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domingo, 26 de octubre de 2025

Ideas. Historia intelectual de la humanidad.- Peter Watson (1943)

21.- La mente "india": las ideas en el Nuevo Mundo

   «Desde el punto de vista de la historia de las ideas, el descubrimiento de América fue un acontecimiento trascendental porque los nuevos territorios supusieron un desafío para las ideas que los europeos albergaban sobre la geografía, la historia, la teología y la naturaleza humanas. Además, en la medida en que América se convirtió en una fuente de artículos para los que existía una demanda en Europa, el descubrimiento del Nuevo Mundo tuvo un importante significado económico y, por tanto, político. A principios de la década de 1560, el abogado parisino Étienne Pasquier escribía: "Es asombroso que nuestros autores clásicos desconocieran por completo esta América a la que llamamos Nuevo Mundo". "Esta América" no sólo estaba fuera de la experiencia de los europeos, sino que estaba mucho más allá de sus expectativas. Aunque resultaran lejanas y desconocidas para muchos, África y Asia no dejaban de ser continentes sobre los que Europa siempre había sabido. América, en cambio, era algo absolutamente inesperado y ello nos ayuda a entender por qué los europeos tardaron tanto en adaptarse a las nuevas noticias.
 Adaptación es la palabra clave. En un principio, como nos recuerda John Elliott, la noticia de que Colón había avistado tierra provocó enorme excitación en el viejo continente. "¡Levantad el espíritu..., escuchad el nuevo descubrimiento!", escribió el humanista italiano Pedro Mártir de Anglería en una carta al arzobispo de Granada, el 13 de septiembre de 1943. Cristóbal Colón, informaba, "ha regresado sano y salvo. Dice que ha encontrado cosas admirables: ostenta el oro como prueba de las minas de aquellas regiones". De Anglería continúa explicando que Colón ha encontrado "salvajes pacíficos", hombres "que iban desnudos y vivían de lo que les proporcionaba la naturaleza. Tenían reyes; peleaban entre sí con palos y con arcos y flechas y, aunque estaban desnudos, rivalizaban por el poder y se casaban. Adoraban a los cuerpos celestes, pero la exacta naturaleza de sus creencias religiosas era todavía desconocida".
 Una indicación del impacto inicial producido por los descubrimientos de Colón nos la proporciona el hecho de que su primera carta se imprimió nueve veces en 1493 (para finales de siglo el texto alcanzaba ya las veinte ediciones). El francés Louis Le Roy escribió: "No creáis que existe algo más honorable... que la invención de la imprenta y el descubrimiento del nuevo mundo; dos acontecimientos que siempre he pensado es posible comparar no sólo con la antigüedad sino con la inmortalidad". En 1552, en su Historia General de las Indias, Francisco López de Gómara (no siempre un cronista fiable) nos ofrece el veredicto más famosos sobre 1942: "La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que le creó, es el descubrimiento de Indias".
 Sin embargo, John Elliott nos advierte de que la historia tiene también otro lado y de que muchos de los escritores del siglo XVI fueron incapaces de apreciar la importancia histórica de lo que Colón había conseguido. Por ejemplo, Colón murió en Valladolid pero el hecho ni siquiera se menciona en la crónica de la ciudad. Colón sólo consiguió el estatus de héroe de forma muy lenta. Un centenar de años después de su muerte se escribieron en Italia algunos poemas sobre él, pero sólo hasta 1614 aparece como héroe en un drama español, El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón, de Lope de Vega.
