Mostrando entradas con la etiqueta Libre arbitrio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libre arbitrio. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de julio de 2026

Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano.- G.W. Leibniz (1646-1716)

Capítulo XXI: Sobre la potencia y la libertad

 «(*41) Filaletes: Si nos preguntan además qué es lo que excita al deseo, respondemos que la felicidad, y nada más. La felicidad y la miseria son los nombres de dos extremos cuyo límites últimos nos son desconocidos. La mirada humana nunca los ha visto, ni el oído los ha escuchado ni el corazón humano los ha comprendido nunca. Sin embargo, existen en nosotros vivas impresiones del uno y del otro, a través de las diferentes especies de satisfacción y de alegría, de tormento y de pena, a todas las cuales las englobo, para observar, bajo los términos de placer y dolor, que son adecuados uno y otro lo mismo para el espíritu que para el cuerpo, o que, para hablar con mayor precisión, no pertenecen más que al espíritu, aunque tan pronto tienen su origen en el espíritu con ocasión de determinados pensamientos, tan pronto en el cuerpo con ocasión de determinadas formas de movimiento. (*42) Así la felicidad tomada en toda su extensión es el mayor placer del que somos capaces, como la miseria tomada en sí misma es el mayor dolor que podemos sentir. Y el grado más bajo de lo que se llama felicidad es el estado en el cual, liberados de todo dolor, gozamos de una medida tal de placer actual que no podríamos sentirnos contentos con menos. Llamamos bien a lo que puede producirnos un placer y llamamos mal a lo que puede producirnos dolor. No obstante, a menudo sucede que no lo llamamos así, cuando uno y otro de esos bienes y males se encuentran al lado de un bien o un mal mayores.
 Teófilo: No sé si es posible un placer máximo; más bien tiendo a pensar que puede crecer al infinito, pues no sabemos hasta dónde serán llevados nuestros conocimientos y nuestros órganos en toda la eternidad que nos espera. Creo, por tanto, que la felicidad es un placer duradero, lo cual no podría existir sin una continua progresión hacia nuevos placeres. Si comparamos dos, uno de los cuales va incomparablemente más de prisa y a través de mayores placeres que el otro, cada uno de ellos será feliz en sí y para sus adentros, aunque su felicidad sea muy desigual. La felicidad es, por así decirlo, un camino entre los placeres; y el placer no es más que un paso adelante hacia la felicidad, el más corto que se puede dar en función de las impresiones actuales, pero no siempre el mejor, como ya dije al final del parágrafo 36. Queriendo seguir el camino más corto se puede errar el camino verdadero, como la piedra que cae en derechura puede encontrarse demasiado pronto con obstáculos que le impidan avanzar lo suficiente hacia el centro de la tierra. Lo cual permite conocer que la razón y la voluntad son las que nos llevan a ser felices, pero que el sentimiento y los apetitos sólo nos conducen al placer. Ahora bien, aun cuando el placer no puede recibir una definición nominal, como tampoco la luz y el color, no obstante puede recibir una definición causal, al igual que ellas, y creo que en el fondo el placer es una sensación de perfección y el dolor de imperfección, con tal de que sean lo suficientemente notables como para hacerse captar: pues las