domingo, 30 de junio de 2019

La flor púrpura.- Chimamanda Ngozi Adiche (1977)


Resultado de imagen de chimamanda ngozi adichie 
Hablando con nuestros espíritus. Antes del Domingo de Ramos

«Los muros que cercaban la escuela secundaria Hijas del Inmaculado Corazón eran muy altos, como los de hormigón de casa, pero en lugar de un cable eléctrico en espiral, lo que los coronaba eran trozos de vidrio verde muy afilados. Padre me explicó que aquello era lo que lo había hecho decidirse al terminar la escuela primaria. Me dijo que la disciplina era algo muy importante. Aquello impedía que los jóvenes saltaran el muro y entraran a formar jaleo, como ocurría en las escuelas públicas.
 -Esa gente no sabe conducir -masculló padre al llegar a la verja de la escuela en la que los coches se disputaban el paso a toque de claxon-. No dan ningún premio por ser el primero en acceder al recinto.
 Las vendedoras ambulantes, que eran chicas mucho más jóvenes que yo, provocaban a los hombres junto a la verja, acercándose cada vez más para ofrecerles naranjas peladas, bananas y cacahuetes, con la blusa apolillada resbalándoseles por los hombros. Al fin, padre consiguió acceder al recinto y aparcó cerca del campo de voleibol, un poco más lejos del tramo cubierto de césped muy cuidado.
 -¿Dónde está tu clase? -me preguntó.
 Señalé el edificio junto al grupo de mangos. Padre salió del coche conmigo; yo me preguntaba qué hacía allí, por qué me habría acompañado a la escuela y le habría pedido a Kevin que acompañara a  Jaja.
 La hermana Margaret lo vio conmigo y nos saludó alegremente con la mano mientras emergía de entre el grupo formado por alumnos y algunos padres para acercarse con paso torpe. Las palabras brotaron con facilidad de su boca: que qué tal estaba padre, si estaba contento con mi progreso en las Hijas del Inmaculado Corazón, si asistiría a la recepción del obispo la semana siguiente...
 Al hablar, padre lo hizo con acento británico, como cuando se dirigía al padre Benedict. Lo hacía con cortesía, en aquel tono de ansia por complacer que utilizaba con los religiosos, en especial si eran de raza blanca. Con la misma cortesía con que había entregado el cheque para la reforma de la biblioteca de la escuela. Dijo que esta vez sólo había venido para ver mi clase y la hermana Margaret le respondió que si necesitaba algo que se lo hiciera saber.
 -¿Dónde está Chinwe Jideze? -preguntó padre al llegar a la puerta del aula, donde había un grupo de chicas hablando.
 Miré a mi alrededor, notaba que algo me oprimía las sienes. ¿Qué pretendía padre? El rostro iluminado de Chinwe apareció en el centro del grupo, como de costumbre.
 -Es la chica de en medio -contesté yo.
 ¿Es que padre iba a dirigirse a ella y a estirarle de las orejas por haber sido la primera de la clase? Deseé que se me tragara la tierra.
 -Mírala -me instó padre-. ¿Cuántas cabezas tiene?
 -Una.
 No me hacía falta mirarla para saberlo, pero lo hice de todas formas. Padre se sacó del bolsillo un pequeño espejo del tamaño de una polvera.
 -Mírate.
 Lo contemplé con curiosidad.
 -Mírate en el espejo.
 Tomé el espejo y me contemplé en él.
 -¿Cuántas cabezas tienes, gho? -me preguntó, hablándome en igbo por primera vez.
 -Una.
 -Esa chica también tiene una cabeza, no dos. ¿Por qué entonces has permitido que fuera la primera?
 -No volverá a ocurrir, padre.
 Soplaba un ligero ikuku polvoriento que se arremolinaba en espirales ocres como si fueran muelles que se desenroscaban. Notaba el sabor de la arena que se posaba en mis labios.
 -¿Por qué crees que trabajo tanto para daros lo mejor a Jaja y a ti? Tenéis que hacer algo de provecho con tantos privilegios. Como Dios os ha dado mucho, también espera mucho. Espera la perfección. Yo no tuve un padre que me llevara a las mejores escuelas. Mi padre se dedicaba a adorar a dioses de madera y de piedra. Yo no habría llegado a ninguna parte de no ser por los curas y las hermanas de la misión. Fui sirviente del párroco durante dos años. Sí, sirviente. Nadie me acompañaba a la escuela. Caminaba cada día los trece kilómetros que me separaban de Nimo, hasta que terminé los estudios primarios. Durante los años que asistí a la escuela secundaria San Gregorio, hacía de jardinero para los curas.
 Ya había oído antes aquella historia, cuánto había tenido que trabajar, cuántas cosas le habían enseñado los sacerdotes y las reverendas hermanas en la misión, cosas que nunca hubiera aprendido de haber sido por el idólatra de su padre, mi Papa-nnukwu. Pero asentí y traté de mostrar interés. Tenía la esperanza de que mis compañeras de clase no se preguntaran por qué mi padre y yo habíamos decidido mantener semejante conversación en la escuela, frente al edificio donde se impartían las clases. Al fin, padre se dejó de explicaciones y me retiró el espejo.
 -Kevin te vendrá a buscar -dijo.
 -Sí, padre.
 -Adiós. Estudia mucho.
 Y me dio un breve abrazo de costado.
 -Adiós, padre.
 Lo estaba contemplando alejarse por el camino bordeado de verdes arbustos cuando sonó el timbre que anunciaba la reunión de inicio de la jornada escolar.
 La reunión dio comienzo entre un gran alboroto, hasta la madre Lucy nos pidió varias veces a las chicas que guardáramos un poco de silencio. Yo estaba en primera fila, como siempre, porque las de detrás eran para las muchachas que formaban camarillas, que se reían tontamente y se susurraban cosas entre ellas, a escondidas de los profesores. Estos se encontraban en un podio, como estatuas con su hábito blanco y azul. Tras entonar un canto de bienvenida del cantoral, la madre Lucy leyó el capítulo quinto de san Mateo hasta el decimoprimer versículo y luego cantamos el himno nacional. Esta práctica era algo relativamente nuevo en las Hijas del Inmaculado Corazón. Había empezado el año anterior porque algunos padres habían expresado su preocupación ante el hecho de que sus hijas no conocieran el himno nacional ni el juramento a la patria. Mientras cantábamos observaba a las hermanas. Las reverendas hermanas nigerianas eran las únicas que cantaban, mostrando los dientes que contrastaban con su piel oscura. En cambio, las reverendas hermanas de piel blanca permanecían de pie con los brazos cruzados o palpaban las cuentas de cristal del rosario que llevaban colgado de la cintura mientras vigilaban que todas las estudiantes movieran los labios.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2016, en traducción de Laura Rins Calahorra. ISBN: 978-84-397-3121-4.]

sábado, 29 de junio de 2019

Antología.- José Hierro (1922-2002)