 En un primer momento, el interés por el Nuevo Mundo se centraba en el oro que podía encontrarse en él y la enorme cantidad de almas que aguardaban a ser convertidas a la fe cristiana. En términos generales, los lectores de libros estaban más interesados en los turcos y en Asia que en América. Incluso en una fecha tan tardía como las últimas dos o tres décadas del siglo XVI, todavía se seguía pensando que el mundo tenía la misma configuración con que se lo describía en las cosmografías clásicas de Estrabón y Ptolomeo. (Colón parece haber empleado una versión publicada por Piccolomini en la década de 1480). En cierto sentido, el Renacimiento tiene en parte la culpa: gracias a los humanistas, lo antiguo se consideraba más valioso que lo nuevo.
 Los primeros hombres que viajaron al Nuevo Mundo eran soldados, clérigos, mercaderes y funcionarios con conocimientos jurídico y sobre ellos recayó inicialmente la tarea de comentar lo que veían. Un efecto de esto fue que se atendió más a la apariencia física de los nativos que al paisaje del nuevo continente. El mismo Colón se sintió algo decepcionado cuando contempló por primera vez a los habitantes de las Indias y comprobó que no eran en ningún sentido "monstruosos o físicamente anormales". Colón también señaló lo "pobres" que eran. Por otro lado, los nativos no eran ni moros ni negros, las dos razas con las que más familiarizada estaba la cristiandad medieval. ¿Cómo encajaban estos hombres en el relato bíblico? ¿Era posible acaso que el Nuevo Mundo fuera el Edén o el Paraíso? Todos los testimonios subrayan la inocencia, simplicidad, fertilidad y abundancia de los nativos, que iban desnudos sin sentir vergüenza alguna. Esta idea sedujo especialmente a ciertas figuras religiosas y a los humanistas. Aquellos miembros de las órdenes religiosas que se sentían desesperados o insatisfechos por el estado de la Iglesia europea vieron en el Nuevo Mundo una oportunidad de fundar de nuevo la primitiva iglesia de los apóstoles en un continente aún no corrompido por los vicios de la civilización europea.
 En 1607, el dominico español Gregorio García publicó una exposición muy completa de las distintas teorías que se habían propuesto para explicar el origen de los "indios" de América. Los europeos del siglo XVI creían en "un mundo planeado" al que había que incorporar América. Sin embargo, esto todavía dejaba muchas cosas por explicar. García defendía la idea de que el conocimiento que el hombre tenía "sobre un hecho dado" provenía de una de cuatro fuentes. Dos de éstas -la fe divina, tal y como se revelaba a través de las Escrituras, y la ciencia, que explicaba los fenómenos de acuerdo con sus causas- eran infalibles. El origen de los indios americanos planteaba un problema porque se trataba de algo que no aparecía en las Escrituras, "y el problema era demasiado reciente como para que existiese un caudal convincente de opiniones autorizadas".
 Si decidir cómo encajaba el Nuevo Mundo en el esquema de la historia esbozado en las Escrituras era una cuestión difícil de abordar, tanto exploradores como misioneros descubrieron que para evangelizar a los nativos era necesario tener algún conocimiento de sus costumbres y tradiciones y, por tanto, empezaron a indagar, con frecuencia con gran detalle, la historia de estos indígenas así como sus leyes hereditarias y de tenencia de la tierra, con lo que en cierto sentido dieron comienzo a la antropología aplicada.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2011, en traducción de Luis Noriega, pp. 699-702. ISBN: 978-84-7423-917-1.]

