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domingo, 4 de enero de 2026

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

6.- Material y fuentes de los sueños
g) El sueño de examen

  «Todo aquél que ha terminado con el examen de grado sus estudios de bachillerato puede testimoniar de la tenacidad con que le persigue el sueño de angustia de que va a ser suspendido y tendrá que repetir el curso, etcétera. Para el poseedor de un título académico se sustituye este sueño típico por el de que tiene que presentarse al examen de doctorado, sueño durante el cual se objeta en vano que hace ya muchos años que obtuvo el deseado título y se halla ejerciendo la profesión correspondiente. En estos sueños es el recuerdo de los castigos que en nuestra infancia merecieron nuestras faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse a los dos puntos culminantes de nuestros estudios, al dies irae, dies illa de los rigurosos exámenes. El "miedo de examen" de los neuróticos halla también un incremento en la citada angustia infantil. Terminados nuestros estudios, no es ya de nuestros padres, preceptores o maestros, de quienes hemos de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de la inexorable concatenación causal de la vida, la cual toma a su cargo continuar nuestra educación y entonces es cuando soñamos con los exámenes -¿y quién no ha dudado de su éxito?- siempre que tememos que algo nos salga mal en castigo a no haber obrado bien o no haber puesto los medios suficientes para la consecución de un fin deseado; esto es, siempre que sentimos pesar sobre nosotros una responsabilidad.
 A una interesante observación de un colega, conocedor de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de estos sueños, pues me llamó la atención sobre el hecho, por él comprobado, de que el sueño de tener que doctorarse nuevamente era siempre soñado por personas que habían salido triunfantes de dicho examen y nunca por aquellas otras que en él habían sido suspensas. Estos sueños de angustia, que suelen presentarse cuando al día siguiente ha de resolverse algo importante para nosotros, habrían, pues, buscado en el pretérito una ocasión en que la angustia se demostró injustificada y quedó contradicha por el éxito. Tendríamos aquí un singular ejemplo de interpretación errónea del contenido onírico por la instancia despierta. La objeción interpretada como rebelión contra el sueño: "Pero, ¡si ya tengo el título!", etc, sería, en realidad, un aliento proporcionado por el mismo: "No temas; recuerda el miedo que sentiste antes del examen de doctorado y recuerda que nada malo te pasó. Hoy tienes ya tu título", etc. Resulta, pues, que la angustia que atribuíamos al sueño procedía de los restos diurnos. Esta explicación se ha demostrado cierta en todos los sueños de este género, propios y ajenos, que he podido investigar. La medicina legal, asignatura en la que fui suspenso, no me ha ocupado jamás en sueños, mientras que muchas veces he soñado examinarme de Botánica, Zoología y Química, disciplinas en las que mi miedo al examen estaba muy justificado, pero que aprobé por especial favor del destino o del examinador. Entre las asignaturas de segunda enseñanza escogen siempre mis sueños la Historia, disciplina en la que rayé a gran altura, pero sólo porque mi amable profesor -el tuerto de otro sueño (cap. 2, apart. b)- se dio cuenta de que al devolverle el programa había hecho con la uña una señal, junto a la segunda pregunta, para advertirle que no insistiera mucho sobre ella. Uno de mis pacientes, que aprobó el examen de doctorado y fue luego suspendido en la Academia Militar, me ha confirmado que sueña muchas veces con el primer examen y jamás con el último.
 Los sueños de examen presentan, para la interpretación, aquella dificultad que antes señalamos, como característica de los sueños típicos. El material de asociaciones que el sujeto pone a nuestra disposición rara vez resulta suficiente, y de este modo, sólo por la reunión y comparación de numerosos ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sueños. Recientemente experimenté en un análisis la segura impresión de que la frase: "Pero ¡si ya eres doctor!", etc. no se limita a encubrir una intención alentadora, sino que entraña también un reproche: "Tienes ya muchos años y has avanzado mucho en la vida; mas, a pesar de ello, sigues haciendo bobadas y niñerías". El contenido latente de esos sueños correspondería, pues, a una mezcla de autocrítica y aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el reproche de seguir cometiendo "bobadas" y "niñerías" se refiera, en los ejemplos últimamente analizados, a la repetición de actos sexuales, contra los que hay algo que se opone en nosotros.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 304-306. ISBN: 84-395-0001-7.] 

domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
1

 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

2

  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

domingo, 17 de noviembre de 2024

Historia de la filosofía II.- Felipe Martínez Marzoa (1943)

