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domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]   

domingo, 14 de junio de 2026

Asinaria o La comedia de los asnos.- Plauto (254 a.C. - 184 a.C.)

Acto III
Escena I
(Cleéreta y Filenia)

«Cleéreta: ¿No puedo conseguir que me obedezcas cuando te prohíbo alguna cosa? ¿Es que tienes la idea de librarte de la autoridad maternal?
 Filenia: ¿Cómo voy a aplacar a la Piedad, oh madre, si no busco agradarte acomodándome a tus normas de conducta, en la forma que me mandas?
 Cleéreta: ¿Es esto honrar la Piedad, quitarle autoridad a tu madre? ¿Está bien oponerte a mis órdenes?
 Filenia: ¿Cómo es esto? Ni censuro lo que está bien hecho ni me gusta lo que es deficiente.
 Cleéreta: Nuestra enamoradiza es bastante habladora...
 Filenia: Madre, ése es mi negocio. La lengua pide, el cuerpo pide, el corazón suplica, las circunstancias aconsejan.
 Cleéreta: Quería corregirte y te presentas como acusadora.
 Filenia: ¡Por Dios!, ni te acuso ni me creo con derecho a ello. Pero me lamento de mi suerte cuando me apartas del que amo.
 Cleéreta: ¿De todo el día no se me concederá una partecita para poder hablar?
 Filenia: No sólo te doy tu partecita sino también la mía. Para hablar y para callar, ten firme el gobernalle, pues, ¡por Pólux!, si abandono el remo y descanso sola en la cabina de la nave, se acabó para ti toda nuestra hacienda familiar.
 Cleéreta: ¿Qué dices? No he visto nunca una mujer más desvergonzada que tú. ¿Cuántas veces te he prohibido acercarte a Argiripo, acariciarle, hablar con él? ¿Qué te ha dado, qué ha ordenado que nos trajesen? ¿Es que tú crees que las palabras dulces son oro o que las palabras bien dichas son regalos? Estás demasiado enamorada, le buscas demasiado, le reclamas a tu lado. A los que dan, los desprecias; a los que te desprecian, te pierdes por ellos. ¿Acaso debes esperar si alguno te promete que te va a hacer rica cuando se muera su madre? ¡Por Cástor!, nos amenaza un gran peligro, a nosotras y a la casa, de morir de hambre mientras esperamos su muerte. Si esta vez no trae aquí las veinte minas de plata, ¡por Cástor!, será arrojado de aquí a la calle, ese derrochador de lágrimas. Hoy es el último día que yo acepto sus excusas de pobreza.
 Filenia: Yo aguantaré, madre mía, aunque mandes que no coma.
 Cleéreta: No te prohíbo que ames a los que te dan, porque ellos son amados con razón.
 Filenia: Mas si mi corazón se enamora de uno, madre, ¿qué he de hacer?  Aconséjame.
 Cleéreta: ¡Toma! Mira mi cara, si velas por tu interés.
 Filenia: También el pastor que apacienta las ovejas ajenas tiene alguna preferida para alegrar su esperanza. Déjame amar a uno solo de corazón, a este Argiripo, a quien quiero.
 Cleéreta: Marcha dentro, pues, ¡por Pólux!, no hay nadie más desvergonzada que tú.
 Filenia: ¡Oh, madre!, has tenido una hija pronta a obedecer.

Escena II
(Líbano y Leónidas)

 Líbano: Con razón damos a la Perfidia alabanzas y muchas gracias porque con nuestros trucos, engaños y astucias, confiados en nuestras espaldas, apoyados en el valor de las varas del olmo... [Falta un verso.] ...contra los aguijones, cuchillos, cruces, esposas, hierros, cadenas, cepos, trampas, collares, cepos de cabeza y de pies, argollas y contra encarnizados provocadores, conocedores de nuestras espaldas en las que anteriormente tantas veces nos produjeron cicatrices... [Falta un verso.] ...Por ahora, esas legiones, tropas y ejércitos suyos, luchando con fuerza con nuestros juramentos falsos, han alcanzado la fuga. Esto se ha conseguido con el valor de este colega y con mi colaboración. ¿Hay alguien más valiente que yo para soportar los castigos?
 Leónidas: ¡Por Pólux!, no puedes alabar tus méritos tanto como yo: por lo que has hecho de malo en casa y en la guerra. ¡Canastos! No se pueden mencionar a tu favor muchas cosas: las veces que has defraudado a quienes confiaban en ti, las muchas veces que has sido infiel a tu amo, las veces que a sabiendas y de buen grado has jurado en falso, cuantas veces has perforado las paredes has sido cogido en hurto, las muchas veces que te has defendido estando colgado en presencia de ocho hombres fornidos y audaces y valientes manejadores de vergas.
 Líbano: Confieso, verdaderamente, Leónidas, que la verdad es como tú dices. Mas, ¡por Pólux!, ¿ no pueden también referirse tus propias y muchas maldades sin mentir? Las veces que a sabiendas has sido infiel a quien te era fiel, las veces que has sido cogido en hurto manifiesto y azotado, las veces que has jurado en falso, las veces que has alargado las manos a objetos sagrados, las muchas veces que has ocasionado daños, malestar o deshonor a tus amos, las veces que has negado el depósito que se te había confiado, las veces que has sido más fiel a la amiga que a tu amigo, las muchas veces que por la dureza de tu piel has tenido a tu lado ocho fuertes lictores dotados de flexibles varas de olmo. ¿Acaso al alabar a mi colega he hecho mal el elogio?
 Leónidas: Lo has hecho como más me convenía a mí, a ti y a nuestra condición.
 Líbano: Deja todo eso y responde a mi pregunta.
 Leónidas: Pregunta lo que quieras.
 Líbano: ¿Tienes las veinte minas de plata?
 Leónidas: Eres un adivino. ¡Por Pólux!, que el viejo Deméneto ha sido amable con nosotros. ¡Qué gracioso cuando me hacía pasar por Sáurea! Apenas pude contener la risa cuando el extranjero decía muy exaltado que durante su ausencia no había querido fiarse de mí. Cómo me llamaba, sin olvidarlo nunca, Sáurea el intendente.
 Líbano: Espera un poco.
 Leónidas: ¿Qué pasa?
 Líbano: ¿No es Filenia esa que sale de su casa acompañada de Argiripo?
 Leónidas: Cierra la boca: es él. Escuchemos con disimulo.
 Líbano: Ella, llorando, le coge el vestido a él, que también llora. ¿Qué querrá decir todo esto?
 Leónidas: Escuchemos en silencio.
 Líbano: ¡Toma! Ahora, ¡pardiez!, pienso que lo que querría tener es una pértiga.
 Leónidas: ¿Por qué?
 Líbano: Para azotar a los asnos, si por casualidad comenzasen a rebuznar, desde nuestras alforjas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en traducción de José Mª Guinot Galán, pp. 167-171. ISBN: 84-239-7346-8.]

