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domingo, 11 de octubre de 2026

Contrapunto.- Aldous Huxley (1894-1963)

 

XXIII

  «-Puede que tenga usted razón -dijo Philip-. Pero lo grave está en que, dado el carácter de nuestro mundo actual, no se puede volver atrás, no se puede detener la máquina. Esto es, no se puede hacer, a menos que se halle uno dispuesto a exterminar cerca de la mitad de la raza humana. El industrialismo ha permitido duplicar la población del mundo en cien años. Para deshacerse del industrialismo es preciso volver al punto de partida. Es decir, hay que acabar con la mitad de los hombres y las mujeres existentes. Lo cual, sub specie aeternitatis, o meramente historiae, podría ser una cosa excelente. Pero difícilmente una cuestión de política práctica.
 -Por el momento, no -concedió Rampion-. Pero la próxima guerra y la próxima revolución la harán demasiado práctica.
 -Posiblemente. Pero no hay que hacer cálculos sobre guerras ni revoluciones. Porque si contamos con ellas, es seguro que vienen.
 -Vendrán de todos modos -dijo Rampion-. El progreso industrial entraña la superproducción, la necesidad de adquirir nuevos mercados, la rivalidad internacional, la guerra. Y el progreso mecánico entraña más especialización y estandardización del trabajo, más diversiones colectivas y preparadas al por mayor, disminución de la iniciativa y de las facultades creadoras, más intelectualismo y el atrofiamiento de todas las cosas vitales y fundamentales de la naturaleza humana, más fastidio y agitación, que no puede tener otro resultado que la revolución social. Cuéntese o no con ellas, la guerra y las revoluciones son inevitables si se permite que las cosas sigan su curso actual.
 -De modo que el problema se resolverá a sí mismo -dijo Philip.
 -Pero solamente por su propia destrucción. Cuando la Humanidad sea destruida, evidentemente que no habrá más problemas. Pero esta parece una solución bastante pobre. Yo creo que puede haber otra, aun dentro del marco del sistema actual. Una solución temporal mientras el sistema se modifica en la dirección de una solución permanente. La raíz del mal está en la psicología individual; de modo que es por ahí, por la psicología individual, por donde hay que comenzar. El primer paso sería hacer vivir a las gentes de un modo doble, en dos compartimentos. En un compartimento, como trabajadores industrializados; en el otro, como seres humanos. Como idiotas y máquinas durante ocho horas diarias, y como verdaderos seres humanos el resto del tiempo.
 -¿No es eso lo que hacen ya?
 -¡Por supuesto que no! Viven como idiotas y como máquinas durante todo el tiempo, tanto durante su trabajo como durante sus horas de ocio. Como idiotas y como máquinas; pero imaginándose que viven como seres civilizados, hasta como dioses. Lo primero que hay que hacer es obligarles a reconocer que son máquinas e idiotas durante sus horas de trabajo. He aquí lo que hay que decirles: siendo lo que es nuestra civilización, tenéis que pasaros ocho horas diarias en un estado intermedio entre la imbecilidad y una máquina de coser. Es muy desagradable, lo sé. Es humillante, es repugnante. Pero ahí está. Tenéis que hacerlo; de lo contrario, la estructura entera de nuestro mundo se vendrá abajo y nos moriremos de hambre. Continuad, pues, vuestra tarea, idiota y mecánicamente, y dedicad vuestras horas de ocio a comportaros como hombres y mujeres completos y verdaderos. No mezcléis las dos vidas, mantened bien cerradas las mamparas entre ellas. Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no os olvidéis jamás de que es sucio y de que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes. Todo eso es mentira. Vuestro trabajo no es más que una tarea sucia y repugnante, desdichadamente necesaria, debido a la estupidez de vuestros antepasados. Ellos han acumulado una montaña de inmundicia, y vosotros tenéis que continuar cavándola por temor a que os envenene con su peste; tenéis que trabajar para poder respirar maldiciendo a la vez la memoria de los maniáticos que han acumulado todo este innoble trabajo que vosotros tenéis que hacer. Pero no tratéis de alentaros fingiendo que este sucio trabajo mecánico es una noble tarea. Eso no es verdad; y el único resultado que obtendréis al creerlo y afirmarlo será el de rebajar vuestra humanidad al nivel del sucio menester. Si creéis en los negocios como servicio y en la santidad del trabajo, os transformaréis simplemente en idiotas mecánicos durante veinticuatro horas diarias. Reconoced que es un trabajo innoble; tapaos la nariz y hacedlo durante ocho horas, y luego concentraos en vosotros mismos para ser, durante las horas de ocio, verdaderos seres humanos. Un verdadero y completo ser humano. No un lector de periódicos, no un amante del jazz, no un fanático de la radio. Los industriales que proveen a las masas de diversiones estandardizadas y fabricadas en serie se esfuerzan cuanto pueden por hacer de vosotros tan imbéciles mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo. Pero no se lo permitáis. Esforzaos por ser humanos. He aquí cómo hay que hablar al pueblo; he aquí la lección que hay que enseñar a los jóvenes. Es preciso persuadir a todo el mundo de que toda esta gran civilización industrial no es más que un mal olor, y que la verdadera vida sólo puede vivirse fuera de ella. Habrá de pasar mucho tiempo antes de que puedan conciliarse el vivir con decencia y el olor industrial. Puede que sean inconciliables. Habrá que ver. Entretanto, tenemos que palear la basura y soportar estoicamente la peste y, en los intervalos, tratar de llevar una vida verdaderamente humana.

