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domingo, 9 de marzo de 2025

Epistolario.- Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658)

 

Epístola XX
A un melancólico porque perdió un pleito. Danse dos medios: uno filosófico, otro cristiano, para llevar bien las adversidades

 «No quisiera consolar a v. md. sólo para esta vez, sino para otras muchas, y el consuelo le parecerá extraño, porque es que se persuada que han de suceder muchas veces disgustos semejantes. No hago esto para darle malas nuevas de alguna mala fortuna, sino para acordarle la condición de nuestra naturaleza y estilo de las cosas humanas, donde tan ordinario es suceder adversas. Y así no tenga por consejo peregrino que no le parezca cosa peregrina ver sinrazones, desgracias, pérdidas y otras cosas penosas. No se extrañe de nada desto, ni le parezca nuevo cuando aconteciere verlo. Epicteto y Antonino, filósofos, dieron este consejo para alivio de los trabajos y adversidades: que no se nos hicieran de nuevo. El cual no es de poco peso, pues antes dellos le dio San Pedro en su primera epístola, donde da dos remedios para consuelo de nuestras penalidades, uno natural y otro sobrenatural, y el natural es el que acabamos de decir, y así nos aconseja que no queramos extrañarnos ni tener por cosa peregrina cuando sucede una contrariedad (que es para prueba nuestra), como si nos aconteciera algo de nuevo. No sé, por cierto, por qué nos hemos de espantar que en este valle de lágrimas haya cosas adversas; antes fuera maravilla no encontrar con ellas. Milicia es la vida del hombre, y no guerra comoquiera, sino batalla rompida; ¿qué mucho es se reciban heridas y golpes? No es de maravillar si del furor de una batalla sale un soldado herido: el espanto había de ser si saliera sin haber recibido golpe alguno. El agonista que saliese de los espectáculos romanos sin lesión, fuera como prodigio. San Crisóstomo dice: "Todas las cosas presentes son lucha, certamen, guerra, estadio; otro es el tiempo de quietud, mas el presente diputado está para calamidades y sudores". Ninguno, cuando se desnuda para el certamen y desafío, busca quietud; no hay que espantarnos de recibir algún golpe adverso, cuando estamos dispuestos a recibir muchos. Por eso dijo Salviano: "¿Qué maravilla es si sufrimos los males, pues estamos conducidos, como en milicia, para tolerarlos todos?" En el libro de Job se dice que el hombre nació para el trabajo y el ave para volar. ¿Qué maravilla que el águila encuentre el aire en que extender sus plumas, y el pez el agua en que nadar? No es tampoco maravilla que encuentre el hombre trabajos en que merecer. No tiene v. md. que quejarse porque le haya sucedido uno, y no muy grande. Perdió un pleito, mas no perdió la honra, no perdió la salud, ni tampoco perdió la hacienda; sólo no la ganó mayor. Su trabajo no es que le hayan desposeído de lo que tenía, sino que no desposeen a otro. No es grande su desgracia, sino la pesadumbre que toma, y desto nadie tiene la culpa.
 El otro remedio que da San Pedro es más eficaz pues llega no sólo a consolar sino a alegrar. Esta diferencia hay entre los consuelos naturales y los sobrenaturales: que aquéllos sólo dan alivio, mas éstos pueden dar también gozo; y así debíamos ayudarnos dellos, acudiendo a buscar las razones sobrenaturales que hay para no afligirnos en los trabajos. Es, pues, el consuelo sobrenatural que enseña San Pedro, que nos gocemos en los trabajos, comunicando en los de las pasiones de Cristo. La iglesia llama en el Canon bienaventurada a la pasión del Hijo de Dios, y quien participa en alguna adversidad de ella no se debe tener por mal aventurado, sino por dichoso, pues se conforma con la imagen del Hijo de Dios y se infiere en Cristo, como hablan algunos doctores; lo cual es tan grande bien, que los que tienen luz de él se llenan de gozo viendo la honra que es padecer con Cristo y la gloria que por ello se merece. Junte pues, v. md. su suceso desgraciado con los dolores de Jesús. Perdió v. md. el  pleito; Cristo perdió la vida. Su desgracia es que no condenaron a su competidor; mas a Cristo condenaron a morir. No dio el juez nada a v. md., pero a Cristo le dejaron desnudo; quitáronle los vestidos y un poco de agua le negaron. Vergúenza es que sienta v. md. esa niñería a vista de tales agravios. Con todo eso, si la lleva en paciencia merecerá con ella, y ya que no ganó nada en la tierra, gane en el Cielo: dése más a sí mismo que le diera el juez. Dése a sí paciencia, y le valdrá más que si le dieran una provincia. ¿Cuántas veces ha condenado v. md. a Dios y sentenciado en favor del demonio? Tantas cuantas ha pecado. Mire lo que habrá sentido Dios las sentencias injustas que ha dado contra Él, por lo que siente v. md. una menos favorable que recibió. Tema sólo el tener mal pleito el día del juicio, y por que esto no sea así, lleve en paciencia perder un pleito de la tierra.
 Estos documentos de San Pedro no le han de servir a v. md. sólo para este caso de su pleito, que, para decirlo, es poco pleito y no llega a merecer nombre de trabajo, sino para los que fueren. Nuestro engaño es que buscamos la felicidad en esta vida, y no la podremos hallar verdadera, porque no es fruta de la tierra. Y tan necio es quien en este valle de lágrimas la busca segura y cabal, como quien buscara en los ajenjos el sabor de la miel y en un espino fruta sazonada. Engáñanse los que buscan la felicidad en esta vida, y dáñanse los que la estiman. Contra el engaño sirve el primer documento; contra el daño, el segundo. Cada uno piensa que ha de ver sinrazones, que le han de hacer agravios, que le han de suceder pérdidas. No se le hagan de nuevo, sino cuando acontecieren, diga: "Esto es lo que aguardaba: esta es la moneda que corre para comprar el Cielo; dicha es encontrarla". El santo Job se ayudó deste remedio para la paciencia que tuvo, porque no se le hicieron de nuevo trabajos tan extraordinarios como los que le sucedieron; y así él mismo confiesa de sí que le aconteció lo que sospechaba. 
 Débese también perder la estimación de la prosperidad humana, para que no se sientan sus pérdidas. Esto se hará considerando que quien padece como Cristo es más dichoso que si imperase en el mundo; y si el padecer con Cristo es tan gran dicha, ¿qué será reinar con Él en el Cielo? Lo cual se alcanza con su imitación y paciencia en los trabajos, a los cuales no hemos de mirar como males, sino como tan grandes bienes, que son semilla de la bienaventuranza verdadera y eterna.»