Resultado de imagen de jose hierro 
Otros poemas
 
8.-Cinco cabezas
 
III
 
«Esta cabeza ha oído historias maravillosas, como la de los porqueros que deshincharon sus cerdos, los plancharon, los plegaron, los colocaron ordenadamente en sus zurrones, y montados en pequeñas nubes grises cabalgaron hacia Occidente esquivando olas, esquivando estrellas, y durante el viaje las nubes fueron tomando forma de caballos sin patas. Al llegar, hicieron patas para sus caballos de la madera de unos árboles que jamás habían visto hasta entonces. Luego volvieron a hinchar sus cerdos, caminaron atravesando ríos, y llegaron a una ciudad cuyas casas eran de oro y plata. Allí vendieron sus piaras y casaron con las hijas de los reyes. Esta cabeza ha oído historias maravillosas. Como la del pescador que planta un ciprés cuando nace una hija y lo cortan cuando se casa para que sirva de mástil de la embarcación en la que se irá con su marido. Historias maravillosas como la del que se propuso asesinar al rey de un país lejano y cabalgó bajo el sol y la luna, y un día halló a otro jinete que llevaba el mismo rumbo, y compartieron los alimentos, y conversaron bajo el sol y la luna, pero el malhechor no habló de la razón de su viaje hasta que llegaron a las puertas de la ciudad en que el rey tenía su palacio y entonces dijo: "Amigo, no es conveniente que te vean conmigo; vengo a matar al rey de este país y, si me cogen, te ahorcarían también a ti, considerándote mi cómplice." Y entonces, su amigo inclinó la cabeza y dijo: "Cumple tu propósito, pues yo soy el rey." Y el malhechor abrazó al rey, que ya era su amigo y regresó a su país. Esta cabeza recuerda historias maravillosas. Hay otras historias que la han ido tallando lentamente. Están escritas sobre su piel, pero no las recuerda. Como la de los niños que entraban en unos recintos para ser duchados con gas. Como la del preso, en aquella cárcel de diciembre glacial, enfermo de fiebre, con el que sus compañeros dormían por turno para librarse del frío. Como la del que... como la del que... como la del que... Esta cabeza ha oído historias maravillosas e historias estremecedoras. Historias estremecedoras que han modelado horriblemente su rostro, pero que no recuerda. Sólo recuerda las historias maravillosas. Son las que le permiten seguir viviendo todavía.
[…]
V
 
 Esta cabeza ha olido sangre. Hace tiempo de eso. Y aún puede cerrar los ojos, dormir, dormir, no oler la sangre. Puede dormir sin que la sangre hecha cristales le saje los ojos. Hace ya tiempo de eso, con viento helado, bajo los astros lúgubres. Puede dormir. El viento entre las cañas, el grillo, la chicharra, no le dejan oír los gritos de terror, de desesperación, de desafío. Cuando se mira las manos de pólvora y de sangre no verá en ellas negro y ocre, pardo y oro, huellas de dientes que se adentran en el túnel. Esta cabeza no huele sangre, sino caramelo, merengue, chocolate del nietecillo, cara de pájaro pícaro, que ha llegado volando a que le cuente una vez más lo de las hadas y los príncipes, lo de los peces y los dragones. Esta cabeza ha olido pólvora y sudor muy frío. Caían uno tras otro, vestidos de escarcha y estertor, blasfemia, llanto, miedo. Y esta cabeza no dejaba de oler sobre la nuca húmeda y funcionariamente disparaba sin siquiera cerrar los ojos. Ya no huele aquellas madrugadas junto a la tapia blanca y lívida del alba. Hace tiempo de eso. Tanto que cuando cierra los ojos esta cabeza de granito, de harapo y surco, de ojos cautivos en las telarañas de la vejez, puede dormir. Acaricia la mano del nieto y esa tibieza le regresa al cereal, a la moza, a la cabra, no a la culata de madera, al acero. Esta cabeza está multiplicada en cientos, miles de ojos turbios, ojos de agua estancada, de nube. No sabe que en unos ojos ha quedado grabada para la eternidad. Esta cabeza, grabada para siempre, congelada en unas pupilas empañadas. Fija allí, esta cabeza, como una pisada sobre el barro. Aquellos ojos se han disuelto para siempre. La lluvia los lleva en sus alas hasta el reino de las raíces. Y aún siguen descendiendo hacia lo oscuro y silencioso. Continúan hundiéndose en la negra marea, tintineando como campanas de musgo, como élitros de espanto. Continúan mirando, tratando de precisar los rasgos de esta cabeza que vieron en la sombra. y esta cabeza va haciéndose, con el tiempo, más precisa, más nítida. Empieza ya a ser nebulosa. Se solidifica, se perfila, hasta ser el de entonces, el de aquel tiempo. Porque ha pasado mucho tiempo, suficiente para olvidar aquel olor de sangre, aquel olor de horror. Suficiente para que esta cabeza pueda cerrar sus ojos, dormir, dormir. Corroborando que Dios es su beleño.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Visor Libros, 2002. ISBN: 84-7522-123-8.]

viernes, 28 de junio de 2019

La enfermedad mortal.- Soren Kierkegaard (1813-1855)


Resultado de imagen de soren kierkegaard 
Capítulo II: Posibilidad y realidad de la desesperación

