domingo, 27 de septiembre de 2026

La mujer habitada.- Gioconda Belli (1948)

 

Capítulo 13

  «Mirando su jardín de helechos y jalacates, Sara hablaba, sin detenerse, de su tiempo ocupado en verduras que comprar, cuartos que arreglar, muebles que tapizar... "Soy una buena esposa —dijo—. Y me gusta serlo. Es una felicidad como cualquier otra: arreglar la casa, recibir al marido." Lo curioso, decía, era sentirse encerrada en una especie de modorra, en el espacio de un tiempo propio en el que Adrián apenas intervenía. Cuando él llegaba por las noches, con sus noticias del trabajo y los acontecimientos mundiales, a ella le costaba cambiar el rol; tener una conversación "interesante". Le costaba más aún, siguió diciendo, irse a la cama y jugar los juegos seductores que a él le gustaban; romper todas los noches la crisálida, el refugio manso de los quehaceres domésticos y volar como mariposa: ser una mujer sensual. "Casi siento que debo fingir. Tengo que esforzarme por romper la modorra, acelerar el ritmo, escuchar lo que dice con cara de interés." Era más fácil, decía, cuando él se marchaba y ella quedaba guardada en su mundo callado, en el jardín, los quehaceres domésticos. 
 A veces pensaba que "su mundo" le permitía encontrar sosiego y sentido en las tareas diarias, tan aparentemente irrelevantes y sencillas; o era que quizás realmente gustaba de la exquisita vida en cámara lenta de su reino: el imperio de la domesticidad. 
 Lo que más le llamaba la atención, agregaba, era que la sensación parecía ser común a las mujeres en su misma situación: pasaban el día dedicadas aparentemente a la felicidad del marido, pero aquellos hombres apareciendo de noche y saliendo por la mañana, eran extraños en el entorno. 
 Las "amas de casa", se preguntaba Sara mirando a Lavinia, ¿no estarían desde hacía siglos acomodadas en un universo personal, fingiéndose rostros a los intrusos de la noche, para retornar a sus dominios durante el día? 
 —No sé si me explico —decía Sara— para la gente como vos, la vida doméstica es un desierto. Así también la ven los hombres. El asunto es que uno se inventa el oasis. Uno se divierte con lo que hace. A mí me gusta hablar con el carnicero, me divierte discutir precios en el mercado, arreglar el jardín, ver crecer las begonias. Disfruto la cotidianidad. Lo que uno empieza a sentir extraño es el compartir la cama, el baño, la ducha, con un ser que viene de noche y se va en la mañana; que lleva una vida tan distinta... 
 —Bueno —dijo Lavinia— de eso se trata precisamente. A las mujeres se les asigna la cotidianidad, mientras los hombres se reservan para ellos el ámbito de los grandes acontecimientos... 
 —Lo que estoy tratando de decirte, Lavinia, es que, aunque no lo parezca, las esposas también, a su manera, relegan al marido. Los maridos se convierten en intrusos del mundo doméstico... 
 —No te engañes, Sara —dijo Lavinia—, si el marido no estuviese de por medio, las amas de casa no existirían, ese mundo del que hablas, sería diferente... 
 —No estoy hablando de que dejen de existir los maridos. Compréndeme. El hecho es que existen. Lo que estoy diciendo es que, así como el hombre tiene una vida satisfactoria en su trabajo, las "amas de casa" tenemos nuestras propias maneras de funcionar... 
 —No lo dudo —dijo Lavinia—, sin salario, ni reconocimiento social... 
 —A mí todos en el barrio me quieren —dijo Sara—, me conocen y me respetan. Tengo reconocimiento social entre mis amistades... 
 —Como cualquier ama de casa —dijo Lavinia. 
 —No me molesta —dijo Sara—. Ser ama de casa es una condición respetable. No trato de decirte que no me gusta lo que hago, sino esto de descubrir... 
