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domingo, 1 de junio de 2025

Pequeñeces.- Luis Coloma (1851-1915)

 

 Libro primero
VII

 «Era el marqués de Butrón una de esas medianías que en los tiempos de escasas notabilidades pasan por eminencias, debiendo sólo su altura a la escasas proporciones de los hombres y cosas de su época. Hase dicho, sin embargo, que no hay hombre grande para su ayuda de cámara, y no se libraba el gran Robinsón de esta ley general de las ilustres celebridades. Consistía, pues, una de sus secretas flaquezas en teñirse cuidadosamente la barba, blanca ya por completo, para ponerla al nivel de su todavía abundante cabellera, que se conservaba negra como las alas del cuervo.
 Disponíase, pues, el respetable diplomático en aquella mañana del 26 de junio a esta operación importantísima, cuando le pasaron precipitadamente el recado de Currita. El peludo señor perdió por completo la cabeza, y temiéndolo todo de la bellaquería de la Condesa, que tenía él muy bien conocida, pidió a toda prisa un simón, y sin acordarse para nada de que su barba sin teñir iba a revelar el hasta entonces bien guardado secreto a las lenguas más hábiles en cortar sayos que encerraba la corte, corrió al palacio de aquella equívoca oveja que tanto le importaba conservar en el redil alfonsino. Los polizontes  que guardaban la puerta le dejaron pasar, según la consigna, mirándole con esa especie de receloso respeto que a las gentes bajas de un partido causan siempre los pájaros gordos del partido contrario.
 La noticia de su llegada causó sensación profundísima entre la turba de amigos y amigas que invadía el palacio, y todos, hasta los que en el comedor se hallaban, corrieron a su encuentro. Su presencia allí daba al suceso una importancia y un colorido que había muy bien calculado Currita al mandarle buscar con tanta urgencia. El gran Robinsón extendió ambos brazos al verla, exclamando: "¡Hija mía!", y la dama se dejó caer en ellos con filial abandono, sollozando fuertemente y mostrando a sus hijos, que se agarraban asustados a la falda de miss Buteffull, siempre tiesa e impasible.
 El coro general de damas comenzaba a emocionarse; pero acertó a reparar Gorito Sardona en la desteñida barba del diplomático, y apresuróse a comunicar el descubrimiento al oído de Carmen Tagle; echóse a reír ella, díjole a su vecina, ésta al que tenía al lado, y a poco una porción de solapadas risitas hacían fracasar por completo la parte patética del espectáculo.
 Butrón, sin embargo, no cayó en la cuenta y con el majestuoso continente que las circunstancias requerían, arrastró con suavidad a Currita al próximo gabinete. Sudaba como un pato y la camisa no le llegaba al cuerpo, temiendo alguna nueva trapisonda de la ilustre condesa que viniera a desacreditar sus manejos diplomáticos. Azorado, y en voz baja, y mirando a todas partes, como si temiese ver aparecer los polizontes que invadían el palacio, le dijo:
 -Pero, ¿qué es esto?... ¡Habla, hija mía!...
 Currita se dejó caer en un sofá, cubriéndose el rostro con un pañuelo.
 -¡Estoy perdida! -dijo.
 El respetable Butrón abrió la boca como si fuera a tragarse un queso entero.
 -¡Fernandito es un imbécil! -continuó Currita muy afligida.
