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domingo, 26 de abril de 2026

Hojas de hierba.- Walt Whitman (1819-1892)

Dedicatorias
Canto el yo

 «Canto el yo, persona simple, separada;
No obstante, pronuncio la palabra democrática, la palabra En Masa.

La fisiología de la cabeza a los pies, yo canto,
Ni la fisonomía sola, ni el cerebro solo, son dignos de la Musa; digo que el Cuerpo completo es más digno,
A la Mujer igual que al Hombre, yo canto.

De la Vida inmensa en la pasión, en la elasticidad, en la fuerza,
Alegre, para la más libre acción formado según las leyes divinas,
Canto al Hombre Moderno.
[...]

Al comenzar mis estudios

 Al comenzar mis estudios, los primeros pasos me agradaron tanto,
El simple hecho de la conciencia, estas formas, la facultad del movimiento,
El más insignificante insecto o animal, los sentidos, la vista, el amor,
Digo que el primer paso me sobrecogió y me agradó tanto,
Que apenas sí he avanzado o sí he deseado avanzar,
Sino pararme y vagar, y emplear el tiempo en celebrarlo en poemas extáticos.
[...]

Yo, imperturbable

 Yo, imperturbable, descansando en medio de la Naturaleza,
Señor de todo o señora de todo, vertical en medio de las cosas inanimadas,
Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, silencioso como ellas,
Encontrando que mi trabajo, pobreza, notoriedad, flaqueza, crímenes son menos importantes de lo que yo creía.
En el mar mexicano, o en Mannahatta o en el Tennessee, o lejos, en el norte o tierra dentro,
Ribereño u hombre de los bosques, o de cualquiera forma de vida campesina en estos Estados, o en la  costa, o en los lagos, o en el Canadá,
Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero ser firme ante las contingencias,
Quiero arrostrar la noche, las tempestades, el hambre, lo ridículo, los accidentes, las humillaciones, como los árboles, como los animales.

Sabiduría

 
Cuando miro hacia allá, veo que los resultados y las glorias retroceden y se apiñan, siempre constreñidos,
Allá las horas, meses, años - allá los oficios, pactos, establecimientos, aun los más pequeños,
Allá la vida cotidiana, el lenguaje, utensilios, política, personas, propiedades,
Allá también nosotros, yo con mis hojas y mis cantos, confiado, maravillado.
Como un padre que va a ver a su padre, llevo conmigo a mis hijos.
[...]

No me cerréis vuestras puertas

 No me cerréis vuestras puertas, altivas bibliotecas,
Pues os traigo lo que faltaba en vuestros repletos estantes, siéndoos tan necesario;
He salido de la guerra y he compuesto un libro,
Las palabras de mi libro no son nada, su intención lo es todo,
Un libro aislado, separado de los demás, sin relación con el intelecto,
Pero cuyas páginas os conmoverán con los significados que hay en ellas latentes.

Poetas futuros

 ¡Poetas futuros, oradores, cantores, músicos futuros!
No me justificará este día ni responderá por mí,
Pero vosotros, de una generación nueva, pura, atlética, continental, más grande que todas las generaciones conocidas,
¡Despertad, pues tenéis que justificarme!

Yo no hago otra cosa que escribir dos o tres palabras indicativas para el porvenir;
No hago otra cosa que avanzar un instante, y luego me vuelvo apresuradamente a las tinieblas.
 
Soy un hombre que, vagando a la ventura y sin detenerse, os dirige una mirada casual y vuelve el rostro,
Dejando que vosotros lo analicéis y lo defináis,
Esperando de vosotros lo más importante.

A ti

 Desconocido, si al pasar junto a mí deseas hablarme, ¿por qué no has de hablarme?
¿Y por qué no he de hablarte?»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Mayol Pujol, 1981, en traducción de Francisco Alexander, pp. 83,91, 93-96. ISBN: 84-85836-00-6.]

domingo, 29 de marzo de 2026

Diario de una maestra.- Dolores Medio (1911-1996)