 —Lo único que has descubierto es la división del trabajo —interrumpió Lavinia, exasperada. 
 —No, Lavinia. Te sorprendería oír a las "amas de casa" hablar entre sí sobre los maridos. Se les atiende como seres extraños, como si nada tuvieran que ver con nosotras; con las discusiones sobre las manchas en los manteles, el tiempo de cocción de la carne, el cuidado de los jardines... Lo curioso es que los hombres creen que es un mundo que existe para ellos y, honestamente, creo que no hay otro lugar donde sean menos importantes, aunque todo parezca girar a su alrededor. El de las amas de casa es un espacio que, contrario a lo que todos suponen, sólo vuelve a la normalidad cuando los hombres se van por la mañana al trabajo. Ellos son las interrupciones. 
   —Y la razón de ser de ese espacio —dijo Lavinia—. Cualquier feminista que te escuchara, se enfurecería... 
 —¿Vos no lo ves como una manera de las mujeres de abarcar algún territorio...? 
 —No —dijo Lavinia, categórica—. A mí me parece que la "Modorra" de la que vos hablas y eso de ver al hombre como un "intruso", son nada más que formas de una rebelión inconsciente. 
 —¿Pero no crees que las mujeres tenemos primacía sobre un territorio de la mayor importancia, con un poder real inimaginable... Lo que se ha llamado "el poder detrás del trono"? 
 —Eso es un invento de los hombres... 
 —Lo que pasa es que nunca hemos ejercido ese poder como poder, sino como sumisión. Lo que me ha impresionado es darme cuenta que bajo toda su aureola de sometimiento, el imperio de la domesticidad tiene estructuras sólidas. Te digo que los hombres son sólo referencias inevitables. 
 —Puede ser —dijo Lavinia—. Yo lo que pienso es que estás entrando en contacto con la realidad femenina de las "amas de casa"; con sus mecanismos de defensa. Eso ha sido así desde siempre. Y la verdad es que nada hemos cambiado para nuestro beneficio en el mundo... 
 —Vos tenés tus ideas; yo tengo las mías —dijo Sara. 
Lavinia optó por no discutir más con Sara. Su mente está ocupada en otras preocupaciones. En otra ocasión, ahondaría más en el problema. Quizás Sara empezaba a sentirse infeliz con Adrián y temía reconocerlo.
 Atardecía. La luz crepuscular bañaba el jardín y las ramas bajas del árbol de malinche en medio del patio. Las dos amigas se quedaron en silencio, sumida cada una en sus propias reflexiones, sorbiendo el té helado en los altos vasos de cristal. 
 —¿Y qué tal la vida social? —preguntó finalmente Lavinia. 
 —Muchas despedidas de soltera —dijo Sara—. Parece que todas nuestras amigas se casarán pronto... y dentro de dos semanas es la fiesta anual del Social Club. Al fin te decidiste a ir, o seguís empeñada en no pisar esos salones, ¿en "retirarte del mundanal ruido"? 
 —Es probable que vaya —respondió Lavinia—. Últimamente me he estado sintiendo sola. Pienso que no me haría mal un poco de vida social otra vez. 
 —Por supuesto que no te haría mal —dijo Sara—. Y este año, dicen que el club va a echar la casa por la ventana; van a participar más de veinte debutantes. Te vas a divertir. Es diferente a las discotecas, pero también es divertido. 
 —Es un gran espectáculo —dijo Lavinia—. Eso es lo que nunca me gustó. La sensación de estar en escaparate, ofrecida al mejor postor. 
 —Yo nunca sentí eso —dijo Sara—. Es la manera acostumbrada, natural, de que los jóvenes se conozcan y encuentren pareja. Pero ahora, probablemente ya no te vas a sentir así. Vas a disfrutar más. La gente pregunta dónde te has metido vos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2014, pp. 80-81. ISBN: 9789507314872.]

