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domingo, 6 de julio de 2025

Escritos escogidos.- Justus Möser (1720-1794)

 

I.-Selección de textos de las "Fantasías patrióticas"
34.-Ningún ascenso por méritos

  «Siento mucho, querido amigo, que se le reconozcan tan poco sus méritos; su reivindicación de que en un Estado se deberían reconocer única y exclusivamente los méritos auténticos es la cosa más insólita, con su permiso, que haya podido imaginar en una hora ociosa. Yo, por lo menos, premiado o no premiado, jamás permanecería en un Estado en el que se tuviese por norma dedicarle todo el honor exclusivamente al mérito. Premiado, no me hubiese atrevido a presentarme ante un amigo por temor a humillarlo demasiado; no premiado, hubiera vivido como  en una especie de ofensa pública, porque cualquiera hubiera podido decir de mí: "Este hombre no tiene méritos". Créame usted: mientras seamos hombres, es mejor que también la suerte y el favor distribuyan de cuando en cuando los premios a que la sabiduría humana los conceda a cada uno en virtud de sus méritos; es mejor que la cuna y la edad determinen como valores auténticos la jerarquía del mundo. Sí, me atrevo a decir que incluso no podría existir servicio alguno, si todo ascenso se basara exclusivamente en los méritos. Pues todos aquellos que tuviesen la misma esperanza que el ascendido -y ése, naturalmente, sería el caso de todos los que de alguna forma tuviesen una buena opinión de sí mismos- se ofenderían y se considerarían ultrajados. Su modo de pensar se volvería contra él, contra el servicio y contra el señor, se separarían con odio y enemistad, y en poco tiempo veríamos entre todos los soldados y empleados del Estado los altercados que normalmente se ven sólo en la Corte o en la Universidad, que es donde la fama de los méritos personales se tiene más en cuenta y que, por tanto, produce todas las faltas anteriormente mencionadas. Por el contrario, considere usted el caso en el que uno es ascendido por su elevada cuna; aquél, por los  muchos años de servicio y de cuando en cuando también por una feliz coincidencia, de manera que cada cual es muy libre de acariciar la idea de que el mundo no funciona por méritos; nadie podrá considerarse enseguida ultrajado; la propia estimación se tranquiliza, y se piensa: "La suerte y el tiempo también nos traerán nuestro turno". Con estos pensamientos disipamos nuestra preocupación, concebimos nuevas esperanzas, seguimos trabajando, soportamos a los felices y no se entorpece el servicio; en vez de que el alférez intente disimuladamente perjudicar al teniente y éste al capitán si el superior es antepuesto al inferior sólo por poseer más méritos. La mayor discordia tiene lugar por lo común entre los generales porque los cometidos principales exigen a veces mayores méritos. La desavenencia sería general si los oficiales ascendieran conforme a los principios por los que los generales son elegidos para los diferentes cometidos.
 ¡Cuántas injusticias se cometerían en un Estado bajo la apariencia de fomentar los méritos! El principio no es siempre un juez prudente; tampoco puede dominar todo desde su puesto. A éste le influirá un valido; a aquél una querida, y seguramente el zoquete más audaz eliminaría al artista más sencillo; el adulador obsequioso, al pacífico hombre honrado; el inquieto planeador, al funcionario de Hacienda experimentado, y el resplandor, siempre a la verdad. El príncipe, que muy probablemente no sería un gran hombre comprensivo y honrado al mismo tiempo, se encontraría en el mayor de los apuros o se convertiría, bajo el pretexto de premiar el mérito, en un déspota oriental que primero, según un principio parecido, nombraría a un esclavo primer ministro, mezclando todas las clases de hombres y convirtiéndose en un monstruo. El que quisiera vivir tranquilo en el mundo, disfrutar de la dulzura de la amistad, conservar la aprobación de los honrados y fomentar grandes proyectos, negaría sus méritos y tendría que tener sumo cuidado en evitar una recompensa material por los mismos.
