Mostrando entradas con la etiqueta Creación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Creación. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de octubre de 2026

El crótalon.- Cristóbal de Villalón (h. 1510 - h. 1562)

 

Argumento del duodécimo canto del gallo

 «Micilo: Yo te ruego, mi Gallo, que hoy, con íntimo afeto, te esfuerces a me complacer; porque me tienes suspenso de lo que has de hablar. Que aún, si te place, dejaré el oficio por mostrarte la atención que te tengo, pues con los ojos ternía los sentidos y entendimiento todo en ti. Specie me parecía ser de infidelidad si un hombre tan bajo y tan suez como yo no creyese a un hombre celestial y divino como tú.
 Gallo: No quiero, Micilo, que dejes de trabajar; no demos ocasión a morir de hambre, pues todo se puede hacer. Principalmente cuando de ti tengo entendido que cuelgas con tu orejas de mi lengua, como hicieron los franceses de la lengua de Hércules Ogomio, admirable orador. Agora, pues, óyeme y sabrás que, como yo considerase en el mundo, con gran cuidado, todas las cosas que hay entre los mortales, y hallase ser todas dignas de risa, bajas y perecederas: las riquezas, los imperios, los oficios de república y mandos, menospreciando todo esto, con gran deseo me esforcé a emplear mi entendimiento y afición en aquellas cosas que de su cogeta son buenas a la verdad. Y ansí cobdicié pasar destas cosas tenebrosas y oscuras y volar hasta la naturaleza y Criador de todas. Y a este deseo me movió y encendió más la consideración deste que los filósofos llaman mundo. Porque nunca pude en esta vida hallar de qué manera fuese hecho, ni quién le hizo, dónde tuvo principio y fin. Después desto, cuando en particular descendía a le contemplar, mucho más me causaba admiración y dubda. Cuando vía las estrellas ser arrojadas con gran furia por el cielo, ir huyendo, también deseaba saber qué cosa fuese él y, sobre todo, deseaba conocer los accidentes de la Luna; porque me parecían cosas increíbles y maravillosas, y pensaba que algún secreto que no se podía declarar causaba en ella tanta mudanza de especies, formas y figuras. Aquella braveza con que el rayo sale con aquel resplandor, tronido espantoso y rompimiento de nube; y el agua, la nieve, el granizo enviado de lo alto. Parecíanme ser todas estas cosas difíciles al entendimiento, en tanta manera que, por ninguna fuerza de nuestra naturaleza, se podían por algún hombre comprender acá. Pero con todo esto, quise saber qué era lo que destas cosas los nuestros filósofos sentían, porque oía decir a todos que ellos enseñaban toda verdad. También recebía gran confusión considerando aquella sublimidad y alteza de los cielos, principalmente del empíreo y de su perpetuidad. El trono de Dios, el asiento de los santos y la manera de su premiar y beatificación, el orden que hay en la muchedumbre de todos los coros angelicales. Pues primero quise subjetarme a la disciplina destos nuestros maestros, los cuales un poco están hinchados y presumptuosos con estos títulos. Diciendo que, enhastiados de las cosas de la Tierra, volan a alcanzar la alteza de las cosas celestiales, lo cual no sería en ellos poco de estimar si ello fuese ansí. Pero cuando en aquellas comunes academias entré, y miré todos los que en la manera de disputa y lición mostraban enseñar, entre todos vi el hábito y rostro muy particular en algunos que, sin preguntar, lo conocieras haberse levantado con el título de celestiales. Porque todos los otros, aunque platicaban profesión de saber, debajo de un universal bautismo y fe, traían  un vestido no diferente del común. Pero estos otros mostraban ser de una particular religión, por estar vestidos de un hábito y traje particular. Y aun entre ellos diferían en el color; y aunque en su presunción, arrogancia, obstentación, desdén y sobrecejo mostrasen ser los que yo buscaba, quise preguntar por me satisfacer. Y ansí me llegué a uno de aquellos que a aprender concurrían allí; y, a lo que le pregunté, me respondió señalándomelos con el dedo: "Estos son maestros de la filosofía y teología natural y celestial". Y ansí, con el deseo que llevaba de saber, con gran obediencia me deposité a su disciplina, proponiendo de no salir de su escuela hasta que hubiese satisfecho a mi dubda y confusión. ¡Oh, Dios inmortal, qué martirio pasé allí! Que comenzando por uno de aquellos maestros, según el orden que ellos tenían entre sí, a cabo de un año que me tenía quebrada la cabeza con sólo definir términos categoremáticos y sincategoremáticos, análogos, absolutos y conotativos, sólo me hallé en un laberinto de confusión. Quise adelante ver si en el otro habría algo más que gustar y, en todo un año, nunca se acabó de enseñar una demostración, ni nunca colegí cosa que pudiese entender. Consolábame pensando que el tiempo, aunque no el arte, me traería a estado y preceptor que, sin pérdida de más edad, me llegaría a mi fin. Y ansí entré ya a oír los principios de la filosofía natural. Y esto sólo te quiero hacer saber: que, a cabo de muchos días, sólo me faltaba ser libre de aquella necedad y ignorancia con que vine allí. Porque fueron tantas las opiniones y diversidad de no sé qué principios de naturaleza: insecables átomos, innumerables formas, diversidad de materias, ideas, primeras y segundas intinciones, tantas cuestiones de vacuo y infinitos, que cuanto más allí estaba, más me emboscaba en el laberinto de confusión. Y esto sólo entre todas las otras cosas no podía sufrir; que, como en ninguna cosa entre sí ellos conveniesen, mas antes en todo se contradecían, y contra todo cuanto afirmaban argüían; pero con todo esto me mandaban que los creyese decir la verdad, y cada uno dellos me forzaba persuadir y atraer con su razón.
 Micilo: Cosa maravillosa me cuentas, que siendo esos hombres tan santos y religiosos y de conciencia, no sacasen en breve la suma de sus ciencias, y sólo aquello enseñasen que no se pudiese contradecir. O, a lo menos, que se enseñase lo que en suma tuviese más verdad, dejados aparte tantos argumentos y cuestiones tan impertinentes al propósito de lo que se pretende saber.
 Gallo: Pues en verdad mucho más te reirías, Micilo, si los vieses con la arrogancia y confianza que hablan, no tratando cosa de verdad, ni que tenga en sí sustancia ni ser. Porque como quiera que ellos huellan esta tierra que nosotros hollamos -que en esto ninguna ventaja nos llevan, ni en el sentido del viso son más perspicaces que nosotros, mas antes hay muchos dellos que casi están ciegos y torpes por la vejez- y, con todo esto, afirman ver y conocer los términos del cielo, y se atreven a medir el Sol y determinar la naturaleza de la Luna y todo lo que sobre ella está. Y, como si hubieran descendido de las mesmas estrellas, señalan su figura y grandeza de cada cual. Y ellos, que puede ser que no sepan cuántas leguas hay de Valladolid a Cabezón, determinan la distancia que hay de cielo a cielo, y cuántos cobdos hay del cielo de la Luna al del Sol. Y ansí definen la altura del aire, y la redondez de la Tierra, y la profundidad del mar. Y, para éstas sus vanidades, pintan no sé qué círculos, triángulos y cuadrángulos; y hacen unas figuras de sferas con las cuales sueñan medir el ámbitu y magnitud del cielo. Y, lo que es peor y mayor señal de presunción y arrogancia, que hablando de cosas tan inciertas como éstas, y que tan lejos están de la averiguación, no hablan palabra ni la proponen debajo de conjeturas, ni de maneras de decir que muestren dubdar. Pero con tanta certidumbre lo afirman y vocean, que no dan lugar a que otro alguno lo pueda disputar ni contradecir. Pues si tratamos de lo alto del cielo, tanto se atreven  los teólogos desde tiempo a difinir las cosas reservadas al pecho de Dios, como si cada día sobre el gobierno del mundo universal comunicasen con Él.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Espasa-Calpe, 1973, en edición de Augusto Cortina, pp. 166-169. ISBN: 84-239-0264-1.]

