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domingo, 11 de octubre de 2026

Contrapunto.- Aldous Huxley (1894-1963)

 

XXIII

  «-Puede que tenga usted razón -dijo Philip-. Pero lo grave está en que, dado el carácter de nuestro mundo actual, no se puede volver atrás, no se puede detener la máquina. Esto es, no se puede hacer, a menos que se halle uno dispuesto a exterminar cerca de la mitad de la raza humana. El industrialismo ha permitido duplicar la población del mundo en cien años. Para deshacerse del industrialismo es preciso volver al punto de partida. Es decir, hay que acabar con la mitad de los hombres y las mujeres existentes. Lo cual, sub specie aeternitatis, o meramente historiae, podría ser una cosa excelente. Pero difícilmente una cuestión de política práctica.
 -Por el momento, no -concedió Rampion-. Pero la próxima guerra y la próxima revolución la harán demasiado práctica.
 -Posiblemente. Pero no hay que hacer cálculos sobre guerras ni revoluciones. Porque si contamos con ellas, es seguro que vienen.
 -Vendrán de todos modos -dijo Rampion-. El progreso industrial entraña la superproducción, la necesidad de adquirir nuevos mercados, la rivalidad internacional, la guerra. Y el progreso mecánico entraña más especialización y estandardización del trabajo, más diversiones colectivas y preparadas al por mayor, disminución de la iniciativa y de las facultades creadoras, más intelectualismo y el atrofiamiento de todas las cosas vitales y fundamentales de la naturaleza humana, más fastidio y agitación, que no puede tener otro resultado que la revolución social. Cuéntese o no con ellas, la guerra y las revoluciones son inevitables si se permite que las cosas sigan su curso actual.
 -De modo que el problema se resolverá a sí mismo -dijo Philip.
 -Pero solamente por su propia destrucción. Cuando la Humanidad sea destruida, evidentemente que no habrá más problemas. Pero esta parece una solución bastante pobre. Yo creo que puede haber otra, aun dentro del marco del sistema actual. Una solución temporal mientras el sistema se modifica en la dirección de una solución permanente. La raíz del mal está en la psicología individual; de modo que es por ahí, por la psicología individual, por donde hay que comenzar. El primer paso sería hacer vivir a las gentes de un modo doble, en dos compartimentos. En un compartimento, como trabajadores industrializados; en el otro, como seres humanos. Como idiotas y máquinas durante ocho horas diarias, y como verdaderos seres humanos el resto del tiempo.
 -¿No es eso lo que hacen ya?
 -¡Por supuesto que no! Viven como idiotas y como máquinas durante todo el tiempo, tanto durante su trabajo como durante sus horas de ocio. Como idiotas y como máquinas; pero imaginándose que viven como seres civilizados, hasta como dioses. Lo primero que hay que hacer es obligarles a reconocer que son máquinas e idiotas durante sus horas de trabajo. He aquí lo que hay que decirles: siendo lo que es nuestra civilización, tenéis que pasaros ocho horas diarias en un estado intermedio entre la imbecilidad y una máquina de coser. Es muy desagradable, lo sé. Es humillante, es repugnante. Pero ahí está. Tenéis que hacerlo; de lo contrario, la estructura entera de nuestro mundo se vendrá abajo y nos moriremos de hambre. Continuad, pues, vuestra tarea, idiota y mecánicamente, y dedicad vuestras horas de ocio a comportaros como hombres y mujeres completos y verdaderos. No mezcléis las dos vidas, mantened bien cerradas las mamparas entre ellas. Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no os olvidéis jamás de que es sucio y de que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes. Todo eso es mentira. Vuestro trabajo no es más que una tarea sucia y repugnante, desdichadamente necesaria, debido a la estupidez de vuestros antepasados. Ellos han acumulado una montaña de inmundicia, y vosotros tenéis que continuar cavándola por temor a que os envenene con su peste; tenéis que trabajar para poder respirar maldiciendo a la vez la memoria de los maniáticos que han acumulado todo este innoble trabajo que vosotros tenéis que hacer. Pero no tratéis de alentaros fingiendo que este sucio trabajo mecánico es una noble tarea. Eso no es verdad; y el único resultado que obtendréis al creerlo y afirmarlo será el de rebajar vuestra humanidad al nivel del sucio menester. Si creéis en los negocios como servicio y en la santidad del trabajo, os transformaréis simplemente en idiotas mecánicos durante veinticuatro horas diarias. Reconoced que es un trabajo innoble; tapaos la nariz y hacedlo durante ocho horas, y luego concentraos en vosotros mismos para ser, durante las horas de ocio, verdaderos seres humanos. Un verdadero y completo ser humano. No un lector de periódicos, no un amante del jazz, no un fanático de la radio. Los industriales que proveen a las masas de diversiones estandardizadas y fabricadas en serie se esfuerzan cuanto pueden por hacer de vosotros tan imbéciles mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo. Pero no se lo permitáis. Esforzaos por ser humanos. He aquí cómo hay que hablar al pueblo; he aquí la lección que hay que enseñar a los jóvenes. Es preciso persuadir a todo el mundo de que toda esta gran civilización industrial no es más que un mal olor, y que la verdadera vida sólo puede vivirse fuera de ella. Habrá de pasar mucho tiempo antes de que puedan conciliarse el vivir con decencia y el olor industrial. Puede que sean inconciliables. Habrá que ver. Entretanto, tenemos que palear la basura y soportar estoicamente la peste y, en los intervalos, tratar de llevar una vida verdaderamente humana.

 -Es un buen programa -dijo Philip-. Pero no creo que obtenga usted muchos votos basados en él en las próximas elecciones.
 -Ahí está el mal -Rampion frunció el ceño-. Los tendría uno a todos en contra. Porque lo único en que todos están de acuerdo, conservadores, liberales, socialistas, bolcheviques, es la excelencia intrínseca del hedor industrial y la necesidad de estandardizar y especializar hasta hacer desaparecer todo rasgo de genuina virilidad o feminidad de la raza humana. Y luego se quiere que nos interesemos en la política.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Edhasa, 1986, en traducción de Lino Novás Castro, pp. 392-395. ISBN: 84-350-0726-X.]

domingo, 26 de abril de 2026

Hojas de hierba.- Walt Whitman (1819-1892)

Dedicatorias
Canto el yo

 «Canto el yo, persona simple, separada;
No obstante, pronuncio la palabra democrática, la palabra En Masa.

La fisiología de la cabeza a los pies, yo canto,
Ni la fisonomía sola, ni el cerebro solo, son dignos de la Musa; digo que el Cuerpo completo es más digno,
A la Mujer igual que al Hombre, yo canto.

De la Vida inmensa en la pasión, en la elasticidad, en la fuerza,
Alegre, para la más libre acción formado según las leyes divinas,
Canto al Hombre Moderno.
[...]

