domingo, 27 de septiembre de 2026

La mujer habitada.- Gioconda Belli (1948)

 

Capítulo 13

  «Mirando su jardín de helechos y jalacates, Sara hablaba, sin detenerse, de su tiempo ocupado en verduras que comprar, cuartos que arreglar, muebles que tapizar... "Soy una buena esposa —dijo—. Y me gusta serlo. Es una felicidad como cualquier otra: arreglar la casa, recibir al marido." Lo curioso, decía, era sentirse encerrada en una especie de modorra, en el espacio de un tiempo propio en el que Adrián apenas intervenía. Cuando él llegaba por las noches, con sus noticias del trabajo y los acontecimientos mundiales, a ella le costaba cambiar el rol; tener una conversación "interesante". Le costaba más aún, siguió diciendo, irse a la cama y jugar los juegos seductores que a él le gustaban; romper todas los noches la crisálida, el refugio manso de los quehaceres domésticos y volar como mariposa: ser una mujer sensual. "Casi siento que debo fingir. Tengo que esforzarme por romper la modorra, acelerar el ritmo, escuchar lo que dice con cara de interés." Era más fácil, decía, cuando él se marchaba y ella quedaba guardada en su mundo callado, en el jardín, los quehaceres domésticos. 
 A veces pensaba que "su mundo" le permitía encontrar sosiego y sentido en las tareas diarias, tan aparentemente irrelevantes y sencillas; o era que quizás realmente gustaba de la exquisita vida en cámara lenta de su reino: el imperio de la domesticidad. 
 Lo que más le llamaba la atención, agregaba, era que la sensación parecía ser común a las mujeres en su misma situación: pasaban el día dedicadas aparentemente a la felicidad del marido, pero aquellos hombres apareciendo de noche y saliendo por la mañana, eran extraños en el entorno. 
 Las "amas de casa", se preguntaba Sara mirando a Lavinia, ¿no estarían desde hacía siglos acomodadas en un universo personal, fingiéndose rostros a los intrusos de la noche, para retornar a sus dominios durante el día? 
 —No sé si me explico —decía Sara— para la gente como vos, la vida doméstica es un desierto. Así también la ven los hombres. El asunto es que uno se inventa el oasis. Uno se divierte con lo que hace. A mí me gusta hablar con el carnicero, me divierte discutir precios en el mercado, arreglar el jardín, ver crecer las begonias. Disfruto la cotidianidad. Lo que uno empieza a sentir extraño es el compartir la cama, el baño, la ducha, con un ser que viene de noche y se va en la mañana; que lleva una vida tan distinta... 
 —Bueno —dijo Lavinia— de eso se trata precisamente. A las mujeres se les asigna la cotidianidad, mientras los hombres se reservan para ellos el ámbito de los grandes acontecimientos... 
 —Lo que estoy tratando de decirte, Lavinia, es que, aunque no lo parezca, las esposas también, a su manera, relegan al marido. Los maridos se convierten en intrusos del mundo doméstico... 
 —No te engañes, Sara —dijo Lavinia—, si el marido no estuviese de por medio, las amas de casa no existirían, ese mundo del que hablas, sería diferente... 
 —No estoy hablando de que dejen de existir los maridos. Compréndeme. El hecho es que existen. Lo que estoy diciendo es que, así como el hombre tiene una vida satisfactoria en su trabajo, las "amas de casa" tenemos nuestras propias maneras de funcionar... 
 —No lo dudo —dijo Lavinia—, sin salario, ni reconocimiento social... 
 —A mí todos en el barrio me quieren —dijo Sara—, me conocen y me respetan. Tengo reconocimiento social entre mis amistades... 
 —Como cualquier ama de casa —dijo Lavinia. 
 —No me molesta —dijo Sara—. Ser ama de casa es una condición respetable. No trato de decirte que no me gusta lo que hago, sino esto de descubrir... 
 —Lo único que has descubierto es la división del trabajo —interrumpió Lavinia, exasperada. 
 —No, Lavinia. Te sorprendería oír a las "amas de casa" hablar entre sí sobre los maridos. Se les atiende como seres extraños, como si nada tuvieran que ver con nosotras; con las discusiones sobre las manchas en los manteles, el tiempo de cocción de la carne, el cuidado de los jardines... Lo curioso es que los hombres creen que es un mundo que existe para ellos y, honestamente, creo que no hay otro lugar donde sean menos importantes, aunque todo parezca girar a su alrededor. El de las amas de casa es un espacio que, contrario a lo que todos suponen, sólo vuelve a la normalidad cuando los hombres se van por la mañana al trabajo. Ellos son las interrupciones. 
   —Y la razón de ser de ese espacio —dijo Lavinia—. Cualquier feminista que te escuchara, se enfurecería... 
 —¿Vos no lo ves como una manera de las mujeres de abarcar algún territorio...? 
 —No —dijo Lavinia, categórica—. A mí me parece que la "Modorra" de la que vos hablas y eso de ver al hombre como un "intruso", son nada más que formas de una rebelión inconsciente. 
 —¿Pero no crees que las mujeres tenemos primacía sobre un territorio de la mayor importancia, con un poder real inimaginable... Lo que se ha llamado "el poder detrás del trono"? 
 —Eso es un invento de los hombres... 
 —Lo que pasa es que nunca hemos ejercido ese poder como poder, sino como sumisión. Lo que me ha impresionado es darme cuenta que bajo toda su aureola de sometimiento, el imperio de la domesticidad tiene estructuras sólidas. Te digo que los hombres son sólo referencias inevitables. 
 —Puede ser —dijo Lavinia—. Yo lo que pienso es que estás entrando en contacto con la realidad femenina de las "amas de casa"; con sus mecanismos de defensa. Eso ha sido así desde siempre. Y la verdad es que nada hemos cambiado para nuestro beneficio en el mundo... 
 —Vos tenés tus ideas; yo tengo las mías —dijo Sara. 
Lavinia optó por no discutir más con Sara. Su mente está ocupada en otras preocupaciones. En otra ocasión, ahondaría más en el problema. Quizás Sara empezaba a sentirse infeliz con Adrián y temía reconocerlo.
 Atardecía. La luz crepuscular bañaba el jardín y las ramas bajas del árbol de malinche en medio del patio. Las dos amigas se quedaron en silencio, sumida cada una en sus propias reflexiones, sorbiendo el té helado en los altos vasos de cristal. 
 —¿Y qué tal la vida social? —preguntó finalmente Lavinia. 
 —Muchas despedidas de soltera —dijo Sara—. Parece que todas nuestras amigas se casarán pronto... y dentro de dos semanas es la fiesta anual del Social Club. Al fin te decidiste a ir, o seguís empeñada en no pisar esos salones, ¿en "retirarte del mundanal ruido"? 
 —Es probable que vaya —respondió Lavinia—. Últimamente me he estado sintiendo sola. Pienso que no me haría mal un poco de vida social otra vez. 
 —Por supuesto que no te haría mal —dijo Sara—. Y este año, dicen que el club va a echar la casa por la ventana; van a participar más de veinte debutantes. Te vas a divertir. Es diferente a las discotecas, pero también es divertido. 
 —Es un gran espectáculo —dijo Lavinia—. Eso es lo que nunca me gustó. La sensación de estar en escaparate, ofrecida al mejor postor. 
 —Yo nunca sentí eso —dijo Sara—. Es la manera acostumbrada, natural, de que los jóvenes se conozcan y encuentren pareja. Pero ahora, probablemente ya no te vas a sentir así. Vas a disfrutar más. La gente pregunta dónde te has metido vos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2014, pp. 80-81. ISBN: 9789507314872.]

domingo, 20 de septiembre de 2026

Kaputt.- Curzio Malaparte (1898-1957)