domingo, 20 de septiembre de 2026

Kaputt.- Curzio Malaparte (1898-1957)

V.- Las ciudades prohibidas

«En ninguna parte de Europa me había parecido el alemán tan desnudo, tan al descubierto, como en Polonia. En el transcurso de mi larga experiencia bélica, me había ido persuadiendo de que el alemán no tiene ningún miedo del hombre fuerte, del hombre armado que lo afronta con valor y se mantiene erguido. El alemán tiene miedo de los inermes, de los débiles, de los enfermos. El tema del "miedo", de la crueldad alemana como efecto del miedo, se había convertido en el tema fundamental de toda mi experiencia. Al que le vea bien, con inteligencia moderna y cristiana, este "miedo" mueve a piedad y a horror, y este miedo no me había suscitado nunca tanto horror y piedad como ahora en Polonia, en donde se me aparecía con toda su complejidad el elemento morboso y femenino de su naturaleza. Lo que mueve al alemán a la crueldad, a los actos más fría, más metódica, más científicamente crueles, es el miedo. El miedo a los oprimidos, a los inermes, a los débiles, a los enfermos; el miedo a los viejos, a las mujeres y a los niños, el miedo a los judíos. Y si bien ellos se esfuerzan en esconder este misterioso "miedo", se ven siempre conducidos fatalmente a hablar de él y en los momentos más inoportunos. Especialmente en la mesa, donde, bien por el calor del vino y de la comida, o por la confianza que experimentan al no sentirse solos, o por la inconsciente necesidad de demostrarse a sí mismos que no tienen miedo, el alemán se descubre y se abandona a hablar de hambre, de fusilamientos y de devastaciones con una complacencia morbosa que rebela no sólo el rencor, los celos, el amor desilusionado y el odio, sino también un miserable y maravilloso furor de abyección. La misteriosa nobleza de los oprimidos, de los enfermos, de los débiles, de los inermes, de los viejos, de las mujeres y de los niños la advierte el alemán, la siente, la envidia y la teme, quizá más que ningún otro pueblo de Europa. Y por eso se venga de ello. Hay una especie de anhelante humillación en la arrogancia y en la brutalidad del alemán, una profunda necesidad de autodenigración en su despiadada crueldad, un furor de abyección en su misterioso "miedo".
 Yo escuchaba las palabras de los comensales con una piedad y un horror que vanamente me esforzaba en ocultar, cuando Frank, dándose cuenta de mi estado quizá para hacerme partícipe de su propia y morbosa humillación, se volvió hacia mí con irónica sorpresa y me preguntó:
 -¿Ha visto el ghetto, mein lieber Malaparte? (1)
 En efecto, unos días antes había estado en el ghetto de Varsovia. Crucé el umbral de la "ciudad prohibida", rodeada por la alta muralla de ladrillos rojos que los alemanes han construido para meter el recinto como dentro de una jaula. En la puerta, vigilada por una guardia de las SS armada de ametralladoras, estaba fijo el manifiesto, firmado por el gobernador Fischer, que condenaba con la pena de muerte al judío que intentara salir. Y desde los primeros pasos, lo mismo que en las "ciudades prohibidas" de Cracovia, Lublin, Czestochowa, me había aterrado el silencio glacial que reinaba por las calles atestadas de miserables turbas harapientas y atemorizadas. Había intentado adentrarme yo solo por el ghetto, sin la escolta del agente de la Gestapo que me seguía por todas partes como una sombra, pero las órdenes del gobernador Fischer eran severas, y también aquella vez tuve que resignarme a la compañía de la "guardia negra", un joven alto, rubio, de rostro flaco y mirada clara y fría. Tenía un rostro bellísimo, una frente alta y pura, que el casco de acero sombreaba. Caminaba entre los hebreos como un ángel del Dios de Israel.
