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domingo, 14 de junio de 2026

Asinaria o La comedia de los asnos.- Plauto (254 a.C. - 184 a.C.)

Acto III
Escena I
(Cleéreta y Filenia)

«Cleéreta: ¿No puedo conseguir que me obedezcas cuando te prohíbo alguna cosa? ¿Es que tienes la idea de librarte de la autoridad maternal?
 Filenia: ¿Cómo voy a aplacar a la Piedad, oh madre, si no busco agradarte acomodándome a tus normas de conducta, en la forma que me mandas?
 Cleéreta: ¿Es esto honrar la Piedad, quitarle autoridad a tu madre? ¿Está bien oponerte a mis órdenes?
 Filenia: ¿Cómo es esto? Ni censuro lo que está bien hecho ni me gusta lo que es deficiente.
 Cleéreta: Nuestra enamoradiza es bastante habladora...
 Filenia: Madre, ése es mi negocio. La lengua pide, el cuerpo pide, el corazón suplica, las circunstancias aconsejan.
 Cleéreta: Quería corregirte y te presentas como acusadora.
 Filenia: ¡Por Dios!, ni te acuso ni me creo con derecho a ello. Pero me lamento de mi suerte cuando me apartas del que amo.
 Cleéreta: ¿De todo el día no se me concederá una partecita para poder hablar?
 Filenia: No sólo te doy tu partecita sino también la mía. Para hablar y para callar, ten firme el gobernalle, pues, ¡por Pólux!, si abandono el remo y descanso sola en la cabina de la nave, se acabó para ti toda nuestra hacienda familiar.
 Cleéreta: ¿Qué dices? No he visto nunca una mujer más desvergonzada que tú. ¿Cuántas veces te he prohibido acercarte a Argiripo, acariciarle, hablar con él? ¿Qué te ha dado, qué ha ordenado que nos trajesen? ¿Es que tú crees que las palabras dulces son oro o que las palabras bien dichas son regalos? Estás demasiado enamorada, le buscas demasiado, le reclamas a tu lado. A los que dan, los desprecias; a los que te desprecian, te pierdes por ellos. ¿Acaso debes esperar si alguno te promete que te va a hacer rica cuando se muera su madre? ¡Por Cástor!, nos amenaza un gran peligro, a nosotras y a la casa, de morir de hambre mientras esperamos su muerte. Si esta vez no trae aquí las veinte minas de plata, ¡por Cástor!, será arrojado de aquí a la calle, ese derrochador de lágrimas. Hoy es el último día que yo acepto sus excusas de pobreza.
 Filenia: Yo aguantaré, madre mía, aunque mandes que no coma.
 Cleéreta: No te prohíbo que ames a los que te dan, porque ellos son amados con razón.
 Filenia: Mas si mi corazón se enamora de uno, madre, ¿qué he de hacer?  Aconséjame.
 Cleéreta: ¡Toma! Mira mi cara, si velas por tu interés.
 Filenia: También el pastor que apacienta las ovejas ajenas tiene alguna preferida para alegrar su esperanza. Déjame amar a uno solo de corazón, a este Argiripo, a quien quiero.
 Cleéreta: Marcha dentro, pues, ¡por Pólux!, no hay nadie más desvergonzada que tú.
 Filenia: ¡Oh, madre!, has tenido una hija pronta a obedecer.

Escena II
(Líbano y Leónidas)

 Líbano: Con razón damos a la Perfidia alabanzas y muchas gracias porque con nuestros trucos, engaños y astucias, confiados en nuestras espaldas, apoyados en el valor de las varas del olmo... [Falta un verso.] ...contra los aguijones, cuchillos, cruces, esposas, hierros, cadenas, cepos, trampas, collares, cepos de cabeza y de pies, argollas y contra encarnizados provocadores, conocedores de nuestras espaldas en las que anteriormente tantas veces nos produjeron cicatrices... [Falta un verso.] ...Por ahora, esas legiones, tropas y ejércitos suyos, luchando con fuerza con nuestros juramentos falsos, han alcanzado la fuga. Esto se ha conseguido con el valor de este colega y con mi colaboración. ¿Hay alguien más valiente que yo para soportar los castigos?
 Leónidas: ¡Por Pólux!, no puedes alabar tus méritos tanto como yo: por lo que has hecho de malo en casa y en la guerra. ¡Canastos! No se pueden mencionar a tu favor muchas cosas: las veces que has defraudado a quienes confiaban en ti, las muchas veces que has sido infiel a tu amo, las veces que a sabiendas y de buen grado has jurado en falso, cuantas veces has perforado las paredes has sido cogido en hurto, las muchas veces que te has defendido estando colgado en presencia de ocho hombres fornidos y audaces y valientes manejadores de vergas.
 Líbano: Confieso, verdaderamente, Leónidas, que la verdad es como tú dices. Mas, ¡por Pólux!, ¿ no pueden también referirse tus propias y muchas maldades sin mentir? Las veces que a sabiendas has sido infiel a quien te era fiel, las veces que has sido cogido en hurto manifiesto y azotado, las veces que has jurado en falso, las veces que has alargado las manos a objetos sagrados, las muchas veces que has ocasionado daños, malestar o deshonor a tus amos, las veces que has negado el depósito que se te había confiado, las veces que has sido más fiel a la amiga que a tu amigo, las muchas veces que por la dureza de tu piel has tenido a tu lado ocho fuertes lictores dotados de flexibles varas de olmo. ¿Acaso al alabar a mi colega he hecho mal el elogio?
 Leónidas: Lo has hecho como más me convenía a mí, a ti y a nuestra condición.
 Líbano: Deja todo eso y responde a mi pregunta.
 Leónidas: Pregunta lo que quieras.
 Líbano: ¿Tienes las veinte minas de plata?
 Leónidas: Eres un adivino. ¡Por Pólux!, que el viejo Deméneto ha sido amable con nosotros. ¡Qué gracioso cuando me hacía pasar por Sáurea! Apenas pude contener la risa cuando el extranjero decía muy exaltado que durante su ausencia no había querido fiarse de mí. Cómo me llamaba, sin olvidarlo nunca, Sáurea el intendente.
 Líbano: Espera un poco.
 Leónidas: ¿Qué pasa?
 Líbano: ¿No es Filenia esa que sale de su casa acompañada de Argiripo?
 Leónidas: Cierra la boca: es él. Escuchemos con disimulo.
 Líbano: Ella, llorando, le coge el vestido a él, que también llora. ¿Qué querrá decir todo esto?
 Leónidas: Escuchemos en silencio.
 Líbano: ¡Toma! Ahora, ¡pardiez!, pienso que lo que querría tener es una pértiga.
 Leónidas: ¿Por qué?
 Líbano: Para azotar a los asnos, si por casualidad comenzasen a rebuznar, desde nuestras alforjas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en traducción de José Mª Guinot Galán, pp. 167-171. ISBN: 84-239-7346-8.]