«¿Es la desesperación una ventaja o un defecto? En un sentido puramente dialéctico es ambas cosas. Si nos aferráramos a la idea abstracta de la desesperación, sin pensar concretamente en ningún desesperado, de seguro que tendríamos que decir que la desesperación es una ventaja enorme. La posibilidad de esta enfermedad es la ventaja del hombre sobre el bruto, ventaja que nos caracteriza infinitamente más que la del andar vertical, ya que ella significa la infinita verticalidad o elevación que nos compete por el hecho de ser espíritu. La posibilidad de esta enfermedad es la ventaja del hombre sobre el bruto; caer en la cuenta de esta enfermedad es la ventaja del cristiano sobre el hombre natural; y estar curado de esta enfermedad es la felicidad del cristiano.
 Por tanto, poder desesperar es una ventaja infinita; y, sin embargo, estar desesperado no solamente es la mayor desgracia y miseria, sino la perdición misma. No suele ser ésta de ordinario la relación entre la posibilidad y la realidad; pues, por lo general, si es una ventaja el poder ser esto o aquello, mucho más ventajoso será sin duda el serlo. Lo que significa que ser es más que poder ser. En cambio, por lo que atañe a la desesperación, ser un desesperado representa una caída respecto del poder serlo; y tan profunda es la caída, como infinita la ventaja de la posibilidad. Por consiguiente, respecto de la desesperación, lo más elevado es precisamente no estar desesperado. Sin embargo esta precisión denota todavía cierta ambigüedad. Porque eso de no estar desesperado no es lo mismo, por ejemplo, que no ser cojo o no estar ciego. Pues si no estar desesperado no significa más ni menos que no estarlo, entonces cabalmente lo cierto es que se está desesperado. No estar desesperado tiene que significar la destrucción de la posibilidad de estarlo; para que se pueda decir con toda verdad de un hombre que no está desesperado, es necesario que en cada momento esté eliminando la posibilidad. No suele ser ésta de ordinario la relación entre la posibilidad y la realidad. Si bien es cierto que los filósofos afirman que la realidad es la posibilidad eliminada, de suyo esto no es completamente exacto, ya que la realidad es la posibilidad cumplida, la posibilidad realizada. En cambio, en nuestro caso, la realidad -no estar desesperado- en cuanto también es, consiguientemente, una negación, equivale a la posibilidad desarmada y suprimida de raíz. Es decir, que por lo general la realidad suele ser una confirmación de la posibilidad, sin embargo aquí equivale a una negación de la misma.
 La desesperación es una discordancia en una síntesis cuya relación se relaciona consigo misma. Sin embargo la síntesis no es la discordancia, sino meramente la posibilidad; o dicho de otra manera: en la síntesis radica la posibilidad de la discordancia. Si la misma síntesis fuese la discordancia, entonces no existiría en absoluto la desesperación, sino que ésta sería algo inherente a la naturaleza humana en cuanto tal, en una palabra, algo que no sería desesperación. Sería algo que le acontecería al hombre, algo que él padecería, poco más o menos como cualquiera de las enfermedades que contrae, o como la misma muerte que es el destino común. Pero no, el desesperar radica en el hombre mismo, y si el hombre no fuera una síntesis tampoco podría desesperar; y si esta síntesis no hubiese salido cabalmente armónica de las manos de Dios, entonces el hombre tampoco sería capaz de desesperar.
 ¿De dónde viene, pues, la desesperación? De la relación en que la síntesis se relaciona consigo misma, mientras que Dios, que hizo al hombre como tal relación, lo deja como escapar de sus manos; es decir, mientras la relación se relaciona consigo misma. Y en el hecho de que esta relación sea espíritu, sea un yo, radica precisamente la responsabilidad a que la desesperación está sujeta en todos y cada uno de los momentos  de su duración, y esto por más que el desesperado, engañándose ingeniosamente a sí mismo y engañando a los demás, pretenda hablarnos de su desesperación como de una simple desgracia que le ocurre. De esta manera, el desesperado no hace más que confundir su situación con la anteriormente aludida de los vértigos, con los cuales aquélla, aunque cualitativamente diversa, tiene mucho en común; puesto que los vértigos equivalen dentro de la categoría "alma" a lo que la desesperación es bajo la categoría del espíritu, no siendo raro que aquéllos guarden innumerables analogías con la última.
 Ahora bien, una vez que ha hecho acto de presencia la discordancia que constituye la desesperación, ¿será una mera consecuencia el que persista? De ninguna manera; no se trata de una mera consecuencia. Si la discordancia persiste, ello no hay que achacarlo a la discordancia misma, sino a la relación que se relaciona consigo misma. Esto significa que siempre que la discordancia hace acto en todos y cada uno de los momentos de su duración, hay que estar buscando el origen de su procedencia en la misma relación. Pongamos un ejemplo para aclarar por contraste este asunto. Supongamos que alguien ha atrapado una enfermedad cualquiera, y que la ha atrapado por imprudencia. La enfermedad, pues, está ahí y desde el mismo momento de declararse empieza a ser indudablemente una realidad  cuyo origen es cada vez más remoto. Sería cruel e inhumano estar diciéndole sin cesar al enfermo: "en este mismo momento acabas de atrapar semejante enfermedad". Con ello se significaría que en cada momento se resolvía la realidad de la enfermedad en su correspondiente posibilidad. Es cierto que tal sujeto ha atrapado la enfermedad, pero lo hizo una vez, y la persistencia de la enfermedad no es más que una mera consecuencia del hecho de haberla atrapado aquella vez. Por eso no se le puede echar en todo momento la culpa del progreso de tal enfermedad; es verdad que la atrapó por imprudencia, pero no se puede afirmar que sigue atrapándola. Muy distinto es el caso de la desesperación. Cada uno de los instantes reales de la desesperación tiene que ser referido a la posibilidad de la misma, y del hombre desesperado se puede afirmar que en cada uno de los momentos de su desesperación duradera, la está atrapando
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Sarpe, 1984, en traducción de Demetrio G. Rivero. ISBN: 84-7291-671-5.]
 

jueves, 27 de junio de 2019

Velocidad de los jardines.- Eloy Tizón (1964)