 Epílogo


 «A lo largo de este libro hemos interpretado el título philosophía en el sentido de que una sophía (destreza, pericia, saber-habérselas) que ya no fuese ni la del carpintero ni la del marinero ni la de ningún otro en particular, sino algo así como el saber-habérselas pura y simplemente, digamos el hacerse cargo del juego mismo que siempre ya se está jugando, sería una cierta ruptura con el juego o detención de él, ciertamente de o con el juego que se está jugando, por lo tanto sería, ciertamente, jugar, pero, por así decir, llegando de fuera, y esto es lo que dice la palabra griega theoría, pues el theorós es aquél que está en un juego o fiesta llegando de fuera; el tema adjetival philo-, que designa la pertenencia, esto es, la separación esencial o interna, expresa este carácter de ruptura, separación o detención. El hacerse cargo del juego mismo sólo puede ocurrir como una cierta pérdida del juego o ruptura con él o distanciamiento con respecto a él y, sin embargo, el juego es el juego que siempre ya estamos jugando y seguimos jugando; que el juego mismo acontezca, eso sólo ocurre en la pérdida de él mismo, en su mismo substraerse; el rasgo "filosófico", el que el juego mismo acontezca, comporta a la vez la pérdida del juego; el juego mismo es el "entre" o la abertura o la distancia, el substraerse que le es inherente deja como el rastro de ese substraerse el horizonte uniforme-infinito, y como vimos, esto, dicho de otra manera, es que el perderse inherente a Grecia deja que tenga lugar el Helenismo y, cuando eso que queda, el rastro de substraerse, sea no sólo lo que queda, sino, en cuanto lo que queda, la base para un nuevo comienzo, entonces será la Modernidad. Por ser ello la distancia o el "entre" o la abertura, por eso su comparecer es ni más ni menos que su substraerse, y por eso Grecia es su mismo perecer y así dejar que tenga lugar aquello que en el presente contexto hemos designado como lo uniforme-infinito. Y aquí todo lo ya dicho de que el sentido del estudio de Grecia es que él es el camino hacia la asunción  de lo propio nuestro, porque es Grecia, en cuanto que ella es su mismo perecer, lo que deja que tengamos lugar nosotros, y de que, recíprocamente, puesto que Grecia es ese mismo perecer, el viaje a Grecia sólo es auténtico si produce él mismo el retorno. Bien entendido -digámoslo una vez más- que por "estudio de Grecia" no entendemos proposiciones acerca de "Grecia" y "lo griego", sino el trabajo línea a línea y verso a verso sobre Homero, Píndaro, Sófocles, Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles y que por ocupación sobre la Modernidad no entendemos tesis acerca de "la Modernidad", "lo moderno", la "crítica de la modernidad", etc. sino el trabajo línea a línea (en su caso verso a verso) sobre Leibniz, Kant, Fichte, Schelling, Hegel, Hölderlin, Goethe, etc.; nada de lo que hemos dicho tiene el carácter de tesis "acerca de" "Grecia", "la Modernidad", "la filosofía", "la historia", "la historia de la filosofía"; todo ello son sólo maneras coyunturalmente breves de aludir al verdadero trabajo.
  Aun con todas las precauciones en las que tanto hemos insistido acerca del significado (o de la carencia de significado) que cabe atribuir a las fórmulas generales que nosotros mismos ocasionalmente empleamos, parece que lo dicho impide obviar la siguiente cuestión: nuestra exposición sobre la historia de la filosofía ha querido esbozar cómo en efecto el que el juego mismo acontezca como tal comporta aquella detención o ruptura del juego, cómo esto, una vez ocurrido, deja como rastro el horizonte uniforme-infinito, la verdad como cosa del enunciado, etc. y cómo ello, a través de la reinterpretación de la cuestión del juego como cuestión de la legitimidad del enunciado o de la certeza, conduce a la absolutez de la distancia, a que el "a dónde" de la ruptura, que por su misma noción es nada, sea todo. Parece, pues, que la philosophía se ha "consumado", que la Geschichte se ha cumplido. ¿Significa esto que "la historia de la filosofía" ha terminado?, la fórmula, tal como suena, está fuera de lugar, porque, si decimos que "termina" o que "ha terminado", ya la estamos considerando como un segmento dentro del acontecer que siempre viene de atrás y siempre sigue, cuando de lo que se trataba desde el principio (desde 1) era de entender que esa noción del horizonte no es una noción fenomenológicamente primaria. Más bien debemos, pues, relacionar la impresión de que la Geschichte se ha cumplido con algo precisamente vinculado a lo antes dicho de que no se trata de unas u otras fórmulas generales, sino de entender las palabras, y ello es lo siguiente: que se ha cumplido o que se ha consumado no quiere decir que "ya no haya" filosofía; quiere decir precisamente que la hay, esto es: que está ahí reclamando ser entendida; esto no sólo no nos priva de originalidad, sino que constituye una situación rigurosamente original en el siguiente sentido: si el que la comprensión de Platón o de Kant por Hegel fuese unilateral, la de Platón por Kant de manual malo, la de Kant por Nietzsche errónea, la de Platón por Nietzsche superficial, etc., si todo ello no impide en absoluto que cada uno de esos pensadores herede legítimamente a los anteriores, en cambio hoy es probablemente esa especie de diálogo inocente o de continuidad no pensada lo que nos está vedado. Que a la filosofía hoy le sea inherente el carácter hermenéutico no quiere decir nada parecido a que consista en "exégesis de textos" en el significado trivial de esta expresión. Se trata de una caracterización referente al sentido global de la tarea, no al modo de su plasmación disciplinar.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Istmo, 1994, pp. 266-268. ISBN: 84-7090-274-1 (tomo II).]

domingo, 4 de febrero de 2024

Caracteres blancos.- Carlos Labbé (1977)


The PEN Ten: An Interview in Translation with Carlos Labbé - PEN ...
Quinto día de ayuno

Nueve fábulas automáticas
1

  «En una esquina, sobre una mesita de té, había un robot azul y gris de latón con luces blancas en los ojos, los hombros y los pies que se encendían en reacción a cualquier sonido. Del interior de su cuerpo, asimismo, emergía una voz nasal que contaba la historia de cómo un niño bávaro que amaba a sus padres construyó una serie de autómatas que los ayudaban en las tareas del campo, de cómo otro niño del pueblo que era maltratado se las ingenió para que su madrastra cayera en un pozo y culparan a los autómatas del accidente, de cómo la gente incendió la casa de los autómatas y también de cómo estos cobraron vida en medio del fuego para salvar a la familia de granjeros.
 La niña rogó a sus padres que le compraran aquel robot, pero el encargado de la tienda dijo que no era un juguete y que no estaba a la venta. Ella volvió triste al hogar, se durmió y olvidó el robot hasta que, treinta y cinco años más tarde, ciega de ira por no encontrar a su vástago para mandarlo en busca de agua, fue ella misma y encontró la muerte en el fondo del pozo.

