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domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]   

domingo, 29 de marzo de 2026

Diario de una maestra.- Dolores Medio (1911-1996)

 
6 de junio de 1936

 «Irene Gal cierra el libro, suspende la lectura unos momentos y sonríe con tristeza.
 -(Bien... ¿no me ocurre a mí algo de esto? Intenté pasar el río, sólo pasar el río y...)
 Sí. Está claro. El Barquero que le puso los remos en la mano no le permite soltarlos todavía.
 Irene llegó a la aldea sólo de paso para su destino. Sala de espera... ¡Eso pensaba ella! Antes estaba su vida de estudiante, sin preocupaciones. Casi sin problemas. Sólo el de tener que ganarse unas pesetas dando lecciones, para sostenerse como estudiante. ¡Ah, sí!... También estaba el amor, entrando en su vida de una manera brusca, casi violenta, apoderándose por sorpresa de ella. Este amor era ya su pasado y será su futuro. Lo de ahora, su vida en el pueblo, es un pequeño Intermezzo. Después, otra vez las aulas universitarias, la vida alegre y despreocupada de los estudiantes y la mano fuerte del hombre, conduciéndola por la vida.
 Bien, pero el paréntesis que ella abrió voluntariamente, no acaba de cerrarse. Alguien ha puesto en sus manos una tarea de la que no sabe cómo deshacerse. Máximo Sáenz tiene razón para protestar. La necesita a su lado. Y está el interés de Irene: sus estudios.
 Pero Irene Gal tiene también sus razones para solicitar un nuevo plazo. Una de ellas se llama Timoteo. ¿Puede abandonarle ahora, ahora precisamente, cuando empieza a recoger el fruto de su esfuerzo para ganárselo?
 Ha empezado a alimentar un idilio suave, un idilio casi infantil entre el muchacho y Ana, una de sus alumnas, que trata de imitar en todo a Irene. Ni Ana ni Timoteo se han percatado de los planes arriesgados de la maestra. Son en sus manos dos títeres que ella va moviendo con precisión casi matemática, cuidando minuciosamente cada jugada, para no malograr la empresa. Es una experiencia audaz, pero va a intentarla. Timoteo necesita una razón para seguir el camino que ella le ha trazado y esa razón va a ser Ana. Si Irene entrega a Ana a Timoteo, o dicho más exactamente, si Irene pone a Timoteo en las manos de Ana es porque la conoce, porque sabe que puede confiar en ella.
 ¿Otra razón? Su plan. Tanteos, fracasos, incertidumbres, desaliento... Y, por fin, las cosas empiezan a marchar solas. Cierto que hay grandes lagunas, que hay que rectificar constantemente sobre la marcha... Pero algo muy importante se ha conseguido: la colaboración, la autodisciplina, la aportación voluntaria, el entusiasmo de los muchachos... Entonces, ¿qué importa la cantidad de conocimientos no adquiridos todavía?
 No está de acuerdo el pueblo con Irene, con los métodos seguidos por Irene. Los dos bandos la han incluido en la lista negra y acumulan cargos: los chicos juegan en la escuela en vez de estudiar. Los más pequeños "la tratan de tú" y se duermen en sus brazos, sin el menor respeto... Los chicos y la maestra se bañan en el río o en cualquier playa próxima, con menos ropa de la conveniente... La maestra y los chicos hacen títeres en la escuela y lo grave es que ellos mismos, los que critican, acuden a su teatro, pagan su entrada y se divierten con las comedias...Y a propósito: ¿adónde va a parar ese dinero?... ("¿Y qué me dice usted de los recitales? -a la señora Campa se le saltan las lágrimas de vergüenza-, La luna vino a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira... Bueno, lo grave es lo otro... La luna, ¿sabe usted?, enseña lúbrica y pura sus... sus senos, de duro estaño..." Claro está que los versos del "gitano" no inquietan a La Loba. Pero esto de que los muchachos trabajen la tierra en vez de estudiar, de que la señorita de la ciudad les obligue a trabajar para que no olviden que son los parias, que han de ser siempre los parias...)
 Máximo Sáenz piensa que Irene Gal es terca cuando defiende algo que cree justo. Máximo Sáenz conoce bien a Irene. Irene Gal empieza a enamorarse de su trabajo, empieza a agarrar con fuerza sus remos...
 ¡Ah! Existe también una tercera razón por la que Irene Gal ha aplazado su ingreso en la Universidad. Esta razón -tiene que confesárselo- es su falta de preparación para el examen. No ha abierto el texto de Filosofía, no ha abierto ningún libro del Preparatorio, absorbida íntegramente por su trabajo.
 Será ahora durante el verano cuando estudie, dirigida por Max, al lado de Max. Así es fácil la tarea. Otro verano a su lado. Como el anterior. Su compañera. Su amiga... Toda la vida llena de Max. Max piensa... Max opina...
 Es curioso lo que le ocurre a Irene. Cuando está sola y tiene que actuar, cobra energía y resuelve rápidamente. Cuando está con Máximo Sáenz -¿una jugada del subconsciente?- se le entrega de tal modo que hasta le da pereza pensar. La invade como una especie de laxitud, de dejarse ir... No le hace sólo una entrega material, sino intelectual. Como si le dijera: "piensa tú por mí". Le agrada abandonar su personalidad, sentirse niña, vivir y actuar como una criatura que se sabe querida y protegida. Hasta eso: "piensa tú por mí. Yo, un objeto tuyo..." ¿Una descarga moral del peso quizás excesivo para su juventud inexperta que reclama, en cada "evasión", sus derechos a ser aún conducida?
 Recordando a Máximo Sáenz, Irene Gal sonríe. A los muchachos no les extraña la sonrisa de Irene. Irene se ríe sola cuando recuerda algo que le agrada. Lo mismo que ellos.
 Pregunta, cuando vuelve a la realidad:
 -¿Dónde estábamos, muchachos?
 Y alguien dice:
 -Con los remos...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984, pp. 83-85. ISBN: 84-7530-661-6.]

domingo, 30 de noviembre de 2025

Antología lírica.- Salvador Espriu (1913-1985)

