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domingo, 11 de octubre de 2026

Contrapunto.- Aldous Huxley (1894-1963)

 

XXIII

  «-Puede que tenga usted razón -dijo Philip-. Pero lo grave está en que, dado el carácter de nuestro mundo actual, no se puede volver atrás, no se puede detener la máquina. Esto es, no se puede hacer, a menos que se halle uno dispuesto a exterminar cerca de la mitad de la raza humana. El industrialismo ha permitido duplicar la población del mundo en cien años. Para deshacerse del industrialismo es preciso volver al punto de partida. Es decir, hay que acabar con la mitad de los hombres y las mujeres existentes. Lo cual, sub specie aeternitatis, o meramente historiae, podría ser una cosa excelente. Pero difícilmente una cuestión de política práctica.
 -Por el momento, no -concedió Rampion-. Pero la próxima guerra y la próxima revolución la harán demasiado práctica.
 -Posiblemente. Pero no hay que hacer cálculos sobre guerras ni revoluciones. Porque si contamos con ellas, es seguro que vienen.
 -Vendrán de todos modos -dijo Rampion-. El progreso industrial entraña la superproducción, la necesidad de adquirir nuevos mercados, la rivalidad internacional, la guerra. Y el progreso mecánico entraña más especialización y estandardización del trabajo, más diversiones colectivas y preparadas al por mayor, disminución de la iniciativa y de las facultades creadoras, más intelectualismo y el atrofiamiento de todas las cosas vitales y fundamentales de la naturaleza humana, más fastidio y agitación, que no puede tener otro resultado que la revolución social. Cuéntese o no con ellas, la guerra y las revoluciones son inevitables si se permite que las cosas sigan su curso actual.
 -De modo que el problema se resolverá a sí mismo -dijo Philip.
 -Pero solamente por su propia destrucción. Cuando la Humanidad sea destruida, evidentemente que no habrá más problemas. Pero esta parece una solución bastante pobre. Yo creo que puede haber otra, aun dentro del marco del sistema actual. Una solución temporal mientras el sistema se modifica en la dirección de una solución permanente. La raíz del mal está en la psicología individual; de modo que es por ahí, por la psicología individual, por donde hay que comenzar. El primer paso sería hacer vivir a las gentes de un modo doble, en dos compartimentos. En un compartimento, como trabajadores industrializados; en el otro, como seres humanos. Como idiotas y máquinas durante ocho horas diarias, y como verdaderos seres humanos el resto del tiempo.
 -¿No es eso lo que hacen ya?
 -¡Por supuesto que no! Viven como idiotas y como máquinas durante todo el tiempo, tanto durante su trabajo como durante sus horas de ocio. Como idiotas y como máquinas; pero imaginándose que viven como seres civilizados, hasta como dioses. Lo primero que hay que hacer es obligarles a reconocer que son máquinas e idiotas durante sus horas de trabajo. He aquí lo que hay que decirles: siendo lo que es nuestra civilización, tenéis que pasaros ocho horas diarias en un estado intermedio entre la imbecilidad y una máquina de coser. Es muy desagradable, lo sé. Es humillante, es repugnante. Pero ahí está. Tenéis que hacerlo; de lo contrario, la estructura entera de nuestro mundo se vendrá abajo y nos moriremos de hambre. Continuad, pues, vuestra tarea, idiota y mecánicamente, y dedicad vuestras horas de ocio a comportaros como hombres y mujeres completos y verdaderos. No mezcléis las dos vidas, mantened bien cerradas las mamparas entre ellas. Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no os olvidéis jamás de que es sucio y de que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes. Todo eso es mentira. Vuestro trabajo no es más que una tarea sucia y repugnante, desdichadamente necesaria, debido a la estupidez de vuestros antepasados. Ellos han acumulado una montaña de inmundicia, y vosotros tenéis que continuar cavándola por temor a que os envenene con su peste; tenéis que trabajar para poder respirar maldiciendo a la vez la memoria de los maniáticos que han acumulado todo este innoble trabajo que vosotros tenéis que hacer. Pero no tratéis de alentaros fingiendo que este sucio trabajo mecánico es una noble tarea. Eso no es verdad; y el único resultado que obtendréis al creerlo y afirmarlo será el de rebajar vuestra humanidad al nivel del sucio menester. Si creéis en los negocios como servicio y en la santidad del trabajo, os transformaréis simplemente en idiotas mecánicos durante veinticuatro horas diarias. Reconoced que es un trabajo innoble; tapaos la nariz y hacedlo durante ocho horas, y luego concentraos en vosotros mismos para ser, durante las horas de ocio, verdaderos seres humanos. Un verdadero y completo ser humano. No un lector de periódicos, no un amante del jazz, no un fanático de la radio. Los industriales que proveen a las masas de diversiones estandardizadas y fabricadas en serie se esfuerzan cuanto pueden por hacer de vosotros tan imbéciles mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo. Pero no se lo permitáis. Esforzaos por ser humanos. He aquí cómo hay que hablar al pueblo; he aquí la lección que hay que enseñar a los jóvenes. Es preciso persuadir a todo el mundo de que toda esta gran civilización industrial no es más que un mal olor, y que la verdadera vida sólo puede vivirse fuera de ella. Habrá de pasar mucho tiempo antes de que puedan conciliarse el vivir con decencia y el olor industrial. Puede que sean inconciliables. Habrá que ver. Entretanto, tenemos que palear la basura y soportar estoicamente la peste y, en los intervalos, tratar de llevar una vida verdaderamente humana.