 El silencio, leve y transparente, parecía flotar en el aire; y en su fondo se oía el ligero chasquido de mil pasos en la nieve, semejante a un rechinar de dientes. Atraída por mi uniforme de oficial italiano, la multitud levantaba el rostro barbudo, mirándome con los ojos apagados, enrojecidos por el frío, la fiebre y el hambre. Las lágrimas brillaban en las pupilas, se deslizaban entre las sucias barbas. Si por casualidad empujaba a alguien en la aglomeración y le pedía excusas, diciendo "Prosze Pana" (2), el tropezado levantaba entonces la cabeza, mirándome incrédulo, lleno de asombro. Yo sonreía repitiendo: "Prosze Pana", porque me daba cuenta de que mi amabilidad era para ellos una cosa maravillosa. Sabía que desde hacía dos años y medio de angustia y bestial esclavitud, era aquella la primera vez que un oficial enemigo (no alemán, sino italiano, aunque para ellos no bastara, sin embargo) decía amablemente "Prosze Pana" a un infeliz judío del ghetto de la que fue la hermosa Varsovia.
 De vez en cuando me veía obligado a pasar por encima de un muerto. Caminaba entre la multitud sin ver dónde ponía los pies, y por eso tropezaba de vez en cuando con un cadáver extendido sobre la acera entre los rituales candelabros hebreos. Los muertos yacían abandonados en la nieve, en espera de que un furgón pasara a recogerlos: pero la mortalidad era muy grande y los furgones escasos. No había tiempo para recoger a todos, y por eso los muertos permanecían días y días extendidos sobre la nieve entre apagados candelabros. Muchos yacían encima de las baldosas de los zaguanes de las casas, en los pasillos, en los rellanos de las escaleras, o en las camas dentro de habitaciones atestadas de gente pálida y silenciosa. Mostraban las barbas sucias de nieve y fango. Y algunos tenían los ojos desencajados, siguiéndonos largo rato con una mirada terriblemente fija. Rígidos y duros, parecían estatuas de madera, recordándome los cadáveres judíos de Chagall. Las barbas parecían azules en los rostros lívidos y descarnados por el hielo de la muerte; de un azul tan puro que recordaba el del mar, aquel misterioso y brillante azul del mar en ciertas horas misteriosas del día.
 El silencio de las calles de la "ciudad prohibida", aquel silencio glacial, estremecido como por un escalofrío, por el leve rechinar de dientes, me oprimía de tal modo que, de pronto, me puse a hablar solo, en voz alta. Todos se volvieron a mirarme con una expresión de profundo asombro y de temor en las miradas. Entonces empecé a observar los rostros de la multitud. La mayoría de los hombres aparecían con barba, y las pocas caras afeitadas que se veían eran espantosas, tan desnudas se reflejaban en ellas el hambre y la desesperación. Las de los adolescentes estaban cubiertas por un vello rizado negruzco o rojizo sobre la piel, que parecía de cera; las caras de las mujeres y de los niños eran como de papel. Y en todas se veía ya impresa la azulada sombra de la muerte.
 Los ojos, en aquellos rostros de papel gris o blanco, de una blancura de yeso, parecían extraños insectos, dispuestos a hurgar en lo más profundo de las órbitas con sus patitas velludas y a chupar aquel poco de luz que resplandecía en sus cuencas. Al acercarme yo, aquellos repugnantes insectos se movían inquietos; dejando por un instante su presa, salían del fondo de las órbitas como de una madriguera, mirándome fijamente, atemorizados. Eran ojos de una vivacidad extraordinaria, ardientes de fiebre, húmedos y melancólicos. Otros relucían con reflejos verdosos semejantes a escarabajos y otros eran rojizos, negros, blancos, apagados y opacos, tenues por el velo sutil de la catarata. Los ojos de las mujeres mostraban una valiente firmeza y sostenían mi mirada con insolente desprecio. Luego se detenían en la cara de mi acompañante y entonces yo observaba que una sombra de miedo y asco los empañaba repentinamente. Pero los ojos de los niños eran terribles, no podía mirarlos. Sobre aquella negra multitud, vestida con largos caftanes negros, las frentes cubiertas con gorros negros también, planeaba un cielo de algodón sucio, un cielo de algodón hidrófilo.
 En las encrucijadas de las calles vigilaban parejas de guardias hebreos, con la estrella de David estampada en color rojo en el brazalete amarillo.»