domingo, 9 de octubre de 2022

Papillon.- Henry Charriére (1906-1973)


Henri Charrière | Discografía | Discogs
Primer cuaderno: El camino de la podredumbre

La central de Caen

 «Apenas llegamos, nos hacen pasar al despacho del director quien alardea de su superioridad desde detrás de un mueble “Imperio”. Sobre un estrado de un metro de alto.
  —¡Firmes! El director os va a hablar.
  —Condenados, estáis aquí en calidad de depósito en espera de vuestra salida para el presidio. Esto es una cárcel. Silencio obligatorio en todo momento, ninguna visita que esperar, ni carta de nadie. O se obedece o se revienta. Hay dos puertas a vuestra disposición: una para conduciros al presidio si os portáis bien; otra para el cementerio. En caso de mala conducta, sabed que la más pequeña falta será castigada con sesenta días de calabozo a pan y agua. Nadie ha aguantado dos penas de calabozo consecutivas. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
  Se dirige a Pierrot el Loco, cuya extradición había sido pedida, y concedida, de España:
  —¿Cuál era su profesión en la vida?
  —Torero, señor director.
  Furioso por la respuesta, el director grita: —¡Llevaos a ese hombre, militarmente!
  En un abrir y cerrar de ojos, el torero es golpeado, aporreado por cuatro o cinco guardianes y llevado rápidamente lejos de nosotros. Se le oye gritar:
  —So maricas, os atrevéis cinco contra uno y, además, con porras. ¡Canallas!
 Un “¡ay!”, de bestia mortalmente herida y, luego, nada más. Sólo el roce sobre el cemento de algo que es arrastrado por el suelo.
  Después de esta escena, si no se ha comprendido, nunca se comprenderá. Dega está a mi lado. Mueve un dedo, sólo uno para tocarme el pantalón. Comprendo lo que quiere decirme: “Aguanta firme, si quieres llegar al presidio con vida”. Diez minutos después, cada uno de nosotros (salvo Pierrot el Loco, quien ha sido encerrado en un infame calabozo de los sótanos) se encuentra en una celda del pabellón disciplinario de la Central.
  La suerte ha querido que Dega ocupe la celda lindante con la mía. Antes, hemos sido presentados a una especie de monstruo pelirrojo de un metro noventa o más, tuerto, que lleva un vergajo nuevo, flamante, en la mano derecha. Es el cabo de vara, un preso que ejerce la función de verdugo a las órdenes de los vigilantes. Es el terror de los condenados. Los vigilantes, con él tienen la ventaja de poder apalear y flagelar a los hombres, de una parte sin cansarse y, si hay muertes, eximiendo de responsabilidades a la Administración.
  Posteriormente, durante una breve estancia en la enfermería conocí la historia de esa bestia humana. Felicitemos al director de la Central por haber sabido escoger tan bien a su verdugo. El individuo en cuestión era cantero de oficio. Un buen día, en la pequeña ciudad del Norte donde vivía, decidió suicidarse suprimiendo al mismo tiempo a su mujer. Para ello, utilizó un cartucho de dinamita bastante grande. Se acuesta al lado de su mujer, que está descansando en el segundo piso de un edificio de seis. Su mujer duerme. El enciende un cigarrillo y, con este, prende fuego a la mecha del cartucho de dinamita que sostiene en la mano izquierda, entre su cabeza y la de su mujer. La explosión fue espantosa. Resultado: su mujer queda hecha papilla y casi hay que recogerla con cuchara. Una parte del edificio se derrumba y tres niños perecen aplastados por los escombros, así como una anciana de setenta años. Los demás quedan, más o menos, gravemente heridos.
  En cuanto a Tribouillard, ha perdido parte de la mano izquierda, de la que sólo le queda el dedo meñique y medio pulgar, y el ojo y la oreja izquierdos. Tiene una herida en la cabeza lo suficientemente grave para necesitar que se la trepanen. Desde su condena, es cabo de vara de las celdas disciplinarias de la Central. Ese semiloco puede disponer como le venga en gana de los desventurados que van a parar a sus dominios. Un, dos, tres, cuatro, cinco…, media vuelta… Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta… y comienza el incesante ir y venir de la pared a la puerta de la celda.
