habituales de la carne cuyo perímetro conocía sólo las modulaciones de las extremidades nerviosas.
 Y cuanto más sustancial, más sólido se volvía mi centro, más delicada y extravagante aparecía la realidad inmediata, palpable, de la que iba quedando separado. En la misma medida en que me volvía cada vez más metálico, la escena que se producía ante mis ojos iba adquiriendo mayor amplitud. La tensión era ya tan intensa que la introducción de una sola partícula extraña, aunque fuera una partícula microscópica, como digo, habría hecho añicos todo. Por una fracción de segundo quizá, experimenté esa claridad total que, según dicen, el epiléptico tiene el privilegio de conocer. En aquel momento perdí completamente la ilusión del tiempo y del espacio: el mundo desplegó su drama simultáneamente a lo largo de un meridiano sin eje. En aquella especie de eternidad pendiente de un hilo sentí que todo estaba justificado, supremamente justificado; sentí mis guerras interiores, que habían dejado esa pulpa y esos despojos; sentí los crímenes que bullían allí para surgir mañana en titulares sensacionales; sentí la miseria que estaba moliéndose a sí misma con almirez y mortero, la larga y triste miseria que se derrama gota a gota en pañuelos sucios. En el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y del drama. Si en cualquier momento y en cualquier parte se encuentra uno cara a cara con lo absoluto, la gran simpatía que hace parecer divinos a hombres como Gautama y Jesús se enfría y se desvanece; lo monstruoso no es que los hombres hayan creado rosas a partir de este estercolero, sino que deseen rosas... Por una razón u otra, el hombre busca el milagro y para lograrlo es capaz de abrirse paso entre la sangre. Es capaz de corromperse con ideas, de reducirse a una sombra, si por un solo segundo de su vida puede cerrar los ojos ante la horrible fealdad de la realidad. Todo se soporta -ignominia, humillación, pobreza, guerra, crimen, ennui- gracias al convencimiento de que de la noche a la mañana algo ocurrirá, un milagro, que vuelva la vida tolerable. Y mientras tanto un contador está corriendo en su interior y no hay mano que pueda llegar hasta él para detenerlo. Mientras tanto alguien está comiendo el pan de la vida y bebiendo el vino, un sacerdote sucio y gordo como una cucaracha que se esconde en el sótano para zampárselo, mientras arriba, a la luz de la calle, una hostia fantasma toca los labios y la sangre está pálida como el agua. Y de ese tormento y miseria eternos no resulta ningún milagro, ni un vestigio microscópico de milagro. Sólo ideas, ideas pálidas, atenuadas, que hay que cebar mediante la matanza, ideas que brotan como bilis, como las tripas de un cerdo cuando lo abren en canal.
 Y, por eso, pienso en el milagro que sería que ese milagro que el hombre espera eternamente resultara no ser sino esos dos enormes chorizos que el fiel discípulo soltó en el bidet. ¿Y si en el último momento, cuando la mesa del banquete esté puesta y resuenen los címbalos, apareciera de repente, y sin aviso alguno, una fuente de plata en la que hasta los ciegos pudiesen ver que no hay ni más ni menos que dos enormes chorizos de mierda? Creo que eso sería más milagroso que cualquier cosa que el hombre haya esperado. Sería milagroso porque no se habría soñado. Sería más milagroso que hasta el sueño más descabellado porque cualquiera podría imaginar esa posibilidad, pero nadie lo ha hecho nunca, y probablemente nadie lo hará jamás.
 En cierto modo la comprensión de que no había nada que esperar tuvo un efecto saludable para mí. Durante semanas y meses, durante años, durante toda mi vida, de hecho, había estado esperando que algo ocurriera, algún acontecimiento intrínseco que transformase mi vida, y en aquel momento, inspirado por la desesperanza de todo, sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Al amanecer me separé del joven hindú, después de haberle sacado unos francos, los suficientes para pagar una habitación. Mientras caminaba hacia Montparnasse, decidí dejarme llevar por la corriente, no oponer la menor resistencia al destino, como quiera que se presentase. Nada de lo que me había ocurrido hasta entonces había bastado para destruirme; nada había quedado destruido, salvo mis ilusiones. Personalmente estaba intacto. El mundo estaba intacto. Mañana podría haber una revolución, una peste, un terremoto; mañana podría no quedar ni un alma a la que recurrir en busca de compasión, de ayuda, de fe. Me parecía que la gran calamidad ya se había manifestado, que no podía estar más auténticamente solo que en aquel preciso momento. Tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal, como un depredador, un pirata, un saqueador. Aun cuando se declarara la guerra, y me tocase ir, agarraría la bayoneta y la hundiría, la hundiría hasta el puño. Y si la orden del día era violar, en ese caso violaría y con furia. En aquel preciso momento, en el tranquilo amanecer de un nuevo día, ¿acaso no estaba la tierra aturdida por el crimen y la miseria? ¿Acaso había resultado transformado un solo elemento de la naturaleza, transformado vital, fundamentalmente, por la marcha incesante de la historia? Pura y simplemente, el hombre se ha visto traicionado por lo que llama la parte mejor de su naturaleza. En los límites extremos de su ser espiritual el hombre se ha vuelto a encontrar desnudo como un salvaje. Cuando encuentra a Dios, por decirlo así, ha quedado despojado: es un esqueleto. Hay que excavar de nuevo en la vida para echar carne. El verbo ha de hacerse carne; el alma está sedienta. Me abalanzaré sobre cualquier migaja en que clave los ojos y la devoraré. Si vivir es  lo supremo, entonces viviré, aun cuando deba volverme un caníbal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 1983, en traducción de Carlos Manzano, pp. 93-96. ISBN: 84-322-2182-1.]