domingo, 29 de septiembre de 2024

La raíz semítica de lo europeo.- Joaquín Lomba Fuentes (1932)

 

XIV.- La compleja inserción del racionalismo científico en Europa
El "Averroísmo latino"

 «Como se ha visto más arriba, las obras de Averroes fueron traducidas por Miguel Escoto, de la corte de Federico II Hohenstaufen, y por los judíos de la Corona de Aragón y fueron conocidas en París, nada más empezarse a traducir, poco después de 1230. Al principio se le da poca importancia e incluso se le interpreta mal, como les ocurrió a Roger Bacon y Alberto Magno. Pero quienes deciden adoptar antes que nadie las enseñanzas tanto de Aristóteles como las de su comentarista Averroes es la Facultad de Artes que está empeñada en hacer filosofía asimilando estas nuevas doctrinas frente a la de Teología, aferrada al agustinismo, neoplatonismo y a la escueta Escritura y libros de Sententiae clásicos, sobre todo los de Pedro Lombardo.
 Sin embargo, a pesar de que, como se ha visto, Alberto Magno y Tomás de Aquino asumieron el aristotelismo para su teología e incluso algunos de los comentarios de Averroes, sin embargo, algo había en los que ya se podía llamar "Averroísmo" que hería los oídos teológicos de ambos. Así en 1256 Alberto magno escribe contra Averroes su Sobre la unidad del Intelecto y en 1258 Tomás de Aquino su Summa contra gentes y su Sobre la unidad del Intelecto contra los averroístas, criticando a Averroes junto con otros filósofos paganos. Con ello, Averroes empieza a destacar sobre los demás comentaristas árabes y sus doctrinas llegan a ser foco de atención principal, aparte de las de Aristóteles. Tan son foco de atención que se crea un nuevo cuerpo doctrinal que, si bien está inspirado en Averroes, sin embargo hay tesis que jamás pronunció el pensador cordobés, como es la famosa de "la doble verdad" que tanto escandalizó y cuyo núcleo consistía en afirmar que una misma tesis puede ser verdad en filosofía y su contraria también en teología.
 Las críticas contra Averroes arrecian y en 1267 San Buenaventura escribe sus Exposiciones sobre los diez mandamientos, en 1268 sus Lecciones sobre los dones del Espíritu Santo y en 1273 sus Lecciones sobre el Hexamerón, todas ellas claramente antiaverroístas. Gil de Lessines da una lista de errores en su Errores de los filósofos, donde Averroes aparece en  lugar destacado. Este mismo autor dirige en 1277 una carta a Alberto Magno con "quince artículos que, en las escuelas de París, proponen los maestros que son considerados como los más importantes en su filosofía", los cuales artículos tienen un carácter claramente averroísta. Alberto Magno le responde manteniéndose en el plano de la filosofía pura. Estas tesis son las mismas que condenará Tempier y son: la eternidad del mundo y de la especie humana; la unidad de un solo Intelecto (el llamado Intelecto Agente) para todos los hombres; la carencia de libertad de la voluntad humana; el principio de que Dios no conoce nada fuera de sí mismo con la consecuencia de que no existe la providencia divina.
 Pero la gran condena fue la de 1277 en que, Tempier y Roma confabulados, condenan 219 proposiciones, excomulgando a todos los que las defiendan. En el prefacio de la misma se apunta a la doble verdad cuando afirma: "dicen que esto es verdad según la filosofía, pero no según la fe católica, como si hubiera dos verdades contrarias, y como si en lo que dicen los paganos condenados hubiera una verdad, opuesta a la Sagrada Escritura". Las tesis que se condenan constituyen un amasijo revuelto de doctrinas de la más diversa procedencia (no sólo de Averroes). Además, hay unas veinte tesis por lo menos de Tomás de Aquino, lo cual se explica, primero, porque sus adversarios se aprovecharon para introducirlas y así tener motivos para arremeter contra él; y, segundo, porque efectivamente algunas tesis son averroístas (por ejemplo, la eternidad del mundo que es compaginable con la creación según Tomás de Aquino), pues en su interpretación de Aristóteles se acerca mucho más a Averroes que a Avicena, hasta el punto de que algunos, como Asín Palacios, han hablado de un "Averroísmo teológico" en Santo Tomás de Aquino.