 No tenemos derecho a acostarnos durante el día. A las cinco de la mañana, un toque de silbato estridente despierta a todo el mundo. Hay que levantarse, hacer la cama, lavarse, y o bien andar o sentarse en un taburete fijado a la pared. No tenemos derecho a acostarnos durante el día. Como colmo del refinamiento del sistema penitenciario, la cama se levanta contra la pared y queda colgada. Así, el preso no puede tumbarse y puede ser vigilado mejor.
 Un, dos, tres, cuatro, cinco… Catorce horas de caminata. Para adquirir el automatismo de ese movimiento continuo, hay que aprender a bajar la cabeza, poner las manos a la espalda, no andar ni demasiado deprisa ni demasiado despacio, dar los pasos exactamente iguales y girar automáticamente, en un extremo de la celda, sobre el pie izquierdo, y en el otro extremo, sobre el pie derecho.
 Un, dos, tres, cuatro, cinco… Las celdas están mejor alumbradas que en la Conciergerie y se oyen los ruidos exteriores, los del pabellón disciplinario y también algunos procedentes del campo. Por la noche, se perciben los silbidos o las canciones de los labradores que vuelven a sus casas contentos de haber bebido un buen trago de sidra.
 He recibido mi regalo de Navidad: por un resquicio de las tablas que tapan las ventanas, percibo el campo, todo nevado y algunos árboles altos, negros, iluminados por la luna llena. Diríase una de esas postales típicas de Navidad. Agitados por el viento, los árboles se han despojado de su manto de nieve y, gracias a esto, se les distingue bien. Se recortan en grandes manchas oscuras sobre todo lo demás. Es Navidad para todo el mundo, hasta es Navidad en una parte de la prisión. Para los presidiarios en depósito, la Administración ha hecho un esfuerzo: hemos tenido derecho a comprar dos tabletas de chocolate. Digo dos tabletas, no dos barras. Estos dos pedazos de chocolate de Aiguebelle han sido mi cena de Nochebuena de 1931.
  … Un, dos, tres, cuatro, cinco… La represión de la justicia me ha convertido en péndola, el ir y venir en una celda es todo mi universo. Todo está matemáticamente calculado. En la celda no debe haber nada, absolutamente nada. Sobre todo, es menester que el condenado no pueda distraerse. Si me sorprendieran mirando por esa hendidura de los maderos de la ventana, recibiría un severo castigo. Sin embargo, ¿acaso no tienen razón, puesto que para ellos no soy más que un muerto en vida? ¿Con qué derecho podría permitirme gozar de la contemplación de la naturaleza?
  Vuela una mariposa; tiene un color azul claro, con una pequeña lista negra; una abeja zumba no lejos de ella, junto a la ventana. ¿Qué vienen a buscar esos bichos en este lugar? Parece como si estuviesen locas por ese sol de invierno, a menos que tengan frío y quieran entrar en la prisión. Una mariposa en invierno es una resucitada. ¿Cómo no ha muerto todavía? Y esa abeja, ¿por qué ha abandonado su colmena? ¡Qué inconsciente atrevimiento acercarse aquí! Afortunadamente, el cabo de vara no tiene alas, de lo contrario no vivirían mucho tiempo.
  Ese Tribouillard es un horrible sádico y presiento que algo me ocurrirá con él. Por desgracia, no me había equivocado. El día siguiente de la visita de los dos encantadores insectos, me declaro enfermo. No puedo más, me ahoga la soledad, necesito ver una cara, oír una voz, aunque sea desagradable, pero en suma una voz, oír alguna cosa.
Papillon de Henri Charrière: Muy bien Encuadernación de tapa dura ...  Completamente desnudo en el frío glacial del pasillo, cara a la pared, con la nariz a cuatro dedos de esta, era el penúltimo de una fila de ocho, en espera de mi turno de pasar ante el doctor. ¿Quería ver gente? ¡Pues ya lo he conseguido! El cabo de vara nos sorprende en el momento en que le murmuraba unas palabras a Julot, conocido como el hombre del martillo. La reacción de aquel salvaje pelirrojo fue terrible. De un puñetazo en la nuca, me dejó casi sin sentido y, como no había visto venir el golpe, me di de narices contra la pared. Empecé a manar sangre y, tras haberme incorporado, pues me había caído, me rehago y trato de comprender lo ocurrido. Cuando hago un ademán de protesta, el coloso, que no esperaba otra cosa, de una patada