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domingo, 2 de noviembre de 2025

El alcalde de Zalamea.- Pedro Calderón de la Barca (1600-1681)

Jornada primera
Escena XVII
(Don Lope, con hábito muy galán y bengala; Soldados, un Tambor; Dichos)

 «Don Lope: ¿Qué es aquesto? La primera / cosa que he de encontrar hoy,
acabado de llegar, / ¿ha de ser una cuestión?
 Capitán: (aparte) ¡A qué mal tiempo Don Lope / de Figueroa llegó!
 Crespo: (aparte) Por Dios que se las tenía / con todos el rapagón.
 Don Lope: ¿Qué ha habido? ¿Qué ha sucedido? / Hablad porque ¡vive Dios
que a hombres, mujeres, y casa / eche por un corredor!
¿No me basta haber subido / hasta aquí con el dolor
desta pierna, que los diablos / llevaran, amén, sino
no decirme: "Aquesto ha sido"?
 Crespo: Todo esto es nada , señor.
 Don Lope: Hablad, decid la verdad.
 Capitán: Pues es que alojado estoy / en esta casa: un soldado...
 Don Lope: Decid.
 Capitán: Ocasión me dio / a que sacase con él
la espada: hasta aquí se entró / huyendo; entréme tras él
donde estaban esas dos / labradoras; y su padre
y su hermano, o lo que son, / se han disgustado de que
entrase hasta aquí.
 Don Lope: Pues yo / a tan buen tiempo he llegado
satisfaré a todos hoy. / ¿Quién fue el soldado, decid,
que a su capitán le dio / ocasión de que sacase
la espada?
 Rebolledo: (aparte) ¿A que pago yo / por todos?
 Isabel: Aqueste fue / el que huyendo hasta aquí entró.
 Don Lope: Denle dos tratos de cuerda.
 Rebolledo: ¿Tra... qué han de darme, señor?
 Don Lope: Tratos de cuerda.
 Rebolledo: Yo hombre / de aquesos tratos no soy.
 Chispa: (aparte) Desta vez me le estropean.
 Capitán: (aparte, a él) ¡Ah, Rebolledo! Por Dios, / que nada digas: yo haré
que te libren.
 Rebolledo: (aparte, al Capitán: ¿Cómo no / lo he de decir, pues si callo,
los brazos me podrán hoy / atrás como mal soldado?)
El Capitán me mandó / que fingiese la pendencia,
para tener ocasión / de entrar aquí.
 Crespo: Ved ahora / si hemos tenido razón.
 Don Lope:  No tuvisteis para haber / así puesto en ocasión
de perderse este lugar. / Hola, echa un bando, tambor,
que al cuerpo de guardia vayan / los soldados cuantos son,
y que no salga ninguno, / pena de muerte, en todo hoy.
Y para que no quedéis / con aqueste empeño vos,
y vos con este disgusto, / y satisfechos los dos,
buscad otro alojamiento; / que yo en esta casa estoy
desde hoy alojado, en tanto / que a Guadalupe no voy,
donde está el Rey.
 Capitán: Tus preceptos / órdenes precisas son
para mí.
(Vanse el Capitán, los soldados y la Chispa).
 Crespo: Entraos allá dentro.
(Vanse Isabel, Inés y Juan).
  
Escena XVIII
(Crespo, Don Lope)

 Crespo: Mil gracias, señor, os doy /  por la merced que me hicisteis,
de excusarme la ocasión / de perderme.
 Don Lope: ¿Cómo habíais, / decid, de perderos vos?
 Crespo: Dando muerte a quien pensara / ni aun el agravio menor...
 Don Lope: ¿Sabéis, vive Dios, que es / capitán?
 Crespo: Sí, vive Dios. / Y aunque fuera el general,
en tocando a mi opinión, / le matara.
 Don Lope: A quien tocara, / ni aun al soldado menor,
sólo un pelo de la ropa, / viven los cielos que yo,
le ahorcara.
 Crespo: A quien se atreviera / a un átomo de mi honor,
viven los cielos también, / que también le ahorcara yo.
 Don Lope: ¿Sabéis que estáis obligado / a sufrir, por ser quien sois,
estas cargas?
 Crespo: Con mi hacienda; / pero con mi fama, no.
Al Rey la hacienda y la vida / se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma, / y el alma sólo es de Dios.
 Don Lope: ¡Vive Cristo, que parece / que vais teniendo razón!
 Crespo: Sí, vive Cristo, porque / siempre la he tenido yo.
 Don Lope: Yo vengo cansado, y esta / pierna que el diablo me dio
ha menester descansar.
 Crespo: Pues ¿quién os dice que no? / Ahí me dio el diablo una cama
y servirá para vos.
 Don Lope: ¿Y dióla hecha el diablo?
 Crespo: Sí.
 Don Lope: Pues a deshacerla voy; / que estoy, voto a Dios, cansado.
 Crespo: Pues descansad, voto a Dios.
 Don Lope: (aparte) Testarudo es el villano: / tan bien jura como yo.
 Crespo: (aparte) Caprichudo es el Don Lope: / no haremos migas los dos.»    