 -Es un buen programa -dijo Philip-. Pero no creo que obtenga usted muchos votos basados en él en las próximas elecciones.
 -Ahí está el mal -Rampion frunció el ceño-. Los tendría uno a todos en contra. Porque lo único en que todos están de acuerdo, conservadores, liberales, socialistas, bolcheviques, es la excelencia intrínseca del hedor industrial y la necesidad de estandardizar y especializar hasta hacer desaparecer todo rasgo de genuina virilidad o feminidad de la raza humana. Y luego se quiere que nos interesemos en la política.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Edhasa, 1986, en traducción de Lino Novás Castro, pp. 392-395. ISBN: 84-350-0726-X.]

sábado, 24 de octubre de 2020

El gesto de Héctor.- Luigi Zoja (1943)


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3.-Modernidad y decadencia
3.2.-De la revolución francesa a la revolución industrial

  «La Revolución Industrial hace añicos esa estabilidad y sacude las relaciones sociales. Con el tiempo, la nueva riqueza producida permitirá corregir muchas de las nuevas injusticias económicas. De hecho, ayudará a mantener el bienestar general a unos niveles antes inimaginables. Sin embargo, la novedad también revoluciona las relaciones familiares, que entran en un estado de inestabilidad que aún hoy perdura. […]
 La nueva realidad destroza la convivencia familiar, que el padre -pues su identidad también consistía en su convicción- creía eterna. Arranca a esposa e hijos de su autoridad y los entrega a una jerarquía externa, sin ninguna relación personal, que sólo retiene del padre la severidad. Por primera vez puede ocurrir que las ganancias de los familiares sean más altas que las suyas. De un plumazo pierde soberanía y dignidad. […]
 A partir del día en que el campesino abandona la azada y pasa a la fábrica, éste, de una forma repentina y radical, ya no está ante los ojos del hijo. Lo mismo les sucede, poco después, al artesano, al herrero o al carpintero. Sus productos son expulsados del mercado por obra de las máquinas que los fabrican con costes más bajos. Para estos padres comienza un exilio en los talleres, donde se trabaja la madera y el hierro, en los que sirven a máquinas que, a su vez, sirven a un patrón extraño. […] Producen un rédito pero ya no generan una enseñanza directa ni una iniciación a la vida adulta; […] 
 El hijo de la era industrial ya no ve ni conoce la actividad del padre; ya no tiene una imagen de él como adulto y como cabeza de familia en el acto de sostener a sus familiares con el trabajo, como Eneas había sostenido a los suyos con su cuerpo. […]
 Con la industrialización, durante el día, el padre puede ser succionado por la fábrica y, durante la noche, por un dormitorio para hombres, que le permite encontrarse a una distancia aceptable del trabajo. Para el hijo se convierte en un desconocido. […]
 Al mismo tiempo, el padre se encuentra, como diríamos hoy, deprimido. Ha perdido el interés por el trabajo y gran parte de la relación concreta con la familia. En el campo y en la artesanía se daba una estacionalidad que dejaba momentos libres para pasarlos juntos; ahora el trabajo es siempre mucho tiempo y a menudo va acompañado de un largo desplazamiento. Además, cuando podía el padre ya no deseaba volver a un hogar tan poco saludable, con familiares hacinados y tristes a los cuales ya no tenía nada que contar, no cómo ha abierto el surco con el arado ni cómo ha sometido la madera a su voluntad. Sólo debe llevar el dinero que ha ganado. Sin embargo, como no tiene nada que compartir, hasta esto último se le hace extraño y frío, como repartir números, no algo cálido como pasarse las sopas del campo, humeantes como el cerdo que ha vivido y ha muerto en el patio, alegres como el vino de la viña. Por primera vez, el padre urbanizado esconde algo y lo gasta en beber. Ha reencontrado el vino, no el viñedo y el alivio dura tanto como el bar: el hogar resulta aún más ajeno; las palabras, pocas y hostiles. Al día siguiente, volverá incluso más tarde, esconderá más dinero para llevárselo a una antigua campesina que ha descendido hasta un oficio aún más humillante, a otra cadena de montaje.
 En el lugar de la imagen del padre, los huérfanos tienen un agujero mental; pero en el hijo de este hombre, esto no sucede. Es diferente porque no puede ignorar que tiene un progenitor. Por primera vez en la historia el hijo se avergüenza del padre. No se trata de algo ocasional, siente vergüenza de tener padre y de ser su hijo. Ese día nace el problema de los hijos que no quieren crecer y, de éste, directamente, la sociedad actual de adultos que no quieren serlo.