 Autopresentación

 «No me gusta mucho hablar de mí ni de mis obras, sobre todo de mis poemas. Por otra parte, no sé qué es la Poesía, a no ser un poco de ayuda para vivir rectamente y, tal vez, para bien morir.
 Casi en la raya de los cuarenta años, no puedo llenar ninguna ficha biográfica que tenga el menor interés. Fui amigo de Bartomeu Rosselló, siento una fiel admiración por Ruyra y me place conversar de vez en cuando con uno o dos conocidos. Fui a la Universidad, trabajo para mantenerme y aspiro, sin esperanza, al ocio. Todavía no he tenido tiempo de casarme ni el optimista coraje o la abnegada desesperación para hacerlo. Creo que con la lectura del Predicador, las Cartas a Lucilio, la Divina Comedia, el Príncipe, el Discurso del Método, el Quijote, el Discreto y alguna novela policíaca, se tiene bastante para pasar, sin gritos existencialistas ni otras inadecuadas expresiones, esta triste vida. Detesto los premios literarios, la avaricia y la suciedad, las felicitaciones de Navidad y de onomástica (las cuales agradezco, desde aquí, de una vez para siempre, a la vez que pido a mis amigos que hagan el favor de no recordarme nunca más en esos días), los homenajes, el viento, el desorden y el ruido, salir de noche, comer fuera de casa, eso que llaman "vida de relación", los conciertos, las confidencias, aconsejar, las obscenas expansiones de la vanidad. Mientras me dejen tranquilo, estoy dispuesto en todo momento a creer, de muy buena fe, que tú e incluso usted, no importa quién, son los mejores escritores del mundo. Sedentario, me gustaría viajar de tarde en tarde, con una comodidad incompatible con la modestia de mi pecunio, por lo que determino no moverme casi nunca. Quisiera vivir en el campo, con cuatro árboles y un pedazo de jardín, o por lo menos en una ciudad más limpia que Barcelona, donde la gente no se rebañara tan generosamente el pecho y otras peores y más repugnantes interioridades. Quisiera también ver los cuadros de Vermeer de Delft, poner unas cuantas figurillas de nacimiento de Ramón Amadeu y no tener que escribir ni una línea más.
 Pienso finalmente que la Humanidad está abocada a un próximo y definitivo cataclismo, pero visto que el pequeño acontecimiento es tan indefectible como estúpido, pediría, si me atreviese, que los papeles no nos lo recordasen a cada momento con tantos aspavientos.
                                                                                                                        Barcelona, 14-II-1952.     


Una cerrada felicidad es justamente de mi mundo [de El caminante y el muro]

Tras esta puerta vivo, / mas no sé
si puedo llamarlo vida.

Cuando al anochecer vuelvo / de mi diario odio contra el pan
(¿no sabes que tengo la inmensa / suerte de venderme
a pedazos por una pulcra moneda / que llega a valer ya
muchos menos que nada?), / dejo fuera un viejo abrigo, la esperanza,
y me hundo por el camino de los ojos, / por el vacío espanto donde siento,
más allá, a mi Dios, / siempre más allá, más allá de falsos
profetas y de extrañas culpas / y del viejo necio enfermado por versos
disciplinados como éstos de ahora, con manchas / de oscuras marcas que el aliento de los críticos
un día aclarará para mi vergüenza.

Sí, puedes encontrarme, si eres capaz, / tras la nada glacial de esta
puerta, aquí, donde vivo y siento / la añoranza y el grito de Dios y soy,
con los pájaros nocturnos de mi soledad, / un hombre sin sueños en mi soledad.


XXX [de La piel de toro]

Diversos son los hombres y diversas las hablas / y han convenido muchos nombres a un solo amor.

La vieja y frágil plata se convierte en tarde / detenida en la claridad sobre los campos.
La tierra, con trampas de mil finos oídos, / ha cautivado a los pájaros de las canciones del aire.

Sí, comprende y haz tuya, también, / desde los olivos,
la alta y sencilla verdad de la prisionera voz del viento: / "Diversas son las   
                                                                      hablas y diversos los hombres,
y convendrán muchos nombres a un solo amor".


XLIX [de La piel de toro]

Deja que la grasa de los eunucos se agite con estériles risas
y detenlas cuando te cansen, con el puño cerrado.
Pues tú eres hombre, vieja medida de todas las cosas,
y buscarás en vano una más alta dignidad
en el mundo que miran y comprenden los ojos.
¿Qué puede desesperarte, qué mal no soportarás,
si aceptas el tiempo y la muerte y el honor de servir
los nobles mandamientos de la eterna ley?
Desdeñoso de halagos, de premios y ganancias,
trabaja con esfuerzo para que Sepharad sea 
siempre altivo señor, nunca esclavo que tiembla.
Y cuando llegues ante la puerta de tu noche,
al terminar el camino sin posible retorno,
sepas decir tan sólo: "Gracias por haber vivido"»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1978, en edición de José Batlló, pp. 57-58, 197, 253-254 y 259. ISBN: 84-376-0090-1.]

domingo, 16 de noviembre de 2025

El sentido común y otros escritos.- Thomas Paine (1737-1809)

