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domingo, 14 de junio de 2026

Asinaria o La comedia de los asnos.- Plauto (254 a.C. - 184 a.C.)

Acto III
Escena I
(Cleéreta y Filenia)

«Cleéreta: ¿No puedo conseguir que me obedezcas cuando te prohíbo alguna cosa? ¿Es que tienes la idea de librarte de la autoridad maternal?
 Filenia: ¿Cómo voy a aplacar a la Piedad, oh madre, si no busco agradarte acomodándome a tus normas de conducta, en la forma que me mandas?
 Cleéreta: ¿Es esto honrar la Piedad, quitarle autoridad a tu madre? ¿Está bien oponerte a mis órdenes?
 Filenia: ¿Cómo es esto? Ni censuro lo que está bien hecho ni me gusta lo que es deficiente.
 Cleéreta: Nuestra enamoradiza es bastante habladora...
 Filenia: Madre, ése es mi negocio. La lengua pide, el cuerpo pide, el corazón suplica, las circunstancias aconsejan.
 Cleéreta: Quería corregirte y te presentas como acusadora.
 Filenia: ¡Por Dios!, ni te acuso ni me creo con derecho a ello. Pero me lamento de mi suerte cuando me apartas del que amo.
 Cleéreta: ¿De todo el día no se me concederá una partecita para poder hablar?
 Filenia: No sólo te doy tu partecita sino también la mía. Para hablar y para callar, ten firme el gobernalle, pues, ¡por Pólux!, si abandono el remo y descanso sola en la cabina de la nave, se acabó para ti toda nuestra hacienda familiar.
 Cleéreta: ¿Qué dices? No he visto nunca una mujer más desvergonzada que tú. ¿Cuántas veces te he prohibido acercarte a Argiripo, acariciarle, hablar con él? ¿Qué te ha dado, qué ha ordenado que nos trajesen? ¿Es que tú crees que las palabras dulces son oro o que las palabras bien dichas son regalos? Estás demasiado enamorada, le buscas demasiado, le reclamas a tu lado. A los que dan, los desprecias; a los que te desprecian, te pierdes por ellos. ¿Acaso debes esperar si alguno te promete que te va a hacer rica cuando se muera su madre? ¡Por Cástor!, nos amenaza un gran peligro, a nosotras y a la casa, de morir de hambre mientras esperamos su muerte. Si esta vez no trae aquí las veinte minas de plata, ¡por Cástor!, será arrojado de aquí a la calle, ese derrochador de lágrimas. Hoy es el último día que yo acepto sus excusas de pobreza.
 Filenia: Yo aguantaré, madre mía, aunque mandes que no coma.
 Cleéreta: No te prohíbo que ames a los que te dan, porque ellos son amados con razón.
 Filenia: Mas si mi corazón se enamora de uno, madre, ¿qué he de hacer?  Aconséjame.
 Cleéreta: ¡Toma! Mira mi cara, si velas por tu interés.
 Filenia: También el pastor que apacienta las ovejas ajenas tiene alguna preferida para alegrar su esperanza. Déjame amar a uno solo de corazón, a este Argiripo, a quien quiero.
 Cleéreta: Marcha dentro, pues, ¡por Pólux!, no hay nadie más desvergonzada que tú.
 Filenia: ¡Oh, madre!, has tenido una hija pronta a obedecer.

Escena II
(Líbano y Leónidas)

 Líbano: Con razón damos a la Perfidia alabanzas y muchas gracias porque con nuestros trucos, engaños y astucias, confiados en nuestras espaldas, apoyados en el valor de las varas del olmo... [Falta un verso.] ...contra los aguijones, cuchillos, cruces, esposas, hierros, cadenas, cepos, trampas, collares, cepos de cabeza y de pies, argollas y contra encarnizados provocadores, conocedores de nuestras espaldas en las que anteriormente tantas veces nos produjeron cicatrices... [Falta un verso.] ...Por ahora, esas legiones, tropas y ejércitos suyos, luchando con fuerza con nuestros juramentos falsos, han alcanzado la fuga. Esto se ha conseguido con el valor de este colega y con mi colaboración. ¿Hay alguien más valiente que yo para soportar los castigos?
 Leónidas: ¡Por Pólux!, no puedes alabar tus méritos tanto como yo: por lo que has hecho de malo en casa y en la guerra. ¡Canastos! No se pueden mencionar a tu favor muchas cosas: las veces que has defraudado a quienes confiaban en ti, las muchas veces que has sido infiel a tu amo, las veces que a sabiendas y de buen grado has jurado en falso, cuantas veces has perforado las paredes has sido cogido en hurto, las muchas veces que te has defendido estando colgado en presencia de ocho hombres fornidos y audaces y valientes manejadores de vergas.
 Líbano: Confieso, verdaderamente, Leónidas, que la verdad es como tú dices. Mas, ¡por Pólux!, ¿ no pueden también referirse tus propias y muchas maldades sin mentir? Las veces que a sabiendas has sido infiel a quien te era fiel, las veces que has sido cogido en hurto manifiesto y azotado, las veces que has jurado en falso, las veces que has alargado las manos a objetos sagrados, las muchas veces que has ocasionado daños, malestar o deshonor a tus amos, las veces que has negado el depósito que se te había confiado, las veces que has sido más fiel a la amiga que a tu amigo, las muchas veces que por la dureza de tu piel has tenido a tu lado ocho fuertes lictores dotados de flexibles varas de olmo. ¿Acaso al alabar a mi colega he hecho mal el elogio?
 Leónidas: Lo has hecho como más me convenía a mí, a ti y a nuestra condición.
 Líbano: Deja todo eso y responde a mi pregunta.
 Leónidas: Pregunta lo que quieras.
 Líbano: ¿Tienes las veinte minas de plata?
 Leónidas: Eres un adivino. ¡Por Pólux!, que el viejo Deméneto ha sido amable con nosotros. ¡Qué gracioso cuando me hacía pasar por Sáurea! Apenas pude contener la risa cuando el extranjero decía muy exaltado que durante su ausencia no había querido fiarse de mí. Cómo me llamaba, sin olvidarlo nunca, Sáurea el intendente.
 Líbano: Espera un poco.
 Leónidas: ¿Qué pasa?
 Líbano: ¿No es Filenia esa que sale de su casa acompañada de Argiripo?
 Leónidas: Cierra la boca: es él. Escuchemos con disimulo.
 Líbano: Ella, llorando, le coge el vestido a él, que también llora. ¿Qué querrá decir todo esto?
 Leónidas: Escuchemos en silencio.
 Líbano: ¡Toma! Ahora, ¡pardiez!, pienso que lo que querría tener es una pértiga.
 Leónidas: ¿Por qué?
 Líbano: Para azotar a los asnos, si por casualidad comenzasen a rebuznar, desde nuestras alforjas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en traducción de José Mª Guinot Galán, pp. 167-171. ISBN: 84-239-7346-8.]

domingo, 7 de diciembre de 2025

Lais.- María de Francia (siglo XII)

El desdichado (Chaitivel) 

 «Me ha venido el deseo de recordar un lai del que he oído hablar a menudo. Os contaré la aventura, os diré el nombre de la ciudad de donde procede. Lo llaman El desdichado, aunque muchos lo nombran Los cuatro duelos. 