 Ha hecho su aparición en el imaginario de la sociedad occidental una figura sin precedentes: el padre indigno. Las narraciones, las ilustraciones y, finalmente, las leyes del siglo XIX comienzan a preocuparse por él. Esta descomposición del tejido familiar -en parte real y, en parte, imaginada por los conformistas y temerosos de algo desconocido que se está formando en la sociedad y en la psique- anima al Estado a sustituir la autoridad paterna en la vida cotidiana, después de que la Revolución la hubiera puesto en tela de juicio en el ámbito de los principios. De esta manera, el proceso continúa siendo circular y el orden paterno rueda hacia abajo, como un alud. Si bien el maestro había producido una figura competidora del padre, la escuela se limitaba, en principio, a ofrecer a las familias la posibilidad de enviar a los hijos allí donde podían ser educados. Ahora se les obliga a estudiar para sustraerlos a un padre que los deseduca, en nombre de un derecho de los niños o del propio Estado. El padre pobre, urbanizado, privado de sus tierras, de su tradición laboral y de su identidad ha perdido el respeto de los demás, así como el propio. Vuelve a existir cuando, en la nueva situación, que lo pone en contacto de forma horizontal con una infinidad de otros como él, se siente parte de la masa, que equilibra con momentáneos sentimientos de potencia la permanente impotencia. Esta compensación alimentará el movimiento sindical y, lentamente, derrotará a la pobreza. Sin embargo, como padre su miseria carece de precedentes y puede que la perciba, porque ya no sabe qué significa ser padre. El hijo o la mujer no lo comprenden o lo desprecian, el patrón le roba el tiempo en la fábrica y esta última le absorbe el pensamiento en el trabajo; los revolucionarios lo quieren como parte de su doctrina, pero no como padre -una función que Marx cree en su ocaso-, pues ahora están comprometidos con proponer estructuras estatales que reemplacen su creciente inadecuación y le eviten la ilusión de emular a la familia burguesa.
 El problema, sin embargo, no parece sólo material ni únicamente se da en las clases pobres. Todos se encuentran afectados, tanto en la práctica como de forma espiritual. La ausencia material del padre asciende de la base de la sociedad hacia lo alto, así como su desaparición cultural desciende de los estratos elevados a los del proletariado.
 Desde abajo la imagen del padre indigno -la desconfianza de los demás en los padres y de los propios padres en sí mismos- se extiende a otras clases sociales. La clase media urbana no ha sufrido la miseria del proletariado, ni ha perdido el prestigio ni la identidad del cabeza de familia al tiempo que la tierra y el oficio.  Quien posee una profesión paterna boyante desea mantenerla: los comerciantes de París, que en el siglo XVIII dejaban su ocupación a sus hijos en el 75 por ciento de los casos, se reducen  a poco más de un tercio en el siglo siguiente. La huida del padre no sólo golpea donde el infortunio ya ha castigado; no forma parte sólo de la crisis económica sino, además, de una mutación que define una época. No se huye únicamente del callejón sin salida de la pobreza, sino asimismo de un símbolo antes bendito y ahora maldito.
Resultado de imagen de el gesto de hector Luigi zoja También en las clases superiores el padre puede contentarse cada vez menos con la pasividad. Para conservar sus puestos de trabajo son absorbidos por actividades cada vez más complejas, por viajes que los llevan cada vez más lejos, que los hacen invisibles e incomprensibles ante sus hijos. La pérdida de la relación ocurre más tarde, pero de manera no menos radical que en el proletariado. Aquí la familia parece más fuerte. Sin embargo, la circulación de las ideas provoca que la imagen colectiva del padre resulte más vulnerable a la crítica que sufre la autoridad tradicional. La nueva cultura de los valores horizontales se afianza primero en las personas más cultas y, después, desciende hacia los desesperados. La secularización de la sociedad continúa sin detenerse. Si en el plano filosófico es Nietzsche, a fínales del siglo XIX, quien aborda la muerte de Dios, en el plano simbólico su muerte parece el punto de llegada de la eliminación del rey; las dos componen la gran metáfora de la eliminación del padre.
 Mientras esos aspectos se entrelazan, diferencian, a su vez, a los grupos sociales para después reunirlos, se alimentan de manera circular; interviene una novedad que hace más simple, más evidente, más democráticamente universal la ausencia del padre: la guerra mundial, en dos momentos separados por una generación, para consentir a los mismos hombres ser tanto hijos abandonados por el padre como padres alejados del hijo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2018, en traducción de Manu Manzano. ISBN: 978-84-306-1959-7.]