domingo, 3 de mayo de 2026

Obras escogidas.- Carl Spitteler (1845-1924)


 Narraciones breves
Lissele

 «Lissele descendía de una de aquellas familias aprensivas que consideraban el colmo de la cordura humana acertar a sacar el hilo negro de todas las cosas para mostrárselo mutuamente y comentarlo con toda prolijidad.
 Todas las noches, en cuanto el reloj sonaba, la señora del doctor Fixle gritaba estremecida:
 -¿Es posible que ya sean las ocho?
 Y su marido, que se estaba quedando dormido sobre el periódico, respondía sobresaltado:
 -¿Por qué no? O estás soñando o no estás en tus cabales.
 Cuando comprobaron en la esfera del reloj la hora con una rápida mirada, ambos quedaron un momento tan serios y sus rostros reflejaron tal solemnidad que la pequeña Lissele contuvo el aliento y no se atrevió a pronunciar ni una palabra, llena de timidez y respeto.
 Les traía a mal traer que los días menguaran tan desagradablemente en el otoño y que crecieran tan bruscamente en primavera. Los días de fiesta se convertían en días de duelo por arte filosófica de la señora del doctor. En navidades solía decir:
 -Ya no es lo mismo que hace veinte años; la Nochebuena no se goza más que cuando se es niño.
 Y con estas reflexiones se acercaban a la ventana para mirar fijamente a lo lejos, llenos de melancolía.
 La noche de San Silvestre lloraban al año viejo tanto como a una tía moribunda; en cambio, saludaban al venidero con voz de Casandra:
 -¡Quién sabe lo que nos traerá!
 Lo peor era el día del cumpleaños de Lissele. Tenía ésta la mala costumbre de envejecer un año en cada nuevo aniversario; fácil es comprender el espanto de los sorprendidos padres. Desde que Lissele alcanzaba a recordar, su cumpleaños había suscitado siempre este comentario:
 -¿Te das cuenta, Lissele, lo vieja que eres? ¡Cuatro años!
 Y lo decían con tal voz como si Lissele hubiera alcanzado el cenit, como si hubieran encanecido ya sus cabellos y como si sus dientes blanquísimos, que la Naturaleza acababa de regalarle, hubieran desaparecido para siempre. Al año siguiente, fueron, como es natural, "¡cinco años!", que suscitaron serias reflexiones. Pero estas advertencias no dieron fruto; Lissele, convencida también de la descortesía de su raudo envejecer, no fue nunca joven.
 Y así en todo lo demás. En las raras excursiones y viajes veraniegos que hacían, el matrimonio Fixle no dejaba una aldea ni un arroyo sin antes haberse despedido de ellos, con la triste sospecha de hacerlo por última vez. Y si Lissele replicaba sonriendo que no era tan terrible desgracia no volver a pisar en Echlettstadt o en Kolmar, pues otras muchas ciudades habría y más hermosas, la replicaban diciendo:
 -¡Ríe, ríe, Lissele! ¡No reirás así cuando sepas lo que es la vida!
 Cuando el recuerdo del pasado y de la caducidad de la existencia dominaba a los buenos ancianos, surgía continuamente en su charla la palabra "vida", con la que querían designar el impreciso terror que el futuro les producía. "Vida" era para ellos la hostilidad de los hombres, la adversidad de los acontecimientos, la perfidia del destino, los cuidados, las preocupaciones y muchas otras cosas indefinidas; sí, hasta la muerte era "vida" para ellos. Todo lo que aquella palabra encerraba en sí producía en Lissele un respeto alegórico hacia la "vida", personificándola en su fantasía en la figura de un maestro invisible con una palmeta metafísica en la mano, dispuesto a vapulear a los mayores, como un profesor de caligrafía a los niños.
 A pesar de todos estos suspiros y lamentos y a pesar del vertiginoso envejecer de un cumpleaños a otro, Lissele estaba cada vez más fresca y hermosa y llegó a convertirse al fin en una señorita encantadora, cuyos graciosos hoyuelos en las mejillas inspiraron multitud de poemas a los señores oficiales, a los jóvenes empleados y a los dependientes de comercio; mas todo fue en vano, pues Lissele, como muchacha bien educada, entregaba todos aquellos mensajes incendiarios a su mamá sin leerlos, y ésta los conservaba muy bien guardados, como futuro arco de triunfo para el día de la boda.
 Cuando los homenajes amorosos crecieron en número, fue convocado un gran consejo de familia, cuyo acuerdo final consistió en que un primo de Lissele, el joven doctor Wäjele, de Strassburg, viniera a residir al pueblo del doctor Fixle, le atendiera la clientela de los caseríos y se sentara a la mesa con él tres veces por semana; la lengua de las gentes hizo lo demás y, antes de que el doctor Wäjele se percatara de ello, se vio hecho novio.
 Ahora, naturalmente, empezó a oír tantas advertencias sobre Lissele como elogios le hicieran antes de ella; debía reflexionar mucho sobre el particular; Lissele era un poco dominante y, si no andaba con cuidado, tendría que estar sumiso al padre y a la hija. Pero él no hacía mucho caso de aquellas admoniciones, pues los hoyitos risueños de sus mejillas decían todo lo contrario.
 Mas una mañana, estando escribiendo una receta en el despacho del viejo doctor, entró Lissele inopinadamente, se puso frente a él, le miró un momento con los tristes ojos muy abiertos en los que espejeaban las lágrimas, susurrando al fin:
 -¿Crees que seré una mala mujer para ti?
 Un beso fue la respuesta y, desde aquel momento, se amaron entrañablemente.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Promoción y Ediciones Club Internacional del Libro, 1990, pp. 237-239. ISBN: 84-7461-144-X.]