Resultado de imagen de eloy tizon 
Velocidad de los jardines

«Muchos dijeron que cuando pasamos al tercer curso terminó la diversión. Cumplimos dieciséis, diecisiete años y todo adquirió una velocidad inquietante. Ciencias o letras fue la primera aduana, el paso fronterizo que separaba a los amigos como viajeros cambiando de tren con sus bultos entre la nieve y los celadores. Las aulas se disgregaban. Javier Luendo Martínez se separó de Ana Mª Cuesta y Richi Hurtado dejó de tratarse con las gemelas Estévez y Ana Mª Paz Morago abandonó a su novio y la beca, por este orden, y Christian Cruz fue expulsado de la escuela por arrojarle al profesor de Laboratorio un frasco con un feto embalsamado.
 Oh, sí, arrastrábamos a Platón de clase en clase y una cosa llamada hilomorfismo de alguna corriente olvidable. La revolución rusa se extendía por nuestros cuadernos y en la página sesenta y tantos el zar era fusilado entre tachones. Las causas económicas de la guerra eran complejas, no es lo que parece, si bien el impresionismo aportó a la pintura un fresco colorido y una visión de la naturaleza. Mercedes Cifuentes era una alumna muy gorda que no se trataba con nadie y aquel curso regresó fulminantemente delgada y seguía sin tratarse.
 Fue una especie de hecatombe. Media clase se enamoró de Olivia Reyes, todos a la vez o por turnos, cuando entraba cada mañana, aseada apenas empolvada, era una visión crujiente y vulnerable que llegaba a hacerte daño si se te ocurría pensar en ello a medianoche. Olivia llegaba siempre tres cuartos de hora tarde y hasta que ella aparecía el temario era algo muerto, un desperdicio, el profesor divagaba sobre Bismarck como si cepillase su cadáver de frac penosamente, la tiza repelía. Los pupitres se animaban con su llegada. Parecía mentira Olivia Reyes, algo tan esponjoso y aromático cuando pisaba el aula riendo, aportando la fábula de su perfil, su luz de proa, parecía mentira y hacía tanto daño.
 Los primeros días de primavera contienen un aire alucinante, increíble, un olor que procede de no se sabe dónde. Este efecto es agrandado por la visión inicial de las ropas veraniegas (los abrigos ahorcados en el armario hasta otro año), las alumnas de brazos desnudos transportando en sus carpetas reinados y decapitaciones. Entrábamos en la escuela atravesando un gran patio de cemento rojo con las áreas de baloncesto delimitadas en blanco, un árbol escuchimizado nos bendecía, trotábamos por la doble escalera apremiados por el jefe de estudio -el jefe de estudio consistía en un bigote rubio que más que nada imprecaba-, cuando el timbrazo de la hora daba el pistoletazo de salida para la carrera diaria de sabiduría y ciencia.
 Ya estábamos todos, Susana Peinado y su collar de espinillas, Marcial Escribano que repetía por tercera vez y su hermano era paracaidista, el otro que pasaba los apuntes a máquina y que no me acuerdo de cómo se llamaba, 3º B en pleno con sus bajas, los caídos en el suspenso, los desertores a ciencias, todos nosotros asistiendo a las peripecias del latín en la pizarra como en un cine de barrio, como si el latín fuese espía o terrateniente.
 Pero 3º B fue otra cosa. Además del amor y sus alteraciones hormonales, estaba el comportamiento extraño del muchacho a quien llamaban Aubi, resumen de su verdadero nombre. Le conocíamos desde básica, era vecino nuestro, habíamos comido juntos hot-dogs en Los Sótanos de la Gran Vía y después jugado en las máquinas espaciales con los ojos vendados por una apuesta. Y nada. Desembarcó en 3º B medio sonámbulo, no nos hablaba o a regañadientes y la primera semana de curso ya se había peleado a golpes en la puerta con el bizco Adriano Parra, que hay que reconocer que era un aprovechado, magullándose y cayendo sobre el capó de un auto aparcado en doble fila, primera lesión del curso.
 En el test psicológico le salió introvertido. Al partido de revancha contra el San Viator ni acudió. Dejaba los controles en blanco después de haber deletreado trabajosamente sus datos en las líneas reservadas para ello y abandonaba el estupor del examen duro y altivo, saliéndose al pasillo, mientras los demás forcejeábamos con aquella cosa tremenda y a contrarreloj de causas y consecuencias. Entre unas cosas y otras 3º B se fracturaba y la señorita Cristina, que estuvo un mes de suplente y tan preparada, declaró un día que Aubi tenía un problema de crecimiento.
 El segundo trimestre se abalanzó con su caja de sorpresas. Al principio no queríamos creerlo. Natividad Serrano, una chica de segundo pero muy desarrollada, telefoneó una tarde lluviosa a Ángel Andrés Corominas para decirle que sí, que era cierto, que las gemelas Estévez se lo habían confirmado al cruzarse los tres en tutoría. Lo encontramos escandaloso y terrible, tan fuera de lugar como el entendimiento agente o la casuística aplicada. Y es que nos parecía que Olivia Reyes nos pertenecía un poco a todos, a las mañanas desvalidas de tercero de letras, con sus arcos de medio punto y sus ablativos que la risa de Olivia perfumaba, aquellas mañanas de aquel curso único que no regresaría. [...]
 Acababa de firmarse el Tratado de Versalles, Europa entraba en un período de relativa tranquilidad después de dejar atrás los sucesos de 1914 y la segunda evaluación, cuando el aula recibió en pleno rostro la noticia. Que la deseada Olivia Reyes se hubiese decidido entre todos por ese introvertido de Aubi, que despreciaba todas las cosas importantes, los exámenes y las revanchas, nos llenaba de confusión y pasmo. Meditábamos en ello no menos de dos veces al día, mientras Catilina hacía de las suyas y el Káiser vociferaba. Quizá, después de todo, las muchachas empolvadas se interesaban por los introvertidos con un problema de crecimiento. Eso lo confundía todo.
 En tercero se acabó la diversión, dijeron muchos. Lo que sucede es que hasta entonces nos habíamos movido entre elecciones simples. Religión o Ética. Manualidades u Hogar. Entrenar al balonmano con Agapito Huertas o ajedrez con el cojo Ladislao. Tercero de Letras no estaba capacitado para afrontar aquella decisión definitiva, la muchacha más hermosa del colegio e impuntual, con media clase enamorándose de ella, todos a la vez o por turnos, Olivia Reyes detrás del intratable Aubi o sea lo peor.»

 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Páginas de Espuma, 2017. ISBN: 978-84-8393-220-9.]

miércoles, 26 de junio de 2019

Diario anónimo (1959-2000).- José Ángel Valente (1929-2000)


Resultado de imagen de josé angel valente 
1963

«8 de Enero de 1963. La dedicatoria de Poésie ininterrompue [de Paul Eluard]: "Je dédie ces pages à ceux qui les liront mal et à ceux qui ne les aimeront pas"(1). (Ver Junio 30. El primer poema de Vicente Aleixandre completa con una idea semejante el epígrafe goethiano.)

*
Tristan Tzara (en Le Surréalisme et l'après-guerre) dice de la guerra de España "qu'elle traversa la poésie comm eun couteau". (2)

*
9 de Enero de 1963. "Plusieurs nuits, son démon me saisissant, nous nous roulions, je luttais avec lui!" (3) ("Vierge folle"). ("Cuando en las noches...".)
 Oh! ces jours où il veut marcher avec l'air du crime! (4)

*
 10 de enero de 1963. Reseña en Times Literary Supplement, enero 4, de Erwin Sinkó: "La novela de una novela": la suerte de El optimista (?) en el medio soviético estaliniano. Testimonio directo y extraordinariamente vivo.
 5 de Febrero de 1963: Una ideología nueva coexiste con la establecida mientras no se manifiesta abiertamente (o no se percibe de modo general) como tal ideología nueva. En esa fase la nueva ideología no sólo coexiste con la dominante sino que empieza a transformarla. Cuando ese proceso de modificación se hace visible, los guardianes de la tradición se alarman y tratan no sólo de frenarlo sino de suprimir toda posibilidad de coexistencia con la ideología nueva. Ésta se convierte entonces manifiestamente en una ideología revolucionaria, cuyo recurso a la violencia es siempre una respuesta. La defensa violenta de su supervivencia es siempre mecanismo propio de la ideología reaccionaria. El reaccionario es violento por naturaleza, bajo apariencia de conservación de un orden. El orden fundado en una ideología caduca sólo se mantiene agresivamente. Una ideología caduca es cualquier ideología dominante desde el momento en que siente la necesidad de cerrar la fase de coexistencia con una posible ideología nueva. Desde ese preciso momento, el orden alimentado por esa ideología se vacía de sentido. En la línea de desarrollo de la historia ese orden ha expirado. Si éste no tuviera necesidad de recurrir a mecanismos de agresión, la ideología nueva se impondría sin violencia.
 6 de Febrero de 1963. 1860. Publicación de Essays and Reviews (siete ensayos por distintos autores, seis de ellos clérigos). Intento de conciliación entre la vieja tradición teológica y la nueva ciencia. Benjamin Jowet, Real Professor de Griego en Osford, compareció ante el tribunal del Vice-Chancellor, acusado de herejía por Rusey y otros dos profesores, canónigos -como Rusey- de Christ Church. El proceso, que terminó con una difícil victoria de los "heréticos", duró hasta 1864.

