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domingo, 25 de mayo de 2025

Trópico de Cáncer.- Henry Miller (1891-1980)

 

  «En esa especie de semi-arrobamiento que te permite participar en un acontecimiento y, aun así, permanecer completamente aparte, el pequeño detalle que faltaba empezó oscura pero insistentemente a coagularse, a adquirir una forma caprichosa y cristalina, como la escarcha que se acumula en el cristal de la ventana. Y como esos dibujos de la escarcha que parecen tan extraños, tan totalmente libres y fantásticos pero que, aun así, están determinados por las más rígidas leyes, esa sensación que empezó a tomar forma en mi interior parecía obedecer también a leyes ineluctables. Todo mi ser respondía a los dictados de un ambiente que no había experimentado nunca; lo que podría llamar mi yo parecía contraerse, condensarse, escapar de los límites antiguos y habituales de la carne cuyo perímetro conocía sólo las modulaciones de las extremidades nerviosas.
 Y cuanto más sustancial, más sólido se volvía mi centro, más delicada y extravagante aparecía la realidad inmediata, palpable, de la que iba quedando separado. En la misma medida en que me volvía cada vez más metálico, la escena que se producía ante mis ojos iba adquiriendo mayor amplitud. La tensión era ya tan intensa que la introducción de una sola partícula extraña, aunque fuera una partícula microscópica, como digo, habría hecho añicos todo. Por una fracción de segundo quizá, experimenté esa claridad total que, según dicen, el epiléptico tiene el privilegio de conocer. En aquel momento perdí completamente la ilusión del tiempo y del espacio: el mundo desplegó su drama simultáneamente a lo largo de un meridiano sin eje. En aquella especie de eternidad pendiente de un hilo sentí que todo estaba justificado, supremamente justificado; sentí mis guerras interiores, que habían dejado esa pulpa y esos despojos; sentí los crímenes que bullían allí para surgir mañana en titulares sensacionales; sentí la miseria que estaba moliéndose a sí misma con almirez y mortero, la larga y triste miseria que se derrama gota a gota en pañuelos sucios. En el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y del drama. Si en cualquier momento y en cualquier parte se encuentra uno cara a cara con lo absoluto, la gran simpatía que hace parecer divinos a hombres como Gautama y Jesús se enfría y se desvanece; lo monstruoso no es que los hombres hayan creado rosas a partir de este estercolero, sino que deseen rosas... Por una razón u otra, el hombre busca el milagro y para lograrlo es capaz de abrirse paso entre la sangre. Es capaz de corromperse con ideas, de reducirse a una sombra, si por un solo segundo de su vida puede cerrar los ojos ante la horrible fealdad de la realidad. Todo se soporta -ignominia, humillación, pobreza, guerra, crimen, ennui- gracias al convencimiento de que de la noche a la mañana algo ocurrirá, un milagro, que vuelva la vida tolerable. Y mientras tanto un contador está corriendo en su interior y no hay mano que pueda llegar hasta él para detenerlo. Mientras tanto alguien está comiendo el pan de la vida y bebiendo el vino, un sacerdote sucio y gordo como una cucaracha que se esconde en el sótano para zampárselo, mientras arriba, a la luz de la calle, una hostia fantasma toca los labios y la sangre está pálida como el agua. Y de ese tormento y miseria eternos no resulta ningún milagro, ni un vestigio microscópico de milagro. Sólo ideas, ideas pálidas, atenuadas, que hay que cebar mediante la matanza, ideas que brotan como bilis, como las tripas de un cerdo cuando lo abren en canal.
 Y, por eso, pienso en el milagro que sería que ese milagro que el hombre espera eternamente resultara no ser sino esos dos enormes chorizos que el fiel discípulo soltó en el bidet. ¿Y si en el último momento, cuando la mesa del banquete esté puesta y resuenen los címbalos, apareciera de repente, y sin aviso alguno, una fuente de plata en la que hasta los ciegos pudiesen ver que no hay ni más ni menos que dos enormes chorizos de mierda? Creo que eso sería más milagroso que cualquier cosa que el hombre haya esperado. Sería milagroso porque no se habría soñado. Sería más milagroso que hasta el sueño más descabellado porque cualquiera podría imaginar esa posibilidad, pero nadie lo ha hecho nunca, y probablemente nadie lo hará jamás.
