Mostrando entradas con la etiqueta Salud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salud. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de marzo de 2026

Cuentos.- Edgar Allan Poe (1809-1849)

 

El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether

 «Había oído decir en París que la institución de Monsieur Maillard se regía por lo que se denominaba vulgarmente el "sistema de la dulzura"; que los castigos estaban abolidos, que se prescindía en casi todos los casos del confinamiento y que los pacientes, aunque secretamente vigilados, gozaban de gran libertad aparente, permitiéndoseles que pasearan por la casa y los jardines con todos los derechos de las personas en su sano juicio.
 Teniendo en cuenta estos informes, me cuidé de lo que decía en presencia de la joven, pues no estaba seguro de que fuese cuerda; había en sus ojos cierto brillo inquieto que me llevaba a sospechar que no lo era. Limité, pues, mis observaciones a tópicos generales, escogiendo aquellos menos indicados para desagradar o excitar a una loca. Contestó de la manera más sensata a todo lo que dije y hasta sus observaciones personales mostraban la señal del sentido común más evidente. Empero, una larga familiaridad con los fundamentos de la locura me habían enseñado a no fiarme de ninguna apariencia de cordura, y a lo largo de toda la conversación seguí obrando con las mismas precauciones iniciales.
 Poco después presentóse un apuesto doméstico de librea, trayendo una bandeja con frutas, vino y otros refrescos, que compartí con el director y la dama, quien al poco rato abandonó el salón. Tan pronto hubo salido miré a mi huésped con aire de interrogación.
 -No, no -repuso-. Forma parte de mi familia. Es mi sobrina y, por cierto, que una mujer muy notable.
 -Le pido mil disculpas por mi sospecha -dije-, pero sé muy bien que sabrá usted excusarme. La excelente administración de esta casa es bien conocida en París y pensé que, después de todo, bien podía suceder que...
 -Sí, claro está. No diga usted más. Soy yo quien debo darle las gracias por la loable prudencia que ha demostrado. Pocas veces se advierte tanta precisión en los jóvenes y más de una vez han sucedido tristes contratiempos por culpa del aturdimiento de nuestros visitantes. Cuando mi antiguo sistema se hallaba en vigencia y se permitía a mis pacientes que pasearan a gusto por todos lados, con frecuencia caían en crisis frenéticas a causa de los imprudentes que visitaban este lugar. Por eso me vi obligado a establecer un sistema rígido de exclusión, y no permito la entrada de nadie en cuya discreción no pueda confiar.
 -¡Cuando su antiguo sistema estaba en vigencia! -exclamé, repitiendo sus palabras-. ¿Debo entender, pues, que el "sistema de la dulzura", de que tanto he oído hablar, no se aplica más?
 -Hace ya varias semanas -me contestó- que hemos renunciado a él por completo.
 -¿Realmente? ¡Me asombra usted!
 -Mi querido señor -dijo suspirando-, nos convencimos de la absoluta necesidad de volver a los antiguos métodos. El peligro del sistema de la dulzura era realmente espantoso, mientras que sus ventajas han sido muy exageradas por la opinión. Entiendo que en esta casa el experimento se ha cumplido de la manera más leal. Hicimos todo lo que era humana y racionalmente posible, Lamento que no nos haya visitado usted en otro tiempo, pues entonces podría juzgar por sí mismo. Supongo, sin embargo, que se halla al tanto del sistema de la dulzura... con todos sus detalles.