 Por algunas de las tesis contenidas en esta condena de 1277, podemos saber cuál era el pensamiento averroísta y cuáles eran los temas que empezaban a penetrar en Europa, de procedencia semita árabe aunque algunos de ellos tendenciosamente muy deformados con el fin de poder atacar más directamente las "innovaciones" de musulmanes y judíos (una vez más el rechazo de Europa a "lo otro"). Es obvio que algunas de estas tesis jamás las formularon ni imaginaron los filósofos musulmanes ni judíos ni Averroes. Daremos algunos ejemplos ilustrativos: tesis 40 y 154: ocuparse de la filosofía es el estado más perfecto y sólo son sabios los filósofos; tesis 153 y 175: el conocimiento de la teología no vale e incluso es perjudicial; tesis 56, 42,152, 174, 184, 185, 217: la teología está llena de fábulas y de errores, las cuales no están fundadas en la razón; y Dios no se puede conocer más que a sí mismo y, por tanto, no puede conocer lo contingente ni lo que va a ocurrir en el futuro; tesis 6, 91, 101: el mundo es eterno; hubo, por tanto, en el pasado una infinidad de revoluciones del cielo, revoluciones que, al retornar cada treinta y seis mil años, ocasionan los mismos efectos; tesis 87, 91: las especies contenidas en el mundo son también eternas y, por tanto, no hubo un primer hombre ni habrá un último; tesis 21: lo que pasa en el mundo ocurre necesariamente; tesis 32: el Intelecto es uno para todos los hombres y está separado de éstos; tesis 134, 163, 164: en todas sus acciones el hombre sigue el apetito dominante y este apetito, si no encuentra obstáculo, es movido necesariamente por lo deseable, a menos que se crea que la voluntad sigue de manera forzosa lo que cree y le dicta la razón, en todo caso, la voluntad está determinada por el exterior; tesis 144: todo el bien que puede alcanzar el hombre consiste en las virtudes intelectuales; tesis 176: la felicidad puede alcanzarse ya en esta vida; tesis 168: la continencia no es esencialmente una virtud; tesis 169: la abstinencia completa del acto carnal corrompe la virtud y la especie; tesis 171: la humildad no es una virtud. Y, como éstas, otras muchas más que componen el cuadro completo del Averroísmo (repito: no del mismo Averroes).
 Este Averroísmo fue sostenido durante el Medievo por autores como Siger de Brabante (h. 1235-h. 1284) y Boecio de Dacia (fl. h. 1270), contra quienes iba especialmente dirigida la condena de 1277, Juan de Jandún (muerto en 1328), Marsilio de Padua (h. 1275-h. 1343), éste, sobre todo, en el aspecto político y otros muchos más. Después de la Edad Media, el Averroísmo siguió desde finales del siglo XV hasta el XVII, centrándose, sobre todo, en la Universidad de Padua, con representantes tales como Nicoleto Vernia (h. 1420-1499), Agostino Nifo (1463-h. 1546), Alesandro Achillini (1463-1512), Marco Antonio Zimara (muerto en 1532) y otros más.
 Pero lo más importante no es que se fuera averroísta de pleno derecho o que se tuvieran solamente algunas tesis tomadas del Averroísmo, como fue el caso de Pedro Abano (1257-1315) o del comentador de Aristóteles Jacobo Zarabella (1533-1589). Como tampoco era fundamental ser aristotélico alejandrista, al modo como lo veremos a continuación. La clave estaba en que Averroísmo, Aristotelismo, Alejandrismo, no eran más que expresión concretada en ciertas corrientes de un ambiente general nuevo que había invadido la ciencia y filosofía europeas proveniente del mundo semita (aunque, como se ha dicho, deformándolo), a saber: el gusto especial por la razón, por el naturalismo, por la separación de filosofía/ciencia de la religión y por cuantas cosas se han apuntado en el capítulo número 4.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 1997, pp. 78-80. ISBN: 84-460-0787-8.]

domingo, 21 de julio de 2024

Desarrollo de la capacidad creadora.- Viktor Lowenfeld (1903-1960) y W. Lambert Brittain (1922-1987)

11.- El período de la decisión. El arte de los adolescentes en la escuela secundaria: de 14 a 17 años.               Las bases para el arte en la escuela secundaria.