 [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Espasa-Calpe, 1957, en edición de Narciso Alonso Cortés, pp. 115-119. No consta ISBN ni número de depósito legal.]

domingo, 4 de febrero de 2024

Caracteres blancos.- Carlos Labbé (1977)


The PEN Ten: An Interview in Translation with Carlos Labbé - PEN ...
Quinto día de ayuno

Nueve fábulas automáticas
1

  «En una esquina, sobre una mesita de té, había un robot azul y gris de latón con luces blancas en los ojos, los hombros y los pies que se encendían en reacción a cualquier sonido. Del interior de su cuerpo, asimismo, emergía una voz nasal que contaba la historia de cómo un niño bávaro que amaba a sus padres construyó una serie de autómatas que los ayudaban en las tareas del campo, de cómo otro niño del pueblo que era maltratado se las ingenió para que su madrastra cayera en un pozo y culparan a los autómatas del accidente, de cómo la gente incendió la casa de los autómatas y también de cómo estos cobraron vida en medio del fuego para salvar a la familia de granjeros.
 La niña rogó a sus padres que le compraran aquel robot, pero el encargado de la tienda dijo que no era un juguete y que no estaba a la venta. Ella volvió triste al hogar, se durmió y olvidó el robot hasta que, treinta y cinco años más tarde, ciega de ira por no encontrar a su vástago para mandarlo en busca de agua, fue ella misma y encontró la muerte en el fondo del pozo.

2

 Cuando tenía cinco años Alfons Klinge oyó, desde el aparato de radio que siempre estaba encendido a esa hora en el salón, la noticia de que la bomba atómica había sido detonada en Hiroshima. Afirmó su vaso de leche tibia y fue corriendo a escuchar los pormenores en la voz de los oficiales norteamericanos que habían sido puestos a cargo de la radioemisora de Friburg. A la entrada del salón tropezó con uno de sus Volkswagen de juguete, el vaso se le resbaló de entre los dedos y la leche fue a dar sobre el aparato de radio, del cual salieron chispas primero, después una pequeña explosión, un cortocircuito, llamas en las cortinas y el incendio. Cuatro semanas atrás una tanqueta había arrollado a su padre, que intentaba impedir el paso de los aliados a su hacienda.
 A los cuarenta y ocho años, Alfons Klinge viajaba desde Washington a New Haven para recibir un doctorado honoris causa por el aporte a la fenomenología que había significado la publicación del último de los siete tomos de su Ponderación de Heidegger, Hüsserl y Gadanter, cuando sufrió una insuficiencia cardíaca. Se le practicó con éxito un trasplante en Boston, ocasión desde la cual no volvió a publicar una sola página, se negó a aparecer en público y se recluyó en un departamento de Detroit. Según los vecinos, un zumbido bajísimo era perceptible desde el interior de la morada del filósofo, tan grave que algunas madrugadas hacía retumbar los espejos y cristales. Murió de un accidente vascular mientras dormía, solo, rapado y desnudo, en un departamento vacío, sin cuadros en las paredes, sin libros ni televisión. No había un solo lápiz, pero sí una nota en el suelo que decía en alemán:
 “Desde los cinco años vengo soñando lo mismo. Quiero besar a Urna, pero el barco en el que viajamos está diseñado de manera tal que, cada vez que me dispongo a descender las escaleras hacia la piscina de vapor donde ella toma un baño, los escalones, el suelo, los muros, las vigas, las tablas y la cubierta comienzan a moverse, a inclinarse y levantarse, a cambiar de lugar, a hincharse, plegarse, disminuir, balancearse, crecer, cambiar de color, de forma, a abrirse y apretar, cerrar, ampliarse y cruzar para que yo quede en la misma posición en la que he realizado todo el viaje: arriba, en lo más alto del barco. Reflexiono que las transformaciones del barco son tan armónicas y funcionales que parecen formar parte de un ser vivo, de un organismo. Palpo con mis dedos el suelo y lo siento caliente, contemplo sus poros, los vellos de los muros, el sudor del palo mayor. Me doy cuenta de que estoy dentro de mi propio cuerpo”.

