lunes, 23 de julio de 2018

Coños.- Juan Manuel de Prada (1970)


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El coño de las desconocidas

«Esos coños son siempre los mejores, porque nunca han sido vistos por nuestros ojos, que tropiezan con la muralla de las faldas o los pantalones vaqueros, tan desastrosamente prolíficos entre la juventud. Los coños de las desconocidas se cruzan con nosotros en la calle y nos hipnotizan con su presencia apenas susurrada y nos llaman y nos hacen seguir su rastro, cambiando la dirección de nuestro paseo y haciéndonos llegar tarde a nuestro destino. Los coños de las desconocidas dejan a su paso una estela de carne incógnita, de continente que hay que colonizar, pero cómo. A veces nos hacemos los encontradizos y abordamos a esas mujeres que se cruzan con nosotros en la calle, esas mujeres de belleza displicente que ni siquiera se dignan responder a nuestro saludo, apremiadas por la cita con su novio o la misa de once a la que acuden solícitas. Yo he perseguido estos coños contra viento y marea, acompañándolos hasta ese parque donde los espera el hombre al que pertenecen, que suele ser un hombre decepcionante y sin alicientes, incapaz de saborear los goces que ese coño promete, y también los he seguido hasta la penumbra de las iglesias y me he sentado a su vera, en un escaño con reclinatorio, y he comulgado una comunión sacrílega en su compañía y he fingido un tropiezo a la salida de la iglesia para tocar el latido de su carne, purificada por las bendiciones sacerdotales. Pero después de estas persecuciones clandestinas viene el regreso a casa, un regreso envilecido por el fracaso, encanallado por la renuncia inevitable. Y en casa me aguarda mi esposa, a quien amo entrañablemente, pero cuyo coño, de tan archisabido, sufre del agravio comparativo que implica el recuerdo. Porque a esas mujeres desconocidas e inalcanzables, nunca –ay- dejamos de recordarlas, lo cual constituye un ejercicio masoquista de la memoria.
[…]

El coño de las batutsis

 Mi cuñado Josemari, misionero de la orden jesuita, está a punto de colgar los hábitos y quedarse a vivir en el poblado batutsi que sus superiores le ordenaron evangelizar. Josemari es un vascote bueno, optimista, de manazas de leñador y sintaxis desastrosa; entró en el seminario a una edad muy temprana, niño aún, y salió ordenado a los veintiún años, con ese entusiasmo apostólico que sólo se cura después de una temporadita en el África negra, enseñando el catecismo por fronteras hostiles, paupérrimas y millonarias de moscas. A Josemari lo destinaron a un poblado de batutsis, la única tribu que permanece indemne al acoso de la civilización, una tribu de guerreros altos, herméticos, milenarios, que la Gran Bretaña quiso utilizar como mercenarios y Hollywood como figurantes en sus películas. Al poblado batutsi llegó mi cuñado, tras un viaje en jeep por la sabana, con proyectos de escuela, enfermería y enseñanza de la fe católica, pero pronto tuvo que desistir ante el desinterés que mostraban los guerreros por la alfabetización y el misterio de la Santísima Trinidad. Josemari se quedaba en el poblado, con las mujeres, como un Hércules agasajado por las amazonas, mientras los guerreros salían a cazar. Las batutsis (no sé si debido a una ley genética o a sus hábitos alimenticios) son mujeres como gacelas, de una belleza filiforme, discreta y veloz que ni siquiera su negritud entorpece. Las mujeres batutsis, al igual que las gacelas, tienen unos ojos redondos e infinitamente tristes, como de vidrio ahumado, y un cuerpo lleno de aristas, preparado para la carrera y el amor a la sombra de un boabad. Las mujeres batutsis, depositarias de misterios ancestrales que se remontan a la aurora del mundo, son mujeres calladas, concienzudas en el sexo y austeras en el trance del orgasmo. A Josemari le turbaba mucho verlas pasearse por el poblado, vestidas sólo de ajorcas y collares, con los senos efébicos al aire y el coño como una protuberancia y así fue como terminó enamorándose de una de ellas. Josemari me cuenta en sus cartas que el coño de las batutsis, como el de las gacelas, tiene desolladuras y zonas en carne viva, y me pondera la amplitud de sus labios, la presencia oscilante del clítoris (más alargado que en las europeas) y la predisposición de las mujeres batutsis a ser penetradas por atrás, lo que vulgarmente se denomina “a cuatro patas”, y según la nomenclatura más finolis coito a tergo. Las mujeres batutsis, lingotes negros en mitad de la selva, se dejan querer a cuatro patas y lo que  para las europeas es signo de sumisión al macho, para ellas es distintivo de superioridad, pues reciben placer sin malgastar energías, mientras los guerreros entran y salen de su cuerpo.
 Josemari, como digo, se enamoró de una mujer batutsi, larga y por supuesto analfabeta, de la cual, a veces, me manda una fotografía. Antes de hacerla su esposa, Josemari tendrá que pasar con éxito una serie de pruebas iniciáticas: pelearse con un cocodrilo, derrotar en la carrera al guerrero batutsi más rápido del poblado y escupirle a un zulú en el entrecejo (los zulúes son adversarios seculares de los batutsis). Mucho me temo que Josemari perecerá en alguna de estas rigurosísimas pruebas. Así, por lo menos, ya no tendré que descifrar sus cartas de desastrosa sintaxis.
[…]
 