en el vientre me tumba otra vez en el suelo y comienza a golpearme con su vergajo. Julot ya no puede aguantarse. Se echa encima de él, se entabla una terrible pelea y, como Julot lleva todas las de perder, los vigilantes asisten, impasibles, a la batalla. Nadie se fija en mí, que acabo de ponerme en pie. Miro a mi alrededor, tratando de descubrir algún arma. De golpe, percibo al doctor, inclinado sobre su sillón, que trata de ver desde la sala de visita lo que ocurre en el pasillo y, al mismo tiempo, la tapadera de una marmita que brinca empujada por el vapor. Esa gran marmita esmaltada está encima de la estufa de carbón que calienta la sala del doctor. Su vapor debe purificar el aire.
 Entonces, con un rápido reflejo, agarro la marmita por las asas, me quemo, pero no la suelto y, de una sola vez, arrojo el agua hirviendo a la cara del cabo de vara, quien no me había visto, ocupado como estaba con Julot. De su garganta sale un grito espantoso. Ha cobrado lo suyo. Se revuelca en el suelo y, como lleva tres jersey s de lana, se los quita con dificultad, uno después de otro. Cuando llega al tercero, la piel salta con este. El cuello del jersey es estrecho y, en su esfuerzo por hacerlo pasar, la piel del pecho, parte de la del cuello y toda la de la mejilla siguen pegadas al jersey. También tiene quemado su único ojo y, ahora está ciego. Por fin, se pone en pie, repelente, sanguinolento, en carne viva, y Julot aprovecha el momento para asestarle una terrible patada en los testículos. El gigante se derrumba y empieza a vomitar y a babear. Ha recibido su merecido Nosotros nada perdemos con esperar.
 Los dos vigilantes que han asistido a la escena no tienen suficientes arrestos para atacarnos. Tocan la alarma para pedir refuerzos. Llegan de todos lados. Los porrazos llueven sobre nosotros como una fuerte granizada. Tengo la suerte de perder pronto el sentido, lo cual no me impide recibir más golpes.
 Despierto dos pisos más abajo, completamente desnudo, en un calabozo inundado de agua. Lentamente recobro los sentidos. Recorro con la mano mi cuerpo dolorido. En la cabeza tengo por lo menos doce o quince chichones. ¿Qué hora será? No lo sé. Aquí no es de día ni de noche, no hay luz. Oigo golpes en la pared, vienen de lejos.
  Pam, pam, pam, pam, pam, pam. Estos golpes son la llamada del « teléfono» . Debo dar dos golpes en la pared si quiero recibir la comunicación. Golpear, pero ¿con qué? En la oscuridad, no distingo nada que pueda servirme. Con los puños es inútil, los golpes no repercuten bastante. Me acerco al lado donde supongo que está la puerta, pues hay un poco menos de oscuridad. Topo con barrotes que no había visto. Tanteando, me doy cuenta de que el calabozo está cerrado por una puerta que dista más de un metro de mí, a la cual la reja que toco me impide llegar. Así, cuando alguien entra donde hay un preso peligroso, este no puede tocarle, pues está enjaulado. Pueden hablarle, escupirle, tirarle comida e insultarle sin el menor peligro. Pero hay una ventaja: no pueden pegarle sin correr peligro, pues, para pegarle, hay que abrir la reja.
 Los golpes se repiten de vez en cuando. ¿Quién puede llamarme? Quien sea merece que le conteste, pues arriesga mucho, si le pillan. Al caminar, por poco me rompo la crisma. He puesto el pie sobre algo duro y redondo. Palpo, es una cuchara de palo. En seguida, la agarro y me dispongo a contestar. Con la oreja pegada a la pared, aguardo. Pam, pam, pam, pam, pam, stop, pam, pam. Contesto: pam, pam. Estos dos golpes quieren decir a quien llama: “Adelante, tomo la comunicación”. Empiezan los golpes: pam, pam, pam… las letras del alfabeto desfilan rápidamente… abcchdefghijklmnñop, stop. Se para en la letra p. Doy un golpe fuerte: pam. Así, él sabe que he registrado la letra p, luego viene una a, otra p, una i, etc. Me dice: “Papi, ¿qué tal? Tú has recibido lo tuyo, yo tengo un brazo roto”. Es Julot. Nos “telefoneamos” durante dos horas sin preocuparnos de si pueden sorprendernos. Estamos literalmente rabiosos por cruzarnos frases. Le digo que no tengo nada roto, que mi cabeza está llena de chichones, pero que no tengo heridas.»