2

 Cuando tenía cinco años Alfons Klinge oyó, desde el aparato de radio que siempre estaba encendido a esa hora en el salón, la noticia de que la bomba atómica había sido detonada en Hiroshima. Afirmó su vaso de leche tibia y fue corriendo a escuchar los pormenores en la voz de los oficiales norteamericanos que habían sido puestos a cargo de la radioemisora de Friburg. A la entrada del salón tropezó con uno de sus Volkswagen de juguete, el vaso se le resbaló de entre los dedos y la leche fue a dar sobre el aparato de radio, del cual salieron chispas primero, después una pequeña explosión, un cortocircuito, llamas en las cortinas y el incendio. Cuatro semanas atrás una tanqueta había arrollado a su padre, que intentaba impedir el paso de los aliados a su hacienda.
 A los cuarenta y ocho años, Alfons Klinge viajaba desde Washington a New Haven para recibir un doctorado honoris causa por el aporte a la fenomenología que había significado la publicación del último de los siete tomos de su Ponderación de Heidegger, Hüsserl y Gadanter, cuando sufrió una insuficiencia cardíaca. Se le practicó con éxito un trasplante en Boston, ocasión desde la cual no volvió a publicar una sola página, se negó a aparecer en público y se recluyó en un departamento de Detroit. Según los vecinos, un zumbido bajísimo era perceptible desde el interior de la morada del filósofo, tan grave que algunas madrugadas hacía retumbar los espejos y cristales. Murió de un accidente vascular mientras dormía, solo, rapado y desnudo, en un departamento vacío, sin cuadros en las paredes, sin libros ni televisión. No había un solo lápiz, pero sí una nota en el suelo que decía en alemán:
 “Desde los cinco años vengo soñando lo mismo. Quiero besar a Urna, pero el barco en el que viajamos está diseñado de manera tal que, cada vez que me dispongo a descender las escaleras hacia la piscina de vapor donde ella toma un baño, los escalones, el suelo, los muros, las vigas, las tablas y la cubierta comienzan a moverse, a inclinarse y levantarse, a cambiar de lugar, a hincharse, plegarse, disminuir, balancearse, crecer, cambiar de color, de forma, a abrirse y apretar, cerrar, ampliarse y cruzar para que yo quede en la misma posición en la que he realizado todo el viaje: arriba, en lo más alto del barco. Reflexiono que las transformaciones del barco son tan armónicas y funcionales que parecen formar parte de un ser vivo, de un organismo. Palpo con mis dedos el suelo y lo siento caliente, contemplo sus poros, los vellos de los muros, el sudor del palo mayor. Me doy cuenta de que estoy dentro de mi propio cuerpo”.

3

 Rabí Tanhum disponía firmemente cada noche el balde dentro de un cajón con ruedas fabricado de una madera liviana junto a la noria del agua. Ahora podía recitar temprano las oraciones de la Ghemará y realizar sus lavativas sin interrupciones, ya no tenía que interponer el frío y sus pasos en busca del balde de agua a las Palabras, puesto que a la salida del sol la noria hacía emerger el agua del pozo y la vaciaba, por medio de canaletas, en el balde que había dispuesto hasta que, rebosado, el peso empujaba el ligero cajón con ruedas suavemente por la pendiente que separaba la pequeña choza de rabí Tanhum y la noria del pueblo.
 Pronto la gente comenzó a murmurar contra rabí Tanhum porque en las leyes de Dios dispuestas sobre la Torah nada decía sobre someter y manipular los objetos inanimados como si fueran creaturas vivas al servicio del hombre. Unos lo urgían a destruir aquel carro, otros le pedían que les enseñase a fabricar uno para su propio beneficio. Desde lejos llegó el anciano rabí Eleazar Yehuda, se sentó en la mesa de rabí Tanhum y le hizo una sola pregunta:
 —Rabí, ¿trabaja o descansa en Sabbath el ingenio que has construido?
 Rabí Tanhum no supo qué contestar, pues en la víspera con frecuencia las ruedas de madera del cajón se desgastaban y, llegada la madrugada del Día Consagrado al Señor, el balde se llenaba como todos los días; el carro trabajaba, es decir recorría algunos pies, pero pronto las ruedas cedían, el cajón se volcaba y quedaba en tierra, a medio camino, descansando en Sabbath.

4

 Después del accidente, el abuelo dejó su casa en la caleta Portales a cambio de un dormitorio en Santiago, que estaba a razonable distancia de la institución que sacó adelante a su niño. Tras ocho meses de espera recibió una pierna de madera de pino, a la que por fortuna le siguió otra pierna, también de madera de pino y con una rudimentaria articulación de bronce en la rodilla, lo que no obstó para que intentara dar los primeros pasos por el dormitorio. Semanas más tarde llegaron dos brazos de pino radiata, livianos y dúctiles, y dos manos del mismo material aunque con nudillos, coyunturas y garras de fierro, que sin embargo de nada sirvieron hasta que el Ministerio de Salud Pública donó un torso fabricado con restos de maquinaria forestal y cuprífera, con motores cardíacos y nerviosos en pleno funcionamiento.
 Aquella tarde de verano, Guepedo —tal era el nombre del abuelo— llevó una silla al portal del pasaje en que vivía para contemplar la primera caminata de su Pinino. Recordó melancólicamente aquella noche en alta mar, cuando en plena pesca apareció de súbito una ballena que tragó su bote. Había perdido el conocimiento y con regocijo soñó que tenía un nieto. Despertó en el vientre de algo, un monstruo de mar, pero las ballenas no se acercaban tanto a la costa; era el prototipo de un submarino que estaba desarrollando el Presidente Ibáñez. A cambio de su silencio, el gobierno le concedería cualquier favor. Ahora veía los pasos desgarbados de polichinela que intentaba dar su Pinino, pasos cuyos hilos invariablemente manejaba la muerte, pues cada dos metros se desmoronaba el cuerpo sin cabeza sobre la acera. Acaso él mismo también estaba muerto, reflexionó, para luego continuar sus ensoñaciones: la próxima buena obra del hada convertiría a su nieto en un niño de carne y hueso que se haría adulto; adquiriría un nombre importante, extranjero, italiano quizás, mejor aun francés; podría seguir la carrera militar, acaso alguna vez alguien fuera a donar una cabeza para él. O muchas cabezas, miles.