Al comenzar mis estudios

 Al comenzar mis estudios, los primeros pasos me agradaron tanto,
El simple hecho de la conciencia, estas formas, la facultad del movimiento,
El más insignificante insecto o animal, los sentidos, la vista, el amor,
Digo que el primer paso me sobrecogió y me agradó tanto,
Que apenas sí he avanzado o sí he deseado avanzar,
Sino pararme y vagar, y emplear el tiempo en celebrarlo en poemas extáticos.
[...]

Yo, imperturbable

 Yo, imperturbable, descansando en medio de la Naturaleza,
Señor de todo o señora de todo, vertical en medio de las cosas inanimadas,
Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, silencioso como ellas,
Encontrando que mi trabajo, pobreza, notoriedad, flaqueza, crímenes son menos importantes de lo que yo creía.
En el mar mexicano, o en Mannahatta o en el Tennessee, o lejos, en el norte o tierra dentro,
Ribereño u hombre de los bosques, o de cualquiera forma de vida campesina en estos Estados, o en la  costa, o en los lagos, o en el Canadá,
Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero ser firme ante las contingencias,
Quiero arrostrar la noche, las tempestades, el hambre, lo ridículo, los accidentes, las humillaciones, como los árboles, como los animales.

Sabiduría

 
Cuando miro hacia allá, veo que los resultados y las glorias retroceden y se apiñan, siempre constreñidos,
Allá las horas, meses, años - allá los oficios, pactos, establecimientos, aun los más pequeños,
Allá la vida cotidiana, el lenguaje, utensilios, política, personas, propiedades,
Allá también nosotros, yo con mis hojas y mis cantos, confiado, maravillado.
Como un padre que va a ver a su padre, llevo conmigo a mis hijos.
[...]

No me cerréis vuestras puertas

 No me cerréis vuestras puertas, altivas bibliotecas,
Pues os traigo lo que faltaba en vuestros repletos estantes, siéndoos tan necesario;
He salido de la guerra y he compuesto un libro,
Las palabras de mi libro no son nada, su intención lo es todo,
Un libro aislado, separado de los demás, sin relación con el intelecto,
Pero cuyas páginas os conmoverán con los significados que hay en ellas latentes.

Poetas futuros

 ¡Poetas futuros, oradores, cantores, músicos futuros!
No me justificará este día ni responderá por mí,
Pero vosotros, de una generación nueva, pura, atlética, continental, más grande que todas las generaciones conocidas,
¡Despertad, pues tenéis que justificarme!

Yo no hago otra cosa que escribir dos o tres palabras indicativas para el porvenir;
No hago otra cosa que avanzar un instante, y luego me vuelvo apresuradamente a las tinieblas.
 
Soy un hombre que, vagando a la ventura y sin detenerse, os dirige una mirada casual y vuelve el rostro,
Dejando que vosotros lo analicéis y lo defináis,
Esperando de vosotros lo más importante.

A ti

 Desconocido, si al pasar junto a mí deseas hablarme, ¿por qué no has de hablarme?
¿Y por qué no he de hablarte?»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Mayol Pujol, 1981, en traducción de Francisco Alexander, pp. 83,91, 93-96. ISBN: 84-85836-00-6.]

domingo, 31 de agosto de 2025

El difunto Matías Pascal.- Luigi Pirandello (1867-1936)

 

10.-La pila del agua bendita y el cenicero

 «-Usted dispense, señor Paleari -le objetaba yo-. Pero fíjese: supongamos que un gran hombre, mientras pasea, tiene la desgracia de caerse y romperse la crisma y quedarse lelo. ¿Adónde va a parar su alma?
 El señor Paleari quedóseme mirando de hito en hito, como si de pronto le cayese a los pies un pedrusco.
 -¿Que adónde va a parar el alma?
 -Sí, y lo mismo si nos ocurre esa desgracia a usted o a mí, que, aunque no soy un gran hombre, sin embargo..., ¡vamos!, razono. Suponga usted que me caigo, me rompo la crisma y me quedo lelo. ¿Qué se ha hecho de mi alma?
 Paleari juntó las manos y, con expresión de benigna lástima, me repuso:
 -Pero, ¡Dios santo!, ¿por qué quiere usted caerse y romperse la crisma, querido señor Meis?
 -Es una hipótesis...
 -Pues no, señor, siga usted paseándose tranquilamente. Cojamos a los viejos que, sin necesidad de caerse ni romperse la crisma, se vuelven chochos. Bien, ¿qué quiere decir esto? ¿Tendría usted la pretensión de querer probarme, apoyándose en esa circunstancia, que al quebrantarse el cuerpo debilítase también el alma y que la extinción del uno supone la extinción del otro? Pues, si es así, haga usted el favor de imaginarse el caso contrario, es decir, cuerpos en el colmo de la extenuación y en los cuales, sin embargo, refulge potentísima la luz del alma: Giacomo Leopardi y tantos ancianos como, por ejemplo, su santidad León XIII, sin ir más lejos. ¿Qué dice usted a esto? Pero supóngase usted ahora un piano y un pianista y, que al estarlo tocando, el piano, de pronto desafina: no suena ya esta tecla, dos o tres cuerdas saltaron. Pues bien: naturalmente, con un instrumento tan estropeado, por fuerza ha de tocar mal el pianista, por más diestro que sea. Pero y si, por fin, el piano deja de ser, ¿será que no existe ya tampoco el pianista?
 -¿Quiere usted dar a entender que el cerebro es el piano y el alma el pianista?
 -Eso mismo, señor Meis. Y si el cerebro se estropea, por fuerza el alma ha de parecer mema o loca, o qué sé yo. Lo cual quiere decir que si el pianista rompió, no por accidente, sino por inadvertencia o adrede, el instrumento, habrá de pagarlo. El que rompe, paga; se paga todo; sí, señor, todo. Pero ésta es otra cuestión. Dispénseme usted, pero dígame: ¿no hace mella alguna en su ánimo ver que la Humanidad toda, hasta donde hay noticia de ella, alimentó siempre la aspiración a otra vida más allá? Este es un hecho, señor mío: un hecho, una prueba positiva.
 -Dicen que el instinto de conservación...
 -Pues no es así, para que usted se entere. Porque, lo que es yo, me chincho, ¿sabe usted?, en esta vil pelleja que me envuelve. Me pesa, y si la soporto es porque sé que debo soportarla; pero en probándome, ¡voto a Cristo!, que después de haberla soportarlo por espacio de otros cinco o seis o diez años, aún no habré pagado mi escote de algún modo y que todo ha de acabar aquí, pues, ¡nada!, que ya me la estoy arrancando. ¿Y quiere usted decirme dónde está, entonces, el instinto de conservación? Yo sigo tirando únicamente porque siento que la cosa no puede parar en eso. Sólo que a esto salen diciéndome que una cosa es el individuo y otra la Humanidad. El individuo acaba, la especie sigue evolucionando. ¡Vaya un modo de discurrir! Fíjese, si no, un poco, señor Meis. ¡Como si usted, yo, el vecino de al lado, todos, en una palabra, no fuésemos la Humanidad! ¿Y no pensamos todos nosotros, allá en nuestro fuero interno, que sería el colmo del absurdo, la cosa más atroz, el que todo hubiera de reducirse a este mundo, a este mísero soplo de nuestra vida terrena: cincuenta, sesenta años de calamidades, sinsabores y luchas? Y, todo, ¿por qué? ¡Pues por nada! ¡Por la Humanidad! Pero ¿y si la Humanidad no ha de ser tampoco eterna? Fíjese usted, señor Meis: ¿a qué habrán venido, entonces, toda esta vida, todo este progreso, toda esta evolución? ¿A nada?... ¡Pero si luego salen diciéndonos que la nada, la nada pura, no existe!... La curación del planeta, como dijo usted el otro día, ¿verdad? Bueno: supongamos que sea la curación; sólo hay que ver en qué sentido. Lo malo que tiene la ciencia, señor Meis, es eso precisamente: que no ve más allá de la vida...
 -¡Hombre! -suspiré yo, sonriendo-. Puesto que tenemos que vivir...
 -Pero, ¡también tenemos que morir! -replicome Paleari. 
 -Conformes, pero, ¿por qué pensar tanto en ello?
 -¿Que por qué? Pues porque no podemos atinar con el sentido de la vida si de algún modo no nos explicamos también la muerte. El criterio director de nuestros actos, el hilo para salir de este laberinto, la luz, en suma, señor Meis, la luz hemos de recibirla de allá, de la muerte.
 -¿Con la oscuridad que allí reina?
 -¿Oscuridad? ¡La habrá para usted! Pero pruebe usted a encender una lamparilla de fe con el aceite puro del alma. En faltándonos esta lamparilla, no hacemos más que dar tumbos de acá para allá en esta vida, como ciegos, pese a toda la luz eléctrica que hemos inventado. Buena, bonísima resulta para la vida la luz eléctrica; pero nosotros, señor Meis, necesitamos también de esa otra lamparita que nos alumbra un poco las sombras de la muerte. Mire usted: yo, muchas noches, procuro encender también cierto farolillo de cristal color de rosa; no hay más remedio que ingeniarse por todos los modos posibles de echar el resto para intentar ver... Ahora se encuentra en Nápoles Terencio, mi yerno; pero dentro de unos meses estará de vuelta y entonces yo le invitaré a usted a asistir, si quiere, a alguna de nuestras modestas sesiones. Y quién sabe si ese farolillo... Pero punto en boca, que por hoy ya le he dicho bastante.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1971, en traducción de R. Cansinos Assens, pp. 107-110. Depósito legal: NA-42-1971.]
 