domingo, 27 de abril de 2025

Nieve de primavera.- José Luis Trisán (1949)

     

III.- La memoria  

«Inventaste la muerte con tu ausencia,
y le diste tu nombre, el de María,
y le fuiste añadiendo, cada día, 
espesor, plenitud y consistencia.

Toda te desviviste en la querencia
de dar vida a la muerte. La nutría
tu derramado ser. Te devolvía
la criatura una bruma que silencia.

La muerte es ahora tú, y tú eres ella.
No puedo hablar contigo. Me responde
con tu voz otro ser. Tras de su huella

sigo un camino oscuro y desolado
que conduce al silencio en que se esconde
la respuesta a un oído a ti sellado.


***
 
Se te rinde la muerte, convencida
de que debe tenerte por modelo.
Los gestos, el hablar, la ropa, el pelo
te usurpa en juventud recién nacida.

Nocturna es la parodia de la vida,
nocturna vives otra en el subsuelo
donde falsa es la luna y falso el cielo,
y tú -la realidad- estás dormida.

Sólo la juventud imitadora,
temiendo que el modelo se despierte,
lo nubla en negación, porque lo adora.

Te impone lo imposible de un espejo
fundar la adolescencia de la muerte;
pero nunca has de verte en el reflejo.
[...]

IV.-Tus vacíos

Todo lo que supiste has olvidado.
No sabes ni quién eres ni quién fuiste.
Careces de motivos de estar triste.
Careces aun de ti. Te has refugiado

en donde no más tú, desdibujado
rectángulo de niebla que no existe.
Ni siquiera descansas: te aboliste.
Sólo descansa un yo si está habitado.

Despojos de memoria te sustento,
facciones, ademanes, forma, acento,
aunque ni en mi retrato puedas verte.

Soy tu fantasma, el yo soy que te puebla
de tristeza la mínima tiniebla.
Es tuya esa tristeza. Soy tu muerte.

***
 
Te fuiste de la vida tan temprano
que el tiempo no admitió la despedida
y ocupó tu lugar, vivió tu vida,
prolongó primavera y fue verano.

 Cosechas dio de ti, pero qué en vano,
la ficción natural inadvertida;
madurez te aportó, fruta venida
con grávida dulzura hasta la mano.

Y luego, la vejez. El tiempo duda,
tras su sombra camina vacilante,
mientras que sin saberlo se desnuda.

Morías, otra vez, en cada hoja
desprendida de ti, de tu imitante,
que no tiene una mano que lo acoja.
[...]

***

 El lápiz de carmín que, inacabado,
matizarte los labios aún espera,
no sabe que te has ido, que estás fuera,
que no puedes usarlo al otro lado.

Inútil vocación de enamorado
espesamente en sueños exagera
su deslizársete, de tal manera,
que pareces pintada demasiado.

Ausente de tus labios, fuiste a un viaje
sin retorno posible, a lejanía
en donde no se usa maquillaje.