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acervo, 1979, en edición de Agustín del Saz, pp. 130-133. ISBN: 84-7002-268-7.]

domingo, 9 de marzo de 2025

Epistolario.- Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658)

 

Epístola XX
A un melancólico porque perdió un pleito. Danse dos medios: uno filosófico, otro cristiano, para llevar bien las adversidades

 «No quisiera consolar a v. md. sólo para esta vez, sino para otras muchas, y el consuelo le parecerá extraño, porque es que se persuada que han de suceder muchas veces disgustos semejantes. No hago esto para darle malas nuevas de alguna mala fortuna, sino para acordarle la condición de nuestra naturaleza y estilo de las cosas humanas, donde tan ordinario es suceder adversas. Y así no tenga por consejo peregrino que no le parezca cosa peregrina ver sinrazones, desgracias, pérdidas y otras cosas penosas. No se extrañe de nada desto, ni le parezca nuevo cuando aconteciere verlo. Epicteto y Antonino, filósofos, dieron este consejo para alivio de los trabajos y adversidades: que no se nos hicieran de nuevo. El cual no es de poco peso, pues antes dellos le dio San Pedro en su primera epístola, donde da dos remedios para consuelo de nuestras penalidades, uno natural y otro sobrenatural, y el natural es el que acabamos de decir, y así nos aconseja que no queramos extrañarnos ni tener por cosa peregrina cuando sucede una contrariedad (que es para prueba nuestra), como si nos aconteciera algo de nuevo. No sé, por cierto, por qué nos hemos de espantar que en este valle de lágrimas haya cosas adversas; antes fuera maravilla no encontrar con ellas. Milicia es la vida del hombre, y no guerra comoquiera, sino batalla rompida; ¿qué mucho es se reciban heridas y golpes? No es de maravillar si del furor de una batalla sale un soldado herido: el espanto había de ser si saliera sin haber recibido golpe alguno. El agonista que saliese de los espectáculos romanos sin lesión, fuera como prodigio. San Crisóstomo dice: "Todas las cosas presentes son lucha, certamen, guerra, estadio; otro es el tiempo de quietud, mas el presente diputado está para calamidades y sudores". Ninguno, cuando se desnuda para el certamen y desafío, busca quietud; no hay que espantarnos de recibir algún golpe adverso, cuando estamos dispuestos a recibir muchos. Por eso dijo Salviano: "¿Qué maravilla es si sufrimos los males, pues estamos conducidos, como en milicia, para tolerarlos todos?" En el libro de Job se dice que el hombre nació para el trabajo y el ave para volar. ¿Qué maravilla que el águila encuentre el aire en que extender sus plumas, y el pez el agua en que nadar? No es tampoco maravilla que encuentre el hombre trabajos en que merecer. No tiene v. md. que quejarse porque le haya sucedido uno, y no muy grande. Perdió un pleito, mas no perdió la honra, no perdió la salud, ni tampoco perdió la hacienda; sólo no la ganó mayor. Su trabajo no es que le hayan desposeído de lo que tenía, sino que no desposeen a otro. No es grande su desgracia, sino la pesadumbre que toma, y desto nadie tiene la culpa.
 El otro remedio que da San Pedro es más eficaz pues llega no sólo a consolar sino a alegrar. Esta diferencia hay entre los consuelos naturales y los sobrenaturales: que aquéllos sólo dan alivio, mas éstos pueden dar también gozo; y así debíamos ayudarnos dellos, acudiendo a buscar las razones sobrenaturales que hay para no afligirnos en los trabajos. Es, pues, el consuelo sobrenatural que enseña San Pedro, que nos gocemos en los trabajos, comunicando en los de las pasiones de Cristo. La iglesia llama en el Canon bienaventurada a la pasión del Hijo de Dios, y quien participa en alguna adversidad de ella no se debe tener por mal aventurado, sino por dichoso, pues se conforma con la imagen del Hijo de Dios y se infiere en Cristo, como hablan algunos doctores; lo cual es tan grande bien, que los que tienen luz de él se llenan de gozo viendo la honra que es padecer con Cristo y la gloria que por ello se merece. Junte pues, v. md. su suceso desgraciado con los dolores de Jesús. Perdió v. md. el  pleito; Cristo perdió la vida. Su desgracia es que no condenaron a su competidor; mas a Cristo condenaron a morir. No dio el juez nada a v. md., pero a Cristo le dejaron desnudo; quitáronle los vestidos y un poco de agua le negaron. Vergúenza es que sienta v. md. esa niñería a vista de tales agravios. Con todo eso, si la lleva en paciencia merecerá con ella, y ya que no ganó nada en la tierra, gane en el Cielo: dése más a sí mismo que le diera el juez. Dése a sí paciencia, y le valdrá más que si le dieran una provincia. ¿Cuántas veces ha condenado v. md. a Dios y sentenciado en favor del demonio? Tantas cuantas ha pecado. Mire lo que habrá sentido Dios las sentencias injustas que ha dado contra Él, por lo que siente v. md. una menos favorable que recibió. Tema sólo el tener mal pleito el día del juicio, y por que esto no sea así, lleve en paciencia perder un pleito de la tierra.
 Estos documentos de San Pedro no le han de servir a v. md. sólo para este caso de su pleito, que, para decirlo, es poco pleito y no llega a merecer nombre de trabajo, sino para los que fueren. Nuestro engaño es que buscamos la felicidad en esta vida, y no la podremos hallar verdadera, porque no es fruta de la tierra. Y tan necio es quien en este valle de lágrimas la busca segura y cabal, como quien buscara en los ajenjos el sabor de la miel y en un espino fruta sazonada. Engáñanse los que buscan la felicidad en esta vida, y dáñanse los que la estiman. Contra el engaño sirve el primer documento; contra el daño, el segundo. Cada uno piensa que ha de ver sinrazones, que le han de hacer agravios, que le han de suceder pérdidas. No se le hagan de nuevo, sino cuando acontecieren, diga: "Esto es lo que aguardaba: esta es la moneda que corre para comprar el Cielo; dicha es encontrarla". El santo Job se ayudó deste remedio para la paciencia que tuvo, porque no se le hicieron de nuevo trabajos tan extraordinarios como los que le sucedieron; y así él mismo confiesa de sí que le aconteció lo que sospechaba. 
 Débese también perder la estimación de la prosperidad humana, para que no se sientan sus pérdidas. Esto se hará considerando que quien padece como Cristo es más dichoso que si imperase en el mundo; y si el padecer con Cristo es tan gran dicha, ¿qué será reinar con Él en el Cielo? Lo cual se alcanza con su imitación y paciencia en los trabajos, a los cuales no hemos de mirar como males, sino como tan grandes bienes, que son semilla de la bienaventuranza verdadera y eterna.»