domingo, 27 de julio de 2025

El haya de los judíos.- Annette von Droste-Hülshoff (1797-1848)

 

  «En tal medio nació Friedrich Mergel [...] El padre de Friedrich, el viejo Hermann Mergel, había sido en su juventud lo que se dice un metódico bebedor, esto es, un tipo que sólo los domingos y días festivos yacía en la acequia, y durante la semana tenía tan buenos modales como cualquier otro. De ahí que no tuviese dificultades cuando pretendió a una muchacha bonita y de buena posición. La boda fue muy alegre. Mergel no bebió demasiado y los padres de la novia regresaron por la noche satisfechos a su casa; pero al domingo siguiente pudo verse a la joven esposa, lanzando gritos y manchada de sangre, correr por el pueblo en dirección a la casa de sus padres dejando abandonados sus buenos vestidos y demás enseres caseros. Esto supuso un  gran escándalo para el pueblo y enorme disgusto para Mergel, quien estaba necesitado de consuelo. Aquel mismo día por la tarde no quedaba ni un cristal sano en su casa y se le vio hasta altas horas de la noche tendido delante del umbral; de vez en cuando se llevaba a la boca un trozo de botella rota, con el que hería su cara y las manos de manera lastimosa. La joven esposa permaneció junto a sus padres, donde se fue consumiendo de pena hasta que murió. No se sabe a ciencia cierta si el arrepentimiento o la vergüenza le martirizaban, el hecho es que parecía cada vez más necesitado de consuelo y pronto se le contó entre los sujetos completamente degenerados. La hacienda se vino abajo; extrañas mujeres trajeron la vergüenza y la ignominia; así transcurrieron los años, Mergel era y seguía siendo un viudo desconcertado y miserable, hasta que de pronto apareció de nuevo como novio. El asunto era de por sí inesperado y la personalidad de la novia contribuyó a aumentar la sorpresa. Margreth Semmler era una persona honrada y decente, ya de cuarenta años; en su juventud había sido una belleza de la aldea y todavía ahora se la consideraba como inteligente y buena administradora, y además no pobre de recursos económicos; y por eso nadie comprendió el motivo que la había empujado a dar este paso. Sin embargo, creemos encontrar el motivo en la conciencia que ella tenía de su propia perfección y seguridad, pues la tarde anterior a la misma boda ella misma dijo: "Una mujer que es maltratada por su marido es tonta o no sirve para nada; si me va mal, decid que la culpa es mía". Desgraciadamente el resultado demostró que ella había sobreestimado sus fuerzas. Al principio infundió respeto a su marido, que no solía entrar en casa deslizándose por el granero cuando venía algo bebido, pero el yugo le oprimía demasiado para soportarlo largo tiempo y pronto le vieron cruzar la callejuela tambaleándose y entrar en la casa; se oyó en el interior su escandaloso alboroto y se vio cómo Margreth corría y cerraba la puerta y las ventanas. Un día de ésos -que no era domingo- la vieron salir precipitadamente de la casa, sin cofia ni pañuelo, el cabello suelto sin peinar, arrodillarse junto a un macizo de hierbas y palpar la tierra con las manos, después miró temerosa en torno suyo, cortó rápidamente un manojo de hierbas y lentamente volvió a la casa; pero no entró por la puerta sino por el granero. Se decía que Mergel le había puesto la mano encima por vez primera aquel día, a pesar de que tal confesión jamás salió de sus labios. A los dos años de este desgraciado matrimonio llegó un hijo -no se puede decir que con regocijo, pues Margreth tuvo que haber llorado mucho cuando el niño nació. Sin embargo, aunque aquel niño había sido gestado bajo un corazón lleno de amargura, Friedrich fue un niño sano y bonito que creció fuerte al aire libre. El padre le quería mucho, nunca venía a casa sin traerle un trocito de bollo o algo parecido, y hasta se creía que, desde el nacimiento del muchacho, Mergel se había vuelto más ordenado; al menos, el alboroto en la casa había disminuido.
 Friedrich tenía nueve años; era por la fiesta de los Reyes Magos; una noche de invierno cruda y tempestuosa. Hermann había asistido a una boda y se puso temprano en camino porque la casa de la novia distaba tres cuartos de milla. Aunque había prometido regresar al atardecer, la señora Mergel no contaba con ello, ya que tras la puesta del sol había comenzado a nevar copiosamente. Hacia las diez atizó las cenizas del hogar y se preparó para ir a dormir. Friedrich estaba a su lado, medio desnudo y escuchaba los aullidos del viento y el trepidar de los tragaluces de la casa.
 -Madre, ¿no viene padre hoy? -preguntó.
 -No hijo, mañana.
 -¿Pero por qué no, madre? ¡Si prometió venir!
 -¡Ay, Dios mío, si mantuviera todo lo que promete! ¡Anda, anda, termina!
 Apenas se habían acostado cuando se levantó un vendaval que parecía querer arrancar la casa del suelo. El dosel de la cama temblaba y el viento que se introducía por el hueco de la chimenea bramaba como un fantasma.
 -¡Madre, están golpeando fuera!
 -Calla, Friedrich, es la tabla de la cornisa que está floja y la mueve el viento.
 -¡No madre, es en la puerta!
 -La puerta no cierra bien; el picaporte está roto. ¡Dios, duérmete de una vez! No me eches a perder el breve descanso de la noche.
 -Pero ¿y si padre viniese ahora?
 La madre se dio la vuelta bruscamente en la cama.
 -¡A ése le tiene el diablo bien agarrado!
 -¿Dónde está el diablo, madre?
 -¡Ya verás trasto! ¡Está detrás de la puerta y va a venir a por ti como no te calles!
 Friedrich se calló; escuchó un ratito todavía y después se durmió. Transcurridas unas horas se despertó. El viento había cambiado y, ahora, a través de la rendija de la ventana le silbaba al oído como una serpiente. Su hombro estaba entumecido de frío, se deslizó bajo las sábanas y el miedo le hizo permanecer completamente inmóvil. Transcurrido un rato notó que la madre tampoco dormía. La oyó llorar y de vez en cuando decía:
 -¡Dios te salve, María! ¡Ruega por nosotros, pecadores!
 Las cuentas del rosario se deslizaron por el rostro del niño... Se le escapó un suspiro involuntario.
 -Friedrich, ¿estás despierto?
 -Sí, madre.
 -Hijo, reza un poco, ya sabes la mitad del Padre Nuestro. ¡Para que Dios nos proteja de la escasez de agua y de fuego!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1996, en edición de Ana Isabel Almendral, pp. 87-90. ISBN: 84-376-1451-1.]