 -No, ciertamente. Sólo he oído noticias de tercera o cuarta mano.
 -Puedo decirle entonces, que, en términos generales, el sistema consiste en que el paciente es ménagé, en que se toleran sus caprichos. Jamás nos oponíamos a las fantasías que asaltaban la mente de los locos. Por el contrario, no sólo las permitíamos, sino que las estimulábamos y muchas de nuestras curas definitivas se lograron de esa forma. Ningún argumento impresiona tanto la débil razón del insano como la reductio ab absurdum. Por ejemplo, había aquí enfermos que se creían pollos. En estos casos el tratamiento consistía en aceptar la cosa como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez por no admitir suficientemente que se trataba de un hecho y, en consecuencia, privarlo durante una semana de todo alimento que no consistiera en la comida propia de los pollos. En esta forma, bastaban unos puñados de grano y de cascajo para hacer maravillas.
 -Pero, ¿se reducía el sistema a esta especie de aceptación?
 -En modo alguno. Teníamos mucha fe en las diversiones sencillas, tales como la música, la danza, los ejercicios gimnásticos, juegos de cartas, cierto tipo de libros y cosas parecidas. Pretendíamos tratar a cada enfermo como si sólo sufriera de un trastorno físico ordinario y la palabra "locura" no se empleaba jamás. Un detalle de gran importancia consistía en que cada loco tenía la misión de vigilar las acciones de todos los demás. Depositar confianza en la comprensión o la discreción de un insano equivale a ganárselo en cuerpo y alma. De esta manera evitábamos el gasto de un nutrido cuerpo de guardianes.
   -¿Y no aplicaba usted castigos de ninguna especie?
 -Ninguno
 -¿Jamás encerraba a sus pacientes?
 -Muy rara vez. Una que otra, si la enfermedad de ellos degeneraba en una crisis o en un acceso de locura furiosa, lo encerrábamos en una celda secreta para que su estado no se transmitiera a los demás y lo manteníamos allí hasta entregarlo a sus amigos, pues nada teníamos que ver con los locos furiosos. Por lo general los trasladaban a un hospicio público.
 -¿Y ahora ha cambiado usted todo eso... y cree haber obrado bien?
 -Ciertamente. El sistema tenía sus ventajas y aun sus peligros. Afortunadamente ha fracasado en todas las maisons de santé de Francia.
 -Me sorprende usted mucho -observé-, pues daba por descontado que actualmente no había en este país ningún otro tratamiento para la locura.
 -Es usted joven, amigo mío -replicó mi huésped-, pero llegará un día en que aprenderá a juzgar por sí mismo lo que ocurre en el mundo, sin confiar en las charlas ajenas. No crea nada de lo que oye, y sólo la mitad de lo que ve. No cabe duda de que, con respecto a nuestras maisons de santé, algún ignorante lo ha engañado. Después de cenar, cuando se haya recobrado de la fatiga de su viaje, tendré el placer de llevarlo a recorrer la casa y hacerle conocer un sistema que, en mi opinión y en la de todos aquellos que han presenciado su aplicación, es incomparablemente más efectivo que los utilizados hasta ahora.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2015, en traducción de Julio Cortázar, pp. 672-675. ISBN: 978-84-473-8283-5.]