3

 Rabí Tanhum disponía firmemente cada noche el balde dentro de un cajón con ruedas fabricado de una madera liviana junto a la noria del agua. Ahora podía recitar temprano las oraciones de la Ghemará y realizar sus lavativas sin interrupciones, ya no tenía que interponer el frío y sus pasos en busca del balde de agua a las Palabras, puesto que a la salida del sol la noria hacía emerger el agua del pozo y la vaciaba, por medio de canaletas, en el balde que había dispuesto hasta que, rebosado, el peso empujaba el ligero cajón con ruedas suavemente por la pendiente que separaba la pequeña choza de rabí Tanhum y la noria del pueblo.
 Pronto la gente comenzó a murmurar contra rabí Tanhum porque en las leyes de Dios dispuestas sobre la Torah nada decía sobre someter y manipular los objetos inanimados como si fueran creaturas vivas al servicio del hombre. Unos lo urgían a destruir aquel carro, otros le pedían que les enseñase a fabricar uno para su propio beneficio. Desde lejos llegó el anciano rabí Eleazar Yehuda, se sentó en la mesa de rabí Tanhum y le hizo una sola pregunta:
 —Rabí, ¿trabaja o descansa en Sabbath el ingenio que has construido?
 Rabí Tanhum no supo qué contestar, pues en la víspera con frecuencia las ruedas de madera del cajón se desgastaban y, llegada la madrugada del Día Consagrado al Señor, el balde se llenaba como todos los días; el carro trabajaba, es decir recorría algunos pies, pero pronto las ruedas cedían, el cajón se volcaba y quedaba en tierra, a medio camino, descansando en Sabbath.

4

 Después del accidente, el abuelo dejó su casa en la caleta Portales a cambio de un dormitorio en Santiago, que estaba a razonable distancia de la institución que sacó adelante a su niño. Tras ocho meses de espera recibió una pierna de madera de pino, a la que por fortuna le siguió otra pierna, también de madera de pino y con una rudimentaria articulación de bronce en la rodilla, lo que no obstó para que intentara dar los primeros pasos por el dormitorio. Semanas más tarde llegaron dos brazos de pino radiata, livianos y dúctiles, y dos manos del mismo material aunque con nudillos, coyunturas y garras de fierro, que sin embargo de nada sirvieron hasta que el Ministerio de Salud Pública donó un torso fabricado con restos de maquinaria forestal y cuprífera, con motores cardíacos y nerviosos en pleno funcionamiento.
 Aquella tarde de verano, Guepedo —tal era el nombre del abuelo— llevó una silla al portal del pasaje en que vivía para contemplar la primera caminata de su Pinino. Recordó melancólicamente aquella noche en alta mar, cuando en plena pesca apareció de súbito una ballena que tragó su bote. Había perdido el conocimiento y con regocijo soñó que tenía un nieto. Despertó en el vientre de algo, un monstruo de mar, pero las ballenas no se acercaban tanto a la costa; era el prototipo de un submarino que estaba desarrollando el Presidente Ibáñez. A cambio de su silencio, el gobierno le concedería cualquier favor. Ahora veía los pasos desgarbados de polichinela que intentaba dar su Pinino, pasos cuyos hilos invariablemente manejaba la muerte, pues cada dos metros se desmoronaba el cuerpo sin cabeza sobre la acera. Acaso él mismo también estaba muerto, reflexionó, para luego continuar sus ensoñaciones: la próxima buena obra del hada convertiría a su nieto en un niño de carne y hueso que se haría adulto; adquiriría un nombre importante, extranjero, italiano quizás, mejor aun francés; podría seguir la carrera militar, acaso alguna vez alguien fuera a donar una cabeza para él. O muchas cabezas, miles.