domingo, 4 de agosto de 2024

Tenga usted éxito en su muerte. Anti-método para vivir.- Fabrice Hadjadj (1971)

 

5.- La muerte de Dios. Sobre la culpa de Adán, el sacrificio de Cristo y el nihilismo.
La expresión "muerte de Dios"

  «Es fácil de decir, pero es de las más difíciles de pensar. No sólo por las dos nociones abisales implicadas, sino también por la relación que se establece entre ellas. El genitivo empleado puede ser subjetivo u objetivo. "La muerte de Dios" puede designar la muerte, por una parte, en tanto que proviene de Dios, y por otra parte, en tanto que ella le afecta. En cuanto a que la muerte proviene de Dios, la expresión se puede entender de dos maneras: como castigo o como gracia. La primera manera concierne a todo hombre, en la medida en que muere a consecuencia del pecado original; la segunda concierne al santo o mártir, que muere en Dios. En cuanto que la muerte afecta a Dios, también eso se puede entender de dos maneras: como acontecimiento de la Revelación o como afirmación del ateísmo. La primera remite al artículo de la fe cristiana según el cual Jesús, el Hijo de Dios, Dios hecho hombre, "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado". La segunda, el artículo de la fe nihilista o nietzscheana según la cual "Dios ha muerto", es decir, que nadie puede ya creer en él y que esta muerte es "el más importante de los últimos acontecimientos" que proyecta su "sombra sobre Europa" (1). Este capítulo se esfuerza en mostrar los lazos entre esas diversas significaciones. Unos lazos que no son simples yuxtaposiciones, sino implicaciones mutuas.
 Cada una de esas significaciones invita a "fijar algunos vértigos" (a): 
 1º) si Dios es bueno, ¿cómo puede provenir de él la muerte? El Génesis se hace eco de la maldición divina: "Al polvo volverás" y, al mismo tiempo, el autor sagrado recuerda que "Dios no creó la muerte" (Sb 1, 13). Por lo demás, ¿por qué la Biblia, aun afirmando la esperanza en la resurrección, contiene también el grito desesperado: "Los que descienden a la fosa no te alaban"?
 2º) ¿Cómo puede ser una gracia para el justo la pena de muerte? ¿No es más bien una crueldad? ¿Cómo comprender en este contexto la muerte prematura de los niños pequeños? ¿Cómo comprender el sentido de un genocidio? ¿No es una llaga abierta que ninguna fe puede curar? Pero ¿abolir toda fe no es matar la humanidad y el espíritu de infancia?
 3º) Puesto que Dios es trascendente e inmutable, ¿qué sentido tiene ese escándalo evangélico según el cual se ha hecho mortal para ser llevado al suplicio como un blasfemo? Porque, en todas las misas, tras la consagración, los fieles cristianos se atreven a decir: "Anunciamos tu muerte, Señor..." Y trazan sobre sus cuerpos la imagen de un instrumento de suplicio, como el judío se envuelve en su talit que simboliza el Nombre de Dios (b). ¿Qué extraña locura es ésta?
 4º) Si Dios no existe y nunca ha existido, ¿cómo hablar de su muerte, si sólo se puede hablar de la muerte de un viviente? Si se admite que Dios ha vivido, no se entiende cómo iba a poder dejar de vivir. Si con nuestra expresión sólo se pretendiera designar la muerte de la "noción" de Dios, y no la de Dios mismo, sólo se conseguiría subrayar su vitalidad, puesto que estamos obligados a rebelarnos contra su influencia.
 El problema del ateo, lo mismo que el del agnóstico, es que sus denominaciones comienzan por un prefijo privativo. Lo que hay de positivo en esos nombres es que siguen conteniendo a Dios, o el conocimiento que se puede tener de él, y así, a su pesar, siguen conteniendo una indesarraigable relación con el misterio. Una escapatoria consistiría en no caer en la trampa excesivamente teológica del ateísmo y apelar en su lugar al "hombre nuevo" o al "superhombre". Pero esas expresiones siguen encerrando, a través de las nociones de novedad radical o de superación de la humanidad antigua, una referencia a lo divino.»