 Si los hombres no hubiésemos sido creados así, si cada uno no tuviera la mejor opinión de sí mismo, sin duda sería diferente. Mientras conservemos nuestra forma de ser actual y nuestras pasiones, mientras de algún modo sea necesario que todos tengamos una buena opinión de nosotros mismos, me parece que el ascenso según los méritos es precisamente un medio para enmarañarlo todo. Ya ahora existe entre los militares una especie de ley por la que el oficial más antiguo tiene que retirarse si se le coloca delante uno más joven. ¿Qué sucedería entonces si el ascenso fuese según méritos, si de pronto el general ayudante, que ahora está destinado como consejero de un general de edad, fuese antepuesto a éste y a todos los demás? ¿No se ofendería a todos ellos públicamente colocándolos en la tesitura de tener que servir más tiempo, si es el mérito el que decide todo?
 Es verdad que un gran rey de nuestra época ha inventado un medio para calmar los ánimos en estos casos. Con frecuencia pasa por alto la jerarquía con respecto a los años de servicio, prefiere a uno más apto que al de mayor edad y asciende después de algún tiempo a uno de los ignorados de forma tan lisonjera, que todo postergado siempre estará en duda de si el rey lo reservó para un ascenso mejor o lo relegó por falta de méritos. Un procedimiento así tendrá que ser considerado como algo extraordinario; el empleo de esas medidas sólo conviene al señor, a quien su entendimiento y experiencia capacitan para su uso. En cualquier otra mano sería lo más peligroso para la tranquilidad de los hombres y el camino más claro para la esclavitud más extrema.
 Usted me objetará que en los casos de grandes méritos también se encuentra siempre humildad y moderación, y con ayuda de estas virtudes, el que es feliz se reconciliaría fácilmente con el que es infeliz y se ahogarían las sensaciones de odio y envidia que se podrían producir en el corazón de todo relegado en detrimento del servicio. Tan pronto como se reconozcan y recompensen los méritos públicamente se le estimarán a uno la humildad y la moderación sólo para la política, y en este sentido no se podrá esperar ningún cambio. Sí, quiero decir que muchas veces la humildad sólo aumenta el enfado del no recompensado, porque él no pocas veces desea encontrar una falta en el que es feliz para, por su propia tranquilidad, poderlo odiar de una forma tanto más legal; así somos los hombres. Además, el Estado no equilibra los méritos como el profesor de moral. Aquél prefiere, con razón, a grandes talentos, aun cuando éstos vayan acompañados de orgullo e inmodestia, que a una humildad menos hábil.
 Ese Estado también sería muy desgraciado si no poseyera muchos, muchísimos más hombres con méritos de los que él pudiese recompensar; con este supuesto siempre sería desagradable para muchísimos hombres el tenerse que imaginar que el recompensado también sería el más excelente entre todos, que cada banda de una condecoración indicaría al mejor caballero. Ahora bien, pueden pensar para su tranquilidad que la suerte y no el mérito ha elevado a ése, o repetir con el poeta: "Aquí cubre una gran estrella un corazón pequeño". Si todo funciona según méritos, desaparecería completamente el consuelo necesario, y el zapatero que con gran contento martillea en sus hormas, mientras pueda pensar que podría remedar algo superior a las zapatillas de la señora del alcalde, de ningún modo podría ser feliz si en el mundo se considerasen unos méritos.
 Por tanto, querido amigo, ¡deje que desaparezcan esos pensamientos exaltados sobre la felicidad de un Estado en el que todo habría de regirse según los méritos! Donde gobiernan hombres y sirven hombres, la cuna, la edad o los años de servicio son todavía la regla más segura y la menos ofensiva para los ascensos. Al genio creador o a la capacidad verdadera no le va a perjudicar esta regla; pero una excepción de este tipo es muy rara, y sólo ofenderá a los malos corazones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición preparada por Mª Luisa Esteve Montenegro, pp. 136-139. ISBN: 84-276-0647-8.]