martes, 22 de octubre de 2019

El caballero del puente.- William H. C. Watson (1930-2005)

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Segunda parte: El despertar
24.-Verdades desnudas

«-Es el oficio de un trovador, el de apegarse, tanto en sus afectos como en su deseo, a una dama; a la dama de algún señor. Y el de interpretar canciones quejándose de que ella le niega la amabilidad de su cuerpo.
 -La amabilidad de su cuerpo -repitió Bonne-. No me habría gustado vivir sin escuchar tan melodiosas palabras. -Rozó su propio cuerpo con un beso de aquellos ojos dorados, para recordar su reciente amabilidad para con ella. Comió varias uvas del racimo y habló con la boca llena-. De cualquier modo, tal cosa impone una carga sobre la dama cuyo cuerpo debe ser amable. ¿Amable? ¿Amable? ¿Por qué debe ser amable su cuerpo?
 -Sólo es una fórmula poética -replicó Saturnin, irascible-. Sólo os estoy describiendo la fórmula con que el trovador se ve forzado a trabajar ¡y que a mí me saca de quicio, os lo puedo asegurar, cien veces más de lo que pueda irritaros a vos! -De pronto su voz sonaba mucho más llana y liberada de todo misterio-. ¿Qué me importa a mí que todas las mujeres del mundo sean crueles o castas? ¡Llamadlo como queráis! ¿Y por qué debe importarme que todas las doncellas vivan inmaculadas para siempre?
 -¿Y qué es lo que debería importaros? -Bonne se sentía insegura respecto a tal pregunta, que sonaba como una declaración. Una sensación de paradoja la contuvo a la hora de entender lo que escuchaba. Continuó-: ¿Cómo pueden vuestras canciones quejarse de que se os niega el cuerpo de vuestra dama -indicó con elegante e inconsciente gesto su propio cuerpo mientras hablaba-, si no os importa si os lo entrega o no?
 -Ése es mi gran dilema -respondió él.
 -Hablad claro -exigió Bonne-. Mi cerebro está embotado.
 -Escuchad, entonces -dijo Saturnin-. Nací para escribir canciones. Interpreto mis propias canciones desde que tenía tres años. Por tanto, nací para ser trovador. Pero a mí no me gustan las mujeres y, por tanto, no nací en realidad para ser trovador.
 Bonne se temía que su rara felicidad de aquel día y aquella noche estaba a punto de deteriorarse.
 -¿Y qué os gusta a vos? -preguntó malhumorada. Entonces, sin pausa alguna, le comprendió, y añadió-: Os gustan los chicos.
 -Sí -confirmó él. Había emergido de las sombras y se apoyó contra el ángulo de la pared frente a ella. Su rostro quedaba a la luz. El pie de Bonne podía tocar el de él. Bonne observó el suelo junto a donde él se hallaba.
 -Os gustan los niños. -Observó la llama de la vela junto a la cadera de Saturnin.
 -Los niños creciditos -puntualizó él.
 Ella fijó la vista en su oreja.
 -Sodomía -dijo.
 Él no dijo nada.
 Los labios de Bonne temblaron, pero no lloró.
 -¡Maldito seáis! -exclamó-. Me habéis engañado todo el día y toda la noche. ¿Cómo podéis jurar que haréis una canción sobre mí... sobre este cuerpo? ¡No sabréis cómo! ¡Yo os maldigo, por estafador y mentiroso!
 Todavía estaba sentada en el banco de piedra. Se sentía estúpida, plantada allí de forma pintoresca para brillar y resplandecer a la luz centelleante de las velas. "Pero somos dos en esta locura y nadie más que pueda vernos -se dijo-. ¿Por qué iba a sentirme estúpida?" Le miró a la cara y tanto el ojo gris como el nebuloso sostuvieron su mirada.
 -Todavía nadie no os ha engañado -le dijo.
 -¡Cristo! -exclamó ella-. Callaos y marchaos. -Pero no pudo detener su voz, que prosiguió a toda prisa-: ¿Cómo iba a saberlo? Parecíais tan guapo, ¡parecíais el hombre de una mujer!
 -¿Y qué importa lo que yo parezca?  -Saturnin se separó de la pared-. Lo que importa es lo que parecéis vos, y quién sois, y qué aspecto tiene vuestro cuerpo y, sobre todo, ¡quién es vuestro cuerpo! A partir de tales cuestiones compondré vuestra gran canción.
 Bonne, por primera vez, no podía mirarse. Sus ojos se posaban en el rostro de Saturnin con mirada huidiza y entornada. […] Le habían concedido un sueño a mediodía y lo había perdido a medianoche. […] Oyó decir a su propia voz, mofándose:
 -¿Quién es mi propio cuerpo? ¿Qué sentido tiene tal cosa?
 -Tiene un nuevo sentido -replicó Saturnin, con bien pocas concesiones al estado mental de Bonne. Hablaba despacio, sin embargo, y articulaba con cautela, como alguien que tratara de compartir un  pensamiento con un animal de compañía o con un pájaro en una jaula-. Tiene un nuevo sentido -repitió-. Se trata de una idea nueva y ha salido de vos.
 Bonne negó con la cabeza ante tal ocurrencia, pero la insistente y cautelosa voz de Saturnin prosiguió:
 -Habéis dicho que vuestro cuerpo era una maravilla porque tenía vida propia. "Mi cuerpo es en sí mismo una criatura", habéis dicho, "y tiene vida propia".
 -¿He dicho yo eso?
 -Habéis dicho: "Me desea a mí; es a mí a quien mi cuerpo desea".
 […] El paciente y educativo estilo de Saturnin se vino abajo de pronto.
 -¿Acaso no lo veis? -gritó-. Mi querida Bonne, querida señora, podría escribir una canción en la que dijera que vos me deseáis, pero vuestro cuerpo os lo prohíbe; o que yo os deseo, pero mi cuerpo me lo prohíbe; o que vuestro cuerpo me desea, ¡pero mi cuerpo desea vuestra alma!
 -¡Mi alma! -exclamó Bonne con un respingo-. Yo habría creído que mi propio cuerpo desearía mi alma.
 -¡Sí, sí! -dijo él-. Me refiero, sin embargo, a que esa idea que habéis concebido de que vuestro cuerpo tiene vida propia es de gran originalidad y que las canciones que hagamos sobre vos y vuestro cuerpo serán únicas y nuevas y famosas.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 2000, en traducción de Patricia Antón de Vez. ISBN: 84-395-8424-5.]