martes, 24 de julio de 2018

El ecologista escéptico.- Bjorn Lomborg (1965)


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Parte sexta: El estado real del mundo
25.-Complicaciones o progreso
El estado real del planeta
 
«La Letanía de Gore sobre “una civilización que no funciona” y la pérdida de una “experiencia directa con la vida real” reflejan tanto una idealización de nuestro pasado como una abismal arrogancia hacia los países en desarrollo.
 El hecho es, tal como ya hemos visto, que esta civilización ha logrado, en los últimos cuatrocientos años, un progreso fantástico y continuado. Durante la mayor parte de los dos millones de años que llevamos en este planeta, nuestra esperanza de vida ha estado entre 20 y 30 años. En este último siglo, esa esperanza de vida casi se ha duplicado, alcanzando los 67 años.
 Los bebés ya no mueren como moscas –ya no muere un recién nacido de cada dos, sino uno de cada veinte, y la tasa de mortalidad infantil sigue descendiendo-. Ya no nos pasamos la vida enfermos, nuestro aliento ya no apesta por culpa de una dentadura podrida, ya no tenemos úlceras infectadas, eccema, postillas o forúnculos supurantes. Cada vez disponemos de más alimentos,  a pesar de que cada vez somos más los que habitamos este planeta: el promedio de los habitantes del Tercer Mundo dispone ahora de un 38 por100 más de calorías. El porcentaje de personas hambrientas ha descendido enormemente, desde un 35 por 100 a tan solo un 18 por 100, y en el año 2010 este porcentaje habrá bajado probablemente hasta un 12 por 100. A esas alturas, seremos capaces de alimentar de forma adecuada a 3.000 millones de personas.
 Hemos sido testigos de un crecimiento sin precedentes de la prosperidad humana. A lo largo de los últimos cuarenta años, todos –tanto en los países desarrollados como en el Tercer Mundo- hemos pasado a ser el triple de ricos. Si lo analizamos desde una perspectiva a más largo plazo, este crecimiento ha sido abrumador. Los estadounidenses son ahora treinta y seis veces más ricos que hace doscientos años.
 Ahora disponemos de acceso a muchas más comodidades, desde agua potable corriente a teléfonos, ordenadores y automóviles. Nuestra educación ha mejorado de forma considerable: en el Tercer Mundo, el analfabetismo ha descendido desde el 75 por 100 hasta menos de un 20 por 100, y tanto en los países en desarrollo como en el mundo desarrollado los estándares educativos han aumentado enormemente; por ejemplo, la educación universitaria ha crecido un 400 por 100 en los países en desarrollo en los últimos treinta años.
 Ahora disponemos de más tiempo libre, mayor seguridad y menos accidentes, más comodidades, sueldos más altos, menos hambre, más comida y una vida más larga y saludable. Esta es la fantástica historia de la humanidad y afirmar que esta civilización “funciona mal” es, como mínimo, inmoral. En los países en desarrollo sigue habiendo gente que carece de las necesidades básicas y para los que el crecimiento y el desarrollo no son una experiencia insignificante de flores de plástico, comida precocinada, alcohol y drogas, sino una oportunidad para alcanzar una vida una vida decente que les ofrezca posibilidades, más allá de la necesidad básica de obtener la comida diaria.
 En el mundo industrializado, el crecimiento y el progreso nos han proporcionado un estilo de vida mucho mejor, en el que disponemos de suficiente tiempo y recursos como para decidir qué es lo que queremos hacer y cómo hacerlo. Irónicamente, el rapapolvo que Gore lanzó a nuestra civilización sólo fue posible gracias a que estamos (y él también) libres de limitaciones físicas, lo que nos permite elegir, incluso aunque decidamos darle la espalda a nuestra actual sociedad.
 Si lo que Gore quería es que nos planteáramos si no seríamos más felices comprando menos y viviendo más (visitar a nuestros amigos en lugar de ir al centro comercial, salir de excursión por la naturaleza, ocupar nuestro tiempo libre pintando, etc.), su comentario desde luego resultaría razonable y nos serviría de recordatorio. Pero él quería ir más allá, y nos advirtió que nuestras vidas son superficiales, que nuestra civilización y la generación de nuestros padres nos han educado para vivir en este erróneo estilo de vida y que no podemos traspasar los muros de la prisión en la que moramos. Vivimos reprimidos y ni siquiera lo sabemos. Este tipo de actitud arrogante es un reto para nuestra libertad democrática y va en contra de nuestro derecho básico a decidir por nosotros mismos cómo queremos vivir nuestra vida, siempre que al hacerlo no perjudiquemos a los demás.