domingo, 28 de julio de 2024

Cuentos populares de Asia / 2.- Anónimo (...)

 

¿Es que todos no somos seres humanos? 
(cuento de Laos)

 «Érase una vez un Rey que emprendió un largo viaje en su barca real, seguido por otra barca donde iban los consejeros reales. Era un día muy caluroso pues el sol calentaba con ardor y los remeros tenían que remar río arriba durante muchas horas, mientras el Rey y los consejeros descansaban cómodamente tumbados bajo los toldos de las barcas.
 Los cuerpos de los remeros estaban cubiertos de sudor y uno de ellos empezó a gemir:
 -Realmente esto no está bien -dijo al remero que estaba a su lado-. ¿Es que todos no somos seres humanos? ¿Por qué nosotros tenemos que realizar todo el trabajo mientras que estos perezosos consejeros descansan a la sombra? Después de todo, somos hombres y todos estamos sujetos al Rey, así es que ellos también deberían remar.
 Aunque el rey tenía los ojos cerrados, oyó todo lo que decían los remeros. Pero fingió que seguía dormitando.
 Al final del día amarraron junto a un pequeño templo para dormir en las barcas. Después de que hubieron comido, los remeros se quedaron dormidos al instante; incluso algunos de ellos hasta roncaron. Pero el Rey, que permanecía aún despierto, oyó un ruido que procedía del templo. Despertó al remero que se había quejado y le envió para que viese de dónde procedía el ruido.
 Cuando volvió el remero, el Rey le preguntó:
 -¿De dónde procede el ruido?
 -Son algunos perrillos que están haciendo ese ruido -repuso el remero.
 -¿Cuántos perrillos son? -preguntó el Rey.
 El remero, como no lo sabía, volvió para comprobarlo. Cuando regresó dijo:
 -Son cinco perrillos.
 -¿Son los perrillos machos o hembras? -preguntó el Rey.
 Volvió a ver, y regresó, diciéndole al Rey:
 -Hay tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son? -preguntó el Rey.
 El remero volvió a verlo. Cuando estuvo de vuelta, dijo:
 -Son blancos, negros y marrones.
 Entonces el Rey despertó a uno de sus consejeros reales y le pidió que fuese a ver quién hacía aquel ruido.
 Pocos minutos después, el consejero estuvo de regreso y dijo:
 -Son algunos perrillos, que están haciendo ruido.
 -¿Cuántos perrillos? -preguntó el Rey.
 -Cinco -repuso el consejero.
 -¿Son machos o hembras? -preguntó el Rey.
 -Son tres machos y dos hembras.
 -¿De qué color son?
 -Los perrillos son blancos, negros y marrones y la madre es negra. Pertenecen a un sacerdote del templo.
 Entonces el Rey, volviéndose al remero, le dijo:
 -Tú has tenido que ir cuatro veces para dar respuesta a mis preguntas, pero mi consejero solamente ha tenido que ir una vez. Ahora comprenderás por qué algunos hombres son remeros y otros consejeros reales, aunque todos sean seres humanos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Doncel, 1982, en versión de Thit Boon Phoydouangdi, traducción al inglés de Sang Seunsom y traducción al español de Carmen Bravo-Villasante, pp. 161-165. ISBN: 84-325-0383-5.]   

viernes, 1 de enero de 2021

Las mujeres y las Academias.- Juan Valera [Eleuterio Filogyno] (1824-1905)