sábado, 1 de julio de 2017

"Ideas. Historia intelectual de la humanidad".- Peter Watson (1943)


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Capítulo 3: El nacimiento de los dioses, la evolución de la casa y el hogar

«Como hemos visto, Merlin Donald considera que la gran transformación de la historia humana fue el paso del pensamiento episódico al pensamiento mimético, lo que permitió el desarrollo de la cultura: "el gran escape del sistema nervioso". Antes de que este libro llegue a su fin, encontraremos muchos otros candidatos a la idea más importante en la historia de la humanidad: el alma, el experimento, el Único Dios Verdadero, el universo heliocéntrico, la evolución (y cada una cuenta con apasionados partidarios). Algunas de estas ideas son conceptos tremendamente abstractos. Sin embargo, para la mayoría de los arqueólogos la idea humana más grandiosa es una noción mucho más práctica y terrenal. Para ellos, la domesticación de las plantas y los animales, es decir, la invención de la agricultura, es claramente la idea más grandiosa de la historia, pues fue ella la que produjo la transformación más profunda que ha experimentado nuestro modo de vida.
 La domesticación de las plantas y los animales tuvo lugar en algún momento hace entre 14.000 y 6.500 años, y es una de las ideas mejor estudiadas de la prehistoria. Sus orígenes en ese período de la historia están íntimamente vinculados al registro climatológico del planeta. Hasta hace aproximadamente 12.000 años, la temperatura media de la tierra era mucho más fría y variable de lo que lo es en nuestros días. La temperatura podía cambiar hasta siete grados en menos de una década, mientras que hoy apenas ha cambiado tres grados en un siglo. Hace 12.000 años, sin embargo, la tierra se calentó de forma considerable a medida que la última Edad de Hielo llegaba a su fin y, lo que no es menos importante, el clima se estabilizaba. Este calentamiento y estabilización marcaron la transición entre los dos grandes períodos de la historia terrestre, el Pleistoceno y el Holoceno y fueron, de hecho, el gran desencadenante de la historia que hizo posible nuestro mundo.
 Podemos afirmar con cierta confianza que aunque estamos bastante seguros de dónde surgió la agricultura, de cómo empezó y de con qué plantas y animales lo hizo, no sabemos con igual certeza por qué tuvo lugar un cambio tan trascendental. Las teorías, al respecto, como veremos, se dividen en dos categorías. Por un lado, tenemos teorías ambientales y económicas que son varias, y por el otro, teorías religiosas, de las que hasta el momento sólo existe una. 
 Sabemos con certeza que la domesticación de las plantas y los animales (en este orden) surgió de forma independiente en dos regiones del mundo, y existen otros cinco lugares en los que quizá ello también haya ocurrido. La primera de estas áreas es el suroeste asiático, Oriente Próximo y en particular la "media luna fértil", que se extiende desde el valle del Jordán en Israel hasta el Líbano y Siria y un región del sureste de Turquía, y desde allí hasta las montañas Zagros, en Irak e Irán, la región conocida en la antigüedad como Mesopotamia. La segunda área en la que sin duda la agricultura surgió de forma independiente fue en Centroamérica, entre lo que hoy es Panamá y el norte de México. Además, existen otros cinco lugares en los que la domesticación también se dio, pero en los que no podemos estar seguros de que lo haya hecho de forma espontánea y no como resultado de los tempranos progresos realizados en Oriente Próximo y Centroamérica. Son éstos: las tierras altas de Nueva Guinea; China, donde la domesticación del arroz parece tener una historia propia; una estrecha franja del África subsahariana que se extiende desde lo que hoy es Costa de Marfil, Ghana y Nigeria hasta Sudán y Etiopía; la región de los Andes y la Amazonia, cuya accidentada geografía acaso provocó desarrollos independientes; y el oriente de Estados Unidos.