 
6 de junio de 1936

 «Irene Gal cierra el libro, suspende la lectura unos momentos y sonríe con tristeza.
 -(Bien... ¿no me ocurre a mí algo de esto? Intenté pasar el río, sólo pasar el río y...)
 Sí. Está claro. El Barquero que le puso los remos en la mano no le permite soltarlos todavía.
 Irene llegó a la aldea sólo de paso para su destino. Sala de espera... ¡Eso pensaba ella! Antes estaba su vida de estudiante, sin preocupaciones. Casi sin problemas. Sólo el de tener que ganarse unas pesetas dando lecciones, para sostenerse como estudiante. ¡Ah, sí!... También estaba el amor, entrando en su vida de una manera brusca, casi violenta, apoderándose por sorpresa de ella. Este amor era ya su pasado y será su futuro. Lo de ahora, su vida en el pueblo, es un pequeño Intermezzo. Después, otra vez las aulas universitarias, la vida alegre y despreocupada de los estudiantes y la mano fuerte del hombre, conduciéndola por la vida.
 Bien, pero el paréntesis que ella abrió voluntariamente, no acaba de cerrarse. Alguien ha puesto en sus manos una tarea de la que no sabe cómo deshacerse. Máximo Sáenz tiene razón para protestar. La necesita a su lado. Y está el interés de Irene: sus estudios.
 Pero Irene Gal tiene también sus razones para solicitar un nuevo plazo. Una de ellas se llama Timoteo. ¿Puede abandonarle ahora, ahora precisamente, cuando empieza a recoger el fruto de su esfuerzo para ganárselo?
 Ha empezado a alimentar un idilio suave, un idilio casi infantil entre el muchacho y Ana, una de sus alumnas, que trata de imitar en todo a Irene. Ni Ana ni Timoteo se han percatado de los planes arriesgados de la maestra. Son en sus manos dos títeres que ella va moviendo con precisión casi matemática, cuidando minuciosamente cada jugada, para no malograr la empresa. Es una experiencia audaz, pero va a intentarla. Timoteo necesita una razón para seguir el camino que ella le ha trazado y esa razón va a ser Ana. Si Irene entrega a Ana a Timoteo, o dicho más exactamente, si Irene pone a Timoteo en las manos de Ana es porque la conoce, porque sabe que puede confiar en ella.
 ¿Otra razón? Su plan. Tanteos, fracasos, incertidumbres, desaliento... Y, por fin, las cosas empiezan a marchar solas. Cierto que hay grandes lagunas, que hay que rectificar constantemente sobre la marcha... Pero algo muy importante se ha conseguido: la colaboración, la autodisciplina, la aportación voluntaria, el entusiasmo de los muchachos... Entonces, ¿qué importa la cantidad de conocimientos no adquiridos todavía?
 No está de acuerdo el pueblo con Irene, con los métodos seguidos por Irene. Los dos bandos la han incluido en la lista negra y acumulan cargos: los chicos juegan en la escuela en vez de estudiar. Los más pequeños "la tratan de tú" y se duermen en sus brazos, sin el menor respeto... Los chicos y la maestra se bañan en el río o en cualquier playa próxima, con menos ropa de la conveniente... La maestra y los chicos hacen títeres en la escuela y lo grave es que ellos mismos, los que critican, acuden a su teatro, pagan su entrada y se divierten con las comedias...Y a propósito: ¿adónde va a parar ese dinero?... ("¿Y qué me dice usted de los recitales? -a la señora Campa se le saltan las lágrimas de vergüenza-, La luna vino a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira... Bueno, lo grave es lo otro... La luna, ¿sabe usted?, enseña lúbrica y pura sus... sus senos, de duro estaño..." Claro está que los versos del "gitano" no inquietan a La Loba. Pero esto de que los muchachos trabajen la tierra en vez de estudiar, de que la señorita de la ciudad les obligue a trabajar para que no olviden que son los parias, que han de ser siempre los parias...)
 Máximo Sáenz piensa que Irene Gal es terca cuando defiende algo que cree justo. Máximo Sáenz conoce bien a Irene. Irene Gal empieza a enamorarse de su trabajo, empieza a agarrar con fuerza sus remos...
 ¡Ah! Existe también una tercera razón por la que Irene Gal ha aplazado su ingreso en la Universidad. Esta razón -tiene que confesárselo- es su falta de preparación para el examen. No ha abierto el texto de Filosofía, no ha abierto ningún libro del Preparatorio, absorbida íntegramente por su trabajo.
 Será ahora durante el verano cuando estudie, dirigida por Max, al lado de Max. Así es fácil la tarea. Otro verano a su lado. Como el anterior. Su compañera. Su amiga... Toda la vida llena de Max. Max piensa... Max opina...
 Es curioso lo que le ocurre a Irene. Cuando está sola y tiene que actuar, cobra energía y resuelve rápidamente. Cuando está con Máximo Sáenz -¿una jugada del subconsciente?- se le entrega de tal modo que hasta le da pereza pensar. La invade como una especie de laxitud, de dejarse ir... No le hace sólo una entrega material, sino intelectual. Como si le dijera: "piensa tú por mí". Le agrada abandonar su personalidad, sentirse niña, vivir y actuar como una criatura que se sabe querida y protegida. Hasta eso: "piensa tú por mí. Yo, un objeto tuyo..." ¿Una descarga moral del peso quizás excesivo para su juventud inexperta que reclama, en cada "evasión", sus derechos a ser aún conducida?
 Recordando a Máximo Sáenz, Irene Gal sonríe. A los muchachos no les extraña la sonrisa de Irene. Irene se ríe sola cuando recuerda algo que le agrada. Lo mismo que ellos.
 Pregunta, cuando vuelve a la realidad:
 -¿Dónde estábamos, muchachos?
 Y alguien dice:
 -Con los remos...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984, pp. 83-85. ISBN: 84-7530-661-6.]