Justicia agraria (1797)
Argumento para mejorar la condición de los pobres

  «Preservar los beneficios de lo que se considera vida civilizada y remediar, al mismo tiempo, los males que ella ha originado, debería ser considerado uno de los principales objetivos de una legislación moderna.
 Si aquel estado, al que con orgullo o tal vez erróneamente, se le llama civilización, ha promovido más o ha perjudicado más la felicidad general del hombre, es una cuestión que puede ser fuertemente debatida. Por un lado, el espectador se queda maravillado ante la espléndida apariencia; por otro, queda impresionado por la extremada miseria, ambas creadas por él. Lo más rico y lo más miserable de la raza humana se pueden encontrar en los países que se llaman civilizados.
 Para entender lo que el estado de sociedad ha de ser, es necesario tener alguna idea del estado natural y primitivo del hombre; como es hoy en día entre los indios de América del Norte. No hay, en ese estado, ninguno de aquellos espectáculos de miseria humana que la pobreza y la necesidad presentan a nuestros ojos en todas las ciudades y calles de Europa. La pobreza, por consiguiente, es algo creado por lo que se llama vida civilizada. No existe en el estado natural. Por otra parte, el estado natural carece de las comodidades que afluyen de la agricultura, artes, ciencia e industria.
 La vida de un indio es una continua vacación, comparada con la del pobre de Europa. La civilización, por consiguiente, o lo que así se llama, ha operado de dos maneras para hacer a una parte de la sociedad más rica y a la otra parte más miserable de lo que habría sido el futuro de las dos en el estado natural.
 Es siempre posible pasar del estado natural al civilizado; sin embargo, nunca es posible ir del civilizado al natural. La razón es que el hombre en el estado natural, que caza para subsistir, requiere una cantidad diez veces mayor de tierra para batir a fin de procurarse el sustento, que la que necesitaría en un estado civilizado, donde se cultiva la tierra. En consecuencia, cuando un país comienza a poblarse con los recursos adicionales del cultivo, las artes y las ciencias, hay una necesidad de preservar las cosas en ese estado, sin el cual no puede haber sustento para tal vez más de una décima parte de sus habitantes. Lo que, por consiguiente, ahora se debería hacer es remediar los males y preservar los beneficios que han surgido en la sociedad al pasar del estado natural a lo que se llama estado civilizado.
 Considerando, pues, el asunto sobre esta base, el primer principio de la civilización debería haber sido y aún debería ser que la condición de toda persona nacida en el mundo, después de que el estado de civilización comience, no debe ser peor que si hubiera nacido antes de ese período. Pero el hecho es que la condición de millones de personas en Europa es mucho peor que si hubieran nacido antes de que la civilización empezara o entre los indios de América del Norte de hoy en día. Demostraré cómo ha ocurrido este hecho.
 Es una proposición, que no se ha de discutir, que la tierra, en estado natural sin cultivar, fue y debió haber continuado siendo LA PROPIEDAD COMÚN DE LA RAZA HUMANA. En ese estado cada hombre habría nacido con propiedad y habría sido copropietario vitalicio con los demás de la propiedad del suelo con todos sus productos naturales, vegetales y animales.
 Sin embargo, la tierra en su estado natural, como antes se dijo, es sólo capaz de sustentar a un pequeño número de sus habitantes en comparación con lo que es capaz de hacer en su estado de cultivo. Y como es imposible separar las mejoras introducidas por el cultivo de la tierra misma en que éstas se hacen, la idea de la propiedad de la tierra surgió de esta inseparable conexión; a pesar de todo es cierto que únicamente el valor de las mejoras del cultivo, y no la tierra misma, es de propiedad individual. Todo propietario de tierra cultivada, por tanto, debe a la comunidad una renta del suelo, no sé de otro término mejor para expresar la idea del terreno que él posee; y es de esta renta del suelo de la que ha de surgir el fondo propuesto en este plan.
 Se puede deducir, tanto de la naturaleza de las cosas como de todas las historias que nos han transmitido, que la idea de la propiedad de la tierra comenzó con el cultivo, y que jamás hubo una cosa así antes de ese tiempo. No pudo existir en el primitivo estado del hombre, el de la caza; tampoco existió en el segundo, el del pastoreo; ni Abraham, Isaac, Jacob o Job, en la medida en que la historia de la Biblia se pueda acreditar en las cosas probables, fueron poseedores de tierra. Su propiedad consistió, como siempre se ha dicho, en unas cuantas ovejas y alguna que otra piara de cerdos, y viajaban con ellos de un lugar a otro. Las frecuentes disputas de aquel tiempo sobre el uso de pozos en los países secos de Arabia, donde vivió aquella gente, demuestra por su parte que la tierra no se tenía en propiedad. No fue admitido que la tierra pudiera ser localizada como propiedad.
 Originariamente nunca hubo algo parecido a la propiedad de la tierra. El hombre no creó la tierra y, aunque tuviera el derecho natural a ocuparla, no tendría derecho alguno a ubicar su propiedad a perpetuidad en parte alguna; ni al Creador de la tierra se le antojó abrir una oficina de venta de tierras, desde la que se expidieran las primeras escrituras. ¿De dónde, pues, surgió la idea de la propiedad de la tierra? Respondo, como antes, que cuando comenzó el cultivo; la idea de posesión de la tierra comenzó con él; de la imposibilidad de separar las mejoras introducidas por el cultivo de la tierra misma sobre la cual se habían efectuado tales mejoras. El valor de las mejoras excedió de tal manera al de la tierra natural, que en aquel tiempo lo absorbió; hasta que, al final, el derecho común de todos llegó a confundirse con el derecho al cultivo del individuo. No obstante, son dos clases distintas de derechos, y así seguirán mientras el mundo perdure.
 Es únicamente al reconducir las cosas a sus orígenes cuando podemos captar las ideas justas sobre ellas; y es precisamente el adquirir esas ideas lo  que nos posibilita descubrir los límites de lo justo y de lo injusto, y lo que enseña a cada hombre a conocer su derecho. He titulado este tratado Justicia agraria para distinguirlo de Ley agraria. Nada podría haber más injusto en un país adelantado por el cultivo que una Ley agraria; pues, si bien todo hombre, en cuanto habitante de la Tierra, tiene derecho a poseer lo que le corresponde en su estado natural, no se sigue de ello que tenga que convertirse en propietario de la tierra cultivada. El valor adicional introducido por el cultivo, una vez aceptado el sistema, se convirtió en la propiedad de aquéllos que la cultivaron, o de los que la heredaron de otros, o de los que la compraron. Tuvo originariamente un propietario. Mientras, por consiguiente, defiendo el derecho y me hago cargo de quienes fueron despojados de su herencia natural con la introducción de la propiedad de la tierra, defiendo igualmente el derecho del que posee la parte que es suya.
 El cultivo es, cuando menos, uno de los más grandes adelantos naturales realizados por la invención humana. Ha permitido producir una tierra con un valor diez veces mayor. Sin embargo, el monopolio de la tierra, que con él empezó, ha originado los mayores males. Ha desposeído a más de la mitad de los habitantes de todas las naciones de su herencia natural, sin proporcionarles, como debería haberse hecho, una indemnización por tal pérdida; como consecuencia ha creado una clase de pobreza y miseria que antes no existía.
 Al defender el caso de las personas que han sido desposeídas, estoy exigiendo un derecho, no caridad. Pero es una clase de derecho que, habiendo sido descuidado desde el principio, no habrá de satisfacerse hasta que el cielo haya abierto el camino con una revolución en el sistema de gobierno. Honremos, pues, a las revoluciones por su justicia, y pongamos en práctica sus principios con alabanza.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 2014, en estudio preliminar, selección y traducción de Ramón Soriano y Enrique Bocardo, pp. 101-105. ISBN: 978-84-309-6364-5.]
 
 

domingo, 6 de julio de 2025

Escritos escogidos.- Justus Möser (1720-1794)

 

I.-Selección de textos de las "Fantasías patrióticas"
34.-Ningún ascenso por méritos