V.- Las ciudades prohibidas

«En ninguna parte de Europa me había parecido el alemán tan desnudo, tan al descubierto, como en Polonia. En el transcurso de mi larga experiencia bélica, me había ido persuadiendo de que el alemán no tiene ningún miedo del hombre fuerte, del hombre armado que lo afronta con valor y se mantiene erguido. El alemán tiene miedo de los inermes, de los débiles, de los enfermos. El tema del "miedo", de la crueldad alemana como efecto del miedo, se había convertido en el tema fundamental de toda mi experiencia. Al que le vea bien, con inteligencia moderna y cristiana, este "miedo" mueve a piedad y a horror, y este miedo no me había suscitado nunca tanto horror y piedad como ahora en Polonia, en donde se me aparecía con toda su complejidad el elemento morboso y femenino de su naturaleza. Lo que mueve al alemán a la crueldad, a los actos más fría, más metódica, más científicamente crueles, es el miedo. El miedo a los oprimidos, a los inermes, a los débiles, a los enfermos; el miedo a los viejos, a las mujeres y a los niños, el miedo a los judíos. Y si bien ellos se esfuerzan en esconder este misterioso "miedo", se ven siempre conducidos fatalmente a hablar de él y en los momentos más inoportunos. Especialmente en la mesa, donde, bien por el calor del vino y de la comida, o por la confianza que experimentan al no sentirse solos, o por la inconsciente necesidad de demostrarse a sí mismos que no tienen miedo, el alemán se descubre y se abandona a hablar de hambre, de fusilamientos y de devastaciones con una complacencia morbosa que rebela no sólo el rencor, los celos, el amor desilusionado y el odio, sino también un miserable y maravilloso furor de abyección. La misteriosa nobleza de los oprimidos, de los enfermos, de los débiles, de los inermes, de los viejos, de las mujeres y de los niños la advierte el alemán, la siente, la envidia y la teme, quizá más que ningún otro pueblo de Europa. Y por eso se venga de ello. Hay una especie de anhelante humillación en la arrogancia y en la brutalidad del alemán, una profunda necesidad de autodenigración en su despiadada crueldad, un furor de abyección en su misterioso "miedo".
 Yo escuchaba las palabras de los comensales con una piedad y un horror que vanamente me esforzaba en ocultar, cuando Frank, dándose cuenta de mi estado quizá para hacerme partícipe de su propia y morbosa humillación, se volvió hacia mí con irónica sorpresa y me preguntó:
 -¿Ha visto el ghetto, mein lieber Malaparte? (1)
 En efecto, unos días antes había estado en el ghetto de Varsovia. Crucé el umbral de la "ciudad prohibida", rodeada por la alta muralla de ladrillos rojos que los alemanes han construido para meter el recinto como dentro de una jaula. En la puerta, vigilada por una guardia de las SS armada de ametralladoras, estaba fijo el manifiesto, firmado por el gobernador Fischer, que condenaba con la pena de muerte al judío que intentara salir. Y desde los primeros pasos, lo mismo que en las "ciudades prohibidas" de Cracovia, Lublin, Czestochowa, me había aterrado el silencio glacial que reinaba por las calles atestadas de miserables turbas harapientas y atemorizadas. Había intentado adentrarme yo solo por el ghetto, sin la escolta del agente de la Gestapo que me seguía por todas partes como una sombra, pero las órdenes del gobernador Fischer eran severas, y también aquella vez tuve que resignarme a la compañía de la "guardia negra", un joven alto, rubio, de rostro flaco y mirada clara y fría. Tenía un rostro bellísimo, una frente alta y pura, que el casco de acero sombreaba. Caminaba entre los hebreos como un ángel del Dios de Israel.
 El silencio, leve y transparente, parecía flotar en el aire; y en su fondo se oía el ligero chasquido de mil pasos en la nieve, semejante a un rechinar de dientes. Atraída por mi uniforme de oficial italiano, la multitud levantaba el rostro barbudo, mirándome con los ojos apagados, enrojecidos por el frío, la fiebre y el hambre. Las lágrimas brillaban en las pupilas, se deslizaban entre las sucias barbas. Si por casualidad empujaba a alguien en la aglomeración y le pedía excusas, diciendo "Prosze Pana" (2), el tropezado levantaba entonces la cabeza, mirándome incrédulo, lleno de asombro. Yo sonreía repitiendo: "Prosze Pana", porque me daba cuenta de que mi amabilidad era para ellos una cosa maravillosa. Sabía que desde hacía dos años y medio de angustia y bestial esclavitud, era aquella la primera vez que un oficial enemigo (no alemán, sino italiano, aunque para ellos no bastara, sin embargo) decía amablemente "Prosze Pana" a un infeliz judío del ghetto de la que fue la hermosa Varsovia.
 De vez en cuando me veía obligado a pasar por encima de un muerto. Caminaba entre la multitud sin ver dónde ponía los pies, y por eso tropezaba de vez en cuando con un cadáver extendido sobre la acera entre los rituales candelabros hebreos. Los muertos yacían abandonados en la nieve, en espera de que un furgón pasara a recogerlos: pero la mortalidad era muy grande y los furgones escasos. No había tiempo para recoger a todos, y por eso los muertos permanecían días y días extendidos sobre la nieve entre apagados candelabros. Muchos yacían encima de las baldosas de los zaguanes de las casas, en los pasillos, en los rellanos de las escaleras, o en las camas dentro de habitaciones atestadas de gente pálida y silenciosa. Mostraban las barbas sucias de nieve y fango. Y algunos tenían los ojos desencajados, siguiéndonos largo rato con una mirada terriblemente fija. Rígidos y duros, parecían estatuas de madera, recordándome los cadáveres judíos de Chagall. Las barbas parecían azules en los rostros lívidos y descarnados por el hielo de la muerte; de un azul tan puro que recordaba el del mar, aquel misterioso y brillante azul del mar en ciertas horas misteriosas del día.
 El silencio de las calles de la "ciudad prohibida", aquel silencio glacial, estremecido como por un escalofrío, por el leve rechinar de dientes, me oprimía de tal modo que, de pronto, me puse a hablar solo, en voz alta. Todos se volvieron a mirarme con una expresión de profundo asombro y de temor en las miradas. Entonces empecé a observar los rostros de la multitud. La mayoría de los hombres aparecían con barba, y las pocas caras afeitadas que se veían eran espantosas, tan desnudas se reflejaban en ellas el hambre y la desesperación. Las de los adolescentes estaban cubiertas por un vello rizado negruzco o rojizo sobre la piel, que parecía de cera; las caras de las mujeres y de los niños eran como de papel. Y en todas se veía ya impresa la azulada sombra de la muerte.
 Los ojos, en aquellos rostros de papel gris o blanco, de una blancura de yeso, parecían extraños insectos, dispuestos a hurgar en lo más profundo de las órbitas con sus patitas velludas y a chupar aquel poco de luz que resplandecía en sus cuencas. Al acercarme yo, aquellos repugnantes insectos se movían inquietos; dejando por un instante su presa, salían del fondo de las órbitas como de una madriguera, mirándome fijamente, atemorizados. Eran ojos de una vivacidad extraordinaria, ardientes de fiebre, húmedos y melancólicos. Otros relucían con reflejos verdosos semejantes a escarabajos y otros eran rojizos, negros, blancos, apagados y opacos, tenues por el velo sutil de la catarata. Los ojos de las mujeres mostraban una valiente firmeza y sostenían mi mirada con insolente desprecio. Luego se detenían en la cara de mi acompañante y entonces yo observaba que una sombra de miedo y asco los empañaba repentinamente. Pero los ojos de los niños eran terribles, no podía mirarlos. Sobre aquella negra multitud, vestida con largos caftanes negros, las frentes cubiertas con gorros negros también, planeaba un cielo de algodón sucio, un cielo de algodón hidrófilo.
 En las encrucijadas de las calles vigilaban parejas de guardias hebreos, con la estrella de David estampada en color rojo en el brazalete amarillo.»

 (1) Mi querido Malaparte.
 (2) Perdone.

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones G.P., 1969, en versión española de R. Coll Robert, pp. 106-109. Depósito legal: B. 23.565-1969]

domingo, 13 de septiembre de 2026

De la dignidad del hombre.- Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494)

 