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Cuestión social inocente

  «Llamo inocente esta cuestión social para distinguirla de otras que pueden traer al mundo tremendos trastornos.
 La que va a ser objeto del presente ligero escrito tiene, a mi ver, la ventaja de que, si se resuelve, no se resolverá nunca por revolución violenta, sino por evolución lenta y suave. Es una cuestión social risueña y pacífica.
 Expongámosla aquí por completo y sin más extenso preámbulo. ¿Por qué no quiere la ley o la costumbre que la mujer, que puede ser Reina o Emperatriz, sea coronela, almiranta, electora, diputada a Cortes, ministra, catedrática de Universidad, y ni siquiera académica: pâs meme academicienne?
 Hecha esta pregunta, conviene hacer también un distingo a fin de proceder con método. La contestación, en España, sí somos modestos y prudentes, no debe tener por ahora importancia en la práctica: debe ser sólo punto teórico o especulativo. Explicaré mi distingo por medio de un símil.
 Si yo, en una tertulia pobre y de tercer orden, sentenciare discretamente con los demás tertulianos que estas levitas, estos sombreros de copa alta y estos pantalones que se usan en el día, son traje feo y anti-artístico, no por eso me atrevería a excitar a los hombres a que se echasen todos a la calle vestidos de asirios, o de romanos o de hidalgos del siglo XVI, pongamos por caso. Careciendo nosotros de suficiente autoridad e influjo para tamaña innovación ó renovación, nada conseguiríamos sino que nos silbasen los chicos.
 Apliquemos el símil a la cuestión que anhelamos dilucidar. Presupongamos, por ejemplo, que no hay razón alguna para que no vayan unas cuantas señoras a sentarse en el Senado y en el Congreso con voz  y voto, a ser ministras o a mandar un navío o un regimiento. ¿Osaríamos, a pesar de haber aceptado esta doctrina, reformar de acuerdo con ella nuestra Constitución y nuestras leyes, sin aguardar a que nos abriesen el camino de tan inaudita reforma otras naciones, más prósperas y autorizadas, a las cuales si no queremos atribuirlo al mérito, la ciega fortuna da medios de imponerse y rodea del prestigio que se necesita para servir de modelo?
 Yo me inclino a creer que, antes de que ocurriese en Alemania, Francia e Inglaterra, que son las naciones que dan hoy la moda, no podríamos nosotros tener ministras, diputadas o académicas, sin gravísimo peligro de caer en ridículo y de atraernos las burlas más crueles.
 Queda, pues, limitada la cuestión, por nuestra carencia de autoridad, que deploro, pero que reconozco y creo irremediable por ahora, a una cuestión de pura y elevada filosofía.
 ¿Por que las mujeres no han de ejercer los mismos oficios y no han de obtener los mismos empleos, distinciones y dignidades que los hombres?
 Y no se me diga que la cuestión carece de oportunidad: que no es palpitante. No lo será para el vulgo, pero lo es para las clases media y elevada, y se inscribe en la orden del día como las cuestiones del matute y de la niña mártir.
 Hace meses que se habla y se diserta a favor de que dos damas ilustres entren en sendas reales Academias: en la Española una, y otra en la de Ciencias morales y políticas.
 Por último, y aun no hace tres semanas, cierta gran señora, dechado de elegancia, distinción y hermosura, ha dado a la estampa y al público un libro precioso, lleno de documentos, curiosísimos todos, amenos bastantes de ellos, e importantes los más para la historia patria, cuando en ella se fundaba y cifraba la historia del mundo.
 La misma gran señora ha ordenado, escogido y coleccionado los documentos, sacados del archivo de su gloriosísima casa, y los ha ilustrado con un prólogo o introducción donde lo juicioso y discreto compiten con lo bien parlado.
 Mérito suficiente hay, pues, en esta nueva y gentil autora para que sea elegida de otra tercera Academia: de la Academia de la Historia.
 Así tenemos tres candidatas al puesto o sillón acadéntico. Acerca del valer de cualquiera de las tres no cabe la menor duda. Yo no tengo voz sino para ensalzarlas, ni tengo voluntad y mente sino para emplearme en su admiración y servicio: pero aquí no se traca de negar o de reconocer merecimientos, sino de resolver si conviene o no que haya académicas.
 A los que sostienen que debe haberlas, o no se les contesta o se les contesta de broma. Considero injusto agravio tanto la broma cuanto el silencio en vez de la impugnación seria, y voy a ver si logro hacerla, hasta donde mis fuerzas alcancen.
 Insisto en afirmar que nadie, a no ser por ignorancia o por envidia, niega que las damas aludidas valen tanto por su saber, su ingenio, su actividad literaria y su talento de escritoras, como cualquiera de los más dignos entre los inmortales. ¿Por que no inferir entonces que es sin fundamento racional y necia la risa de los muchísimos, hombres y mujeres, que se echan a reir sólo de pensar o de imaginar a una académica de número, activa, funcionando y no meramente honoraria?
 En algo ha de consistir que sea aparente y no real la contradicción extraña que aquí se advierte.
 Aunque me aflija, no he de ocultar yo que hay escuelas y sectas, que alcanzan todavía notable crédito y que sostienen la inferioridad de la mujer en inteligencia, comparada con el hombre. Los pesimistas son los que más rebajan a la mujer y la suponen inferior. Leopardi y Schopenhauer se extreman en tales diatribas. Los que siguen opinión tan descortés, es natural que repugnen que aspire la mujer a ciertos empleos. Cuando reconocen que alguna ha dado pruebas de su perfecta aptitud para desempeñarlos, ven en ello una monstruosidad, un caso teratológico y afirman que casos por el estilo no deben alegarse para que la ley general se infrinja o derogue o la costumbre se deseche.
 En España, los hombres son finísimos con las mujeres. Yo me deleito y me glorío de que así sea. Esta es la patria de Calderón, quien dice varias veces en sus dramas, con general aplauso: Que, si el hombre es breve mundo, / La mujer es breve cielo; con lo cual pone de manifiesto que la mujer vale tanto más que el hombre cuanto el cielo vale más que la tierra.