 «El arte en la escuela secundaria ha tratado de reflejar la opinión que de los adolescentes tiene la sociedad. Hasta cierto punto, el arte en las escuelas se ha visto apartado del mundo real y está frecuentemente vinculado con sucesos que nada tienen que ver con los debates, los problemas sociales, el idealismo ni los deseos de cambios y aun ni con el joven mismo. No hay razón alguna para que no podamos planear un programa de arte que no solamente sea distinto en su naturaleza sino que además proporcione la base necesaria para ayudar a satisfacer las necesidades de esta edad y a propiciar posibilidades para un desarrollo continuo.
 Si se quiere desarrollar un programa de arte que tenga verdadero sentido, debe estar basado en las necesidades de los jóvenes que asisten a estos cursos. Debe brindar la oportunidad para que el adolescente exprese sus sentimientos, emociones y reacciones frente al medio que lo rodea. Debe ser, fundamentalmente, un programa con el que el individuo se sienta compenetrado, en el cual los métodos y materiales estén tan alejados como sea posible de las restricciones ambientales y psicológicas de la escuela y que logre arrastrar al estudiante a un proceso fundamental de creación de un producto con valor realmente utilitario, no sólo para él sino también para la sociedad en general. Este tipo de programas debe confeccionarse teniendo presentes a los jóvenes adultos que se mueven en el mundo de hoy y que se preocupan por él y no orientarse hacia la idea de lograr artistas.
 La vida tranquila, el cuadro pintado a la acuarela, el estampado de los tapizados, o la pequeña escultura de arcilla, pueden no ser suficiente atracción para el joven de hoy. Hay una sensación de necesidad, un sentimiento de compromiso social y un deseo de cambiar las cosas que no pueden verse satisfechos con los típicos proyectos de la escuela secundaria. En gran medida, los proyectos corrientes de la escuela secundaria están dirigidos al autoperfeccionamiento, mientras que la juventud de hoy está mucho más interesada en lograr un efecto sobre la sociedad. El concepto clásico de un artista que pinta para sí mismo en una buhardilla, aislado del mundo, tiene muy poca relación con el adolescente actual. La vida es un desafío y el arte debe proporcionar la oportunidad para aceptarlo.
 No existe arte correcto. Tradicionalmente, el arte ha sido un reflejo de la cultura dentro de la cual se desarrolló. No hay reglas para el éxito artístico, pues las reglas las hace la gente, y ésta cambia constantemente. Para que el arte sea importante debe reflejar al individuo que lo realiza. Esto es tan valedero para el nivel escolar como para el del artista profesional. Hemos hablado de cómo los individuos encaran el arte en distintas formas. Aquellos estudiantes que consideran el arte como una actividad electiva y de reposo, una materia para usar más tarde como "hobby", algo que alivia la tensión de la vida diaria y como un medio de entrar en contacto consigo mismo, tienen evidentemente una variedad de formas de utilizar el arte y una variedad de formas de relacionarse con el mundo a través de los materiales artísticos. Pero lo mismo ocurre con los estudiantes que son considerados "serios". Holtzman y col. (1971) aplicaron un gran número de test perceptivos, de personalidad y cognoscitivos a ochenta y cinco estudiantes universitarios adelantados, considerados por sus profesores como exitosos y poseedores de potencial artístico. Esos estudiantes tenían como principales objetivos el arte abstracto, la arquitectura y el dibujo de ingeniería. Se hallaron diferencias altamente significativas entre los tres grupos, diferencias que llevaron a la conclusión de que dichos grupos tenían formas contrastantes de experiencia visual. Hay, al parecer, tantas formas de expresión artística como estudiantes y no sería sensato valorar una forma de expresión más que otra.
 Constantemente hay a nuestro alrededor problemas relacionados con el arte. Artistas y maestros se lamentan por igual de que vivimos en un mundo que ignora las cualidades básicas de la estética. El diseño parece relegado a un papel secundario en la sociedad si lo comparamos con el dinero, y las artes invariablemente quedan en segunda fila cuando se reclaman cambios. El programa de arte en la escuela secundaria debe ser activo. Los temas deben fundamentarse en algo más que en los archivos del profesor y más allá del ambiente de la escuela; debe ser una parte vital de la propia comunidad.
Trabajar directamente con un material proporciona una gran satisfacción y es una liberación de las presiones de intelectualización que pueden ser sólo una parte de la experiencia para desarrollarse hasta el estado de adulto maduro. La mayor parte del pensamiento que progresa en el ambiente de la escuela está limitado a los tópicos prescritos. Pocas son las oportunidades para tratar temas que pueden ir contra la semitranquilidad de las clases. Raras son las ocasiones que tiene el joven de discrepar o de exponer sus objeciones contra la rutina de la clase. En estas condiciones, la oportunidad para expresar emociones, sentimientos e ideas de rebelión en forma de alguna expresión artística es de enorme importancia. Sin embargo, los cursos de arte no tienen por qué estar reservados a la expresión de resentimientos, puesto que otros sentimientos, como el amor, la admiración por la belleza, la sensibilidad hacia los acontecimientos sociales, son legítimas preocupaciones del arte.
 La base de un programa artístico en los cursos superiores de la escuela secundaria debe ser la misma que se aplica para el individuo en la sociedad. Su propósito debe ser que el estudiante se compenetre totalmente con la cultura en la cual se encuentra, que disponga de un medio de realizar cambios concretos y que se enfrente consigo mismo y con sus necesidades.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Kapelusz, 1980, en traducción de Iris Ucha de Davie y María Celia Eguibar, pp. 315-317. ISBN: 950-13-6098-9.]

domingo, 10 de diciembre de 2023

Comentarios al apocalipsis de San Juan.- Beato de Liébana (701 - c. 798)


Beato de Liébana. Códice de Lorvao – Patrimonio Ediciones
Libro segundo

Comienza el prólogo acerca de la Iglesia y de la sinagoga para que tú, lector, conozcas de la manera más completa sus características propias, y quiénes forman parte de cada una