 En cierto modo la comprensión de que no había nada que esperar tuvo un efecto saludable para mí. Durante semanas y meses, durante años, durante toda mi vida, de hecho, había estado esperando que algo ocurriera, algún acontecimiento intrínseco que transformase mi vida, y en aquel momento, inspirado por la desesperanza de todo, sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Al amanecer me separé del joven hindú, después de haberle sacado unos francos, los suficientes para pagar una habitación. Mientras caminaba hacia Montparnasse, decidí dejarme llevar por la corriente, no oponer la menor resistencia al destino, como quiera que se presentase. Nada de lo que me había ocurrido hasta entonces había bastado para destruirme; nada había quedado destruido, salvo mis ilusiones. Personalmente estaba intacto. El mundo estaba intacto. Mañana podría haber una revolución, una peste, un terremoto; mañana podría no quedar ni un alma a la que recurrir en busca de compasión, de ayuda, de fe. Me parecía que la gran calamidad ya se había manifestado, que no podía estar más auténticamente solo que en aquel preciso momento. Tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal, como un depredador, un pirata, un saqueador. Aun cuando se declarara la guerra, y me tocase ir, agarraría la bayoneta y la hundiría, la hundiría hasta el puño. Y si la orden del día era violar, en ese caso violaría y con furia. En aquel preciso momento, en el tranquilo amanecer de un nuevo día, ¿acaso no estaba la tierra aturdida por el crimen y la miseria? ¿Acaso había resultado transformado un solo elemento de la naturaleza, transformado vital, fundamentalmente, por la marcha incesante de la historia? Pura y simplemente, el hombre se ha visto traicionado por lo que llama la parte mejor de su naturaleza. En los límites extremos de su ser espiritual el hombre se ha vuelto a encontrar desnudo como un salvaje. Cuando encuentra a Dios, por decirlo así, ha quedado despojado: es un esqueleto. Hay que excavar de nuevo en la vida para echar carne. El verbo ha de hacerse carne; el alma está sedienta. Me abalanzaré sobre cualquier migaja en que clave los ojos y la devoraré. Si vivir es  lo supremo, entonces viviré, aun cuando deba volverme un caníbal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Seix Barral, 1983, en traducción de Carlos Manzano, pp. 93-96. ISBN: 84-322-2182-1.]

domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


domingo, 4 de septiembre de 2022

Historia de un amor maravilloso.- Carl-Johan Vallgren (1964)


Carl-Johan Vallgren
IV


 «—¡Pasen y vean, damas y caballeros, pasen y vean! ¡Un espectáculo aterrador por tan sólo dos céntimos! Tenemos todo lo que jamás pudieron soñar o, más bien, todo lo que jamás se atrevieron a soñar, pues supera con creces la imaginación humana. ¿Qué es la séptima maravilla del mundo comparada con la octava o la novena? Nadie quedará decepcionado con la compañía de variedades ambulante de Barnaby Wilson. Disculpe, respetable dama, ¿cuál ha sido su pregunta, qué tenemos que ofrecer? ¡Pregunte más bien qué no tenemos que ofrecer! Tenemos el puñal ensangrentado de Bruto, el traje de primera comunión de Napoleón, el auténtico paño de la Verónica, la bandeja de oro en la que, sobre una base de hielo picado, se sirvió la cabeza del Bautista; tenemos un buen número de bestias y de animales extinguidos, tenemos tres de los dientes de leche de Jesús, un frasco lleno de las lágrimas destiladas de la Madre de Dios al precio de diez liras la gota; una hidra, un dodo y un oso hormiguero de las selvas de Brasil que nadie ha penetrado jamás o, por lo menos, de las que nadie ha vuelto con vida. Damas y caballeros, si nada de esto es de su gusto, déjense al menos retratar por un procedimiento que es la última moda en el East End de Londres: la heliografía. En el estudio de Herman Bioly dibujarán sus retratos con