Resultado de imagen de las mujeres y las academias juan valera En ninguna nación creo yo que se ha escrito tanto y tan bueno como en España, en alabanza de las mujeres. Y para no citar demasiado, me limitaré a traer aquí a cuento el admirable diálogo intitulado Ginaecepaenos  publicado en Milán en 1580, y escrito por el gentilhombre Juan de Espinosa. Yo me encanto leyéndole; me pasmo de su copiosa erudición y atinada diligencia en compulsar historias sagradas y profanas; y en casi todo sigo su opinión sin discrepar un ápice. De aquí que yo entienda, no ya que la mujer es igual al hombre, sino que el hombre es inferior a la mujer. Hasta las sutilezas exegéticas de que se vale el mencionado gentilhombre, si bien en el día parece que pecan de candorosas, tienen fuerza para mí y llevan convencimiento a mi alma. Algo significa en favor de la mujer el que Dios la crease en el Paraíso, mientras que al hombre le creó en cualquiera parte; y el que al hombre le hiciese de barro y a la mujer de más rica y elaborada materia: de la carne y de los huesos del hombre mismo. Esto en cuanto el hombre y la mujer son considerados como productos. Considerados como productores, aún alcanza la mujer mayor ventaja. El hombre, sin concurso de la mujer, aunque sin percatarse de ello, produjo a la mujer, durmiéndose como un tonto, y encontrándosela al despertar a su lado: mientras que la mujer dio vida en la tierra a nuestro Divino Salvador, y esto a sabiendas, y con larga premeditación y atento y devoto cuidado, desde que se lo anunció el Arcángel.
  En punto a resistir tentaciones prueba también Espinosa la superioridad de la mujer, porque, si Eva pecó, fue engañada por agudísimo demonio, con el cual disputó antes de ceder, mientras que Adam en seguida, sin poner objeciones ni reparos, se dejó tentar por la mujer sólo y comió de la manzana.
 Espinosa acude hasta al nombre primitivo, que tuvo la mujer, para demostrar su preeminencia, ya que el hombre se llamó Adam, que es como decir tierra o lodo; y la mujer, antes de llamarse Eva, se llamó Iscia, que equivale a fuego o llama, símbolo o representación de lo espiritual y etéreo; de lo que se encumbra a muy elevadas esferas.
 En suma, el discreto autor de quien tomo todas estas razones, declara que la mujer es más perfecta que el hombre en cuanto a la materia, porque si bien ambos proceden del barro, en la mujer el barro es materia remota, y en el hombre materia propincua, siendo la materia propincua de la mujer el hombre; y en cuanto a la forma, no cabe duda en que también la mujer es más perfecta, ya que fue la última cosa creada por Dios, en quien Dios, por decirlo así, echó el resto, poniendo glorioso fin y bellísimo non plus ultra a toda su obra y esmero en la creación del Universo Mundo.
 En resolución, yo deduzco, así de mis estudios y lecturas, como de mis experiencias, observaciones y meditaciones que, no sólo no hay, pero que ni siquiera puede concebir ni imaginar el hombre nada más bello, ni más apetecible, ni más gracioso y digno de amor y de respeto que la mujer entre cuantos seres existen en la tierra. Si el hombre es valiente, estudioso, trabajador, honrado, limpio, elegante, cortés, ameno, chistoso, buen poeta, orador, gran político, sabio, bailarín y ágil, todo es por ganarse el corazón de una mujer y ser de ella muy querido.
 Aunque la mujer no valiese más que para esto, su valor sería subidísimo. Sería a la vez punto de apoyo y palanca de Arquímedes en lo moral; estímulo, causa y blanco de todo progreso; y sursum corda de la humanidad en este globo terráqueo.
 Dice un filósofo yankee que el hombre que logra reinar en el tierno corazón de una mujer buena e infundir en él su amor, aunque luego muera en el hospicio, no debe quejarse de haber sido infeliz en esta vida.
 Este amor del hombre a la mujer no es sólo de la vida mortal y terrestre, sino que transciende a otras vidas y mundos, para cuantos creemos que el alma persiste y que no es la resultante de fuerzas o energías orgánicas.
  Para mí, pues, no cabe la menor duda en que los espíritus tienen sexo. Sería horrible, espantoso, traería consigo desesperación o nefanda inmoralidad ultramundana, el que Marsilla, Dante, Petrarca, Romeo, Abelardo y el Tasso, se encontrasen, en otros planetas o mundos, con Isabel, Beatriz, Laura, Julieta, Eloísa y Leonora, ya neutralizadas, ya convertidas en caballeretes.
 De lo dicho, que no es divagar ni decir nada a humo de pajas, se deduce multitud de corolarios que vienen muy al propósito de que se trata.
 Sin duda la mujer vale tanto o más que el hombre; pero radicalmente, no sólo en su forma corpórea sino en su esencia y en su espíritu difiere del hombre. La mujer es el complemento del hombre, así como el hombre es el complemento de la mujer: pero sería complemento soso y hasta argüiría pobreza de invención en la mente creadora el hacer del complemento algo igual en prendas, calidades y aptitudes, a lo complementado, salvo la diversidad de ciertos aparatos u órganos. Nada de eso. Las mujeres y los hombres se completan y forman el género humano, no por ser iguales, sino por ser distintos en todo. Sostener su identidad me parece herejía, blasfemia e ingratitud para con Dios, y ofensa gratuita que hacen, tal vez sin caer en ello, los hombres a todas las mujeres y particularmente a las sabias. No comprendo cómo no se enoja la mujer sabia cuando sabe que pretenden convertirla en académica de número.
 Esto es querer neutralizarla o querer jubilarla de mujer. Esto es querer hacer de ella un fenómeno raro.
 Y si no, seamos lógicos. Yo convengo en que la mujer es o puede ser poetisa, filósofa, matemática, política, naturalista e historiadora, tan bien o mejor que el hombre. Pues entonces no se pida que entre en cada Academia una mujer, sino que, habiendo, como hay, en cada Academia, 36 sillones para caballeros, haya también 36 sillones para señoras. Esto es lo que exigen la equidad y la conveniencia.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Librería de Fernando Fe, 1891, pp. 5-16.]
 