 En Nantes de Bretaña vivía una dama muy bella y bien criada, de maneras muy distinguidas. No hubo en la tierra caballero que no la suplicase, amase y requiriese, con sólo haberla visto una vez. No podía amarlos a todos, pero tampoco quería matarlos de dolor. A todas las damas del mundo mejor les vendría aceptar el amor que no desesperar a unos locos, impulsándoles a cometer actos irresponsables.

 La dama debe agradecer la corte que se le hace con buenos sentimientos. Por cuanto si ella no quiere prestar oídos a sus pretendientes, tampoco debe herirlos con sus palabras, sino honrarlos, guardarles cariño y saber agradecer su amor.

 La dama de la que os quiero hablar, que fue tan requerida de amores por su belleza y gran valía, era cortejada día y noche. Había en Bretaña cuatro barones, cuyos nombres no sabría deciros. Eran muy jóvenes mas de gran hermosura, y caballeros esforzados, valientes, liberales, corteses y generosos. Gozaban de gran estima pública como gentilhombres de la región.

 Los cuatro amaban a la dama y se esforzaban por acometer hazañas de valor. Para obtener su amor, todos hacían cuanto podían. Cada uno la requería para sí y ponía en ello todo su empeño. No hubo ninguno de los cuatro que no cuidase ser el único en conseguirla.

 La dama poseía muy buen sentido. No se precipitó. Reflexionaba a menudo: quería saber cuál sería más digno de su amor, pues parejo valor tenían todos. La elección iba haciéndose imposible. No quería perder a tres a cambio de uno. A todos les ponía buena cara, les daba prendas de su amor, les enviaba sus mensajes. Cada uno sabía no ser el único pero ninguno de los cuatro era capaz de alejarse de la dama, pues todos mantenían la esperanza de ser los elegidos por sus servicios y ruegos.

 De los cuatro conservó el amor, hasta que un año, después de la Pascua, se proclamó un torneo en Nantes. Para reunirse con los cuatro enamorados no sólo vinieron caballeros de la región sino también de otros países: de Francia, de Normandía, de Flandes, de Brabante, del Bolonés, del Anjou. Todos se han congregado allí muy de su gusto y permanecen juntos muchos días. Piensan herirse, la tarde del torneo, con mucha dureza.

 Los cuatro enamorados se armaron y salieron fuera de la ciudad. Detrás venían sus caballeros, pero sobre ellos cuatro recaía principalmente el peso de la hazaña. Los de fuera los han reconocido por sus enseñas y sus escudos y han enviado contra ellos a cuatro de sus caballeros, dos de Flandes y dos del Hainaut, preparados para el ataque. Ninguno de ellos piensa rehuir la batalla. Los enamorados ven que se acercan, no sienten deseos de huir. Lanza baja, picando espuelas, escoge cada uno a su contrincante. Con tal furia se acometieron que los cuatro de fuera cayeron por tierra; los vencedores no recogieron sus caballos, los dejaron vagar sin dueño.

 Se mantenían sobre los vencidos cuando éstos recibieron socorro de sus caballeros. Se trabó gran combate para rescatarlos, no descansaban las espadas.

 La dama, desde una torre, bien podía ver a los suyos. Contemplaba las hazañas de sus enamorados, sin saber a cuál de ellos debía apreciar más.  

 Así dio comienzo el torneo. Las filas, cada vez más nutridas, se cerraron. Más de una vez, ante las puertas, se renovó el combate aquel día. Tan bien se comportaban los cuatro amantes que todos los apreciaban mucho. Hasta que, cuando oscurecía e iban ya a tener que separarse, temerariamente se expusieron lejos de sus mesnadas.

 Y lo pagaron caro, que tres de ellos fueron muertos y el cuarto malherido: una lanza le atravesó el cuerpo por el muslo. A consecuencia de un ataque por el flanco, cayeron los cuatro por tierra. Quienes los han herido así de muerte, arrojan sus propios escudos al suelo. Sentían gran dolor por los caídos; no lo habían hecho a propósito. Gritos y llantos se oyeron por doquier, nunca se había presenciado un duelo semejante. Los de la ciudad se dirigieron al lugar del suceso, deponiendo los otros su hostilidad. Llenos de dolor, dos mil caballeros se despojaron de sus yelmos, mesándose cabello y barbas. Todos eran partícipes de un mismo duelo. Colocaron a cada uno encima de su escudo y los llevaron a la ciudad, a casa de la dama que los había amado.

 En cuanto supo ella esta aventura, cayó desmayada sobre el pavimento. Cuando volvió en sí, recordó a cada uno por su nombre.

 "¡Pobre de mí! -dijo-, ¿qué haré? Ya nunca recuperaré mi alegría. Yo amaba a estos cuatro caballeros y quería a cada uno por sí mismo. ¡Muy gran bien tenía con ellos! Me amaban sobre toda cosa. Yo, por mi parte, les di a entender mi amor, pues se lo merecían por su belleza, por sus hazañas, por su valor, por su generosidad. No quería perderlos a todos para quedarme con uno. Ahora no sé a cuál debo llorar más, pero no he de engañarme: el uno herido, los otros tres muertos, ¡nada queda en el mundo que pueda consolarme! Haré enterrar a los muertos y, si el herido puede curarse, con mucho gusto le cuidaré y le proporcionaré buenos médicos".

 Le hace llevar entonces a las habitaciones y, después, ordena vestir a los otros, ataviándolos rica y noblemente con todo su amor. Gran ofrenda y donación hizo a la riquísima abadía en que recibieron sepultura. ¡Dios les conceda la salvación!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1975, en edición de Luis Alberto de Cuenca, pp. 253-263. ISBN: 84-276-1276-1.] 

domingo, 30 de noviembre de 2025

Antología lírica.- Salvador Espriu (1913-1985)