pequeñas percepciones insensibles de cualquier perfección o imperfección, que son como los elementos del placer y del dolor, y de las cuales he hablado ya tantas veces, forman inclinaciones y propensiones, pero no tanto como las pasiones mismas. Así, hay inclinaciones insensibles de las cuales no nos apercibimos; las hay sensibles, cuya existencia y objeto son conocidos, pero cuya formación no se siente, y así son las inclinaciones confusas, que atribuimos al cuerpo, pese a que en ellas siempre hay algo que corresponde al espíritu; por último, hay inclinaciones distintas, que nos vienen dadas por la razón, cuya fuerza y formación sentimos; y los placeres de este tipo, que se obtienen con el conocimiento y la producción del orden adecuado a la armonía, son las más estimables. Se tiene razón al decir que todas esas inclinaciones, pasiones, placeres y dolores pertenecen tan sólo al espíritu, al alma; yo añado además que también tienen su origen en el alma, si tomamos las cosas con un cierto rigor metafísico, pero que también se tiene razón al decir que los pensamientos confusos provienen del cuerpo, porque en este asunto la consideración del cuerpo, y no la del alma, nos permite conseguir algo distinto y explicable. El bien es lo que sirve o contribuye al placer, como el mal contribuye al dolor. Pero cuando coincide con un bien mayor, el bien que nos privase de él podría convertirse en un mal, en tanto contribuiría al dolor que de ello iba a surgir.
 (*47) Filaletes: El alma tiene el poder de impedir el cumplimiento de algunos de esos deseos y, por tanto, es libre para considerarlos uno detrás de otro y compararlos. La libertad del hombre consiste en eso, y la llamamos libre arbitrio, según mi opinión impropiamente; de esta mala utilización que se hace procede esa multitud de extravíos, errores y faltas en las que nos precipitamos cuando determinamos a nuestra voluntad demasiado pronto o demasiado tarde.
 Teófilo: El cumplimiento de nuestros deseos puede suspenderse o detenerse cuando dichos deseos no son lo suficientemente fuertes como para conmovernos y para sobrepasar el esfuerzo o la incomodidad que hay en satisfacerlos: a veces este trabajo sólo consiste en una pereza o lasitud insensible, que desanima sin darnos cuenta, y que es más apreciable en las personas que han sido educadas en la molicie o cuyo temperamento es flemático, y en las que están cansadas por la edad o por los fracasos. Pero cuando el deseo es lo suficientemente fuerte en sí mismo como para conmover si nada lo impide, entonces sólo puede ser frenado mediante las inclinaciones contrarias; sea que éstas consistan únicamente en una simple propensión, que es como el elemento o comienzo del deseo, sea el deseo mismo. No obstante, como esas inclinaciones, propensiones y deseos contrarios deben de encontrarse en la misma alma ya, ésta no los tiene en su poder, y, por tanto, no podrá resistir de una manera libre y voluntaria, en la cual tome parte la razón, a no ser que utilice otro recurso, que es el de desviar al espíritu en otra dirección. ¿Pero cómo darse cuenta de que hay que hacerlo porque es un caso de necesidad?, pues éste es el punto, sobre todo cuando nos las tenemos que ver con una pasión poderosa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1983, en edición preparada por J. Echeverría Ezponda, pp. 224-227. ISBN: 84-276-0403-3.] 