 -Es un buen programa -dijo Philip-. Pero no creo que obtenga usted muchos votos basados en él en las próximas elecciones.
 -Ahí está el mal -Rampion frunció el ceño-. Los tendría uno a todos en contra. Porque lo único en que todos están de acuerdo, conservadores, liberales, socialistas, bolcheviques, es la excelencia intrínseca del hedor industrial y la necesidad de estandardizar y especializar hasta hacer desaparecer todo rasgo de genuina virilidad o feminidad de la raza humana. Y luego se quiere que nos interesemos en la política.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Edhasa, 1986, en traducción de Lino Novás Castro, pp. 392-395. ISBN: 84-350-0726-X.]

domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica de la teoría del desarrollo.- Peter T. Bauer (1915-2002)

Capítulo VII.- La economía como forma de asistencia técnica
7.- Importancia de los principios fundamentales

  «Hice notar anteriormente la importancia del conocimiento de algunos principios simples, pero fundamentales, de la economía. Son dos las razones en las que se funda mi insistencia sobre este asunto, pero me gustaría antes resaltar una característica de la economía que puede servir para prevenir determinadas objeciones a lo que sigue.
 Esta característica es la de que en economía el progreso va a menudo seguido de una importante recaída, de una nueva aceptación de errores ya demostrados. Este fenómeno ha sido notado por los economistas tan dispares, en cuanto a perspectiva e intereses, como D.H. Robertson, el profesor Milton Friedman y el señor G.D.N. Worswick. Dicha característica revela una dificultad en la utilización de la economía como forma de asistencia técnica. En tecnología o en una materia técnica los especialistas se basan en ideas y métodos acordados y establecidos de antemano y avanzan a partir de estas bases establecidas. Esta condición se da mucho menos en economía, incluso a nivel elemental.
 La primera razón para insistir en los elementos simples de la economía es el error que cometen a menudo los economistas al valorar las dificultades de los profanos (incluso si son inteligentes, cultos y experimentados) para el manejo de ideas y conceptos económicos. Generalmente los que no son economistas, los políticos y gobernantes en particular, encuentran a menudo difícil considerar la oferta, la demanda y el precio como una relación funcional, o reconocer o admitir el concepto de las alternativas sacrificadas, o recordar la consideración conexa de que, debido a que el problema económico es un problema de asignación y no de prioridades, el significado económico de una unidad de un bien depende más del número que de la clase. A menudo también pasan por alto la aplicabilidad de distinciones tales como la que existe entre rentas de escasez, por un lado, y beneficios monopolísticos, por otro.
 Estas dificultades explican en parte el carácter artificioso de la economía elemental que, si bien no presenta serias pretensiones intelectuales, escapa muchas veces a los profanos que tratan de abordarla, de modo parecido a como una pastilla de jabón, al caer en la bañera, se escurre entre los dedos de la persona que trata de cogerla.
 La segunda razón, y mucho más preocupante, que justifica la necesidad de subrayar la importancia de los enunciados aparentemente trillados y elementales de la economía reside en el hecho de que en los últimos veinte años los propios economistas han ignorado a menudo dichos enunciados. Este descuido es particularmente notable en la literatura sobre el desarrollo, especialmente en las obras sobre asistencia técnica, que abundan en ejemplos de olvido de las simples relaciones de la economía elemental (7). 
 Se halla también muy extendida la práctica de tratar una actividad o un output como una adición neta al output total, renta o riqueza, sin tener en cuenta los empleos alternativos de los recursos, es decir, el coste. Este procedimiento es casi universal en la literatura contemporánea sobre la industrialización patrocinada por el estado y sobre el establecimiento de sociedades mercantiles nacionales, estatales o subvencionadas por el estado, en que raramente son objeto de discusión las fuentes o utilizaciones alternativas del capital requerido. Otro ejemplo destacado de la práctica de descuidar  los costes lo ofrece la terminología o nomenclatura de numerosas organizaciones e instituciones oficiales denominadas bancos de desarrollo o agencias de desarrollo en los países subdesarrollados. Sus fondos suelen proceder en gran parte de la imposición (a veces de empréstitos garantizados oficialmente) sobre actividades productivas, principalmente la producción y comercialización de cosechas para el mercado, instrumento principal del progreso material en los países subdesarrollados. Estas instituciones financian a menudo actividades políticamente populares pero antieconómicas, o partidos políticos, o el gasto de personas influyentes. El llamarlas organizaciones de desarrollo prejuzga los resultados de sus operaciones. Olvidar el coste de los recursos puestos a disposición de estas organizaciones (en el sentido de usos alternativos de estos recursos) impide una valoración válida de sus actividades.
 No obstante, un reconocimiento firme de que los recursos son limitados y de que sus usos tienen que ser valorados en términos de alternativas sacrificadas es quizá la idea más fundamental en economía. Su omisión afecta al fondo de la ciencia económica como doctrina sistemática. En general se lee más acerca de necesidades, demandas y ofertas (casi con un lenguaje militar, y un lenguaje militar pasado de moda), que acerca de la oferta y demanda como función de los costes, precios y rentas.» 