  «Iglesia es un vocablo griego, que en latín se traduce por asamblea, porque llama a todos los hombres a pertenecer a ella. Católica significa universal, del griego «kata» y «oíos», es decir, según la totalidad. Pues no se limita como los conventículos de los herejes a algunas zonas de las regiones, sino que se difunde extendida por todo el orbe de la tierra. Esto lo afirma el Apóstol en su carta a los Romanos, diciendo: Doy gracias a Dios por todos vosotros, porque vuestra fe es alabada en el mundo entero (Rom 1,8). Por eso también es llamada universal, que viene de uno, porque se reagrupa en unidad. De ahí que el Señor diga en el Evangelio: el que no recoge conmigo, desparrama (Mt 12,30). ¿Por qué, si la Iglesia es una, escribe Juan a las siete Iglesias, sino para dar a entender que la única Iglesia católica está llena del espíritu septiforme? Como sabemos que Salomón dijo acerca del Señor: la sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas (Prov 9,1). Estas columnas no se duda que sean una, según el Apóstol que dice: la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15). Comenzó la Iglesia en el lugar donde vino del cielo el Espíritu Santo y llenó a los que estaban reunidos en un mismo lugar. Durante su existencia terrena la Iglesia es llamada Sión, porque, situada desde la lejanía de su peregrinación, mira en lontananza la promesa de los bienes celestiales: por eso lleva el nombre de Sión, que significa «mirar desde la atalaya». Pero en relación con la paz de la patria futura, su nombre es Jerusalén; pues Jerusalén significa «visión de paz». Allí, destruida, es decir, devorada toda adversidad, poseerá la visión de la presencia de la paz, que es Cristo. La Iglesia se compone de éstos: Cristo, los ángeles, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los clérigos, los monjes, los fieles y los religiosos. Esta Iglesia es llamada también el cielo, en el que el sol, la luna y las estrellas, de las que hemos hablado antes, irradian con las luces de sus virtudes. Cristo es llamado así por el crisma, es decir, la unción. Estaba ordenado a los judíos que hiciesen un ungüento sagrado, con el que pudieran ser ungidos los que eran llamados al sacerdocio o a la dignidad real. Y así como ahora un manto de púrpura es la señal de dignidad real, así para ellos la unción sagrada confería nombre y potestad real. De aquí que Cristo venga de crisma, que significa unción, pues la palabra griega crisma se dice en latín unción. También la Iglesia, hecha espiritual, aplicó el nombre al Señor, porque fue ungido por Dios Padre con el Espíritu Santo, como se dice en los Hechos de los Apóstoles: en esta ciudad se han aliado contra tu santo siervo Jesús, a quien has ungido (Hech 4,27), no con óleo visible, sino con el don de la gracia, que se significa en el ungüento visible. Pues Cristo no es el nombre propio del Salvador, sino designación común de potestad. Cuando se dice Cristo, es un nombre común de dignidad. Si decimos Jesucristo, estamos hablando del Salvador. El nombre de Cristo no existió en ninguna región, ni en otro pueblo, sino sólo en aquella región donde Cristo era anunciado por los profetas y donde iba a venir. Pues el mismo Hijo unigénito de Dios Padre, siendo igual que el Padre, por nuestra salvación tomó nuestra forma de siervo, para abrir a los hombres un camino de salvación hacia el cielo. Es Dios y Hombre, porque es Verbo y carne; de aquí que se diga que es doblemente engendrado, porque el Padre le engendró sin madre en la eternidad, y porque la Madre le engendró sin el Padre en el tiempo. Se le llama Unigénito, según la dignidad divina, porque no tiene hermanos; Primogénito, conforme a su condición humana, porque por la adopción de la gracia se ha dignado tener hermanos, de los que es el primogénito. Se dice Mesías en hebreo, en griego Cristo, en latín Ungido. Se llama Jesús en hebreo, Sotero en griego, Salvador en latín, porque él salvará a su pueblo. Así como Cristo hace referencia a Rey, así Jesús hace referencia a Salvador. Así que no nos salva un rey cualquiera, sino nuestro Rey Salvador.
  Ángeles es palabra griega, que en hebreo es «Malakot», y en latín significa mensajeros, porque anuncian a los pueblos la voluntad del Señor. La palabra ángeles hace referencia a la función que desempeñan, no a su naturaleza, pues siempre son espíritus; pero cuando son enviados, se les llama ángeles, a los que la audacia de los pintores les representa con alas, para dar a entender su rapidez de desplazamiento a todos los lugares. Así como también los poetas dicen del viento que tiene alas, por su velocidad. Por eso dice la Sagrada Escritura: sobre las alas del viento te deslizas (Sal 104,3). Nueve son las categorías de ángeles que cita la Sagrada Escritura: ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, virtudes, principados, potestades, querubines y serafines. Diremos a continuación, al explicar sus funciones, el porqué de sus nombres.
  Se llaman Ángeles porque son enviados del cielo para dar un mensaje a los hombres. Ángel en griego significa mensajero en latín. Arcángeles en griego quiere decir los mensajeros principales. Los que anuncian las noticias pequeñas o mínimas son ángeles; los que anuncian las noticias principales son arcángeles. Se les conoce por arcángeles, porque tienen la primacía entre los ángeles. «Archos» en griego, en latín significa Príncipe. Son los caudillos y príncipes, bajo cuyas órdenes se les designan las misiones a cada uno de los ángeles. Así como en la tierra hay caudillos y príncipes, tribunos y centuriones, que tienen autoridad sobre los hombres, así también los arcángeles presiden a los ángeles. Lo atestigua el profeta Zacarías, diciendo: En esto el Ángel que hablaba conmigo se adelantó; otro Ángel salió a su encuentro y le dijo: corre, habla a ese joven y dile: como las ciudades abiertas será habitada Jerusalén (Zac 2,8). Si, pues, en las funciones propias de ángeles los superiores no ordenasen a los inferiores, no habría podido saber por medio de un ángel lo que el otro ángel quería que dijera al hombre. Algunos de los arcángeles tienen nombres propios, para