 [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Espasa-Calpe, 1957, en edición de Narciso Alonso Cortés, pp. 115-119. No consta ISBN ni número de depósito legal.]

lunes, 15 de febrero de 2021

Epigramas.- Marco Valerio Marcial (40-104)

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XXXIV.- Haz lo que quieras, pero con recato (Libro I)

 «Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces, si se quedan ocultos algunos. En cambio, una meretriz aleja a los testigos con la cortina y el cerrojo y son raras las rendijas abiertas en un prostíbulo del Summenio. De Quíone, al menos, o de Yade, aprende pudor: hasta los mausoleos esconden a las más degeneradas y a las zorras. ¿Acaso mi reprensión te parece demasiado dura? Te estoy prohibiendo que te sorprendan, Lesbia: no que se te tiren. […] 

XIII.- Pleitos tengas y los ganes (Libro II)

 Te reclama el juez y te reclama el abogado: mi opinión es, Sexto, que pagues al acreedor. […]

XV.- Un escrupuloso (Libro II)

 Eso de no pasar tu copa a nadie, lo haces por humanidad, Horno, no por soberbia. […]

LXXX.- Cada cosa a su tiempo (Libro IV)

 Declamas teniendo fiebre, Marón: si no sabes que eso es una locura, no estás en tus cabales, amigo Marón. Declamas estando enfermo, declamas con tercianas: si no puedes sudar de otra forma, es razonable. –“Pero es que el asunto es importante”. –Te equivocas, cuando la fiebre abrasa las entrañas, el asunto importante es callar, Marón. […]

XX.- Sabemos vivir, pero lo dejamos para más tarde (Libro V)

 Si me estuviera permitido, querido Marcial, pasar contigo unos días sin preocupaciones, disponer de un tiempo desocupado y disfrutar  juntos la verdadera vida, no conoceríamos los atrios, ni las casas de los poderosos, ni las tormentas de los pleitos, ni el triste foro, ni las imágenes soberbias de los antepasados; sino los paseos en litera, los cuentos, los libritos, el Campo, el Pórtico, la sombra, el Agua Virgen, las termas: éstos serían nuestros sitios, éstas nuestras ocupaciones. Pero ahora ninguno de los dos vive para sí y vemos que nuestros buenos días huyen y se nos escapan y, aunque los perdemos, se cargan en nuestra cuenta. ¿Alguien, sabiendo vivir, lo deja para más tarde? […]