*
 En 1884 vivieron en Balliol Giner y Cossío, siendo Jowet rector del Colegio y rector de la Universidad.
 8 de Febrero de 1963. Don Francisco Giner: la creación de una sensibilidad nueva. A) El paisaje. España recorrida a pie. B) La buenahombría: "virilidad sin rudeza" (Machado). C) La austeridad (el vestido, los viajes en tercera - Machado). D) La ironía (el instrumento dialéctico de Juan de Mairena). E) El respeto a la colectividad (saludo a la presencia popular: escena del tranvía). F) El antirretoricismo: horror a la oratoria; creación de un auténtico ámbito de comunicación: la conversación (alguien me ha contado que en cierta ocasión en que se vio obligado Machado a pronunciar un discurso fingió que lo leía poniéndose delante un papel en blanco). G) Antidogmatismo (posición de Giner y de la Institución con respecto a las creencias religiosas).
 "Las recetas no sirven más que para hacer pedantes. Pero el poeta que canta con la divina inconsistencia del pájaro no es fácil que aventaje a los que cantan como Goethe, Leopardi o Carducci, a cuyo genio es dudoso haya causado su profunda cultura graves daños" (Giner, Obras completas, II, "La Universidad española", pp.132-133).

*  
 A propósito de Sanz del Río y de Riaño: "Y es de interés esta confluencia de dos hombres tan heterogéneos en todo, salvo en el vivir y obrar sincero con que fueron ambos a las cosas mismas, no a su sombra" ("Riaño y la Institución Libre", XVI, pp. 65-66).»
 
(1) "Dedico estas páginas a quienes las leerán mal y a quienes no las amarán."
(2) "que atravesó la poesía como un cuchillo".
(3) "Varias noches, cuando su demonio me agarraba, rodábamos por ahí, ¡yo luchaba con él!"
(4) "¡Oh!, esos días en que quiere andar con el aire del crimen" (Rimbaud, Una temporada en el infierno).

   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2011. ISBN: 978-84-672-4517-2.]

martes, 25 de junio de 2019

El juramento de Lagardère.- Paul Feval (1816-1887)


Resultado de imagen de paul feval 
X.-El diario de Aurora

«Don Miguel sacó una bolsa y la vació sobre la mesa, indicando a su sobrino que hiciera lo propio, ante la mirada llena de estupor de Enrique. Por mi parte, incapaz de resistir la tensa situación que se vivía en aquella habitación, corrí a refugiarme en mi alcoba, aunque dejando la puerta entreabierta.
 Los dedos de don Miguel removieron el oro y continuó:
 -Nunca llegaréis a reunir una suma tal trabajando con el cincel en casa de maese Cuenca... No hablo con intención de ofenderos, caballero, ni estamos aquí para saber por qué el gran Lagardère practica ese oficio tan bajo que deforma vuestras manos y debilita vuestro pecho. Si hemos dado este arriesgado paso es para revelaros un secreto de familia y proponeros un negocio.
 -Hablad -contestó lacónico Enrique, tomando asiento.
 -Mi sobrino, caballero, es algo corto de genio. Yo, que soy su tío, no me avergüenzo en confesarlo. Ese gran defecto suyo le hizo perder a una hermosa joven, que prefirió a otro galán. Y no es que mi sobrino sea necio ni que le falten escudos, pero como, no obstante, es muy obstinado, no se resignó a olvidarla y aún trata de ganarse el amor de esa dama. Tampoco el otro galán quiere cedérsela, y así llegó lo que tenía que llegar: un par de bofetadas que mi sobrino recibió en pleno rostro. ¡Y esto es algo que no se puede tolerar! Es lícito llevarse una mujer, pero no abofetear al rival. ¡Hemos decidido lavar esa injuria con sangre! ¿Entendéis ahora cuál es nuestro interés? Mi sobrino, el pobre, no se ve capacitado para borrar esa ofensa que pesa como una losa sobre nuestra familia. En cuanto a mí, son ya muchos años que me incapacitan para cometer una locura. ¿Vais comprendiendo?
 Y la mirada de don Miguel se paseó por las tentadoras onzas, mientras su rostro adquiría una expresión radiante.
 Enrique, asimismo, miraba al oro, seguramente pensando que con aquella fortuna podrían remediarse muchas cosas.
 -Lo comprendo bien y podéis contar conmigo -fueron sus palabras.
 -¡Espléndido! -exclamó don Miguel, frotándose las manos-. ¡Sois un verdadero caballero!
 Incluso el rostro del sobrino perdió por un momento su inexpresividad asomando a sus ojos un atisbo de entusiasmo.
 -¡Estaba seguro de que cooperaríais! -prosiguió don Miguel-. El villano que ha escarnecido a nuestra familia se llama Ramiro Núñez, un tipo pequeño, que usa barba y es más bien rechoncho...
 -Obviad los detalles -le cortó Enrique.
 -No es prudente. A veces, se cometen burdos errores. En cierta ocasión, el sacamuelas me extrajo una muela sana en vez de la dañada. Lo achaqué a una insuficiencia de explicaciones por mi parte. No quisiera pecar de lo mismo en esta ocasión.
 La frente de mi amigo se ensombreció.
 -El que paga tiene derecho a exigir que le sirvan a su gusto -continuó don Miguel-. El pelo de don Ramiro es rojo. Se cubre con un sombrero gris con plumas negras. Debéis saber que a las siete de la noche pasa cada día por delante de la posada de "Los tres moros".
 -¡Ya basta, caballero! -exclamó en aquel punto Enrique-. Creí haberlo entendido antes, pero veo que no es así. Supuse que se trataba, en suma de dar unas lecciones de esgrima a vuestro sobrino.
 Sin dejarles pronunciar una palabra más, les obligó a tomar su dinero y le condujo a la puerta, donde los despidió con estas palabras:
 -Esta clase de negocios no le cuadran al caballero Lagardère.
 Aquella noche sólo cenamos pan. Enrique no tenía un céntimo.
 Aunque yo era muy pequeña para entender el significado de aquella escena, recuerdo que la actitud de mi amigo me conmovió. ¡Nunca olvidaré la mirada que Enrique lanzó sobre el montón de onzas!
 Todavía tardé algún tiempo en conocer la fama que envolvía el mágico nombre de Lagardère. [...]
 He descubierto que yo cambié el rumbo de su vida. Hoy no es ni sombra de lo que fue. Cuando decidió adoptarme, empezó para él una nueva existencia, olvidándose de sus antiguos libertinajes.
 No es orgullo lo que me impele a hablar así. Estoy convencida de que mi presencia le ha hecho ser bueno y cariñoso.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editors, S.A. ISBN: 84-7561-292-X.]
 