que sus mismos nombres designen la tarea que se les encomienda. Gabriel en hebreo, se traduce en nuestra lengua por fortaleza de Dios: donde haya de manifestarse el poder y la fortaleza divina, allí es enviado Gabriel. Por eso en el tiempo en que el Señor iba a nacer y triunfar del mundo, vino Gabriel a María, para anunciar que el que venía a derrotar a los poderes del aire se dignaba venir humilde. Miguel quiere decir quién como Dios. Cuando en el mundo se realiza algo de poder admirable, es enviado este arcángel. De su misión proviene su nombre, porque nadie puede realizar lo que Dios puede. Rafael significa salud o medicina de Dios: donde hay necesidad de curar y sanar, Dios envía a este arcángel y por eso se llama medicina de Dios. Este mismo arcángel fue enviado a Tobías, aplicó a los ojos su remedio y, eliminada la ceguera, le restituyó la vista, pues el significado del nombre designa la misión del arcángel. Uriel significa fuego de Dios, como leemos que apareció el fuego en la zarza. Leemos también que el fuego fue enviado desde lo alto y que había realizado lo que se le había ordenado. Los tronos, dominaciones, principados, potestades y virtudes, nombres con los que el apóstol abarca la total comunidad celestial, designan órdenes y dignidades angélicas. 
Leer Comentarios al Apocalipsis de San Juan [BAC-Facundo] de Beato ... Y por esta misma distribución de funciones, unos se llaman tronos, otros dominaciones, otros principados, otros potestades, en virtud de determinadas dignidades con las que se distinguen entre sí. Las virtudes ejercen ciertos ministerios angélicos, por los que se realizan en el mundo signos y milagros; por eso se llaman virtudes. Son potestades aquellos a quienes se someten los poderes enemigos. Se les llama potestades porque los espíritus malignos se someten a su poder, para que no hagan al mundo todo el daño que desean. Principados son aquellos que están al mando de las milicias angélicas, y reciben el nombre de principados porque disponen de los ángeles subordinados para cumplir el ministerio divino. Pues unos son los que sirven y otros los que están en pie delante de él. Como se dice en Daniel: miles de millares le servían, miríadas de miríadas en pie delante de él (Dan 7,10). Dominaciones son aquellos que tienen incluso mayor dignidad que las virtudes y principados. Se llaman dominaciones porque están al mando de todos los ejércitos angélicos. Los tronos son grupos de ángeles, que en latín se designan por la palabra Sedes.Y se llaman tronos porque los preside el Creador y por medio de ellos transmite sus órdenes. Querubines son los que ejercen los más sublimes poderes celestiales y ministerios angélicos; su nombre hebreo se traduce a nuestro idioma por magnitud de ciencia. Son el más sublime ejército de ángeles, porque, al estar más cerca de la sabiduría divina, están mucho más llenos de ella que los demás. Ellos son aquellos dos vivientes sobre el propiciatorio del arca, hechos de metal, porque debían significar la presencia de los ángeles, en medio de los cuales se manifiesta Dios. Los serafines, también de forma semejante, son aquella multitud de ángeles que del hebreo se traduce en latín por ardientes o encendidos; y se llaman así porque entre Dios y ellos no hay ningún grupo de ángeles. Y así, cuanto más cerca permanecen delante de Dios, tanto más son inflamados por la claridad de la luz divina. Ellos son los que ocultan la faz y los pies del que se sienta en el trono de Dios.
 Y por eso los restantes grupos de ángeles no pueden ver plenamente la esencia de Dios, porque le cubren los serafines. Estos nombres de milicias angélicas son nombres especiales de una categoría de ángeles, de tal manera que, sin embargo, son en parte comunes a todas. Pues aunque los tronos son llamados de forma especial el asiento de Dios en su categoría de ángeles, sin embargo se dice por el Salmista: Tú que estás sentado sobre querubines (Sal 80,2). Pero estas categorías de ángeles son designadas con nombres particulares, porque en su categoría propia recibieron de una forma más plena esta peculiar función. Y aunque sea común a todas las categorías angélicas, sin embargo son estas funciones asignadas propiamente a la suya. A cada uno, como ya se ha dicho, le están asignadas las funciones propias que, se dice, merecieron al comienzo del mundo. Que los ángeles presiden los territorios y los hombres, lo afirma un ángel por medio del profeta diciendo: El príncipe del Reino de Persia me ha hecho resistencia (Dan 10,13). Está, pues, claro que no hay lugar alguno que no presidan los ángeles. Presiden incluso los auspicios de todas las obras. Esta es la jerarquía y distinción de los ángeles que, después de la caída de los malos, permanecieron en el vigor celestial. Pues después de caer los ángeles apóstatas, éstos permanecieron firmes en la perseverancia de la eterna beatitud. Por eso se repite, después de la creación del cielo en el principio: haya un firmamento; y llamó al firmamento “cielo” (Gén 1,6). Manifestando sin duda que, después de la ruina de los ángeles malos, los que permanecieron, consiguieron la firmeza de la perseverancia eterna. Lejos ya de toda caída, no sucumbiendo ya a ningún tipo de soberbia, sino permaneciendo firmes en la contemplación y en el amor de Dios, no tienen ninguna otra cosa más agradable que aquel por quien fueron creados. Los dos serafines que aparecen en el libro de Isaías representan en figura al Antiguo y Nuevo Testamento. El que cubran la faz y los pies de Dios significa que no podemos saber lo que sucedió antes de la creación del mundo, ni lo que sucederá después del mundo, sino que sólo vemos lo que está en medio, gracias a su testimonio. Cada uno de ellos tiene seis alas, porque en el siglo presente, de la creación del mundo sólo sabemos la obra de los seis días. Y se gritan el uno al otro por tres veces: Santo, para dar a entender el misterio de la Trinidad en una sola divinidad.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 2004, en traducción: Alberto del Campo Hernández, Joaquín González Echegaray y Leslie G. Freeman. ISBN: 978-84-7914-732-7.]