 Pero, tanto para Al Gore como para Lester Brown, este argumento tiene un trasfondo. Su justificación para criticar nuestra civilización no se basa en que cada vez vivamos mejor sino en que lo hacemos a costa del ecosistema terrestre. Este es el verdadero motivo por el que debemos detener este enfrentamiento absurdo con los límites de la Tierra.
 Al Gore reunió a todos los pesimistas culturales que afirmaron haber estudiado el mundo moderno y haber descubierto las semillas de la destrucción. Desde Frankenstein hasta Parque Jurásico, nuestra ingenuidad técnica se ha convertido en un catastrófico exceso de expectativas que ha dado lugar a un mundo supuestamente fuera de control.
 Lo irónico es que Al Gore cree que la forma de escapar a este funcionamiento erróneo pasa por “la incómoda luz de la verdad”. Y, tal como hemos visto a lo largo de este libro, la luz de la verdad tiene un lado oscuro, especialmente por culpa de los mitos de la Letanía.
 Porque, en realidad, nuestra producción de alimentos seguirá permitiendo que cada vez podamos alimentar a más gente y por menos dinero. No es cierto que vayamos a perder nuestros bosques; no estamos agotando la energía, las materias primas ni el agua. Hemos reducido la contaminación atmosférica en las ciudades del mundo desarrollado y tenemos motivos para pensar que también lo conseguiremos en los países en desarrollo. Nuestros océanos no se están contaminando, nuestros ríos están cada vez más limpios y albergan más vida, y aunque el aporte de nutrientes ha aumentado en muchas zonas costeras, como el golfo de México, no se trata de un problema importante –de hecho, los beneficios suelen superar a los costes-. La basura tampoco supone un problema preocupante. Toda la que se genere en Estados Unidos durante el siglo XXI podría depositarse en un único vertedero de menos de 28 kilómetros de lado, o el 26 por 100 del condado de Woodward, en Oklahoma.
 La lluvia ácida no ha matado nuestros bosques, nuestras especies no desaparecen a la velocidad que muchos afirman, llegando a la mitad de todas ellas en tan solo cincuenta años –la cifra real está rondando el 0,7 por 100-. El problema de la capa de ozono está más o menos resuelto. La perspectiva actual de la evolución del calentamiento global no predice catástrofe alguna; de hecho, existen buenas razones para creer que nuestro consumo energético irá pasando poco a poco a depender de fuentes renovables, probablemente antes de finales de este siglo. Además, la catástrofe parece estar más en gastar nuestros recursos neciamente en la reducción de las emisiones de carbono a un altísimo coste, en lugar de ayudar a los países en desarrollo y a la investigación en combustibles no fósiles. Y, por último, nuestros temores químicos hacia los pesticidas y los fertilizantes son exagerados y contraproducentes. En primer lugar, la prohibición de los pesticidas sería un derroche de recursos y causaría más cánceres. En segundo lugar, las causas principales del cáncer no son los productos químicos, sino nuestro estilo de vida.
 La Letanía está basada en mitos, aunque muchos de estos han sido difundidos por personas sensatas y bienintencionadas. Y, desde luego, alguien puede preferir creer que estos  mitos pueden representar “tan sólo el primer peldaño de una escalera de catástrofes ecológicas más graves”. Pero resulta imprescindible señalar que sólo es cuestión de creer o no creer. No hemos visto ningún otro problema importante que amenace nuestro futuro.
 Es difícil no tener la impresión de que este criticismo representado, según Brown y Gore, en una “civilización que no funciona”, no es más que una expresión de nuestro sentido calvinista de la culpabilidad. Lo hemos hecho tan bien que algunos han quedado en un verdadero ridículo. Quieren hacernos creer que nos merecemos ese calentamiento global.
 Pero ese tipo de conclusiones son innecesarias. No tenemos por qué avergonzarnos de nuestra actitud. Deberíamos estar orgullosos por haber logrado quitarnos de encima muchos de los yugos que asfixiaban a la humanidad y haber hecho posible el enorme progreso alcanzado en términos de prosperidad. Y también debemos afrontar los hechos: en conjunto, nada hace pensar que esta prosperidad no vaya a continuar.
 Éste es el verdadero estado del mundo.»