lunes, 24 de junio de 2019

El ferrocarril subterráneo.- Colson Whitehead (1969)


Resultado de imagen de colson whitehead 
Georgia

«Terrance viajó a Nueva Orleans para ocuparse de los negocios del hermano en el comercio del algodón. Aunque nunca era buen momento para escapar, la administración de Terrance sobre ambas mitades suponía un acicate. La mitad norteña siempre había disfrutado de un clima más benévolo. James era tan brutal y despiadado como cualquier blanco, pero comparado con su hermano menor era el retrato mismo de la moderación. Las anécdotas que se contaban de la mitad sureña eran escalofriantes, por magnitud ya que no en los detalles.
 Big Anthony aprovechó la oportunidad. Big Anthony no era el tipo más listo de la aldea, pero nadie podía acusarle de no tener sentido de la oportunidad. Fue el primer intento de fuga desde Blake. Afrontó la maldición de la bruja sin incidentes y recorrió más de cuarenta kilómetros antes de que lo descubrieran roncando en un pajar. Los agentes lo devolvieron en una jaula de hierro fabricada por uno de sus primos. "Has echado a volar como un pájaro, mereces estar enjaulado." La delantera de la jaula tenía un espacio para el nombre del ocupante, pero nadie se había molestado en utilizarlo. Se llevaron la jaula con ellos al marcharse.
 La víspera del castigo a Big Anthony -cuando los blancos retrasaban el castigo cabía esperar algún espectáculo-, [...] 
 El cepo nuevo encargado por Terrance explicaba el retraso en castigar a Big Anthony. Los carpinteros se afanaron toda la noche para completar las sujeciones, rematándolas con grabados ambiciosos, aunque groseros. Minotauros, sirenas pechugonas y demás criaturas fantásticas retozando en el bosque. El cepo se instaló en la frondosa hierba del jardín delantero. Dos jefes amarraron a Big Anthony y lo dejaron allí el primer día.
 Al segundo día llegó en carruaje un grupo de visitantes, augustos invitados de Atlanta y Savannah. Elegantes damas y caballeros que Terrance había conocido en sus viajes, así como un periodista londinense que informaría sobre la estampa americana. Se sentaron a comer a la mesa instalada en el jardín, a degustar la sopa de tortuga y las chuletas de Alice mientras componían cumplidos para la cocinera, que nunca los recibiría. Big Anthony fue azotado mientras duró la comida, y comieron despacio. El periodista garabateaba notas entre bocado y bocado. Sirvieron el postre y luego los comensales entraron en la casa para escapar de las picaduras de los mosquitos mientras el castigo de Big Anthony continuaba.
 Al tercer día, justo después de almorzar, convocaron a los peones de los campos, las lavanderas, las cocineras y los mozos interrumpieron sus tareas, el personal doméstico dejó sus ocupaciones. Se reunieron todos en el jardín. Las visitas de Randall bebían ron especiado mientras rociaban a Big Anthony con aceite y lo asaban. Los testigos se ahorraron los gritos de Big Anthony porque el primer día le habían cortado la hombría, se la habían embutido en la boca y le habían cosido los labios. El cepo humeaba, ardía, se carbonizaba, y las figuras del bosque se retorcían en las llamas como si estuvieran vivas.
 Terrance se dirigió a los esclavos de la mitad norte y de la mitad sur. Ahora todo es la misma plantación, unida en objetivos y métodos, dijo. Manifestó su dolor por la muerte del hermano y el consuelo de saber que James se había reunido en el cielo con su madre y su padre. Mientras hablaba caminaba entre los esclavos, golpeando con el bastón, frotándoles las cabezas a los negritos y acariciando a algunos de los mayores de la mitad sureña. Inspeccionó la dentadura de un macho joven que nunca había visto, le retorció la mandíbula para echar un buen vistazo y luego asintió, complacido. Para satisfacer la demanda inagotable de algodón del mundo, dijo, cada recolector tendría que incrementar su cuota diaria en un porcentaje determinado por las cifras de la cosecha anterior. Se reorganizarían los campos para acomodar una cantidad de hileras más eficiente. Se paseó. Abofeteó a un hombre porque lloró al ver a su amigo sacudirse en el cepo.
 Cuando Terrance llegó a Cora, metió la mano por debajo del vestido y le agarró el pecho. Estrujó. Ella no se movió. Nadie se había movido desde que había comenzado el discurso, ni siquiera para taparse las narices y dejar de oler la carne asada de Big Anthony. Se acabaron las fiestas en Navidad y Pascua, anunció. Convendría y aprobaría todos los matrimonios personalmente para garantizar lo apropiado de la unión y la promesa de descendencia. Se cobraría un impuesto nuevo sobre el trabajo dominical fuera de la plantación. Saludó a Cora con la cabeza y continuó paseándose entre sus africanos mientras les comunicaba las mejoras.
 Terrance concluyó la charla. Se entendía que los esclavos debían permanecer donde estaban hasta que Connelly ordenara lo contrario. Las damas de Savannah volvieron a rellenarse las copas. El periodista abrió un cuaderno nuevo y retomó las notas. El amo Terrance se sumó a sus invitados y partieron a visitar los campos de algodón.
 Cora no había sido suya y ahora lo era. O lo había sido siempre y no lo sabía. La atención de Cora se desvió. Flotó más allá del esclavo asado y la casa grande y las lindes que definían el dominio de Randall. Cora intentó aprehender sus detalles con historias, rebuscando entre los relatos de los esclavos que lo habían visto. Cada vez que atrapaba un detalle -edificios de piedra blanca pulida, un océano tan vasto que no se atisbaba ni un árbol, la tienda de un herrero de color que no servía a un amo sino a sí mismo-, se le escapaba retorciéndose como un pez. Si quería conservarlo, tendría que verlo en persona.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2017, en traducción de Cruz Rodríguez Juiz. ISBN: 978-84-397-3300-3.]

domingo, 23 de junio de 2019

Filosofía y poesía.- María Zambrano (1904-1991)