 (1)Nietzsche, La gaya ciencia, § 343
 (a) El original francés dice "fixer des vertiges". Fixer des vertiges es el título de un libro de Michel Onfray construido a base de comentarios sobre fotografías de Willy Ronis. Onfray es un conocido autor francés de best-sellers de contenido hedonista y anticatólico, como el muy difundido y traducido al español Tratado de ateología. Tanto Onfray como su alegato a favor del ateísmo aparecerán citados más adelante por Hadjadj. Muy probablemente, Onfray toma la expresión "fixer des vertiges" de unos versos de Rimbaud. En efecto, en el último verso del poema "Alchimie du verbe" se puede leer: Ce fut d'abord une étude. J'écrivais des silences, des nuits, je notais l'inexprimable. Je fixais des vertiges ("Primero fue estudio. Yo escribía silencios, noches, anotaba lo inefable. Fijaba vértigos"). El poema forma parte del libro Une saison en enfer ("Una temporada en el infierno"), colección de poemas en prosa escrita en 1873, tras una gran crisis en la vida de Rimbaud. Es una acusación contra la vida occidental y sus valores. [N. del Tr.]
 (b) El talit es una especie de chal que usan los judíos para cubrirse durante la oración. [N. del Tr.]

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Nuevo Inicio, 2011, en traducción de Sebastián Montiel, pp. 261-264. ISBN: 978-84-937488-8-3.]

domingo, 23 de junio de 2024

Ensayos.- Luigi Pirandello (1867-1936)

 

El humorismo
Primera parte
II.-Cuestiones preliminares

  «Por otra parte, ya nadie se atreve a negar que también los antiguos tenían idea de la profunda infelicidad del hombre. La cual, además, expresaron bien claramente filósofos y poetas. Pero, como de costumbre, también algunos han pretendido ver entre el dolor antiguo y el dolor moderno una diferencia casi sustancial, y han sostenido que existe un lúgubre proceso del dolor que se desarrolla con la misma historia de la civilización, un progreso cuyo fundamento está en la sensibilidad de la conciencia humana, cada vez más delicada, y en su irritabilidad e incontentabilidad, las cuales crecen constantemente.
 Pero esto, si no nos equivocamos, ya lo había dicho, hace montones de años, Salomón. Aumento de ciencia, aumento de dolor. ¿y tenía verdaderamente razón, hace montones de años, Salomón? Está por ver. Si las pasiones, a medida que se refuerzan y afinan, adquieren una mayor especie de atracción y compenetración intercambiables; si con la ayuda de la fantasía y de los sentidos nos adentramos, como dicen, en un "proceso de universalización" cada vez más rápido y avasallador, de modo que en un dolor nos parece sentir varios dolores, todos los dolores, ¿sufrimos verdaderamente por esto más? No, porque este aumento, si acaso, va en demérito de la intensidad. Y por eso Leopardi observaba agudamente que el dolor antiguo era un dolor desesperado, como suele serlo en la naturaleza, como lo es aún en los pueblos bárbaros o semisalvajes o en la gente del campo, es decir, sin el consuelo de la sensibilidad, sin la dulce resignación ante las desventuras.
 Fácilmente, hoy día, a nuestros ojos, si creemos que somos infelices, el mundo se convierte en un teatro de universal infelicidad. Esto quiere decir que, en lugar de hundirnos en nuestro propio dolor, lo ensanchamos, lo difundimos por el universo. Nos arrancamos la espina y nos envolvemos en una nube negra. Crece el aburrimiento pero el dolor se embota y atenúa. Pero, mira por dónde, ¿y aquel tedio de la vida de los contemporáneos de Lucrecio? ¿Y aquella tristeza misantrópica de Timón?
 ¡Oh, vamos! Es realmente inútil hacer alarde de ejemplos y citas. Son cuestiones, disquisiciones, argumentaciones académicas. No hay que buscar muy lejos a la humanidad pasada: está siempre en nosotros, tal cual. Todo lo más, podemos admitir que hoy, gracias a esta -si se quiere- sensibilidad aumentada y gracias al progreso (¡ay!) de la civilización, son más corrientes esas disposiciones del espíritu, esas condiciones de vida que favorecen el fenómeno del humorismo, o mejor dicho, de cierto humorismo; pero es absolutamente arbitrario negar que esas disposiciones existieran o pudieran existir en la antigüedad.
 Por algo Diógenes, con su tonel y su linterna, no es de ayer; y nada hay más serio que lo ridículo ni más ridículo que lo serio. ¿Excepciones, como dice Nencioni y repiten Arcoleo, Aristófanes y Luciano? Entonces, excepciones también Swift y Sterne. Todo el arte humorístico, repetimos, ha sido siempre y sigue siendo arte de excepción.
 Siendo, según esta crítica, diverso el llanto, es también naturalmente diversa la risa de los antiguos.
 Bien conocida es la distinción de Juan Pablo Richter entre cómico clásico y cómico romántico: mofa grosera, sátira vulgar, burla de los vicios y defectos, sin ninguna consideración o piedad, el primero; el segundo, humor, es decir, risa filosófica, entreverada de dolor, porque nace de la comparación del pequeño mundo finito con la idea infinita, risa llena de tolerancia y simpatía.
 Entre nosotros, Leopardi, que siempre sintió nostalgia del pasado y que en los Pensieri di varia filosofia e di bella letteratura subrayó que él sentía el dolor no al modo de los románticos, sino al modo de los antiguos, es decir, el dolor desesperado, defendió también lo cómico antiguo contra lo cómico moderno; lo cómico antiguo, "que era verdaderamente sustancioso, expresaba siempre y ponía ante los ojos, por así decir, un cuerpo de ridículo", mientras que lo cómico moderno es "una sombra, un espíritu, un viento, un soplo, un humo. Aquél llenaba de risa, éste apenas sí la hace saborear; aquél era sólido, éste fugaz; aquél consistía en imágenes, semejanzas, parangones, cuentos, en resumen cosas ridículas; éste consiste en palabras, general y sumariamente hablando, y nace de una especial composición de vocablos, de un equívoco, de determinada alusión verbal, de un jueguecillo de palabras, de una palabra dada precisamente, de manera que si quitamos esas alusiones, descomponemos y ordenamos esas palabras, borramos ese equívoco, sustituimos una palabra por otra, desaparece el ridículo".
 Y cita el ejemplo de Luciano, que compara a los dioses suspendidos del huso de la Parca con los pececillos suspendidos de la caña del pescador. [...]
 En 1899, Alberto Cantoni, agudísimo humorista nuestro (8), que sentía profundamente la disensión interna entre la razón y el sentimiento y sufría por no poder ser ingenuo como su naturaleza le mandaba intensamente, reanudó el tema en una novela corta titulada Humour classico e moderno (9), en la que imagina que un buen viejo rubicundo y jovial, que representa el Humour classico, y un hombrecillo enjuto y circunspecto, con una cara un poco empalagosa y un poco burlona, que representa el Humour moderno, se encuentran en Bérgamo delante del monumento a Gaetano Donizetti, y allí, sin más, se ponen a discutir y luego se desafían, es decir, deciden ir al campo, cerca de allí, a Clusone, donde se celebra una feria, cada uno por su cuenta, como si nunca se hubieran visto y volver por la noche, al mismo sitio, delante del monumento a Donizetti, cada uno con las fugaces y particulares impresiones de su excursión para compararlas entre sí. En lugar de tratar críticamente de la naturaleza, intenciones y sabor del humorismo antiguo y del moderno, Cantoni, en esta novela corta, refiere vivazmente, en un diálogo brioso, las impresiones del viejo jovial y del hombrecillo circunspecto recibidas en la feria de Clusone. Las del primero hubieran podido servir de argumento para un cuento de Boccaccio, de Firenzuola o Bandello; los comentarios y variaciones sentimentales del otro tienen, en cambio, el sabor de los cuentos de Sterne en el Sentimental Journey, o de Heine en los Reisebilder.»

