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domingo, 21 de junio de 2026

Sobre la voluntad en la naturaleza.- Arthur Schopenhauer (1788-1860)

 

8.- Remisión a la ética

 «Puedo en general afirmar abiertamente que jamás ha habido un sistema filosófico tan cortado de una sola pieza como el mío, sin añadidos ni centones. Es, como ya tengo dicho en el prólogo al mismo, el desarrollo de una idea única, con lo que se confirma una vez más el antiguo dicho de que la palabra de la verdad nació sencilla. Hay que tener en seguida en consideración que respecto a la libertad y la responsabilidad, estos dos pilares de toda ética, cabe, es cierto, afirmarlas con palabras, sin admitir la aseidad de la voluntad, pero no cabe pensarlas así. Quien quiera disputar esto tiene antes que rechazar aquel axioma establecido ya por los escolásticos, que dice que operari sequitur esse (es decir, que de la condición de cada ser se sigue su obrar) o demostrar que es falsa la consecuencia del mismo unde esse, inde operari. La responsabilidad tiene por condición a la libertad y ésta a la originalidad. En efecto, quiero porque soy y por lo tanto tengo que ser antes de querer. Así, pues, la aseidad de la voluntad es la primera condición de una ética seriamente concebida, y con razón dice Spinoza que "se dice libre a aquello que existe por su sola necesidad, determinándose a obrar por sí sola" (Etica, I, def. 7). Dependencia respecto al ser y esencia unida con libertad en el hacer es una contradicción. Si Prometeo quisiera reprochar a sus criaturas por lo que hacen, podrían éstas contestarle con razón: sólo podíamos obrar en cuanto existíamos, pues del existir se sigue el obrar. Si nuestros actos son malos, depende esto de nuestra constitución; obra tuya es ésta; castígate, pues, a ti mismo. No otra cosa sucede con la indestructibilidad de nuestra verdadera esencia por la muerte. No cabe imaginarse seriamente la indestructibilidad ésta no admitiendo la aseidad de la voluntad, como es también difícil hacerlo a no considerar la separación fundamental de la voluntad respecto al intelecto. Este último punto pertenece a mi filosofía; respecto al primero, lo expuso ya fundamentalmente Aristóteles (De coelo, I, 12), al mostrar prolijamente que sólo puede ser imperecedero lo increado, y que son éstos dos conceptos que se condicionan, siguiéndose uno al otro, lo inengendrable a lo incorruptible y lo incorruptible a lo inenegendrable, como se siguen lo engendrable y lo corruptible, siendo necesariamente corruptible lo que sea engendrable. Así lo entendieron entre los filósofos antiguos todos aquellos que enseñaron la inmortalidad del alma, sin que a ninguno de ellos se le ocurriera querer atribuir duración inacabable a una esencia nacida. De la confusión a que lleva la opinión opuesta atestíguannos las controversias mantenidas en la Iglesia por los pre-existencialistas, creacionistas y traduccionistas.         
 Es, también, un punto relacionado con la ética el optimismo de todos los sistemas filosóficos, que no puede faltar en ninguno de ellos, como término obligado; pues el mundo quiere oír que es agradable y excelente, y los filósofos quieren agradar al mundo. Conmigo sucede otra cosa; he visto lo que agrada al mundo y, por lo tanto, para agradarle, no me apartaré ni un paso de la senda de la verdad. Así es que también en este punto discrepa mi sentido de todos los demás, quedándose solo. Pero sucede que después de haber llevado a cabo todos ellos su demostración, cantado su canción del mejor de los mundos, viene, por fin, por detrás del sistema, como un vengador del fantasma, como un espíritu de las tumbas, como el convidado de piedra de Don Juan Tenorio, la cuestión acerca del origen del mal, del monstruoso mal, del horrible padecer que hay en el mundo, y enmudecen, o no tienen más que palabras vacías y sonoras para pagar tan estrecha cuenta. Por el contrario, cuando en la base ya de un sistema se entreteje la existencia del mal con la del mundo, no hay que temer a las viruelas en un niño vacunado. Y este es el caso cuando en vez de poner la libertad en el operari, se pone en el esse, sacando de él el mal, la maldad y el mundo. Es justo, por lo demás, que como a hombre serio, se me conceda el que hablo sólo de cosas que conozco real y efectivamente, y que no uso más que palabras a las que doy un sentido completamente preciso, pues sólo así puede uno comunicarse con seguridad con los demás, teniendo mucha razón Vauvenargue al decir que la claridad es la buena fe de los filósofos.
 Así, pues, cuando digo "voluntad, voluntad de vivir", no se trata de ningún ente de razón, de ninguna hipóstasis fabricada por mí, ni de palabra alguna de sentido incierto y vacilante, sino que a quien me preguntase qué es ello le remitiría a su propio interior, donde lo hallará completo, con colosal tamaño, como un verdadero ens realissimum. No he explicado, pues, el mundo por lo desconocido, sino más bien por lo más conocido que hay, y que nos es conocido de una manera muy otra que todo lo demás. Finalmente, por lo que hace a la paradoja que se ha reprochado, al resultado ascético de mi ética, que le ha chocado a Juan Pablo, juez por lo demás tan favorable de mis doctrinas, resultado que le indujo a escribir en 1820 un libro bien intencionado en contra de mí al Sr. Raetze (que no sabía que el único método aplicable en contra mía es el del silencio) y que desde entonces ha sido el tema de las censuras a mi filosofía; por lo que hace a tal resultado, digo, ruego que se considere que sólo cabe llamarlo paradójico en este rincón Noroeste del viejo Continente, y que más bien sólo aquí, en tierras protestantes, y que por el contrario en toda el Asia, donde quiera que el repugnante islamismo no haya destruido a fuego y hierro las antiguas y profundas religiones de la Humanidad, antes que otra cosa correría tal resultado el riesgo de ser tachado de trivialidad. Consuélome, pues, con que mi ética es enteramente ortodoxa respecto al Upánischada de los santos Vedas, como respecto a la religión universal de Buda, y con que tampoco está en contradicción con el antiguo y genuino cristianismo. Contra todas las demás acusaciones de herejía estoy acorazado con una triple malla en torno al pecho.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1998, en traducción de Miguel de Unamuno, pp. 194-198. ISBN: 84-487-0187-9.]
 

domingo, 17 de mayo de 2026

Tratado sobre la tolerancia.- Voltaire (1694-1778)

 