domingo, 30 de noviembre de 2025

Antología lírica.- Salvador Espriu (1913-1985)

 Autopresentación

 «No me gusta mucho hablar de mí ni de mis obras, sobre todo de mis poemas. Por otra parte, no sé qué es la Poesía, a no ser un poco de ayuda para vivir rectamente y, tal vez, para bien morir.
 Casi en la raya de los cuarenta años, no puedo llenar ninguna ficha biográfica que tenga el menor interés. Fui amigo de Bartomeu Rosselló, siento una fiel admiración por Ruyra y me place conversar de vez en cuando con uno o dos conocidos. Fui a la Universidad, trabajo para mantenerme y aspiro, sin esperanza, al ocio. Todavía no he tenido tiempo de casarme ni el optimista coraje o la abnegada desesperación para hacerlo. Creo que con la lectura del Predicador, las Cartas a Lucilio, la Divina Comedia, el Príncipe, el Discurso del Método, el Quijote, el Discreto y alguna novela policíaca, se tiene bastante para pasar, sin gritos existencialistas ni otras inadecuadas expresiones, esta triste vida. Detesto los premios literarios, la avaricia y la suciedad, las felicitaciones de Navidad y de onomástica (las cuales agradezco, desde aquí, de una vez para siempre, a la vez que pido a mis amigos que hagan el favor de no recordarme nunca más en esos días), los homenajes, el viento, el desorden y el ruido, salir de noche, comer fuera de casa, eso que llaman "vida de relación", los conciertos, las confidencias, aconsejar, las obscenas expansiones de la vanidad. Mientras me dejen tranquilo, estoy dispuesto en todo momento a creer, de muy buena fe, que tú e incluso usted, no importa quién, son los mejores escritores del mundo. Sedentario, me gustaría viajar de tarde en tarde, con una comodidad incompatible con la modestia de mi pecunio, por lo que determino no moverme casi nunca. Quisiera vivir en el campo, con cuatro árboles y un pedazo de jardín, o por lo menos en una ciudad más limpia que Barcelona, donde la gente no se rebañara tan generosamente el pecho y otras peores y más repugnantes interioridades. Quisiera también ver los cuadros de Vermeer de Delft, poner unas cuantas figurillas de nacimiento de Ramón Amadeu y no tener que escribir ni una línea más.
 Pienso finalmente que la Humanidad está abocada a un próximo y definitivo cataclismo, pero visto que el pequeño acontecimiento es tan indefectible como estúpido, pediría, si me atreviese, que los papeles no nos lo recordasen a cada momento con tantos aspavientos.
                                                                                                                        Barcelona, 14-II-1952.     


Una cerrada felicidad es justamente de mi mundo [de El caminante y el muro]

Tras esta puerta vivo, / mas no sé
si puedo llamarlo vida.

Cuando al anochecer vuelvo / de mi diario odio contra el pan
(¿no sabes que tengo la inmensa / suerte de venderme
a pedazos por una pulcra moneda / que llega a valer ya
muchos menos que nada?), / dejo fuera un viejo abrigo, la esperanza,
y me hundo por el camino de los ojos, / por el vacío espanto donde siento,
más allá, a mi Dios, / siempre más allá, más allá de falsos
profetas y de extrañas culpas / y del viejo necio enfermado por versos
disciplinados como éstos de ahora, con manchas / de oscuras marcas que el aliento de los críticos
un día aclarará para mi vergüenza.

Sí, puedes encontrarme, si eres capaz, / tras la nada glacial de esta
puerta, aquí, donde vivo y siento / la añoranza y el grito de Dios y soy,
con los pájaros nocturnos de mi soledad, / un hombre sin sueños en mi soledad.


XXX [de La piel de toro]

Diversos son los hombres y diversas las hablas / y han convenido muchos nombres a un solo amor.

La vieja y frágil plata se convierte en tarde / detenida en la claridad sobre los campos.
La tierra, con trampas de mil finos oídos, / ha cautivado a los pájaros de las canciones del aire.

Sí, comprende y haz tuya, también, / desde los olivos,
la alta y sencilla verdad de la prisionera voz del viento: / "Diversas son las   
                                                                      hablas y diversos los hombres,
y convendrán muchos nombres a un solo amor".