 (1) Mi querido Malaparte.
 (2) Perdone.

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones G.P., 1969, en versión española de R. Coll Robert, pp. 106-109. Depósito legal: B. 23.565-1969]

domingo, 13 de septiembre de 2026

De la dignidad del hombre.- Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494)

 

Apéndice primero
Carta de Juan Pico de la Mirandola a Hermolao Barbaro

 «¿Quién no condenará y detestará, en efecto, los zarcillos y el aderezo de ramera en una honesta doncella? Tanta es la contrariedad entre el oficio del filósofo y del retórico que no pueda ser mayor. Pues ¿cuál es el oficio del retórico sino mentir, engañar, acorralar, embaucar? Es vuestro, decís vosotros mismos, poder a voluntad cambiar con la palabra lo negro en blanco, lo blanco en negro, poder, según se quiera, quitar, tirar, agrandar, achicar, por medio de la fuerza casi mágica de la elocuencia (os preciáis de ello) trasfigurar las cosas mismas, poniéndoles el rostro que os venga en gana, de modo que, si no hacéis que sean lo que no son de su propia condición, al menos aparezcan tal como queréis al que os escucha. Todo esto ¿es otra cosa que pura mentira, mera impostura y simple embaucamiento? Siempre a espaldas de la realidad, saliéndose de ella por más o cortándola por menos, jugando con los ánimos de los oyentes, halagando sus oídos con cantos falaces y envolviéndolos en redes de engaños y fantasmagorías. ¿Es que va a haber hermandad de éste con el filósofo, cuyo empeño todo está en conocer y demostrar la verdad a los demás? Junta a ello que nosotros no pondremos fe alguna en los que afectan las exquisiteces y las galanuras de las palabras, como si fiáramos menos de las cosas mismas y, no haciéndonos fuertes en lo verdadero, buscáramos más bien arrastrar a los hombres con estos halagos.
 Vale para esto leer los libros sagrados más tosca que elegantemente escritos, y ver que nada hay más impropio y nocivo en cualquier materia, donde de conocer la verdad se trata, que todo este género refinado de hablar. Quédese esto para los asuntos del foro y de la plaza, no para las cuestiones naturales y celestes. No es propio de los que andamos por la Academia, sino de los que se mueven dentro de la República aquella, en la que cuanto se dice y hace se lleva a refrendo popular, donde las flores tienen más peso que los frutos. ¿No sabes aquello de "No a todos les cae bien el mismo aire"? Elegante cosa es (lo confesamos) la abundancia de verbo llena de atractivo y deleite, pero en el filósofo no es ni hermosa ni agradable. ¿Quién va a condenar en el histrión el paso muelle, las manos vivaces, los ojos lúbricos? ¿Quién no lo reprenderá y abominará en el ciudadano, en el filósofo? Si a la muchacha la vemos graciosa de meneos, dicharachera, la alabamos, se nos van los besos; en una grave matrona lo condenamos, lo perseguimos, No nosotros, sino ellos, los estúpidos, los que a los pies de Vesta festejan bacanales, los que afean la gravedad y la casta verdad de las cosas de la filosofía con juergas y tramoyas de feria. Vale decir de este modo de discursos lo que Sinesio dice del mocito afeminado, con su melena siempre ungida de molicie. Nosotros preferimos la nuestra (oración) hirsuta, suelta de pelo, fofa, desaliñada, más que bellamente peinada, con la nota o sospecha de insinceridad.