El coño de la comanche
 En la Universidad de Princetown conocí a una comanche auténtica, sin mezcolanza de sangres espurias, hija y nieta y biznieta de indios que le hicieron la puñeta al séptimo de caballería y que, de vez en cuando, se fumaban un petardazo de marihuana, con la disculpa de desenterrar la pipa de la paz (¿o lo que se desenterraba era el hacha de guerra?). Ojos-que-miran-entre-la-lluvia, se llamaba aquella comanche, Majachi en su dialecto tribal. Majachi era esbelta como una pipa, afilada como un hacha, y tenía unos ojos de un azul lluvioso (de ahí el nombre), anacrónicos en mitad del cobre de su rostro. Majachi estudiaba en Princetown Historia de los Estados Unidos de América, que es una nación sin pasado ni dinastías monárquicas ni escritores barrocos. Majachi llevaba sobre sus espaldas de tierra ocre el árbol genealógico de la nación comanche, y se cachondeaba de la Historia de los Estados Unidos, que sólo duraba dos siglos. Con Majachi coincidía yo en el desprecio por los yanquis, y luego, además, coincidía también los fines de semana en la cama de su pensión. Mjachi había convertido el cuarto de su pensión en una especie de tipi, a pesar de las paredes cuadriláteras, con altares a Manitú, rescoldo de hogueras y olor de bisontes desollados.
 -Es que tengo morriña de la reserva, ¿sabes?
 Los comanches, como los gallegos, incluyen la palabra “morriña” en su vocabulario, y son también proclives a padecerla, según comprobé con Majachi. Los comanches, como los gallegos, hablan un dialecto (perdón, un idioma) llorón, eufónico y sentimentaloide. Majachi me recitaba letanías en comanche, y hacía señales de humo con los rescoldos de la hoguera, para comunicarse con Manitú a través de los rascacielos (la dueña de la pensión se endemoniaba con la humareda), y, mientras yo le iba desabotonando los pantalones con flecos. Majachi, en lugar de bragas, usaba un taparrabos de cuero con chapas repujadas. Majachi danzaba en torno al fuego (se había sujetado el pelo con una cinta), sin coreografías ni pasos de baile, por el mero gusto de danzar. A contraluz, tenía un cuerpo seco, buen conductor de la electricidad, como un pedazo de cobre tostado por el sol de Monument Valley. Yo le levantaba las dos piezas del taparrabos y le besaba el coño y el culo, el culo y el coño, ese tótem reversible. El coño de Majachi, la comanche, era un coño calvo (a las naciones indias no les crece la barba ni tampoco el vello púbico), más bien raquítico, apenas una ranura para meter monedas de cincuenta centavos. El coño de Majachi, la comanche, estaba curtido en mil y una cabalgadas por el celuloide épico de John Ford. El coño de Majachi, la comanche, apenas admitía visitas  masculinas, salvo que fuesen superficiales y más por frotamiento que por penetración, así que yo frotaba mi miembro en el coño hípico de Majachi, la comanche, y miraba sus ojos empañados de lluvia, su frente surcada por una cinta, su boca bruja y numerosa de letanías. El coño de Majachi, la comanche, coño de potrilla o quizá de poney, se derramaba en orgasmos de un caudal excesivo para su tamaño, con los que apagábamos los rescoldos de la hoguera. Así, a oscuras, escondidos de Manitú, desenterrábamos la marihuana y fumábamos en paz, rememorando a John Wayne en She wore a yellow ribbon

 [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de editorial Valdemar, 1997. ISBN: 84-7702-130-9.]

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