XLIX [de La piel de toro]

Deja que la grasa de los eunucos se agite con estériles risas
y detenlas cuando te cansen, con el puño cerrado.
Pues tú eres hombre, vieja medida de todas las cosas,
y buscarás en vano una más alta dignidad
en el mundo que miran y comprenden los ojos.
¿Qué puede desesperarte, qué mal no soportarás,
si aceptas el tiempo y la muerte y el honor de servir
los nobles mandamientos de la eterna ley?
Desdeñoso de halagos, de premios y ganancias,
trabaja con esfuerzo para que Sepharad sea 
siempre altivo señor, nunca esclavo que tiembla.
Y cuando llegues ante la puerta de tu noche,
al terminar el camino sin posible retorno,
sepas decir tan sólo: "Gracias por haber vivido"»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1978, en edición de José Batlló, pp. 57-58, 197, 253-254 y 259. ISBN: 84-376-0090-1.]

domingo, 27 de abril de 2025

Nieve de primavera.- José Luis Trisán (1949)

     

III.- La memoria  

«Inventaste la muerte con tu ausencia,
y le diste tu nombre, el de María,
y le fuiste añadiendo, cada día, 
espesor, plenitud y consistencia.

Toda te desviviste en la querencia
de dar vida a la muerte. La nutría
tu derramado ser. Te devolvía
la criatura una bruma que silencia.

La muerte es ahora tú, y tú eres ella.
No puedo hablar contigo. Me responde
con tu voz otro ser. Tras de su huella

sigo un camino oscuro y desolado
que conduce al silencio en que se esconde
la respuesta a un oído a ti sellado.


***
 
Se te rinde la muerte, convencida
de que debe tenerte por modelo.
Los gestos, el hablar, la ropa, el pelo
te usurpa en juventud recién nacida.

Nocturna es la parodia de la vida,
nocturna vives otra en el subsuelo
donde falsa es la luna y falso el cielo,
y tú -la realidad- estás dormida.

Sólo la juventud imitadora,
temiendo que el modelo se despierte,
lo nubla en negación, porque lo adora.

Te impone lo imposible de un espejo
fundar la adolescencia de la muerte;
pero nunca has de verte en el reflejo.
[...]

IV.-Tus vacíos

Todo lo que supiste has olvidado.
No sabes ni quién eres ni quién fuiste.
Careces de motivos de estar triste.
Careces aun de ti. Te has refugiado

en donde no más tú, desdibujado
rectángulo de niebla que no existe.
Ni siquiera descansas: te aboliste.
Sólo descansa un yo si está habitado.

Despojos de memoria te sustento,
facciones, ademanes, forma, acento,
aunque ni en mi retrato puedas verte.

Soy tu fantasma, el yo soy que te puebla
de tristeza la mínima tiniebla.
Es tuya esa tristeza. Soy tu muerte.

***
 
Te fuiste de la vida tan temprano
que el tiempo no admitió la despedida
y ocupó tu lugar, vivió tu vida,
prolongó primavera y fue verano.

 Cosechas dio de ti, pero qué en vano,
la ficción natural inadvertida;
madurez te aportó, fruta venida
con grávida dulzura hasta la mano.

Y luego, la vejez. El tiempo duda,
tras su sombra camina vacilante,
mientras que sin saberlo se desnuda.

Morías, otra vez, en cada hoja
desprendida de ti, de tu imitante,
que no tiene una mano que lo acoja.
[...]

***

 El lápiz de carmín que, inacabado,
matizarte los labios aún espera,
no sabe que te has ido, que estás fuera,
que no puedes usarlo al otro lado.

Inútil vocación de enamorado
espesamente en sueños exagera
su deslizársete, de tal manera,
que pareces pintada demasiado.

Ausente de tus labios, fuiste a un viaje
sin retorno posible, a lejanía
en donde no se usa maquillaje.

Se acabará el carmín, formas extintas
pintando, pues las sueña, en demasía,
e ignorando que tú ya no te pintas.»


 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones La Palma, 1993, pp. 42-43, 58-59 y 63. ISBN: 84-87417-34-5.]

domingo, 30 de marzo de 2025

Resumen del futuro.- Luis Luchi [o Luis Yanischevsky] (1921-2000)

 

Lucha contra los dioses

 «En un tiempo convivieron con nosotros,
nos afinaron la puntería,
nos regalaron sabrosos misterios.
Les pedimos reflejarlos a nuestra imagen,
los hicimos de madera,
de madera dejábamos de ser;
piedra dura o blanda,
nuestra oscilación.
Nunca faltó un muerto
para tenernos sumisos y alertas.
Se fueron como estaba convenido
y los ubicamos en el trono de los sueños,
quebrando el dolor, el vago enfrentamiento,
para despertar en las pesadillas con trueno,
si despertábamos, si estábamos vivos.
[...]


Cabañas

 Estoy decidido para siempre:
es un claro de árboles inmensos,
donde un único rayo de sol
atraviese un agujero de hoja,
sacrificada al proceso de una oruga.
Primero haré la ventana;
pondré cerrojos en todas las aberturas;
me llevaré un grabador de ruidos
para oír la misa de la selva.
Tendré una jaula con un pajarito adentro,
un herbario,
colección de flores secas.
Estrilará un despertador todas las mañanas,
recordándome empezar el día;
y no tener más que mirar el techo,
aunque me ofrezcan de guardabosques.
[...]