 Y para que no quede nada por decir, esto es verdaderísimo, que nada hay más impropio del oficio del filósofo, en cualquier asunto, que lo que de algún modo sabe a lujo o a fausto. Los zapatos sicionios valen y se adaptan al pie, decía Sócrates, pero no se adaptan a Sócrates. No es la misma ley de vestir la del civil y la del filósofo; como tampoco la de la mesa ni la del hablar. Usa de ellas el filósofo por sola necesidad; usa de ellas el civil aun para solaz. Si el civil las usa descuidadamente, no es civil; si se apega a ellas no será aquél filósofo. Si pudiera Pitágoras vivir sin comer, aun de las verduras se abstendría. Sin con sólo su rostro, o al menos con menos que una conversación pudiera expresar sus pensamientos, omitiría el mismo hablar; tan lejos está de cuidarse, de pulir y adornar el lenguaje. Lo que nos pone en guardia para que el lector no se quede en la lengua engolosinado por la piel redomada y no penetre hasta la médula y la sangre, la que muchas veces vimos asomar manchada bajo un rostro maquillado. Vimos, quiero decir, en todo esto a muchos que ya se acostumbraron a detener al lector en esta primera fachada con tonos musicales variados, cuando por dentro y por detrás nada hay que no sea vano y huero. Que si hace esto el filósofo, clamará Musonio que no es allí el filósofo el que habla, sino la trompeta que suena. No se nos achaque, pues, como vicio el no haber hecho lo que es vicio hacer. Miramos lo que vamos a decir, no cómo lo vamos a decir, más aún, miramos el cómo, a saber, que sea sin floreo ni pompa de palabras, no que nuestra oración sea placentera, bella y airosa, sino útil, ponderada y respetable, que alcance la majestad por el temor antes que la gracia por la blandura; no esperamos el aplauso del teatro, atusando los oídos con frases cortadas con justeza cadenciosa, esto va falso, aquello gracioso, sino buscamos más el silencio de pocos, por la admiración, al penetrar en algún punto, ya deducido de los misterios de la naturaleza, ya traído a los hombres desde el alcázar del cielo; o bien algo tan evidenciado que no necesite defenderse, tan defendido que no deje lugar a la impugnación.
 Admírennos a nosotros, sagaces en inquirir, circunspectos en el explorar, sutiles en el contemplar, graves en el señalar, comprometidos en el atar, diestros en el desatar. Admiren en nosotros la concisión de estilo henchida de muchas y grandes cosas, bajo atinadas palabras, en trascendentalísimas proposiciones llenas de problemas, llenas de soluciones. Lo capaces que somos, lo adiestrados para eliminar ambigüedades, disolver objeciones, desenredar lo implicado, abatir lo falso y confirmar lo verdadero con elásticos silogismos. Con estos títulos, ¡oh Hermolao!, salvaremos nuestra memoria del olvido para la hora presente y no dudamos de que también de ahora en adelante; que si dices que para el vulgar pasamos por sórdidos, rudos, incultos, esto cede más en nuestra gloria que en nuestro deshonor; no escribimos para el vulgo sino para ti y para los semejantes a ti. No de otro modo que los mayores, nuestros antepasados, que con sus ropajes de enigma y de fábula alejaban a los hombres idiotas de los misterios, también nosotros tomamos la costumbre de espantarlos de nuestros manjares, que no harían más que emporcar, con la corteza un poco amarga de nuestro lenguaje. Que también los que quieren ocultar sus tesoros, si no los pueden apartar lejos, suelen taparlos con barreduras y cascotes, para que los pasan al lado no los descubran, si no son aquéllos solos que se hubieren hecho dignos de tal favor. Similar empeño de los filósofos en celar sus cosas al pueblo, del cual no sólo no pueden esperar que los apruebe, pero ni que los entienda, y tampoco por ello es razonable que las cosas que escriben tengan algo de teatral, bueno para el aplauso, de eco popular, que en una palabra parezca que buscan acomodarse al sabor de la multitud.
 Pero quieres que te aclare la idea de nuestro alegato. Es la mismísima que la de los silenos de nuestro Alcibíades; sus estatuas presentaban un rostro horripilante, triste y vil, pero dentro estaban llenas de joyas, de recamados y raros vestidos. Por eso si de fuera lo miras, verás una fiera, si por dentro, un numen.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición de Luis Martínez Gómez, pp. 145-149. ISBN: 84-276-0653-2.]