  [El libro pertenece a la edición en español de Editorial Plaza & Janés, 1973, en traducción de Domingo Pruna y Vicente Villacampa. ISBN: 9788401350474.]

viernes, 18 de junio de 2021

Las vigilias de Bonaventura.- August Klingemann (1777-1831) o Anónimo


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Sexta vigilia: El juicio Final


 «¡Que no daría yo por saber relatar con la sencillez y coherencia de otros honrados protestantes, escritores y poetas, que consiguen de ese modo sus laureles, que saben trocar ideas de oro en no menos áureas realidades! Es evidente que a mí no me ha sido concedido ese don. Yo nunca he poseído talento, y a pesar de que esta simple y breve historia de asesinatos me hay costado sudores y fatigas, sigue pareciendo aún bastante descabellada e insuficiente.
 Yo soy ya un fracaso desde los años de mi juventud, de algún modo, ya desde el huevo, puesto que, si se puede ver a otros muchachos instruidos y prometedores cómo se esfuerzan por crecer en sabiduría y sensatez, yo, al contrario, he mostrado siempre una especial debilidad por las locuras, siempre dispuesto a llegar en mí hasta la confusión más absoluta, precisamente para alcanzar el caos más perfectamente acabado a partir del cual, como al buen Dios, me fuera posible organizar, si es que me venía en gana, un mundo más o menos ordenado.
 En ciertos momentos de exaltación ha llegado a parecerme incluso que la Humanidad, en su precipitación por darse un orden, haya incluso destruido el Caos, con lo cual nada puede ocupar ya su lugar apropiado; el Creador debería hacer pronto todo lo posible para borrar y eliminar el mundo como un sistema fracasado.
 ¡Sólo yo puedo saber hasta qué punto me ha perjudicado esta obsesión! Poco faltó para que me costase incluso el empleo de guardián nocturno aquella vez en que, en los últimos instantes del siglo, se me ocurrió proclamar el fin del mundo y, en lugar de dar la hora, anunciar la llegada de la eternidad, con lo que un sinnúmero de autoridades espirituales y temporales vinieron a caerse de la cama y fueron presas de gran confusión; ninguno estaba preparado para el gran evento.
 La escena provocada por la falsa alarma del Apocalipsis resultó bastante divertida; yo fui el único espectador que conservó su sangre fría, mientras todos los demás me tuvieron que servir de actores apasionados. ¡Qué confusión, cómo corría la pobre gente! Y, mezclada con los otros, una nobleza aterrorizada procuraba ordenarse por rango ante su señor divino, una jauría de lobos pertenecientes a la justicia y, en general, de todo pelaje, intentaban desesperadamente mudarse en corderos: aquí reconocían pensiones a viudas y huérfanos, igual que ellos, muertos de miedo; allí anulaban públicamente condenas injustas, prometiendo, sobre todo, restituir inmediatamente después del Juicio Final las sumas rapiñadas a tantos pobres diablos reducidos por su culpa a la mendicidad. Se llegó a ver a estos vampiros y otras sanguijuelas denunciarse a sí mismos y proclamarse reos de la horca y aun reclamarla con urgencia antes de que una Mano más alta cayera sobre sus cabezas. El hombre más soberbio del Estado estaba allí, por primera vez abatido y casi servil, con la corona en la mano, disputándose el honor de ser el primero en ceder el paso a un individuo vestido de harapos, pues le parecía ya muy próximo el momento de la igualdad universal.
 Se abandonaron cargos; órdenes e insignias honoríficas eran arrancadas por la propia mano de aquellos a los que indignamente habían adornado el pecho; pastores de almas prometieron solemnemente ser los primeros, a partir de aquel momento, en dar ejemplo y no sólo buenas palabritas, esperando que el Señor quisiera mostrarse clemente.
 ¡Cómo describir los rezos llenos de miedo, los gritos, aullidos, lamentos y juramentos del pueblo, corriendo de aquí para allá, loco de terror, sobre el teatro de la ciudad! A todas las máscaras se les caía el antifaz de los rostros, se podía reconocer a los monarcas bajo los hábitos miserables y a famosos gallinas con aguerrido armamento, de forma que entre ropaje y hombre había una contradicción absoluta.
 Para mi regocijo, permanecieron de este modo durante largo tiempo, sin advertir que la justicia penal del cielo estaba tardando quizás mucho en llegar; la ciudad mostró todos sus vicios y virtudes, se desnudó, por así decirlo, enteramente ante mí, el último de los ciudadanos. El único fragmento genial de la representación ocurrió cuando un joven espíritu satírico, decidido por aburrimiento a no llegar al siglo XIX, se descerrajó un tiro en la cabeza para comprobar si en ese momento de indiferencia entre la muerte y la resurrección, fuera del tiempo, era posible efectivamente morir y desprenderse del tedio que amenazaba acompañarle toda la eternidad.
 Junto a mí aún existía alguien capaz de conservar la calma: era el poeta de la ciudad que, insolente, contemplaba desde lo alto de su buhardilla este inmenso fresco miguelangelesco mientras que, desde sus alturas poéticas, parecía querer interpretar literariamente el fin del mundo.
 Un astrónomo cercano a donde yo me encontraba, observó finalmente que el gran actus sollemnis quizás se retrasaba demasiado, y que la espada de fuego de la justicia divina que se podía ver hacia el norte, acaso pudiera no ser otra cosa que la misma aurora boreal. En este instante crucial, en que ya alguno de aquellos ladrones se atrevía a levantar la cabeza, juzgué útil mantenerlos en su estado de contrición, al menos durante el tiempo que durase una corta bombilla, y di comienzo a mi arenga con las siguientes palabras:
 “Estimadísimos conciudadanos:
 Un astrónomo no es juez competente en esta instancia, porque un fenómeno de la importancia del que parece querer obrarse en el cielo, por encima de nuestras cabezas, no puede ser tratado como un insignificante cometa, puesto que tan sólo puede manifestarse una vez en toda la historia universal; así pues, no olvidemos despreocupadamente nuestra compostura, y consideremos conspicuamente la situación, tal como ésta lo requiere.
 Qué ocupación mejor, en el día del Juicio Final, que la de echar un vistazo al planeta que vacila bajo nuestros pies y que bien pronto se hundirá en la nada con sus paraísos, sus prisiones, sus academias y sus manicomios. En este momento final de la historia sometamos a examen, por tanto, lo que hemos hecho desde que el globo surgió del caos. Muchos años han transcurrido desde Adán, a menos que queramos adoptar el calendario chino, y ¿qué hemos logrado tras todo ese tiempo? Nada, me parece.
 No me miréis con tanto asombro; no es éste el mejor momento para sentirse ofendidos. Antes de que sea demasiado tarde, es necesario que nos mostremos un poco humildes.
Resultado de imagen de august klingemann las vigilias de bonaventura Decidme, ¿cómo os vais a presentar ante Nuestro Señor, vosotros, mis hermanos, príncipes, usureros, soldados, asesinos, capitalistas, ladrones, servidores del Estado, juristas, teólogos, filósofos, orates, y cualquier otro oficio que se os ocurra, porque nadie hoy en día puede abstenerse de esta asamblea general, por mucho que algunos de vosotros, según veo, preferirían poner pies en polvorosa?
 En honor a la verdad, ¿qué habéis realizado que valga la pena de recordar? Vosotros, filósofos, por ejemplo, ¿habéis llegado a decir acaso algo más profundo que esto: ‘Sólo sabemos que no sabemos nada’, que es el corolario de todas las filosofías que hasta hoy han sido? Y vosotros, los sabios, ¿adónde os ha llevado vuestra sabiduría si no es a disecar y disolver el espíritu humano para poder, a continuación, pavonearos de vuestra importancia a placer, aplicándoos a lo que queda, al caput mortuum? Vosotros, teólogos, que tanto gustáis de ser contados entre los allegados de la corte divina, mientras que coqueteáis y os hacéis los astutos con lo más alto, aquí abajo organizáis verdaderas carnicerías, dividís a los hombres en sectas irreconciliables, en vez de unirlos, e incluso habéis envenenado las cordiales relaciones fraternas y familiares, igual que falsos amigos domésticos. Y vosotros, los juristas, hombres por mitad, deberíais completar el hombre entero con los teólogos, de los que sólo os separasteis, en mala hora, para destruir los cuerpos, como ellos destruyen las almas. No os dais la manos más que por encima del patíbulo del pobre condenado, verdugos –espiritual, el uno, temporal, el otro-, ¡y es en ese momento cuando más dignamente figuráis uno al lado del otro!
 Y qué decir de vosotros, hombres de Estado, que reducís el género humano a meros principios de la mecánica. ¡Dónde quedarán vuestras leyes cuando el cielo las revise! Y, puesto que ya sólo poseeremos la condición espiritual, ¿qué haréis con las víctimas humanas a las que habéis extirpado el espíritu para poder usar con más facilidad su piel desollada?
 ¡Ah, se atropellan ya en mi boca tantas cosas por declarar sobre vosotros, los gigantes de este mundo, príncipes y tiranos, que pagáis en hombres como otros lo hacen en moneda y os traéis un vergonzoso comercio con la muerte!
 Todas estas cosas, ¡hombres!, me han vuelto loco de rabia y viendo ahora la ralea humana arrastrarse en torno a mí con otros tantos méritos y virtudes, me gustaría hacer el papel de demonio en este Juicio Universal, aunque sólo fuese durante una hora, y entonces sí que oiríais un discurso terrorífico.
 El acto solemne se retrasa aún; os ha sido concedido un nuevo tiempo para convertiros. Rezad y gemid, hipócritas, tal como acostumbráis hacer en el momento de vuestra muerte, cuando ya no sabéis qué hacer con vuestra vida gastada y desperdiciada, y ya no tenéis fuerzas ni para seguir pecando.
 Detrás de vosotros yace la historia universal como una novela estúpida en la que algunos personajes discretos se mezclan con una multitud de personajes lamentables. ¡Ay!, el único error divino ha sido el de dejarla en vuestras manos en vez de haberla escrito Él personalmente. ¡Ea!, decidme, ¿vale la pena que se escriba en un lenguaje más elevado esta porquería, o acaso no será mejor que Él, viéndola ante sí en toda su bajeza, la despedace y os suma a vosotros todos y a todos vuestros proyectos en el más profundo de los olvidos? ¡Otra solución no veo! ¿O es que, tal y como os contemplo ahora, podéis hacer valer el más mínimo derecho al cielo o al infierno? Para aquel resultáis demasiado abominables; para éste, demasiado aburridos.
 Las instancias celestiales van todavía para largo, pero no veáis en ello la más mínima esperanza; recogeos, os lo aconsejo, andad todavía algún paso por el camino de la contrición antes de que el suelo se abra bajo vuestros pies. Voy a ofreceros el mejor de mis argumentos: el Todopoderoso salvó una vez a Sodoma y Gomorra merced a un solo justo, pero que eso no os lleve a concluir que vaya a hacer lo mismo con todo un planeta de hipócritas por el mero hecho de la existencia de un puñado de piadosos. ¿Alguien de vosotros es capaz de sugerir algo mínimamente razonable acerca del lugar que os corresponde? Ya el bueno de Kant demostró en su momento que tiempo y espacio no son otra cosa que simples formas de nuestra concepción sensible, cada uno de nosotros sabe que estas formas no existen en el reino espiritual; ahora os pregunto a vosotros que vivís tan sólo en el ámbito de la mera sensualidad: ¿qué espacio esperáis encontrar allí donde ya no existe el espacio?, ¿qué queréis comenzar, si el tiempo no será más que memoria de aquí abajo?”»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones El Acantilado, 2001, en traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar, pp.60-67. ISBN: 84-95359-31-6.]