domingo, 19 de enero de 2025

El amigo Manso.- Benito Pérez Galdós (1843-1920)

 

XV.- ¿Qué leería?

 «Éste fue el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé en llegar a mi casa y aún me persiguió aquel enigma hasta que me dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cuál fue mi lectura? Abrí no sé qué libros de mi más ardiente devoción y me harté de poesía y de idealidad.
 Al despertar volví a preguntarme: "¿Qué leería?" Y en clase, cuando explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamiz, la cuestión de lo que Irene leía.
 Cumplidos mis deberes profesionales, fui a almorzar a casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó a serme agradable aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí, por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres. Pero yo empezaba a formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y no nuestra hechura.
 Favorecía mis visitas a la casa de mi hermano su proximidad a la mía, pues en seis minutos y con sólo 560 pasos salvaba la distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearme por las páginas del Año cristiano. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve balcones de antepecho corrido, que semejaban pentagrama de música! ¡Y eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía con paternal agasajo, y al entrar me recibía el huésped eterno y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba entonces a todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y aún hoy viene a formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mis recuerdos.
 El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas, besándome la mano y llamándome Taita. Aquel día me dijo:
 -Mi ama Lica se ha levantado hoy.
 Entré a verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de sensibilidad, atendiendo a Lica, arreglándole las almohadas en el sillón, cerrando las puertas para que no le diera el aire y al mismo tiempo poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y preceptos que Calígula dictaba a cada momento para que el niño y la nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes como la Nuevísima recopilación. Ella había buscado el ama y la había vestido, poniéndole más galones que a un féretro, collares rojos y todo lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas, fajas y abrigos para mi tierno ahijado.
 -Tiene toda la cara de tu madre -me decía-, y éste se me figura que va a ser un sabio como tú. Pero ¿has visto cosa más rica que este ángel?
 A mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es característica de todos los Mansos,  y un aire de mal humor, un gesto avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida.
 Esta se multiplicaba para atender a todo; y como al muchacho se le ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños, ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín bostezaba abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba ella: "¡Ama, la teta, la teta!"
 Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado, ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos a las personas como si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia y desconfianza del salvaje. Cuando obediente a la consigna de doña Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba a sonar como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando ésta no podía oírlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:
 -No hay mujer como ésta, no la hay... Le digo a usted, Lica, que ha sido una adquisición... ¡Gracias a mí, que la he buscado como pan bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran a la vuelta de la esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... Una cosa atroz, ¿ha visto usted? No dice esta boca es mía.
 Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:
 -¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy  mona.
 Y Lica me dijo, como siempre:
 -Máximo, cuéntame cosas.
 -¿Qué cosas ha de contar este sosón? -zumbó mi cínife con humor picaresco-. Que empiece a echar filosofías y nos dormimos todas.
 A pesar de esta sátira, yo contaba cosas a Lica, le hablaba de teatros, actualidades y de las noticias de Cuba.
 La peinadora entró a peinar a Chita, que, mientras le arreglaban el pelo, me obligó a darle cuenta de todas las funciones que en la última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido a ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada tenían pasión por los dramas y horror a la música y a las comedias de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien cargados de barbas y vestidos de verde, o forrados de hojadelata imitando armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa y se dormían cuando los actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas hermanas los leían con deleite entre sorbos de café.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Signo editores, 2010, pp. 64-66. ISBN: 978-84-8447-046-5.]

domingo, 1 de diciembre de 2024

La tía Tula.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

 

VII

 «Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
 Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
 Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, tan transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquél era el manantial cerrado.
 [...]
 ¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda, fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón, le decía: "¡Calla, déjale que hable!"
 Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: "Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es ésta la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracias a los casados y que críen hijos para el cielo".
 ¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, "¿tendría razón -decíase entonces- Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer, y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?" Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía depender -decíase entonces- de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero -y esto sí que lo recordaba bien ahora- para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuridad de la noche, y susurrándola, una y otra vez al oído, en letanía, un rosario de "¿me quieres, me quieres, Rosa?", mientras a ella se le escapaban los síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco..., ¡había vencido! Y entonces fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
  El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor -decíase Ramiro ahora- sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya que cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar y hasta el dormir, y el rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo "hágase tu voluntad" y un incesante "¡venga a nos el tu reino!", no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 52-55. Depósito legal: M-8.545-1969.]