 Autopresentación

 «No me gusta mucho hablar de mí ni de mis obras, sobre todo de mis poemas. Por otra parte, no sé qué es la Poesía, a no ser un poco de ayuda para vivir rectamente y, tal vez, para bien morir.
 Casi en la raya de los cuarenta años, no puedo llenar ninguna ficha biográfica que tenga el menor interés. Fui amigo de Bartomeu Rosselló, siento una fiel admiración por Ruyra y me place conversar de vez en cuando con uno o dos conocidos. Fui a la Universidad, trabajo para mantenerme y aspiro, sin esperanza, al ocio. Todavía no he tenido tiempo de casarme ni el optimista coraje o la abnegada desesperación para hacerlo. Creo que con la lectura del Predicador, las Cartas a Lucilio, la Divina Comedia, el Príncipe, el Discurso del Método, el Quijote, el Discreto y alguna novela policíaca, se tiene bastante para pasar, sin gritos existencialistas ni otras inadecuadas expresiones, esta triste vida. Detesto los premios literarios, la avaricia y la suciedad, las felicitaciones de Navidad y de onomástica (las cuales agradezco, desde aquí, de una vez para siempre, a la vez que pido a mis amigos que hagan el favor de no recordarme nunca más en esos días), los homenajes, el viento, el desorden y el ruido, salir de noche, comer fuera de casa, eso que llaman "vida de relación", los conciertos, las confidencias, aconsejar, las obscenas expansiones de la vanidad. Mientras me dejen tranquilo, estoy dispuesto en todo momento a creer, de muy buena fe, que tú e incluso usted, no importa quién, son los mejores escritores del mundo. Sedentario, me gustaría viajar de tarde en tarde, con una comodidad incompatible con la modestia de mi pecunio, por lo que determino no moverme casi nunca. Quisiera vivir en el campo, con cuatro árboles y un pedazo de jardín, o por lo menos en una ciudad más limpia que Barcelona, donde la gente no se rebañara tan generosamente el pecho y otras peores y más repugnantes interioridades. Quisiera también ver los cuadros de Vermeer de Delft, poner unas cuantas figurillas de nacimiento de Ramón Amadeu y no tener que escribir ni una línea más.
 Pienso finalmente que la Humanidad está abocada a un próximo y definitivo cataclismo, pero visto que el pequeño acontecimiento es tan indefectible como estúpido, pediría, si me atreviese, que los papeles no nos lo recordasen a cada momento con tantos aspavientos.
                                                                                                                        Barcelona, 14-II-1952.     


Una cerrada felicidad es justamente de mi mundo [de El caminante y el muro]

Tras esta puerta vivo, / mas no sé
si puedo llamarlo vida.

Cuando al anochecer vuelvo / de mi diario odio contra el pan
(¿no sabes que tengo la inmensa / suerte de venderme
a pedazos por una pulcra moneda / que llega a valer ya
muchos menos que nada?), / dejo fuera un viejo abrigo, la esperanza,
y me hundo por el camino de los ojos, / por el vacío espanto donde siento,
más allá, a mi Dios, / siempre más allá, más allá de falsos
profetas y de extrañas culpas / y del viejo necio enfermado por versos
disciplinados como éstos de ahora, con manchas / de oscuras marcas que el aliento de los críticos
un día aclarará para mi vergüenza.

Sí, puedes encontrarme, si eres capaz, / tras la nada glacial de esta
puerta, aquí, donde vivo y siento / la añoranza y el grito de Dios y soy,
con los pájaros nocturnos de mi soledad, / un hombre sin sueños en mi soledad.


XXX [de La piel de toro]

Diversos son los hombres y diversas las hablas / y han convenido muchos nombres a un solo amor.

La vieja y frágil plata se convierte en tarde / detenida en la claridad sobre los campos.
La tierra, con trampas de mil finos oídos, / ha cautivado a los pájaros de las canciones del aire.

Sí, comprende y haz tuya, también, / desde los olivos,
la alta y sencilla verdad de la prisionera voz del viento: / "Diversas son las   
                                                                      hablas y diversos los hombres,
y convendrán muchos nombres a un solo amor".


XLIX [de La piel de toro]

Deja que la grasa de los eunucos se agite con estériles risas
y detenlas cuando te cansen, con el puño cerrado.
Pues tú eres hombre, vieja medida de todas las cosas,
y buscarás en vano una más alta dignidad
en el mundo que miran y comprenden los ojos.
¿Qué puede desesperarte, qué mal no soportarás,
si aceptas el tiempo y la muerte y el honor de servir
los nobles mandamientos de la eterna ley?
Desdeñoso de halagos, de premios y ganancias,
trabaja con esfuerzo para que Sepharad sea 
siempre altivo señor, nunca esclavo que tiembla.
Y cuando llegues ante la puerta de tu noche,
al terminar el camino sin posible retorno,
sepas decir tan sólo: "Gracias por haber vivido"»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1978, en edición de José Batlló, pp. 57-58, 197, 253-254 y 259. ISBN: 84-376-0090-1.]

domingo, 12 de octubre de 2025

El proyecto Lázaro.- Aleksandar Hemon (1964)

 