 (8) Véase sobre él mi ensayo Un critico fantastico, en el volumen Arte e scienza (Roma, W. Modes, etc. 1908)
 (9) Cantoni llama propiamente a esta obra suya grotesca, tal vez por la contaminación de la crítica con el elemento fantástico. 

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Guadarrama, 1968, en traducción de José Miguel Velloso, pp. 40-45. Depósito legal: M-23379-1968.]

domingo, 18 de febrero de 2024

Vientos del apocalipsis.- Paulina Chiziane (1955)

Algunos nombres de la lucha de la mujer en África – Afroféminas
Primera parte

5

 «Poco falta para ser lo que siempre fui, lo que no soy y lo que siempre seré. Sianga monologa con voz amena como si temiese herir sus propios tímpanos.
 Sentado debajo de su sombra predilecta contempla el parto de cada mañana, cuando el Sol emerge del vientre de la tierra madre laureado con la corona real. Contempla la evolución del día hasta el color de la agonía, de despedida, cuando el astro rey se va a dormir en el cajón azul cenizo del lado opuesto del Naciente. Sianga es, sin sombra de dudas, el guardián del Sol.
 Es ambicioso, perezoso y solitario. El odio y la venganza se introdujeron en él y escogieron su nido en el lado izquierdo del corazón que se inclina hacia el punto más negativo. La Tierra es una rueda que gira, él lo sabe, pero la vida sólo es interesante cuando la rueda que la constituye gira en el centro de nuestro mundo.
 Abre la mano y tantea la vida cansada. Observa las líneas del destino para confirmar por milésima vez su sino. La línea de la vida es un surco fuerte que casi divide la mano en dos partes. La línea de la suerte está marcada sólo en su punto de partida y enseguida va muriendo, desaparece, para volver a surgir aún más fuerte que en los puntos anteriores. Sí, mi suerte será mayor al final del camino. Es verdad que volveré a ser lo que siempre fui y mucho más, aquí está dicho. Todo fue escrito antes de mi nacimiento -piensa Sianga.
 Viaja envuelto en los distantes recuerdos y la idea de aquello que fue y volverá a ser le endulza el espíritu. De repente entristece. La amargura y los odios, ya cadáveres, comienzan a ganar vida en un milagro de resurrección y colocan leños en la hoguera de la venganza. La vida corre rápidamente hacia el fin del camino. Siente un deseo febril de saborear el placer postrero de sentarse en la silla real, aunque sea por un pequeño instante. Sueña. Proyecta. Imagina. Calcula. El golpe tiene que ser fuerte y certero. Levanta los ojos hacia la copa de la higuera y se distrae con la lidia de los lagartos en pelea. El chillido de los pájaros viene de la copa de la higuera. En la distancia, el aullar de los perros es igual al llanto de los niños, poco falta para que mueran y alguien ya propuso comérselos, pero qué idea tan repugnante. Le pone cara de asco a su rostro malicioso. Escupe sobre la arena seca. Separa el trasero de la estera de juncos y da pasos muertos alrededor de sí mismo. Su estatura es mediana, seca, más escuálido que los lagartos que corren por las ramas de la higuera grande. La caja del pecho cóncavo, el tronco encorvado y el color negro-hambre de la piel arrugada lo hacen similar a la escultura de palo revestida de una solemnidad diabólica. Es una figura desagradable, tenebrosa.
 Regresa al lugar y se sienta. Prefiere la soledad, la calma, al bullicio de la vida. Es un hombre distinto, créelo. Perdió todos los poderes de atraer la atención, y la ausencia es una forma de marcar la presencia porque todos se preguntarán la razón de esa ausencia. Para él todos los días son de descanso, siempre lo fueron, quizás porque él es de sangre noble y no nació para las fatigas de la vida. Es un gran señor que no hace nada y lo tiene todo. Es un hombre inútil. La enfermedad de la pereza lo paralizó en la infancia y tal parece que nació con ella. Es una enfermedad crónica, no tiene remedio posible.
 Se estira; entorna los ojos como un cocodrilo. Se mueve para arriba, para abajo, a la izquierda, a la derecha, hasta parece un anca de rana que va a ser asada en la brasa. Es siempre así. Pasa los días desperezándose al calor en bostezos de sueño y holgazanería, como un líquido de atrapar moscas. Arrastra la estera hacia la sombra, hacia el sol, hacia la sombra otra vez y de nuevo hacia el sol.
 El mundo se pregunta y se admira de la razón de tanta inercia, y en incontables ocasiones la gente le lanza palabras peyorativas sin lograr herir su sensibilidad.
 —¡Heyyy!… Que la paz sea contigo, compadre Sianga. ¿Qué haces ahí sembrado todo el santo día? ¿No te duelen las nalgas de tanto estar sentado? ¡Ya debes tener los huesos pegados de tanta pereza, sí! Levanta el culo, vamos a dar una vuelta y a beber un trago.
 Sianga ofrece una sonrisa sardónica y se justifica:
 —Estoy en el mismo lugar observando la decadencia del mundo, cómo la tierra se desnuda cuando las hojas amarillean gradualmente hasta el dorado y ya ennegrecidas se desprenden de las ramas. Observo a los lagartos de cabeza azul en la lucha por la supervivencia y me divierto cuando uno de ellos agarra a la presa y los otros, envidiosos, lo persiguen de un lado a otro sin sombra de cansancio, desperdiciando la energía que sería útil para la caza de nuevos insectos. Comparo la lucha de los lagartos con la lucha de los gallos y de los hombres. Todos los seres son envidiosos, egoístas, ambiciosos. Al final no hay ningún misterio en eso. Los hombres y los animales son fieras fabricadas por el mismo diablo.