La puta madre
(para Gustavo) 

 Profesores, alumnos, colegiales,
les debo mi primer fracaso
en el intento de conocer el mundo.
Por eso sigo buscando.
Seguiré buscando donde esté.
Quizá nunca lo encontraré
y si buscar es una tarea
en el camino me detendré.
Pulpero, ¿por casualidad no pasó un hombre
que venía de curuzucuatiá?
¡¡Pum!!

Gustavo cuchillero hábil en eso de pelar cañas de azúcar
en Tucumán trabajaba en la zafra de algodón del Chaco.
Todo es cerca y el cielo no tiene dueños.
La mamá en su vivienda hablaba un dialecto casi guaraní.
Era alegre y salió segundo en un concurso de chamamé.
[...]

Recuerdos olvidados por fracaso

Borrado de la memoria porque te esperé
y pasaba cualquiera,
tu recuerdo empezó a diluirse
para que yo pudiera
empezar la posibilidad de olvidar
en un cajoncito donde guardo los fracasos
y pienso pedirle al verdulero uno más,
cuando se acaben los melocotones.
                     en una casilla de baño
donde se cambia la ropa de trabajo
dejaré a propósito un pañuelo donde lloré
una careta al volver del corso
y el día siguiente era hábil.
El lápiz rojo lo robé para que no te pintes,
un acto de contrición en defensa de mi amor,
donde los otros amadores estaban negados
a descubrirte, y así sufrir de amor,
como había sufrido yo,
antes de llegar a la insensibilidad
y dejar pasar con saludos
las ramas del río arrasadas en lluvias inundaciones
deshielos, lágrimas a canaletas tapadas.
Diques deteniendo coágulos de las venas
y no dejes circular
aunque le cueste pasar por alto
el centro de la memoria.

Mi crédito

Dame tu cariñito,
un besito.
Un fueguito de amor,
un bollito quemado.
Poné tu fósforo
lucesita con respaldo
de sombra en contraluz
sobre la nada,
que es muy obscura.
Acercarme música a mí
de pronto y temprano
esperando amanecer.
Dame una explicación de sorpresa
cariñito,
porque no existís,
ni es posible que existas.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Escorxador, 1984, pp. 8, 10, 12, 36 y 44. ISBN: 84-398-1251-5.]

domingo, 2 de febrero de 2025

Mundo a solas.- Vicente Aleixandre (1898-1984)

 

II
El fuego final

«Pero tú ven aquí, óyeme y calla.
Eres pequeña como un jazmín menudo.
El mundo se abrasa, ¿no sientes cómo cruje?
Pero tú eres mínima. Apenas abultas más que un corazón dormido.
Tu pelo rubio quiere todavía ondear en el viento.
Quiere en el aire o plomo ser imagen de brisas,
ignorando las llamas que crepitan ya próximas.

Amor, amor, el mundo va a acabarse.
Eres hermosa como la esperanza de vivir todavía.
Como la certidumbre de quererte un día y otro día.
Tierna, como ese dulce abandono de las noches de junio,
cuando un verano empieza seguro de sus cielos.

Niña pequeña o dulce que eres amor o vida,
promesa cuando el fuego se acerca,
promesa de vivir, de vivir en los mayos,
sin que las llamas que van quemando el mundo
te reduzcan a nada, oh mínima entre lumbres.

Vas a morir quizá como muere la luz, 
esa débil candela que las llamas asumen.
Vas a morir como alas no de pájaro,
sino de débil luz que unos dedos sujetan.

Bajo los besos últimos otra luz se despide.
No te pido el amor, ni tu vida te pido.
Me quedo aquí contigo. Somos la luz unida,
esa espalda en la sombra que inmóvil va a abrasarse,
va a derretirse unida cuando las llamas lleguen.
[...]

III
Nadie

  Pero yo sé que pueden confundirse
un pecho y una música, un corazón o un árbol en invierno.
Sé que el dulce ruido de la tierra crujiente,
el inoíble aullido de la noche,
lame los pies como la lengua seca
y dibuja un pesar sobre la piel dichosa.

¿Quién marcha? ¿Quién camina?