  «Recordé aquella anécdota de Rora en la sórdida sala del Centro de Negocios, incapaz de volver a conciliar el sueño por culpa de los litros de café vienés que había ingerido, y lo convertí todo en un sueño para poder olvidarlo. Rora, huelga decirlo, dormía a pierna suelta, inmune a los efectos del café y a las transiciones de los recuerdos a sueños. Estuve haciendo zapping durante un rato; me detuve brevemente en una peli porno en la que todo el mundo se lamía con frenesí, luego en la enésima noticia de la CNN sobre el enésimo ataque suicida en Bagdad y, por último, en el Campeonato Mundial de Póquer. Debo confesar que me excitó el desangelado cunnilingus de la pantalla, así como la utópica injusticia que se desprendía del relato de Rora: la simple y llana posibilidad de que el mundo acabara gobernado por el perverso triunvirato del poder, el instinto de supervivencia y la codicia. Rora había visitado, y quizás incluso habitado, semejante mundo, lo que significaba que yo había estado a un paso de conocerlo. De existir, ésa sí sería la auténtica tierra de los libres. En semejante país podría hacer lo que se me antojara; no habría matrimonio que valiera, no le debería nada a nadie, podría despilfarrar la beca de Susie, todas las becas del mundo, en lo que me diera la gana. En semejante mundo, podría dejar de preocuparme por lo que he prometido, por lo que me he comprometido a hacer, porque sencillamente me daría igual quién soy y me convertiría en otras personas a mi antojo. Y podría hacerlo siempre que me apeteciera. Podría dedicarme a ser el único significado de mi vida.
 Un heraldo de aquella tierra utópica llamó a mi puerta. Oí que alguien golpeaba tímidamente y cuando me levanté a abrir, ocultando mi erección tras la puerta, me encontré con la prostituta de rostro agraciado. Tenía unos ojos bastante llamativos y largas pestañas a todas luces falsas; se elevaba sobre unos vertiginosos tacones de plataforma que la obligaban a proyectar su generoso escote en mi dirección. Se estiró el top hacia abajo, dejando a la vista dos pechos periformes con los pezones erectos, y dijo en inglés:
 -Amor.
 Por un momento, pensé "aquí está", y luego "¿por qué no?". Pero acabé meneando la cabeza en señal de negación y cerrando la puerta.
 Seguía siendo demasiado débil para obtener placer a costa de otros, y más aún a costa de Mary o de aquella desdichada puta que seguramente se ganaría una buena hostia de su chulo por no haberse tirado a un americano caído del cielo. Tampoco era lo bastante altruista para no sentirme tentado de lanzarme con desenfreno a la búsqueda del placer. Atrapado para siempre en la mediocridad moral, no podía permitirme a mí mismo ni la superioridad ética ni una existencia orgásmica. Ése era uno de los motivos (que no me atrevía a confesarle a Mary, ni a nadie) por los que necesitaba desesperadamente escribir el libro sobre Lázaro. El libro me convertiría en otra persona, para bien o para mal: podía ganarme el derecho al egoísmo orgásmico (y el dinero necesario para ejercerlo) o bien adquirir un seguro moral sometiéndome a los honrados procesos de la duda y la realización personales.
 Mary había sido testigo de mis devaneos morales. Desde el pedestal de su decencia quirúrgicamente americana me veía debatiéndome en eterna confusión. Quería que saliera del hoyo, que subiera en la escala moral, pero yo seguía resbalando en cada nuevo y resbaladizo peldaño. Mary se tomaba con paciencia el que me negara a enseñarle nada de lo que escribía o a levantarme pronto para buscar un trabajo munífico. Había encontrado cookies de páginas porno en mi disco duro y había reaccionado con la debida indignación, pero no creía de veras que fuera a tener una aventura o contratar a una acompañante experimental. Toleraba mi repugnancia hacia todo lo espiritual, del mismo modo que aguantaba mi nulo interés por los niños y la decoración del hogar. Pero lo que de veras le molestaba era que me mostrara incapaz de comprender que el proyecto de nuestro matrimonio consistía en la búsqueda de un estado perfecto, la transición del matrimonio de los cuerpos al matrimonio de las almas. Yo no ponía toda la carne en el asador (y eso que, según la báscula, mis carnes iban en aumento), pero ella seguía mostrándose estoicamente tolerante. No es que no aspirara a ser un esposo perfecto, ni que no quisiera a Mary, que se manchaba las manos de sangre cada día por amor, pero nunca dejé de ser consciente de las posibilidades que existían más allá de los límites de nuestro matrimonio, de la libertad para buscar el placer en lugar de la perfección.
 Lázaro e Isador habían acudido a un burdel juntos. La madre de Lázaro le había mandado algo de dinero e Isador lo había convencido para invertirlo en desvirgarse. Se fueron a ver a Madame Madonskaya, que les pellizcó las mejillas. Las chicas los recibieron con risitas mal disimuladas y ambos se ruborizaron. Isador escogió a la que tenía los pechos más grandes y se fue arriba, dejando a Lázaro rodeado por un grupo de putas, hasta que una de ellas lo cogió de la mano y lo condujo hasta su habitación. Estaba tan asustado que no podía articular palabra. La chica dijo llamarse Lola; tenía un perro en la habitación, un diminuto chucho medio ciego que le ladró con furia. Mientras se desvestía, el perro le olisqueó las espinillas y Lázaro rompió a llorar.
 Apagué la tele y oí la respiración de Rora, que me recordaba al romper de las olas. Fuera, un hombre y una mujer hablaban entre risas, tropezaban con algo. Un perro ladró y luego se puso a gañir; después oí un estruendo de cristales rotos. Rora no se inmutó. La voz de la mujer vibraba de regocijo. El perro empezó a chillar y aullar entre el ruido de cristales rotos, y sus desesperados gañidos se dejaron oír durante un buen rato, hasta que se fueron convirtiendo en un débil gimoteo. La pareja había arrojado al animal al contenedor lleno de botellas rotas y luego -imagino- se habría quedado a ver cómo se retorcía y se mutilaba a sí mismo intentando escapar.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2011, en traducción de Rita da Costa, pp. 167-171. ISBN: 978-84-08-10687-6.]

domingo, 28 de septiembre de 2025

Lolita.- Vladimir Nabokov (1899-1977)

 