domingo, 24 de septiembre de 2023

La plaga.- Ann Benson (1949)


Ann Benson
Nueve


 «Durante tres días Alejandro y sus desconcertados colegas recibieron lujoso hospedaje en el palacio papal, mientras De Chauliac vigilaba su intenso aprendizaje. Cada médico ocupaba habitación propia con baño privado. Deseoso de ganarse su lealtad incondicional, el Papa les daba buena comida y toda clase de atenciones. De Chauliac ejercía influencia y tutela absolutas sobre ellos, enseñándoles con detalle sus procedimientos para mantener al Papa libre de contagios, y observándolos atentamente para ver si poseían las cualidades innatas precisas para llevar a cabo la tarea a que se encaminaba su instrucción, cualidades que no podían aprenderse de ningún modo.
 Los embajadores médicos recibían lecciones diarias en una de las suntuosas salas palaciegas. De Chauliac se colocaba encima de un podio y hablaba durante horas con tono profesional, impresionando a Alejandro por sus condiciones de orador infatigable. Ama su profesión tanto como yo, pensaba el pupilo de su profesor.
 —Debéis consultar a los astrólogos —dijo De Chauliac el primer día de instrucción—, a fin de saber qué días son más propicios para el baño, el paseo o cualquier otra de las actividades normales de la vida diaria. Debéis mostraros recelosos de cuantos actos puedan parecer normales a vuestros pacientes, ya que desconocemos cuáles son las actividades más propensas a poner al individuo en contacto con la enfermedad. Hallaréis que vuestros reales pacientes, tan acostumbrados a que se cumplan sus caprichos, se resistirán a que les deis instrucciones sobre cuándo y cómo deben hacer según qué cosas. Mostraos firmes, y no consintáis que cuestionen vuestra autoridad.
 Alejandro procuró imaginarse a sí mismo dando órdenes a un rey, pero le resultaba demasiado inverosímil.
 —¿Y si siguen resistiéndose? —preguntó.
 —Rogadles que recuerden que el poder de Dios Omnipotente os ha sido conferido a través de Su Santidad, y que si es necesario lo utilizaréis para proteger su salud.
 Por la noche, al acostarse, Alejandro se sentía minúsculo y confuso. Lo más difícil de esta misión, pensó, será domeñar a los pacientes arrogantes.
 Durante el segundo día, De Chauliac expuso sus teorías acerca del contagio.
 —Guiado por la observación, he concluido que existen en el aire humores y vapores invisibles por los que se difunde la peste. Cuando está con vida, la víctima difunde esos humores con la respiración, y dispersa el maligno contagio sin que nadie lo advierta, dejando sin escapatoria a la siguiente víctima. Por lo tanto, hay que aislar a los pacientes. Confinadlos en sus castillos. No permitáis que entren comerciantes o viajeros sin inspeccionarlos antes; y, puesto que es imposible asistir a la formación de esos vapores y humores, lo más prudente es impedir toda clase de contacto con el mundo exterior. Mi estimado predecesor, Henri de Mandeville, tenía ideas claras acerca del contagio; enseñó a quienes me enseñaron a mí a lavarse las manos antes y después de tocar a un paciente, por creer que los humores podían ser transmitidos igualmente a través de las manos. La biblioteca de Su Santidad contiene copias de los textos de De Mandeville que versan sobre el tema, y están a disposición de quien desee leerlos.
 ¡Pero si esa teoría también la tengo yo!, pensó Alejandro, comprobando con entusiasmo que otros médicos compartían sus creencias sobre la importancia de la higiene. Volvió a interrumpir el discurso del maestro.
 —También me he dado cuenta de que una ablución con vino hace sanar más rápido las heridas. Se diría que una parte del vino ataca a la sepsis.
 —A lo mejor la sepsis se emborracha y ya no puede seguir su camino hacia la herida —terció otro hombre, provocando un estallido de carcajadas.
 Alejandro se ruborizó, pero De Chauliac levantó la mano y el grupo volvió a guardar silencio.
 —Nadie debe tomarse a risa las observaciones de un colega —dijo—. Ni siquiera el más sabio de nosotros sabe curar la peste. La ignorancia nos hace iguales a todos. —Miró directamente a Alejandro—. Ya hablaremos del tema en privado.
 Todas las cabezas se volvieron hacia el judío, que se limitó a asentir a su instructor y bajar la mirada.
 —Por tanto —continuó De Chauliac—, y a pesar de que no os será fácil obtener su consentimiento, debéis pedir a los astrólogos de la corte que les digan que cada día es propicio al baño…