5

Caracteres Blancos : Carlos Labbé : 9788492865321 El 25 de octubre de 1998, en la localidad suiza de Neuchátel, el ingeniero de sistemas Pierre Leschot aceptó por teléfono el encargo de digitar 20.700 cifras en una planilla de cálculo y se comprometió a enviar el archivo por correo electrónico, a más tardar en fecha de primero de noviembre. Era un genio, sin embargo llevaba dos meses buscando trabajo infructuosamente durante el día y bebiéndose sus ahorros en una taberna durante la noche, así que no le fue fácil estacionarse frente al computador. El primer día ingresó 300 cifras y al atardecer fue en busca de un aguardiente. El segundo día alcanzó a teclear 135 cifras antes de vaciar una botella de whisky. Los dos días siguientes se los pasó ebrio, de lupanar en lupanar.
 Sin embargo, Pierre Leschot era un genio. El día quinto gastó el dinero que le quedaba en hojalaterías y ferreterías, se encerró en la cochera de su casa y construyó un autómata que teclearía a velocidad extraordinaria las 20.265 cifras que restaban. Cargó el muñeco mecánico hasta la sala donde estaba instalado el computador, lo depositó en el suelo para enchufarlo a la corriente doméstica, se agachó y levantó la palanca de encendido. Un sistema de piñones dio luz a las pequeñas ampolletas que tenía por ojos, la pantalla de su boca esbozó una sonrisa. El autómata caminó, pero en lugar de sentarse frente al computador, para cuyo teclado habían sido diseñadas sus extremidades de cien dedos, se dirigió al piano. Comenzó a interpretar con maravillosa sensibilidad los Nocturnos de Chopin, ante la mirada atónita de Pierre Leschot, cuya furiosa voluntad de arreglar cuanto antes a su criatura se fue diluyendo en un sopor melódico que lo durmió profundamente sobre el sofá. Horas más tarde, la luz del atardecer brilló con crueldad en los afilados bordes de los cien dedos del autómata. Detuvo el concierto, cerró el piano, caminó y no se detuvo —ni siquiera cuando el cable del enchufe cedió y todo quedó a oscuras— hasta llegar al sofá.

6

 Una circular placa serrada metálica se fija sobre los pastos de las tierras de la familia Frinke. Desde atrás reluce voluminosa y viene otra idéntica circular placa serrada a posarse junto al otro pie. Dos extremidades anilladas púrpura de un material flexible se flectan, preparando el siguiente paso, que retumba en las inmediaciones. A lo lejos asemeja una loco—motora ámbar, pero a medida que avanza descuajando arbustos, segando florestas y derribando árboles, el precipitamiento de sus circunvalaciones transparentes muestra un líquido oxidado a través de laboriosos pistones, cuyo dorso ígneo permite contemplar horquillas, resortes y engranajes que se combinan en crujidos infernales para provocar el movimiento neumático de vigas aceradas y lingotes. Los brazos del descomunal autómata se alzan desafiantes y se detienen violentamente a unas cuantas pulgadas de las cabezas de los dos llorosos herederos, temblando en brazos de su asustada madre. Se enciende azul un fuego fatuo, frío en el pecho de la maquinaria antropoide dentro de un disco que inesperadamente se abre desde adentro chirriando, a manera de una compuerta. Del interior del armatoste emerge Günter von Frinke, llevando un casco sobre el que perdura aquella flama añil, voceando con una sonrisa y brazos abiertos:
 —¡Felices cumpleaños, hijos míos!
 Los pequeños Frinke pasan del pavor a la plenitud, brincan y juguetean a los pies del obsequio traído por su padre. Incluso Klaus, el menor, proyecta rayos iridiscentes en torno a sí mismo y golpea sus manecitas de azogue cuando el nuevo hermano balbucea su primera palabra.

7

 No debería provocar sorpresa que Stalin permitiera por largos dos años el trabajo del neuro-cirujano Dimitri Mikhailov Smikhaiev en su máquina medidora de almas, instalada en un hospital a las afueras de Moscú. El apoyo oficial a los experimentos del doctor Smikhaiev siembra dudas sobre el carácter verdaderamente materialista del temprano marxismo staliniano, en beneficio de una metafísica del mal, si consideramos el mal como daño. En efecto, el mecanismo de aquella máquina era bastante simple: registraba magnetofónicamente los episodios traumáticos que relataba el prisionero bajo hipnosis y luego los reproducía de manera continua en los altavoces que se ubicaban en el techo de la celda. La medida del alma de una persona era proporcional al tiempo que soportara en estado de cordura aquel horrible relato. Los resultados indicaron la impresionante fortaleza de espíritu de los rusos: sólo cinco presos enloquecieron de entre los cincuenta sometidos a la medición. Ante tales resultados la autoridad reunió un comité especial y acusó al doctor Smikhaiev de engañar al pueblo. Lo fusilaron mientras alguien clamaba, desde el fondo del patio, que eran unos desalmados.
 En los años noventa, durante un almuerzo con Bioy Casares, le comenté que llevaba cinco años entrampado en la escritura de una novela histórica. La historia tiene demasiadas puertas como para perderse, me respondió con una sonrisa. Efectivamente, mi manuscrito aún está guardado sin terminar en un cajón, pero la anécdota me hace recordar cuando en mi infancia le escuché decir a un tío que todo podría haber sido distinto si aquella vez en Concepción, el año 1749, la modesta máquina de guerra construida por el capitán Juan de Ordóñez hubiera aniquilado a sus enemigos mapuche dando, de paso, origen a una revolución industrial, en vez de crujir blandamente y romperse en pedazos para que salieran del interior dos enormes culebras marmóreas que devoraron a todos los integrantes del batallón antes de sumergirse en un volcán que comenzaba a hacer erupción, como realmente ocurrió.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica, 2011, pp. 37-43. ISBN: 978-84-9286-532-1.]

domingo, 19 de marzo de 2023

La experiencia de leer.- Clive Staples Lewis (1898-1963)