Segunda parte
26

 «Tenía el doble de la edad de Lolita y tres cuartos de la mía: una adulta muy esbelta, de pelo oscuro y piel pálida, que pesaba  cuarenta y ocho kilos, con ojos de encantadora asimetría, perfil angular rápidamente esbozado y una atractiva ensellure en su espalda sutil. Creo que tenía una gota de sangre española o babilónica. La recogí en una depravada noche de mayo, entre Montreal y Nueva York, o más exactamente entre Toylestown y Blake, en un bar ardiente y umbroso bajo el signo de una mariposa nocturna, donde se encontraba amablemente borracha: insistió en que habíamos ido juntos a la escuela y puso su manecita trémula sobre mi manaza de gorila. Mis sentidos estaban ligeramente excitados, pero resolví someterla a una prueba: lo hice, y la adopté como compañera permanente. Era tan amable esa Rita, una chica tan buena, que por pura camaradería o compasión se hubiera entregado a cualquier falacia o criatura patética, a un viejo tronco caído o un puerco espín desconsolado.
 Cuando la conocí acababa de divorciarse de su tercer marido y hacía menos tiempo aún que la había abandonado su séptimo cavalier servant: los demás, los transitorios, son demasiados para enumerarlos. Su hermano era -y ha de serlo todavía- un político eminente, de cara pastosa, tirantes y corbatas chillonas: político eminente, protector de su ciudad natal. Durante los últimos ocho años había pasado a su pequeña gran hermana varios cientos de dólares mensuales con la expresa condición de que no volviera a poner un pie en la pequeña gran ciudad de Grainball. Rita me dijo que por alguna maldita curiosidad, cada nuevo amigo suyo empezaba por llevarla hacia Grainball: era una atracción fatal, y antes de que advirtiera qué ocurría, se encontraba succionada por la órbita lunar de la ciudad, arrastrada por la corriente que la circundaba, "dando vuelta tras vuelta -según sus palabras- como una maldita polilla".
 Tenía un elegante coupé y en él viajábamos hacia California, proporcionando un descanso a mi venerable vehículo. Su velocidad natural no bajaba de noventa. ¡Mi buena Rita! Durante dos vagarosos años erramos juntos, desde el verano de 1950 al de 1951. Era la Rita más suave, simple, amable, callada que pudiera imaginarse. Comparadas con ella, Valechka era un Schlegel, Charlotte un Hegel. No existe el menor motivo para que me demore hablando de ella al margen de esta memoria siniestra, pero permítaseme decir (salve Rita, dondequiera que estés... borracha o con dolor de cabeza, Rita salve) que era la compañera más sedante, más comprensiva que he conocido nunca y que me salvó del manicomio. Le dije que andaba buscando a una chica y que trataría de agujerear a su matón. Rita aprobó solemnemente el plan y durante una investigación que tomó a su cargo (sin saber una sola palabra de nada) en los alrededores de San Humbertino, se enredó con un granuja. Me costó no poco trabajo dar con ella y al fin la encontré, gastada y magullada, pero todavía con agallas. Un día me propuso que jugáramos a la ruleta rusa con mi sagrado revólver; le dije que era imposible, que no era un revólver, luchamos por él hasta que al fin se disparó, y del agujero que abrió en la pared del cuarto de baño saltó un chorro de agua caliente muy delgado y cómico. Recuerdo sus alaridos de risa.
 La curva extremadamente púber de su espalda, su piel satinada, sus lentos besos de colombina me hacían abstenerme de todo daño. Las aptitudes artísticas no son caracteres sexuales secundarios, como han dicho algunos farsantes y curanderos; muy el contrario, el sexo no está sino supeditado al arte. Debo consignar una borrachera harto misteriosa que tuvo interesantes repercusiones. Yo había abandonado la busca: el demonio estaba en Tartaria o ardía en mi cerebelo (con llamas avivadas por mi fantasía y mi dolor), pero evidente que no tenía a su campeona de tenis en la costa del Pacífico. Una noche, durante nuestro viaje de regreso al este en un hotel horrible de esos donde se reúnen las convenciones y vagabundean hombres gordos y rosados con distintivos, llenos de apellidos, de borrachos, de conversaciones sobre negocios, Rita y yo nos despertamos para encontrar un tercer hombre en nuestro cuarto: era un joven rubio, casi albino, de pestañas blancas y grandes orejas transparentes, a quien ni Rita ni yo recordábamos haber visto en nuestras tristes vidas. Sudoroso, con una espesa camiseta pringada y viejos zapatos de soldado, roncaba en nuestra cama doble junto a mi casta Rita. Le faltaba un diente delante y tenía en la frente pústulas ambarinas. Ritoschka envolvió en su impermeable -lo primero que encontró a mano- su sinuosa desnudez; yo me puse un par de calzoncillos. Se habían usado cinco vasos, lo cual suministraba una dificultosa abundancia de pistas. En el suelo, un sweater y un par de pantalones raídos color canela. Sacudimos a su poseedor hasta volverlo plenamente consciente. Tenía una amnesia total. Con un acento que Rita reconoció como puramente brooklyniano, insinuó ceñudamente que alguien había hurtado su poca valiosa identidad. Lo metimos en sus ropas y lo dejamos en el hospital más cercano; mientras tanto, pudimos advertir que después de olvidados vagabundeos, estábamos en Grainball. Medio año después, Rita escribió al doctor para pedirle noticias. Jack Hubertson, como lo habíamos apodado con escaso ingenio, seguía aislado de su pasado personal. ¡Oh, Mnemósine, la más dulce y malévola de las musas!
  No habría mencionado este incidente de no haber iniciado una serie de ideas que fructificaron con la publicación (en la Cantrip Review) de mi ensayo Mimir and Memory, en el cual entre otros pormenores que parecieron originales e importantes a los benévolos lectores de esa espléndida publicación, sugería una teoría de tiempo perpetuo, basada en la circulación de la sangre y conceptualmente basada (para llenar la cáscara) en la hipótesis de que la mente no es consciente sólo de la materia sino de su propio ser, creando así un circuito continuo entre dos polos: el futuro almacenable y el pasado almacenado. Como resultado de esa aventura -y como culminación de mis travaux previos- fui llamado a Nueva York, donde Rita y yo vivíamos en un pisillo con vista a radiantes niñas que tomaban baños de sol en una glorieta de Central Park, por el Cantrip College, a cuatro millas, para dictar un curso de un año. Vivimos en el colegio, en apartamentos especiales para poetas y filósofos, desde septiembre de 1951 hasta junio de 1952, mientras Rita, a la cual preferí no exhibir, vegetaba -me temo que no muy decorosamente- en un hotel junto a la carretera, donde la visitaba dos veces por semana. Al fin se esfumó de manera mucho más humana que su predecesora: un mes después la encontré en la cárcel local, estaba très digne, le habían extirpado el apéndice y se las compuso para convencerme de que las hermosas pieles azuladas que la acusaban de haber robado al señor Roland MacCrum habían sido un regalo espontáneo, si bien algo alcohólico, del propio Roland. Conseguí sacarla sin recurrir a su susceptible hermano y poco después regresamos a Central Park West, vía Briceland, donde nos habíamos detenido durante algunas horas del año anterior.
 Se había apoderado de mí una curiosa ansiedad de revivir mi estadía allí con Lolita.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1983, en traducción de Enrique Tejedor, pp. 258-261. ISBN: 84-322-2178-3.]

domingo, 21 de septiembre de 2025

Mil y una coplas de jota aragonesa.- Ángel Abad Tárdez (1887-1945)

 

 Selección

 «Dos cosas hay en el mundo / que salen del corazón.
el suspiro de una madre / y la Jota de Aragón.

 La Jota siempre fue grande, / sigue siendo y lo será
 mientras tenga por escudos / Aragón, Ebro y Pilar.

 Una Jota bien cantada / no se puede comparar
con ningún canto del mundo: / ¡la Jota no tiene igual!

Nada hay como una Jotica / pa' conquistar una maña,
si la Jota es de Aragón / y baturro el que la canta.

Dicen que canto la Jota / con estilo y con verdad;
yo digo que de otro modo / no la sabría cantar.

En los versos de la Jota / se pueden acomodar
el Amor, el Patriotismo, / la Belleza y la Bondad.

Cantar la Jota baturra / orgullo debe de ser
de todo el que haya nacido / en el pueblo aragonés.

Siempre que cantan la Jota / los mozos del Arrabal
sonríe en su camerino / nuestra Virgen del Pilar.

Los suspiros de mi novia / de su pecho al mío van,
uniéndose a mis suspiros, / que esperándolos están.

Al mismo tiempo que el sol / sale a la calle mi maña,
que es otro sol que ilumina / los rincones de mi alma.

El cariño que te tengo, / calcula si será grande
que deja muy pequeñico / al que le tengo a mi madre.

Gota a gota me estás dando / la esencia de tu cariño,
dámela a beber a morro / pa' ver si me despabilo.

Me gusta a mí tu cariño / más que a un gorrión las cerezas,
más que a un tordo las olivas, / más que a un lobo las ovejas.

Deja que te dé un besico / como a una madre se da,
que yo te aseguro, maña, / que no te disgustará.

Me alegro si estoy contigo, / me entristezco si te vas,
y así me paso la vida / y así mi vida se irá.

Me saben a poco, maña, / los celicos que me das
porque ellos van pregonando / que me quieres de verdad.

 Para cantar tu belleza / he discurrido esta copla,
y ahora que la estoy cantando / me parece poca cosa.

Ni la lluvia ni la nieve, / ni el calor ni la rosada,
ni el frío ni la sequía, / hacen que te olvide, maña.

Me pasa con mi mujer / igual que con mi guitarra:
cuando las voy a tocar / las encuentro destempladas.

Nunca he visto yo contento / a un labrador de secano.
en invierno, porque llueve, / porque no llueve en verano.