V. De cómo puede ser admitida la tolerancia

 «Me atrevo a suponer que un ministro ilustrado y magnánimo, un prelado humano y sabio, un príncipe que sabe que su interés consiste en el gran número de sus súbditos y su gloria en la felicidad de éstos, se digne echar una mirada sobre este escrito informe y defectuoso; lo suple con sus propias luces; se dice a sí mismo: ¿qué arriesgaría yo viendo la tierra cultivada y adornada por más manos laboriosas, aumentados los tributos, más floreciente el Estado?
 Alemania sería un desierto cubierto por los esqueletos de los católicos, evangélicos, reformados y anabaptistas, degollados entre sí, si la paz de Westfalia no hubiese procurado por fin la libertad de conciencia.
 Nosotros tenemos judíos en Burdeos, en Metz, en Alsacia; tenemos luteranos, molinistas, jansenistas: ¿no podemos tolerar y dar cabida a calvinistas en las mismas condiciones poco más o menos en que son tolerados los católicos en Londres? Cuantas más sectas hay, menos peligrosa es cada una; la multiplicidad las debilita, todas son reprimidas por justas leyes que prohíben las asambleas tumultuosas, las injurias, las sediciones y que siempre están en vigor por la fuerza coactiva.
 Sabemos que varios cabezas de familia, que han conseguido grandes fortunas en los países extranjeros, están dispuestos a regresar a su patria; sólo piden la protección de la ley natural, la validez de sus matrimonios, la certeza de la situación de sus hijos, el derecho a heredar a sus padres, la franquicia de sus personas; nada de templos públicos, nada de derecho a los cargos municipales ni a las dignidades: no los tienen los católicos ni en Londres ni en varios países más. No se trata ya de dar privilegios inmensos, plazas de seguridad a una facción, sino de dejar vivir a un pueblo pacífico, de suavizar unos edictos acaso necesarios en otro tiempo y que ya no lo son. No nos corresponde a nosotros señalar al ministro lo que puede hacer: basta con implorarle en favor de los desgraciados.
 ¡Cuántos medios para volverlos útiles e impedir que alguna vez sean peligrosos! La prudencia del ministerio y del consejo, apoyada por la fuerza, encontrará con mucha facilidad esos medios, que tantas otras naciones emplean tan felizmente.
 En el populacho calvinista todavía hay fanáticos, pero es sabido que hay más en el populacho convulsionario. La hez de los insensatos de Saint-Médard apenas tiene importancia para la nación, la de los profetas calvinistas ha sido aniquilada. El gran medio para disminuir el número de los maníacos, si alguno queda, es entregar esa enfermedad del espíritu al régimen de la razón, que ilustra lenta pero infaliblemente a los hombres. Esta razón es dulce, es humana, inspira a la indulgencia, ahoga la discordia, afirma la virtud, vuelve digna de amor la obediencia a las leyes, más todavía de lo que las mantiene la fuerza. ¿Y carecerá de importancia el ridículo unido en la actualidad al entusiasmo por todas las personas honradas? Ese ridículo es una poderosa barrera contra las extravagancias de todos los sectarios. Los tiempos pasados son como si nunca hubiesen existido. Siempre hay que partir del punto en el que estamos y de aquel al que han llegado las naciones.
 Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio promulgar decretos contra los que enseñaban una doctrina contraria a las categorías de Aristóteles, al horror al vacío, a las quiddidades* y al universal de la parte de la cosa. En Europa tenemos más de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería y sobre la manera de distinguir los falsos brujos de los verdaderos. La excomunión de las langostas y de los insectos nocivos para las cosechas ha sido muy utilizada y todavía subsiste en varios rituales. La costumbre ha desaparecido: se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a las langostas. Los ejemplos de estas graves demencias, tan importantes en el pasado, son innumerables: de vez en cuando vuelven otras; pero cuando han hecho su efecto, cuando uno se ha saciado de ellas, desaparecen por sí mismas. Si a alguien se le ocurriese hoy día ser carpocrático, o eutiquiano, o monotelista, monofisita, nestoriano, maniqueo, etc., ¿qué ocurriría? Se reirían de él, como de un hombre vestido a la antigua, con una gorguera y un jubón.
 La nación empezaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier y Doucin fabricaron la bula Unigenitus, que enviaron a Roma; creyeron estar todavía en aquellos tiempos de ignorancia en que los pueblos adoptaban sin examinar las aserciones más absurdas. Osaron proscribir esa proposición, que es de una verdad universal en todos los casos y en todo tiempo: "El temor a una excomunión injusta no debe impedir cumplir el deber propio". Eso era proscribir la razón, la libertades de la Iglesia galicana, y el fundamento de la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena no cumplir jamás vuestro deber, si es que teméis la injusticia. Nunca se ha atacado el sentido común de forma más descarada. Los consultores de Roma no se preocuparon. Se convenció a la corte de Roma de que esa bula era necesaria y de que la nación la deseaba: fue firmada, sellada y enviada; ya se saben las secuelas; seguramente, si se hubieran previsto, se hubiera suavizado la bula. Las querellas fueron vivas, la prudencia y la bondad del rey las han calmado finalmente.
 Lo mismo ocurre con una gran parte de los puntos que dividen a los protestantes y a nosotros; hay algunos que no tienen ninguna consecuencia; hay otros más graves, pero sobre los que el furor de la disputa se ha amortiguado tanto que los protestantes mismos no predican hoy la controversia en ninguna de sus iglesias.
 Es, por tanto, este tiempo de desagrado, de saciedad, o más bien de razón, el que puede aprovecharse como una época y una prenda de tranquilidad pública. La controversia es una enfermedad epidémica que toca a su fin, y esa peste, de la que estamos curados, no pide más que un régimen suave. Por último, el interés del Estado estriba en que unos hijos expatriados vuelvan con modestia a la casa de su padre: el sentido de humanidad lo pide, la razón lo aconseja y a la política no puede asustarle.»

(*) Uno de los términos empleados para designar la esencia de las cosas. "Quidditas" era usado por los escolásticos y en su acepción más común significa el modo de entender la esencia. Según San Agustín, la "quidditas" es "aquello por lo cual algo tiene un ser: hoc per quod aliquid habet esse quid". [N del T.]

 [El texto pertenece a la edición en español de Ciro Ediciones, 2011, en traducción de Mauro Armiño, pp. 69-73. Depósito legal: M-7399-2011.]

domingo, 11 de enero de 2026

Silas Marner.- George Eliot [Evans, Marie Ann] (1819-1880)