 Butrón movió de arriba abajo la cabeza en señal de profundo asentimiento.
 -Le ha engañado Martínez... Me ha comprometido atrozmente... Es horrible, horrible... ¡Infame, Butrón, infame!
 -¡Habla bajo! -exclamaba el diplomático, sobresaltado-. Sosiégate, hija mía, sosiégate... y cuenta para todo conmigo... Para todo, ¿lo oyes?... para todo...
 Y con las dos peludas manos apretaba Robinsón, con efusión paternal, la mano de Currita.
 -Lo sé, Butrón, lo sé, y por eso acudí a usted al punto -dijo ella más sosegada-. ¡Pero es horrible, horrible!... ¡Figúrese usted que todo lo que decían de mi nombramiento de camarera es cierto!...
 -¿Cierto? -exclamó Butrón como si se le atragantase en el esófago el queso que antes parecía tragarse.
 -Fernandito le escribió al ministro solicitando para mí el cargo..., ¡sin decirme nada, Butrón!... ¡Sin contar conmigo!... ¡Vamos, si es horrible, horrible!... ¡Ay, qué marido!... Le aseguro a usted que si no fuera por mis hijos entablaba el divorcio...
 Aquí derramó Currita algunas lágrimas en aras del honrado Himeneo, cuya antorcha corría riesgo de apagarse y continuó muy bajito:
 -Por eso, como yo no sabía nada, dije antes de ayer en casa de Beatriz lo que creía, ¡claro está!, la verdad... Que el ministro vino a ofrecerme el cargo, y yo me había negado a aceptarlo muy ofendida, tomándolo por una majadería de esa gentuza... Figúrese usted mi sorpresa cuando ayer se me entra por las puertas ese animal de Martínez, tan ordinario, tan groserote, muy ofendido con mi negativa, gritando como un energúmeno que nadie jugaba con el Gobierno, y amenazándome con una carta de Fernandito, que iba a refregarme... ¡por los hocicos, Butrón, por los hocicos!...
Y aquí ahogó de nuevo el llanto la voz de Currita, prosiguiendo a poco entre sollozos:
 -¡Qué ultraje, Butrón, qué vergüenza!... ¡Creí morirme de sentimiento!... ¡Al padre de mis hijos debo esta ofensa!... Bien se lo he dicho mil veces: tu condescendencia con esa gentuza nos va a perder, Fernandito...
 -Pero, ¿viste tú esa carta? -exclamó Robinsón estupefacto.
 -¡La vi, Butrón, la he leído!... ¡Qué vergüenza!... ¡Creí morirme!... Decía el buey Apis que el ministro iba a publicarla en los periódicos si yo no aceptaba el cargo. ¡Lloré, supliqué, pidiéndosela en nombre de mi honra, en nombre de mis hijos!... Todo en vano; o aceptaba yo el cargo o la carta se publicaba... Entonces le ofrecí dinero, y mi hombre empezó a ablandarse... Me pidió cinco mil duros; luego, tres mil, ¡regateando, Butrón, regateando como un judío!... Por fin se cerró el trato en los tres mil y anoche, a la una, volvió a entregarme la carta y recibir el pago... Porque, claro está, yo no tenía dinero bastante, tampoco podía pedírselo a Fernandito y he tenido que empeñar una porción de joyas...
 Butrón escuchaba asombrado, tragándose, una a una, como un bolonio, toda aquella sarta de mentiras, diestramente entrelazadas con algunas escasas verdades, cruzó las manos con trágico ademán y exclamó con el aire de un Catón escandalizado:
 -¡Eso es nauseabundo!»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1987, en edición de Rubén Benítez, pp. 125-128. ISBN: 84-376-0047-2.]