  «Siento mucho, querido amigo, que se le reconozcan tan poco sus méritos; su reivindicación de que en un Estado se deberían reconocer única y exclusivamente los méritos auténticos es la cosa más insólita, con su permiso, que haya podido imaginar en una hora ociosa. Yo, por lo menos, premiado o no premiado, jamás permanecería en un Estado en el que se tuviese por norma dedicarle todo el honor exclusivamente al mérito. Premiado, no me hubiese atrevido a presentarme ante un amigo por temor a humillarlo demasiado; no premiado, hubiera vivido como  en una especie de ofensa pública, porque cualquiera hubiera podido decir de mí: "Este hombre no tiene méritos". Créame usted: mientras seamos hombres, es mejor que también la suerte y el favor distribuyan de cuando en cuando los premios a que la sabiduría humana los conceda a cada uno en virtud de sus méritos; es mejor que la cuna y la edad determinen como valores auténticos la jerarquía del mundo. Sí, me atrevo a decir que incluso no podría existir servicio alguno, si todo ascenso se basara exclusivamente en los méritos. Pues todos aquellos que tuviesen la misma esperanza que el ascendido -y ése, naturalmente, sería el caso de todos los que de alguna forma tuviesen una buena opinión de sí mismos- se ofenderían y se considerarían ultrajados. Su modo de pensar se volvería contra él, contra el servicio y contra el señor, se separarían con odio y enemistad, y en poco tiempo veríamos entre todos los soldados y empleados del Estado los altercados que normalmente se ven sólo en la Corte o en la Universidad, que es donde la fama de los méritos personales se tiene más en cuenta y que, por tanto, produce todas las faltas anteriormente mencionadas. Por el contrario, considere usted el caso en el que uno es ascendido por su elevada cuna; aquél, por los  muchos años de servicio y de cuando en cuando también por una feliz coincidencia, de manera que cada cual es muy libre de acariciar la idea de que el mundo no funciona por méritos; nadie podrá considerarse enseguida ultrajado; la propia estimación se tranquiliza, y se piensa: "La suerte y el tiempo también nos traerán nuestro turno". Con estos pensamientos disipamos nuestra preocupación, concebimos nuevas esperanzas, seguimos trabajando, soportamos a los felices y no se entorpece el servicio; en vez de que el alférez intente disimuladamente perjudicar al teniente y éste al capitán si el superior es antepuesto al inferior sólo por poseer más méritos. La mayor discordia tiene lugar por lo común entre los generales porque los cometidos principales exigen a veces mayores méritos. La desavenencia sería general si los oficiales ascendieran conforme a los principios por los que los generales son elegidos para los diferentes cometidos.
 ¡Cuántas injusticias se cometerían en un Estado bajo la apariencia de fomentar los méritos! El principio no es siempre un juez prudente; tampoco puede dominar todo desde su puesto. A éste le influirá un valido; a aquél una querida, y seguramente el zoquete más audaz eliminaría al artista más sencillo; el adulador obsequioso, al pacífico hombre honrado; el inquieto planeador, al funcionario de Hacienda experimentado, y el resplandor, siempre a la verdad. El príncipe, que muy probablemente no sería un gran hombre comprensivo y honrado al mismo tiempo, se encontraría en el mayor de los apuros o se convertiría, bajo el pretexto de premiar el mérito, en un déspota oriental que primero, según un principio parecido, nombraría a un esclavo primer ministro, mezclando todas las clases de hombres y convirtiéndose en un monstruo. El que quisiera vivir tranquilo en el mundo, disfrutar de la dulzura de la amistad, conservar la aprobación de los honrados y fomentar grandes proyectos, negaría sus méritos y tendría que tener sumo cuidado en evitar una recompensa material por los mismos.
 Si los hombres no hubiésemos sido creados así, si cada uno no tuviera la mejor opinión de sí mismo, sin duda sería diferente. Mientras conservemos nuestra forma de ser actual y nuestras pasiones, mientras de algún modo sea necesario que todos tengamos una buena opinión de nosotros mismos, me parece que el ascenso según los méritos es precisamente un medio para enmarañarlo todo. Ya ahora existe entre los militares una especie de ley por la que el oficial más antiguo tiene que retirarse si se le coloca delante uno más joven. ¿Qué sucedería entonces si el ascenso fuese según méritos, si de pronto el general ayudante, que ahora está destinado como consejero de un general de edad, fuese antepuesto a éste y a todos los demás? ¿No se ofendería a todos ellos públicamente colocándolos en la tesitura de tener que servir más tiempo, si es el mérito el que decide todo?
 Es verdad que un gran rey de nuestra época ha inventado un medio para calmar los ánimos en estos casos. Con frecuencia pasa por alto la jerarquía con respecto a los años de servicio, prefiere a uno más apto que al de mayor edad y asciende después de algún tiempo a uno de los ignorados de forma tan lisonjera, que todo postergado siempre estará en duda de si el rey lo reservó para un ascenso mejor o lo relegó por falta de méritos. Un procedimiento así tendrá que ser considerado como algo extraordinario; el empleo de esas medidas sólo conviene al señor, a quien su entendimiento y experiencia capacitan para su uso. En cualquier otra mano sería lo más peligroso para la tranquilidad de los hombres y el camino más claro para la esclavitud más extrema.
 Usted me objetará que en los casos de grandes méritos también se encuentra siempre humildad y moderación, y con ayuda de estas virtudes, el que es feliz se reconciliaría fácilmente con el que es infeliz y se ahogarían las sensaciones de odio y envidia que se podrían producir en el corazón de todo relegado en detrimento del servicio. Tan pronto como se reconozcan y recompensen los méritos públicamente se le estimarán a uno la humildad y la moderación sólo para la política, y en este sentido no se podrá esperar ningún cambio. Sí, quiero decir que muchas veces la humildad sólo aumenta el enfado del no recompensado, porque él no pocas veces desea encontrar una falta en el que es feliz para, por su propia tranquilidad, poderlo odiar de una forma tanto más legal; así somos los hombres. Además, el Estado no equilibra los méritos como el profesor de moral. Aquél prefiere, con razón, a grandes talentos, aun cuando éstos vayan acompañados de orgullo e inmodestia, que a una humildad menos hábil.
 Ese Estado también sería muy desgraciado si no poseyera muchos, muchísimos más hombres con méritos de los que él pudiese recompensar; con este supuesto siempre sería desagradable para muchísimos hombres el tenerse que imaginar que el recompensado también sería el más excelente entre todos, que cada banda de una condecoración indicaría al mejor caballero. Ahora bien, pueden pensar para su tranquilidad que la suerte y no el mérito ha elevado a ése, o repetir con el poeta: "Aquí cubre una gran estrella un corazón pequeño". Si todo funciona según méritos, desaparecería completamente el consuelo necesario, y el zapatero que con gran contento martillea en sus hormas, mientras pueda pensar que podría remedar algo superior a las zapatillas de la señora del alcalde, de ningún modo podría ser feliz si en el mundo se considerasen unos méritos.
 Por tanto, querido amigo, ¡deje que desaparezcan esos pensamientos exaltados sobre la felicidad de un Estado en el que todo habría de regirse según los méritos! Donde gobiernan hombres y sirven hombres, la cuna, la edad o los años de servicio son todavía la regla más segura y la menos ofensiva para los ascensos. Al genio creador o a la capacidad verdadera no le va a perjudicar esta regla; pero una excepción de este tipo es muy rara, y sólo ofenderá a los malos corazones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición preparada por Mª Luisa Esteve Montenegro, pp. 136-139. ISBN: 84-276-0647-8.]

domingo, 10 de noviembre de 2024

Temor y temblor.- Sören Kierkegaard (1813-1855)

 

Proemio

 «Érase cierta vez un hombre (1) que en su infancia había oído contar la hermosa historia (2) de cómo Dios quiso probar a Abraham, y cómo éste soportó la prueba, conservó la fe y, contra toda esperanza, recuperó de nuevo a su hijo. Siendo ya un hombre maduro volvió a leer aquella historia y le admiró todavía más, porque la vida había separado lo que se había presentado unido a la piadosa ingenuidad del niño. Y sucedió que cuanto más viejo se iba haciendo, tanto más frecuentemente volvía su pensamiento a este relato: su entusiasmo crecía más y más, aunque, a decir verdad, cada vez lo entendía menos. Hasta que al fin, absorbido por él, acabó olvidando todo lo demás y su alma no alimentó más que un solo deseo: ver a Abraham; sólo tuvo un pesar: no haber podido ser testigo presencial de aquel acontecimiento. No es que anhelase contemplar las hermosas comarcas de oriente, ni las bellezas mundanas de la tierra prometida, ni a aquel matrimonio temeroso de Dios, cuya vejez bendijo el Señor, ni la venerable figura del patriarca, tan entrado ya en años, ni la florida juventud de ese Isaac donado por Dios; para él habría sido lo mismo si la historia hubiese acaecido en el más estéril de los eriales. Lo que de veras deseaba era haber podido participar en aquel viaje de tres días, cuando Abraham, caballero sobre su asno, llevaba su tristeza por delante y su hijo junto a él. Hubiera querido presenciar el instante en que Abraham, al levantar la mirada, vio, allá en el horizonte, el monte Moriah; y hubiera querido presenciar también el instante en que, después de apearse de los asnos, a solas ya con el hijo, inició la ascensión de la montaña: su pensamiento no estaba atento a artísticos bordados de la fantasía sino a los estremecimientos de la idea.
 Este hombre no era un pensador, no experimentaba deseo alguno de ir más allá de la fe y le parecía que lo más maravilloso que le podría suceder era ser recordado por las generaciones futuras como padre de esa fe: consideraba el hecho de poseerla como algo digno de envidia, aun en el caso de que los demás no llegasen a saberlo.
 Este hombre no era un docto exégeta. Tampoco conocía la lengua hebrea; de haberlo sabido es posible que le hubiese resultado fácil comprender la historia de Abraham.
[...]

