domingo, 16 de diciembre de 2018

Sueño profundo.- Banana Yoshimoto (1964)


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Una experiencia

«Hace tiempo me enamoré de un hombre extraño con el que acabé manteniendo una curiosa relación triangular.  Él era amigo del que es ahora mi novio y era de ese tipo de hombres que despiertan pasiones locas en las mujeres. Visto desde el presente, no era más que un chico lleno de vitalidad, un poco peculiar, pero en aquella época yo también era muy joven y, como era de esperar, me enamoré de él. Apenas guardo ningún recuerdo de aquel hombre. A pesar de que me acosté con él en muchas, muchísimas ocasiones, como jamás tuvimos una cita en la que pudiéramos hablar con calma, frente a frente, a duras penas logro recordar su rostro. A la que sí recuerdo, vete a saber por qué, es a una horrible mujer llamada Haru.
 Ella y yo, al parecer, nos enamoramos de aquel hombre por la misma época y, a fuerza de coincidir en su casa, nos fuimos conociendo; tanto que, al final, parecía que viviésemos los tres juntos. Haru era tres años mayor que yo y hacía trabajos de media jornada; yo estudiaba en la universidad.
 Nosotras, claro, nos odiábamos, nos insultábamos e, incluso, alguna vez habíamos llegado a las manos. En toda mi vida había tenido un trato tan íntimo y crudo con alguien, jamás había aborrecido tanto a una persona. Haru era el único impedimento que había en mi camino. Posiblemente, deseé su muerte muchas veces. Claro que ella debía de sentir lo mismo.
 Al final, cierto día harto de esa vida, aquel hombre huyó lejos y su fuga puso fin a nuestro amor y, de rebote, a la relación que se había establecido entre Haru y yo. Yo me quedé en el barrio; Haru, según oí decir, se fue a París.
 Esto fue lo último que supe de ella.
 Ni siquiera yo entendía por qué me había acordado, así, de repente, de Haru. No tenía ningún deseo especial de verla, ni siquiera sentía un gran interés en saber qué había sido de ella. Aquella época había estado tan repleta de pasiones violentas que, por el contrario, había acabado convirtiéndose en un espacio en blanco, en un período que no había dejado impronta alguna en mi memoria.
 Seguro que, en París, aquella mujer se había pegado como una lapa a algún grupo de artistas, ejerciendo de auténtica gorrona, o, si no, con un poco de suerte, habría encontrado a algún viejo protector que se hiciera cargo de ella y se estaría dando la gran vida. Era de ese tipo de mujeres. Delgada como un clavo, desabrida, la voz grave y desagradable, vestida siempre de negro. Tenía los labios delgados e iba siempre con el entrecejo fruncido quejándose de todo, pero, al sonreír, su rostro adquiría un aire un poco más infantil.
 Al recordar su sonrisa, no sé por qué, me duele el corazón.
[...]
 -¡Ah! Por cierto -dije yo. Fueron justamente aquella dulzura y aquella calidez las que me lo recordaron-. En los últimos tiempos, cuando estoy a punto de dormirme, siempre tengo el mismo sueño y estoy un poco preocupada, quizá sea un principio de alucinaciones auditivas. Pero las alucinaciones no deben de ser tan agradables, supongo. ¿Crees que puedo haberme vuelto alcohólica, con lo que bebo? ¿El alcoholismo puede provocar esto?
 -¡Qué dices! -se burló él-. Aun suponiendo que últimamente te sientas más dependiente, lo que pasa es que ahora tienes todo el día libre y acabas bebiendo sin darte cuenta. En cuanto vuelvas a trabajar, volverás a estar como antes. De todas formas, no te sentará mal hacer un poco el vago. Por cierto, ¿de qué tipo de sueño se trata?
 -No sé si puede llamarse así. -Ya con nuevos ánimos, una vez hubieron amainado el dolor y las náuseas, intenté desesperadamente evocar aquella sensación de felicidad-: Pues... Borracha, me desplomo en la cama, ¿no? Y entonces siento como si algo fuera a absorberme y me parece estar andando con los ojos cerrados por un lugar que me había sido muy querido y que echo de menos. Huele bien, me siento segura y, entonces, empieza a sonar débilmente siempre la misma canción. La voz es tan dulce que me hace saltar las lágrimas, aunque, de hecho, tal vez no sea una canción. Pero es una melodía tenue, lejana, un canto que da una felicidad absoluta. Siempre la misma melodía.
 -¡Vaya! Esto es alarmante. Debes de ser alcohólica.
 -¿Qué?
 Al ver cómo fruncía el entrecejo, asustada, Mizuo me dijo riendo:
 -¡Es broma, mujer En realidad, esta historia ya la había oído antes. Bueno, una que se le parecía. Esto significa que alguien quiere decirte algo.
 -¿Alguien? ¿Y quién?
 -¿Quién? Pues un muerto. ¿No se te ocurre quién podría ser? Algún conocido.
 Reflexioné unos instantes, pero no se me ocurrió nadie. Negué con un movimiento de cabeza.
 -Por lo visto, cuando los muertos quieren ponerse en contacto con alguien que les fue cercano en vida, lo hacen así. Cuando una persona está borracha o a punto de dormirse, es fácil sintonizar con ella de esta forma. Al menos, eso he oído decir.
 De repente sentí un escalofrío y me cubrí con el edredón hasta los hombros.
 -Oye, ¿tiene que ser necesariamente un conocido? -pregunté.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2007, en traducción de Lourdes Porta. ISBN: 978-84-672-2345-3.]

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