domingo, 29 de noviembre de 2020

Composición francesa: regreso a una infancia bretona.- Mona Ozouf (1931)

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Una composición francesa

 «Estoy tanto más convencida de ello cuanto que en muchos de los problemas que han agitado, y que aún agitan, la vida pública francesa, me he sentido incómoda con "republicanos" que son amigos míos y con los que comparto muchas opiniones. Ya se trate de la representación de hombres y mujeres, del uso del velo, de la tolerancia ante las lenguas regionales (tres cuestiones que remiten al lugar que una sociedad concede a sus diferencias), los republicanos abogan, sin fisuras, por la igualdad abstracta y contra los particularismos; y también sostienen que la verdad es única y el error múltiple. Envidio la tranquilidad con la que abordan y zanjan estas cuestiones. Frente a ellos, me siento perpleja y desorientada, oscilando sin cesar entre el punto de vista universal y el particular, dependiendo del problema considerado. He llegado a buscar consuelo entre los que se dicen comunitaristas frente a los liberales y entre los que se dicen liberales frente a los comunitaristas. Pero todo esto no basta para disipar mi confusión.
 Para empezar, he tenido esta experiencia en las controversias en torno a la paridad. No tengo problemas en hacer mío el objetivo que persiguen sus partidarios (acabar con la escasa representación de las mujeres en la vida pública). He vivido en un mundo de mujeres solas que no contaban más que con ellas para vivir y sobrevivir, convencidas (sin que hubieran leído necesariamente a Jules Renard) de que ser feminista significa, de entrada, no creer en el príncipe encantador. Creo que soy feminista si entendemos por ello la satisfacción que procura un trato más equitativo hacia la mujer, el placer que provoca cualquier logro femenino. Así, el campo de la paridad debería ser el mío.
 Sí, pero no. Tengo verdaderas dificultades para entrar en la argumentación de aquéllos que quieren inscribir la paridad en la Constitución e imponerla por ley. ¿Las mujeres poseen las virtudes que tan generosamente les presta el manifiesto de la paridad? Dulzura, humanidad, compasión, escucha, resistencia a la abstracción: en todas estas palabras tiernas resuena un discurso muy viejo y zalamero, que, lejos de haber servido para emancipar a las mujeres, las ha confinado durante mucho tiempo a las cunas y los fogones. Todavía tengo más dificultades para creer (porque este argumento es habitual en la reivindicación) que sólo las mujeres están capacitadas para representar a las mujeres. ¿No sería confundir (en contradicción con la doctrina republicana) la representación con la representatividad? En conclusión, yo no alcanzo a ver en las mujeres una comunidad dotada de derechos particulares. En todo este asunto, me inclinaría por medidas efectivas que puedan favorecer la participación de las mujeres en la vida política, entre las que estaría, en primer lugar, la prohibición de los mandatos sucesivos.
 Es cierto que los partidarios de la paridad me esperan aquí con un argumento tenido por irrefutable. De creerlos, la distinción sexual, a la que ningún ser humano puede escapar, es de tal evidencia, que no contradice lo universal; mientras que sí entraría en contradicción con lo universal la consideración de cualquier otra distinción (étnica o religiosa). En consecuencia, la representación del grupo sexuado es la única, dicen ellos, que se puede evocar desde el momento en que hablamos de derechos políticos. Pero ¿esto es así realmente? En este caso, ¿no se fundarían los derechos en la naturaleza? Algo me dice también que la humanidad no es la suma de individuos masculinos y de individuos femeninos, sino de lo que ambos tienen en común. De ahí que la consideración de la pertenencia biológica (o de cualquier otra pertenencia) no sea apropiada en el campo de la política, en el campo del bien común. La fuerza del principio democrático radica en no hacer depender los derechos de ninguna especificación particular: el sujeto de derechos, universal en la exacta medida en que está despojado de todo, es un ser sin cualidades, ni ambiguo ni sexuado.