domingo, 30 de junio de 2024

Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe.- Octavio Paz (1914-1998)


Primera parte: El reino de la Nueva España
4.- Una literatura trasplantada

 «En el sentido amplio de la palabra cultura, Nueva España fue una sociedad culta: no sólo vivió con plenitud la cultura hispánica -la religión y el arte, la moral y los usos, los mitos y los ritos- sino que la adaptó con gran originalidad a las condiciones del suelo americano y la modificó substancialmente. Pero en el sentido más limitado de la palabra -colindante con instrucción: producción y comunicación de novedades intelectuales, artísticas y filosóficas- sólo una minoría de la población podía llamarse culta; quiero decir: sólo una minoría tenía acceso a las dos grandes instituciones educativas de la época, la Iglesia y la Universidad. De esta circunstancia proviene otra característica: encerrada en las academias, universidades y seminarios religiosos, la cultura de Nueva España era una cultura docta y para doctos. Ya he subrayado la acentuada coloración religiosa de esa sociedad; la teología era la reina de las ciencias y en torno a ella se ordenaba el saber. Otra nota distintiva era la fusión de la tradición cristiana y el humanismo clásico: la Biblia y Ovidio, San Agustín y Cicerón, Santa Catarina y la sibila Eritrea.
 Rival de la Iglesia y de la Universidad, la corte era también un gran centro de irradiación estética y cultural. La aristocracia tenía aficiones literarias y artísticas; el gusto de los mecenas y los grandes señores de los siglos XVII y XVIII era mejor y más refinado que el de nuestros políticos y banqueros. Como hoy los ociosos resuelven crucigramas y nuestros intelectuales redactan manifiestos políticos, los cortesanos y clérigos del siglo XVII resolvían acertijos poéticos y escribían décimas y sonetos. El lenguaje cortesano es siempre el de un grupo escogido y tiende a convertirse en un habla encubierta y cifrada que sólo comprenden los iniciados. La literatura cortesana fatalmente tiende al hermetismo pero sus misterios no son religiosos ni filosóficos sino estéticos. El hermetismo cortesano no esconde ninguna verdad trascendental, preserva al grupo de las intrusiones del vulgo. El gongorismo, a diferencia del simbolismo, fue una estética aristocrática mientras que el segundo fue, o quiso ser, una poética de iniciación, un saber secreto colindante con la revelación religiosa.
 Minoritaria, docta, académica, profundamente religiosa pero no en un sentido creador sino dogmático y, finalmente, hermética y aristocrática, la literatura novohispana fue escrita por hombres y leída por ellos. Hubo, naturalmente, excepciones y se conservan, por ejemplo, discretos poemas de María Estrada de Medinilla (1640). De ahí que sea realmente extraordinario que el escritor más importante de Nueva España haya sido una mujer: sor Juana Inés de la Cruz. (El otro gran escritor, Alarcón, pertenece realmente al teatro español de su época). Pero el carácter acentuadamente masculino de la cultura novohispana es un hecho al que la mayoría de los biógrafos de sor Juana no han dado su verdadera significación. Ni la Universidad ni los colegios de enseñanza superior estaban abiertos a las mujeres. La única posibilidad que ellas tenían de penetrar en el mundo cerrado de la cultura masculina era deslizarse por la puerta entreabierta de la corte y de la Iglesia. Aunque parezca sorprendente, los lugares en los que los dos sexos podían unirse con propósitos de comunicación intelectual y estética eran el locutorio del convento y los estrados del palacio. Sor Juana combinó ambos modos, el religioso y el palaciego.
 Otro rasgo distintivo del período: la cultura novohispana fue ante todo una cultura verbal: el púlpito, la cátedra y la tertulia. Se publicaban poquísimos libros. Las obras de sor Juana, por ejemplo, se editaron en España. La animación intelectual, la pasión y el ingenio con que se discutía sutilmente sobre puntos de erudición y filosofía, no debe ocultarnos el carácter esencialmente dogmático de la cultura. La crítica teológica y literaria, por más viva y docta que fuese, no era realmente crítica, en el sentido moderno de la palabra: examen de los principios y los fundamentos. La Universidad y la Iglesia eran las depositarias del saber codificado de la época, el saber lícito y no contaminado por la herejía. Guardiana de la ortodoxia, la Universidad no tenía por función examinar y discutir los principios que fundaban la sociedad sino defenderlos. En ciertos aspectos la ortodoxia era más cerrada en Nueva España que en la metrópoli, como se ve en el caso de la prohibición de imprimir novelas y libros de ficción. También el teatro, en ocasiones, fue víctima del celo de arzobispos y prelados intolerantes. Sin embargo de todo esto, Nueva España no fue enteramente reacia a las tendencias nuevas. Irving A. Leonard ha demostrado que se leían muchos libros prohibidos por la Inquisición (1). Sigüenza y Góngora revela en sus escritos ciertos conocimientos de Gassendi, Kepler, Copérnico, Descartes. Hacia esa época, además, fue muy profunda la influencia del célebre jesuita alemán Atanasio Kicher.
 Las literaturas, como los árboles y las plantas, nacen en una tierra y en ella medran y mueren. Pero las literaturas, también a semejanza de las plantas, a veces viajan y arraigan en suelos distintos. La literatura castellana viajó en el siglo XVI; trasplantada a tierras americanas, su arraigo fue lento y difícil. El proceso de adaptación de la literatura castellana en México y en Perú fue diferente al del resto de América. No me refiero únicamente a la celeridad con que los virreinatos de Nueva España y Perú se convirtieron en sociedades ricas y complejas con centros urbanos de primera magnitud como México y Lima, sino a la existencia previa, en ambos países, de altas civilizaciones.»