Biografía de C.S Lewis    «Ahora será oportuno hacer el siguiente resumen de la tesis que estoy tratando de exponer:
  1. Toda obra de arte puede ser “recibida” o “usada”. En el primer caso, la forma creada por el artista determina el comportamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra imaginación y de otra serie de facultades. En el segundo, esa forma es un mero auxiliar para el ejercicio de nuestras propias actividades. Podríamos decir —usando una imagen anticuada— que lo primero es como hacer una excursión en bicicleta guiados por alguien que conoce caminos que nosotros aún no hemos explorado. Lo segundo, en cambio, es como añadir un pequeño motor a nuestra propia bicicleta para después recorrer uno de nuestros trayectos conocidos. En sí mismos, éstos pueden ser buenos, malos o indiferentes. Los “usos” que la mayoría hace del arte no son necesariamente vulgares, perversos o morbosos. Ésa es sólo una posibilidad. “Usar” las obras de arte es inferior a “recibirlas” porque al “usarlo” el arte no añade nada a nuestra vida y sólo se limita a proporcionarle brillo, asistencia, apoyo o alivio.
  2. Cuando se trata de la literatura, surge una complicación, porque «recibir» un texto siempre entraña, en cierto sentido, “usar” las palabras que lo integran, atravesarlas para llegar a algo imaginario que no es verbal. En este caso, por tanto, la distinción adopta una forma un poco diferente. Llamemos contenido a ese “algo imaginario”. El que “usa” la obra quiere usar ese contenido: como pasatiempo para los momentos de tedio o angustia, como mero ejercicio mental, como guía para construir castillos en el aire, o, quizá, como fuente de la que extraer “filosofías de vida”. En cambio, el que la “recibe” quiere detenerse en ese contenido, porque, al menos durante cierto tiempo, lo considera un fin en sí mismo. En este sentido, su relación con la obra podría compararse (hacia arriba) con la contemplación religiosa o (hacia abajo) con el juego.
  3. Sin embargo, paradójicamente, el que “usa” la obra nunca hace un uso pleno de las palabras, y, de hecho, prefiere las palabras que excluyen esa posibilidad. Le basta con captar el contenido en forma rápida y aproximativa, porque sólo le interesa usarlo para sus necesidades del momento. Si hay en las palabras elementos que invitan a considerarlas con mayor detenimiento, este tipo de lector los deja de lado; si, para entenderlas, es imprescindible detenerse a considerar esos elementos, simplemente es incapaz de seguir leyendo. Para él, las palabras son meros índices o postes indicadores. En cambio, cuando se lee correctamente un buen libro, las palabras, que, sin duda, indican, hacen algo mucho más sutil que lo que sugiere el término “indicar”: ejercen una coacción muy especial sobre las mentes deseosas, y capaces, de someterse a tan exquisita y fina exigencia. Por eso, cuando decimos que un estilo es “mágico” o “evocador” usamos una metáfora que no es sólo emotiva sino también idónea. Y por la misma razón tendemos a decir que las palabras poseen un “color”, un “sabor”, una “textura”, una “fragancia” o un “aroma”. Por eso, también, las grandes obras literarias parecen maltratadas cuando se les aplica la —inevitable— distinción entre palabras y contenido. Quisiéramos rechazar esa abstracción alegando que las palabras no son sólo el ropaje, ni del contenido siquiera la encarnación. Y no nos equivocamos. Es lo mismo que si intentásemos separar la forma y el color de una naranja. Sin embargo, a veces es necesario que hagamos esa separación con fines meramente analíticos.
  4. Como las “buenas” palabras son capaces de imponernos su voluntad y de guiarnos hacia los ámbitos más recónditos de la mente de un personaje —o de hacernos palpar la singularidad del Infierno de Dante, o la imagen de una isla para el ojo de los dioses— leer bien no es un mero placer adicional —si bien también puede serlo—, sino un aspecto del poder que las palabras ejercen sobre nosotros, y, por tanto, un aspecto de su significado.
  Esto vale, incluso, para la buena prosa, para la prosa eficaz. A pesar de su tono superficial y jactancioso, un prólogo de Bernard Shaw transmite una vitalidad tan jovial, tan atractiva y tan segura de sí misma que su lectura nos colma de placer; y ese sentimiento procede sobre todo del ritmo. Leer a Gibbon nos resulta tan estimulante por esa sensación de triunfo que, después de haber ordenado tantas miserias y grandezas, le permite contemplarlas con olímpica serenidad. Pues bien: son los períodos que escanden su prosa los que nos transmiten ese sentimiento. Son como viaductos que atravesamos a velocidad moderada y constante contemplando sin sobresaltos los valles risueños o impresionantes que se abren ante nosotros.
  Todas las actitudes típicas del mal lector podemos encontrarlas también en el bueno. Sin duda, también éste se emociona y siente curiosidad. Y lo mismo sucede con la dicha que también él es capaz de experimentar a través de los personajes. Desde luego, el buen lector nunca lee movido por ese único interés, pero, si la felicidad es un ingrediente legítimo de la historia, tampoco deja de compartirla. Cuando espera un final feliz no lo hace porque desee obtener ese placer, sino porque considera que, por diferentes razones, la obra misma lo requiere. (Las muertes y los desastres pueden ser tan notoriamente “artificiales” y disonantes como unas campanadas de boda).
  En cambio, el buen lector no persistirá demasiado en la fantasía egoísta. Sin embargo, sospecho que, sobre todo en la juventud o en otros períodos infelices, puede ser ella la que lo mueva a leer determinado libro. Se ha dicho que la atracción que Trollope o, incluso, Jane Austen ejercen sobre muchos lectores se debe a la riqueza con que supieron pintar el ocio de que gozaban por entonces los miembros de su clase —o de la clase que identifican con la suya—, a la sazón protegidos por una posición más próspera y estable. Quizá, a veces, suceda lo mismo con los libros de Henry James. En algunas de sus novelas, la vida que llevan los protagonistas resulta tan inaccesible para la mayoría de nosotros como la de las hadas o las mariposas; para ellos no existen obligaciones religiosas ni laborales, preocupaciones económicas, exigencias familiares o compromisos sociales. Sin embargo, eso sólo puede atraer al lector en un primer momento. Por importante e, incluso, obstinado que sea su propósito de valerse de autores como Trollope, Jane Austen o James para alimentar sus fantasías egoístas, el lector no tardará mucho en desalentarse.