 (1) Probablemente el padre de Kierkegaard.
 (2) Gén. cap. 22

Consideraciones preliminares

 Dice un antiguo proverbio, procedente del mundo externo y visible: "Quien no quiera trabajar, no coma" (1). Pero resulta tan evidente como curioso que dicho proverbio se adecúa muy poco al ambiente que lo inspiró: el mundo exterior está sujeto a la ley de la imperfección y por ello podemos ver una y otra vez darse la circunstancia de que también come quien no trabaja, recibiendo además el dormilón más abundante y sustanciosa comida que el trabajador. En este mundo de las apariencias visibles las cosas pertenecen a quienes las poseen, y están sometidas constantemente a la ley de la indiferencia; basta poseer el anillo para que el genio que en él mora obedezca a su propietario, tanto si es Nuredin como si es Aladino (2); quien posee las riquezas de este mundo es dueño de ellas, sin que importe la forma en que las consiguió. Pero en el mundo del espíritu no ocurren las cosas del mismo modo. Impera en él un orden eterno y divino; no llueve allí del mismo modo sobre justos e injustos (3), ni brilla allí el mismo sol sobre buenos y malos. En el mundo del espíritu es válido el proverbio de que sólo quien trabaja come; sólo quien conoció angustias reposa; sólo quien desciende a los infiernos salva a la persona amada y sólo quien empuña el cuchillo conserva a Isaac. A quien se niega a trabajar se le niega a su vez la comida, y se le engaña del mismo modo que los dioses engañaron a Orfeo con una silueta etérea en lugar de su amada (4); le engañaron porque era blando y nada valeroso, le engañaron porque era un tañedor de cítara, pero no un hombre. De nada sirve allí el tener a Abraham por padre (5) ni diecisiete cuarteles de nobleza; allí se le aplica a quien se niega a trabajar aquello que está escrito de las vírgenes de Israel (6): "Parirá viento, pero quien trabaja parirá a su propio padre".
  Existe una doctrina que temerariamente pretende introducir en el mundo del espíritu ese principio de indiferencia que aflige al mundo visible. Supone que basta con conocer lo que es grande y que no se requiere mayor esfuerzo. Pero al obrar así falta el alimento y llega la muerte por hambre mientras todo lo que está alrededor se transmuta en oro (7); ¿qué se puede llegar a conocer así?
 Sumaban unos cuantos miles los griegos contemporáneos de Milcíades que supieron de los triunfos de éste, e incontables han sido las personas de las generaciones posteriores que también los han conocido, pero sólo una persona entre tal muchedumbre perdía el sueño por su causa (8). Innumerables generaciones han sabido de memoria, palabra por palabra, la historia de Abraham, pero ¿cuántos perdieron el sueño por su causa?»

 (1) Cf. II Tes., 3-10.
 (2) En Aladino, de Oehlenschläger, el protagonista, símbolo de la luz, aparece en contraposición a Nuredin, que representa las tinieblas.
 (3) Mt., 5-45.
 (4) Se refiere a la interpretación humorística que da Platón del mito de Orfeo (Banquete, 179 D): los dioses le engañan porque en vez de tener el valor de morir antes para ir en busca de Eurídice, se las había ingeniado para entrar vivo en los infiernos.
 (5) Mt., 3-9.
 (6) Is., 26-18 
 (7) Alusión a la leyenda de Midas (Ovidio, Metamorfosis, XI, 85 y ss.)
 (8) Cf. Plutarco, Temístocles 3-3. 

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1981, en traducción de Vicente Simón Merchán, pp. 61-62 y 83-85. ISBN: 84-276-1257-7.] 

domingo, 27 de octubre de 2024

La Biblia.- Anónimo (900 a.C. - 100 d.C.)

 

Eclesiástico
5.- La falsa seguridad

  «1.-No te apoyes sobre las riquezas / y no digas: "Me basto a mí mismo".
 2.-No te apoyes en ti mismo y en tu fuerza / para vivir según los deseos de tu corazón.
 3.-No digas: "¿Quién me dominará?" / Porque sin duda te castigará el Señor.
 4.-No digas: "He pecado ¿y qué me ha sucedido?" / Porque el Señor es paciente.
 5.-Aun del pecado expiado no vivas sin temor / y no añadas pecados a pecados.
 6.-Y no digas. "Grande es su misericordia, / Él perdonará mis muchos pecados".
 7.-Porque en Él hay misericordia y cólera / y sobre los pecadores desahogará su furor.
 8.-No difieras convertirte al Señor / y no lo dejes de un día para otro.
 9.-Porque de repente se desfoga su ira / y en el día de la venganza, perecerás.
 10.-No te apoyes en las riquezas mal adquiridas, / porque nada te aprovecharán en el día de la ira.

Moderación de la lengua

 11.-No te dejes llevar de todo viento / y no camines por una senda cualquiera / que así es como obra el pecador de doble corazón.
 12.-Sé firme en tus juicios / y no tengas más que una palabra.
 13.-Sé pronto para oír / y lento para responder.
 14.-Si tienes que responder, responde; / si no, pon la mano a la boca.
 15.-En el hablar está la gloria o la deshonra / y la lengua del hombre es su ruina.
 16.-Que nadie te llame chismoso / y no tiendas lazos con tu lengua.
 17.-Porque sobre el ladrón vendrá la confusión / y la condenación sobre el de corazón doble.
 18.-No ofendas a nadie, ni en mucho ni en poco.

6 

 1.- Y no te hagas enemigo para con el amigo / porque mala fama trae como herencia vergüenza y oprobio; / tal es (lo que le espera) al pecador de lengua doble.

El orgullo

 2.-No te engrías en el consejo de tu alma / no sea que te destroce como un toro.
 3.-No devores las hojas para echar a perder tus frutos / pues te quedarás como leño seco.
 4.-El alma perversa se pierde a sí misma / y será el ludibrio de sus enemigos.
 5.-La palabra suave multiplica los amigos, / la lengua bien hablada es rica en afabilidad.