5

Caracteres Blancos : Carlos Labbé : 9788492865321 El 25 de octubre de 1998, en la localidad suiza de Neuchátel, el ingeniero de sistemas Pierre Leschot aceptó por teléfono el encargo de digitar 20.700 cifras en una planilla de cálculo y se comprometió a enviar el archivo por correo electrónico, a más tardar en fecha de primero de noviembre. Era un genio, sin embargo llevaba dos meses buscando trabajo infructuosamente durante el día y bebiéndose sus ahorros en una taberna durante la noche, así que no le fue fácil estacionarse frente al computador. El primer día ingresó 300 cifras y al atardecer fue en busca de un aguardiente. El segundo día alcanzó a teclear 135 cifras antes de vaciar una botella de whisky. Los dos días siguientes se los pasó ebrio, de lupanar en lupanar.
 Sin embargo, Pierre Leschot era un genio. El día quinto gastó el dinero que le quedaba en hojalaterías y ferreterías, se encerró en la cochera de su casa y construyó un autómata que teclearía a velocidad extraordinaria las 20.265 cifras que restaban. Cargó el muñeco mecánico hasta la sala donde estaba instalado el computador, lo depositó en el suelo para enchufarlo a la corriente doméstica, se agachó y levantó la palanca de encendido. Un sistema de piñones dio luz a las pequeñas ampolletas que tenía por ojos, la pantalla de su boca esbozó una sonrisa. El autómata caminó, pero en lugar de sentarse frente al computador, para cuyo teclado habían sido diseñadas sus extremidades de cien dedos, se dirigió al piano. Comenzó a interpretar con maravillosa sensibilidad los Nocturnos de Chopin, ante la mirada atónita de Pierre Leschot, cuya furiosa voluntad de arreglar cuanto antes a su criatura se fue diluyendo en un sopor melódico que lo durmió profundamente sobre el sofá. Horas más tarde, la luz del atardecer brilló con crueldad en los afilados bordes de los cien dedos del autómata. Detuvo el concierto, cerró el piano, caminó y no se detuvo —ni siquiera cuando el cable del enchufe cedió y todo quedó a oscuras— hasta llegar al sofá.

6

 Una circular placa serrada metálica se fija sobre los pastos de las tierras de la familia Frinke. Desde atrás reluce voluminosa y viene otra idéntica circular placa serrada a posarse junto al otro pie. Dos extremidades anilladas púrpura de un material flexible se flectan, preparando el siguiente paso, que retumba en las inmediaciones. A lo lejos asemeja una loco—motora ámbar, pero a medida que avanza descuajando arbustos, segando florestas y derribando árboles, el precipitamiento de sus circunvalaciones transparentes muestra un líquido oxidado a través de laboriosos pistones, cuyo dorso ígneo permite contemplar horquillas, resortes y engranajes que se combinan en crujidos infernales para provocar el movimiento neumático de vigas aceradas y lingotes. Los brazos del descomunal autómata se alzan desafiantes y se detienen violentamente a unas cuantas pulgadas de las cabezas de los dos llorosos herederos, temblando en brazos de su asustada madre. Se enciende azul un fuego fatuo, frío en el pecho de la maquinaria antropoide dentro de un disco que inesperadamente se abre desde adentro chirriando, a manera de una compuerta. Del interior del armatoste emerge Günter von Frinke, llevando un casco sobre el que perdura aquella flama añil, voceando con una sonrisa y brazos abiertos:
 —¡Felices cumpleaños, hijos míos!
 Los pequeños Frinke pasan del pavor a la plenitud, brincan y juguetean a los pies del obsequio traído por su padre. Incluso Klaus, el menor, proyecta rayos iridiscentes en torno a sí mismo y golpea sus manecitas de azogue cuando el nuevo hermano balbucea su primera palabra.

7

 No debería provocar sorpresa que Stalin permitiera por largos dos años el trabajo del neuro-cirujano Dimitri Mikhailov Smikhaiev en su máquina medidora de almas, instalada en un hospital a las afueras de Moscú. El apoyo oficial a los experimentos del doctor Smikhaiev siembra dudas sobre el carácter verdaderamente materialista del temprano marxismo staliniano, en beneficio de una metafísica del mal, si consideramos el mal como daño. En efecto, el mecanismo de aquella máquina era bastante simple: registraba magnetofónicamente los episodios traumáticos que relataba el prisionero bajo hipnosis y luego los reproducía de manera continua en los altavoces que se ubicaban en el techo de la celda. La medida del alma de una persona era proporcional al tiempo que soportara en estado de cordura aquel horrible relato. Los resultados indicaron la impresionante fortaleza de espíritu de los rusos: sólo cinco presos enloquecieron de entre los cincuenta sometidos a la medición. Ante tales resultados la autoridad reunió un comité especial y acusó al doctor Smikhaiev de engañar al pueblo. Lo fusilaron mientras alguien clamaba, desde el fondo del patio, que eran unos desalmados.
 En los años noventa, durante un almuerzo con Bioy Casares, le comenté que llevaba cinco años entrampado en la escritura de una novela histórica. La historia tiene demasiadas puertas como para perderse, me respondió con una sonrisa. Efectivamente, mi manuscrito aún está guardado sin terminar en un cajón, pero la anécdota me hace recordar cuando en mi infancia le escuché decir a un tío que todo podría haber sido distinto si aquella vez en Concepción, el año 1749, la modesta máquina de guerra construida por el capitán Juan de Ordóñez hubiera aniquilado a sus enemigos mapuche dando, de paso, origen a una revolución industrial, en vez de crujir blandamente y romperse en pedazos para que salieran del interior dos enormes culebras marmóreas que devoraron a todos los integrantes del batallón antes de sumergirse en un volcán que comenzaba a hacer erupción, como realmente ocurrió.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Periférica, 2011, pp. 37-43. ISBN: 978-84-9286-532-1.]