Apéndice primero
Carta de Juan Pico de la Mirandola a Hermolao Barbaro

 «¿Quién no condenará y detestará, en efecto, los zarcillos y el aderezo de ramera en una honesta doncella? Tanta es la contrariedad entre el oficio del filósofo y del retórico que no pueda ser mayor. Pues ¿cuál es el oficio del retórico sino mentir, engañar, acorralar, embaucar? Es vuestro, decís vosotros mismos, poder a voluntad cambiar con la palabra lo negro en blanco, lo blanco en negro, poder, según se quiera, quitar, tirar, agrandar, achicar, por medio de la fuerza casi mágica de la elocuencia (os preciáis de ello) trasfigurar las cosas mismas, poniéndoles el rostro que os venga en gana, de modo que, si no hacéis que sean lo que no son de su propia condición, al menos aparezcan tal como queréis al que os escucha. Todo esto ¿es otra cosa que pura mentira, mera impostura y simple embaucamiento? Siempre a espaldas de la realidad, saliéndose de ella por más o cortándola por menos, jugando con los ánimos de los oyentes, halagando sus oídos con cantos falaces y envolviéndolos en redes de engaños y fantasmagorías. ¿Es que va a haber hermandad de éste con el filósofo, cuyo empeño todo está en conocer y demostrar la verdad a los demás? Junta a ello que nosotros no pondremos fe alguna en los que afectan las exquisiteces y las galanuras de las palabras, como si fiáramos menos de las cosas mismas y, no haciéndonos fuertes en lo verdadero, buscáramos más bien arrastrar a los hombres con estos halagos.
 Vale para esto leer los libros sagrados más tosca que elegantemente escritos, y ver que nada hay más impropio y nocivo en cualquier materia, donde de conocer la verdad se trata, que todo este género refinado de hablar. Quédese esto para los asuntos del foro y de la plaza, no para las cuestiones naturales y celestes. No es propio de los que andamos por la Academia, sino de los que se mueven dentro de la República aquella, en la que cuanto se dice y hace se lleva a refrendo popular, donde las flores tienen más peso que los frutos. ¿No sabes aquello de "No a todos les cae bien el mismo aire"? Elegante cosa es (lo confesamos) la abundancia de verbo llena de atractivo y deleite, pero en el filósofo no es ni hermosa ni agradable. ¿Quién va a condenar en el histrión el paso muelle, las manos vivaces, los ojos lúbricos? ¿Quién no lo reprenderá y abominará en el ciudadano, en el filósofo? Si a la muchacha la vemos graciosa de meneos, dicharachera, la alabamos, se nos van los besos; en una grave matrona lo condenamos, lo perseguimos, No nosotros, sino ellos, los estúpidos, los que a los pies de Vesta festejan bacanales, los que afean la gravedad y la casta verdad de las cosas de la filosofía con juergas y tramoyas de feria. Vale decir de este modo de discursos lo que Sinesio dice del mocito afeminado, con su melena siempre ungida de molicie. Nosotros preferimos la nuestra (oración) hirsuta, suelta de pelo, fofa, desaliñada, más que bellamente peinada, con la nota o sospecha de insinceridad.
 Y para que no quede nada por decir, esto es verdaderísimo, que nada hay más impropio del oficio del filósofo, en cualquier asunto, que lo que de algún modo sabe a lujo o a fausto. Los zapatos sicionios valen y se adaptan al pie, decía Sócrates, pero no se adaptan a Sócrates. No es la misma ley de vestir la del civil y la del filósofo; como tampoco la de la mesa ni la del hablar. Usa de ellas el filósofo por sola necesidad; usa de ellas el civil aun para solaz. Si el civil las usa descuidadamente, no es civil; si se apega a ellas no será aquél filósofo. Si pudiera Pitágoras vivir sin comer, aun de las verduras se abstendría. Sin con sólo su rostro, o al menos con menos que una conversación pudiera expresar sus pensamientos, omitiría el mismo hablar; tan lejos está de cuidarse, de pulir y adornar el lenguaje. Lo que nos pone en guardia para que el lector no se quede en la lengua engolosinado por la piel redomada y no penetre hasta la médula y la sangre, la que muchas veces vimos asomar manchada bajo un rostro maquillado. Vimos, quiero decir, en todo esto a muchos que ya se acostumbraron a detener al lector en esta primera fachada con tonos musicales variados, cuando por dentro y por detrás nada hay que no sea vano y huero. Que si hace esto el filósofo, clamará Musonio que no es allí el filósofo el que habla, sino la trompeta que suena. No se nos achaque, pues, como vicio el no haber hecho lo que es vicio hacer. Miramos lo que vamos a decir, no cómo lo vamos a decir, más aún, miramos el cómo, a saber, que sea sin floreo ni pompa de palabras, no que nuestra oración sea placentera, bella y airosa, sino útil, ponderada y respetable, que alcance la majestad por el temor antes que la gracia por la blandura; no esperamos el aplauso del teatro, atusando los oídos con frases cortadas con justeza cadenciosa, esto va falso, aquello gracioso, sino buscamos más el silencio de pocos, por la admiración, al penetrar en algún punto, ya deducido de los misterios de la naturaleza, ya traído a los hombres desde el alcázar del cielo; o bien algo tan evidenciado que no necesite defenderse, tan defendido que no deje lugar a la impugnación.
 Admírennos a nosotros, sagaces en inquirir, circunspectos en el explorar, sutiles en el contemplar, graves en el señalar, comprometidos en el atar, diestros en el desatar. Admiren en nosotros la concisión de estilo henchida de muchas y grandes cosas, bajo atinadas palabras, en trascendentalísimas proposiciones llenas de problemas, llenas de soluciones. Lo capaces que somos, lo adiestrados para eliminar ambigüedades, disolver objeciones, desenredar lo implicado, abatir lo falso y confirmar lo verdadero con elásticos silogismos. Con estos títulos, ¡oh Hermolao!, salvaremos nuestra memoria del olvido para la hora presente y no dudamos de que también de ahora en adelante; que si dices que para el vulgar pasamos por sórdidos, rudos, incultos, esto cede más en nuestra gloria que en nuestro deshonor; no escribimos para el vulgo sino para ti y para los semejantes a ti. No de otro modo que los mayores, nuestros antepasados, que con sus ropajes de enigma y de fábula alejaban a los hombres idiotas de los misterios, también nosotros tomamos la costumbre de espantarlos de nuestros manjares, que no harían más que emporcar, con la corteza un poco amarga de nuestro lenguaje. Que también los que quieren ocultar sus tesoros, si no los pueden apartar lejos, suelen taparlos con barreduras y cascotes, para que los pasan al lado no los descubran, si no son aquéllos solos que se hubieren hecho dignos de tal favor. Similar empeño de los filósofos en celar sus cosas al pueblo, del cual no sólo no pueden esperar que los apruebe, pero ni que los entienda, y tampoco por ello es razonable que las cosas que escriben tengan algo de teatral, bueno para el aplauso, de eco popular, que en una palabra parezca que buscan acomodarse al sabor de la multitud.
 Pero quieres que te aclare la idea de nuestro alegato. Es la mismísima que la de los silenos de nuestro Alcibíades; sus estatuas presentaban un rostro horripilante, triste y vil, pero dentro estaban llenas de joyas, de recamados y raros vestidos. Por eso si de fuera lo miras, verás una fiera, si por dentro, un numen.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición de Luis Martínez Gómez, pp. 145-149. ISBN: 84-276-0653-2.]

domingo, 6 de septiembre de 2026

Por el camino de Swann.- Marcel Proust (1871-1922)

 