luces, sus espíritus quedarán impresos en una placa de cristal de colodio y serán ustedes inmortales... ¿Aún tienen dudas? Bien, pues aquí hay algo para todo el mundo. ¿Sufren acaso alguna enfermedad? A la compañía circense de Barnaby Wilson se ha unido recientemente el físico moro Ibrahim, rey de los linimentos y emperador no coronado de las tinturas, cuyas mixturas son célebres en todo el mundo cristiano. El gran duque de Baden se hace curar con sus famosos ungüentos, el rey de Sajonia, que sufre en el pie un eczema que a punto estuvo de desencadenar una guerra contra los austriacos, quedó sanado como por arte de magia con su pomada sin parangón. El moro Ibrahim puede ofrecer en su botica píldoras de amor, píldoras para la invisibilidad, píldoras para la virtud, píldoras para la inmortalidad, píldoras para remediar penas sin nombre y píldoras contra males imaginarios; tenemos, asimismo, la cura de rejuvenecimiento del profesor Steinert y el celebérrimo tratamiento de los opuestos, de Brown, capaz de curar cualquier cosa, desde las callosidades hasta las inflamaciones del corazón... Bienvenidos a nuestro espectáculo, damas y caballeros, no lo duden, la próxima representación comienza dentro de un cuarto de hora...
 En este punto, Barnaby Wilson fingió perder la voz y empezó a toser exageradamente mientras que un vaso de agua colmado se materializaba en su mano. Lo apuró hasta el fondo a través de una muesca trazada en su máscara, y al tiempo que el líquido elemento desaparecía a pequeños sorbos, desaparecía también, sorprendentemente, el recipiente mismo, centímetro a centímetro, hasta que, tras un sonoro regüeldo del director de circo, se esfumó en una nube de humo.
 —¿Han oído en alguna ocasión hablar de la jirafa? —prosiguió impasible ante la reacción provocada en su público—. Seis metros de altura, llena de lunares como una amanita roja y un cuello de dragón... ¿Qué son el barco de vapor y la locomotora comparados con las sensaciones que los aguardan en el circo ambulante de Barnaby Wilson?
 El monólogo del director se vio abruptamente interrumpido por una fuerte explosión procedente de uno de los vagones cubiertos que estaban dispuestos junto al mercado en un círculo de cien varas de diámetro, que mantenía la zona del espectáculo invisible para la multitud curiosa. Con fingido terror, se llevó la mano al corazón.
 —Lo que acabamos de oír, damas y caballeros —susurró en tono de cómplice conspirador—, es un ejemplo de los sobrecogedores experimentos del flogistonista sajón Bruno von Salza realizados con azúcar de plomo, crema de arsénico y flor de zinc. Con la ayuda del aire flogistonizado, es capaz de hacer saltar por los aires una catedral, de convertir en oro cualquier metal vulgar y de poner la materia en movimiento hasta el punto de que los muertos se levantan de sus tumbas y, de puro miedo, huyen a todo correr... Permítanme, además, que les presente al salvaje Leopold, capturado con lazo en el interminable desierto de Namibia, a Gandalalfo Bonaparte, hijo ilegítimo del gran Napoleón, a Miranda Bellaflor, la muchacha de las cuatro lenguas o al omnívoro ligur Jean-Paul, capaz de tragarse monedas de distinto valor antes de escupirlas en el orden que ustedes manden... ¡Ofrécenos una demostración de lo que sabes hacer, Jean!
 Con una discreta reverencia, un caballero de elevada estatura y extremada delgadez, cuya deformidad consistía en una excrecencia velluda que le cubría la mitad del rostro, se colocó junto a Barnaby Wilson sobre la pequeña tarima desde la que el director del circo se dirigía al público. El hombre sostenía en la mano un frasco lleno de abejas vivas. Con no poca ceremonia, desenroscó el tapón y colocó la abertura contra su boca, unas fauces enormes con las que, según decían, podía tragarse balas de cañón, de modo que el público pudo ver claramente cómo los insectos entraban volando en su boca.