 (1) Baroque Times in Old Mexico, The University of Michigan Press, 1959.

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1982, pp. 68-70. ISBN: 84-322-0402-1.]. 

domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

miércoles, 15 de junio de 2022

Los restos del día.- Kazuo Ishiguro (1954)


Biografia de Kazuo Ishiguro
Segundo día por la tarde

Mortimer’s Pond, Dorset

 «Al parecer, la pregunta “qué significa ser un gran mayordomo” tiene una faceta que hasta ahora no he abordado convenientemente, y, tratándose de un tema acerca del cual he reflexionado tanto durante toda mi vida, un tema que me afecta tan de lleno, debo decir que no haber reparado en este descuido me resulta bastante embarazoso. Francamente, creo que he desestimado con excesiva ligereza algunas de las consideraciones en que se basaba la Hayes Society para admitir a nuevos socios. Permítanme dejar bien claro que no es mi intención, en modo alguno, retractarme de las ideas que he expuesto antes sobre la «dignidad» y la importante relación entre esta virtud y el concepto de “grandeza”. Sin embargo, he estado reflexionando más a fondo sobre otro de los postulados de la Hayes Society, concretamente, el que estipula como requisito previo para ser socio que “el candidato pertenezca a una casa distinguida”. Mi opinión sigue siendo la misma, a saber, que semejante exigencia no es más que una manifestación inconsciente de esnobismo por parte de aquella asociación. No obstante, también pienso que con lo que estoy en desacuerdo es, sobre todo, con la forma anticuada de entender lo que es “una casa distinguida”, y no con la idea general que encierra en sí este principio. En realidad, ahora que me he planteado más a fondo esta cuestión, creo que es posible que tuvieran razón al decir que todo gran mayordomo debe “pertenecer a una casa distinguida”, siempre que se confiera a la palabra “distinguida” un significado más profundo que el que le atribuye la Hayes Society.
 De hecho, si comparásemos la definición que yo daría de la expresión «una casa distinguida» y la que daba la Hayes Society, quedarían claramente explicados, a mi juicio, los aspectos fundamentales que distinguen los valores de nuestra generación de mayordomos de los que tuvo la generación anterior. Al decir esto, no me refiero únicamente al hecho de que nuestra generación ya no tenía la actitud esnob que colocaba a los señores que pertenecían a la aristocracia rural por delante de los que procedían del mundo de los “negocios”. Quiero decir, en definitiva, y no creo que mi comentario sea infundado, que nuestra generación era mucho más idealista. Mientras que la que nos precedió se preocupaba por saber si el patrón era noble, nosotros nos sentíamos mucho más interesados por conocer su rango moral. No es que nos importase su vida privada, sino que nuestra mayor ambición, ambición que en la generación anterior pocos habrían compartido, era servir a caballeros que, por decirlo de algún modo, contribuyeran al progreso de la humanidad. Por poner un ejemplo, desde un punto de vista profesional habría sido considerado mucho más interesante servir a un caballero como míster George Ketteridge, quien a pesar de sus humildes orígenes contribuyó de forma innegable al futuro bienestar del Imperio, que a cualquier personaje de noble cuna que malgastara su tiempo en clubes o campos de golf.
  Ciertamente, son muchos los caballeros procedentes de las más nobles familias que se han dedicado a paliar los grandes problemas de su época, de modo que, en la práctica, podría decirse que las ambiciones de nuestra generación se distinguían muy poco de las de la anterior. Puedo asegurar, sin embargo, que había una diferencia fundamental en la actitud mental, que se reflejaba en los comentarios de los profesionales más destacados y en los criterios que seguían los mayordomos más conscientes de nuestra generación para cambiar de colocación. No eran decisiones basadas en cuestiones como el sueldo, el número de criados a su cargo o el brillo del apellido familiar. Creo que es justo decir que, para nuestra generación, el prestigio profesional residía ante todo en el valor moral del patrón.
  Tal vez pueda explicar mejor la diferencia entre ambas generaciones hablando de mí mismo. Digamos que los mayordomos de la generación de mi padre veían el mundo como una escalera. Las casas de la realeza, los duques y los lores de las familias más antiguas ocupaban el peldaño más alto, seguían los “nuevos ricos”, y así sucesivamente hasta llegar al peldaño más bajo, en el que la jerarquía se basaba simplemente en la fortuna familiar. El mayordomo ambicioso hacía lo posible por subir al peldaño más alto, y en general, cuanto más arriba se situaba, de mayor prestigio gozaba. Estos eran, justamente, los valores que plasmaba la Hayes Society en su exigencia de una “casa distinguida”; el hecho de que todavía se formulasen, con plena conciencia, semejantes afirmaciones en 1929 muestra a las claras por qué era inevitable, por mucho que se intentara retrasarlo, que aquella asociación desapareciera, pues por aquel entonces esta forma de pensar contrastaba con la de hombres excelentes que constituían la vanguardia de nuestra profesión. Considero acertado señalar que nuestra generación percibía el mundo no como una escalera, sino como una rueda. Quizá convenga que explique mejor esta idea.