sábado, 29 de diciembre de 2018

Fisiología y psicología.- Iván Pávlov (1849-1936)


Resultado de imagen de pavlov 
8.-Respuesta de un fisiólogo a los psicólogos

«¿Qué encierra en sí la noción de reflejo?
La teoría de la actividad refleja descansa sobre tres principios fundamentales de investigación científica precisa: el del determinismo (en el origen de cualquier acción y de todo efecto existe un choque, un impulso, una causa); el del análisis y síntesis (descomposición inicial de un todo en sus partes constituyentes, en unidades, con ulterior reconstrucción del todo a partir de los elementos); y el de estructuralidad (una fuerza despliega su acción en el espacio, lo que equivale a decir que existe una adaptación del movimiento y de la estructura). Por todo ello creemos que la pena de muerte que pesa sobre la teoría refleja no puede ser considerada más que como un absurdo, como un antojo pasajero.
 Estáis en presencia de un organismo viviente (incluido el hombre) que cumple una serie de funciones que a su vez son manifestaciones de ciertas fuerzas. Impresión directa y difícil de superar de libre arbitrio, de fuerza espontánea. Por lo que respecta al hombre, esta impresión adquiere casi para todo el mundo el carácter de evidencia; y afirmar lo contrario parece una paradoja absurda. Aunque Leucipo de Mileto sostuvo que no hay efecto sin causa y que todo se debe a la necesidad, ¿no viene hablándose continuamente (incluso descartando al hombre) de fuerzas que actúan espontáneamente en el organismo animal? Y en lo que al hombre se refiere, ¿no se oye todavía hablar de libre arbitrio? ¿No se ha enraizado la idea de que existe en nosotros algo que escapa al determinismo? He encontrado y encuentro todavía personas inteligentes e instruidas que no quieren admitir que en el futuro pueda estudiarse a fondo el comportamiento del perro de una manera completamente objetiva, es decir, por la simple confrontación de estímulos con las respuestas que provocan, omitiendo el mundo subjetivo imaginario del animal por analogía con el nuestro. Evidentemente, en este caso se trata no de una dificultad temporal, aunque grandiosa, sino de una creencia de principio en la imposibilidad del determinismo integral. Bien entendido, lo mismo se admite, y aún con mayor convicción, en lo que atañe al hombre. No cometeré un gran pecado si afirmo que esta convicción está compartida por numerosos psicólogos que, bajo la máscara del reconocimiento de la singularidad de las manifestaciones psíquicas, dejan filtrar -a pesar de un lenguaje más o menos científico- el mismo dualismo y el mismo animismo que profesan gran número de hombres pensantes, sin hablar de los creyentes...
 La teoría del reflejo, tanto hoy como en el momento de su aparición, acrecienta continuamente el número de fenómenos orgánicos ligados a las condiciones que los han producido; es decir, tiende cada vez más a determinar la actividad compleja del organismo. Siendo así, ¿cómo podría ser un obstáculo para el progreso de los estudios sobre el organismo en general y las funciones cerebrales en especial?
 El organismo está compuesto por un gran número de partes y millones de elementos celulares que producen un número igualmente enorme de fenómenos distintos, pero estrechamente relacionados entre sí y que aseguran la solidaridad del funcionamiento del organismo como un todo. La teoría refleja divide el complejo de esta actividad orgánica en funciones separadas, las relaciona tanto con las influencias externas como con las internas, y luego las reúne de nuevo. Este procedimiento hace más comprensible la actividad del organismo en su conjunto y sus correlaciones con el mundo exterior. ¿Cómo podría ser, pues, superflua la teoría de los reflejos cuando nuestros conocimientos de las conexiones entre las distintas partes del organismo son totalmente insuficientes, sin hablar de nuestra ignorancia acerca de las correlaciones del organismo con su medio ambiente? Como todo el mundo sabe, en los organismos superiores las relaciones internas, así como las externas, se realizan primordialmente por medio del sistema nervioso.
 Si el químico, que analiza y sintetiza para explicarse definitivamente el trabajo de la molécula, debe imaginarse la estructura de la misma, ya que es invisible; si el físico, que también analiza y sintetiza, debe hacerse un esquema mental de la estructura del átomo para poder representarse más claramente su mecanismo, ¿cómo se podría renunciar al principio estructural en los objetos visibles y admitir una contradicción entre la estructura y el movimiento?
 Las correlaciones internas y externas del organismo se realizan por medio de un aparato visible: el sistema nervioso. Es evidente que los fenómenos dinámicos que se desarrollan en este aparato están íntimamente relacionados con los más finos detalles de su estructura.
 La teoría de los reflejos ha empezado su estudio de la actividad del aparato nervioso por la definición de funciones especiales pertenecientes, naturalmente, a las partes más simples y groseras, y ha indicado la dirección general de los fenómenos dinámicos que allí se producen. He aquí un esquema general y fundamental del reflejo: el aparato receptor, el nervio aferente, la estación central (o centros), el nervio eferente. Estas partes fueron sometidas a una exploración en todos sus detalles. Resulta evidente que el trabajo más considerable y complicado nos esperaba -y nos espera- al llegar al estudio de la estación central: la sustancia gris y, notablemente, la corteza de los hemisferios cerebrales.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1980, en traducción de Jaime Vigo. ISBN: 84-206-1151-4.]