  (7) Para mencionar uno de los muchos ejemplos: en un bien conocido informe del Banco Mundial sobre Nigeria figura una larga discusión sobre los factores que influyen en el output agrícola de dicho país. Los factores enunciados comprenden las condiciones climáticas, el suministro de agua, las enfermedades de las plantas, los métodos de cultivo y la investigación agrícola. No se menciona el precio recibido por el productor.

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Paolo Donatelli, Graziella Costa y José García-Durán, pp. 401-404. ISBN: 84-7530-431-1.]

domingo, 26 de septiembre de 2021

Políticas de la naturaleza. Por una democracia de las ciencias.- Bruno Latour (1947)


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5.-La exploración de los mundos comunes

Las dos flechas del tiempo

 «Mientras que los modernos iban siempre de la confusión a la claridad, de lo complicado a lo simple, de lo arcaico a lo objetivo y ascendían siempre por la escalera del progreso, nosotros –aunque seguiremos progresando- lo haremos descendiendo por un camino que, sin embargo, no es el de la decadencia: iremos de lo confuso a lo todavía más confuso, de lo complicado a lo todavía más complicado, de lo explicado a lo implicado. No esperamos del futuro que nos emancipe de todos nuestros vínculos, sino que nos vincule, al contrario, mediante lazos más estrechos, a mayores multitudes de aliens que hayan pasado a ser miembros a tiempo completo del colectivo (1) en vías de formación. “Mañana –exclaman los modernos- nos habremos desprendido más”. “Mañana –murmuran los que debemos llamar no-modernos- estaremos más ligados”. Mark Twain afirmaba que no hay nada seguro aparte de la muerte y los impuestos; será preciso añadir a partir de ahora una certeza más: mañana el colectivo estará más intrincado que ayer. Será preciso, en efecto, mezclarnos aún más íntimamente con la existencia de una multitud todavía mayor de seres humanos y no-humanos, cuyas demandas serán todavía más inconmensurables que las del pasado, y en las que, sin embargo, deberemos ser capaces de refugiarnos sin una morada común. Ya no esperamos que ninguna lluvia de fuego venga a ponernos a todos de acuerdo, matándonos a golpes de objetividad. No hay terminación en nuestra historia. La única que da por sentado el fin de la historia es la flecha de los modernos. Dado que el hecho de convertirse poco a poco en un cosmos no tiene final, no hay, pues, para la ecología política, ningún Apocalipsis que temer: al contrario, regresa a casa, al oikos, a los aîtres ordinarios, a la existencia banal.
 La ecología política no se contenta con poner fin a la historia de los modernos, sino que suprime además la aberración más extraña ofreciéndole retrospectivamente una explicación completamente distinta de su destino. En efecto, los modernos, a pesar de estar obsesionados con el tiempo, nunca han tenido ninguna oportunidad con él, porque, para hacer funcionar su vasta maquinaria, siempre han precisado situar el mundo de los hechos indiscutibles fuera de la historia. Nunca han encontrado la manera, por ejemplo, de instituir una historia de las ciencias mínimamente creíble: han tenido que contentarse con tener, bajo este nombre, una historia de los humanos que descubrían la naturaleza indiscutible e intemporal. Los modernos se han encontrado, pues, inmersos en un dilema que, como todo lo demás, ha acabado por atraparlos de nuevo: se anticiparon con la esperanza de tener en cuenta cada vez menos proposiciones, cuando, algunos siglos atrás, habían puesto en marcha una máquina formidable que elaboraba el mayor número posible de entidades –culturas, naciones, hechos, ciencias, genes, artes, animales, industrias-, un inmenso trastero que no dejaban de movilizar o de destruir cada vez que afirmaban querer simplificar, depurar, naturalizar, excluir. Se deshacían del resto del mundo en el momento en que, como Atlas, cargaban el mundo sobre sus vastos hombros, pretendían externalizarlo todo, a pesar de que internalizaban la Tierra entera. En tanto que imperialistas, afirmaban no depender de nadie; y, al estar en deuda con el universo entero, se creían libres de todo vínculo; implicados, querían lavarse las manos de toda responsabilidad.
 Cuando los modernos, como iguales de Dios, pasaron finalmente a ser coextensivos a la Creación, ¡aprovecharon ese momento para entregarse al aislacionismo más completo y creer que habían quedado fuera de la historia! No es de extrañar que su reloj se detuviera al mismo tiempo que su bicameralismo (2) se hundía, aplastado bajo el peso de todos aquellos que lo habían reclutado todo, pretendiendo no tenerlo en cuenta ni ofrecerle un mundo común (3). No puede uno entrometerse en el mundo y arrojarlo luego al exterior, en reserva o en descarga. Si debemos extraer una lección del mito de Frankenstein, es precisamente la inversa a la de Víctor, el desdichado inventor del célebre monstruo. En el momento en que, con lágrimas de cocodrilo en los ojos, se arrepiente de haber jugado a aprendiz de brujo cuando, al innovar indiscriminadamente, oculta tras el pecado venial el pecado mortal del que su criatura lo acusa con razón: haber huido del laboratorio abandonándola, bajo el pretexto de que, como todas las innovaciones, había nacido monstruosa. Nadie puede considerarse Dios y no enviar enseguida a su único hijo a intentar arreglar el peliagudo asunto de la Creación caída…
Resultado de imagen de bruno latour politicas de la naturaleza La ecología política hace algo mejor que suceder a la modernidad: la desinventa. Ve retrospectivamente en este movimiento contradictorio de vinculación y desvinculación una historia mucho más interesante que la de un frente de modernización que avanza inexorablemente desde las tinieblas del arcaísmo hasta las claridades de la objetividad –y, por supuesto, mucho más rica que el antirrelato de los antimodernos que releen esta historia según la inclinación, igualmente inexorable, de una decadencia que nos ha alejado de una dichosa matriz para arrojarnos a la frialdad de un mundo helado por el cálculo-. Los modernos siempre han hecho lo contrario a lo que han dicho: ¡esto es lo que les salva! No hay ni una sola cosa (4) que no sea una asamblea. No hay ni uno de los hechos indiscutibles que no sea el resultado de una discusión meticulosa en el núcleo mismo del colectivo. No hay ni un solo objeto sin riesgo (5) que no acarree tras de sí una larga cabellera de consecuencias inesperadas que persigan al colectivo, obligándolo a reanudarse. No hay ni una sola innovación que no rediseñe de arriba a abajo la cosmopolítica (6), obligando a cualquiera a recomponer la vida pública. Los modernos no han distinguido ni una vez en su corta historia los hechos de los valores, las cosas de las asambleas. Ni una sola vez han logrado volver insignificantes e irreales a los que creían poder excluir para siempre y sin proceso alguno. Se han creído irreversibles sin lograr irreversibilizar nada. Todo esto sigue estando tras de sí, a su alrededor, ante ellos, en ellos, como un acreedor que llama a la puerta exigiendo únicamente que se retome, explícitamente y sobre unas nuevas bases, el trabajo de exclusión e inclusión. En el mismo momento en que lloran por vivir en un mundo indiferente a su ansiedad, siguen habitando en esta República (7) en la que han nacido de forma muy ordinaria.
 La ecología política no condena, pues, la experiencia moderna, ni la anula, ni tampoco la revoluciona: la rodea, la envuelve, la desborda y la encaja en un procedimiento que finalmente le da su sentido. Digamos las cosas en términos morales: la ecología política perdona. Con piadosa sensatez, reconoce que es posible que no hubiera mejor manera de proceder; acepta, bajo ciertas condiciones, hacer borrón y cuenta nueva. A pesar del sentimiento de culpabilidad que les gusta arrastrar tras de sí, los modernos no han cometido todavía el pecado mortal de Víctor Frankenstein. Cometerían uno, de todas formas, si aplazaran para más tarde esta reinterpretación de su experiencia que les ofrece la ecología política y si, viéndose rodeado por una multitud de aliens, enloquecieran, prolongando todavía la forma moderna de creerse contemporáneos al mundo; si creyeran vivir en una sociedad envuelta de una naturaleza; si se consideraran finalmente capaces de modernizar el planeta a fuerza de objetividad. A juzgar por su ingenuidad –y quizás incluso por su inocencia-, se arriesgan a caer en el proverbio: perseverare diabolicum est.