jueves, 18 de marzo de 2021

Cuestiones fundamentales de antropología cultural.- Franz Boas (1858-1942)


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Capítulo IX

Primeras manifestaciones culturales

  «Puede definirse la cultura como la totalidad de las reacciones y actividades mentales y físicas que caracterizan la conducta de los individuos componentes de un grupo social, colectiva e individualmente, en relación a su ambiente natural, a otros grupos, a miembros del mismo grupo y de cada individuo hacia sí mismo También incluye los productos de estas actividades y su función en la vida de los grupos. La simple enumeración de estos varios aspectos, de la vida no constituyen empero, la cultura. Es más que todo esto, pues sus elementos no son independientes, poseen una estructura.
 Las actividades aquí enumeradas no son de ningún modo propiedad exclusiva del hombre, porque la vida de los animales también está regulada por sus relaciones con la naturaleza, con otros animales y por las relaciones recíprocas de los individuos componentes de la misma especie o grupo social.
 Se acostumbra describir la cultura como cultura material, relaciones sociales, arte y religión. Las actitudes éticas y las actividades racionales fueron tratadas muy superficialmente, en general, y rara vez se incluyó el lenguaje en la descripción de la cultura. Bajo el primero de estos tónicos se describen la recolección, conservación y preparación de los alimentos, la vivienda y el vestido, procedimientos y productos de manufactura y medios de locomoción. El conocimiento racional se incluye casi siempre como parte de esta materia. Bajo el título de relaciones sociales se discuten las condiciones económicas generales, los derechos de propiedad, la actitud hacia las tribus foráneas en la guerra y en la paz, la posición del individuo en la tribu, la organización de la tribu, medios de comunicación, relaciones individuales de orden sexual y otras. El arte decorativo, pictórico y plástico, el canto, la narración y la danza forman la sustancia del arte; las actitudes y actividades que giran en torno a todo lo que se considera sagrado o fuera de la esfera de los actos humanos ordinarios, la de la religión. También aquí, por lo corriente, se incluye el comportamiento habitual, respecto a lo que se considera bueno, malo, propio o impropio y otros conceptos éticos fundamentales.
 Muchos fenómenos de cultura material y relaciones sociales son comunes al hombre y a los animales (Alverdes). Cada especie animal tiene su propio método de procurarse alimento. La manera de cazar del lobo es diferente de la del león; el alimento de la ardilla y la forma de procurárselo difieren de los de la marmota. Ciertos animales como la hormiga-león y la araña construyen trampas para cazar su presa. Algunos devoran a otras criaturas y se apropian del alimento encontrado por ellas. Las gaviotas de Jaeger roban el pescado a otras gaviotas o pájaros pescadores. Los buitres viven de los despojos abandonados por otros animales de presa. Muchos roedores acostumbran almacenar provisiones para el invierno; los insectos, como las abejas, hasta preparan el alimento para la generación siguiente.
 Las reacciones del clima son completamente distintas en diversos grupos. El oso pasa la estación invernal aletargado, algunos pájaros emigran a climas más templados, otros soportan los rigores del frío.
 Muchas clases de animales forman sus propias viviendas para su protección y la de sus crías. Los antílopes hacen cuevas y los monos viven en nidos temporarios. Ni siquiera la conquista fundamental del hombre, la invención de objetos construidos artificialmente para servir un propósito, está enteramente ausente del mundo animal. Los nidos de ciertos animales están hechos con más arte que las casas de algunos hombres primitivos. Están entrelazados y embarrados con gran habilidad. Los insectos y las arañas fabrican complicadas estructuras para habitar en ellas. Una especie de hormiga hasta prepara suelo apropiado en sus hormigueros para cultivar hongos y mantiene las camas escrupulosamente limpias. Según los experimentos de W. Köhler los monos usan herramientas. A veces cortan un palo adecuado para alcanzar un objeto deseado que se halla demasiado lejos para agarrarlo con la mano. También vio chimpancés uniendo palos huecos a fin de obtener una herramienta suficientemente larga. Empero, éstos son probablemente los únicos casos en que los animales preparan herramientas, no instintivamente, sino para servir un propósito específico.
 También encontramos en el mundo animal paralelos de los hábitos sociales del hombre. El rebaño o manada de animales gregarios forma una unidad compacta, hostil a los extraños aun cuando sean de la misma especie. Una jauría de perros no admite a un perro forastero en su seno; si lo acepta será sólo después de largas y continuas peleas. Los pingüinos de la misma bandada no permiten a otros desconocidos acercarse al sitio de sus nidales. Las hormigas de un hormiguero, incluyendo las especies foráneas, que viven en simbiosis, se mantienen unidas para atacar a todas las forasteras que tratan de trasponer los límites de su territorio.
 En las sociedades de monos y de aves de corral hay un orden jerárquico bien definido, donde las 'personalidades' más fuertes son reconocidas como superiores por las más débiles. Entre los insectos la asignación de obligaciones sociales está vinculada con la. forma corporal, y cada clase tiene su propia característica anatómica. Las diferentes clases de obreras de las hormigas cortadoras de hojas son anatómicamente distintas. Entre los animales superiores, los deberes sociales de exploradores o vigías, corresponden al jefe del rebaño, macho o hembra. Algunos animales viven en monogamia más o menos permanente, como algunos pájaros, otros en manadas en que el jefe masculino tiene su harén, otros viven en uniones temporarias de corta duración. En algunos casos tanto el macho como la hembra cuidan de la cría, en otros sólo el macho o la hembra tienen que velar por ellos.