Reseña: Kazuo Ishiguro – Los restos del día | Contra la inercia  A mi juicio, nuestra generación fue la primera en reconocer un hecho que había pasado inadvertido hasta entonces, a saber, que las decisiones importantes que afectan al mundo no se toman, en realidad, en las cámaras parlamentarias o en los congresos internacionales que duran varios días y están abiertos al público y a la prensa. Antes bien, es en los ambientes íntimos y tranquilos de las mansiones de este país donde se discuten los problemas y se toman decisiones cruciales. La pompa y la ceremonia que presencia el público no es más que el remate final o una simple ratificación de lo que entre las paredes de estas mansiones se ha discutido durante meses o semanas. Para nosotros el mundo era, por tanto, una rueda cuyo eje lo formaban estas grandes casas de las que emanaban las decisiones relevantes, decisiones que influían en el resto de los mortales, ricos o pobres, que giraban a su alrededor. Y la mayor aspiración de todos los que teníamos ambiciones profesionales era forjar nuestra carrera tan cerca de este eje como nos fuera posible, dado que, como he dicho, éramos una generación de idealistas a quienes nos importaba no sólo el correcto ejercicio de nuestra profesión, sino con qué fin la ejercíamos, y todos alimentábamos el deseo de aportar nuestro granito de arena a la creación de un mundo mejor; resultaba obvio que, como profesionales, el medio más seguro de conseguirlo era servir a los grandes caballeros de nuestra época, en cuyas manos estaba el futuro de la civilización.
 Naturalmente, todo esto son consideraciones de tipo general, y debo admitir que muchos profesionales de nuestra generación no tenían ideales tan elevados. Por otra parte, estoy seguro de que muchos mayordomos de la generación de mi padre reconocían instintivamente esta dimensión “moral” de su trabajo. Sin embargo, creo que no me equivoco al generalizar de este modo, y realmente los “ideales” que he mencionado motivaron en gran manera mi propia carrera. Durante los primeros años cambié varias veces de empleo al comprender que no eran puestos que pudiesen proporcionarme una satisfacción duradera, hasta que finalmente me vi recompensado con la oportunidad de servir a lord Darlington.
  Es curioso, pero hasta ahora no me había planteado esta cuestión en estos términos. A pesar de habernos pasado tantas horas discutiendo el significado del concepto de “grandeza” junto a la chimenea del salón del servicio, ni míster Graham ni yo consideramos nunca la verdadera dimensión de esta cuestión. Sin retractarme de ninguna de las opiniones que anteriormente he expresado sobre el concepto de “dignidad”, debo admitir que, por mucho que un mayordomo hiciese gala de esta virtud, si estaba al servicio de una persona indigna resultaría difícil que sus colegas le considerasen un “gran” mayordomo. Profesionales como míster Marshall o míster Lane sirvieron siempre a caballeros de indiscutible talla moral —lord Wakeling, lord Camberley, sir Leonard Grey—, y es lógico suponer que nunca habrían consagrado su talento a señores de tres al cuarto. Cuanto más se piensa en este hecho, más obvio parece: pertenecer a una casa verdaderamente distinguida es condición necesaria para ser considerado un “gran” mayordomo, y sin duda alguna sólo es un “gran” mayordomo el que a lo largo de su carrera ha estado siempre al servicio de grandes caballeros y, a través de estos, ha servido a toda la humanidad.
 Como he dicho, hasta ahora no me había planteado esta cuestión en estos términos. Tal vez sea propio de viajes como el que realizo que uno se vea incitado a replantearse, desde perspectivas sorprendentemente nuevas, temas que ya creía superados. Otro hecho que sin duda me ha impulsado a reflexionar sobre este tema ha sido un pequeño incidente que ha ocurrido hace una hora aproximadamente, y que me ha trastornado bastante.
  El viaje resultaba espléndido, pues el tiempo era magnífico, y después de un buen almuerzo en una hostería crucé los límites con Dorset. Justo en ese momento, me di cuenta de que el motor del coche desprendía un fuerte olor a quemado. Evidentemente, mi mayor preocupación fue pensar que quizá había estropeado el Ford de mi patrón, y por este motivo decidí detener el vehículo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1994, en traducción de Ángel Luis Hernández. ISBN: 978-84-339-1429-3.]