Se acabará el carmín, formas extintas
pintando, pues las sueña, en demasía,
e ignorando que tú ya no te pintas.»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones La Palma, 1993, pp. 42-43, 58-59 y 63. ISBN: 84-87417-34-5.]

domingo, 1 de septiembre de 2024

La señora Dalloway.- Virginia Woolf (1882-1941)

 

 «Muy bien. Pero, ¿acaso había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la molestia de dar una fiesta sin razón alguna.
 Pero profundizando más, por debajo de lo que la gente decía (y estos juicios ¡cuán superficiales, cuán fragmentarios eran!), yendo ahora a su propia mente, ¿qué significaba para ella esa cosa que llamaba vida? Oh, era muy raro. Allí estaba Fulano de Tal en South Kensington; Zutano, en Bayswater; y otro, digamos, en Mayfair. Y Clarissa sentía muy continuamente la noción de su existencia, y sentía el deseo de reunirlos, y lo hacía. Era una ofrenda; era combinar, crear; pero ¿una ofrenda a quién?
 Quizá fuera una ofrenda por amor a la ofrenda. De todos modos, éste era su don. No tenía nada más que fuera importante; no sabía pensar, escribir, ni siquiera sabía tocar el piano. Confundía a los armenios con los turcos; amaba el éxito; odiaba la incomodidad; necesitaba gustar; decía océanos de tonterías; y si alguien le preguntaba qué era el Ecuador no sabía contestar.
 De todos modos, los días se sucedían uno tras otro; miércoles, jueves, viernes, sábado; una tenía que levantarse por la mañana, ver el cielo, pasear por el parque, encontrarse con Hugh Whitbread; y de repente llegó Peter: luego, aquellas rosas; con esto bastaba. Después de esto, ¡qué increíble resultaba la muerte! El que todo hubiera de terminar; y nada en el mundo entero llegaría a saber lo mucho que le gustaba todo; llegaría a saber cómo en cada instante...
 Se abrió la puerta. Elizabeth sabía que su madre estaba descansando. Entró muy silenciosamente. Se quedó absolutamente quieta. ¿No sería que algún mongol había naufragado ante la costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery), y se había mezclado con las señoras Dalloway, quizá cien años atrás? Sí, porque las Dalloway, por lo general, eran rubias, con ojos azules; y Elizabeth, por el contrario, era morena; tenía ojos chinos en la cara pálida, misterio oriental; era dulce, considerada, quieta. De niña, tenía un estupendo sentido del humor; pero ahora, a los diecisiete años, sin que Clarissa pudiera comprenderlo ni siquiera remotamente, se había transformado en una muchacha muy seria; como un jacinto de brillante verde, con capullos de leve color, un jacinto sin sol.
 Se estaba muy quieta y miraba a su madre; pero la puerta había quedado entornada y Clarissa sabía que, más allá de la puerta, estaba la señorita Kilman; la señorita Kilman con impermeable, escuchando lo que ellas hablaban.
 Sí, la señorita Kilman estaba en pie, fuera, e iba con impermeable, pero tenía sus razones. En primer lugar, era barato; en segundo lugar, la señorita Kilman tenía más de cuarenta años; y, al fin y al cabo, no se vestía para gustar. Además, era pobre, humillantemente pobre. De lo contrario, no hubiera aceptado empleos de gente como los Dalloway; empleos de gentes ricas a quienes gustaba ser amables. Y, dicho sea en justicia, el señor Dalloway había sido amable. Pero la señora Dalloway, no. Había sido, simplemente, condescendiente. Procedía de una familia perteneciente a la clase más indigna, la clase de los ricos con un barniz de cultura. Tenían cosas caras en todas partes: cuadros, alfombras, gran número de criados. La señorita Kilman pensaba que tenía pleno derecho a cuanto los Dalloway hacían en su beneficio. 
 Pero la señorita Kilman había sido estafada. Sí, la palabra no constituía una exageración, porque ¿acaso una chica no tiene derecho a una cierta clase de felicidad? Y la señorita Kilman nunca había sido feliz, por ser tan poco agraciada y tan pobre. Y luego, cuando se le presentó una buena oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, vino la guerra; y la señorita Kilman siempre había sido incapaz de mentir. La señorita Dolby consideró que la señorita Kilman sería más feliz viviendo con personas que compartieran sus opiniones acerca de los alemanes. Tuvo que irse. En realidad, su familia era de origen alemán; su apellido se escribía Kiehlman, en el siglo XVIII, pero su hermano murió en la guerra. A ella la echaron porque no podía aceptar la ficción de que todos los alemanes eran malvados. ¡Tenía amigos alemanes, y los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! A fin de cuentas, sabía enseñar historia. Tuvo que aceptar lo que le ofrecieran. El señor Dalloway la descubrió mientras ella trabajaba en casa de los Friend. Y le permitió (lo cual fue verdaderamente generoso por su parte) enseñar historia a su hija. También le daba clases de cultura general y demás. Entonces, en su vida apareció Nuestro Señor (aquí la señorita Kilman inclinaba siempre la cabeza). Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; se apiadaba de ellas.
 Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba desde lo más hondo de su corazón, mientras permanecía en pie sobre la muelle alfombra, contemplando un viejo grabado de una niña con manguito. Con tanto lujo, ¿qué esperanza cabía albergar de que las cosas, en general, mejorasen? En vez de yacer en el sofá -Elizabeth había dicho: "Mi madre está descansando"-, Clarissa Dalloway hubiera debido estar en una fábrica, detrás de un mostrador, ¡la señora Dalloway y todas las demás lindas señoras!»