 El omnívoro ligur cerró los labios, puso la tapadera y, hecho esto, con la mayor calma imaginable, como si se tratase de una de las píldoras del físico Ibrahim contra males sin nombre, se tragó las abejas una a una, emitiendo un claro sonido.
 Acto seguido y a una señal de Barnaby Wilson, abrió una vez más su tremenda boca de par en par de modo que el público pudiese ver con sus propios ojos que los insectos habían desaparecido, y con una nueva reverencia para franco regocijo de los asistentes, se aclaró la garganta y escupió las abejas una a una y, entre ensordecedores aplausos, los pequeños seres alados partieron volando, llevados por la tramontana, hacia la bahía en que el ocaso teñía de rojo la ciudad de Niza.
 A través de su máscara, Barnaby Wilson envolvió satisfecho a la multitud con la mirada de su único ojo. Varios cientos de curiosos se habían congregado ya formando una media luna a su alrededor; mujeres, hombres, niños y ancianos.
 A unos metros de su lado derecho descubrió con no poco agrado a un caballero de edad, enfundado en una levita y con una ridícula melena gris que le caía rizada sobre un par de hombros bastante femeninos.
 —¿Querrá el caballero dar un paso adelante y, a cambio de una entrada gratuita, permitirme que haga una demostración de otra de las sensaciones del circo? —dijo meloso—; a saber, el último juguete del emperador de la China, ¡el magnetismo fluido con efecto de repelencia!
Historia de un amor maravilloso - Vallgren, Carl-Johan - 978-84 ... El hombre pareció halagado al haber sido elegido para un experimento con el último juguete del emperador de la China y, mientras se acercaba al estrado con pie ufano aunque algo inseguro, Barnaby Wilson sacó del bolsillo de su amplio sobretodo marinero una botella de Leiden, lo hizo detenerse en uno de los peldaños y lo electrificó con la rapidez del rayo.
 —¡Fluidos magnéticos, el summum de los secretos! —exclamó con un histriónico temblor en su voz infantil mientras que a hurtadillas, por detrás de su espalda, frotaba una vara de vidrio contra una gamuza. Y antes de que el tímido caballero ataviado con su levita tuviese tiempo de reaccionar, ya estaba el director del circo ante él nuevamente, y con los estudiados movimientos llenos de misterio de un mago medieval murmuró unas fórmulas en una lengua que nadie comprendía, pero que no era otra que el galés de las islas del golfo de Cardigan, pasó las manos sobre la cabeza del hombre para enseguida oír encantado los suspiros de entusiasmo del público. Sobre la levita del caballero, en efecto, quedaron adheridos todo tipo de objetos ligeros que flotaban en el aire: hojas, pelusas, trozos de papel y hasta un par de las abejas vivas que el omnívoro ligur acababa de expulsar de su boca. La levita empezó a despedir pequeños rayos, y a diez centímetros de la coronilla del caballero su peluca gris flotaba en el aire, como un halo ceniciento, chisporroteante y electrificada—. ¡Vean, damas y caballeros, la undécima maravilla del mundo! —gritó triunfante Barnaby Wilson—. El fluido magnético llamado electricidad, lo último en la corte del emperador de China. Con esta rara energía, las ciudades no tardarán en iluminarse de modo que la noche se convierta en día, los caballos serán sustituidos por carros eléctricos, se enviarán mensajes y, en un segundo, llegarán a su destino a cientos de kilómetros de distancia, y el rostro de Dios se iluminará en el firmamento, desde donde, atónito, observará la inventiva del ser que, en su día, creó con una costilla y un poco de barro.
 Con el rostro encendido hasta el cuero cabelludo, el hombre echó mano de su peluca flotante y se marchó del mercado a todo correr. El público vitoreaba sin cesar y, al abrigo del alboroto, Lucretius III encendió las lámparas de su compleja fantasmagoría en la tienda más próxima.