domingo, 3 de abril de 2022

El botiquín filosófico.- Schwarz, Aljoscha A. (1961) y Schweppe, Ronald P. (1962)


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Segunda parte: El botiquín filosófico de la A a la Z

Desgracias: “Los pequeños accidentes”

 «La vida no resulta siempre fácil. Naturalmente, que hay momentos de éxito, instantes felices, logros y satisfacciones de todo tipo. Pero, junto a todo ello, también existen los accidentes, las desgracias, los fracasos y las insatisfacciones por múltiples causas. Puesto que, en muchas ocasiones, no está en nuestras manos cambiar el curso de las cosas, deberíamos plantearnos cómo afrontar esas posibles adversidades, de manera que evitemos perder completamente el equilibrio y nos, digámoslo así, “precipitemos en el abismo”.
 “Los pequeños accidentes que a todas horas nos molestan pueden considerarse meros ejercicios que sirven para mantenernos alerta a fin de que, con la dicha, no se relajen las fuerzas que luego nos servirán para soportar los grandes contratiempos”. (A. Schopenhauer, Aforismos sobre el arte de saber vivir, V, 51).
 Precisamente, respecto a los pequeños percances que tratan de importunarnos diariamente en forma de, por ejemplo, jarrón de porcelana que cae el suelo, automóvil que no arranca, ropa que pierde el color o encoge tras pasar por la lavadora, factura que llega puntualmente con nuestra cuenta en números rojos o inoportuna visita de algún amigo o familiar, las palabras de Schopenhauer pueden ser aquí de gran ayuda. Si consideramos las pequeñas desgracias y contratiempos de la vida como un ejercicio para desarrollar la serenidad y la resignación, estaremos mejor preparados para afrontar y protegernos de desgracias mayores.
 Como es sabido, la práctica hace al maestro; y, vistas así las cosas, el tener a veces que encajar algunos contratiempos y episodios incómodos no demasiado graves, no tiene por qué ser considerado únicamente como algo negativo. Nos puede servir para aprender de cada situación, para intentar cambiar nuestra perspectiva sobre las cosas, para conseguir mayor libertad y autocontrol ante las aparentes arbitrariedades de las circunstancias exteriores, hasta llegar a convertirnos en “maestros en el dominio de los problemas”.
 “No hay árbol recio ni consistente sino aquél que el viento azota con frecuencia; pues la misma vegetación le robustece e hinca sus raíces con mayor firmeza; frágiles son los que crecieron en valle abrigado y acariciado por el sol”. (Séneca, De la providencia, 4).
 Séneca, confirma aquí, con otras palabras, lo dicho por Schopenhauer: cuanto más duramente nos veamos agitados por las tormentas de la vida y cuantas más veces nos encontremos expuestos a los reveses que ésta en ocasiones nos propina, mayores serán nuestras oportunidades de ejercitar nuestra capacidad de supervivencia y de aprender a sobrellevar los disgustos de nuestra existencia con estoica impasibilidad. Del mismo modo que podemos desarrollar nuestros músculos con el entrenamiento adecuado, es posible asimismo aprovechar los envites de la vida para echar profundas raíces en la tierra y afianzar nuestra estabilidad, la cual, sin duda, nunca debe dejar de tener la necesaria flexibilidad.
 “Que una desgracia nos resulte más fácil de sobrellevar cuando ya hemos tenido ocasión de considerar previamente su posibilidad, como suele decirse, cuando “ya nos hemos hecho a la idea”, puede explicarse en buena medida porque al examinar el acontecimiento antes de que suceda y reflexionar acerca de él con calma, vemos claramente y desde todos los puntos de vista la magnitud de su extensión y adquirimos así una noción concreta de ella, lo que nos otorga la posibilidad de que podamos considerarlo ya como algo definitivo y abarcable, de modo que cuando realmente nos sobreviene sólo posee ya el alcance de su verdadera gravedad”. (A. Schopenhauer, Aforismos sobre el arte de saber vivir, V, 51).
 Schopenhauer nos presenta una interesante estrategia que puede sernos de gran utilidad para protegernos de las adversidades. Por supuesto que esto no significa que podamos impedir que esos golpes del destino se produzcan, sino, “simplemente” que podemos llegar a interiorizar una actitud que nos preserve de caer en la desesperación e, incluso, en la enfermedad.
 El truco consiste, ni más ni menos, en no dejar nunca de ser conscientes de que la desgracia puede sobrevenirnos en cualquier momento. No se trata, sin embargo, de alimentarnos de pensamientos negativos que nos hagan vivir en un estado de permanente angustia. Por el contrario, se trataría de, en un momento de fortaleza interior, reflexionar con la tranquilidad necesaria y la debida clarividencia sobre el curso de las cosas y, así, no perder de vista la posibilidad de que sufrimientos, enfermedades, fracasos u otros sucesos desafortunados sacudan también, en algún momento, nuestra vida.