 Notas:
(1)      Colectivo: debe distinguirse de la sociedad, término que conlleva una mala repartición de los poderes; acumula además los antiguos poderes de la naturaleza y de la sociedad en un único recinto, antes de ser partido de nuevo en distintos poderes (consideración, planificación, seguimiento). A pesar de su utilización en singular, el término no se refiere a una unidad ya establecida, sino a un procedimiento de recolección de las asociaciones de humanos y de no-humanos.
(2)      Bicameralismo: expresión de ciencias políticas para describir los sistemas representativos de dos cámaras (Asamblea y Senado, Cámara de los Comunes y Cámara de los Lores); aquí debe entenderse la descripción de la repartición de poderes entre la naturaleza (concebida, por lo tanto, como un poder representativo) y la política. Sin embargo, a este “mal” bicameralismo debe seguirle un “buen” bicameralismo que distinga dos poderes representativos: el de la consideración –la cámara alta- y el de la planificación –la cámara baja-.
(3)      Mundo común: (o igualmente, buen mundo común, cosmos, el mejor de los mundos): la expresión designa el resultado provisional de la unificación progresiva de las realidades exteriores (a las que se reserva la expresión de pluriverso); el mundo, en singular, no es lo que es dado sino lo que se debe obtener reglamentariamente.
(4)      Cosa: aquí se utiliza su sentido etimológico, que conlleva siempre una discusión en el seno de una asamblea, que exige un juicio efectuado en común, en contraste con el objeto. Por lo tanto, la etimología de la palabra comprende el indicio del colectivo (res, thing, ding) que se intenta convocar aquí.
(5)      Objeto sin riesgo: expresión inventada para recordar que las crisis ecológicas no tratan sobre una clase de seres (por ejemplo, la naturaleza, los ecosistemas), sino sobre la manera de fabricar todos los seres: tanto las consecuencias inesperadas como el modo de producción y los fabricantes siguen ligados a los vínculos de riesgo, mientras que aparecen separados de los objetos propiamente dichos.
(6)      Cosmos, cosmopolítica: aquí se retoma el sentido griego de combinación, de armonía, al mismo tiempo que el sentido más tradicional del mundo. Lo que Isabelle Stengers denomina cosmopolítica (no en el sentido multinacional, sino en el sentido metafísico de política del cosmos) es, pues, un sinónimo del buen mundo común. Se podría designar su antónimo con la palabra cacosmos, aunque Platón, en el Gorgias, prefiere acosmos.
(7)      República: no designa la asamblea de los humanos entre ellos, ni la universalidad del humano separado de todos los vínculos tradicionales arcaicos, sino al contrario: al volver a la etimología de la cosa pública, se designa al colectivo en su esfuerzo por lanzarse a la búsqueda experimental de lo que lo unifica; es el colectivo agrupado reglamentariamente y fiel al orden de la Constitución.»