 En la penumbra de la tienda contigua a la ventanilla de venta de entradas, ante el pasmo sincero del público y fingido de Barnaby Wilson, se materializó entonces la llamada jirafa que el director acababa de describir de forma tan fantasiosa, un monstruo moteado de treinta pies de altura que expulsaba fuego al son de la relativamente bien entonada orquesta de viento de la compañía.
 El público retrocedió aterrado, mas en el preciso momento en que estaba a punto de desatarse el pánico, la escena cambió de carácter para convertirse en una fantasmagoría que representaba el tétrico baño de Marat, con el célebre revolucionario muerto flotando en una bañera esmaltada llena de agua.
 —¡Damas y caballeros! —gritó Barnaby Wilson—. Por tan sólo dos céntimos, resucitarán los muertos y los arcángeles se harán corpóreos...
 A otra fantasmagoría de Lucretius, un nuevo susurro recorrió el público. Se trataba en esta ocasión de una representación de Robespierre, que con el rostro lívido y sosteniendo en la mano una pistola dio un par de pasos hacia el director del circo con la intención, a juzgar por las apariencias, de dispararle por la espalda. Sin embargo, Robespierre se transformó, a un simple gesto de Barnaby Wilson, en un centauro que se precipitó hacia el interior de la tienda en una carrera acompañada de dos estruendosas explosiones procedentes de la tienda salpicada de pólvora del flogistonista Bruno von Salza.
 —Tranquilos, señores —prosiguió Barnaby Wilson con una sonrisa—. Por esos dos céntimos, prometemos ofrecer algo más, a saber: la máxima seguridad contra todo tipo de apariciones.»

    [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Anagrama, 2007, en traducción de Carmen Montes Cano, pp. 113-116. ISBN: 978-84-339-7443-3.]

lunes, 12 de abril de 2021

Elogio de la impertinencia.- Piergiorgio Odifreddi (1950)


Resultado de imagen de piergiorgio odifreddi
Religión

¿Adónde fue a parar Dios?

  «A la afirmación de Nietzsche de que “Dios ha muerto”, Woody Allen rebatió: “No, sólo se ha mudado y ahora trabaja en un proyecto menos ambicioso”. Muerto o emigrado, Dios efectivamente parece haberse marchado de Occidente y no interesarse ya por él. O, al menos, no en las formas de tebeo de la religión tradicional, orientadas a los pastores analfabetos de la Palestina de hace dos o tres mil años y, por tanto, anacrónicas y superficiales para el hombre tecnológico occidental de hoy. ¿Qué queda entonces de la religión tradicional en el mundo contemporáneo y qué mutaciones del ge(é)n(esis) ha sufrido para adaptarse a las necesidades de la modernidad?
 Antes de responder a estas preguntas será útil tratar de entender los motivos por los cuales la gente cree, cuando aún cree. Al primero, genérico y obvio, aludía Gadda al advertir que “no todos están condenados a ser inteligentes”. En efecto, aunque sea embarazoso decirlo, la mayoría de los hombres no brilla por su cerebro ni por su cultura y constituye un fértil terreno para la diseminación y el arraigo de las tonterías más disparatadas: de las promesas de los gobernantes a las mentiras de la publicidad, de las banalidades de los medios de comunicación a los hechos sobrenaturales de los curas.
 Pero sería simplista y superficial reducir la fe a un capítulo de la estupidez humana: por otra parte, hay muchas personas inteligentes y cultas que creen, o al menos dicen que creen. Una buena parte de ellas cree que cree, según la feliz expresión de filósofo, o finge que cree, según la infeliz costumbre del hombre público. La sensibilidad y el interés por lo trascendente no están muy difundidos en sociedades materialistas como las occidentales, y a menudo la fe se reduce sólo a una práctica social, adoptada sin demasiada reflexión por tranquilidad personal, o simulada con precisos cálculos por conveniencia electoral.