Atravesando ríos como panteras dormidas en la sombra;
atravesando follajes, hojas, céspedes, vestidos,
divisando barcas perezosas o besos,
o limos o crujientes estrellas;
divisando peces estupefactos entre dos brillos últimos,
calamidades con forma de tristeza sellada,
labios mudos, extremos, veleidades de la sangre,
corazones marchitos como mujeres sucias,
como laberintos donde nadie encuentra su postrer ilusión,
su soledad sin aire,
su volada palabra;
 
atravesando los bosques, las ciudades, las penas,
la desesperación de tropezar siempre en el mar,
de beber de esa lágrima, de esa tremenda lágrima
en que un pie se humedece, pero nunca acaricia;

rompiendo con la frente los ramajes nervudos,
la prohibición de seguir en nombre de la ley,
los torrentes de risa, de dientes o de ramos de cieno,
de palabras machacadas por unas muelas rotas;

limando con el cuerpo el límite del aire,
sintiendo sobre la carne las ramas tropicales,
los abrazos, las yedras, los millones de labios,
esas ventosas últimas que hace el mundo besando,

un hombre brilla o rueda, un hombre yace o se yergue,
un hombre siente su pesada cabeza como azul enturbiado,
sus lágrimas ausentes como fuego rutilante,
y contempla los cielos como su mismo rostro,
como su sola altura que una palabra rechaza:
Nadie.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Javalambre, 1970. Depósito legal: Z-169-70.]

domingo, 29 de diciembre de 2024

Los sonetos del Cancionero.- Francesco Petrarca (1304-1374)

2ª parte (Ciclo: Tras la muerte de madonna Laura)
269

 «Cayeron la alta columna y el laurel verde
que sombra daban a mi fatigado pensamiento;
perdí lo que encontrar ya nunca espero
de norte a sur, o del mar índico al moro.
 Quitado me has, Muerte, el doble tesoro
que daban alegría y orgullo a mi vida;
ni compensarlo pueden tierra o imperio,
gema oriental ni la fuerza del oro.
 Pero, si lo consiente así el destino,
¿qué puedo sino tener el alma triste,
siempre húmedos los ojos y bajo el rostro?
 ¡Oh, vida nuestra, tan bella en apariencia!
¡Qué fácilmente pierdes en una mañana
lo que en muchos años penosamente se conquista!
[...]

272

 Huye la vida y no se detiene una hora, 
detrás viene la muerte a grandes pasos,
y las cosas presentes y pasadas
me dan guerra, e incluso las futuras;
 y el recordar y el aguardar me angustian
por igual, tanto que, a decir verdad,
si no tuviera de mí mismo piedad
estaría ya de estos pensamientos fuera.
 Evoco si alguna dulzura tuvo
el triste corazón; y por el otro lado
preveo a mi navegar turbados vientos;
 veo tormenta en el puerto, ya cansado
mi piloto, rotos mástil y jarcias,
y las bellas luces que miré, apagadas.

273

 ¿Qué haces? ¿Qué piensas? ¿Qué miras aún atrás
hacia el tiempo que ya volver no puede?
Alma desconsolada, ¿por qué vas
echando leña al fuego en que tú ardes?
 Las suaves voces y las dulces palabras
que, una por una, has descrito y pintado,
marcháronse del mundo; y, bien lo sabes,
es aquí inútil buscarlas, y tarde.
 ¡Oh! No renueves lo que nos da muerte;
no sigas un pensar vago, falaz,
mas firme y cierto, que a buen fin nos lleve.
 Busquemos el cielo, si aquí nada nos place;
que para nuestro mal aquella beldad vimos,
si viva y muerta había de quitarnos la paz.

274
 
 Dadme paz, oh mis duros pensamientos:
¿no es bastante que Amor, Fortuna y Muerte
me combatan en torno, y a las puertas,
para adentro encontrarme otros guerreros?
 Y tú, mi corazón, ¿aún eres cual eras?
Sólo a mí desleal, que espías feroces
vas agrupando, y te has vuelto aliado
de mis prestos y ligeros enemigos.
 En ti sus mensajes secretos el Amor,
en ti Fortuna abre toda su pompa,
y Muerte la memoria de esa herida
 que conviene destroce lo que de mí queda;
en ti los bellos pensamientos se arman de error:
por ello de mis males sólo a ti te culpo.
[...]

277

 Si Amor nuevo consejo no nos trae,
por fuerza convendrá perder la vida:
tanto miedo y dolor sufre el alma triste,
que el deseo vive y la esperanza ha muerto;
 por lo cual se desconcierta y desalienta
mi vida en todo, y noche y día llora,
cansada, sin gobierno en mar tormentoso,
y en vía dudosa sin guía de confianza.
 Imaginaria guía la conduce,
que la verdadera está bajo tierra, mejor dicho en el cielo,
desde donde más que nunca clara en el corazón reluce;
 mas no en los ojos, que un doliente velo
les contiene la deseada luz,
y a mí tan pronto me encanece el pelo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Bosch, casa editorial, 1981, en traducción de Atilio Pentimalli, pp. 523-537. ISBN: 84-7162-850-3.] 

domingo, 3 de noviembre de 2024

Cinco vidas.- Francisco Javier Martínez Cisneros (1963)

 

 De A la sombra de los menhires (1995)

IV
«Acostado a la sombra de los menhires
Persiguiendo el curso del sol
Escuchaba el coro de los albatros

Mi alma era un ramal de siglos extasiados
Mi alma era un castillo transparente
Mi alma era reciente como una mirada

Cuando resplandeció de pronto
El perfil de un navío
Maniobró
Y supe que era el mío