Primera parte: Combray
Dos
 
 «Quizá de una impresión que tuve cerca de Montjouvain, unos años más tarde, impresión que entonces no vi clara, proceda la idea que más tarde me he formado del sadismo. Se verá más adelante que, por otras razones, el recuerdo de esa impresión estaba llamado a jugar un importante papel en mi vida. Hacía un tiempo muy caluroso; mis padres tuvieron que marcharse de casa por todo el día y me dijeron que volviera a la hora que yo quisiera; fui hasta la charca de Montjouvain, porque me gustaba mirar cómo se reflejaba en ella el tejado de la chocita; me tumbé a la sombra y me dormí entre los matorrales del talud que domina la casa, en aquel mismo sitio donde estuve esperando a mis padres el día que fueron a visitar al señor Vinteuil. Cuando desperté era casi de noche, e iba ya a levantarme cuando vi a la señorita de Vinteuil (apenas sí la reconocí, porque en Combray la había visto sólo unas cuantas veces, y cuando era niña, mientras que ahora era una muchachita), que, sin duda, acababa de volver a casa, a unos centímetros de donde yo estaba, en la misma habitación en que su padre recibiera al mío, y que ahora era la salita de ella. La ventana estaba entreabierta y la lámpara encendida, de modo que yo veía todo lo que hacía sin que me viera ella, pero si me marchaba podía oír el ruido de mis pasos entre los matorrales, y quizá supusiera que me había escondido allí para espiarla.
 Estaba de riguroso luto, porque hacía poco que había muerto su padre. No habíamos ido a darle el pésame; no quiso mi madre, a causa de una virtud que en ella era lo único que limitaba los efectos de la bondad: el pudor; pero compadecíala profundamente. Se acordaba mi madre del triste final de la vida del señor Vinteuil, absorbido primero por las funciones de madre y de niñera que cumplía con su hija y luego por lo que ella le hizo sufrir; veía el torturado rostro del viejo en aquellos últimos tiempos; sabía que tuvo que renunciar para siempre a acabar de transcribir en limpio todas sus obras de los últimos años, pobres obras de un profesor de piano, de un ex organista de pueblo, que considerábamos de poco valor intrínseco, pero sin despreciarlas, porque para él valían mucho y fueron su razón de vivir antes de que las sacrificara a su hija, y que en su mayor parte ni siquiera estaban transcritas, retenidas sólo en la memoria, y algunas apuntadas en hojas sueltas, ilegibles, y que se quedarían ignoradas de todos; y mi madre pensaba en aquella otra renuncia, aún más dura, a que tuvo que ceder el señor Vinteuil: renunciar a un porvenir de honradez y respeto para su hija; y cuando evocaba aquella suprema aflicción del viejo maestro de piano de mis tías, sentía pena de verdad y pensaba con terror en esa otra pena mucho más amarga que debía de tener la hija de Vinteuil, unida al remordimiento de haber ido matando poco a poco a su padre. "Pobre señor Vinteuil -decía mamá-: vivió y murió por su hija, que no le ha dado ningún pago. Veremos si se le da después de muerto y en qué forma. Sólo ella puede hacerlo".
 Al fondo de la salita de la señorita de Vinteuil, encima de la chimenea, había un pequeño retrato de su padre, y en el momento en que oyó ella el ruido de un coche que venía por la carretera, se levantó, cogió la fotografía, se echó en el sofá y acercó junto a sí una mesita en la que puso el retrato, lo mismo que en otra ocasión había acercado el señor Vinteuil aquella obra que deseaba dar a conocer a mis padres. Pronto entró su amiga. La hija de Vinteuil no se levantó a recibirla, y con las dos manos enlazadas por detrás de la cabeza se retiró hacia el extremo opuesto del sofá como para dejarle un hueco. Pero en seguida se dio cuenta de que eso era como imponerla una actitud que quizá le era molesta. Acaso a su amiga le gustaría más ir a sentarse en una silla más apartada; y se cogió en pecado de indiscreción, y la delicadeza de su corazón se asustó; volvió a ocupar el sofá entero y empezó a bostezar, como indicando que se había echado porque tenía sueño y nada más. A pesar de la familiaridad ruda e imperativa que tenía con su amiga, reconocía yo los ademanes obsequiosos y reticentes de su padre, los mismos repentinos escrúpulos.
 Al poco se levantó, hizo como que quería cerrar la ventana y que no podía.
 -Déjala abierta, yo tengo calor -dijo su amiga.
 -Pero es muy molesto que nos vean -contestó la señorita de Vinteuil.
 Y debió de adivinar que su amiga se creería que no había dicho aquellas palabras más que para provocarla a contestar con otras que estaba deseando oír, pero cuya iniciativa dejaba por discreción a la otra. Y su mirada tomó sin duda, porque yo no podía distinguirla, aquella expresión que tanto gustaba a mi abuela, al pronunciar estas palabras:
 -Cuando digo que nos vean, me refiero a que nos vean leer: es que por insignificante que sea lo que está una haciendo, siempre molesta que haya unos ojos que nos estén mirando.
 Por generosidad instintiva, y por involuntaria cortesía, se callaba las palabras premeditadas que había juzgado indispensables para la realización de su deseo. Y a cada momento, en el fondo de sí misma, una virgen tímida y suplicante imploraba y hacía retroceder a un soldadote rudo y triunfante.
 -Sí, es muy probable que nos estén mirando a esta hora en un campo tan solo como éste -dijo irónicamente su amiga-. Y si nos miran, ¿qué? -añadió, creyendo que debía acompañar con un guiño malicioso y tierno aquellas palabras que recitaba por bondad, como un texto agradable, a la señorita de Vinteuil, y con tono que quería ser cínico-, y ¿qué? Si nos ven, mejor.
 La hija de Vinteuil se estremeció y se levantó de su asiento. Aquel corazón suyo, escrupuloso y sensible, ignoraba qué palabras debían venir espontáneamente a adaptarse a la situación que sus sentidos estaban pidiendo. Iba a buscar lo más lejos que podía de su verdadera naturaleza moral el lenguaje propio de la muchacha viciosa que ella quería ser, pero las palabras que en aquella boca le hubieran parecido sinceramente dichas le sonaban a falso en la suya. Y las pocas que decía le salían en un tono afectado, en el cual sus hábitos de timidez paralizaban sus intentos de audacia, y todo salpicado de "¿tienes frío, tienes calor, tienes ganas de quedarte sola y leer?"
 -La señorita me parece que tiene esta noche ideas lúbricas -dijo, por fin, como si repitiera una frase oída otras veces a su amiga.
 La señorita de Vinteuil sintió que su amiga arrancaba un beso del escote de su corpiño de crespón, lanzó un chillido, escapó, y las dos se persiguieron saltando, con sus largas mangas, revoloteando como alas, cacareando y piando como dos pajarillos enamorados. Por fin, la hija de Vinteuil acabó por caer en el sofá, cubierta por el cuerpo de su amiga. Pero como ésta estaba de espaldas a la mesita donde se hallaba el retrato del viejo profesor de piano, la señorita de Vinteuil comprendió que no le iba a ver si no le llamaba la atención, y le dijo, como si acabara de fijarse en el retrato:
 -Y ese retrato de mi padre, siempre mirándonos; yo no sé quién le ha puesto ahí: ya he dicho veinte veces que no es su sitio.
 Me acordé de que esas mismas eran las palabras que Vinteuil dijo a mi padre, refiriéndose a la obra musical. Sin duda se servían de aquel retrato para profanaciones rituales, porque su amiga le contestó con esta frase que debía formar parte de las respuestas litúrgicas:
 -Déjale donde está, ya no nos puede dar la lata. Y que no gemiría y te echaría chales encima si te viera así, con la ventana abierta, el tío orangután.
 La hija de Vinteuil contestó con unas palabras de cariñosa censura  que delataban su bondadosa índole; no porque las dictara la indignación que pudiera causarle aquel modo de hablar de su padre (evidentemente estaba ya acostumbrada, y quién sabe con ayuda de qué sofismas, a sofocar ese sentimiento), sino porque eran como un freno que para no mostrarse egoísta ponía ella misma al placer que su amiga estaba deseando procurarle. Y además, esa moderación sonriente para contestar a tales blasfemias, aquel reproche cariñoso e hipócrita, se aparecían quizá a su naturaleza franca y buena como una forma particularmente infame, como una forma dulzarrona de aquella perversidad que estaba intentando asimilarse. Pero no pudo resistir a la seducción del placer que sentiría al verse tratada con cariño por una persona tan implacable con los muertos sin defensa; saltó a las rodillas de su amiga y le ofreció castamente la frente, como si hubiera sido su hija, sintiendo con deleite que las dos llegaban al extremo límite de la crueldad, robando hasta en la tumba su paternidad al señor Vinteuil. Su amiga le cogió la cabeza con las manos y le dio un beso en la frente, con docilidad que le era muy fácil por el gran afecto que tenía a la señorita de Vinteuil y por el deseo de llevar alguna distracción a la vida tan triste de la huérfana.
 -¿Sabes lo que me dan ganas de hacerle a ese mamarracho? -dijo cogiendo el retrato.
 Y murmuró al oído de la hija de Vinteuil algo que yo no pude oír.
 -No, no te atreves.
 -¿Que no me atrevo yo a escupir en esto, en esto? -dijo la amiga con brutalidad voluntaria.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Soledad Salinas de Marichal y Jaime Salinas, pp. 192-197. ISBN: 84-7530-046-4.]

domingo, 30 de agosto de 2026

Cuentos históricos del pueblo africano.- Johari Gautier Carmona (1979)

Cuentos del África antigua, clásica y colonial
El esclavo Ashanti
Costa de Oro, siglos XVII-XVIII