Capítulo X

  «Estaban próximas, a la sazón, las Navidades, y las familias de posición desahogada se disponían a ejercer la caridad, repartiendo a diestro y siniestro ricas morcillas, suculentos trozos de lomo y golosinas de toda especie. Movida por la desgracia acaecida a Silas, la señora de Osgood se apresuró a incluirle entre los que disfrutarían de su beneficencia. El señor Crackenthorp, tras una larga perorata en la que amonestó al hilandero por su falta de asistencia al templo, asegurándole que el robo era un justo castigo a su avaricia, le obsequió, creyendo reforzar de este modo sus consejos, con unas riquísimas manos de cerdo, que por sí solas hubieran bastado a disipar los infundios y prejuicios que oponen los ignorantes a la benéfica acción del clero. Por otra parte, los vecinos que no podían ofrecerle más que un consuelo puramente moral, se apresuraban siempre que se encontraban a Silas a interesarse por él y por el curso de sus asuntos, llevando algunos su buena intención hasta el extremo de visitar su casa para rogarle que les refiriese una vez más el robo con el mayor número de detalles. Luego trataban de animarle con estas o parecidas frases:
 "Ánimo, señor Marner, que al fin y al cabo pobres como usted hay muchos,  y si se quedara usted por casualidad enfermo o baldado, no le faltaría el amparo de la parroquia".
 Es indudable que una de las cosas que más dificultan nuestro deseo de llevar consuelo al ánimo de nuestros amigos, agobiados por la desgracia, es la falta de expresión que tienen las palabras. No parece sino que, en contra de nuestro buen deseo, se bastardean y adulteran todas en el momento de salir de nuestros labios.
 Las cosas meramente materiales, como las morcillas y las manos de cerdo, pueden pasar de un hombre a otro sin contagiarse por la largueza o el egoísmo de los individuos; pero el lenguaje es como un manantial que, al brotar del suelo, trae ya consigo el sabor del terreno donde emerge. No faltaban en el pueblo de Raveloe sentimientos de caridad; pero ésta se revestía de formas burdas y groseras y estaban desprovistas de toda cortesía, ya fingida, ya verdadera.
 Así le ocurrió al propio señor Macey, quien visitando cierta noche a Silas, para asegurarle que los sucesos acaecidos recientemente habían tenido la enorme ventaja para el hilandero de granjearle la estimación de quien, como el sacristán, no era dado a formar sus juicios con reprobable ligereza, acomodose a su gusto, devanó sus dedos y comenzó la conversación de la siguiente manera:
 -Mire, señor Marner, es preciso que se decida usted a cobrar ánimo y a dejarse de quejas. Después de todo, más le vale perder el dinero que guardarlo indebidamente. Cuando llegó usted a estas tierras, yo, la verdad, pensé para mí que no debía de ser usted una buena persona. Y es que, a pesar de ser usted más joven de lo que es hoy, tenía usted una cara tan pálida, tan parada, que, vamos, más que criatura parecía usted algo así como un ternero que se hubiera quedado calvo. Claro que no sabe uno cómo pueden ser las gentes; pero tampoco se le debe achacar al demonio todo lo raro y contrahecho que anda por el mundo. Ahí tiene usted a los sapos, que bien feos son, y, sin embargo, resultan inofensivos y hasta son útiles para quitar de en medio las sabandijas. Pienso yo que algo de esto le ocurre a usted. Ahora, en lo tocante a esas hierbas y esas bebidas que usa usted para curar la falta de aliento, yo me pregunto: ¿por qué, si las trajo usted de tierras extranjeras, no fue usted más dadivoso y espléndido con ellas? Y si obtuvo usted esos conocimientos de mala manera, pues con ir a la iglesia de cuando en cuando, como todos hacemos, quedaba usted tan limpio de culpa. Porque digo yo que eso que usted sabe, debe ser parecido a lo que sabía la "Mujer sabia" y, sin embargo, los niños que curaba ella se cristianaban como los demás, y no se resistían nunca a recibir el agua del bautismo. Lo cual, que está bien; porque no hay razón para que, si al diablo se le ocurre de vez en cuando, como distracción, la idea de hacer una buena obra, le quitemos nosotros la voluntad. Y esto se lo digo yo, que llevo cerca de cuarenta años de sacristán de esta parroquia, y sé muy bien que hay quien se propone curarse sin la ayuda del médico, y lo consigue, sí señor, lo consigue; no sé cómo, pero lo consigue, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por eso, maestro Marner, como le iba diciendo, hay cosas que, por mucho que se busquen en la Biblia ni se explican ni se entienden. Usted, lo que tiene que hacer es tener más ánimo. ¡Fuera la preocupación! Y en cuanto a eso que dicen de que si es usted muy cuco, y que si no se puede saber nunca lo que piensa usted, ¿sabe usted lo que yo les he dicho a los vecinos?... Pues que no hay nada de eso... Porque es lo que yo les digo: os empeñáis en que el maestro Marner ha inventado la historia del robo para beneficiarse él, y es preciso que os convenzáis de que para inventar una historia así precisa un hombre listo y no uno como el señor Silas, que mismamente parece un conejo asustado...
 Mientras el señor Macey pronunció aquella prolongada perorata, el hilandero permaneció inmóvil, con los codos sobre las rodillas y sujeta la cabeza entre las manos. El señor Macey, que jamás pudo suponer que Silas no le hubiera escuchado atentamente, aguardó a que Marner mostrase de alguna manera su opinión y sus juicios; pero el hilandero permaneció silencioso. Silas se daba vagamente cuenta de que aquellas palabras del sacristán eran una demostración de afecto por parte de éste; pero las pruebas de la bondad ajena caían sobre su alma como sobre la del menesteroso los rayos del sol. Carecía de ánimos para disfrutarlas, y su aislamiento le impedía apreciar los efectos de las influencias puramente externas.
 -Vamos, maestro Marner -dijo al fin el señor Macey con cierta impaciencia-. ¿No tiene usted nada que contestar a lo que le he dicho?
 -¡Ah... sí...!- replicó Marner muy lentamente moviendo con soltura su cabeza-. Le doy a usted mil gracias... mil gracias...
 -Vamos..., vamos..., ya sabía yo que usted sabría apreciar y agradecer mis consejos -dijo el señor Macey-. Y mi consejo en esta ocasión es el siguiente. Pero, antes, dígame: ¿tiene usted un traje de domingo?
 -No... -replicó Marner.
 -Me lo estaba figurando -dijo el señor Macey-. Pues es preciso que se compre usted uno. Yo le hablaré a Tooky, que es un infeliz, pero que me lleva muy bien el negocio de la sastrería y el capital que en él tengo invertido, y él se encargará de hacerle a usted un traje baratito, a pagar cuando buenamente pueda usted. Y en cuanto que tenga usted algo que ponerse, debe usted ir a la iglesia, como hacen todos los vecinos... Mire usted que en los años que lleva usted aquí no haberme oído cantar el amén ni una sola vez... Es preciso que se dé usted prisa, ¿eh? Porque cuando se quede Tooky de sacristán definitivo, poco tendrá usted que oír, y no sé..., no sé... si podré yo tirar otro invierno...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 2000, en traducción de Isabel Oyarzábal, pp. 94-97. ISBN: 84-239-7849-1.]
 

domingo, 22 de junio de 2025

Un hombre acabado.- Giovanni Papini (1881-1956)