Los amigos
6.-Si tuvieres muchos amigos / uno entre mil sea tu consejero.
 7.-Si tienes un amigo, ponle a prueba / y no te confíes a él tan fácilmente.
 8.-Porque hay amigos de ocasión / que no son fieles en el día de la tribulación.
 9.-Hay amigo que se torna en enemigo / y que descubrirá tu querella ignominiosa.
 10.-Hay amigos que sólo son compañeros de mesa / y no te serán fieles en el día de la tribulación.
 11.-En tus días felices será otro tú / y hablará afablemente de los tuyos.
 12.-Pero si te viere humillado se volverá contra ti / y te ocultará su rostro.
 13.-Apártate de tus enemigos / y guárdate de tus amigos.
 14.-Un amigo fiel es poderoso protector; / el que le encuentra halla un tesoro.
 15.-Nada vale tanto como un amigo fiel; / su precio es incalculable.
 16.-Un amigo fiel es remedio saludable; / los que temen al Señor lo encontrarán.
 17.-El que teme al Señor es fiel a la amistad / y como fiel es él, así lo será su amigo.

Ventajas de la sabiduría 

 18.-Hijo mío, desde tu mocedad date a la doctrina / y hasta tu ancianidad hallarás sabiduría.
 19.-Allégate a ella como ara y siembra el labrador / y espera buenos frutos.
 20.-Porque el trabajo te fatigará un poco / pero pronto comerás de sus frutos.
 21.-Es muy duro para los indisciplinados / y el insensato no permanecerá en él.
 22.-Pesará sobre él como pesada piedra de prueba / y no tardará en arrojarla de sí.
 23.-Porque la sabiduría es conforme a su nombre / y no se manifiesta a muchos.
 24.-Escucha, hijo mío, y recibe mis avisos / y no rehúyas mis consejos.
 25.- Da tus pies a sus cepos / y tu cuello a su argolla.
 26.-Dale tu hombro / y no te molesten sus ataduras.
 27.-Allégate a ella con toda tu alma / y con todas tus fuerzas sigue sus caminos.
 28.-Sigue su rastro, busca y se te dará a conocer / y una vez apresada no la sueltes;
 29.-Porque al fin hallarás en ella tu descanso y tu gozo.
 30.- Y serán para ti sus cepos defensa poderosa, / y su argolla túnica de gloria.
 31.-Su yugo es ornamento de oro / y sus ataduras son cordón de jacinto.
 32.-Te la vestirás como túnica de gloria / y te la ceñirás como corona de exaltación.
 33.-Si quieres, hijo mío, adquirirás la doctrina / y si te entregas a ella, serás avisado.
 34.-Si con gusto la oyes, la tendrás; / si inclinas a ella tu oído, serás sabio.
 35.-Busca la compañía de los ancianos/ y si hallas algún sabio, allégate a él. / Toda conversación acerca de Dios, escúchala con gusto / y no rehúyas las sentencias de la sabiduría.
 36.-Si ves hombre discreto, apresúrate a unirte a él / y frecuenten tus pies la escalera de su puerta.
 37.-Medita en los preceptos del Señor / y ejercítate siempre en sus mandatos; / Él confirmará tu corazón / y te dará sabiduría a tu deseo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1977, en versión de Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, y revisión a cargo de una comisión de escrituristas presidida por Maximiliano García Cordero, pp. 888-890. ISBN: 84-220-0258-2.]

domingo, 1 de septiembre de 2024

La señora Dalloway.- Virginia Woolf (1882-1941)

 

 «Muy bien. Pero, ¿acaso había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la molestia de dar una fiesta sin razón alguna.
 Pero profundizando más, por debajo de lo que la gente decía (y estos juicios ¡cuán superficiales, cuán fragmentarios eran!), yendo ahora a su propia mente, ¿qué significaba para ella esa cosa que llamaba vida? Oh, era muy raro. Allí estaba Fulano de Tal en South Kensington; Zutano, en Bayswater; y otro, digamos, en Mayfair. Y Clarissa sentía muy continuamente la noción de su existencia, y sentía el deseo de reunirlos, y lo hacía. Era una ofrenda; era combinar, crear; pero ¿una ofrenda a quién?
 Quizá fuera una ofrenda por amor a la ofrenda. De todos modos, éste era su don. No tenía nada más que fuera importante; no sabía pensar, escribir, ni siquiera sabía tocar el piano. Confundía a los armenios con los turcos; amaba el éxito; odiaba la incomodidad; necesitaba gustar; decía océanos de tonterías; y si alguien le preguntaba qué era el Ecuador no sabía contestar.
 De todos modos, los días se sucedían uno tras otro; miércoles, jueves, viernes, sábado; una tenía que levantarse por la mañana, ver el cielo, pasear por el parque, encontrarse con Hugh Whitbread; y de repente llegó Peter: luego, aquellas rosas; con esto bastaba. Después de esto, ¡qué increíble resultaba la muerte! El que todo hubiera de terminar; y nada en el mundo entero llegaría a saber lo mucho que le gustaba todo; llegaría a saber cómo en cada instante...
 Se abrió la puerta. Elizabeth sabía que su madre estaba descansando. Entró muy silenciosamente. Se quedó absolutamente quieta. ¿No sería que algún mongol había naufragado ante la costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery), y se había mezclado con las señoras Dalloway, quizá cien años atrás? Sí, porque las Dalloway, por lo general, eran rubias, con ojos azules; y Elizabeth, por el contrario, era morena; tenía ojos chinos en la cara pálida, misterio oriental; era dulce, considerada, quieta. De niña, tenía un estupendo sentido del humor; pero ahora, a los diecisiete años, sin que Clarissa pudiera comprenderlo ni siquiera remotamente, se había transformado en una muchacha muy seria; como un jacinto de brillante verde, con capullos de leve color, un jacinto sin sol.
 Se estaba muy quieta y miraba a su madre; pero la puerta había quedado entornada y Clarissa sabía que, más allá de la puerta, estaba la señorita Kilman; la señorita Kilman con impermeable, escuchando lo que ellas hablaban.
 Sí, la señorita Kilman estaba en pie, fuera, e iba con impermeable, pero tenía sus razones. En primer lugar, era barato; en segundo lugar, la señorita Kilman tenía más de cuarenta años; y, al fin y al cabo, no se vestía para gustar. Además, era pobre, humillantemente pobre. De lo contrario, no hubiera aceptado empleos de gente como los Dalloway; empleos de gentes ricas a quienes gustaba ser amables. Y, dicho sea en justicia, el señor Dalloway había sido amable. Pero la señora Dalloway, no. Había sido, simplemente, condescendiente. Procedía de una familia perteneciente a la clase más indigna, la clase de los ricos con un barniz de cultura. Tenían cosas caras en todas partes: cuadros, alfombras, gran número de criados. La señorita Kilman pensaba que tenía pleno derecho a cuanto los Dalloway hacían en su beneficio. 
 Pero la señorita Kilman había sido estafada. Sí, la palabra no constituía una exageración, porque ¿acaso una chica no tiene derecho a una cierta clase de felicidad? Y la señorita Kilman nunca había sido feliz, por ser tan poco agraciada y tan pobre. Y luego, cuando se le presentó una buena oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, vino la guerra; y la señorita Kilman siempre había sido incapaz de mentir. La señorita Dolby consideró que la señorita Kilman sería más feliz viviendo con personas que compartieran sus opiniones acerca de los alemanes. Tuvo que irse. En realidad, su familia era de origen alemán; su apellido se escribía Kiehlman, en el siglo XVIII, pero su hermano murió en la guerra. A ella la echaron porque no podía aceptar la ficción de que todos los alemanes eran malvados. ¡Tenía amigos alemanes, y los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! A fin de cuentas, sabía enseñar historia. Tuvo que aceptar lo que le ofrecieran. El señor Dalloway la descubrió mientras ella trabajaba en casa de los Friend. Y le permitió (lo cual fue verdaderamente generoso por su parte) enseñar historia a su hija. También le daba clases de cultura general y demás. Entonces, en su vida apareció Nuestro Señor (aquí la señorita Kilman inclinaba siempre la cabeza). Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; se apiadaba de ellas.
 Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba desde lo más hondo de su corazón, mientras permanecía en pie sobre la muelle alfombra, contemplando un viejo grabado de una niña con manguito. Con tanto lujo, ¿qué esperanza cabía albergar de que las cosas, en general, mejorasen? En vez de yacer en el sofá -Elizabeth había dicho: "Mi madre está descansando"-, Clarissa Dalloway hubiera debido estar en una fábrica, detrás de un mostrador, ¡la señora Dalloway y todas las demás lindas señoras!»