  «Me encadenaron mis propios hermanos, me encerraron en un calabozo oscuro con las manos atadas y ahora me veo desterrado en tierra desconocida, en la tierra de los enemigos, los fanti, vendido como si fuese cualquier tipo de mercancía. Y ellos, los fanti, me entregarán sin duda a los británicos o a los daneses, a cualquiera de los dos, a cambio de un arma, alhajas o tejidos. Nada más. No sé dónde iré a parar, no sé cómo acabaré mis días, lo más seguro es que me deporten a un lugar completamente desconocido, muy lejos de aquí, detrás del océano y del horizonte marítimo. Eso es lo que han hecho con muchos otros y nunca han vuelto. Nunca volveré. Posiblemente sean mis últimos suspiros en la Costa de Oro, esa costa maldita, y ahora recuerdo, muy nostálgicamente, el río junto al que crecí, el río Volta, el río que sirvió de perfecto adorno para mi niñez, su espíritu tranquilizador y los enormes peces que en él crecen y se multiplican. También me acuerdo de mis padres, mis primos y hermanos, todos los que llevan mi sangre y comparten mi nombre. ¿Cómo estarán sin mí? ¿Seguirán viviendo normalmente o les habrá invadido el miedo a ser deportados abusivamente como hicieron conmigo?
 Ahora me tratan como un animal, como un simple objeto. Oigo decir que acabaré en las manos de un blanco, uno de esos hombres procedentes de otro mundo paralelo. Esos hombres vestidos de los pies a la cabeza y rodeados de un halo de energía, empuñan enormes lanzas de fuego que fulminan a los adversarios como los rayos y montan caballos de un pelaje rutilante. Realmente, no sé cómo son. Lo único que sé es que me detuvieron mis propios hermanos, mi gente, y que después de algunas negociaciones, pasé a manos de nuestros enemigos, los fanti. Hasta ahora, sólo he visto el color negro en la piel de los que me trasladan de sitio a otro, la avaricia destructiva del deseo de acumular riquezas y el valor mercantil que aparece en mi rostro. "Éste puede trabajar en el campo", escuché decir a uno. "Es alto, fuerte y tiene un poco de educación".
 Recuerdo el año en que nuestro rey Osei Tutu fundó nuestra confederación Ashanti, cuando venció al tirano y débil Denkira y se sentó sobre el gran taburete de oro. Hace bastante tiempo de esto. En ese año se consolidó la ilusión de ver a nuestra gente redimida de la amenazante sombra de los pueblos vecinos y esclavizadores. Nosotros, humildes agricultores del interior, manifestamos con ese alzamiento nuestra dignidad y nuestro profundo deseo de ser libres. Libres hasta el final de los tiempos, libres de seguir con nuestra vida, libres de ocupar el espacio de nuestros antepasados, libres de vivir en paz y de gozar del fruto de la tierra, libres de pasear nuestro ganado sin el pago de tasas desorbitantes. Ése fue el sentimiento que acaparó la mente de la gente sencilla y sincera, como yo. Poco tardamos en ser desengañados por nuestros dirigentes, por nuestros jefes tradicionales, que vieron en la esclavitud una forma de consolidar el poder central, de acumular riquezas y de expandir los límites de nuestro territorio.
 Gran ironía de la historia. Así fue como nosotros, ashantis, empezamos a crecer. De ser esclavos pasamos a ser esclavizadores, de agredidos a agresores. Las conquistas de territorios fueron alentadas hasta su extremo para forzar la captura de esclavos y luego comerciar con los fantis que, por cuestiones históricas, se encargarían de comerciar con los hombres blancos. La codicia llegó a ser tan grande que las guerras no fueron suficientes para la captura de esclavos, por eso, nuestro rey y sus súbditos organizaron varias revueltas en la capital Kumasi para enviar a gente de su pueblo como esclavos. Nos prohibieron a nosotros, los campesinos del extremo norte, el acceso a nuestros cultivos y se apoderaron de las mujeres más bellas, dejándonos sin nada. Absolutamente nada. Fue cuando me organicé con otros hombres desolados para defender nuestro derecho a ser padres de familia y poder labrar la tierra de nuestros ancestros, pero ese derecho nos fue violentamente denegado. Los grandes guerreros del Imperio Ashanti, hombres colosales y fornidos, nos arrastraron sin compasión hasta los calabozos de Kumasi para ser tachados de rebeldes. 
 Mis gritos no sirvieron de nada. Tampoco los de mi familia o los de mis compañeros. Las autoridades y los burócratas ignoraban nuestras protestas por miedo a ser acusados de confabuladores y si por suerte respondían era para decirme que sólo seguían las leyes. Y esas leyes habían sido endurecidas drásticamente con el fin de multiplicar los delitos y, consecuentemente, el número de esclavos. Todo había sido arreglado para que nuestras rebeliones fueran acalladas y me encontré rápidamente en el más oscuro de los silencios, en un calabozo solitario. Aquí es donde estoy ahora, repasando los sucesos de una vida que ya no es mía, que nunca lo será. Perdí el control de mi destino el mismo día en que el rey me arrancó de la tierra de mis ancestros y de mi mujer. Ahora sólo espero piedad. Piedad de los fanti. Piedad de los blancos y de los espíritus. Piedad del Dios de los cielos, Nyame, y de los demás Dioses, Asase y Anansi. Y les pregunto: ¿mi vida se termina aquí?»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2009, pp. 73-75. ISBN: 978-84-92573-93-6.]
 

domingo, 23 de agosto de 2026

Un pequeño paso para [un] hombre.- Rafael Clemente (1945)

4.- La nave principal
La historia del bolígrafo espacial

  «Los primeros astronautas, fueran rusos o americanos, utilizaron lápices como herramienta de escritura. Pero tenía sus inconvenientes: el grafito es conductor e inflamable y una punta rota flotando por la cabina resultaba un peligro, puesto que podía introducirse en algún equipo eléctrico o bloquear el movimiento de un conmutador.
 A comienzos del proyecto Gemini, la NASA encargó un lápiz retráctil diseñado para ser usado en el espacio con todas las garantías. El contrato se lo llevó una empresa de mecánica de precisión, con un importe total de 4.328,50 dólares por treinta y cuatro unidades. Cada una salía a casi ciento treinta dólares. El escándalo y las acusaciones de despilfarro perseguirían a la Agencia durante muchos años.
 En la misma época y por iniciativa propia, Paul Fisher, un fabricante de equipos de escritura, patentó un bolígrafo capaz de escribir boca abajo. El secreto estaba en su cartucho de tinta, presurizado con nitrógeno a poco más de dos atmósferas y una tinta en gel. Fisher aseguró que el desarrollo había costado cerca de un millón de dólares, pero la NASA -escarmentada por la historia del lápiz- no participó en el proyecto. Se limitó a comprar unos centenares de bolígrafos cuando ya estuvieron en el mercado... a un precio de cuatro dólares menos descuento por cantidad. Los rusos también se hicieron clientes de la Fisher Space Pen.
 Hoy, medio siglo después, el bolígrafo espacial sigue disponible en el mercado; la inflación ha multiplicado por diez su precio con respecto a aquellos primeros ejemplares.

Gastronomía para exploradores lunares

 En las misiones Apollo, la cocina espacial había mejorado mucho con respecto a la que padecieron los primeros astronautas. Ya podían escoger sus preferencias entre un menú de setenta platos. Eso sí, siempre se trataba de alimentos liofilizados, deshidratados o que pudieran presentarse en bocaditos. Para beber, agua, obtenida como subproducto de las pilas de combustible del módulo de servicio. La nave disponía de dos dispensadores: uno para agua fría y otro para agua caliente. Los astronautas se quejaron con frecuencia no tanto de su sabor, sino de que contenía numerosas burbujas de gas que les provocaban molestias gástricas. Se probaron varias soluciones, entre ellas la de centrifugar el agua en bolsas de plástico, pero ninguna funcionó. Sólo a partir de la segunda misión lunar el problema quedó resuelto mediante unos filtros catalizadores de plata y paladio que absorbían el hidrógeno y lo descargaban al vacío.
 En general, la gastronomía durante los viajes de ida y vuelta a la Luna resultaba aceptable. Otra cosa muy distinta eran los menús disponibles en la propia Luna.
 Las primeras comidas en la Luna (Apollo 11) fueron bastante espartanas. La despensa del módulo lunar contenía sólo dos menús, seleccionados entre otras cosas por su bajo residuo. El primero: cubos de tocino, melocotón, galletitas de azúcar, zumo de piña y pomelo y café; el segundo, algo más sustancioso: estofado de buey, sopa de pollo, pastel de dátiles y zumos de uva y naranja.
 Por si a los astronautas les apetecía "picar" algo más, se habían añadido algunos frutos secos, barras de caramelo, pan y pavo en salsa. Sin platos ni vasos, por supuesto. La vajilla del Eagle sólo eran dos cucharas.
 Todos los alimentos podían conservarse sin refrigerar y tampoco hacía falta calentarlos (en el módulo lunar no había nada parecido a una cocina ni a una nevera). Algunos, como el tocino y el pavo, iban estabilizados con una cubierta de gelatina. Las galletas y el pan habían sido tratados para evitar migas que pudieran salir flotando (2).

Ir al lavabo camino de la Luna

 La eliminación de los residuos fisiológicos, tanto sólidos como líquidos, fue problemática ya desde los primeros vuelos tripulados y continuó siéndolo durante todo el programa Apollo. En general, los sólidos se almacenaban a bordo; la orina se descargaba en el vacío del espacio, donde se vaporizaba al instante. Sólo en los últimos vuelos se trajeron muestras de orina a la Tierra, como parte de ciertos estudios médicos.
 Para los astronautas, ir de vientre nunca resultó una experiencia satisfactoria. Las heces se recogían en unas bolsas de plástico con borde adhesivo para sujetarlas a las nalgas. No era fácil y con frecuencia parte del material escapaba y flotaba en la cabina, pegándose a los trajes o a los paneles de mando.
 Al menos en una ocasión, durante su trigésima revolución alrededor de la Luna, los astronautas del Apollo 10 se refirieron a algunos aspectos menos agradables de compartir espacios en momentos tan delicados. Como el descubrimiento de un objeto volante claramente identificado:

 CERNAN: ¿De dónde ha salido eso? 
 STAFFORD: Pásame una servilleta rápido. Hay una mierda flotando en el aire.
 YOUNG: Yo no lo hice. No es mío.
 CERNAN: Creo que tampoco es uno de los míos.
 STAFFORD: El mío era un poco más pegajoso...