LVI.- Cualquier ocupación da más dinero que las letras (Libro V)

 Hace tiempo, Lupo, que buscas preocupado y me preguntas a qué maestro confiar la educación de tu hijo. Te aconsejo que evites a todos los gramáticos y rétores, que no vea ni por el forro los libros de Cicerón ni de Virgilio, que deje a Tutilio con su fama. Como haga versos, deshereda al poeta. ¿Quiere aprender oficios de dinero? Procura que se haga citaredo o flautista de acompañamiento. Si el muchacho tiene visos de ser duro de mollera, hazlo pregonero o arquitecto. […]

LVIII.- ¿Vivirás mañana? (Libro V)

 Dices que empezarás a vivir mañana, “mañana” dices, Póstumo, siempre. Dime, ese “mañana”, Póstumo, ¿cuándo llega? ¡Qué lejos está ese mañana! ¿Dónde está? ¿Adónde hay que ir a buscarlo? ¿Se oculta quizás entre los partos y los armenios? Ese “mañana” tiene ya los años de Príamo o de Néstor. Ese “mañana”, ¿por cuánto, dime, se puede comprar? ¿Vivirás mañana? Vivir hoy es ya ir con retraso. Persona sensata es, Póstumo, quien vivió ayer. […]

 LXXXI.- Dinero quiere a dinero (Libro V)

Resultado de imagen de marcial epigramas fernando el catolico Siempre serás pobre, si eres pobre, Emiliano: hoy día las riquezas no se dan a nadie más que a los ricos. […]

LXXIV.- Cambias de oficio, pero no de tarea (Libro VIII)

 Ahora eres gladiador, antes habías sido oculista. Hiciste de médico lo que estás haciendo de gladiador. […]

XLVII.- Filósofo, pero maricón (Libro IX)

 A los Demócritos, a los Zenones y Platones, que no has visto ni por el forro, y a todos aquéllos que se representan desaliñados en bustos greñudos, los mencionas como si fueras el sucesor y heredero de Pitágoras. Y, ciertamente, no te cuelga una barba menos corrida. Pero –algo que para los que huelen a bosque es deseable y vergonzoso para los de pelo en pecho- a ti te gusta tenerla tiesa entre tus muelles nalgas. Tú que conoces los orígenes y el peso de las escuelas filosóficas, dime, Pánico, ¿qué principio filosófico es que a uno se la metan? […]

XCII.- Vive mejor el siervo que el señor (Libro IX)

 Cuáles son los inconvenientes del señor, cuáles las ventajas del esclavo, no los sabes, Cóndilo, tú, que te quejas de llevar mucho tiempo de esclavo. Tu esterilla sin ningún valor te proporciona sueños sin preocupaciones; Gayo, fíjate, se acuesta sobre plumas sin pegar ojo. Con las primeras luces, Gayo saluda tiritando a innumerables señores; en cambio, tú, Cóndilo, ni a tu dueño. “Lo que me debes, Gayo, devuelvémelo”, dice Febo y, desde el otro lado, Cínamo; esto, Cóndilo, no te lo dice nadie a ti. ¿Tienes miedo al verdugo? La podagra y la quiragra tienen a Gayo hecho trizas y preferiría sufrir mil azotes. El hecho de no vomitar por la mañana ni lamer coños, Cóndilo, ¿no lo prefieres a ser tres veces tu propio Gayo?  […]

XLVII.- Requisitos de una vida feliz (Libro X)

 Lo que hace más feliz la vida, gratísimo Marcial, es esto: una hacienda no ganada con el trabajo sino por herencia; un campo no desagradecido, un hogar siempre encendido; pleitos nunca, toga poca, la conciencia tranquila; un vigor congénito, un cuerpo saludable; una prudente sencillez, unos amigos de la misma condición; unos convites fáciles, una mesa sin artificio; unas noches sin borracheras, pero libres de preocupaciones; un lecho nada triste y, sin embargo, púdico; un sueño que haga cortas las noches; lo que uno sea, querer serlo y no querer nada más; el último día, ni temerlo ni desearlo. […]

XXXIV.- No hay que aficionarse demasiado a nadie (Libro XII)

 Treinta y cuatro siegas, si no recuerdo mal, he pasado contigo, Julio. Sus dulzuras se han mezclado con amarguras, pero, sin embargo, han sido agradables en su mayor parte. Y si todas las piedrecitas, distintas y de dos colores, se apartan a un lado y a otro, vencerá el montón blanco al más negro. Si quieres evitar ciertas amarguras y guardarte de los mordiscos de un alma afligida, no te hagas demasiado familiar para nadie: gozarás menos y menos sufrirás. […]