Resultado de imagen de maria zambrano  
Pensamiento y poesía

«Pero hay, por el pronto, una diferencia: así como el filósofo si alcanzara la unidad del ser, sería una unidad absoluta, sin mezcla de multiplicidad alguna, la unidad lograda del poeta en el poema es siempre incompleta; y el poeta lo sabe y ahí está su humildad: en conformarse con su frágil unidad lograda. De ahí ese temblor que queda tras de todo buen poema y esa perspectiva ilimitada, estela que deja toda poesía tras de sí y que nos lleva tras ella; ese espacio abierto que rodea a toda poesía. Pero aun esta unidad lograda aunque completa, parece siempre gratuita en oposición a la unidad filosófica tan ahincadamente perseguida.
 El filósofo quiere lo uno, porque lo quiere todo, hemos dicho. Y el poeta no quiere propiamente todo, porque teme que en este todo no esté en efecto cada una de las cosas y sus matices; el poeta quiere una, cada una de las cosas sin restricción, sin abstracción ni renuncia alguna. Quiere un todo desde el cual se posea cada cosa, mas no entendiendo por cosa esa unidad hecha de sustracciones. La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento, sino la cosa complejísima y real, la cosa fantasmagórica y soñada, la inventada, la que hubo y la que no habrá jamás. Quiere la realidad, pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma  y le da nombre y rostro. El poeta no se afana para que de las cosas que hay, unas sean, y otras no lleguen a este privilegio, sino que trabaja para que todo lo que hay y lo que no hay, llegue a ser. El poeta no teme a la nada.
 Aparición, presencia que tiene su trasmundo en que apoyarse. La matemática sostiene al canto. ¿No tendrá la poesía también su trasmundo, su más allá en que apoyarse, su matemática?
 Así es, sin duda: el poeta alcanza su unidad en el poema más pronto que el filósofo. La unidad de la poesía baja enseguida a encarnarse en el poema y por ello se consume aprisa. La comunicación entre el logos poético y la poesía concreta y viva  es más rápida y más frecuente; el logos de la poesía es de un consumo inmediato, cotidiano; desciende a diario sobre la vida, tan a diario que, a veces, se la confunde con ella. Es el logos que se presta a ser devorado, consumido; es el logos disperso de la misericordia que va a quien la necesita, a todos los que lo necesitan. Mientras que el de la filosofía es inmóvil, no desciende y sólo es asequible a quien puede alcanzarlo por sus pasos.
 "Todos los hombres tienen por naturaleza deseo de saber", dice Aristóteles al comienzo de su Metafísica, justificando así de antemano este "saber que se busca". Mas, pasando por alto que en efecto todos los hombres necesiten este saber, se presenta enseguida la pregunta en que pedimos cuenta a la filosofía. ¿Cómo si todos te necesitan, tan pocos son los que te alcanzan?
 ¿Es que alguna vez la Filosofía ha sido a todos, es que en algún tiempo el logos ha amparado la endeble vida de cada hombre? Si hemos de hacer caso de lo que dicen los propios filósofos, sin duda que no, mas es posible que más allá de ellos mismos, haya sido en alguna dimensión, en alguna manera. En alguna manera, en algo sin duda muy vivo y muy valioso que ahora cuando aparece destruido -con inconsciente despreocupación de algunos "filósofos" a quienes parece dejar indiferente el que la filosofía sirva ahora-, cuando vemos su vacío en la vida del hombre, es cuando más nos damos cuenta.
 Pero, con la poesía, en cambio, no cabe esta cuestión. La poesía humildemente no se planteó a sí misma, no se estableció a sí misma, no comenzó diciendo que todos los hombre naturalmente necesitan de ella. Y es una y es distinta para cada uno. Su unidad es tan elástica, tan coherente que puede plegarse, ensancharse y casi desaparecer; desciende hasta su carne y su sangre, hasta su sueño.
 Por eso la unidad a la que el poeta aspira está tan lejos de la unidad hacia la que se lanza el filósofo. El filósofo quiere lo uno, sin más, por encima de todo.
 Y es porque el poeta no cree en la verdad, en esa verdad que presupone que hay cosas que son y cosas que no son y en la correspondencia verdad y engaño. Para el poeta no hay engaño, sino es el único de excluir por mentirosas ciertas palabras. De ahí que frente a un hombre de pensamiento, el poeta produzca la impresión primera de ser un escéptico. Mas, no es así: ningún poeta puede ser escéptico, ama la verdad, mas no la verdad excluyente, no la verdad imperativa, electora, seleccionadora de aquello que va a erigirse en dueño de todo lo demás, de todo. ¿Y no se habrá querido para eso el todo: para poder ser poseído, abarcado, dominado? Algunos indicios hay de ello.
 Sea o no así, el "todo" del poeta es bien diferente, pues no es el todo como horizonte , ni como principio; sino en todo caso un "todo" a posteriori que sólo lo será cuando ya cada cosa haya llegado a su plenitud.
 La divergencia entre los dos logos es suficiente como para caminar de espaldas largo trecho. La filosofía tenía la verdad, tenía la unidad. Y aun todavía la ética, porque la verdad filosófica era adquirida paso a paso esforzadamente, de tal manera que al arribar a ella se siente ser uno, uno mismo, quien la ha encontrado. ¡Soberbia de la filosofía! Y la unidad y la gracia que el poeta halla como fuente milagrosa en su camino, son regaladas, descubiertas de pronto y del todo, sin rutas preparatorias, sin pasos ni rodeos. El poeta no tiene método... ni ética.
 Este es al parecer, el primer frente a frente del pensamiento y la poesía en su encuentro originario, cuando la Filosofía soberbia se libera de lo que fue su calidad matriz, cuando la Filosofía se resuelve a ser razón que capta el ser, ser que expresado en el logos nos muestra la verdad. La verdad... ¿cómo teniéndola no ha sido la filosofía el único camino del hombre desde la tierra, hasta ese alto cielo inmutable donde resplandecen las ideas? El camino sí se hizo, pero hay algo en el hombre que no es razón, ni ser, ni unidad, ni verdad -esa razón, ese ser, esa unidad, esa verdad-. Mas, no era fácil demostrarlo, ni se quiso, porque la poesía no nació en la polémica y su generosa presencia jamás se afirmó polémicamente. No surgió frente a nada.
 No es polémica, la poesía, pero puede desesperarse y confundirse bajo el imperio de la fría claridad del logos filosófico, y aun sentir tentaciones de cobijarse en su recinto. Recinto que nunca ha podido contenerla, ni definirla. Y al sentir el filósofo que se le escapaba, la confinó. Vagabunda, errante, la poesía pasó largos siglos. Y hoy mismo, apena y angustia el contemplar su limitada fecundidad, porque la poesía nació para ser la sal de la tierra y grandes regiones de la tierra no la reciben todavía. La verdad quieta, hermética, todavía no la recibe... "En el principio era el logos. Sí, pero... el logos se hizo carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad."»
 