Allegretto
XLV.- Precisamente por esto

  «Es difícil, creo yo, encontrar otro ser que haya sufrido mayor fracaso en toda su vida. Nada me queda por perder. Todos los hilos y los puntales que sostienen a los demás están cortados. Tanto los que bajan del cielo como los que encadenan a la tierra. Estoy en el fondo de la sima del mal; he renunciado, he debido renunciar; he abandonado y me han abandonado.
 Mis conocimientos no me bastan; los hombres me fastidian; las mujeres aún más; la literatura me asquea; la inspiración no acude a mí; la gloria me produce náuseas; mi vida es sucia y tediosa; mi cuerpo se deshace y mi primer y máximo deseo, el deseo del sumo poder, ya no existe, ni siquiera como deseo. Todas las tablas de valores han saltado hechas astillas en estas convulsiones interiores; toda esperanza se ha apagado en la oscuridad de estos años; las áncoras posibles de salvación no son más que ganchos que permanecen clavados en tierra, para una vida que carece de promesas e invitaciones.
 La representación ha terminado; los decorados se amontonan junto al muro, las luces se apagan, las cantantes se despojan de sus disfraces de reina y parten en coche, vestidas de negro; quedan los instrumentos allí, abandonados y sin voz, junto a las partituras cerradas que jamás volverán a abrirse. La última fiesta terminó con la postrera nota que aún vibra en el aire, para dar el "la" a este silencio demasiado vacío. Sólo quedan dos caminos: idiotizarse por completo o matarse.
 Sin embargo todavía siento en mí una enorme voluntad de vivir. No quiero morir. Quiero comenzar de nuevo la vida. Quiero hallar otros momentos para vivir. Y vivir a pesar de todo, suspendido de la nada, sin hilos sobre mi cabeza, sin puntales tras mi espalda, sin muletas bajo mis sobacos. Pero vivir todavía, vivir siempre, vivir en el pleno sentido de la palabra, vivir con los ojos y con las manos, con el cerebro y con el hígado, vivir aún diez, veinte, treinta años. Hasta que sepa conquistar mi pedazo de pan en el horno del mundo y sepa decir mis palabras en los coros disonantes de los hombres.
 No quiero morir, ni del todo, ni a medias, ni como alma, ni como cuerpo. Hay en mí algo más fuerte que todas las derrotas; hay un escollo plantado en medio de mi alma que resiste todas las tempestades que lo han cubierto en los últimos tiempos. Hay una bestia que quiere comer, hay dos piernas que quieren caminar, hay un cerebro que quiere pensar, una mano que quiere escribir. ¿Por qué razón? ¿En nombre de qué fe? ¿A la vista de qué meta? La bestia no lo sabe, la bestia no es intelectual, la bestia no es religiosa, la bestia no comprende nada; pero no quiere declararse vencida. Si las banderas son arriadas, permanecen las murallas; si las palabras ya no corresponden a los hechos, ¡al diablo las palabras y vivan los hechos! El hecho resiste y existe, el hecho es irrefutable y prepotente, el hecho no quiere morir.
 No es solamente la sangre la que no quiere detenerse. El mismo yo, que fue cerrando una tras otra todas las ventanas de las posibilidades, y debió renunciar hasta a la última, aquélla que da sobre lo imposible, no quiere desertar. Permanece en la oscuridad, sin fuerzas y sin deseos: pero no quiere aniquilarse. Aguarda siempre. No espera nada, pero aguarda. Si llegase lo peor, lo aceptaría; pero no quiere arrojarse al abismo donde comienza la nada, sin mantener siquiera la esperanza del dolor.
 El yo más profundo está enteramente pisoteado y martirizado, pero este martirio constituye para él un placer porque significa existir, significa oponerse a algo. Esta persecución de que le hace objeto el destino le da la certeza de que existe en él algo que merece la pena tenerse en cuenta, le da conciencia de su importancia en el universo. Él ha descendido hasta el fondo del abismo. Ya no puede moverse; debe cavarse la fosa o subir de nuevo hacia la luz. No puede obrar de otro modo. Y entonces el hombre acabado sale al exterior y comienza un nuevo capítulo.
 Pero este nuevo capítulo no se asemeja en absoluto a todos los demás. Las cosas que negó, negadas permanecen; no pido que vuelvan a mí los sueños abandonados; las ambiciones que desprecié también hoy las rehúso; los hombres que me esquivaron también hoy los mantengo alejados de mí; los propósitos que cegaron mis ojos están lejos para siempre. ¡Qué importa! Se inicia una nueva senda. El secreto ha sido hallado. Una última posibilidad de grandeza aparece ante mí, y yo no la rehúso. Sólo por ella florece de nuevo el desierto en silencio, y brillan las pupilas, avergonzadas bajo los párpados enrojecidos. Todavía puedo ser un héroe. Tengo necesidad de tenerme en gran estima para no verme obligado a aniquilarme; y es este nada lo que me salva.
 Sé que ningún resultado darán los humanos esfuerzos. Sé que todos nuestros edificios quedarán destruidos; que de nuestros ideales, aun los alcanzados y dominados, se precipitarán en la eterna oscuridad del olvido, en el vacío del no ser.
 Ninguna esperanza resta en mi corazón; ninguna promesa puedo hacerme a mí mismo y a los demás; ninguna compensación puedo prever por mis actos; ningún resultado por mis pensamientos. El futuro, este encantador de todos los hombres, esta causa perpetua de todos los efectos, no es para mí nada más que la desnuda perspectiva del aniquilamiento.
 Sin embargo, ante tan espantoso espectáculo, ante tan tremenda desesperanza, ante esta carrera hacia el abismo, no me altero ni retrocedo. Consiento en seguir viviendo. Todo cuanto haga será inútil, pero precisamente por esto me siento impelido a hacerlo. La nada -nada de mí mismo, de mi obra, del mundo entero- es el punto de llegada de cualquier esfuerzo mío, y precisamente por esto seguiré esforzándome hasta que la tierra me llame a su oscuro reposo.
 Quiero abjurar de todo mi pasado utilitario. Todos los hombres buscan una recompensa, un pago por todo cuanto hacen. Incluso las acciones que parecen más espirituales -actos de creación, actos de fe y de amor- esperan su premio, exigen, antes o después, ser saldadas. Nadie hace nada por nada. Hasta las religiones, hasta las artes, hasta las filosofías, se fundan en la ganancia. Las obras humanas, sin excepción de ninguna clase, son letras que deben ser pagadas. El vencimiento será más o menos largo, pero siempre llega el día de las cuentas. Si los hombres supiesen con seguridad que alguno de sus actos no será recompensado más tarde o más temprano, nadie se preocuparía de obrar.
 Yo mismo, en el pasado, fui el más ávido de estos gananciosos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1980, en traducción de Vicente Santiago, pp. 219-222. ISBN: 84-7017-920-9.]
 

domingo, 9 de marzo de 2025

Epistolario.- Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658)

 

Epístola XX
A un melancólico porque perdió un pleito. Danse dos medios: uno filosófico, otro cristiano, para llevar bien las adversidades

 «No quisiera consolar a v. md. sólo para esta vez, sino para otras muchas, y el consuelo le parecerá extraño, porque es que se persuada que han de suceder muchas veces disgustos semejantes. No hago esto para darle malas nuevas de alguna mala fortuna, sino para acordarle la condición de nuestra naturaleza y estilo de las cosas humanas, donde tan ordinario es suceder adversas. Y así no tenga por consejo peregrino que no le parezca cosa peregrina ver sinrazones, desgracias, pérdidas y otras cosas penosas. No se extrañe de nada desto, ni le parezca nuevo cuando aconteciere verlo. Epicteto y Antonino, filósofos, dieron este consejo para alivio de los trabajos y adversidades: que no se nos hicieran de nuevo. El cual no es de poco peso, pues antes dellos le dio San Pedro en su primera epístola, donde da dos remedios para consuelo de nuestras penalidades, uno natural y otro sobrenatural, y el natural es el que acabamos de decir, y así nos aconseja que no queramos extrañarnos ni tener por cosa peregrina cuando sucede una contrariedad (que es para prueba nuestra), como si nos aconteciera algo de nuevo. No sé, por cierto, por qué nos hemos de espantar que en este valle de lágrimas haya cosas adversas; antes fuera maravilla no encontrar con ellas. Milicia es la vida del hombre, y no guerra comoquiera, sino batalla rompida; ¿qué mucho es se reciban heridas y golpes? No es de maravillar si del furor de una batalla sale un soldado herido: el espanto había de ser si saliera sin haber recibido golpe alguno. El agonista que saliese de los espectáculos romanos sin lesión, fuera como prodigio. San Crisóstomo dice: "Todas las cosas presentes son lucha, certamen, guerra, estadio; otro es el tiempo de quietud, mas el presente diputado está para calamidades y sudores". Ninguno, cuando se desnuda para el certamen y desafío, busca quietud; no hay que espantarnos de recibir algún golpe adverso, cuando estamos dispuestos a recibir muchos. Por eso dijo Salviano: "¿Qué maravilla es si sufrimos los males, pues estamos conducidos, como en milicia, para tolerarlos todos?" En el libro de Job se dice que el hombre nació para el trabajo y el ave para volar. ¿Qué maravilla que el águila encuentre el aire en que extender sus plumas, y el pez el agua en que nadar? No es tampoco maravilla que encuentre el hombre trabajos en que merecer. No tiene v. md. que quejarse porque le haya sucedido uno, y no muy grande. Perdió un pleito, mas no perdió la honra, no perdió la salud, ni tampoco perdió la hacienda; sólo no la ganó mayor. Su trabajo no es que le hayan desposeído de lo que tenía, sino que no desposeen a otro. No es grande su desgracia, sino la pesadumbre que toma, y desto nadie tiene la culpa.
 El otro remedio que da San Pedro es más eficaz pues llega no sólo a consolar sino a alegrar. Esta diferencia hay entre los consuelos naturales y los sobrenaturales: que aquéllos sólo dan alivio, mas éstos pueden dar también gozo; y así debíamos ayudarnos dellos, acudiendo a buscar las razones sobrenaturales que hay para no afligirnos en los trabajos. Es, pues, el consuelo sobrenatural que enseña San Pedro, que nos gocemos en los trabajos, comunicando en los de las pasiones de Cristo. La iglesia llama en el Canon bienaventurada a la pasión del Hijo de Dios, y quien participa en alguna adversidad de ella no se debe tener por mal aventurado, sino por dichoso, pues se conforma con la imagen del Hijo de Dios y se infiere en Cristo, como hablan algunos doctores; lo cual es tan grande bien, que los que tienen luz de él se llenan de gozo viendo la honra que es padecer con Cristo y la gloria que por ello se merece. Junte pues, v. md. su suceso desgraciado con los dolores de Jesús. Perdió v. md. el  pleito; Cristo perdió la vida. Su desgracia es que no condenaron a su competidor; mas a Cristo condenaron a morir. No dio el juez nada a v. md., pero a Cristo le dejaron desnudo; quitáronle los vestidos y un poco de agua le negaron. Vergúenza es que sienta v. md. esa niñería a vista de tales agravios. Con todo eso, si la lleva en paciencia merecerá con ella, y ya que no ganó nada en la tierra, gane en el Cielo: dése más a sí mismo que le diera el juez. Dése a sí paciencia, y le valdrá más que si le dieran una provincia. ¿Cuántas veces ha condenado v. md. a Dios y sentenciado en favor del demonio? Tantas cuantas ha pecado. Mire lo que habrá sentido Dios las sentencias injustas que ha dado contra Él, por lo que siente v. md. una menos favorable que recibió. Tema sólo el tener mal pleito el día del juicio, y por que esto no sea así, lleve en paciencia perder un pleito de la tierra.
 Estos documentos de San Pedro no le han de servir a v. md. sólo para este caso de su pleito, que, para decirlo, es poco pleito y no llega a merecer nombre de trabajo, sino para los que fueren. Nuestro engaño es que buscamos la felicidad en esta vida, y no la podremos hallar verdadera, porque no es fruta de la tierra. Y tan necio es quien en este valle de lágrimas la busca segura y cabal, como quien buscara en los ajenjos el sabor de la miel y en un espino fruta sazonada. Engáñanse los que buscan la felicidad en esta vida, y dáñanse los que la estiman. Contra el engaño sirve el primer documento; contra el daño, el segundo. Cada uno piensa que ha de ver sinrazones, que le han de hacer agravios, que le han de suceder pérdidas. No se le hagan de nuevo, sino cuando acontecieren, diga: "Esto es lo que aguardaba: esta es la moneda que corre para comprar el Cielo; dicha es encontrarla". El santo Job se ayudó deste remedio para la paciencia que tuvo, porque no se le hicieron de nuevo trabajos tan extraordinarios como los que le sucedieron; y así él mismo confiesa de sí que le aconteció lo que sospechaba. 
 Débese también perder la estimación de la prosperidad humana, para que no se sientan sus pérdidas. Esto se hará considerando que quien padece como Cristo es más dichoso que si imperase en el mundo; y si el padecer con Cristo es tan gran dicha, ¿qué será reinar con Él en el Cielo? Lo cual se alcanza con su imitación y paciencia en los trabajos, a los cuales no hemos de mirar como males, sino como tan grandes bienes, que son semilla de la bienaventuranza verdadera y eterna.»