      [El texto pertenece a la edición en español de R.B.A. Libros, 2013, en traducción de Enric Puig, pp. 274-278. ISBN: 978-84-9006-474-0.]

miércoles, 30 de junio de 2021

Escritos.- Kazimir Malévich (1879-1935)


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Las banderas en la calle

Una arquitectura que abofetea al hormigón armado (1918)

 «El arte ha sacado sus vanguardias de los túneles de tiempos pasados.
 El cuerpo del arte se reencarna incansablemente y refuerza la base de su esqueleto con los lazos tenaces y sólidos de la armonía con el tiempo.
 Los volcanes de nuevos embriones de fuerzas creadoras lo barren todo, descomponen el viejo caparazón y fabrican uno nuevo.
 Cada siglo corre más deprisa que el precedente, toma una carga más pesada, se construye carreteras de hormigón armado.
 Nuestro siglo corre a la vez hacia los cuatro puntos cardinales, como el corazón que se agranda aparta las paredes del espacio, penetrando por todo.
 La época prehistórica se lanzó por una sola línea, a continuación por dos y luego por tres; actualmente, nuestra época se lanza al espacio por cuatro líneas, despegándose de la tierra (1).
 El futurismo ha esbozado los nuevos paisajes de la rápida sucesión de las cosas en la época actual, ha expresado sobre los lienzos el nuevo dinamismo de la vida del hormigón armado.
 Así, el arte pictórico ha progresado tras las huellas de la técnica de las máquinas modernas.
 La literatura ha abandonado el trabajo de funcionario de la palabra, se ha aproximado a la letra y ha desaparecido en su esencia.
 La música ha abandonado la melodía del salón, las tiernas arias, para ir hacia el sonido puro como tal. El arte entero ha liberado su rostro del elemento exterior, sólo la arquitectura lleva todavía en la cara los granos de la época actual y las verrugas del pasado que no dejan de crecer.
 Por obligación los más bellos edificios se apoyan en columnas griegas, muletas de lisiado.
Por obligación la corona de hojas de acanto ciñe el edificio.
 El rascacielos con sus ascensores, sus lámparas eléctricas, sus teléfonos, está decorado con venus, querubines y los diferentes atributos de la época griega.
 Por otro lado el difunto estilo ruso no da tregua.
 De repente sobrenada; algunos originales piensan incluso en resucitarlo y manchar con sus excentricidades los campos del siglo de la rapidez.
 Aquí está Lázaro que camina resucitado sobre hormigón y asfalto, levanta la cabeza para mirar los hilos eléctricos, se asombra a la vista de los automóviles y pide volver a su tumba.
 Los tranvías, automóviles y aeroplanos consideran también con asombro al desgraciado ciudadano y, apiadados, le dan tres kopecks.
 ¡El ridículo e insignificante Lázaro resucitado con su manto, entre la velocidad desenfrenada de nuestras máquinas eléctricas!
 Sus hombros son lamentables y el tiempo que carga sobre su espalda lo aplastará como una torta. Señores originales, dense prisa en llevarse los cadáveres de sus venerables sabios que obstruyen el acceso a los rápidos del espíritu joven.
 No impidan que corra. No impidan que el nuevo cuerpo temple sus músculos vivos.
 Persuádanse de que a pesar de todos sus esfuerzos para resucitar un cadáver, no deja de ser un cadáver.
 Sólo la imaginación enfermiza e ingenua del arquitecto original supone que un cadáver untado de hormigón y forjado con metal será capaz de sostener su esqueleto podrido.
 La falta total de talento, la indigencia de fuerzas creadoras, nos obligan a errar por los cementerios y a arrancar podredumbre.
 Los últimos edificios con los que se ha enriquecido Moscú: la estación de Kazán y el Ministerio de Finanzas, el pasaje Afanasiev, prueban evidentemente la nulidad de los constructores.
 En su carrera nerviosa nuestro tiempo palpita inmensa y violentamente sin un instante de reposo; su impulso es impetuoso y fulminante, cada segundo que ve nacer un puntito rojo desencadena la indignación. Nuestra época es la de la velocidad.
 ¡Y resulta que quieren que esta velocidad lleve el traje del mamut y arreglar las catacumbas de Kiev para los partidos de fútbol!