  Al caracterizar estas dos maneras de leer he evitado deliberadamente el término “entretenimiento”. Aunque a veces aparezca reforzado con el adjetivo “mero”, sigue siendo demasiado ambiguo. Si designa el placer ligero y juguetón, entonces creo que eso es precisamente lo que nos proporcionan ciertas obras literarias como, por ejemplo, algunas frivolidades de Prior o de Marcial. Si se refiere a las cosas que “atrapan” al lector de novelas populares —el suspense, la emoción, etc.—, entonces yo diría que todo libro debería ser entretenido. Un buen libro será más entretenido, nunca menos. En este sentido, la capacidad de entretener al lector constituye una especie de prueba de calidad. Si una obra literaria no es capaz siquiera de brindar entretenimiento, no necesitamos seguir examinando sus méritos de mayor rango. Pero, desde luego, lo que “atrapa” a un lector puede no atrapar a otro. Allí donde el lector inteligente suspende la respiración, el corto de alcances podrá quejarse de que no sucede nada. De todos modos, espero que la mayoría de las connotaciones negativas que suele entrañar el término “entretenimiento” hayan quedado recogidas en mi clasificación.
La experiencia de leer (Trayectos Lecturas): Amazon.es: Lewis, C S ...  También me he abstenido de utilizar la expresión «lectura crítica» para describir el tipo de lectura que considero correcta. Salvo cuando se la utiliza elípticamente, esa expresión me parece muy engañosa. En un capítulo anterior he dicho que sólo podemos juzgar la pertinencia de una oración, e incluso de una palabra, por la función que cumple o deja de cumplir. El efecto siempre debe preceder al acto que lo juzga. Lo mismo vale para todo el libro. En el caso ideal, primero deberíamos leerlo, y después valorarlo. Lamentablemente, cuanto más tiempo llevamos ejerciendo una profesión literaria, o frecuentando los círculos literarios, menos respetamos esa norma. Quienes sí lo hacen, excelentemente, son los jóvenes. Cuando leen por primera vez una gran obra se sienten «aplastados». ¿Acaso la critican? ¡Por Dios, no! Lo que hacen es volver a leerla. Pueden demorarse mucho en formular el juicio: “Ésta debe de ser una gran obra”. Pero en etapas ulteriores no podemos dejar de juzgar a medida que leemos; esto se convierte en un hábito. No logramos crear el silencio interior, el vacío mental que requiere la recepción plena de la obra. Y mucho menos lo logramos cuando, al leer, sabemos que estamos obligados a formular un juicio; como cuando leemos un libro para escribir una reseña o cuando un amigo nos pasa un manuscrito porque quiere que le aconsejemos. Entonces el lápiz se pone a trabajar en el margen y las frases de censura o aprobación se forman por sí solas en nuestra mente.
  Por eso, dudo mucho de que la crítica sea un ejercicio adecuado para los lectores jóvenes. La reacción del alumno inteligente ante determinada obra se expresará de una manera mucho más natural a través de la parodia o la imitación. Si la condición necesaria de toda buena lectura consiste en «saber apartarnos del camino», es muy poco probable que logremos facilitar esa disposición en los jóvenes obligándolos a expresar continuamente sus opiniones. En este sentido, una de las cosas más perniciosas que puede hacer el profesor es incitarlos a abordar toda obra literaria con desconfianza. Sin duda, esa actitud será muy justificada. En un mundo lleno de sofistería y propaganda, queremos proteger a la nueva generación evitándole decepciones y precaviéndola contra el tipo de falsos sentimientos y de ideas confusas que con tanta frecuencia suele proponerle la palabra impresa. Pero, lamentablemente, el mismo hábito que le impide exponerse a la mala literatura puede impedirle todo contacto con la buena. El campesino “sagaz”, que llega a la ciudad demasiado aleccionado contra los cazadores de ingenuos, no siempre lo pasa precisamente bien; en realidad, después de haber rechazado muchas amistades genuinas, de haber desperdiciado muchas oportunidades reales y de haberse granjeado no poca antipatía, lo más probable es que caiga en las redes de algún pícaro que sepa alabar su «astucia». Lo mismo sucede en este caso. Ningún poema librará su secreto a un lector que penetre en él pensando que el poeta probablemente haya querido engañarle pero que en su caso no lo conseguirá. Si queremos obtener algo del poema, debemos correr ese riesgo. La mejor defensa contra la mala literatura es una experiencia plena de la buena; así como para protegerse de los bribones es mucho más eficaz intimar realmente con personas honradas que desconfiar en principio de todo el mundo.
  Desde luego, los muchachos sometidos a este entrenamiento capaz de atrofiar su sensibilidad, no acusan sus efectos condenando sin más todos los poemas que sus maestros les presentan. Determinada combinación de imágenes, rebelde a toda lógica e imposible de imaginar visualmente, merecerá sus elogios si la encuentran en Shakespeare, y su “denuncia” triunfal si la encuentran en Shelley. Pero esto se debe a que saben muy bien lo que se espera de ellos. Saben, por otro tipo de razones, que hay que elogiar a Shakespeare y condenar a Shelley. No responden correctamente porque su método les haya permitido descubrir la respuesta correcta, sino porque la conocían de antemano. No siempre es así; entonces, su respuesta reveladora puede encender en el maestro una tímida duda acerca de la eficacia del método.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2000, en traducción de Ricardo Pochtar, pp. 69-73. ISBN: 978-8484280378.]