XLII.- Boda de homosexuales (Libro XII)

 El barbudo Calístrato se desposó ayer con el rudo Afro, con el mismo ritual con que una doncella es costumbre que se despose con un hombre. Alumbraban en cabeza las antorchas, cubrió su rostro el velo de novia y no te faltaron, Talaso, tus palabras. La dote también se fijó. ¿Todavía no te parece esto, Roma, suficiente? ¿Esperas, acaso, que también para?»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de la Institución “Fernando el Católico” de la Diputación Provincial de Zaragoza, 2004, en traducción de José Guillén y Fidel Argudo, pp. 24, 48-49, 108, 116, 125, 131, 198, 213, 225, 241, 292-293. ISBN: 978-84-7610-107-0.]
 

martes, 28 de agosto de 2018

El médico de Sefarad.- César Vidal (1958)


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Segunda parte: El libro de la ausencia de Sefarad
16.-Erets Israel

«Dice el Tenaj en el libro de los Meshalim que, en el curso de un pleito, aparece uno de los litigantes y expone su punto de vista y parece que tiene razón, pero luego comparece su adversario y al hablar provoca la sensación de que el cargado de justicia es él. Mi padre, que fue dayán en Qurduba, me confirmó repetidas veces lo veraz de esta afirmación. Al fin y a la postre, no todos ven la verdad de la misma manera e incluso no faltan los que pueden llegar a convencer a otros de que su postura es la más acertada, la más correcta, la más justa.
 Sin embargo, a pesar de que todo lo que he referido es cierto, de ahí no debe desprenderse que la verdad no exista o que todas las afirmaciones que escuchamos sean de valor semejante. En realidad, la verdad es algo tan sólido, recio y valioso como el más caro y puro de los diamantes. Buscarla constituye uno de los empleos más nobles que puedan darse a nuestra breve existencia, y aquél que la encuentra, por dura que pueda resultarle en un primer momento, ha descubierto una fuerza que lo libertará e infundirá una fuerza nueva en su vida. Precisamente porque la verdad existe, no todas las opiniones tienen la misma validez y nadie debería caer en el absurdo de pensar lo contrario.
 El que consume veneno en dosis suficientes, muere; el que no administra su capital y lo dilapida en francachelas, acabará pobre; el que no recuerda que tiene un Creador y que ante Él deberá comparecer algún día, habrá desaprovechado esta corta existencia de la peor manera posible. Todas esas son realidades que no admiten alternativa porque lo ponzoñoso nunca es bueno sino mortal, porque sólo se aumenta lo que no se gasta estúpidamente y sin seso y porque, salvo algún necio, no he visto jamás negar que después de esta vida existe otra, e incluso a algunos de los que así desvariaban  los he contemplado cambiando de opinión en su lecho de muerte.
 Al igual que el que escucha las instrucciones para montar mejor a caballo o pescar con aprovechamiento no se siente coaccionado sino agradecido por el conocimiento que se acaba de brindar, la verdad existe y esa innegable realidad no limita nuestra libertad. Por el contrario, nos permite dilucidar quién es el que verdaderamente tiene razón en un pleito e incluso vivir de la mejor manera. [...]

18.-Erets Israel
No deberíamos empeñarnos en dar a nuestros hijos más que aquello que dispuso el Creador. De nosotros reciben la vida y con ella el color de la piel, del cabello, de los ojos. Poco más tarde adquieren nuestra religión e incluso aprenden a hablar en nuestra propia lengua. Se espera que a ellos les entreguemos los bienes, pocos o muchos, que formen nuestro peculio personal. Incluso no resulta extraño que sigan nuestro oficio, trabajo o negocio siquiera porque es algo conocido en cuyo desempeño podemos ayudarlos. Es en este punto donde, generalmente, se puede empezar a romper el equilibrio de lo razonable, porque cabe la posibilidad de que pretendamos -quizá sin darnos cuenta de ello- que nuestros hijos nos sustituyan en el alcance de las metas con que hemos soñado durante años.
 No nos percatamos de ello, pero en ese momento los hijos dejan de ser individuos para convertirse en instrumentos, los instrumentos que nos permitirán de manera vicaria y sustitutoria llegar a los lugares donde nunca pudimos poner los pies. Ellos serán los que estudiarán aquello que no nos fue permitido estudiar, los que adquirirán aquello que resultó imposible adquirir, los que cosecharán los aplausos que nadie nos brindó. Cuando hemos llegado a ese punto, igual que sucede con la luna que mengua en el cielo, poco a poco el hijo deja de ser él mismo, transformado por nuestras ansias de ganarle a esta vida más bazas en otro yo.
 Al final, la mayoría de los padres no logra que su hijo sea un trasunto suyo por la sencilla razón de que se trata de un ser independiente que siente, padece y ama por su cuenta. Por añadidura, en ese proceso de retorcimiento de la voluntad no pocas veces el hijo se aparta de sus progenitores más de lo que hubiera sido normal. Siempre que pretendemos sobrepasar lo que ya quedó dispuesto por el Creador los resultados son, más tarde o más temprano, pésimos. [...]