 Ridículo proyecto. No hay que aprisionar a nuestro siglo XX en el caftán del zar Alexis Mijailovich ni ponerle el gorro de Monómaco; tampoco se lo debe sostener con columnas griegas de elegante pesadez. Todo eso se reducirá a cenizas bajo la presión de nuestra fogosidad.
 Yo vivo en la inmensa ciudad de Moscú, espero que se reencarne y me siento feliz cada vez que veo demoler un hotelito particular que data del tiempo de los Alexeiev.
 Espero con impaciencia que la casa recién nacida sea contemporánea de su padre y de su madre, llena de vida y de fuerza.
 En realidad, todo ocurre de otra manera, menos complicada pero original: se recoge al muerto, se lo entierra y bajo Rogneda, al lado del cuerpo y en su lugar, crecen los cimientos, se coloca la construcción enfoscada o previa según las recetas del hormigón armado, se instalan vigas con sección de T en los lugares podridos.
Resultado de imagen de kazimir malevich escritos Cuando la venerable estación de Kazán expiró en su tiempo (muerta porque su esqueleto no podía contener la carrera moderna), creí que se reconstruiría en su lugar un cuerpo esbelto y poderoso, capaz de sostener la riada de la época actual.
 Envidié al constructor que podría manifestar su fuerza y realizar el gigante que la potencia iba a poner en el mundo.
 Pero se le encargó a un original. Tomó el ferrocarril y se fue al servicio de pompas fúnebres arqueológicas de Novgorod y Iaroslavl, a consultar la lista de muertos consignados en el registro.
 Quiso jugar al nacionalista, no es más que un mero incapaz.
 ¿Se han imaginado los jefes de la línea de Kazán nuestro siglo, el del hormigón armado? ¿Han visto las bellas criaturas de músculos de hierro que son las locomotoras de doce ruedas?
 ¿Han oído su vivo aullido? La calma es el suspiro. El gemido es durante la carrera. ¿Han visto las luces vivas de los semáforos? ¿Ven la carrera de los viajeros?
 Evidentemente, no. Han visto frente a ellos el cementerio del arte nacional y han concebido como un cementerio toda la vía férrea con sus ramales. Esto es lo que han realizado con un edificio que pretendía ser contemporáneo.
 ¿Se ha preguntado el constructor lo que es una estación? Aparentemente, no. ¿Ha comprendido que una estación es una puerta, un túnel, la pulsión nerviosa del estremecimiento, el aliento de la ciudad, su vena vibrante, su corazón palpitante?
 Expresos de doce ruedas corren allí como meteoritos, jadeantes, se hunden en la laringe del cuello de hormigón armado, otros se lanzan fuera de la garganta de la ciudad llevando una multitud de viajeros, que se agitan como vibriones en el organismo de la estación y de los vagones.
 […]
 La estación es el volcán de la vida, no hay allí lugar para el reposo.
 ¡Y se coloca sobre la fuente hirviente de los rápidos la techumbre de los viejos monasterios!
 El hierro, el hormigón, el cemento, la electricidad son ultrajados como la joven que ultraja el amor de un viejo.
 Las locomotoras rugen de odio viendo un hospicio ante ellas.
 ¿Qué esperan entonces las paredes de cemento? Esperan ser pintarrajeadas por los pintores de antiguos iconos, alimentadas con los pasteles bien dorados y el esteticismo de las viejas confiterías de la pintura.
 Las vanguardias de las destrucciones revolucionarias avanzan por toda la humanidad del mundo, la vida se deshace de la vieja cosecha, en los lugares del campo revolucionario deben construirse edificios apropiados.
 Estamos en el punto culminante de la fuente moderna, el reino de las máquinas, de los motores, su funcionamiento en la tierra y en el espacio.»

(1)   Malévich se refiere a la “cuarta dimensión”. [N. del T.]
(2)   Vladimir Monómaco, príncipe de Kiev (1113-1125) [N. del T.]
(3)   Rogneda, hija del príncipe Polotski y mujer del príncipe Vladimir de Kiev. [N. del T.]
  

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Síntesis, 2007, en traducción de Miguel Etayo, pp.353-357. ISBN: 978-84-975654-4-8.]

jueves, 20 de mayo de 2021

El arte de medrar. Manual del trepador.- Maurice Joly (1829-1878)


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Libro I: Elementos generales del arte de medrar

II.-Del conocimiento de los hombres y de los caracteres
De las opiniones y de las ideas generales. De cómo los prejuicios son algo excelente para todo el mundo.