 Pero en las mayor parte de los casos la fe es probablemente el resultado de un programa educativo enunciado brutalmente por el ya citado Joseph de Maistre. No por casualidad la Iglesia y los partidos políticos que la representan, de la Democracia Cristiana de ayer al Polo de hoy, combaten batallas furiosas sobre la escuela privada, en nombre de la libertad de enseñanza: porque saben perfectamente que el lavado de cerebro efectuado en los niños tendrá efectos permanentes en los adultos. Por otra parte, si una sesión hipnótica puede bastar para obligarnos a adquirir comportamientos inexplicables pero inevitables, un adoctrinamiento sistemático bien podría seguir haciéndonos creen en el Niño Jesús también de mayores.
 Naturaleza y cultura aparte, las motivaciones conscientes o inconscientes que empujan al hombre a creer pueden ser las más variadas: el deseo de garantizar los valores morales, la necesidad de comprender y congraciarse con la naturaleza, los sentimientos de temor, la impotencia y el miedo en relación con la vida y la muerte, el intento de afrontar de raíz las crisis existenciales, la satisfacción de pulsiones y deseos infantiles reprimidos, la concreción de las ideas de perfección y de grandeza, la conciencia de lo infinito, la activación simbólica de arquetipos colectivos, la soledad del hombre en el universo, etc.
 Pero ante cada una de estas motivaciones, de orden, por así decir, “superior”, las religiones tradicionales ahora no saben ofrecer más que soluciones de calidad inferior. En efecto, las necesidades a las que hemos aludido son mejor y más adecuadamente satisfechas por otras feligresías. Por ejemplo, la literatura, la filosofía y las ciencias naturales y humanas están más equipadas para narrar historias, elaborar sistemas y explicar el mundo y el hombre de lo que pueda estarlo una rudimentaria mitología antigua de Oriente Medio: hay más cosas en el cielo y la tierra de las que imaginaron los profetas mediorientales y los dioses de su invención.
 Las religiones más inadecuadas para el mundo moderno son, sin duda, los monoteísmos, que pretenden poseer una verdad única y directamente revelada. Naturalmente, monoteísmos verdaderos sólo puede haber como máximo uno: cuando hay dos, o Dios no lo quiera, incluso tres, las cosas se complican y estallan. Por un lado, los demás monoteísmos serán percibidos como sacrílegos y blasfemos y masacrados en las recíprocas carnicerías que han marcado la historia antigua y reciente de judíos, cristianos y musulmanes. Por el otro, los infieles serán considerados como seres inferiores a los que eliminar o redimir, a través de las innumerables guerras de conquista que los imperialismos judío, cristiano e islámico han perpetrado en los siglos, los años y los meses pasados.
 Pero la inadecuación del monoteísmo no es sólo política. Considerar textos históricamente datados como la Biblia o el Corán como si estuvieran divinamente inspirados lleva a tomar las costumbres alimenticias, sexuales y sociales de antiguos pueblos como mandamientos y preceptos universales e inmutables. Pedirle al hombre de las ciudades actuales que siga comportándose como en el desierto de antaño significa reducirlo a una abstracción sin tiempo ni lugar, en vez de reconocer su historicidad y conduce directamente al fundamentalismo y la perversión.
 Éstos se manifiestan, sobre todo, en una patológica (y nada inmaculada) concepción de la mujer y la sexualidad, que causa por un lado el desencanto de los fieles y su desinterés por las políticas familiares de la Iglesia, sobre todo en el campo de la anticoncepción y lleva, por el otro, a fenómenos embarazosos como la pedofilia de muchos curas, que interpretan de manera sui (de)generis la exhortación “dejad que los niños vengan  mí”, y recientemente han costado al Vaticano dos billones de las viejas liras en resarcimientos sólo en Estados Unidos.
 Pero quizá sea en su soberbia antropocéntrica donde los monoteísmos revelan sus limitaciones frente al pensamiento científico. En efecto, creer que el hombre es el hijo predilecto de un Dios choca con todos los descubrimientos científicos de la historia moderna: el sistema copernicano, que quita a la Tierra del centro del mundo; el evolucionismo darwiniano, que conecta al hombre con el mono; el psicoanálisis freudiano, que desvela la potencia del inconsciente; la relatividad einsteniana, que elimina cualquier sistema de referencia privilegiado; la biología molecular, que reduce la vida a la información genética; son todo etapas de un progresivo redimensionamiento del hombre que la Iglesia no puede más que tratar de contrastar y contener patéticamente.