 Andrew Sherratt, del Ashmolean Museum en Oxford, nos ofrece una explicación de la forma en que estas áreas se distribuyen alrededor del globo. Su teoría es que tres de ellas -Oriente Próximo, Centroamérica y los archipiélagos del sureste asiático- son lo que denomina "puntos calientes": en términos geográficos y geológicos se trata de regiones de constante cambio, donde la increíble presión generada por las placas tectónicas al moverse bajo la superficie terrestre creó en estos lugares delgados istmos en los que se dieron características especiales que no existen en otros lugares del planeta. Estas características especiales fueron, primero, una abrupta yuxtaposición de colinas, desiertos y terrenos de aluvión (depósitos de arena o barro creados por el paso de las aguas) y, segundo, estrechas franjas de tierra que provocaron un aumento de la población hasta tal punto que el istmo ya no pudo abastecer la caza y recolección tradicionales. Estos "puntos calientes" se convirtieron entonces en "áreas nucleares" en las que las condiciones imperantes hicieron que el desarrollo de un nuevo modo de subsistencia resultara más apremiante para el hombre primitivo que habitaba esas regiones.
 Más allá de la veracidad de esta teoría, cuya sencillez es bastante atractiva, e independientemente del número de ocasiones en que se "inventó" la agricultura, de lo que no hay duda es de que, en términos cronológicos, las plantas y los animales fueron domesticados por primera vez en la "media luna fértil" del suroeste de Asia. Para comprender de manera cabal de qué estamos hablando, necesitamos conocer la naturaleza de las pruebas que tenemos a nuestra disposición, lo que significa, en primera instancia, dar un vistazo a una ciencia relativamente nueva, la palinología, el estudio del polen. Cada planta, y en especial las especies de árboles polinizadas gracias a la acción del viento, produce anualmente miles de granos de polen, la pared exterior de los cuales es muy fuerte y resistente a la descomposición. El polen tiene diversas formas y tamaños y, siendo orgánico, puede someterse a la datación por carbono. Por tanto, con frecuencia es posible determinar su edad y género, si no su especie, lo que permite a los arqueobotánicos (una especialidad más o menos reciente) reconstruir cómo era la vegetación del planeta en diferentes períodos del pasado.
 [...] En primer lugar, tenemos tres cereales que formaban los principales "cultivos fundadores" de la agricultura neolítica. En orden de importancia, éstos eran el trigo racimal (Triticum turgidum, subespecie dicoccum), la cebada (Hordeum vulgare) y el trigo alonso (Triticum monococcum) que aparecieron por primera vez en el décimo y noveno milenios de nuestra era. La domesticación de estos cereales estuvo acompañada por el cultivo de varias "plantas compañeras", en particular, el guisante (Pisum sativum), la lenteja (Lens culaniris), el garbanzo (Cicer arietinum), la arveja amarga (Vicia ervila) y el lino (Linum usitatissimum).»