 «Hay frases de mucho efecto contra los prejuicios, pero primero habría que demostrar que el orden social puede basarse en otra cosa. Y luego hay una pregunta embarazosa: los que tanto claman contra los prejuicios ¿consentirían que se destruyeran? Se les puede demostrar que viven de ellos.
 Existen sobre la política, la religión, la moral y los gobernantes, formas de pensar corrientes, tradicionales, una retahíla de juicios, teorías y críticas que forman como un segundo elemento de las nociones generales sobre la naturaleza humana. Para no alargarnos, ofreceremos simplemente una lista.
 Se cree que el mérito es el medio más seguro para ascender.
 Se cree que hace falta capacidad para ocupar cargos.
 Se tiene la ilusión de que la opinión pública gobierna el mundo.
 Se cree que la política consiste en la ciencia de los asuntos de Estado.
 Se cree que los hombres públicos tienen fe en lo que dicen desde la tribuna o lo que escriben en sus libros.
 Se cree en el progreso indefinido de la humanidad.
 El pueblo cree que cuando hace una revolución se beneficiará de ella.
 Se cree que para establecer un gobierno basta con hacer una constitución.
 Se cree que al mundo lo gobiernan las ideas.
 Se cree que los pueblos se corrigen.
 Se cree que existen teorías filosóficas o sociales nuevas.
 Se cree que llegará el día en que las naciones ya no se harán la guerra.
 Se cree que no se puede ser un ignorante y un necio cuando se escribe un libro.
 Se cree que los que piden reformas las desean.
 Se cree que los que sostienen hoy un gobierno porque es fuerte no serán los primeros en derribarlo si por ventura se tambalea.
 Y aún sin ser exigentes, ¿podríamos decir que son muchos los que no aceptan todo lo anterior entre quienes condenan los prejuicios? Preguntémonos qué sería del orden social si esas vulgaridades no estuvieran en circulación.
 La ingenuidad de las sociedades a través de su corrupción es una hermosa materia para gobernar. Por mucho que veamos en los libros que los acontecimientos más grandes dependen de causas pequeñas, que la política no es más que un juego de pasiones e intereses privados, por una suerte providencial para los estadistas, primeros ministros, príncipes y otros hombres geniales que, a Dios gracias, no faltan, la mayor parte del público no quiere creerlo. Piensa que las revoluciones son explosiones debidas a las ideas. Repite doctamente que es imposible parar las revoluciones. ¡Eso dependerá de lo dura que se tenga la mano! El público no admite que no exista una idea nacional, internacional, filosófica o humanitaria en todas aquellas guerras que ponen en peligro la vida de una generación. Creen que la sangre es fecunda. Claro que sí, a condición de sembrar cáñamo o remolacha en el campo donde se ha librado la batalla.
[…]

Libro II: Del poder y de la ambición
III.-De los partidos
Táctica con los partidos.