Una Jota le canté / y enseguida el sí me dio...
Más de cien llevo cantadas / pa' que me diga que no.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Periódico El Día de Aragón, 1986, en selección de Ángel Abad Tárdez. ISBN: 84-398-6048-X.]
 

domingo, 27 de abril de 2025

Nieve de primavera.- José Luis Trisán (1949)

     

III.- La memoria  

«Inventaste la muerte con tu ausencia,
y le diste tu nombre, el de María,
y le fuiste añadiendo, cada día, 
espesor, plenitud y consistencia.

Toda te desviviste en la querencia
de dar vida a la muerte. La nutría
tu derramado ser. Te devolvía
la criatura una bruma que silencia.

La muerte es ahora tú, y tú eres ella.
No puedo hablar contigo. Me responde
con tu voz otro ser. Tras de su huella

sigo un camino oscuro y desolado
que conduce al silencio en que se esconde
la respuesta a un oído a ti sellado.


***
 
Se te rinde la muerte, convencida
de que debe tenerte por modelo.
Los gestos, el hablar, la ropa, el pelo
te usurpa en juventud recién nacida.

Nocturna es la parodia de la vida,
nocturna vives otra en el subsuelo
donde falsa es la luna y falso el cielo,
y tú -la realidad- estás dormida.

Sólo la juventud imitadora,
temiendo que el modelo se despierte,
lo nubla en negación, porque lo adora.

Te impone lo imposible de un espejo
fundar la adolescencia de la muerte;
pero nunca has de verte en el reflejo.
[...]

IV.-Tus vacíos

Todo lo que supiste has olvidado.
No sabes ni quién eres ni quién fuiste.
Careces de motivos de estar triste.
Careces aun de ti. Te has refugiado

en donde no más tú, desdibujado
rectángulo de niebla que no existe.
Ni siquiera descansas: te aboliste.
Sólo descansa un yo si está habitado.

Despojos de memoria te sustento,
facciones, ademanes, forma, acento,
aunque ni en mi retrato puedas verte.

Soy tu fantasma, el yo soy que te puebla
de tristeza la mínima tiniebla.
Es tuya esa tristeza. Soy tu muerte.

***
 
Te fuiste de la vida tan temprano
que el tiempo no admitió la despedida
y ocupó tu lugar, vivió tu vida,
prolongó primavera y fue verano.

 Cosechas dio de ti, pero qué en vano,
la ficción natural inadvertida;
madurez te aportó, fruta venida
con grávida dulzura hasta la mano.

Y luego, la vejez. El tiempo duda,
tras su sombra camina vacilante,
mientras que sin saberlo se desnuda.

Morías, otra vez, en cada hoja
desprendida de ti, de tu imitante,
que no tiene una mano que lo acoja.
[...]

***

 El lápiz de carmín que, inacabado,
matizarte los labios aún espera,
no sabe que te has ido, que estás fuera,
que no puedes usarlo al otro lado.

Inútil vocación de enamorado
espesamente en sueños exagera
su deslizársete, de tal manera,
que pareces pintada demasiado.

Ausente de tus labios, fuiste a un viaje
sin retorno posible, a lejanía
en donde no se usa maquillaje.

Se acabará el carmín, formas extintas
pintando, pues las sueña, en demasía,
e ignorando que tú ya no te pintas.»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones La Palma, 1993, pp. 42-43, 58-59 y 63. ISBN: 84-87417-34-5.]

domingo, 30 de marzo de 2025

Resumen del futuro.- Luis Luchi [o Luis Yanischevsky] (1921-2000)

 

Lucha contra los dioses

 «En un tiempo convivieron con nosotros,
nos afinaron la puntería,
nos regalaron sabrosos misterios.
Les pedimos reflejarlos a nuestra imagen,
los hicimos de madera,
de madera dejábamos de ser;
piedra dura o blanda,
nuestra oscilación.
Nunca faltó un muerto
para tenernos sumisos y alertas.
Se fueron como estaba convenido
y los ubicamos en el trono de los sueños,
quebrando el dolor, el vago enfrentamiento,
para despertar en las pesadillas con trueno,
si despertábamos, si estábamos vivos.
[...]


Cabañas

 Estoy decidido para siempre:
es un claro de árboles inmensos,
donde un único rayo de sol
atraviese un agujero de hoja,
sacrificada al proceso de una oruga.
Primero haré la ventana;
pondré cerrojos en todas las aberturas;
me llevaré un grabador de ruidos
para oír la misa de la selva.
Tendré una jaula con un pajarito adentro,
un herbario,
colección de flores secas.
Estrilará un despertador todas las mañanas,
recordándome empezar el día;
y no tener más que mirar el techo,
aunque me ofrezcan de guardabosques.
[...]

La puta madre
(para Gustavo) 

 Profesores, alumnos, colegiales,
les debo mi primer fracaso
en el intento de conocer el mundo.
Por eso sigo buscando.
Seguiré buscando donde esté.
Quizá nunca lo encontraré
y si buscar es una tarea
en el camino me detendré.
Pulpero, ¿por casualidad no pasó un hombre
que venía de curuzucuatiá?
¡¡Pum!!

Gustavo cuchillero hábil en eso de pelar cañas de azúcar
en Tucumán trabajaba en la zafra de algodón del Chaco.
Todo es cerca y el cielo no tiene dueños.
La mamá en su vivienda hablaba un dialecto casi guaraní.
Era alegre y salió segundo en un concurso de chamamé.
[...]

Recuerdos olvidados por fracaso

Borrado de la memoria porque te esperé
y pasaba cualquiera,
tu recuerdo empezó a diluirse
para que yo pudiera
empezar la posibilidad de olvidar
en un cajoncito donde guardo los fracasos
y pienso pedirle al verdulero uno más,
cuando se acaben los melocotones.
                     en una casilla de baño
donde se cambia la ropa de trabajo
dejaré a propósito un pañuelo donde lloré
una careta al volver del corso
y el día siguiente era hábil.
El lápiz rojo lo robé para que no te pintes,
un acto de contrición en defensa de mi amor,
donde los otros amadores estaban negados
a descubrirte, y así sufrir de amor,
como había sufrido yo,
antes de llegar a la insensibilidad
y dejar pasar con saludos
las ramas del río arrasadas en lluvias inundaciones
deshielos, lágrimas a canaletas tapadas.
Diques deteniendo coágulos de las venas
y no dejes circular
aunque le cueste pasar por alto
el centro de la memoria.