 Los tres rechazaban con vehemencia la paternidad del descubrimiento. La transcripción oficial de la conversación, al menos en su primera edición, llevaba el sello "Confidencial".
 Una vez terminado su uso, el astronauta debía introducir en la bolsa una pastilla germicida, amasar bien y guardarla en un compartimento creado al efecto. Todo el proceso podía llevar hasta una hora. No es de extrañar, pues, que para minimizar el problema se recurriese a laxantes antes del lanzamiento, dietas bajas en residuos e incluso medicación reductora del movimiento intestinal.
 En el módulo de mando, los residuos se guardaban en un compartimento situado en la pared derecha de la cabina, que no siempre cerraba herméticamente. El germicida pretendía impedir la fermentación y la emisión de gases. Lo último que la NASA quería era ver alguna de las bolsas hinchándose y amenazando con convertirse en una especie de granada maloliente. Para evitarlo, todos los residuos sólidos se almacenaban en un doble envoltorio de plástico. En caso de ruptura de una bolsa de heces ya guardada en el cajón de desechos, un sensor registraba el aumento de presión. Si superaba una décima de atmósfera, se abría una válvula que comunicaba con la cabina para alertar a los astronautas por el método más antiguo: el olor. Entonces podían accionar a mano otra válvula para conectarlo con el circuito de expulsión de orina y evacuar por allí el aire contaminado. Las bolsas permanecerían a bordo hasta volver a la Tierra.
 A bordo del módulo lunar, las heces se trataban de forma similar, salvo que las bolsas usadas acabarían arrojadas al exterior junto con el resto de la basura. Los astronautas aborrecían este sistema, en especial cuando tenían que utilizarlo vestidos con sus escafandras: el culote no era lo suficientemente amplio para aplicar bien los adhesivos. Pero nadie había encontrado ninguna solución mejor. El uso de un inodoro más o menos convencional tendría que esperar años, hasta que entrasen en servicio los laboratorios Skylab, Salyut o el propio transbordador espacial.»

(2) Un resumen de la tecnología empleada en la preparación de alimentos para los vuelos Apollo puede consultarse en http://history.nasa.gov/SP-368/s6ch1.htm
    
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2018, pp. 126-131. ISBN: 978-84-480-2494-4.]

domingo, 16 de agosto de 2026

Humano, demasiado humano.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Capítulo VIII: Una ojeada al Estado

 «438.-Pedir la palabra. El carácter demagógico y el propósito de influir en las masas son hoy comunes a todos los partidos: en virtud de ese propósito, todos sienten la necesidad de convertir sus principios en grandes necedades de las dimensiones de un fresco para poder pintarlas en las paredes. Nada de esto se puede cambiar y hasta resulta superfluo levantar el dedo para oponerse a ello; pues en esta cuestión cabe aplicar aquella frase de Voltaire que dice: "Cuando el populacho se pone a razonar, todo está perdido". Una vez consumado este hecho, hay que resignarse a la nueva situación, como nos resignamos cuando un temblor de tierra desplaza las viejas lindes, devastando los contornos y la configuración del suelo, y modificando el valor de la propiedad. Además, si de lo que se trata en lo sucesivo es de que toda política haga la vida soportable al mayor número posible, creo que es a esa mayoría a quien toca también decidir qué es lo que entiende por una vida soportable y si se cree con la suficiente inteligencia para hallar igualmente los medios adecuados para conseguir ese fin, ¿de qué serviría dudar de ello? Han manifestado que quieren ser los artífices de su felicidad, de su desgracia y si ese sentimiento de autonomía, ese orgullo por las cinco o seis ideas que albergan en la cabeza y que pregonan, les hacen, realmente, la vida tan agradable como para soportar con alegría las consecuencias fatales de su estrecheces de espíritu, ya no hay gran cosa que objetar, siempre y cuando esa estrechez no llegue a exigir que todo entre, en este sentido, dentro de la política y que todo el mundo haya de vivir y de actuar según ese criterio. En primer lugar, hay, en efecto, que permitir que algunos se abstengan de la política y que se queden un tanto al margen: pues también a éstos les impulsa el ansia de autonomía y pueden sentir asimismo cierto orgullo guardando silencio cuando hay muchos que hablan demasiado o cuando simplemente se habla demasiado. En segundo lugar, hay que tolerar que esos pocos no se tomen totalmente en serio la felicidad de la mayoría, ya se trate de pueblos enteros o de sectores sociales, y que se permitan de vez en cuando una sonrisa irónica, pues su seriedad está en otra parte, su felicidad se define de otro modo, su meta no se deja coger por esas torpes manos que no tienen más que cinco dedos. Por último -y esto es lo que más difícilmente se les concederá, aunque debe permitírseles también-, salen de cuando en cuando de su taciturna soledad y prueban una vez más la fuerza de sus pulmones: entonces, como quien se ha extraviado en un bosque, se llaman para hacerse reconocer y animarse mutuamente; lo que, naturalmente, hace que algunas de las cosas que propagan suenen mal a los oídos de aquéllos a quienes no van destinadas. Una vez dicho esto, vuelve a reinar el silencio en el bosque, un silencio tan profundo que deja oír con más claridad que nunca los silbos, los zumbidos y el revolotear de los innumerables insectos que viven en ese bosque, por arriba y por abajo.
 439.-La cultura y la casta. No puede nacer una cultura superior más que en aquellas sociedades en donde existan dos castas claramente diferenciadas: la de los trabajadores y la de los ociosos, capaces de verdadero ocio; o, con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la casta del trabajo libre. El reparto de la felicidad no es un punto de vista fundamental cuando se trata de crear una cultura superior; pero el hecho es que la casta de los ociosos tiene una mayor capacidad de sufrimiento, que sufre más, que su alegría de vivir es menor y que su tarea es más pesada. Si se produce un intercambio entre las dos castas, de forma que los individuos más obtusos y menos inteligentes de la casta superior son relegados a la casta inferior, y a su vez los seres más libres de ésta tienen acceso a la otra, se logra un estado más allá del cual no se ve más que el mar abierto de las aspiraciones ilimitadas. -Esto es lo que nos dice la voz agonizante del pasado: pero ¿habrá hoy oídos que la oigan?
 440.-En virtud de la sangre. La ventaja que, en virtud de su sangre, tienen hombres y mujeres sobre los demás y que les confiere el derecho indudable de disfrutar de una estima más elevada son dos artes que la herencia ha ido perfeccionando cada vez más: el arte de mandar y el arte de obedecer con orgullo. -En nuestros días, allí donde el mando constituye una parte del trabajo diario (como en el mundo de las grandes empresas comerciales y de las grandes industrias), se produce un hecho similar al de esas familias que tienen ese arte "en virtud de su sangre", pero les falta la noble actitud al obedecer, que en aquéllas constituye un legado de la vida feudal y que no logra echar raíces en el clima de nuestra cultura.
 441.-La subordinación. La subordinación, a la que tanta importancia se concede en el Estado de militares y de funcionarios, no tardará en perder su crédito, como ya lo ha hecho la táctica peculiar de los jesuitas; y cuando ya no sea posible esa subordinación, no se seguirán logrando efectos sumamente asombrosos, por lo que el mundo se verá empobrecido. Ahora bien, no puede menos que desaparecer, pues desaparece su fundamento, esto es, la fe en la autoridad absoluta, en la verdad definitiva; incluso en los Estados militares no basta la coacción física para producirla, pues se requiere la adoración hereditaria de la dignidad principesca como algo sobrehumano. -En un estado social más libre, no se da más que una sumisión sujeta a ciertas condiciones, en virtud de un contrato recíproco, es decir, con todas las reservas del interés personal.»