 [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Espasa-Calpe, 1957, en edición de Narciso Alonso Cortés, pp. 115-119. No consta ISBN ni número de depósito legal.]

domingo, 26 de enero de 2025

El código Da Vinci.- Dan Brown (1964)

 

5

 «Murray Hill Place, la nueva sede estadounidense del Opus Dei y su centro de convenciones, se levanta en el número 243 de Lexington Avenue, en Nueva York. Valorado en más de cuarenta y siete millones de dólares, el edificio, de más de cuatro mil metros cuadrados de superficie, está revestido de ladrillo oscuro y piedra de Indiana. Diseñado por May&Pinska, cuenta con más de cien dormitorios, seis comedores, bibliotecas, salones, oficinas y salas de trabajo. En las plantas dos, ocho y dieciséis hay capillas decoradas con mármoles y maderas labradas. El piso diecisiete es enteramente residencial. Los hombres acceden al edificio por la entrada principal de Lexington Avenue. Las mujeres lo hacen por una calle lateral y, en el interior del edificio, deben estar en todo momento separadas "acústica y visualmente" de los hombres.
 Aquella tarde, hacía unas horas, en la soledad de su apartamento del ático, el obispo Manuel Aringarosa había metido cuatro cosas en un bolso de viaje y se había puesto la sotana. En condiciones normales no habría obviado el cordón púrpura, pero esa noche iba a viajar acompañado de más gente y deseaba que su alto cargo pasara desapercibido. Sólo los más atentos se darían cuenta al verle el anillo de oro de catorce quilates con la amatista púrpura, los grandes brillantes y la mitra engarzada. Se había echado la bolsa al hombro, había rezado una oración en voz baja y había salido de su apartamento en dirección al vestíbulo, donde su chófer le estaba esperando para llevarlo al aeropuerto.
 Ahora, en es vuelo comercial rumbo a Roma, Aringarosa miraba por la ventanilla y veía el oscuro Océano Atlántico. El sol ya se había puesto, pero él sabía que su estrella particular estaba iniciando su imparable ascenso. "Esta noche se ganará la batalla", pensó, aún sorprendido al pensar en lo impotente que se había sentido hacía sólo unos meses para enfrentarse a las manos que amenazaban con destruir su imperio.
 En calidad de prelado del Opus Dei, el obispo Aringarosa había pasado los últimos diez años extendiendo el mensaje de la "Obra de Dios", que es lo que significaba literalmente Opus Dei. La congregación, fundada en 1928 por el sacerdote español José María Escrivá promovía el retorno a los valores conservadores del catolicismo y animaba a sus miembros a realizar sacrificios drásticos en sus vidas para hacer la Obra de Dios.
 La filosofía tradicionalista del Opus Dei arraigó en un principio en la España prefranquista, pero la publicación en 1934 de Camino, el libro espiritual de José María Escrivá, consistente en 999 máximas de meditación para hacer la Obra de Dios en esta vida, propagó el mensaje de aquel sacerdote por todo el mundo. Ahora, con más de cuatro millones de ejemplares publicados en cuarenta y dos idiomas, la fuerza del Opus Dei no conocía fronteras. Sus residencias, centros docentes y hasta universidades se encontraban prácticamente en todas las grandes ciudades del mundo. El Opus era la organización católica con un mayor índice de crecimiento, así como la más sólida en términos económicos. Pero por desgracia, Aringarosa era consciente de que en tiempos de cinismo religioso, de idolatría y telepredicadores, la creciente riqueza de la Obra era blanco de sospechas.
 -Son muchos los que consideran al Opus Dei como una secta destructiva -le comentaban con frecuencia los periodistas-. Otros los tachan de sociedad secreta católica ultraconservadora. ¿Son alguna de esas dos cosas?
 -No, ninguna -respondía siempre el obispo sin perder la paciencia-. Somos una iglesia católica, una congregación de católicos que hemos optado prioritariamente por seguir la doctrina católica con tanto rigor como podamos en nuestras vidas cotidianas.
 -¿Incluye la Obra de Dios necesariamente los votos de castidad, pobreza y penitencia de los pecados mediante la autoflagelación y el cilicio?
 -Eso describe sólo a una pequeña parte de los miembros del Opus Dei -respondía Aringarosa-. Hay muchos niveles de entrega. Hay miles de miembros que están casados, tienen familia y viven la Obra de Dios en sus propias comunidades. Los hay que optan por una vida de ascetismo y enclaustramiento en la soledad de nuestras residencias. La elección es personal, pero todos en el Opus Dei compartimos la misma meta de mejorar el mundo haciendo la Obra de Dios. Y no hay duda de que se trata de toda una proeza.
 Con todo, la razón casi nunca servía. Los medios de comunicación se alimentaban normalmente de escándalos, y el Opus Dei, como cualquier gran organización, tenía entre sus miembros algunas almas descarriadas que ensombrecían los esfuerzos del resto del grupo.
 Hacía dos meses se había descubierto que un grupo del Opus Dei de una universidad del Medio Oeste americano drogaba con mescalina a sus neófitos para inducirles un estado de euforia que ellos percibieran como experiencia religiosa. En otro centro universitario, un alumno había usado el cilicio bastante más que las dos horas diarias recomendadas y se había causado una infección casi mortal. No hacía mucho, en Boston, un pequeño inversor en bolsa desilusionado había donado al Opus Dei los ahorros de toda su vida y había intentado suicidarse.
 "Ovejas descarriadas", se compadeció Aringarosa.
 Claro que la mayor vergüenza había sido el juicio mediático contra Robert Hanssen que, además de ser un destacado miembro del Opus y espía del FBI, había resultado ser un pervertido sexual que, según se demostró durante las vistas, había colocado cámaras ocultas en su propia habitación para que sus amigos le vieran manteniendo relaciones sexuales con su esposa. "Cuesta creer que se trate del pasatiempo de un católico devoto", había comentado el juez.
 Por desgracia, todos aquellos hechos habían propiciado la creación de un grupo de denuncia conocido como Red de Vigilancia del Opus Dei (Opus Dei Awareness Network, ODAN).»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Urano, 2004, en traducción de Juanjo Estrella, pp. 43-45. ISBN: 84-95618-60-5.]