 Si, tal y como Schopenhauer recomienda, “examinamos el acontecimiento antes de que suceda y reflexionamos acerca de él con calma” y “vemos claramente y desde todos los puntos de vista la magnitud de su extensión” podremos reaccionar de un modo mucho más resuelto, en el caso de que, realmente, se produzca alguna vez una crisis semejante.
Resultado de imagen de el botiquin filosofico Podemos utilizar nuestra capacidad de imaginación para introducirnos en una de esas crisis, de manera figurada, representándonos mentalmente aquellas situaciones que nos resultarían duras de afrontar y hasta dónde podrían llevarnos. Tras ello, deberíamos revivir esa sensación de fortaleza interior y de máxima tranquilidad, que seguro hemos experimentado en algún momento de nuestra vida, y la trasladaríamos a la citada situación ficticia de crisis. De este modo, nos haríamos una idea aproximada de cómo afrontaríamos desde un estado interior de serenidad las peores situaciones posibles.
 Esta técnica nos ofrece una excelente posibilidad preventiva. Con ella nos protegemos de las consecuencias de los posibles golpes del destino, a la vez que nos anticipamos mentalmente a ellos, lo que no significa que, llegado el momento, no acusemos el golpe o que desterremos totalmente la angustia.
 “Los sabios permanecen inquebrantables ante la censura o el elogio” (Buda, Dhammapada, VI).
 Aun cuando existen claras diferencias entre los postulados de la filosofía budista y los proclamados por los discípulos de la escuela estoica, las conclusiones a las que llegan son, en parte, ciertamente parecidas. Así, Buda nos propone aquí algo que bien podría haber salido de la pluma de Marco Aurelio o de Séneca: se trata de conservar, bajo cualquier circunstancia, una serenidad imperturbable. Esto se consigue, naturalmente, sólo cuando nos decidimos a situarnos sobre las cosas en vez de sufrir bajo ellas. Para ello se hace necesaria cierta disciplina, tanto del pensamiento como del sentimiento, la cual únicamente puede alcanzarse si, también en aquellos momentos en los que tenemos éxito y la suerte nos sonríe, somos capaces de no volvernos locos de alegría.
 Los estados emocionales extremos deben ser compensados mediante tranquilidad, paz interior y una actitud serena, si es que queremos evitar convertirnos en una pelota que va rebotando a merced de la eventual emoción de cada instante. De cualquier manera, es preciso reconocer que esta actitud no es compartida por todo el mundo: muchas personas prefieren dejarse llevar hasta el fondo por sus sentimientos y vivir intensa y apasionadamente tanto los momentos de euforia como los de abatimiento. Con todo, en último término, resulta indiferente que decidamos considerar nuestra vida desde la perspectiva del espectador sentado en el patio de butacas o desde el escenario mientras interpretamos el papel de protagonista en nuestra particular comedia (o tragedia). En ambos casos, siempre será posible ampliar nuestro espacio vital y nuestras posibilidades de elección.
 “Todo lo que sucede, sucede por necesidad. En la naturaleza no existe ni la bondad ni la maldad”. (Baruch de Spinoza: Ética, I).
 Para acabar, todavía un breve comentario de Spinoza: ¿acaso es cierto que todo lo que sucede, sucede por necesidad y que en la naturaleza no existe ni la “bondad” ni la “maldad”? Esto significaría que una desgracia o un fracaso lo son, únicamente porque nosotros lo definimos así y como tales los consideramos.
 ¿Calificaríamos de “desgracia” a aquellos sucesos  de nuestra vida que pueden ayudarnos a adquirir nuevos conocimientos y puntos de vista o que estimulan nuestro desarrollo mental y espiritual? ¿No deberíamos replantearnos este tipo de definiciones? En lugar de hablar de un “destino desfavorable”, de una “enorme mala suerte” o de una “terrible desgracia”, podemos considerar aquello que nos sucede como un “gran reto”, como una “posibilidad de seguir progresando”; asimismo podemos definir los fracasos, por ejemplo, como “experiencias importantes que nos van a hacer mejores”. De esta manera , otorgando a las situaciones difíciles un significado completamente nuevo, nos resultará mucho más fácil despertar el potencial que la naturaleza ha puesto en nosotros y que nos permite resolver todos aquellos problemas que nos salen al encuentro.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Diálogo, 2003, en traducción de Vicente Vilana Taix, pp. 95-99. ISBN: 84-95333-35-X]

viernes, 22 de enero de 2021

Meditaciones [Selección].- Marco Aurelio (121-180)

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4.-Adversidades, daños, problemas