 A la luz de sus incompatibilidades con la modernidad, se comprenden y se explican las vicisitudes recientes de la religión en el mundo occidental. El Vaticano, por ejemplo, hace tiempo que ha concentrado su atención en los eslabones más débiles de la cadena humana: el tercer mundo, los jóvenes y “los pobres de espíritu”. A ellos se dirigen las apariciones mediáticas de un Papa superstar en movimiento perpetuo durante un cuarto de siglo, que adoraba a vírgenes, exorcizaba demonios, creía en los milagros y canonizaba a charlatanes.
 Como testimonio de la ambivalencia de su figura, bastará el episodio de la “revelación” del tercer secreto de Fátima, orquestado con ocasión del Jubileo de 2000: la explicación del fallido atentado de la plaza de San Pedro mediante una intervención directa de la Virgen, anunciada con décadas de antelación a tres pastorcillos, constituye una numinosa señal de predilección divina para los hombres de buena voluntad, pero un peligroso síntoma de delirio de poder para loa hombres de buena racionalidad.
 ¿Qué decir, además, de los milagros prodigados por los santos y lo beatos que en su incansable activismo Juan Pablo II ha proclamado a centenares, elevando, él solo, a los honores de los altares a más santos que todos sus predecesores juntos? Los numeritos, como la ceremonia de canonización del Padre Pío del 16 de junio de 2002 (véase la p. 220), acompañados por una embarazosa mercantilización de gadgets, no pueden más que cavar un surco de separación entre quien cree y quien piensa, y testimonian el desinterés de la Iglesia católica hacia aquellos que querrían satisfacer sus necesidades de espiritualidad, pero sin renunciar a los deberes de la racionalidad.
 Naturalmente, el problema no es sólo contemporáneo: desde el siglo XVIII hay intentos de purgar el cristianismo de sus aspectos supersticiosos, como la creencia en los milagros y de reducirlo a una religión natural y no revelada: en síntesis, a la existencia de un Dios que gobierna o garantiza el mundo físico y, eventualmente, el moral. Por desgracia para la religión, esta empresa traspasa inevitablemente la frontera del libre pensamiento, cuando no directamente del ateísmo, que son las elecciones naturales de los pensadores de ayer y de hoy. Y, más en general, de todos aquellos que no consiguen vivir esquizofrénicamente una doble vida, científica y tecnológica durante la semana,  y supersticiosa e irracional los domingos y las demás fiestas de guardar.
 Para aquellos que, aun rechazando el intrínseco fundamentalismo ofrecido por los tres monoteísmos, desean perseguir, de algún modo, una elección espiritual, hay soluciones menos radicales que constituyen las nuevas vías de la religión en el mundo moderno, en alternativa a las ya gastadas de las instituciones canónicas. Algunas de estas “nuevas” vías son, en realidad, tan viejas como las habituales, pero para un occidental presentan unas características de frescura y de diversidad que las hacen respirables como una ráfaga de aire fresco en un ambiente cerrado y malsano.
 La primera y más apetecible alternativa es ciertamente la de las religiones orientales, en especial las distintas denominaciones del budismo, sobre las cuales desde hace tiempo se ha concentrado la atención de Occidente en general, y de Estados Unidos en particular. El motivo es sencillo: las creencias y los dogmas que enjaulan rígidamente a la doctrina cristiana, sobre todo en la versión católica, parecen incomprensibles o irrelevantes y son, en su mayor parte, ignorados por los supuestos fieles.
Resultado de imagen de elogio de la impertinencia Por ejemplo, no es posible ser católico sin creer en la doble naturaleza y voluntad de Cristo, en la existencia del purgatorio, en la transustanciación, en la inmaculada concepción, en la asunción, en la inhabilidad pontificia, etc. Pero basta indagar entre parientes y conocidos para percatarse, por ejemplo, de cuántos imaginan que “inmaculada concepción” significa no que la Virgen nació sin pecado original, cosa difícil de comprender, sino que concibió un hijo sin ensuciarse, por así decir, las manos, cosa, en cambio, difícil de digerir.