domingo, 29 de septiembre de 2024

La raíz semítica de lo europeo.- Joaquín Lomba Fuentes (1932)

 

XIV.- La compleja inserción del racionalismo científico en Europa
El "Averroísmo latino"

 «Como se ha visto más arriba, las obras de Averroes fueron traducidas por Miguel Escoto, de la corte de Federico II Hohenstaufen, y por los judíos de la Corona de Aragón y fueron conocidas en París, nada más empezarse a traducir, poco después de 1230. Al principio se le da poca importancia e incluso se le interpreta mal, como les ocurrió a Roger Bacon y Alberto Magno. Pero quienes deciden adoptar antes que nadie las enseñanzas tanto de Aristóteles como las de su comentarista Averroes es la Facultad de Artes que está empeñada en hacer filosofía asimilando estas nuevas doctrinas frente a la de Teología, aferrada al agustinismo, neoplatonismo y a la escueta Escritura y libros de Sententiae clásicos, sobre todo los de Pedro Lombardo.
 Sin embargo, a pesar de que, como se ha visto, Alberto Magno y Tomás de Aquino asumieron el aristotelismo para su teología e incluso algunos de los comentarios de Averroes, sin embargo, algo había en los que ya se podía llamar "Averroísmo" que hería los oídos teológicos de ambos. Así en 1256 Alberto magno escribe contra Averroes su Sobre la unidad del Intelecto y en 1258 Tomás de Aquino su Summa contra gentes y su Sobre la unidad del Intelecto contra los averroístas, criticando a Averroes junto con otros filósofos paganos. Con ello, Averroes empieza a destacar sobre los demás comentaristas árabes y sus doctrinas llegan a ser foco de atención principal, aparte de las de Aristóteles. Tan son foco de atención que se crea un nuevo cuerpo doctrinal que, si bien está inspirado en Averroes, sin embargo hay tesis que jamás pronunció el pensador cordobés, como es la famosa de "la doble verdad" que tanto escandalizó y cuyo núcleo consistía en afirmar que una misma tesis puede ser verdad en filosofía y su contraria también en teología.
 Las críticas contra Averroes arrecian y en 1267 San Buenaventura escribe sus Exposiciones sobre los diez mandamientos, en 1268 sus Lecciones sobre los dones del Espíritu Santo y en 1273 sus Lecciones sobre el Hexamerón, todas ellas claramente antiaverroístas. Gil de Lessines da una lista de errores en su Errores de los filósofos, donde Averroes aparece en  lugar destacado. Este mismo autor dirige en 1277 una carta a Alberto Magno con "quince artículos que, en las escuelas de París, proponen los maestros que son considerados como los más importantes en su filosofía", los cuales artículos tienen un carácter claramente averroísta. Alberto Magno le responde manteniéndose en el plano de la filosofía pura. Estas tesis son las mismas que condenará Tempier y son: la eternidad del mundo y de la especie humana; la unidad de un solo Intelecto (el llamado Intelecto Agente) para todos los hombres; la carencia de libertad de la voluntad humana; el principio de que Dios no conoce nada fuera de sí mismo con la consecuencia de que no existe la providencia divina.
 Pero la gran condena fue la de 1277 en que, Tempier y Roma confabulados, condenan 219 proposiciones, excomulgando a todos los que las defiendan. En el prefacio de la misma se apunta a la doble verdad cuando afirma: "dicen que esto es verdad según la filosofía, pero no según la fe católica, como si hubiera dos verdades contrarias, y como si en lo que dicen los paganos condenados hubiera una verdad, opuesta a la Sagrada Escritura". Las tesis que se condenan constituyen un amasijo revuelto de doctrinas de la más diversa procedencia (no sólo de Averroes). Además, hay unas veinte tesis por lo menos de Tomás de Aquino, lo cual se explica, primero, porque sus adversarios se aprovecharon para introducirlas y así tener motivos para arremeter contra él; y, segundo, porque efectivamente algunas tesis son averroístas (por ejemplo, la eternidad del mundo que es compaginable con la creación según Tomás de Aquino), pues en su interpretación de Aristóteles se acerca mucho más a Averroes que a Avicena, hasta el punto de que algunos, como Asín Palacios, han hablado de un "Averroísmo teológico" en Santo Tomás de Aquino.
 Por algunas de las tesis contenidas en esta condena de 1277, podemos saber cuál era el pensamiento averroísta y cuáles eran los temas que empezaban a penetrar en Europa, de procedencia semita árabe aunque algunos de ellos tendenciosamente muy deformados con el fin de poder atacar más directamente las "innovaciones" de musulmanes y judíos (una vez más el rechazo de Europa a "lo otro"). Es obvio que algunas de estas tesis jamás las formularon ni imaginaron los filósofos musulmanes ni judíos ni Averroes. Daremos algunos ejemplos ilustrativos: tesis 40 y 154: ocuparse de la filosofía es el estado más perfecto y sólo son sabios los filósofos; tesis 153 y 175: el conocimiento de la teología no vale e incluso es perjudicial; tesis 56, 42,152, 174, 184, 185, 217: la teología está llena de fábulas y de errores, las cuales no están fundadas en la razón; y Dios no se puede conocer más que a sí mismo y, por tanto, no puede conocer lo contingente ni lo que va a ocurrir en el futuro; tesis 6, 91, 101: el mundo es eterno; hubo, por tanto, en el pasado una infinidad de revoluciones del cielo, revoluciones que, al retornar cada treinta y seis mil años, ocasionan los mismos efectos; tesis 87, 91: las especies contenidas en el mundo son también eternas y, por tanto, no hubo un primer hombre ni habrá un último; tesis 21: lo que pasa en el mundo ocurre necesariamente; tesis 32: el Intelecto es uno para todos los hombres y está separado de éstos; tesis 134, 163, 164: en todas sus acciones el hombre sigue el apetito dominante y este apetito, si no encuentra obstáculo, es movido necesariamente por lo deseable, a menos que se crea que la voluntad sigue de manera forzosa lo que cree y le dicta la razón, en todo caso, la voluntad está determinada por el exterior; tesis 144: todo el bien que puede alcanzar el hombre consiste en las virtudes intelectuales; tesis 176: la felicidad puede alcanzarse ya en esta vida; tesis 168: la continencia no es esencialmente una virtud; tesis 169: la abstinencia completa del acto carnal corrompe la virtud y la especie; tesis 171: la humildad no es una virtud. Y, como éstas, otras muchas más que componen el cuadro completo del Averroísmo (repito: no del mismo Averroes).
 Este Averroísmo fue sostenido durante el Medievo por autores como Siger de Brabante (h. 1235-h. 1284) y Boecio de Dacia (fl. h. 1270), contra quienes iba especialmente dirigida la condena de 1277, Juan de Jandún (muerto en 1328), Marsilio de Padua (h. 1275-h. 1343), éste, sobre todo, en el aspecto político y otros muchos más. Después de la Edad Media, el Averroísmo siguió desde finales del siglo XV hasta el XVII, centrándose, sobre todo, en la Universidad de Padua, con representantes tales como Nicoleto Vernia (h. 1420-1499), Agostino Nifo (1463-h. 1546), Alesandro Achillini (1463-1512), Marco Antonio Zimara (muerto en 1532) y otros más.
 Pero lo más importante no es que se fuera averroísta de pleno derecho o que se tuvieran solamente algunas tesis tomadas del Averroísmo, como fue el caso de Pedro Abano (1257-1315) o del comentador de Aristóteles Jacobo Zarabella (1533-1589). Como tampoco era fundamental ser aristotélico alejandrista, al modo como lo veremos a continuación. La clave estaba en que Averroísmo, Aristotelismo, Alejandrismo, no eran más que expresión concretada en ciertas corrientes de un ambiente general nuevo que había invadido la ciencia y filosofía europeas proveniente del mundo semita (aunque, como se ha dicho, deformándolo), a saber: el gusto especial por la razón, por el naturalismo, por la separación de filosofía/ciencia de la religión y por cuantas cosas se han apuntado en el capítulo número 4.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 1997, pp. 78-80. ISBN: 84-460-0787-8.]