  «-¿Contra quién te enojas? ¿Contra la ruindad de los hombres? Reflexiona: los seres racionales han nacido el uno para el otro, la tolerancia es parte de la justicia, sus errores son involuntarios. Reconsidera también cuántos considerados enemigos, sospechosos u odiosos, están tendidos, reducidos a ceniza. Modérate de una vez. (Libro IV)
 -A nadie sucede nada que no pueda por su naturaleza soportar. Algunos seres sufren contrariedades y, ya sea por ignorancia de lo ocurrido, ya sea por alardear de magnanimidad, se mantienen firmes y resisten sin daño. Es terrible, en efecto, que la ignorancia y la excesiva complacencia sean más poderosas que la sabiduría. (Libro V)
 -Lo que no es dañino a la ciudad, tampoco daña al ciudadano. Siempre que te consideres víctima de un daño, recuerda este principio: si la ciudad no es dañada, tampoco yo lo soy. Pero si la ciudad es dañada, ¿no debes irritarte con el que daña a la ciudad? ¿Qué justifica tu negligencia? (Libro V)
 -¿Comete otra una falta contra mí? Él verá. Tiene su peculiar disposición, su peculiar modo de actuar. Tengo yo ahora lo que la común naturaleza quiere que tenga ahora, y hago lo que mi naturaleza quiere que ahora haga. (Libro V)
 -El que peca, peca contra sí mismo; el que comete una injusticia, contra sí la comete y a sí mismo se daña. (Libro IX)
 -Muchas veces comete injusticia el que nada hace, no sólo el que hace algo. (Libro IX) 
[…]
      
9.-Universalidad, naturaleza

 -Concibe el mundo como un ser viviente único, que contiene una sola sustancia y un alma única, y advierte cómo todo se refiere a una sola facultad de sentir, la suya, y cómo todo lo hace con un solo impulso, y cómo todo es responsable solidariamente de todo lo que acontece. (Libro IV)
 -Corre siempre por el camino más corto y el más corto es el que discurre de acuerdo con la naturaleza. (Libro IV)
 -Júzgate digno de toda palabra y acción acorde con la naturaleza; y no te desvíe de tu camino la crítica que recibas; por el contrario, si has obrado o hablado bien, no te consideres indigno. Recorre el recto camino de acuerdo con tu propia naturaleza y con la naturaleza común, pues el camino de ambas es único. (Libro V)
 -Armonía no hay más que una, y del mismo modo que el mundo, cuerpo de grandes dimensiones, se complementa con los cuerpos, así también el Destino, causa de grandes dimensiones, se complementa con todas las causas. (Libro V)
 -Mi ciudad y mi patria, en tanto que Antonino, es Roma, pero en tanto que hombre, el mundo. En consecuencia, lo que beneficia a estas ciudades es mi único bien. (Libro VI)
 -El que no sabe lo que es el mundo, no sabe dónde está. Y el que no sabe para qué ha nacido, tampoco sabe quién es él ni qué es el mundo. Y el que ha olvidado una sola cosa de esas, tampoco podría decir para qué ha nacido. (Libro VIII)
Meditaciones  -Una sola alma ha sido distribuida entre los animales irracionales, un alma inteligente ha sido dividida entre los seres racionales, igualmente una es la tierra de todos los seres terrestres y con una sola luz vemos y uno es el aire que respiramos todos cuantos estamos dotados de vista y de vida. (Libro IX)
 -Todo lo que participa de la naturaleza intelectiva tiende con afán hacia su semejante. Porque, cuanto más aventajado es un ser respecto a los demás, tanto más dispuesto se halla a mezclarse y confundirse con su semejante. (Libro IX)
 -En la medida en que tengo cierto parentesco con los seres de mi misma condición, nada contrario a la comunidad ejecutaré, sino que más bien mi objetivo tenderá hacia mis semejantes, y hacia lo que es provechoso a la comunidad encaminaré todos mis esfuerzos, absteniéndome de lo contrario. Y si así se cumplen estas premisas, forzosamente mi vida tendrá un curso feliz, del mismo modo que también tú concebirías próspera la vida de un ciudadano que transcurriese entre actividades útiles a los ciudadanos y que aceptase gustosamente el cometido que la ciudad le asignase. (Libro X)
 -Conviene a cada uno lo que le aporta la naturaleza del universo y conviene precisamente en el momento en que aquélla lo aporta. (Libro X)
 -Todo lo que conviene al conjunto universal es siempre bello y está en sazón. Así pues, el término de la vida para cada uno no es un mal, porque tampoco es un oprobio, pues no está sujeto a nuestra elección y no daña a la comunidad, y sí es un bien porque es oportuno al conjunto universal, ventajoso y adaptado a él. Así, el que se comporta de acuerdo con Dios en todo, es inspirado por un hálito divino y es llevado, gracias a su reflexión, a sus mismos objetivos. (Libro XII)»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Iberonet, 1995, en selección de Francisco Javier Aguirre, pp. 29-30 y 55-58. ISBN: 84-88534-62-0.]
 