  [El texto pertenece a la edición en español Editorial Lumen, 1984, en traducción de Andrés Bosch, pp. 139-141. ISBN: 84-264-1115-0.]

domingo, 28 de julio de 2024

Cuentos populares de Asia / 2.- Anónimo (...)

 

¿Es que todos no somos seres humanos? 
(cuento de Laos)

 «Érase una vez un Rey que emprendió un largo viaje en su barca real, seguido por otra barca donde iban los consejeros reales. Era un día muy caluroso pues el sol calentaba con ardor y los remeros tenían que remar río arriba durante muchas horas, mientras el Rey y los consejeros descansaban cómodamente tumbados bajo los toldos de las barcas.
 Los cuerpos de los remeros estaban cubiertos de sudor y uno de ellos empezó a gemir:
 -Realmente esto no está bien -dijo al remero que estaba a su lado-. ¿Es que todos no somos seres humanos? ¿Por qué nosotros tenemos que realizar todo el trabajo mientras que estos perezosos consejeros descansan a la sombra? Después de todo, somos hombres y todos estamos sujetos al Rey, así es que ellos también deberían remar.
 Aunque el rey tenía los ojos cerrados, oyó todo lo que decían los remeros. Pero fingió que seguía dormitando.
 Al final del día amarraron junto a un pequeño templo para dormir en las barcas. Después de que hubieron comido, los remeros se quedaron dormidos al instante; incluso algunos de ellos hasta roncaron. Pero el Rey, que permanecía aún despierto, oyó un ruido que procedía del templo. Despertó al remero que se había quejado y le envió para que viese de dónde procedía el ruido.
 Cuando volvió el remero, el Rey le preguntó:
 -¿De dónde procede el ruido?
 -Son algunos perrillos que están haciendo ese ruido -repuso el remero.
 -¿Cuántos perrillos son? -preguntó el Rey.
 El remero, como no lo sabía, volvió para comprobarlo. Cuando regresó dijo:
 -Son cinco perrillos.
 -¿Son los perrillos machos o hembras? -preguntó el Rey.
 Volvió a ver, y regresó, diciéndole al Rey:
 -Hay tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son? -preguntó el Rey.
 El remero volvió a verlo. Cuando estuvo de vuelta, dijo:
 -Son blancos, negros y marrones.
 Entonces el Rey despertó a uno de sus consejeros reales y le pidió que fuese a ver quién hacía aquel ruido.
 Pocos minutos después, el consejero estuvo de regreso y dijo:
 -Son algunos perrillos, que están haciendo ruido.
 -¿Cuántos perrillos? -preguntó el Rey.
 -Cinco -repuso el consejero.
 -¿Son machos o hembras? -preguntó el Rey.
 -Son tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son?
 -Los perrillos son blancos, negros y marrones y la madre es negra. Pertenecen a un sacerdote del templo.
 Entonces el Rey, volviéndose al remero, le dijo:
 -Tú has tenido que ir cuatro veces para dar respuesta a mis preguntas, pero mi consejero solamente ha tenido que ir una vez. Ahora comprenderás por qué algunos hombres son remeros y otros consejeros reales, aunque todos sean seres humanos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Doncel, 1982, en versión de Thit Boon Phoydouangdi, traducción al inglés de Sang Seunsom y traducción al español de Carmen Bravo-Villasante, pp. 161-165. ISBN: 84-325-0383-5.]   

domingo, 17 de marzo de 2024

Mujeres sin pareja.- George Gissing (1857-1903)


George Gissing - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo XIII: Líderes en desacuerdo