  [El texto pertenece a la edición en español Editorial Lumen, 1984, en traducción de Andrés Bosch, pp. 139-141. ISBN: 84-264-1115-0.]

domingo, 16 de julio de 2023

Elevación.- Amado Nervo (1870-1919)


5 poemas de Amado Nervo - Zenda
Amable y silencioso


 «Amable y silencioso ve por la vida, hijo.
 Amable y silencioso como rayo de luna…
 En tu faz, como flores inmateriales, deben
 florecer las sonrisas.

 Haz caridad a todos de esas sonrisas, hijo.
 Un rostro siempre adusto es un día nublado,
 es un paisaje lleno de hosquedad, es un libro
 en idioma extranjero.

 Amable y silencioso ve por la vida, hijo.
 Escucha cuanto quieran decirte, y tu sonrisa
 sea elogio, respuesta, objeción, comentario,
 advertencia y misterio…
   Marzo, 5 de 1915.

[…]

Se va una tarde más

 Se va una tarde más… ¿Viviremos mañana?
 ¿Volveremos a veros, crepúsculos de grana?
 ¿Tornaremos a oírte, plañidera campana?
 Se va una tarde más. Suena en la ENCARNACIÓN,
 incomparablemente mística, la oración.
 Se bañan ya de sombra los muros del convento,
 mientras que de la esquila solloza el ritmo lento.
 Quizás en este instante, muchas monjas extáticas
 con el divino Esposo mantienen dulces pláticas,
 y gozan de sublimes caricias interiores…
 En tanto que tú, presa de continuos dolores,
 con tus anhelos libras la más porfiada lucha,
 e inútilmente pides la paz al escondido
 Señor que mora en tu alma; pero que no te escucha,
 porque no lo mereces… ¡o porque está dormido!
 ¡Recuérdalo! Quién sabe si su corazón vela
 para que no zozobre tu barca en la procela…
 Sacúdelo con fuerza si prosigue durmiendo;
 clama en su oreja misma con desusado brío.
 Verás como a la postre despierta sonriendo,
 te ampara entre sus brazos y murmura: «¡HIJO MÍO!».
 Marzo, 16 de 1915.
[…]
 
En paz

 Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
 porque nunca me diste ni esperanza fallida
 ni trabajos injustos, ni pena inmerecida.

 Porque veo al final de mi rudo camino
 que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
 que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
 fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
 cuando planté rosales coseché siempre rosas.

 … Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno;
 ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
 Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
 mas no me prometiste tú sólo noches buenas,
 y en cambio tuve algunas santamente serenas…

 Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
 ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
 Marzo, 20 de 1915.
[…]

Como el venero
Elevacion - Amado Nervo - epub Docer.com.ar 
 Recibe el don del cielo, y nunca pidas
 nada a los hombres, pero da si puedes;
 da sonriendo y con amor; no midas
 jamás la magnitud de tus mercedes.

 Nada te debe aquél a quien le diste;
 por eso tú su gratitud esquiva.
 Él fue quien te hizo bien, ya que pudiste
 ejercer la mejor prerrogativa,
 que es el dar, y que a pocos Dios depara.

 Da, pues, como el venero cristalino,
 que siempre brinda más, del agua clara
 que le pide el sediento peregrino.
 Agosto, 16 de 1915
[…]

“Benedictus”

 Dios os bendiga a todos
 los que me hicisteis bien.

 Dios os bendiga a todos
 los que me hicisteis mal, y que a vosotros,
 los que me hicisteis mal, Dios os bendiga
 más y mejor que a los que bien me hicieron;
 porque éstos, ciertamente,
 no han menester de bendición ninguna,
 ya que su bien en sí mismo llevaba
 toda la plenitud y todo el premio.

 ¡Vosotros, sí, los de mi mal autores,
 necesitáis la bendición del Padre
 que hace nacer el Sol para que alumbre
 por igual a los malos y a los buenos!

Que se derrame, pues, en vuestras almas
la más potente de las bendiciones
divinas, y os dé el don por excelencia:
el don de comprender…
 Marzo, 28 de 1916.»

 

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa Calpe, 1973, en edición de Calixto Oyuela, pp. 54-55, 58, 60, 70 y 90. ]