Mi crédito

Dame tu cariñito,
un besito.
Un fueguito de amor,
un bollito quemado.
Poné tu fósforo
lucesita con respaldo
de sombra en contraluz
sobre la nada,
que es muy obscura.
Acercarme música a mí
de pronto y temprano
esperando amanecer.
Dame una explicación de sorpresa
cariñito,
porque no existís,
ni es posible que existas.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Escorxador, 1984, pp. 8, 10, 12, 36 y 44. ISBN: 84-398-1251-5.]

domingo, 16 de febrero de 2025

El matrimonio de Maciej Boryna.- Wladislaw Reymont (1867-1925)

 

19

 «Caía en lunes la fiesta de los Reyes Magos. Pero antes de la hora de vísperas acudieron a la taberna todos los que celebraban el próximo matrimonio de Malgosia Klenk con Wicek Socha. El gentío iba creciendo y la alegría era cada vez más expresiva. Bien pagados y obsequiados por el viejo Klenk, los músicos ponían todo su empeño en la pieza que tocaban. Socha y su prometida empezaron el baile al oír los primeros compases y otras parejas les imitaron.
 Mateusz llegó en ese momento. Se apoyaba en un bastón porque era la primera vez que salía; andaba a duras penas y gastaba bromas con todos los que se encontraba. Una vez se hubo sentado, vio que Antek estaba mirando a todos con arrogancia.
 -¡Antek! -le dijo Mateusz-. Ven aquí.
 -Si quieres algo conmigo, tómate tú la molestia.
 Antek se detuvo, esperando la provocación. Pero Mateusz dijo con suavidad:
 -Casi no puedo moverme.
 Con el ceño fruncido, y manteniéndose a la defensiva, Antek se aproximó. Mateusz le dio la mano.
 -Siéntate a mi lado -le dijo-. Me has deshonrado públicamente, Antek. Hasta llamaron al señor cura para que me diera la extremaunción. Sin embargo, yo no te guardo rencor y doy el primer paso para ofrecerte la paz. Bebe conmigo. Nunca pensé que hubiera en el mundo un hombre capaz de derrotarme y tú me has arrojado al agua como si fuera un haz de paja.
 -Tú me provocabas constantemente en el trabajo. Estaba irritado y no sabía lo que hacía.
 -Tienes razón. Pero te vengaste a tus anchas. Pues bien, te perdono, aunque todavía tengo unos dolores espantosos en la espalda. Eres fuerte, Antek. Ya me habían dicho que rompiste a dos las paletas y que todavía no se han curado. ¡Hola, judío! Ron. Y date prisa, o rompo esto.
 Al brindar, Antek preguntó, con voz sofocada por la angustia:
 -¿Es verdad lo que dijiste?
 -No, hombre, no. Hablé así por despecho. ¿Cómo iba a ser verdad?
 Y Mateusz examinaba atentamente la botella para que Antek no descubriese que estaba mintiendo.
 Antek, por su parte, pidió otras copas, con gran asombro de los allí presentes, que no entendían esa repentina amistad entre los dos mozos. Casi borracho ya, el presuntuoso dijo:
 -Sí, sí. Yo quise hacerla mía y hasta traté de forzarla; pero me dio tales arañazos en la cara, que me puso como si hubiera caído en un zarzal... Siempre te prefirió, Antek... Sí, yo lo sé bien; no me lo niegues. Ésa es la razón por la que no quería mirarme. Yo hablé así sólo por celos... No hay otra que pueda igualarla. Lo que no puedo comprender es que se haya casado con un viudo. Eso no es justo.
 -No; no es justo -respondió Antek, soltando un gemido.
 Después lanzó un juramento y volvió a suspirar.
 -¡Sólo de pensarlo, Mateusz, se me parte el corazón!
 -No te dejes llevar por la desesperación.
 -Pero, ¿qué hacer? El amor, un amor como éste, es una enfermedad que desgarra los huesos y envenena la sangre... No me apetece hacer nada... Quisiera estrellarme la cabeza contra un muro...
 -¿Y tú crees que no lo sé? -dijo pérfidamente Mateusz-. Yo he sentido eso mismo por ella. El amor sólo tiene un remedio: casarse con otra. Entonces se termina todo... Y en el caso de no poder casarse, hay que poseer a la mujer que se desea y así pasa el capricho... Te lo digo en serio; créeme, porque lo sé -añadió con tono de suficiencia.
 -¿Y si el mal persistiera?
 -Eso está bien para los que se dejan dominar por las faldas. Pero hombres de condición tan blanda no son hombres.
 -Quizá tengas razón.
 Con melancolía, Antek se dejó llevar por sus pensamientos.
 -¡Bebe un poco, hombre, y que el diablo se lleve a todas las mujeres! Las hay que basta soplar para que caigan y, sin embargo, ésas llevan de la nariz al hombre más fuerte, como se lleva una vaca del ronzal. Le arrebatan la fuerza y su sensatez y hacen de él un ser ridículo... ¡Ah, malditas!... Yo creo que son obra del infierno... ¡A tu salud, hermano!... Y escupe sobre todas ellas. Hombre, para algo te ha dado Dios cordura.
 Seguían bebiendo y hablando en voz baja. A pesar suyo y no pudiendo resistir la tentación de tener un confidente con quien aliviar sus penas, Antek dijo algo más de lo que hubiera debido, en dos o tres frases muy breves. El otro adivinó lo que Antek no dijo y precisamente eso buscaba.
 Mientras tanto se había formado un grupo alrededor de los dos ex enemigos. Al principio, Antek les inspiraba temor. ¿Era fácil saber si estaba de buen humor o enfadado? Pero pronto se dieron cuenta que para todos tenía buenas palabras. Interiormente él despreciaba a todos los que lo rodeaban pues no podía olvidar cómo huían las gentes de él antes de la aventura con Mateusz.
 Hablaron sobre los asuntos del pueblo. Durante el invierno las almas se elevaban; había más libertad, porque los cuerpos no estaban inclinados sobre el surco. Los hombres pensaban y parecían recobrar su personalidad. En el bosque, durante el verano, es imposible distinguir un árbol de otro; pero cuando cae sobre ellos la nieve, ninguno es igual a otro. Lo mismo les ocurre a los hombres.
 Sólo Antek estaba callado, con los ojos clavados en las hojas de la puerta, preguntándose interiormente si Jagna vendría a la celebración de los esponsales.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Rueda, 2001, pp. 99-101. ISBN: 84-8447-095-4.]

domingo, 2 de febrero de 2025

Mundo a solas.- Vicente Aleixandre (1898-1984)

 

II
El fuego final

«Pero tú ven aquí, óyeme y calla.
Eres pequeña como un jazmín menudo.
El mundo se abrasa, ¿no sientes cómo cruje?
Pero tú eres mínima. Apenas abultas más que un corazón dormido.
Tu pelo rubio quiere todavía ondear en el viento.
Quiere en el aire o plomo ser imagen de brisas,
ignorando las llamas que crepitan ya próximas.

Amor, amor, el mundo va a acabarse.
Eres hermosa como la esperanza de vivir todavía.
Como la certidumbre de quererte un día y otro día.
Tierna, como ese dulce abandono de las noches de junio,
cuando un verano empieza seguro de sus cielos.

Niña pequeña o dulce que eres amor o vida,
promesa cuando el fuego se acerca,
promesa de vivir, de vivir en los mayos,
sin que las llamas que van quemando el mundo
te reduzcan a nada, oh mínima entre lumbres.