 [El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Espasa Calpe, 2003, en traducción de Jesús Fabregat Carrascosa. ISBN: 84-670-1274-9.]

sábado, 10 de junio de 2017

"Ensayos sobre economía".- Wassily Leontief (1906-1999)


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Capítulo XVI: Las máquinas y el hombre*.

«Hace unos quinientos años el estudio de la naturaleza dejó de ser únicamente un siervo de la filosofía para convertirse en pauta de las artes aplicadas y en fuente de invenciones prácticas. Desde entonces, el desarrollo económico del mundo occidental ha ido siempre en aumento; olas de cambio tecnológico, empujadas por la marea de los descubrimientos científicos, se han sucedido con ritmo acelerado. El tiempo que transcurre entre un descubrimiento en el orden teórico y su aplicación práctica se ha ido acortando progresivamente. Tuvieron que transcurrir casi cien años para que la máquina de vapor se estableciera como pieza fundamental de la escena industrial. Menos de cincuenta años bastaron para que se utilizara la energía eléctrica y sólo treinta para la aplicación del motor de combustión interna. Los fluorescentes estaban en casi todas las casas americanas quince años después de su invención y la numerosa prole de plásticos sintéticos del doctor Baekeland llegaron a la madurez antes de que aprendiéramos a pronunciar "poliisobutileno". A principios del siglo XX se decía "la ciencia aplicada es la ciencia pura veinte años después"; actualmente, el intervalo es mucho más corto, a menudo cinco años y, a veces, sólo uno o dos.
 Desde el punto de vista de la ingeniería la era del control automático ya ha empezado. Algunas de las "fábricas del futuro" completamente automáticas ya están diseñadas; se pueden describir y estudiar. La ingeniería, sin embargo, no es más que el primer paso; lo que la tecnología automática significará para nuestro sistema económico y para nuestra sociedad aún es decididamente cosa del futuro. Sólo podemos predecir su impacto probable a través de vagas analogías con lo que ocurrió en el pasado y de deducciones teóricas a partir de la limitada información disponible sobre las nuevas técnicas. Evidentemente, no ayuda lo más mínimo el hecho de que algunos de los datos y estadísticas más importantes están aún veladas por el secreto.
 Las nuevas invenciones importantes se consideran como un presagio del nacimiento de una nueva era; también marcan el ocaso de la vieja. Para algunos observadores contienen promesas; para otros son fuentes de temor. James Hargreaves construyó la primera máquina de lanzadera múltiple en 1767 y, un año después, una turba de hiladores invadió su taller y destruyó el nuevo equipo. Los economistas de aquel tiempo (la edad de oro de la "economía clásica" estaba a punto de empezar) salieron en defensa de las máquinas. Explicaron a los trabajadores que la pérdida de empleos en los talleres textiles se vería compensada por un aumento de la demanda de trabajo en la construcción de máquinas. Y, de hecho, durante los cien años siguientes Inglaterra prosperó. Su fuerza de trabajo se expandió tanto en la rama textil como en la de maquinaria textil y la tasa de salarios se triplicó en el transcurso de aquel siglo.
 Pero la controversia "hombre versus máquina" siguió presente. Carlos Marx hizo del "desempleo tecnológico" la piedra angular de su teoría de la explotación capitalista. El concienzudo John Stuart Mill llegó a la conclusión de que, a pesar de que la introducción de maquinaría podía beneficiar -y  en muchos casos lo haría- al trabajador, esto no siempre ocurría necesariamente. La respuesta dependía de las circunstancias de cada caso. Y aun en nuestros días éste es el único punto de vista razonable que se puede mantener.
 No estamos ni mucho menos en posición de enumerar detalladamente los efectos que tendrá la tecnología automática sobre el empleo, la producción y el nivel de vida nacional. Aparte de la pobreza de nuestra información sobre este nuevo desarrollo, nuestra comprensión de las propiedades estructurales de nuestro sistema económico es aún incompleta. Por ello debemos basarnos en conjeturas razonables.
 La economía de una nación industrial moderna -al igual que los mecanismos de retroacción- debe visualizarse como un complicado sistema de procesos interrelacionados. Cada industria, cada tipo de actividad consume los productos y servicios de otros sectores de la economía y, al mismo tiempo, les suministra sus propios productos y servicios. Al igual que las propiedades de funcionamiento de un servomecanismo quedan determinadas por las características técnicas de las unidades de medición, comunicación y control de las que está compuesto, las propiedades de funcionamiento de una economía dependen de las características estructurales de sus partes componentes y de la forma en que están acopladas. No es pura coincidencia el hecho de que en las fases más avanzadas de su trabajo un economista recurra a sistemas de ecuaciones diferenciales parecidas a las que utilizan los diseñadores de máquinas automáticas autorreguladas.[...]
 En el transporte y la agricultura, las máquinas han eliminado prácticamente la necesidad de energía muscular humana. El hombre ya no es el que levanta y mueve sino que es, primordialmente, el que arranca y frena, el que conduce, el que monta y el que repara. Con la introducción de maquinaría autocontrolada su participación en el proceso de producción será aún más limitada. El que arranca y para desaparecerá en primer lugar, le seguirá el que conduce y el que coordina. El que detecta y repara las averías mantendrá su trabajo aún por mucho tiempo; la necesidad de su presencia irá en aumento ya que el delicado y complicado equipo de control automático requerirá el cuidado constante de un experto. Continuaremos necesitando inventores y diseñadores, pero quizá tampoco gran número de ellos: el ingeniero en jefe de una gran empresa de equipo electrónico me expresó recientemente su esperanza, aparentemente bien fundada, de que en poco tiempo estarían diseñados los circuitos por una máquina electrónica que eliminaría los errores humanos.
 Todo esto cambiará inevitablemente el carácter de nuestra fuerza de trabajo. La proporción de trabajo no especializado ha disminuido mucho en las últimas décadas; se encuentra a un nivel inferior al 20 por ciento. Mientras tanto la cantidad de trabajos semiespecializados ha aumentado, constituyendo actualmente el 22 por ciento de la fuerza de trabajo. De todas formas, esta tendencia ha disminuido durante la última década. Probablemente, observaremos un crecimiento acelerado de la proporción de trabajadores especializados, oficiales y personal profesional, que ya constituyen el 42% de nuestra población trabajadora.»
 