 Por la noche, un guardia papal acudió a la habitación de Alejandro y lo escoltó hasta los aposentos privados de De Chauliac. Alejandro dejó atrás varios tramos de escalera de una alta torre, precedido por el guardia, cuyo paso se veía entorpecido por el peso de su ropa y armadura.
 Se asomó a la habitación, y De Chauliac le hizo señas de que entrara sin miedo.
 —Adelante, adelante —dijo—, sentaos. —Indicó a Alejandro un mullido diván—. Poneos cómodo.
 Alejandro se sentó con timidez, acomodándose con cautela sobre la blanda superficie del asiento. El estricto pedagogo había dado paso a un cortés y elegante anfitrión. El contraste entre ambos era sorprendente.
 —Sois un hombre distinto, doctor De Chauliac —dijo Alejandro con cautela.
 De Chauliac le ofreció vino en una pesada copa de plata que su huésped aceptó.
 —¿Y en qué lo notáis? —preguntó, arqueando una ceja con curiosidad.
 Alejandro tomó un largo trago de vino antes de responder.
 —Sois un profesor severo, y vuestra presencia es… —Tardó en encontrar la palabra adecuada—. Imponente.
 De Chauliac rió con cinismo.
La plaga: Amazon.es: Benson, Ann: Libros —Cuando se enseña a tontos hay que dar sensación de autoridad —dijo—; si no, no aprenden nada, y se malgastan esfuerzos. Detesto impartir conocimientos valiosos a gente que no entiende su importancia.
Alejandro no pudo dejar de mostrarse ofendido, y quiso protestar.
 —Señor… —empezó.
 —No me refiero a vos —se apresuró a añadir De Chauliac—; si os tuviera en tal concepto, no os habría hecho llamar. Hablo más bien de los demás, que me parecen una panda de imbéciles. Parece que la peste se haya llevado a los mejores y sólo queden los médicos más idiotas. —Dejó su asiento por uno más próximo a Alejandro, inclinándose hacia él con expresión entusiasta—. En cambio, veo en vuestros ojos un fuego, un amor al estudio, cuya vista me alegra el corazón.
 —Señor, me honráis en demasía.
 De Chauliac lo miró con atención.
 —No lo creo —dijo—. He visto cómo escucháis mis clases, y no podéis ocultar la marca de vuestra inteligencia. Tenía muchas ganas de hablar con alguien que creyera en la sepsis, como yo. Debéis explicarme cómo habéis llegado a la conclusión de que el vino contribuye a curar las heridas.
 Comprendiendo que no lo habían descubierto, sino que De Chauliac compartía su ansia de saber, Alejandro se relajó.
 —He hecho varios experimentos, lavando la herida con líquidos distintos después de las intervenciones. Muchos no surtían el menor efecto, y hasta había algunos que retrasaban la curación; el vino, en cambio, aun el más imbebible, siempre la acelera; al menos eso indican mis observaciones. Me di cuenta por primera vez cuando estaba en Montpellier…
 —¿Habéis estudiado en Montpellier?
 —En efecto —contestó Alejandro.
 —A menudo doy clases en Montpellier. ¿Cuándo estuvisteis? Quizá asistierais a alguna de mis lecciones.
 —Estuve —Alejandro cortó en seco la frase, pues sólo se acordaba del año según el cómputo judío. El pánico empezó a adueñarse de él. ¿Cómo explicar a De Chauliac que no recordaba la fecha exacta?
 —Estuve… mmm… hace seis años.
 —En 1342.
 —Eso es.
 Alejandro empezó a notar que le sudaba la frente.
 —Ah, entonces es posible que no nos viéramos —dijo De Chauliac—; pasé todo ese año en París, cuidando al rey. Padece una gota monstruosa, y no me sorprende: a pesar de su inexplicable delgadez, sigue una dieta excesivamente rica. Cuando le supliqué moderación no me hizo caso. —De Chauliac alzó la copa con gesto aparatoso y bebió de ella—. Como su majestad no quería ver a otro médico que no fuera yo, no tuve más remedio que renunciar a mis clases mientras durara su enfermedad. ¡Qué lástima no habernos conocido entonces! Me acordaría de un estudiante tan notable como vos, y habría disfrutado instruyéndoos.
 Yo seguro que también me acordaría, pensó Alejandro; ahora bien, lo que se dice disfrutar…
 —En fin, poco importa —dijo De Chauliac—. Ahora estáis aquí. ¿Qué trae a Aviñón a un español?
 Tras unos instantes de silencio, Alejandro dijo con calma:
 —Es voluntad de mi familia.
 No añadió nada más a su respuesta; tampoco De Chauliac le preguntó más detalles de su vida personal, dada su impaciencia por hablar de otros asuntos.
 —¿Decís que llegasteis a vuestra conclusión acerca del vino tan sólo a base de hacer pruebas hasta conocer el efecto de cada sustancia? ¡Qué estupenda originalidad! Demasiado a menudo esperamos que el propio curso de las cosas nos enseñe por dónde ir, e incluso en esas ocasiones nos cuesta aprender…»
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés, 1998, en traducción de Jofre Homedes, pp. 184-188. ISBN: 978-8401011399.]

domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

domingo, 15 de mayo de 2022

El olvido que seremos.- Héctor Abad Faciolince (1958)


Héctor Abad Faciolince (Author of El olvido que seremos)
Un médico contra el dolor y el fanatismo

7
  
 «El sufrimiento yo no empecé a conocerlo en mí, ni en mi casa, sino en los demás, porque para mi papá era importante que sus hijos supiéramos que no todos eran felices y afortunados como nosotros, y le parecía necesario que viéramos desde niños el padecimiento, casi siempre por desgracias y enfermedades asociadas a la pobreza, de muchos colombianos. Algunos fines de semana, como no había clase en la Universidad, mi papá los dedicaba a trabajar en barrios pobres de Medellín. Recuerdo que en algún momento remoto de mi infancia llegó a la casa un gringo alto, viejo, peliblanco, encantador, el doctor Richard Saunders, y decidió montar con mi papá un programa que él había adelantado en otros países de África y Latinoamérica. Se llamaba Future for the Children, Futuro para la Niñez. Este gringo bueno venía cada seis meses y cuando entraba en la casa (se quedaba a dormir durante algunas semanas) yo le ponía el Himno Nacional de los Estados Unidos para recibirlo. En mi casa había un disco con los himnos más importantes del mundo, todos orquestados, desde las Barras y Estrellas y la Internacional hasta el Himno de Colombia, que era el más feo de todos, aunque en el colegio dijeran que era el segundo más bonito del mundo, después de La Marsellesa.
 El cuarto de huéspedes, en mi casa, se llamaba “el cuarto del doctor Saunders”; y las sábanas mejores de mi casa, todavía me parece verlas, unas sábanas de color azul pastel, eran “las sábanas del doctor Saunders”, porque sólo se las ponían a él cuando venía. Cuando el doctor Saunders estaba se sacaba la vajilla buena, la de porcelana, las servilletas y los manteles de lino bordados por mi abuela, y los cubiertos de plata: “la vajilla del doctor Saunders”, “el mantel del doctor Saunders” y “los cubiertos del doctor Saunders”.
 El doctor Saunders y mi papá hablaban en inglés y yo me quedaba oyéndolos, embelesado en esos sonidos y palabras incomprensibles. La primera expresión que aprendí en inglés fue “it sticks”, pues se la oí decir con nitidez al doctor Saunders, lo recuerdo muy bien, mientras cruzábamos el río Medellín sobre el puente de la calle San Juan. Se la dijo con un murmullo herido de indignación a un bus que arrojaba una bocanada densa y asquerosa de humo negro exactamente a la altura de nuestras narices.
  —¿Qué quiere decir it stinks? —pregunté.
  Ellos se rieron y el doctor Saunders se excusó, porque, dijo, era una mala palabra.
  —Algo así como hediondo —me dijo mi papá.
  Así aprendí dos palabras al mismo tiempo, en inglés y en español. Mi papá nos llevaba con el doctor Saunders a las barriadas más miserables de Medellín (y muchas veces sin él, cuando regresaba a su casa en Albuquerque, en Estados Unidos). Al llegar reunían a los líderes del barrio, y mi papá le servía de traductor para las propuestas de trabajo comunitario que se les hacían para mejorar sus condiciones de vida. Se juntaban en una esquina, o en la casa cural si el párroco estaba de acuerdo (no a todos les gustaba este trabajo social), y les hablaba y les preguntaba muchas cosas, problemas y necesidades básicas que mi papá iba anotando en una libreta. Debían organizarse, ante todo, para conseguir por lo menos agua potable, pues los niños se morían de diarrea y desnutrición. Yo debía de tener cinco o seis años y mi papá me medía con los niños de mi edad, o incluso con los mayores, para demostrarles a los líderes del barrio que algunos de sus hijos estaban flacos, muy bajitos, desnutridos, y así no iban a poder estudiar bien. No los humillaba; los incitaba a reaccionar. Medía el perímetro cefálico de los recién nacidos, lo anotaba en tablas, y tomaba fotos de los niños flacos y barrigones, con parásitos, para enseñarlas después en sus clases de la Universidad. También pedía que le mostraran los perros y los cerdos, pues si los animales estaban tan famélicos que se les veían las costillas eso quería decir que en las casas no sobraba ni un bocado y estaban pasando hambre. “Sin alimentación, ni siquiera es verdad que todos nacemos iguales, pues esos niños ya vienen al mundo con desventajas”, decía.
 A veces íbamos más lejos, a algunos pueblos, y con nosotros iba también, en ocasiones, el decano de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaramillo, que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo primero. Después venían las letrinas (“para la adecuada disposición de excretas”, decía, muy técnico, mi papá) o si era posible los trabajos de alcantarillado, que se hacían los fines de semana, por acción comunal. Más adelante seguían las campañas de vacunación y las clases de higiene y primeros auxilios en el hogar, según un programa que se inventó mi papá con las mujeres más inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de “Promotoras rurales de salud”. En ocasiones nos recogía un bus de la Universidad e íbamos con todos los estudiantes de su curso, porque a él le gustaba que ayudaran y aprendieran al mismo tiempo: “La medicina no se aprende solamente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino también en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferman las personas” les decía, muy serio, desde la primera fila del bus, empuñando un micrófono.
 Una vez, en Santo Domingo, hicieron una campaña contra los parásitos intestinales en todo el casco urbano, con tan buen resultado que las cañerías del pueblo se taquearon con la cantidad de lombrices que expulsaron en un mismo día los campesinos. En mi casa se conservaba la foto de un tubo del alcantarillado obstruido por un nudo de lombrices que parecían un grumo de espaguetis morados y negros.