Y supe que era el barco
Cuando una de las aves echó a volar
Y convirtiose en un ángel dorado

VI

Porque la orilla un día termina de repente
Y las aves escapan hacia otras latitudes
Cómplices a través de la niebla

Sobre la tierra
Quedan las huellas y las plumas
Y fragmentado el viento
Marañas de desdeñosas hojas se suicidan

Allí permanece un hombre apagado
Su sombrero gris es negro
Ayer murió su mano

Y más sonoro es su nombre
Que la melancolía

XI

Deja en la puerta besos y caricias
Y entra como la luz sin ser sentida
Y acércate con esa juventud
Que sólo de tu cuerpo bebería

Pósate imperceptible sobre todas
Las cosas de mi vida y hazte tan
Necesaria que nunca te confunda
Ni en el amor ni en el llanto ni en la risa

Y rómpete en montones de secretos
Como un inmenso y desunido océano
Donde extraviar gaviotas y sirenas

Y aléjame por último las sombras
Que levantan los juicios de los hombres
Llenando de dolor los corazones


XV

 ¿Quién derramará sobre mí
Unas gotas de bálsamo?

Si llegara la muerte
Sería como el olvido vagando equivocado
Ojos de par en par abiertos

Y mis dudas
Mis indecisiones
Mis opacidades
Oh Dios si estás allá arriba
Cuando llegue la sombra
Con las alas del martín pescador
Y el aroma otoñal de las rosas
Conviértelo todo en copas
O nubes
O ríos de frescura

Algún día construirá el clamor
Un mundo de silencio

Y el mejor tiempo habrá sido»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Tusitala, colección Erato, 2018, pp. 61, 64, 70 y 75. Depósito legal: Z-853-2018.]

domingo, 21 de enero de 2024

Poesías completas.- Arthur Rimbaud (1854-1891)


Arthur Rimbaud
1.-Versos escolares

A.-Poemas en latín
1.-El sueño del escolar

 «Era la primavera, y Orbilio languidecía en Roma, enfermo, inmóvil:
entonces, las armas de un profesor sin compasión iniciaron una tregua:
los golpes ya no sonaban en mis oídos
y la tralla ya no cruzaba mis miembros con permanente dolor.
Aproveché la ocasión: olvidando, me fui a las campiñas alegres.
Lejos de los estudios y de las preocupaciones, una apacible alegría hizo renacer mi fatigada mente.
Con el pecho hinchado por un desconocido y delicioso contento,
olvidé las lecciones tediosas y los discursos tristes del maestro;
disfrutaba al mirar los campos a lo lejos y los alegres milagros de la tierra primaveral.
Cuando era niño, sólo buscaba los paseos ociosos por el campo:
sentimientos más amplios cabían ahora en mi pequeño pecho;
no sé qué espíritu divino le daba alas a mis sentidos exaltados;
mudos de admiración, mis ojos contemplaban el espectáculo;
en mi pecho nacía el amor por los cálidos campos:
como antaño el anillo de hierro que al amante de Magnesia atrae, con una fuerza secreta, atándolo sin ruido gracias a invisibles ganchos.

 Mientras, con los miembros rotos por mis largos vagabundeos,
me recostaba en las verdes orillas de un río,
adormecido por su suave susurro, llevado por mi pereza y acunado por el concierto de los pájaros y el hálito del aura,
por el valle aéreo llegaron unas palomas,
blanca bandada que traía en sus picos guirnaldas de flores cogidas por Venus,
bien perfumadas, en los huertos de Chipre.
Su enjambre, al volar despacioso, llegó al césped donde yo descansaba, tendido,
y batiendo sus alas a mi alrededor, me rodearon la cabeza, liándome las manos, con una corona de follaje
y, tras coronar mis sienes con ramos de mirto aromado, me alzaron, por los aires, cual levísimo fardo…
Su bandada me llevó por las altas nubes, adormecido bajo una fronda de rosas;
el viento acariciaba con su aliento mi lecho acunado suavemente.
Y en cuanto las palomas llegaron a su morada natal, al pie de una alta montaña,
y se alzaron con un vuelo rápido hasta sus nichos suspendidos,
me dejaron allí, despierto ya, abandonándome.
¡Oh dulce nido de pájaros!…
Una luz restallante de blancura, en tomo a mis hombros, me viste todo el cuerpo con sus rayos purísimos:
luz en nada parecida a la penumbrosa luz que, mezclada con sombras, oscurece nuestras miradas.
Su origen celeste nada tiene en común con la luz de la tierra.
Y una divinidad me sopla en el pecho un algo celeste y desconocido, que corre por mí como un río.