*Publicado en septiembre de 1952.
 

domingo, 30 de agosto de 2015

"Eros y civilización".- Herbert Marcuse (1898-1979)

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La dialéctica de la civilización

 "La mayor parte de los clichés con los que la sociología describe el proceso de deshumanización en la actual cultura de masas son correctos; pero parecen estar dirigidos en una dirección equivocada. Lo que es retrogresivo no es la mecanización y la regularización, sino su contenido; no la coordinación universal, sino su encubrimiento bajo libertades, elecciones e individualidades espurias. El alto nivel de vida en el dominio de las grandes corporaciones es restrictivo en un concreto sentido sociológico: los bienes y servicios que los individuos comparan controlan sus necesidades y petrifican sus facultades. A cambio de las comodidades que enriquecen su vida, los individuos venden no sólo su trabajo, sino también su tiempo libre. La vida mejor es compensada por el control total sobre la vida. La gente habita en edificios de apartamentos -y tiene automóviles privados con los que ya no puede escapar a un mundo diferente-. Tienen enormes refrigeradores llenos de comida congelada. Tienen docenas de periódicos y revistas que exponen los mismos ideales. Tienen innumerables oportunidades de elegir, innumerables aparatos que son todos del mismo tipo y los mantienen ocupados y distraen su atención del verdadero problema -que es la conciencia de que pueden trabajar menos y además determinar sus propias necesidades y satisfacciones.
 La ideología de hoy se basa en que la producción y el consumo reproducen y justifican la dominación. Pero su carácter ideológico no altera el hecho de que sus beneficios son reales. La represión de la totalidad se basa en un alto grado de su eficacia: aumenta la magnitud de la cultura material, facilita la adquisición de los bienes de la vida, hace la comodidad y el lujo más baratos, lleva áreas cada vez más grandes a la órbita de la industria -y, al mismo tiempo, sostiene el trabajo con esfuerzo y la destrucción-. El individuo paga sacrificando su tiempo, su conciencia, sus sueños; la civilización paga sacrificando sus propias promesas de libertad, justicia y paz para todos.
 La discrepancia entre la liberación potencial y la represión actual ha llegado a la madurez: envuelve todas las esferas de la vida en todo el mundo. La racionalidad del progreso. La cohesión social y el poder administrativo son suficientemente fuertes para proteger el conjunto de la agresión directa, pero no son los suficientemente fuertes para eliminar la agresividad acumulada. [...]
 Bajo estas circunstancias, la pregunta sobre si el estado actual de la civilización es demostrablemente más destructivo que los anteriores no parece ser muy relevante. [...] Hay algo más que una diferencia cuantitativa en el hecho de que las guerras sean realizadas por ejércitos profesionales en espacios fijos o tengan lugar contra poblaciones enteras en una escala mundial; en el hecho de que las invenciones técnicas que pueden liberar al mundo de la miseria sean empleadas para la conquista o para la creación del sufrimiento; en el hecho de que miles sean asesinados en el combate o millones sean exterminados científicamente con la ayuda de doctores e ingenieros; en el hecho de que los exiliados puedan encontrar refugio, atravesar las fronteras o sean cazados por toda la tierra; en el hecho de que la gente sea naturalmente ignorante o sea hecha ignorante por medio de la información y la diversión diaria. El terror es asimilado a la normalidad y la destructividad a la construcción con mayor facilidad. Sin embargo, el progreso sigue adelante y sigue debilitando las bases de la represión. En la cumbre de sus logros progresivos, la dominación no sólo mina sus propios fundamentos, sino que también corrompe y liquida la oposición contra ella. [...]
 La enajenación del trabajo es casi completa. La mecánica de la línea de ensamble, la rutina de la oficina, el ritual de comprar y vender, están libres de cualquier conexión con las potencialidades humanas. Las relaciones de trabajo han llegado a ser en gran parte relaciones entre personas tratadas como objetos intercambiables por directores científicos y expertos en eficiencia. [...] La individualidad es literalmente sólo un nombre en la específica representación de "tipos" (tales como vampiresa, mujer de su casa, ondina, mujer de carrera, etc.), del mismo modo que la competencia tiende a ser reducida a variedades arregladas con anterioridad en la producción de aparatos, envolturas, sabores, colores y cosas por el estilo. [...] La existencia humana en este mundo es una mera esencia, un asunto, una materia que no tiene el principio de su movimiento en sí misma".    