20.-Erets Israel
Como señala el Tenaj en el libro de Meshalim, la observación de los seres creados por Adonai constituye un verdadero pozo de sabiduría del que podemos beber continuamente. De las hormigas aprendemos la necesidad de trabajar y almacenar para los tiempos difíciles; de las abejas, lo imprescindible de un orden sistemático; de las serpientes, la imposibilidad de seguir ciertos rastros. Creo que, descontadas las diversas peculiaridades de cada especie, existen algunos aspectos que las unen y entre ellos destaca el instinto de conservación.
 Existe algo en nuestro interior que nos impulsa a seguir vivos, que nos llama a no dejarnos llevar por la desmoralización, que nos enseña con palabras no escritas que después de la tempestad viene la calma. A ese bendito don colocado por el Sumo Hacedor en todos nosotros se debe que la desgracia nos abata pero no siempre nos hunda, que la pérdida de un miembro importante no nos incapacite del todo sino que incluso nos impulse a luchar más, que la muerte de un ser querido no nos arrastre en pos suyo a la tumba. Por supuesto, me consta que existen excepciones y que no son pocos los que no pueden resistir la dureza del embate. Sin embargo, en nuestro interior algo nos dice que resistamos, que nos aferremos a la vida con uñas y dientes, que sigamos combatiendo porque aún no se ha dado la señal de que la lucha ha concluido, de que la canción ha llegado a sus últimas notas, de que la obra de teatro ha terminado.
 Solamente con la muerte perecen los pensamientos, los proyectos, los planes que albergaba el corazón humano, pero aun entonces, si uno conoció al Creador, ese paso no significa una desgracia sino el cambio a un lugar mucho mejor que cualquiera de los que hayamos transitado en este mundo. Hasta que llegue ese trance, hay que sobrevivir y hacerlo de la manera más digna.»
 
 [Los fragmentos pertenecen a la edición de Grupo editorial Random House Mondadori, 2006. ISBN: 84-9793-537-3 (vol. 562/2)]

viernes, 2 de febrero de 2018

Viñetas históricas.- Carlos Seco Serrano (1923)


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La Restauración y el fin de siglo
 Lo que va de ayer a hoy: una "anécdota universitaria de 1888"
 
 Picaresca estudiantil
«Por entonces, había en la calle de Atocha y en su número 34, una botica regentada por don Aniceto  Moreno Pérez. Y era mozo en ella -"único dependiente"- cierto joven que a los veintiséis años bien cumplidos se esforzaba por asegurar su situación, cursando los estudios de Farmacia en la Facultad madrileña. Copiamos del expediente que sirvió de base al pleito en que por entonces habría de verse envuelto: "Don Amador C. y V. cursó como alumno de enseñanza oficial en al año académico de 1886 a 87, entre otras asignaturas, la de Ampliación de Física, de la cual no pudo sufrir examen al final de aquel curso a causa de una larga enfermedad producida precisamente en el mes de junio de 1887". Restablecido en octubre, C. y V. se dedicó al "repaso" de aquella asignatura. Y en enero de 1888 se matriculó como alumno de enseñanza libre.
 Fue al iniciarse las pruebas correspondientes -abril del mismo año- cuando el Tribunal observó que el examinando portador de la papeleta de C. y V. -en la cual constaba la edad de éste- no pasaba, aparentemente, de quince a dieciséis años. Y algo más averiguaron de inmediato los profesores: la diferencia de las firmas -la que constaba en la papeleta y la que el muchachito que tenían ante sí estampó a su requerimiento.
 Resulta difícil imaginar hoy lo que eran aquellos solemnes exámenes de hace un siglo: pocos alumnos, tribunales imponentes con los catedráticos majestuosamente revestidos de toga y birreta. El presidente del que, en la Facultad de Farmacia, había de juzgar al supuesto C. y V. interpeló al chaval: ¿cómo podía explicar la diferencia de edades y la más extraña diferencia de firmas que acababan de evidenciarse? La respuesta fue hábil: C. y V. se hallaba fuera de Madrid cuando hubo de matricularse; encargó de esta diligencia a un amigo suyo, el cual, "distraídamente", hizo constar su propia edad en el documento, en lugar de la de su representado; y asimismo, firmó con su propia letra y rúbrica. El juez no se dejó convencer. "Baje usted a Secretaría y aclare el equívoco; después regrese para continuar el examen".
 Pero el examinando no volvió. Era como una explícita confesión de culpa. El Tribunal dio, pues, cuenta al Rectorado y el rector mandó formar expediente a C. y V. -el verdadero C. y V.-, cuya única e inaceptable defensa fue aducir el extravío de la papeleta, sin duda recogida por algún aficionado a examinarse (¡), que le suplantó sin que él tuviera arte ni parte en el lance. La disciplina académica se aplicó estrictamente contra el desenvuelto mozo de botica, que quedó inhabilitado "para cursar, ser examinado en cualquier concepto o efectuar acto académico como alumno en los establecimientos oficiales de enseñanza del Reino durante el curso de 1887 a 1888".