 Los partidos tienen dos formas de ser: en las épocas de calma, son circunspectos, pusilánimes y meticulosos; en las épocas de agitación, se vuelven exagerados, violentos y frenéticos. La línea a seguir viene determinada según sea uno u otro el caso.
 Mientras un gobierno tiene poder, los hombres influyentes que dirigen los partidos moderan sus ataques, ya que esperan ser rescatados de la oposición por algún cargo de postín que les haga participar en la dirección de los asuntos de Estado. Esto es lo que sucede con los gobiernos parlamentarios, donde la lucha de las ambiciones está legalmente organizada.
 Las maniobras de los partidos se reducen entonces a un tejido de pequeñas intrigas laboriosas, mediante las cuales uno llega poco a poco a gozar de cierta influencia; pero no hay que hacer nada para descollar. En un cuerpo de ejército, la acción y la dirección están centralizadas y generalmente son los más capaces los que mandan; en los partidos, por el contrario, todo el mundo manda o quiere mandar y los cabecillas son menos que mediocres. Nada más natural, pues quienes componen los partidos no ponen en común sino ambiciones y vanidades. El odio los une, pero los celos los dividen, hasta tal punto que se pasarían todos al enemigo antes que procurarse unos a otros ventajas de alguna consideración. Su gran preocupación es tenerse a raya mutuamente y neutralizarse unos a otros.
 Tienen una gran perspicacia para adivinar los grandes talentos, los caracteres elevados y resueltos; se deshacen de ellos cuidadosamente, ya que su presencia entre hombres mediocres, timoratos y envidiosos, cuya mayor preocupación es mantenerse todos al mismo nivel, acostumbrados a deliberaciones odiosas, resoluciones incompletas, medidas que no se llegan a tomar y toda suerte de pequeñas negociaciones y capitulaciones, sembraría la discordia en las relaciones comunes. Estos partidos tienen tanto miedo a comprometerse que a duras penas recogen a sus muertos.
 Cuando un gobierno ha sido lo bastante fuerte como para reducir los partidos a la impotencia, cuando son en cierto modo como enjambres de avispas a las que han privado de su aguijón, se forman a menudo oposiciones postizas en cuyo seno se puede permanecer con toda comodidad y sin ningún riesgo.
 La táctica en este caso es muy simple para los hombres que han logrado crearse una cierta posición merced al respaldo de sus conciudadanos. No tienen más que cerrar los ojos ante los actos un poco violentos del gobierno, abandonar las cuestiones grandes por las pequeñas, doblegarse cuando vienen tormentas y gritar de cuando en cuando, pero callarse tan pronto como el poder lanza el primer rayo. Esta conducta, que por otra parte no es más que moderación, permite gozar de sensibles ventajas. Se pueden obtener dinero y cargos, y también, cosa que no tiene precio, gozar de los honores de la oposición sin arrostrar sus peligros. Y por último, si se produce una nueva revolución, se está en una posición inmejorable para aprovecharse de ella, ya que nominalmente se era la oposición en el régimen anterior.
 Estas oposiciones postizas sirven como colchón en los choques que pueden producirse entre un país y su gobierno. Como los colchones siempre pueden servir después del choque, no se arriesga nada al sostener a un gobierno al que se finge atacar; se tiene la suerte de durar tanto como él y de sobrevivirle si sucumbe.
 En tiempos de tribulación, el juego de los partidos no es tan fácil. Se ven obligados a aproximarse cueste lo que cueste a las organizaciones vigorosas que pueden ayudarles a atravesar la crisis y salir airosos de ella. Las pequeñas individualidades, tan tenaces en su ambición, se ven relegadas en general a un cuarto o quinto plano; pero reaparecen en el quinto acto.
Resultado de imagen de maurice joly el arte de medrar Los partidos sólo confieren autoridad con la esperanza de recuperarla o de ejercerla en nombre de aquel al que se la han conferido. Quieren que uno se entregue a ellos sin excepciones ni reservas, que se quemen las naves para pertenecerles sin retorno. Si uno quiere protegerse se convierte con razón en sospechoso. Las ideas falsas y las ideas justas, los errores como las verdades, forman parte del programa que se debe defender; y en cuanto a las pasiones de la época, por ciegas y desenfrenadas que sean, es preciso compartirlas y al mismo tiempo superarlas si se quiere tener alguna influencia dentro del partido. Éste es el juego al que habrá que jugar siempre si se quieren dominar las facciones.
 Durante la Revolución de 1642, Cromwell inició su gran carrera política exagerando el fanatismo de las sectas más exaltadas, imitando su jerga, orando, predicando y vociferando en las asambleas de los puritanos, lo cual no le impedía burlarse de ellas en la intimidad. Estaba un día divirtiéndose y bebiendo con sus amigos, y buscaba un sacacorchos que se había perdido debajo de la mesa, cuando una delegación de presbiterianos se presentó para hablarle. Mandó decirles que no podía recibirlos porque estaba ocupado buscando al Señor.
 La entrega absoluta que los partidos exigen de quienes les sirven se torna embarazosa cuando la causa común comienza a tambalearse. Pero entonces evidentemente no se trata de ser consecuente. Lejos de pensar en sostener lo que se derrumba, el hombre hábil debe espiar los menores síntomas precursores de esta caída. Debe aprovechar el momento oportuno para cambiar de chaqueta. Cuando ha seguido a un partido hasta el apogeo de su grandeza, debe súbitamente separarse de él tan pronto empiezan las dificultades, volverse en su contra, incluso perseguirlo e iniciar una nueva carrera hacia el poder y la prosperidad en compañía de nuevos aliados. Esta forma de actuar desarrolla en él una habilidad excepcional. Se vuelve perspicaz en sus observaciones, fecundo en sus recursos; adopta sin esfuerzo el tono de la secta o el partido al que la suerte lo ha hecho ir a parar; distingue los menores signos de cambio, con una sagacidad que maravilla a la multitud y que puede compararse con la que despliega un agente de la policía buscando los mínimos indicios de un crimen o un guerrero indio siguiendo una pista en el bosque.
 Se puede citar al señor de Talleyrand como a uno de los hombres que mejor han conocido el arte de abandonar las causas perdidas.
 Se crió bajo la protección de los cortesanos del último reinado y se convirtió en obispo de Autun el mismo día en que el poder de la Iglesia se iba a derrumbar. Gran señor, lo vemos subir al altar de la Revolución durante el famoso aniversario del 14 de Julio, como pontífice de la Revolución que acababa con la aristocracia. Él ya tiene su parte de poder cuando el 18 Fructidor se ceba en los que fueron sus protectores. Se gana la cartera de Asuntos Exteriores con el golpe de Estado del 18 Brumario, dirigido contra su amigo Barras. En 1814, es proclamado jefe del gobierno provisional, mientras su benefactor Napoleón medita sobre las ruinas del Imperio. Finalmente, en 1830, cuando la dinastía a la cual había ofrecido su protección toma el camino del exilio, él reaparece en escena para saludar una vez más a la fortuna.
 Es imposible hacerlo mejor.»        

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2002, en traducción de Nuria Petit i Fontseré, pp. 35-36 y 79-83. ISBN: 84-226-9522-7.]