domingo, 15 de enero de 2023

El hombre del traje gris.- Sloan Wilson (1920-2003)

Wilson, Sloan - LIBROS DEL ASTEROIDE
19


 «Eran las nueve de la mañana del martes. El juez Saúl Bernstein, un hombre pequeño y regordete con un gran lunar en la mejilla izquierda, subía las escaleras hasta el tercer piso de Whitelock, el segundo edificio en cuanto a dimensiones de la población de South Bay. Resollando un poco, penetró en la desnuda estancia con suelo de linóleo que le servía de oficina y sonrió a su secretaria, una muchacha delgada que se encorvaba sobre la máquina de escribir.
   —Buenos días, Sally —le dijo—. ¿Cómo se encuentra hoy?
   Las manos de la chica dejaron de revolotear sobre el teclado.
 —Muy bien, señor juez —respondió, levantando la vista agradecida—. El resfriado se me ha pasado casi por completo.
   Bernstein se sentó detrás de su maltratada mesa de pino en el ángulo de la habitación y echó una mirada al correo de la mañana, que la secretaria le había abierto. La carta que estaba encima de todo solicitaba una entrevista para el próximo sábado o para cualquier noche, si no le representaba demasiada molestia. "Desearía hablarle sobre el traspaso de los bienes de la difunta Mrs. Plorence Rath —decía—. Me han informado también de que acaso usted pudiera aconsejarme respecto a la posibilidad de dividir, en su tiempo, el terreno en lotes de un acre..." La carta mencionaba el testamento que le había enviado Sims y terminaba agradeciendo todas las indicaciones que él pudiera ofrecer. La firmaba: "Thomas R. Rath".
   Bemstein terminaba apenas de leerla, cuando sonó el teléfono de su despacho. Contestó la secretaria, sirviéndose de una extensión que iba hasta su mesa. Luego le dijo:
   —Es para usted, señor juez. No quiere dar su nombre.
   —Diga —llamó Bernstein, al aparato. Por un momento no obtuvo otra respuesta que el murmullo del receptor. —¡Diga! —repitió.
   —¡Quiero hablar con el juez! —respondió una voz fuerte.
   —Aquí el juez Bernstein. ¿Quién llama?
   —¿Es usted el juez que entiende de testamentos? —preguntó la voz.
   —Sí, soy el juez del Tribunal de Homologación—contestó Bernstein, vivamente—. ¿Su nombre, por favor?
   —Me llamo Schultz, Eüward Schultz —dijo la voz—. Y he de presentar una reclamación...
   Bernstein escuchó a Schultz largo rato. Cuando hubo colgado, cogió la carta de Tom y la releyó. Empezaba a dolerle el estómago, como le sucedía siempre al ver que tendría que arbitrar una contienda.
  "Thomas Rath, el nieto de Florence Rath", pensó. Saúl Bernstein recordaba bien a Florence Rath. Hacía más de treinta años que la vio por primera vez, cuando sus padres —los del juez— se trasladaron de su vivienda de Broocklyn para abrir una charcutería en South Bay. Era un establecimiento pequeñito, nada parecido a aquellos de los que Florence Rath era cliente, excepto los domingos, que era el único que permanecía abierto. En domingo, Florence Rath telefoneaba frecuentemente a la tienda para pedir un jarrito de queso o un bote de anchoas, encargando que se lo llevaran a casa, distante más de seis millas de la tienda. Una y otra vez, Saúl Bernstein había subido en bicicleta la empinada carretera de la colina, con sus dos pronunciadas curvas junto a los salientes de la peña, para entregar un bote de aceitunas, u otro artículo semejante, que dejaba unos cinco centavos de ganancia, y a menudo los criados que cogían el paquetito ni se ocupaban de que se le diese propina.
  Saúl Bernstein recordaba muchas cosas de Florence Rath. En una ocasión, entró en la tienda de sus padres. Fue en 1931, cuando la depresión llegó a su punto crítico, y cuando su padre estuvo a punto de abandonar la tienda e irse a buscar trabajo a Nueva York. Por razones de economía, habían apagado la calefacción. Los padres de Bernstein permanecían tras el mostrador llevando gruesos abrigos, bufandas y guantes y dándose palmadas a la espalda para entrar en calor. La tienda se volvió húmeda, oliendo a moho, y se rompieron algunos jarros al helarse su contenido. Por aquellos días, Saúl Bernstein no pasaba muchos ratos en la tienda, puesto que sus padres se empeñaban en que él y sus dos hermanos permanecieran todo el tiempo posible en el Instituto, donde gozaban de buena calefacción, pero aquel domingo precisamente, cuando entró Florence Rath, su madre guardaba cama en el cuartito del piso y su padre la cuidaba, de modo que Saúl servía en la tienda. Mientras aguardaba que le trajera una cajita de almendras y avellanas, Florence Rath, que llevaba un largo abrigo de pieles, quejóse.
—¿Por qué no calientan este establecimiento? ¿Se han propuesto quizá que los clientes se queden congelados?
—No, señora —respondió él. Y se creyó en la obligación de añadir—: Se nos rompió la caldera; ahora la están arreglando.
  Saúl Bernstein tenía buena memoria. Recordaba que cuando era un joven abogado salido de la Universidad no hacía más de un año, un ferretero fue a verle y le encargó el cobro del importe de unos útiles para el jardín, de elevado precio, que, según dijo, Mrs. Rath le había comprado, pero no pagaba. Aquello fue en la época en que él se pasaba los días sentado en su diminuto despacho, aguardando a que se oyeran en el pasillo las pisadas de los posibles clientes y tratando de olvidar los consejos de su mejores amigos, que le decían que había de irse a ejercer en Nueva York, porque en una escondida población de Connecticut, notable por sus prejuicios contra los judíos, no había sitio para un joven abogado de su raza. El ferretero que reclamaba contra Mrs. Rath fue su primer cliente, por la sencilla razón de que todos los demás abogados de la localidad se negaron a hacerse cargo del asunto. Bernstein aceptó, contentísimo, ardiendo en justa indignación contra la ricachona de la cumbre del montículo que compraba géneros a un pobre comerciante y se negaba a pagarlos. A punto estuvo de subir a la colina a paso de carga, para afearle su conducta, pero su cautela innata le detuvo, y en vez de hacerlo así, púsose a indagar por la ciudad, descubriendo que Mrs. Rath tenía fama de pagar las facturas en seguida de recibirlas, y que las herramientas aquellas las había comprado un jardinero de la señora, a quien ésta había despedido dos días antes de que tuviera lugar la compra. Y, en consecuencia, Bernstein comunicó el caso a la policía, la cual obligó al jardinero a pagar, al mismo tiempo que él se daba cuenta de que su primer caso le había enseñado una lección: a investigar los hechos a fondo.