 ... Y responsabilidad criminal
 Pero no quedó ahí la cosa; pues a continuación el Rectorado pasó el expediente a los tribunales regulares, "por si pudiera existir responsabilidad criminal". Y los tribunales no se desentendieron. Ciertamente, era demasiado pretender hacer "tragar" la historia de la papeleta perdida y nadie hubiera podido creer en la existencia de espontáneos aficionados a examinarse por simple afición y suplantando a un desconocido. Pero también resultaba excesivo a todas luces presentar aquella anécdota picaresca -una falta de disciplina académica- como grave "delito frustrado" (un "delito de falsedad" consistente en "suponer en el ejercicio de examen la instrucción de persona que no la ha tenido", con el fin de obtener "todas las certificaciones encaminadas a probar, en daño y perjuicio de la sociedad, que es competente y tiene aptitud científica quien burló la ley suplantando su persona con la de otro que fingiendo su nombre sufriera examen"): delito que no quedaba suficientemente sancionado con la "corrección administrativa... impuesta por el Consejo de disciplina", ya que éste castigaba "la infracción de los Reglamentos y disposiciones universitarias", y el Tribunal, "la lesión de un derecho que la ley ha previsto y penado".
 El caso es que el fiscal solicitó contra el pobre encartado nada menos que ¡ocho años y un día de prisión mayor!, además de una multa de quinientas pesetas (¡de las de aquel entonces!). Todo cuanto pudo conseguir la defensa, frente al rigor del Tribunal, fue que éste redujese la pena a ¡tres años de presidio correccional!, con multa de trescientas pesetas (suma fuera del alcance de C. y V.).
 El cual, por supuesto, removió cielo y tierra para librarse de tan duras sanciones. Acudió, desde luego, a uno de los grandes abogados de la época, diputado por el distrito electoral al que él pertenecía. (El abogado era el joven Eduardo Dato. El distrito electoral, Murias de Paredes, en el alto León. El lugar de nacimiento de C. y V., Mansilla de las Mulas). Porque en aquellos denostados tiempos de las "oligarquías parlamentarias" es lo cierto que cada diputado mantenía por lo general, una relación mucho más estrecha y "humana" con sus representados que la que hoy vincula a electores y elegidos en esta bendita época nuestra de la "democracia perfecta". Y como máxima servidumbre, los diputados de la famosa "España oficial", por lo general abogados, debían mantener -de hecho- sus bufetes, poco menos que gratuitamente, a disposición de los innumerables "pleiteantes" que les habían votado.»
 
 [El extracto pertenece a la edición  en español de Espasa - Calpe, 1983. ISBN: 84-239-2113-1.]
 

martes, 28 de marzo de 2017

Fabliaux: cuentos franceses medievales.- Rutebeuf (c. 1230 - c.1285)