domingo, 6 de septiembre de 2026

Por el camino de Swann.- Marcel Proust (1871-1922)

 

Primera parte: Combray
Dos
 
 «Quizá de una impresión que tuve cerca de Montjouvain, unos años más tarde, impresión que entonces no vi clara, proceda la idea que más tarde me he formado del sadismo. Se verá más adelante que, por otras razones, el recuerdo de esa impresión estaba llamado a jugar un importante papel en mi vida. Hacía un tiempo muy caluroso; mis padres tuvieron que marcharse de casa por todo el día y me dijeron que volviera a la hora que yo quisiera; fui hasta la charca de Montjouvain, porque me gustaba mirar cómo se reflejaba en ella el tejado de la chocita; me tumbé a la sombra y me dormí entre los matorrales del talud que domina la casa, en aquel mismo sitio donde estuve esperando a mis padres el día que fueron a visitar al señor Vinteuil. Cuando desperté era casi de noche, e iba ya a levantarme cuando vi a la señorita de Vinteuil (apenas sí la reconocí, porque en Combray la había visto sólo unas cuantas veces, y cuando era niña, mientras que ahora era una muchachita), que, sin duda, acababa de volver a casa, a unos centímetros de donde yo estaba, en la misma habitación en que su padre recibiera al mío, y que ahora era la salita de ella. La ventana estaba entreabierta y la lámpara encendida, de modo que yo veía todo lo que hacía sin que me viera ella, pero si me marchaba podía oír el ruido de mis pasos entre los matorrales, y quizá supusiera que me había escondido allí para espiarla.
 Estaba de riguroso luto, porque hacía poco que había muerto su padre. No habíamos ido a darle el pésame; no quiso mi madre, a causa de una virtud que en ella era lo único que limitaba los efectos de la bondad: el pudor; pero compadecíala profundamente. Se acordaba mi madre del triste final de la vida del señor Vinteuil, absorbido primero por las funciones de madre y de niñera que cumplía con su hija y luego por lo que ella le hizo sufrir; veía el torturado rostro del viejo en aquellos últimos tiempos; sabía que tuvo que renunciar para siempre a acabar de transcribir en limpio todas sus obras de los últimos años, pobres obras de un profesor de piano, de un ex organista de pueblo, que considerábamos de poco valor intrínseco, pero sin despreciarlas, porque para él valían mucho y fueron su razón de vivir antes de que las sacrificara a su hija, y que en su mayor parte ni siquiera estaban transcritas, retenidas sólo en la memoria, y algunas apuntadas en hojas sueltas, ilegibles, y que se quedarían ignoradas de todos; y mi madre pensaba en aquella otra renuncia, aún más dura, a que tuvo que ceder el señor Vinteuil: renunciar a un porvenir de honradez y respeto para su hija; y cuando evocaba aquella suprema aflicción del viejo maestro de piano de mis tías, sentía pena de verdad y pensaba con terror en esa otra pena mucho más amarga que debía de tener la hija de Vinteuil, unida al remordimiento de haber ido matando poco a poco a su padre. "Pobre señor Vinteuil -decía mamá-: vivió y murió por su hija, que no le ha dado ningún pago. Veremos si se le da después de muerto y en qué forma. Sólo ella puede hacerlo".
 Al fondo de la salita de la señorita de Vinteuil, encima de la chimenea, había un pequeño retrato de su padre, y en el momento en que oyó ella el ruido de un coche que venía por la carretera, se levantó, cogió la fotografía, se echó en el sofá y acercó junto a sí una mesita en la que puso el retrato, lo mismo que en otra ocasión había acercado el señor Vinteuil aquella obra que deseaba dar a conocer a mis padres. Pronto entró su amiga. La hija de Vinteuil no se levantó a recibirla, y con las dos manos enlazadas por detrás de la cabeza se retiró hacia el extremo opuesto del sofá como para dejarle un hueco. Pero en seguida se dio cuenta de que eso era como imponerla una actitud que quizá le era molesta. Acaso a su amiga le gustaría más ir a sentarse en una silla más apartada; y se cogió en pecado de indiscreción, y la delicadeza de su corazón se asustó; volvió a ocupar el sofá entero y empezó a bostezar, como indicando que se había echado porque tenía sueño y nada más. A pesar de la familiaridad ruda e imperativa que tenía con su amiga, reconocía yo los ademanes obsequiosos y reticentes de su padre, los mismos repentinos escrúpulos.
 Al poco se levantó, hizo como que quería cerrar la ventana y que no podía.
 -Déjala abierta, yo tengo calor -dijo su amiga.
 -Pero es muy molesto que nos vean -contestó la señorita de Vinteuil.
 Y debió de adivinar que su amiga se creería que no había dicho aquellas palabras más que para provocarla a contestar con otras que estaba deseando oír, pero cuya iniciativa dejaba por discreción a la otra. Y su mirada tomó sin duda, porque yo no podía distinguirla, aquella expresión que tanto gustaba a mi abuela, al pronunciar estas palabras:
 -Cuando digo que nos vean, me refiero a que nos vean leer: es que por insignificante que sea lo que está una haciendo, siempre molesta que haya unos ojos que nos estén mirando.
 Por generosidad instintiva, y por involuntaria cortesía, se callaba las palabras premeditadas que había juzgado indispensables para la realización de su deseo. Y a cada momento, en el fondo de sí misma, una virgen tímida y suplicante imploraba y hacía retroceder a un soldadote rudo y triunfante.
 -Sí, es muy probable que nos estén mirando a esta hora en un campo tan solo como éste -dijo irónicamente su amiga-. Y si nos miran, ¿qué? -añadió, creyendo que debía acompañar con un guiño malicioso y tierno aquellas palabras que recitaba por bondad, como un texto agradable, a la señorita de Vinteuil, y con tono que quería ser cínico-, y ¿qué? Si nos ven, mejor.
 La hija de Vinteuil se estremeció y se levantó de su asiento. Aquel corazón suyo, escrupuloso y sensible, ignoraba qué palabras debían venir espontáneamente a adaptarse a la situación que sus sentidos estaban pidiendo. Iba a buscar lo más lejos que podía de su verdadera naturaleza moral el lenguaje propio de la muchacha viciosa que ella quería ser, pero las palabras que en aquella boca le hubieran parecido sinceramente dichas le sonaban a falso en la suya. Y las pocas que decía le salían en un tono afectado, en el cual sus hábitos de timidez paralizaban sus intentos de audacia, y todo salpicado de "¿tienes frío, tienes calor, tienes ganas de quedarte sola y leer?"
 -La señorita me parece que tiene esta noche ideas lúbricas -dijo, por fin, como si repitiera una frase oída otras veces a su amiga.
 La señorita de Vinteuil sintió que su amiga arrancaba un beso del escote de su corpiño de crespón, lanzó un chillido, escapó, y las dos se persiguieron saltando, con sus largas mangas, revoloteando como alas, cacareando y piando como dos pajarillos enamorados. Por fin, la hija de Vinteuil acabó por caer en el sofá, cubierta por el cuerpo de su amiga. Pero como ésta estaba de espaldas a la mesita donde se hallaba el retrato del viejo profesor de piano, la señorita de Vinteuil comprendió que no le iba a ver si no le llamaba la atención, y le dijo, como si acabara de fijarse en el retrato:
 -Y ese retrato de mi padre, siempre mirándonos; yo no sé quién le ha puesto ahí: ya he dicho veinte veces que no es su sitio.
 Me acordé de que esas mismas eran las palabras que Vinteuil dijo a mi padre, refiriéndose a la obra musical. Sin duda se servían de aquel retrato para profanaciones rituales, porque su amiga le contestó con esta frase que debía formar parte de las respuestas litúrgicas:
 -Déjale donde está, ya no nos puede dar la lata. Y que no gemiría y te echaría chales encima si te viera así, con la ventana abierta, el tío orangután.
 La hija de Vinteuil contestó con unas palabras de cariñosa censura  que delataban su bondadosa índole; no porque las dictara la indignación que pudiera causarle aquel modo de hablar de su padre (evidentemente estaba ya acostumbrada, y quién sabe con ayuda de qué sofismas, a sofocar ese sentimiento), sino porque eran como un freno que para no mostrarse egoísta ponía ella misma al placer que su amiga estaba deseando procurarle. Y además, esa moderación sonriente para contestar a tales blasfemias, aquel reproche cariñoso e hipócrita, se aparecían quizá a su naturaleza franca y buena como una forma particularmente infame, como una forma dulzarrona de aquella perversidad que estaba intentando asimilarse. Pero no pudo resistir a la seducción del placer que sentiría al verse tratada con cariño por una persona tan implacable con los muertos sin defensa; saltó a las rodillas de su amiga y le ofreció castamente la frente, como si hubiera sido su hija, sintiendo con deleite que las dos llegaban al extremo límite de la crueldad, robando hasta en la tumba su paternidad al señor Vinteuil. Su amiga le cogió la cabeza con las manos y le dio un beso en la frente, con docilidad que le era muy fácil por el gran afecto que tenía a la señorita de Vinteuil y por el deseo de llevar alguna distracción a la vida tan triste de la huérfana.
 -¿Sabes lo que me dan ganas de hacerle a ese mamarracho? -dijo cogiendo el retrato.
 Y murmuró al oído de la hija de Vinteuil algo que yo no pude oír.
 -No, no te atreves.
 -¿Que no me atrevo yo a escupir en esto, en esto? -dijo la amiga con brutalidad voluntaria.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Soledad Salinas de Marichal y Jaime Salinas, pp. 192-197. ISBN: 84-7530-046-4.]