sábado, 2 de octubre de 2021

El fin de los libros y otros cuentos para bibliófilos.- Octave Uzanne (1851-1931)


Resultado de imagen de octave uzanne
Polvorín y biblioteca

1

   «-Y bien, ¿qué hay de nuevo dom Poirier?
 -¡Shhh! Lo primero, por amor de Dios…, es decir, de la diosa Razón…, llámeme ciudadano Poirier; ¡se lo suplico, tutéeme, querido señor Picolet!
 -¡Shhh! Ciudadano Poirier; en nombre del Ser supremo, ¡llámeme, mi querido ciudadano, Caius-Gracchus Picolet! Estamos aquí solos, entre amigos, pero a dos pasos hay orejas de sans-culottes, bastante grandes se lo aseguro, que podrían escucharnos… Le preguntaba, pues, ciudadano Poirier, ciudadano bibliotecario, que qué hay de nuevo.
 -¿No sabe nada del decreto de la Comuna que me acaban de comunicar?
 -¡En absoluto!
 -Pues bien, adivine, querido señor Pi…, querido ciudadano Picolet, adivine lo que van a hacer a partir de mañana con los edificios de nuestra ilustrísima Abadía Real de Saint-Germain-des-Prés… Digo “nuestra” porque usted casi formaba parte de ella, viejo amigo, usted que viene a rebuscar en beneficio de la ciencia, entre los libros y manuscritos de nuestra biblioteca desde hace casi más de treinta años…
 -Desde el año 56, dom… ¡ciudadano Poirier! La primera vez que busqué entre los libros polvorientos las venerables páginas recopiladas por los reverendísimos benedictinos fue en 1756, bajo el reinado de Luis… ¡bajo el tirano Luis, decimoquinto del mismo nombre!
 -Somos los dos últimos, usted benedictino laico y yo monje indigno de esta Abadía, empleados por la Comuna desde la supresión de las órdenes religiosas para velar por los edificios y el material, como ellos dicen, de la biblioteca benedictina. Somos los dos últimos… aparte de sus dos amigos, esos dos señores… esos dos ciudadanos que aún se atreven a venir de vez en cuando…
 Dom Poirier suspiró.
 -Y bien, veamos, ciudadano Poirier, ¿qué hay de ese nuevo decreto de la Comuna?
 -¡Una nueva infamia!
 -¡Shhh!
 -Sí, quiero decir, una medida increíble, extraordinaria, aterradora… ¡Imagínese! Van a… con nuestra Abadía… van a…
 -¿Qué?
 -¡Una fábrica de pólvora para cañones!
 -Una fábrica de…
 -¡Sí!
 -¡Imposible!
 -Dice…, perdón, dices, ciudadano Caius-Gracchus Picolet, dices: ¿imposible? Pues ve a mirar el patio por esa ventana… ¿Ves a esos hombres que embadurnan esas planchas con pintura negra, allí? Pues bien, observa atentamente.