domingo, 1 de septiembre de 2024

La señora Dalloway.- Virginia Woolf (1882-1941)

 

 «Muy bien. Pero, ¿acaso había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la molestia de dar una fiesta sin razón alguna.
 Pero profundizando más, por debajo de lo que la gente decía (y estos juicios ¡cuán superficiales, cuán fragmentarios eran!), yendo ahora a su propia mente, ¿qué significaba para ella esa cosa que llamaba vida? Oh, era muy raro. Allí estaba Fulano de Tal en South Kensington; Zutano, en Bayswater; y otro, digamos, en Mayfair. Y Clarissa sentía muy continuamente la noción de su existencia, y sentía el deseo de reunirlos, y lo hacía. Era una ofrenda; era combinar, crear; pero ¿una ofrenda a quién?
 Quizá fuera una ofrenda por amor a la ofrenda. De todos modos, éste era su don. No tenía nada más que fuera importante; no sabía pensar, escribir, ni siquiera sabía tocar el piano. Confundía a los armenios con los turcos; amaba el éxito; odiaba la incomodidad; necesitaba gustar; decía océanos de tonterías; y si alguien le preguntaba qué era el Ecuador no sabía contestar.
 De todos modos, los días se sucedían uno tras otro; miércoles, jueves, viernes, sábado; una tenía que levantarse por la mañana, ver el cielo, pasear por el parque, encontrarse con Hugh Whitbread; y de repente llegó Peter: luego, aquellas rosas; con esto bastaba. Después de esto, ¡qué increíble resultaba la muerte! El que todo hubiera de terminar; y nada en el mundo entero llegaría a saber lo mucho que le gustaba todo; llegaría a saber cómo en cada instante...
 Se abrió la puerta. Elizabeth sabía que su madre estaba descansando. Entró muy silenciosamente. Se quedó absolutamente quieta. ¿No sería que algún mongol había naufragado ante la costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery), y se había mezclado con las señoras Dalloway, quizá cien años atrás? Sí, porque las Dalloway, por lo general, eran rubias, con ojos azules; y Elizabeth, por el contrario, era morena; tenía ojos chinos en la cara pálida, misterio oriental; era dulce, considerada, quieta. De niña, tenía un estupendo sentido del humor; pero ahora, a los diecisiete años, sin que Clarissa pudiera comprenderlo ni siquiera remotamente, se había transformado en una muchacha muy seria; como un jacinto de brillante verde, con capullos de leve color, un jacinto sin sol.
 Se estaba muy quieta y miraba a su madre; pero la puerta había quedado entornada y Clarissa sabía que, más allá de la puerta, estaba la señorita Kilman; la señorita Kilman con impermeable, escuchando lo que ellas hablaban.
 Sí, la señorita Kilman estaba en pie, fuera, e iba con impermeable, pero tenía sus razones. En primer lugar, era barato; en segundo lugar, la señorita Kilman tenía más de cuarenta años; y, al fin y al cabo, no se vestía para gustar. Además, era pobre, humillantemente pobre. De lo contrario, no hubiera aceptado empleos de gente como los Dalloway; empleos de gentes ricas a quienes gustaba ser amables. Y, dicho sea en justicia, el señor Dalloway había sido amable. Pero la señora Dalloway, no. Había sido, simplemente, condescendiente. Procedía de una familia perteneciente a la clase más indigna, la clase de los ricos con un barniz de cultura. Tenían cosas caras en todas partes: cuadros, alfombras, gran número de criados. La señorita Kilman pensaba que tenía pleno derecho a cuanto los Dalloway hacían en su beneficio. 
 Pero la señorita Kilman había sido estafada. Sí, la palabra no constituía una exageración, porque ¿acaso una chica no tiene derecho a una cierta clase de felicidad? Y la señorita Kilman nunca había sido feliz, por ser tan poco agraciada y tan pobre. Y luego, cuando se le presentó una buena oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, vino la guerra; y la señorita Kilman siempre había sido incapaz de mentir. La señorita Dolby consideró que la señorita Kilman sería más feliz viviendo con personas que compartieran sus opiniones acerca de los alemanes. Tuvo que irse. En realidad, su familia era de origen alemán; su apellido se escribía Kiehlman, en el siglo XVIII, pero su hermano murió en la guerra. A ella la echaron porque no podía aceptar la ficción de que todos los alemanes eran malvados. ¡Tenía amigos alemanes, y los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! A fin de cuentas, sabía enseñar historia. Tuvo que aceptar lo que le ofrecieran. El señor Dalloway la descubrió mientras ella trabajaba en casa de los Friend. Y le permitió (lo cual fue verdaderamente generoso por su parte) enseñar historia a su hija. También le daba clases de cultura general y demás. Entonces, en su vida apareció Nuestro Señor (aquí la señorita Kilman inclinaba siempre la cabeza). Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a las mujeres como Clarissa Dalloway; se apiadaba de ellas.
 Se apiadaba de estas mujeres y las despreciaba desde lo más hondo de su corazón, mientras permanecía en pie sobre la muelle alfombra, contemplando un viejo grabado de una niña con manguito. Con tanto lujo, ¿qué esperanza cabía albergar de que las cosas, en general, mejorasen? En vez de yacer en el sofá -Elizabeth había dicho: "Mi madre está descansando"-, Clarissa Dalloway hubiera debido estar en una fábrica, detrás de un mostrador, ¡la señora Dalloway y todas las demás lindas señoras!»