 El agua limpia había sido una de las primeras obsesiones en la vida de mi papá, y lo fue hasta el final. Cuando era estudiante de medicina emprendió una campaña de salud pública en un periódico estudiantil que fundó en agosto de 1945 y que dirigió durante poco más de un año, hasta octubre de 1946, cuando desapareció, tal vez porque si lo seguía publicando no se iba a poder graduar. Era un tabloide que salía cada mes y tenía un nombre futurista: U-235. En uno de sus primeros números, en may o del 46 denunció la contaminación del agua y de la leche en la ciudad: El Municipio de Medellín, una vergüenza nacional, decía el titular de la primera página, y añadía el subtítulo: El acueducto reparte bacilos de la fiebre tifoidea. La leche es impotable. El Municipio no tiene hospital. A partir de esas denuncias, sustentadas con cifras y exámenes de laboratorio, mi papá fue citado a un cabildo abierto en el Concejo de Medellín. Era la primera vez que un simple estudiante era admitido para exponer sus denuncias en un debate público, enfrentado a los funcionarios oficiales. Allí, frente al secretario de Salud, y durante dos noches consecutivas, hizo una exposición sobria, científica, que el secretario, incapaz de refutar, trató de capotear con insultos personales y argumentación rutinaria. Pero el triunfo intelectual era innegable y fue así como, sólo con su palabra y con una serie de datos precisos, logró que poco después se emprendieran las obras para construir un acueducto decente para toda la ciudad (la semilla inicial del cual todavía disfrutamos), con adecuados tratamientos del agua y tuberías modernas que no se mezclaran con las aguas negras, porque el alcantarillado era viejo, de barro poroso, y por lo tanto contaminaba el agua potable.
El olvido que seremos - Megustaleer Otro de los debates que surgieron de su periódico, y luego a partir de su tesis de grado como médico, fue por la calidad de la leche y de los refrescos. La hepatitis y el tifo eran comunes todavía en Medellín, cuando mi papá desató esas denuncias. Dos tíos de mi mamá se habían muerto de tifo por las malas aguas, y mi abuela se había enfermado de lo mismo, y también el papá del abuelito Antonio se había muerto de tifo en Jericó. Tal vez vendría de ahí la obsesión de mi papá por la higiene y el agua potable; era una cuestión de vida o muerte, era una manera de esquivar al menos un dolor evitable en este mundo tan lleno de dolores fatales. Pero el detonante de su lucha por el agua fue la muerte, también por una fiebre tifoidea, de uno de sus compañeros de carrera en la Universidad. Mi papá lo vio agonizar y morir, un muchacho que tenía sus mismas ilusiones, y decidió que eso no debería volver a pasar en Medellín. Sus denuncias apasionadas en el periódico estudiantil, y sus palabras encendidas en el Concejo, que algunos calificaron de incendiarias, no eran una jugada política, como también dijeron, sino un profundo acto de compasión por el sufrimiento humano, y de indignación por los males que se podían evitar con apenas un poco de activismo social. Así lo contó mi papá al historiador de la medicina Tiberio Álvarez:
  “Empecé a pensar en la medicina social cuando vi morir a muchos niños en el hospital, de difteria, y al ver que no se hacían campañas de vacunación; pensé en medicina social cuando un compañero nuestro, Enrique Lopera, se murió de tifoidea, y la causa era que no le echaban cloro al acueducto. Mucha gente del barrio Buenos Aires, con sus muchachas tan hermosas, amigas nuestras, también se morían de fiebre tifoidea y yo sabía que esto se podía prevenir con cloro al acueducto… Yo me rebelé en ese periódico U-235 y cuando celebraron el Cabildo Abierto les dije criminales a los concejales porque dejaban morir al pueblo de fiebre tifoidea, por no hacer un buen acueducto. Esto dio frutos, pues siguió una gran campaña por el agua; Campaña H20, se llamó y a raíz de ella se mejoró y completó el acueducto”.
 Leyendo algunos editoriales del U-235 uno se da cuenta del fuerte influjo romántico que tenían los sueños de ese joven estudiante de Medicina. En cada número emprende una campaña por alguna causa importante y más o menos imposible de alcanzar para un muchacho de pueblo recién llegado a la capital de la provincia. Pero además de sus propias ansias de luchar por ideales que iban más allá del egoísmo (o que tenían ese otro egoísmo incluso más profundo que consiste en querer convertirse en héroes románticos de la entrega y el sacrificio), abría sus páginas a escritores que los estimularan a seguir por un camino parecido.
 Quizá el artículo más importante que se publicó en el U-235 fue uno que apareció en el primer número del periódico. Estaba firmado por el mayor, y quizá el único filósofo que ha tenido nuestra región, Fernando González. Mi papá contaba que desde muy joven había leído al pensador de Otraparte, y que escondía sus libros debajo del colchón de la cama pues una vez que mi abuela lo había visto leyéndolos se los había tirado a la basura. Él mismo había estado en Envigado pidiéndole al Maestro que le escribiera un artículo sobre la profesión médica para el primer número de su periódico. González no se negó y creo que las recomendaciones que les hizo a los médicos en esa ocasión se grabaron en la memoria de mi papá como con tinta indeleble. Lo que Fernando González recomienda ahí fue lo que mi papá intentó practicar, y practicó, el resto de su vida:
  “El médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!… Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2017. ISBN: 978-84-204264-0-2.]