 No es difícil imaginar que la mayoría absoluta –por no decir la casi totalidad- de viejecitas, jóvenes y semianalfabetos del tercer mundo que frecuentan las iglesias, profesa como mucho un genérico y vago cristianismo, que ignora por completo las sutilezas teológicas según las cuales se pertenece a una de las diversas sectas cristianas, Iglesia de Roma incluida, en vez de a otra.
 Frente a un cristianismo teístico, dogmático e irracional, el budismo se presenta, en cambio, a los occidentales como una religión humanista, democrática y científica. Lejos de basarse en el mito truculento de la pasión y de la muerte de un Dios bajado a la tierra para redimirnos de nuestros pecados, se inspira en la hermosa fábula de un hombre como nosotros que busca, experimenta, se equivoca, y por último encuentra el camino para la liberación del sufrimiento. Y, después de haberlo encontrado, lo enseña modestamente a quien se muestra interesado, diciendo: “Yo lo he hecho así; si quieres, prueba también tú”.
 La búsqueda de Buda se basa en una fenomenología absolutamente científica, un análisis de la génesis del dolor  y de los posibles medios para su eliminación. Y el análisis descubre una completa interdependencia de los acontecimientos, una rigurosa concatenación de causas y efectos según el principio del karma, que no es más que el principio de acción y reacción, es decir, la causalidad. ¿Acaso es asombroso que el budismo interese  y atraiga en una era científica? ¿Sobre todo cuando es promocionado por personajes como el Dalai Lama, cuya personalidad modesta y progresista contrasta profundamente con aquella soberbia y conservadora de un Papa polaco?
 Naturalmente, el budismo y las religiones orientales son sólo algunas de las opciones que se ofrecen al occidental en busca de alternativas al cristianismo. Una de las más interesantes, casi desconocida por nosotros, pero difundida ya en doscientos países, es el brahaísmo, al que Tolstoi había definido como “la más alta y pura forma de religiosidad”. Ésta fue fundada en 1863 por un persa llamado Mirza Husain Alí Nuri, que se consideraba la décima encarnación de Vishnú, el mesías de los judíos, y el sucesor de Zaratustra, el buda Maitreya, el Cristo resucitado y duodécimo imán. Su enseñanza se basa en las precedentes religiones reveladas y las funde en un original e interesante sincretismo universal.
 En Italia los caminos de las religiones alternativas al cristianismo son escasamente practicados a causa del obstruccionismo de la Iglesia y de sus agentes políticos. La cual y los cuales consideran la adhesión a cualquier fe diversa, aunque sea otro monoteísmo, como una traición de los supuestos valores occidentales que pretenden incluso inscribir en la Constitución europea.
 Situados ante la alternativa de “mejor ateos que incrédulos”, muchos satisfacen entonces sus necesidades de espiritualidad cayendo del fuego en las brasas y refugiándose en versiones semilaicas o paracientíficas de las religiones. Exorcistas, demonólogos, médiums, magos, parapsicólogos, clarividentes, sensitivos, cartománticos, sanadores, astrólogos y toda una serie de “alternativos” se disputan, pues, con los curas, el monopolio de la explotación de la estupidez y la credulidad humana, y todos juntos compiten para repartirse las opíparas ganancias de un mercado floreciente y rico.
 Pero la irracionalidad enmascarada de las pseudociencias y la fe en los astros, las cartas o el ocultismo no son menos anacrónicas que la irracionalidad manifiesta de las religiones tradicionales y la fe en el Zeus griego, el Júpiter latino o el Jesús cristiano. Sólo llevando a cabo la reconstrucción de las religiones y las pseudociencias, y eligiendo abiertamente el camino de la racionalidad y de la ciencia, Occidente podrá finalmente llegar a una concepción no caricaturesca de la espiritualidad y encontrar lo sagrado donde verdaderamente está: en la naturaleza del hombre.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial RBA Libros, 2010, en traducción de Juan Carlos Gentile Vitale, pp. 134-141. ISBN: 978-84-9867-600-6.]