  [El texto pertenece a la edición en español Editorial Lumen, 1984, en traducción de Andrés Bosch, pp. 139-141. ISBN: 84-264-1115-0.]

domingo, 2 de junio de 2024

La educación es educarse.- Hans-Georg Gadamer (1900-2002)

 

   «Intentaré justificar por qué creo que sólo se puede aprender a través de la conversación. Ésta es, ciertamente, una afirmación de gran alcance, en favor de la cual, sin embargo, yo tendría que desplegar en cierto sentido todos mis esfuerzos filosóficos en los últimos decenios. Si yo tuviera que titular de alguna manera esta lección o conferencia de hoy -no es, como ustedes ven, una lección- y tengo por uno de los más peligrosos atavismos de nuestra vida académica el que se siga hablando de lección. Leer no es hablar; se trata de dos cosas distintas. Cuando uno habla, le habla a alguien; cuando uno lee, está este papel entre ambos. En realidad, aquí no hay nada escrito salvo un par de notas que he redactado y por ello me sirvo de él sólo por un momento. 
 Afirmo que la educación es educarse, que la formación es formarse. Con ello dejo conscientemente al margen los que puedan ser, obviamente, los problemas entre la juventud y sus preceptores, maestros o padres. Deseo contemplar todo este ámbito desde un ángulo distinto del que domina propiamente el debate y pretendo llevar las cosas a una idea más precisa.
 Así, pues, para empezar me pregunto: ¿quién es propiamente el que educa? ¿Cuándo comienza propiamente la educación? No quiero entrar ahora en los conocimientos especiales de la investigación más reciente que se ocupa de la relación de comunicación entre la madre y el hijo todavía no nacido. Sin duda hay aquí ya comunicación, si bien, también con toda seguridad, no de naturaleza lingüística. En cambio, en relación con el recién nacido se plantea una cuestión muy interesante: ¿dónde están los inicios de aquello que todos consideramos sin duda como la educación básica de todo ser humano, a saber, el aprender a hablar? Aquí radican ya todos los misterios que vienen al caso también para el tiempo posterior, por ejemplo para lo que llamamos el desarrollo profesional. Sin duda, la primera constatación aquí, aquella con la cual comienzo, consiste en decir que esto puede verse en un niño recién nacido. En los meses subsiguientes empieza con ciertos juegos, quiere coger algo y parece complacido, incluso orgulloso, de poder hacerlo. Todavía no puede coger ni querer realmente pero, con todo, uno percibe el gozo y un primer sentirse bien en ello. Casi diría: sentirse en casa. No cabe duda de que éste es el primer ingente trabajo anímico para un recién nacido; y por esta razón grita también, precisamente porque no es capaz de enfrentarse al hecho de estar repentinamente expuesto a un entorno por completo inconcebible.
 Si tratamos ahora de ver de este modo lo que evidentemente es el siguiente paso frente a este primero, nos encontramos con que trae consigo los primeros años del aprender a hablar. Como todos sabemos, años increíblemente interesantes, llenos de sorpresas para los padres. El hablar del ser humano no conserva después la viveza del uso libre del hablar incipiente. Lo que a veces se muestra en él es una pérdida. Todos sabemos que palabras, o también nombres, del lenguaje de la infancia quedan adheridos a una persona durante toda su vida. Aquí hay que dar un paso más. Hay que dedicar toda la atención a procurarse, incluso para el propio nombre, algo así como una reacuñación de la palabra utilizada por los padres y algo parecido ocurre con los nombres de los animales y en otros muchos casos. Naturalmente, este tema se puede estudiar particularmente bien en el caso del poner nombres.
 Así pues, nos preguntamos: ¿quién educa aquí? ¿O es esto un educarse? Es un educarse como el que percibo en particular en la satisfacción que uno tiene de niño y como alguien que va creciendo cuando empieza a repetir lo que no entiende. Por fin lo ha dicho bien, y entonces está orgulloso y radiante. Así, debemos partir quizá de estos inicios para no olvidar jamás que nos educamos a nosotros mismos, que uno se educa y que el llamado educador participa sólo, por ejemplo como maestro o como madre, con una modesta contribución. Veremos todavía lo que esto implica. Si se me permite el recuerdo de mi propia infancia y de la de otros que conozco de mi propia vida familiar, esto será, claro está, sólo una ilustración que cualquiera podría aportar. Es patente que el momento en que, después de los padres, empiezan primero el jardín de infancia y después la escuela, significa un gran corte en estos años de aprender a hablar. Sin duda es un gran paso en el que tiene lugar algo realmente nuevo, "de la cuna, por así decir, hasta la sepultura". Me refiero a la relación con los otros seres humanos, la comunicación.
Yo tenía una hija, y en ocasiones mi esposa debía pedir a la asistenta -entonces teníamos una asistenta- que le cambiara los pañales. Ello daba lugar a continuación a grandes berridos. Al principio, yo también tenía que hacerlo algunas veces y en opinión de mi esposa -seguro que tenía razón- lo que yo había llevado a cabo era simplemente una tortura. Pero, ¡mira por dónde!, la niña estaba resplandeciente y se dormía satisfecha. En efecto, así son las cosas en la comunicación, de la cual no sabemos absolutamente nada todavía y que, sin embargo, cumple este proceso del llegar a estar en casa que yo designaría con el mayor énfasis como la idea directriz de toda clase de educación y de formación. También la formación se forma así, si tenemos en cuenta sólo una cosa, a saber, que la así llamada formación escolar tiene siempre una marca característica: también aquí sólo hay lo que justamente se ha formado. Éstas no son lo que llamamos especialidades particulares, sino que ya significa algo así como formación general, algo que, ciertamente, se desarrolla sólo lentamente.
 Claro está que el jardín de infancia se encuentra actualmente en un proceso de evolución del cual todavía no sabemos nada con exactitud. Los misterios y las dificultades del campo de la educación se han visto en gran medida apremiados y, en último término, amenazados por la revolución industrial. Esto significa que también las madres se ven obligadas, más o menos, a la actividad profesional. Para la población en su conjunto debemos tomar nota de ello incluso allí donde nos encontramos con personas no sujetas a dicha obligación. Después de todo, también la figura del padre ausente, el que tan raramente esté ahí, es una experiencia curiosa. Pero en el caso del niño que está totalmente al cuidado de los padres, ¿qué ocurre cuando ambos se van a trabajar? Esto es algo que he aprendido a estudiar especialmente en América. Por cierto que todo lo que es problemático debemos estudiarlo alguna vez en otras partes. Esto es por lo menos prudente, y así he tenido también ocasión de conocer bastante bien los Estados Unidos. Es muy necesario tener claro lo que significa, por ejemplo, el hecho de que yo le dijera a un colega en su lugar de trabajo: "Pero, usted tiene también familia, dos hijos" y que él respondiera: "Bueno, ¡qué más da!, están frente a la tele". Se pueden ustedes imaginar los problemas que este padre llegará a tener si se han hecho más fáciles estos primeros años gracias a que los hijos ha estado mirando en exceso la televisión. Naturalmente, ha cometido ahí un funesto error. Ninguna valoración del peligro que en un caso como éste representan los grandes medios de comunicación para el auténtico ser hombre puede ser suficientemente alta. Pues se trata por encima de todo de aprender a atreverse a formar y exponer juicios propios. Esto no es en absoluto fácil. Hablamos con los niños y sabemos hasta qué punto les es difícil empezar a escucharnos, y cómo prefieren ganarse a los extraños con una sonrisa seductora.
 Pues bien, éste es el tipo de problemas que, tras los primeros pasos en el jardín de infancia, generan los primeros años escolares. ¿Con qué empiezan? Ante todo, naturalmente, con los muchos compañeros, de los cuales no todos le gustan al niño, aunque sí algunos. Todo el juego de gustar y no gustar, de la simpatía y la antipatía, todo lo que demanda la vida en su conjunto, acontece también en las clases. El pobre maestro ejerce una función muy modesta si pretende influir en este proceso. Allí donde el hogar ya haya fracasado por completo, normalmente tampoco el maestro tendrá mucho éxito. Pero es claro que esto son cosas obvias que no precisan mayor comentario. Quiero solamente mostrar sus consecuencias. De lo que se trata es de que el hombre acceda él mismo a su morada. Ésta es una expresión utilizada por Hegel, un gran filósofo que en su uso especulativo se atrevió a modificar algo las palabras, por ejemplo de morar (hausen) a acceder a la morada (einhausen). El acceder a la morada en el mundo se muestra también con ese atrevimiento a formar nuevas palabras del que he hablado. Esta edad es muy interesante, mucho.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Paidós, 2000, en traducción de Francesc Pereña Blasi, pp. 10-21. ISBN: 84-493-0970-0.]