 El sentimiento de propiedad se manifiesta particularmente en el período de la reproducción. El espino aleja de la región en que ha hecho su nido a los peces y caracoles; muchos pájaros no permiten a ningún otro individuo de la misma especie visitar el distrito en que habitan. Los patos defienden su laguna particular contra los intrusos. Otros animales 'poseen' territorio s permanentes durante todo el año; los monos permanecen en un distrito definido al que otros no son admitidos. Otro tanto hacen las águilas y los halcones. Los animales que almacenan provisiones, como algunas especies de pájaros carpinteros, ardillas y marmotas, son dueños de sus depósitos de víveres y los defienden.
 Los animales que viven en un grupo social también tienen sus amistades y enemistades, sus jefes enérgicos y débiles y sus relaciones sociales son de la misma clase, en general, que las corrientes en la sociedad humana.
 La distribución de hábitos entre los anímales demuestra que éstos deben ser, comparativamente, adquisiciones recientes, pues se conocen muchos ejemplos de especies estrechamente relacionadas, cuyos modos de vida tienen importantes diferencias. Encontramos avispas solitarias y otras que viven en colonias organizadas con el mayor cuidado. Especies relacionadas de hormigas difieren de manera fundamental en sus hábitos. Algunos pájaros son gregarios y anidan en colonias, mientras otras especies, estrechamente relacionadas, son solitarias. Las migraciones de pájaros sobre rutas definidas sólo pueden entenderse como resultado de un largo proceso histórico, y no es posible explicarlas en modo alguno en razón de su estructura anatómica.
 Los cambios de hábito parecen depender del modo de vida de incalculables generaciones. No es necesario analizar aquí la cuestión de cómo tales hábitos pueden haber llegado a fijarse por la herencia. Los hechos indican que, los hábitos pueden modificar la estructura —como en el caso de las abejas que desarrollan una reina por el adecuado tratamiento de un huevo o una larva, o el de aquellas hormigas que tienen formas corporales diferentes para individuos que ejecutan distintas funciones sociales-. La distribución de estos fenómenos entre formas relacionadas sugiere una inestabilidad de hábitos mucho mayor que la de la forma corporal. También puede indicar que cambios comparativamente leves en estructura pueden modificar el modo de vida. No hay, sin embargo, indicación alguna de que ciertos tipos de estructura determinen hábitos definidos. Su distribución parece completamente errática.
Resultado de imagen de cuestiones fundamentales de antropologia cultural  No designamos las actividades de los animales como cultura, ya sean ellas intencionales, u orgánicamente determinadas o aprendidas. Más bien hablamos de 'modo de vida' o 'hábitos' de los animales. Podría haber cierta justificación en emplear el término cultura para actividades que se adquieren por tradición, pero sería extender demasiado el significado del término si lo aplicáramos al canto del pájaro o a cualquier otra actividad animal adquirida. Si, como afirma Köhler los chimpancés gustan de adornarse y llegan hasta a ejecutar intencionalmente ciertos movimientos rítmicos, una especie de 'danza', el término puede parecer más aplicable. Es difícil trazar una línea bien clara entre 'modo de vida' y 'cultura'.
 Si hubiéramos de definir la cultura observando solamente el comportamiento encontraríamos poco en los elementos fundamentales de la conducta humana que no tenga cierto paralelismo en el mundo animal.
 Es característica del hombre la gran variabilidad de conducta en cuanto a sus relaciones con la naturaleza y con sus semejantes. Mientras en los animales el comportamiento de la especie íntegra es estereotipado, o como decimos nosotros, instintivo, no aprendido, y sólo en muy escasa medida variable y dependiente de la tradición local, la conducta humana no está estereotipada en el mismo sentido y no puede llamarse instintiva. Depende de la tradición local y es aprendida. Además, hasta donde alcanzamos a entender las acciones de los animales, no hay razonamiento retrospectivo respecto a sus actos. Son intencionados en la medida en que se adaptan a ciertos requerimientos, y en la medida en que muchos animales pueden aprovechar la experiencia, pero todo el problema de la causalidad y la cuestión de por qué ocurren ciertas cosas, son extraños a los animales y comunes a toda la humanidad. En otras palabras, la cultura humana se diferencia de la vida animal por la capacidad de razonar, y asociada a ella, el uso del lenguaje. Es también peculiar al hombre la valoración de las acciones desde puntos de vista éticos y estéticos.
 Del examen de los más antiguos vestigios humanos surge la impresión de un paralelismo objetivo con el comportamiento animal. Dejando a un lado las dudosas herramientas neolíticas de fines del terciario —toda vez que no muestran ninguna forma definida sino que están simplemente provistas de bordes afilados aptos para cortar y dar tajos, que pudieron hacerse con el uso— encontramos herramientas definitivamente hechas sólo en el cuaternario. Son éstas frágiles piedras conformadas de modo rústico mediante el golpe de una piedra más pesada y resistente. Los estratos en que se encuentran estas piedras representan un período de varios miles de años. No ocurre cambio alguno en la forma de las herramientas desde principios hasta fines de este período. Generación tras generación desarrollaba las mismas actividades. No sabemos sí algunas de sus actividades que no dejaron rastros pudieron haberse modificado durante ese tiempo. No sabemos si el hombre de ese período poseía el lenguaje y el concepto de las relaciones causales. Si solamente consideramos el material de que en realidad disponemos, las actividades del hombre durante ese período pueden haber sido tan permanentes corno las de los animales. La forma corporal también era aún prehumana y difería de la de todas las razas humanas actuales. Sería posible afirmar de acuerdo con los hechos observados, que el hombre de ese período había desarrollado una tendencia orgánica a secundar el uso de manos y dientes mediante el empleo de objetos a los que confería una forma más o menos útil, y que la forma usada era aprendida por imitación.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Solar y Librería Hachette, 1964, en traducción de Susana W. de Ferdkin, pp.166-171. ISBN: Depósito que previene la ley 11.723.]