domingo, 30 de junio de 2024

Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe.- Octavio Paz (1914-1998)


Primera parte: El reino de la Nueva España
4.- Una literatura trasplantada

 «En el sentido amplio de la palabra cultura, Nueva España fue una sociedad culta: no sólo vivió con plenitud la cultura hispánica -la religión y el arte, la moral y los usos, los mitos y los ritos- sino que la adaptó con gran originalidad a las condiciones del suelo americano y la modificó substancialmente. Pero en el sentido más limitado de la palabra -colindante con instrucción: producción y comunicación de novedades intelectuales, artísticas y filosóficas- sólo una minoría de la población podía llamarse culta; quiero decir: sólo una minoría tenía acceso a las dos grandes instituciones educativas de la época, la Iglesia y la Universidad. De esta circunstancia proviene otra característica: encerrada en las academias, universidades y seminarios religiosos, la cultura de Nueva España era una cultura docta y para doctos. Ya he subrayado la acentuada coloración religiosa de esa sociedad; la teología era la reina de las ciencias y en torno a ella se ordenaba el saber. Otra nota distintiva era la fusión de la tradición cristiana y el humanismo clásico: la Biblia y Ovidio, San Agustín y Cicerón, Santa Catarina y la sibila Eritrea.
 Rival de la Iglesia y de la Universidad, la corte era también un gran centro de irradiación estética y cultural. La aristocracia tenía aficiones literarias y artísticas; el gusto de los mecenas y los grandes señores de los siglos XVII y XVIII era mejor y más refinado que el de nuestros políticos y banqueros. Como hoy los ociosos resuelven crucigramas y nuestros intelectuales redactan manifiestos políticos, los cortesanos y clérigos del siglo XVII resolvían acertijos poéticos y escribían décimas y sonetos. El lenguaje cortesano es siempre el de un grupo escogido y tiende a convertirse en un habla encubierta y cifrada que sólo comprenden los iniciados. La literatura cortesana fatalmente tiende al hermetismo pero sus misterios no son religiosos ni filosóficos sino estéticos. El hermetismo cortesano no esconde ninguna verdad trascendental, preserva al grupo de las intrusiones del vulgo. El gongorismo, a diferencia del simbolismo, fue una estética aristocrática mientras que el segundo fue, o quiso ser, una poética de iniciación, un saber secreto colindante con la revelación religiosa.
 Minoritaria, docta, académica, profundamente religiosa pero no en un sentido creador sino dogmático y, finalmente, hermética y aristocrática, la literatura novohispana fue escrita por hombres y leída por ellos. Hubo, naturalmente, excepciones y se conservan, por ejemplo, discretos poemas de María Estrada de Medinilla (1640). De ahí que sea realmente extraordinario que el escritor más importante de Nueva España haya sido una mujer: sor Juana Inés de la Cruz. (El otro gran escritor, Alarcón, pertenece realmente al teatro español de su época). Pero el carácter acentuadamente masculino de la cultura novohispana es un hecho al que la mayoría de los biógrafos de sor Juana no han dado su verdadera significación. Ni la Universidad ni los colegios de enseñanza superior estaban abiertos a las mujeres. La única posibilidad que ellas tenían de penetrar en el mundo cerrado de la cultura masculina era deslizarse por la puerta entreabierta de la corte y de la Iglesia. Aunque parezca sorprendente, los lugares en los que los dos sexos podían unirse con propósitos de comunicación intelectual y estética eran el locutorio del convento y los estrados del palacio. Sor Juana combinó ambos modos, el religioso y el palaciego.
 Otro rasgo distintivo del período: la cultura novohispana fue ante todo una cultura verbal: el púlpito, la cátedra y la tertulia. Se publicaban poquísimos libros. Las obras de sor Juana, por ejemplo, se editaron en España. La animación intelectual, la pasión y el ingenio con que se discutía sutilmente sobre puntos de erudición y filosofía, no debe ocultarnos el carácter esencialmente dogmático de la cultura. La crítica teológica y literaria, por más viva y docta que fuese, no era realmente crítica, en el sentido moderno de la palabra: examen de los principios y los fundamentos. La Universidad y la Iglesia eran las depositarias del saber codificado de la época, el saber lícito y no contaminado por la herejía. Guardiana de la ortodoxia, la Universidad no tenía por función examinar y discutir los principios que fundaban la sociedad sino defenderlos. En ciertos aspectos la ortodoxia era más cerrada en Nueva España que en la metrópoli, como se ve en el caso de la prohibición de imprimir novelas y libros de ficción. También el teatro, en ocasiones, fue víctima del celo de arzobispos y prelados intolerantes. Sin embargo de todo esto, Nueva España no fue enteramente reacia a las tendencias nuevas. Irving A. Leonard ha demostrado que se leían muchos libros prohibidos por la Inquisición (1). Sigüenza y Góngora revela en sus escritos ciertos conocimientos de Gassendi, Kepler, Copérnico, Descartes. Hacia esa época, además, fue muy profunda la influencia del célebre jesuita alemán Atanasio Kicher.
 Las literaturas, como los árboles y las plantas, nacen en una tierra y en ella medran y mueren. Pero las literaturas, también a semejanza de las plantas, a veces viajan y arraigan en suelos distintos. La literatura castellana viajó en el siglo XVI; trasplantada a tierras americanas, su arraigo fue lento y difícil. El proceso de adaptación de la literatura castellana en México y en Perú fue diferente al del resto de América. No me refiero únicamente a la celeridad con que los virreinatos de Nueva España y Perú se convirtieron en sociedades ricas y complejas con centros urbanos de primera magnitud como México y Lima, sino a la existencia previa, en ambos países, de altas civilizaciones.»

 (1) Baroque Times in Old Mexico, The University of Michigan Press, 1959.