 Por tanto, en esta controversia, yo quedaba del lado de mis amigos republicanos: firmemente universalista, segura de la capacidad de la razón para poner en suspenso la determinación de origen. Elegir un representante equivale a decir que es capaz de contribuir al bien común, y la cuestión de saber si es hombre, mujer, blanco, negro, homo o heterosexual debe quedar como elemento claramente subordinado. Estaba convencida de que, en la esfera de la política, había que hacer un elogio más apasionado de la abstracción, rechazando los adjetivos que vinculan lo universal con un contenido particular. Así, lo universal "masculino" del que se habla a propósito de la suerte que la Revolución y, más tarde, la República francesa, han dado a las mujeres. Un oxímoron en el que se evapora el sustantivo, porque, si es masculino, ya no es universal. O el "falso" universal (en consonancia con la igualdad "formal") que, con tanta frecuencia, denunciara el pensamiento socialista. Este universal es tan poco universal que las mujeres no se dejaron engañar y aprehendieron rápidamente su verdad. Cuando el sufragio censitario contradecía directamente la así proclamada universalidad de derechos, las mujeres vieron en ella, no la ilusión, sino el arma que necesitaban. Esta universalidad les sirvió para sentir y hacer sentir esta exclusión como insoportable. Esta universalidad es la que ha hecho que sus reivindicaciones sean escuchadas. La virtud de un pensamiento universalista consiste en desvelar las insuficiencias de lo que es, haciendo brillar en el horizonte lo que debería ser. La igualdad, en cuanto igualdad "formal", es una bebida embriagadora, una pasión fuerte, que lleva a los seres humanos a desear su extensión: paso a paso, esta universalidad es la que ha hecho entrar a las mujeres en el espacio público.
Resultado de imagen de mona ozouf composicion francesa  Estoy poco dispuesta a llevar el género a la política, convencida de que existen situaciones y roles en los que la singularidad tiene poco que decir. ¿Deseo que se me juzgue "como mujer" en el contexto profesional? Soy investigador, he sido profesor: en estos roles lo que importa es la función, no el género; lo que se ha de juzgar es la forma en que se ejerce esa función, de ahí que sea un tanto reticente a la feminización de los hombres. También me plantean dudas las consecuencias que los universalistas desean imponer a quienes les prometen lealtad, exigiendo de ellos el rechazo de todas las diferencias, la superación de todos los particularismos. La suspensión de la diferencia sexual no puede generalizarse. Si como cualquier otra singularidad, esta diferencia tiene poco que decir en la vida política, por el contrario, tiene mucho que decir en otros ámbitos de la existencia. ¿Tiene algún sentido la diferencia sexual en la relación amorosa, en el vínculo familiar, en la filiación?  Desde luego, parece que la vida democrática debe disolver hoy todas las diferencias en la gran marea cálida de la indistinción. Pero dudo que esta indistinción pueda convertirse jamás en similitud: soy muy consciente de hasta qué punto la evocación de la "naturaleza" femenina ha podido servir para someter a las mujeres, pero no creo que pueda ignorarse que existe una singularidad de la existencia femenina arraigada en la naturaleza, que hace más angustiosa su relación con el tiempo y más estrecha su dependencia con la parte no elegida de la existencia.
 Por otra parte, suponiendo que la indistinción fuera efectivamente posible, ¿sería deseable? Evidentemente, lo es cuando las diferencias sirven para justificar la opresión o cuando las imponen medidas inicuas como las novatadas, la tortura o la cárcel. Pero no es deseable si convenimos que las diferencias que nos distinguen a unos de otros, también nos vinculan y dan a la existencia humana su variedad, su relieve y su tono novelesco. En resumen, me niego a considerar como antagonistas la igualdad abstracta (que me hace vacilar ante la paridad) y la diferencia sexual. Una inconsecuencia, me dicen.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2015, en traducción de Scheherezade Pinilla Cañadas, pp. 224-228. ISBN: 978-84-16272-73-0.]
 