 El ciudadano Picolet se limpió los cristales de las gafas y se las puso cuidadosamente sobre la nariz. Una vez hecho esto, se dirigió seguido por el ciudadano Poirier hacia una de las ventanas que daba a uno de los patios de la Abadía, al pie del refectorio, esa maravilla arquitectónica del siglo XIII concebida por Pierre de Montereau, el arquitecto de San Luis, autor de la Sainte-Chapelle del Palacio de Justicia.
 -Ya veo, ya veo… -dijo el ciudadano Picolet-. Administración… espere, ¡caramba!, ¡de pólvora y nitratos! ¡Es cierto! Pero esos bellacos, vándalos, ignorantes…
 -¡Shhh! Modere su indignación… modérela, modérela, ciudadano Picolet, ¡le pueden oír!
 -Los muy… los… en fin, me trago los adjetivos, pero se quedan dentro, permanecen… Tienen la idea incalificable… ¡de instalar una fábrica de pólvora aquí! Un polvorín, dom Poirier, un polvorín debajo de la biblioteca, un volcán bajo las estanterías cargadas de obras considerables, honor y gloria del espíritu humano, ¡de todos estos manuscritos, crónicas, mapas y documentos valiosos para la historia!
 -¡Qué desgracia!
 -Saltaremos por los aires, dom Poirier, se lo digo, saltaremos por los aires, ¡seguro! Mire a esos seccionarios que fuman en pipa y que se pasean por los patios… Pipas…, para mí eso ya era algo monstruoso aquí, ¡pero pólvora y nitratos! Es el fin… saltaremos por los aires sin remedio…
 -A mí tampoco me cabe ninguna duda.
 -Pero me niego –exclamó el señor Picolet-. Me niego, es demasiado… ¡es demasiado!
 -¡Cállese entonces! Saltaremos por los aires… ¿Acaso no estamos viendo cómo salta todo a nuestro alrededor? ¿Los tronos, las instituciones y…?
 Dom Poirier bajó la voz.
 -¿… y las cabezas?
 -¡Me niego! ¡Me niego! ¡Los tronos se pueden volver a colocar! ¡Las instituciones se pueden rehacer! ¡Las cabezas…, ah, no!, las cabezas no vuelven a crecer, pero crecen otras, en fin, mientras que nuestros manuscritos, nuestros mapas, nuestros documentos de siglos pasados, una vez quemados, ciudadano Poirier, una vez quemados se acabó… Me niego en nombre de la ciencia, en nombre de la historia, en…
 -No monte en cólera de esa manera, ciudadano Picolet, lo van a poner en su sitio, y a mí también, y eso no salvará nuestros manuscritos, mapas, diplomas, documentos… Pero si intentamos mantenernos velándolos el máximo tiempo posible, podremos conservar todavía una pequeña, débil, minúscula esperanza. Hay que vivir por esa esperanza e intentar que no nos hagan batirnos en retirada, ¡como se dice en nuestra hermosa época!
 La cólera del ciudadano Picolet se enfrió repentinamente. Su rostro, que se había vuelto escarlata, palideció. Parecía que sus piernas temblaban, y se dejó caer sobre una silla.