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   El testamento del asno
 
  «El que quiere vivir con honores y seguir los pasos de los que aspiran a tener fortuna, encuentra numerosas dificultades. Hay muchos chismosos que lo perjudican con su ligereza y también muchos envidiosos. Por amable y noble que sea, si tiene diez personas sentadas  a su mesa, seis serán maldicientes y nueve envidiosas. Cuando los tiene delante, todos lo festejan y aprueban con la cabeza pero, a sus espaldas, hablan de él como si lo apreciaran menos que a un huevo. Si los que comen a su mesa son tan poco de fiar ¿cómo no lo envidiarán los que de él en nada se aprovechan? Parece inevitable, ésa es la verdad.
 Os digo todo esto, a propósito de un prebendado que tenía una buena iglesia. Había dedicado todos sus esfuerzos en lograr enriquecerse, en eso había empleado su saber. Tenía muchos trajes y dinero, y de trigo llenos sus graneros. Sabía vender en el momento oportuno y esperar de Pascua a San Remigio. No había nadie, por amigo que fuese, que lograra sacarle algo si no era a la fuerza.
 Tenía un asno en su casa, como nunca se vio asno alguno, que le sirvió durante veinte años y no sé si alguna vez se vio otro servidor igual. El asno que tanto le ayudó a enriquecerse, murió de vejez. El preste lo tenía en tal estima que no permitió que lo desollaran y lo enterró en el cementerio. Pero dejemos esto.
 El obispo era muy diferente, ni avaro ni codicioso sino cortés y hombre de mundo. Por muy enfermo que estuviera, si veía acercarse a un hombre de pro, no había forma de retenerlo en la cama. Compañía de buenos cristianos era su mejor médico. Siempre estaba su sala llena. Su gente no era mala y todos sus criados se esforzaban en hacer lo que su señor deseaba. Tenía grandes bienes, pero en deudas, porque el que mucho gasta, mucho debe.
 Cierto día en que este noble señor, tan lleno de cualidades, se hallaba rodeado de gran compañía, se habló de esos clérigos ricos y de esos prestes avaros y tacaños que no hacían bondad ni prodigaban honor ni a obispo ni a señor. Se hizo mención de aquel prebendado tan rico y crecido. Contaron su vida como si la leyesen en un libro, atribuyéndole más riquezas de las que pudieran tener tres hombres juntos. Siempre se dice más de lo que hay realmente. -"Además, dijo uno que quería quedar bien, ha hecho algo que podría costarle muy caro si hubiera alguien que lo denunciara y, quien lo hiciera, merecería una recompensa" -"¿Qué ha hecho?", preguntó el noble señor. -"Se ha portado peor que un beduino. A su asno Balduino ha dado sepultura en tierra bendita". -"¡Que su vida se vea maldita!, dijo el obispo. Si eso es cierto, malditos sean él y su riqueza. Gualterio, convócalo a mi presencia: veremos qué alega el preste a la acusación de Roberto y afirmo, así me socorra Dios, que si es verdad, me deberá enmienda". -"Que me cuelguen si no es cierto lo que he contado, tan cierto como que nunca os hizo bondad".
 El preste fue convocado y vino a presentarse. Debe responder ante su obispo de este caso, por el que los prestes pueden ver suspendidas sus prebendas. -"Falso y desleal, enemigo de Dios, ¿dónde habéis puesto a vuestro asno?, dijo el obispo. Habéis cometido una gran ofensa contra la santa Iglesia, nunca oí otra más grande; habéis enterrado vuestro asno en el lugar en el que se entierra a los cristianos. Por Santa María la Egipciaca, si hay gente honrada que pueda probarlo, os haré encerrar en la cárcel. Nunca oí falta semejante". Responde el preste: -"Noble y amable señor, hablar cuesta muy poco. Os pido un día de plazo, es justo que pida consejo para este caso, si os place. No deseo entablar pleito". -"Me parece bien que pidáis consejo, pero no os perdonaré si la cosa es cierta". -"Parece poco probable, señor". El obispo, muy indignado con este asunto, se separó del preste. Éste no desmaya, sabe que tiene una buena amiga: su bolsa que nunca le falla, ni por enmienda ni por falta.
 Durmió y llegó el plazo. Al concluirse, volvió el preste. Traía consigo veinte libras en una bolsa de cuero, bien acuñadas y con su peso. No hay riesgo de que padezca hambre o sed. Cuando el obispo lo ve llegar le pregunta rápidamente: -"Preste, ¿ya habéis pedido consejo? ¿Qué buena razón habéis encontrado?". -"Señor, consejo he tenido, sin lugar a dudas, pero un consejo no conduce a la guerra. No debe extrañaros que por consejo nos debamos conciliar. Quiero confesarme con vos y si mereciera penitencia, de dinero o de persona, no dudéis en imponérmela".
 El obispo se acerca, para que pueda hablarle al oído, y el preste levanta la cabeza. En ese momento no le importa el dinero. Tiene las monedas de plata debajo de la capa, no se atreve a mostrarlas, por la gente. En voz baja cuenta su historia: -"Señor, en pocas palabras, mi asno vivió muchos años y gracias a él gané buenos escudos. Me sirvió con lealtad, sin protestar, durante veinte años. Que Dios no me absuelva si cada año no apartaba veinte céntimos hasta que hubo ahorrado veinte libras. Para verse libre de las penas del infierno os las dejó en su testamento". Respondió el obispo: -"Dios se lo tenga en cuenta y perdone las faltas y pecados que haya cometido".
 Tal como habéis oído, del rico preste obtuvo satisfacción el obispo. Como aquel había obrado mal, le enseñó a obrar bien. Rutebeuf nos dice y enseña que quien acompaña con dinero su quehacer, no debe temer malas consecuencias. El asno se quedó entre cristianos y con esto acaba mi rima, porque pagó bien y puntualmente su testamento.»