 [El texto pertenece a la edición en español de M.E. Editores, 1993, en traducción de Edmundo Fernández González y Enrique López Castellón, pp. 243-246. ISBN: 84-495-0022-2.]
 

domingo, 9 de agosto de 2026

El hombre y lo divino.- María Zambrano (1904-1991)

 

III.- Los procesos de lo divino
El infierno terrestre: la envidia
1.-La envidia: mal sagrado
Los males sagrados

 «Existen males sagrados, antiquísimos males que azotan al cuerpo humano. La lepra, la epilepsia y algunos otros que la medicina científica no ha logrado todavía reducir al concepto de enfermedad, sustrayéndolos de ese territorio en que el alma humana siente la maldición, el estigma. No son simplemente enfermedades, sino señales, marcas de algo que parece que no puede ser visible sino de esa horrible manera. El estigma parece ser a veces huella y efigie de un objeto lejano y amado que ha descendido a dejar su impresión como prenda cierta de semejanza en el ser en que ha caído, quien queda así sustraído a lo común. Los males sagrados son estigmas, porque señalan y mantienen aparte al ser hollado por ellos.
 Y este apartamiento de quien sufre un mal sagrado le señala como algo o alguien de otro mundo. La barrera que le separa de los demás no es una cualidad, sino la señal de que algo de "otro mundo" le posee y, como no puede enteramente no estar en éste visible, se descompone. Como si en tales males se mostrase la lucha incesante de los modos de ser en una misma existencia, ninguno capaz de vencer; seres arrebatados a la vida por algo o alguien que, no pudiendo hacerlo por completo, se contenta con marcarlos.
 Tales enfermedades parecen tener su trasunto en la vida moral. Podemos reconocerlos en diversos caracteres. El primero parece ser el del respeto que inspiran, respeto que traza un círculo de silencio en torno. Este vacío es la primera manera de padecimiento exasperante para quien lo sufre. Pues no es sentido como un simple padecer, sino como condena.
 La envidia corresponde, sin duda, a esta clase de males. Siempre se produce un círculo de silencio en torno suyo cuando aparece. Impone respeto e imprime carácter y como ningún otro mal sitúa lejos y aparte a quien la padece. No es una pasión exactamente y aun la idea de pecado parece dejar escapar algo de su esencia, pues pecado es también la avaricia o la ira y no tienen ni el carácter de estigmas, ni de ningún otro de los múltiples que señalan a los males sagrados, que por el momento encerramos en ese vacío, en ese silencio apretado que se hace en torno suyo. Pertenecen al mundo de lo sagrado. Y la primera acción de lo sagrado es enmudecer a quienes lo contemplan.
 Aunque ese enmudecimiento y este silencio tal vez no sea la primera reacción que hayan experimentado los hombres, sino solamente la defensa contra algo de lo sagrado, algo que hace temer o esperar el contagio; contagio, contaminación, que lo sagrado produce en el mundo. Y en su virtud sea éste el primer carácter que tendríamos que reconocer para identificar a estos males sagrados: la acción contagiosa, ante la cual, en determinadas situaciones, la conciencia humana, el saber o la experiencia, levanta ese muro de silencio y respeto. El respeto viene a ser nada más que la acción defensiva ante la capacidad contaminadora de lo sagrado. "Respeto sagrado", es decir, respeto para que lo sagrado no nos contamine, distancia que marca la diferencia de vida, de planos vitales; límite y frontera de nuestro ser y de otra realidad infinitamente activa y repelente a un tiempo.

Señales de lo sagrado: la destrucción

 Actividad incesante en su foco último, contagio en su contacto con nosotros, parece ser la primera manifestación de lo sagrado. Contagio no siempre de males. Más bien, el mal sagrado es como estigma, mal en quien se imprime, pero no un anuncio de un mal análogo del foco donde irradia. Extraña ambivalencia, vacilación esencial de los males sagrados que parecen ser un mal tanto más terrible porque el foco de donde proceden puede muy bien no serlo; como si el mal estuviese solamente en haberse dejado contagiar, en haberse acercado a algo que debía ser respetado, en haber sido arrebatado y contaminado por ese algo infinitamente activo. Por eso estos estigmas no son retratos, huellas, sino contagios, contaminaciones.
 Y tales contagios toman la forma caprichosa y arbitraria, la forma informe propia de lo que no es, ni puede quizá "ser"; las múltiples, infinitas formas en que se presenta la destrucción. Todos los males sagrados, los físicos y los morales, no aparecen con forma y figura propia, sino como algo inapresable, huidizo y sin delimitación. Tal vez en ello estribe una de las analogías con las enfermedades corpóreas por su carácter irreductible a forma y dotadas de una sorprendente actividad. Es la destrucción, la destrucción en marcha que no produce forma alguna, que no es imagen de un cuerpo en otro cuerpo, ni tiene figura; múltiple, acción huidiza e incaptable.
 La destrucción con carácter ilimitado capaz de alimentarse a sí misma es un proceso inacabable del que no se vislumbra el término. Destrucción que se alimenta de sí, como si fuese la liberación de una oculta fuente de energía y que remeda así a la pureza activa y creadora, su contrario. Tal es la ambivalencia de lo sagrado.
 Distingamos, pues, de la simple destrucción que tiene un límite fijado de antemano -cosa sumamente tranquilizadora-, esta otra destrucción propiamente sagrada, sin término y sin fin. Destrucción pura que encuentra alimento en sí misma. Las enfermedades corporales que aparecen de esta manera son portadoras de una promesa de vida inacabable como si el mal, para poder persistir, cuidara de la duración de su presa. Algunas de las llamadas comúnmente pasiones, como la envidia, destruyen al ser que la padece y que, al mismo tiempo, cobra bríos por ella misma. El consumido por la envidia encuentra en ella su alimento. Una destrucción que se alimenta a sí misma; tal parece ser la primera, original, definición de la envidia.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 277-280. ISBN: 84-375-0363-9.]

domingo, 2 de agosto de 2026

Dios y la nueva física.- Paul Davies (1946)