domingo, 5 de mayo de 2024

Una mujer difícil.- John Irving (1942)


John Irving - Wikipedia
I: Verano 1958

Eddie está aburrido… y también caliente

 «Pobre Eddie O’Hare. Estar en público con su padre le hacía sentirse siempre profundamente humillado, y aquella vez no era una excepción: el largo viaje hasta los muelles del transbordador en New London y la espera, que pareció todavía más larga, en compañía de su padre, hasta que llegó el transbordador de Orient Point. En Exeter, los hábitos de Minty O’Hare eran tan conocidos como los caramelos de menta que chupaba para refrescarse la boca. Eddie había aprendido a aceptar que tanto los alumnos como los profesores huyeran sin disimulo de su padre. La capacidad del señor O’Hare para aburrir al público, a cualquier público, era notoria. Su soporífera manera de enseñar era célebre en las aulas. Los alumnos a los que el señor O’Hare había hecho dormir eran legión.
 El método que tenía Minty para aburrir no era, digámoslo así, florido: consistía en la machaconería. Leía en voz alta los pasajes que consideraba más importantes de la tarea asignada el día anterior, cuando presumiblemente la materia estaba aún fresca en las mentes de los alumnos. Sin embargo, la frescura de sus mentes se iba marchitando a medida que avanzaba la clase, pues Minty siempre localizaba muchos pasajes importantes, que leía con gran sentimiento y entre numerosas pausas realizadas a fin de causar efecto. Las pausas más largas eran necesarias para que pudiera chupar sus caramelos de menta. No había demasiados comentarios tras la incesante repetición de aquellos pasajes excesivamente familiares, en parte porque nadie podía discutir la importancia evidente de cada pasaje. Lo único que uno podía poner en tela de juicio era la necesidad de leerlos en voz alta. Fuera del aula, el método de Minty para enseñar lengua y literatura inglesas era un tema de discusión tan frecuente que, a menudo, a Eddie O’Hare le parecía que realmente hubiera soportado las clases de su padre, aunque nunca lo había hecho.
 Eddie sufría en otro lugar. Se sentía agradecido porque, ya desde pequeño, había comido casi siempre en el comedor de la escuela, primero en una mesa de profesores con otra familia del profesorado y, más adelante, con sus compañeros de clase. Así pues, las vacaciones escolares eran las únicas ocasiones en las que la familia O’Hare comía en casa. Las cenas con asistencia de invitados, que Dot O’Hare organizaba con regularidad (aunque eran pocos los matrimonios a los que daba su renuente aprobación), eran algo muy distinto. A Eddie no le aburrían esas cenas porque sus padres restringían la presencia del muchacho en ellas a una aparición más breve y de cortesía.
 Pero en las cenas familiares, durante las vacaciones, Eddie se veía expuesto a un opresivo fenómeno: el matrimonio perfecto de sus padres, quienes no se aburrían mutuamente por la sencilla razón de que no se escuchaban. Lo que había entre ellos era una tierna cortesía; la mamá permitía que el papá se explayara a placer, y entonces le tocaba el turno a ella, casi siempre para hablar de un tema que no guardaba relación con lo que había dicho su marido. La conversación de los señores O’Hare era una obra maestra de incongruencias. Como Eddie no intervenía, podía distraerse tratando de adivinar si algo de lo que decía su madre o su padre sería recordado por el otro.
 Un ejemplo pertinente era una velada transcurrida en el hogar de Exeter poco antes de que el muchacho partiera hacia Orient Point. El curso escolar había terminado, los ensayos para la ceremonia de entrega de diplomas habían finalizado recientemente y Minty O’Hare filosofaba sobre lo que él llamaba la indolencia que habían mostrado los alumnos durante el último trimestre.
 —Ya sé que están pensando en las vacaciones de verano —dijo Minty tal vez por centésima vez—. Comprendo que la vuelta del tiempo cálido es de por sí una invitación a la pereza, pero no a una holgazanería tan desmesurada como la que he visto esta primavera.
 El padre de Eddie decía lo mismo cada primavera, y esas manifestaciones producían en el muchacho un profundo letargo. Cierta vez se preguntó si el único deporte que le interesaba, correr, no obedecería sino a un intento de huir de la voz paterna, la cual tenía las modulaciones predecibles e incesantes de una sierra circular en un almacén de madera.
 Minty aún no había terminado (el padre de Eddie nunca parecía haber terminado), pero por lo menos se había detenido para respirar o tomar un bocado, cuando la madre empezó a hablar.