 Y las palomas volvieron trayendo en su pico una corona de laurel trenzada
semejante a la de Apolo cuando pulsa con los dedos las cuerdas;
y cuando con ella me ciñeron la frente,
el cielo se abrió y, ante mis ojos atónitos, volando sobre una nube áurea,
el mismo Febo apareció, ofreciéndome con su mano el plectro armonioso,
y escribió sobre mi cabeza con llama celeste estas palabras:
“SERAS POETA”…
Al oírlo, por mis miembros resbala un calor extraordinario, del mismo modo que, en su puro y luciente cristal, el sol enardece con sus rayos la límpida fuente.
Entonces, también las palomas abandonan su forma anterior:
el coro de las Musas aparece, y suenan suaves melodías;
me levantan con sus blandos brazos,
proclamando por tres veces el presagio y ciñéndome tres veces de laureles.
 
(6 de noviembre de 1868)
RIMBAUD ARTHUR
Nacido en Charleville, el 20 de octubre de 1854
Libre externo del colegio de Charleville […]


II.-Poesías de 1869-1871
23.-Mi bohemia

 Me iba, con los puños en mis bolsillos rotos…
Mi chaleco también se volvía ideal,
andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!
¡Cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

Mi único pantalón era un enorme siete.
—Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso
rimas. Y mi posada era la Osa Mayor.
—Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

Y yo las escuchaba, al borde del camino
cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo
el rocío en mi frente, como un vino de vida.

Y rimando, perdido, por las sombras fantásticas,
tensaba los cordones, como si fueran liras,
de mis zapatos rotos, junto a mi corazón. 
[…]

27.-Oración del atardecer

Poesías completas - Ediciones Cátedra Como un ángel sentado en manos de un barbero,
vivo, alzando la jarra de profundos gallones,
combados hipogastrio y cuello, con mi pipa,
bajo un henchido viento de leves veladuras.

Como excrementos cálidos de viejos palomares
mil Sueños me producen suaves quemazones
y mi corazón, triste, se parece a la albura
que ensangrientan los oros ocres que el árbol llora.

Después, tras engullirme mis Sueños con cuidado,
me vuelvo y, tras beberme treinta o cuarenta jarras,
me concentro, soltando mis premuras acérrimas:

manso como el Señor del cedro y del hisopo
meo hacia el pardo cielo, alto, alto, tan lejos…
con el consentimiento de los heliotropos. 
[…]

32.-Los pobres en la Iglesia

 Aparcados en bancos de roble, en los rincones / de la iglesia que entibia su aliento, con los ojos
clavados en el coro dorado, mientras brama / la escolanía cánticos piadosos por sus fauces,

aspirando la cera como un olor de hogaza, / dichosos, humillados, cual perros que apalean,
los pobres del Buen Dios, el patrón y el señor, / ofrecen sus Oremus, irrisorios y obtusos.

¡Está bien ofrecerle bancos lisos a la hembra / después de los seis días en que Dios la maltrata!
Pues acuna, revuelto en extrañas pellizas, / algo parejo a un niño que llora sin cesar.

Con las tetas mugrientas al aire, estas sopistas, / con la oración prendida en ojos que no rezan,
miran a las golfillas de triste pavoneo, / busconas bajo el ala del sombrero deforme.

Fuera, el frío y el hambre y el hombre con su juerga: / ¡pues, vale! una hora más; después males a miles.
—Mientras, en torno a ellas, gime, ganguea, charla / un grupito de viejas con enormes papadas.

Y están los epilépticos y esos despavoridos / que todo el mundo huye en las encrucijadas;
y husmeando gozosos en los viejos misales / esos ciegos que un perro introduce en los patios.

Babeando una fe pordiosera y estúpida, / todos dicen su queja infinita a Jesús
que sueña en lo alto, lívido, por la luz amarilla, / lejos de flacos malos y de malos panzudos,

del olor de la carne y las telas mohosas: / farsa humilde y sombría de gestos asquerosos.
—Y la oración florece con frases escogidas, / y el misticismo adopta matices apremiantes,

cuando en la nave el sol muere, y pliegues de seda / sosos y verdes risas, las damas de los barrios
distinguidos, —¡Jesús!— las enfermas de hígado, / dan a besar sus dedos, en el agua bendita. 
[…]

42.- Vocales
 
 A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales
algún día diré vuestro nacer latente:
negro corsé velludo de moscas deslumbrantes,
A, al zumbar en torno a atroces pestilencias,

calas de umbría; E, candor de pabellones
y naves, hielo altivo, reyes blancos, umbelas
que tiemblan. I, escupida sangre, risa de ira
en labio bello, en labio ebrio de penitencia;

U, ciclos, vibraciones divinas, verdes mares,
paz de pastos sembrados de animales, de surcos
que la alquimia ha grabado en las frentes que estudian.

O, Clarín sobrehumano preñado de estridencias
extrañas y silencios que cruzan Mundos y Ángeles:
O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos.»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2005, en traducción de Javier del Prado, pp. 9, 68, 73, 84 y 110. ISBN: 978-84-3761-465-5.]