martes, 15 de septiembre de 2020

El Libro de las cosas nunca vistas.- Michel Faber (1960)

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10.- El día más feliz de mi vida

  «La felicidad era algo tan difícil de localizar... Era como una polilla camuflada que podía o no esconderse en el bosque que tenemos delante, o que tal vez hubiese salido volando. Una mujer joven, recién llegada a Cristo, le había dicho una vez: "Si me hubieras visto hace un año, de borrachera con mis colegas, éramos tan felices, nos partíamos de risa, nunca dejábamos de reír, la gente se daba la vuelta para ver qué era tan gracioso, querían pasárselo tan bien como nosotros, íbamos a tope, yo estaba pletórica, pero, por debajo, pensaba sin parar: Dios, ayúdame, no puedo con esta puta soledad, no puedo con esta puta tristeza, ojalá estuviese muerta, no aguanto esta vida ni un minuto más, ¿entiendes a qué me refiero?". Y luego estaba Ian Dewar, siempre despotricando de sus tiempos en el ejército, quejándose de los tacaños y los contables cicateros que les quitaban a los soldados los suministros básicos, "cómprate tú los prismáticos, colega, aquí tienes un chaleco de fragmentación por cada dos tíos, y si te salta un pie por los aires, tómate dos pastillitas de éstas, porque no tenemos morfina para darte". Después de quince minutos escuchando una de estas diatribas, consciente de que había otra gente esperando pacientemente para hablar con él, Peter lo había interrumpido: "Ian, perdóname, pero no hace falta que sigas dándole vueltas a esas cosas. Dios estaba allí. Estaba allí contigo. Vio lo que pasaba. Lo vio todo". Ian se había derrumbado, sollozando y le había dicho que lo sabía, que lo sabía, y que era por eso por lo que, por debajo de todo, por debajo de las quejas y la rabia, era feliz, sinceramente feliz.
 Y luego estaba Beatrice, el día que le pidió que se casara con él, un día en el que todo lo imaginable había salido mal. Se declaró a las 10,30 de la mañana, con un calor sofocante, delante de un cajero automático de la calle mayor, cuando se disponían a comprar algo de comida en el supermercado. A lo mejor debería haberse arrodillado, porque el "Sí, venga" de ella había sonado vacilante y poco romántico, como si no considerara su proposición de matrimonio nada más que una solución pragmática al inconveniente de los alquileres altos. Entonces el cajero se tragó su tarjeta de débito y ella tuvo que entrar en el banco a solucionarlo, lo que supuso hablar con el director de la oficina y un lamentable episodio en el que la interrogaron durante media hora como si fuese una impostora intentando defraudar a otra Beatrice a la que había robado la tarjeta. Esta humillación terminó con Bea liquidando su relación con el banco con furia justificada. Luego fueron a comprar, pero apenas se podían permitir la mitad de cosas de la lista, y cuando salieron al aparcamiento descubrieron que un gamberro había rascado una tosca esvástica en la pintura del coche. Si hubiese sido cualquier otra cosa en lugar de una esvástica -un pene caricaturesco, una palabrota, cualquier cosa- seguramente habrían aprendido a vivir con ello, pero eso no había más remedio que arreglarlo y les iba a costar un dineral.
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 Y así siguió el día: el teléfono de Bea se quedó sin batería y se apagó, el primer taller al que fueron estaba cerrado; el segundo no tenía ni un solo hueco y no estaban interesados; un plátano que intentaron comer a la hora del almuerzo estaba podrido por dentro; una tira estropeada del zapato de Bea se rompió, por lo que andaba coja; el motor del coche empezó a hacer un ruido misterioso; un tercer taller les dio la mala noticia de lo que iba a costar una nueva capa de esmalte, y les señaló además que tenían el tubo de escape oxidado. Al final, tardaron tanto en volver al piso de Bea que las carísimas chuletas de cordero que habían comprado se estropearon por culpa del calor. Aquello, para Peter, fue la gota que colmó el vaso. La rabia corrió por su sistema nervioso; agarró la bandeja y se dispuso a tirarla al cubo de la basura, tirarla con una fuerza brutalmente excesiva, para castigar a la carne por ser tan vulnerable a la descomposición. Pero no era él quien la había pagado y consiguió -por poco- controlarse. Guardó la comida en la nevera, se mojó la cara con agua y fue a buscar a Bea.
 La encontró en el balcón, mirando abajo, al muro de ladrillos que rodeaba su bloque de pisos, un muro coronado con alambre de espino y púas de cristal roto. Tenía las mejillas mojadas.
 -Lo siento -dijo él.
 Ella buscó con torpeza su mano, y sus dedos se entrelazaron.
 -Estoy llorando porque soy feliz -explicó ella, y el sol se dejó ocultar por las nubes, el aire se hizo más templado y una brisa suave acarició sus cabellos-. Hoy es el día más feliz de mi vida.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Inga Pellisa. ISBN: 978-84-339-7944-5.]