 Era el año II de la República, una e indivisible, en una de las salas de la biblioteca de la Abadía benedictina de Saint-Germain-des-Prés, donde tenía lugar aquel coloquio subersivo entre dom Poirier, el último monje de la Abadía, y el tranquilo Sr. Louis Picolet, hombre de letras, rata de biblioteca, convertido en el ciudadano Caius-Gracchus Picolet, viejo habitual de sus estanterías que había permanecido fiel a la docta estancia a pesar de su desventura y de los evidentes peligros que conllevaba frecuentarla.
Resultado de imagen de octave uzanne el fin de los libros Pobre Abadía de Saint-Germain, ilustre y reverenciada durante tantos siglos, y que contaba cuatrocientos años de gloriosa existencia desde el día en que Childebert, hijo de Clovis, junto a San Germán, obispo de París, pusieron la primera piedra del monasterio primitivo en los floridos campos regados por el Sena, en los tiempos en los que Lutecia apenas comenzaba a desbordar su isla.
 Al igual que Lutecia, el monasterio no se hundió en tiempos de invasiones y de guerras. Los normandos masacraron a los monjes, quemaron y derribaron la iglesia, pero la abadía se reconstruyó y se volvió a poblar.
 Entonces comenzaron los siglos de gran prosperidad: la abadía feudal, poderosa y dominante se convierte en el centro señorial de una pequeña población cercana a París; un perímetro almenado, flanqueado de torres y delimitado por un foso, rodea un vasto conjunto de edificios, patios y jardines.
 Dos claustros, un edificio colosal que alberga la sala del cabildo, la sala de los huéspedes e inmensos dormitorios, un admirable refectorio y una capilla dedicada a la Virgen son dominados por una iglesia con tres torres majestuosas y por los grandes aposentos del señor abad.
 La abadía posee inmensos dominios, prioratos y conventos en París y fuera de París, tierras, feudos y predios por todas partes; percibe numerosos derechos y pagos; ejerce alta, baja y media justicia sobre los vasallos. Tiene sus hombres armados y sargentos y si es necesario se defiende detrás de sus murallas. Así es como atraviesa, soberbia y honrada, los siglos de la Edad Media.
 Pero con el tiempo, que todo lo destruye y transforma, la abadía pasa a manos seglares; el abad titular no es más que un gran señor laico que no hace otra cosa que recibir enormes ganancias y gastarlas alegremente en el palacio abacial, donde las sombras de los antiguos abades de otra época ven pasar estupefactos caras bonitas de actrices y bailarinas invitadas a sus cenas. Durante esa época, los monjes benedictinos trabajan al lado silenciosamente. Recopilan los materiales de la historia que se desarrolla desde hace siglos bajo las ventanas de sus salas y hacen acopio de una considerable biblioteca que ponen libremente a disposición de curiosos y letrados. De pronto estalla la gran tormenta. La vieja sociedad se viene abajo en el espantoso cataclismo. Con las primeras sacudidas, a la vieja abadía, que antaño había salido victoriosa de tantas tempestades, le tiemblan los cimientos. Con la supresión de las órdenes monásticas se clausura la iglesia, los monjes son expulsados y también se barren los huesos de los reyes merovingios que reposaban en sus tumbas. La abadía, sin embargo, no permanece vacía por mucho tiempo; la vieja prisión abacial, que el Estado había retomado desde hacía más de dos siglos, resulta demasiado pequeña a pesar de que los sans-culotte intentan hacer sitio. La propia abadía se transforma en prisión. En las celdas de los monjes, en las habitaciones, bajo la biblioteca se apiñan sospechosos o hijos, hijas, esposas, parientes de sospechosos o de personas sospechosas de ser amigas de sospechosos, entre los cuales, todas las mañanas, el tribunal revolucionario hace cortar algunas cabezas.
 Los monjes se dispersan, desaparecen; unos vegetan escondidos en algún agujero, los otros acogidos en alguna provincia lejana o emigrados; algunos sin duda han debido caer en manos de Sansón*. Para llorar la vieja gloria perdida, no queda nadie más que el valiente dom Poirier, quien a pesar de todo ha conseguido, para velar por sus queridos libros aun arriesgando a diario su cabeza, quedarse en calidad de guardián provisional de las colecciones de los monjes.
 El mencionado dom Poirier es un normando grande, grueso y fuerte, con una cara rubicunda bien plantada sobre unos hombros robustos a los que se enastan unos brazos sólidos. Cuando se quitó el hábito benedictino para convertirse en el ciudadano Poirier, se puso una ropa de gruesa tela negra que todavía huele a tragasantos, como dicen los sans-culotte del barrio, ex inquilinos de las casas de la Abadía convertidas ahora en bienes nacionales. De hecho, con su nueva ropa, el ciudadano Poirier tiene muy poco aspecto de sacristán de pueblo. Sea como fuere, su tez pigmentada, su cara decidida y sus enormes puños inspiran cierto respeto a sus desabridos vecinos, seccionarios y sans-culottes holgazanes que viven de las cuatro perras diarias de la nación en los edificios de los monjes.»

* Saga de verdugos de ese nombre. [N. del T.]

    [El texto pertenece a la edición en español de Trama Editorial, 2015, en traducción de Sonia Berger Bengoa, pp.117-121. ISBN: 978-84-941661-9-8.]