miércoles, 25 de mayo de 2022

Frankenstein o el moderno Prometeo.- Mary Shelley (1797-1851)


La fuga de amor de Mary Shelley contada por ella misma | El ...
Capítulo 1


 «Mi padre tenía una hermana a quien amaba tiernamente y que se había casado muy joven con un caballero italiano. Poco después de su boda, había acompañado a su marido a su país natal, y durante algunos años mi padre tuvo muy poca relación con ella. Murió alrededor de la época de la que hablo, y pocos meses después mi padre recibió una carta de su cuñado haciéndole saber que tenía la intención de casarse con una dama italiana y pidiéndole que se hiciera cargo de la pequeña Elizabeth, la única hija de su difunta hermana.
  —Es mi deseo —dijo— que la consideres como hija tuya y que como a tal la eduques. Es la heredera de la fortuna de su madre, y te enviaré los documentos que así lo demuestran. Reflexiona sobre esta propuesta y decide si preferirías educar a tu sobrina tú mismo o que lo haga una madrastra.
  Mi padre no dudó un instante, y de inmediato se puso en camino hacia Italia con el fin de acompañar a la pequeña Elizabeth hasta su futuro hogar. A menudo he oído a mi madre decir que era la criatura más preciosa que jamás había visto, e incluso ya entonces mostraba síntomas de un carácter dulce y afectuoso. Estas características y el deseo de afianzar los lazos del amor familiar hicieron que mi madre considerara a Elizabeth como mi futura esposa, plan del cual nunca encontró razón para arrepentirse.
  A partir de este momento, Elizabeth Lavenza se convirtió en mi compañera de juegos y, a medida que crecíamos, en una amiga. Era dócil y de buen carácter, a la vez que alegre y juguetona como un insecto de verano. A pesar de que era vivaz y animada, tenía fuertes y profundos sentimientos y era desacostumbradamente afectuosa. Nadie podía disfrutar mejor de la libertad ni podía plegarse con más gracia que ella a la sumisión o lanzarse al capricho. Su imaginación era exuberante, pero tenía una gran capacidad para aplicarla. Su persona era el reflejo de su mente, sus ojos de color avellana, aunque vivos como los de un pájaro, poseían una atractiva dulzura. Su figura era ligera y airosa y, aunque era capaz de soportar gran fatiga, parecía la criatura más frágil del mundo. A pesar de que me cautivaba su comprensión y fantasía, me deleitaba cuidarla como a un animalillo predilecto. Nunca vi más gracia, tanto personal como mental, ligada a mayor modestia.
  Todos querían a Elizabeth. Si los criados tenían que pedir algo, siempre lo hacían a través de ella. No conocíamos ni la desunión ni las peleas, pues aunque éramos muy diferentes de carácter, incluso en esa diferencia había armonía. Yo era más tranquilo y filosófico que mi compañera, pero menos dócil. Mi capacidad de concentración era mayor, pero no tan firme. Yo me deleitaba investigando los hechos relativos al mundo en sí, ella prefería las aéreas creaciones de los poetas. Para mí el mundo era un secreto que anhelaba descubrir, para ella era un vacío que se afanaba por poblar con imaginaciones personales.
  Mis hermanos eran mucho más jóvenes que yo; pero tenía un amigo entre mis compañeros del colegio, que compensaba esta deficiencia. Henry Clerval era hijo de un comerciante de Ginebra, íntimo amigo de mi padre, y un chico de excepcional talento e imaginación. Recuerdo que, cuando tenía nueve años, escribió un cuento que fue la delicia y el asombro de todos sus compañeros. Su tema de estudio favorito eran los libros de caballería y romances, y recuerdo que de muy jóvenes solíamos representar obras escritas por él, inspiradas en estos sus libros predilectos, siendo los principales personajes Orlando, Robin Hood, Amadís y San Jorge.
 Juventud más feliz que la mía no puede haber existido. Mis padres eran indulgentes y mis compañeros amables. Para nosotros los estudios nunca fueron una imposición; siempre teníamos una meta a la vista que nos espoleaba a proseguirlos. Este era el método, y no la emulación, que nos inducía a aplicarnos. Con el fin de que sus compañeras no la dejaran atrás, a Elizabeth no se la orientaba hacia el dibujo. Sin embargo, se dedicaba a él motivada por el deseo de agradar a su tía, representando alguna escena favorita dibujada por ella misma. Aprendimos inglés y latín para poder leer lo que en esas lenguas se había escrito. Tan lejos estaba el estudio de resultarnos odioso a consecuencia de los castigos, que disfrutábamos con él, y nuestros entretenimientos constituían lo que para otros niños hubieran sido pesadas tareas. Quizá no leímos tantos libros ni aprendimos lenguas tan rápidamente como aquellos a quienes se les educaba conforme a los métodos habituales, pero lo que aprendimos se nos fijó en la memoria con mayor profundidad. Incluyo a Henry Clerval en esta descripción de nuestro círculo doméstico, pues estaba con nosotros continuamente. Iba al colegio conmigo, y solía pasar la tarde con nosotros; pues, siendo hijo único y encontrándose solo en su casa, a su padre le complacía que tuviera amigos en la nuestra. Por otro lado nosotros tampoco estábamos del todo felices cuando Clerval estaba ausente.
 Siento placer al evocar mi infancia, antes de que la desgracia me empañara la mente y cambiara esta alegre visión de utilidad universal por tristes y mezquinas reflexiones personales. Pero al esbozar el cuadro de mi niñez, no debo omitir aquellos acontecimientos que me llevaron, con paso inconsciente, a mi ulterior infortunio. Cuando quiero explicarme a mí mismo el origen de aquella pasión que posteriormente regiría mi destino, veo que arranca, como riachuelo de montaña, de fuentes poco nobles y casi olvidadas, engrosándose poco a poco hasta que se convierte en el torrente que ha arrasado todas mis esperanzas y alegrías.
 La filosofía natural es lo que ha forjado mi destino. Deseo, pues, en esta narración explicar las causas que me llevaron a la predilección por esa ciencia. Cuando tenía trece años fui de excursión con mi familia a un balneario que hay cerca de Thonon. La inclemencia del tiempo nos obligó a permanecer todo un día encerrados en la posada, y allí, casualmente, encontré un volumen de las obras de Cornelius Agrippa. Lo abrí con aburrimiento, pero la teoría que intentaba demostrar y los maravillosos hechos que relataba pronto tornaron mi indiferencia en entusiasmo. Una nueva luz pareció iluminar mi mente, y lleno de alegría le comuniqué a mi padre el descubrimiento. No puedo dejar de comentar aquí las múltiples oportunidades de que disponen los educadores para orientar la atención de sus alumnos hacia conocimientos prácticos, y que desaprovechan lamentablemente. Mi padre ojeó distraídamente la portada del libro y dijo:
  —¡Ah, Cornelius Agrippa! Víctor, hijo mío, no pierdas el tiempo con esto, son tonterías.
  Si en vez de hacer este comentario, mi padre se hubiera molestado en explicarme que los principios de Agrippa estaban totalmente superados, que existía una concepción científica moderna con posibilidades mucho mayores que la antigua, puesto que eran reales y prácticas mientras que las de aquélla eran quiméricas, tengo la seguridad de que hubiera perdido el interés por Agrippa. Probablemente, sensibilizada como tenía la imaginación, me hubiera dedicado a la química, teoría más racional y producto de descubrimientos modernos. Es incluso posible que mi pensamiento no hubiera recibido el impulso fatal que me llevó a la ruina. Pero la indiferente ojeada de mi padre al volumen que leía en modo alguno me indicó que él estuviera familiarizado con el contenido del mismo, y proseguí mi lectura con mayor avidez.
  Mi primera preocupación al regresar a casa fue hacerme con la obra completa de este autor y, después, con la de Paracelso y Alberto Magno. Leí y estudié con gusto las locas fantasías de estos escritores. Me parecían tesoros que, salvo y o, pocos conocían. Aunque a menudo hubiera querido comunicarle a mi padre estas secretas reservas de mi sabiduría, me lo impedía su imprecisa desaprobación de mi querido Agrippa. Por tanto, y bajo promesa de absoluto secreto, le comuniqué mis descubrimientos a Elizabeth, pero el tema no le interesó y me vi obligado a continuar solo.
Frankenstein o el moderno Prometeo | Biblioteca Virtual Fandom ... Puede parecer extraño que en el siglo XVIII surja un discípulo de Alberto Magno, pero nuestra familia no era científica, y yo no había asistido a ninguna de las clases que se daban en la universidad de Ginebra. Así pues, mis sueños no se veían turbados por la realidad, y me lancé con enorme diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida. Pero era esto último lo que recibía mi más completa atención: la riqueza era un objetivo inferior; pero ¡qué fama rodearía al descubrimiento si y o pudiera eliminar de la humanidad toda enfermedad y hacer invulnerables a los hombres a todo salvo a la muerte violenta!
  No eran éstos mis únicos pensamientos. Provocar la aparición de fantasmas y demonios era algo que mis autores predilectos prometían que era fácil, cumplimiento que yo ansiaba fervorosamente conseguir. Atribuía el que mis hechizos jamás tuvieran éxito más a mi inexperiencia y error que a la falta de habilidad o veracidad por parte de mis instructores.
  Los fenómenos naturales que a diario tienen lugar no escapaban a mi observación. La destilación y los maravillosos efectos del vapor, procesos que mis autores favoritos desconocían por completo, provocaban mi asombro. Pero mi mayor sorpresa la suscitaron unos experimentos con una bomba de aire que empleaba un caballero al cual solíamos visitar.
  El desconocimiento de los antiguos filósofos sobre éste y varios otros temas disminuyeron mi fe en ellos, pero no podía desecharlos por completo sin que algún otro sistema ocupara su lugar en mi mente.
  Tenía alrededor de quince años cuando, habiéndonos retirado a la casa que teníamos cerca de Belrive, presenciamos una terrible y violenta tormenta. Había surgido detrás de las montañas del Jura, y los truenos estallaban al unísono desde varios puntos del cielo con increíble estruendo. Mientras duró la tormenta, observé el proceso con curiosidad y deleite. De pronto, desde el dintel de la puerta, vi emanar un haz de fuego de un precioso y viejo roble que se alzaba a unos quince metros de la casa; en cuanto se desvaneció el resplandor, el roble había desaparecido y no quedaba nada más que un tocón destrozado. Al acercarnos a la mañana siguiente, encontramos el árbol insólitamente destruido. No estaba astillado por la sacudida; se encontraba reducido por completo a pequeñas virutas de madera. Nunca había visto nada tan deshecho.
  La catástrofe de este árbol avivó mi curiosidad, y con enorme interés le pregunté a mi padre acerca del origen y naturaleza de los truenos y los relámpagos.
  —Es la electricidad —me contestó, a la vez que me describía los diversos efectos de esa energía.
  Construyó una pequeña máquina eléctrica y realizó algunos experimentos. También hizo una cometa con cable y cuerda, que arrancaba de las nubes ese fluido.
 Esto último acabó de destruir a Cornelius Agrippa, Alberto Magno y Paracelso, que durante tanto tiempo habían reinado como dueños de mi imaginación. Pero, por alguna fatalidad, no me sentí inclinado a empezar el estudio de los sistemas modernos, desinclinación que se vio influida por la siguiente circunstancia. Mi padre expresó el deseo de que asistiera a un curso sobre filosofía natural. Gustosamente asentí a esto, pero algún motivo me impidió ir hasta que el curso estuvo casi terminado. Por tanto, al ser ésta una de las últimas clases, me resultó totalmente incomprensible. El profesor disertaba con la mayor locuacidad sobre el potasio y el boro, los sulfatos y óxidos, términos que y o no podía asociar a ninguna idea. Empecé a aborrecer la ciencia de la filosofía natural, aunque seguí leyendo a Plinio y Buffon con deleite, autores, a mi juicio, de similar interés y utilidad.
  A esta edad las matemáticas y la mayoría de las ramas cercanas a esa ciencia constituían mi principal ocupación. También me afanaba por aprender lenguas; el latín ya me era familiar, y sin ayuda del diccionario empecé a leer algunos de los autores griegos más asequibles. También entendía inglés y alemán perfectamente. Este era mi bagaje cultural a los diecisiete años, además de las muchas horas empleadas en la adquisición y conservación del conocimiento de la vasta literatura.
 También recayó sobre mí la obligación de instruir a mis hermanos. Ernest, seis años menor que yo, era mi principal alumno. Desde la infancia había sido enfermizo, y Elizabeth y yo lo habíamos cuidado constantemente; era de disposición dócil, pero incapaz de cualquier prolongado esfuerzo mental. William, el benjamín de la familia, era todavía un niño y la criatura más preciosa del mundo; tenía los ojos vivos y azules, hoyuelos en las mejillas y modales zalameros, e inspiraba la mayor ternura.
 Tal era nuestro ambiente familiar, en el cual el dolor y la inquietud no parecían tener cabida. Mi padre dirigía nuestros estudios, y mi madre participaba de nuestros entretenimientos. Ninguno de nosotros gozaba de más influencia que el otro; la voz de la autoridad no se oía en nuestro hogar, pero nuestro mutuo afecto nos obligaba a obedecer y satisfacer el más mínimo deseo del otro.»