X.- Libre albedrío y determinismo

 «En la actualidad, muchos físicos se inclinan por la llamada interpretación de la teoría cuántica de los múltiples universos de Everett. Este enfoque (discutido brevemente en el capítulo 8) tiene curiosas consecuencias para el libre albedrío. De acuerdo con Everett, cada mundo posible se hace realidad y todos los mundos alternativos coexisten en paralelo. Esta multiplicidad de mundos se extiende a la elección humana. Supongamos que nos enfrentamos a una elección: ¿té o café? Según la interpretación de Everett, el Universo se divide inmediatamente en dos ramas. En una de las ramas tomamos té y en la otra café. ¡De este modo lo tenemos todo!
 La teoría de los múltiples universos parece satisfacer el criterio definitivo para la libertad de elección discutido más arriba. Cuando se produce la división, las circunstancias que conducen a cada resultado son verdaderamente idénticas en todos los aspectos (son de hecho el mismo Universo) aunque se hagan dos elecciones distintas (como dije anteriormente, nada puede verificar esta teoría, puesto que cualquiera debe quedar restringido a una de las ramas del Universo dividido). Sin embargo, la victoria parece pírrica. Si no podemos evitar hacer todas las elecciones posibles, ¿somos realmente libres? La libertad parece excesiva, destruida por su propio éxito. Queremos elegir té o café, pero no té y café.
 Ahora bien, el defensor de los múltiples universos respondería probablemente: "¡Ah! ¿Qué es lo entiende aquí por nosotros?" El "nosotros" que está tomando el té no es el "nosotros" que está tomando el café. Habitan universos distintos. Estos dos individuos a los cuales nos hemos referido un tanto a la ligera como "nosotros" diferirán, como mínimo, en su experiencia perceptual (por ejemplo, en el sabor de la bebida). No pueden ser la misma persona. Así que, una vez hecha la elección, no tomamos en realidad té y café. Uno de los dos "nosotros" es quien ha hecho la elección. De acuerdo con este punto de vista, decir que hemos preferido té en lugar de café no significa más que dar una definición de "nosotros". Decir "elijo té" significa simplemente que "soy un bebedor de té". Así, aunque un solo "nosotros" tuvo que enfrentarse a la elección, el resultado afecta a los dos individuos y no a uno solo. En la teoría de Everett, el yo se desdobla continuamente en incontables copias parecidas (sería interesante explorar las consecuencias que esto comporta para el concepto tradicional de un alma única).
 Se ha escrito mucho sobre la relación entre el libre albedrío y el tema de la responsabilidad y culpabilidad ante el delito. Si el libre albedrío es una ilusión, ¿por qué debe responder nadie de sus actos? Si todo está determinado, todos nosotros estamos atrapados en un curso de acontecimientos decidido antes de nuestra existencia. En un Universo múltiple de Everett, ¿no podría un delincuente aducir que uno de sus múltiples yo se vio obligado por las leyes de la mecánica cuántica a cometer el crimen? Quizá sería mejor apartarnos de este terreno espinoso y preguntarnos sobre la posición de Dios en un Universo determinista. Tan pronto como entra Dios en escena surge una avalancha de enigmas.
 ¿Puede Dios tomar decisiones y ejercer el libre albedrío?
 Si el hombre posee libre albedrío, Dios probablemente lo poseerá también. En este caso, muchos de los problemas anteriores sobre el concepto de libertad se extienden a Dios. Están, además, todas las confusiones habituales asociadas con una deidad infinita y omnipotente. Si Dios tiene un plan para el Universo, plan que implementa como parte de su voluntad, ¿por qué no creó simplemente un Universo determinista en el cual la consecución del objetivo final del plan fuera inevitable? O mejor todavía, ¿por qué no lo creó con este objetivo ya alcanzado? Sin embargo, si el Universo no es determinista, ¿estará limitado el poder de Dios por su incapacidad de predecir o decidir cuál va a ser el resultado?
 Se podría quizá aducir que Dios es libre de renunciar a una parte de su poder, si así lo desea. Él nos puede dar libertad para actuar en contra de su plan si así lo queremos, puede introducir el factor cuántico en los átomos para transformar su creación en un juego cósmico de azar. Sin embargo, esto introduce el problema lógico de cómo puede un ente omnipotente renunciar a una parte de su poder.
 La libertad asociada a la omnipotencia es bastante distinta de la libertad que disfrutan los seres humanos. Se puede ser libre de elegir té o café siempre y cuando dispongamos de las dos bebidas. No somos libres de hacer cualquier cosa que deseemos: atravesar el Atlántico a nado, por ejemplo, o convertir la Luna en queso. El poder humano es limitado y sólo podemos realizar una pequeña parte de nuestros deseos. Por el contrario, el poder de un Dios omnipotente no tiene límite, y un ser de estas características es libre de obtener todo cuanto desee.
 La omnipotencia plantea algunas embarazosas cuestiones teológicas. ¿Tiene Dios libertad para prevenir el mal? Si es omnipotente, la respuesta debe ser afirmativa. ¿Por qué entonces no lo evita? He aquí un argumento devastador debido a David Hume: si el mal del mundo se debe a la intención de Dios, entonces Él no es benevolente. Si en cambio, el mal es contrario a su intención, entonces no es omnipotente. No puede, pues, ser omnipotente y benevolente a la vez como sostienen la mayoría de las religiones.
 Una posible réplica a este argumento es que el mal se debe enteramente a las actividades humanas. Dado que Dios nos ha dado libertad, tenemos capacidad de hacer el mal y frustrar así el plan divino. Pero aún podemos decir que si Dios tiene libertad para prevenirnos de hacer el mal, ¿no debe compartir alguna responsabilidad si no hace nada para evitarlo? Cuando un padre permite a un niño travieso cometer tropelías molestando a los vecinos y causando destrozos, le asignamos normalmente gran parte de culpa. ¿Debemos, por tanto, llegar a la conclusión de que el mal forma parte del plan  divino o Dios, después de todo, no tiene libertad para impedirnos actuar contra él?
 Nuevos e interesantes enigmas aparecen al considerar la doctrina cristiana según la cual Dios trasciende el tiempo, puesto que el concepto de libertad de elección es intrínsecamente un concepto temporal. ¿Qué significado se debe dar a hacer una elección hecha no en un instante particular sino de un modo atemporal? Por otra parte, si Dios conoce el futuro de antemano, ¿qué significado debemos darle a un plan cósmico y a nuestra participación en él? Un Dios infinito conocerá lo que está sucediendo en todas partes, pero, como hemos visto, no hay un instante presente universal, de modo que el conocimiento de Dios se debe extender en el tiempo si se extiende en el espacio. Por tanto, debemos concluir que no tiene sentido que un Dios cristiano eterno tenga libertad de elección. Pero, ¿es concebible que el hombre posea una facultad de la cual no dispone su creador? Nos vemos forzados a llegar a la paradójica conclusión de que la libertad de elección es, en realidad, una restricción que padecemos, es decir, nuestra incapacidad de conocer el futuro. Dios, liberado de las rejas del presente, no tiene ninguna necesidad de libre albedrío.
 Los problemas parecen insuperables. La nueva física abre indudablemente nuevas perspectivas para el antiguo enigma del libre albedrío y el determinismo, pero no los resuelve. La física cuántica socava el determinismo, pero introduce sus propias dificultades en relación a la libertad, no siendo la menor de ellas la posibilidad de realidades múltiples. La teoría de la relatividad presenta un Universo que se extiende en el tiempo y en el espacio, pero todavía deja la puerta abierta para algún tipo de libertad de acción. Sin ninguna duda, los futuros avances en nuestra comprensión del tiempo arrojarán nueva luz sobre estos problemas fundamentales de nuestra existencia.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1994, en traducción de Jordi Vilá, pp. 166-169. ISBN: 84-345-8922-2 (Volumen 42).] 
 

domingo, 26 de julio de 2026

Tractatus Logico-Philosophicus.- Ludwig Wittgenstein (1889-1951)

«1.- El mundo es todo lo que es el caso.
1.1.-El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
1.11.-El mundo viene determinado por los hechos y por ser éstos todos los hechos.
1.12.-Porque la totalidad de los hechos determina lo que es el caso y también todo cuanto no es el caso.
1.13.-Los hechos en el espacio lógico son el mundo.
1.2.-El mundo se descompone en hechos.
1.21.-Algo puede ser el caso o no ser el caso, y todo lo demás permanecer igual.
2.-Lo que es el caso, el hecho, es el darse efectivo de estados de cosas.
2.01.-El estado de cosas es una conexión de objetos (cosas).
2.011.-Poder ser parte integrante de un estado de cosas es esencial a la cosa.
2.012.-En la lógica nada es casual: si la cosa puede ocurrir en el estado de cosas, la posibilidad del estado de cosas tiene que venir ya prejuzgada en la cosa.
2.0121.-Parecería algo así como un azar que a la cosa capaz de darse de modo efectivo por sí misma le correspondiera posteriormente un estado de cosas.
Que las cosas puedan ocurrir en estados de cosas, es algo que debe radicar ya en ellas.
(Algo lógico no puede ser meramente posible. La lógica trata de cualquier posibilidad y todas las posibilidades son sus hechos).
Al igual que no podemos en absoluto representarnos objetos espaciales fuera del espacio, ni temporales fuera del tiempo, tampoco podemos representarnos objeto alguno fuera de la posibilidad de su conexión con otros.
Si puedo representarme el objeto en la trama del estado de cosas, no puedo representármelo fuera de la posibilidad de esa trama. 
2.0122.-La cosa es independiente en la medida en que puede ocurrir en todos los posibles estados de cosas, pero esta forma de independencia es una forma de interrelación con el estado de cosas, una forma de dependencia. (Es imposible que las palabras aparezcan de dos modos diferentes, solas y en la proposición).
2.0123.-Si conozco el objeto, conozco también todas las posibilidades de su ocurrencia en estados de cosas.
(Cualquier posibilidad de este tipo debe radicar en la naturaleza del objeto).
No cabe encontrar posteriormente una nueva posibilidad.
2.01231.-Para conocer un objeto, no tengo ciertamente que conocer sus propiedades externas, pero sí debo conocer todas sus propiedades internas.
2.0124.-Dados todos los objetos, vienen dados también con ellos todos los posibles estados de cosas.
2.013.- Cualquier cosa está, por así decirlo, en un espacio de posibles estados de cosas. Puedo representarme vacío ese espacio, pero no la cosa sin el espacio.
2.0131.-El objeto espacial debe encontrarse en el espacio infinito. (El punto espacial es un lugar argumental).
La mancha en el campo visual no tiene, ciertamente, por qué ser roja, pero ha de tener un color: tiene, por así decirlo, el espacio cromático en torno suyo. El tono ha de tener una altura, el objeto del sentido del tacto una dureza, etc.
2.014.-Los objetos contienen la posibilidad de todos los estados de cosas.
2.0141.-La forma del objeto es la posibilidad de su ocurrencia en estados de cosas.
2.02.-El objeto es simple.
2.0201.-Cualquier enunciado sobre complejos puede descomponerse en un enunciado sobre sus partes integrantes y en aquellas proposiciones que describen completamente los complejos.
2.021.-Los objetos forman la sustancia del mundo. Por eso no pueden ser compuestos.
2.0211.-Si el mundo no tuviera sustancia alguna, el que una proposición tuviera sentido dependería de que otra proposición fuera verdadera.
2.0212.-Sería entonces imposible pergeñar una figura del mundo (verdadera o falsa).
2.022.- Es manifiesto que por muy diferente del real que se piense un mundo ha de tener algo en común con él -una forma-.
2.023.- Lo que constituye esta forma fija son precisamente los objetos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1997, en traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, pp. 15-21. ISBN: 84-487-0119-4.]

domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]