 El interlocutor escucha la justificación improcedente; mueve la cabeza, gira los calcañales y se bate en retirada sin una palabra de despedida.
 Y Sianga regresa a sus devaneos. Va paseando la vista por los cuatro confines del mundo. La tierra triste exhibe peñascos, colinas, montículos de arena. El paisaje seco es el cementerio de los sueños. Las hormigas blancas han erigido mausoleos en las partes altas y bajas de la planicie. Si en cada morro se colocara una cruz, el homenaje a la muerte sería perfecto. Por todas partes huele a tierra muerta, a hierba seca. El olor a bosta seca estimula las narices, sugiere el gusto del rapé. Coge una pequeña porción. La aspira. Abre los ojos, la sensación de deleite lo recorre en lo íntimo. Sonríe. Sonrisa bonita, sonrisa de niño. Hasta parece que siembra flores en las arenas del desierto.
 —Gracias, igualmente, muy buenas tardes, hermano Sianga, sí. Pasas el día ronroneando como un gato perezoso. Cuando estás despierto devoras el mundo con una mirada más profunda que el lago Sule. ¿Qué es lo que te hipnotiza en el aire?
 —Rindo homenaje a Satanás, mi protector -responde Sianga- Envió el fuego de la venganza a la hora exacta, castigando a todos los que me condenaron. Los hombres son más arrastrados que las serpientes y caminan con el tronco encorvado, con la nariz colocada casi a la altura del suelo olfateando el terreno de la sepultura. La arena estalla bajo la fuerza del fuego que chupa la savia de la vida, como una sanguijuela invisible alojada en las entrañas.
 Sianga hace el viaje habitual en torno a las orgías de los viejos tiempos y el corazón es tocado de ligera tristeza. Habla en susurros. Agarra la garrafa, bebe un trago. Se ríe. Se enerva. Grita como un loco llamando a la mujer para colocarle en los hombros el peso de sus frustraciones. Bebe otro trago y se alivia.
 Hoy Sianga se sumergió en el mundo de los cálculos desde que salió el Sol. Cuenta el número de moscas que se posan en las heridas ensangrentadas de su perro. El número de ráfagas de aire que le baten el rostro; los rayos de Sol que se esparcen en la copa de la higuera y el número de veces que giró hacia el frente, hacia atrás, hacia la izquierda y hacia la derecha. Contó el número de viandantes que pasaron por el sendero a lo largo de la casa. Son cuarenta y cinco, los contó bien. Nueve eran chicos de menos de trece años, que caminaban en grupos de dos o tres, armados de pequeñas lanzas de madera. Trece eran muchachos de más de quince, que cargaban en hombros un enorme saurio verde de más de dos metros de largo, el cual se agitaba gravemente herido, lanzando movimientos de agonía. Sianga queda deslumbrado pues hacía una buena temporada que no veía semejante maravilla. Los filetes de lagarto verde asados en brasas son buenos. Levantó el trasero del suelo, se aproximó a los muchachos y los interrogó sobre el precioso hallazgo proponiéndoles comprarlo por una buena cantidad de dinero. Dijeron que no y él, enfurecido, vomitó torrentes de maldiciones, prometiendo vengarse de toda la gente. Los muchachos se rieron aprovechando la ocasión para burlarse de la pereza del viejo. Otros once viandantes eran mujeres de azadón al hombro y cestos de paja colgados de los flacos brazos. Iban y venían de desenterrar las raíces suculentas, de la cosecha del cacto dulce, de la recolección de cardos y hortalizas amargas. Cinco eran hombres apresurados, solitarios, de machete en la mano y alguna carga preciosa al hombro, tan secos, tan sucios, tan desarrapados, que bien parecían cadáveres en movimiento. Son hombres habituados a la actividad, que caminan para entretener el hambre, pues cuando se reposa es que el estómago reclama. Los demás pasantes eran viejos despreciables, obstinados, que caminan a rastras hacia las huertas aunque conscientes de que allí ya no hay vida. Quieren ser testigos de su propia muerte. La muerte de la tierra y la muerte de la gente.
 Sianga sólo conoce el descanso, el alimento y el reposo, y cuando no está durmiendo, se pone a contemplar el cielo y la tierra como si hubiese descubierto algo necesario en el descampado vacío del cielo de la boca.
  Los niños son agua, son patos, no perciben nada, se justifican los padres ante el hombre que todos consideran privado de la razón. Los pequeños, esos eternos juerguistas, encontraron en Sianga un motivo para burlas y juegos, muchas veces de mal gusto. No son pocas las veces en que, con la barriga llena, se confabulan y organizan un ejército fuerte para violentar y remedar al viejo de trasero en el suelo.
VIENTOS DEL APOCALIPSIS | PAULINA CHIZIANE | Comprar libro ... En grupos de tres y cuatro pasan a lo largo de la casa y ofrecen a Sianga un saludo solemne con la voz más inocente del mundo. El viejo no responde porque el rostro de los chicos denuncia burla programada. Caminan lentos, tranquilos, como si fueran a algún lugar. Al llegar a una zona de total seguridad, inician el ataque lanzando una descarga de provocaciones:
 —Abuelo Sianga, culo aplastado igual que el suelo.
 —Pobre Sianga. Ya no tienes culo, las hormigas te lo comieron de tanto pegarte a la tierra. Ellas pensaron que lo habías tirado.
 —Sianga, levanta el trasero, mira la cobra, mira el perro que te va a morder, corre, despega el trasero y huye.