    [El texto pertenece a la edición en español del Fondo de Cultura Económica, 1993. ISBN: 84-375-0335-3.]

sábado, 22 de junio de 2019

¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino yo estaría muerto.- Hakan Günday (1976)


Resultado de imagen de hakan günday 
Sfumato

«Es imposible saber exactamente en qué época empezó el comercio de seres humanos. Si consideramos que sólo se necesita la experiencia de tres personas, debe remontarse muy lejos en la historia de las poblaciones. En un libro sin ningún interés que leí hace unos años, me topé con esta frase: "La primera herramienta que utilizó el hombre fue otro hombre". Imagino que no debió pasar mucho tiempo hasta que se fijara un precio a dicha herramienta y se comercializara. Podríamos estimar que el comercio de seres humanos empezó en ese momento. A fin de cuentas, después del proxenetismo, que es una de sus ramificaciones, es el segundo oficio más antiguo del mundo. No cabe duda de que estábamos perpetuando una tradición muy antigua. Por mi parte, me bastaba con sudar y ejecutar lo mejor posible las órdenes de mi padre. En cualquier caso, el pasaje siempre ha sido la espina dorsal del comercio de seres humanos. Sin los pasadores, seguramente este comercio no habría existido. Es la fase más arriesgada de todo el proceso. Comparado con ella, encerrar a los clandestinos en los sótanos, hacerles trabajar en la confección de bolsos falsificados dieciocho horas al día, amontonarlos en compartimentos infames, violarles de todas las formas posibles, era como un juego de niños. En el sector del comercio de los seres vivos, nosotros teníamos las peores condiciones de trabajo. Para empezar, siempre estábamos bajo presión. Siempre nos acosaban los que mandaban la mercancía, los destinatarios y los transportistas. Al mínimo desliz, venían a pedirnos cuentas. Se nos echaba el tiempo encima y lo que parecía ir como la seda de repente se volvía una catástrofe. De hecho, el trabajo no era complicado, pero como en toda actividad ilegal, nadie confiaba en nadie y uno debía ir con tiento, como en una tienda de porcelana.
 La mercancía llegaba tres veces al mes después de haber cruzado la frontera con Irán - a veces venía también de Iraq o de Siria-, lo juntaban todo y nos lo expedían. Habitualmente llegaban en TIR (Transporte Internacional por Carretera), cambiando de vez en cuando de camión. A veces la mercancía estaba repartida entre varios vehículos, camiones, camionetas o minibuses. Era un tal Aruz quien los hacía entrar y los ponía en camino. Trabajaba en nombre del PKK* como "Jefe del Comité de regulación del Consejo de coordinación de la Libre circulación de individuos entre los Estados mediante una retribución destinada a asegurar los gastos ligados al tren de vida de la directiva y aumentar los recursos de la guerra democrática para eternizar el progreso y llevar a cabo la unidad indivisible del Kurdistán". A cambio de la libre circulación, se establecía un precio a voluntad según el corazón de cada uno. Se podía igualmente dar un corazón o un riñón, más los gastos, claro está... Según parece, Aruz era uno de los ministros del PKK responsables del contrabando. Pero sólo se ocupaba del paso de clandestinos. Eran otros ministerios los que se encargaban del tráfico de narcóticos, carburantes, cigarrillos o armas. Resultaba indispensable separar las competencias. Por supuesto, nadie quería reavivar la confusión suscitada en Turquía por un ministerio con un nombre tan insólito como el del ministerio de la Guerra y la Paz: el ministerio de la Cultura y del Turismo. Cuando dos competencias contradictorias como ganar dinero y dar subvenciones están juntas en un mismo ministerio, la cultura se vuelve un bolígrafo promocional que ha dejado de escribir y el turismo se limita al logo medio borrado de un hotel de cinco estrellas anunciado en ese mismo bolígrafo. ¿Pero quién se preocupaba por eso? ¡Seguro que Aruz no! Aruz, competente tanto en materia de violencia como de comercio, tenía otra concepción del turismo. Para empezar, dirigía su imperio por teléfono, agencia de viajes ilegales. Se comía el teléfono, así lo decía yo, puesto que era difícil entender el farfullo de su voz de hipopótamo. Yo le repetía: "Le beso las manos, ¡Aruz amca**!" o a falta de otros recursos, le decía para irritarlo: "¿Cómo va Felat?" Escuchando el nombre de ese niño que no se parecía en nada al hijo de sus sueños, montaba en cólera y empezaba a balbucear como una ballena, y justo después, por lo general, emitía un gruñido de mamut que parecía una explosión de risa, eso quería decir que le tenía que pasar a mi padre. Al menos eso era lo que yo interpretaba. Mi padre y Auz tenían una relación de amor-odio. Podían hablar por teléfono durante horas enteras. Es verdad que un poco por necesidad. Mientras hablaban, no podían engañarse mutuamente. El engaño venía después, sobre la cantidad de mercancía. Yo sabía que mi padre no hacía salir a todos los clandestinos y que a algunos los expedía a Estambul. Los vendía como esclavos en fábricas textiles o a redes de prostitución. Acto seguido, informaba a Aruz en un tono lastimoso, como si hubiera pasado de fiscal a inculpado, que nos había acontecido una desgracia y que la mercancía no había llegado completa. Durante una media hora, Aruz hacía sus cuentas refunfuñando como un rinoceronte, mientras mi padre le aseguraba que era imposible encontrar a un camionero más seguro, entonces él profería vagas amenazas y le colgaba el teléfono. Un día, para prevenir ese tipo de percances, decidió tatuar un número en el talón de cada clandestino y archivar las fotografías. Cuando faltaba alguien, llamaba para preguntar: "¡Dime su número!" Estaba tan satisfecho de la idea que había tenido que un día llamó a mi padre y le dijo: "¡Encuéntrame al número 12!" Mi padre cogió el brazo del número 12 y leyó la inscripción: "Somoslosmejores", Aruz se puso a reír como un elefante recién nacido. El mensaje se refería al equipo de fútbol que Aruz financiaba, siendo mi padre hincha de un equipo contrario. El hombre que había servido de papiro para el mensaje era un uzbeco de veinte años. No sé muy bien por qué, a él también le hizo gracia. Creo que estaba majara. De hecho, creo que todos estaban majaras. Todos esos uzbecos, afganos, turkmenos, malienses, kirguises, indonesios, birmanos, pakistaníes, iraníes, malayos, sirios, armenios, asirios, kurdos, kazajos, turcos, todos. Hay que estar loco para soportar todo esto. Cuando digo todo esto, me refiero a nosotros: Aruz, mi padre, los hermanos Harmin y Dordor, comandantes de los barcos que llevaban a los clandestinos a Grecia, la mano de obra que aumentaba y disminuía según las mareas, y todos aquellos enfermos mentales más o menos anónimos que hacían miles de kilómetros para pasar la mercancía humana...Sobre todo los hermanos Harmin y Dordor. Eran los seres más extraordinarios que jamás he conocido y les tenía una gran estima. Con ellos, la vida no era nada. Sin someterse a ninguna regla, ella, la vida, se evaporaba y se disipaba en el aire. No quedaba nada más, ni tiempo, ni moral, ni mi padre ni mi miedo.»
 
*PKK: Partido de los Trabajadores del Kurdistán. Organización armada creada en 1978 que combate por la independencia de los territorios de mayoría kurda del sureste de Turquía.
 ** Amca: significa "tío" y se usa también como tratamiento de respeto.
 
   [El texto pertenece a la edición en español de editorial Catedral, 2017, en traducción de Guillem Serrahima. ISBN: 978-84-16673-36-0.]