Vas a morir quizá como muere la luz, 
esa débil candela que las llamas asumen.
Vas a morir como alas no de pájaro,
sino de débil luz que unos dedos sujetan.

Bajo los besos últimos otra luz se despide.
No te pido el amor, ni tu vida te pido.
Me quedo aquí contigo. Somos la luz unida,
esa espalda en la sombra que inmóvil va a abrasarse,
va a derretirse unida cuando las llamas lleguen.
[...]

III
Nadie

  Pero yo sé que pueden confundirse
un pecho y una música, un corazón o un árbol en invierno.
Sé que el dulce ruido de la tierra crujiente,
el inoíble aullido de la noche,
lame los pies como la lengua seca
y dibuja un pesar sobre la piel dichosa.

¿Quién marcha? ¿Quién camina?

Atravesando ríos como panteras dormidas en la sombra;
atravesando follajes, hojas, céspedes, vestidos,
divisando barcas perezosas o besos,
o limos o crujientes estrellas;
divisando peces estupefactos entre dos brillos últimos,
calamidades con forma de tristeza sellada,
labios mudos, extremos, veleidades de la sangre,
corazones marchitos como mujeres sucias,
como laberintos donde nadie encuentra su postrer ilusión,
su soledad sin aire,
su volada palabra;
 
atravesando los bosques, las ciudades, las penas,
la desesperación de tropezar siempre en el mar,
de beber de esa lágrima, de esa tremenda lágrima
en que un pie se humedece, pero nunca acaricia;

rompiendo con la frente los ramajes nervudos,
la prohibición de seguir en nombre de la ley,
los torrentes de risa, de dientes o de ramos de cieno,
de palabras machacadas por unas muelas rotas;

limando con el cuerpo el límite del aire,
sintiendo sobre la carne las ramas tropicales,
los abrazos, las yedras, los millones de labios,
esas ventosas últimas que hace el mundo besando,

un hombre brilla o rueda, un hombre yace o se yergue,
un hombre siente su pesada cabeza como azul enturbiado,
sus lágrimas ausentes como fuego rutilante,
y contempla los cielos como su mismo rostro,
como su sola altura que una palabra rechaza:
Nadie.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Javalambre, 1970. Depósito legal: Z-169-70.]

domingo, 29 de diciembre de 2024

Los sonetos del Cancionero.- Francesco Petrarca (1304-1374)

2ª parte (Ciclo: Tras la muerte de madonna Laura)
269

 «Cayeron la alta columna y el laurel verde
que sombra daban a mi fatigado pensamiento;
perdí lo que encontrar ya nunca espero
de norte a sur, o del mar índico al moro.
 Quitado me has, Muerte, el doble tesoro
que daban alegría y orgullo a mi vida;
ni compensarlo pueden tierra o imperio,
gema oriental ni la fuerza del oro.
 Pero, si lo consiente así el destino,
¿qué puedo sino tener el alma triste,
siempre húmedos los ojos y bajo el rostro?
 ¡Oh, vida nuestra, tan bella en apariencia!
¡Qué fácilmente pierdes en una mañana
lo que en muchos años penosamente se conquista!
[...]

272

 Huye la vida y no se detiene una hora, 
detrás viene la muerte a grandes pasos,
y las cosas presentes y pasadas
me dan guerra, e incluso las futuras;
 y el recordar y el aguardar me angustian
por igual, tanto que, a decir verdad,
si no tuviera de mí mismo piedad
estaría ya de estos pensamientos fuera.
 Evoco si alguna dulzura tuvo
el triste corazón; y por el otro lado
preveo a mi navegar turbados vientos;
 veo tormenta en el puerto, ya cansado
mi piloto, rotos mástil y jarcias,
y las bellas luces que miré, apagadas.

273

 ¿Qué haces? ¿Qué piensas? ¿Qué miras aún atrás
hacia el tiempo que ya volver no puede?
Alma desconsolada, ¿por qué vas
echando leña al fuego en que tú ardes?
 Las suaves voces y las dulces palabras
que, una por una, has descrito y pintado,
marcháronse del mundo; y, bien lo sabes,
es aquí inútil buscarlas, y tarde.
 ¡Oh! No renueves lo que nos da muerte;
no sigas un pensar vago, falaz,
mas firme y cierto, que a buen fin nos lleve.
 Busquemos el cielo, si aquí nada nos place;
que para nuestro mal aquella beldad vimos,
si viva y muerta había de quitarnos la paz.

274
 
 Dadme paz, oh mis duros pensamientos:
¿no es bastante que Amor, Fortuna y Muerte
me combatan en torno, y a las puertas,
para adentro encontrarme otros guerreros?
 Y tú, mi corazón, ¿aún eres cual eras?
Sólo a mí desleal, que espías feroces
vas agrupando, y te has vuelto aliado
de mis prestos y ligeros enemigos.
 En ti sus mensajes secretos el Amor,
en ti Fortuna abre toda su pompa,
y Muerte la memoria de esa herida
 que conviene destroce lo que de mí queda;
en ti los bellos pensamientos se arman de error:
por ello de mis males sólo a ti te culpo.
[...]

277

 Si Amor nuevo consejo no nos trae,
por fuerza convendrá perder la vida:
tanto miedo y dolor sufre el alma triste,
que el deseo vive y la esperanza ha muerto;
 por lo cual se desconcierta y desalienta
mi vida en todo, y noche y día llora,
cansada, sin gobierno en mar tormentoso,
y en vía dudosa sin guía de confianza.
 Imaginaria guía la conduce,
que la verdadera está bajo tierra, mejor dicho en el cielo,
desde donde más que nunca clara en el corazón reluce;
 mas no en los ojos, que un doliente velo
les contiene la deseada luz,
y a mí tan pronto me encanece el pelo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Bosch, casa editorial, 1981, en traducción de Atilio Pentimalli, pp. 523-537. ISBN: 84-7162-850-3.] 

domingo, 1 de diciembre de 2024

La tía Tula.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

 

VII

 «Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
 Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
 Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, tan transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquél era el manantial cerrado.
 [...]
 ¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda, fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón, le decía: "¡Calla, déjale que hable!"
 Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: "Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es ésta la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracias a los casados y que críen hijos para el cielo".
 ¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, "¿tendría razón -decíase entonces- Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer, y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?" Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía depender -decíase entonces- de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero -y esto sí que lo recordaba bien ahora- para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuridad de la noche, y susurrándola, una y otra vez al oído, en letanía, un rosario de "¿me quieres, me quieres, Rosa?", mientras a ella se le escapaban los síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco..., ¡había vencido! Y entonces fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
  El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor -decíase Ramiro ahora- sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya que cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar y hasta el dormir, y el rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo "hágase tu voluntad" y un incesante "¡venga a nos el tu reino!", no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 52-55. Depósito legal: M-8.545-1969.]