 —Como si no bastara con que, durante todo el invierno, hayamos tenido que soportar que la señora Havelock prefiera no llevar sostenes —dijo Dot O’Hare—, ahora que ha vuelto el buen tiempo debemos padecer las consecuencias de su negativa a depilarse los sobacos. ¡Y sigue sin llevar sostenes! ¡Ahora no lleva sostenes y tiene los sobacos peludos!
Una mujer difícil - John Irving | Planeta de Libros La señora Havelock era la joven esposa de un nuevo profesor del centro y, como tal, al menos para Eddie y la mayoría de los chicos de Exeter, era más interesante que las demás señoras de los profesores. Y el hecho de que la señora Havelock no usara sostén constituía, para los chicos, un punto a su favor. Aunque no era una mujer bonita, sino más bien rechoncha y feúcha, la oscilación de sus senos grandes y juveniles hacía que la tuvieran en gran aprecio tanto los estudiantes como no pocos miembros del profesorado que jamás habrían osado confesar su atracción. En aquellos días de 1958 anteriores a la época hippie, que la señora Havelock no llevara sujetador era algo poco frecuente y digno de mención. Los chicos la llamaban entre ellos la «Pechugona», y mostraban hacia el señor Havelock, a quien envidiaban profundamente, un respeto mucho mayor que el que profesaban a cualquier otra persona. A Eddie, que gozaba al ver los pechos oscilantes de la señora Havelock como el que más, le turbaba la cruel desaprobación de su madre.
 Y ahora el vello en las axilas… Eddie tenía que admitir que eso había ocasionado una consternación considerable entre los alumnos menos experimentados. En aquel entonces había muchachos en Exeter que o desconocían, al parecer, que a las mujeres les salía vello en las axilas, o estaban demasiado turbados para pensar en los motivos por los que cualquier mujer no se depilaba las axilas. Sin embargo, para Eddie, los sobacos peludos de la señora Havelock constituían una prueba más de la ilimitada capacidad de la mujer para proporcionar placer. Enfundada en un vestido veraniego sin mangas, la señora Havelock dejaba que sus pechos oscilaran al caminar y, además, mostraba el vello de las axilas. Desde que empezó el buen tiempo, no pocos de los chicos, además de llamarla “Pechugona”, la llamaban también “Peluda”. Con uno u otro nombre, a Eddie le bastaba pensar en ella para tener una erección.
 —Cuando menos te lo esperes, verás como deja de depilarse las piernas —añadió la madre de Eddie.
 Esa idea, ciertamente, hacía titubear a Eddie, aunque decidió reservar su juicio hasta comprobar por sí mismo si ese aditamento capilar en las piernas de la señora Havelock podía complacerle.
 Puesto que el señor Havelock era colega de Minty en el departamento de lengua y literatura inglesas, Dot O’Hare opinaba que su marido debería hablarle sobre la molesta impropiedad del estilo “bohemio” de su mujer en una escuela sólo para chicos. Pero Minty, aunque podía ser un latoso de campeonato, tenía el suficiente comedimiento para no inmiscuirse en la manera de vestir o en la depilación (o su carencia) de la esposa de otro hombre.
 —La señora Havelock es europea, mi querida Dorothy —se limitó a decir Minty.
 —¡No sé qué quieres decir con eso! —respondió la madre de Eddie, pero su padre ya había vuelto, con tanta naturalidad como si no le hubieran interrumpido, al tema de la indolencia estudiantil en primavera.
 Eddie opinaba, aunque jamás lo hubiera expresado, que sólo los pechos oscilantes y los sobacos peludos de la señora Havelock podrían aliviarle alguna vez de la indolencia que sentía, y que no era la primavera lo que le volvía indolente, sino las conversaciones interminables e inconexas de sus padres, que dejaban una auténtica estela de pereza, un rastro de sopor.
 A veces, los compañeros de clase de Eddie le preguntaban:
—Oye, ¿cuál es el verdadero nombre de tu padre?
 Sólo conocían al señor O’Hare por el apodo de Minty o, cuando hablaban con él, como el señor O’Hare.
 —Joe —respondía Eddie—. Joseph E. O’Hare.
 La E era la inicial de Edward, el único nombre por el que su padre le llamaba.
 —No te puse Edward porque quisiera llamarte Eddie —le decía a cada tanto su progenitor.
 Pero todos los demás, su madre incluida, le llamaban Eddie. Y Eddie confiaba en que algún día le llamarían sencillamente Ed.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2008, en traducción de Jordi Fibla, pp. 38-42. ISBN: 978-84-8383-514-2.]