 —Abuelo Sianga, culo en el suelo. Sianga hierve ante la risa de los pequeños, defendiéndose con injurias, maldiciones, amenazas, intentando ahuyentarlos con palabrotas fuertes, actitud que sólo sirve para avivar el fuego, porque los bribones se ríen, gritan batiendo palmas, lanzando provocaciones aún más jocosas. El juego alcanza el clímax; Sianga se levanta como un perro con rabia y persigue al bando con intención de agarrar a uno de ellos y darle la merecida lección. Ahí es cuando comienza la mayor algarabía. Los muchachos se lanzan apresuradamente, como pájaros en vuelo, y forman un enorme círculo con Sianga aprisionado dentro de él. Una nueva provocación parte de un punto del círculo; Sianga intenta agarrar al atrevido con pasos torcidos. Cae. Es cuando se levanta que escucha otra mofa del lado opuesto. Gira los talones e intenta perseguir de nuevo y en ese momento, todo el grupo lanza un fuerte ataque al mismo tiempo. Grita y corre para todos lados vociferando pesados insultos, moviendo todo el cuerpo con gestos de rabia, y los pequeños, ya en fuga, gritan: el viejo todavía está en forma, hasta corre, tiene el culo entero, las hormigas no han conseguido devorárselo; el fantasma está en movimiento, quiere mordernos, sálvese quien pueda.
 Los niños son peores que las fieras y le causan tormentos. Se nota a lo lejos: padres e hijos son cómplices de la misma intriga, porque si no es así, ¿por qué es que los adultos se alejan?
 Los pequeños desaparecen con los estómagos doloridos de tanto reír. Sianga regresa enfurecido al lugar. Grita a la mujer. Da vueltas en la estera incontables veces hasta que la calma lo acuna y lo adormece. Alguien lo despierta.
 —Hermano Sianga, siempre durmiendo a pleno sol. Vamos a dar una vuelta y a ahogar las penas bebiendo un trago.
 A decir verdad, Sianga bien necesita de ese trago. Su botella se vació y los nervios le han secado la garganta. Quiere aceptar la invitación, pero con una mirada rápida aprecia el aspecto de su interlocutor, la apariencia humilde, el cuerpo vestido con harapos, las manos callosas y llenas de cicatrices. Formula entonces un violento no. La invitación es demasiado rústica para su paladar. Prefiere pasar sed a una compañía asquerosa. Llama a la mujer y le ordena que vaya a comprar una botella de aguardiente.
 —Sabes, hermano Sianga, la desgracia cayó sobre la tierra y vive en las tripas de la gente. ¡Si supieses lo que le ocurrió al compadre Dombissa!
 —¿Que no sé? Lo sé todo, eso lo sé. No es preciso que nadie me diga, yo adivino, soy vidente. Sé todo lo que le ocurrió a ese desgraciado, pero eso no impide que me cuentes todos los detalles.
 Realmente él lo sabía todo porque Manuna, su hijo preferido, pasa las mañanas, las tardes y las noches enamorando a las muchachas de la aldea, haciendo compañía a las viudas y a las mujeres solteras. Recoge las novedades frescas y de primera mano para trasladarlas al padre. El día anterior Sianga había estado con el compadre Dombissa con quien tuvo una larga conversación y le llamó la atención sobre el peligro que corría su vida. Hacer la corte a la mujer del vecino en las barbas de todo el mundo, además de ser tabú es algo que causa desgracia. Poco después de la conversación con Dombissa vio a Joshua, el marido ofendido, caminando con pasos de fiera herida en dirección a la casa de la comadre Mafuni, seguramente siguiendo las huellas del rival. Se dice que después de beber un poco de aguardiente, el suficiente para perder la vergüenza, Joshua se lanzó furiosamente sobre Dombissa, el cual, cogido de sorpresa, no tuvo otra alternativa que tirar de la navaja y, clavándola bien en el pecho del adversario, hacerlo viajar al reposo eterno. Para aumentar la desgracia, en la madrugada del día siguiente el hijo más pequeño del asesino dio el último suspiro. Incluso ya hay rumores de que Dombissa será absuelto del crimen cometido, toda vez que los difuntos han aplicado ya la justicia suprema. La muerte del pequeño es el pago de la deuda de sangre, pues si no fuese así, el niño no habría muerto, según afirman los curanderos.
 El éxodo aumenta en Mananga, Sianga está bien informado sobre eso. El amor es una fantasía inventada por los hombres, no existe y nunca existirá, eso es claro y evidente. En el pasado, los hombres organizaron ejércitos y se mataron por amor a la tierra, en defensa del territorio, de la soberanía, y ahora que la pobrecita ya no tiene nada, que dio todo lo que tenía que dar, que fue terriblemente chupada, los hombres la abandonaron porque está en desgracia. Los más fuertes se fueron a trabajar a las minas de las tierras del Rand y un día volverán con vehículos motorizados, bicicletas y ropas baratas para seducir a las mujeres de la tierra. Las más jóvenes fueron para los suburbios de las ciudades a vender su honra a cambio de pan, haciendo revivir, sutilmente, los antiguos centros de prostitución ya prohibidos por la ley. Sianga siente una necesidad urgente de tomar una decisión, no va su hija Wusheni a tomar esos caminos vergonzosos. Ella es bonita, madura, y el casamiento será la mejor solución para acomodarla. Es verdad que ya no hay hombres que valgan en Mananga, pero, ¿qué importancia tiene eso? Puede hasta ser un viejo, lo que las mujeres necesitan es de alguien que les garantice protección y alimento. Sianga sabe de la vida de toda la aldea, incluso con el trasero pegado a la estera. Es vidente. El buen profeta no necesita trasladarse hasta el monte porque éste corre fluido a sus pies, en los sueños, en los devaneos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Txalaparta, 2002, en traducción de Martha Rosa Sardiñas Vargas y Teresita Urra Vargas, pp.41-45. ISBN: 978-84-8136-253-4.]