  De todo esto hacia mucho tiempo. Desde entonces, y a despecho de las predicciones de sus mejores amigos, Saúl Bernstein se había abierto paso en la ciudad de South Bay. Había reunido una fortuna razonable, era respetado y hubiera sido feliz de no mediar un inconveniente: detestaba la justicia casi tanto como detestaba la violencia o la crueldad, fuese de la clase que fuere.
  Esto lo descubrió en 1940, cuando le nombraron juez del Tribunal Municipal. Uno de los primeros que comparecieron ante él fue un conductor de camión que se había embriagado y había lanzado el vehículo contra un árbol. Era un hombre de unos cuarenta años, cara colorada y ojos azules y tristes, que apeló a su misericordia, explicando que para conservar el empleo tenía que conservar el carnet de chofer, cuyo carnet le sería retirado si le condenaban por conducir en estado de embriaguez; y allí, de pie en el juzgado, adoptando un aire de dignidad ofendida, dijo que tenía la mujer encinta y que no quería perder el empleo.
El hombre del traje gris - LIBROS DEL ASTEROIDE —Pero ésta es su segunda infracción —le replicó Bernstein—. Según los antecedentes, hace dos años le condenaron por conducir bajo la influencia del alcohol.
 —¡Por esto no pueden condenarme ahora! —repuso el hombre con desesperación—. ¡Ya no me devolverían el permiso nunca más!
  Y siguió pidiendo clemencia. Pero Bernstein tenía la misión de hacer justicia y la hizo, sintiendo un vivo dolor en el estómago, y el chofer se marchó con una expresión desesperada, de desamparo absoluto en su rubicunda faz.
  No es cosa demasiado agradable para un juez descubrir que detesta el administrar justicia, por lo cual Bernstein no quiso, dar crédito al descubrimiento que acababa de realizar hasta después de mucho tiempo. No tuvo que enfrentarse con la realidad hasta 1948, cuando pudo elegir entre ser nombrado juez de Homologación en South Bay, o pasar a un tribunal de mayor categoría. Le asaltó la tentación de marcharse de allí, porque a pesar de su reciente encumbramiento, a su mujer no la habían invitado a formar parte de ninguno de los clubs femeninos de la ciudad, pero se había pronunciado en otro sentido por dos razones: una de ellas era que le sacaba de quicio la idea de juzgar casos en los que hubiera que dictar sentencias de largos años de cárcel, y hasta la muerte, y otra, que se había formado la teoría de que un juez únicamente puede soportar el ejercicio de su cargo cuando puede fundarse tanto en un perfecto conocimiento de los litigantes como de la Ley. Le causaba horror sentenciar a personas de las cuales no supiera casi nada. En South Bay, donde prácticamente conocía a todo el mundo y disponía de tiempo sobrado que dedicar a cada caso, podía demorar sus decisiones hasta haber reunido la información más completa. Rara era la vez que tuviera que administrar justicia a desconocidos.
   Así, pues, Bemstein eligió continuar en South Bay como juez del Tribunal de Homologación, que entendía mucho más frecuentemente en la legalidad de los documentos que de la suerte de las personas. Y, con gran asombro por su parte, se convirtió en una verdadera potencia, puesto que la gente se dio cuenta de que, odiando como odiaba la administración de justicia, la administraba extremadamente bien, por lo cual solicitaba su intervención en querellas que no tenían nada que ver con el Tribunal Testamentario, y cuando, después de demorarlo todo lo posible, daba su parecer, éste pesaba más que el de otra persona alguna de la ciudad. Ni a éste ni a su esposa les invitaban con frecuencia a comidas o a reuniones, pero casi siempre le designaban como moderador en las asambleas municipales, y en toda ocasión, pública o privada, en que fuera menester una persona imparcial; y pocas personas sabían cómo le dolía el estómago, cuando levantaba la regordeta mano y decía:
  —Sí, sí, lo comprendo; pero examinemos ahora el punto de vista de la otra parte...
  En este momento, mientras releía la carta recibida de Tom Bath y recordaba la conversación que acababa de sostener por teléfono con Edward Schultz, el dolor que sentía en el estómago acentuábase por momentos. Las disputas sobre testamentos siempre resultaban penosas, casi tanto como los casos de divorcio. En ellas cada una de las partes sacaba a relucir lo peor de su personalidad; Bemstein lo sabía por experiencia. Superficialmente, el caso que se le ofrecía ahora era muy sencillo: un rico heredero intentaba arrebatar lo suyo a un criado fiel y anciano. Bemstein había descubierto que, generalmente, las cosas resultaban como parecían a primera vista, pero no siempre. Y se preguntaba qué aspecto tendría Tom; sería probablemente uno de aquellos empleados que trabajaban en Nueva York, que hacían las compras en pantalón corto de fantasía y fumando un cigarrillo con una boquilla desmesuradamente larga. El juez se dijo que a la difunta mistress Rath le correspondía muy bien tener nietos de este tipo. Y ese Edward Schultz, que hablando por teléfono parecía un poco chiflado, ¿qué clase de individuo sería? ¿A cuál de los dos contrincantes daría gusto la Justicia?»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Libros del Asteroide, 2009, en traducción de Baldomero Porta Gou, pp. 158-162. ISBN: 978-8492663019.]