 «Ése era el día del mes en que la señorita Barfoot daba su conferencia de las cuatro. El tema se había anunciado una semana antes: “La mujer como invasora”. Una hora antes que de costumbre las chicas dejaron de trabajar y dispusieron rápidamente las sillas para el reducido público. Esta vez eran trece las asistentes al acto: las chicas de la oficina y unas cuantas que habían acudido especialmente para la ocasión. Todas eran conscientes de la tragedia que había afectado recientemente a la señorita Barfoot. A ello atribuyeron la tristeza reflejada en la expresión de su rostro, tan en contraste con aquella con la que siempre las había recibido.
 Como siempre empezó en el tono de conversación más sencillo. No hacía mucho había recibido una carta anónima, escrita por algún oficinista en paro, en la que se la insultaba por promover la incorporación de las mujeres al secretariado. El mal gusto de la carta era comparable a su gramática, pero tenían que oírla.
 La leyó de principio a fin. Ahora bien, independientemente de quién fuera el autor, estaba claro que no se trataba de una persona con la que se pudiera discutir. No habría valido la pena contestarle, incluso si hubiera dado la oportunidad de hacerlo. Por todo ello, su poco civilizado ataque tenía un significado, y había un montón de gente dispuesta a apoyar sus argumentos en términos más respetables. “Os dirán que al entrar en el mundo comercial no sólo traicionáis a vuestro sexo, sino que causáis un perjuicio terrible al incontable número de hombres que luchan duramente para ganarse el pan. Reducís los salarios, presionáis un campo ya sobresaturado, perjudicáis a los miembros de vuestro sexo impidiendo que los hombres se casen, esos hombres que si ganaran lo suficiente podrían mantener a sus esposas.” Ese día, siguió la señorita Barfoot, no pretendía debatir los aspectos económicos de la cuestión. Iba a tratarla desde otro punto de vista, quizá repitiendo mucho de lo que ya les había dicho en otras ocasiones, porque ahora estos pensamientos rondaban por su cabeza de forma persistente.
 Sin duda, este injurioso sujeto, que declaraba ser suplantado por una joven que hacía su trabajo por un salario menor, tenía motivo de queja. Pero, en el miserable desorden del estado de nuestra sociedad, un agravio debía ser contrastado con otro, y la señorita Barfoot sostuvo que había mucho más que decir en favor de las mujeres que invadían lo que había sido el ámbito exclusivo de los hombres que de los hombres que empezaban a quejarse de esta invasión.
 —Mencionan media docena de oficios que al parecer son estrictamente exclusivos de las mujeres. ¿Por qué no nos dedicamos a ellos? ¿Por qué no animo a las jóvenes a que trabajen como institutrices, enfermeras y trabajos así? Pensáis que debería responder que ya hay demasiadas candidatas para esos puestos. Sería cierto, pero prefiero no utilizar ese argumento, que a buen seguro nos haría polemizar con el oficinista en paro. No, para resumir, no estoy ansiosa de que ganéis dinero, sino de que las mujeres en general se conviertan en seres humanos razonables y responsables.
 Prestad atención. Una institutriz, una enfermera, puede ser la más admirable de las mujeres. No animaré nunca a nadie a que abandone la carrera que sin duda le satisface. Pero ése es el caso de unas pocas entre el inmenso número de chicas que deben, si no son personas despreciables, encontrar de algún modo un trabajo serio. Como yo misma he seguido estudios de secretariado, y estoy capacitada para dicho empleo, busco a chicas con esa mentalidad, y hago lo que puedo para prepararlas para que trabajen en oficinas. Y (aquí tengo que volver a ser enfática) me siento feliz de haber hecho esta elección. Me siento feliz de poder enseñar a chicas a forjarse una carrera que mis oponentes consideran impropia de las mujeres.
 Ahora bien, "femenino" y "feminoide" son dos palabras muy distintas. Pero la segunda, tal y como la utiliza el mundo, ha pasado a ser prácticamente sinónimo de la primera. Un empleo femenino hace referencia a un empleo que los hombres desprecian. Y ahí está la base de la cuestión. Repito que no me obsesiona que consigáis ganaros el pan. Soy una persona revolucionaria, agresiva y luchadora. Quiero terminar con esa repetida confusión entre las palabras “femenino” y “feminoide”, y tengo muy claro que eso sólo puede conseguirse mediante un movimiento armado, una invasión por parte de las mujeres a las esferas en las que los hombres siempre les han prohibido entrar. Soy radicalmente contraria a esa visión de nosotras impulsada en el elegante lenguaje del señor Ruskin, puesto que habla por boca de esos hombres que piensan y hablan de nosotras desde el polo opuesto a la elegancia. Si viviéramos en el mundo ideal, creo que las mujeres no deberían pasarse todo el día encerradas en una oficina. Pero el hecho es que vivimos en un mundo lo más alejado posible del ideal. Vivimos en tiempos de guerra, de revueltas. Si la mujer no es ya femenina sino un ser humano con poderes y responsabilidades, debe volverse militante, desafiante. Debe llevar sus exigencias al límite.
 Una institutriz excelente, una enfermera perfecta, llevan a cabo un trabajo de inmenso valor; pero para nuestra causa de emancipación no nos sirven. No, son dañinas. Los hombres las señalan y dicen: “Imitadlas, quedaos en vuestro mundo”. Nuestro mundo es el mundo de la inteligencia, del esfuerzo honrado, de la fuerza moral. Los viejos modelos de perfección femenina ya no nos son de ninguna ayuda. Como el oficio religioso, que, a fuerza de tanto repetirlo, para el noventa y nueve por ciento de la gente no es más que palabrería, esos modelos han perdido vigencia. Debemos preguntarnos: ¿qué tipo de aprendizaje hará despertar a las mujeres, las hará conscientes de sus almas y conseguirá que tomen partido por una actividad saludable?
MUJERES SIN PAREJA EBOOK | GEORGE GISSING | Descargar libro PDF o ...  Tiene que ser algo nuevo, algo totalmente desligado del reproche a nuestra feminidad. Me da igual si terminamos excluyendo a los hombres. ¡No me importan los resultados siempre que las mujeres salgan fortalecidas, seguras y noblemente independientes! El mundo tiene que ocuparse de sus asuntos. Lo más probable es que vivamos una revolución social mucho mayor de lo que parece posible. Dejemos que llegue y ayudemos a que llegue. Cuando pienso en la despreciable desdicha de todas esas mujeres esclavizadas por la costumbre, por su debilidad, por sus deseos, me echaría a gritar: ¡Dejad que el mundo se hunda antes de que las cosas sigan así!
 Durante unos instantes le falló la voz. Tenía los ojos llenos de lágrimas. La mayoría de las chicas asistentes a la conferencia comprendía lo que encendía su pasión. Intercambiaron miradas graves.
 —El sujeto que nos injuria hará lo que pueda en la vida. Sufre las consecuencias de la estupidez de los hombres a lo largo de los siglos. No podemos hacer nada por él. Está muy lejos de nuestro deseo perjudicar a nadie, pero nosotras mismas estamos escapando de unas condiciones de vida intolerables. Estamos educándonos. Tiene que nacer una nueva clase de mujer, una mujer activa en cualquier ámbito de la vida: una nueva trabajadora en el mundo y una nueva ama de casa. Podemos conservar muchas virtudes del viejo ideal pero tenemos que añadir a ellas aquellas que han sido consideradas apropiadas sólo para los hombres. Que una mujer sea dulce, pero que sea fuerte a la vez; que sea de corazón puro, pero no en menor medida sabia e instruida. Puesto que debemos ser un ejemplo para aquellas de nuestro sexo que todavía no han despertado, tenemos que encabezar una lucha activa; tenemos que ser invasoras. No sé ni me importa la igualdad entre hombres y mujeres. No somos iguales en altura, en peso, en musculatura y, por lo que sé, puede que tengamos una mente menos poderosa. Pero eso no tiene nada que ver. Nos basta con saber que han mermado nuestro crecimiento natural. La gran masa de las mujeres ha estado siempre compuesta por criaturas mezquinas y su mezquindad ha sido una maldición para los hombres. Por tanto, si preferís entenderlo así, estamos trabajando tanto en beneficio de los hombres como de nosotras. Dejemos que la responsabilidad por los disturbios recaiga en aquellos que han hecho que despreciemos quiénes éramos. ¡A cualquier precio, y digo a cualquier precio, nos liberaremos de la herencia de la debilidad y de la miseria!
 El público tardó en dispersarse más de lo habitual. Cuando todas se hubieron ido, la señorita Barfoot aguzó el oído, intentando adivinar si se oían pasos en la habitación contigua. Como no detectó ningún ruido, fue a ver si Rhoda todavía seguía allí.
 Sí. Rhoda estaba sentada, pensativa. Alzó la vista, sonrió y se adelantó unos cuantos pasos.
 —Ha sido excelente.
 —Pensé que te gustaría.
 La señorita Barfoot se acercó aún más a Rhoda y añadió:
 —Iba dirigido a ti. Tenía la impresión de que habías olvidado lo que pensaba sobre estos temas.
 —Tengo muy mal genio —replicó Rhoda—. La obstinación es uno de mis defectos.
 —Lo es.
 Sus miradas se encontraron.
 —Creo —continuó Rhoda— que debería pedirte perdón. Tuviera o no razón me comporté de manera improcedente.
 —Sí, eso pienso yo.
 Rhoda sonrió, agachando la cabeza ante el reproche.
 —Y terminemos con esto —añadió la señorita Barfoot—. Démonos un beso y seamos amigas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2001, en traducción de Alejandro Palomas, pp. 154-158. ISBN: 84-8428-077-2.]