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mogens.- Jens Peter Jacobsen (1847-1885)


Resultado de imagen de jens peter jacobsen
La peste en Bérgamo


 «Estaba la Bérgamo Vieja, sobre la cima de un monte y al abrigo de sus puertas y murallas, y estaba la Bérgamo Nueva, a los pies del mismo monte y expuesta a todos los vientos.
 Un día se desató al peste en la ciudad nueva. Comenzó a propagarse a un ritmo endiablado; muchos murieron y el resto huyó por la llanura hasta desperdigarse en todas direcciones. Y aunque los vecinos de la Bérgamo Vieja incendiaron la ciudad abandonada para purificar el aire, poco remedio supuso. También ellos empezaron a morir en las alturas: al principio uno al día, luego cinco, luego diez y luego un par de docenas, y al alcanzar el mal su apogeo, aún muchos más.
 Y ellos no podían huir como los de la ciudad nueva. Hubo quienes lo intentaron, pero acabaron llevando una vida de bestias acosadas, ocultos en las zanjas y en las cloacas, al abrigo de las cercas y en medio del verdor de los sembrados; y es que los campesinos, que con la llegada de los primeros fugitivos habían visto irrumpir la peste en sus granjas, ahuyentaban de sus tierras a pedradas a cuanto desconocido les salía al paso, o lo molían a palos como a un perro rabioso, sin piedad ni misericordia. En legítima defensa, pensaban ellos.
 Tuvieron que quedarse donde estaban, las gentes de la Bérgamo Vieja. Día tras día, el calor se hacía más tórrido y el terrible contagio se volvía más voraz. El horror arreció hasta tornarse demencia, y la tierra pareció engullir todo rastro de orden y buen gobierno para reemplazarlo por cuanto existe de malo.
 En los primeros tiempos, con el brotar de la peste, todos se mantenían unidos en armonía y concordia, velaban por que los cadáveres recibiesen la debida sepultura, se cuidaban de encender diariamente en las plazas grandes hogueras, para que el humo purificador circulase por las calles, y repartían enebro y vinagre entre los pobres. Pero, por encima de todo, acudían a las iglesias, ya fuese a horas o a deshoras, solos o en procesión. De día se postraban ante Dios con sus plegarias, y de noche, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, las campanas de todas las iglesias lanzaban al cielo el lamento de sus cientos de gargantas. Se ordenaban ayunos, y a diario se exponían reliquias en los altares.
 Por fin, no sabiendo ya qué hacer, desde el balcón del consistorio y al son de tubas y trombones proclamaron a la Virgen Santísima alcaldesa de la ciudad, ahora y por siempre.
 Mas de poco sirvieron todos sus desvelos; nada surtía efecto. Poco a poco, las gentes se fueron convenciendo de que el Cielo o bien no quería o no podía auxiliarlas, y no sólo se cruzaron de brazos, resignándose a que ocurriera lo que hubiese de ocurrir, sino que el pecado, antes un morbo latente e insidioso, pareció trocarse en una peste maligna, manifiesta y furiosa que, a la par que la epidemia corporal, ansiara matar el alma como ésta ansiaba aniquilar el cuerpo. Tan increíbles eran sus actos, tan monstruoso su empedernimiento. El aire estaba plagado de blasfemia e impiedad, de resuellos de glotones y alaridos de borrachos, y la más salvaje de sus noches no era más negra de obscenidades que cualquiera de sus días.
 “¡A día de hoy comeremos, ya mañana moriremos!” Parecían haberle puesto música a este estribillo e interpretarlo, con un sinfín de instrumentos, en un eterno concierto infernal. De no haber estado inventados ya todos los pecados, se habrían ideado allí, pues no había camino que, en su perversidad, dejasen de explorar. Florecían entre ellos los vicios más antinaturales y les eran familiares pecados tan insólitos como la nigromancia, la brujería y el culto al diablo, pues fueron muchos los que acudieron a las potencias infernales en busca del auxilio que el Cielo les negaba.
 Todo rastro de caridad y compasión se borró de su espíritu, cada quien pensaba sólo en sí mismo. Al enfermo lo veían como a un enemigo público y si un pobre desdichado se desplomaba en la calle, presa de los primeros vértigos de la fiebre, no sólo no había puerta que se le abriera sino que, a punta de lanza y a pedradas, lo obligaban a arrastrarse hasta apartarlo del camino de los sanos.
 Día tras día, la peste arreciaba. El sol estival se abatía sobre la ciudad, no caía una gota de lluvia ni  corría un soplo de brisa. Los cadáveres que se pudrían en el interior de las casas y los que yacían a medio enterrar despedían un hedor asfixiante, que venía a mezclarse con el aire estancado de las calles y atraía nubes de cuervos y cornejas, que ennegrecían  muros y tejados. Y sobre las murallas que ceñían las calles se posaron, llegadas de muy lejos, unas aves grandes y extrañas, de picos voraces y curvas garras, que lo observaban todo con ojos calmos y ávidos, como si sólo aguardasen a que la desdichada ciudad se viera reducida a una enorme fosa de carroña.