domingo, 24 de diciembre de 2023

La conexión cósmica.- Carl Sagan (1934-1996)


Carl Sagan - Wikipedia
26.-La conexión cósmica


 «Desde los primeros tiempos, los seres humanos han reflexionado sobre el lugar que ocupan en el Universo. Se han preguntado si están conectados de alguna manera con el asombroso e inmenso Cosmos en el que la Tierra está inmersa.
 Hace muchos miles de años se inventó una seudo-ciencia llamada Astrología. Las posiciones de los planetas, al nacer un niño, se creía que desempeñaban un papel importantísimo en determinar su futuro. Los planetas, puntos de luz de eterno parpadear, eran dioses. En su vanidad, el hombre imaginó un Universo diseñado para su propio beneficio y perfectamente organizado para su uso particular.
 Quizá se supuso que los planetas eran dioses a causa de sus movimientos irregulares. La palabra “planeta” significa, en griego, vagabundo. El imprevisible comportamiento de los dioses en muchas leyendas puede haber correspondido con los, al parecer, también imprevisibles movimientos de los planetas. Se supone que se razonó así: Los dioses no se sujetan a normas; los planetas no se sujetan a normas; los planetas son dioses.
 Cuando la antigua casta sacerdotal astrológica descubrió que el movimiento de los planetas no era irregular, sino previsible, se guardaron la información para sí. No valía la pena preocupar innecesariamente al populacho, socavar sus creencias religiosas y erosionar las bases del poder político. Además, el Sol era la fuente de vida. La Luna, mediante las mareas, dominaba la agricultura, especialmente en las cuencas de ríos como el Indo, el Nilo, el Yangtze, y el Tigris-Éufrates. ¡Cuán razonable era entonces que estas luces menores, los planetas, ejercieran influencia sobre la vida humana, una influencia más sutil, pero no menos eficaz!
 La búsqueda de una conexión, el eslabón entre la gente y el Universo, no ha disminuido desde los albores de la astrología. A pesar de los avances de la ciencia, aún persiste tal necesidad.
 Ahora sabemos que los planetas son, aproximadamente, mundos como el nuestro. Sabemos también que su luz y gravedad no influyen en absoluto en el nacimiento de un niño. Sabemos que hay enormes cantidades de otros objetos —asteroides, cometas, pulsars, quasars, galaxias explosivas, agujeros negros, etcétera—, objetos desconocidos para los antiguos especuladores que inventaron la astrología. El Universo es muchísimo más grande de lo que pudieron haber imaginado.
 La Astrología no ha tratado de mantenerse a la altura de los tiempos. Incluso los cálculos de los movimientos planetarios y posiciones establecidos por la mayor parte de los astrólogos son normalmente inexactos.
 Ningún estudio muestra estadísticamente un índice de éxitos significativos al predecir, mediante sus horóscopos, el futuro o los rasgos de la personalidad de los recién nacidos. No hay ningún campo de radio-astrología, o astrología por rayos X, o astrología por rayos gamma, que tengan en cuenta las nuevas fuentes astronómico-energéticas descubiertas en años recientes.
 Sin embargo, la Astrología sigue siendo sumamente popular en todas partes. Por lo demás, hay diez veces más astrólogos que astrónomos. Un gran número, probablemente la mayor parte, de periódicos en los Estados Unidos publican diariamente sus secciones de horóscopos.
 Mucha gente joven, gente brillante y socialmente bien situada, siente gran interés por la Astrología. Satisface una necesidad interior de sentirse importantes como seres humanos en un Cosmos inmenso y asombroso, creer que de alguna manera nos relacionamos con el Universo, ideal de muchas experiencias religiosas y con drogas, el samadhi de algunas religiones orientales.
 Los grandes conocimientos de la astronomía moderna demuestran que, en algunos aspectos muy diferentes a los imaginados por los antiguos astrólogos, estamos conectados con el Universo.
 Los primeros científicos y filósofos —Aristóteles, por ejemplo— imaginaron que el cielo estaba hecho de un material diferente al de la Tierra, una especie de substancia celeste, pura e inmaculada. Ahora sabemos que éste no es el caso. Trozos del cinturón de asteroides llamados meteoritos, las muestras de la Luna traídas por los astronautas del Apolo y por las sondas soviéticas, el viento solar y los rayos cósmicos, que probablemente se generan por la explosión de estrellas y sus restos, todos ellos muestran la presencia de los mismos átomos que conocemos aquí, en la Tierra. La espectroscopia astronómica puede determinar la composición química de estrellas situadas a miles de millones de años luz de distancia. Todo el Universo está hecho con material familiar. Los mismos átomos y moléculas se hallan presentes a enormes distancias de la Tierra como lo están dentro de nuestro Sistema Solar.
 Estos estudios conducen a una notable conclusión. No solamente el Universo está en todas partes constituido por los mismos átomos, sino que los átomos, hablando en términos generales, están presentes en todas partes y en aproximadamente las mismas proporciones.
La conexión cósmica una perspectiva extraterrestre[1973] sagan carl … Casi toda la substancia de las estrellas y la materia interestelar entre estrellas es hidrógeno y helio, los dos átomos más simples. Todos los demás átomos son impurezas, constituyentes vestigiales. Esto también puede aplicarse a los grandes planetas exteriores de nuestro Sistema Solar, como Júpiter. Pero no es así en cuanto se refiere a los trozos comparativamente pequeños de roca y metal en la parte interior del Sistema Solar, como nuestro planeta Tierra. Esto ocurre porque los pequeños planetas terrestres tienen gravedades demasiado débiles para retener sus atmósferas originales de hidrógeno y helio, atmósferas que gradualmente han escapado al espacio.
 Los siguientes átomos más abundantes en el Universo son el oxígeno, carbono, nitrógeno y neón. Todo el Mundo ha oído hablar de estos átomos. ¿Por qué los elementos que más abundan en el plano cósmico son los más razonablemente corrientes en la Tierra, y no, por ejemplo, el Ytrio o el praseodimio?
 La teoría de la evolución de las estrellas está lo suficientemente avanzada para que los astrónomos puedan comprender sus diferentes clases y sus relaciones: cómo una estrella nace del gas y polvo interestelares, cómo brilla y se desarrolla mediante reacciones termonucleares en su ardiente interior, y cómo muere. Estas reacciones termonucleares son de la misma clase que las reacciones que fundamentan las armas nucleares (bombas de hidrógeno): la conversión de, cuatro átomos de hidrógeno en uno de helio.
 Pero en las posteriores etapas de la evolución estelar en el interior de las estrellas se alcanzan elevadas temperaturas, y los elementos más pesados que el helio se generan por procesos termonucleares. La astrofísica nuclear indica que los átomos más abundantes, producidos en estas gigantescas estrellas ardientes, son precisamente los átomos que más se encuentran en la Tierra y en cualquier otra parte del Universo. Los átomos pesados, generados en los interiores de los gigantes rojos, son arrojados al medio interestelar mediante un lento reflujo desde la atmósfera de la estrella, como nuestro propio viento solar, o por medio de poderosas explosiones estelares, algunas de las cuales pueden hacer que una estrella brille mil millones de veces más que nuestro Sol.
 Un reciente estudio espectroscópico con infrarrojos de estrellas en fusión descubrió que están lanzando al espacio silicatos, polvo de roca arrojado al medio interestelar. Las estrellas de carbono probablemente lanzan partículas de grafito al espacio cósmico que las rodea. Otras estrellas desprenden hielo.
 En sus primeras etapas históricas, probablemente algunas estrellas como el Sol lanzaron fuera de sí grandes cantidades de compuestos orgánicos al espacio interestelar; de hecho y mediante el empleo de métodos radioastronómicos, se encuentran moléculas orgánicas simples que parecen rellenar el espacio entre las estrellas. La nebulosa planetaria más brillante que se conoce (una nebulosa planetaria es una nube en expansión, por lo general rodeada por una estrella explosiva llamada nova) parece contener partículas de carbonato de magnesio.
 Estos átomos pesados —carbono, nitrógeno, oxígeno, silicio, y demás— flotan en el medio interestelar hasta que en algún momento posterior se da una condensación gravitacional local y se forman un nuevo sol y nuevos planetas. Este sistema solar de segunda generación está enriquecido por elementos pesados.
 El destino de los seres humanos puede no estar conectado de una manera profunda con el resto del Universo, pero la materia de que estamos hechos se halla íntimamente ligada a procesos que ocurrieron durante inmensos intervalos de tiempo y enormes distancias en el espacio lejos de nosotros. Nuestro Sol es una estrella de tercera generación. Todo el material rocoso y metálico sobre el cual nos encontramos el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros dientes, o el carbono de nuestros genes se produjeron hace miles de millones de años en el interior de una gigantesca estrella roja. Estamos hechos de material estelar.
 Nuestra conexión molecular y atómica con el resto del Universo es un circuito cósmico real y nada caprichoso o imaginativo.
 Al explorar el firmamento que nos rodea con el telescopio y con las naves espaciales, es posible que surjan otros circuitos. Pueden ser una red de civilizaciones extraterrestres intercomunicadas a las que probablemente mañana tengamos que unirnos nosotros. La fallida declaración de la astrología —que las estrellas influyen sobre nuestros caracteres individuales— no será confirmada por la astronomía moderna.
 Pero la profunda necesidad humana de buscar y comprender nuestra conexión con el Universo, es un objetivo dentro de nuestro alcance.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1986, en traducción de Jaime Piñeiro, pp.168-172. ISBN: 978-84-7634-115-5.]