viernes, 31 de julio de 2015

"La máquina del tiempo".- Herbert G. Wells (1866-1946)


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Capítulo VIII

 "¿No era muy natural, entonces, suponer que en aquel Mundo Subterráneo era donde se hacía el trabajo necesario para la comodidad de la raza que vivía a la luz del sol? La explicación resultaba tan plausible que la acepté inmediatamente y llegué hasta imaginar el porqué de aquella diferenciación de la especie humana. Me atrevo a creer que prevén ustedes la hechura de mi teoría, aunque pronto comprendí por mí mismo cuán alejada estaba de la verdad.
 Al principio, procediendo conforme a los problemas de nuestra propia época, me parecía claro como la luz del día que la extensión gradual de las actuales diferencias, meramente temporales y sociales, entre el Capitalista y el Trabajador, era la clave de la situación entera. Sin duda les parecerá a ustedes un tanto grotesco -¡y disparatadamente increíble!-, y, sin embargo, aun ahora existen circunstancias que señalan ese camino. Hay una tendencia a utilizar el espacio subterráneo para los fines menos decorativos de la civilización; hay, por ejemplo, en Londres el Metropolitano, hay los nuevos tranvías eléctricos, hay pasos subterráneos, talleres y restaurantes subterráneos, que aumentan y se multiplican. Es evidente, pensé, que esta tendencia ha crecido hasta el punto de que la industria ha perdido gradualmente su derecho de existencia al aire libre. Quiero decir que se había extendido cada vez más profundamente y cada vez en más y más amplias fábricas subterráneas ¡consumiendo una cantidad de tiempo sin cesar creciente, hasta que al final...! Aun hoy día, ¿un obrero de las barriadas extremas no vive en condiciones de tal modo artificiales que, prácticamente, está separado de la superficie natural de la tierra?
 Además, la tendencia exclusiva de la gente rica -debida, sin duda, al creciente refinamiento de su educación y al amplio abismo existente entre ella y la ruda violencia de la gente pobre- la lleva ya a acotar, en su interés, considerables partes de la superficie del país. En los alrededores de Londres, por ejemplo, tal vez la mitad de los lugares más hermosos están cerrados a la intrusión. Y ese mismo amplio abismo, que se debe a los procedimientos más largos y costosos de la educación elevada y a las crecientes facilidades y tentaciones por parte de los ricos, hará ese cambio entre clases y clases, ese mejoramiento por matrimonio entre ellas, que retrasa actualmente la división de nuestra especie a lo largo de líneas de estratificación social, cada vez menos frecuente. De modo que, al final, sobre el suelo habremos de tener a los Poseedores, buscando el placer, el bienestar y la belleza, y debajo del suelo a los No Poseedores; los obreros se adaptan continuamente a las condiciones de su trabajo. Una vez allí, tuvieron, sin duda, que pagar su canon, nada reducido, por la ventilación de sus cavernas; y si se negaban, los mataban de hambre o los asfixiaban para hacerles pagar los atrasos. Los que habían nacido para ser desdichados o rebeldes, murieron; y finalmente, al ser permanente el equilibrio, los supervivientes acabaron por estar adaptados a las condiciones de la vida subterránea y tan satisfechos a su manera como la gente del Mundo Superior a las suyas. Por lo que me parecía, la refinada belleza y la palidez marchita se seguían con bastante naturalidad.
 El gran triunfo de la Humanidad que había yo soñado tomaba una forma distinta en mi mente. No había existido tal triunfo de la educación moral y de la cooperación general, como imaginé. En lugar de esto, veía yo una verdadera aristocracia, armada de una ciencia perfecta y preparando una lógica conclusión al sistema industrial de hoy día. Su triunfo no había sido simplemente un triunfo sobre la Naturaleza, sino un triunfo sobre la Naturaleza y sobre el compañero-hombre. Esto, debo advertirlo a ustedes, era mi teoría de aquel momento. No tenía ningún guía conveniente para ese modelo de libros utópicos. Mi explicación puede ser errónea por completo. Aunque creo que es la más plausible. Pero aun suponiendo esto, la civilización equilibrada que había sido finalmente alcanzada debía haber sobrepasado hacía largo tiempo su cenit y haber caído en una profunda decadencia. La seguridad demasiado perfecta de los habitantes del Mundo Superior los había llevado, en un pausado movimiento de degeneración, a un aminoramiento general de estatura, de fuerza e inteligencia. Eso podía verlo ya con bastante claridad. Sin embargo, no sospechaba lo que había sucedido a los habitantes del Mundo Inferior; pero, por lo que había visto de los Morlocks -que era el nombre que daban a aquellos seres- podía imaginar que la modificación del tipo humano era aún más profunda que entre los "Eloi", la bella raza que yo conocía ya".