 Se cumplían once semanas del estallido de la peste cuando los torreros y otras personas apostadas en lugares elevados vieron acercarse un singular cortejo que serpenteaba por la llanura. Poco a poco se adentraron en las calles de la ciudad nueva, entre los muros tiznados y los negros montones de ceniza que antaño fueran tinglados de madera. ¡Qué gentío! Serían seiscientos o más, hombres y mujeres, viejos y jóvenes. Portaban entre unos y otros grandes cruces negras y, sobre sus cabezas, amplios estandartes rojos como la sangre y el fuego. Cantaban a la par que andaban, llenando el aire inerte y bochornoso de melodías extrañas y desesperados lamentos.
Resultado de imagen de mogens jans perter jakobsen Marrones, grises, negras eran sus ropas, pero llevaban todos una marca roja en el pecho, que resultó ser una cruz cuando la vieron de cerca. Seguían aproximándose. Se apiñaban por el empinado camino amurallado que subía hacia la ciudad vieja. […]
 Los bergamascos se agolparon a contemplarlos, con asombro e inquietud. Sus rostros enrojecidos y embriagados contrastaban con la palidez de los recién llegados; sus miradas embotadas y veladas de lujuria se agachaban ante las de estos ojos hirientes, llameantes; los blasfemos que reían olvidaban cerrar la boca al oír los himnos. ¡Y había sangre en todos los flagelos!
 Las gentes se incomodaron al ver a aquellos extraños. Mas poco tardó en quedar atrás esa sensación. Apenas reconocieron entre los crucíferos a un zapatero de Brescia que no andaba muy bien de la cabeza, pasó a ser cosa de risa la procesión entera. Como, por otra parte, era algo novedoso que venía a distraerlos de la rutina, al ver que los forasteros se encaminaban a la catedral salieron todos en pos de ellos como habrían corrido detrás de un grupo de saltimbanquis o de un oso amaestrado.
 Sin embargo, a medida que avanzaban a empellones se iban exasperando, pues se sentían prosaicos frente a tal solemnidad y entendían sobradamente por qué aquellos zapateros y sastres habían ido hasta allí para convertirlos, para rezar por ellos y pronunciar palabras que nadie quería oír.
 Dos filósofos flacos y canosos, que habían hecho de la impiedad un sistema, incitaban a la turba y la azuzaban con toda la maldad de sus corazones, de forma que, a cada paso que daban en dirección a la iglesia, la actitud de las gentes se volvía más amenazadora y sus accesos de cólera más violentos. Poco faltó para que llegaran a ponerles la mano encima a aquellos sastres flagelantes venidos de otros lugares.
 De repente, a menos de cien pasos de la entrada del templo, una taberna abrió sus puertas y una partida de jaraneros, unos a lomos de otros, salió en tropel, se situó a la cabeza de la procesión y la condujo entre cánticos, alaridos y cómicos gestos de devoción; todos, salvo uno de ellos, que fue dando volteretas hasta los escalones recubiertos de hierba de la iglesia. Y así, entre risas, entraron todos en paz en el santuario.
 […]
 Entre tanto, los de la taberna llevaron sus tropelías hasta el mismísimo altar mayor. Uno de ellos, un joven carnicero fuerte y corpulento, se quitó el mandil blanco y se lo anudó al cuello de modo que le colgaba a la espalda como un manto. De tal guisa empezó a oficiar con palabras absurdas y terribles, cuajadas de obscenidades y blasfemias. Un gordinflón bajito y entrado en años, sorprendentemente ágil y vivaracho, con cara de calabaza pelada, le hacía las veces de sacristán, respondiéndole con las tonadas más lascivas en boga por aquellos lares; se arrodillaba, hacía reverencias, volvía el trasero hacia el altar, agitaba la campana como si de un cascabel de bufón se tratara y hacía molinetes con el incensario. Los demás borrachos, tumbados cuan largos eran en los reclinatorios, hipaban de embriaguez entre aullidos y carcajadas.
 La iglesia entera reía, vociferaba y se regodeaba a costa de los forasteros. Si se fijaban bien, les gritaban, podrían apreciar en cuánta estima tenía la Bérgamo Vieja al Señor. Su regocijo, sin embargo, no obedecía tanto al placer de ofender a Dios como al disfrute que les procuraba imaginar cuán dolorosamente debían de clavarse sus blasfemias, como aguijones, en los corazones de aquellos hombres piadosos.
 Hirviendo de odio y sed de venganza, estos permanecían en el centro de la nave, entre gemidos de aflicción. Con la mirada y las manos levantadas hacia Dios, le rogaban que se vengase del desprecio del que era víctima en su propia casa. […]
 De pronto, uno de los forasteros, un fraile joven, se puso en pie y tomó la palabra.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Ardicia Editorial, 2016, en traducción de Blanca Ortiz Ostalé, pp. 65-71 y 73. ISBN: 978-84-944476-1-7.]