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1982, pp. 68-70. ISBN: 84-322-0402-1.]. 

domingo, 12 de mayo de 2024

El caballo amarillo. Diario de un terrorista ruso.- Boris Sávinkov (1879-1925)


Borís Sávinkov - Wikipedia, la enciclopedia libre
17 de marzo


 «No sé por qué me he involucrado en actos terroristas, pero sé cuál es la razón que impulsa a muchos otros. Heinrich está convencido de que para conseguir la victoria del socialismo es necesario que se desencadene una campaña de terror. Mataron a la mujer de Fiodor. Erna dice que se siente avergonzada de continuar viva. Vania… Pero dejemos que Vania hable por sí mismo.
 Anoche me llevó por todo Moscú. Quedamos en Sujarevka, en una taberna destartalada. Apareció ataviado con botas altas y un poddiovka*. Ahora lleva la barba cuidadosamente recortada.
 —¿Alguna vez piensas en Cristo? —me pregunta.
 —¿En quién?
 —En Cristo. Dios hecho hombre, Cristo… ¿Alguna vez piensas en la forma que debe adoptar nuestra fe, nuestra vida? Cuando estoy en casa leo los evangelios a menudo, ¿lo sabías? He llegado a la conclusión de que sólo hay dos caminos posibles. En el primero se permite todo, ¿entiendes? Todo. Es el camino de Smerdiakov**. Te sientes capaz de hacer cualquier cosa. Y en ese camino no existe Dios, y Cristo no es más que un hombre, y tampoco existen los sentimientos… Y el otro camino es el camino de Cristo. Es muy sencillo: si eres capaz de amar, si de veras amas con todo tu ser, entonces eres capaz hasta de matar. ¿Lo entiendes?
 Y yo contesté:
 —Uno siempre puede matar.
 —No, no siempre. Matar es un pecado terrible. Pero recuerda que no existe amor más sincero que el de entregar tu alma a tus camaradas. No me refiero a tu vida, sino a tu alma. ¿Lo comprendes? Tienes que ser capaz de aceptar el sufrimiento de la cruz, tienes que decidir hacerlo todo por amor, y como signo de amor. Pero debe ser así, como te digo. Si no cumples estos preceptos, vuelves a ser como Smerdiakov, o al menos a encontrarte en su camino. Así es como rijo yo mi vida. Y, ¿para qué? Es posible que viva cada día esperando la hora de mi muerte. Mi único ruego, Señor, es que se me conceda la muerte en el nombre del amor. En tu caso, en cambio, tus plegarias no incluyen el asesinato. Tú matas, pero luego no te pones a rezar… A pesar de todo, sé que en realidad poseo muy poco amor dentro mí, y que por ello la cruz que cargo es pesada. No te rías —añadió tras un minuto—. ¿Qué tiene esto de divertido? Me limito a explicarte las palabras del Señor, y tú lo único que piensas es que estoy delirando. ¿Me equivoco?
 Permanecí en silencio.
 —Recuerda lo que Juan escribió en el Apocalipsis: “Los hombres buscarán en aquellos días la muerte, y no la hallarán, y desearán morir, y la muerte huirá de ellos”. ¿Qué puede ser peor que la muerte escapándose de ti cuando la llamas y la buscas? Y la buscarás, todos lo haremos. ¿Cómo serías capaz de derramar sangre si no buscaras la muerte? ¿Cómo te resultaría posible vivir al margen de la ley? Porque derramamos sangre, e incumplimos las leyes. Tú no sigues ninguna ley, y la sangre para ti es como el agua. Pero, escúchame, llegará el día en que recordarás estas palabras. Intentarás encontrar el final del túnel, y no serás capaz de hallarlo. La muerte se escapará de ti. Creo en Cristo. Creo en Él. Pero no estoy con Él. No soy digno de estar con Él en la porquería y en la sangre. Pero Cristo, en su misericordia, estará conmigo.
 Lo miré fijamente. Y entonces dije:
 —Entonces no mates. Abandona el terrorismo.
 Vania empalideció:
 —¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo te atreves? Cuando me dispongo a matar mi alma se eleva, pero no puedo hacerlo si no poseo amor. Si la cruz es pesada, álzala aún más. Si el pecado es grande, comételo. Y el Señor sufrirá contigo, y te perdonará.
 “Y te perdonará”, repitió suspirando.
 —Vania, eso no son más que tonterías. No pienses en ello.
 Dejó de hablar.
 Cuando salí a la calle ya me había olvidado de todo lo que me había dicho.
[…]

3 de septiembre

IMPEDIMENTA » El caballo amarillo   Hoy sentenciarán a Vania. Estoy tumbado en un diván, entre almohadas cálidas, en un apartamento de fortuna. Es de noche. La ventana enmarca un firmamento nocturno. En el cielo hay un collar de estrellas. La Osa Mayor.
 Sé que Vania se habrá pasado todo el día echado sobre su litera de la prisión; de cuando en cuando se habrá levantado, se habrá acercado a la mesa y habrá escrito algo. Y ahora la Osa Mayor brilla para él como lo hace para mí. Y, como yo, no podrá dormir.
 Sé otra cosa: mañana mismo ejecutarán la sentencia. El verdugo llegará en su camisa roja, con su túnica y su látigo, atará las manos de Vania detrás de su espalda, y enrollará una cuerda alrededor de su cuerpo. Mientras camine, sus espuelas tintinearán; el vigilante ajustara perezosamente el seguro de su pistola. Las verjas se abrirán… Una neblina caliente colgará sobre el área cubierta de sol, y los pies de Vania trastabillarán sobre la hierba mojada. El este se tornará rosa. Y sobre el cielo rosa pálido, se recorta una estructura alargada y ennegrecida que se eleva. Esto es la horca. Esto es la ley.
Vania será conducido hacia el cadalso. En la penumbra de la mañana su silueta será grisácea, sus ojos y su pelo del mismo color. Hará frío, y Vania se enroscará sobre sí mismo, hundirá sus mejillas profundamente en su cuello echado hacia arriba. A continuación el verdugo se pondrá una máscara y anudará la soga. Una blanca mortaja y el verdugo de rojo en el fondo. De repente, el tambor funeral hará sonar su música monótona con fuerza. Y el cuerpo estará colgado; Vania estará colgado.
 Las almohadas me queman el rostro. Las sábanas se han caído al suelo. No es cómodo estar aquí echado. Veo a Vania, sus ojos alegres, su pelo rizado. Y me pregunto con furia: ¿Por qué las horcas? ¿Por qué la sangre? ¿Por qué la muerte?
 Y de repente recuerdo: «También nosotros debemos ofrecer nuestras vidas por los hermanos». Eso es lo que dijo Vania. Pero Vania no está ya entre nosotros.

5 de septiembre

 Me digo a mí mismo que Vania se ha ido. Son palabras simples, pero no las creo. No puedo creer que Vania ya haya muerto. Llamará a la puerta, entrará en silencio, y le oiré decir, como siempre: «El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor».
 Vania creía en Cristo, yo no. ¿Por qué somos tan diferentes? Yo digo mentiras, espío a la gente y asesino. Vania dijo mentiras, espió a la gente y asesinó. Los dos vivimos rodeados del engaño y la sangre. ¿En el nombre del amor?
 Cristo subió al Gólgota. No mató, le dio la vida a los hombres. No mintió, le dijo a la gente la verdad. No traicionó a los otros, él mismo fue traicionado. Y he aquí la alternativa: o bien el camino hacia Cristo… o como Vania dijo: Smerdiakov… De manera que yo soy Smerdiakov.
 Conozco esta única verdad: Vania ha sido bendecido con la muerte y su calvario es verdadero; esta bendición y esta verdad son cosas que no puedo entender, son incomprensibles. Yo moriré, como él, pero mi muerte será sombría, pues las aguas amargas saben a ajenjo.»

* Tipo de levita propia de los que trabajan en la calle. [N. del T.]
** Personaje de Los hermanos Karamazov de Dostoievski, hijo ilegítimo de Fiodor Karamazov, nihilista y asesino de su padre. [N. del T.]

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2009, en traducción de James Womack y Marian Womack, pp. 17-18 y 79-80 . ISBN: 978-84-937110-8-5.]