jueves, 4 de enero de 2018

Wilt.- Tom Sharpe (1928-2013)


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«-Lo que pasa con Wilt, en mi opinión, es que le falta empuje -dijo el jefe del Departamento de Inglés, que era por su parte, un hombre débil que tendía a enfocar y resolver los problemas con un grado de error que compensaba su falta natural de autoridad.
 El Comité de Ascensos asintió con un gesto global de cabeza por quinto año consecutivo.
 -Quizá le falte empuje, pero es un individuo comprometido -dijo el señor Morris, librando su combate anual desde la retaguardia en favor de Wilt.
 -¿Comprometido? -preguntó con bufido el jefe del Departamento de Abastecimiento-. ¿Comprometido con qué? ¿El aborto, el marxismo o la promiscuidad? Ha de ser con una de esas tres cosas. Aún no he conocido ni a un solo profesor auxiliar de Humanidades que no fuese un chiflado, un pervertido o un revolucionario radical, y muchos de ellos eran las tres cosas.
 -Bien, bien -dijo el jefe del Departamento de Ingeniería Mecánica, en cuyos tornos un alumno chiflado había fabricado varias bombas de tubería.
 El señor Morris se encrespó.
 -Admito que uno o dos profesores auxiliares han sido... en fin... un poco exaltados políticamente, pero rechazo la imputación de que...
 -Dejemos las generalidades a un lado y volvamos a Wilt -cortó el subdirector-. Decía usted que es una persona comprometida.
 -Necesita aliento -dijo el señor Morris-. Demonios, el hombre lleva diez años con nosotros y aún sigue en el Grado Dos.
 -Eso es precisamente lo que quiero decir yo cuando digo que no tiene empuje -dijo el jefe de Departamento de Inglés-. Si se hubiese merecido un ascenso, ya se le habría nombrado profesor titular.
 -He de decir que estoy de acuerdo -dijo el jefe del Departamento de Geografía-. Un individuo que acepta pasar diez años con Instalaciones de Gas y Lampistería es evidente que no tiene condiciones para desempeñar un puesto administrativo.
 -¿Tenemos que ascender únicamente por razones administrativas? -preguntó cansinamente el señor Morris-. Da la casualidad de que Wilt es un excelente profesor.
 -Si se me permite un comentario -dijo el doctor Mayfield, jefe del Departamento de Sociología-, en este momento es vital que tengamos en cuenta que, dada la introducción inminente del título de licenciatura especial conjunta en Estudios Urbanos y Poesía Medieval, título cuya aprobación provisional por el Consejo Nacional de Títulos Académicos tengo el placer de anunciar, al menos en principio, mantengamos una actitud viable en cuanto al personal en lo que respecta a los profesores titulares, adjudicando plazas a candidatos con conocimientos especializados en esferas determinadas de la actividad académica en vez de...
 -Si se me permite interrumpir sólo por un momento -dijo el doctor Board, titular de Idiomas Modernos-, ¿quiere usted decir que deberíamos tener puestos de profesores titulares para especialistas muy cualificados que no saben enseñar en vez de ascender a profesores auxiliares sin doctorado que sí saben?
 -Si el doctor Board me hubiese permitido continuar -dijo el doctor Mayfield- habría podido entender que lo que yo decía...
 -Dudo que -continuó el doctor Board-, prescindiendo de su sintaxis...
 Y así por quinto años consecutivo se olvidó el ascenso de Wilt. La Escuela de Artes y Oficios Fenland se estaba ampliando. Proliferaban los cursos nuevos y aparecían más estudiantes con menos cualificaciones para que les enseñasen más profesores con más cualificaciones, hasta que un día la escuela dejase de ser una mera Escuela de Artes y Oficios y ascendiese de estatus pasando a ser Escuela Politécnica. Era el sueño de todo jefe de departamento y mientras tanto se ignoraban el amor propio de Wilt y las esperanzas de Eva Wilt.
 Wilt se enteró de la noticia justo antes de comer en la cantina.
 -Lo siento, Henry -dijo el señor Morris cuando hacían cola con sus bandejas-, es esta condenada presión económica. Tuvieron que hacer una reducción hasta en Idiomas Modernos. Sólo hubo dos ascensos.
 Wilt asintió con un cabeceo. Era lo que había llegado a esperar. Un departamento inadecuado, un matrimonio inadecuado y una vida inadecuada. Se llevó sus filetes de pescado a una mesa de un rincón y comió solo. A su alrededor otros miembros del personal discutían las perspectivas del Nivel A y quién se sentaría en el Comité de curso al año siguiente. Enseñaban Matemáticas o Economía o Lengua, materias que contaban y donde el ascenso era fácil. Humanidades no contaba y no se planteaba el ascenso. Era así de sencillo. Wilt terminó su almuerzo y subió a la biblioteca de libros de referencia a buscar insulina en la farmacopea. Tenía entendido que era el único veneno indetectable.
 
A las dos menos cinco, sin saber más que antes, bajó al aula 752 a ampliar la sensibilidad de quince aprendices de carnicero, designados en el tablón de horarios como Carne Uno. Como siempre llegaron tarde y borrachos.
 -Hemos estado bebiendo a la salud de Bill -se excusaron cuando fueron entrando a las dos y diez.
 -¿De veras? -dijo Wilt, entregándoles ejemplares de El señor de las moscas-. ¿Y qué tal está Bill?
 -Muy mal -dijo un joven grande que tenía pintado en la espalda de su chaqueta de cuero "Puaf"-. Vomita sin parar. Es su cumpleaños y se tomó cuatro vodkas y un Babycham...
 -Estábamos en la parte en que Piggy está en el bosque -dijo Wilt, desviándoles de una enumeración de todo lo que había bebido Bill por su cumpleaños. Cogió el borrador y borró de la pizarra el dibujo de un diafragma.
 -Ésa es la marca de fábrica del señor Sedgwick -dijo uno de los carniceros-. Siempre está hablando de anticonceptivos y cosas así. Está obsesionado con eso.
 -¿Que está obsesionado con eso? -dijo lealmente Wilt.
 -Sí, ya sabe, control de la natalidad. Bueno, antes era católico, ¿no? Y ahora ya no lo es, y quiere compensar el tiempo perdido -dijo un jovencito de pálido rostro desenvolviendo un caramelo.
 -Alguien debería hablarle de la píldora -dijo otro joven alzando soñoliento la cabeza de la mesa-. Con el chisme ese no puedes sentir nada. La píldora es mucho más emocionante.» 
 
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de RBA Editores, 1992, en traducción de J. M. Álvarez Flórez. ISBN: 84-473-0011-0.]